17 de octubre de 2021

Breve, intensa y urbana

En marzo y abril del año pasado no se hablaba todavía de vacunas y se tenía a la vista en tiempo real lo que pasaba en Europa, sobre todo en Italia y España, donde colapsaron los centros de salud a tal punto que tenían que rechazar pacientes, salvar a algunos y desahuciar a otros, generalmente a los que tenían más edad. Pasó también en algunos lugares puntuales de los Estados Unidos, como Nueva York, y en ciudades de nuestra América como Guayaquil o Manaos; y no pasó en la Argentina gracias a la cuarentena y a la conducta colectiva de los ciudadanos argentinos. Es verdad que fue larga, y también que es imposible saber qué habría pasado si se hubieran tomado otras medidas. El único modo de achatar el pico de contagios fue alargar la cuarentena por un principio físico elemental que ocurre con una montañita de arena en la playa o con la curva de contagios del covid: cuando extiende la base se aplasta la cima, y si se aplasta la cima se extiende la base.

Bueno, al carnaval le está pasando igual que a la pandemia, por el mismo principio, pero aplicado esta vez a las conductas colectivas. Cuando en 1976 el gobierno militar decidió anular los feriados del lunes y martes de carnaval, la fiesta se desparramó por todo el verano: empieza cuando se apagan las luces de la Navidad y termina casi en Semana Santa. En 2010 volvieron a ser feriados el lunes y martes de carnaval, pero la fiesta siguió desparramada, lánguida, devaluada... derrapando en una cantidad variable de fines de semana del verano. Es que la esencia del carnaval son esos cuatro días locos y no 25, 50 o 60. Cuatro días de locura concentrada, intensos, divertidos... con su principio y su final. Desde el sábado al martes, y le concedo el viernes a la noche, pero ni un minuto más.

Para colmo, a los cariocas se les ocurrió la pésima idea de encapsular las comparsas en un sambódromo, que luego fue copiado por cantidad de ciudades de nuestra geografía, siempre tan originales. Fue así que el carnaval no solo se desparramó en el tiempo; también se encerró en corsódromos, quizá con la sana intención de no molestar el tránsito ni la vida normal de los centros urbanos. Parece razonable, pero justamente, al volverse tan largo la molestia terminó siendo insoportable. Un poco en Río de Janeiro, pero más en sus émulos mesopotámicos y guaraníes, se empezó a perder otra condición esencial del carnaval que es poner la ciudad patas arriba esos cuatro días de cada año, con un final a toda orquesta, pero abrupto, terminante, a las 12 de la noche del martes.
 

A la estudiantina le está pasando lo mismo que al carnaval. No era buena idea trasladarla al autódromo, como tampoco lo es hacerla en la Costanera. Debería volver a la avenida Corrientes o a la plaza 9 de Julio, y que se note en la ciudad que los estudiantes están de fiesta. Pero la brevedad, también de los ensayos, debe ser una condición para esa vuelta. Un fin de semana intenso parece suficiente: quizás uno largo o extralargo, pero ni un día más. Una estudiantina corta pero intensa y en el medio de la ciudad parece mucho más recomendable que una lejana y lánguida, a la que solo asistan los padres y hermanos de los secundarios. Hasta los vendedores de panchos van a agradecerlo, porque siempre es mejor vender mil en un día que en un mes, pero además en el centro de la ciudad habrá más gente porque habrá público de verdad.

No es en contra de la estudiantina, ni del carnaval, ni de la cuarentena. Sí de la pérdida de tiempo de los estudiantes y de las molestias prolongadas a los posadeños, que estaríamos hartos del mismísimo Mozart si todos los días durante meses nos pusieran la número 40 a todo lo que da. Y muy a favor de una estudiantina que recupere la esencia original de la fiesta de los estudiantes: breve, intensa, urbana, divertida... con principio y con final tajantes, ineludibles.

10 de octubre de 2021

Dialecto inclusivo


Quizá porque no tuvieron otra cosa que hacer, han proliferado en estos años los hablantes inclusivos en la sociedad argentina. Da lo mismo el lado de la grieta, pero advierto que están casi todos en la misma vereda y déjenme suponer que es para parecer progresistas.

Dialecto inclusivo es esa jerigonza que hablan los que descubrieron que el castellano era machista. La Real Academia Española, que nunca impone nada a los hablantes, ha explicado con pura lógica, que es una pretensión inútil hablar o escribir en inclusivo y recuerda lo que todo el mundo sabe respecto del castellano: usamos el masculino como genérico cuando nos referimos a un grupo de varones o de varones y mujeres, y usamos solo el femenino cuando hablamos de personas, animales o cosas solo de género femenino. Eso no es machismo sino la constante de un idioma que se hizo hablando y se me ocurre que también adorando a las mujeres antes de que quisieran rebajarse al nivel de los varones. Lejos de excluirlas, el castellano las honra como reinas, dedicándoles un tratamiento que no tienen sus vasallos.

Pero además resulta que los que hablan en inclusivo son los que más excluyen a uno u otro sexo porque, como es imposible hablar todo el tiempo con los dos géneros, incurren en constantes exclusiones. Si empiezan saludando a todas y a todos, cuando en el mismo discurso dicen trabajadores –no trabajadores y trabajadoras– se están refiriendo a los varones y excluyen a las mujeres. Se llenan la boca con todos y todas y cuando eligen el nombre para identificar a su propia alianza le clavan Frente de Todos. Si feminizan las profesiones deben masculinizar las que están en femenino, como dentista, periodista y futbolista; si dicen jueza a la juez, deberían decir nueza a la nuez; si dicen mano y no mana están confundiendo al público, igual que cuando dicen problema, teorema, diafragma o dogma; si dicen testigos a los varones deberían decir testigas a las mujeres, si dicen fiscala, también criminala... Son solo ejemplos de miles de palabras que serán siempre motivo de confusión porque no son las vocales las que definen el femenino o el masculino, como no son el celeste o el rosa los que determinan el sexo de las personas.

Hace tiempo que se feminizan algunos cargos que fueron ocupados durante siglos por los varones. Esos femeninos no siguen la lógica de la antigua semántica, que dice que embajadora, generala o presidenta es la mujer del embajador, del general o del presidente. La lógica que siguen esos femeninos es la de la madre superiora, que decimos hace siglos sin feminismos ni machismos, como mayora –que he oído más de una vez en el campo– para la primera de las hijas. Y ni la madre superiora ni la hermana mayora tienen nada que ver con inclusiones o exclusiones.

Algunos inclusivistas ocupan la e para los colectivos de varones y mujeres: dicen chiques porque en pibes la e les juega en contra. Y hay que suponer que los que dicen todos, todas y todes, ponen todes para los que han decidido no ser ni varones ni mujeres, pero entonces los que dicen todas y todos excluyen a los que no quieren tener género, que se llaman no binarios pero deberían ser no binaries... Y están los que, para hacerse los progres, pero sin complicarse tanto, usan solo los artículos en inclusivo y te clavan las y los ciudadanos, o los y las alumnas, así que dicen las ciudadanos y los alumnas: una contradicción abstrusa con cualquier sustantivo que tenga género.

El idioma es lo más democrático que hay. Intentar imponerlo es uno de los reflejos más cabales del autoritarismo, así que cada uno habla como quiere. Pero por favor no excluya a nadie en nombre de la inclusión, no se olvide de ningún género y perdone a sus interlocutores si no lo entienden o si se cansan de oír sus repeticiones interminables. Tenga en cuenta que la mayoría seguimos hablando en nuestro maravilloso castellano.

3 de octubre de 2021

Pensamiento obligatorio


El mejor modo de reconocer el trabajo de un periodista es enojarse ante lo que dice y el mejor modo de no reconocerlo es ignorarlo. Es que a los periodistas nada les reconforta tanto como provocar a los lectores: para eso están. Además, las reacciones son la señal elemental de lectura y como decía un viejo profesor, ser leído es la primera obligación de todo periodista. Lo bueno es que las redes sociales son una oportunidad magnífica para el feedback. Diarios antiguos, como El Territorio, han pasado decenas de años con casi nula retroalimentación de sus lectores: corrían tiempos en los que lo que decía el diario parecía sagrado porque no había modo de corregirlo, porque era muy difícil conocer los errores cometidos en los acontecimientos informados y porque no se interactuaba con opiniones contrarias. Felizmente el periodismo se ha vuelto mucho más cercano al diálogo con las audiencias que al monólogo que lo caracterizó durante siglos.

Cuando conté 273 comentarios a la columna del domingo pasado, dejé de contestarlos (habré llegado a contestar unos 50). Ese artículo resaltaba, una vez más, la desproporción del tiempo dedicado a la estudiantina durante cada año lectivo y me serví para eso del silencio de este septiembre, igual al del año pasado: un regalo impensado que vino con la pandemia y que me parecía que valía la pena capitalizar. No estoy de acuerdo en general con las pérdidas de tiempo y tampoco con la idea de elegir reinas y reyes, por considerarlo una cosificación de las personas, que no tienen ni culpa ni mérito de ser lindos o feos. Había algunos comentarios a favor, pero la inmensa mayoría eran en contra y creo que de ellos fueron solo cuatro los que no argumentaron con un insulto al autor de la nota. Paciencia paisano, que algo estarán queriendo decir...

Digo insultos porque considero un insulto mandar a cualquiera a una isla desierta, que para el caso es lo mismo que que desearle las delicias de un campo de concentración; o sostener que el que piensa distinto es un amargado; o pretender callar al interlocutor a los gritos, con mayúsculas; o afirmar gratuitamente que quien opinó algo debió tener una adolescencia infeliz; o expresar xenofobia argumentando que el que opina carece de derechos por no ser natural de Posadas; o suponer que el paso del tiempo –ser mayor– es suficiente para discriminar a las personas... Muchos de esos insultos, proferidos con nombre y apellido, son suficientes para que el Inadi actúe de oficio, pero ya se sabe que en tiempos de pensamiento obligatorio el Inadi prefiere perseguir a los que piensan distinto en cambio de evitar la discriminación. Esos comentarios ocuparon argumentos ad hominem: a la persona y no a las ideas de la persona. Como si para descalificar el pensamiento ajeno bastara decir que quien lo expresa es un burro, un viejo, un amargado, un extranjero, un improvisado o un idiota.

Insultar al que opina lo contrario nunca es el modo de rebatirlo. Es más que evidente que las opiniones se retrucan con otras opiniones y que, a pesar de ser mayoría o minoría –cosa imposible porque hay tantas opiniones como personas– pueden discutirse las ideas ajenas, pero siempre respetando al que las sostiene. Si las mayorías no respetan la opinión de las minorías caemos en la dictadura del pensamiento y si son las minorías las que imponen su opinión, entonces es tiranía lisa y llana. Y si seguimos así, terminaremos matándonos a machetazos; es el método que la humanidad ha usado unas cuantas veces para terminar con las ideas ajenas.

Confieso que me asustó esa violencia verbal, no por su dirección hacia mi propia opinión –ya dije que lo tengo como un halago– sino por lo que significa como argumento del debate público de las ideas en un país necesitado con urgencia del encuentro de todos los argentinos. Pero ese encuentro jamás debe consistir en la imposición de una opinión, por mayoritaria que sea, sino en convivir todos en un país libre, en el que pensar distinto no sea una debilidad sino una fortaleza.

26 de septiembre de 2021

Lindo silencio de septiembre


El silencio es señal de paz, por eso decimos que no tienen paz los que no pueden dejar de hablar. Es que, en realidad, no pueden dejar de hablar porque prefieren el barullo exterior al silencio interior. Debe ser porque su vida interior les hace más ruido que la exterior. El silencio es necesario para salirse de uno mismo y pensar un poco en los demás, porque es imposible oír a los otros si uno está ocupado haciendo ruido. Pruebe tocar el tambor y va a ver que nadie se acerca a decirle nada.

Por eso el silencio es esencial, entre otras cosas, para ejercer el periodismo. El razonamiento es lineal: solo callándose la boca se puede oír lo que la gente tiene que decir; y a veces no es la gente sino la naturaleza, la historia, la cultura, las ciencias... A eso se llama contemplación y es una actividad elemental para los que quieren oír a los demás. También los creyentes sabemos que no hay otro modo de oír la voz de Dios, que nos habla a través de infinitos canales y con infinitos registros de voz.

Por eso, cuando vea (oiga) en una entrevista que el periodista habla más que el entrevistado, puede estar seguro de que es un mal periodista. Lo más probable es que hable de él (de ella, si es mujer) y que el protagonista sea el periodista y no el entrevistado. Hay muchos casos y muy conocidos de periodistas que tapan con su presencia la realidad que intentan entender y luego la pasan al público en forma de noticias o comentarios defectuosos.

¿Se dio cuenta de la paz que hay en Posadas este mes de septiembre? Es la paz que uno encuentra cuando sale de un ambiente con ruido, como cuando llega al campo y oye el silencio, cuando se acaba el rumor de los autos, el zumbido de las heladeras, el murmullo constante de la gente. Entonces puede oírse la conversación de los zorzales, el soplo del viento entre las hojas de los árboles o el tintineo del agua de una vertiente.

Este mes de septiembre, como el del año pasado, nos sorprendió el silencio gracias a la pandemia del covid. Es curioso que haya que agradecerle algo al coronavirus, pero sí, tenemos que agradecerle el silencio de septiembre, y de agosto, y de julio y quizá también de octubre y hasta de noviembre. Es que tenemos que agradecerle ¡dos años sin estudiantina!

Fueron dos años sin los ensayos de casi todos los días y sin los desfiles y toda la parafernalia estudiantil, pero sobre todo fueron dos años sin la pérdida de tiempo que supone pasarse las tardes tocando el tambor y ensayando pasos en lugar de estudiar. Quiero decir que los que ganaron no son solo nuestros tímpanos y la paz de nuestros espíritus, sino sobre todo el tiempo de nuestros estudiantes, ya bastante maltratado por la pandemia del coronavirus.

Me preguntaba si servirán estos dos años sin estudiantina para darnos cuenta de la necesidad de ejercitar más el cerebro que la pandereta; o de hacerla en carnaval, que es su momento apropiado y para eso cae en verano.

Está bien celebrar la juventud, pero en su justa medida: basta y sobra con un día que alguien instituyó como del estudiante. Imagínese si las secretarias celebraran su día con desfiles y escolas de samba ensayados durante meses... y las madres, los médicos, los empleados de comercio, los periodistas, los bancarios, los veterinarios y los fabricantes de alfajores...

La estudiantina se llama así por los estudiantes, pero para ser estudiante hay que estudiar; si siguen tocando el tambor en lugar de estudiar, corre el riesgo de perder su materia prima.

19 de septiembre de 2021

Sobrecarga de WhatsApp


WhatsApp tiene dos opciones para integrar colectivos de personas en comunicaciones grupales: las listas de difusión y los grupos de chat; los dos incluyen, como máximo, 256 participantes. En las listas de difusión solo habla el que manda los mensajes, llamado administrador. Los grupos de chat, en cambio, son de ida y vuelta: todos pueden hablar porque son una conversación (un chat). Como es lógico, las listas sirven para situaciones muy diferentes a los grupos y son ideales cuando la comunicación debe ser unilateral porque basta con un solo emisor de los mensajes colectivos. Los chats, en cambio, son multilaterales: todos pueden participar con sus aportes, sus datos y sus opiniones. Esta columna es sobre los grupos de chat y algunos de sus participantes.

La historia puede ser así y puede repetirse en situaciones infinitas: gracias a la feliz idea de uno de ellos, los padres de los alumnos de tercer grado arman un grupo de WhatsApp para pasarse noticias sobre sus hijos y el colegio. Feliz idea, digo, porque el grupo se convierte en una charla a distancia sobre intereses comunes. Lo mismo pasa con grupos familiares, de colegas, compañeros de trabajo, alumnos y exalumnos, barras de amigos, consorcios, vecinos del barrio preocupados por la seguridad, deportes en equipo... Hay para todo, pero muchos de ellos ya son imprescindibles, tienen un fin determinado y cada vez estamos en más, con la natural sobrecarga por tanto grupo. Sirven para mantener o prolongar una conversación y el tema es el que se ha establecido de antemano. Son útiles porque ahorran tiempo y facilitan la comunicación necesaria.

Como son una conversación continuada, no hay ninguna necesidad de saludar cada vez que se entra y si uno saluda no hacen falta 132 respuestas al saludo. Para felicitar por los cumpleaños están los mensajes privados, pero se entiende que alguien prefiera hacerlo en el grupo: en ese caso no es obligación que los 47 integrantes feliciten ensayando cada uno un mensaje más original que el anterior. Lo mismo con los agradecimientos: 89 gracias son un poco mucho, aunque sea con emojis de aplausos o de pulgares para arriba. Otra cosa: a los grupos mejor mandar textos que mensajes grabados; por la brevedad, pero sobre todo porque es imposible recordar el contenido de esos mensaje y en lugar de verlos de un pantallazo hay que volver a oírlos enteros cada vez, con sus saludos y sus frases inútiles y repetidas.

Pero además, en todos los grupos hay uno, dos, tres integrantes –que hoy me van a tildar de argel– que no se pueden contener y mandan opiniones políticas, chistes, consejos saludables, pornografía... Así, en el grupo de padres de tercero, el 25 de mayo uno sube una grabación de 16 minutos con el himno nacional cantado por un coro de mudos; otro día aparece un video que muestra cómo quedaron los corderos que mató un puma en La Pampa; después viene el de las gorditas haciendo strip-tease; un chamamé en el festival de Cosquín; los Simspon con diálogos sobre la actualidad económica; memes de políticos diciendo incongruencias; chistes sobre el alcohol que tomamos; sobre lo viejos que estamos; sobre maridos, mujeres y suegras; fotos de parrillas repletas y selfies de los que se están comiendo el asado... Todos los mensajes van con sus respectivos aplausos, pulgares, botellas que hacen ¡pum!, tortas, brindis y cañitas voladoras.

Este es un llamado a la solidaridad: si tiene que mandar un mensaje personal a uno de los integrantes del grupo, mándeselo directamente; los demás no tienen por qué enterarse. Pero sobre todo respete a rajatabla el fin de cada grupo. Intervenga solo cuando sea necesario y sea breve y conciso. Tenga en cuenta que cada uno de los interlocutores entenderá su mensaje de un modo distinto, y cuanto más largo y complicado, más equívoco será el mensaje.

12 de septiembre de 2021

Lo que me enseñó mi gato


Desde que me mudé de casa empecé a tener un gato, no porque lo quisiera sino porque la nueva casa vino con un gato viejo que nunca se acostumbró a nuestra presencia, entre otras cosas porque no nos pusimos de acuerdo en un dato fundamental: él pensaba que la casa era suya y yo que era mía. 

Un día el gato se murió y lo enterramos en el fondo del jardín. Ese día empezaron a rondar los ratones de un arroyo cercano, así que nos agenciamos un gatito cachorro, negro como el carbón, gracias a la generosidad de unos amigos. Venía con el consejo de castrarlo cuanto antes, además de darle algo contra los parásitos. Como no tenía ninguna experiencia con gatos, pregunté por qué había que castrarlo y me explicaron que así no andaría peleando, se quedaría tranquilo en la casa y estaría menos expuesto a enfermedades.

Se me ocurría que, si lo queríamos para ahuyentar ratones, mejor sería un gato entero, con carácter, que cuide su territorio y que tenga ganas de pelear con cualquier animal que se lo dispute. Pero esa no fue la verdadera razón para no castrarlo, por lo menos hasta ahora... Me pregunté si le gustaría que lo castre y la respuesta en mi conciencia fue inmediata: ¡estás loco! ¿cómo lo vas a castrar, si lo único que le importa en la vida es comer la rica comida que le regalás todos los días y andar con las gatas del vecindario? Si le dieras a elegir, preferirá un millón de veces las heridas de la pelea con otros gatos y hasta la mismísima muerte antes que perder su condición de macho de la cuadra.

Hasta aquí la historia de mi gato, que cuando caza un ratón viene a mostrarlo como un trofeo, y cada tanto desaparece un par de días para volver agotado a comer y dormir, pero con cara de galán satisfecho. La cuento para volver sobre la idea que motivó esta columna hace un par de semanas: la lección de los carpinchos de Nordelta, en el partido bonaerense de Tigre. Es cierto que ellos estaban primero, pero ese no es el punto porque los humanos debemos convivir con el resto de la Creación, entre otras cosas porque si no lo hacemos, nos extinguiremos como cualquier animal que termina con las especies que lo alimentan.

Hay dos términos de la ecuación de la supervivencia que hay que tener en cuenta: somos depredadores de animales, vegetales y minerales y también somos parte esencial de la naturaleza: quiero decir que la naturaleza cuenta con nosotros como cuenta con el sol, el hidrógeno y el oxígeno. Depredamos sin piedad el litio, la sal, el agua; quemamos las selvas, los bosques y los pastizales, arrinconamos hasta la extinción a las yacutingas, los yaguaretés y las harpías... Pero también somos capaces de cultivar cereales para alimentar a todo el mundo; de criar ganado para usar su leche, su carne y su piel; de depurar el agua contaminada para reciclarla hasta el infinito; de inventar transgénicos, vacunas y máquinas que multiplican nuestro esfuerzo para aumentar exponencialmente los frutos de la tierra. Las especies animales que menos peligro corren son las que más matamos –y también las que más castramos– como bovinos, ovinos, porcinos o gallinas. Cuando se terminen las corridas de toros se extinguirán los toros bravos; y si desaparecieran los diarios desaparecerán también inmensas extensiones de bosques que se plantan para fabricar papel prensa.

Somos parte de la naturaleza. Solo tenemos que convivir con ella porque dependemos unos de otros, los humanos, los carpinchos, los naranjos y el agua fresca. Pero por ser libres, somos, además, la única especie capaz de degradarla y a veces pareciera que estamos empeñados en ese objetivo. Eso no es inteligencia humana: es angurria, mezquindad, egoísmo... algo que no tiene ninguna otra especie animal y que mi gato me lo recuerda todos los días.

5 de septiembre de 2021

Voto obligatorio

En las elecciones provinciales del pasado 6 de junio votó alguito menos del 60 % del padrón electoral de Misiones, un 12 % menos que en las elecciones de 2019. Le recuerdo, por las dudas, que votar es una obligación, como pagar los impuestos o parar cuando el semáforo se pone rojo.

Votar es obligación en la Argentina desde la ley 8.871, sancionada en 1912 –la llamada Ley Sáenz Peña– que estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio, pero solo para los varones entre los 18 y los 70 años. Faltaban casi 40 años para que las mujeres también pudieran votar: tuvieron que esperar hasta el 11 de noviembre de 1951. El voto fue obligatorio, entonces, desde 1912 hasta –más o menos– cuando el documento nacional de identidad se unificó con la cédula de identidad en el carnet con onda tarjeta de crédito que hoy tenemos: pienso que desde entonces, al complicarse la certificación del voto, pasó a ser una obligación de derecho pero no de hecho.

En tiempos de la Libreta de Enrolamiento o del Documento Nacional de Identidad (DNI), que también era una libreta pero más chica, cada votación constaba con el sello y la firma del presidente de mesa, que se estampaba en el último casillero vacío de unos cuantos que tenían esos documentos en sus páginas. Las libretas servían también para anotar los datos relativos al servicio militar de los varones. La de enrolamiento era más grande que un pasaporte y contenía hasta un mapa político de la Argentina, la letra completa del himno y las ilustraciones del escudo, la bandera y la escarapela nacionales. En esa época, el documento de las mujeres era más chico, y se llamaba Libreta Cívica.

Los documentos-libreta certificaban no solo la identidad y el estado militar sino también también cada voto. Si faltaba el sello de la última elección, podían complicarse algunos trámites, pero también podían impedir salir del país o cobrar una multa por no votar.

El estado tiene medios para saber quiénes votaron y quiénes no y por tanto quiénes son pasibles de sanciones por no votar, pero esas sanciones hoy son una multa y tan irrisoria que ni vale la pena intentar cobrarlas. De cualquier modo, esa obligación se había vuelto irrelevante cuando, mucho antes del cambio en los documentos, los gobiernos empezaron a amnistiar a los que no votaban poco tiempo después de cada elección.
 
Es curioso que en un país donde el voto es obligatorio, los candidatos tengan que rogar a la gente que vaya a votar. Dicen los panelistas de los canales de televisión que las razones del escaso porcentaje de votantes están entre la pandemia y la apatía por la política. Puede ser. También dicen que, a nivel nacional, la abstención favorecerá al oficialismo y perjudicará a la oposición. Otro puede ser. Pero si el voto es obligatorio y la capacidad de sancionar corresponde al gobierno, sorprende que sea la oposición la que insiste con su cantinela para que vayamos a votar, mientras que el oficialismo y su aparato de campaña pasan completamente de recordar a los ciudadanos que tienen que cumplir con esa obligación cívica.
 

Nuestro porcentaje de abstención es el de cualquier país en el que no es obligación votar: más bajo que el de Francia y de Alemania, parecido al de España y un poco más alto que el de los Estados Unidos. El voto obligatorio en la Argentina cayó en desuso sin que nadie lo derogue, quizá porque no nos gusta que nos obliguen a hacer nada. Por eso estoy seguro de que en un país de retobados, como el nuestro, mejoraría la participación si el voto no fuera obligatorio.

29 de agosto de 2021

La enseñanza de los carpinchos


La puerta principal de la Casa Botines, en la ciudad de León (España), está coronada por una estatua de san Jorge matando a un yacaré. ¿Cómo que un yacaré, si san Jorge se enfrentó con un feroz dragón para salvar a una doncella en Capadocia? Bueno es que, cuando los españoles llegaron a nuestra América conocían solo por cuentos a los dragones, pero acá se encontraron con los yacarés y seguramente dijeron asombrados: ¿Ah, esto era un dragón?

La Casa Botines es un palacio diseñado por Antonio Gaudí en 1890 para una firma de tejidos de dos empresarios leoneses. Gaudí no representó a san Jorge ecuestre, hincándole a un inmenso dragón alado por su boca humeante la lanza de caballero porque no creía en la leyenda del dragón y la doncella: como buen devoto de sant Jordi, prefirió una imagen realista del patrono de Cataluña. Después de una buena restauración, sigue allí la versión pedestre de san Jorge matando a un yacaré por su lomo y con una chuza, como lo habrá hecho más de un castellano cuando se enfrentó con un dragón lento por estas playas.

Cuando españoles y portugueses llegaron a nuestra América, se encontraron con tigres, leones, dragones y otros animales que nunca habían visto pero sí conocían por sus libros de caballería, o por las historias exageradas de los que volvían de sus viajes por el Nuevo Mundo. Por eso, cuando vieron al yacaré dijeron dragón; cuando se toparon con un puma lo llamaron león; y cuando conocieron al yaguareté le pusieron tigre. Esa es la razón de tanta toponimia con tigres en nuestra América, y ya se ve que había yaguaretés por todo el actual territorio argentino. Dicen que fue un tigre el que se comió a Juan de Garay cuando exploraba el delta del Paraná. Por el Tigre, entró Santiago de Liniers y sus tropas el 4 de agosto de 1806 para reconquistar la ciudad de Buenos Aires, ocupada por los ingleses en la primera invasión. Y en Cabeza de Tigre (Córdoba) fue arcabuceado el mismísimo Liniers por orden de Juan José Castelli el 26 de agosto de 1810.

Resulta que justo viene a ser en el Tigre donde los carpinchos se están reproduciendo como conejos. La noticia ha estado en los medios de Buenos Aires toda la semana, pero también ha llegado al resto de la Argentina y al mundo, porque parece que los vecinos de Nordelta están preocupados por una invasión de carpinchos que no los deja vivir tranquilos y hasta un repartidor de pizzas estropeó su motoneta contra uno que cruzaba distraído una calle del barrio.


Nordelta es un emprendimiento inmobiliario inmenso, una ciudad entera con zonas residenciales de distinto nivel, edificios, departamentos, colegios, centros comerciales, áreas de deportes... pero sobre todo tiene mucha agua, lagunas, canales, embarcaderos... justo lo que más les gusta a los carpinchos, además de las cosas ricas que dejan los vecinos en sus tachos de basura, y comer sus tiernas plantas, y masticar troncos, muelles, puertas, que para algo son el roedor más grande del planeta.

¿Quién son los invasores? ¿Los carpinchos o los vecinos de Nordelta? Si no hay yacarés ni yaguaretés que se los coman y para colmo hay comida más que suficiente, los carpinchos se reproducen a sus anchas; y si no dejamos a los humanos depredar a los carpinchos, resulta que vamos a tener que llamar a los yaguaretés; pero los yaguaretés se comen a los humanos como se lo comieron a Garay...

Los seres humanos somos parte de la naturaleza. Pero además somos los peores depredadores de todo lo que nos rodea, y como buenos depredadores tenemos que convivir con lo que depredamos, porque si se nos termina lo que depredemos, nos depredamos a nosotros mismos. Los carpinchos de Nordelta nos están dando un mensaje para el que hay que parar la oreja: o convivimos con el resto de la naturaleza o nos estamos suicidando en masa.

22 de agosto de 2021

Milicianos de Managua en Kabul


Pedro Joaquín Chamorro Cardenal fue acribillado a balazos el 10 de enero de 1978 desde un auto que se puso al lado de su Saab descapotable cuando iba a su trabajo, como todos los días, a las 8 de la mañana. El día anterior Chamorro se había reunido con fuerzas de la oposición al dictador Anastasio Somoza con la idea de mediar entre la insurgencia sandinista y la dictadura. Don Pedro era el director-propietario de La Prensa de Managua, el mismo diario que el pasado 12 de agosto se vio obligado a suspender indefinidamente su edición en papel al ser ocupado por la policía del actual dictador, Daniel Ortega, que fue uno de los jefes de aquella revolución que terminó derrocando a Tachito Somoza.

La opinión pública de Nicaragua entendió que fue Somoza quien dio la orden, por ser Chamorro su principal oponente desde las páginas de La Prensa. Pero lo cierto es que ese asesinato fue lo que faltaba para que el pueblo nicaragüense apoyara las columnas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que tomaron Managua 18 meses después. Somoza abandonó Nicaragua el 17 de julio de 1979, y luego de pasar por Miami, Bahamas y Guatemala, se instaló en Asunción al amparo de su amigo Alfredo Stroessner. No le sirvió de mucho a Tachito la protección del Rubio: fue asesinado, también en su auto, el 17 de septiembre de 1980 en la avenida España (que entonces se llamaba Generalísimo Francisco Franco). El comando que cumplió el encargo estaba integrado por siete argentinos que habían luchado en Nicaragua junto al FSLN, comandados por Enrique Gorriarán Merlo. El plan era dispararle con una bazooka antitanque al Mercedes-Benz de Somoza. Pero a Hugo Irurzún se le trabó el proyectil, así que Gorriarán vació el cargador de su M-16 contra el parabrisas del Mercedes –que no estaba blindado– y después Irurzún consigue destrabar su bazooka y encajarle un rocket que también entró por el parabrisas. Murieron Somoza, su asesor financiero, que lo acompañaba en ese momento, y el chofer que voló por el aire destrozado.

Volvamos a Managua. Los sandinistas entraron en la capital de Nicaragua el 20 de julio de 1979. Ante la caída inminente, la ciudad había sido abandonada el día anterior por la plana mayor del gobierno y por la Guardia Nacional, que dejó cantidad de armas en los parapetos y en los cuarteles. Esa noche apareció en la historia el concepto Milicianos de Managua. Resulta que muchos de los que permanecían escondidos en sus casas, salieron a la calle, se adueñaron de las armas abandonadas y se pasaron la noche disparando al aire. Al llegar las columnas del FSLN que entraban en la ciudad se confundieron con ellos. Desde aquel episodio se llama Milicianos de Managua a los aprovechados que capitalizan para ellos una insurrección de la que no participaron.

Pensaba estos días en los milicianos, pero no de Managua sino de Kabul. La situación es parecida a aquella de 1979, solo que los talibanes son los trogloditas de Afganistán y los sandinistas iban a liberar a Nicaragua de otro troglodita. Después resulta que todo se da vuelta... pero el hecho de ahora es la toma de Kabul el domingo pasado por fuerzas insurgentes que se hacen con el poder. Los que pueden, huyen para vivir tranqui en otros países y dejan a la buena de Dios a los que los acompañaron por afinidad ideológica o porque había que comer. Se van los ministros pero quedan los secretarios y subsecretarios. Se van los embajadores pero quedan los empleados locales. Se van los responsables y quedan los inocentes que buscan desesperados subirse a los aviones para evitar las represalias de los nuevos amos.

Mejor que intentar el escape casi imposible es agenciarse un fusil de asalto bien grande y vestirse de talibán para pasar inadvertidos. Se me ocurre que muchos de los barbudos armados hasta los dientes que hoy vemos en las fotos de Kabul, son en realidad Milicianos de Managua: afganos asustados convertidos en talibanes el domingo pasado.

15 de agosto de 2021

El sistema parlamentario

La historia política es la historia de la defensa de los abusos del poder. Es que así es el animal humano: siempre habrá alguien que se erige en autoridad y por tanto habrá súbditos, pero como el que manda tiende a convertirse en tirano, los que obedecen tratan de poner todos los obstáculos que pueden para evitarlo. Lo curioso es que muchos de los que inventan esos obstáculos se vuelven tiranos cuando les toca gobernar.


Pero la historia de las ideas políticas no es solo el relato de ese intento. Se podría decir que es la historia de la convivencia entre nosotros; y cuando digo nosotros me refiero también a todas las especies que componen la creación, con los que navegamos juntos por el Universo en nuestra arca de Noé que es el planeta Tierra.

Buscando esa convivencia apareció un día la democracia, y casi junto con la democracia apareció el sistema parlamentario. Fue en la antigua Grecia y en una época en que parlamentarios eran todos los ciudadanos libres: había muchísima menos gente en el mundo y eso se podía hacer. Todavía se conservan en Grecia algunos de esos lugares en los que deliberaba todo el pueblo con sus autoridades, como en una reunión de consorcio, pero de toda una ciudad.

Ya ve como hasta en los consorcios rige el sistema parlamentario, pero nuestras democracias cayeron en el sistema presidencialista porque copiaron el modelo norteamericano, que en aquellos tiempos era el último grito de la moda. Fue así que, para limitar el poder, copiamos la constitución gringa en cambio de la de Pericles: nuestro presidente resultó un rey con vencimiento y nuestro congreso una representación del pueblo y de las provincias, que puede entorpecer o facilitar las acciones del ejecutivo según sus mayorías y minorías.

Decía que el sistema parlamentario nació en la antigua Grecia y se perfeccionó en la monarquía británica y en el resto de la Europa moderna. Consiste en un modo de organizar el poder mucho más representativo: quien elige al Jefe del Gobierno es el Parlamento, que es proporcional a la voluntad del pueblo que lo votó. El Jefe del Estado puede ser para toda la vida, como el rey en las monarquías, o con vencimiento, como el presidente en las repúblicas, pero en los dos casos su poder es muy limitado. El Jefe del Estado es algo más que el himno nacional o la bandera: un símbolo que garantiza la unidad y la continuidad del estado y también su representación. Siempre, además, interviene en casos de crisis para ayudar en el armado del nuevo gobierno.

Es que en el sistema parlamentario el gobierno puede cambiar o no cuando hay elecciones. Aunque hay elecciones obligadas cada tantos años para renovar el parlamento, las alianzas dentro de cada periodo pueden caerse y por tanto también puede caer un gobierno que fue el resultado de un acuerdo entre distintos partidos. Y al revés: mientras dure una mayoría parlamentaria, o dure la alianza que sostiene a un gobierno, ese gobierno seguriá sin drama. Es así que presidentes como Angela Merkel o Felipe González han durado muchos años y otros, como los italianos de los últimos tiempos, suelen durar bastante poco.

Decía el domingo pasado en este mismo espacio que en la Argentina deberíamos probar con el sistema parlamentario por considerarlo mucho más adecuado a nuestro estilo. Y también decía que Chile puede ser el primer país de nuestra América en instaurarlo en su nueva constitución, que hoy redacta una asamblea que acaba de ponerse a trabajar. Y también decía que en la Argentina puede ser una provincia la que empiece la corriente parlamentarista. 

8 de agosto de 2021

Parlamentarismo sudamericano


El pasado 28 de julio, coincidiendo con los 200 años de su independencia, asumió la presidencia del Perú Pedro Castillo. Sea quien sea Castillo, creo que hay que darle tiempo para saber quién es realmente cualquier candidato que empieza la andadura de su mandato. Dicen que por lo menos cien días, pero quizá sean más todavía y siempre se puede dar la vuelta la tortilla a los seis meses, a los nueve, a los doce o a los quince...

Pero lo que quiero resaltar hoy no es la joven presidencia de Castillo, que todavía sería prematuro juzgar, sino recordar la paridad notable entre los dos candidatos a la segunda vuelta: en el conteo oficial, la diferencia entre Castillo y Keiko Fujimori fue de 26 centésimas de un punto porcentual (44.263 votos). Es cierto que la primera vuelta mostró una gran polarización de partidos, pero para eso mismo es la segunda: para darle poder indiscutido al candidato que se imponga después de la polarización de la primera. La macana es que en el Perú el tiro les salió por la culata, porque tanta paridad solo constata que el país está dividido en dos bandos opuestos que parecen irreconciliables, con candidatos para colmo bastante extremos en sus posiciones.

Un país se vuelve ingobernable con una división tan marcada y tan pareja entre dos modelos opuestos. De hecho, el Perú viene de crisis en crisis hace unos años y todo parece indicar que la arremetida populista de Castillo va a prolongar esa sucesión de crisis. Lo mismo está ocurriendo en otros países de nuestra América. Y la Argentina no parece lejana a una crisis parecida si seguimos mitad y mitad a ambos lados de una grieta cada día más ancha y más profunda.

En el sistema presidencial –copiado de los Estados Unidos, y compartido con distintas variantes, por todos los países de nuestra América– el que gana impone su modelo, aunque sea el contrario del que quiere la otra mitad del país. El problema está en que no tienen nada que ver las diferencias entre nuestros modelos y los que se disputan desde George Washington el poder en los Estados Unidos. En nuestros países el contrapeso del Congreso apenas puede impedir algunas arbitrariedades en materia impositiva y de fondo, pero es tal el poder del presidente, de hecho y de derecho, que puede llevarnos a las antípodas de donde estaba durante el gobierno anterior. Basta con mencionar los decretos de necesidad y urgencia, las relaciones exteriores, la administración de las obras públicas o la comandancia de las Fuerzas Armadas...

La democracia republicana supone la convivencia pacífica de los que piensan distinto y no la imposición a las minorías de las ideas de las mayorías. Y aunque la minoría fuera solo una persona, deben convivir sin drama mayorías y minorías.

Es el momento de plantearse el sistema parlamentario europeo, que considero mucho más adecuado a nuestras repúblicas sudamericanas. El parlamentarismo fue instaurado por los ingleses desde 1688 –con antecedentes desde el siglo XIV–, que permite arreglar todas las diferencias entre los contrincantes y formar un gobierno proporcional al disenso de los propios ciudadanos. Hoy rige –sobre todo y con gran eficacia– en indiscutidas democracias europeas.

Chile puede ser el primer país que se lo plantee en su asamblea constituyente que acaba de ponerse a trabajar. Ojalá sea el puntapié inicial del parlamentarismo en nuestra América. Pero además creo que en la Argentina no hay ningún obstáculo para que sea una provincia la que empiece esa reforma tan necesaria. Nuestra Constitución no obliga a las provincias a darse un sistema presidencialista o parlamentario. Basta que sus constituciones establezcan democracias republicanas representativas y que aseguren la autonomía municipal.

1 de agosto de 2021

Mauro Periodista


Entre el domingo y el martes de la semana que pasó murió de Mauro Parrotta, periodista de la redacción de El Territorio de Posadas.

Tenía 47 años y llevaba casi 30 en el diario. Y no murió por covid, pero sí por la pandemia. Mauro era de riesgo absoluto ya que tenía un solo pulmón a causa de una neumonía que casi se lo lleva a la tumba por el 2010. "A Mauro lo mató el encierro", me dijo un colega mirando al cajón en un segundo de las tres horas escasas de su velorio. Desde marzo del año pasado, el riesgo lo obligó al encierro y el encierro le alborotó su pasión por buscar historias, por escribirlas, por conversar, por asombrarse y asombrarnos. Pero además, también mata la soledad.

Ya no sorprenden las muertes inesperadas. Los que hacen estadísticas anotan contagios y muertos como quien hace el inventario de una ferretería. Nadie cuenta los daños colaterales: los que se enferman de soledad, los que mueren de tristeza, los que se curan del covid pero nunca se recuperan del covid, los que se lleva la neumonía bilateral post covid, los que son presas de las infecciones intrahospitalarias...

Un periodista es un apasionado buscador de la verdad urgente. Urgente porque todos –las audiencias– queremos conocerla cuanto antes, por eso no basta la búsqueda afiebrada de la verdad: también hay que contarla. Los periodistas deben saber hablar y escribir además de ser genéticamente apasionados por la verdad. Y aunque no es oficio para cínicos, quizá por nuestro parentesco con la política, muchas veces se cuela –como el covid– el cinismo en las redacciones: hay que estar atentos para no contagiarse.

Mauro Parrotta era un señor periodista, genético y autodidacta. Tenía la pasión por la verdad y también era un maestro de la lengua hablada y escrita. Pero sobre todo tenía pasión por la realidad, que es lo que realmente importa, lo que permite conocer la verdad sin lentes empañados y lo que no se enseña en ninguna escuela.

No hay otro modo de conocer la verdad que no sea involucrándose con la realidad. Este principio, que hoy parece básico, fue durante mucho tiempo erradicado de la profesión: buenos periodistas eran los que miraban los acontecimientos con una escafandra, como los que atienden a los enfermos de covid en los hospitales. Se suponía que para ser objetivos había que ser distantes y también equidistantes, como si la verdad fuera el término medio de dos versiones, o de dos mentiras.

No es así, para nada. Solo metiéndose en la realidad se puede conocer la verdad. Más todavía: hay que embarrarse con el barro de los embarrados, ensangrentarse con la sangre de los que sangran, sufrir con los que sufren y celebrar con los que celebran. Abogar por los débiles, dar voz a los que no la tienen y meterse en los tuétanos de los problemas de la gente hasta que duela. Llorar con los lloran y reír con los que ríen. Vivir la vida de los otros como propia. Lo único que no puede hacer un periodista es mentir, aunque otros mientan.

Mauro era de estos periodistas. Visceral. Apasionado. Enamorado de la vida, que gastó con intensidad. Nada le era indiferente. Todo lo conmovía. Imagínese lo que puede hacer el encierro obligado de la cuarentena en una persona así... Era personal de riesgo por su mala salud; pero también era esencial, como todo periodista que se debe a la verdad. Es que el periodismo es un deber porque la verdad es un derecho elemental de todas las personas humanas.

25 de julio de 2021

Calles y avenidas de Posadas


Como usuario habitual de las avenidas Centenario y Tambor de Tacuarí, debo admitir que han mejorado notablemente el tránsito las nuevas manos de las cuatro avenidas que van y vienen desde Villa Cabello y el arroyo Mártires hasta el centro de Posadas. Admito también que a otras personas puede haber incomodado y que el comercio siempre tiene algo que decir, si resulta que estos cambios los favorecen o los perjudican. Todo es cuestión de acostumbrarse y adaptarse a los nuevos tiempos: hace años –y no crea que tantos– todas las calles de nuestras ciudades eran doble mano, cosa impensada hoy en una Posadas cada vez más repleta de autos, sobre todo de autos estacionados, entre ellos los taxis, que siguen manteniendo un privilegio desmedido en el centro de la ciudad. Y hablando de estacionamiento, también hay que decir que el SEM lo ha facilitado dentro de las Cuatro Avenidas de Posadas.

Pero hay que ir más lejos, hacia el futuro que siempre está acá nomas. Hay que prever los estacionamientos pensando en los vehículos que vendrán a transportarnos. Por suerte solo hay que mirar lo que hacen ciudades parecidas, a las que el futuro llega antes. Supongo que en los edificios que se están construyendo ya se prevé una instalación de energía adecuada a los autos eléctricos en la zona de cocheras. También hay que destinar lugares en las calles y avenidas para que circulen las motos y bicicletas. Es una opinión nomás, pero a partir de cierta proporción de motos en el parque automotor –a la que ya estamos llegando– no parece una buena idea que compartan las avenidas de tránsito rápido con autos y camiones. Cada día vemos más motociclistas involucrados en accidentes, siempre con consecuencias graves.

No puede ser que sigamos construyendo estadios, parques, predios feriales... sin prever lugares para los autos que traerán al público. El estadio de River Plate, en Buenos Aires, usa de estacionamiento una importante autopista de acceso a la ciudad y ocupan trapitos que rompen los autos si no se les paga por adelantado lo que piden. Lo de la cancha de River es un pésimo ejemplo para cualquier lugar de concentración de personas, que debe contar con espacio para los autos de los asistentes, como es el caso solo de algunas cadenas de supermercados.

Por obra y gracia de la serendipia, una novedad impensada ha traído la mano única de las avenidas Blas Parera, López y Planes, Tambor de Tacuarí y Centenario. Hay que celebrarlo y creo debería ser adoptada en todas las esquinas que tienen semáforos en la ciudad. Al cambiar las manos y dar vuelta los semáforos, quedaron en el lugar más apropiado, que es del otro lado de la calle que se va a cruzar. De ese modo pueden verse desde una distancia adecuada y se aprovecha todo el espacio para los autos antes de la línea blanca. De otro modo se obliga a los conductores a hacer contorsiones imposibles adentro del habitáculo para saber cuándo se pone verde (claro que siempre se puede esperar a que alguno de atrás nos interpele ansioso con su corneta un microsegundo después de que cambie la luz). Será por eso que en las ciudades donde los semáforos están antes del cruce, además de la luz alta para todos, tienen más abajo, en el mismo poste, un foco que apunta a los de las primeras filas. Y en otras ciudades –sobre todo en las norteamericanas– cuelgan los semáforos en el medio de la encrucijada, donde todos los ven sin problemas de tortícolis.

No sería completo este repaso rápido de calles y avenidas de Posadas sin un recuerdo esperanzado para el acceso a la capital y a Garupá por la ruta 105, desde el arroyo Pindapoy Chico. Mantiene con orgullo su condición de autopista de baja velocidad: un oxímoron pavimentado. Linda autovía con pasos a nivel, semáforos y velocidad máxima de 60 kilómetros por hora, que no permite pasar ni a un carretón, lo que hace completamente inútil la mano de sobrepaso. Ni siquiera los camiones cumplen con esa velocidad y todos los que andamos por ahí sabemos dónde suele estar agazapado el fotógrafo de la Policía. Solo le pedimos, por favor, que no cambie de lugar y que siga advirtiendo su presencia con los conitos anaranjados bien puestos en la arribada.

18 de julio de 2021

El sueño de nuestros bisabuelos

Un viejo embajador –que entonces no era viejo– me dio una lección imborrable mientras almorzábamos en un bonito restaurante del centro de Fráncfort por el año 90 ó 91. Preocupado, como muchos ahora, por las legiones de argentinos que volvían a la tierra de sus antepasados, y por mi presencia ya dilatada en Europa, me explicó que un país no se funda con una sola generación. Y agregaba que los argentinos que se quedan en Europa gracias a los privilegios de su doble nacionalidad, renuncian al sueño de sus abuelos: “Ellos fueron a América para crear países grandiosos y sus nietos, al volver a Europa, los hacen fracasar”.

A veces busco afiebrado la ilusión de mis bisabuelos y la razón por la que no le encontramos la vuelta a nuestro destino. ¿Despegaremos algún día? ¿Seremos así para siempre? Los americanos estamos convencidos de que tenemos algo fuerte y valioso que aportar al mundo; lo que no sabemos es cuándo. 

¿Por qué un europeo –laborioso e inocente– se vuelve taimado y perezoso en América? ¿Por qué los vagos de Buenos Aires trabajan como chinos en los bares de Barcelona? Muchos europeos son burros en el sentido catalán: les dicen a dónde hay que ir y llegan a como dé lugar. Los americanos, en cambio, vamos siempre para el otro lado. Será por la geografía de límites infinitos y por la sangre indómita americana, pero también por el mestizaje: los que vinieron de Europa buscaban la libertad que no tenían en su patria. Segundones y hasta criminales descubrieron y conquistaron el continente y lo poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran otra patria, inmensa, que llamamos Iberoamérica. 


Como dicen Litto Nebbia, Octavio Paz y Alberto Fernández, los americanos del sur del Río Bravo descendemos de los barcos y de la selva amazónica y de los aztecas y de los incas, pero sobre todo descendemos del mestizaje que se produjo en cuanto los primeros conquistadores se bajaron de sus naos. Los argentinos nos equivocamos fiero cuando nos excluimos de la América Mestiza: eso es una cantinela de porteños y quizá de dos o tres ciudades en las que predominan los descendientes de europeos.

Entre la libertad y la vida, los americanos elegimos siempre morir. Las letras de los himnos nos espeluznan y nos sacan lágrimas hasta cuando los cantamos antes de enfrentarnos a vida o muerte contra la selección de bádminton de Singapur. “¡Coronados de Gloria vivamos o juremos con Gloria morir!” gritamos los argentinos para el que nos quiera oír. Así es la América dulce y mestiza: no nació el que nos ponga el cascabel, aunque aparezcan de vez en cuando y como tormentas de verano verborrágicos déspotas de pacotilla. 

Todos los himnos de nuestra América juran morir antes que perder la libertad, mientras que tantos pueblos o ciudadanos del mundo prefieren un hilo de vida que quizá les permita ser libres otra vez, aunque sea después de siglos de esclavitud. Sin vida no hay libertad, argumentan, y hay que aguantar lo que sea. No está mal, pero a nosotros esa vida no nos va. 

Lo que tenemos seguro en América es la libertad y sabemos que lo demás vendrá cuando le toque. No nos gustan ni los reglamentos, ni las vallas, ni los diccionarios, ni los límites, ni las leyes, ni los árbitros, ni los peajes, ni las barreras, ni las cadenas, ni los guardias, ni las verjas, ni las llaves, ni los horarios, ni los impuestos, ni las riendas, ni los candados... “Así mismo es” repetimos desde Tijuana al Cabo de Hornos para el que demande una explicación. Y así es nomás: una fuerza incontenible que explotará un día como una bomba atómica de Justicia y Libertad.

11 de julio de 2021

La lección del Perú


El calendario de las elecciones generales del Perú establecía el 11 de abril para la primera vuelta y el 6 de junio para la segunda, en caso de haber ballotage. Lo peculiar de esta elección no fue la cantidad de candidatos sino lo disperso que estuvo el voto en la primera vuelta. El que más sacó no llegó al 19 % y lo seguían –parejitos– cuatro candidatos entre el 13 % y el 9 %. Los demás, más abajo, pero no crea que tanto. La segunda vuelta se dirimió entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori, pero todavía no se sabe quién ganó por lo ajustado de la elección. En el conteo oficial, la diferencia entre uno y otro es de 44.176 votos, que todavía están peleando ante el Jurado Nacional Electoral. Esa diferencia es lo que los encuestólogos llaman empate técnico, que se termina resolviendo en el escritorio del juzgado y no en las urnas.

Mientras pelean los números tan ajustados, se acerca peligrosamente el 28 de julio, día en que debe asumir el nuevo presidente, en el marco del bicentenario de la Declaración de la Independencia del Perú. De paso advierto que no estamos hablando sobre preferencias entre ambos candidatos, que aunque están en las antípodas ideológicas, asustan a priori y por igual por su escaso respeto a las libertades públicas. Lo que me interesa hoy es lo que podemos aprender de una elección tan ajustada en un país hermano y con un sistema presidencialista parecido al nuestro.

Un país se vuelve ingobernable con una división marcada entre dos modelos tan opuestos. De hecho, el Perú viene de crisis en crisis hace unos años y lo mismo está ocurriendo en otro países de nuestra América por la misma razón. Y la Argentina no parece lejana a una crisis por el estilo si seguimos mitad y mitad a ambos lados de una grieta que parece cada día más ancha y más profunda.

Uno pensaría que precisamente por esa igualdad entre las dos partes debería ser más respetada la opinión contraria; pero no, porque cuando menos se la respeta es cuando no está tan clara su condición de minoría. Es que al ser tan ajustada la diferencia, nadie se siente minoría. Lo curioso es que el objetivo de las segundas vueltas electorales es justamente legitimar con una mayoría contundente a uno de los candidatos, pero en el Perú les está saliendo el tiro por la culata.

Quizá sea el momento de plantearse el sistema parlamentario, que considero mucho más adecuado a nuestras repúblicas sudamericanas. En Chile están considerando seriamente pasarse al parlamentarismo con la nueva constitución que saldrá de la convención inaugurada esta semana, después de unas elecciones que también sorprendieron a todos por la dispersión de los votos y por el éxito de los candidatos más progresistas.

Es imposible gobernar un país cuando no están claras las mayorías y las minorías, y la solución de esa paridad no es ahondar la grieta porque está comprobado en la historia que cuando se radicalizan las ideologías, las grietas se vuelven trincheras. Es que a poco de andar por ese camino, los que tienen poder de uno y otro lado descubren que el modo más eficaz para conseguir que todos pensemos igual es terminar drásticamente con los que piensan distinto.

Cada día que pasa es más urgente que los argentinos nos unamos hacia un destino en el que estemos todos de acuerdo. Sería genial que, además de gustarnos el dulce de leche y ganarle a Brasil, nos pongamos de acuerdo precisamente en estar en desacuerdo. La unidad en la diversidad es la fortaleza más grande de cualquier nación.

4 de julio de 2021

Departamento en Miami


En la madrugada del jueves 24 de junio se desplomó gran parte de un edificio de trece pisos en Miami. El condominio se llama Champlain Towers y está en el barrio Surfside, más precisamente, en el número 8777 de la avenida Collins. Todo el complejo tenía 136 departamentos y la parte que colapsó es la pata larga de un edificio en forma de L, entre la avenida Collins y la playa.

Según cálculos actualizados de las autoridades del condado de Miami-Dade, en el momento de derrumbarse había en esa parte del edificio 148 personas, de las que, cuando esto escribo –nueve días después del colapso– solo se han encontrado restos de 22, pero ya hay que presumir que no habrá sobrevivientes entre los escombros del edificio. También se ha dado con el paradero de 188 sobrevivientes: personas que vivían en otros sectores del complejo o que no estaban en sus departamentos en el momento del colapso, entre ellos una pareja de argentinos que se salvaron de milagro.

Aunque los números son todavía provisionales van volviéndose cada día más precisos. Ya sabemos que entre los desaparecidos hay nueve argentinos, seis paraguayos, seis colombianos, seis venezolanos, tres uruguayos y un chileno: 31 sudamericanos en total. Después de la norteamericana, la nacionalidad más numerosa es la israelí, que cuenta con unas 20 víctimas, casi todas ellas con doble nacionalidad.

Al aparecer estos números en la información del siniestro, se me ocurría una estadística de ocasión: si tomamos las Champlain Towers como un muestreo de los habitantes de Miami, el 21 % serían sudamericanos y el 6 % argentinos... Insisto en que la estadística es de ocasión y que no estoy contemplando que hay barrios enteros de cubanos o de rusos en Miami, pero también hay algunos con gran concentración de argentinos, pero justo la zona de Surfside es bastante ecléctica en cuanto a nacionalidad, no así en cuanto a religión, ya que se calcula que más de la mitad de los habitantes del barrio son de religión judía, proporción que se repite entre las víctimas del derrumbe.

No tengo todavía las nacionalidades de los propietarios de las distintas unidades del edificio y hay que suponer que ningún argentino querrá confesar ahora ser el dueño de una de ellas, pero parece que al menos 20 pertenecían a ciudadanos argentinos. Gracias a Dios, unos cuantos de esos departamentos estaban deshabitados en la noche del derrumbe.

Estos números confirman a Miami como la gran capital de Iberoamérica: el lugar donde al final todos nos encontramos y ninguno manda. Ahí llegaron –desde la revolución de 1959 y en de sucesivas oleadas– los exiliados cubanos, que han sido durante lustros los dueños del castellano de Miami, pero ahora compiten con la porción más rica de los seis millones de venezolanos desplazados de su país a causa del régimen de Chávez y Maduro. Puede que haya también ricos exilados nicaragüenses, pero el resto de los latinoamericanos que andan por la Florida, más que desplazados son turistas con buena billetera, viajeros que salen de compras e invierten en bienes raíces donde les conviene. Algunos tienen inmuebles en Miami como quienes los tiene en Buenos Aires: ya se sabe que, dependiendo de la cantidad de días que uno pasa cada año en una ciudad, es más barato tener en un departamento que pagar un hotel, y además siempre se puede alquilar a otros viajeros.

Con respeto y dolor por los muertos y desaparecidos en el derrumbe, y respetando también la libertad para hacer lo que cada uno quiera con su patrimonio, quiero destacar que la inmensa mayoría de los que invierten su dinero en Miami no son desplazados por el hambre o la pobreza sino por la inseguridad jurídica de sus inversiones. Este muestreo al pasar debería alentar a los gobiernos de nuestros países a establecer las garantías para que todos dejemos nuestro dinero en el propio territorio y no en el ajeno.

27 de junio de 2021

Conspiranoia

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que la palabra conspiranoia empieza con conspiración y termina con paranoia. Dice la Fundación de Español Urgente que el término es correcto y que se refiere a la tendencia a interpretar determinados acontecimientos como fruto de una conspiración
 

En el origen de toda paranoia parece haber un falso concepto de uno mismo, y no es una enfermedad sino una condición, una tendencia, por cierto muy humana, a explicar con facilidad ciertas cosas que pasan. Los buenos conspiranoicos suelen tener todo explicado de antemano: ya saben que lo que sea que vaya a ocurrir va a ser por culpa de algo que ellos ya conocen y por tanto no tiene ningún sentido intentar averiguar las causas de nada. Los conspiranoicos saben todo lo que pensamos y además siempre aciertan. Hagamos lo que hagamos, les daremos la razón, porque ellos ya sabían lo que iba a pasar. Así que no hace falta ni decir lo que pensamos... bueno, ni siquiera hace falta pensar. Y tampoco vale la pena intentar contradecir a un conspiranoico porque siempre tiene razón.

Las inmensa mayoría de las cosas que ocurren en el mundo, ocurren sin que nadie le dedique un segundo de su tiempo a organizarlas. El futuro siempre nos engaña, pasa desde Adán y Eva y va a seguir pasando hasta el fin de los tiempos, sencillamente porque nadie puede conocerlo. Pero, además, las personas no somos de mármol: felizmente podemos cambiar y cambiamos. Acertamos y nos equivocamos. Corregimos nuestros errores y a veces, gracias a Dios, viramos nuestro rumbo en 180 grados… Nada de eso considera la conspiranoia, porque cualquier cambio en la conducta del sospechado es un truco, una estrategia para engañar al conspiranoico.

No se crea que están tan lejos o que son tan raros. Es pura conspiranoia etiquetar a la gente, encasillar su pensamiento, ponerles adjetivos, determinar su conducta, decidir por ellos... Y también es conspiranoia la cancelación, que descalifica el todo de una persona por culpa de una parte: si un buen músico no piensa como yo (como yo creo que piensa) no es un buen músico sino uno malo. Si un médico, un científico, un sabio... no tiene las ideas de los que mandan, no es buen médico, ni gran científico, ni sabio. Si no sabe lo que sé yo, no sabe nada. Si no opina como yo, su opinión no me interesa. Si no es de mi religión, que se vaya a freír buñuelos...

Cualquier descalificación por el modo de pensar es injusta. Pero mucho más grave es la imposibilidad de convivir los que piensan distinto, porque precisamente esa es la riqueza de la sociedad democrática.

La conspiranoia es el alimento de los autoritarios nacional-populistas de hoy en día. Basan su autoridad en lo que ellos creen que piensan los demás ciudadanos, sean amigos o enemigos. Luego construyen sus razonamientos y sus decisiones desde ahí, completamente errados.

Por culpa de la adolescencia colectiva generalizada, la conspiranoia se ha puesto de moda para explicarlo todo. Y sea como sea, tampoco parece una buena idea que nos pongamos ahora conspiranoicos contra los conspiranoicos.

20 de junio de 2021

Falta un reloj de sol


Los relojes públicos de Posadas necesitan mantenimiento y sobre todo conseguir que den la hora, porque si no la dan, están de balde. Bastaría encargar que se ocupe de eso uno solo de los empleados que podan la sombra de los árboles de la ciudad, o de los que no paran de instalar obstáculos rompe-autos en nuestras calles (cuando falla la educación del soberano no queda otra que romperle el tren delantero). Cuando los relojes dan una hora falsa, agregan a su defecto la mentira que desorienta al público; por eso también decía un poco en broma que si no estamos dispuestos a mantenerlos en forma, mejor poner relojes de sol, que no dan la hora de noche –ni de día si está nublado– pero por lo menos no engañan y además decoran.

Curiosamente en los comentarios de los lectores aparecieron los relojes de sol, como si la columna hubiera sido sobre ellos y no sobre los de agujas que pretenden –sin conseguirlo– dar la hora en el Mástil y en la Costanera. 

En las Misiones jesuíticas hubo relojes de sol. El mejor conservado es el que el pueblo de La Cruz, en la provincia de Corrientes, muestra orgulloso casi intacto en el mismo lugar donde lo pusieron los jesuitas hace más de 300 años. También están en su lugar los relojes de sol de San Cosme y San Damián, en el Paraguay, y el de la misión de San Ignacio Miní, aquí cerquita. El de San Ignacio tuvo una réplica en la calle Roque Pérez de Posadas, pero hoy no puedo saber qué fin llevó esa columna que indicaba la hora con su propia sombra. Es probable que otras misiones también tuvieran sus relojes de sol, pero el saqueo posterior a la expulsión de los jesuitas se los habrá llevado para decorar algún jardín paulista.

Me enteré entonces que hay un reloj de sol en el barrio Latinoamérica. Se inauguró en 2014 para celebrar el aniversario del barrio. Fue el resultado de la iniciativa de Daniel Morel, que era su presidente, y se le ocurrió a Carlos Bourscheid, un vecino ingeniero que lo realizó con la ayuda de la Municipalidad de Posadas. Está instalado donde da siempre el sol, en una esquina de la plaza del barrio, que a la vez funge de cancha de fútbol. Es un reloj bifilar, ya que da las horas con la sombra de la intersección de dos cables perpendiculares, orientados uno norte-sur y el otro este-oeste. El cuadrante es rectangular y horizontal y tiene la altura de una mesa. Los que juegan al fútbol en esa cancha usan el reloj para dejar sus bolsos y mochilas y fue así que no duraron mucho tiempo sus cables ni los números que indican las horas.
Al reloj solar del barrio Latinoamérica le pasó lo mismo que a los de agujas del Mástil o de la Costanera: falta de mantenimiento. Un drama muy nuestro: nos gusta inaugurar obras con aire de fiesta popular, pero después las abandonamos a las inclemencias de la naturaleza, que incluye a los depredadores humanos. Ojalá sirva esta columna para interesar al municipio y poner en valor ese reloj, pero de tal manera que no se deteriore tan rápido, quizá grabando los números en el tablero de acero y dándole algún tipo de protección al conjunto. Es que así como los relojes eléctricos o mecánicos necesitan alguien que se ocupe de tenerlos en hora, los de sol también precisan mantenimiento: el mismo que cualquier obra pública.

Sería una buena idea instalar un reloj de sol de buen tamaño y aspecto en algún lugar de la Costanera de Posadas. A la hora exacta la vemos en el celular, por eso los relojes de sol son hoy una atracción y una lección de astronomía, y en nuestro caso serán además un bonito homenaje a las Misiones. Puede ser una réplica de los que daban la hora en alguna de las reducciones, o uno más sofisticado como el bifilar. Lo bueno es que, además, sabemos quién lo puede hacer.

13 de junio de 2021

Relojes de Posadas


No sé quién habrá inventado el reloj. Me refiero al de esfera, el círculo y las agujas que representan cabalmente el paso del tiempo. Sea quien sea el de la idea, se merece post mortem el Premio Nobel de Literatura. El reloj circular con su aguja de la hora, su minutero y segundero, es un relato genial, una metáfora perfecta del tiempo, que es la medida del movimiento, como decía el viejo Aristóteles. En cambio los digitales, los que cuentan los segundos con números eléctricos, solo muestran el instante efímero del presente.

Desde su invención, el reloj fue durante muchos años atributo a cuerda de las torres de las iglesias y edificios públicos: se los podía ver y también oír a muchas cuadras de distancia. Luego, con la misma tecnología, pasó a las salas de las casas desde donde daban la hora a toda la familia. Más tarde se volvió personal, como reloj pulsera, primero a cuerda y después a pila. La palabra cuerda evoca todavía las pesas que colgaban de los antiguos relojes para hacer funcionar su mecanismo por la fuerza de la gravedad. 

Hoy la hora está en el celular, irradiada desde algún satélite sin errarle ni un microsegundo. Será por eso mi sorpresa cuando el jueves una señora me preguntó la hora en la cola de la caja de una farmacia-supermercado, tal como hacíamos seguido hace ya muchos años. Se me despertó entonces la curiosidad por los relojes públicos de Posadas y en una rápida recorrida censé unos cuantos que dan cualquier cosa menos la hora de verdad.

La mayoría de ellos son mensajeros mentirosos porque dan una hora que no es. Y eso pasa con casi todos los relojes públicos de Posadas, empezando por el más antiguo, que supongo es el del Mástil: tiene cuatro esferas, una de ellas sin agujas, dos en las doce en punto y otra que daba las 5.07 cuando pasé a las cuatro y media de la tarde del viernes. Como no me quedé a esperar, no puedo saber si está clavado en esa hora, que puede haber sido la de algún apagón.

Otros relojes con agujas están en la Costanera, unos de cuatro esferas que miran a los puntos cardinales y otros de dos, como la cara y cruz de una moneda. De esos, solo uno daba la hora real, pero tampoco puedo saber si es por pura coincidencia o porque funciona como Dios manda; la macana es que casi no se ve porque está en el cantero central y para acercarse hay que arriesgar la vida. La esfera –que en este caso es cuadrada– tiene las agujas de un reloj mediano comprado en La Placita: a unos metros es imposible distinguir entre la aguja de las horas y la de los minutos. Otro tanto ocurre con los relojes digitales del centro de Posadas, que suelen dar cualquier hora, pero no me alcanzó el tiempo para hacer un censo completo de todos ellos. 



Me preguntaba entonces por la inutilidad manifiesta de los relojes que no dan la hora, y se me ocurría también que debería estar entre los planes de mantenimiento de los espacios públicos de la ciudad. Si un celular barato da la hora exacta, ajustada al mismísimo meridiano de Greenwich, algún mecanismo habrá que permita sincronizar esos relojes con la hora real. Y si los relojes de las catedrales daban la hora cuando no existían ni siquiera la electricidad ¿cómo puede ser que seamos incapaces de poner en hora los relojes en el siglo XXI?

¿Será desidia o será que ya nadie necesita consultar la hora en relojes ajenos? y si nadie los necesita ¿no será mejor sacarlos? También se puede probar con relojes de sol, que nunca se descomponen, pero la mejor opción sería mantenerlos como tantas instalaciones muy bien cuidadas del mobiliario urbano; y de paso se podrían mejorar, con números y agujas visibles a buena distancia, que sean útiles además de bonitos, alimentados por energía solar para que no dependan del suministro eléctrico. Seguro que más de una marca de relojes los patrocinaría con gusto, sin ningún gasto para el erario público.

Y hablando de gastos, le recuerdo que no hay nada más caro que pagar por algo que no sirve, por más barato que sea...

30 de mayo de 2021

Aragonés


Un amigo aragonés me propone un juego a partir de algo que acaba de ocurrir en Cataluña. Adelanto que no tiene nada que ver con Messi, ni con el Barça, ni con el fútbol y sí tiene con la lingüística y la política, y quizás con la influencia del lenguaje en el poder.

Resulta que el lunes pasado asumió el nuevo Presidente de Cataluña, que ellos llaman President de la Generalitat, pero el dilema no está en el nombre del cargo sino en el apellido del nuevo presidente: Pedro Aragonés (Pere Aragonès en catalán). Para darse una idea, es como si el gobernador de Misiones se llamara Pedro Correntino. Y pasó lo que tenía que pasar: los aragoneses están encantados porque por fin y después de muchos años, un aragonés vuelve a mandar en Cataluña. Basta con recordar que durante unos cuantos siglos Cataluña fue un dominio del reino de Aragón. Pero el temita del apellido se potencia con el llamado procés catalá, el proceso soberanista de Cataluña, que desde 2012 pretende la independencia de esa región del resto de España en una república independiente dentro de la Unión Europea.

El gentilicio es uno de los orígenes más comunes de los apellidos en castellano y en todos los idiomas europeos. Es fácil de suponer por qué: cuando se formaron los apellidos, en el fin de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, el origen era número puesto. Por eso los gentilicios indican siempre que la persona que lo lleva como apellido no es de ese lugar, ya que nadie llamaría misionero o argentino a una persona que vive en Misiones o en la Argentina, porque allí todos son misioneros o argentinos. Es así que los apellidos gentilicios indican que los que los llevan, alguna vez vinieron de esas regiones, pero cuando les pusieron el apellido ya se habían ido de su lugar de origen. Hoy los apellidos Navarro, Catalán, Gallego, Aragonés, Español, Alemán, Napolitano, Toscano... suelen provenir de migrantes que, cuando se formaban los apellidos, aparecían con esa distinción. Todavía pasa con los sobrenombres: cuando no sabemos el nombre de una persona tendemos a llamarlos con algo que lo distinga, y la nacionalidad, el acento, la tonada, es un recurso bastante fácil: ¡Che, gallego, pasame la ensalada...!

Hay otros orígenes de apellidos. Los más comunes son los patronímicos, que indicaban la filiación, ya que se formaban con el nombre de pila del padre. Domingo Martínez de Irala, el fundador del Paraguay, era hijo de Martín Díaz, de la localidad de Irala, en Vergara. Hay que recordar que en aquella época había mucha menos gente en el mundo y también en los pueblos, así que solía bastar con estos nombres –de sangre y de tierra– para identificar a cualquiera. El apellido de tierra se puede confundir con el gentilicio, igual que los nombres de pila se confunden con el patronímico: el apellido Martín es tan patronímico como Martínez y el apellido Aragón puede ser tan gentilicio como Aragonés. Además de los gentilicios y patronímicos están los apellidos de profesiones, que indican que uno es hijo del herrero, del molinero, del sacristán o del curtidor. Y los de santos indican casi siempre un origen remoto en alguna iglesia o fiesta de un santo, como José de San Martín o Gustavo Santaolalla.

Alguna vez un aragonés emigró a Cataluña y fue conocido entre los catalanes como el aragonés. De ahí viene su apellido, que indica que los Aragonés son más catalanes que muchos catalanes, porque los que llevan ese apellido están en Cataluña hace por lo menos 500 años. Ahora habrá que esperar un tiempo a ver si el apellido del presidente de Cataluña le juega una mala pasada. Es que don Pere tendrá siglos de catalán, pero quién sabe si la sangre un día no le tira hacia Aragón y complica la independencia de Cataluña.

23 de mayo de 2021

Queremos vacunas

Todos sabemos que la pandemia es una tragedia planetaria. Pero también sabemos, porque lo vemos en las estadísticas más creíbles, que allí donde se está vacunando a la población han bajado drásticamente los contagios y las muertes por covid. Por eso no se explica cómo es que en la Argentina hemos llegado a la dramática situación que describía el jueves pasado el presidente Alberto Fernández, justo en el momento en que muchos países del mundo están saliendo –a fuerza de vacunas– del oscuro túnel en el que los metió la pandemia desde mediados de marzo del año pasado.

Hay muchos modos de paliar la crisis. Se puede achatar la curva de contagios para que los hospitales no colapsen. Se pueden cerrar los pueblos y las ciudades para que el virus no entre –o no salga– de sus entornos. Se nos puede confinar de nuevo en nuestras casas hasta nuevo aviso. Se puede obligar a usar barbijo hasta en la ducha. Nos pueden bañar con alcohol en gel. Se pueden comprar más respiradores. Se puede probar con el suero equino, con la ivermectina o la hidroxicloroquina. Se puede prohibir el trabajo presencial. Se pueden retrasar las elecciones. Se pueden suspender las clases. Se pueden cerrar los comercios, los consultorios y los gimnasios. Se pueden prohibir las misas y las procesiones. Se pueden aplazar los partidos de fútbol, la Copa América y los Juegos Olímpicos... Todo se puede hacer para resistir la pandemia. Pero hay una cosa que no se puede dejar de hacer: dedicar cada segundo, cada moneda y cada desvelo a conseguir las vacunas que bajarán definitivamente los contagios y las muertes en la Argentina.

No perdamos el tiempo: ¡queremos vacunas, solo vacunas y nada más que vacunas!

Me consta que Jorge Bergoglio usaba el concepto de la alta política muchos años antes de que el mundo lo conociera como Francisco. Y el año pasado lo plasmó en la encíclica Fratelli Tutti. El Papa dice que la política busca votos y que la alta política piensa en el bienestar material y espiritual de todos. Le traigo una cita para que lo entienda, pero le recomiendo leer todo el capítulo quinto de la encíclica:

Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.

Parafraseando al Papa, podríamos decir que es caridad y es política curar a un enfermo de covid, pero también es caridad exquisita y alta política conseguir vacunas para que el virus pierda su fuerza, especialmente para los que no tienen ninguna posibilidad de conseguirlas con sus propios medios.

En estos días se han disparado mil argumentos para explicar por qué no llegan las vacunas que nos prometieron. No sirve juzgar ahora las decisiones de las autoridades, entre otras cosas porque todavía no podemos saber a ciencia cierta si fueron acertadas o equivocadas y si cualquiera de nosotros lo hubiera hecho mejor o peor. Lo que hoy está claro es que los países que tienen vacunas están saliendo del drama del covid y celebran bailando en las calles de sus ciudades, y los que no las tienen solo atinan a encerrar a sus ciudadanos.

Algunos dicen que no hay vacunas porque el gobierno está distraído con las elecciones. Qué pavada, porque no hay nada como una vacuna para conseguir un voto. Y nos da lo mismo la marca, la procedencia, la cantidad de dosis o la temperatura para conservarla.

16 de mayo de 2021

El triunfo de la alegría

El dato está impreso en la tapa del diario El País del domingo pasado, en la bajada de un título que aparece abajo y a la izquierda. La nota intenta explicar a los lectores lo que pasó el martes 4 en la Comunidad Autónoma de Madrid. Pero primero le recuerdo el acontecimiento que dio motivo a esas declaraciones que me parecieron muy significativas.

La Comunidad de Madrid tiene casi siete millones de habitantes en un área de 8.030 kilómetros cuadrados que incluyen a la capital de España y sus alrededores, serranos por el norte y llanos por el sur. Es la región más densamente poblada de España, la más rica y la más visitada, lejos. Allí está la mayoría de los extranjeros que viven en España, atraídos por la oferta laboral y también por la vida envidiable de los madrileños (los argentinos son unos 90.000). Los no españoles han convertido a la Comunidad Autónoma de Madrid en una región multicultural y variopinta, en la que conviven razas de todo el mundo atraídos por la oferta laboral, pero sobre todo por el buen vivir y el mejor carácter de los madrileños originales. Paro colmo, desde que arreciaron los intentos secesionistas en Cataluña, muchas empresas, industrias y negocios, han dejando esa región para instalarse en otros lugares de España, pero especialmente en Madrid, por lo que hace años le ha ganado a Barcelona y a Cataluña la condición de líder del desarrollo de España.

El martes 4 de mayo hubo elecciones en la Comunidad de Madrid. Le ahorro los detalles de la política española que son casi tan aburridos como los nuestros. Solo aclaro que el proceso electoral es muy distinto, propio del sistema parlamentario. Y basta decir que la actual presidenta de la comunidad, una madrileña de 42 años, decidió disolver el parlamento regional y llamar a elecciones para revalidar sus títulos. Lo hizo ante la virtual desaparición de uno de los partidos minoritarios que la apoyaba y para ganar poder para su partido, que es contrario al que hoy gobierna en España.

Insisto en que no importan las ideologías y por eso no las mento ahora. Da absolutamente lo mismo para el propósito de esta columna, que es dar una idea que puede ser aprovechada por cualquiera, piense como piense...

La elección de Madrid estuvo polarizada por un candidato que se apeó de la vicepresidencia del gobierno español para contender con la presidenta y arrebatarle la Comunidad de Madrid. Una apuesta fuerte, valiente y jugada. El martes 4 ese candidato salió quinto y se retiró de la política para siempre...
Y lo que dice la bajada del título del diario El País del pasado domingo es la razón de esa debacle y del triunfo de la candidata que ganó. El texto entrecomilla las declaraciones de una votante primeriza a quien la convenció la alegría de la campaña de la presidenta en contraste con la bronca continuada de su principal contrincante. Es que el candidato perdidoso se jugó a la bronca, a la grieta, al insulto, al destrato de sus adversarios. Puso cara de enojado el primer día y no se la sacó hasta el final. Pero además se fregó en la corona, en los toros, en las religiones, en la sangría, en El Corte Inglés, en la Castellana y en la Puerta de Alcalá. Es cierto que hay toda una filosofía detrás de esta actitud, pero el candidato la entendió al revés o no se supo bajar de una adolescencia que le vino con retraso. Se mantuvo contra todo el mundo, como el que va contramano por una autopista y se queja porque todos vienen contramano.

Habrá mil motivos, todos muy válidos, por los que unos ganaron y otros perdieron, pero déjeme que me quede con este como determinante. No fue la ideología, no fue la filosofía, no fue la pandemia ni el confinamiento, no fue el plan de gobierno, no fue la trayectoria de los candidatos, ni siquiera su cara, su pinta o su modo e vestir... esta vez fue la alegría que le ganó a la bronca.

9 de mayo de 2021

Covid 2121


Después de matar a unas 50 millones de personas, la gripe española desapareció del mapa de un día impensado del año 1920. En esta frase hay tres datos inciertos, pero así funciona la opinión pública y a veces también la historia. Por lo pronto la gripe no era española, pero los españoles la ligaron por inocentes y por neutrales en la Primera Guerra Mundial. La gripe nació en un cuartel de Kansas (Estados Unidos) y la llevaron a Europa los soldados norteamericanos que fueron allí a la ofensiva final. Lo de los 50 millones también es improbable porque los muertos de la peste se confundieron con los de la guerra y, a propósito, nadie quiso deslindarlos. Si no se sabe a ciencia cierta la cantidad de muertos, tampoco es posible saber cuándo terminó aquella pandemia: solo suponen los epidemiólogos que un día impreciso se alcanzó la inmunidad de rebaño.

Hace cien años no existía la OMS y tampoco se contaban los enfermos ni los muertos. Por eso, los datos que tenemos de aquella pandemia son los que consiguieron averiguar los historiadores. Así que nos podemos imaginar lo que dentro de 100 años dirá la historia de lo que pasó con la pandemia del Covid-19. Leerán las mismas estadísticas que tenemos ahora y ojalá les horrorice saber que todos los días contábamos los enfermos y los muertos en una contabilidad macabra. En 2121 ya sabrán si eran o no verdad los datos que daba cada país a la OMS en 2021. Habrán averiguado, por fin, por qué algunos se contagiaban y otros no. Se sabrá cuál de las vacunas surtió más efecto o cuáles eran medio truchelis. Investigarán si el paciente cero fue un cocinero de Wuhan que hacía puchero de murciélago o si el virus se escapó a propósito de un laboratorio, como dicen esos que encuentran complot en todo. Además podrán comparar con perspectiva los datos, que seguramente darán conclusiones sorprendentes, como que no se contagiaron los que se lavaban los dientes tres veces por día, los que tomaban dos medidas de whisky o los que tenían una planta de alcanfor en el jardín.

Del recuento de difuntos mejor ni hablar. En 1919 no los contaron porque no querían alarmar a los soldados que partían a frente y prefirieron confundirlos con los muertos provocados por el gas mostaza o por la ofensiva alemana en la segunda batalla del Marne. Hoy hay más facilidades para contar lo que sea, entre otras cosas porque cada vez hay más ojos mirando... pero si queremos vivir en paz deberíamos apearnos de la manía de contar muertos y enfermos de lo que sea. Lo que tenemos que hacer es curarnos, no contarnos.

Pero el relato de 2121 que va a ser para alquilar balcones es la historia del fin de la pandemia. Esto termina en una especie de fiesta universal, un boom de nacimientos, de consumo masivo de cosas ricas y el mundo entero celebrando la vida. Ahora faltan vacunas pero dentro de unos meses se acabarán el vino, la cerveza, el champagne y la grappa. Tan es así que la historia de la juerga de la desescalada eclipsará a la de la pandemia y sus sucesivas cuarentenas, que nos tuvieron encerrados y distanciados durante tantos meses, la que quebró a miles y miles de comerciantes, terminó con gran parte de la industria del turismo y la gastronomía, vació los restaurantes, los shoppings, los aviones, los teatros, los cines, las canchas, los corsos y los bailongos... y solo llenó de dinero las cajas fuertes de los laboratorios.

Es la historia repetida del fin de cada catástrofe, desde el diluvio universal a nuestros días. La humanidad se saca las ganas con cada arco iris después de la tormenta y actúa como una sola persona, aunque seamos miles de millones.

Dios quiera que además despierte una nueva solidaridad. Una nueva economía basada en la alegría de compartir y no en la amargura del egoísmo. Una nueva igualdad de oportunidades para todos, que no discrimine a nadie. Y una nueva hermandad entre la humanidad y el resto de la Creación.