2 de mayo de 2021

Pfizer

Buscando los motivos por los que no nos estamos aplicando la vacuna Pfizer en la Argentina llego a una conclusión tremenda: no la tenemos porque la empresa Pfizer es más poderosa que la República Argentina.
La historia es incierta porque el gobierno ha sido parco en dar información sobre el caso, probablemente por las contradicciones a las que lo sometió la cruda realidad. Lo que todos sabemos, porque lo dijeron ellos mismos, es que nos habían prometido decenas de millones de vacunas que nunca aparecieron porque el gobierno nacional se negó a conceder lo que Pfizer pedía a cambio. Y lo que pedía a cambio teníamos que buscarlo...

Según los más serios informes de prensa, Pfizer pedía inmunidad casi absoluta para su producto: no tener responsabilidad civil ni penal por ningún hipotético estrago que pudiera causar la vacuna. Pfizer no respondería ni en el caso de su propia negligencia, y la Argentina debía hacerse cargo del pago de todos los juicios que pudieran ocasionar las consecuencias adversas de la vacunación. Las cláusulas del contrato especificaban, además, que el estado argentino debía garantizar esa responsabilidad con sus bienes soberanos. Como es habitual, cualquier controversia debería dirimirse en la jurisdicción de los tribunales de Nueva York, donde Pfizer tiene sus cuarteles generales.

Después de prometer millones de vacunas y ante estas pretensiones de Pfizer, el gobierno argentino se negó a aceptar sus condiciones y nos quedamos sin las vacunas prometidas. Siguió entonces la aventura de conseguir vacunas en Rusia y en China, ya que las otras prometidas por AstraZeneca tuvieron problemas logísticos y siguen sin aparecer. Fue en este escenario que la Sputnik primero, y la Sinovac después, empezaron a llegar con cuentagotas. Hay una pregunta que queda latente: ante la emergencia... ¿no habría sido mejor aceptar las condiciones de Pfizer, traer las vacunas y después enfrentar las consecuencias como lo hemos hecho tantas veces? Al fin y al cabo, las condiciones son como el seguro: solo se cumplen si ocurre el accidente.

El punto está en otro lado. En el poder de las farmacéuticas, capaces de imponer condiciones a países soberanos y ganarles en las negociaciones. Y resulta que ese poder ha aumentado precisamente con la pandemia del Covid 19. Solo en Estados Unidos, hasta septiembre de 2020, quince laboratorios generaron más de 121 mil millones de dólares en valor de mercado. Entre enero y septiembre del año pasado, Pfizer había generado 20.000 millones de dólares de ganancias; Novavax 17.700 millones y Moderna 2.230 millones. La alemana BioNTech incrementó el valor de sus acciones en 88 % y las de la británica AstraZeneca subieron un 20 % en la bolsa de Londres. La firma Pfizer, que fue fundada en Estados Unidos en 1849 por Charles Pfizer, actualmente tiene un patrimonio de 170 mil millones de dólares.

Decía Alain Minc en La nueva edad media que nuestro mundo marcha hacia una época parecida a aquella en la que los caballeros templarios podían imponerse a un rey soberano, el poder estaba en los palacios y en los castillos, pero también y a veces mucho más, en los monasterios o en los bancos. Por momentos mandaba más un prestamista que un duque, un abad más que un rey y un conde más que el emperador.

Así es en todos los negocios, en las relaciones de poder entre países o personas físicas y jurídicas: cuando hay una negociación, siempre será difícil ganarle al más poderoso. Es la razón por la que los países chicos tienen los mejores diplomáticos: los grandes no los necesitan. Pfizer y el gobierno argentino están mostrando esa realidad. Y si seguimos por este camino, quizá la Tercera Guerra Mundial no se libre entre países sino entre laboratorios.

25 de abril de 2021

La gestión del disenso


Iñaki Gabilondo debe ser el periodista más conocido de España. Tiene 78 años y más de 50 de ejercicio de la profesión, sobre todo en radio. Muchos no conocen su aspecto pero todos los españoles reconocen su voz grave, vasca y profunda. En una entrevista, publicada hace unos días en el diario El País de Madrid, sorprendió diciendo que está empachado de la actualidad, que para hacer periodismo hay que tener fe, que él la está perdiendo y que por tanto renuncia a seguir comentando la realidad cotidiana. Le paso, textual, las razones que han hecho que Gabilondo se retire de actualidad:

"La política es la gestión del disenso, y el consenso es el punto final de un recorrido al que se llega o no, pero que se alcanza en algunas cosas donde establecemos lo que llamamos sentido común, el territorio compartido. Yo estaba perdiendo la fe al ver la imposibilidad de alcanzar puntos comunes en algo. Y empiezas a sentir una gran incomodidad personal al tener que salir todos los días a la palestra con un escepticismo excesivo. (...) He creído siempre que lo que hacía era algo no muy importante, pero que tenía alguna utilidad. Ahora, con las posiciones tan ultradeterminadas, defendidas de una forma teológica, como en las guerras de religión, acabas con la sensación de que lo que estás haciendo es inútil."

Por desgracia nos pasa seguido a los periodistas que tenemos que sumergirnos en la actualidad como en una cloaca. Y los que no salen asqueados es porque se sienten en la cloaca como en su casa (ya me entiende) o quizá se volvieron cínicos... pero los cínicos no sirven para este oficio, como dijo Ryszard Kapuściński, otro gran periodista, pero esta vez polaco.

Le oí decir una vez a Gabilondo que si llegaran los marcianos, al volver a su planeta nos como una especie que nace, se reproduce y pelea. Y es tal cual, porque desde Caín y Abel los humanos no paramos de pelearnos entre nosotros... y perdone que traiga a los hijos de Adán y Eva: lo hago porque hay una explicación judeocristiana de esa maldición.

La historia de la humanidad es la historia de sus luchas y también de los ensayos denodados –casi siempre estériles– de convivir pacíficamente. Así nacieron las leyes, la democracia, el sistema republicano, la división de poderes, el federalismo, las Naciones Unidas, la Unión Europea... todos intentos de vivir en paz los que pensamos distinto, ya que está claro que eso no va a dejar de pasar. Es que sabemos que donde hay dos personas habrá dos posiciones diferentes; y cuando hay cuatro, las ideas serán dos contra dos y dentro de cada pareja también uno contra uno; y así podemos multiplicar y multiplicar con el mismo resultado hasta llegar a los 7.700 millones de personas que piensan distinto y habitan hoy el planeta que tienen perplejos a los marcianos.

El diario –los medios en general– están repletos de esas diferencias y también de la violencia empleada para terminarlas por la vía contundente. En ese sentido, el periodismo no hace más que mostrar la realidad, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo; al contrario: nada ha contribuido más a la paz que informar sobre las batallas de la humanidad, por eso quienes lucran con las guerras lo primero que hacen es censurar al periodismo para que nadie se entere de los horrores que producen.

La humanidad debe aprender a convivir en paz o estará perdida. Decía que estamos en eso desde Caín y Abel, pero ha habido momentos de grandes progresos y otros de notables retrocesos y todo pareciera indicar que nos está tocando uno para abajo. Es cierto que la división es una forma de construir poder; pero mucho mejor, más sensato y productivo, es hacerlo desde la unión porque en toda pelea aunque parece que gana uno, pierden los dos. Desde los dos lados de la grieta tenemos que salir de esas posiciones ultradeterminadas que le preocupan a Gabilondo. Para eso tenemos que reconocer fortalezas en el pensamiento ajeno y ceder un poco en el propio.

18 de abril de 2021

El inestimable valor de la vida


Dos amigos, uno de 19 y otro de 20 años, protagonizaron esta semana un hecho que tuvo conmovida a la ciudad de Posadas. Todo el mundo conoce lo que pasó, por lo que no vale la pena abundar en detalles, ni suponer emociones, ni aventurar móviles. Basta con decir que se trató de una violenta agresión de uno al otro, al parecer con toda la intención de matarlo, figura penal que hoy enmarca la causa abierta a raíz del hecho. 

Tampoco pretendo juzgar a los protagonistas: no es esa, ni de lejos, la misión del periodismo. Solo quiero llamar la atención sobre una realidad de nuestra cultura colectiva que sale a la luz en hechos como este: el escaso apego a la vida. Quiero decir que ante muchos acontecimientos como el de esta semana, y en todos los niveles de nuestra sociedad, aparece la vida como una moneda barata que se puede cambiar por unas emociones o que se puede perder sin demasiadas consecuencias.

La vida es un bien superior, esencial para todo lo demás. Solo debemos poner por encima de ella el llamado de la Patria para defender nuestra independencia, pero nada más. Sin vida no hay amor, ni sueños, ni trabajo, ni futuro, ni felicidad... por lo menos en este mundo. Y para los que tenemos fe, la vida es el don esencial de Dios, sobre el que los hombres no tenemos ningún derecho. Además, sin vida no hay posibilidad alguna de merecer el premio de la Vida que empieza con la muerte.

Pero también sorprende la falta de aprecio a las consecuencias del delito, como si no bastara con la educación elemental o con lo que enseñan los medios de comunicación, que quizá –ahora que lo pienso– puede que sea insuficiente o equivocada. No se entiende que una persona cometa un homicidio para disfrutar no se sabe de qué beneficios de ese crimen. Quizá sea solo la venganza no importa a qué precio... pero de qué venganza me hablan si el disfrute es arruinarse para siempre la propia vida y posiblemente la de toda la familia. Sin embargo, diera la impresión de que, para quienes cometen esos delitos, quitar la vida tendría las mismas consecuencias que tomarse un vaso de agua. Sí que las tiene y son tan terribles que ya no se vuelve de ese lugar, no solo psicológicamente sino también en las consecuencias tremendas, que todavía no son nada comparadas con la falta de libertad que la justicia tiene preparada para los que los cometen.

Es probable que la generación del que esto escribe haya fallado en transmitir a sus hijos o a sus nietos el valor inestimable de la vida. O puede que ese mismo valor intangible sea difícil de entender en la generación acostumbrada a la virtualidad de las pantallas. Más escalofríos causa pensar en los femicidios o en cualquier delito relacionado con las diferencias entre los sexos. Nadie, ni siquiera el estado, tiene derecho a castigar a nadie, por ningún motivo... ¿pero alguien piensa que el amor puede convertirse en odio hasta el grado de acabar con la vida de la persona amada? ¿puede ser que una persona, por más adolescente que sea, piense que puede arrebatarle a otra su novia terminando con su vida? ¿para qué?

Es tan desproporcionada la diferencia entre el mal causado comparado con cualquier vida humana, que hay que concluir que estamos haciendo algo mal colectivamente, como sociedad. Es preciso cambiar antes de que terminemos matándonos unos a otros por naderías. Y no se crea que estamos tan lejos...

11 de abril de 2021

La información como remedio

Es imposible saber con precisión cuánta gente se llevó la Peste Negra del siglo XIV: en esas épocas nadie contaba ni a los vivos ni a los muertos y mucho menos se les ocurría proyectar curvas de infectados y compararlas para ver a quién le iba mejor y a quién peor... Dicen los historiadores que fueron entre 75 y 200 millones: pongamos, redondeando para abajo, que entre los años 1345 y 1355 murió la mitad de los habitantes de Europa por la Peste Negra.

En 1918, otros o los mismos historiadores, calculan que fueron 50 millones los muertos en todo el mundo por la mal llamada Gripe Española. Ya se sabe que la gripe había llegado a Europa llevada por soldados norteamericanos que viajaron a finiquitar la Primera Guerra Mundial. Esos soldados causaron más muertes por la peste que por las armas y fue la censura la que confundió los muertos de la guerra con los del virus y también la que le dio el adjetivo de española, porque por no estar España en la guerra, nadie censuraba a sus periódicos, que sí informaban sobre la gripe, así que la humanidad entendió que esa peste era cosa de España y de los españoles.

La buena noticia es que en 100 años hemos avanzado lo suficiente como para que una gripe de la misma naturaleza haya causado hasta ayer casi tres millones de muertes en todo el mundo: el 0,04 % de sus habitantes totales. Parecen muchísimas para nuestra sensibilidad, pero tenga en cuenta que en 1918 la población del mundo era de 1.825 millones, así que los muertos fueron el 2,7 % de la población mundial.

Si no cuento mal, la humanidad ya ha conseguido fabricar unas doce vacunas contra el virus del covid, de las que se están administrando nueve o diez. En unos meses habrá de todas las marcas y nacionalidades, se podrán comprar como genioles y nos las pondrán todos los años como pasa hoy con los planes de vacunación contra la gripe o la neumonía (haga el favor de ponérselas en cuanto lleguen). Todo bien con las vacunas, pero del mismo modo que lo que disparó la Gripe Española fue la desinformación, hasta ahora lo que paró los efectos del coronavirus fue la información.

Siempre es así y cada año que pasa estamos mejor gracias a que sabemos más, a pesar de lo que digan los hermeneutas del fin del mundo. Cada nueva pandemia será más fácil de combatir si nos dejan informar a la gente lo que tiene que hacer, desde no darse la mano hasta donde hay que ir a vacunarse. Fíjese lo que Giovanni Boccaccio –algo así como un periodista de aquella época– escribía en 1348: “Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que la tocaba”. Lástima que en aquella época muy pocos sabían leer...
Viendo televisión, oyendo la radio, leyendo el diario, buscando información en las redes sociales o en internet... aprendimos todo lo que hay que hacer para no contagiarse. Todavía en todo el mundo los gobernantes y las autoridades sanitarias llaman a conferencias de prensa para dar noticias y recomendaciones a sus ciudadanos. Señal clarísima de la necesidad del periodismo que con su sello certifica la verdad en un mundo cada vez más embarrado por la mentira.

Antes de que lleguen las vacunas, solo con información conseguimos reducir la mortandad en unos 200 millones de personas. La información es un derecho y por eso también es un deber, pero también un buen remedio.

4 de abril de 2021

La única elección que importa

El 6 de agosto de 1890, a los 44 años, Carlos Pellegrini sucedió en la presidencia de la República a Miguel Juárez Celman, después de su renuncia tras la Revolución del Parque. Mientras el presidente se escapaba a su estancia cerca de Arrecifes, Pellegrini, al mando de las tropas y a caballo, sofocó la Revolución que tuvo por epicentro el Parque de Artillería, en las manzanas que hoy son plazas desde la avenida Córdoba a la calle Lavalle entre Libertad y Talcahuano, de Buenos Aires.

Al renunciar Juárez Celman, Pellegrini asumió la presidencia de la Nación hasta el fin de su mandato. Pellegrini había sido el vicepresidente de la desastrosa gestión de Juárez Celman: el peso perdió valor frente al oro, la bolsa se fue al tacho, quebraron muchas empresas y aumentó una barbaridad el costo de la vida. En dos años y tres meses, Pellegrini arregló el país y entregó el poder a Luis Sáenz Peña el 12 de octubre de 1892. 
  

Los revolucionarios que se llevaron puesto a Juárez Celman hoy son ciudades y avenidas de todo el país: Leandro N. Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen... Y Carlos Pellegrini compite en monumentos con ellos y con Sarmiento o Roca, mientras que solo una estación perdida en el norte de la provincia de Córdoba se llama Juárez Celman, así, sin nombre de pila, quizá para provocar la confusión con su hermano mayor, Marcos, que fue gobernador de Córdoba y le dio su nombre –ahora sin Celman, para que tampoco lo confundan– a una linda y pujante ciudad en el sur de su provincia.

Pellegrini redujo el gasto, bajó la inflación, pagó las deudas… hizo el ajuste. Pero lo que quiero resaltar no es nada de eso sino los dos años, tres meses y seis días que duró su gobierno y que le sobraron para arreglar el desbarajuste. No le interesaba ningún otro resultado que el bien de la Patria... o quizá su propia autoestima. Tomó las medidas que había que tomar, sin vueltas ni lloriqueos. Pidió plata a propios y extraños, canceló deudas y no le mezquinó el culo a la jeringa. Pero hay una condición que quizá no tengamos en cuenta cuando ponemos a Carlos Pellegrini entre nuestros grandes presidentes: no lo condicionó nunca su reelección porque en aquellos años había un solo período de seis años sin ninguna posibilidad de reelección inmediata.

La presidencia de Carlos Pellegrini enseña que hay que trabajar duro para cumplir las metas, pero sobre todo que no hay que preocuparse por las elecciones que vienen, porque las únicas que realmente importan son las que te eligieron y te dieron mandato para hacer lo que prometiste. No importan las encuestas, los consejos de los consultores ni la retórica de la oposición.

Nunca hay que dejar para un hipotético segundo periodo el cumplimiento del mandato del pueblo. Una, porque no se sabe si llegará. Y dos, porque para que llegue, siempre lo mejor es hacer de tripas corazón y abocarse a lo que hay que hacer. No alcanza con instalarse en la Casa Rosada para que ocurra por arte de magia todo lo se prometió. Las cosas no funcionan así: hay que empujarlas con constancia y mucha fuerza para que ocurran.

Pellegrini nos enseña hoy que los presidentes tienen que inmolarse sin pensar en su reelección. Lo paradójico es que esa es le mejor manera de ser reelegido.

28 de marzo de 2021

Día de la Memoria


El 24 de marzo de 1976 un golpe militar derrocó al gobierno de Isabel Martínez de Perón. Los que recordamos aquellos años, sabemos que fue el golpe más anunciado de los que conocimos. Algunos sabían hasta el día y la hora.

Todo golpe que altera el orden constitucional es ilegal e injustificable. Lo digo por las dudas, porque en la Argentina hubo por lo menos un par que no lo alteraron: el de 1890 y el de 2001. Pero el golpe de 1975, además de ser ilegal, redobló la violencia del estado que ya traía el gobierno democrático en contra de la subversión. Sería largo y es estéril discutir sobre la calidad de esa violencia o sobre el número de los muertos y desaparecidos, que están muy claros para los que cuentan de verdad. Digo esto porque el redondeo malbarata su sacrificio y también la culpabilidad de los que mataron.

Hay otra discusión pendiente en nuestra historia que es la del partido militar, que fue refugio de la derecha durante decenios y también su modo de alternarse en el poder. Para llegar al gobierno usaron un método ilegal e ilegítimo, que también los anestesió políticamente. Deberían haberlo intentado desde un partido o en las filas de los que ya existían. Supongo que fue la ambición la que los llevó a aliarse con quienes tomaban el poder por la fuerza y necesitaban de un staff civil para gobernar. También hay que suponer que por fin eso parece estar solucionado, que ya no habrá golpes y que la alternancia en el poder será siempre democrática. Ahora falta que sea republicana: que unos y otros, al llegar al poder, respeten en pensamiento de quienes resulten minoría...

Hace tiempo que desde esta columna insisto en que es preciso que los argentinos dejemos de pelear. Por eso me preocupa que el recuerdo del golpe de 1976 se haya convertido en la reivindicación de la lucha de unos sobre los otros. Así como vamos, con el correr de los años, cada nuevo gobierno aprovechará el feriado de la memoria para recordar solo lo que les conviene. El 24 de marzo no debería ser una excusa más para pelear sino para reconciliarnos los argentinos, y también para recordar que la violencia nunca es el camino.

Pedir castigo a los culpables no arregla nada, entre otras cosas porque ya están casi todos muertos, pero además porque lo prohíbe la Constitución Nacional en su artículo 18, cuando dice que las cárceles son para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas. Nadie en la Argentina está autorizado a castigar a otro, por más culpable que sea de los delitos más horrendos. Castigar es torturar, cebarse en el daño a los enemigos. La Constitución solo nos autoriza a encerrarlos si son peligrosos, pero nunca maltratar a nadie. Y tampoco permite la venganza.

Se me ocurre que el 24 de marzo ya no debería ser el día de la memoria sino el de la reconciliación de los argentinos. Un día para ir a la casa de alguien con quien nos hemos peleado y pedirle perdón. Un día para hacerle un lindo regalo a aquellos con quienes estuvimos un poco más pesados. Un día para tomar unas copas, pero no con los amigos sino con los enemigos. Un día para aprender de los que piensan distinto, que es la verdadera forma de aprender, porque de los que piensan igual solo recibiremos lisonjas. Un día, en fin, para reconocer nuestras faltas y perdonar las ajenas... Sé que requiere una humildad que quizá no tengamos, pero es imprescindible que los argentinos nos reconciliemos y para eso todos tenemos que ceder.

Para convivir sin pelearnos hay dos caminos: la humanidad ha intentado muchas veces el método de matar a los que piensan distinto, pero por ahí nos fue siempre como la mona. Ahora toca probar con el amor a los enemigos. Le aseguro que nos va a ir mucho mejor.

21 de marzo de 2021

Notre Dame de las Misiones

Usted habrá oído hablar de la catedral de Notre Dame: sin dudas la iglesia gótica más conocida de Europa. Está situada en el corazón mismo de París, en la isla de la Cité, la antigua Lutecia de los romanos. Su primera piedra ya cumplió 858 años, es decir que cuando Colón descubrió América tenía 329 y cuando Roque González andaba por estos pagos llevaba en pie más años de los que van desde las misiones a nuestros días. Para que se dé una idea de las dimensiones de Norte Dame, basta con recordar que en sus cinco naves cabían unas 9.000 personas en 1182, cuando ya prestaba servicios. Además, y como ocurre en muchas de estas antiguas catedrales europeas, se construyó sobre la anterior catedral románica, que antes fue basílica merovingia, antes templo romano dedicado a Júpiter y todavía antes lugar de ceremonias celtas... 


El 15 de abril de 2019 un incendio se llevó casi entero el techo de Notre Dame. El mundo se paró consternado para ver por televisión cómo se perdía un patrimonio de siglos y dio tiempo para ver en directo la caída de la aguja central –los franceses la llaman flèche– que coronaba el crucero de sus naves y que era un emblema de la antigua catedral desde la restauración de Viollet-le-Duc en el siglo XIX. El techo exterior de pizarra de la catedral se sostenía sobre un entramado de vigas de roble, que se apoyaban en los muros laterales, sostenidos a su vez por los arbotantes. Entre el techo interior y el exterior había un verdadero bosque de vigas de roble. Allí se originó el incendio, que todavía nadie sabe cómo fue.

Como muchas otras catedrales y monumentos de Europa, la de Notre Dame de París pasó por cantidad de reconstrucciones. Baste con recordar que sobrevivió a la Guerra de los Cien años en los siglos XIV y XV; Luis XIV la quiso más barroca que gótica; la Revolución Francesa la confiscó para depósito de alimentos y Napoleón Bonaparte la devolvió a la Iglesia y la decoró estilo imperio para su coronación el 2 de diciembre de 1804. A pesar de su historia, a nadie se le ocurrió la peregrina idea de dejar sin mantenimiento la catedral de Notre Dame, como a nadie se le ocurre dejarla sin techo después del incendio de 2019.

Muy rápido la comuna y el arzobispado de París se pusieron de acuerdo para reconstruir Notre Dame y hasta consiguieron los millones que hacen falta. Unos quieren volver a tener una iglesia emblemática de la cristiandad y otros pretenden recuperar el patrimonio que hace grande a París y la llena de turistas siempre que no haya pandemias. Por eso lanzaron un concurso de proyectos para su reconstrucción, que no debía consistir en volver al esplendor del siglo XIV sino instalarla en el XXI. Se presentaron más de 200 proyectos de 56 países y quienes ganaron fueron dos jovencísimos arquitectos chinos, ella y él, llamados Li Sibei y Cai Zeyu. 


Li y Cai basaron su proyecto en los latidos del corazón de París. El nuevo techo en forma de cruz latina será espejado y la nueva flèche proyectará al interior de la catedral las imágenes actuales de la ciudad, reflejadas en espejos como en un caleidoscopio. Además, encima de la flèche, y levitando con efectos magnéticos, se colocará una cápsula del tiempo que latirá como el corazón de París. La cápsula se abrirá cada 50 años para obtener sus registros de la historia de ese tiempo.

Podemos insistir con la idea de conservar las ruinas de las doce antiguas misiones jesuíticas, que cuanto más arruinadas, más ruinas son. O podemos reconstruir por lo menos una, para que se vea en todo su antiguo esplendor, pero con técnicas, materiales y conceptos modernos. Esa sería una reconstrucción cabal, que puede atraer millones de turistas a admirar la arquitectura de las antiguas misiones y también de la actual. Y a la vez, se conservaría –en serio y no a merced de las inclemencias del tiempo– nuestro incalculable patrimonio histórico.

Hasta ahora, y a la vista del estado de nuestras antiguas reducciones, si fueran misioneros los que decidieran sobre el futuro de la catedral de París, la habrían dejado sin techo...

14 de marzo de 2021

Reconstruir las misiones


Vuelvo a la carga con el tema de las misiones. Me refiero a los restos de las antiguas reducciones, que en algunos casos son escombros lisos y llanos y en otros son ruinas más o menos conservadas. Durante muchísimos años ocupamos el concepto de ruinas para referirnos a las antiguas reducciones, pero felizmente dejamos de usarlo y se lo sacó de casi toda la cartelería vial y también de los textos de los centros de interpretación. Escribía hace años, en este mismo espacio, que la provincia se llama Misiones y no Ruinas, y que por tanto había que rescatar el concepto de las misiones para referirnos a las antiguas reducciones jesuíticas que hoy jalonan el sur de la provincia.

Muy distinta suerte corrieron, después de la expulsión de los jesuitas en 1767 por orden de Carlos III, cada uno de los antiguos doce pueblos situados hoy en la provincia de Misiones. La mayoría fueron abandonados cuando los aborígenes volvieron a la selva. Luego, cuando las cosas se calmaron, crecieron nuevos pueblos a la vera de la antigua reducción, de la que siguieron usando su iglesia o su cementerio, como en Loreto, Santa Ana o San Ignacio. En el caso de Concepción de la Sierra o de Apóstoles, las ciudades actuales están asentadas en la misma traza de la misión original y los antiguos edificios sirvieron de cantera para los que se construyeron encima: ni más ni menos de lo que ocurrió en Troya, en Jerusalén o en Roma.

A pesar del tiempo y de la naturaleza, algunas de las misiones han perdurado bastante completas y las podemos admirar. Es el caso de la iglesia de San Ignacio Miní, a cuya fábrica solo le falta parte del frontispicio y el techo. Es que los techos eran de madera y se perdieron en todos los casos, por no resistir los embates del cupi'i o del fuego y a veces también de los hombres, más ávidos de leña y de vigas que de pesadas piedras.

Solía explicar entonces, y lo vuelvo a hacer ahora, que edificios mucho más antiguos que admiramos en toda Europa, han sido reconstruidos después de cada guerra. Por eso hoy nos asombran palacios, castillos, monasterios, catedrales... como fueron en su esplendor, o mejor todavía, ya que cada reconstrucción agregó los progresos del nuevo siglo, como la luz, la calefacción o el agua corriente. También hay ruinas griegas y romanas en Europa, pero son mucho más antiguas y su reconstrucción ha sido imposible entre otras cosas porque también fueron cantera para nuevos edificios, pero los que se construyeron con sus piedras son tanto o más interesantes que los que produjeron los escombros de las invasiones bárbaras.

Hoy vuelvo a insistir en la necesidad de recrear por lo menos una de las antiguas misiones, tal como están sus contemporáneas de la Chiquitanía, en Bolivia: con sus iglesias como eran hace 300 años, pero no muertas sino vivas, con curas y misas, coros y orquestas de instrumentos originales, que es el mejor modo –el único diría– de conservar a pleno un edificio. La industria hotelera puede hacer otro tanto en los barrios de viviendas de las reducciones.

Todo se puede reconstruir aprovechando fondos del BID, de la Unesco, del Instituto de Cooperación Iberoamericana, de la Corona Española o quién sabe de qué institución cuyo remordimiento por la expulsión de los jesuitas quiera remediar el daño que les hicieron sus antepasados.

No es un gasto. Es una formidable inversión en turismo y en la autoestima de los misioneros. Puede llevar tiempo, pero hay que empezar de una vez, porque, como reza el sabio dicho popular, cuanto antes empecemos, antes terminaremos.

7 de marzo de 2021

Buena idea de un hotel de Iguazú


El Guaminí Misión es un hotel temático sobre las misiones jesuíticas, que pertenece al SUPARA (Sindicato Único del Personal de Aduana de la República Argentina). Si no lo conoce, pensará que es uno más. Pero no: está situado del otro lado de la mayoría de los más de 200 hoteles de Iguazú, sobre la costa del río Paraná y con vistas a ese río y a Paraguay. Pero lo sorprendente es que se trata de un hotel temático sobre las reducciones jesuíticas del Guayra, esos 30 pueblos que dan nombre a nuestra provincia y que además conforman una región supranacional que comprende el sur del Paraguay, el oeste del estado de Río Grande do Sul, el norte del Uruguay y el este de la provincia de Corrientes. Todo el hotel recrea una misión jesuítica: los huéspedes se alojan en las casas de la misión y la zona común de restaurantes y salones de eventos se sitúan en una construcción cuya fachada es la de una iglesia barroca, parecida a la de San Miguel en Brasil. Todo está en una escala perfecta, hasta la plaza de la misión y además el hotel tiene su propio museo interpretativo de las misiones.

Todavía no encontré la razón del nombre del hotel, que recuerda un pueblo y una laguna del oeste de la provincia de Buenos Aires, y aunque parece guaraní, es una deformación de la expresión mapuche wapi minú que significa isla adentro. Ya ve que no estoy haciendo publicidad de ese hotel; solo pretendo rescatar la excelente idea de sus propietarios. Algo que podría repetirse en algunas de las antiguas reducciones, del mismo modo que grandes y soñados hoteles del mundo aprovechan antiguos castillos, palacios, hospitales, monasterios, estancias... puestos en valor y conservados para todo el mundo gracias al turismo. Es el caso de los Paradores en España o del Palacio de Çırağan de Estambul, hoy explotado por la cadena Kempinski.

No es la primera vez que insisto en la necesidad de rescatar nuestra riquísima historia, única en la Argentina, que además de darle nombre e identidad a la provincia de Misiones, puede atraer gran cantidad del turismo que ya viene a admirar las cataratas del Iguazú.

En Misiones tenemos restos (sigo empeñado en no llamarlas ruinas) de doce de los treinta pueblos que formaron las antiguas Misiones del Guayra. De todas ellas, cuatro han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: San Ignacio Miní, Santa Ana, Loreto y Santa María la Mayor. La que está mejor conservada es la de San Ignacio, pero se puede comprobar el deterioro de otras por el abandono, que junto con el paso del tiempo, el avance de la vegetación y la falta de mantenimiento, las va reduciendo a escombros indescifrables. Es el caso de la antigua Misión de la Candelaria, que todavía pertenece a la Colonia Penal 17 de la Procuración Penitenciaria de la Nación.

El ejemplo del hotel Guaminí se suma al de las antiguas misiones de Chiquitos (en el este de Bolivia), que también pertenecieron a la provincia jesuítica del Paraguay y cuyas iglesias y plazas han sido puestas en valor y hoy se pueden apreciar tal como estaban entre los siglos XVI y XVIII. En el caso de Chiquitos, la iglesias se conservan porque están vivas, con sus curas y sus misas, pero además recrean en ellas, en grandes festivales bianuales, la música barroca extraordinaria que se produjo durante esos siglos en nuestra América.

Quizá sin saberlo el hotel Guaminí Misión paga parte de la deuda de la provincia con su historia, del mismo modo que lo hacen las fachadas de las dos estaciones de transferencia del transporte urbano de Posadas. Pero además son un acicate para reconstruir, como se hizo en Chiquitos, por lo menos una de nuestras antiguas misiones. Atraeríamos una inmensa cantidad de turismo interesado en admirar su belleza y también la gesta humanitaria y cristianizadora de la Compañía de Jesús en nuestra provincia, que por algo se llama Misiones.

28 de febrero de 2021

Todos somos Ginés

El Vacunatorio VIP del Ministerio de Salud mantuvo ocupada a la opinión pública esta semana que pasó, gracias, entre otras cosas, al fogoneo del periodismo enojado con el gobierno nacional. Visto así, sin pensar mucho, parece una contradicción que en un gobierno popular se vacune primero a los amigos del poder. Parece que también lo ve así el presidente, que se lo llevó puesto al ministro Ginés González García. No es mi intención juzgar ninguna de esas conductas –de las que tampoco conozco los pormenores– pero sí sacar un par de consecuencias del episodio.

González García debe ser un buen médico, un bocho, un capo en infectología y políticas sanitarias, pero ya no tenía edad ni presencia para dirigir un ministerio; mucho menos el de Salud y menos todavía desde que se desató la pandemia que requería un esfuerzo físico diario y sin descanso, en una persona de 75 años y con un claro un perfil de riesgo. De hecho, gran parte del trabajo lo hacía su segunda, la médica Carla Vizzoti que ahora ocupa el cargo de ministra y que anteayer anunció que había dado positivo de coronavirus.

Ahora a nadie le conviene reconocer una realidad tremenda de la argentinidad, quizá por estar ocupados en tirarse con todo lo que tienen desde los dos lados de la grieta, que por desgracia divide a los argentinos hace muchos años. El gobierno nacional ha dejado un flanco muy débil que la oposición está atacando con fuego a discreción; cosas de la política que algún día debemos superar unidos: hoy es urgente ocuparse de la salud del pueblo argentino y no de revolver errores para agrandarlos.

Nos guste o no, todavía somos así. Aprovechar los privilegios del poder para vacunarnos antes que los demás, es algo que –casi con seguridad– hubiéramos hecho todos. No es por malos, es por ventajeros y pasa desde la época de Pedro de Mendoza, pero estoy seguro de que los aborígenes que se encontraron los conquistadores también eran así y quién sabe hasta cuándo llegamos si nos internamos en los vericuetos de la historia.

Cuando era chico tuve que sacar la cédula de identidad en la Policía Federal. Como mi padre era funcionario nacional, fuimos con mi madre y mis hermanos al Departamento Central de la Policía Federal, que todavía ocupa una manzana en el barrio de Montserrat, en Buenos Aires. Cuando llegamos, nos acompañó un agente hasta la fila de los recomendados (por no decir acomodados). Lo curioso es que esa fila era bastante más nutrida que la de los que iban sin acomodo y hacían la cola del otro lado del salón. Para colmo, a los recomendados los atendía una sola persona en un lindo escritorio, mientras que los simples mortales tenían unas cuantas ventanillas a su disposición y terminaban su trámite mucho antes que los acomodados. Desde entonces siempre se me ocurre que va a pasar lo mismo cada vez que me toca usar un privilegio, así que tiendo a pasarme a la cola de los simples mortales, no porque no me atraigan los privilegios, sino porque los resultados pueden ser mejores.

Si podemos aprovecharnos de una situación de desigualdad, todos lo hacemos. Dicen que es lo que más se extraña del poder cuando se lo pierde: el auto con chofer, la sala VIP de los aeropuertos, la alfombra roja... o estacionar siempre en el mejor lugar. Mire en Posadas los carteles de estacionamiento para funcionarios de todo tipo: ocupan lugares que son de todos porque imponen esos privilegios que además son abusos de poder. Es la psicología del privilegio y es una de las razones por las que nos gusta el poder: para aprovecharnos de él.

Por si no se entendió... lo que quiero decir es que no nos hagamos tanto los escandalizados con el Vacunatorio VIP de Ginés porque todos somos como Ginés y sus amigos; y quizá lo que nos da bronca es no estar en esa lista de los acomodados.

21 de febrero de 2021

Paremos de pelear

Aunque usted no lo creo, la humanidad avanza; despacito y a los tumbos, pero avanza. A veces no nos damos cuenta porque nos toca la parte en la que vamos para abajo, pero el resultado final de los avances y retrocesos da un claro progreso hacia tiempos mejores. Y es una lástima que necesitemos hechos dolorosos para avanzar, porque pareciera que no hay otro camino para darnos cuenta de que las cosas deben cambiar. Como botón de muestra basta cualquiera de nuestras catástrofes –naturales o provocadas por el odio– que han motivado las mejoras en lo que había: fue el par de guerras mundiales del siglo pasado lo que hizo ver a los padres fundadores de la Unión Europea que para conseguir la paz en el viejo continente no había otra que unirse. Europa consiguió así el tiempo de paz más largo desde la Pax Romana.

Así es la larga historia del mundo: una lucha de nosotros contra nosotros mismos. Unas veces peleando hasta matarnos unos a otros y otras peleando para no pelear más. Tan seguros estamos de que es imposible no pelear que llegamos a establecer leyes para las guerras como las cuatro Convenciones de Ginebra que protegen a las víctimas de los conflictos armados... pero hace tiempo que buscamos el modo de matarnos menos, como el caso de la ordalía, que le dio al Cid el título de Campeador (campeón) o el pacto entre Bolívar y Canterac para enfrentarse solo con lanzas y sables en la batalla de Junín.

Sabemos que es casi inevitable que peleemos, por eso las leyes intentan minimizar los conflictos, pero sobre todo promover la convivencia. Si hace siglos el modo de terminar con las ideas contrarias era matar a todos los que las tenían, imagínese lo que hemos progresado hasta que un día inventamos la democracia representativa, cuya descripción más acertada es la convivencia pacífica de los que piensan distinto (otros la llaman democracia liberal, pero ese adjetivo se ha vuelto problemático entre nosotros). Baste con decir que el concepto de democracia incluye los derechos a la igualdad ante la ley, al debido proceso, a la propiedad privada, a la intimidad, a la libre expresión, a la libre asociación y al ejercicio del propio culto...  

A ese concepto completo de democracia se suma el de república, que incluye la limitación del poder en el tiempo y en el espacio, expresado en la división de poderes (por lo menos en ejecutivo, legislativo y judicial) y en el acotamiento de los periodos de los gobernantes, porque ya se sabe aquello del caballo del comisario... Según nuestra constitución, quien atente contra la división de poderes comete el delito de los infames traidores a la patria y si bien pone límites a la perpetuación, hemos aprendido a saltarnos esas vallas con triquiñuelas de todo tipo.

Los argentinos debemos aprender de una vez por todas que tenemos que ponernos de acuerdo en cosas tan elementales como estas, que para colmo están esculpidas en nuestra constitución pero rara vez las cumplimos porque seguimos entendiendo la democracia como la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías, expresado en la frase ya remanida del que dice que si no te gusta lo que mando, fundes un partido político y ganes las elecciones.

Los argentinos tenemos que dejar de pelear, y para eso es preciso que nos pongamos de acuerdo en los principios básicos de la democracia que queremos. Están todos en nuestra constitución: solo hay que cumplirlos, pero quizá requieran todavía de un proceso que nunca se llevó a cabo después de la reforma de 1994 y que está esperando por lo menos desde 1853. Si no lo hacemos, cada nuevo gobierno cambiará hasta los nombres de las calles y seguiremos dando tumbos en la historia, pero con resultado negativo.

14 de febrero de 2021

Pragmatismo político


El domingo pasado hubo elecciones generales en Ecuador. Se presentaron 16 candidatos a presidente y vice, algunos de ellos sin el soporte de un partido político orgánico, por lo menos en el sentido que en la Argentina conocemos a estas agrupaciones.

Cuatro candidatos se llevaron 87,51 % de los votos y el resto se distribuyó entre los doce restantes, de los que solo uno llegó al 2 % y siete no alcanzaron ni el 1 %. Todavía hay que contar voto por voto las mesas observadas, pero ya está súper claro el ganador: Andrés Arauz, con el 32,7 % de los votos. Lo siguen, cabeza a cabeza entre ellos, Guillermo Lasso y Yaku Pérez con el 19,74 % y el 19,38 % respectivamente; una diferencia de 33.656 votos: el típico empate técnico, que esta vez no involucra al primero pero tampoco lo deja tranquilo.

Arauz es el candidato de la coalición que cobija al llamado socialismo del siglo XXI, de Rafael Correa, quien fuera presidente del Ecuador durante más de diez años y hoy está prófugo de la justicia con una condena de prisión por cohecho agravado. Lasso es un banquero de Guayaquil –aliado esta vez con el Partido Social Cristiano– que enfrentó al actual presidente, Lenín Moreno, en las elecciones de 2017 y perdió por muy poco con serias sospechas de fraude. Pérez es el candidato de Pachakutik, el movimiento indígena, que por primera vez no va aliado con otra fuerza política, que solía ser la ganadora precisamente por el caudal de votos indígenas... y también fue más de una vez la causa de la caída del presidente al retirar su apoyo a la alianza gobernante.

Con estos números, Arauz tiene que revalidarse en las urnas el próximo 11 de abril contra quien resulte segundo en el conteo voto a voto, que esperan se conozca esta semana.

Los votos sumados del segundo y el tercero le ganan ampliamente al primero, así que se supone que el candidato de Rafael Correa esta vez no ganará la segunda vuelta si el segundo y el tercero deciden hacerle frente juntos; cosa que puede parecer bien curiosa porque se trataría de un pacto entre el movimiento indígena y un banquero de corte conservador, sostenido por la derecha ecuatoriana. Digo que puede parecer porque Yaku Pérez y Guillermo Lasso ya se aliaron en contra del candidato de Correa en la segunda vuelta de la elección de 2017. El viernes ambos candidatos se reunieron en la sede del Consejo Nacional Electoral y decidieron revisar una por una todas las actas electorales de la provincia de Guayas (Guayaquil) y el 50 % de otras 16 provincias de las 24 que tiene el país. El candidato ganador será el que digan los votos bien contados, pero todavía falta la reunión en el café de la esquina para saber si los une el amor o el espanto: pragmatismo político en estado puro.

Al que salió primero le convendría que el segundo y el tercero se peleen; y al segundo y el tercero les viene mejor pactar una alianza que les permita ganar juntos la segunda vuelta el 11 de abril. Para eso deben encontrar los puntos en común y olvidarse de algunas diferencias. Es cierto que los une el rechazo visceral a la Revolución Ciudadana de Correa, pero sobre todo, y como ha propuesto el candidato de Izquierda Democrática Xavier Hervas (el que salió cuarto con el 15,7 % de los votos), se trata de un pacto entre las fuerzas que el domingo pasado sumaron 55 % de los sufragios con el fin de salvar la democracia en el Ecuador. Pero para pactar hay que ceder; unos y otros tienen que encontrar la fórmula que los incluya en un proyecto común: un empresario conservador que gobierne orientado a los más necesitados y con una mirada decidida hacia los pueblos originarios.

Ya se sabe que los votos no son propiedad de nadie y que por tanto no se negocian ni se trasladan, así que habrá que esperar al 11 de abril, a ver qué decide el pueblo ecuatoriano. Mientras, podemos aprender la lección inesperada de pragmatismo político de sus candidatos.

7 de febrero de 2021

Cura más el afecto que los remedios


Lo descubrí hace años visitando a un amigo en una clínica española. Mientras lo acompañaba y charlábamos de bueyes perdidos, se hizo la hora de almorzar. Apareció entonces la camarera con un par de platos suculentos y una botella de tinto de la Rioja. Mientras reclamaba mi copa, pregunté si había algo que celebrar. Nada, me contestó la empleada, el señor no tiene ninguna indicación sobre lo que puede comer... y no dio más explicaciones.

A las explicaciones me las di yo cuando razoné que cura más una tortilla de papas con vino tinto que las zanahorias hervidas con agua tibia. Sé que el ajo o las cebollas tienen grandes propiedades curativas, pero no me refiero al remedio del cuerpo sino al del alma: después de la cercanía de los afectos no hay nada como una buena comida y una buena bebida para estar saludables, precisamente porque son una demostración de afecto. Por eso me preguntaba hace unos meses –en esta columna y ya en plena pandemia– si curan más los afectos o la soledad. Entonces la autoridad sanitaria nos había confinado a todos en nuestras casas y si aparecía algún enfermo se lo llevaban como a un leproso de la época de Jesucristo.

El aislamiento obligatorio nos había encerrado a todos en nuestras casas con la consiguiente imposibilidad de vernos los padres con sus hijos y los hijos con sus padres, los abuelos con sus nietos, los novios, los hermanos, los tíos, los sobrinos, los amigos... A medida que el confinamiento se fue flexibilizando, hemos podido encontrarnos con socios, compañeros de trabajo, colegas, clientes... y también con nuestros afectos más cercanos, pero para oírnos y vernos con los están más lejos, hemos tenido que recurrir a viajes estrambóticos o al locutorio carcelario de los sistemas disponibles en las redes.

Ahora, cuando han pasado ya casi once meses desde que se declaró la pandemia en el mundo, puedo sostener sin ningún complejo la afirmación del título, convencido de que la comida y la bebida son parte elemental de esos afectos, pero sobre todo son los afectos mismos los que necesitamos para fortalecer nuestra salud. Siempre ha sido así, siempre ha curado más cualquier enfermedad un caldo de pollo con nombre y apellido que diez blisters de remedios de todos los colores, no tanto por el caldo de pollo como por el cariño que significa.

He sido testigo de esto que ahora aseguro, pero es tan de sentido común que me atrevo a universalizarlo. Todos saben, pero especialmente los médicos, que no es una buena idea aislar a los pacientes, arrinconarlos lejos de sus afectos, no darles esperanzas ni mostrarles motivos para vivir, tengan la enfermedad que tengan. Y cuanta más edad, peor es.

Me retrucarán que hay enfermedades muy contagiosas, como el covid. Que esos contagios se transmiten por el aire y por todo lo que tocamos... Está bien, pero para demostrar el afecto no hace falta acercarse tanto, ni verse en lugares cerrados... además todos tenemos que comer y cuanto más rico mejor. Debe tener más resultados correr algunos riesgos de contagio que dejar a las personas aisladas y a su suerte en un hospital donde se corre tanto o más peligro que en cualquier reunión familiar.

31 de enero de 2021

Para unirnos tenemos que ceder


Desde la época de nuestra independencia, o quizá mucho antes, los argentinos nos hemos dividido en dos bandos. No me refiero específicamente al resultado de las elecciones sino a un esquema que divide a los argentinos en soluciones opuestas, muy opuestas, para definir el destino de país que queremos. Por un lado están los intervencionistas, los que quieren un estado omnipresente y paternalista que recauda de los que más tienen y distribuye entre los que menos. Del otro lado están que confían en la iniciativa de los ciudadanos, en un estado más chico y austero, y en el derrame de arriba para abajo. Los primeros sostienen que solo obligando a los más ricos a pagar impuestos y retenciones se podrá ayudar a los pobres, y los segundos creen que si hay más ricos habrá menos pobres porque la misma creación de riquezas redunda en beneficio de todos: más producción, más empleo, mejores sueldos. Los primeros acusan a los segundos de neoliberales y los segundos a los primeros de populistas. Las calificaciones cambiaron con la historia, desde la época de los realistas y los revolucionarios –cuando españoles éramos todos– pasando por unitarios y federales, personalistas y antipersonalistas, peronistas y antiperonistas... incluyendo largos años del siglo pasado en las dos facciones se refugiaron alternadamente en el partido militar.

No estoy juzgando el pasado: no tiene objeto ni utilidad, pero además siempre será injusto hacerlo con parámetros del presente. Tampoco la corrupción, que es transversal y está en todos lados por igual. Con los años todos sabemos que la realidad es gris: no están los puros de un lado y los impuros del otro, porque en este mundo el bien y el mal están mezclados hasta en el corazón de cada persona.

Pensar distinto no es una debilidad sino una gran fortaleza. Nuestra debilidad no es que haya dos posiciones a cada lado de la grieta sino que los dos bandos están empatados y el empate nos empantana hace ya muchos años. Dice Andrés Malamud que hay tres modos de salir del empate, probados con más o menos éxito en la historia de la humanidad:

1. La guerra civil. Unos matan a los otros y se desempata en el campo de batalla. Pasa más seguido de lo que pensamos y siempre hay una en algún lugar del mundo.

2. La intervención extranjera. Está un poco más en desuso, pero marcó a todo el siglo XX con resultados de lo más desparejos.

3. Arreglarnos entre nosotros. Está claro que hay que descartar las dos primeras y que esta es la que nos toca a nosotros. Se cita seguido el caso de España, que probó primero con la guerra civil en 1936 y luego con los pactos de la Moncloa en 1977.

Quienes fundaron nuestra patria lo tenían tan claro que establecieron en 1813 el lema de nuestra moneda –EN UNION Y LIBERTAD– como para que no pase un día sin leerlo. No se trata de uniformidad sino de unidad en la diversidad, que es la que enriquece a una sociedad. Y para eso hace falta una sola cosa: que ambos contendientes cedan un poco en sus convicciones, que aguanten hasta que se les pase el dolor de barriga que les pueda causar abrazarse a sus contendientes para reconstruir nuestra nación.

Tenemos que aprender de una buena vez a convivir, a abrazarnos para no pelearnos y también a perdonarnos. No hay otra salida para la Argentina que entendernos, ceder y dejar de pelear. No pensar que los otros son los malos sino encontrar lo que tienen de bueno. Las dos mitades unidas pueden hacer un país grande, como dos pulmones que respiran al mismo tiempo, o como dos bueyes que tiran del mismo carro.

24 de enero de 2021

Estudiantina y carnaval

Ya solo quedan dos meses para que demos la vuelta completa al calendario con la pandemia a cuestas. Hemos pasado pascua y navidad encerrados, pero no nos hemos librado todavía del carnaval. No digo del carnaval de cuatro días, que es como debe ser, sino del eterno carnaval argentino, que va más o menos desde navidad hasta pascua. Apenas se apagan las luces de los adornos de navidad, empiezan a flamear las plumas de los corsos que terminan ajadas y descoloridas casi en semana santa.

Todo depende de la luna, ya que es ella y no el sol quien rige las fechas del carnaval. Y según los datos del calendario lunar, este año el miércoles de ceniza cae el 17 de febrero porque el domingo de pascua cae el 4 de abril. Por eso este año el carnaval auténtico, el de verdad, toca del sábado 13 al martes 16 de febrero; ahí están los cuatro días locos, ni uno más ni uno menos, que es la esencia del carnaval: locura concentrada y no sobrecarga alargada y aburrida.

La culpa la tuvo una ley que borró de un plumazo los feriados del carnaval por unos cuantos años. Fue así como se perdieron en el almanaque esos cuatro días locos que había que pasar en medio del verano, porque nadie sabía cuándo empezaban ni cuándo terminaban. Se volvió una fiesta flotante en el calendario, sin principio ni final definidos. Ahora imagínese que pase lo mismo con la navidad: que alguien decrete que debe durar seis meses (no crea que estamos tan lejos de que se vote una cosa así). También podemos establecer desde ahora doce días de la madre por año, uno cada mes, seguros de que se lo merece. O empezamos a alargar las fiestas de los casamientos hasta que duren una semana entera... Estaríamos aguando la navidad, el día de la madre y también los casamientos... bueno y cualquier fiesta o juego que se alargue, porque todo tiene su tiempo, hasta la vida misma, tal como le retrucó Ulises a Calipso cuando quiso convertirlo en inmortal.

Algo parecido pasa con la estudiantina, la fiesta algo carnavalesca que entretiene a los secundarios de Posadas y de otras ciudades de la provincia entre julio y octubre. En 2020 se cumplieron 70 años desde la primera de todas, que desfiló por las calles del centro de Posadas el 21 de septiembre de 1950. Los memoriosos recuerdan que fue una sola noche y había tanto público que las carrozas no podían entrar en la plaza 9 de Julio. Empezó como un festejo del día del estudiante, que coincide con el de la primavera. Ese día no hay clases y los estudiantes lo celebran como más les guste. Todo bien, pero desde 1950 a nuestros días la estudiantina ha ido agregando días, himnos, ritmos, espectáculos, instrumentos y colegios. Cada tanto se agregan días de ensayos, desfiles, comparsas, shows... hasta ocupar gran parte del año lectivo: empieza cuando terminan la vacaciones de invierno y terminan un mes antes de que acaben las clases. Mucho mejor sería volver a concentrar la estudiantina en el 21 de septiembre y también volver a estudiar. Ganará en emoción, en diversión y también en impacto sobre la población, pero sobre todo enseñará a los estudiantes algo tan fundamental como aprovechar del tiempo en cosas más útiles para la vida que les espera.

Ogni bel gioco dura poco dice un refrán italiano que me recordaban ayer, parecido al ludus bonus non sit nimius de los romanos. Todo buen juego debe durar poco, porque cuando la diversión se alarga, se vuelve tediosa y pesada, agota a los protagonistas y también al público. Al paso que vamos, la estudiantina seguirá avanzando sobre el ciclo lectivo y aburrirá a todo el mundo, empezando por los mismos protagonistas; hace tiempo que hay mucho menos público que chicos en las comparsas.

Después no nos quejemos cuando al terminar la secundaria nuestros estudiantes sepan tocar el tambor y bailar lindos pasos, pero sean incapaces de aguantar el ritmo de estudio de cualquier universidad argentina.

17 de enero de 2021

El poder enloquece

En Gettysburg –estado de Pensilvania– se libró la batalla más sangrienta de la Guerra Civil estadounidense; duró tres días enteros, desde el 1 al 3 de julio de 1863 y las bajas entre muertos y heridos superaron los 52.000 hombres. Tres meses y medio después del combate, el presidente Abraham Lincoln inauguró en el mismo campo de batalla el cementerio de los que allí habían caído. Fue el 19 de noviembre de 1863 y ese día pronunció su discurso más conocido. Pocas palabras pero contundentes sobre la nación que se disponía a refundar, conocedor de que esa batalla había decidido la suerte de la guerra a su favor. Fue entonces cuando describió a la democracia como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Le copio la frase completa con la que terminaba el discurso, porque creo que hoy es tan necesaria como entonces: Somos los vivos quienes debemos abocarnos a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que de estos muertos a los que honramos extraigamos una mayor devoción a la causa por la que ellos dieron la mayor muestra de devoción: que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la Tierra.

Esta semana jurará el nuevo presidente de los Estados Unidos. Lo hará después de que el pasado 6 de enero una turba de locos partidarios del actual presidente intentaran tomar el edificio del Congreso para evitar la votación del colegio electoral que consagraría a Joe Biden como su 46º presidente. No lo lograron, pero fue un espectáculo propio de una república bananera y no de la democracia más antigua, poderosa y establecida del mundo. Parecía la caída de un imperio; es temprano para hacer esos juicios, pero permítame que haga unas consideraciones sobre la democracia y lo que dijo Abraham Lincoln hace 157 años.

Donald Trump fue el 45º presidente de los Estados Unidos... porque ganó las elecciones. Esa es la evidencia más certera de que la democracia no es solo elegir a las autoridades por el voto popular. Si las elecciones fueran el criterio absoluto de la democracia, estaríamos en serios problemas y no solo en los Estados Unidos. Lincoln lo dice a su modo, pero me gusta recalcar que la democracia es la convivencia pacífica de los que piensan distinto y no la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías.

Aristóteles llamó demagogia a ese virus que ataca a la democracia hasta degradarla completamente: una estrategia para alcanzar el poder político con apelaciones a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del pueblo, usados ganar apoyo popular a fuerza de retórica barata y propaganda cara.

Pero además hay que contar con que el poder enloquece y las pruebas están al canto en cualquier relación de poder, desde la más doméstica hasta la más encumbrada. En gran parte del mundo ganar las elecciones se ha vuelto una patente para abusar impunemente del pueblo, en lugar de ser una responsabilidad sagrada en servicio de todos los ciudadanos. Como toda regla, hay que admitir excepciones que la confirman: hay unos pocos gobernantes que se libran de la maldición.

No existían en la época de Aristóteles, ni en la de Lincoln, los medios de opinión pública que hoy permiten sabotear la democracia, eternizarse en el poder, discriminar a las minorías o propagar el extremismo. Urge, por eso, una nueva legislación para proteger a las democracias de los viejos vicios y también de los nuevos, pero sobre todo de los que se vuelven locos con el poder y se convierten de buenas a primeras en el Tirano Banderas.

Más provechoso que los debates obligatorios televisados entre los candidatos sería obligarlos a hacerse tests psicológicos en vivo y en directo. Sería, además, un espectáculo tremendo.

10 de enero de 2021

Corrupción de entrecasa


Entreverada en todas las encuestas, entre las principales preocupaciones de los argentinos aparece siempre la corrupción. Está entre la salud, la economía y la inseguridad. La corrupción se ha vuelto una señal de la argentinidad, un cromosoma de nuestro código genético que atraviesa todas las capas sociales y todas las posiciones del arco político. La corrupción puso en labios de dos presidentes uruguayos durísimas palabras sobre nosotros: el finado Alberto Batlle dijo un día que los argentinos somos una manga de ladrones del primero al último y Pepe Mujica nos trató de cagadores cuando le preguntaron sobre los argentinos que emigran al Uruguay para salvarse de pagar impuestos en la Argentina.

A nadie hay que explicarle qué es la corrupción porque todos tenemos naturalizado el término para aplicarlo a los funcionarios públicos que aprovechan el poder para robar todo lo que pueden. Bueno, pero déjeme aclararle que la corrupción aplicada a los funcionarios no es más que la metáfora de lo que ocurre en la naturaleza cuando las cosas se pudren. Podrido es sinónimo de corrupto, aunque la diferencia es grande cuando se trata de conductas humanas porque puede haber vuelta atrás, pero tenga en cuenta que, como tiene que ver con el camino de la vida, cada segundo que pasa uno corrompiéndose lo aleja más de esa vuelta atrás.

Como las frutas en la frutera, nadie se pudre de un día para el otro; en la corrupción se va cayendo como por un plano inclinado. Los corruptos se empiezan a pudrir con cosas chicas, quizá cuando todavía son menores de edad. Y no es siempre cosa de millones de dólares; la corrupción está también en los billetes del bolsillo, en el incumplimiento imperceptible de las leyes, en el asalto invisible a la góndola de un supermercado, en el mal ejemplo que damos a los más chicos...

¿Se cuela con una compra de más de 20 (o 16) unidades en las colas rápidas del supermercado? ¿Se alegra cuando la cajera le cobra de menos porque se olvidó de contabilizar uno de los productos que compró? ¿Se queda con el billete de más cuando alguien se equivoca en el vuelto? ¿Usa la bocina del auto para insultar? ¿Si hay peatones cruzando la calle por las líneas blancas, acelera y les dice que son unos imbéciles que no ven que está usted pasando con su autito? ¿Joroba a los demás con la luz de niebla a pleno día en lugar prender las de posición que son las que corresponden? ¿Se instala en el carril de la izquierda aunque vaya despacio, obligando a los demás a pasarlo por la derecha? ¿Maltrata a sus empleados o a sus compañeros de trabajo cuando está de mal humor? ¿Invade la vereda con su auto o con construcciones ilegales, molestando a los que pasan con todo derecho por la vereda? ¿Tapa la patente con una cinta roja para evitar las multas? ¿Usa el barbijo para protegerse la papada o abajo de la nariz? ¿Le miente a su mujer, a su marido, a sus hijos, a sus padres, a sus amigos? ¿Se friega en sus vecinos con ruidos molestos, invadiendo su propiedad, su descanso o su privacidad? ¿Cómo trata los lugares comunes de su edificio? ¿Cómo se comporta con los sitios públicos de la ciudad? ¿Usa la calle de basurero tirando desperdicios desde la ventanilla de su auto o desde donde decide desprenderse de lo que ya no le sirve?

Si se aprovecha de los demás cuando está en una situación de poder, aunque sea mínima o de poco tiempo, usted en un tirano en potencia: el día que le toque gobernar va a hacer lo mismo con los demás, así que mejor empiece ahora y no espere momentos que no sabe si van a llegar. Tenga en cuenta que dar ejemplo y ser honestos –con nosotros mismos y con los que nos rodean– es el mejor modo que tenemos todos de evitar la corrupción.

No sirve para nada quejarse de la corrupción ajena si no hacemos algo que está en la mano de todos para evitarla en cosas mínimas y cuando todavía es posible cambiar la realidad.

3 de enero de 2021

El progreso del egoísmo


Soy de los que cree que matar a cualquier persona es un delito y que hay vida desde la concepción hasta la muerte. No hay ninguna cuestión religiosa en esta afirmación, como tampoco la hay en una ley que establece que es delito envenenar a la suegra. Decidir si se puede matar a una persona que nos molesta no es una cuestión religiosa, como tampoco debería serlo saber desde cuándo hay vida.

Hay una vieja discusión entre naturalistas y positivistas, las dos bibliotecas que rigen toda la filosofía del derecho. Los positivistas sostienen que lo que no está en las leyes no es derecho, por tanto si la ley no dice que sea delito asaltar un banco, podemos salir mañana a intentarlo que nadie nos detendrá. Los naturalistas sostienen, en cambio, que antes que las leyes humanas está la naturaleza, que tiene sus propias leyes y son inmutables. Los positivistas dicen que primero está el derecho y después la vida conforme a ese derecho, y los naturalistas que el derecho no es más que la reglamentación de la vida misma. La tierra no es redonda ni plana porque lo diga una ley, pero lo mismo ocurre con la vida y con tantas cosas humanas: no solemos matar a nuestros semejantes porque lo prohibe la ley sino porque está en nuestra naturaleza y la ley lo confirma penalizando el homicidio.

El positivismo jurídico cayó en una terrible contradicción el día que Alemania Nazi decidió aniquilar a los judíos y cometer otras atrocidades que fueron todas perfectamente legales. Fue por eso que en 1945 los juicios de Nuremberg tuvieron que acudir al derecho natural para juzgar a los criminales de guerra. Algo analógico sucedió con la llamada obediencia debida en nuestro país: si nunca hay que obedecer una orden o una ley injustas es porque hay una Ley por encima de la ley.

Según el derecho positivo, a partir de la ley sancionada en la madrugada del pasado 30 de diciembre, en la Argentina ahora se podrá matar a una persona entre la concepción y las catorce semanas de su existencia, mientras que para el derecho natural matar a una persona en el vientre materno sigue siendo un delito aunque no haya penas para los homicidas. La Argentina se suma así al conjunto de países en los que durante unas semanas del embarazo se puede abortar a una criatura voluntariamente, porque a la ley le parece que la vida empieza más o menos en la semana 14ª. En otros países empieza en la 12ª, o en la 22ª o en la 24ª, según las cuentas y las circunstancias legisladas por el derecho positivo de cada jurisdicción.

La conexión entre la religión y el aborto no se da por ninguna ley de las religiones. Es que para el cristianismo (también para el judaísmo, el Islam y supongo que para todas las religiones del mundo), las leyes de la naturaleza son leyes de Dios y por tanto el hombre no tiene ninguna autoridad ni posibilidad de cambiarlas y si lo hace es solo una ficción de la ley. Coinciden los que no tienen religión o no creen en Dios pero también sostienen que la naturaleza tiene sus propias leyes que los hombres no podemos cambiar. Aunque establezca lo contrario una ley, el sol seguirá saliendo todos los días por el oriente, los mangos no dejarán de caerse del árbol cuando estén maduros y la vida seguirá empezando en el momento de la concepción, ni un segundo antes ni uno después.

La sanción de una ley que permite interrumpir voluntariamente el embarazo –por ejemplo de niños con síndrome de Down– no se debe a la evolución o decadencia del cristianismo ni de la Iglesia Católica sino a la decadencia de los individuos que componen el género humano, cada vez más preocupados por el propio bienestar y por descartar lo que les molesta. En ese sentido la ley del aborto es un progreso que nos pone más cerca de los países donde el egoísmo está más avanzado y también entre los que establecen esta indignante desigualdad ante la ley.

27 de diciembre de 2020

El protocolo del mate

En 2020 el protocolo invadió nuestras vidas, se metió en la cocina, en la mesa, en el baño y en la cama... impregnó nuestra cultura y nuestras rutinas hasta no dejar nada librado al azar. Ahora hay protocolo para el supermercado, para el colegio y la farmacia, para caminar por la costanera de Posadas, para ir al dentista, para tomar tereré y hasta para ir a misa. Protocoleamos todo el día... en casa, en el trabajo y en la calle. Si entramos en un bar nos aplican el protocolo. Si nos subimos a un colectivo, meta protocolo. Si encargamos empanadas, tomá protocolo. Nos protocolizaron hasta hartarnos. Y ya se sabe, porque así lo han demostrado una y otra vez los vaivenes de la historia, que la desprotocolización será terrible: tan fuerte vamos a rebotar para el otro lado que nos caeremos de la hamaca. Pase lo que pase en el futuro, quiero rescatar algunas cosas positivas de este año que vamos a recordar con muy poca nostalgia.

Comparado con 2019 este año no fue bueno para la venta de yerba mate quizá porque la prohibición de compartirlo haya hecho mermar su consumo. Pero ahora resulta que podemos tomar mate sin quemarnos por culpa de los cebadores con boca de amianto; elegimos la yerba que nos gusta en lugar de soportar la ajena; no nos encajan justo el remedio contrario al que necesitamos; no nos atosigan a cebadas ni nos dejan olvidados, así que tomamos la cantidad que queremos; dejamos de chupar el lápiz labial impregnado en la bombilla por la vecina de oficina... conté rápido cinco fortalezas del mate tomado como siempre lo hicieron los uruguayos, algo que por mucho tiempo pienso seguir exigiendo a mis contertulios cada vez que decidamos tomar unos mates.

Lo del mate puede parecer un chiste y me van a retrucar con la ceremonia del mate, con que hay que ser buena onda y compartir, a lo que les contesto que no tengo ningún problema en compartir el mate, pero prefiero que compartan la plata que tienen en el banco porque los billetes no contagian.

Hay otras novedades del año del Covid que vale la pena tener como fortalezas. Por ejemplo, se acabaron para siempre las reuniones de balde. Llegó el momento de recuperar ese tiempo perdido en reuniones tan inútiles como interminables. Quedará para siempre la posibilidad de asistir a distancia y hasta de intervenir si es necesario y también de anular la cámara si queremos descansar un rato. Además hemos perdido la vergüenza de vernos mientras hablamos por teléfono. Se ha acelerado el futuro de las comunicaciones; ahora sabemos de luces, de fondos, de volumen y de cómo convertir una habitación en estudio de TV. Casi todos, supongo, hemos estado en seminarios, talleres, juntadas familiares, brindis y hasta en asados, por tecnologías que permiten reuniones a distancia. Nada de eso ha terminado con las ganas de volver a vernos, pero creo que es un progreso notable de 2020.

¿Hay más datos positivos de este año? Claro que sí. Hay muchísimos, pero hay uno que sobresale: hemos aprendido en carne propia que la salud de los nuestros depende también de la propia salud; si yo no me contagio, no contagiaré a los más cercanos, por eso cuidarse es cuidarnos. Nos lo han dicho hasta el hartazgo en anuncios institucionales, en las presentaciones de las autoridades sanitarias y hasta en la publicidad de detergentes. Por eso en este tiempo de Navidad y de hacer buenos propósitos, quiero recordar que como todo lo que se pudre, también es contagiosa la corrupción. El mejor remedio, el que está más a mano de cada uno, es mantenernos sanos: no contagiarnos ni contagiar de esa peste que contamina a la Argentina y a toda nuestra América. Uno a uno, con resistencia y buen ejemplo, iremos venciendo este virus. Si evitamos contagiarnos, no contagiaremos a los demás. Y si alguna vez dimos positivo, es el momento de aislarnos hasta dar negativo en el hisopado de la honestidad. Ese es el protocolo que le deseo para 2021.

20 de diciembre de 2020

No se ganó Zamora en una hora


Resulta que en 1072, para arrebatarle la ciudad de Zamora a su hermana, Sancho II la sitió durante siete meses hasta que cayó en sus manos... bueno, no propiamente en las suyas porque él murió asesinado durante el asedio. Este Sancho fue el primer rey de Castilla, ya que hasta entonces era un condado de aquellos reinos que lucharon siglos por reconquistar la península de los moros invasores. Y desde entonces, cuando alguien dice que no se ganó Zamora en una hora está significando que hay que tener paciencia, que hay que esforzarse un rato largo y que para conseguir resultados hay que darle tiempo a las cosas, pero sobre todo a las personas.

No hay éxito sin esfuerzo. Pero por más empeño que se ponga, el esfuerzo se pierde si no va acompañado por la constancia. Todo el mundo sabe que los que triunfan en la vida no son los más inteligentes ni los que tienen más talento sino los que son más constantes en la búsqueda de resultados. Por desgracia la constancia debe ser la condición que más nos falta a los argentinos; por desgracia y quizá porque la bendición de la naturaleza nos ha convertido en un pueblo de resultados fáciles.

Se me ocurrían estos disparates a raíz del veto del Presidente al artículo 124 de la Ley de Presupuesto que establecía una zona aduanera especial para la provincia de Misiones. Esa medida hubiera permitido rebajar algunos impuestos para poner a Misiones en igualdad de condiciones con nuestros vecinos del otro lado de la larga frontera internacional que nos circunda y nos define. Precisamente esos eran los fundamentos de estas medidas, sin las cuales la provincia seguirá sufriendo una marginación injusta que ya se va volviendo histórica. Misiones está demasiado lejos del resto de la Argentina y demasiado cerca de Brasil y Paraguay.

El refrán de Sancho II nos advierte que el veto del presidente no hizo fracasar ninguna de estas pretensiones; solo las alargó en el tiempo. No salieron ahora, pero saldrán más adelante si seguimos insistiendo, con tenacidad y constancia. Hay que buscar los huecos, las fisuras, hay que volver una y otra vez, hay que cambiar de camino pero no de objetivo, hasta que se consiga. Y no hay que cansarse, porque... no se ganó Zamora en una hora.

Teresa de Ahumada diría que la paciencia todo lo alcanza y Jorge Bergoglio que el tiempo es superior al espacio, que lo importante es iniciar procesos: el tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad. (Evangelii Gaudium n. 224).

Hay otra frase hecha, muy usada en política. La escribió el Che Guevara al final de su carta de despedida a Fidel Castro, cuando se iba a luchar al Congo y abandonaba todos sus cargos en la isla. Fidel la leyó en público en el acto de creación del Comité Central del Partido Comunista Cubano el 3 de octubre de 1965, y dio a esa frase la entonación que hoy conocemos: hasta la victoria siempre. La frase ha quedado como el lema mundial de la resiliencia: sin importar lo que pase, a como dé lugar, no pararemos hasta conseguir la victoria. Ya se ve que en esto de la constancia coinciden Sancho II de Castilla, Santa Teresa de Jesús, el Che Guevara y el Papa Francisco.

El resultado será el que buscamos con la zona aduanera especial para Misiones si seguimos intentándolo, una y otra vez hasta conseguirlo. Este año ya parece que no va a ser, pero puede ser el que viene, o el siguiente, o el que sea, aunque cueste generaciones enteras. Si estamos convencidos de que es lo que la provincia necesita, no nos desanimemos ni abandonemos la pelea, que siempre se gana en el último segundo.

6 de diciembre de 2020

Tres Pumas y tres hijos de Noé

Desde 1996 a 2011 Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica disputaron el torneo Tres Naciones, la versión hemisferio sur del antiguo Cuatro Naciones europeo (hoy son seis). En 2012 se incorporó la selección argentina al Tri-Nations, que desde entonces se llamó The Rugby Championship. Solo por este año y a causa del coronavirus, el torneo volvió a su antiguo nombre porque no se presentó Sudáfrica. Se jugó en Sidney en onda burbuja y con partidos de ida y vuelta entre Nueva Zelanda, Australia y Argentina.

Ayer a la madrugada Los Pumas volvieron a empatar en el partido revancha contra el seleccionado de Australia (Wallabies) y quedaron entre Nueva Zelanda (All Blacks) y Australia, arañando la cima del mejor rugby del mundo. El capítulo épico de este torneo fue la victoria contundente de Los Pumas sobre los All Blacks por 25 a 15 durante nuestra madrugada del pasado 14 de noviembre. Cuando veo jugar a Los Pumas, pienso que deberíamos cambiar la camiseta de la selección de fútbol por la de rugby, a ver si con las rayas horizontales en lugar de las clásicas verticales y el yaguareté encima del corazón, a nuestros multimillonarios jugadores de fútbol se les calienta un poco el pechito frío que muestran cada vez que se presentan.

En medio de este torneo, y ante la mejor actuación en la historia del rugby argentino, un idiota divulga los tuits –escritos hace ocho años– de tres jugadores de Los Pumas. Dicen, para colmo, que es la devolución del aguado homenaje a Diego Maradona que hicieron Los Pumas en el partido revancha contra los All Blacks. Esos textos se publicaron en Twitter cuando los jugadores eran todavía adolescentes y son ofensivos contra las empleadas del hogar, los paraguayos, los bolivianos y hasta los judíos. Muy mal hecho, condenable, pésimo... la calificación que le quiera poner, pero no deja de ser un error cometido hace muchos años por adolescentes un poco imbéciles.

A ver ¿usted no dijo ninguna tontería cuando era adolescente? ¿no se arrepintió nunca de esas tonterías? Piense si no dijo una pavada condenable ayer o anteayer, o el año pasado, en un asado con amigos. Yo mismo puedo divulgar una larga lista de imbecilidades dichas por mis amigos –todos mayores de edad y hace menos de ocho años– en asados, paellas, casamientos, cumpleaños o cualquier excusa para una juntada en la que corra un poquito de alcohol. Todos dijimos cosas que no debíamos decir y el que afirme que nunca lo hizo que tire la primera piedra... Puede ser condenable decir una tontería, pero lo malo, lo realmente condenable, es no arrepentirse de haberlo hecho, de escribirlo en un tuit, que es la conversación de hoy en día.

En un alarde postizo de corrección política la Unión Argentina de Rugby (UAR) sancionó rápidamente a los tres jugadores que habían dicho esas estupideces hace ocho años. Con esa sanción los dirigentes de la UAR dijeron que el rugby no sirve para nada; negaron que los excelente jugadores que le habían ganado a los mejores del mundo fueran buenas personas precisamente gracias al rugby. Esos estúpidos adolescente que hace ocho años hacían chistes de mal gusto, ahora son capaces de ganarles a los All Blacks. Gracias al rugby son mejores personas, porque el rugby es una escuela de vida. Muchos deportes lo son, pero el rugby además involucra en su esencia el compañerismo y la amistad de propios y rivales, cosa que casi no se ve en otras disciplinas. Los dirigentes de la UAR mostraron que pueden ser tanto o más estúpidos que los chicos a quienes sancionaron sin razón en medio del mejor desempeño de su historia. Por suerte –y por las quejas agrias de todo el rugby argentino– se dieron cuenta de su error y levantaron la sanción. Aceptaron así que cuando uno se equivoca debe rectificar, como hicieron los jugadores sancionados.

Y sobre el homenaje a Maradona... ¿qué quiere que le diga? Si nos van a juzgar por la intensidad de los homenajes, es porque estamos llegando a un nivel de fascismo que espanta.
Pero hay un dilema del periodismo que preocupa hace muchos años. Es la conducta de los tres hijos de Noé. Le recuerdo esa historia, que usted mismo puede leer en el capítulo 9 del Génesis.

Además de ser el que salvó a todas las especies de animales junto con su familia del diluvio universal, Noé fue el inventor del vino. Un capo. La cosa fue así: después del diluvio y cuando estaban casi solos en este mundo, sembró vides que luego cosechó y comprobó que eran buenas para exprimir y hacer jugo, pero el jugo fermentó y salió alcohol, así que Noé se lo tomó sin conocer las consecuencias y se emborrachó. Caú como estaba, y porque haría calor, Noé se desnudó y se quedó dormido. Uno de sus tres hijos –el del medio, que se llamaba Cam– entró en la carpa y se encontró a su padre durmiendo la mona desnudo, así que salió a decírselo a sus hermanos para reírse con ellos de la desnudez de su padre. Pero los otros dos hermanos –Sem y Jafet– en lugar de reírse, se compadecieron de Noé y lo cubrieron con una capa.

Cuando la gente hace macanas como la de Noé... ¿cuál debe ser la actitud del periodismo? ¿hay que darlo a conocer y reírse de esas macanas o hay que taparlas con la piadosa capa de los buenos hijos de Noé? Aclaro que se trata de macanas como aquella borrachera; opiniones ligeras que se dicen sin pensar y que nos muestran tan duros y desnudos como Noé aquel mal día. La lista de esas posibles macanas es muy larga y también es borroso el límite en todas las cuestiones que tienen que ver con la opinión pública, pero creo que en la duda hay que estar a favor de la capa de Sem y Jafet, porque el periodismo no es para reírse de nadie.

El dilema de los hijos de Noé se aplica al episodio de los tres jugadores de la selección argentina de rugby que hace un par de semanas fueron sancionados porque un mal hijo de Noé difundió tuits ofensivos y condenables que esos rugbiers habían escrito hace más de ocho años. En lugar de actuar como Sem y Jafet, muchos periodistas replicaron aquellos insultos que escribieron estos pumas cuando no eran pumas ni conseguían salir de la edad del pavo. Así que lo que hicieron los periodistas fue repetir hasta el hartazgo unas imbecilidades dichas hace años en una conversación privada, que alguien hizo públicas con bastante maldad. Y si nos enteramos de esos insultos no fue por los rugbiers sino por algunos periodistas descuidados y –todo hay que decirlo– por varios mercenarios a sueldo de maniobras de distracción. Al difundirlos, repitieron los insultos hasta el agotamiento, y fueron ellos –mucho más que los tres rugbiers– quienes insultaron a las empleadas, a los judíos y a los bolivianos o paraguayos que quizá trabajan en sus propias casas. Ante estas situaciones, los periodistas deberían hacer lo que los otros dos hijos: cubrir con una piadosa capa la desnudez de esas personas y preservarlas del juicio injusto de la opinión pública.

Lo que ocurrió con Los Pumas ocurre muchas veces con otras personas a las que estigmatizamos por su condición. Si un panadero de Apóstoles estafa a sus clientes, no es estafador por ser panadero ni por ser apostoleño, pero si titulamos apostoleño estafador, aunque digamos una verdad, estamos cayendo sobre todos los de Apóstoles. Es una estigmatización injusta como lo es la de los rugbiers, los gendarmes, los militares, los políticos, los jueces, los diputados, los curas, los bolivianos, los gallegos, los ministros, los polacos, los gitanos, los judíos... y la lista es tan larga que llega a la noche de los crsitales rotos. Quiero decir que no es una buena idea decirle rugbier a un asesino, por más rugbier que sea, igual que no es buena idea hacerlo con cualquier colectivo humano como los que acabo de nombrar por llevar a una generalización mentirosa. Lo hacemos socialmente, pero en alguna medida es responsabilidad de los periodistas, que al fin y al cabo somos parte de esa sociedad. Y sobre todo lo hacemos cuando aireamos a los cuatro vientos las mismas barbaridades que censuramos.

29 de noviembre de 2020

Hidrantes de verdad


Las lluvias aplacaron los incendios forestales de esta semana, tanto que ayer casi no quedaban focos en toda la provincia. Fue la noticia principal del martes y del miércoles pasados, antes de que la muerte de Diego Armando Maradona copara toda la agenda informativa. Hasta entonces, las noticias daban cuenta de la fuerte escalada de incendios que se volvería alarmante si no llegaban las lluvias. Y gracias a Dios –en este caso no es ninguna alusión al Diego– la lluvia llegó el jueves, cuando había una docena de focos importantes en la provincia y algunos de ellos amenazaban viviendas que debieron ser evacuadas.

La sequía y el calor provocan estas tragedias en la selva y en las explotaciones forestales. Bueno... la sequía, el calor y algunos irresponsables, pero también los delincuentes que provocan los incendios para echarle la culpa del desmonte al viento norte. Confieso que nunca entendí la relación entre jugar con fuego y hacerse pis en la cama, pero era la amenaza que sufríamos los más grandes cuando éramos chicos: el que juega con fuego se hace pis en la cama. Supongo que ya no se usa en estos tiempos en que cualquier expresión que suene a amenaza puede terminar con los huesos del que la prorrumpió en el campo de concentración del INADI, pero quizá valga la pena correr ese riesgo si con eso conseguimos mantener a raya a los incendiarios.

Junto con el fuego aparecieron en las noticias los esfuerzos sobrehumanos de los bomberos, los guardaparques, la Policía, Defensa Civil y otras fuerzas vivas para controlarlo. Es imposible acercarse desde el nivel del suelo al calor infernal que irradia un bosque en llamas, así que no queda otra que circunscribir el fuego dando por perdida una parte que todavía no se quemó. Por eso, para luchar contra los incendios de bosques, además de los cortafuegos, se han mostrado muy eficaces los aviones hidrantes que descargan miles de litros de agua sobre los bosques en llamas. 


El Plan Provincial de Manejo del Fuego cuenta con dos aviones hidrantes y un vigía. El Servicio Nacional, por su parte, cuenta con unos 25 entre propios y contratados. Todos esos aviones son Dromedar o AirTractor, dos modelos de características muy similares, concebidos para tareas agrícolas y adaptados como aviones bomberos. Cargan entre 2.000 y 3.000 litros de agua, pero deben hacerlo en aeropuertos que no siempre están cerca de los incendios, y se llenan con mangueras, una tarea que puede llevar horas. En cambio los verdaderos aviones hidrantes son anfibios con capacidad para más de 6.000 litros; no necesitan aterrizar en un aeropuerto para abastecerse ya que lo hacen en espejos de agua, acuatizando y despegando sin detenerse y en pocos segundos, para volver al foco del incendio. El más popular de los hidrantes es el turbohélice Bombardier 415 (antiguamente de la compañía Canadair, basado en el exitoso modelo de hidroavión PBY Catalina). Como las vacunas contra el coronavirus, hay también un modelo ruso: el anfibio BE-200 Altair, un jet multipropósito con una versión hidrante de gran eficacia. 

Todo bien con el esfuerzo de personal y equipos para combatir el fuego. Supongo, además, que la estrategia es estudiada y obedece a una experiencia que no conocemos la mayoría de los mortales. Además de resaltar el trabajo heroico de los bomberos y de las fuerzas de seguridad afectadas a apagar los incendios, quiero volver sobre la necesidad de contar con aviones hidrantes anfibios, especialmente concebidos para este tipo de tareas. Los bosques y las explotaciones forestales de la provincia y de la Argentina se lo merecen. Contamos con muchísimos más espejos de agua que aeropuertos, lo que hace doblemente eficaz el trabajo de esos aparatos. Mejoraríamos la capacidad, pero sobre todo ganaríamos muchísimo tiempo, que en épocas de incendios se mide en millones por segundo.

Parece mejor idea que esperar a que llueva.