César Augusto Correa


De repente el Ciudadano-Presidente se convirtió en Emperador de Roma y de la China. Una metamorfosis increíble pero cierta y planeada por el ciudadano-economista que sigue subiendo peldaños en el cursus honorum de los tiranos adorados por su pueblo. Ya no es más el Dictador del Ecuador, el Paraíso que gobierna con mano de hierro desde su sitial delante de la pantalla gigante y detrás del teleprompter. Ahora se ha convertido en Emperador Espléndido de la Amazonía, de la Vulcania, de los Manglares, de la Galapaguería y de las Otras Islas Afortunadas, Rey Absoluto de Todos los Patrimonios de sus Súbditos, Mariscal de los Sublimes Ejércitos Equinocciales y Gran Almirante de las Corrientes Marinas con sus Tiburones y Mariscos… en fin: es el Dios de la Vida y de la Muerte de Todos los Ecuatorianos.

Ahí lo tienen. Ora los persigue, ora los perdona y antes y después los insulta con una entrega más que profesional. Correa es el estadista que todos esperábamos en nuestra América Mestiza y Adolescente. Alguien que por fin ponga orden en nuestras sociedades y en su lugar a los cagatintas. El Amado Dictador que nos diga todo lo que se debe hacer y también cuándo y cómo hay que hacerlo. Es él quien nos explica lo que hay que pensar y, por supuesto, lo que hay que escribir. Por fin tenemos alguien que nos obliga a seguir un único libreto para la televisión y nos pasa el guión con las preguntas que tenemos que hacer –a él y a su corte de adorados obsecuentes. Ya no tenemos que pensar nada; ¡qué tranquilidad y qué paz!

Correa –perdón, Su Majestad Don César Augusto Correa- domina también el Túnel del Tiempo. Ya había conseguido volver a la época del Borbón Carlos III, que otorgaba graciosas licencias para imprimir periódicos y todo tipo de pasquines en la América española. Después retrocedió un siglo más, hasta el XVII, cuando resolvió identificar al Estado con su Augusta Persona, como el Rey Sol, el también Borbón Luis XIV de Francia y de Navarra, Copríncipe de Andorra y Conde Rival de Barcelona. Pero ahora retrocedió hasta el siglo I, a los tiempos del Imperio Romano y los césares que lo gobernaron como semidioses. Entonces sí los emperadores eran señores de la vida y de la muerte de los ciudadanos-ciudadanos y ciudadanas-ciudadanas.

Cuenta Suetonio en Los doce césares que en época del Divino Claudio los condenados representaron una batalla naval como espectáculo para el emperador, su corte y su pueblo. Tanto realismo pusieron que casi todos murieron en la actuación ante los gritos maravillados de las hinchadas de uno y otro bando. Por eso, antes de empezar la batalla en un lago artificial, construido ad hoc, saludaron a Claudio con el famoso “Ave imperator, morituri te saluntant!” (¡Salve emperador, los que van a morir te saludan!). Parece que al terminar algunos de los pocos que quedaron vivos se ganaron el perdón del César. Las películas se encargaron de reproducir tantas veces este hecho que nos parece que ocurría todos los días y que el emperador los condenaba o salvaba con el pulgar hacia abajo o hacia arriba… pero el episodio ocurrió de verdad unas pocas veces con diferentes emperadores y lo del pulgar y la arena parece que es una licencia de Hollywood ya que los actores no hablan latín y los estudios no están para más gastos.

Eso hizo también el Divino Correa. Asistió estoico al espectáculo desde su sitial del circo durante las horas que duró, sin importarle la comida ni la bebida ni las ganas de escaparse un rato a los vomitorios para refrescarse. Allí lo acompañó su corte, siempre fiel y obsecuente, mirando si tocaba reír o llorar en cada momento. Mantuvo vacilante su pulgar por meses, hasta que al final decidió perdonar a los condenados, a quienes tenía en sus manos junto con su patrimonio, sus familias y sus sueños. Los perdonó con el dedo pero no con el corazón: un perdón que no es perdón sino bagatela para no pagar el costo político de condenar sin importar la culpabilidad o la inocencia. Ya se sabe que la opinión pública está siempre equivocada: la de su pueblo y del resto del mundo.

Una lástima porque estos actores eran casi perfectos: valientes, apuestos y capaces de morir por sus ideales. Pero el pueblo ya no es el mismo de la época de las naumaquias y no hay que herir su sensibilidad con tanta sangre. Quizá alguna vez pueblo y condenados vuelvan a entender los razonamientos emanados de su sabiduría infinita, celestial. Pero no es todavía el momento y hay que tener una paciencia tan infinita y celestial como su sabiduría para conseguir que por fin inocentes y culpables, pueblo y gobernantes, entiendan los sabios designios de su dedo pulgar soberano.

La triste historia de Alejandro Malofiej


Cuando Alejandro Malofiej trabajaba en el diario La Opinión de Buenos Aires, entraba todos los días como si fuera un mariscal de los Romanov. Saludaba al vendedor de sandwiches con un: 

“—¡Buenas tardes, Barón von Sandwich!” 
El hombre le seguía invariablemente la broma...
“—¡Buenas tardes Alejandro Malofiej Stoliaroff!”
Le encantaban los sandwiches, pero más le gustaba que mencionaran el apellido de su madre.

Alejandro pronunciaba su apellido en ruso: malofiei. Sus padres, Simón Malofiej y Alejandra Stoliaroff, ambos rusos blancos, nacidos en la actual Bielorusia, se conocieron en Buenos Aires. Simón era el jardinero de la casa de una antigua familia de la aristocracia ganadera del país, en la que Alejandra trabajó una temporada como institutriz. Madre e hijo se trataban de Sacha y Sacho, castellanizando los géneros del típico sobrenombre ruso de los Alejandros.

Vivieron en una localidad del Gran Buenos Aires llamada Boulogne-Sur-Mer, en honor de la ciudad francesa que eligió para su autoexilio José de San Martín. Allí, en la casa de la calle Rivera 1875, siguió viviendo Alejandro después de la muerte de sus padres, hasta que en marzo de 1986 Rodolfo Szelest se lo llevó a su departamento del décimo piso de la calle Peña 2432, en el centro de Buenos Aires, porque ya no podía cuidarse solo. En noviembre de ese año Rodolfo y Carlos Savransky decidieron ingresarlo en un geriátrico de Martínez donde podían atenderlo mejor. Alejandro murió de cáncer de vejiga el 31 de julio de 1987, en el CEMIC, un hospital de Buenos Aires donde estuvo internado desde marzo. Tenía 49 años, ni un solo pariente, y nada de dinero. Un pope de la catedral ortodoxa rusa de Buenos Aires de Parque Lezama ofreció su iglesia para velarlo la noche de su muerte. Lo enterraron en el cementerio de la Chacarita después de oficiar un funeral en ruso. Este sacerdote —se llamaba Valentín— lo visitó todas las semanas durante los últimos meses de su enfermedad. Compartía con Alejandro el gusto por los coros polifóniconicos rusos que oían juntos.

Su casa, sus libros de estrategia, de geografía y de historia, y sus pinturas —todas abstractas— quedaron en manos de sus amigos más cercanos. Ellos son Carlos Savransky, Rodolfo Szelest y Nora Potchar que se quedó con una casita que ya tenían los padres de Alejandro en Villa Gesell, un balneario de la costa atlántica a 300 kilómetros de Buenos Aires. Con Szelest se conocían desde el colegio Carlos Pellegrini. El resto de sus amigos le duraban desde las dos carreras que cursó y no terminó: Arquitectura y Filosofía. Entre 1966 y 1983, con algunos raros y cortos intervalos, en la Universidad de Buenos Aires no era fácil reunirse seguido sin despertar sospechas. Para colmo Arquitectura y Filosofía eran carreras con fama de subversivas. El grupo encontró un lugar que era a la vez una coartada: se reunía en la sede de la YMCA (Young Men Christian Association) de la calle Reconquista. Carlos Savransky frecuentaba desde chico esta institución.

Alejandro era terriblemente enamoradizo y espantosamente tímido. Decía que le atraían especialmente las mujeres casadas y de buena posición pero pensaba en una con nombre y apellido. Sus amigos mencionan a mujeres distintas como el gran amor de Alejandro, según el momento de su vida. La verdad es que fueron casi todos amores platónicos. Si hubo alguien a quien llamar el amor de su vida fue Mercedes. Era una estudiante de la Facultad de Filosofía muy atractiva que ya entonces estaba divorciada; tenía dos hijas y pertenecía a la clase más alta del país. Un buen día Mercedes desapareció para siempre en manos de los militares. Es una de las miles de historias pendientes de la Argentina de aquellos años. Por eso Mercedes no tiene apellido en esta historia.

Era ciclotímico. Siempre lo acompañaba un aire melancólico y triste. Su vida no era fácil. No lo había sido antes y sabía que probablemente no lo sería en el futuro. A los 21 años contrajo la enfermedad de Hodgkin (cáncer del sistema linfático) de la que se curó a medias después de un duro tratamiento. Además, cargaba con antiguas tristezas que no pensaba revelar. Contaba Hugo García, colega de Alejandro en La Opinión, que a menudo se lo veía con lágrimas en los ojos, como ruminado sus angustias. Siempre hablaba concentrado en algo, con la mirada perdida en un apoyo lejano.

Hilda Mouro y Carlos Savransky fueron los amigos que estuvieron más cerca de Alejandro en los dos últimos años de su vida. Lo acompañaron hasta momentos antes de su muerte. Se ocupaban de todo lo que le hiciera falta. Carlos pasó alguna noche entera con él. El fue quien realmente donó casi todos los originales de Alejandro a la Universidad de Navarra, a través de Hilda Mouro y Raúl Burzaco. Además posee la mayoría de sus cuadros. Desapareció de la casa de Alejandro uno de sus más preciados tesoros: el libro sobre las campañas militares de Napoleón (David G. Chandler, The Campaigns of Napoleon, Nueva York, 1966) que le regalara el general Teófilo Goyret, cuando trabajaba en la revista Armas y Geoestrategia. En los mapas de ese libro se inspiraba Alejandro continuamente. Allí aparecen los movimientos militares en transparencias superpuestas sobre el mapa geográfico. Las batallas transcurren en el tiempo hora tras hora con una facilidad de comprensión y una precisión asombrosas. Alguien definió a los mapas de Alejandro como cinematográficos porque superponiendo los de días sucesivos podía crearse ilusión de movimiento, como en los fotogramas de una película.


Era profundamente anarquista. Admiraba lo que él llamaba la Revolución Española como otros hablan de la Revolución Francesa. “No era un militante, era un contemplativo” comenta Savransky. Amaba objetos. Era entrañable su relación con las revoluciones, las batallas, las armas, los mapas, las pipas, los pañuelos y las gorras. Estética, más que ética. Por eso podía conjugar perfectamente su condición de anarquista desheredado al estilo español con un envidiable aspecto de dandy inglés. Tenía una colección estupenda de pañuelos que usaba siempre anudados al cuello, hasta en los últimos días de su vida, y manejaba la pipa con una especial destreza y pulcritud, poco común en los fumadores. También con las personas tenía esa dependencia. Sus amigas y sus amigos eran como cosas de su propiedad, a las que adoraba. También su madre y sus constantes recuerdos de ella.

Alejandro tenía todas las virtudes y los vicios de los viejos periodistas. Pero no escribía: dibujaba. No era un militar frustrado. Era realmente un estratega y un profundo conocedor de la cartografía. No era propiamente lo que hoy llamaríamos un infografista. No sólo porque entonces casi nadie usaba esa palabra tan fea, sino porque nunca dibujó periodísticamente nada que no fueran mapas. Si alguien le pedía que explicara verbalmente uno de sus mapas, necesitaba horas. Cada uno de ellos contenía tanta información que no hubiera cabido en todas las páginas del periódico en el que se publicaba.

En cuanto sus jefes le pedían un mapa para ilustrar un acontecimiento, preguntaba rápidamente para cuándo debía estar terminado. Fueran horas o días, los aprovechaba hasta el último minuto. No paraba hasta conseguir toda la información que debía volcar en él. Una de sus principales fuentes era su vastísima biblioteca. Hablaba una y otra vez con los redactores. Leía todas las noticias que llegaban sobre el hecho que debía documentar. Buscaba las historias que explicaban esos hechos. Salía a las librerías de viejo de Buenos Aires a buscar datos, mapas, uniformes, armas. Hacía copiar en fotomecánica 10, 20, 300 siluetas, tramas, contornos (no eran épocas de computadoras). Dibujaba una y otra vez sobre papel de calco. Pegaba y retocaba hasta conseguir un original tan atractivo como un mapa de aquellos del libro de Napoleón. Si alguien se arrimaba a ojear su trabajo, se ponía como loco. Lo peor era preguntarle para cuándo estaría terminado: “—Nunca lo voy a terminar si me interrumpen a cada rato para preguntar cuando lo termino”, contestaba furioso.

Aunque había viajado poco, sabía de países, pueblos, razas, religiones y culturas. Conocía el clima en cada momento del año en cada lugar del planeta. Sabía que las distintas tácticas militares dependían de las lluvias, de los vientos, de las horas de luz o de la oscuridad. Sabía de mareas y de lunas. De monzones. De ramadanes, de pascuas griegas y de la fiesta del Janucá. Cualquier factor podía intervenir en los movimientos de los vietcongs a través de las montañas de Camboya, en una formación de tanques en la guerra entre Irán e Irak, o en las operaciones de la task-force británica en la guerra de las Malvinas. Buscaba las soluciones caminando de un lado para otro como un general en su estado mayor. Miraba el mapa una y otra vez y volvía a dar vueltas como contrariado, concentrado en el problema que debía resolver, ayudado por buenas bocanadas de su pipa con tabaco de aroma balcánico.

Nunca supo, en cambio, cuánto valía su trabajo. Vivía al día. Viajaba más de 40 kilómetros durante casi una hora en un tren destartalado, de horarios más bien borrosos, de Boulogne a Retiro, cerca del centro de Buenos Aires. Desde allí todavía debía pasar entre 15 minutos y media hora en un autobús, según el lugar de trabajo. La sede de La Opinión, heredada después por Tiempo Argentino, estaba en la otra punta de la ciudad, muy cerca del puente Victorino de la Plaza, donde la avenida Vélez Sárfield cruza el Riachuelo hacia Avellaneda. No cobraba más que un sueldo a fin de mes y siempre el mismo. Jamás cobró por hacer un trabajo para nadie que no fuera el salario del medio para el que trabajaba. Probablemente lo suyo no eran los negocios, y seguramente era incapaz de administrar un pequeño quiosco o un taxi.

Alejandro preguntaba siempre por el tamaño al que se publicarían los mapas que dibujaba. Cuando trabajaba para el diario La Opinión de Jacobo Timerman, había que publicar la información de que un empresario argentino había manifestado su intención de comprar la Falkland Island Company, la empresa colonial propietaria de más de 90% de la extensión de las Islas Malvinas. Alejandro dibujó un estupendo mapa de las islas con sus recursos naturales y las explotaciones de la compañía. No alcanzó el espacio y se publicó a la mitad del tamaño para el que se lo pidieron. Al día siguiente Alejandro discutió acaloradamente y a los gritos con el Redactor Jefe, Mario Diament, hasta que fue llamado por el director a su despacho. Cuando se encaminaba hacia la oficina de Timerman iba despidiéndose de los colegas como quien sube al cadalso, suponiendo que era el último día de trabajo para el diario. Volvió radiante; Timerman lo había felicitado: “si todos los periodistas pelearan así por sus artículos, el diario mejoraría por lo menos el 50 %”, le dijo, y lo hizo saber a toda la redacción.

Un día de 1982 Miguel Urabayen apareció por la redacción del diario Tiempo Argentino. Había sido invitado por Pablo Sirvén, uno de sus ex-alumnos en la Universidad de Navarra, que le haría una nota aprovechando su paso por Buenos Aires. Nada más llegar, Miguel se puso a ojear el periódico de ese día. Pablo recuerda todavía los gestos de Miguel al encontrarse con un mapa que ocupaba casi una página competa del tamaño berlinés del diario. Cuenta que abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la frente mientras preguntaba con admiración “—¿quién ha hecho esto?”. En un rincón estaba Alejandro, sobre su caballete, con sus plumines y sus hojas de calco. Miguel se acercó y lo saludó como quien conoce a un prócer. Para colmo Miguel descubrió un pequeño error en ese mapa: el acorazado New Jersey estaba representado por la silueta de un crucero. Luego de una amable y breve discusión Alejandro descubrió que había en el mundo gente tan apasionada como él por los mapas informativos. Cuando Miguel dejó el diario eran ya amigos del alma. Continuaron esa amistad a pesar de la distancia.

Cuentan sus colegas del diario que a partir de aquel momento apareció un brillo especial en los ojos de Alejandro. Habían reconocido su trabajo. Eso que él hacía con pasión interesaba de veras. No era sólo el trabajo de uno más, en una redacción en la que, como en casi todas, cada uno está en lo suyo. En la que se mezclan inadvertidamente la grandes piezas informativas con la basura, vendidas todas al mismo precio al día siguiente. Su trabajo perdió rutina, y empezó a hacer los mapas más fantásticos que se le conocen. Hay que agradecer especialmente a Miguel Urabayen que el trabajo de Alejandro haya trascendido las fronteras de un país que queda cerca del fin del mundo. Tanto lo ayudó esta relación con Miguel, que un día en que se sentía especialmente deprimido y enfermo lo llamó por teléfono desde la redacción del diario, sólo para conversar con él. Estuvieron un buen rato hablando. Era la una de la madrugada en Buenos Aires, una hora normal para un periodista de entonces, pero España está cuatro horas más adelante en el planeta...

Conocía los trabajos de Alejandro Malofiej como un colega más, lector también, con un especial interés por el buen periodismo. Recuerdo que en 1985 Juan Antonio Giner me dijo que esos mapas eran excepcionales. A los pocos días tuve ocasión de conocerlo personalmente junto con Juan Antonio entre un par de clases de la Escuela de Periodismo del diario Clarín. Por lo visto, Alejandro conocía mi relación con estos profesores y con la Universidad. Diez años después de su muerte, buscando datos sobre su vida, supe que durante los meses siguientes me estuvo buscando para hablar conmigo sobre la posibilidad de viajar a Pamplona a dictar un seminario. Por esos años yo trabajaba en un diario del interior de la Argentina, y no era fácil encontrarme en Buenos Aires.

Esta historia de Alejandro no es nueva. La leí, palabras más palabras menos, en la cena de clausura de la tercera edición de los premios Malofiej, en 1995 y se publicó en el libro de los premios 1994/1995. Está incompleta y lo sabía entonces pero no lo dije: apenas lo insinué. El premio estaba muy nuevo y no parecía una buena idea que se supiera que Alejandro no era Malofiej. Su padre no era Simón, el jardinero ruso de la casa principal de Buenos Aires, sino el aristócrata terrateniente, dueño de la casa principal en la que su madre había trabajado como institutriz. Su madre se lo contó un mal día de su adolescencia. Ya era tarde. Fue entonces cuando Alejandro perdió la alegría y la salud y nunca las recuperó.

Un rinoceronte en las sierras de Córdoba

Tengo que confesar que un día maté una vaca. Dicho así, ahora, puede parecer criminal, pero en este mundo carnívoro y voraz debe ser de lo que más se mata, junto con pollos y chanchos. Y eso sin contar hormigas, mosquitos y moscas que se matan de gusto nomás.

Alguien los tiene que matar, lo más humanitariamente posible, para comer sus lomos, pechugas y jamones. También tengo que confesar que maté un cordero y hasta un lechón, para comer entre compinches con pan fresco y vino tinto. Y aviso que soy de los que piensan que no hay mejor destino para un cordero o para un chanchito con nombre y apellido. Pero lo de la vaca fue otra historia: la maté con aire de torero y estilo de Hemingway.

Era estudiante de Derecho en la Universidad de Córdoba y me arreglaba con lo que podía para mantenerme en esa ciudad que no era la mía. En esos días había dejado mi trabajo de las madrugadas en el mercado de abasto y hacía algunas changas para seguir juntando los poquitos billetes que me permitieran algo más que comer y dormir en La Docta: administraba una finca en las sierras durante el tiempo que, por muerte de su casera, había quedado sin cuidador.

La casa principal soportaba cierto abandono los días de semana, sobre todo el parque, que era pasto fácil para el ganado del vecino: apenas un capítulo de la eterna lucha entre agricultores y ganaderos. Y ya se sabe desde la época de don Ulpiano que tiene obligación de deslindar el que cría ganado y también que si una rama de níspero pasa al fundo vecino, los nísperos no son tuyos sino suyos.

El vecino era Hormiga Negra, un gaucho malandrín que no pensaba cuidar a la vez sus vacas y mis flores. Cada vez que llegaba yo a la finca, el parque estaba perdido de bosta, de pisotones y de mordiscos a las plantas que aguantaban sin chistar el atropello. Así que un buen día lo denuncié a la policía. Me dijeron en la comisaría que tenía que avisar al matadero municipal, que ellos secuestrarían las vacas y el vecino pagaría la pastura contra su devolución. Vinieron a arrear las vacas, pero camino del matadero sorprendí al funcionario entregando los animales a mi vecino por cuatro pesos. Fue entonces cuando resolví aplicar la estrategia que resulto súper eficaz.

La semana siguiente atropellé a las vacas con una pistola que tenía escondida en la casa. Las perseguí a los tiros por la cañada divertido como un enano. Hasta que una de ellas se puso brava, dio media vuelta y me encaró meneando su cabeza y su barrigota como un rinoceronte en la sabana africana. Me planté y le vacié el cargador mientras se acercaba a todo galope. Cayó fulminada, como caen los rinocerontes en las películas de cazadores, a un metro de donde yo estaba.

Aunque se merecía un trofeo encima de la chimenea de aquella casa, de la pobre vaca no queda más recuerdo que este relato, que cuento con el vértigo de la primera vez.

Sueños de libertad

A nuestra América mestiza se la puede definir de muchos modos. Uno de los que más me gusta es su geografía escandalosa: una columna vertebral de piedra y chocolate que sostiene, con ríos enamorados de los pájaros, su alucinante selva de chicha y miel. También la definen su lengua y su credo, sus ancestros, su historia colonial y su común independencia republicana.

Pero lo mejor de nuestra América no son los ríos multicolores, ni los Andes imperiales, ni los bosques dulzones del trópico. No son nuestros padres ibéricos, ni nuestra historia común, ni nuestra heroica independencia, ni el cristianismo popular. Lo mejor de nuestra América es la genética libertaria de su gente que llevamos indeleble en nuestra identidad mestiza, acholada, desvergonzada, dulce y amarga, pecadora y piadosa al mismo tiempo… pero siempre libre.

Nos distingue del resto del mundo nuestra ansia infinita de libertad, marcada a fuego en cada célula de nuestra identidad. A los conquistadores les bastó con tocar la tierra americana para contagiarse de una libertad que no tenían en sus países de origen. Luego los siguieron los inmigrantes de todo el mundo que se cobijaron en nuestra geografía. Y los que no resistían el aire libre se volvían con la cabeza gacha a la seguridad del sistema en el que todo está previsto.

A partir de la primera década del siglo XVII los españoles que pasaban a América traían todos El Quijote de la Mancha en su morral. Ya en la travesía leyeron a la luz esquiva de una vela que por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. Esas ansias se mezclaron con las americanas en cuanto pisaron este suelo y ante el escándalo de los que piensan en gran parte del mundo que sin vida no se puede ser libre, al sur del Río Bravo no queremos vivir sin libertad. Esa genética se conformó en un crisol de 300 años y explotó hace ahora dos siglos, cuando fraguó la raza americana y se reveló ante el despotismo de reyes y virreyes de España y Portugal y sus plomizas burocracias.

Pero de vez en cuando, como una pesadilla recurrente, aparece todavía algún tiranito en nuestra América mestiza. Son la reencarnación de los déspotas de antaño, con ínfulas de Virrey y ademanes de Santo Oficio. Audaces sin fundamento que en lugar de servir a los ciudadanos se sirven de ellos, los maltratan como vasallos y los ahogan con impuestos y reglamentos. Se adueñan del gobierno y del estado, que convierten en su patrimonio. Debajo de ellos, hay siempre unos bandidos aprovechados que medran con la desgracia de la mayoría reprimida por el déspota. Ahora esos aprendices de Luis XIV han puesto a su servicio la democracia, que entienden como la imposición a todos de las ideas de una mayoría efímera, en lugar de la convivencia pacífica de los que piensan distinto.

La buena noticia es que los tiranos tienen los pies de barro. Desde la época de Nabucodonosor su astucia consiste en esconderlos de la vista del pueblo. Antes lo hacían con oropeles, ahora con una diarrea escabrosa de palabras. Los derrota la audacia y la valentía de un solo inocente que se anime a lanzar la piedra que los derrumbe.

Así murió Horst Waidelich

Horst y Siger Waidelich pudieron ser unos granjeros modelos, de esos que uno se encuentra paseando una vaca feliz en la imposible campiña alemana. Pero no. Los hermanos Waidelich vivían en Misiones y su chacra lindaba con la selva azucarada del nordeste de la Argentina. Junto a sus familias ya crecidas criaban vacas y sembraban tabaco en potreros robados al monte. Aunque las vacas fueran flacas y guampudas le recordarían a las de sus abuelos, que vinieron muy jóvenes a la Argentina a principios del siglo pasado. Contando a los hijos de Horst, tres generaciones trabajaron como cosacos para domeñar esa tierra arisca y ganarle espacio a la selva. Siger, algo más joven y locuaz y solterón con ganas, vive todavía en un rancho en la misma chacra. Horst, en cambio, se mantenía enjuto y lacónico a los 72. Los dos conservaban la agilidad de los 30 gracias a la gimnasia de trabajar todos los días.


Una mañana de hace unos años los hermanos Waidelich se encontraron dos cachorros de yaguareté en el monte y decidieron que eran huérfanos, así que los criaron como mascotas. Otra mañana aparecieron siete vacas muertas en un potrero: algunas estaban despanzurradas; otras solo habían sido degolladas por un mordisco bien filoso. Uno o dos yaguaretés habían celebrado un festín en el corral a costa de sus pobres animales.

En lugar se salir afiebrados a matar tigres por la selva y a riesgo de seguir perdiendo animales, a los Waidelich se les ocurrió cazar vivos a los yaguaretés que acecharan su ganado. Pusieron carnada en el fondo de un tronco hueco y una trampa que tapaba la entrada al levantar el señuelo. Al tiempo, entre cazados y crías, machos y hembras, llegaron a cinco animales enjaulados, el más grande de 130 kilos. Pero no se vengaron los Waidelich de los verdugos de sus vacas. Se fueron al Ministerio de Ecología y pidieron permiso para mantenerlos en cautiverio y mostrarlos al público que quisiera visitarlos. Cobraban unos pesos por entrar y ganaron tanto dinero con los felinos como con los ovinos.

Siger era quien cuidaba y daba de comer a los jaguares, pero andaba renegando con una dolencia en los días que termina esta historia, así que se fue a Posadas al suplicio de los estudios y análisis. Ese jueves fue Horst a alimentar y limpiar las jaulas de Yaguaretania. Al oír los pasos, los mismos animales se trasladaban por su cuenta a un recinto un poco menor y dejaban hacer al amo y a la vez mucamo. No había necesidad de arrearlos: ellos iban solitos por el hambre y la fuerza de la costumbre. Horst trancó confiado la puerta de alambre tejido con un palo y se puso a limpiar la jaula silbando bajito.

Pero esa mañana el yaguareté no aguantó más, abrió la puerta sigiloso y lo mató de un zarpazo perfecto.

Chiquito chiquitano

San Javier, Bolivia

Kirchner con crema

Un estúpido notero de la televisión española le preguntó una vez a un cuidador del cementerio de Madrid si no le daba miedo pasar las noches entre los muertos. Contestó que miedo deben tener los que andan entre los vivos, porque esos sí que son peligrosos. Allí, en el cementerio de la Almudena no hay nadie peligroso: es lo más pacífico del mundo.

Quizá sea esa la razón por la que a los argentinos nos gustan los muertos más que los vivos: entre ellos no corremos ningún peligro. O será la influencia gallega, o la del sur de Italia, la razón de que nos hayamos convertido en uno de los pueblos más necrófilos del mundo. Nuestro apego a los muertos es tanguero, de llorar los unos abrazados a los otros y no de emborracharnos en honor y a la salud ya perdida del muerto. Nos gustan los camposantos para ufanarnos de la bóveda familiar que vaciamos de muertos cada tanto mientras las llenamos de palmas de bronce y ángeles regordetes, de esos que también lloran con la cara humillada entre sus manos heladas. Vamos a los velorios y los entierros porque ahí miramos y somos mirados. Y nos encanta abrazar a los deudos de los fallecidos con cara entristecida y aire compungido. Nos gustan las coronas de flores y competir en el cotillón ceniciento de sus cartelas cuaresmales. Celebramos las muertes de nuestros próceres en lugar de su nacimiento y lloramos a los que se fueron con la infinita morriña del Finisterre. En Buenos Aires y en otras ciudades de la Argentina, los cementerios son lugares turísticos tan visitados como el Museo del Prado o la Torre Eiffel. El 11 de septiembre es el Día del Maestro porque ese día de 1888 murió Domingo Faustino Sarmiento. El feriado por el Libertador José de San Martín es el 17 de agosto porque murió ese día de 1850. El 20 de junio es el Día de la Bandera porque en esa fecha de 1820 murió su creador, Manuel Belgrano. Alguien me dice que esa es una costumbre cristiana ya que la Iglesia suele celebrar a sus santos el día de su muerte, al que llama dies natalis, porque conmemoran su nacimiento a la eternidad. Les contestaba que precisamente por ser un país de mayoría cristiana deberíamos celebrar la muerte de los santos y el nacimiento de los próceres, ya que lo que valió de nuestros próceres es el tiempo que vivieron en este mundo y no el que pasan en el cielo, que es el que nos vale de los santos.

Jorge Luis Borges, que sabía de la necrofilia argentina, pidió más de una vez a sus amigos que cuando muriera no lo convirtieran en calle. Y explicaba que después de muerto prefería seguir siendo el escritor Jorge Luis Borges y no la calle Borges. Estaba convencido de que con el tiempo, al preguntarle a la gente quién o qué era Borges, contestarían “una calle”. Al poco tiempo de la muerte del autor de El Aleph las autoridades de Buenos Aires le pusieron Borges a un tramo de la calle Serrano, en Palermo Viejo. Una lástima. No es el único caso: pregunte en cualquier reunión por el Gramajo que le dio el nombre al revuelto, o por Rossini, el de la salsa de tomates... En la antigua Unión Soviética convirtieron a Lenín en estatua de tantas que levantaron con su nombre grabado en el pedestal de granito. Por eso todavía los rusos llaman lenín a cualquier estatua que se encuentran, aunque sea de Caperucita Roja.

En la Argentina necrófila estamos convirtiendo ahora a Kirchner en estatua, en calle, en escuela, en campeonato de fútbol y en campamento boy scout… Corren peligro las calles Riobamba, Pichincha y Ayacucho; Suipacha, Cochabamba, Talcahuano y todas las batallas que no pueden defenderse ni tienen descendientes. Pueblos, empresas, equipos de fútbol, barrios, bibliotecas, sitiales de las academias, cátedras… pueden ahora llamarse Kirchner. Sus seguidores, ahora en el poder, intentan imponer a su favor un relato que el mismo Kirchner rechazaría y nos dicen que no hay próceres como él. Él merece las avenidas principales, las calles más largas, las plazas más grandes, los monumentos más altos, el obelisco de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los glaciares del Calafate, el estrecho de Magallanes, la Pampa, la Patagonia, los Andes y el Aconcagua. El río Paraná, el Uruguay y el de la Plata. Las ciudades más bonitas, los aeropuertos más modernos, las terminales de ómnibus y las estaciones de ferrocarril. Kirchner puede desplazar a Sarmiento, a San Martín y a Belgrano, pero también a Perón, a Irigoyen y hasta a Martín Fierro y don Segundo Sombra…

Un día vamos a pedir Kirchner con Crema de postre en el restaurante Don Néstor, el de la esquina del Boulevard Presidente Kirchner con la calle Gobernador Kirchner, de la ciudad Néstor Kirchner, la capital de Kirchnerlandia. Pero nadie sabrá por qué se llaman así.

Señor de los Peruanos

Buenos Aires, Argentina

Carrera de tractores

Genaro Escudero era natural de Pamplona, la capital del reino de Navarra, en España. Pero vivía en el Alto Paraná, al este del Paraguay, donde tenía una estancia con buena tierra, colorada y profunda, fértil como la bendición de un patriarca.

En 1993 don Genaro donó parte de su hacienda para fundar un pueblo que albergara los servicios y viviendas para los colonos brasileños, que cada vez eran más en esa zona del Paraguay, a 150 kilómetros de la frontera con Brasil. Escudero puso una sola condición y no dio más explicaciones: el pueblo debía llamarse Iruña.

Con el tiempo fue colonia y luego distrito. Hoy Iruña tiene 5.000 habitantes, intendente, parroquia y escudo. La inmensa mayoría de sus habitantes son brasileños de origen alemán que hablan portugués y viven en Paraguay. Sus campos son los mejores del país, con niveles de producción altísimos gracias a la buena tierra y a las lluvias abundantes, pero sobre todo gracias al trabajo de esos colonos de pelo rubio y cogote colorado. Todos muestran su frente blanca cuando se sacan el sombrero para saludar y te revientan la mano al estrecharla con sus tenazas de carne y hueso. Las mujeres son fuertes y lindas como los lapachos rosados. Y los chicos parecen Hansel y Gretel que juegan a ensuciarse en las huellas mojadas de los tractores. La tierra es anilina pegajosa que todo lo tiñe de rojo indeleble. Dicen que una vez que se le mete a uno en el alma ya se queda para siempre.

Estuve en Iruña hace ahora unos trece años. Entonces el pueblo era una plaza apenas demarcada, la iglesia a medio construir, un ranchito para la autoridad, un almacén de ramos generales y algunas casas particulares en medio de pastizales. Entrar me costó lo suyo porque había que barrear durante doce kilómetros por la tierra recién llovida. Iba mordido por la curiosidad de ese nombre en este lugar del mundo. Ahora saben que no significa nada en guaraní: Iruña es en vasco el nombre de Pamplona, la ciudad de san Fermín, de los toros por las calles y la bota empinada; la de Genaro Escudero, a quien todavía no sé qué se le había perdido en el Paraguay.

En 1998 conté mi visita a Iruña del Paraguay para la revista Nuestro Tiempo, que se edita en Pamplona, donde pasé años de mi vida universitaria. La columna llegó a internet y dio sus vueltas por el espacio hasta que alguien de Iruña la encontró. Así que por culpa de las redes sociales llegué de nuevo a Iruña, esta vez invitado a la fiesta del pueblo que ya es tradicional aunque tiene cuatro años: bailes y chancho al espeto; feijoada y asado en estaca… y la sempiterna corte de promotores dispuestos a vender lo que sea a ricos productores amontonados y bien dispuestos por miles de litros de cerveza.

Pero eso no es nada. A las tres de la tarde y hasta bien entrada la noche la fiesta cambia de ritmo. Dejan de comer y beber, de comprar y vender, de bailar y jugar…

...y empiezan las carreras de tractores.

Bethany Hamilton

Montañita, en el Pacífico ecuatoriano, es como un pueblo de La Guerra de las Galaxias: uno se puede topar a la vuelta de la esquina con un gusano gordinflón de dos cabezas que le pide fuego para encender su pipa de espuma de mar. Hace unos días volví a encontrarme con la amable sensación de que todo puede pasar en el Tatooine ecuatoriano y me quedó claro que los miembros de la Academia Sueca nunca cabalgaron por sus playas ni se comieron un cebiche de camarón y corvina en una vereda de Montañita. En estos pueblos hay más candidatos premios Nobel de la Paz que en todo el resto del mundo. Siempre pensé que quienes realmente lo merecen son el inventor de la medialuna o el que plantó los lapachos que florecen estos días en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Y no entiendo por qué –salvo algunas excepciones- siempre se lo dan a personajotes fabricados por comunicólogos de cama solar y Hugo Boss.

Un día almorzábamos varios amigos en un restaurante de Montañita, de esos de caña y aire libre, en los que nadie tiene apuro y todos nos integramos, aunque sea por esas horas, a la misma tribu. Hablábamos de un tema bien a propósito del lugar: de Bethany Hamilton, la gran campeona de surf hawaiana que a los 13 años perdió su brazo izquierdo. El 31 de octubre de 2003 flotaba con dos amigos en su tablas a unos 300 metros de la costa cuando un tiburón tigre le arrancó entero el brazo que descansaba en el agua a un costado de la tabla. A los tres meses Bethany estaba surfeando de nuevo las olas de Kauai. Ahora tiene 21 y sigue entre los tiburones con un tesón que también merece el Nobel de la Paz.

La actitud Bethany Hamilton es un ejemplo cabal para los que se resisten a las nuevas tecnologías: los que insisten en proteger sus derechos de autor contra los que copian sin disimulo o los que intentan tutelar la información como un bien exclusivo que se entrega con cuentagotas, cuando se sabe que ya es de todos. Oponerse a los cambios tecnológicos y sociales  que están imponiendo las nuevas tecnologías es como intentar parar las olas con nuestras tablas. Quizá lo consigamos por un tiempo, pero al final nos superará y nuestro dique se irá al diablo. Por eso, lo mejor que podemos hacer es subirnos a la ola y surfearla, como Bethany Hamilton.

Mientras nuestra conversación discurría entre estas y otras consideraciones por el estilo y al mismo tiempo que aparecían los cebiches, las papas fritas y las cervezas, se nos arrimó una perrita con la cara tristona de todos los perros que mendigan una caricia o un poco de comida. A la perrita también le faltaba el brazo izquierdo…

Leer o hacer la fila

Aquel año hacía fila cada quince días en el Banco del Pacífico de la Víctor Emilio Estrada para cobrar mi salario. Era imposible prever la cantidad de gente que habría en la cola, pero debían ser unas 50 personas, todas embretadas entre esas cintas retráctiles que seguro inventó un pervertido en un sótano oscuro de Estocolmo. Pero más que la habilidad del pervertido me asombraba la de los minotauros bancarios expertos en laberintos de plasticurri expandido en salas de seis por cuatro. Todo a propósito para que no nos colemos los que aguzamos nuestra libertad en estas situaciones límite, apretados por las cornadas del hambre. Nos ponen uno detrás del otro como fichas de dominó en una serpentina zigzagueante de la que no nos podemos escapar. Así avanzamos, como un tren del que caen los vagones al abismo a medida que alcanzan el filo del precipicio.

El hombre es un animal que hace filas, así que esos días me vestía de psicólogo social y me preparaba para divertirme como un loco observando a los humanos como en una cámara Gesell. La genética me hizo bastante alto, por lo que podía ver a todo el mundo desde mi atalaya; un día un vecino de cola me preguntó si era extranjero... Estaba claro que era un personaje extraño en ese colectivo, pero no tanto por mi altura como por mi facha de sapo de otro pozo. No tenía ni idea de cómo comportarme y no conocía los códigos de acero de los profesionales de la fila: tipos a sueldo solo para estos menesteres. Algunos cobraban por ocupar el lugar hasta que, al llegar al final, los reemplazaba un Master del Universo de traje brillante y zapatos de punta mochada.

Una vez me llevé una novelita fácil para aprovechar el tiempo mientras avanzaba la cola con su cadencia de pan y queso. Me concentré en la lectura hasta que los que 20 que estaban adelante dieron un paso hacia la meta y quedó un espacio de medio metro que llenó de ansiedad a los 20 de atrás. “¡Siga!” me gritaron a coro con un estruendo. Cuando los miré extrañado me preguntó furioso uno que abusaba de su segundo de autoridad: “¿usted lee o hace la fila?” Tuve claro desde ese momento que la fila es cosa seria y que requiere toda la concentración del caso. Tan atentos hay que estar que no se puede permitir la menor distracción ni propia ni ajena, como en los semáforos.

Recuerdo también un episodio que ocurrió entre dos que hacían la cola más atrás, a barlovento de las cajas. En un momento preciso uno de ellos, bien irritado, le preguntó al vecino: “¿qué le pasa? ¿es maricón?” El otro, entre atónito y furioso apenas atinó a balbucear “¿q q qué?”. “¡Me está tocando todo el tiempo!” le contestó el toqueteado que debía tener algunos complejos en el clóset. Los demás esperábamos una buena pelea que terminó en nada, aborregada, como en todas las filas que conozco.

Rancho del Chacho

Olta, La Rioja

Fiebre del oro en Posadas

Orlando Dos Reis es uno más de miles de seres humanos que han desatado fiebres del oro en la historia de la humanidad y lo hizo con un avisito publicado en El Territorio de Posadas, en el nordeste de Argentina. En el anuncio un señor pedía “una retroexcavadora 320 oruga para extraer un tesoro” y ofrecía un buen porcentaje de lo que encontrara al dueño de la máquina. El aviso terminaba con una advertencia: “Personas incrédulas y burlonas, abstenerse de llamar”.

Dos Reis está seguro de que debajo de su casa de Garupá, una ciudad contigua a Posadas, hay oro en cantidades ingentes, así que anda rascando el suelo con lo que tiene. Empezó por la tierra, roja como la sangre, hasta que se encontró con el escudo basáltico misionero.


Pero eso no es tan extraño en las cálidas tierras de fronteras entre Paraguay y Argentina. Allí nomás corre el río Paraná, inmenso y manso, que une y divide a dos países tan hermanos que se pelean seguido por asuntos de familia. Desde la expulsión de los jesuitas en 1770, los guaraníes, bandeirantes y colonos buscan los tesoros que habrían dejado escondidos antes de que se los llevaran prisioneros de vuelta a Europa. Y cien años después, desde la Guerra de la Triple Alianza se habla de entierros en estos parajes de selva subtropical y lluvias interminables. Luego vinieron los polacos, ucranianos y alemanes que cambiaron sus estepas heladas por la selva dulzona de Misiones.

Desde 1770 se han desmochado iglesias y degollado imágenes en busca del oro que nadie encontró. No es raro toparse con excavaciones como la de Dos Reis cerca de las casas viejas de la zona. A esto se suman la superstición, los manosantas y cantidad de farsantes que pueblan la zona con negocios de ocasión y oportunidades increíbles, basadas en las asimetrías de la frontera que parece un colador. Ya se sabe que la culpa del fraude es siempre la codicia de los defraudados, pero la pobreza también hace su trabajo.

Esta vez fue la madre de Orlando, de 83 años, la que oía ruidos extraños que provenían del subsuelo debajo de su propia cama. Los describía como sifones que explotaban. Después empezaron los destellos, como fogonazos, que la señora veía salir de su propio suelo. La curandera del pueblo le confirmó que había un tesoro debajo de su casa, pero además le aseguró que solo una persona podía encontrarlo: su hijo Orlando.

Orlando empezó a cavar. Primero se encontró con una especie de tatetí de piedra. Luego encontró una pirámide invertida que señalaría el lugar del entierro. Hasta que no pudo más y fue al diario a poner el aviso que desató la fiebre. No hay ni que insinuar lo que ocurre cuando un ser humano encuentra oro. Ahora hay unos cuantos afiebrados tratando de llegar primeros por los lados de la casa de la señora Dos Reis.

Me voy para allá.

Facundo Cabral


A dos escasas cuadras de mi antigua oficina de Buenos Aires queda el restaurante Dadá: un local chiquito y agradable, habitado siempre por gente con buena onda y pocos pero buenísimos platos para comer. El restaurante es de un arquitecto, hippie viejo, de esos que no han perdido su aire pasota: parece hijo del Sai Baba y la Madre Teresa de Calcuta.

Aquel fin de semana de hace unos meses nos pasamos trabajando sábado y domingo como si fueran miércoles y jueves. Lo bueno es que Dadá estaba abierto, así que a la hora de almorzar nos trasladamos allí con mi socio catalán y Bloody Mary, mi socia argentina, a comer algo rico y seguir en el tajo, pero de otro modo.

Solo nuestra mesa estaba ocupada: la de al lado de la ventana que mira a la calle San Martín como el compartimiento de un vagón de tren. Después y de a poco, empezaron a caer unos parroquianos que se notaba eran habituales del almuerzo de los sábados. Ahí entendimos que Dadá atiende a esas horas a los amigos del dueño y que nosotros éramos relleno. Así como llegaban, se enfrascaban en una tertulia estruendosa, un remolino del que nos fue imposible escapar.

Al poco de involucrarnos en su conversación llegó un señor mayor –mayor para nosotros- que se ayudaba con un bastón. El pelo entrecano y motudo se prolongaba en una buena barba medio gaucha medio rockera que enmarcaba su cara rematada por unas gafas oscuras y redondas, a lo John Lennon. Como sus amigos lo cargaban por los achaques, nos explicó que se estaba recuperando de una operación complicada. No preguntamos más y seguimos la conversación que tenía que ver con la decoración de Dadá, muy dadaísta, claro. “Ese mural es mío”, nos dijo señalando con el bastón la pared. “También canta, pero mal”, nos explicó una señora para no dejar de cargarlo. El mural estaba firmado por Cabral.

Ahí nomás me puse a cantar bajito "no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad, tralalá tararira tralará…” el estribillo mal sabido de su canción más conocida. Después –ahora– supe que era su apasionada y sufrida biografía. Facundo Cabral pasó las de Caín, pero se sobrepuso amando hasta a los que odió, como a su padre, a quien conoció recién cuando tenía 46 años. Fue mudo hasta los nueve; estuvo preso desde los 14; a los 17 se escapó de la cárcel; perdió a su mujer y a su hija a los 40… y le peleó a la muerte a brazo partido cada vez que se presentó.

Hasta el 9 de julio de 2011 en Guatemala. Lo asesinaron unos sicarios que quisieron matar al que tenía que estar sentado en su lugar. Dicen que fue por error, como si fuera un acierto matar a nadie.

Chipa caburé

Jardín América, Misiones

Zapatos nuevos

En el Santa Isabel de San Isidro había Cuadro de Honor, pero no ponían a los chicos buenos en una orla, como hacen con los sufridos empleados de McDonald's. En una libreta verde, que se entregaban con las calificaciones todos los meses para la firma del padre, madre o tutor, había un casillero que decía Orden de Mérito. Mi lugar estaba de la mitad para arriba (o para abajo, según cómo se mire): si había unos 40 alumnos en la clase, solía andar por encima del vigésimo y a veces arriesgando el descenso a segunda división.

Fue en cuarto o quinto grado y en un mes de invierno que aparecí octavo, quizá más por defectos de mis compañeros que por esfuerzo propio. O quizá fue porque ese mes había decidido usar gomina, obligatoria para ir al colegio pero prohibida por mi madre. El temido padre Fontana, que andaba siempre con una durísima campanita de bronce en la mano, no nos dejaba entrar al colegio si no estábamos engominados. Su mal humor debía ser por narigón, petiso y contrahecho y si te pegaba con el borde de esa campanita te hacía ver las estrellas. Como en mi casa no había gomina, me ponía jabón en el pelo mojado y enfrentaba con cara de Gardel a Fontana. Mi madre no se daba cuenta porque salía de casa recién peinado; al volver me revolvía el pelo antes de llegar y me sacudía el polvo de jabón de los hombros del saco azul marino.

Así que aquel mes iba a subir al escenario del Cine Teatro Don Bosco, el de la calle Diego Palma, en el acto en que las monaditas representaban el cuadro de honor en vivo, rodeando al padre Director como su corona de laureles. Era la ocasión señalada para conseguir, por primer vez en mi vida, zapatos propios. Así que incordié a mis padres para que me compren unos. Los que tenía estaban viejos y remendados, heredados, como siempre, de mi hermano mayor.

Recién entonces supe lo molestos que son los zapatos nuevos. Los pies me dolían como si un torturador me los estuvieran apretando con una morsa: me sentía una geisha japonesa obligada a tener sus pies a raya. Pero nada me importaba porque iba a disfrutar por primera vez de mi apoteosis de niño modelo.

Pero algo pasó... Justo ese día y por única vez no subieron los chicos buenos a las gradas del escenario para rodear al padre Plácido Avilés. Alguien leyó nuestros nombres a toda velocidad y cada uno se levantó medio segundo de su butaca para que lo vean los que podían y se burlen de él. Podía haber ido en alpargatas y calzoncillos que nadie se hubiera dado cuenta.

Volví a casa rengueando de dolor y con mis zapatos llenos de pisotones que nos dábamos entre nosotros al comprobar que alguien los estrenaba. Para colmo me quedaron chicos en un par de meses. Nunca más conseguí llegar a semejantes niveles de alcahuetería.

Estancia La Guitarra

Siempre que viajo en avión elijo ventanilla porque me gusta ver el mundo. Lo atribuyo a mis genes de periodista, aunque también es cierto que ocurren muchas cosas adentro de los aviones; solo es cuestión de estar atentos.

Hace meses, en un vuelo de Buenos Aires a Santiago de Chile, descubrí entre las nubes una guitarra hecha con árboles en el medio del campo, pero solo conseguí hacer una pésima foto con el celular. Conseguí registrar que volábamos todavía encima de la fértil llanura Argentina y que iba sentado del lado derecho del avión. Intenté buscarla otras veces, pero por las razones que fuera no la encontraba: no conseguía la ventana, estaba nublado o me quedaba dormido. También la busqué en Google Earth, pero no había caso. El 5 de abril pasado el aire estaba diáfano y me tocó ventana del lado derecho. Viajé casi sin distraerme hasta que la encontré, ya con dolor de cuello, en medio de la pampa argentina. Después subí la foto a Facebook con una breve historia que encontré en Internet y me quejaba porque ningún periodista se había ocupado jamás de esta guitarra. Es que las historias existen, solo hay que buscarlas.

El 9 de mayo The Wall Street Journal publicó la foto, un video y la historia de la guitarra. La amiga argentina de un periodista de ese diario de Nueva York le había pasado las coordenadas de Google Earth y empezó a destrabar la historia de amor contenida en la guitarra que solo vemos los que vamos despiertos en las ventanillas de los aviones los días que no hay nubes.

En 1977 Pedro Martín Ureta plantó las seis cuerdas paralelas de 700 metros de eucaliptos azules –sí, son azules- en el casco de su estancia La Guitarra. Después, con dos hileras de cipreses, trazó el contorno femenino de una guitarra clásica, española. Alrededor del hueco central dibujó, también con árboles, una estrella de ocho puntas de unos 100 metros de diámetro que le recordaría a una guitarra particular. Ahora sabemos que cumplía una manda tácita de su mujer, Graciela Iraizoz (Yráizoz escriben ahora los vascos), que lo había dejado viudo ese año: murió a causa de un aneurisma cerebral cuando esperaba su quinto hijo y tenía 25 años. Un día, cuando eran felices, Graciela había adivinado desde la ventana de un avioncito un balde dibujado por casualidad en las plantas de una finca cercana. Y se le ocurrió que la propia, la de ellos, podía tener la forma de una guitarra.

Ureta, que ahora tiene 70 años, plantó uno a uno los 7.000 árboles y los defendió con uñas y escopeta de los cuises y las liebres que ramoneaban los plantines. Nunca vio su guitarra, porque no se sube a nada que vuele desde una mala experiencia de su juventud. Pero eso no le importa porque no la plantó para él sino para que su mujer sepa dónde encontrarlo cuando lo busca desde el Cielo.

La casa de José María Ansola

Mercedes, Corrientes.

Los déspotas y mi tía

Los déspotas me hacen reír con las cosas que inventan para callar a los que pueden proteger al pueblo de sus abusos. Y me dan risa porque me hacen acordar a mi finada tía Marité, que me hacía una gracia enternecedora.

Es que mi tía Marité, española y soltera toda su vida, veía mucha televisión y hacía unas gambas en gabardina fenomenales. La conocí ya grande y la veía solo cuando iba a su casa muy de vez en cuando, porque mi tía Marité vivía en Madrid y yo en Buenos Aires. Pero claro, cuando iba a España pasaba unos cuantos días en su casa, abusando de su hospitalidad y de la de mi otra tía Nieves, que trabajaba todo el santo día en unas oficinas del gobierno mientras Marité hacía las tareas de la casa y sobre todo cuidaba de mi abuelo hasta que murió. Después de fueron a vivir a Cádiz: del piso de la Avenida de Andalucía es de donde tengo los recuerdos más vivos.

Aunque estuviera sola, Marité hablaba sin parar, porque hablaba con la televisión. Si veía un teleteatro le avisaba a la chica que el novio la estaba engañando o le explicaba que así no se fríen las patatas. Como se ve, mi tía Marité vivía en un mundo mitad real mitad virtual y en ese mundo denunciaba a los malos y protegía a los buenos. Y yo debía estar del lado bueno porque nunca dejó de tratarme como un hijo en mis siempre cortas, para mi gusto, estancias en su casa.

Oía desde otra sala sus advertencias o interjecciones mechadas entre los diálogos de la televisión. Cuando llegaba la hora del telediario me presentaba en el cuarto de la tele para ver las noticias con mis dos tías. Entonces Marité se ponía malhablada. Insultaba a los gobernantes y les decía atrocidades a los periodistas. ¡Mentiroso! le gritaba muchas veces al presentador que decía algo a favor del gobierno (del gobierno que fuera, aclaro). Y cuando aparecía uno con fama de poco honesto, lo maldecía con insultos tenebrosos. ¡Puta! le reservaba a esas señoras que cambian de marido siempre por uno más rico que el anterior. A veces, indignada, se acercaba a la pantalla para gritarle cuatro verdades hasta al mismísimo rey de España.

No sé si mi pobre tía creía que esas personas podían oírla. Al fin y al cabo a todos nos pasa, sobre todo en el cine, que nos agachamos cuando la cámara se mete en un túnel o nos inclina la inercia de un auto que gira en una curva cerrada.

Pero resulta que ahora me acuerdo de mi tía Marité cada vez que oigo a los déspotas del pensamiento único de nuestra querida América mestiza. Despotrican contra los periodistas y los medios de comunicación porque para ellos eso es más realidad que lo que pasa en la calle. Les molesta lo que dicen los medios porque viven para los medios. No tienen más espejo que las pantallas de televisión ni otro retrato que el que sale en los periódicos. Su historia es la que escriben los periodistas y en las reuniones solo discuten qué dirán cuando se enfrenten con los micrófonos. Resulta que su mundo es mitad real mitad virtual, como el de mi tía. Y aclaro que estoy seguro de que, si mi tía hubiera tenido poder, hubiera estatizado la televisión y cerrado los periódicos que no le gustaban. Hubiera obligado a las revistas del corazón a decir lo que ella quería y hasta hubiera puesto a sus amigas a dirigirlas. Capaz que obligaba a los dueños a no tener otros negocios y mandaba a freír buñuelos a los periodistas que se presentaran sin combinar bien los colores de sus corbatas. Ya se ve que el despotismo no es privativo de algunos gobernantes.

La realidad no es mitad virtual y los medios no hacen más que reflejar las cosas que pasan como mejor pueden. Está probado, científicamente, que los medios no ganan ni pierden elecciones. Fracasaron todos los periodistas que alguna vez se creyeron que podían poner su industria al servicio de sus ambiciones políticas: terminaron como mi tía, hablando al aire. O como Segismundo en la torre de la Vida es Sueño; otro que no distinguía entre la realidad y las ensoñaciones. Están tan anacrónicos los revolucionarios parlanchines de micrófono y power point, que se ensañan con el viejo Gutenberg, muerto hace más de cinco siglos. Mientras, miles de millones conversan sus ideas por el sistema nervioso de la sociedad que hoy son las redes sociales y mañana quién sabe qué colador universal. Nunca le alcanzarán los dedos a los déspotas para tapar los agujeros por los que se cuela la verdad.

Programa en Pehuajó

La sirena de los bomberos voluntarios de Pehuajó se oye adentro de la casa de mi hermana. El cuartel está del otro lado de la calle y cuando hay una emergencia suena con una fuerza descomunal para llamar a los bomberos que están en sus casas o en sus lugares de trabajo, según la hora del día. Gira despacio al principio como un plato en la mesa pero después se vuelve aguda y penetrante como el torno de un dentista. La cantidad de veces que suena depende de la gravedad del incendio o de la necesidad de bomberos. Ya me explicó mi cuñado que la mayoría de los llamados los lleva con sus abrelatas gigantes a la ruta 5 para sacar a los que quedan atrapados por los fierros retorcidos de los choques.

En la última Navidad andaba por Pehuajó y sonó la sirena, así que salí a mirar lo que ahora estoy contando. Ya se sabe que por genética los seres humanos no podemos dejar de mirar a los bomberos y que el fuego nos hipnotiza desde las cuevas en las que vivíamos en la prehistoria.

Segundos después de sonar esa sirena superlativa empiezan a caer los bomberos, vestidos de señores, a todo lo que da. Uno de ellos se pone en medio de la calle y ataja las motos con las dos manos con la rueda delantera amenazante entre sus piernas. Ahí mismo los paisanos se van quitando la ropa que dejan donde cae para salir en segundos vestidos de NYPD hacia las torres gemelas. Faroleros, dice mi cuñado.

Al mismo tiempo se forma una fila de autos, motos y bicicletas en la calle Landa. Tantos que vuelven difícil la salida del cochebomba. Son vecinos de Pehuajó que siguen a los bomberos como en una búsqueda del tesoro. Cuando salen los camiones colorados aullando hacia el siniestro, atrás los sigue la procesión de curiosos. Así consiguen pasar un buen rato viendo el espectáculo, que no hay muchos en Pehuajó.

Líderes de papel

Un buen día de 1998, desde la dirección de la Gazeta Mercantil, nos enviaron instrucciones para seleccionar al Líder Empresario que integraría el Foro de Líderes del Mercosur. Había que elegir uno en cada provincia donde circulaba el periódico y entre ellos se resolvería el líder nacional.

Gazeta salía los miércoles como suplemento de economía y negocios con El Territorio de Posadas, así que nos pusimos manos a la obra. Después de sopesar las condiciones y los candidatos resolvimos cuál era el líder empresario misionero y enviamos su nombre a las oficinas de Gazeta en Buenos Aires.

En una llamada telefónica de rutina se nos ocurrió preguntar al diario de Corrientes -la provincia vecina- a quién habían elegido (El Territorio es el principal diario del nordeste de Corrientes y en esa época era accionista principal un empresario de esa zona). Habían elegido... al director del periódico.

Con curiosidad decidimos preguntar en Formosa, otra provincia del nordeste argentino. También ellos eligieron al director del diario.

Y al título nacional se lo quedó el vicepresidente para la Argentina de Gazeta Mercantil Latinoamericana

Gusano Menocchio

Me lo encontré por primera vez cara a cara el jueves 20 de enero de 2011 en la Costanera de Posadas, pero lo conocía hace años. Era de noche tarde y venía enroscado en una novia. Entró en Itacuá, donde estábamos terminando de comer con unos amigos y a punto de prender un cigarro. Salió al poco rato para el lado de La Ruedita. Los acompañaba un vendedor de autos llamado Markendorf, onda carnaza paraguaya. Esta novia de Gusano es de Posadas y dice que está encantada con él porque por lo menos ahora se divierte. El viernes a la noche se subieron al vuelo de Aerolíneas Argentinas a Buenos Aires. En la sala de embarque habló por teléfono sin parar. Después estuvo inquieto todo el viaje: se levantaba a cada rato para acomodar su maletín en el guardamantas y poner o sacar algo. Se interponían entre nosotros un par de exploradores del Iberá que atendían en francés a una anoréxica desmayada; nadie levantó la mano cuando pidieron un médico en castellano. Esa chica se curaba con un alfajor.

El policía del aeropuerto que le miró la cédula me confirmó que el flaco convexo por delante y cóncavo por detrás era Luis Raúl Menocchio, pero no le dio importancia. También me aseguró que viajan seguido él y un hermano. La familia Menocchio tuvo grandes yerbales en la provincia de Misiones, tanto que hasta hay una localidad con su nombre en el Alto Paraná.

Gusano se fue al Paraguay adolescente, cuando la justicia argentina persiguió a él y a su padre por una estafa millonaria al Banco de Misiones. Pero corrían más peligro por la furia de sus propios empleados a los que también estafó. Era 1982 y Gusano tenía 23 años. Consiguió engañar al subgerente del Banco Nación, que le adelantó un cheque por doce millones de pesos por unos papeles que nunca aparecieron. Ese día se fueron a Asunción, a donde llegaron como grandes inversores. En el Paraguay de Stroessner y Rodríguez el Gusano se enriqueció gracias a su audacia y a la televisión por cable, que entonces nacía al amparo de los que tenían amigos en el poder y él no le hacía asco a los dictadores.

Un buen día volvieron a la Argentina donde ya no debían nada gracias a la prescripción. Gusano decía que en Paraguay se había dedicado a tareas comunitarias y que dejaba el país por culpa de empresarios y políticos influyentes del Gobierno de Nicanor Duarte Frutos que lo involucraban en delitos. Pero en Asunción lo buscaban por doble homicidio, estafa y hurto de señales satelitales a la cadena Fox. El 27 de agosto de 2004 encontraron en Fernando de la Mora, cerca de Asunción, lo que quedaba de Eduardo Maciel y de Graciela Méndez. Maciel, argentino, era socio de Gusano en el pub Puerto Madero de la capital del Paraguay y Graciela era su novia paraguaya. Estaban desnudos, esposados, mutilados y acribillados a balazos, cada uno en un tambor de 200 litros tapado con cemento. La policía del Paraguay también buscaba a Karina Rivero, la novia de Gusano, alternadora en el pub, que llegó con él a Posadas huyendo del poder.

El 10 de marzo de 2005 la Prefectura argentina detuvo a Gusano en un yate fondeado en el Paraná, cerca de Itatí. Lo buscaban por el asesinato de Claudio Javier Nozzi. Nozzi era un antiguo gerente de HBO Olé y de Fox que había llegado a Corrientes junto a su secretario privado, Hugo Jara, para atender a dos españoles que venían en su propio barco desde Buenos Aires para invertir en una película. Querían ver los lugares donde se iba a rodar. El domingo 6 de marzo, cuando el barco pasó frente al puerto de Corrientes, Nozzi y Jara lo abordaron para brindar por el negocio que estaban a punto de concretar. Nunca más los vieron. Poco antes de agarrar a Menocchio una patrulla de la Prefectura había encontrado semisumergido en el Paraná, cerca de Itatí, el cuerpo desnudo de Nozzi acribillado a balazos, esposado con las manos en la espalda y encadenado a un ancla. Estaba medio comido por los pacú y las palometas.

En el Trasulag II, fondeado por ahí cerca, se toparon con Jara y un tal Ramírez tomando copetines. Desde sus tiempos en el Paraguay Menocchio usa documentos de Hugo Jara con fotos posteriores a una cirugía estética de esas que llaman maquillaje permanente. Jara había comprado el ancla y las cadenas y candados en una ferretería de Corrientes.

El 15 de mayo de 2009 a las seis de la tarde Raúl Menocchio recuperó su libertad porque no hubo modo de comprobar la identidad del cadáver de Nozzi. Le costó 70.000 pesos de caución.

El 27 de enero de 2011 agarraron a Menocchio en Corrientes. Lo acusan del asesinato de Manuel Roseo y su cuñada, Nelly Bartolomé, que vivía con él en Juan José Castelli, un pueblo del Chaco a 278 kilómetros de Resistencia. El jueves 13 encontraron el cuerpo de Roseo y su cuñada en una habitación de la casa. Los habían golpeado, estrangulado y asfixiado con bolsas de plástico. Los crímenes los habrían cometido esa misma mañana dos o tres personas que no tuvieron mayores dificultades para entrar en la casa, antigua y modesta.

Roseo había nacido en 1935 en Roma. En Buenos Aires montó un emprendimiento textil que creció rápido. A principios de los 70 se convirtió en el propietario más importante del Chaco, al vender su fábrica y comprarle a Jorge Born la estancia La Fidelidad: unas 250 mil hectáreas de monte de algarrobos y quebrachos en El Impenetrable. Roseo no tiene hijos ni herederos conocidos.


Hay una foto de Menocchio con Roseo del 6 de enero. Gusano explica que ese día estaban terminando la operación de compra de la estancia, por la que pagó 40 millones de dólares. La escritura se firmó en Posadas el 27 de diciembre. En ese momento había pagado 34 millones y el 6 de enero le llevó los seis restantes. Todo legal porque ahora Menocchio es el dueño de la estancia y la plata parece que la tiene una banda de sicarios y ladrones homosexuales que andaban merodeando para robarle a Roseo lo que fuera...

La Fidelidad está buena para algarrobos o algodón, pero también para plantar marihuana, instalar cocinas de coca y aprovechar algún claro en el monte para una pista de aviación.

Guardia de tránsito

El día de Navidad por manejar distraído seguí de largo casi hasta Ezeiza en lugar de tomar el Acceso Oeste que va a Luján. Así que volví por el Camino de Cintura que debía comunicar la autopista a Ezeiza con el Acceso Oeste. En Buenos Aires, como en casi todo el mundo, el día de Navidad no hay gente en la calle. En esos días el calor se vuelve africano, el aire encandila y la vista se nubla por la resaca.

Los carteles que dicen Morón, mi destino según el mapa de mi cabeza, desaparecieron en un pueblo que nunca sabré cuál es. Los suburbios de Buenos Aires son fáciles para los que viven en cada lugar y a nadie le importa que no haya carteles o que estén dados vuelta. Ellos ya saben más que los carteles.

En un momento supe que andaba por Ituzaingó pero nunca sabré si supe bien.

Me parecía que después de Ituzaingó viene Morón y que el Acceso Oeste tenía que estar ahí nomás.

Pero estaba irremediablemente perdido cuando me encontré con un señor que dormitaba abajo de un eucalipto y adentro de un auto que en su puerta tenía un cartel circular: Municipalidad de Morón - Policía de Tránsito.

-Estoy buscando el Acceso Oeste, le supliqué.
-Tiene que girar en la próxima a la derecha, después de nuevo a la derecha y ya va a ver los carteles, me explicó mientras se incorporaba agarrando el volante.
-La primera a la derecha y después de nuevo a la derecha, confirmé mientras señalaba la bocacalle que se abría a la derecha a unos 80 metros.
-Si.

Tomé la primera a la derecha y después a la derecha. El único cartel que encontré fue otra flecha que me obligó a girar otra vez a la derecha y a encontrarme con el guardia de tránsito de Morón que había vuelto a reclinar su butaca.

-Creo que entendí mal, le dije desde mi ventana.
-Ah, es usted. Si. Es que la primera es a la izquierda.

La esquina de Roca

Esta tarde me apuré para llegar temprano al casamiento del hijo de José Luis y Teresita. Lo suficiente para encontrar casi vacía la iglesia de la Nuestra Señora de Guardia de la calle Melo, aunque con los preámbulos de una boda: los reclinatorios cubiertos de raso para los novios, sillas para los padrinos, alfombra y cintas en el pasillo central. Di una vuelta por la nochecita cálida de Munro y cuando volví había más gente. Todavía extrañado por no encontrar a nadie conocido, pregunté a un fotógrafo que esperaba a la novia en el atrio de la iglesia.

-¿Sabe quién se casa?
-¿A quién busca? se puso enigmático
-Puiggari...
-Aquí es, me contestó. Así que entré a la iglesia y me quedé en el fondo.

Los asistentes no eran los que uno espera encontrar en la boda de unos parientes. Una chica como de 100 kilos que se sentó con su novio esmirriadito en el banco de adelante, se quitó el saco y mostró un par de alas tatuadas en la espalda. Pero me convencí cuando apareció el novio de levita blanca y los padres -estaba claro- no eran los míos. Encontré, gracias al celular, el matrimonio de verdad en la iglesia de Santa Teresita, cerca de allí, en la calle Roca, que no Melo. Llegué a los hurras, nunca mejor dicho.

Pero la noche recién empezaba.

Como mis padres también irían, había quedado con ellos a cenar después de la boda. Así que nos fuimos a una parrilla que se llama La Esquina de Roca, en Roca y la avenida Maipú, a pocas cuadras de la iglesia. De afuera pinta campestre y agradable.

Pero es una trampa.

A poco de sentarnos en una mesa de fórmica de colegio secundario apareció un mozo con chaqueta morada y aire confidente "¿Conocen el sistema?". Y lo explicó:

-Pueden comer de todo por 50 pesos, pero las bebidas son aparte.
-Un Rincón Famoso tinto, pidió mi padre mientras miraba el menú.
-Este es el tinto que tenemos, nos dijo mostrando un López, ¿les puedo ofrecer algo de parrilla?

-Bueno, yo quiero una molleja...
-Las mollejas también son aparte...
-¿Qué tiene que no sea aparte?
-Tira, entraña y bife de chorizo

Comimos nuestros magros bifes de chorizo y pedimos el postre:

-Flan o una bochita de helado de dulce de leche, chocolate o vainilla...
-Helado de dulce de leche.

Trajo de chocolate. Cuando nos quejamos nos preguntó si es que no nos gustaba y puso gesto de pocas ganas de cambiarlo. Para colmo estaba congelado.

Pagamos con tarjeta de crédito contra un ticket falso y presentamos la del Club de Lectores de La Nación para el descuento prometido del 20%. 

-El club de Lectores está suspendido, nos dijo el mozo señalando un papel mal pegado en el vidrio.

Al rato volvió con dos tickets de Visa en los que decía "transacción incompleta". 

-La tarjeta no funciona...

En ese momento nos fuimos. Sin pagar, claro. El mozo de la chaqueta morada no entendía, pero le explicamos que para trampa ya estábamos nosotros. Como no teníamos efectivo no pagaríamos y nos íbamos lo más Pancho, vestidos de boda y sin saludar. Pero cuando cruzábamos la avenida en busca del auto de mis padres apareció en la puerta un barrigón con pinta de suboficial de la bonaerense que miraba para todos lados. Estaba como loco. A su lado el mozo nos buscaba con la mirada hasta que nos encontró a punto de cruzar la avenida a unos 50 metros. Entonces nos señaló. En ese momento empezamos a cruzar. Desde mitad de la avenida, cuando se lanzaba de la vereda al pavimento, le grité que si se acercaba lo molía a patadas. Cuando llegábamos a la vereda opuesta el barrigón se había agachado a juntar un cascote bastante grande del cordón que separa ambas manos. Yo lo miraba de reojo mientras apuraba a mis padres, que no se asustaron aunque mi madre insistía en que no buscara pelea. Tienen más de 80 años...

El dueño y el mozo quedaron atrapados en el medio de la avenida cuando el semáforo dio paso a los autos. Se desgañitó amenazante mientras nosotros desaparecíamos por la calle perpendicular. Lo último que vi fue cuando el mozo le sacaba el cascote de las manos para evitar alguna macana.

Al día siguiente mi padre fue a pagar la cuenta. Le preocupaba que el patrón se hubiera ensañado con el empleado. Pero el mozo ni se acordaba del episodio o se hacía el zonzo para quedarse con la plata...

Gracioso, mi padre le advirtió que tuvieron suerte porque su guardaespaldas estaba armado.

La météo

Posadas es tan cuadriculada que la mano cambia en cada bocacalle: si en una los autos vienen por la derecha, en la siguiente vendrán por la izquierda. No importan subidas o bajadas ni las irregularidades del cerro Pelón. Por eso Luchín maneja en zigzag. Pasa por la derecha las que tienen tránsito desde la izquierda y por la izquierda las que lo tienen a la derecha. No disminuye la velocidad en los cruces porque con esta artimaña es casi imposible que lo choquen. Además, así sortea al bies los badenes y cunetas que se llevan los raudales al Paraná.

Luchín usa mitones de punto y cabritilla para manejar y tiene un par en cada auto, contando el camión y la camioneta, que así llama a un engendro inmenso de la Volkswagen y a una pick up Chevrolet que usan para ir a la casa de la laguna en el Yverá. El auto de carrera era uno blanco que les dejé prestado cuando me tuve que ir de viaje unos meses a España porque el poder se ensañaba con el diario.

Un buen día nos fuimos a Ituzaingó en el Honda, que no tiene más nombre que su color colorado. Ana lo acompañaba y yo viajaba atrás. Tenía el parabrisas astillado con un impacto gordo en el lado derecho: me contaron que fue una cigüeña que casi se les mete adentro cuando venían de Corrientes. Esa mañana lloviznaba y hacía frío, pero sabíamos que mejoraría el clima a tiempo para llegar al asado en la casa de la barranca de los Caamaño. Cuando pasó un ángel en un silencio de nuestra conversación Luchín prendió al radio. Daban una linda canción en francés. Después otra. Luego una voz metálica, en francés profesional, nos explicó lo que acabábamos de oír. Siguió la cortina musical. Y la météo con voz esperanzadora y esta vez en francés ansioso: lloviznas y frío, pero se espera que escampe al mediodía. La hora que dieron era casi la misma de nuestros relojes, posiblemente descalibrados. Luchín miró el suyo sin darle importancia.

Asiento equivocado

Se me pasó el tiempo volando mientras esperaba el avión a Rio de Janeiro en el bar del aeropuerto de Belo Horizonte. Cuando oí el llamado por los altavoces pagué mi caipirinha y me metí en el finger ya vacío y con sensación de llegar tarde. El avión estaba casi lleno y para colmo un mineiro grandote ocupaba mi asiento lo más Pancho. Protesté a la azafata, que al ver mi boarding pass me dio toda la razón. El intruso se mudó rezongando a otra butaca que mi amiga le señaló con el dedo arqueado de tanta autoridad. Acomodé mis piernas como pude en el 27J y apoyé la cabeza en el respaldo con un sueño mortal. Fue entonces cuando la tierna voz de la azafata nos dio la bienvenida al vuelo nosecuántos a Brasilia.

Despertar

Los barcos son máquinas de dormir. Una cuna gigante que se mece y ronronea para los viajeros que no tienen nada que hacer. Lo comprobé la primera vez que dormí en el Vapor de la Carrera entre Montevideo y Buenos Aires. No hay despertar como el del mar y no hay luz del amanecer como en la mar. Itá Ybaté era un barco todo el día y tantos pueblos de Corrientes; un motor eterno y acompasado les daba luz. Cuando tarde y ya en la cama se apagaba el de las estancias parecía que te quedabas sordo. Pero mejor que dormir es el tiempo que lleva despertar, cuando todavía no sabe uno dónde está ni qué día es. Para Bioy Casares no había nada comparable a despertar en un camarote de tren al oír los pasos en la grava de una estación desconocida. Una vez me despertó un ratón que escarbaba entre el pelo de mi cabeza. Fue en un campo cerca de Trenquelauquen y solo a la mañana y bien despierto entendí lo que había pasado. En San Lorenzo oíamos desde la cama el ritmo de una papalota que pegaba sus alas contra el piso para darse vuelta. Se pasaba la noche a intervalos perfectos entre intentarlo y descansar. “Parece un faro” dijo el hermano de Gabriel García Márquez que oía desde la hamaca el balido circular de un cordero. En la Villa Adelaida dormíamos con un murciélago que daba vueltas a la araña del cuarto, hasta que se colgaba en su viga al amanecer. Un día lo bajamos con una toalla ajena. El sueño que más me despertaba era el de Lucas. Su padre pasaba noches enteras rezando de rodillas al lado de su cama cuando no había caso con las drogas y se había vuelto una piltrafa adolescente. No había quién lo ayudara. Solo Dios, que siempre oyó al padre de Lucas y un buen día nos lo despertó.

Ángel Anaya

Almorcé con Esteban Morán y Carlos Soria en un restaurante de la avenida de Bruselas de Madrid. Los dos eran profesores en la Universidad de Navarra cuando hacía el doctorado, hace ya unos cuantos años. Con ambos he recorrido gran parte de España entre conferencias, visitas a amigos comunes y otras aventuras académicas. Disfrutamos de comidas largas y pausadas, que ahora las interrumpe la urgencia de Esteban por volver a su casa a ocuparse de Chon, su mujer. La pobre tienen Alzheimer y a una hora en punto de la tarde la chica boliviana que la atiende debe descansar.

Esteban me preguntó por Ángel Anaya, un amigo argentino de quien hace tiempo que no tiene noticias. Se habían conocido cuando eran niños en Málaga, durante la Guerra Civil española y luego se vieron muchas veces en Madrid. Esteban es de 1923 y Anaya de 1924. Entre las historias que me contó esta vez aparecieron las de la guerra que Esteban llama Nuestra. Tenía catorce años cuando empezó y su padre había muerto cuatro años antes "por suerte, que si no, lo mataban los rojos". Su madre y sus hermanas lo mandaban a hacer las colas para conseguir alimentos y algunos días se los pasaba enteros en ello. Una vez se llevaron a uno de la fila porque alguien notó que estaba rezando con un rosario que llevaba en la mano adentro del bolsillo de la chaqueta. Bastó sacarle la mano del bolsillo y encontrar el rosario para llevárselo detenido quién sabe con qué final.

También presenció, ya terminada la guerra, la condena a muerte -luego indultada- del portero de su casa. Se lo encontró muy nacional y como si nada apenas las tropas de Franco tomaron Madrid, a donde Esteban entró con los primeros contingentes. Su casa estaba ocupada por unos catalanes a quienes les habían asignado el piso vacío. Hasta ahí todo bien, pero parece que durante los días más duros, el portero denunció a una monja que vivía escondida en uno de los pisos y se quedó con todas las pertenencias -y hasta se instaló en el piso- de un gerifalte de la marina que vivía en otro, a quien la guerra le había cogido en El Ferrol.

Cuando terminó aquel drama, Esteban empezó su carrera en la marina mercante española y Anaya volvió a la Argentina. En ambos un buen día despertó el gen del periodismo que tenían dormido en algún lugar del corazón.

El Comodoro, como lo llamamos los amigos, suponía que no conocería a Anaya por la diferencia de edades y suponía bien: solo recordaba haber visto su firma alguna vez y hace tiempo en La Nación.

Prometí buscarlo para volver a conectarlos, pero confieso -y lo dije- que no esperaba encontrarlo vivo. Ahí mismo le mandé un mensaje a Carlos Reymundo Roberts, un amigo del diario. Me contestó a la tarde, que para él era la mañana, cuando ya me había despedido de Carlos y Esteban. Lo habían enterrado hace apenas unas semanas.

Envié la noticia a Carlos y Esteban por correo electrónico. Pero como la computadora de Esteban está escacharrada hace unos días, suponía que no lo habría recibido. Hablé luego con él para comunicarle la noticia. Los tres estamos convencidos de que estas coincidencias no lo son, así que rezamos una oración por Ángel Anaya, a quien no conocí pero ya siento por él algo más grande que la amistad.

Desayuno

Se puede viajar casi gratis. Solo es cuestión de facha. Lo difícil debe ser mantenerse más o menos aseado por el tiempo que dure. Lo probé en un hotel de cristal azul en una esquina del centro Miami una mañana de enero de 1994. Estaba aburrido y se me ocurrió que era el día para intentarlo. Entré como uno más y me senté en una mesa a desayunar lo más Pancho. Probé el buffet completo. Al salir dí cualquier número creíble y se acabó la historia. Se pasó también el vértigo de desayunar de polizón en un hotel cinco estrellas. Es la clave del experimento: cuantas más estrellas y más lujo, menos preguntas te hacen. Y el hotel tiene que ser grande además de bueno.

Malecón

Viajaba con tiempo desde el hotel Comodoro a La Habana vieja una mañana de diciembre, ya cerca de la Navidad. Me bajé del taxi en El Vedado, con la idea de caminar el resto del trayecto por el malecón, con el mar a mi izquierda y la ciudad a mi derecha. Andaba despreocupado por encima del borde de piedra. Miraba las casas desbaratadas y el mar, que ha ratos se acerca hasta el muro y a ratos se enmaraña en las piedras de la costa.

Hay gente siempre y por todos lados. No turistas: cubanos que parece que no tienen nada que hacer. También iban y venían por encima del muro o lo cruzaban para meterse en el mar o pescar algo en las rocas.

Debía creerme uno de ellos cuando se me puso a la par un moreno que parecía campeón de 100 metros llanos:

Tú no sabe loquéh una cubana aldiente n la cama.
No me interesa, le contesté.
Etonse tú quiele un cubano aldiente n la cama...

Volantero

Era un mestizo con nariz de águila y facha de jujeño o boliviano, pero hablaba bien porteño. Me ofreció -en Lavalle y Suipacha y a las diez de la mañana- un volantito con una chica mostrando sus tetas exuberantes.

Esta vez no me hice el desentendido: le dije que no me gustaba su trabajo para un traficante de personas.

-¿Tenés alguien que pague 130 pesos por día? me preguntó confianzudo y agregó: volanteo de día y soy portero de noche; trabajo las 24 horas.
-Pero te paga un traficante de personas... lo interrumpí moralista y con cara de Stieg Larson.
-No señor: a mi me paga la chica.
-¿Es esa? le pregunte mientras señalaba con el mentón su volante.
-¡Noooo! Estas son de internet.

Lexington

Me acordé que no había comprado nada para llevar a mi casa en el aeropuerto JFK de Nueva York. Llamaban a embarcar así que me apuré y elegí rápido unos chocolates Lindt, de esos que podría comprar en cualquier mercadito de aeropuerto del mundo. Cuando quise pagar descubrí que no tenía ni un dólar en el bolsillo y me acordé con vértigo que había tirado unos 3.000 en el hotel.

Esa mañana había comprado un saco de seersucker muy neoyorquino, a rayas celestes y blancas, en Brooks Brothers de la Quinta avenida. También en ese viaje y en plena convertibilidad -un peso un dólar- había comprado algunas otras cosillas de computadora por teléfono a una tienda virtual que te venden a tu abuela y te la mandan en cajas de buen cartón acondicionada en ñoquis de telgopor. Como la plata me molestaba en el bolsillo del pantalón puse el fajo en la bolsa de Brooks Brothers. Era el 24 de junio de 1995 y esa zona de la ciudad estaba revolucionada por la manifestación anual de los gays que le hacían pito catalán a la catedral de San Patricio rodeada de policías.

Los dólares habían quedado en el fondo de la bolsa que usé para tirar el resto de papeles y los ñoquis de spyrofoam que volaban por el cuarto o se pegaban a mi ropa en las escaramuzas de mi batalla contra la valija.

Después de pagar el hotel con tarjeta de crédito me fui caminando a Grand Central Terminal a tomar el ómnibus de alumnio que tenía contratado desde mi llegada unos días antes.

En el cuarto quedó la bolsa de Brooks Brothers con 30 retratos de Benjamín Franklin en el fondo, apilados y doblados al medio con prolijidad virginiana. Y yo en el aeropuerto con apenas unas moneditas y la urgencia de embarcar...

¡Moneditas!

Salí disparado a un teléfono y marqué el número del hotel tal como estaba en la factura. Me atendió un conserje al que le pedí hablar con el gerente. No sé con quién me dieron, pero le expliqué que estaba en sus manos y que solo quería avisarles que acabada de tirar 3.000 dólares en la habitación 314. "Hold down" me pidió, mientras el finger se comía la cola de American Airlines y la estática del teléfono me mordía la columna vertebral. "I found it" me dijo al volver, como si hubiera encontrado una alpargata abajo del ropero. Entonces me prometió que giraría esa plata con un cheque a mi dirección en Buenos Aires. No me acordaba de la cifra exacta así que le dije que se quedara con el diez por ciento. Colgué y me subí el último en el avión.

Tres meses después escribí al hotel por si se habían olvidado de mi giro. Me devolvieron copia del cheque por 2.700 dólares, ya cobrado hacia tiempo en un banco de Asunción del Paraguay. Alguien había firmado con mi nombre -y con una letra horrible- en el dorso del cheque y mi plata volvía a perderse, pero ahora en la picaresca sudamericana.

Cuando se lo conté al gerente del hotel, me dijo que no había ningún problema y que me mandaría otro cheque, pero para eso tenía que hacer una declaración en la que aseguraba que esa firma tan fea no era la mía. Me fui a la embajada en Buenos Aires y me puse en la cola de los affidavit. Firmé un juramento tremebundo en el que negaba mi rúbrica para que el banco de Asunción le devuelva mi mosca al banco de Nueva York y para que los del Lexington la recuperen y me la vuelvan a mandar...

¡Jamás!

"No me la mande señor gerente, que ya tendré ocasión de ir a Nueva York a pedírsela en propias manos" le reclamé angustiado en mi siguiente carta que por suerte llegó a tiempo.

Volví a Nueva York en agosto y en octubre de 1996 y ahora ya no recuerdo en cuál de esos viajes pasé de nuevo por el Lexington. Me habían avisado que el affidavit había resultado y que de nuevo tenían mi plata billete sobre billete. Me los entregó un sij con turbante y barba negra en un sobre que decía Taj Majal Hotels. La oficina estaba muy desordenada y llena de papeles por todos lados. Cuando le agradecí y le prometía alojarme siempre en ese hotel me contestó que no podía ser: usted llegó el último día del Lexington; desde mañana será Radisson.