Facebook no era gratis


George Orwell imaginaba en 1949 qué iba a ocurrir en 1984, pero en 1984 no pasó nada de lo que Orwell presagiaba... El título fue un error de Orwell, que de profeta no tenía ni un pelo, aunque hay que reconocer su efecto marquetinero antes de 1984. Quizá hubiera sido mejor titularla The Big Brother y no situar en el tiempo a 1984, que trata más de la tiranía de la mentira que del tirano que usa la tecnología para espiar a todo el mundo.

Y si Nicolás Maduro se parece cada día más a Zacarías, el dictador protagonista de El otoño del patriarca, Facebook se está pareciendo al Gran Hermano que vigilaba con su ojo omnipresente a todos los habitantes del país imaginario de Orwell. No es que nos hayamos enterado ahora de que Facebook podía saber de nosotros más que los que más nos quieren, pero resulta que caímos en la cuenta de que Facebook negociaba esos datos con quienes estuvieran dispuestos a pagarlos.

Descubrimos, al fin y al cabo, que Facebook votaba por nosotros a fuerza de conocer los datos que hasta sin querer vamos incluyendo en la red social, que también es propietaria de Instagram y de WhatsApp. No nos molestaba tanto que conocieran algunos de nuestros gustos porque nos gusta que nos pongan a mano lo que nos gusta. Es lo que hace Netflix cuando pretende que nos guste una película, o Booking cuando nos ofrece alojamiento en los lugares donde hemos estado, o una cadena de electrodomésticos que sabe que hemos comprado un lavarropas. Ni más ni menos que lo que nos ofrece un dependiente de cualquier tienda para completar nuestra compra, o las estanterías de un supermercado con mercadería expuesta en los lugares por donde saben que vamos a pasar con nuestras necesidades a cuestas.

Ahora es imposible saber si Trump ganó gracias a Facebook, entre otras cosas porque en la política cínica de hoy en día todo es posible, hasta reprochar a Hillary Clinton por haber sido ingenua y no pagar más a esa empresa o a otras para contrarrestar el efecto Facebook.

Nos gusta que nos pongan a mano lo que nos gusta, pero lo que no sabíamos es que podían cambiar nuestros gustos para que nos guste lo que otros quieren que nos guste. Siempre es mejor negocio cambiar los gustos de la gente que fabricar esas extravagancias que le gustan a la gente. Y se ganan montañas de dinero... o se ganan elecciones, que es lo que pasó con Facebook y una empresa inglesa, en Estados Unidos, el el Brexit británico y parece que en otros países. Ahora es imposible saber si Trump ganó gracias a Facebook, entre otras cosas porque en la política cínica de hoy en día todo es posible, hasta reprochar a Hillary Clinton por haber sido ingenua y no pagar más a esa empresa o a otras para contrarrestar el efecto Facebook.

Las audiencias aprenden de los medios. Es una vieja tesis que vale la pena tener en cuenta una vez más ahora mismo. Nadie nos va a explicar hoy cómo usar un libro o el diario porque aprendimos a hojearlos hace siglos, pero le aseguro que cuando alguien empezó a cortar los rollos de papel y encuadernar libros, nadie sabía cómo era eso de pasar páginas una detrás de otra. Las primeras películas de cine espantaban al público con filmaciones de lo más osadas, como una locomotora que se acercaba peligrosamente a la cámara. Hoy para espantar al público tenemos que inventar escenas que en la época de la locomotora hubiera terminado en suicidios colectivos. Y si a mi abuelito le hubieran anunciado que lo eligieron presidente de los Estados Unidos le habría dado un síncope, pero si se lo dicen a uno de sus tataranietos, pediría el Air Force One y empezaría a dar órdenes, porque vio 800 películas de presidentes de los Estados Unidos y sabe perfectamente cumplir su papel.

Veamos la positiva: la modernidad dura un instante y los presagios de Orwell son imposibles porque no se puede manipular ni a una generación. Eso es lo que va a pasar con Facebook y las redes sociales, pero mientras nosotros aprendemos hay unos vivos que se aprovechan de los que pensábamos que Facebook era gratis.

El sueldo de los obispos


Apareció en la agenda pública de la Argentina el tema de los sueldos de los obispos. Todo empezó en las redes sociales, después en los medios y finalmente, como si hubiera estado preparado, el Jefe de Gabinete Marcos Peña soltó en el Congreso que el aporte total a la Iglesia de este año será de 130.421.300 pesos y que mensualmente los obispos diocesanos reciben 46.800 pesos y los obispos auxiliares y jubilados cobran 40.950.

Entre unos y otros y sin contar los que residen en otros países (hay uno que trabaja de Papa en Roma) los obispos argentinos suman 130, pero además de ellos, hay otros sacerdotes y seminaristas que cobran sueldos, asignaciones y subvenciones, algunas contempladas en la cifra global y otras que salen del tesoro por otras cuentas que no mencionó Peña. Hay cantidad de actividades que realiza la Iglesia que son ayudadas por el estado, entre otros motivos porque le sale más barato y es más eficaz si las realiza la Iglesia: baste con mencionar el trabajo de Cáritas en todo el país. Además están las exenciones impositivas a unas cuantas actividades solidarias y de ayuda a los más necesitados, que realiza la Iglesia en cualquiera de sus organizaciones horizontales o verticales.

El artículo 2 de la Constitución Nacional establece que el Gobierno Federal sostiene el culto Católico Apostólico Romano. Está bien adelante, en la zona fundacional de la Constitución y es cierto también que el verbo sostener aplicado a unas ideas o una religión resulta ambiguo, ya que no implica estrictamente el sostenimiento económico. Lo curioso es que dice "el Gobierno Federal" y no "la Nación Argentina" que es lo que convierte a la Argentina un país no confesional: es su gobierno y no su pueblo el que sostiene el culto. Además, y por la misma razón, la Iglesia Católica es una persona jurídica pública necesaria como lo es el Estado Nacional, es decir que no se atiene a las normas habituales de las personas jurídicas privadas ni depende de una inscripción o rendición de cuentas ante la Inspección General de Justicia.

Nos guste o no, es la Ley Suprema de la Nación que rige desde 1853 y fue confirmada en 1994. Pero la cuestión del sostenimiento del culto es anterior, concretamente de 1822, cuando Bernardino Rivadavia confiscó a la Iglesia una cantidad inmensa de bienes: hospitales, orfanatos, asilos, cementerios, colegios, universidades... Y también se quedó con otros inmuebles que la Iglesia usufructuaba para mantener sus actividades. Ese proceso respondía a un principio regalista de la época que incluyó el estatuto civil el clero y se llamó desamortización. Si le restamos a la desamortización los sueldos y subvenciones de 200 años, da como resultado que Estado Nacional nunca devolvió ni el 5% de lo que le sacó a la Iglesia. Es decir que todo bien con dar al César lo que es del César, pero el César todavía el debe a Dios mil millones.

Lo del sueldo además tiene un cariz político. El estado dejó sin rentas a curas y obispos al confiscarles todo posible sustento, pero a cambio les prometió mantenerlos. Terrible cosa porque el que ta paga es tu patrón, así que el sueldo de curas y obispos se convirtió en un modo de controlarlos. La cuestión del sostenimiento pudo convertirse fácilmente –y de hecho se convirtió más de una vez en nuestra historia no tan lejana– en una pérdida de independencia para la Iglesia.

Los obispos deberían actuar antes de que la necesidad de distracción promueva el fin del pago de sus sueldos. Se trata, más que nada, de salvaguardar la libertad de la Iglesia para realizar sus tareas pastorales. Eso requiere el compromiso de los católicos de ocuparse de sumar anualmente los 130 millones y muchos más. Hoy es fácil incluirlo en las liquidaciones de impuestos como para que cada uno decida a quien aportar un porcentaje mínimo, que multiplicado por cientos de miles dará, sin tanto esfuerzo, la cantidad que el estado pasaría a la Iglesia para que lo distribuya como mejor le parezca. Es el viejo sistema alemán, que rige también hace unos años en España y en otros países europeos de vieja tradición católica.

La patria América


La patria es un concepto bastante amplio. Patria es donde nacimos y también donde morimos. Lo de nacer está claro para nuestros países de inmigrantes pero no tanto para los de emigrantes: para ellos patria es más donde están enterrados los antepasados. Así que la patria parece tener que ver con la cuna y con el cementerio. Donde están enterrados nuestros antepasados es la madre patria, que para cada uno será la que le toca. España es la madre de la Argentina porque de ahí desciende la patria, pero también Italia es la madre de los descendientes de italianos, Polonia de los polacos y Alemania de los alemanes...

Patria también es una mezcla de Argentina y corazón. Cuando decimos ¡Viva la Patria! expresamos que somos capaces de dar la vida por ella y cuando decimos ¡Vamos Argentina! pensamos más en un festejo futbolero que en la tumba del soldado desconocido.

En el concepto escolar la patria viene siempre con escudo y con bandera, con San Martín y con Belgrano, con los granaderos y con el himno nacional. Pero patria es también el barrio, la ciudad y la provincia. Patria es el valle, la selva, el río y la laguna. La patria está en la tierra mojada, en los olores de nuestra infancia, en el mapa del colegio y también en nuestra cabeza y en el corazón.

Y a quién le cabe duda de que nuestra patria grande es América. Latinoamérica, que es el nombre equivocado de la América Mestiza... o la América que solo limita con el Canal de Panamá y dos océanos, que es la América del Sur o Sudamérica. Nuestra América es tan patria como la Argentina –o Misiones o San Isidro– entre otras razones porque es la patria con la que soñaron San Martín y Bolívar, la que todavía se está gestando entre los Andes, el Amazonas y la Patagonia.

Seguro que tenían la idea de patria de nuestros fundadores quienes en 1949 decidieron que las universidades nacionales argentinas serían gratuitas no solo para los argentinos sino también para todos los latinoamericanos que quieran estudiar en ellas. Fue el decreto 29.337 (primer gobierno de Juan Domingo Perón) el que lo estableció con un criterio magnánimo y también con la inteligencia de que sería mucho más efectivo para la integración de la Argentina con el resto del continente.

Grandes y antiguos países tienen carísimos esquemas de difusión de sus culturas. Francia la Alianza Francesa; el Goethe Institut los alemanes; la Cultural Británica el Reino Unido; la Asociación Dante Alighieri los italianos y el Instituto de Cooperación Iberoamericano de los españoles. Todos ellos mantienen sedes y personal en cantidad de ciudades el mundo. Bueno, la Argentina decidió en 1949 que su programa de extensión cultural sería aceptar gratis a todos los ciudadanos latinoamericanos y sin más exigencias que las mismas que se exigen a los argentinos. Y no hay decreto, pero deberíamos aplicar el mismo rasero de las universidades a quienes vienen a la Argentina a curarse en nuestro sistema sanitario nacional o provincial. En este caso hay, además, serísimas razones de solidaridad entre hermanos.

Una notable cantidad de latinoamericanos hoy estudian y trabajan en la Argentina y parece que el número va en aumento. También han aparecido voces de rechazo y otras que piden reciprocidad como si el amor al prójimo o la hospitalidad fueran contrapartidas de obligaciones recíprocas. Integra nuestra identidad como nación el tener los brazos abiertos a todos los habitantes del mundo, tanto que está incluida en el preámbulo de la Constitución Nacional. Y el más mínimo gesto de xenofobia a nuestros compatriotas latinoamericanos es tan anti-argentino que da asco.

Dresde y Candelaria


La antigua reducción jesuítica de la Candelaria está arruinada porque solo quedan en pie algunos muros de canto. Durante un temporal veraniego que azotó el sur de Misiones, se cayó uno de esos pocos muros que todavía estaban en pie. Las ruinas de Candelario están arruinadas y también están presas porque la antigua reducción permanece encerrada desde 1943 en la Unidad Penal 17 del Servicio Penitenciario Federal. A pesar de su excelente conducta está a punto de cumplir 75 años de condena.

Que las ruinas se arruinen sería lo más normal. Eran ruinas antes y lo seguirán siendo después del derrumbe de uno de sus muros. Es más: el muro caído pasa a integrar la mayoría de la reducción, de la que queda apenas alguna pared de piedra y en muy mal estado por la acción sobre todo de la vegetación. Mantener ruinas es un contrasentido del tamaño de un castillo. Todo el mundo sabe que el modo más eficaz de mantenerlas no es poner en valor las ruinas: lo que hay que poner en valor son las reducciones.

Dresde, en el valle del Elba, es la capital del estado federado de Sajonia. La antigua ciudad medieval fue destruida por un incendio en 1685 y sobre ella se construyó una bellísima ciudad barroca que era el orgullo de Alemania. Entre el 13 y el 15 de febrero de 1945, doce semanas antes del fin de la Segunda Guerra Mundial y para vencer la resistencia alemana, los aliados la bombardearon con cientos de toneladas de bombas explosivas e incendiarias que provocaron tormentas de fuego de más de 2.000 grados centígrados. La ciudad se convirtió en una caldera en la que murieron 40.000 personas. Del centro histórico no se salvó nada: las piedras con las que se construyeron los palacios, iglesias, puentes, teatros y castillos se derritieron como la lava de un volcán.

Pero si hoy usted va a Dresde se va a encontrar con la ciudad barroca que fue. Falta alguna iglesia de las que estaban antes del bombardeo, pero hay que saber mucho para darse cuenta. Los alemanes reconstruyeron Dresde a nuevo y hoy podemos admirar esa ciudad como antes de los desastres de la guerra, o mejor todavía: los palacios que antes no tenían luz eléctrica ni agua corriente ahora sí que tienen y no hay un solo caño por fuera de las paredes.

Bueno: así es Europa, el continente que ha sido campo de batalla de todas las guerras desde el Imperio Romano a nuestros días. Una y otra vez destruyeron ciudades enteras y una y otra vez las reconstruyeron y cada año superan el número de turistas. Es la comprobación empírica del dicho castizo que asegura que no hay mal que por bien no venga. Ahora tengo la molesta impresión de que si en estos 500 años más occidentales del continente, hubiéramos tenido en América las guerras que se desataron en Europa, los americanos del sur viviríamos entre ruinas. Y la molesta impresión la tengo solo por comprobar que en lugar de reconstruirlas, nos empeñamos en conservar arruinadas las únicas ruinas que tenemos de un pasado de gestas gloriosas.

Se pueden reconstruir las misiones, empezando por San Ignacio Miní, Santa Ana o Santa María la Mayor... En otros casos, como Apóstoles o Concepción de la Sierra, se pueden recuperar las antiguas iglesias porque los pueblos siguieron vivos y evolucionaron en ciudades actuales. Después están las construcciones más abandonadas como Loreto, Mártires o Candelaria, pero ninguna de todas ellas sufrió lo que Dresde: nuestro patrimonio es mucho más fácil de reconstruir que una catedral barroca alemana del siglo XVIII.

Lo hicieron en Dresde y en toda Europa y también en el caso mucho más cercano y parecido de las misiones de Chiquitos, en Bolivia. Pero en nuestro caso de hay una razón mucho más evidente: la provincia se llama Misiones, no Ruinas.

Los amigos de los muertos


En América, los muertos están vivos y también mudos. Aunque no contesten les cantamos, les damos de comer y seguimos hablando con ellos como si nada. A veces en el cementerio y otras desde los periódicos. Sin ninguna vergüenza publicamos en los diarios mensajes que harían sonrojar a una ballena.

Si contara todos los minutos de silencio de mi vida, creo que se me pasaron unas buenas vacaciones mirando el reloj. En mi caso prefiero rezar que el puro silencio y algún día entrar en la cabeza de los silenciantes ateos durante el homenaje.

Animitas les dicen en Chile a las construcciones que se plantan a la vera de las carreteras para recordar un muerto accidentado en ese lugar de la ruta. Son estrictos cenotafios –tumbas sin muerto– que se repiten en todo el continente con distintos nombres y estilos. En Argentina son simples cruces o casitas en miniatura y en Paraguay he visto verdaderos santuarios.

Los españoles que vinieron a América durante la conquista eran en su mayoría andaluces y extremeños, a quienes solo hablar de los muertos les parece de pésimo gusto. Los gallegos, en cambio y como nosotros, hablan de los muertos como si estuvieran vivos. Pero los gallegos vinieron a América a fines del siglo XIX y principios del XX, así que lo más probable es que hayamos heredado la cercanía con los muertos de los americanos que andaban por acá antes de Colón.

Nuestros duelos son interminables y no le digo nada si la persona fallecida es algo conocida. En la Argentina cuando muere alguien famoso se multiplican sus amigos. Aparecen por lo menos diez veces más de los que realmente tenía, total el muerto no piensan resucitar para desmentirlo. Todos cuentan anécdotas entrañables con el que se fue y ensayan unas lágrimas que son enfocadas por las cámaras de la televisión. Pero lo que cuentan los amigos de los muertos es su propia historia y no la del muerto: ya sabe todo el mundo que hablar de uno mismo es el deporte nacional.

Alguien me explicaba que la culpa de tanto muerto en los medios es del algoritmo: un modo de decir en la industria para explicar el efecto de las audiencias sobre los contenidos. Pasa que sabemos en tiempo real qué les está interesando a las audiencias, y si vemos que ponen interés en una noticia, la exprimimos para que dé hasta la última gota de sus posibilidades. Bueno, el algoritmo me da la razón: es inagotable la necrofilia argentina.

Tan inagotable, tan pesadamente insoportable, que necesitamos un psicoanálisis colectivo para superarla. A nuestros próceres les dedicamos feriados el día de su muerte, como si fueran santos en el día que se fueron al cielo. Una cosa es rezar por los muertos para ayudarlos, o rezarle a los muertos para que nos ayuden y otra muy distinta es sufrir a los muertos, disfrutar de los muertos, celebrar a los muertos, castigar a los muertos, exaltar a los muertos, enamorarnos de los muertos...

La vida ya pasó para ellos y por más que lo intentemos no cambiaremos ni un solo segundo de su existencia pasada. La parafernalia mortuoria es para aprovechamiento de los vivos: unos lucran con la vanidad de los deudos y otros necesitan hablar de ellos mismos.

Urabayen


El 3 de enero de 2018 murió Miguel Urabayen Cascante. Urabayen, sin más vueltas. Había nacido en Pamplona hace 91 años. Era más navarro que la chistorra, pero de los navarros onda vasca que dicen que son los vascos más vascos de todos los vascos. Periodista y maestro de periodistas, ejercía el periodismo como un maestro y también lo enseñaba con maestría. Miguel desmentía la calumnia de los mediocres que dicen que los periodistas conocemos la ancha superficie de la realidad, pero somos incapaces de profundizar en nada.

Urabayen es el inventor de la infografía. Llamaba texto al texto, mapas a los mapas, fotos a las fotos y dibujos a los dibujos, hasta que un amigo común le puso infografía al lenguaje que mezcla imágenes con textos para explicar las noticias. A Miguel no le gustaba nada el nombre, entre otras cosas porque siempre los mapas o las fotos se publicaron con textos para disminuir la polisemia de las imágenes. Además las imágenes ya se imprimían antes de que naciera Gutenberg, solo que se dispararon cuando aparecieron las computadoras Macintosh en los diarios y su efecto WYSIWYG (What You See Is What You Get), que muestra en la pantalla lo que saldrá después en el papel. Esto, que hoy parece obvio, no era así en las viejas IBM ni sus clones de segunda marca. Apple le ganó a IBM por goleada cuando Steve Jobs tomó prestada la idea del centro de investigaciones de Xerox en Palo Alto.

Pero volvamos a Urabayen y a aquellos tiempos románticos del periodismo de máquina de escribir, plumín y tinta china.

Un día de 1982 Urabayen apareció por la redacción del diario Tiempo Argentino en Buenos Aires. Había sido invitado por Pablo Sirvén, uno de sus exalumnos en la Universidad de Navarra, que le haría una nota aprovechando su paso por Buenos Aires. Nada más llegar, Miguel se puso a ojear el periódico de ese día. Pablo recuerda todavía los gestos de Miguel al encontrarse con un mapa que ocupaba casi una página completa del tamaño berlinés del diario. Cuenta que abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la frente mientras preguntaba con admiración “―¿quién ha hecho esto?”. En un rincón estaba Alejandro Malofiej, sobre su tablero de dibujo, con sus plumines y sus hojas de calco. Miguel se acercó y lo saludó como quien conoce a un prócer. Para colmo Miguel descubrió un pequeño error en ese mapa: el acorazado New Jersey estaba representado por la silueta de un crucero. Luego de una amable y breve discusión Alejandro descubrió que había en el mundo gente tan apasionada como él por los mapas informativos. Hoy los premios mundiales de infografía se llaman Malofiej y se entregan todos los años en la Universidad de Navarra.

La Facultad de Comunicación había inventado una materia a la medida de Urabayen. Era ya la época de la libre configuración del currículum, y la asignatura se podía elegir para unas cuantas carreras. El aula, en forma de teatro, se llenaba de gente. Miguel pasaba hasta cuatro carretes de 80 diapositivas por clase en los pesados proyectores Ektagraphic de Kodak. Muchas mañanas lo veíamos en el hall de la biblioteca tomando fotos a revistas nuevas y diarios viejos en el momento en que la luz del día, sin rayos directos del sol, daba mejor en las ventanas. A los 90 años seguía escribiendo críticas de cine en el Diario de Navarra y a los 30 había encontrado un lote genial en el valle de Ulzama para fundar el Club de Golf de los pamploneses. Hablaba inglés con acento, como todo español, pero dominaba la pronunciación del francés, que es mucho más difícil que hablar en sánscrito. Nunca dejaba su txapela voladora (boina de vuelo largo) que usaba un poco inclinada del lado izquierdo de la cabeza y encima de sus cejas superpobladas.

Suelo decir que hablar de los muertos es hablar de uno mismo y ahora no me importa caer en ese deporte argentino. Conocí muy bien a Miguel desde 1982, luego fui su alumno y su amigo a pesar de tener él la edad de mi padre. Como suponía que yo extrañaba la carne, de vez en cuando me invitaba a comer un chuletón de buey más grande que el plato. También me presentó a la Sociedad Napardi, una antigua peña gastronómica de la ciudad donde las mujeres tienen prohibido entrar en la cocina. Pasé horas y horas con Miguel, de quien aprendí mucho más de lo que estudiaba. También nos vimos en otros bares y restaurantes del mundo, que es donde más se aprende de los maestros. Pero los mejores momentos eran en su casa y entre sus libros, justo arriba de la librería El Parnasillo, en la calle Castillo de Maya del ensanche de Pamplona. Margarita, su mujer, siempre tenía algo rico para ofrecer, pero lo que más nos gustaba a sus alumnos era su hija Irma, que era un sol.

Posadas

Posadas (Argentina), 24 de enero de 2018

El insoportable veraneo de los millennials


Podemos discutir si es mejor cambiar todos los años de sitio de vacaciones o volver al mismo lugar: las dos posiciones tienen sus pros y sus contras, pero le adelanto que estoy francamente a favor de repetir el lugar, porque encuentro de lo más relajante volver todos los años al mismo sitio de descanso. Entiendo que haya quienes prefieren cambiar porque en la variedad está el gusto; no lo voy a discutir, sólo déjeme que le explique que puede ser que la novedad descanse, pero de lo que estoy seguro es del estrés que produce.

Solía tomarme unos días en febrero en un bonito y escondido lugar de las sierras de Córdoba, a cinco minutos de un pueblo que me conoce desde mi adolescencia. También me conocen y conozco la fauna humana que rodeó nuestras vacaciones todos estos años, así que no eran ninguna novedad; más bien todo lo contrario: nos encontramos con las mismas personas un año más viejas y ellos nos encuentran un año más viejos a nosotros. Como han pasado casi doce meses, hay novedades que también se repiten como una monserga: por cada tienda que cerró hay una que abrió; por cada amigo que se volvió enemigo hay un enemigo que se amigó; por cada pareja que se desparejó hay una que se emparejó. Y así discurría la rutina amable de mis vacaciones hasta que este año me fui unos días al mar y en enero, para mi desgracia.

No le niego que extrañé a mis amigos emparejados y desparejados de las sierras en febrero, pero sobre todo extrañé la paz. Me sumergí sin que nadie me lo advirtiera en el mundo millennial de las grandes ciudades, pero en modo vacaciones. Gente desesperada por seguir a la misma velocidad que traía el resto del año, seguramente para no pensar. Después de verlos todos los días y todo el día durante tres semanas olvidables llegué a la conclusión de que los millennials son adolescentes de 40 años que no tienen paz.

Hasta este enero que acaba de terminar creía que eso de jugar con las olas del mar era cosa de chicos y en todo caso de adolescentes. No: aunque sean unos padres de familia barrigones, los millennials siguen jugando sin parar. Ya no construyen castillos de arena que se lleva la marea ni se divierten con el balde y la pala de su primera infancia. Como tienen la ansiedad de consumo intacta y más dinero que a los catorce años, se rodean de juguetes para millennials: tablas, velas de kitte-surf, canoas, skies, wakeboards, patas de rana, trajes de agua, carpa, cuatriciclos, motos de tierra y de agua, areneros... cantidad inmensa de artefactos que se venden en jugueterías temáticas para millennials.

En la playa apenas hay lugar. Los que no están subidos al cuatriciclo o a la canoa juegan a un deporte prehistórico que consistía en arrimar una piedra grande a una más chiquita. Han cambiado las piedras por fichas que llaman tejos, pero el juego sigue siendo el mismo que entretenía al hombre de Cromagnon. Las canoas o las tablas te golpean la cabeza en cuanto te descuidás y cada 30 segundos pasa un vendedor ambulante tocando una campana: choclo, bollos, churros, medialunas, sándwiches, tartas, pastaflora, café, helados... más tarde aparecen los iluminados que dan clases de todo, desde caligrafía japonesa a zumba, reiki crístico o yoga tántrico. La playa resulta una peatonal abarrotada de adolescentes cuarentones que pierden a sus hijos porque están concentrados en divertirse a costa de lo que sea. Refugiados en carpas cuadriculadas, unos pocos adultos buscan la paz en un libro o en una conversación, hasta que se cansan y se mandan a mudar.

Los millennials son la generación líquida que se escurre como el agua en una canasta. Ellos mismos hacen un culto del verbo fluir porque no encuentran nada mejor que dejarse llevar por la corriente. Fluyen y por eso no duran en nada y no conocen la constancia ni el compromiso. Los describe cabalmente la selfie porque solo vale la foto de ellos mismos, siempre en primer plano.

Ojalá no sea una generación perdida y muchos se salven de la superficialidad egoísta que los identifica. Pero si se pierden, creo que no haría ningún esfuerzo por encontrarlos y mucho menos en las playas argentinas.

Lluvia entre la pampa y el mar

Médanos de Mar del Sud (Buenos Aires), 17 de enero de 2018

El San Juan sigue de patrulla


Cada vez que se estrella un avión o hay un accidente aéreo aseguran los pilotos que fue por un error humano. Tan fuerte es el convencimiento que si las pericias dan alguna falla técnica, dirán que el error fue la decisión de salir con ese avión y que la culpa igual es del piloto. Cuando le pregunté ami amigo el Comandante por qué ese empeño en echarle la culpa a sus colegas, me explicó que si desconfiaran de los aparatos nunca jamás se subirían a uno. Es una buena razón, pero también está claro que hay una responsabilidad humana elemental en la decisión de volar, de navegar o de salir a la calle con una Studebaker colorada o a la plaza en patineta. Nunca, pero nunca, la culpa puede ser de las tuercas y los tornillos o de los relojitos del tablero. Los mecánicos –personas de carne y hueso– pueden ser responsables, pero sobre todo son responsables el comandante del buque, de la patineta o de la Studebaker que deciden si se sale o no se sale en el estado en que se encuentran.

Que el submarino ARA San Juan está hundido y sus 44 tripulantes muertos se sabe desde que se perdió contacto, ya que –dicen esta vez los marinos– mientras haya alguien vivo en un submarino encontrará un modo de hacerlo saber a la superficie.

No es el único submarino que se pierde en la historia de los naufragios en tiempos de paz; el San Juan se agrega a una lista notable de casos que muestran que eso de andar por las profundidades no es coser y cantar.

En 1963 se hundió en el Atlántico Norte, a 350 kilómetros de Cape Cod, el USS Thresher: un submarino nuclear bastante nuevo que hacía pruebas de inmersión con 129 tripulantes a bordo. Estaba preparado para el intento de los talleres de Norfolk, en Virginia. Entre los tripulantes había varios ingenieros del astillero. Lo buscaron durante años y lo encontraron a 2.560 metros de profundidad.

Pero el año trágico para los submarinos fue 1968. El 25 de enero se perdió entre Creta y Chipre y con 61 tripulantes el ISN Dakar de la armada israelí. Dos días después, cerca del puerto de Tolón, naufragó el francés Minerve con 55 tripulantes. El 22 de mayo se hundió el nuclear USS Scorpion cerca de las islas Azores y con 99 tripulantes. Y el 28 de mayo se perdió para siempre el K-129 y sus 83 tripulantes soviéticos en el Océano Pacífico. En todos los casos no hubo sobrevivientes y nunca más apareció el Minerve quizá porque los franceses no los buscaron lo suficiente o prefirieron no investigar lo que había pasado. El K-129 no apareció para los rusos, pero sí lo encontraron los americanos y la CIA se ocupó de rescatarlo clandestinamente para conocer sus misiles balísticos. La última tragedia de un submarino antes del ARA San Juan fue el del ruso K-141 Kursk, uno de los más grandes jamás construidos, varado en el fondo del mar de Barents por una explosión en agosto de 2000. Llevaba 112 tripulantes de los que por lo menos 23 se salvaron de la explosión y esperaron a oscuras el rescate que nunca llegó. Estaba a menos profundidad que su eslora de 155 metros, tanto que si levantaban una de las puntas hasta ponerlo vertical, sobresalía varios metros por encima del nivel del mar. Pero la armada rusa fue impotente para el rescate, entre otras cosas porque perdió tiempo en secreteos que impidieron la ayuda de otros países.

Se dice entre los marinos que da mala suerte cambiarle el nombre a una embarcación. A eso lo sabemos porque la superstición vale tanto para un transatlántico como para un chinchorro. No es el caso del San Juan, que lleva ese nombre desde su bautismo el 20 de junio de 1983 en Emden (Alemania), aunque fue completado e incorporado a la Armada Argentina en noviembre de 1985.

Desde 1981, por una ordenanza racionalista de la Armada, los submarinos argentinos llevan el nombre de provincias que empiezan con S (alguien habrá pensado que nunca habría más que cinco), pero antes del submarino hubo tres buques llamados San Juan en la flota argentina: un destructor (1911), un hidrográfico (de 1929 a 1937) y un torpedero (de 1937 a 1971). El hidrográfico pasó a llamarse Comodoro Rivadavia en 1937 y en 1942 le volvieron a cambiar el nombre por Madryn. Ya se ve que la Armada no tiene un pelo de supersticiosa.

El caso más curioso es el del destructor ARA San Juan de 1911 que nunca se incorporó a la flota porque fue devuelto a los astilleros franceses junto con el Catamarca, el La Rioja y el Mendoza debido a sus notables defectos de construcción, especialmente en las maquinarias (luego Francia los incorporó a su flota). Pero hubo un segundo destructor San Juan, esta vez construido por el astillero alemán Krupp en Kiel y completado en 1915; pasó que cuando estaba listo para su entrega fue confiscado por el imperio alemán para la Primera Guerra Mundial junto con otros tres iguales que iban a llamarse Santiago del Estero, Santa Fe y Tucumán. Los cuatro integraron la armada alemana y fueron hundidos por sus tripulaciones en Scapa Flow el 21 de junio de 1919, junto con gran parte de la flota alemana apresada por los británicos al firmarse el armisticio.

Decía que los hombres de la Armada no son supersticiosos y cambian los nombres de los buques, sobre todo cuando son usados, como el ARA General Belgrano, que sobrevivió a Pearl Harbor cuando se llamaba USS Phoenix y se incorporó a nuestra flota como ARA 17 de Octubre. Pero así como los cambian, también los repiten: cuando uno es dado de baja queda libre su nombre y otro lo puede heredar, como el caso de Hércules o Santísima Trinidad, que se repiten desde tiempos de Guillermo Brown.

Pero hay nombres que no se repitan nunca más...

No se repiten los nombres de los buques hundidos en cumplimento de sus misiones, sencillamente porque no se los da de baja. El submarino ARA San Juan –igual que el crucero ARA General Belgrano– continuará ocupando su nombre en la flota de la Armada Argentina y la razón es muy lógica y muy emocionante: esos hombres y esos buques se fueron a patrullar nuestros mares para toda la eternidad.

Millennials


Millennials, así, en inglés porque en castellano no da, son los de la generación Y, que como su nombre lo indica es la que siguió a la generación X. Son los que nacieron a mediados de la década de 1980 y tenían unos quince años en 2000, así que hoy tienen entre 25 y 35.

Algunas características de los millennials le hacen decir a Simon Sinek que se criaron bajo estrategias fallidas de educación. No todos, claro, pero muchos de ellos sufren una enfermedad que les impide salir de la adolescencia. Sus mismos padres, quizá empujados por alguna frustración o por no querer lo que hacían, los convencieron de que basta con querer las cosas para tenerlas. Algunos ganaron premios no por merecerlos sino porque sus padres se quejaron porque no los recibían. Hasta las notas del colegio son producto de las quejas de los padres y no del estudio de los hijos. Para que no se frustren se premia también a los peores, se borraron las sanciones y las exigencias y hasta los berrinches se volvieron expresiones de estados de ánimo que conviene respetar en lugar de corregirlas con un sopapo. Para las categorías infantiles de cualquier concurso hay que dar tantas medallas como participantes... ni siquiera nos dimos cuenta que al dar a todos la misma medalla estábamos devaluando la que le damos a los mejores, que son los verdaderos frustrados de la generación del milenio; pero además les dijimos a los peores que eso no importa y los convertimos también en frustrados cuando se dan cuenta de que hay que trabajar duro en este mundo donde no todo es soplar y hacer botellas.

Viven en la cultura de WhatsApp, Facebook o Instagram, en la que todo es lindo, fácil y divertido... porque es mentira. A cada cosa que hacen o dicen, 300 amigos les contestan bieeeeeeeen, qué liiiiiiiiiiiiindo, wooooow... o los llenan de aplausos y pulgares para arriba solo porque no saben explicar lo que les gusta o no les gusta. Si en nuestra generación hubiera ocurrido eso, bastaba con mandarlos a freír buñuelos por zalameros.

En las conversaciones con sus mayores, incluidos sus padres, les alcanza con la excusa “estamos en el siglo XXI” para dar por buena cualquier estupidez que se les cuestione: ellos son los árbitros de toda la historia. Es cierto que el mundo cambió, pero lo que cambia del mundo son los estilos y los modos y no lo esencial de la condición humana ni la realidad de lo que acontece. Cambia el relato pero no cambia la historia. El mundo de los millennials se ha vuelto un relato como el que nos acostumbró la política: ya no importa si las cosas pasaron o no pasaron: en tiempos de la posverdad lo que importa es lo que se dice que pasó.

Pero lo peor de esta generación es la superficialidad. Nada es profundo, nada es permanente, nada es del todo en serio, no hay compromisos ni otra actitud que los gustos propios. Las conversaciones –cara a cara o por redes sociales– son colecciones de autorreferencias aburridas y superfluas. Hablan mucho porque hablan de ellos, todo el tiempo y con todos.

El Puente

El Puente, departamento Tarija, Bolivia, 21 de noviembre de 2017

La culpa del gliptodonte

Quizá quedó en los genes de los tehuelches el miedo a los gliptodontes que campaban en la llanura pampeana hace 200.000 años. O fue el mareo hereditario de los que se bajaron de los barcos para mestizarse con las hijas de los guaraníes y charrúas... Está probado que los argentinos no podemos vivir sin vías de escape. Padecemos una ansiedad genética por huir de algo que alguna vez nos puso locos.


En cualquier sociedad más o menos civilizada, los que llegan primero a una reunión eligen los lugares y quienes llegan después se quedan con lo que hay. Si es un cine, un aula de clases, un teatro o una iglesia, el lugar que primero debería ocuparse es adelante y al medio, desde donde también se ve mejor o se aprende más... porque los que llegan antes lo hacen para conseguir como premio los mejores lugares y no para quedarse con los peores. Y como es lógico cuando van a una reunión a la que asiste mucha gente, los educados del planeta llegan puntuales, usan el baño antes de entrar en la sala y se van tranquilos después de que termina la función. Como fueron a eso y quizá pagaron para asistir, ocupan su tiempo asistiendo y no zangoloteando todo el tiempo y de acá para allá como bola sin manija.

Si en la Argentina mira con un dron un teatro, una iglesia, un cine, un aula de clases… va a ver que las cabecitas dibujan el contorno de una campana vacía, más ancha en la fila uno y más estrecha en la zona central. Debe ser el complejo del gliptodonte que provoca que la gente que llega primero se quede cerca de las vías de escape, los que vienen después pasan por encima de ellos, y los siguientes por encima de dos filas hasta que es imposible pasar por encima de cuatro o cinco, así que quedan vacíos los lugares de adelante y el centro, aunque sean los mejores. Los que llegan más tarde se van agolpando en el fondo, parados porque prefieren eso a la pirueta por encima de sus congéneres, que tampoco se quejan mucho porque todos padecen la misma tara.

Los grupos humanos como la multitud, el público, la manifestación, la procesión, el piquete, los que esperan su avión en el aeropuerto... son focus groups gratuitos de nuestra inteligencia colectiva, que es algo así como la suma del coeficiente intelectual de todos los presentes dividida por la suma de su nivel de educación. Y en la Argentina da fatal.

Grand Splendid

Librería El Ateneo en el antiguo teatro Grand Splendid de Buenos Aires

Serendipity


No es guaraní... Serendipity es inglés puro y no tuvo una versión en castellano hasta que la Real Academia Española la aceptó como serendipia, así que ya no vale decir serendipidad o cosas por el estilo. No es guaraní pero lo parece, sobre todo si se pronuncia la i griega como en Curupaity, así que seguiré ocupando serendipity en lugar de serendipia. La palabra llegó al inglés desde un topónimo ceilandés: Serendip es como llamaban los persas a la isla de Ceilán, que hoy ocupa Sri Lanka. Pero el significado de serendipity o serendipia viene de Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo, la versión veneciana (1557) de algunas leyendas persas sobre la isla de Ceilán. Llegó al inglés y al concepto actual gracias a las fábulas de Horace Walpole, tomadas de la versión veneciana y publicadas como The three princes of Serendip. En la versión de Walpole los tres protagonistas se la pasan descubriendo por accidente cosas geniales. Según la Real Academia Española quiere decir hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. El diccionario Oxford la define como hechos o hallazgos positivos que ocurren por casualidad. Sea lo que sea, seguro que no es accidente con suerte, como algunos creen.

Nadie me la pidió, pero si tuviera que dar una definición de serendipity diría que es la lógica propia de los acontecimientos o de las cosas que ocurren sin nuestra intervención. Es la comprobación más empírica de que la naturaleza tiene su propio rumbo y que cuando nos empeñamos en cambiarlo termina todo peor de lo que nos proponíamos. La serendipity es altamente recomendable como actitud ante la vida, sobre todo en algunas situaciones que paso a comentarle.

El caso más evidente es el del sueño. Si a usted lo ataca seguido el insomnio lo habrá experimentado muchas veces: no hay nada peor que intentar dormir. Parece una contradicción pero no lo es. La misma ansiedad nos hace perder el sueño, así que lo mejor es relajarse y disfrutar de una buena lectura, de un sándwich rico o de una temporada entera de House of Cards. Aproveche el tiempo que le regala la falta de sueño y va a ver cómo el mismo sueño lo va a vencer, y si no es en esa noche será en la siguiente o en la otra, cuando lo agote el sueño acumulado. ¿Hay mucho drama en pasar un día con los efectos de la falta de sueño? Lo hacemos a cada rato sin insomnio, pero resulta que nos preocupa justo cuando no podemos dormirnos. No se haga drama ni le haga caso y va a ver que el insomnio se le va a de la croqueta y duerme como un bebito.

Ya debe saber que las cosas que se pierden no se encuentran buscándolas sino con pura serendipity. Solo hay que pensar un poco para atrás y recordar la última vez que vimos o usamos lo que se nos perdió; ahí puede estar la clave, pero sobre todo hay que esperar que las cosas que perdemos actúen solas: ellas claman por sus dueños casi como si estuvieran vivas; en realidad es nuestra cabeza la que actúa sin darnos cuenta. Buscar sin ton ni son, atolondrados, es pura pérdida de tiempo y un obstáculo bestial a la serendipity.

Entre las cosas perdidas están los amores, el novio o la novia quiero decir, que tampoco deben buscarse para encontrarlos. El amor es como el sueño, aparece siempre cuando no se lo busca, por pura serendipity, y el empeño por conseguirlo nos lleva casi siempre a equivocarnos fiero con consecuencias terribles. Debe ser la razón por la que San Antonio es a la vez el que busca novio y el que encuentra las cosas perdidas. El trabajo también es cosa de serendipity. Hay que dejarse de hinchar con eso de pretender el empleo perfecto cuando no lo tenemos y hay que tirarse de cabeza en lo que salga por casualidad. Va a ser el mejor trabajo porque el mejor trabajo es el que se tiene y no el que uno se imagina, entre otras cosas porque siempre pensamos que somos mucho más de lo que creemos.

Tampoco conozco a nadie que haya hecho dinero a fuerza de buscarlo, como nadie encuentra un tesoro si no tiene el mapa y los mapas son todos truchos. El dinero es dinero y así como viene se va. Déjelo tranquilo que tiene su propia lógica y apenas sirve para algunas cosas poco importantes de la vida. Cuando tenga que llegar, llegará; y si se vuelve loco por conseguirlo solo va a conseguir volverse loco.

Pero lo mejor de la serendipity es que un buen día nos damos cuenta de que era mejor perder la plata, no enamorarnos de esa persona, estar despiertos cuando los demás duermen o disfrutar de unos días de vacaciones forzadas o de pobreza obligada. La serendipity es toda una actitud que le recomiendo para muchas cosas de la vida en las que terminamos metiendo la pata y que seguro saldrían mejor sin nuestra intervención.

Eucaliptus

Etcheverry, Buenos Aires, 1 de septiembre de 2017

Votar borrachos

A pesar de ser obligación, en la Argentina vota el 70% del padrón electoral. Quiere decir que aunque la ley establezca la obligatoriedad, de hecho no es obligación. Votar en la Argentina es más un derecho que un deber; un deber cívico sin consecuencias reales, ya que aunque las sanciones están previstas, nadie las aplica. Ni en Cuba ni el los Estados Unidos es obligación votar Unidos, pero los gringos votan un martes, laborable como cualquiera del año.

También puede ocurrir que los que no votan en la Argentina no voten por retobados: porque los obligan a votar. Habría que probar con el voto optativo para saber si sube o baja la cantidad de votantes. Sea lo que sea, la costumbre es una fuente del derecho, por eso las leyes se devalúan cuando la gente deja de cumplirlas sin consecuencias y eso es lo que pasa con la obligatoriedad del voto en la Argentina, sancionada por la llamada Ley Sáenz Peña en 1912, un poco después de la Edad Media.

Además del voto obligatorio, el Código Electoral establece la Ley Seca. Resulta que no se puede tomar alcohol "desde doce horas antes de iniciado el comicio hasta tres horas después de finalizado", dice la ley, pero está claro que el estado paternalista no quiere que nos emborrachemos justo cuando hay que elegir autoridades.

Es tenebroso que el Estado crea que todos somos unos borrachines en potencia, gente sin voluntad, y que por tanto es mejor evitar la venta de bebidas alcohólicas para evitar que nos emborrachemos y votemos cualquier cosa o nos desgobernemos y se nos dé por la batahola justo en el día de elecciones. Y si supone eso, también supone que los otros días del año podemos emborracharnos y armar grescas donde se nos ocurra: es decir que el problema no es la ebriedad, el desgobierno o las bataholas que afecten al resto de los ciudadanos sino sólo cuando afectan a las elecciones. Los que redactaron esa ley debían pensar que somos un pueblo de retardados mentales.

Está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas y no su consumo. Es decir que puede tomar alcohol en su casa pero no en el bar o el restaurante, que además estará cerrado. La noche anterior a cualquier domingo de elecciones es un delito expender alcohol en bares y restaurantes en el país que declaró al vino su bebida nacional.

Los argentinos somos así: cuando nos obligan a votar se nos van las ganas de hacerlo y cuando nos prohíben el alcohol nos dan más ganas de tomarlo. Deberíamos probar a ver qué pasa si vamos a votar todos borrachos: quizá ese día elegimos a los que nos saquen de la decadencia.

Solo Venezuela salva a Venezuela


Por la historia viajan los países como si fueran vehículos en una autopista. Por ahí van autos más chicos y más grandes, más rápidos y más lentos, chatas desvencijadas, camiones pesados, motos, ómnibus… de todo y cada uno a su aire. Unos van más o menos derecho, por el medio, por la derecha o por la izquierda; otros van por la banquina y hasta alguno espera parado que lo vengan a auxiliar. También están los que van en zigzag, de un lado para el otro, haciendo slalom como esquiando o a los tumbos. Los que antes iban derechito y a buena velocidad de repente pinchan una rueda y entran a dar viracambotas. Y los que antes se hacían los tuercas, en un momento se vuelven choferes de coche fúnebre. Aunque los podemos espiar si nos ponemos a la par, en la autopista no nos preocupa lo que pasa adentro de los otros vehículos: cada uno es libre de ir como se le de la gana... hasta que choca o se pone de contramano y se vuelve un peligro para el resto.

Hoy seguimos con cuidado las maniobras de una limusina bastante grande que va por la autopista a los ponchazos. Hace rato que adentro del auto se vienen peleando duro los pasajeros. Parece que los del asiento de atrás están un poco rebeldes porque quieren ir para otro lado; el conductor, sin soltar el volante les propina manotazos para ver si los puede poner en caja, pero consigue todo lo contrario. Miramos preocupados porque en cualquier momento se pegan un palo contra el muro de hormigón de la izquierda, justo por donde van los que viajan más rápido.

Cada auto, igual que cada casa y, por supuesto, cada país, debe arreglar sus problemas sin injerencia exterior. Hasta que la situación se pone densa y amenaza con complicarle la vida a los que están afuera o los de adentro piden auxilio; o aunque no lo pidan decidimos que hay que intervenir para evitar males mayores para ellos mismos. El problema es que el límite de la intervención es tan borroso que nunca dejará contentos a todos entre otras cosas por la ley del comedido, que siempre sale mal. Y para colmo resulta que las cosas arregladas desde afuera nunca duran mucho.

Miramos asombrados y desde afuera cómo Nicolás Maduro legaliza con una constitución a medida su propia dictadura fregándose en unos derechos que no tiene. También se fregó en las mayorías porque tampoco las tiene para ganar una elección en buena ley.

Ahora el gran desafío de Venezuela es arreglárselas solos, porque cualquier intervención exterior, hasta del Papa Francisco, puede ser fatal para el futuro de la democracia venezolana. Nada legitima más a los ilegítimos que los enemigos de afuera (ahí esta Cuba, que todavía alimenta su revolución ya rancia con el odio a los gringos) Como en cualquier discusión, cuando intervienen los de afuera se pierde la legitimidad de los actos y todo puede volverse para atrás porque los que pierden legitimidad, necesitan recuperarla a cualquier costo. Por eso rige más que nunca el sabio principio del no te metas que en lenguaje diplomático se llama de no injerencia en los asuntos internos de los estados soberanos.

Pero la discreción es otro principio elemental de la diplomacia, tanto que solo se conocen las gestiones que tienen éxito y nunca nos enteraremos de los esfuerzos por arreglar las cosas que no se arreglan (o por desarreglar las que no se desarreglan). Otros se saldrán de la vaina por contarlos, pero los diplomáticos –y mucho más los de la Santa Sede– saben guardar silencio hasta la tumba. Además tienen por norma morderse la lengua si es otro el que consigue coronar una gestión iniciada por ellos: saben que lo importante es el éxito y no el crédito de las gestiones.

Hagan lo que hagan el resto de los países a favor y en contra del régimen que gobierna en Venezuela, a Nicolás Maduro y a sus amigos los fortalece que el resto del mundo los sancione, que el Papa se les enoje, que Macri les retire las condecoraciones, que Avianca deje de volar a Caracas, que Trump les congele las cuentas, les anule las visas a los bolivarianos y hasta deje de comprarle petróleo a Venezuela. Una macana porque casi todas las consecuencias de las medidas que tomen los gobiernos desde afuera harán sufrir más al pueblo venezolano.

Todavía no sé si es por la mezquina oportunidad de ser rebelde o por la altruista ocasión de defender la libertad de los venezolanos, que tengo unas ganas locas de agenciarme un casco de moto y una máscara antigás para sumarme a la desobediencia civil en las calles de Caracas o de cualquier otra ciudad de Venezuela. Hoy es hoy y es cuando ellos están a punto de cambiar la historia de Venezuela con la fórmula con que Mahatma Gandhi cambió la de la India: ojalá tengan la paciencia de los indios para que les vaya tan bien como a ellos y se vuelvan una democracia adulta (para no decir madura) como la de la India. Todos lo necesitamos, pero sobre todos los americanos del sur.

En tren al pasado


Inauguraron por fin el tren a Mar del Plata. Sale de Constitución y el viaje tarda casi siete horas. La noticia podría ser de hace 150 años pero no, es de esta misma semana, la primera de julio de 2017. Le aviso que hace 60 años, ir a Mar del Plata en tren tomaba cinco horas y así fue hasta que un día amargo de nuestra historia un presidente y su ministro de economía decidieron que los ferrocarriles no son una inversión sino un negocio y como no son un negocio desamortizamos en dos patadas una inversión de 150 años: quedaron abandonados miles y miles de kilómetros de vías con sus sistemas de señales, estaciones, talleres, silos, puentes, terraplenes, barreras... que habían civilizado la geografía argentina entre 1850 y 1990. Bueno, algunos trenes sobrevivieron, pero porque los subsidios eran negocio para los degenerados que los explotaron fregándose en los usuarios, y para los señores feudales de los dos sindicatos que se quedaron con varios de esos negocios subsidiados y hasta con antiguos talleres para construir shoppings y clubes privados.

El pasaje de primera clase a Mar del Plata sale 200 pesos de lunes a jueves y 450 de viernes a domingos. Todo bien y no es tan caro, pero a pesar de su nombre la primera clase es la última. La primera de verdad se llama pullman y es más cara, porque ya se sabe que hay un mundo mejor cuando hay más plata. El tren tiene bar y comedor y está nuevecito, recién traído de la China. Lo que se pregunta todo el mundo es porqué un tren cero kilómetro, con vías, balasto y durmientes nuevos, es más lento que hace 60 años. Le explico:

Después de unas dosis de corrupción, en el segundo intento consiguieron durmientes que no se doblan y vías en condiciones para los nuevos trenes, que no son de alta velocidad aunque podrían llegar a Mar del Plata en poco menos de tres horas. Renovaron todo, pero no cambiaron la traza que hace 155 años une Mar del Plata con Buenos Aires (y conste que solo había que elevarla un poco en algunos tramos). Hoy hay 300 veces más autos que hace 60 años y hace 155 solo cruzaba las vías algún carro tirado por caballos y tres gauchos sureños de vez en cuando. El trayecto actual tiene 114 pasos a nivel que obligan al maquinista a reducir la velocidad por si algún distraído cruza wasapeando desde su celular. Además el tren para en doce estaciones, cosa muy cómoda porque usted puede subirse en Chascomús y bajarse en Viboratá.

Está buenísimo que haya vuelto el tren a Mar del Plata, pero no me diga que no es para llorar. A estas alturas tendríamos que estar viajando desde Posadas a Mar del Plata en siete horas, en trenes que surcan unas vías casi sin curvas ni cuestas empinadas a 300 kilómetros por hora. Es increíble como aún haciendo esfuerzos para llegar al futuro, los argentinos conseguimos volver al pasado…

Pero si la historia de los trenes es para llorar, la del metrobús da escalofríos. Metrobús se llama a los carriles exclusivos para colectivos que se van extendiendo por toda la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Resulta que hace 55 años había un metrobús que se llamaba tranvía, solo que era eléctrico y rodaba sobre rieles con sus ruedas de acero como las del ferrocarril. Es decir que no contaminaba nada. Ahora resulta que estamos descubriendo la pólvora con unas líneas de asfalto en las que unos armatostes a gasoil queman cubiertas y nos fumigan con el humo de su combustible fósil. Hace 55 años nos vendieron la jubilación de los tranvías como un progreso y resulta que fue un regreso a la era de las cavernas: pasamos de viajar en simpáticos vagones que ni ruido hacían a embutirnos en unos camiones inhumanos que andan por la ciudad corriendo carreras, acelerando y frenando como energúmenos. Aquello también fue una batalla de sindicatos y como siempre perdió la gente. Para colmo señalamos al colectivo como uno de los grandes inventos argentinos, que por suerte ahora tiende a desaparecer entre los carriles del metrobús y las carrocerías de autobuses como la gente que existían en el mundo bastante antes que el colectivo.

Tres horas en el banco


Confieso que fui al banco y que me hubiera gustado asaltarlo. Pero no, fui de día y como cualquier cliente que tiene que hacer un trámite cotidiano. Lo singular de esta vez es que gasté casi tres horas encerrado para cobrar un cheque de morondanga en la sucursal del centro de la ciudad de Corrientes del Galicia (que ya no se llama Banco). No soy cliente de ese banco sino de otros, pero son todos bastante parecidos. El Galicia es un banco privado de los más grandes de la Argentina, pero a estas alturas me da lo mismo si es público o privado. Además estoy seguro de que hay muchísima gente que sufre todos los días y no de vez en cuando las incomodidades y pérdidas de tiempo que voy a relatar.

Llegué más o menos a las diez de la mañana y esta vez no se me ocurrió llevar una novela porque pensé que sería cosa de minutos. Primero tuve que hacer cola para sacar el número en una de esas pantallas que te cansan con sus preguntas: hay que poner el número de documento, la clave fiscal, la patente del auto y la vacuna antivariólica antes de rellenar las opciones que casi siempre son compatibles entre sí pero no te dejan ni preguntar.

Una vez que tuve mi numerito –el G108– impreso en un papel termonosecuanto subí una escalera hasta el primer piso… Bueno, me quedé en la mitad porque la sala estaba repleta de gente. Repleta, repleta, pero repleta. Todos los asientos estaban ocupados y el resto, otro tanto, estaban parados: seríamos unas 70 u 80 personas en total. Conseguí hacerme lugar y estiré el cuello para ver la pantalla y averiguar por qué número iban: G075. Faltaban 33 para mi letra, porque también había con la F, con la C y con la A. Solo recuerdo ahora que 45 minutos después de llegar, el número G estaba apenas en el 80: el pronóstico daba hasta las cinco de la tarde.

De tanto en tanto aparecía un nuevo número y la pantalla sonaba como un mensaje de wasap (ahora que lo pienso sería genial hacer un sorteo con número aleatorios y no por orden de llegada). Un guardia privado vestido de marrón y amarillo custodiaba para que no hiciéramos nada más que mirar la pantalla de los numeritos, donde también campaba en pantalla partida un comercial sobre el hotel Llao Llao y un campeonato de golf auspiciado por el banco para gente muuuuuy feliz. En cuanto uno de los clientes sacaba su telefonito, le gritaba: “–¡Celular!” para que lo vuelva a guardar. Después pude ver un cartel pegado a la pared que ofrecía bolsas selladas para los teléfonos: debe ser para no tentarse. Es curiosos que hoy en día no haya wifi en un lugar en el que tenemos que esperar horas. Dicen que es por seguridad, pero significa que para que no te roben el dinero, que va y viene, te roban tu tiempo que se va para siempre y es lo más caro que tenemos todos.

La sala era ciega, como son hoy todas las salas de espera de los bancos ya que también por seguridad no se puede ver lo que pasa en las cajas. Es decir que los pacientes miradores de numeritos no podemos saber si se están riendo de nosotros, están tomado mate o de vacaciones… o si el banco se está fregando en sus clientes porque no pone los empleados necesarios para atenderlos, como fue en este caso: solo había que mirar la pantalla para saber que tres de las ocho cajas no estaban activas.

A las 11.30 cerraron las puertas del banco. El horario es hasta más tarde pero cierran para que no entre más gente. La sala seguía abarrotada con clientes en la escalera hasta la planta baja. Para colmo los números G avanzaban más lerdos que los caballos de los malos en las películas de cowboys.

Después de unas dos horas pedí ir al baño. Imposible y también es por seguridad. Bueno, no hay baños para los clientes pero sí para los empleados. “–¿Cómo hago?” le pregunté al guardia: “–Tiene que salir, pero entonces ya no podrá entrar”. Sin wifi, sin baño, incomunicado y sin poder hacer otra cosa durante tres horas. Aquello era lo más parecido a un secuestro colectivo, o a una cárcel donde todo también es por seguridad. Lo curioso es que te meta preso la empresa que hace negocios con tu plata y que por eso te tendría que cuidar como un rey. Y más curiosa todavía es la paciencia de todos los que tenemos cuando naturalizamos el maltrato.

Un abogado vivo y tenaz haría estragos en el sistema bancario argentino.

Félix


Murió Félix el martes mensajeaba hace unos días un amigo común. Agradecí que no dijera que se fue de viaje porque no tengo esa sensibilidad para entenderlo: un viaje es un viaje y la muerte es la muerte. No nos veíamos en carne y hueso hace por lo menos un año, pero sí en Facebook y la última vez que Félix subió algo fue el pasado 3 de junio: un pensamiento más o menos trascendente que cosechó algunos comentarios, hasta que los comentarios se convirtieron en adioses agradecidos, que es como ahora se despide a los muertos. Tampoco entiendo por qué mandamos mensajes por redes sociales a los muertos, justo cuando ya no están en las redes sociales. Bueno, sí, entiendo que es un modo de hablar de uno mismo, que es lo que mejor sabemos hacer los seres humanos y haré yo ahora mismo.

Éramos adolescentes cuando a Félix lo operaron del corazón. Tal como lo entendí entonces, tenía un agujero de nacimiento entre dos compartimientos y eso le daba un trabajo suplementario al músculo, como para cansarse más de la cuenta. Sabíamos y sabía él que si no lo operaban se moría, así que un día la cosa se puso urgente y nos organizamos los amigos para dar la sangre que necesitaba para una operación a corazón abierto en la que le pondrían el parche en ese agujero. Fue en el sanatorio Güemes y me acuerdo que esa mañana fuimos cuatro juntos: los otros tres se desmayaron después de dar sangre en el hall súper transitado del sanatorio y yo no estaba para ayudar a nadie, así que me senté a esperar. Lo curioso es que la gente pasaba sin darle la más mínima importancia a tres adolescentes desparramados en el piso del hall de entrada del Güemes.

Un día de 1982 naufragamos en el delta del Paraná. Acababa de terminar la guerra de las Malvinas y el que nos rescató fue el almirante Anaya que navegaba en el yate del comandante de la Armada, seguido de cerca por uno de custodia de la Prefectura. En la cubierta de ese barco tuvimos una conversación algo áspera sobre la heroicidad y la valentía, mientras Félix me hacía gestos para que me callara. El almirante decía que después del hundimiento del crucero General Belgrano mandó guardar la flota y yo sostenía que estaría más orgullosa en el fondo del mar, después de haber peleado con coraje por la recuperación de las islas. Es un principio elemental de la estrategia no dar la pelea que no se puede ganar, pero una vez empezada hay que hacer todo lo posible por ganarla, o perderla con dignidad: esconderse es pura cobardía. Parecía una barbaridad, pero 35 años después de la guerra la flota sigue inutilizada y arrumbada en el mismo puerto al que Anaya la hizo volver para no perderla en la batalla.

Félix era un grande y también era bastante grandote. Además jugaba bien al golf, un poco encorvado por su estatura, pero le pegaba lejos y derecho. Vivía entre Dallas y la ciudad argentina de Mendoza y no paraba de inventar empresas de servicios informáticos. Un buen día se casó y un mal día se quedó viudo con tres hijos. No se volvió a casar porque no le dio el tiempo: su nuevo amor llegó casi junto con el cáncer asesino que le ganó la partida al corazón. Ella lo cuidó hasta el último día.

Hace un par de años decía Félix que cada día que pasa morimos un poco. Yo le contestaba que es al revés: cada nuevo día es un día de vida que hay que disfrutar y aprovechar al máximo, pero no logré convencerlo porque también tenía razón al decir que cada nuevo día nos acerca más a la muerte. Todo depende de cómo se lo mire, pero tengo claro que después de la muerte de su mujer, Félix pensaba sin tristezas y con bastante mística que cada día podía ser el último de su vida.

Ahora que lo pienso, creo que la diferencia está en que Félix creía que morir nos da la oportunidad de terminar lo que empezamos. Morir es completar la vida como quien termina un viaje. Cuando morimos no es que nos vamos sino que llegamos; no empieza sino que termina el viaje y lo que viene más allá es cuestión de fe y es vida definitiva, pero de viaje no tiene nada. La muerte es tan parte de la vida como nacer y un día tendremos que enfrentarnos con ese momento esencial como quien se encuentra con una amiga, con una extraña o con una enemiga. O con una hermana, como la llamaba Francisco de Asís. O con la novia, como canta la Legión Extranjera española.

El inglés de la cantidad

Hace años vivía en Posadas un inglés que trabajaba para la Shell y jugaba al golf en el Tacurú. En el hoyo 19 pedía la cerveza que le diera mayor cantidad por menos precio y sostenía que no había otro criterio. Todos pensábamos –probablemente sin razón– que lo que buscaba no era cantidad de cerveza sino la mayor cantidad de alcohol por menos dinero. Es que en esto de beber cerveza, o vino o lo que sea, el mundo también se divide en dos clases de personas: los que buscan cantidad sin importar la calidad y los que prefieren disfrutar de la calidad aunque sea en menor cantidad (entre otras cosas porque es más caro).

No hay ningún problema entre los partidarios de la cantidad y los de la calidad… hasta que se juntan. Entonces se abre la caja de las tempestades, así que le recomiendo alejarse despacito y haciéndose el tonto si le toca andar por ahí.

Pasa que cuando se cuela un partidario de la calidad en el club de la cantidad, la reunión termina mal porque tarde o temprano la conversación cae en la cuneta y empieza a tratarlos de amarretes, roñosos, tacaños, mugrientos y borrachines de cuarta… y resulta que eso no le gusta a nadie. Y cuando es al revés arde Troya porque el partidario de la cantidad se toma hasta el agua de los floreros sin importarle el gusto, el paladar, las redondeces, los taninos y mucho menos el precio de cada botella.

No sé si es por la billetera, por la edad o por la cultura que a medida que crecemos preferimos menor cantidad de cosas mejores que más cantidad de cosas peores. Debe ser una consecuencia de la madurez –cuando vamos cayendo en la cuenta de que el tiempo es escaso– que nos hace pensar que sólo vale la pena leer libros buenos, visitar lo que ya conocemos y tomar whisky importado. Y ya se ve que no hay mal que por bien no venga.

La première gorgée de bière

Imagínese que llega a su casa cansado después de un día de intenso trabajo y bastante calor. En la refrigeradora lo espera una botella de cerveza bien fría. Se la sirve en una pinta que guarda en el congelador y disfruta del primer trago como si estuviera en el cielo. La première gorgée de bière es un estándar muy francés de los placeres minúsculos y es el título de un libro de Philippe Delerm que le recomiendo, pero se lo explico porque va a ser difícil de conseguir.


Hay gente capaz de disfrutar así, como si se estuviera bebiendo el cielo, de un vaso de agua que ni siquiera está fría. Otros, en cambio, encontrarán siempre algún defecto: la cerveza tiene poca espuma, o tiene más de la cuenta, o no está tan fría, o está demasiado fría… De paso le aviso que la espuma es parte esencial de la gloria de la cerveza igual que la serendipia de tomársela como le toque, sin provocarla ni evitarla cuando se la sirven.

Cada uno tiene en esta vida su première gorgée de bière, sus hábitos, sus reflejos, sus gustos que valen toda la sed del mundo. La cerveza y la sed son apenas ejemplos: ponga la bebida que más le guste y en lugar de la sed ponga el estrés, la fatiga, el aburrimiento, la sobrecarga de trabajos o de problemas.

Aprendemos tarde en la vida que lo que importa no es la plata ni el poder. Y mire que todo el mundo lo dice y lo repite, especialmente los que tienen plata o poder y al cabo de los años no han sido felices. A pesar de esos consejos seguimos buscando la felicidad en las cajas fuertes y en las alfombras rojas en lugar de buscarla en las cosas minúsculas de las que podemos disfrutar mucho más que de los millones acumulados no se sabe para qué.

Y le advierto que en este mundo la riqueza está muy mal repartida y no tiene nada que ver con el billete. Ricos son los que saben disfrutar de las cosas sencillas y pobres los que no saben disfrutar de nada. Ahora se lo abrevio: ricos son los que saben y pobres los ignorantes. Fíjese que no hay sabios ricos y no es porque no sepan sino porque no quieren.

Mire qué fácil es ser feliz con las cosas de este mundo y no le digo nada si cree en las del otro, donde se regala todo lo que de verdad tiene valor. Esos detalles son los que al final importan: ser capaces de disfrutar de los afectos, de la belleza sencilla de las cosas que nos rodean; de los olores de las plantas, del filo de las piedras, de la gravedad fugaz del agua y de los caprichos del fuego; de paisaje estremecedor de la selva o de un arbolito que crece moroso en una maceta; del sabor genético de la carne asada o de lo que nos queda en un vaso con soda de sifón; de la ópera Nabucco en la Scala de Milán o de una cumbia mal grabada mientras cocinamos fideos con manteca… y guarde manteca para una tostada mañanera: no hay nada como el olor de las tostadas mezclado con el del café del desayuno, cuando el día todavía no nos estropeó ninguna esperanza.

Decía Adolfo Bioy Casares que la sensación más placentera –la première gorgée de bière– de su vida la tuvo al despertarse en un camarote de tren y oír los pasos de alguien en la grava. Eso es la vida: nada y todo a la vez. No se la pierda.

Dragón del Iberá

Cuando los españoles y portugueses llegaron a América se encontraron con dragones, leones y tigres. No existía la National Geographic Society ni había zoológicos, así que los animales eran como se los imaginaban por relatos bastante fantásticos y por alguna pintura o escultura tan dudosos como la imaginación de los conquistadores. Hasta que los conocieron de verdad y se acabó el misterio: ahí está en la Casa Botines de Gaudí, justo en León, la estatua de San Jorge chuceando por su lomo a un yacaré del Iberá.


Dragones eran los lagartos y caimanes que pueblan nuestros humedales. Tigres eran los jaguares, que es el nombre genérico de origen quechua para los felinos manchados de América (panthera onca). Leones eran los pumas, la misma especie (puma concolor) en todo el continente. El sustantivo pantera también es común a todos estos animales que, de vez en cuando, salen negros. Todavía hay confusiones con los pumas y jaguares parecidas a las de los dragones con los caimanes. Los Pumas se llama el seleccionado de rugby argentino, a pesar de que lleva un jaguar en su escudo; y leones y tigres se sigue llamando a pumas y jaguares en muchos sitios de América, especialmente en el campo. Además y para que quede constancia, están presentes en la toponimia en castellano de toda América. Leones, en la provincia de Córdoba, es la Capital Nacional del Trigo. Y Tigre, en la provincia de Buenos Aires, es el puerto y la puerta de los porteños al delta del Paraná.

Leones, tigres y yacarés vivían tranquilos en todo el continente cuando había muchísima menos gente que ahora. En realidad, había poquísimos humanos antes de la conquista, porque había menos en el mundo, pero también porque el crecimiento vegetativo de los aborígenes americanos iba a su ritmo. Quiero decir que eran pocos porque querían y no porque se los comieran los animales salvajes, con quienes convivían sin demasiados contratiempos, cuidándose los unos de los otros.

Los leones pero de verdad campeaban en toda Europa hace 4.000 años, antes de que los corrieran a flechazos los antepasados de los que ahora los protegen; la toponimia y la iconografía antigua de Europa no me dejan mentir. Son más peligrosas las leonas que los leones y mucho más parecidas a nuestros pumas por no usar melena; es que ellas son cazadoras y ellos unos vagos perdidos: su ocupación es comer lo que le traen sus parejas, fecundar todas las leonas que pueden e impedir que se acerquen otros machos a comer lo que no es de ellos, en los dos sentidos. Los leones (ellos y ellas) andan en manada, se devoran rebaños enteros y les da lo mismo si es de gacelas o de gringos con anteojos y borceguíes. Los tigres de verdad, los jaguares y los pumas, en cambio, son solitarios y cazan sigilosos, como el gato de mi casa cuando acecha una paloma incauta; y para colmo los pumas también ronronean como el pesado de Tomy. Entre un león, macho o hembra, y sus parientes pumas hay una gran diferencia de tamaño y de peso y lo mismo pasa entre los tigres de Bengala y los yaguaretés, o como se llamen en cada lugar de América.

Los humanos adultos ahuyentamos a los pumas y a casi todos los animales, que no son tan tontos como para acercarse a un depredador de buen tamaño que anda en manadas, con palos y a los gritos. Los pumas no tienen la culpa de ser pumas, ni los jaguares, ni los caimanes… Ningún animal la tiene y tampoco nosotros. Y si fuéramos un poco más humanos aprenderíamos a convivir con ellos como aprendimos a convivir entre nosotros, que somos mucho más peligrosos; respetaríamos su hábitat y buscaríamos el modo de compartir el planeta en el que navegamos juntos, como en el Arca de Noé.

El puma asesino


Unos 20 minutos después de las seis de la tarde del domingo 21 de septiembre de 1997 un puma se llevó a Ignacio, el hijo de año y medio del guardaparques tucumano que vivía en una casa cercana a los circuitos turísticos de las cataratas del Iguazú. Una hora después encontraron el cuerpo de Ignacio en la selva, no muy lejos de la casa. Estaba destrozado por las garras y los dientes del puma. El martes los guardaparques mataron a una hembra vieja que no tenía nada que ver con el episodio y el intendente del parque tuvo que parar la cacería porque los pumas no tienen la culpa de ser pumas.

Era evidente que los responsables de la muerte de Ignacio eran sus padres, que ya tenían suficiente penitencia: la muerte de un hijo agravada con la propia responsabilidad. Pero en los días que duró viva la noticia en la agenda informativa, la televisión de Buenos Aires mandaba puma asesino en sus títulos. No se les ocurría que es imposible que un animal asesine a nadie porque no es sujeto de derecho y no tiene responsabilidad ni libertad para serlo. Además no había que preguntarse qué hacía el puma cerca de la casa del guardaparques sino qué hacemos los humanos en la selva. Unos días después me enteré de que el puma aparecía seguido a buscar la comida que el guardaparques le dejaba con la idea de hacerse amigo del animal...

En marzo de 2017 apareció otro puma en las cataratas. Debe ser nieto o bisnieto del que atacó a Ignacio. Y durante una semana entera se escandalizaron los medios de Buenos Aires porque conocieron la orden del jefe de guardaparques de reducirlo vivo o muerto. Las instrucciones para encontrar al puma autorizaban a los funcionarios a dispararle para proteger su propia vida o la de los visitantes del parque, un caso evidente de defensa propia… solo que, como decía, el puma no tiene la culpa de ser puma.

El puma es uno de los animales más versátiles de América. La mismísima especie –puma concolor– habita desde Alaska a Tierra del Fuego. Vive un promedio de ocho a doce años y pesa entre 50 y 70 kilos (las hembras son más chicas). Ahora me entero de que no rugen como los otros grandes felinos y sí ronronean, como los gatitos. Y también como a los gatitos no les gusta nada que les invadan la casa. Son tímidos y se dejan ver poco por animales más grandes como nosotros.

No estaría de más decirles a los turistas que no pensamos matar al puma porque ellos quieran ver cómo caen millones de litros de agua en los saltos del Iguazú. Y lo que estaría genial –y seguro que atraería a muchos más– es la ruleta rusa del puma. Bastaría con poner carteles que lo adviertan: “Usted puede ser atacado por un puma”. Sería una acción de marketing sensacional y de paso les explicamos a los paseantes que somos nosotros los que molestamos al puma y no el puma el que nos estropea la visita a las cataratas.

Me hacía ver un amigo en estos días que casi a la par del puma de Iguazú apareció un aguará guazú paseando por una calle de Santo Tomé. El aguará es un zorro orejudo y grandote de patas largas que habita los esteros de Corrientes. Quizá algún científico haya estudiado la nueva conducta de los animales silvestres, que se aplica a todas las especies y sobre todo a los pájaros de las ciudades, cada día más atrevidos. Mientras, me aventuro a lanzar una hipótesis esperanzadora: los animales se nos acercan porque nos hemos vuelto más humanos.

Pero ojo, que aunque nosotros seamos más humanos los pumas nunca dejarán de ser pumas.


La fotos del puma y del aguará fueron tomadas por quienes los vieron.

Carnaval desparramado


Le dije a un amigo que nos veíamos después de Carnaval y quedó loco porque no se le ocurría cuándo sería. Le tuve que aclarar que este año Carnaval cae el 27 y 28 de febrero, así que después de Carnaval es marzo. Pero mi amigo quedó loco porque para él el Carnaval dura un tiempo indeterminado que va desde que sacamos el arbolito de Navidad hasta que empieza a llegar el otoño y la Semana Santa.

No le voy a seguir contando el diálogo con mi amigo, solo quiero volver sobre la esencia del Carnaval: cuatro días locos en los que todo se trastoca, todo se hace al revés o todo vale, desde mojarse mutuamente por las calles a bailar con máscaras para que no sepan quiénes somos y así poder encarar las tropelías más audaces, casi siempre con el otro sexo.

Cuatro días locos son cuatro días locos, ni uno más ni uno menos. Porque si en lugar de cuatro los días locos son 40 o 50 la locura pasa a ser parte de la normalidad y el Carnaval se lleva el 20% del año.

Algo pasó cuando un gobierno de esos que tuvimos hace años decidió suprimir el Carnaval. Les parecía que había demasiados feriados así que anularon de un plumazo unos cuantos, entre ellos el de Carnaval, que es un feriado XXL en un buen momento del año, cuarenta días antes de la Semana Santa que cae siempre, siempre, siempre, en la primera luna llena de otoño (de primavera en el hemisferio norte). Por eso, por culpa de los caprichos de la luna, el Carnaval cambia cada año de fechas, unas veces más temprano y otras más tarde.

Los que se cargaron al Carnaval no pensaron que pasaría lo que pasa en estos casos: la gente se fregó en su decisión y siguió con el Carnaval, pero ya no había feriados para orientarse, así que el Carnaval se salió de madre y se desparramó por gran parte del verano y ahora resulta que no hay modo de volver a ponerlo en su cauce –en sus cuatro días locos– en el país que todo el año quiere carnaval.

Además de desparramarse el Carnaval se devaluó: no hay cuerpo que aguante tanta comparsa ni disfraz que se lo banque. Hasta lo efímero del Carnaval se vuelve en contra, porque una cosa es un disfraz para cuatro días y otra uno para dos meses de murga ininterrumpida. Entonces terminan desfilando con los trajes raídos, en comparsas alargadas y carrozas desvencijadas por avenidas o corsódromos mal iluminados. Imitan los carnavales de Río de Janeiro pero no imitan justo lo más importante: duran cuatro días exactos que son los cuatro días de locura que vale la pena vivir alguna vez en la vida, por la locura y por Río de Janeiro.

Los corsódromos son otra historia de la pavada del Carnaval. La ciudad de Río de Janeiro construyó en 1984 el Sambódormo Marqués de Sapucaí y luego, como para no ser menos, lo imitaron hasta en el último pueblo de Corrientes y de Entre Ríos. También en Paraguay y especialmente en Encarnación. Una lástima de construcción inútil gran parte del año, pero como ya la tenemos resulta que hay que amortizarla con carnavales largos y tendidos.

Hay corsódromos de sobra en todas las ciudades: basta con cortar por cuatro días una avenida o una plaza, cosa que hacen a cada rato y para cualquier nimiedad. También se puede ocupar un estadio, el autódromo o el hipódromo de la ciudad que ya tiene el dromo incorporado. Inexplicablemente resulta que hacemos corsódromos para Carnaval pero no hacemos manifestódromos, desfilódromos, piquetódromos, procesionódromos, rockódromos y otros dromos por el estilo. En Río de Janeiro no encierran el Carnaval en el sambódromo porque el Carnaval es mucho más que los corsos: toda la ciudad está de carnaval, precisamente por ser cuatro días locos: si fueran más, ni se enterarían.

Trump y los Pilgrim Fathers


El inexorable fin del poder político es la lección implícita de El otoño del patriarca, la novela sin puntos de Gabriel García Márquez. Mire por dónde las expresiones “no hay mal que dure cien años” y “gobierno de turno” se conjugan perfectamente. Por más longevos que sean los que nos gobiernan, llegará sin remedio el momento de dejar el poder, aunque sea con los pies para adelante, que al fin y al cabo es un modo de dejarlo... Aunque se sucedan las reelecciones y los cargos vitalicios, la salud o la paciencia tienen sus límites y por muchos años que sean nunca serán ni 50, que no son nada comparado con la historia de un país.

Y las naciones tienen una identidad que supera el tiempo, pero sobre todo supera los gobiernos circunstanciales que se turnan en el poder. Será por eso Gran Bretaña ha decidido volver a ser una isla, cosa que está en el mismo código genético del Reino Unido. Los británicos son isleños y se portan como lo que son; su permanencia en una organización continental fue siempre a contrapelo y así terminó. El Reino Unido no duró ni 50 años en la Unión Europea y 50 años tampoco es nada en la vida del Reino Unido.

Estados Unidos no es Gran Bretaña, ni Mongolia, y tampoco es Suiza. Quiero decir que Estados Unidos no es una isla, ni un país aislado por sus vecinos y tampoco es un país endogámico, o neutral, prescindente de lo que pasa del otro lado de la frontera. Lógicamente Estados Unidos es Estados Unidos y tiene su propio código genético en el que está incluida su esencia democrática y de inmigrantes desde que los Pilgrim Fathers desembarcaron del Mayflower en Massachusetts en 1620. Los Padres Peregrinos o Fundadores escapaban del autoritarismo de Jacobo I, que no los dejaba practicar libremente su religión. Ellos trajeron al continente el embrión de la revolución que declaró la independencia en 1776. La Revolución norteamericana anticipó la Revolución francesa de 1789 y las de todas las colonias de la América española en las primeras décadas del siglo XIX.

Estados Unidos es un país genéticamente abierto, en el que conviven democráticamente diversos pensamientos. Entienden que la expresión más cabal de la democracia es esa convivencia y no la posibilidad de elegir a los gobernantes cada cuatro años. No fue fácil en su historia conjugar el puritanismo teocéntrico y la libertad de pensamiento de los Pilgrim Fathers pero siempre se impuso ese código genético de libertad dentro de la ley. Todo parece indicar que la llegada de Trump al poder los ha puesto de nuevo en otra de esas encrucijadas de la historia, como en la época de la esclavitud, de la segregación racial o de la ley seca.

Ahora hay que esperar a que se active el código genético de los Pilgrim Fathers.