La calle

María y Pedro vivían de la caridad de los vecinos en las calles empedradas de San Isidro; nadie los molestaba y parecían felices. Desaparecieron quizá porque los enajenados viven ahora en nuestras casas, revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera o pasean el perro del general Perón, o conversan con los gatos del vecindario mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. Ya no manejan camiones de aire y zorzal, como el loco Pedro, que lo estacionaba marcha adelante y marcha atrás con un cuidado de maníaco compulsivo contra la vereda de la calle Lasalle. Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20, descalzo sobre los adoquines, aunque pelaran de sol o de frío. Ya nadie dirige el tránsito de la avenida del Libertador como la loca María, la del pelo gris, lacio hasta la cintura, que castigaba las contravenciones con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo.

O se habrán muerto sin descendencia. O alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea. O será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas. Igual las autoridades no han terminado con la vida en las calles de América. Los Pedros y Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. A veces las encrucijadas parecen supermercados: una medianoche aciaga en los semáforos de Asunción compré todo lo que necesitaba para sobrevivir varios días escondido. Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas. Rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor. Artistas de ocasión y tangueros en desgracia. Sobadores al paso. Limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.

Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor. Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil.

Debe ser cierto, pero que se lo digan a ellos. Por lo menos antes de que un premio Nóbel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.