21 de junio de 2020

Donde todos estudian

A raíz de esta cuarentena intercambiamos unos mensajes de WhatsApp con un buen amigo, que además es una autoridad universitaria en Posadas. Estaba preocupado con el estilo de universidad que se ha ido improvisando en estos meses de pandemia y sobre todo en los meses o años que vienen. Parece que por mucho tiempo no habrá clases presenciales, que es como las conocíamos hasta ahora, pero a la vez comprobamos que las clases a distancia por medios digitales terminan cansando, aburriendo y sobrecargando a profesores y alumnos. Además de la evidente debilidad de las clases remotas para todo lo que sea trabajos prácticos, laboratorios, talleres o seminarios, las actividades a distancia no tienen la riqueza incomparable de la comunicación presencial. Se pierde la interacción profesor-alumno, profesor-profesor y alumno-alumno, que están presentes en las clases, pero también –y sobre todo– en la convivencia de todos los involucrados en el proceso de la educación superior que se llama universidad.

Pensaba entonces que la cuarentena es una ocasión de volver al concepto fundacional de la universidad, y también pensaba que eso puede resultar un gran bien para la sociedad argentina, necesitada como nunca de la sabiduría colectiva que la saque de una vez de su interminable adolescencia.

La universidad es el invento más fabuloso de la Edad Media. La definición que todavía la explica cabalmente es de Alfonso X el Sabio (rey de Castilla en el siglo XIII) cuando la llamó en las Siete Partidas “el ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes”.


Ahora le tenemos que preguntar a don Alfonso cómo hacemos para juntarnos maestros y estudiantes en época de pandemia. No nos va a contestar él sino la historia, porque desde el siglo XIII hasta nuestros días, pestes ha habido las que uno quiera y ninguna ha terminado con este ayuntamiento de académicos y de saberes.

La universidad no debe ser el lugar donde unos enseñan y otros aprenden sino donde todos estudian. El espacio geográfico no es parte de su definición, pero para conseguir que todos estudien –y estudien juntos– hace falta un lugar común que desde hace siglos se llama campus. El campus permite la interacción entre los estudiantes –maestros y discípulos– que hace avanzar el saber gracias al principio elemental de la sinergia.

El campus es una piscina donde uno puede sumergirse o apenas mojar el dedo gordo del pie. En mi época de estudiante llamábamos inmersión total a la posibilidad de dedicarse full-time a la universidad durante los años de estudiante, algo que se conserva bastante intacto en la universidad anglosajona, donde son full-time tanto los profesores como los estudiantes. Materialmente esa piscina es un campus donde se juntan (ayuntamiento) los maestros y los estudiantes y donde se aprende en las clases, en los seminarios, talleres, laboratorios... pero sobre todo se aprende en la convivencia de profesores con profesores, profesores con estudiantes y estudiantes con estudiantes. En los campus de verdad son más estudiantes los profesores que los alumnos y se aprende más en una conversación de pasillo o de cantina, motivada por el verdadero interés; es la lógica de la pregunta –picada por la curiosidad intelectual– de los que se acercan al profesor al terminar la clase, mientras sale el malón de alumnos indiferentes.

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Nuestra universidad no es hija de la Edad Media sino de Napoleón Bonaparte, que con su manía reglamentadora, la organizó en profesiones: en enseñar haceres más que saberes. Allí donde llegó la influencia de Napoleón se conserva este concepto de reunión de escuelas profesionales, que lo mismo pueden enseñar literatura contemporánea que danzas clásicas eslovacas. En el mundo anglosajón, a donde no llegó la nube de Bonaparte, se mantuvo el concepto medieval del ayuntamiento de maestros y estudiantes que hoy vemos en las universidades británicas o norteamericanas.

La vida cambió desde la época de Napoleón y esa es la razón del éxito del sistema anglosajón, donde se ha conservado el modelo medieval de universidad ligada más a los saberes que a los haceres. La universidad debe enseñar a pensar, y para eso es necesario saber. No es lo mismo ser arquitecto que saber arquitectura o construir una casa (aquí ponga cualquier profesión)

La universidad napoleónica era un lindo proyecto, pero para vidas cortas. En estos dos siglos cambió definitivamente la cantidad de años que vivimos. En aquella época (la misma de nuestra independencia) la esperanza de vida promedio era de 37 años. Es cierto que entonces se tardaba más para viajar, pero la verdad es que se vivía a gran velocidad y desde lo que hoy nos parece todavía la infancia.

Vivimos por lo menos el doble de esos años y los procesos vitales son también por lo menos el doble de largos. Quienes van hoy a la universidad después de terminar el secundario eligen profesiones cuando están lejos de poder decidir semejante cosa. Se explica entonces el éxito del modelo medieval, heredado por las universidades anglosajonas (sobre todo las británicas y norteamericanas), dedicadas a abrir la cabeza y por tanto el futuro de los estudiantes, en lugar de cerrarlo en especifidades estériles.

Quiero decir que no es una buena idea apurar la especialidad a una edad en que no se ha decidido nada importante de la vida y cuando no tenemos la más remota idea de qué será de nosotros, y en cambio sí es una buena idea formar el pensamiento y abrir la cabeza de los que llegan a la universidad. En la universidad ideal de nuestro tiempo las carreras deberían ser pocas y amplias, y dejar para el futuro la especialidad, cuando ya se ha corrido un tiempo en la vida profesional. Esto explica el auge de las maestrías, que son precisamente eso: una especialidad académica para los que ya están inmersos en la vida profesional que les ha tocado y han tomado las decisiones importantes de su juventud.

Eso no quiere decir que no se pueda aprender a hacer cosas, lo que digo es que ese no es el fin de la universidad sino de las escuelas profesionales, a donde cada uno puede asistir cuando le toque en la vida y deberían estar reguladas por los colegios profesionales, pero nunca por la universidad. Del mismo modo que no le toca a la universidad regular profesión alguna: eso es incumbencia de los mismos colegios. Así, la universidad puede dar el título genérico de licenciado (bachellor en el sistema anglosajón), por ejemplo en leyes, pero quien debería dar la matrícula de abogado y regular la profesión y sus especialidades debe ser el Colegio de Abogados. Aquí vuelva a poner la licenciatura que se le ocurra, pero la abogacía me sirve porque es una de las carreras que han reemplazado en la universidad napoleónica a las artes liberales de la universidad medieval, por eso hay tantos abogados que se dedican a las profesiones más insólitas.

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La idea de la universidad como el conjunto de maestros y discípulos que estudian tiene por lo menos... 900 años, pero además es lógica pura, ya que no se podría enseñar lo que no se sabe. Sin embargo nuestra universidad muchas veces es un lugar incómodo, al que los profesores llegan cansados después de un largo día de trabajo, con pocas ganas de dar clases a unos alumnos que intentan conseguir un título estudiando lo menos posible.

¿Cómo fue que la idea original de universidad centrada en los saberes derivó hacia un conjunto cada vez más numeroso de escuelas que enseñan a hacer cosas cada vez más precisas? Empezó con la racionalización napoleónica, pero siguió avanzando en los últimos 200 años hasta convertirse en una feria de títulos habilitantes, tanto que el reclame publicitario de una universidad de Buenos Aires grita confianzudo a sus potenciales clientes lo contrario del concepto elemental de universidad:


Por esta misma tergiversación entendemos ahora que la relación entre las empresas y las universidades debería ser la provisión de empleados calificados. Las universidades ofrecen a sus candidatos salidas laborales rápidas, y para afinar la puntería se asocian con las industrias que demandan esos empleos. Fue así como las pasantías se convirtieron en trabajo temporal barato bajo el pretexto de la práctica laboral: las empresas prueban sin riesgos a los candidatos y los candidatos seducen a los empresarios para conseguir su primer empleo.

La relación de la empresa con la universidad es otra cosa, y por eso pongo ahora en singular a las dos partes de esta sociedad. La universidad en la que todos estudian es la que hace progresar a las ciencias. Por ejemplo –y para no perder la bisagra de la pandemia– la de Oxford va a la delantera en la invención de la vacuna contra el coronavirus. No va a ser la Universidad de Oxford la que la comercialice, sino uno o varios laboratorios que tienen la capacidad industrial. Los laboratorios ganarán muchísimo dinero y aportarán a la universidad parte de ese dinero. Así se mantiene la universidad de Oxford y casi todas las que no hacen negocio con las cuotas de sus alumnos.

En nuestro sistema de escuelas profesionales, las empresas tienen que instalar sus propios laboratorios y dedicar grandes sumas de dinero a la investigación y el desarrollo, cuando podrían aprovecharse mucho mejor esos recursos si la que investiga es la universidad y el resultado de esa investigación es aprovechado por la industria. El estudio y la investigación es el fin propio de la universidad, mientras que la producción, la logística, la comercialización... son tareas propias de las empresas. Esta cooperación convierte en eficaz y prolífica la relación entre las empresas y las universidades en una cantidad inmensa y variada de fórmulas a lo ancho del mundo. Como botón de muestra pongo el Parque Científico de la universidad de Lovaina, en Lovaina la Nueva (Bélgica), donde se han instalado los laboratorios y oficinas de empresa tecnológicas de primer nivel, que así aprovechan la masa crítica de estudiantes (maestros y discípulos estudiando). Otro botón es el Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que es parte de la organización de la universidad, pero auspiciada por empresas de medios de todo el mundo que orientan las investigaciones y tienen acceso a sus resultados.

La universidad argentina debe liberarse de su espiral decadente de profesores cansados que enseñan lo que hacen a unos alumnos que solo pretenden un título que los habilite para conseguir un trabajo.

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En el actual territorio de la República Argentina hubo universidad más de 200 años antes de nuestra independencia. La Universidad de Córdoba y las cinco anteriores fundadas en la América española nacieron más cerca de la Edad Media que de Napoleón Bonaparte y por tanto bajo el concepto original de universidad, ese que dice que es un lugar donde todos estudian y no donde unos enseñan y otros aprenden. La universidad de Buenos Aires fue fundada en 1821, pero todavía faltaban unos cuantos años para que se colara la idea napoleónica de convertir a las universidades en agrupaciones de escuelas profesionales, donde se aprende más a hacer cosas que a dominar una ciencia.


Hasta 1885 la universidad argentina no daba títulos habilitantes: solo certificaba que esa persona había estudiado lo que fuera. Eran las profesiones las que lo daban, lo quitaban y lo regulaban. Tanto que Dalmacio Vélez Sárfield, el autor de nuestro primer código civil y a quien nadie niega su condición de gran jurista, abandonó en primer año la carrera de Derecho... Y Marcelino Ugarte, uno de los primeros juristas de Buenos Aires, consiguió muy joven el título de doctor en jurisprudencia, pero para conseguir el de abogado tuvo que trabajar en un estudio, hacer prácticas durante tres años y rendir examen ante la Academia de Jurisprudencia. Ya se ve que una cosa era ser licenciado o doctor y otra abogado, contador, arquitecto, médico, veterinario, ingeniero...

Desde esa ley de la época de Nicolás Avellaneda hasta nuestros días se ha ido exacerbando la habilitación profesional desde la universidad. Los títulos y solo los títulos dan derecho a ejercer profesiones y esta realidad llegó a pasar los límites del sentido común, tanto que durante unos cuantos años rigió una ley que establecía incumbencias profesionales para las carreras; así al registrar una nueva carrera ante el Ministerio de Educación había que listar taxativamente las incumbencias del título y si se olvidaban de alguna, los graduados nunca iban a poder profesar esa incumbencia bajo pena de ejercicio ilegal de la profesión. Las incumbencias multiplicaron las carreras porque buscaron ofertas y salidas laborales cada vez más específicas; así llegaron a inscribirse 1.500 carreras.

La ley que rige actualmente la educación superior es de 1995 (24.521), con algunas leves modificaciones posteriores. Se apeó entonces del concepto de las incumbencias, pero lo único que hizo fue borrar esa horrible palabra para establecer casi lo mismo en su artículo 42: Los títulos con reconocimiento oficial certificarán la formación académica recibida y habilitarán para el ejercicio profesional respectivo en todo el territorio nacional (...). Los conocimientos y capacidades que tales títulos certifican, así como las actividades para las que tienen competencia sus poseedores, serán fijados y dados a conocer por las instituciones universitarias, debiendo los respectivos planes de estudio respetar la carga horaria mínima que para ello fije el Ministerio de Cultura y Educación, en acuerdo con el Consejo de Universidades. Y el artículo 43 establece requisitos especiales para las carreras que otorguen títulos correspondientes a profesiones reguladas por el Estado, cuyo ejercicio pudiera comprometer el interés público poniendo en riesgo de modo directo la salud, la seguridad, los derechos, los bienes o la formación de los habitantes... solo se salvan pocas carreras, esas que siguen los poetas, los escritores y otros artistas... siempre que no sean profesorados.

Y la decadencia de nuestra educación es la causa de nuestros fracasos como país y mientras la universidad argentina no se despegue del racionalismo napoléonico seguirá sumida en su propia decadencia. La idea de que sea la universidad la que otorgue títulos habilitantes con incumbencias taxativas las convierte en tiendas de diplomas para buscadores de trabajo. Pero peor es el lobby de las profesiones, a las que les conviene que su título sea necesario para trabajar, así obligan a la industria a contratar solo afiliados al colegio profesional y así pueden mangonear a su antojo.

14 de junio de 2020

Las preguntas del coronavirus


Supongamos que tengo un cáncer avanzado y que no me queda mucho tiempo en este mundo. Ante una recaída me internan en la terapia intensiva de un hospital de alta complejidad. Sin querer y sin saberlo, una enfermera me contagia de coronavirus, así que me instalan en una burbuja de plástico hasta que me muero solo como loco malo. Lo reportan como muerte por Covid-19 y por eso mismo no me hacen autopsia y nadie se acerca ni siquiera a mi entierro. A los tres días llaman a mi viuda para entregarle una cajita con mis cenizas, pero nadie está seguro de que sean las mías. ¿Morí de cáncer o de Covid-19?

En los geriátricos españoles murieron dos tercios del total de los 27.139 fallecidos hasta ayer. También hasta ayer los casos de infectados llegaban a 243.209, número que cabe de sobra dentro de las 372.985 plazas distribuidas en 5.417 geriátricos. Si las cuentas no me fallan, en lo que va de la pandemia y por causa del coronavirus, murió el 4,9% de los internos en residencias de ancianos españolas. Ese porcentaje es mayor pero parecido a los de Italia, Francia, Alemania, Suecia, Gran Bretaña, Bélgica y Holanda, países que sumaban hasta ayer 161.981 muertos por el nuevo coronavirus... y estamos contando solo a la mitad de Europa. ¿Cuántos ancianos mueren un año cualquiera en todos los geriátricos del Viejo Continente?

En la cuenta total de casos argentinos el Ministerio de Salud de la Nación suma los trece contagiados de las islas Malvinas. Está claro que las Malvinas son argentinas y también que son compatriotas de pleno derecho todos los malvinenses, aunque ellos no lo sepan ni lo quieran. Pero si ni siquiera están bajo la jurisdicción sanitaria argentina... ¿Qué necesidad hay de sumar a los de las Malvinas a la cifra total de contagiados del país? ¿Contaríamos a los malvinenses si los 3.400 habitantes de las islas estuvieran infectados?

Si hiciéramos el dichoso hisopado a la totalidad de la población de cualquier ciudad de la Argentina nos asombraríamos ante la cantidad de positivos. Es la razón elemental para cuidarnos, pero sobre todo para cuidar a los demás, especialmente a la población de más riesgo, que son los ancianos y los que tienen las defensas bajas por enfermedades crónicas. El barbijo ahora es obligatorio y sirve especialmente para no contagiar al prójimo; es porque que si estamos infectados podemos contagiar a los que están cerca cuando respiramos, hablamos, tosemos o estornudamos. Entonces... ¿Por qué hay gente que todavía no usa barbijo? ¿Por qué la mayoría de los que se lo ponen, lo usan por debajo de la nariz? ¿Y por qué casi nadie respeta a rajatabla la distancia social?

El 80% de los infectados no lo sabrá nunca. Para saberlo deben hacerse el test que cuesta entre 5.000 y 6.000 pesos que ninguna obra social cubre a quien no ha presentado síntomas de coronavirus. Esta semana que pasó y después de tres meses de declarada la pandemia, la Organización Mundial de la Salud ha declarado que los asintomáticos difícilmente contagien. Lo curioso es que tanto la cuarentena, como la distancia, el barbijo y otros cuidados molestos, se deben a que los asintomáticos contagiaban. ¿Para qué hicimos la cuarentena? ¿Para qué usamos barbijo? ¿Para qué pagamos hisopados? ¿Para qué sirve la OMS?

Fue Georges Clemenceau quien dijo que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares. Hoy diría que no hay que dejar las pandemias en manos de los médicos. Mucho más grave es dejarla en manos de los burócratas de la OMS.

Durante los tres meses desde que se declaró la pandemia hemos puesto un número a cada caso. También contamos los muertos, enfermos, contagiados, sospechosos, importados, autóctonos, comunitarios, asintomáticos, testeados, encuarentenados, recuperados... Además contabilizamos los kits, las camas, los respiradores y los días que pasamos en confinamiento... Pero los únicos números que valen de verdad son los del final de esta historia, que nadie sabe cuándo llegará.

7 de junio de 2020

Los afectos y la soledad


Me propuse contestar una pregunta en esta columna. Adelanto que tengo serias dudas de lograrlo, pero antes de eso debo aclarar dos cosas. Primero, que no lo hago como médico, ni como estadístico, ni como científico de ninguna ciencia; lo intento como periodista y con ánimo de honrar nuestro día, que hoy se celebra en la Argentina. Y segundo, que tampoco tengo ninguna intención de juzgar decisiones de las autoridades: es solo un ejercicio que ojalá nos ayude a pensar a todos.

Podría formularla de otros modos, para que se entienda mejor, pero esta es la pregunta básica que quiero responder:

¿Qué cura más: los afectos o la soledad?

Se entiende lo de los afectos, pero aunque la soledad tampoco necesita explicación, se trata ahora de la soledad del encierro de la cuarentena, que sufrimos por culpa el maldito coronavirus, que ya nos tiene la paciencia al límite de la resistencia.

La cuarentena obligatoria –ahora el aislamiento– nos ha encerrado a todos en nuestras casas con la consiguiente imposibilidad de vernos los padres con sus hijos y los hijos con sus padres, los abuelos con sus nietos, los novios, los hermanos, los tíos, los sobrinos, los amigos... A medida que el confinamiento se ha ido flexibilizando, hemos podido encontrarnos con socios, compañeros de trabajo, colegas, clientes... y también ahora con nuestros afectos más cercanos; pero para oírse o verse con quienes están lejos, seguimos pendientes del locutorio carcelario de Skype, Zoom, o lo que cada uno consiga usar para vencer la distancia.

El pasado 20 de marzo hemos quedado separados unos de otros, quizá solo por una pared, por una calle, por un límite interprovincial, por un puente clausurado, por un terraplén municipal, por las fuerzas de seguridad. Dependiendo de los lugares de la Argentina en que a cada uno le ha tocado la cuarentena y gracias a certificados, salvoconductos y apps oficiales, algunos han logrado superar las barreras. Pero en la mayoría de los casos ha sido imposible, entre otras razones porque es mejor no verse para no contagiarse, ya que a pesar de que estamos bien nos han dicho que podemos estar mal y complicarle la vida hasta la muerte a quienes más queremos, hasta el extremo de que si llegaran a morirse, tampoco podríamos estar con ellos...

Además hay familias a la que la cuarentena ha sorprendido con uno o varios de sus miembros lejos de casa. Ahí estaban y están todavía tratando de volver a sus hogares, cantidad de varados en cualquier lugar del mundo. Anteayer entraron por el puente Posadas-Encarnación 198 misioneros que estaban por cumplir tres meses de espera en Paraguay.

Ya dije que no se trata de juzgar ninguna decisión de la autoridad sanitaria: solo estoy aprovechando la ocasión del coronavirus para plantear la necesidad de pelearla acompañados y de darnos tiempo para juntarnos cuando aparezca la próxima pandemia.

No despreciemos la formidable vacuna de tener cerca a los que queremos: es bueno para el alma, pero también es una incalculable fortaleza para el sistema inmune.

Pregúntele a un futbolista si es lo mismo jugar con o sin hinchada; a un ciclista si es más fácil pedalear solo o acompañado; a un piloto si se anima a correr sin escudería; a un soldado si iría a la batalla separado de su pelotón... Pregúntele a un anciano que cuenta los días más caros de su vida sin ver a sus hijos, a sus nietos o bisnietos, si prefiere la soledad o los afectos; le va a contestar que es mejor morir por el virus antes que ahogarse de tristeza.

31 de mayo de 2020

Nada llega para quedarse

A causa de la pandemia del nuevo coronavirus ahora nos lavamos las manos hasta gastarlas, pero esa buena costumbre fue una novedad que trajo la gripe española hace justo 100 años. Alguien descubrió entonces que los virus de la gripe no se bancan el agua y el jabón y que entran en nuestro cuerpo por los ojos, la nariz o la boca, pero llegan hasta ahí mayoritariamente por las manos, cuando las llevamos a la cara después de haber tocado alguna superficie con virus, generalmente la mano de una persona contagiada que también se tocó la boca, la nariz o los ojos. Así que para bajar drásticamente los contagios basta con lavarse mucho las manos y tocarse poco la cara.

Tocarse la cara nunca fue de buena educación y ahora sabemos que tampoco es una buena idea. Cuando éramos chicos nos insistían en la necesidad de lavarnos las manos antes de comer y era costumbre ofrecer a los invitados el toilette para hacerlo; lógico dado que aunque no sea de buena educación meterse la mano en la boca, es inevitable tocar la comida cuando se come.

Aunque son inventos antiguos (sobre todo el cuchillo) los cubiertos se popularizaron en occidente durante el siglo XVI. En gran parte del medio y del extremo oriente se come con la mano o con palitos. Los occidentales también comíamos con la mano antes de que se popularizaran la cuchara y el tenedor. Bueno, resulta que todas las civilizaciones que comen con la mano solo ocupan para eso la derecha, y la izquierda queda para menesteres más sucios o innobles. Es buen dato para cuando le toque andar entre beduinos del desierto: ni se le ocurra comer con la izquierda porque puede enojar bastante a sus anfitriones.

Hace miles de años que los japoneses no andan adentro de sus casas con el mismo calzado que usan para andar por la calle. No solo los japoneses lo hacen: en muchos lugares del norte de Europa los zapatos quedan en la puerta y se entra en medias a la casa. Fíjese si será antiguo, que en el relato de la Última Cena de Jesús con los doce apóstoles se cuenta en detalle la costumbre de lavarse los pies al llegar de la calle: un rito que se sigue representando el Jueves Santo en las iglesias cristianas. Y ahora resulta que algunos dicen que llegó para quedarse eso de dejar los zapatos afuera o limpiarlos bien con lavandina antes de entrar a la casa...

Los japoneses también se saludan sin tocarse hace miles y miles de años. Apenas una reverencia y desde lejos, los varones con las manos a los costados del cuerpo y las mujeres las entrelazan adelante. La extraña costumbre argentina de toquetearse y darse besos entre desconocidos es bastante poco común en el resto del mundo. Cundió sobre todo en Buenos Aires y entre hombres en la década de los 90 y al principio la practicaban solo los funcionarios del gobierno de Carlos Saúl Menem, pero también hay que decir que las mujeres argentinas siempre se besaron al saludarse y también besan a los varones en el mismo momento en que los presentan: bueno, no lo haga en el resto del mundo porque no les va a gustar, como tampoco les gustará que ofrezca chupar la bombilla del mate después de usarla usted. Y hasta en la Argentina sigue siendo una pésima costumbre tomar agua del pico de las botellas, compartir con desconocidos platos, cubiertos, vasos, peines, toallas, ropa, sábanas...


Los shoppings de hoy son iguales a los mercados de la antigüedad, pero con aire acondicionado y calefacción; ahí se concentra la gente y también se contagia, pero recién ahora descubrimos que lo sano es el mercado al aire libre, como las ferias francas, que son exactamente iguales a como eran hace más de cuatro mil años. Y llamamos delivery a lo que hacía mi abuelita en 1930, cuando compraba por teléfono y le llevaban a su casa toda la provisión de la semana en los almacenes Spotorno de la avenida Santa Fe de Buenos Aires.

Ya se sabe que el hombre es el único animal que tropieza en la misma piedra, por eso me atrevo a asegurar que nada llega para quedarse: la historia enseña que volveremos a hacer las mismas estupideces todo el tiempo.

24 de mayo de 2020

La nueva normalidad


Debo suponer que el gobernador de Buenos Aires no pensó lo que estaba diciendo cuando esta semana soltó que la normalidad no existe más. Seguro que quiso decir que ya no será la misma, porque la normalidad existirá siempre, igual que la anormalidad. Puede cambiar, eso sí, y lo que es normal hoy quizá deje de serlo mañana, y lo que es anormal ahora se puede volver normal la semana que viene.

Van algunas ocurrencias sobre esta nueva normalidad:

-Ya no habrá besitos menemistas. Confieso que los que más me molestaban son los que se daban los porteños entre hombres maduros; por ejemplo dos sindicalistas pesados cuando se encontraban en la puerta de la CGT; o dos policías barrigones al llegar a la comisaría 17ª.

-Dejaremos de tocarnos y saludaremos solo agitando la mano, como los bebitos.

-Cada uno con su mate: por fin nadie se quejará de la temperatura del agua, de la yerba, del remedio, de lo corta que quedó la cebada o porque lo saltearon en la ronda...

-Compraremos casi todo on-line, pero eso supone otras dos novedades: el pago por medios también on-line (ya existe en la Argentina) y la devolución de lo que no nos queda bien, de lo que no nos gusta o nos arrepentimos de comprar (estamos muy lejos todavía).

-Pueden terminarse los autoservicios, ya que eso de tocar la mercadería será mal visto por todos. El pago se hará sin tocar plata y se acabó la firma inútil de los tickets de las tarjetas.

-Los malls y los shoppings parecerán Chernobyl. Vuelven el antiguo mercado al aire libre que dio ágora a las ciudades y nombres a tiendas, plazas y bancos.

-Se terminarán los geriátricos tal como los conocemos, y quizá también las guarderías.

-Las casas deberán ser más grandes, para alojar a los niños y a los viejos. Es bastante más barato tener una casa un poquito más grande y que los abuelos se ocupen de los nietos cuando no están los padres, que pagar baby-sitter, la cuota del geriátrico, de la guardería y cantidad de estupideces que hacíamos hasta ahora para sentirnos independientes.

-Saldrá la AUP (Asignación Universal para Padres). Tenemos para los hijos, pero no para los padres que dependen de nosotros y que son tanto o más necesitados que los niños.

-No usaremos dentro de las casas el mismo calzado con que anduvimos por la calle.

-Habrá cada vez más descartables: vajilla, cubiertos, repasadores, toallas, botellas...

-Al banco no iremos nunca más. Ahora descubrimos que todo se podía hacer a distancia (esta semana me ofrecieron una cuenta y dos tarjetas sin firmar nada de nada).

-Estaremos más sanos. Los médicos son los héroes del momento, pero por estar concentrados en la pandemia y sus pacientes imposibilitados de salir, nos hemos enfermando mucho menos. Al final puede ser verdad eso que algunos sospechamos hace tiempo: lo que más enferma es ir al médico.

-En las iglesias se complican la comunión, el agua bendita y andar toqueteando y besando a la gente y a las estatuas.

-El fútbol puede dejar de ser un espectáculo y volver a ser un deporte de caballeros. Ganan los deportes en los que la gente no se toca, por eso son un problema los que se juegan en equipo y los que usan implementos que todos tocan: se puede jugar al tenis, pero hay que usar 400 tubos de pelotas por partido... El golf gana lejos entre los deportes del futuro.

-Las mascotas tendrán que adaptarse a las nuevas medidas: no puede ser que nosotros nos cuidemos y después andemos acariciando perros y gatos que quién sabe qué anduvieron haciendo por ahí.

17 de mayo de 2020

Lo malo es morirse solo


Recordaba el domingo pasado que bastante más de la mitad de los muertos por el coronavirus en España han muerto en geriátricos. Le refresco los números hasta ayer (que es cuando esto escribo): van 27.563 muertos por coronavirus, de los que 18.354 fallecieron en residencias de ancianos (el 66,5%). Números parecidos dan Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Holanda y Gran Bretaña, países con pirámides de población bastante envejecidas gracias a que viven mucho y nacen pocos. Me preguntaba entonces: ¿vale la pena vivir tanto para pasar los últimos años en un geriátrico y morir solo? Es que lo malo no es morirse viejo; lo malo es morirse solo.

Pedía entonces y sigo pidiendo ahora que nos ocupemos de nuestros viejos. Y los llamo viejos y ancianos convencido de que no es una buena idea evitar los términos más castizos para referirnos a quienes han pasado la edad de jubilarse, han perdido la fortaleza de sus músculos o quizá la cordura de sus cerebros. Evitar decirles viejos es un modo de ignorarlos.

Las residencias de ancianos no son establecimientos de salud. Son actividades comerciales asimiladas a la industria de la hospitalidad, parecidas a un hotel o un club… y se inscriben como tales. A revés que los hospitales y sanatorios, donde la hotelería es secundaria, los geriátricos son primariamente hotelería y la salud es secundaria, y es lógico porque la vejez, igual que la infancia o los embarazos, no son enfermedades aunque necesiten algunas ayudas. Para los viejos hay fórmulas de todo tipo: urbanizaciones enteras, barrios cerrados, cadenas de hoteles para ancianos o veteranos de las fuerzas armadas, instituciones de caridad, residencias de día (como una guardería para niños), hogares de congregaciones religiosas como las Hermanitas de los Ancianos Desamparados o las Hijas de San Camilo…

Todo bien con las residencias de ancianos. Aunque las hay de todos los colores y algunas dejan mucho que desear, cubren una demanda que es la verdadera responsable de lo que pasó. Y lo que pasó es que el nuevo coronavirus entró en los geriátricos como el fuego en un pajonal seco: lo llevaron los mismos empleados, que andan por la calle y usan medios de transporte públicos. Basta con imaginarse qué pasa si uno solo de los empleados de un geriátrico llega con síntomas de coronavirus: no solo contagia a los ancianos sino que además obliga al personal a encuaretenarse en sus casas por dos semanas. La situación obligó a intervenir a la autoridad sanitaria española, que por verse desbordada en el pico de los contagios, debía elegir entre salvar a jóvenes o a viejos… y descartaba a los viejos.

Quizá con este panorama dejemos de quejarnos por la cuarentena prolongada. Es una ley de la física que cuando se achata una curva también se la alarga. En eso estamos: evitando los picos que nos pueden llevar a situaciones que nadie quiere, pero sobre todo protegiendo a nuestros ancianos, no de la muerte sino de la muerte solitaria.

También necesitamos de los adultos desde que nacemos hasta la mayoría de edad. Quizá por eso me pareció increíble una normativa española de estos días que prohibe hasta septiembre abrir establecimientos para niños de cero a seis años. Caí en la cuenta de que quizá la misma gente que abandona a sus ancianos en geriátricos, deja a sus hijos en guarderías ya antes de cumplir un año y hasta los seis. Los hijos, igual que los viejos, están para quererlos; no para dejar que los cuiden otros.

No se pierda lo más lindo de la vida por amarse a usted mismo. Por algo el Papa avisa a cada rato, con angustia, que nuestra sociedad civilizada está descartando a los ancianos y a los niños.

10 de mayo de 2020

Los viejitos


Vengo a denunciar la desaparición de los viejos. En su lugar se instalaron los adultos mayores, a quienes de vez en cuando les dicen abuelos aunque no tengan nietos (sería como decirle yacaré al carpincho). Ya nadie llama viejos a los viejos ni ancianos a los ancianos, como si fuera un insulto hablar en castellano o decir la verdad. No tiene nada de malo llegar a viejo; es al revés: una señal clara de buena suerte. Los manuales de estilo de los diarios discuten desde cuándo una persona es anciana, pero quienes no discuten son los epidemiólogos, que han situado en el grupo de riesgo del nuevo coronavirus a todos los que tienen más de 65. A esa edad se pueden tener canas, ser jubilado y hasta bisabuelo, pero le aseguro que de anciano no tenemos un pelo.

El pasado 23 de abril la Organización Mundial de la Salud dio el dato con dramatismo: más del 50% de las 110 mil muertes por Covid 19 que sumaba Europa ese día, habían ocurrido en geriátricos. A su vez reclamaba a las autoridades sanitarias mayor atención para las residencias de ancianos y para los viejos en general, a quienes llamó los grandes olvidados. Muchísimos de los viejitos de la Europa civilizada y democrática, viven en geriátricos, residencias, hogares… o como quiera llamarlos (es que también desaparecieron los asilos). Salvo en el caso de algunas congregaciones religiosas o entidades de bien público, cuidar a los viejos es una industria, un negocio para sus dueños y una fuente laboral para sus empleados.

Los ancianos que no viven con sus familias viven en esos geriátricos privados, que son un negocio respetable, necesario y floreciente, dada la demanda: la verdadera responsable de lo que pasa. Los hay de todo tamaño, tipo y color. En esas casas los viejitos son atendidos por profesionales de la salud y personal de servicio; unos y otros los cuidan –vamos a suponer que siempre muy bien y con inmenso cariño– pero antes y después hacen sus vidas: van y vuelven a sus casas en transporte público, salen de compras, interactúan con otras personas y, sin darse cuenta, buscan el virus y lo llevan al geriátrico, donde está concentrada la población de más riesgo de esta pandemia.

Pasó en todos los países donde la autoridad sanitaria –con toda la razón del mundo– obligó a encerrarse a los ciudadanos para achatar la curva de los contagios, también en la Argentina y especialmente en los barrios más ricos de Buenos Aires. De un día para el otro y sin tiempo de reacción, se quedaron cada uno en su casa y cientos de miles de ancianos en los geriátricos; juntos, pero cada uno más solo que un náufrago.

La pandemia ha desnudado –entre otras cosas– el egoísmo atómico de occidente y los ancianos han sido las primeras víctimas. Lo tremendo es que es un vicio de los países con mejor nivel de vida y también donde se vive más tiempo aunque así no valga la pena vivir. Les damos besitos a los hijos, amigos, colegas y vecinos pero descartamos a nuestros viejos en asilos. Tenemos lugar para guardar bajo techo vehículos de todo tipo y una inmensa cantidad de cosas inútiles y no tenemos una cama y una mesa de luz para nuestros viejos. Convivimos con perros y gatos pero despreciamos a nuestros propios padres. Desechamos por comodidad uno de los tesoros más valiosos de la vida familiar que es la relación entre abuelos y nietos.

Ya sé que puede haber casos difíciles o que requieran atención especial, pero así y todo deberíamos pensarlo más de cuatro veces. Abandonar a un viejo es tan grave como abandonar a un niño y sin embargo los dejamos en geriátricos que anestesian nuestra conciencia. Algo habrá que cambiar en las leyes, en la justicia, en la política sanitaria y previsional, en la arquitectura de las casas y en el sentimentalismo idiota de quienes, con los hechos, aman más a sus mascotas que a sus ancianos.

1 de mayo de 2020

El cisne negro


Estamos metidos en uno de esos torbellinos que hacen avanzar la historia a gran velocidad. Dentro de unos meses el mundo no será el mismo y nosotros tampoco. Hoy no es el mismo que hace apenas 60 días. Algunas tecnologías habrán muerto y otras nacerán. Lo que en febrero era negocio quizá no lo sea más en junio. Hace dos meses nos relacionábamos de una forma que dentro de otros dos meses nos parecerá de la época de Carlomagno.

No estábamos tirando fuegos artificiales por lo bien que nos iba y por tanto cualquiera de estos cambios será para mejor. Las crisis afilan el talento; tomamos decisiones que la prudencia jamás hubiera permitido en tiempos normales. Probamos lo improbable. Nos animamos a muchísimo más. Así funciona la audacia siempre. Por eso, la primera lección que tenemos que aprender es que es una tontería esperar a que las crisis nos expriman el talento. Con el tiempo el coronavirus habrá sido un cisne negro. Se llaman así a los hechos imprevistos que cambian el rumbo de la historia. La metáfora fue acuñada por el economista y matemático de origen libanés –y profesor en New York University– Nassim Taleb, y está basada en la rareza de los cisnes negros, pero sobre todo en una gran verdad que la historia no hace más que comprobar: por más que intentemos adelantarnos a los hechos con escenarios de todo tipo, siempre aparecerá un imprevisto que rompe todos los pronósticos; tenemos Plan A, Plan B y Plan C, hasta que aparece el cisne negro para dar por tierra hasta con el Plan Z.

Pero no hay que ser científico ni profesor en NYU para decir estas cosas tan obvias. La teoría del cisne negro explica mucho más: dice Taleb que la historia posterior termina acomodando su relato a los cisnes negros hasta parecernos natural y lógico lo que pasó. Y tan natural y lógico nos termina pareciendo que seguimos cometiendo el inmenso error de predecir el futuro basados en hechos del pasado. Ahí caen como moscas los políticos, los economistas, los estrategas, los consultores, los analistas… y los panelistas de ocasión que pululan omnipresentes en los canales de televisión, en las radios y en las columnas de los diarios, como esta.

Taleb nos dice que siempre, siempre, siempre, el futuro nos va a sorprender como nos sorprendió la pandemia en este 2020. Por eso hay que estar preparados de un modo mucho más borroso que preciso. No debemos disponernos para uno, tres o diez escenarios sino para enfrentar lo imprevisto. Entrenarnos en el cambio y sobre todo en la velocidad para adaptarnos al cambio. Abrir bien la cabeza. Leer a los clásicos. Ampliar horizontes. Volver a las fuentes. Basarnos en patrones seguros.

Ahora toca buscar cómo salir sin consecuencias graves del ojo del huracán. No va a ser fácil porque hay que encontrar el rumbo esquivando chapas voladoras, árboles sacados de cuajo, animales llevados por el viento, junto con plantas y pedazos de mampostería… pero saldremos porque si algo está claro, aunque sea del pasado, es que siempre salimos, con cara de velocidad y contando las bajas, pero salimos.

Sigamos el consejo de Taleb y no miremos el pasado para saber qué vendrá en el futuro inmediato. De esta vamos a salir mirando para adelante, estrujando el cerebro, afinando el talento… y trabajando, pero sobre todo animándonos a lo que venga, que ya le decía que estoy seguro de que va a ser mucho mejor, aunque no pueda usar ningún argumento del pasado para demostrarlo.

Y tenga en cuenta siempre que, por más raros que parezcan, los cisnes negros son plaga.

29 de abril de 2020

Dejemos trabajar a la historia

“Se podría aniquilar este coronavirus con una luz ultravioleta que metemos dentro del cuerpo, a través de la piel o de otra manera. También está el desinfectante, que noquea al virus en un minuto, podríamos inyectarlo como si fuera una limpieza general; y si se pudiera introducir en los pulmones, seguro que lo haría muy bien”, algo así dijo Donald Trump el viernes en su habitual briefing con la prensa en la Casa Blanca. Cuando los periodistas se le fueron al humo tuvo que aclarar que era un comentario sarcástico para jorobarlos.

Jajajajaajaja, que divertido, habrá escrito alguno en WhatsApp, pero lo cierto es que la compañía productora de Lysol (el desinfectante más popular en los Estados Unidos) tuvo que salir urgente a pedir a los usuarios que no se les ocurra tomarlo ni inyectárselo por ninguna vía.


Luc Montagnier es el descubridor del VIH, el virus del Sida. Le dieron el premio Nobel de Medicina en 2008 por abrir el camino a la cura de este durísimo flagelo. Bueno: el jueves 16, en el programa L’Heure des Pros del canal CNews de la televisión francesa, le preguntaron al profesor Montagnier unas cuantas cosas sobre el Covid 19. Y entre otras respondió que ve la cura del nuevo coronavirus en las ondas electromagnéticas. Montagnier no es ningún improvisado, pero también es de los antivacuna y de los que cree que el virus se escapó de un laboratorio chino.

Como estas dos, tengo una colección interminable de videitos con curas del Covid 19, todos grabados por médicos diplomados y con cara de sabios (lo que no entiendo es por qué se visten de médicos para grabar un video). Uno dice que esto se cura con inhalaciones de eucalipto. Un farmacéutico peruano asegura que solo hay que modificar el PH de la garganta haciendo gárgaras de sal cuatro veces al día durante siete días. Al principio de la cuarentena nos decían que ni se nos ocurra usar barbijos si no estábamos contagiados y te trabajaban la moral con que si comprabas uno se lo estabas sacando a un médico. Semanas después nos obligaron a todos a usar barbijos, pero les cambiaron el nombre para disimular. Hay un video que asegura que dos medidas de whisky al día te salvan del virus y te alegran la tardecita; parece lógico que si el alcohol deshace el virus de las manos también lo aniquile en la boca y faringe. Anteayer me aseguraron que la mayoría de los fumadores no se infectan; cosa rara porque los fumadores siempre tienen mayores complicaciones en cualquier enfermedad pulmonar, pero aproveché y me fumé un charuto.

Después están los amigos de la cloroquina –o hidroxicloroquina– , auspiciada por otro francés, medio hippie, que se llama Didier Raoult. La cloroquina es un derivado de la quinina, remedio habitual para paliar los efectos del paludismo. El problema de la cloroquina es que puede producir arritmias cardíacas, hipoglucemia y efectos neuropsiquiátricos como agitación, confusión, alucinaciones y paranoia. Además las sobredosis de cloroquina son altamente tóxicas, causan convulsiones, coma y paro cardíaco. Para colmo nadie está seguro todavía si sirven o no para el coronavirus.

Lo que está bien claro es que todavía no se sabe casi nada del coronavirus. Y si no sabemos nada, no improvisemos y hagamos caso a las autoridades sanitarias, que aunque sepan poco, son prudentes y no andan inventando tonterías.

Y ahora aplique la misma receta a la economía, también repleta de gurúes en todo el arco ideológico. Es tan inédita la situación en la historia de la humanidad que es inútil pensar la economía para el mundo poscoronavirus con estándares precoronavirus. Mejor dejemos trabajar a la historia.

22 de abril de 2020

Lo invisible y lo esencial

–Adiós –dijo el zorro–. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
–Lo esencial es invisible para los ojos… repitió el principito para acordarse.
–Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que has perdido con ella.
–Es el tiempo que he perdido en mi rosa... dijo el principito a fin de recordarlo.
–Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro– Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
–Soy responsable de mi rosa... repitió el principito a fin de recordarlo.

Así se despide el zorro del principito, según una traducción al castellano de Le petit prince de Antoine de Saint-Exupéry.

Desde el principio de esta pandemia –a la que ya estamos acostumbrándonos– nos dijeron que estamos peleando contra un enemigo invisible. Y me apuro a aclarar que este coronavirus de invisible no tiene nada: solo hay que conseguir un buen microscopio para verlo en toda su dimensión, y resulta que de tan visible que es conocemos de memoria su forma esférica adornada de cuernitos, que más que una corona parece una mina submarina destinada a explotar en los pulmones.


Tampoco tiene nada de esencial el virus, pero resulta que nos está haciendo ver lo esencial de nuestras vidas. Y ahora sabemos que ni siquiera hace falta la luz de los ojos para saber qué es lo esencial y también aprendimos que muchas veces hemos puesto lo accidental como esencial en nuestras vidas. El fútbol es accidental; los viajes, el juego y los deportes son apenas un pasatiempo; la educación es esencial pero las clases y los colegios son accidentales; el dinero es papel mojado; planchar la ropa, mirar el reloj, dormir de un tirón, barrer las hojas del jardín, pagar impuestos, competir, enojarnos, los celos, la envidia… y ocho millones de cosas más son accidentales.

La cuarentena nos está enseñando algo que el ser humano sabía hace miles de años pero lo teníamos un poco olvidado. A pesar de lo que diga Andrés Calamaro, no podemos vivir sin amor, sin verdad, sin belleza, sin bien… que ya decía Aristóteles que son atributos esenciales del ser, y del ser humano, claro. Pero también son esenciales –porque somos animales y queremos seguir vivos– la salud, la alimentación, dormir, respetar nuestra naturaleza y convivir con la creación… eat and meet se dice en inglés para que rime: comer y conocernos. Ya veremos que entre las consecuencias de la pandemia vendrá una generación baby boomer, como la que siguió a la Segunda Guerra Mundial.

Acá estamos hoy, en pleno siglo XXI, enterándonos de que gastamos recursos desproporcionados en cosas inútiles. Todos nos sorprendimos al comparar lo que gana un jugador de fútbol que vemos un ratito en la tele con el sueldo de un médico o un enfermero que salvan vidas; lo que cuesta un respirador comparado con un viaje a Cancún; las cuentas de las deudas de los pobres comparadas con las sumas de las cajas de los avaros; la cobardía escandalosa de los egoístas contrapuesta a la heroicidad anónima de sus vecinos; el valor incalculable de cualquier vida humana; la injusticia colectiva con los viejos; la fortaleza inusitada de los niños; la necesidad urgente de cariño; la sorprendente ineficacia de la bronca; la hermandad soberana de todo lo creado; lo esencial y lo accidental de la religión…

Saint-Exupéry le explicaría todo en un segundo: lo esencial es invisible y lo que vale es lo que llevamos en el corazón.

Lagartija

Posadas, 22 de abril de 2020

15 de abril de 2020

Saltamontes

Posadas, 15 de marzo de 2020

14 de abril de 2020

El derecho a la esperanza


Las teorías conspirativas sirven a las mentes débiles para explicarse las cosas inexplicables. Para ellos siempre hay alguien que está planeando dominar el mundo, ganar muchísimo más, imponer una ideología o jorobar al resto de la humanidad porque sí nomás y de dañinos que son. Respeto a los que piensan estas cosas, pero insisto en la debilidad de sus argumentos. El retruque más fácil a los conspirativistas es comprobar que hay muchísimos hechos de la historia que no tienen explicación y que por eso mismo no hay ninguna necesidad de buscarla. Los grandes giros en el relato de la historia se los debemos a los cisnes negros, esos que nadie previó nunca, aunque con el diario del lunes algunos los expliquen como si toda la vida lo hubieran sabido y hasta ensayen explicaciones mentirosas del tipo “si me hubieran escuchado” o cosas por el estilo.

No los traigo a colación por su peso intelectual, sino porque advierto que estamos en plena efervescencia conspirativa que nos bombardea con mensajes tremendos. Son los mismos que anuncian todos los años el fin del mundo, descubren que la tierra es plana o sostienen que las vacunas envenenan. Estos tipos existieron en todas la eras de la humanidad y siempre pasaron sin pena ni gloria. Esperan que un día se cumpla lo que dicen para poder decir que ellos lo habían predicho. Creen que de tanto decirlo, alguna vez les tocará, aunque sea solo por una cuestión estadística. Pero no: la lotería no se gana por decir que se va a ganar; primero hay que comprar el billete y después tener una suerte de locos. Los que tenemos fe vemos estas catástrofes de otro modo. Esperanzado, por lo pronto. Sabemos que no hay mal que por bien no venga y que de grandes males Dios saca grandes bienes. De paso le cuento que sorprende la fe súbita de tantos agnósticos de hace solo dos meses. Pero es comprensible. La velocidad de la historia nos hace sentir el vértigo de Dios, como si viajáramos a toda velocidad en una Ferrari manejada por un chico de doce años.

Decía el Papa en Roma que estamos ganando un derecho fundamental que no nos será quitado: el derecho a la esperanza. Todos sabemos que la pandemia va a terminar –quiero decir que la humanidad terminará antes con el virus que el virus con la humanidad– y ese razonamiento parte de la experiencia, pero también de la esperanza. Lo curiosos es que creyentes y no creyentes esperamos mucho más de la humanidad y de su futuro en estos días complicados de nuestras vidas.

Dios escribe derecho aunque los renglones del cuaderno estén torcidos. El problema es que nosotros solo vemos los renglones con nuestros ojitos minúsculos y nos parece que Dios está distraído y hace macanas con la creación. Me decía hace unos días un amigo no muy creyente que si hay alguien creó todo esto, debe estar o arrepentido o atónito al ver lo que le salió. No me quedó otra que contestarle lo de los renglones torcidos: no podemos juzgar a Dios con categorías humanas.

Después de esta noche oscura de la pandemia, que tenemos la suerte –no sé si buena o mala– de presenciar como un hecho único de la historia, viene un mundo mucho mejor: es el resultado de comprobar todos juntos qué es lo que vale de verdad en nuestras vidas y que es una estupidez darle importancia a lo que no vale nada. Habrá algunas excepciones, propias de la libertad infinita del género humano, pero en general las catástrofes hacen aflorar lo mejor de todos, aunque sea por unos años, pero con eso nos alcanza y sobra a los que sobrevivamos.

4 de abril de 2020

La historia a gran velocidad


En 1949 se estrenó la película británica El tercer hombre, basada en una novela escrita para la película por Graham Greene, que también redactó el guion. Protagonizada por Joseph Cotten y el gran Orson Welles –ya le voy diciendo que actúa poco– y dirigida por Carol Reed. La historia transcurre en la Viena de posguerra, ocupada por los cuatro aliados vencedores (Austria estuvo ocupada hasta 1955 y Berlín hasta 1989). Un norteamericano, escritor de novelas baratas y bastante puado, busca en Viena a su amigo de la infancia que le ha ofrecido un buen trabajo; pero en cuanto llega se entera de que ha muerto atropellado por un camión y la trama se va oscureciendo hasta volverse bastante negra (es cine negro, al fin y al cabo). Lo que descubre Holly Martins (Joseph Cotten) es que el negocio de su amigo Harry Lime (Orson Welles) es criminal: vende a buen precio penicilina adulterada a hospitales de niños.

Tengo que revelarle una parte esencial de la trama: el accidente de Harry fue un invento para desaparecer. Termina reuniéndose con Holly, que para colmo y de tanto buscar a Harry, termina enamorado de su novia. En ese encuentro, cuando Holly le reprocha sus crímenes, Harry le describe un gran misterio de la historia de la humanidad: en Italia, en 30 años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz y ¿cuál fue el resultado? El reloj cucú.

Me acuerdo seguido de esa escena de El tercer hombre en estos días de cuarentena obligada. Hay una fuerza de ocupación –no sé si es el virus o la policía– que nos tienen encerrados en nuestras casas. No tenemos ni la menor idea de cómo terminará todo esto, porque el dilema está en la elección entre el aislamiento improductivo que nos lleva a la quiebra o producir y contagiarnos de la peste que nos puede liquidar. Dicen los que deciden que hay que asilarse en las casas todo el tiempo que sea necesario, porque primero tenemos que vivir y después ver cómo vivimos. Y responden los que dicen que hay que cortar la cuarentena, que por evitar la peste nos vamos a morir todos de hambre. Al final hay que coincidir con el Papa y rezarle al buen Dios para que nos saque de esta cuanto antes.

Lo que Graham Greene pone en boca de Harry Lime en El tercer hombre no es un panegírico de los horrores de los Borgia, sino una realidad que se cumple cada vez que algún acontecimiento de la historia exprime el talento dormido del género humano. En esos momentos el tiempo se acelera, empezamos a pensar a gran velocidad, y con el humo que sale de nuestras cabezas la humanidad avanza a toda velocidad.

Lo decía en estos días Yuval Noah Harari, el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, autor de Homo Deus: breve historia del mañana y de otros títulos por el estilo. Harari es, hoy por hoy, el disertante más caro del mundo, pero igual le dejo gratis este párrafo, que no es ninguna novedad para los que ya vimos El tercer hombre: Muchas medidas de emergencia a corto plazo se convertirán en un elemento vital porque esa es la naturaleza de las emergencias. Los procesos históricos avanzan rápidamente. Las decisiones que en tiempos normales podrían llevar años de deliberación se aprueban en cuestión de horas. Se comienzan a usar tecnologías inmaduras e incluso peligrosas, porque los riesgos de no hacer nada son mayores. Países enteros sirven como conejillos de indias en experimentos sociales a gran escala. ¿Qué sucede cuando todos trabajan desde casa y se comunican solo a distancia? ¿Qué sucede cuando escuelas y universidades enteras funcionan online? En tiempos normales, los gobiernos, las empresas y las juntas educativas nunca aceptarían realizar tales experimentos. Pero estos no son tiempos normales.

Hay algo muy positivo en estos dilemas de la humanidad. Ya sabemos que nada va a ser igual y también que todo va a ser mucho mejor, pero es un razonamiento más basado en lo mal que estamos que en la lógica. También sabemos que los grandes líderes nacen en crisis como esta. Y quién le dice que no vendrá una época gloriosa, un Renacimiento como aquel del siglo XVI…

24 de marzo de 2020

El virus y la verdad


Dicen los que han estado en el frente de batalla de alguna de las guerras del siglo XX, que la mayor parte del tiempo se gasta en esperar. Las guerras son amansadoras en las que los contendientes se miden, se engañan, mandan globos de ensayo, reciben informes, descifran mensajes, dibujan mapas, prueban nuevos planes, desisten, simulan uno nuevo, especulan, dan la orden, la contraorden, vuelven a cero… hasta que al final atacan o son atacados, pero eso ocupa solo el tiempo, relativamente corto, que dura cada batalla. Después vuelta a empezar con la espera, la ansiedad y la incertidumbre.

Ya se sabe que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad. Y también durante la peste que nos sorprendió en pleno 2020, es la verdad la que pierde en la retaguardia obligada que se llama en todo el mundo aislamiento social.

Mientras miramos lo que pasa en Europa y en otros países de nuestro continente, nos dicen que la batalla más cruenta está por llegar. Nadie sabe cuánto va a durar ni la cantidad de víctimas que tendrá. Tampoco tenemos ni idea todavía de las consecuencias que seguirán a la pandemia, pero mientras, nos damos ánimo con consignas también de retaguardia, parecidas a las de todas las guerras de la historia.

Dicen que los rumores de retaguardia son tan dañinos como la misma batalla, porque pueden causar tantas o más víctimas que las balas o las bombas. A veces los inyecta el enemigo y los propagan los inocentes, otras veces son los ignorantes y los ansiosos quienes los inventan y difunden. Lo mismo ocurre en plena pandemia del coronavirus. Resulta que los que no estamos en la trinchera nos podemos convertir en usinas creadoras, propagadoras o consumidoras de información de bajísima calidad. Y si esto era grave en las guerras del siglo pasado, imagínese ahora, cuando todos tenemos la posibilidad de lanzar al aire, como si fueran ciertos, los disparates más tremendos y también tenemos la capacidad de recibirlos sin ningún filtro. Por eso en las guerras hay censura, aunque suene horrible a nuestros democráticos oídos del siglo XXI.

A todos nos están llegando una inmensa cantidad de mensajes de todo tipo, a través de las redes sociales, del correo electrónico o de grupos de WhatsApp. Confieso que la gran mayoría son mensajes de ánimo, de solidaridad y hasta de entretenimiento en estos días de cuarentena cada vez más aburridos. Destaco los que apelan a la fe y a la oración y entre ellos uno de un gran periodista del Paraguay con quien tuve el privilegio de trabajar: Los líderes mundiales no saben qué hacer. La ciencia hasta ahora especula sobre la solución. La medicina solo recomienda no salir de la casa. Así las cosas, dejemos al creyente creer que Dios tiene poder para frenar al virus que da miedo al mundo ¡La fe es personal!

Después están los mensajes en modo retaguardia tonta. En lugar de informarse por fuentes confiables, consumen y reproducen videítos, consejos, datos y noticias falsas o dudosas, que desorientan o contradicen las indicaciones de las autoridades. Hay de todo, desde inhalaciones con vapor de eucalipto a ponerse barbijo para ir al baño.

Es el momento de hacerle caso únicamente a la autoridad sanitaria que está velando por nuestra salud. Para eso nos da indicaciones muy precisas, que estamos obligados a cumplir y que nos llegan a través de periodistas y medios confiables. Le aseguro que son tan profesionales y abnegados como los médicos y enfermeros que aplaudimos. Así que quédese en su casa, sea prudente y responsable y nútrase de la información en medios que nunca engañan.

15 de marzo de 2020

El fin de los besitos


La idea me da vueltas en la cabeza desde que la leí en un diario de Buenos Aires en la segunda semana de marzo de 2020. Quien lo dejó escrito se lo atribuye a Fernando Henrique Cardoso, pero lo mismo pudo haber dicho Winston Churchill, Madame Curie o Sun Tzu: “cuando esperamos lo inevitable, aparece lo inesperado”. Dicho de otro modo: nadie puede anticipar los grandes cambios de la historia, ni siquiera esos cambios que creemos que ocurrirán sin remedio, porque nadie puede anticipar lo inesperado.

Alguien, algún día, tratará de interpretar cómo influyó el Covid-19 en la historia del primer cuarto del siglo XXI. No sabemos nada y sería inútil aventurar consecuencias de algo que todavía no pasó. Dicen que empieza a amainar en China y que el epicentro está ahora en Europa, pero hay que creerle a los opacos sistemas de información chinos más que a los todavía bastante transparentes de Europa occidental.

Me inclino a pensar que este coronavirus no pasará de ser el causante de la gripe de este invierno y también pienso que estamos ante un caso de psicosis colectiva descomunal, que también habrá que estudiar y que puede provocar consecuencias tan planetarias como promete el mismísimo virus. Está claro que es mejor prevenir que curar, sobre todo cuando curar puede volverse imposible en el hipotético caso de que esta gripe se propague a una velocidad incontrolable. Por eso –y por las dudas– es imperioso que hagamos todo lo que manda la autoridad sanitaria y que no improvisemos por nuestra cuenta. Ante cualquier epidemia o pandemia, la salud de cada uno es parte esencial de la salud de todos.

Aquí es cuando se me ocurren unos cuantos razonamientos políticamente incorrectos, como que vivimos preocupados por la superpoblación del planeta, pero cuando el género humano se autorregula, decidimos evitarlo a como dé lugar… Paradojas de la historia.

Se lo digo ahora para que lo guarde recortado adentro de un libro hasta que pase el invierno: solo se irán los que se iban a ir de todos modos. Y como no sabemos quiénes son (o quiénes somos), mejor estar preparados, como siempre: dejar las cuentas claras, arreglar los asuntos pendientes y amigarse con Dios Nuestro Señor si se lo pide la fe.

Pero volvamos a la idea del primer párrafo: la de lo inesperado que termina cambiando el rumbo de lo inevitable, como en una novela de Stieg Larson, que nos convence del protagonismo de un personaje hasta que de repente lo mata en un accidente doméstico bastante tonto.

Dado que nos salvaremos casi todos o que se irán los que de todos modos se iban a ir, espero que esta gripe mundial provoque algo bueno y que nos contagie a todos, aunque sea de la solidaridad sin fronteras que se percibe en estos días. Pero es mucho más que eso lo que se puede esperar del coronavirus que se presentó de sin avisar primero en China y ahora nos tiene a todos en vilo.

Los países se transforman como nunca ante grandes tragedias. El mundo entero se dio vuelta como una media después de la Segunda Guerra Mundial. México cambió radicalmente después del gran terremoto de 1985. Europa no fue la misma después de la peste negra del siglo XIV. Buenos Aires rearmó su geografía con la fiebre amarilla de 1871.

Es imposible saber hoy qué consecuencias tendrán la pandemia y la psicosis mundial en la economía, en la política y en la historia argentina. Mientras las esperamos, sería genial que una de ellas sea el final de los besitos infantiles entre hombres maduros, un virus de la década menemista que es marca registrada de nuestra adolescencia colectiva.

13 de marzo de 2020

Encaje

Posadas, 13 de marzo de 2020

4 de marzo de 2020

No se metan con la milanesa


¡Queremos cuerpo cierto! rogaba con vehemencia un viejo profesor andaluz cuando en los cócteles un mozo le ofrecía lo que él llamaba huevos con pomada. Cansado de menjunjes indescifrables, pedía con cierta gracia algo que se sepa qué es: una pata de pollo, una aceituna, un langostino… aunque sea un tomate, pero que por lo menos tenga nombre y apellido.

Me acordaba de los huevos con pomada cuando hace unos días me ofrecieron una milanesa de soja: un fraude solo superado por la empanada de pollo. No digo que sean ricas ni feas, digo que son una estafa ¿o no es una estafa morder una empanada, con forma de empanada, repulgue de empanada, olor de empanada calentita y que en lugar de la mezcla exacta de carne vacuna, cebolla, aceitunas, huevo, comino… mordés un cacho de pollo triturado? Empanadas son las de carne, las demás son pastelitos, decía un santiagueño amigo mío, que además era colega del diario El Liberal.

Banco a muerte a los vegetarianos, aunque asesinen plantas para comérselas. Y a los veganos, que descuartizan vegetales pero no toman leche para no robarle alimento a los terneros. Y también a los que no comen nada que tenga huevo para no abusar criminalmente de las pobres gallinas. A este ritmo llegaremos a cocinar guiso de basalto y tortilla de adoquín, hasta que alguien se dé cuenta de que hay microorganismos entre la mica y el feldespato y nos acuse de masacrar bacterias.

Digo que banco a muerte a vegetarianos y veganos, pero no entiendo su manía de intentar que sus alimentos se parezca a la carne. Si quieren ser veganos, sean veganos. Coman vegetales que parezcan lo que son. Aliméntense con hinojos y berenjenas, pero no los disfracen de bife de chorizo. Cuando lo hacen, están diciéndonos que eso de ser vegano es una pavada atómica: que lo rico de verdad es el salame y la morcilla y no los sucedáneos que necesitan para abastecerse de proteínas. Déjense de hinchar y acepten su condición elegida libremente o vuelvan al redil de los felices.

Disfrazan de milanesa un alcaucil y te quieren convencer de que no te vas a dar ni cuenta… no saben que las milanesas de verdad tienen la forma de los países del mapamundi (el otro día me comí a Canadá) y las de soja, en cambio, son todas igualitas. Pero lo malo no es la forma sino el gusto, porque si no sabía lo de los países (un secreto que acabo de divulgar) solo al morderla se dará cuenta de la estafa descomunal que significa engullir una milanesa vegetal.

Llámenla como quieran pero no se metan con la milanesa. Y no solo con la milanesa: trituran maní con almendras para que parezca molleja y te dejan sin los ingredientes elementales de la picada; falsifican el pastel de papas con lentejas y zanahorias y el chorizo campero con arroz y pan rallado… Haga la prueba: googlee cualquier plato de carne con el adjetivo vegano y va a ver que hay 800 recetas para cada uno; todos son oximorones imposibles: albóndigas verdes; hamburguesas de achicoria; pollo de zanahoria; empanada de verduras; champiñones con espuma tibia de lomo mentiroso…

Déjennos vivir tranquilos a los que pensamos que no hay nada como un vacío a la parrilla; los que cuando vamos a un restaurante pedimos un bife encebollado; los que nos deleitamos con un choripán cada vez que podemos; los que gracias al cielo caímos en una religión que no nos prohibe ningún animal, vegetal o mineral, sin importar que tengan pezuñas enteras o partidas o que anden descalzos. Son comestibles todos los que caminan por la tierra, los que nadan por el agua y los que vuelan por el aire…

Lo que no se entiende es la vergüenza de algunos veganos por asumir su condición sin complejos. Nadie les impide que sean veganos, pero por favor no joroben con la milanesa.

Tres estafas de carnaval

Estoy en contra del carnaval salido de madre, ese que empieza después de Navidad y termina antes de Semana Santa. Antes y después es un decir, porque salido de madre o en su cauce, el carnaval siempre ocurre entre Navidad y Semana Santa, dos fechas de origen cristiano, igual que el carnaval, que siempre cae el lunes y martes que preceden al Miércoles de Ceniza y que nació precisamente del desenfreno previo a los 40 días de penitencia con que los cristianos preparan la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

La historia cambió y hoy los que celebran el carnaval no pasan ni antes ni después cerca del ayuno o de la abstinencia de carne que le da nombre; tanto que el carnaval no debería tener ningún sentido para ellos, ya que es el aprovechamiento sin freno de los placeres de la vida antes de sumergirnos en la cuarentena de la penitencia, y si no hay penitencia tampoco debería haber carnaval. Pero hay, y cada vez más largo… Primera estafa.


La macana es que al alargarse se configura la segunda estafa: en lugar de cuatro días locos, que son súper saludables para cualquier cultura, sea cristiana, mahometana o budista, se volvió la fiesta interminable de los fines de semana de enero y febrero: tan interminable que hay que consolidar los corsos de pueblos vecinos para que tengan algo entidad las comparsas y un poco de masa crítica en el público, engrosado con los parientes de los murgueros.

Ya se sabe que las fiestas que se alargan se vuelven aburridas. Es lo que le pasó a nuestro carnaval, porque durante unos cuantos años de onda prejuiciosa, dejaron de ser feriados el lunes y martes de carnaval. Entonces el carnaval se salió de madre porque nadie sabía en qué lugar del calendario le tocaba cada año. Fue así que se desparramó entre Navidad y Semana Santa, en tantos fines de semana que terminaron destiñendo los disfraces, agotando a las comparsas y aburriendo a los concurrentes.

Los feriados de carnaval –que por suerte han vuelto a nuestro calendario hace unos años– marcan las fechas de los cuatro días locos que dura el carnaval cuando está en su cauce. Este año caen el sábado 22, domingo 23, lunes 24 y martes 25 de febrero. Son cuatro días, ni uno más ni uno menos, en los que se concentra el carnaval de verdad. Empieza el sábado y termina el martes, pero si quiere un poco más puede empezar el viernes 21 a la noche. Lo demás es fraude, estafa, que lo único que consigue es devaluar el carnaval, ya que no hay cuerpo que aguante ocho fines de semana de jolgorio y picos pardos. Sí aguantamos, en cambio, cuatro días locos, que además son locos de verdad y no un fraude flagrante al carnaval.

La tercera estafa son los corsódromos. Un invento mesopotámico, producto del complejo de inferioridad con el sambódromo de Río de Janeiro. Pero es una estafa tanto en Río de Janeiro como en Corrientes, Entre Ríos, Encarnación y en cuanto pueblo lo hayan instalado a precio de obra pública.

Si son cuatro días locos, el carnaval debe enloquecernos a todos. Quiero decir que encerrar al carnaval es lo contrario del espíritu carnavalesco. Se entiende que no hay más remedio si la idea es hinchar a todo el mundo con ocho semanas interminables de corsos, pero si son cuatro días locos, el carnaval debe celebrarse en las calles y plazas de las ciudades. Las comparsas desfilan por una linda avenida del centro de la ciudad enmarcada por edificios y tribunas y una calle de cada barrio se convierte en pista de baile con bombillas de colores y banderas de papel, como en la fiesta de la canción de Serrat.

6 de febrero de 2020

Queremos sombra

Si algo tiene Misiones es sol… especialmente en verano, cuando se pone fuerte y persistente. Si vive en Posadas, póngase protector solar y dése una vuelta por la Costanera en algún momento del día, desde que se asoma por el este hasta que se esconde por el oeste; va a comprobar en su epidermis que el astro que nos sonríe desde la bandera calienta como la gran siete. El sol es vitamina (sintetiza la vitamina D) y basta con diez minutos cada tres días, pero en Suecia o Tierra del Fuego; en nuestra latitud es cantidad suficiente el sol que tomamos sin querer mientras vivimos. Más que eso nos quema, nos da cáncer y nos mata.

¡Queremos sombra! Me atrevo a interpretar el grito de muchos que no tienen más remedio que caminar de noche para hacer su ejercicio cotidiano, o salir en las horas más peligrosas de la siesta, cuando Febo asoma asesino, a pescar la sombra mezquina de alguna palmera inútil para la sombra.

¡Queremos sombra! También en lo accesos y en las rutas de Misiones, en las que no hay sombra porque nadie plantó jamás un árbol. Bueno, sí, hay un lugar: al llegar a Concepción de la Sierra por el camino de Apóstoles se puede probar la delicia de un camino en galería, pero piense que así pueden ser todos. Lo mismo se puede decir del acceso de tacuaras al Instituto Gentilini en San José. Vivimos en una región de árboles gigantes, que pueden dar sombra a todas las rutas de Misiones: solo hay que plantarlos y esperar a que crezcan.


¡Queremos sombra! En el yunque del sol que son nuestras instalaciones de frontera, en las terrenos desolados que rodean el acceso, el muro y su mural. Para eventos ya hay espacio de sobra en la explanada de la cascada, pero que sea solo ese y ninguno más.

¡Queremos sombra! En las márgenes del Zaimán, del Vicario y del Mártires, que podrían estar protegidas del sol de justicia por sus propias galerías vegetales… y en las costas del Paraná, donde puede haber sombra de árboles bien regados en lugar se sombrillas de cemento bien pagadas.

¡Queremos sombra! Que proteja nuestros pasos de los rayos del sol, en todas las ciudades de la provincia, pero especialmente en Posadas. Hay bastante sombra en sus calles y plazas porque alguien pensó que los que veníamos después de ellos íbamos a querer sombra. Y no la hay, en cambio, en la extensa franja costera que nace en las márgenes del Mártires, allá por el aeropuerto, y termina en el arroyo Garupá. Es un parque lineal de kilómetros donde abunda el cemento y escasea la sombra.

Toda la costanera de Posadas pide a gritos árboles que den sombra. Y no basta con los que hay: sombra no es la que dan unos arbolitos cada tanto sino la que hay en el interior de la selva. Sombra es frescura vegetal que impide que pase ni un milímetro de sol.

Deberíamos poder caminar desde el arroyo Mártires al Garupá bajo la sombra fresca de la selva misionera, por una picada pensada para caminar, trotar o correr; para disfrutarla a cualquier hora del día o de la noche. Una selva urbana, lineal, planeada y cuidada para que disfruten los habitantes de las ciudades.

Es cierto que hay que esperar años para que crezcan los árboles, sobre todo los más nobles, pero por eso hay que plantarlos ya mismo y también mantenerlos y reemplazarlos cuando se mueren. Hay que olvidarse del tiempo que tardan en crecer; ese tiempo es inútil para la política porque los árboles no dan votos al que los planta… no dan votos pero sí el recuerdo imborrable y agradecido de las generaciones que vendrán.

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El frío y el calor son cosa de la naturaleza y tienen que ver con la inclinación de los rayos del sol, la rotación y la translación de la tierra y, por supuesto, el lugar del planeta en el que uno esté. Pero para convivir con el frío o el calor el hombre aprendió a domesticarlos.

La calefacción se inventó cuando el primer ser humano consiguió domar el fuego, hace unos… 700.000 años. En cambio con el calor la cosa fue muy distinta: durante siglos y siglos los humanos solo consiguieron abanicarse para calmarlo un poco. Los que querían ponerle hielo al whisky tenían que sacárselo a la naturaleza: cosa más o menos fácil en Escocia en invierno, pero imposible en los lugares más templados del planeta. Con la electricidad aparecieron los ventiladores, que no son otra cosa que abanicos eléctricos. La máquina de frío es un invento de mediados del siglo XIX, que llegó a las casas en forma de heladera casi en el XX. El aire acondicionado fue patentado por Willis Carrier durante el caluroso verano de 1902 en Nueva York. Parece que lo que buscaba era secar ambientes húmedos, pero enseguida se dio cuenta de que también los enfriaba –misterios de la serendipia que está presente en todos los inventos.

Nuestros antepasados no tan lejanos valoraban la sombra porque no tenían otro modo de combatir el calor. No eran de balde los techos altos, las paredes anchas, las puertas gruesas y las ventanas con postigos y celosías. Ventilaban las casas con el aire fresco de la mañanita y cerraban todo antes de que pique el sol. Quedaban el resto del día en penumbras y en silencio y las siestas eran deliciosas. Copiaron la sombra vegetal de la selva, el aire puro que baila entre las plantas y las caricias frescas del lino y el algodón. También plantaron sombra en las calles, plazas y paseos, con buenos árboles que nos protegen del sol, a nosotros más que a ellos.

Pero un mal día nos olvidamos de la sombra, quizá porque nos apuramos más de la cuenta o porque pusimos nuestros veranos en manos del aire acondicionado. Fue así como el calor se igualó con el frío: si a nadie se lo ocurriría hace 300 años vivir sin calefacción en Río Gallegos o en Estocolmo, tampoco lo hacemos hoy sin refrigeración en Posadas o en Eldorado. En los Estados Unidos el aire acondicionado volvió prósperas ciudades como Miami o Los Ángeles y decadentes otras como Chicago o Detroit –deberíamos pensarlo y aprovecharlo a favor de Misiones.

Quizá haya sido por esta razón que la sombra se nos volvió esquiva en nuestras plazas, explanadas, paseos, teatros y anfiteatros, canchas, pistas de patinaje, mesas de ping pong, muros, costaneras, pavimentos, escuelas, rotondas, escalinatas y arroyos disciplinados.

Más arriba proponía un grito sediento de sombra. Porque el sol calienta y da vida junto con el agua, pero también mata. Todos sabemos a esta altura de la historia que el sol es tan peligroso como el humo del tabaco. Hay que evitarlo y más si uno tiene piel blanca y ojos claros. Pedía entonces que tapemos el sol con selva, que es lo que crece siempre que además hay tierra y agua, justo lo que abunda en Misiones. Nada raro: la naturaleza lo hizo durante milenios aquí mismo y nosotros lo destruimos para instalarnos en la jungla de cemento, esa que da sombra cuando no hace falta y sube la temperatura hasta cinco grados.

Pedía entonces un corredor verde, pero para humanos y en las ciudades, porque necesitamos la sombra que nos defienda del sol, pero también necesitamos la selva si no queremos terminar viviendo en un desierto, aunque sea de pinos. Es que la sombra que necesitamos en Misiones no es de cemento ni de eucaliptos en fila, es la de la selva paranaense: la nuestra, la autóctona, la proveedora de nuestros remedios, el refugio de nuestros animales, la protectora de nuestro suelo, la generadora de la lluvia que arrulla nuestro sueño cada vez que viene mansa.

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Foto 1. Trece tristes vacas flacas en fila buscan la sombra de un arbolito solitario en un potrero de Corrientes. Como esa, en un día soleado de verano, se pueden tomar 500 fotos parecidas en los 300 kilómetros de la ruta 12 que separan Posadas de Corrientes, y habrá parecidas en Chaco, Formosa, Salta, Santa Fe, Santiago del Estero… Las vacas y los caballos sufren con los rayos del sol como todos los mamíferos, como usted y como yo, y por eso en cuanto encuentran una sombra tratan de aprovecharla para descansar del calor; pero resulta que no alcanza porque los potreros en los que pastan no tienen sombra. A la vera de las rutas se las ve buscando tregua en los carteles, pero más allá apenas un miserable arbolito consigue darles sombra a algunas de ellas. La regulación de la temperatura del cuerpo se lleva gran parte de la energía que debían usar para engordar, y así, a pleno sol, cuesta mucho más tiempo y trabajo producir carne o leche. Con un poco de sombra la producción mejora notablemente, por eso no se entiende por qué los potreros no tienen sombra suficiente para la hacienda que pasta en ellos. Puede ser pereza o puede ser ignorancia, pero sobre todo es poca inteligencia para hacer negocios.

En Misiones, por suerte para el ganado y sus propietarios, se va imponiendo la cultura silvopastoril en la que conviven la hacienda y el monte. No es una novedad en la historia de la ganadería: en toda Europa y especialmente en España, donde hace más calor, si el ganado no vive en establos, pasta en dehesas salpicadas de encinas o alcornoques que les dan la sombra que necesitan. A su vez, las encinas dan bellotas a los cerdos y los alcornoques corcho a los vinos. Ya se ve que no es un invento local la explotación silvopastoril que hoy se está imponiendo en Misiones para que convivan en buena armonía árboles y animales.


Foto 2. En la avenida Rademacher, entre Trincheras de San José y la avenida Mitre de Posadas, está la parroquia de San Vladimiro. Hace ya unos años, cuando se instalaron tres cúpulas doradas en la iglesia, talaron cuatro añosos ibira-pytá solo para que se puedan ver en todo su esplendor las nuevas cúpulas relucientes. En defensa del párroco, hay que decir que fue antes de la encíclica Laudato-si’ de Francisco, pero también hay que decir que haber terminado con la sombra en esos metros de la avenida Rademacher es una macana del tamaño de la iglesia y sus tres cúpulas. No es el único caso en Posadas, donde cada frentista decide talar los árboles de su vereda como si fuera dueño absoluto y después busca sombra en frentes ajenos para estacionar su auto.

Las autoridades municipales deberían elaborar un plan maestro para conseguir que haya sombra en todas las calles y veredas de Posadas y entregar a los frentistas los árboles para que los planten y mantengan durante los próximos… 400 años. Hay que multar al que se le muere o estropea un árbol y obligarlo a plantar uno nuevo (de paso esas multas pueden reemplazar algún impuesto ridículo).


Foto 3. La chacra 78: una propiedad privada que todos llaman El Acuerdo y que quizá haya visto muchas veces al pasar por la avenida San Martín, entre Bustamante y Andresito. El Acuerdo es un pedazo de monte misionero que va quedando en medio de la ciudad, que debe preservarse en la medida de lo posible, haciendo compatible la voluntad de sus propietarios con las necesidades de oxígeno y sombra de los posadeños. El Acuerdo también tiene unos cuantos eucaliptos, una especie que no tiene nada que hacer en Misiones, pero por lo menos dan sombra.

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Con los rayos del sol está empezando a pasar hoy lo que hace años ocurrió con el humo del tabaco. Los mayores recordarán que vivíamos en una nube de humo. Empezábamos a fumar a escondidas a los doce o trece años. Los grandes fumaban aunque hubiera chicos en el mismo ambiente cerrado y también fumaban las mujeres embarazadas. En las casas había ceniceros por todos lados, también en la mesa porque fumábamos entre plato y plato y antes del postre. Fumábamos en el cuarto donde dormíamos; fumábamos al levantarnos, en ayunas, el cigarrillo que nos acuchillaba los bronquios; fumábamos en la cama al irnos a dormir y corríamos el peligro de quedarnos dormidos y que la brasa del cigarrillo queme mantas y sábanas y nos ahogue a nosotros. Y fumábamos en el baño, tanto que algunos portarrollos de papel higiénico venían con cenicero incorporado. Fumábamos sin usar las manos cuando escribíamos a máquina, lavando los platos o cosiendo calzoncillos.

Fumábamos en los vestuarios y algunos llegaban a fumar mientras jugaban al fútbol. Los ómnibus y los aviones tenían sector de fumadores en la parte de atrás, así que fumaban los de atrás porque querían, pero también los de adelante aunque no quisieran. Todos éramos fumadores, unos activos y otros pasivos, en ómnibus, aviones, oficinas, hospitales, reuniones de trabajo, cines y teatros, clases de la facultad, comidas, fiestas, bares y restaurantes. Hasta que nos llegó la conciencia de lo mal que nos hace el humo a todos: a los que quieren fumar y a los que no quieren pero se tienen que tragar el humo ajeno. Fue así que fumar pasó a ser una actividad privada, de marginales irresponsables que si se quieren suicidar con el tabaco no deben de ningún modo contaminar con su humo a los que no quieren. Así es nuestro mundo, donde te podés suicidar, pero sin salpicar.

Bueno, resulta que el sol es tanto o más peligrosos que el humo del tabaco o cualquier humo que metamos en nuestros pulmones. Los rayos del sol arrugan la piel, dan cáncer, acortan la vida… matan. Nueve de cada diez cánceres de piel son por culpa del sol y nosotros tan tranquilos tomándolo como lagartos, casi desnudos (y sin casi), como si fuera lo más glorioso del planeta. Solo por nuestra salud deberíamos exponernos al sol del verano tan abrigados como en pleno invierno o cubiertos como los beduinos en el desierto (esos sí que saben lo que mata el sol y no tienen un pelo de tontos).

Es cierto que los filtros solares son bastante más eficaces que los filtros de los cigarrillos, pero cuestan un ojo de la cara. Ya hay colectivos de dañados por el sol que están pidiendo que los protectores solares se incluyan como remedios preventivos en los planes de salud, lógicamente para aquellos que deben exponerse al sol por su trabajo, pero también para aquellos que quieren ir a la playa y no tienen plata para comprar un filtro que los proteja.

En poco tiempo más tomaremos conciencia clara y colectiva de lo peligroso que es el sol para todos, pero especialmente para los que tienen piel blanca y ojos claros. Nos parecerá un suicidio andar al sol sin protección, así que lo trataremos de impedir en nosotros y en nuestros semejantes. Y las autoridades sanitarias intentarán prevenir, que es el modo más barato de cuidar la salud de los ciudadanos.