El virus y la verdad


Dicen los que han estado en el frente de batalla de alguna de las guerras del siglo XX, que la mayor parte del tiempo se gasta en esperar. Las guerras son amansadoras en las que los contendientes se miden, se engañan, mandan globos de ensayo, reciben informes, descifran mensajes, dibujan mapas, prueban nuevos planes, desisten, simulan uno nuevo, especulan, dan la orden, la contraorden, vuelven a cero… hasta que al final atacan o son atacados, pero eso ocupa solo el tiempo, relativamente corto, que dura cada batalla. Después vuelta a empezar con la espera, la ansiedad y la incertidumbre.

Ya se sabe que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad. Y también durante la peste que nos sorprendió en pleno 2020, es la verdad la que pierde en la retaguardia obligada que se llama en todo el mundo aislamiento social.

Mientras miramos lo que pasa en Europa y en otros países de nuestro continente, nos dicen que la batalla más cruenta está por llegar. Nadie sabe cuánto va a durar ni la cantidad de víctimas que tendrá. Tampoco tenemos ni idea todavía de las consecuencias que seguirán a la pandemia, pero mientras, nos damos ánimo con consignas también de retaguardia, parecidas a las de todas las guerras de la historia.

Dicen que los rumores de retaguardia son tan dañinos como la misma batalla, porque pueden causar tantas o más víctimas que las balas o las bombas. A veces los inyecta el enemigo y los propagan los inocentes, otras veces son los ignorantes y los ansiosos quienes los inventan y difunden. Lo mismo ocurre en plena pandemia del coronavirus. Resulta que los que no estamos en la trinchera nos podemos convertir en usinas creadoras, propagadoras o consumidoras de información de bajísima calidad. Y si esto era grave en las guerras del siglo pasado, imagínese ahora, cuando todos tenemos la posibilidad de lanzar al aire, como si fueran ciertos, los disparates más tremendos y también tenemos la capacidad de recibirlos sin ningún filtro. Por eso en las guerras hay censura, aunque suene horrible a nuestros democráticos oídos del siglo XXI.

A todos nos están llegando una inmensa cantidad de mensajes de todo tipo, a través de las redes sociales, del correo electrónico o de grupos de WhatsApp. Confieso que la gran mayoría son mensajes de ánimo, de solidaridad y hasta de entretenimiento en estos días de cuarentena cada vez más aburridos. Destaco los que apelan a la fe y a la oración y entre ellos uno de un gran periodista del Paraguay con quien tuve el privilegio de trabajar: Los líderes mundiales no saben qué hacer. La ciencia hasta ahora especula sobre la solución. La medicina solo recomienda no salir de la casa. Así las cosas, dejemos al creyente creer que Dios tiene poder para frenar al virus que da miedo al mundo ¡La fe es personal!

Después están los mensajes en modo retaguardia tonta. En lugar de informarse por fuentes confiables, consumen y reproducen videítos, consejos, datos y noticias falsas o dudosas, que desorientan o contradicen las indicaciones de las autoridades. Hay de todo, desde inhalaciones con vapor de eucalipto a ponerse barbijo para ir al baño.

Es el momento de hacerle caso únicamente a la autoridad sanitaria que está velando por nuestra salud. Para eso nos da indicaciones muy precisas, que estamos obligados a cumplir y que nos llegan a través de periodistas y medios confiables. Le aseguro que son tan profesionales y abnegados como los médicos y enfermeros que aplaudimos. Así que quédese en su casa, sea prudente y responsable y nútrase de la información en medios que nunca engañan.

El fin de los besitos


La idea me da vueltas en la cabeza desde que la leí en un diario de Buenos Aires en la segunda semana de marzo de 2020. Quien lo dejó escrito se lo atribuye a Fernando Henrique Cardoso, pero lo mismo pudo haber dicho Winston Churchill, Madame Curie o Sun Tzu: “cuando esperamos lo inevitable, aparece lo inesperado”. Dicho de otro modo: nadie puede anticipar los grandes cambios de la historia, ni siquiera esos cambios que creemos que ocurrirán sin remedio, porque nadie puede anticipar lo inesperado.

Alguien, algún día, tratará de interpretar cómo influyó el Covid-19 en la historia del primer cuarto del siglo XXI. No sabemos nada y sería inútil aventurar consecuencias de algo que todavía no pasó. Dicen que empieza a amainar en China y que el epicentro está ahora en Europa, pero hay que creerle a los opacos sistemas de información chinos más que a los todavía bastante transparentes de Europa occidental.

Me inclino a pensar que este coronavirus no pasará de ser el causante de la gripe de este invierno y también pienso que estamos ante un caso de psicosis colectiva descomunal, que también habrá que estudiar y que puede provocar consecuencias tan planetarias como promete el mismísimo virus. Está claro que es mejor prevenir que curar, sobre todo cuando curar puede volverse imposible en el hipotético caso de que esta gripe se propague a una velocidad incontrolable. Por eso –y por las dudas– es imperioso que hagamos todo lo que manda la autoridad sanitaria y que no improvisemos por nuestra cuenta. Ante cualquier epidemia o pandemia, la salud de cada uno es parte esencial de la salud de todos.

Aquí es cuando se me ocurren unos cuantos razonamientos políticamente incorrectos, como que vivimos preocupados por la superpoblación del planeta, pero cuando el género humano se autorregula, decidimos evitarlo a como dé lugar… Paradojas de la historia.

Se lo digo ahora para que lo guarde recortado adentro de un libro hasta que pase el invierno: solo se irán los que se iban a ir de todos modos. Y como no sabemos quiénes son (o quiénes somos), mejor estar preparados, como siempre: dejar las cuentas claras, arreglar los asuntos pendientes y amigarse con Dios Nuestro Señor si se lo pide la fe.

Pero volvamos a la idea del primer párrafo: la de lo inesperado que termina cambiando el rumbo de lo inevitable, como en una novela de Stieg Larson, que nos convence del protagonismo de un personaje hasta que de repente lo mata en un accidente doméstico bastante tonto.

Dado que nos salvaremos casi todos o que se irán los que de todos modos se iban a ir, espero que esta gripe mundial provoque algo bueno y que nos contagie a todos, aunque sea de la solidaridad sin fronteras que se percibe en estos días. Pero es mucho más que eso lo que se puede esperar del coronavirus que se presentó de sin avisar primero en China y ahora nos tiene a todos en vilo.

Los países se transforman como nunca ante grandes tragedias. El mundo entero se dio vuelta como una media después de la Segunda Guerra Mundial. México cambió radicalmente después del gran terremoto de 1985. Europa no fue la misma después de la peste negra del siglo XIV. Buenos Aires rearmó su geografía con la fiebre amarilla de 1871.

Es imposible saber hoy qué consecuencias tendrán la pandemia y la psicosis mundial en la economía, en la política y en la historia argentina. Mientras las esperamos, sería genial que una de ellas sea el final de los besitos infantiles entre hombres maduros, un virus de la década menemista que es marca registrada de nuestra adolescencia colectiva.

No se metan con la milanesa


¡Queremos cuerpo cierto! rogaba con vehemencia un viejo profesor andaluz cuando en los cócteles un mozo le ofrecía lo que él llamaba huevos con pomada. Cansado de menjunjes indescifrables, pedía con cierta gracia algo que se sepa qué es: una pata de pollo, una aceituna, un langostino… aunque sea un tomate, pero que por lo menos tenga nombre y apellido.

Me acordaba de los huevos con pomada cuando hace unos días me ofrecieron una milanesa de soja: un fraude solo superado por la empanada de pollo. No digo que sean ricas ni feas, digo que son una estafa ¿o no es una estafa morder una empanada, con forma de empanada, repulgue de empanada, olor de empanada calentita y que en lugar de la mezcla exacta de carne vacuna, cebolla, aceitunas, huevo, comino… mordés un cacho de pollo triturado? Empanadas son las de carne, las demás son pastelitos, decía un santiagueño amigo mío, que además era colega del diario El Liberal.

Banco a muerte a los vegetarianos, aunque asesinen plantas para comérselas. Y a los veganos, que descuartizan vegetales pero no toman leche para no robarle alimento a los terneros. Y también a los que no comen nada que tenga huevo para no abusar criminalmente de las pobres gallinas. A este ritmo llegaremos a cocinar guiso de basalto y tortilla de adoquín, hasta que alguien se dé cuenta de que hay microorganismos entre la mica y el feldespato y nos acuse de masacrar bacterias.

Digo que banco a muerte a vegetarianos y veganos, pero no entiendo su manía de intentar que sus alimentos se parezca a la carne. Si quieren ser veganos, sean veganos. Coman vegetales que parezcan lo que son. Aliméntense con hinojos y berenjenas, pero no los disfracen de bife de chorizo. Cuando lo hacen, están diciéndonos que eso de ser vegano es una pavada atómica: que lo rico de verdad es el salame y la morcilla y no los sucedáneos que necesitan para abastecerse de proteínas. Déjense de hinchar y acepten su condición elegida libremente o vuelvan al redil de los felices.

Disfrazan de milanesa un alcaucil y te quieren convencer de que no te vas a dar ni cuenta… no saben que las milanesas de verdad tienen la forma de los países del mapamundi (el otro día me comí a Canadá) y las de soja, en cambio, son todas igualitas. Pero lo malo no es la forma sino el gusto, porque si no sabía lo de los países (un secreto que acabo de divulgar) solo al morderla se dará cuenta de la estafa descomunal que significa engullir una milanesa vegetal.

Llámenla como quieran pero no se metan con la milanesa. Y no solo con la milanesa: trituran maní con almendras para que parezca molleja y te dejan sin los ingredientes elementales de la picada; falsifican el pastel de papas con lentejas y zanahorias y el chorizo campero con arroz y pan rallado… Haga la prueba: googlee cualquier plato de carne con el adjetivo vegano y va a ver que hay 800 recetas para cada uno; todos son oximorones imposibles: albóndigas verdes; hamburguesas de achicoria; pollo de zanahoria; empanada de verduras; champiñones con espuma tibia de lomo mentiroso…

Déjennos vivir tranquilos a los que pensamos que no hay nada como un vacío a la parrilla; los que cuando vamos a un restaurante pedimos un bife encebollado; los que nos deleitamos con un choripán cada vez que podemos; los que gracias al cielo caímos en una religión que no nos prohibe ningún animal, vegetal o mineral, sin importar que tengan pezuñas enteras o partidas o que anden descalzos. Son comestibles todos los que caminan por la tierra, los que nadan por el agua y los que vuelan por el aire…

Lo que no se entiende es la vergüenza de algunos veganos por asumir su condición sin complejos. Nadie les impide que sean veganos, pero por favor no joroben con la milanesa.

Tres estafas de carnaval

Estoy en contra del carnaval salido de madre, ese que empieza después de Navidad y termina antes de Semana Santa. Antes y después es un decir, porque salido de madre o en su cauce, el carnaval siempre ocurre entre Navidad y Semana Santa, dos fechas de origen cristiano, igual que el carnaval, que siempre cae el lunes y martes que preceden al Miércoles de Ceniza y que nació precisamente del desenfreno previo a los 40 días de penitencia con que los cristianos preparan la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

La historia cambió y hoy los que celebran el carnaval no pasan ni antes ni después cerca del ayuno o de la abstinencia de carne que le da nombre; tanto que el carnaval no debería tener ningún sentido para ellos, ya que es el aprovechamiento sin freno de los placeres de la vida antes de sumergirnos en la cuarentena de la penitencia, y si no hay penitencia tampoco debería haber carnaval. Pero hay, y cada vez más largo… Primera estafa.


La macana es que al alargarse se configura la segunda estafa: en lugar de cuatro días locos, que son súper saludables para cualquier cultura, sea cristiana, mahometana o budista, se volvió la fiesta interminable de los fines de semana de enero y febrero: tan interminable que hay que consolidar los corsos de pueblos vecinos para que tengan algo entidad las comparsas y un poco de masa crítica en el público, engrosado con los parientes de los murgueros.

Ya se sabe que las fiestas que se alargan se vuelven aburridas. Es lo que le pasó a nuestro carnaval, porque durante unos cuantos años de onda prejuiciosa, dejaron de ser feriados el lunes y martes de carnaval. Entonces el carnaval se salió de madre porque nadie sabía en qué lugar del calendario le tocaba cada año. Fue así que se desparramó entre Navidad y Semana Santa, en tantos fines de semana que terminaron destiñendo los disfraces, agotando a las comparsas y aburriendo a los concurrentes.

Los feriados de carnaval –que por suerte han vuelto a nuestro calendario hace unos años– marcan las fechas de los cuatro días locos que dura el carnaval cuando está en su cauce. Este año caen el sábado 22, domingo 23, lunes 24 y martes 25 de febrero. Son cuatro días, ni uno más ni uno menos, en los que se concentra el carnaval de verdad. Empieza el sábado y termina el martes, pero si quiere un poco más puede empezar el viernes 21 a la noche. Lo demás es fraude, estafa, que lo único que consigue es devaluar el carnaval, ya que no hay cuerpo que aguante ocho fines de semana de jolgorio y picos pardos. Sí aguantamos, en cambio, cuatro días locos, que además son locos de verdad y no un fraude flagrante al carnaval.

La tercera estafa son los corsódromos. Un invento mesopotámico, producto del complejo de inferioridad con el sambódromo de Río de Janeiro. Pero es una estafa tanto en Río de Janeiro como en Corrientes, Entre Ríos, Encarnación y en cuanto pueblo lo hayan instalado a precio de obra pública.

Si son cuatro días locos, el carnaval debe enloquecernos a todos. Quiero decir que encerrar al carnaval es lo contrario del espíritu carnavalesco. Se entiende que no hay más remedio si la idea es hinchar a todo el mundo con ocho semanas interminables de corsos, pero si son cuatro días locos, el carnaval debe celebrarse en las calles y plazas de las ciudades. Las comparsas desfilan por una linda avenida del centro de la ciudad enmarcada por edificios y tribunas y una calle de cada barrio se convierte en pista de baile con bombillas de colores y banderas de papel, como en la fiesta de la canción de Serrat.

Queremos sombra

Si algo tiene Misiones es sol… especialmente en verano, cuando se pone fuerte y persistente. Si vive en Posadas, póngase protector solar y dése una vuelta por la Costanera en algún momento del día, desde que se asoma por el este hasta que se esconde por el oeste; va a comprobar en su epidermis que el astro que nos sonríe desde la bandera calienta como la gran siete. El sol es vitamina (sintetiza la vitamina D) y basta con diez minutos cada tres días, pero en Suecia o Tierra del Fuego; en nuestra latitud es cantidad suficiente el sol que tomamos sin querer mientras vivimos. Más que eso nos quema, nos da cáncer y nos mata.

¡Queremos sombra! Me atrevo a interpretar el grito de muchos que no tienen más remedio que caminar de noche para hacer su ejercicio cotidiano, o salir en las horas más peligrosas de la siesta, cuando Febo asoma asesino, a pescar la sombra mezquina de alguna palmera inútil para la sombra.

¡Queremos sombra! También en lo accesos y en las rutas de Misiones, en las que no hay sombra porque nadie plantó jamás un árbol. Bueno, sí, hay un lugar: al llegar a Concepción de la Sierra por el camino de Apóstoles se puede probar la delicia de un camino en galería, pero piense que así pueden ser todos. Lo mismo se puede decir del acceso de tacuaras al Instituto Gentilini en San José. Vivimos en una región de árboles gigantes, que pueden dar sombra a todas las rutas de Misiones: solo hay que plantarlos y esperar a que crezcan.


¡Queremos sombra! En el yunque del sol que son nuestras instalaciones de frontera, en las terrenos desolados que rodean el acceso, el muro y su mural. Para eventos ya hay espacio de sobra en la explanada de la cascada, pero que sea solo ese y ninguno más.

¡Queremos sombra! En las márgenes del Zaimán, del Vicario y del Mártires, que podrían estar protegidas del sol de justicia por sus propias galerías vegetales… y en las costas del Paraná, donde puede haber sombra de árboles bien regados en lugar se sombrillas de cemento bien pagadas.

¡Queremos sombra! Que proteja nuestros pasos de los rayos del sol, en todas las ciudades de la provincia, pero especialmente en Posadas. Hay bastante sombra en sus calles y plazas porque alguien pensó que los que veníamos después de ellos íbamos a querer sombra. Y no la hay, en cambio, en la extensa franja costera que nace en las márgenes del Mártires, allá por el aeropuerto, y termina en el arroyo Garupá. Es un parque lineal de kilómetros donde abunda el cemento y escasea la sombra.

Toda la costanera de Posadas pide a gritos árboles que den sombra. Y no basta con los que hay: sombra no es la que dan unos arbolitos cada tanto sino la que hay en el interior de la selva. Sombra es frescura vegetal que impide que pase ni un milímetro de sol.

Deberíamos poder caminar desde el arroyo Mártires al Garupá bajo la sombra fresca de la selva misionera, por una picada pensada para caminar, trotar o correr; para disfrutarla a cualquier hora del día o de la noche. Una selva urbana, lineal, planeada y cuidada para que disfruten los habitantes de las ciudades.

Es cierto que hay que esperar años para que crezcan los árboles, sobre todo los más nobles, pero por eso hay que plantarlos ya mismo y también mantenerlos y reemplazarlos cuando se mueren. Hay que olvidarse del tiempo que tardan en crecer; ese tiempo es inútil para la política porque los árboles no dan votos al que los planta… no dan votos pero sí el recuerdo imborrable y agradecido de las generaciones que vendrán.

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El frío y el calor son cosa de la naturaleza y tienen que ver con la inclinación de los rayos del sol, la rotación y la translación de la tierra y, por supuesto, el lugar del planeta en el que uno esté. Pero para convivir con el frío o el calor el hombre aprendió a domesticarlos.

La calefacción se inventó cuando el primer ser humano consiguió domar el fuego, hace unos… 700.000 años. En cambio con el calor la cosa fue muy distinta: durante siglos y siglos los humanos solo consiguieron abanicarse para calmarlo un poco. Los que querían ponerle hielo al whisky tenían que sacárselo a la naturaleza: cosa más o menos fácil en Escocia en invierno, pero imposible en los lugares más templados del planeta. Con la electricidad aparecieron los ventiladores, que no son otra cosa que abanicos eléctricos. La máquina de frío es un invento de mediados del siglo XIX, que llegó a las casas en forma de heladera casi en el XX. El aire acondicionado fue patentado por Willis Carrier durante el caluroso verano de 1902 en Nueva York. Parece que lo que buscaba era secar ambientes húmedos, pero enseguida se dio cuenta de que también los enfriaba –misterios de la serendipia que está presente en todos los inventos.

Nuestros antepasados no tan lejanos valoraban la sombra porque no tenían otro modo de combatir el calor. No eran de balde los techos altos, las paredes anchas, las puertas gruesas y las ventanas con postigos y celosías. Ventilaban las casas con el aire fresco de la mañanita y cerraban todo antes de que pique el sol. Quedaban el resto del día en penumbras y en silencio y las siestas eran deliciosas. Copiaron la sombra vegetal de la selva, el aire puro que baila entre las plantas y las caricias frescas del lino y el algodón. También plantaron sombra en las calles, plazas y paseos, con buenos árboles que nos protegen del sol, a nosotros más que a ellos.

Pero un mal día nos olvidamos de la sombra, quizá porque nos apuramos más de la cuenta o porque pusimos nuestros veranos en manos del aire acondicionado. Fue así como el calor se igualó con el frío: si a nadie se lo ocurriría hace 300 años vivir sin calefacción en Río Gallegos o en Estocolmo, tampoco lo hacemos hoy sin refrigeración en Posadas o en Eldorado. En los Estados Unidos el aire acondicionado volvió prósperas ciudades como Miami o Los Ángeles y decadentes otras como Chicago o Detroit –deberíamos pensarlo y aprovecharlo a favor de Misiones.

Quizá haya sido por esta razón que la sombra se nos volvió esquiva en nuestras plazas, explanadas, paseos, teatros y anfiteatros, canchas, pistas de patinaje, mesas de ping pong, muros, costaneras, pavimentos, escuelas, rotondas, escalinatas y arroyos disciplinados.

Más arriba proponía un grito sediento de sombra. Porque el sol calienta y da vida junto con el agua, pero también mata. Todos sabemos a esta altura de la historia que el sol es tan peligroso como el humo del tabaco. Hay que evitarlo y más si uno tiene piel blanca y ojos claros. Pedía entonces que tapemos el sol con selva, que es lo que crece siempre que además hay tierra y agua, justo lo que abunda en Misiones. Nada raro: la naturaleza lo hizo durante milenios aquí mismo y nosotros lo destruimos para instalarnos en la jungla de cemento, esa que da sombra cuando no hace falta y sube la temperatura hasta cinco grados.

Pedía entonces un corredor verde, pero para humanos y en las ciudades, porque necesitamos la sombra que nos defienda del sol, pero también necesitamos la selva si no queremos terminar viviendo en un desierto, aunque sea de pinos. Es que la sombra que necesitamos en Misiones no es de cemento ni de eucaliptos en fila, es la de la selva paranaense: la nuestra, la autóctona, la proveedora de nuestros remedios, el refugio de nuestros animales, la protectora de nuestro suelo, la generadora de la lluvia que arrulla nuestro sueño cada vez que viene mansa.

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Foto 1. Trece tristes vacas flacas en fila buscan la sombra de un arbolito solitario en un potrero de Corrientes. Como esa, en un día soleado de verano, se pueden tomar 500 fotos parecidas en los 300 kilómetros de la ruta 12 que separan Posadas de Corrientes, y habrá parecidas en Chaco, Formosa, Salta, Santa Fe, Santiago del Estero… Las vacas y los caballos sufren con los rayos del sol como todos los mamíferos, como usted y como yo, y por eso en cuanto encuentran una sombra tratan de aprovecharla para descansar del calor; pero resulta que no alcanza porque los potreros en los que pastan no tienen sombra. A la vera de las rutas se las ve buscando tregua en los carteles, pero más allá apenas un miserable arbolito consigue darles sombra a algunas de ellas. La regulación de la temperatura del cuerpo se lleva gran parte de la energía que debían usar para engordar, y así, a pleno sol, cuesta mucho más tiempo y trabajo producir carne o leche. Con un poco de sombra la producción mejora notablemente, por eso no se entiende por qué los potreros no tienen sombra suficiente para la hacienda que pasta en ellos. Puede ser pereza o puede ser ignorancia, pero sobre todo es poca inteligencia para hacer negocios.

En Misiones, por suerte para el ganado y sus propietarios, se va imponiendo la cultura silvopastoril en la que conviven la hacienda y el monte. No es una novedad en la historia de la ganadería: en toda Europa y especialmente en España, donde hace más calor, si el ganado no vive en establos, pasta en dehesas salpicadas de encinas o alcornoques que les dan la sombra que necesitan. A su vez, las encinas dan bellotas a los cerdos y los alcornoques corcho a los vinos. Ya se ve que no es un invento local la explotación silvopastoril que hoy se está imponiendo en Misiones para que convivan en buena armonía árboles y animales.


Foto 2. En la avenida Rademacher, entre Trincheras de San José y la avenida Mitre de Posadas, está la parroquia de San Vladimiro. Hace ya unos años, cuando se instalaron tres cúpulas doradas en la iglesia, talaron cuatro añosos ibira-pytá solo para que se puedan ver en todo su esplendor las nuevas cúpulas relucientes. En defensa del párroco, hay que decir que fue antes de la encíclica Laudato-si’ de Francisco, pero también hay que decir que haber terminado con la sombra en esos metros de la avenida Rademacher es una macana del tamaño de la iglesia y sus tres cúpulas. No es el único caso en Posadas, donde cada frentista decide talar los árboles de su vereda como si fuera dueño absoluto y después busca sombra en frentes ajenos para estacionar su auto.

Las autoridades municipales deberían elaborar un plan maestro para conseguir que haya sombra en todas las calles y veredas de Posadas y entregar a los frentistas los árboles para que los planten y mantengan durante los próximos… 400 años. Hay que multar al que se le muere o estropea un árbol y obligarlo a plantar uno nuevo (de paso esas multas pueden reemplazar algún impuesto ridículo).


Foto 3. La chacra 78: una propiedad privada que todos llaman El Acuerdo y que quizá haya visto muchas veces al pasar por la avenida San Martín, entre Bustamante y Andresito. El Acuerdo es un pedazo de monte misionero que va quedando en medio de la ciudad, que debe preservarse en la medida de lo posible, haciendo compatible la voluntad de sus propietarios con las necesidades de oxígeno y sombra de los posadeños. El Acuerdo también tiene unos cuantos eucaliptos, una especie que no tiene nada que hacer en Misiones, pero por lo menos dan sombra.

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Con los rayos del sol está empezando a pasar hoy lo que hace años ocurrió con el humo del tabaco. Los mayores recordarán que vivíamos en una nube de humo. Empezábamos a fumar a escondidas a los doce o trece años. Los grandes fumaban aunque hubiera chicos en el mismo ambiente cerrado y también fumaban las mujeres embarazadas. En las casas había ceniceros por todos lados, también en la mesa porque fumábamos entre plato y plato y antes del postre. Fumábamos en el cuarto donde dormíamos; fumábamos al levantarnos, en ayunas, el cigarrillo que nos acuchillaba los bronquios; fumábamos en la cama al irnos a dormir y corríamos el peligro de quedarnos dormidos y que la brasa del cigarrillo queme mantas y sábanas y nos ahogue a nosotros. Y fumábamos en el baño, tanto que algunos portarrollos de papel higiénico venían con cenicero incorporado. Fumábamos sin usar las manos cuando escribíamos a máquina, lavando los platos o cosiendo calzoncillos.

Fumábamos en los vestuarios y algunos llegaban a fumar mientras jugaban al fútbol. Los ómnibus y los aviones tenían sector de fumadores en la parte de atrás, así que fumaban los de atrás porque querían, pero también los de adelante aunque no quisieran. Todos éramos fumadores, unos activos y otros pasivos, en ómnibus, aviones, oficinas, hospitales, reuniones de trabajo, cines y teatros, clases de la facultad, comidas, fiestas, bares y restaurantes. Hasta que nos llegó la conciencia de lo mal que nos hace el humo a todos: a los que quieren fumar y a los que no quieren pero se tienen que tragar el humo ajeno. Fue así que fumar pasó a ser una actividad privada, de marginales irresponsables que si se quieren suicidar con el tabaco no deben de ningún modo contaminar con su humo a los que no quieren. Así es nuestro mundo, donde te podés suicidar, pero sin salpicar.

Bueno, resulta que el sol es tanto o más peligrosos que el humo del tabaco o cualquier humo que metamos en nuestros pulmones. Los rayos del sol arrugan la piel, dan cáncer, acortan la vida… matan. Nueve de cada diez cánceres de piel son por culpa del sol y nosotros tan tranquilos tomándolo como lagartos, casi desnudos (y sin casi), como si fuera lo más glorioso del planeta. Solo por nuestra salud deberíamos exponernos al sol del verano tan abrigados como en pleno invierno o cubiertos como los beduinos en el desierto (esos sí que saben lo que mata el sol y no tienen un pelo de tontos).

Es cierto que los filtros solares son bastante más eficaces que los filtros de los cigarrillos, pero cuestan un ojo de la cara. Ya hay colectivos de dañados por el sol que están pidiendo que los protectores solares se incluyan como remedios preventivos en los planes de salud, lógicamente para aquellos que deben exponerse al sol por su trabajo, pero también para aquellos que quieren ir a la playa y no tienen plata para comprar un filtro que los proteja.

En poco tiempo más tomaremos conciencia clara y colectiva de lo peligroso que es el sol para todos, pero especialmente para los que tienen piel blanca y ojos claros. Nos parecerá un suicidio andar al sol sin protección, así que lo trataremos de impedir en nosotros y en nuestros semejantes. Y las autoridades sanitarias intentarán prevenir, que es el modo más barato de cuidar la salud de los ciudadanos.

Yverá

Colonia Carlos Pellegrini es un pueblo correntino situado sobre la laguna del Iberá –casi una isla entre los esteros– que nadie sabe por qué tiene nombre de político lejano y no se llama Yverá o Paso del Yverá. Aquel domingo salí con tiempo de Posadas porque allí me esperaban unos amigos para almorzar butifarra, chorizos y entrañas asadas en la matera de una linda casa a metros de la laguna.

El camino por las rutas provinciales 41 y 40 desde la nacional 12, recorre 140 kilómetros de tierra que suelen estar en buen estado si no llueve; y cuando llueve hay que pasar algunos bajos que pueden volverse infranqueables para un auto normal. Pero hace una semana el tiempo estaba muy bueno y el camino también. Lo que no estaba bueno es el clavo que se hincó en la cubierta trasera izquierda de mi auto y que, en lo que tardé en darme cuenta, dejó la goma hecha jirones; nada que no esté previsto por los fabricantes, que para eso ponen una rueda de auxilio y las instrucciones para cambiar la rueda estropeada. Pero la de auxilio estaba tan bien asegurada contra robos que fue imposible destrabarla con las mismas herramientas provistas por el fabricante y siguiendo al pie de la letra las instrucciones del manual del propietario.

Por ese camino pasa cada tanto buena gente y es lo que pasó esta vez. Primero llegó una pareja en dirección a la ruta 12, cuyo conductor me ofreció ayuda y prometió llamar a mis amigos del Yverá para avisarles que llegaría tarde a almorzar. Poco después llegó otra camioneta con cuatro ocupantes, esta vez con rumbo a la Laguna; los dos varones intentaron sin éxito destrabar la rueda, hasta que convinimos con las mujeres en que lo mejor sería que me acercaran a mi almuerzo y después ver cómo me las arreglaba para recuperar el vehículo. Así que me subí al todoterreno y seguí disfrutando del camino, esta vez en compañía de estos buenos samaritanos que me dejaron en la puerta de la casa en la que todavía ni habían prendido el fuego.

Terminamos tarde de almorzar. Después de la siesta, que tampoco fue corte, partí colado en un auto que volvía a Posadas. A unos 60 kilómetros nos encontramos con mi auto tal como lo había dejado, subido todavía al gato y con su auxilio imperturbable. Probamos de nuevo destrabar la rueda, pero ni nuestra inteligencia práctica, ni nuestras teorías, ni la técnica del fabricante sirvieron para nada…

Hasta que pasó un tractorista de Forestal San Francisco, una empresa misionera que tiene explotaciones por esa zona. Un capo. Se zambulló debajo del auto y después de casi una hora de maniobrar con una pinza y un par de fierros, destrabó la rueda de auxilio. Nunca nos dijo su nombre a pesar de pedírselo, solo recuerdo los brackets en sus dientes cuando celebraba su triunfo sobre nuestra incapacidad urbana.


Con las cuatro ruedas y gracias al tractorista anónimo, se me vino la noche cerrada en el resto del viaje a la Laguna. Tenía que ir despacio, para cuidar mis ruedas, porque era de noche y porque no tenía ningún apuro. Comprobé que viajar por ese camino, a oscuras, despacio y con las luces altas, es una experiencia alucinante. De día había visto ñandúes de buen tamaño, garzas, pacas, caranchos, bandadas de pirinchos y cantidad de pájaros que no conozco. También me encontré, en una sombra del camino, con dos motor home todoterreno de familias holandesas que disfrutaban del aire libre: parecían cruceros con ruedas, aptos para llegar con su propia casa a donde hiciera falta. Pero de noche aparecieron los carpinchos, los zorros y venados que salen a saludar de las zanjas o los potreros. Hay que decir que también aparecen algunos caballos, pero para el caso son animales que también hay que cuidar.

El lunes pude cambiar la cubierta en lo de un amable gomero del Yverá que justo tenía una usada de la medida de la mía, y agradecí al Cielo la pinchadura que me dio la oportunidad de conocer mucho más de lo que hubiera conocido sin ningún percance.

Concepción de la Sierra


Hay ciudades cuyos nombres se repiten por toda nuestra América, con mayor o menor suerte ya que sus fundadores no sabían si llegarían a ser grandes urbes, se quedarían en pueblos o quizá hasta desaparecieran. Algunas son tantas que hay que decir el apellido para distinguirlas, como Santiago de Chile, Guayaquil, Santiago de Cuba, Santiago de los Caballeros, Santiago de las Misiones, Santiago del Estero… todas hijas de Santiago de Compostela, en Galicia.

Así cundieron los nombres repetidos, producto de nostalgias de su misma tierra o de las devociones, también repetidas, de españoles y portugueses. Pasó con santos como José, Juan, Pedro o Pablo; los españoles Isidro o Fernando; y, por supuesto, con los distintos nombres de la Virgen María, como Mercedes, que solo en la Argentina comparten las provincias de Buenos Aires, San Luis, San Juan y Corrientes; o Dolores, en Buenos Aires, Córdoba, Catamarca y Santa Fe. Nuestra América está sembrada de Santamarías, Pilares, Rosarios, Loretos, Asunciones, Encarnaciones... todas advocaciones o misterios relacionados con la Madre de Jesús.

Las que se llaman Concepción son unas cuantas, en la Argentina y en América, y todas llevan también apellido para distinguirlas de sus tocayas. Pero el nombre de Concepción tiene su curiosidad particular: los conquistadores que las fundaban estaban haciendo un lobby descarado a favor de la Concepción Inmaculada de la Virgen María (que nació sin pecado original), un dogma que la Iglesia recién declaró en 1854. En la Argentina se cuentan, fácil y de memoria, Concepción del Uruguay (Entre Ríos), Concepción del Yaguareté Corá (Corrientes), Concepción de Tucumán, Concepción del Bermejo (Chaco), Concepción de Capayán (Catamarca), Villa Concepción del Tío (Córdoba) y Concepción de la Sierra en Misiones.

La historia empieza 235 años antes del dogma, el 8 de diciembre de 1619 cuando a san Roque González de Santa Cruz se le ocurre fundar una reducción de guaraníes junto al arroyo Arecutai (hoy Las Tunas) en la sierra del sur de la actual provincia de Misiones.

Con ojos de hoy puede parecer medio loco eso de civilizar a los indígenas, si civilizarlos consistía en ponerles ropa y convertirlos al cristianismo. Le sugeriría que intente vivir desnudo en la selva y que practique la violencia hasta la antropofagia, a ver cómo se siente. Los guaraníes vivían aterrorizados por la misma naturaleza y vivían poco. Podemos discutir sobre esto hasta cansarnos, pero lo que no se discute es que si no fuera por los misioneros jesuitas, probablemente hoy la provincia argentina de Misiones sería un estado de Brasil, se llamaría Bandeirantes y no existiría el mate ni el tereré.

La reducción fue abandonada por los jesuitas en 1767, cuando la expulsión. Lo que quedaba del pueblo fue incendiado y destruido el 29 de enero de 1817 por una división del comandante luso brasileño de las Misiones orientales, Francisco das Chagas Santos.

El 27 de septiembre de 1877 resurgió para erigirse como pueblo agrícola de la provincia de Corrientes, conservando su antiguo nombre y en el mismo emplazamiento de la antigua misión. Como testigos quedan en la plaza el cabildo de piedra y –avanzando sobre la plaza y abarcando completa la iglesia actual– los cimientos de la más grande de todas las iglesias de las misiones del Guayrá: medía 90 metros de largo por 40 de ancho.


Hasta junio de 2019 el antiguo cabildo de la misión y el solar sobre el que se asentaba pertenecían a los descendientes de Clodomiro Márquez, que entre 1930 y 1940 ocupó esa propiedad y construyó una casa aprovechando los materiales, las paredes y las puertas del antiguo Cabildo. Lo sucedieron sus hijos y nietos, que mantuvieron esas piedras en pie, igual que la Virgen sin Cabeza que adornaba –con cabeza– la fachada de la antigua iglesia de la misión. En 2018 comenzaron las negociaciones del intendente Carlos Pernigotti con la familia Márquez para traspasar la propiedad del inmueble al municipio. Por fin, en junio de 2019 juntó las voluntades de los dueños para venderlo y la plata de la provincia para pagarles. Ahora el antiguo cabildo de la misión es propiedad del municipio y proyectan instalar allí el museo jesuítico de la localidad, coincidiendo con el 400 aniversario de la fundación de Nuestra Señora de la Limpia Concepción del Ibitiracuá.

El caso del Cabildo de Concepción prueba que se puede y se debe recuperar el patrimonio mueble e inmueble de las antiguas misiones que dan nombre e identidad a la provincia. Es un trabajo arduo y minucioso que se debe realizar con constancia y método. Hay restos de las misiones en el Complejo Museográfico Enrique Udando de Luján, en el Histórico Nacional de Parque Lezama, en el servicio Penitenciario Federal que mantiene a duras penas la antigua reducción de Candelaria… y en propiedades particulares que sin ninguna mala intención usaron las antiguas reducciones abandonadas como canteras de materiales para construir casas, galpones y hasta piletas de natación.

El hecho de que una localidad de la Argentina cumpla 400 años no es poca cosa. Más raro todavía es que la ciudad haya sido fundada dos veces. Y no le digo nada si la primera vez fue fundada por un santo… Bueno, lo curioso es que Posadas tiene el mismísimo privilegio, aunque sus 400 años pasaron sin pena ni gloria en 2015. Igual que Concepción de la Sierra, Posadas fue fundada como la reducción de la Anunciación de Itapúa por san Roque González el 25 de marzo de 1615, trasladada seis años después a la otra costa del Paraná como Encarnación de Itapúa. En la Guerra Grande fue asentamiento de las tropas paraguayas y luego brasileñas. Fue así se que llamó Paso de Itapúa, Trinchera de los Paraguayos, Trinchera de San José, Puerto de San José y por fin Posadas en homenaje de la Legislatura de Corrientes al Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas, quien anexionó esta parte del territorio de las antiguas misiones a la provincia de Corrientes. Lo curioso es que en Posadas no hay ni una miserable placa que recuerde a don Gervasio.

17 de noviembre


Roque González nació en Asunción en 1576. Era hijo de un capitán español y nieto, por línea materna, de una india guaraní. Además era hermano del gobernador y pariente no tan lejano de Hernandarias de Saavedra y de Hernando de Trejo y Sanabria, el obispo de Córdoba que lo ordenó sacerdote cuando tenía 22 o 23 años. Ocho años después de ordenarse de cura ya era párroco de la catedral de Asunción y poco después vicario general de la diócesis. Iba para obispo cuando en 1609 descubre su vocación de jesuita y sin más trámite se muda de la magnífica catedral de Asunción al austero noviciado de los jesuitas. Como ya era cura, su noviciado habrá sido más bien una inmersión en la Compañía de Jesús, así que al poco tiempo ya estaba cumpliendo su sueño de marcharse a las misiones del Guayrá a evangelizar a los guaraníes. En 1611 lo destinaron de superior a la misión de San Ignacio Guasú, que era todavía la única por esta zona. El 25 de marzo de 1615 fundó Nuestra Señora de la Anunciación de Itapúa en la actual Posadas, que luego trasladó a Encarnación, ya con ese nombre que todavía conserva. También fundó Concepción de Ibitiracuá, el 8 de diciembre de 1619: la actual Concepción de la Sierra de la provincia de Misiones. Luego siguió río abajo por el Uruguay, hasta Yapeyú, donde fundó Nuestra Señora de los Reyes Magos, y desde allí entró en el actual territorio brasileño.

Entre 1580 y 1640 estuvieron unidos los reinos de Portugal y España bajo la corona de Felipe II, III y IV de la Casa de Austria (fueron Felipe I, II y III de Portugal). Durante esos 60 años se borraron los límites de tratado de Tordesillas, que dividía los descubrimientos en dos hemisferios del globo terráqueo, uno para cada reino. La línea de este lado del planeta dejaba poco a Portugal ya que entraba en el continente sudamericano por debajo de la desembocadura del Amazonas y volvía al Atlántico a la altura de la isla de Santa Catalina (Florianópolis). Fue entonces cuando los portugueses avanzaron hacia el oeste sin más restricciones que la negativa de los jesuitas a la explotación de los indígenas. Es que los bandeirantes paulistas, conchabados con algunos encomenderos españoles, usaban las reducciones como canteras de esclavos para sus plantaciones. El río Uruguay fue la barrera natural que consiguió detenerlos, por eso no era moco de pavo cruzar el río para adentrarse en el actual territorio brasileño, donde había cantidad de guaraníes que Roque y los misioneros jesuitas no querían dejar a merced de los codiciosos bandeirantes.

Así que desde Yapeyú, Roque cruzó el Uruguay con la idea de establecer reducciones del lado oriental del río de los pájaros. Fundó San Nicolás, Asunción del Ijuí y Todos los Santos de Caaró. El 15 de noviembre de 1628 andaba tratando de subir una campana al mangrullo de Caaró junto con Juan del Castillo, cuando un hechicero despechado llamado Ñesu los sorprendió desprevenidos y los mató a macanazos; después tiraron al fuego sus cuerpos, pero parece que el corazón de Roque seguía latiendo, hasta que Ñesu le encajó un flechazo. El tercero se llamaba Alfonso Rodríguez y lo pescaron dos días después, cuando iba a pedir ayuda a Asunción del Ijuí; lo enlazaron y los arrastraron con caballos hasta que murió. La macana con la que mataron a Roque se conserva, junto con su corazón, en la iglesia de Cristo Rey de Asunción. La flecha que atraviesa su corazón está en casi toda la iconografía del santo, igual que la imagen de la Virgen María con que se lo representa vivo, llamada por él La Conquistadora. Hasta 1960 el corazón se podía ver en una pequeña hornacina iluminada de la iglesia del Salvador de Buenos Aires.

En 1988 Juan Pablo II canonizó –declaró santos– a Roque González, Juan del Castillo y Alfonso Rodríguez, pero desde que los declararon beatos en 1934 se celebra su día el 17 de noviembre en la Argentina y el 19 en el Paraguay.

De Olegario a Aristóbulo


Aristóbulo de Alejandría fue un filósofo peripatético judío, que vivió en Egipto allá por el 150 antes de Cristo, en tiempos de Ptolomeo VI. Intentó acercar la filosofía griega al judaísmo y lo conocemos por el especial interés que pusieron los autores cristianos en conjugar el cristianismo con la tradición griega.

Aristóbulo del Valle nació en Dolores, provincia de Buenos Aires, en 1845. Fue soldado en la Guerra de la Triple Alianza, Ministro de Guerra y Marina, Diputado Nacional y Senador Nacional, pero sobre todo fue abogado y gran profesor de Derecho Constitucional. Además fue revolucionario del 90, la asonada que provocó la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman y la llegada al poder de su vicepresidente Carlos Pellegrini. Fue uno de los fundadores de la Unión Cívica en 1889 y luego de la Unión Cívica Radical con Leandro N. Alem en 1891. Murió en 1896, con apenas 50 años. Pero si busca en Google Aristóbulo del Valle, lo que aparece es la ciudad de la provincia de Misiones. A los otros Aristóbulos hay que buscarlos mucho más abajo. Y ojo al piojo, que si escribe aristóbulo en un procesador de texto que tenga activado el texto predictivo, le cambiará la palabra por prostíbulo… y puede terminar escribiendo barbaridades. El nombre de la ciudad parece decir (y le quedaría muy bien) “Aristóbulo que queda en el valle” y quién sabe cuántos aristobuleños conocen el origen de su topónimo y por tanto de su gentilicio.

No pretendo criticar el nombre de la ciudad de Aristóbulo, solo constatar nuestra notable capacidad de convertir a los próceres en pueblos, plazas y calles. Lo mismo hicimos con los santos en toda América y seguimos contando. Es un homenaje, pero también un padrinazgo. Queremos relacionar con una realidad geográfica y social a una persona que admiramos, que vivió en el pasado y lo proponemos como ejemplo. También es un premio: si nos portamos bien, quizá le pongan nuestro nombre a alguna cortada, aunque sea de media cuadra. Y en esto de poner nombres hay que decir que los radicales son mucho más hábiles que los peronistas y los peronistas mucho menos republicanos.

Si hay un sinónimo de Aristóbulo del Valle es Ramón Alberto Closs, que falleció un día de 2019 a los casi 80 años. Me preguntaba entonces por qué una localidad de Misiones se llama Aristóbulo, pero supongo que a estas alturas es como preguntarse porqué el Aconcagua se llama Aconcagua. Para colmo Closs nació en Olegario Andrade, el pueblo con nombre de poeta y periodista, que si fuera por su relación con Misiones podría haberse llamado con mucho más mérito Horacio Quiroga o Leopoldo Lugones.


Don Moncho Closs fue sinónimo de Aristóbulo porque desde allí encarnó la pasión por su pueblo, por la empresa y la política de Misiones. Amplió la frontera productiva de la provincia creando trabajo para miles de misioneros. Supo hacer de Aristóbulo de Valle un lugar mejor para todos sus habitantes. Además fue tan radical como del Valle o Leandro Alem, y ocupó cargos parecidos a los de ellos dos.

Espero que no se entiendan estas líneas como sugerencia alguna. Estoy convencido que es mejor dejar los nombres como están antes que cambiarlos. Por culpa de esos cambios vivo en una calle que ni Google Maps sabe cómo se llama. Los posadeños de las cuatro avenidas tienen dos números en cada domicilio y nadie tiene ni idea de cuál es el que vale. Debe ser esa bipolaridad urbana la que nos obliga a ubicarnos con referencias primitivas en lugar de dar la calle y el número.

Mientras esperamos el juicio de la historia, el periodismo puede testificar que si hay un prócer misionero desde Olegario Víctor Andrade hasta Aristóbulo del Valle, es don Moncho Closs.

Cabo Chamical


Ya se cumplieron 50 años de la llegada del hombre –del primer humano– a la Luna. Fue Neil Armstrong quien puso el pie, pero como él mismo lo dijo, representaba en ese acto a toda la humanidad. Todos los que teníamos uso de razón hace 50 años nos acordamos perfectamente de aquella transmisión. Fue en directo, cuando todavía era complicado hablar por teléfono entre Garupá y Posadas. Aunque la estación terrena de Balcarce no estaba todavía oficialmente inaugurada, fue esa la antena que hizo posible la transmisión para la Argentina del alunizaje y los primeros pasos de Armstrong sobre el polvo gris de Selene.

Curiosamente me tocó verla en la estación del Automóvil Club de Chamical, en la provincia de La Rioja. Digo curiosamente porque Chamical era entonces nuestro Cabo Cañaveral. Allí estaba la base de lanzamiento de cohetes espaciales de la Argentina. Se llamaba Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsados Chamical (CELPAC) que llegó a poner un cohete a 100 kilómetros de la Tierra. El CELPAC fue desmantelado en 1974 y en 1981 se rehabilitó como Base Aérea Militar, dedicada a la experimentación con drones.

Aquella noche iba a ser larga y fría en los llanos de La Rioja. Había que instalarse lo mejor posible en el suelo de baldosas del bar del ACA para aguantar la espera frente a un televisor familiar que los dueños de la estación de servicio trajeron de su comedor. En esa época había, como mucho, un televisor por casa. Esos aparatos tenían la pantalla entre cuadrada y ovalada, algo convexa por causa del sistema de rayos catódicos que los hacían cúbicos y pesados. Aquella tele con sus antenitas para cazar ondas, además de chica y en blanco y negro, como todas, estaba puesta encima de una mesita baja. Ver, lo que se dice ver, veíamos poco, pero intuíamos casi todo porque estábamos acostumbrados; además la Luna al natural también viene algo borrosa y en blanco y negro.

No sabemos a ciencia cierta si aquella hazaña se coronó el 20 o el 21 de julio de 1969. Neil Armstrong pisó el suelo de la Luna a las 22.56 del domingo 20 de julio… pero de Houston. En la Argentina faltaban cuatro minutos para que terminara el 20 y en casi todo el mundo (Europa, África, Asia y Oceanía) ya había pasado algunas o unas cuantas horas del lunes 21 de julio. Ya se ve que al final se impuso la NASA y su sede de Houston.

Por una de esas conexiones imposibles, el Hombre en la Luna dio lugar a otro invento argentino: el Día del Amigo.

Inspirado por una extraña conexión entre el alunizaje y la amistad, el 20 de julio de 1969 se le ocurrió a un dentista de Lomas de Zamora mandar mil postales a conocidos de todo el mundo en las que decía que los astronautas representaba la amistad universal y cosas por el estilo. Recibió 700 respuestas y ni lerdo ni perezoso patentó el Día del Amigo. La idea cundió en la Argentina y parece que un poco en Uruguay y Brasil. En el resto del mundo el Día de la Amistad es el 30 de julio, declarado así por las Naciones Unidas a iniciativa de un paraguayo. En el Perú lo promueve cada primer sábado de julio una conocida marca de cervezas, que son los que más ganan con estas cosas.

Propensos como somos al sentimentalismo, pero sobre todo al consumo, el Día del Amigo se sumó en la Argentina a la larga lista de días de algo. Está demostrado que somos unos capos para trasladar valores universales a nosotros mismos. Será por ese inveterado amor propio que en lugar de exaltar la paternidad, la maternidad, la amistad, el trabajo o la igualdad entre varones y mujeres… celebramos a mi-papá, mi-mamá, mi-amigo, mi-mujer, mi-secretaria, mi-novia, mi-trabajo o mis-trabajadores… Por eso no celebramos el Día del Amigo sino el Día de Mi-Amigo... justo lo que pretendía el que lo inventó...

Como no hay mal que por bien no venga, al final los días de algo siempre vienen bien para celebrar lo que sea. Aprovechemos.

Desayuno en Brickell Point


Supongo que todos tenemos, de vez en cuando, serias tentaciones de desaparecer. Me refiero a hacerse humo, pasar a la clandestinidad o como lo quiera llamar. Salir un buen día de casa a comprar cigarrillos y desaparecer para siempre. Se entiende que no se trata de morirse, que es un modo de desaparecer y también puede ser una tentación, sino de dar un giro absoluto al relato de la propia vida y convertirse en otra persona: una que empieza de cero, sin la mochila del pasado y sin que nada condicione su futuro. Hacerse humo implica dejarlo todo en un minuto de la vida: la familia, los afectos, la ropa, la billetera, las cuentas, las tarjetas de crédito, el trabajo, la casa, el auto… Hay que estar bastante mal de la cabeza, pero no me diga que no lo piensa cada vez que siente en la nuca el aliento opresor de los impuestos, de los intereses usurarios, de un patrón desalmado o de la pesada carga del desamor.

Bastante seguido aparece en las noticias que gracias a Facebook se encuentran hermanos perdidos hace 40 o 50 años. Pero, desde 1969 a 2019 además de 50 años han pasado unas cuantas cosas en las tecnologías y hoy estamos más fichados que un preso de Sierra Chica: quizá por eso –solo por eso– me da envidia la libertad que implica no tener nada, la que muestran los homeless de las grandes ciudades, los latinoamericanos que cruzan la frontera de los Estados Unidos o los africanos que se mandan en chinchorros por el Mediterráneo. Son como nuestros bisabuelos, que llegaron a estos puertos con una maletita de cartón y un documento que nadie verificaba.

Para probar que se puede vivir sin dinero un día robé un desayuno en un hotel de lujo de Miami. Claro que está mal y no es para imitar, pero estaba decidido a hacer el experimento el día que entré como un pasajero más a un súper hotel de Brickell Point y me senté en una mesa del comedor. Me serví varias veces salmón ahumado con alcaparras y me fui tan campante igual que como entré. En esos hoteles no preguntaban la habitación porque nadie suponía que podía haber colados. Creo que soy uno de los causantes de que ahora averigüen un poco más y que esos lugares estén llenos de sensores que hacen que cualquier colado salte eyectado del asiento y termine con sus huesos en la prisión del Chapo Guzmán.

El mundo avanza y se supone que es para mejorar la vida de los que lo habitamos. Pero en estas cosas está retrocediendo y tengo la horrible sensación de que hoy somos menos libres que hace 50 años. Las tecnologías deberían ser de libertad pero también sirven para que todo deje rastro. Alguien sabe qué colectivo tomamos, cuánto pagamos en el bar, que microondas compramos, a qué hora pasamos por el peaje, el libro que estamos leyendo y qué tiramos a la basura. Somos más que nunca esclavos de nuestro pasado y también de lo que tenemos. Estamos vigilados todo el tiempo por cámaras y micrófonos invisibles. El Hermano Mayor se entera de todo y nos manda al campo de concentración de la opinión pública si nos apartamos un pelo de lo que considera correcto.

La consecuencia más nefasta del registro de nuestro pasado es que nos encadena al mundo de los necios en lugar de liberar nuestra inteligencia para usar la capacidad de elegir como personas libres. El pasado registrado vuelve difícil cambiar, corregir errores, empezar de nuevo, convertirse… que es la costumbre de los sabios.

Sería lógico que no me importara que se enteren de lo que hago o digo si no hago ni digo nada fuera de la ley, pero el efecto suele ser el contrario por el sencillo razonamiento de pensar que si igual van a sospechar de mi conducta, mejor sería portarme mal y seguir comiendo de garrón salmón ahumado en un hotel de lujo de Brickell Point.

Gracias a Nicolás Maduro


No podemos conocer de antemano las consecuencias que, con el transcurrir de los años, tendrán los acontecimientos que estamos viviendo hoy en el mundo. El calentamiento global, las epidemias, el avance del integrismo islámico, internet o las grandes migraciones del siglo XX y lo que va del XXI… Basta con presenciar un mundial de fútbol que gana con justicia Francia con jugadores como Kanté, Sissoko, Mbappé, Pogbá o Umtiti.

Las migraciones han cambiado ya varias veces la historia de Europa, desde los bárbaros sobre el Imperio Romano; los escandinavos, anglos y normandos en las islas británicas; los moros en España y el sur de Italia o los turcos en Grecia y parte de los Balcanes. Europa está cambiando su fisonomía étnica como la cambió el esclavismo o los mexicanos en los Estados Unidos, pero antes fue la colonización europea en todo el continente americano, desde Alaska a Tierra del Fuego. Esas mismas migraciones provocan muros, guerras, negocios y hasta cambios profundos en la política. Desatan a la vez el auge de los nacionalismos y las broncas de Francisco ante el egoísmo endogámico de los que quieren ser puros.

Si hay una constante de las migraciones es que son imparables; son el resultado de grandes asimetrías, desequilibrios de la economía política (o de la política económica), de las distintas regiones de un mundo desigual. Y esta claro, por lo menos para una parte importante de nosotros, que no queda otra que aceptar la realidad de estos cambios sociales capaces de transformar la identidad de naciones enteras. Hoy, muy a pesar de la cultura supremacista anglosajona, se habla castellano en todo Estados Unidos; hay negros en todas las selecciones menos en la Argentina y mezquitas en todas las ciudades europeas. En cada barrio de nuestras ciudades hay un supermercado chino y un senegalés nos vende anteojos en cada vereda del país. A favor de las migraciones hay que anotar las fortalezas de la polinización cruzada en contra de la endogamia sobrecargada; será por eso que a los rubios les gustan las morenas y a los morenas les gustan los rubios y no digamos nada de éxito de los pelirrojos, ellas y ellos en los lugares donde son minoría.

Son por lo menos cuatro millones los venezolanos que han dejado su país para empezar una vida nueva más allá de sus fronteras. En Buenos Aires cada día se nota más la presencia de venezolanos capaces de abrirse camino donde a los argentinos solo se nos ocurre protestar. ¿Qué influencia tendrán con el tiempo los inmigrantes venezolanos, chinos o senegaleses en la Argentina? No me cabe duda de que será tanto o más positiva que la de millones de europeos y de oriente medio que llegaron a nuestro país despoblado de fines del siglo XIX y principios del XX. Hoy basta con disfrutar de la amabilidad contagiosa de los venezolanos que sirven en los restaurantes, manejan los taxis o te atienden en un negocio cualquiera. Quizá sea esto lo que convierta definitivamente a la Argentina en una nación de gente educada y trabajadora. Y habrá que agradecérselo a Nicolás Maduro.

Everest

La cima del monte Everest era el lugar más solitario del mundo. Hay que aguantar un par de minutos a 8.848 metros, donde no se puede ni respirar porque no hay aire, se te revientan las venas y te estalla la cabeza por falta de presión. Durante medio siglo, el club de los que habían llegado era tan exclusivo que nos acordábamos de sus nombres como de Colón o Magallanes. Los primeros en llegar fueron Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay el 29 de mayo de 1953. Hillary era neozelandés y del sherpa ni se hablaba hasta que, gracias a la nueva sensibilidad, alguien se acordó de que Hillary subió con un secretario que le llevaba las valijas.

El pasado 22 de mayo el Everest se llenó de gente, y había tanta que varios se murieron de frío por estar esperando un buen rato, atascados en la cola para llegar hasta la cima. A un argentino de la fila tuvieron que evacuarlo en helicóptero porque empezó a escupir sangre y eso que era la segunda vez que lo intentaba y también la segunda que fracasa cuando le faltan unos 800 metros para llegar a la cumbre. De paso aclaro que no entiendo las ganas de subir caminando –o escalando– si se puede llegar perfectamente en helicóptero. Quizá vio las fotos que salieron en todos los medios del mundo; fueron hechas por un sherpa nepalí que se llaman Nirmal Purja que cuenta que casi se le congela la mano derecha cuando se sacó el guante para apretar el disparador.


Todas las expediciones y los récords del Everest son en mayo, son los mejores días para subir y debe estar buena esta primavera en el Himalaya. A eso habría que agregar que en estos años la tierra se calentó unos grados y hace menos frío en 2019 que en 1953. Dentro de poco subirán en monopatín y la cola llegará hasta Katmandú, así que si quiere ir solo al Everest trate de subirlo en enero, pero le aseguro que en enero es mejor estar en la playa.

Hablando de enero y la playa, este año estuve unos días en Mar del Plata. Creo que fue entonces cuando entendí que a la mayoría de la gente le gusta pasar la vida en una lata de sardinas. Vamos a playas abarrotadas de gente, donde no se puede caminar sin pisar manatíes tomando sol. El agua está llena de hipopótamos en traje de baño y las calles no pueden más de rinocerontes en bermudas. Para ir a comer un sándwich hay que hacer colas de dos horas y ni se le ocurra tener ganas de ir al baño. Pero no hay que ir a Mar del Plata: alcanza con un trámite cualquiera en el banco o en en una oficina pública, basta con asistir a un mitin político o a una procesión. Da lo mismo. Todos amuchados a favor o en contra de lo que sea.

¿Cuándo fue que el mundo se llenó de gente? No lo recuerdo, pero fue un día concreto de los últimos 50 años. Hasta aquel día, que no puedo ubicar en mi propia historia, había lugar en todos lados. Me parece que fue el mismo día que me di cuenta de que todos los pasajeros del avión eran más jóvenes que yo. Antes de eso se podía viajar, salir a comer, ir al cine, al mercado, al banco, al estadio o al carnaval. Siempre había lugar… Ahora no hay lugar para estacionar en el desierto.

Los hombres –más las mujeres que los varones por esa inclinación de los machos al territorio– somos más gregarios que las ovejas. Andamos en manadas, nos amontonamos hasta para las necesidades más íntimas. Nos gusta estar juntos más que acompañados. Actuamos como las distintas partes articuladas del dragón del año nuevo chino. Por eso parece que el mundo se llenó de gente a pesar de que hay cantidad de lugares donde todavía nadie jamás dejó su huella. Suponemos que son mejores los lugares que están llenos y vamos a las fiestas en las que no se puede entrar de abarrotadas que están. Medimos los matrimonios, los cumpleaños y los entierros por la cantidad de gente. Así somos.

Algo tenemos los humanos que no nos gusta estar solos. Pero mejor se explica con lo que no tenemos  y que nos convendría buscar como buscamos la fortuna: se llama paz y suele estar en la soledad, aunque sea en la de un oscuro calabozo.

ADD

ADD es la sigla de Attention Deficit Disorder, que en castellano se puede llamar Trastorno por Déficit de Atención, TDA, o algo parecido. Así que los que tienen ADD son unos desordenados o trastornados, según como se mire. Nadie me lo diagnosticó pero estoy seguro de padecer desde mi infancia el trastorno de los distraídos: no me acuerdo de lo que comí hace 20 minutos; no aguanto ni cinco en una reunión y pierdo rápido el hilo de cualquier presentación. Me olvido de las películas en cuanto terminan y cuando aparece una nueva temporada de una serie tengo que volver a ver completas las anteriores si quiero saber de qué va la cosa…

En una reunión importante me llegan tres mensajes seguidos de WhatsApp: “Hola”; “Buenos días” y “Hay un problema”, y sigue un largo mensaje de voz que no estoy en condiciones de oír si no quiero quedar en evidencia. De repente uno de los asistentes hace una pregunta para mi sector y ¡zas!… me descubre pensando en cuál será el problema explicado en la grabación que no puedo oír. Tampoco sé ahora de qué estamos hablando en la reunión… y en cualquier momento no voy a saber qué estaba escribiendo en esta columna.

El ADD universal es el resultado de la irrupción de todo el mundo en todo del mundo. Estamos tan conectados que participamos a la vez de una reunión familiar y de las reuniones familiares de todos nuestros amigos. Vemos un partido de fútbol por televisión en casa, pero lo comentamos con tres millones de personas que están tuiteando en ese momento sobre el partido. Atendemos a la vez a dos pantallas y nos perdemos un gol porque estamos diciendo que es un tronco justo el que hizo el gol que nos perdimos; pero no nos importa perdernos el gol ni decir una estupidez: lo vemos dentro de dos segundos filmado por 5.233 espectadores que están en el estadio y lo grabaron en sus móviles desde todos los ángulos posibles. Pasamos de Twitter a Facebook y de Facebook a Instagram. En uno decimos una cosa y en otro decimos otra. En Twitter podemos tener una personalidad y en Instagram otra. Podemos ser a la vez el Coronel Cañones y la Doctora Bisturí y hasta podemos pelearnos con nosotros mismos a la vista de mil millones sin que nadie sepa que somos la misma persona y que la pelea es más falsa que un diente de madera.

La interconexión de la humanidad es de las cosas más geniales que nos están ocurriendo. El mundo al alcance de la mano y también nuestra familia y nuestros amigos, estén donde estén: ya no hay bienvenidas ni despedidas, ni estamos más gordos ni más flacos porque sabemos todo de antemano: no son novedad ni los cortes de pelo. Pero advierto que cada vez será más difícil la concentración, absolutamente necesaria para cualquier estudio, análisis o investigación serios. Y si seguimos desordenados por la distracción, podemos terminar en una sociedad de trastornados... o de distraídos.

Notre Dame


No recuerdo mayor repercusión de una noticia. No digo que no pueda haberla, solo que yo no la recuerdo, pero le aclaro que llevo años en esto. El incendio de la catedral medieval de Notre Dame de París está cabeza a cabeza con el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Lo de las torres gemelas fue un shock mundial ante la violencia inaudita de los locos que convirtieron en misiles unos aviones repletos de gente. El incendio de Notre Dame, en cambio, apareció como una pérdida terrible del patrimonio de la Iglesia, de París, de Francia y de la humanidad.

No fue tan así. El fuego se ensañó con la estructura de madera que sostenía el techo, por encima de la estructura de piedra de los arcos góticos internos. Se derrumbó el techo del crucero, justo debajo de la aguja que lo coronaba. El resto de la estructura de piedra se mantiene casi intacto y la catedral se podrá reconstruir desde allí si es que no se han debilitado sus sillares, columnas y arbotantes. No es la primera catedral que se incendia ni será la última. Sin ir más lejos la de San Pablo de Londres (hoy barroca y anglicana) está construida sobre las cenizas de la gótica que había allí mismo y de la que no quedó nada en el gran incendio de 1666. Ya sabe que podemos admirar muchas catedrales, monasterios, castillos y palacios de Europa precisamente porque sucumbieron a bombardeos, incendios o terremotos y fueron reconstruidos una y otra vez, entre ellos la catedral gótica de Amberes, el monasterio de Montecasino, el Alcázar de Toledo o la Gran Place de Bruselas.

El incendio de Notre Dame es una prueba cabal de que las catedrales también se prenden fuego, como las casas, el papel de diario y la leña para el asado. Es física pura y la naturaleza actuando. Pensar que el incendio de Notre Dame anuncia el fin de la civilización occidental o cosas por el estilo, solo puede salir de mentes afiebradas, pero eso no quiere decir que no tenga consecuencias o que provoque en las personas emociones y acciones que no se hubieran dado de no ocurrir el siniestro.

De hecho, fue sorprendente la reacción de todo el mundo en aquel momento: el fuego se estaba llevando una joya mundial y mientras avanzaba por el techo de la catedral teníamos la sensación de que el daño se volvía irreparable. Francia se unió como los hijos en el velorio de su madre. El presidente Macron habló dos veces, primero para contener a los franceses y agradecer a los bomberos y segundo para anunciar que no estaba dañada su estructura y que Notre Dame se reconstruiría en cinco años con dinero aportado por suscripción pública. Ahí nomás monsieur Pinault (el marido de Salma Hayek) puso en la alcancía 100 millones de dólares de los 30.500 que tiene en el bolsillo.

Quién sabe qué otras cosas puede producir en la gente el incendio de Notre Dame. El ataque a las torres gemelas les jorobó bastante la vida a los viajeros que desde entonces son vejados por guardias de cualquier uniforme en todos los aeropuertos del mundo; y les solucionó la vida a los fabricantes de escáneres de equipajes, que deberían tener en sus casas un retrato de Bin Laden para prenderle una vela de vez en cuando…

Ya se ve que se puede incendiar lo que sea. Solo es cuestión de fuego, aire y tiempo. Pero el incendio de la catedral de París me da pie para volver sobre una idea que debería estar muy presente entre los cristianos del siglo XXI: la Iglesia con mayúscula no es de piedra, ni de madera, ni de ladrillos y por tanto no le afecta que se incendie Notre Dame o que le pongan una bomba atómica a la basílica de San Pedro; el papa no se cansa de repetir que prefiere una Iglesia accidentada antes que una Iglesia enferma por el encierro; también insiste en la imagen de la Iglesia como un hospital de campaña que recibe heridos de la batalla, a los que sería inútil preguntar por el nivel del colesterol. Las iglesias, en cambio, sí son de piedra, de cemento o de madera, pero hace tiempo que se volvió anticuado el modelo medieval del cura que toca la campana y el pueblo que se congrega en su interior. Hoy, templo es también cada uno de los cristianos que andan tratando de ser mejores por estos mundos de Dios, los que llegan con sus heridas a cuestas a ese hospital de campaña y los médicos y enfermeros que los atienden como pueden. Y la Iglesia con mayúscula es la reunión de todos ellos.

Los idiotas de la tierra plana


Durante la primera semana de marzo de 2019 se reunieron en un quincho de la ciudad de Colón (provincia de Buenos Aires), unas 30 personas que creen que la tierra es plana. Había unos cuantos argentinos a los que hay que sumar dos catalanes, un chileno y un paraguayo. Lo del quincho no es un chiste: el lugar de la reunión fue el cobertizo para asados de un club de la localidad. En las fotos más panorámicas de la reunión aparecen no más de 30 personas, entre las que hay que contar algunos periodistas que inexplicablemente fueron a cubrir esta tontería. Es que en esos días la reunión de los terraplanistas salía en todos los canales de televisión de Buenos Aires y en todos los diarios y programas de radio. Lo curioso es que ninguno de los periodistas decía que son cuatro gatos afiebrados convencidos de que desde la época de Ptolomeo hay un inmenso complot internacional para engañarnos a todos y son falsos hasta los eclipses. Los periodistas asistieron a la reunión y tomaron entrevistas como si se tratara de un congreso de cardiología. No importa ahora rebatir los argumentos estúpidos de los terraplanistas porque intentarlo nos pondría a su altura, como se pusieron los periodistas y los medios que dedicaron espacio y tiempo a esta imbecilidad.

Casi al mismo tiempo el periodismo mundial dio otra noticia, esta vez muy seria, de la primera fotografía de un agujero negro del espacio: un lugar del universo con tal concentración de materia que produce una gravedad extrema, casi infinita, capaz de chuparse como un inmenso inodoro todo lo que hay cerca: galaxias, planetas, estrellas… hasta la luz. No me pida más explicaciones, sólo el consuelo de que no hay ninguna posibilidad de que la tierra caiga en uno de esos inodoros del hiperespacio durante los próximos 4.000 millones de años.

Si comparamos la tierra y nuestra existencia con el resto del universo, somos apenas una pizca de polvo de esas que solo vemos porque reflejan la luz de la ventana. La tierra y el sistema solar no son nada comparados con todo el universo y estamos lejísimos todavía de saber siquiera hasta dónde llega. Sabemos que está en expansión si aceptamos el big bang, que es la más probable de todas las teorías que han intentado explicar de dónde viene el universo, con el vértigo de saber que alguien tiene que haber provocado esa explosión de una partícula ínfima donde estaba contenida toda la materia. Los científicos calculan que esto ocurrió hace unos 13.800 millones de años y también calculan que en algún momento el universo dejará de expandirse para volver a reunirse y llegar al punto primigenio del que surgió. Los locos que se reunieron en Colón aparecen a cada rato en la historia. Son gente que no puede concebir que pasen cosas importantes sin que estén ellos presentes. Siempre, en todas las generaciones, hubo quienes predijeron la cercanía del fin del mundo, igual que habrá gente que sostenga estupideces con tal de aparecer en los medios y ser protagonista. Esos son los terraplanistas de hoy en día, pero hay cientos de nombres para la imbecilidad humana a lo largo de la historia. No vale la pena ni mencionarlos... aunque yo mismo esté cayendo ahora en la trampa de los ególatras que no pueden vivir sin llamar la atención de sus congéneres con cualquier estupidez.

Justo en Colón y también en el año en que se conmemoran los cinco siglos de la gesta de Hernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano y los valientes navegantes que el 10 de agosto de 1519 zarparon de Sevilla en cinco naves para dar la vuelta al mundo. Lo lograron 18 de los 239 tripulantes que zarparon. Sabían ya de sobra que la tierra era una esfera y conocían de latitudes y longitudes como para no perderse: salieron a buscar un paso entre lo que hoy llamamos Atlántico y Pacífico, para llegar a las islas de las especias por el lado español del tratado de Tordesillas que dividía en dos el planeta. Pero el viaje resultó más largo y penoso de lo que se imaginaban, así que decidieron volver desde las actuales Filipinas por el camino más conocido, aunque tuvieran que hacerlo escapando de los portugueses. Llegaron de vuelta a Sevilla el 8 de septiembre de 1522, gracias a la suerte, al dulce de membrillo y al clavo de olor. Fue así como estos héroes del siglo XVI dieron por primera vez la vuelta entera a la redondez de la tierra.

La patria es la lengua

Era preadolescente cuando leí la primera definición de patria; estaba en italiano bordada en la mochila de un campamentero. Decía algo así como "mi patria es allí donde voy". Como me pareció inteligente se lo señalé a mi padre, que cargaba combustible en una estación de servicio del Peloponeso. Vino a asegurarse lo que decía la mochila y a regalarme un reto memorable: "–¡La patria no se elige!"

"La patria es la infancia", dicen que dijo Rainer María Rilke, y ya se ve que es mucho mejor citar a un poeta y filósofo que a una mochila. También lo dijeron Gabriela Mistral, Luis Landriscina y millones de personas. Nos gusta lo que nos gustaba cuando éramos chicos: los olores, los sabores, el clima, las tardes, la noche, el verano… Patria son los hermanos, las peleas, las cicatrices, los chichones. Patria es el pastel y los ñoquis en la mesada de mármol enharinada de la cocina. Patria es el café con leche, el pan con manteca, el olor de las tostadas, el zapato que aprieta y la ropa que pica.

Patria es donde enterramos a los muertos y donde descansan nuestros antepasados, pero en la Argentina, esa es la madre patria: la patria de nuestros abuelos o bisabuelos, de donde vinieron a fundar una patria nueva, una que recién estaba despuntando los primeros dientes. La patria que es un proyecto de muchas generaciones y no de una sola, como quizá suponen los que se cansan de esperar que salgamos de la adolescencia colectiva.

Patria viene de padre, o de padres, que incluye a la madre, sin necesidad de dialectos inclusivos. Es que la patria es más madre que padre, como llaman los Popof a la Madre Rusia. Y por ser sobre todo madre, los deberes para con la patria son parecidos a los que tenemos con ellas.


En el Octavo Congreso de la Lengua que se celebró en Córdoba de la Nueva Andalucía los inclusivistas intentaron imponer inclusividades porque no quieren saber –autoritarios– que a la lengua la hacemos los hablantes hablando. Vinieron lingüistas, poetas, ensayistas, novelistas y noveleros. Puristas de la lengua, académicos, profesores, maestros y muchos periodistas, que somos los usuarios más urgentes de la lengua. Allí Joaquín Sabina acuñó con su voz de gintonic otro concepto de patria, que tampoco es de Sabina y que es más actual que todos los que hemos repasado:

La Patria, señoras y señores, es la Lengua.

No había que viajar a Córdoba para saber que en el mundo de hoy las fronteras son las del idioma y resulta que hay muchas más que las del mapa y la geografía, porque países hay 194 en la ONU y 211 en la FIFA; lenguas, en cambio suman unas 7.000, aunque el 90% de ellas no llega a 100.000 hablantes. Los que tenemos al castellano como lengua madre somos una patria de 600 millones y 850 si contamos a los del portugués, que es casi lo mismo.

Gracias don Cristóbal, Gran Almirante.

La igualdad desigual de los sexos

Hace apenas 50 años el teléfono se usaba para hablar con alguien que estaba lejos. Nos mandábamos cartas en sobres que era un placer rasgar. Las noticias estaban en los diarios y García Márquez era periodista. Los carros eran aparatos de gimnasio y por eso conducían los varones. Había mapas, enciclopedias y diccionarios. Para tomar una foto había que aprender a manejar una máquina complicada y mandar la película a un laboratorio para conseguir las escasas copias que salían bien. Viajábamos en avión vestidos para un cóctel y nos trataban como reyes. Conversábamos, leíamos libros y a veces intentábamos ver alguna imagen bastante borrosa en unos televisores diminutos y redondeados. En mis colegios (fui a tres, entre privados y públicos) no había mujeres; ni alumnas, ni profesoras, ni maestras, ni nada femenino. Cuando empecé a trabajar de periodista solo había una mujer en el periódico: la que hacía las notas sociales. Ir a trabajar era cosa de varones y lo hacían para llevarle dinero a sus mujeres, que también trabajaban, pero en sus casas. A las fiestas los varones iban de negro para que las mujeres pudieran lucir su belleza celestial. Hace 50 años las mujeres eran diosas a quienes los varones adorábamos…


Pero un día decidieron ser mortales. Empezaron a emular a los varones hasta hacer todo lo que ellos hacían y mostraron que lo podían hacer mejor. Primero llenaron la universidad, después llegaron a las fuerzas armadas y de seguridad. Fueron tenientes, capitanes y coroneles, también generales, almirantes y embajadores. Cirujanas, prefectas, juezas, ministras y presidentas, diputadas y senadoras, taxistas y saloneras de restaurante y barrenderas y basureras y plomeras y albañiles… Humanizaron el mundo de la medicina, de la política, de las armas, de todas las profesiones, en un mundo que hasta hace apenas 50 años era dominado por machos marcando territorio. No hubo deporte en que no se metieran, hasta el rugby, el boxeo, la halterofilia y las artes marciales… y si todavía participamos en categorías distintas debe ser para defender a los varones.

Falta mucho todavía porque esto ocurre sólo en la parte judeo-cristiana del planeta: la mayoría de la humanidad, que vive en grandes extensiones superpobladas de Asia y África, todavía considera a las mujeres como inferiores a los varones, quizá porque no leyó los primeros capítulos del Génesis, cuando el Creador fue de lo más imperfecto a lo más perfecto y coronó su obra con la mujer.

Nadie conoce el futuro. No podemos saber cómo va a ser dentro de otros 50 años, pero de este lado del mundo todos esperamos que sea igualitario. Si en las edades más lamentables de la historia los varones nos impusimos a las mujeres, habrá sido por los mecanismos sociales de la evolución y por errores colectivos que no vale la pena juzgar porque lo haríamos con parámetros distintos a los de la época en que ocurrieron.

La igualdad entre mujeres y varones debería conseguir un mundo para varones y mujeres sin ninguna discriminación. Pero volveríamos irremediablemente a la época de las cavernas si, para ser iguales, las mujeres decidieran parecerse a los varones.

Kill City

Guayaquil, Ecuador, 21 de febrero de 2019 (foto de Santiago Borja)

Ni la a es femenina ni la o es masculina

Las palabras cambian de sentido con el tiempo, se inventan nuevas y otras se dejan de usar. No hablamos como nuestros abuelos y ellos tampoco hablaban como los suyos; y cuando una lengua se deja de hablar, se muere. Pueden quedar las reglas y los diccionarios, pero no la evolución de ese idioma: se congela en el tiempo y servirá solo para decir cosas que no cambian nunca: esa es la razón por la que a las religiones, a las leyes y a las ciencias les gustan las lenguas muertas. Las lenguas vivas, en cambio, evolucionan con el tiempo y con la geografía, tanto que a la vez que mueren algunas, otras nacen. Los idiomas son como las especies: unas evolucionan y otras se extinguen, algo bastante lógico por ser el resultado de convenciones constantes entre seres vivos, que también evolucionan o se extinguen.

Pretender cambiar el sentido de las palabras o inventarse nuevos términos es crear una especia de la nada, como un animal de tres cabezas (una quimera). Mucho peor si se lo intenta desde el poder: George Orwell lo explica en el epílogo de 1984, la novela escrita en 1949 sobre un mundo futuro, gobernado tiránicamente por el Hermano Mayor. En el ecosistema imaginado por Orwell la guerra es la paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es el poder. Piensa el tirano que si cuando decimos libertad pensamos esclavitud, ya nadie querrá ser libre…

El castellano es una de las lenguas más habladas del mundo y por tanto la que menos peligro corre. Pero además la globalización está evitando la formación de nuevos idiomas, a la vez que provoca la muerte de los que menos se hablan, así que todo parece indicar que en el futuro habrá menos idiomas pero más hablados.

La historia tiene sus sorpresas y todo puede volver al primer casillero por un error al apretar un botón en el ascensor del Pentágono, así que la evolución es impredecible, también la de los idiomas. Lo que sí es previsible es el fracaso de cualquier intento de crear un lenguaje como el que llaman inclusivo. Quiero decir que por más que algunos se propongan decir todos solo para los varones, todas solo para las mujeres y todes para incluir a los varones y las mujeres, eso no va a funcionar mientras quienes lo intenten sigan siendo cuatro gatos trasnochados que creen que la igualdad de los sexos depende de las palabras.

En castellano el masculino incluye a los varones, pero también a los varones y a las mujeres en los sustantivos colectivos y en los plurales. Si digo la palabra ciudadanos puedo estar refiriéndome solo a varones o también a varones y mujeres; y si digo ciudadanas solo estoy hablando de mujeres. El problema de hablar o escribir en lenguaje inclusivo es que una vez que empezamos no podemos salir de la regla, y esa regla –dice la Real Academia– es imposible de cumplir. Si decimos “buenos días a todos y a todas” o “buenos días a todes” ya no podremos equivocarnos porque cada vez que digamos ciudadanos, o enfermos, o dentistas, o periodistas… nos estaremos refiriendo solo a un género y no a los dos; y cuando digamos animales o estudiantes estaremos incluyendo, seguramente sin pretenderlo, a los machos y las hembras, los varones y las mujeres.

Lo sorprendente de esta pretensión es que quienes la sostienen piensen que la a es femenina y la o masculina, y todavía más grave es que crean que la e es neutra y plural. Minusvaloran lo femenino quienes lo reducen a una letra. También el masculino, pero lamento comprobar que lo promueve un feminismo que cree que la igualdad consiste en parecerse a los varones.

La igualdad es una realidad muchísimo más importante que la a o la o, y en todo caso el modo de hablar deberá ser el que resulte de la evolución de esa igualdad y no al revés. La jueza no es más igual por no llamarse juez y el juez no es desigual por no llamarse juezo. La fiscal no es más igual por llamarse fiscala, ni la concejal por llamarse concejala, del mismo modo que no decimos fiscalos a los varones que ejercen ese cargo, ni criminalas a las mujeres que cometen crímenes… y podemos seguir así hasta el infinito.

Radiestesia

Dicen que está disminuyendo la venta de fuegos artificiales gracias a que por fin nos damos cuenta del sufrimiento que producen en las mascotas. Debería ponernos locos a nosotros –animales al fin– pero por el misterio de nuestra libertad hemos sido capaces de convertir el estruendo de los petardos en una diversión.


La sensibilidad de los animales es la sabiduría del instinto que los humanos perdimos por alejarnos de la naturaleza. Les hace prever cantidad de episodios que a nosotros se nos pasan de largo, como los meteorológicos. Los animales son capaces de prever esos fenómenos y también los terremotos o maremotos, porque están atentos a señales de la naturaleza. Dicen que no hay animales muertos en los tsunamis porque se ponen a salvo antes de que aparezca la ola que sí mata a los humanos. Lo mismo ocurre con los terremotos: si estuviéramos atentos por lo menos a las reacciones de los animales que tenemos más cerca, sabríamos qué nos quieren decir antes de un evento que nos puede afectar. Lo único que atinamos a hacer es buscar el celular para averiguar lo que está pasando, pero llegamos tarde porque en esas circunstancias lo primero que se pierde es la señal.

Oír y ver las cosas, las plantas y los animales, estar en contacto más directo con la naturaleza y leer sus señales es mucho más importante que estar atento al WhatsApp. Respetar la voz y los tiempos de la naturaleza es ecología en estado puro.

Se me ocurría este razonamiento después de reencontrarme con un viejo amigo zahorí. Zahoríes o rabdomantes son personas con radiestesia, que es la sensibilidad para percibir ciertos estímulos que emiten las cosas, como una corriente de agua o un mineral que están debajo de la tierra. Y me cuenta el zahorí que además es meteoro-sensible y que lo nota cuando hay inestabilidad atmosférica, truenos y relámpagos. Le pasa lo que a los perros o los gatos: se pone loco, no puede dormir y termina molido.

Se me ocurría que los humanos fuimos todos zahoríes cuando éramos un poco más animales, hasta que un día nos quisimos escapar de nuestra condición de seres finitos: de animales racionales, pero animales al fin. Quizá la nueva relación de la humanidad con los animales –esta cercanía con quienes nos acompañan en el Arca de Noé que es el Planeta– nos vuelta a todos zahoríes.