Mi amigo Fidel


Cuando éramos chicos decir Fidel era como decir Judas, Lucifer o el Hombre de la Bolsa: la empleada de mi casa decía que si nos portábamos mal iba a llamar a Fidel. Así crecimos, por lo menos todos los que en esa época éramos chicos, cuando Fidel tenía bastantes menos años que yo ahora. Fidel era el demonio en casa, pero también en el barrio, en el colegio, para amigos y parientes. Y si Fidel era el diablo, Cuba era el infierno. Había otros diablos menores, pero con esos no me voy a meter… solo digo que no teníamos la culpa de las broncas presentes y pasadas de nuestros padres y abuelos y tampoco de su propio imaginario. Y digo también que así crecimos, sin preguntarnos por qué; eso viene más tarde en la vida. Lo notable es que el tiempo pasó, murió medio mundo y Fidel los enterró a todos… La cara de antes se fue agrandando, se puso orejón, perdió pelo en la cabeza y en la barba y las manchas del tiempo se instalaron en su piel. Hasta que se volvió un viejito serio, metido en un inexplicable jogging Adidas, con el que habrá muerto en Black Friday, a la edad de mi padre, en su casa de Santiago de Cuba.

Mientras, nos hicimos amigos…

Bueno, cuando alguien muere aparecen los amigos íntimos que apenas lo vieron alguna vez de lejos. Seguro que ocurrirá ahora con Fidel, total no está él para desmentirlo. Por eso voy a contar las dos veces que estuve con mi amigo Fidel.

La primera fue en Guayaquil, Ecuador, apenas empezado el primer día de diciembre de 2002. Fidel viajó a Quito el 29 de noviembre a inaugurar la Capilla del Hombre del pintor Oswaldo Guayasamín que sí había sido su amigo. Al día siguiente se escapó a Guayaquil a cenar con León Febres-Cordero y a las 2 de la madrugada del 1 de diciembre partió a La Habana. A Guayasamín se le ocurrió la contradicción bestial de levantar una iglesia dedicada al ser humano y pintarla como si fuera la capilla sixtina. Digo contradicción porque si no crees en Dios es muy loco enojarte con Dios y también endiosar al hombre. Y León Febres-Cordero estaba en las antípodas políticas de Fidel, pero eran amigos quizá porque compartían la locura por el poder y seguramente también algunas cosas ricas de comer y beber. En aquel viaje apenas le dio tiempo a Fidel para saludar al presidente Gustavo Noboa, pero sí le alcanzó para pasar unas cuantas horas con su amigo León. Yo trabajaba entonces en el diario Expreso y me colé a hacer guardia hasta donde me dejaran llegar en El Cortijo, donde estaba la casa de LFC en la zona del Buijo. Debía ser más de la una de la madrugada cuando salieron a saludar y posar para los fotógrafos en la puerta de la casa. Castro estaba de traje azul y zapatillas negras y Febres-Cordero de cowboy y botas texanas de avestruz.

La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

Descubrí entonces que Fidel era un sofista hecho y derecho, como los de la antigua Grecia que condenaron a Sócrates: charlatanes eficaces por su retórica, pero no por sus contenidos.

Sus razonamientos llevaban siempre a la misma conclusión, tan falsa como la afirmación original. La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. No admitía preguntas ni aclaraciones, solo aplausos y vivas a una victoria que no llega nunca. Lo curioso es que al público le gustaba, quizá porque no hay pobreza como la ignorancia.

El sexo de los ángeles

Buscando en la Wikipedia el bolero Píntame angelitos negros, me entero de que está basado en una poesía mucho más cursi del venezolano Andrés Eloy Blanco, inspirada en el velorio de un negrito de su barrio. La música es del actor y compositor mexicano Manuel Álvarez Rentería, a quien llamaban Maciste, y fue muy popular en la época en que los boleros eran lo máximo. Píntame angelitos negros –o Angelitos negros– fue pionera entre las canciones que denuncian desigualdades. Pide la letra de la canción al pintor de santos que pinte ángeles negros, por lo menos tantos como blancos, porque “también se van al cielo todos los negritos buenos”.


Me acuerdo del bolero cada vez que ando por el popular santuario de Itatí –en el nordeste de la Argentina– y veo el fresco que rodea a la Virgen en su camarín. Abajo, en la tierra, unos indiecitos guaraníes rezan, cantan y tocan instrumentos musicales; y arriba, en el cielo, unos angelitos escandinavos rezan, cantan y tocan instrumentos musicales… Todo mal con el pintor italiano que pintó esta exageración, pero también es cierto que no debemos juzgar el pasado con categorías del presente. Para los latinos del sur de Europa los rubios del norte parecían ángeles, por eso son anglos y también ingleses.

Nadie sabe de qué color son los ángeles porque no tienen raza como los humanos. Tampoco son varones o mujeres y es una discusión necia la del sexo de los ángeles, tanto que se ha acuñado esa expresión para referirse a toda discusión inútil o innecesaria. De paso y ya que nos metimos con la basílica de Itatí, recuerdo que en muchas iglesias, por lo menos de la Argentina, era costumbre representar a los ángeles alternando sus túnicas, una rosa y otra celeste: uno varón y otro mujer. Al final era buena la queja del poeta venezolano a los prejuicios raciales de los artistas que suponen que es afeminado que te gusta el helado de frutilla. Estaría mejor vestir a los ángeles de comandos anfibios ya que hoy hay soldados varones y mujeres en todos los ejércitos del mundo, y para el caso da lo mismo vestirlos de chef o de carteros, porque resulta que los ángeles no tienen sexo, ni color, ni ropa, ni alas, ni cara ni nada que no sea espíritu.

Pero los seres humanos –el animal hombre– sí que tiene sexo y también raza. Somos hembras y machos, varones y mujeres, damas y caballeros, señoras y señores… Y viene a cuento la idea porque en estos días ocurrieron en la Argentina dos hechos relacionados con nuestra común semejanza y entretenida diferencia que me parece son como la discusión sobre el sexo de los ángeles. Uno fue la manifestación convocada por el colectivo Ni una menos, para repudiar toda violencia de género, que tuvo su epicentro en la Plaza de Mayo y correlato en casi todas las ciudades del país. La motivó el tenebroso femicidio de una chica en Mar del Plata. El otro fue la aprobación en el Senado de la Nación de la ley de paridad de género en las listas electorales, que con toda seguridad se convertirá en Ley de la Nación una vez que la apruebe la Cámara de Diputados.

Quiere decir que a partir de la efectiva sanción de la ley habrá que elegir en la Argentina igual cantidad de varones que de mujeres en las listas de candidatos; intercalados en las listas de las elecciones generales y como les guste ponerlos en las listas de las internas partidarias. Y hay proyectos en la Nación y en algunas provincias para establecer esos cupos en todos los cargos colegiados de sus poderes Ejecutivo y Judicial.

Ya está. Hemos llegado al 50/50 y con la Ley del Cupo en la Argentina hemos decidido discriminar por igual a varones y mujeres. Y no importa que el proyecto aprobado ponga en segundo término el principio constitucional de la idoneidad para ocupar cargos públicos y en primero a los órganos sexuales o los cromosomas que nos distinguen a varones y mujeres.

En nuestra era y en nuestra geografía, es indiscutible la diferencia natural entre hombres y mujeres y también su igualdad esencial. Por esa igualdad nos da lo mismo elegir a varones o mujeres para cualquier trabajo o cargo público y también para representarnos en las legislaturas. Imponerlo por las bravas es machismo, aunque sea femenino.

Premio Nobel


No me gustan los premios. Ninguno. Y lo que menos me gusta es que sea el premio lo que mueva a algunos. El amor propio y no la solidaridad, la superación; el amor a los semejantes, a un ideal o a la patria. Para colmo los que los ganan parecen los mejores, pero no: son apenas los mejores de los que se presentan al premio y el mismo hecho de presentarse los convierte en codiciosos. Los que sí los merecen, los buenos de verdad, no ganan premios porque jamás se presentan a los concursos: no tienen tiempo para esas pavadas.

Hay excepciones, pero muchos premios se ganan a fuerza de personas que influyen en los jurados, por plata nomás. Y hay premios-negocio, creados solo para dárselos al que paga buen billete. Hasta algunos hay tan aguados que todo el mundo los gana (en este caso es más barato, claro, pero al final el negocio es el mismo). Al final a los premiados les pasa lo que a los políticos descartables: se devalúan hasta desvanecerse en la nada, y así nos va.

Acepto que en el caso del Premio Nobel de Literatura tienen algo que ver los gustos y no entiendo cómo lo puede ganar alguien que no escriba en el castellano de nuestra América. No hay narrativa en todo el mundo como la iberoamericana contemporánea, pero el Nobel nos toca solo cada tanto porque parece que también hay que dárselo a un egipcio o un japonés, aunque escriban como la mona. A veces coinciden mis gustos, como este año con Bob Dylan, pero también hay que decir que Bob Dylan le venía mejor al Nobel que el Nobel a Bob Dylan.

Y para los políticos cualquier premio es un botín. Por eso me resulta un despropósito brutal el Premio Nobel de la Paz a las hasta ahora buenas intenciones de Juan Manuel Santos; y me dan unas ganas enormes de sospechar. Este año se lo merecían los White Helmets, los Cascos Blancos que llevan salvadas unas 20.000 vidas en Siria; o los rescatistas de la isla de Lesbos, en el mar Jónico; o una enfermera anónima del Hospital Madariaga, que seguro hizo más por la paz del mundo que Barack Obama o Henry Kissinger, que también lo ganaron.

Si de mí dependiera, le daría el premio Nobel de la Paz al que se le ocurrió mezclar gin con agua tónica: ha hecho mucho más por la felicidad del mundo que todos los políticos desde la época de Hammurabi a nuestros días.

Aeropuertos

Marc Augé es un antropólogo francés contemporáneo al que se le dio por llamar no-lugares a los sitios transitorios en los que nos relacionamos los seres humanos. Son no-lugares los hospitales, pero también las autopistas, los supermercados y sobre todo los aeropuertos. Resulta que a medida que pasan los años son más grandes, más anchos, más largos y más no-lugares. Se explica perfectamente que haya gente que viva en los aeropuertos, como en la película La Terminal de Steven Spielberg en la que Tom Hanks se convierte en un náufrago apátrida en un aeropuerto norteamericano. Pero la película es pura ficción basada en la historia real de un refugiado iraní que vivió 18 años en una sala de embarque de la Terminal 1 del aeropuerto Charles De Gaulle de París. Es que si hay no-lugares dentro de los no-lugares son las salas de embarque de los aeropuertos internacionales: la tierra de nadie entre migraciones y el resto del universo.


Hoy los grandes aeropuertos más que no-lugares son no-ciudades o no-países por el tamaño que tienen y sobre todo por la cantidad de habitantes permanentes y transitorios. El aeropuerto de Heathrow, en Londres, recibe unos 75 millones de pasajeros por año. Por el de Barajas (ahora se llama Adolfo Suárez pero sigue quedando en el pueblo de Barajas, en Madrid), pasaron 46 millones en 2015, pero es el único aeropuerto civil de Madrid, mientras que Londres tiene por lo menos cuatro si sumamos a London City, Gatwick y Luton.

La calificación de los aeropuertos debería basarse no en su tamaño, su tráfico o su cercanía. Lo que importa es que esté bien comunicado con la ciudad a la que sirve. Los de Londres tienen estaciones de tren adentro del aeropuerto. Por unas libras se llega en media hora y en trenes expresos a cualquiera de las grandes estaciones terminales de la ciudad que ya era grande hace cien años. Pero eso no es nada comparado con el Underground, que tiene tres estaciones en Heathrow, el más grande y transitado de los aeropuertos de Europa y del mundo. Desde cualquiera de las terminales de Heathrow y por lo que cuesta un pasaje de metro, los viajeros tienen acceso a la inmensa red de subterráneos de Londres.

También llegan el tren de cercanías y el metro de Madrid a las viejas terminales y a la alejada y supermoderna terminal 4 del Adolfo Suárez. La empresa que gestiona el aeropuerto ha inaugurado, además, una lanzadera que lleva y trae del centro de Madrid por cinco euros. Es un autobús vidriado, con wifi y lugar para sus maletas desde donde se puede dar el último adiós a la ciudad.

En los aeropuertos argentinos –y casi todos los sudamericanos, para qué nos vamos a engañar– cuando uno se baja del avión no llega a ningún sitio. Que Dios lo ampare en su soledad y también en la inseguridad que campa como un fantasma en nuestro continente y mucho más en cuanto hay un indefenso, que es lo que somos los pasajeros en los no-lugares de Marc Augé. Lo bueno es que en nuestros aeropuertos es solo un poco más improbable que alguien de Daesh –el Califato que mal llaman Isis– ponga una bomba. Aquí basta con transponer la puerta de salida para encontrarse con la nada. Si no lo han venido a buscar, no hay a dónde ir ni en qué ir y si quiere usar algo parecido al transporte público tiene que prever el doble de tiempo para irse de o para llegar a un sitio al que ya tiene que estar bastante antes si no quiere tener problemas, y todo para un vuelo que dura un poco más de una hora.

El Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires está incomunicado y rodeado de bandidos. El que tiene Sube puede tomarse un colectivo urbano de los tres que vienen de la Ciudad Universitaria y pasan por la Villa 31. También está el Arbus que todavía debe regentear algún camporista porque no lo lleva a ningún sitio, sale cuando quiere y es bastante caro. Cuando se pasan las puertas de salida aparece de repente el territorio comanche, siempre falto de luz, desordenado, sucio y dominado por mafias codiciosas de desprevenidos. Puertas corredizas anuladas con cintas de peligro le avisan lo que vendrá. Ezeiza es otro caso de ningún-lugar y tiene que rezar para que no le toque un piquete al llegar o salir. Y no le digo nada lo que se siente en aeropuertos del interior; en algunos da miedo salir de la zona de desembarque por el acoso al que lo someten los taxistas, remiseros, mangantes y otros ladrones de ocasión. Para colmo y para más susto, a la Policía de Seguridad Aeroportuaria se le ha dado por llenar los sitios neurálgicos de nuestros aeropuertos con pegotes de bandidos buscados por la policía o perdidos que la Justicia no encuentra por sus propios medios.


Tanta gente concentrada en los aeropuertos los ha convertido en blanco preferido de los yihadistas islámicos, esos guerreros fanatizados que han aparecido en el mundo civilizado para jorobarnos la paciencia a los viajeros. Y para colmo resulta que Bin Laden –o quien sea que haya sido el que usó aviones repletos de pasajeros para atentar contra las Torres Gemelas de Nueva York– les complicó la vida para siempre a los que andan perdidos por los aeropuertos una parte casi central de su vida.

Ya no sorprende que unos extraños de Londres inspeccionen con rayos equis todo lo que otros extraños -extrañísimos- llevan en las maletas, o metan las manos en bolsos ajenos -ajenísimos- y saquen al aire ropa interior usada como si fueran regalos de cumpleaños. Eso pasa hasta en el aeropuerto más pequeño, pero lo notable de Londres es que le hacen esas perrerías a cien millones de personas por año (si las cuentas no me fallan son 274.000 pasajeros por día).  “¿Qué busca?” le pregunté a un guardia civil de Barajas que me revisaba con una especie de papel que sostenía con unas pinzas. “Explosivos” me contestó como si me contara que llueve.

Cada nuevo viaje avisan que hay que estar más temprano en el aeropuerto y tienen razón porque hay que dedicarle tiempo a las vejaciones de la seguridad y también hay que prever que uno se pierde unas tres veces con el riesgo de subirse al avión equivocado. Tanto tiempo de espera ha convertido a esos no-lugares en bazares: tiendas de todo tipo que compiten para sacarles a unos exhaustos cautivos sus últimos billetes. Pero no son los únicos que hacen negocio. Desde el 11 de septiembre de 2001 la familia de Bin Laden o algún gerifalte de Isis debe ser el dueño de la fábrica de escaners de valijas y de todos los sistemas de seguridad que nos han complicado la vida a los pasajeros. No sé si son ellos, pero sí que tenían información para hacer ese negocio. Para colmo, si lo que quieren es incordiarnos la vida a cientos de millones de esforzados viajeros, los del Isis no necesitan ningún atentando más.


Dicen los que saben que los que viajan en avión son todavía un porcentaje muy bajo de la población mundial y también dicen que son siempre los mismos. Alguno se debe agregar al colectivo de viajeros y alguno también lo deja por muerte o por hartazgo. También es cierto que suben a ritmo parecido la cantidad de habitantes del planeta y los aviones en el aire. Eso de ser siempre los mismos es lo que provoca que las conversaciones de pasajeros empiecen un día y terminen el siguiente, cuando nos volvemos a encontrar en el mismo vuelo.

Fue en una de esas charlas del Club de los Viajeros que hablábamos, pasillo del avión por medio, sobre lo pequeño que se ha puesto el mundo gracias a los bajos precios del petróleo, que han abaratado los billetes internacionales de avión. El petróleo se encarece o se abarata por razones que nunca podemos explicar porque no las podemos saber pero sí suponer: casi siempre son estratégicas y relacionadas con la conveniencia coyuntural de Estados Unidos, de Gran Bretaña y de sus aliados en el Golfo Pérsico. Sea como sea resulta que hoy es bastante accesible largarse a recorrer el mundo. 

Y mientras se dispara la cantidad de los viajes también se multiplica la incomodidad. Hace 50 años se ponían la mejor ropa para viajar porque no era cuestión de aparecer así como así en el aeropuerto y menos entre los pasajeros; ellas producidas para la ocasión y ellos con saco y corbata. Además había lugar suficiente para cada uno con su humanidad a cuestas. Todos disfrutaban de buena comida y mejor bebida y las líneas aéreas competían por la amabilidad de sus azafatas pero sobre todo por su menú y su bodega. Los platos eran de porcelana, los vasos de cristal y los cubiertos de metal cortaban y pinchaban sin romperse como los de plasticurri berretongui de nuestros días.

Hoy los pasajeros de viajes largos compiten en mal gusto y los argentinos, además, en estridencia. Las azafatas desparraman fideos recalentados y tiran una cajita de cartón con galletitas en los vuelos cortos. Amarretean la gaseosa en vasitos de plástico, y no vaya a creer que la clase ejecutiva es mucho mejor. Los pasajeros somos cada vez más grandes y los asientos cada vez más chicos. Apenas se reclinan un par de grados y no hay espacio entre butacas para un fémur occidental. Solo un faquir consigue echar un sueñito sin clavarse una pastilla de las grandes de Dormicum. Los bolsos no caben en los portaequipajes y cada año reducen más los kilos permitidos para despachar en la bodega. Para colmo cobran el exceso en lugar de prohibirlo y así confiesan que es para sacarte plata y no porque el avión no aguante la carga. A eso se suman las mil perrerías que nos hacen para prevenir atentados que no pensamos cometer. Cualquiera de ellas sería suficiente para hacer desistir a una dama o un caballero de 1950, pero hoy aguantamos todas las incomodidades si nos aseguran que los aviones van a ser puntuales, que tampoco lo son, así que, para que no linchemos a las azafatas de mostrador nos engañan como en el jardín de infantes.

Kornelia Ender


Hace años -no crea que tantos- los Juegos Olímpicos eran cosa de alemanes y cubanos. Puede que la URSS y EEUU ganaran más medallas, pero eso no nos asombraba y además no era así por una cuestión de proporción entre sus campeones y la cantidad de habitantes de cada país. Si hacías las cuentas siempre estaba adelante la República Democrática Alemana, que todos llamábamos Alemania Oriental. Baste con recordar que en 1972 en Munich, los soviéticos se llevaron 99 medallas, los norteamericanos 94, los alemanes orientales 66 y los alemanes occidentales 40. Es decir que Alemania sumada ganó 106 de las que 33 fueron de oro.

Ese año apareció Kornelia Ender en la Olimpiada. Era una alemanita oriental de trece años que nadaba como un delfín. La nena ganó tres medallas de plata. En Montreal 1976, con 17 años, la rompió. En cinco años batió 27 récords mundiales. Pero cuando terminaron los Juegos de Montreal, Kornelia anunció su retiro para siempre de la natación. Dos años después, en 1978, se casó con el Rolls-Royce de la Natación, como le decían a Roland Matthes, medalla de oro indiscutida de estilo espalda en México 68 y Munich 72. Se divorció del Rolls-Royce en 1982 y poco después se casó con un decatleta llamado Steffen Grummt.

Grummt era un año más joven que Kornelia y cuando iba a competir en decatlón en los Juegos de 1984 en Los Ángeles, Alemania Oriental se adhirió al boicot de la URSS contra los Estados Unidos y no mandó representación. Aquel boicot fue una represalia por el que a su vez realizó Estados Unidos a la URSS en los Juegos de Moscú de 1980. Los boicots son armas de los políticos para jorobar a sus enemigos pero a los que friegan es a los atletas. La cuestión es que el marido de Kornelia se enojó y se pasó del agua líquida a la sólida; del estilo espalda al tobogán de hielo del bobsleigh; ese torpedo con dos o cuatro tripulantes que baja a toda velocidad por una montaña rusa de hielo. Quería ser olímpico como su novia y para eso era capaz de cambiar 180 grados para estar en los Juegos de Invierno de 1984 en Sarajevo.

Occidente sospechaba que en los países del otro lado de la Cortina de Acero hacían cosas raras con las hormonas o con drogas desconocidas. Fue imposible probarlo y tampoco se pudo sancionar a nadie ni retirar medallas o bajarlos del podio porque la competencia olímpica es por países y Alemania Oriental dejó de existir en 1989.

Cuando después de la Olimpíada de Montreal Kornelia desapareció del mapa con toda la gloria y sus 17 años, muchos pensaron que se escondía en la profundidad hermética de Alemania Oriental para que no la investigaran. Pero siempre preferí creer que desapareció para que nadie intente hacer experimentos con su juventud magnífica. Kornelia hubiera ganado más medallas que Michael Phelbs de haber seguido nadando en los juegos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984. En Seúl 1988, al terminarse la estupidez del boicot recíproco, Kornelia Ender tenía 30 años. Phelbs tiene 31.

Hoy Kornelia tiene 57 y debe ser una señora cualquiera de alguna ciudad alemana. Ojalá la vida no le hayan jugado una mala pasada y sea una mujer feliz, rodeada de presente y futuro, pero con el recuerdo imborrable de aquellos años olímpicos en los que fue la estrella que nos enamoró cuando éramos adolescentes.

Doscientos años no es nada

El 9 de julio de 1816, en una tarde soleada de martes en San Miguel del Tucumán, 29 congresales que representaban a las ciudades más importantes del Virreinato del Río de la Plata declararon la independencia de una cosa que llamaron Provincias-Unidas en Sud-América. Cinco congresales faltaron por distintas razones y esa cosa que crearon no tenía ni presidente ni rey ni nada. Uno de ellos se había rajado a Buenos Aires a tomar el poder como director supremo de las Provincias-Unidas. El Acta de la Independencia se perdió y solo se conserva una copia que escribió de memoria un diputado por Charcas, la ciudad que hoy se llama Sucre y de argentina no tiene un pelo.


La independencia fue el paso definitivo de la revolución que había empezado el 25 de mayo de 1810 cuando los mismos próceres echaron al virrey y se dieron un gobierno propio. Pero como en toda América, el viejo virreinato se tomó unos cuantos años con sus guerras para encontrar la geografía política actual de la República Argentina.

Doscientos años es mucho para una vida, pero no es nada para un país. A los argentinos todavía no nos alcanzó para salir de nuestra adolescencia, pero igual podemos celebrar porque hay algunos países que todavía se debaten en la infancia. Mal de muchos consuelo de tontos, porque la Argentina merecería ser un país adulto entre las naciones de la tierra. Quizá lo seamos de a uno, pero como sociedad organizada estamos todavía en el despertar de nuestra vida. En 200 años hicimos poco más que pelearnos unos contra otros, eso sí, como hermanos, que los hermanos también se pelean.

La patria es como la madre, nos dijo Francisco en un alarde de metonimia: el amor a la patria siempre se confundió con el amor a los padres. Y nos recordó que a la patria, como a los padres, no se los vende ni traiciona. Son mal nacidos los que critican a sus padres cuando lo que hay que hacer es quererlos y tapar sus defectos, como hicieron los buenos hijos de Noé con su padre borracho y desnudo.

La patria será muy madre pero la creamos todos juntos: mejorarla o empeorarla es cosa de nosotros y es un trabajo de todas las generaciones, una detrás de la otra. No nos queda otra que ir para adelante. Dejar de lamernos las heridas y volver a caminar, juntos, hacia el destino común de argentinos que parece bastante promisorio. Dejarnos de grietas y empezar a construir puentes. Cerrar el Club de la Pelea y abrir el del Diálogo, el de la convivencia entre los que piensan distinto, que es la mejor convivencia que existe: la de los que piensan igual es pura sobrecarga y aburrimiento.

Pero hay algo que también tenemos que respetar después de 200 años de fregarnos en ellas, o con ellas. Ya es urgente que los argentinos respetemos la Constitución y las Leyes de la República. El poder no excusa a nadie, el dinero –que es poder– tampoco. Nuestras leyes no son ni mejores ni peores que las del resto del mundo, lo que pasa es que los países avanzados las cumplen y los retrasados, los adolescentes, se ríen de ellas.

Iglesia fantasma

Quebrachos, Santiago del Estero, 21 de julio de 2016

Tres tipas

San Isidro, Buenos Aires, 13 de julio de 2016

Alguien tiene que perder


Es una regla universal de todo deporte, o del juego que es lo que son los deportes al fin y al cabo: unos ganan y otros pierden porque para que unos ganen otros tienen que perder. Parece perfectamente lógico pero hay que puntualizar que uno gana si el otro pierde sólo en un partido de uno contra otro. En cambio en una copa, un torneo o campeonato, el que gana es uno solo contra una cantidad casi siempre bastante abultada. A veces juegan todos juntos, como en el golf, y otras se eliminan hasta quedar los finalistas de los que sale el campeón. La mejor selección de fútbol del mundo es una de las 211 asociaciones nacionales que componen la Fifa (18 más que la ONU). El Campeón de la Copa Libertadores de América es el mejor de una cantidad inmensa de cuadros de fútbol que integran sus asociaciones y el de la Copa Intercontinental de Clubes es uno en cientos de miles.

Por eso nunca entendí a los que lloran cuando pierden, en cualquier deporte o juego, pero sobre todo en el fútbol. Ocurre con los más jóvenes y sobre todo en la Argentina, no sólo con los jugadores de nuestra selección cuando sale segunda –cosa ya habitual– sino cuando jugamos al fútbol entre amigos, en los clubes de barrio o en el Campeonato Nacional: el que pierde llora y el que gana lo carga por unos cuantos días, que pueden llegar a ser meses y hasta años. Y quizá llora el que pierde porque sabe lo que le espera...

Parece una exageración que todo un país o uno solo de sus ciudadanos sufra de este modo por un partido de lo que sea. En los deportes perder no es cuestión de probabilidad sino de certeza: si alguien gana es porque otro pierde. Y alguien tiene que perder. Es más: el espíritu deportivo y el fair play suponen que se gana y se pierde y que la primera obligación del perdedor es felicitar al ganador y alegrarse con su triunfo.

Practicamos con vehemencia una cultura de winners y losers, ganadores y perdedores. Y los perdedores son denostados, acosados y hasta víctimas de bulling. Una desgracia porque la vida consiste en ganar y perder y sobre todo perder y volver a levantarse cada vez para volver a intentarlo con dignidad y seguramente volver a perder y volver a intentarlo otra vez más. Y ahora que lo pienso quizá sea una mala idea cantar el himno antes de los partidos y abizarrarnos con el estribillo “coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. El deporte no es la guerra, no defendemos el territorio ni la bandera, no arriesgamos la vida y tampoco la salud. Apenas estamos jugando –ju-gaaaaan-do– al fútbol. Y perdone si alguna vez lo pensó o lo dijo, pero el partido contra Inglaterra del Mundial de México 1986 no fue ninguna revancha argentina por las Malvinas, que siguen en poder de los británicos...

Hace unos años a los llorones los llamábamos malos perdedores y ser mal perdedor era más feo que el mondongo (si a usted le gusta es cosa suya). Pero con el tiempo se impusieron hasta en política y ahora resulta que el que pierde –o la que pierde– se enoja con el ganador, hace pucheritos y no le entrega la banda presidencial a quien triunfó en buena ley.

¿Se imagina lo sensacional que sería una selección de fútbol que se alegrara con el triunfo de su contrincante y se adhiriera a la celebración de la victoria con la misma alegría de los campeones? Se irían de la copa con más fama que el campeón, como Roberto De Vicenzo, el golfista más famoso por perder en Augusta como un caballero a causa de un error que por ganar el Masters.

Que duda cabe que en los deportes, en la vida, hay que intentar ganar. Pero sobre todo hay que cumplir las reglas y los que pierden –que siempre serán más– deberían hacerlo como damas o caballeros, con hidalguía y hasta para sentirse mejor.

Lo importante en la vida no es ganar ni perder sino volver a intentarlo, una y otra vez.

Crecer de golpe


El terremoto del Ecuador de 7,8 grados que mató a unas 650 personas en la zona de Manabí y Esmeraldas el 16 de abril de 2016, me recordó que olvidamos todo el tiempo que somos hormigas humanas. No hay datos certeros de terremotos más allá de unos 100 años; los anteriores solo se encuentran con arqueología y el más notable es el megaterremoto del 26 de enero de 1700 en la costa Oeste de Canadá. El más grande del que hay registro certero es el de Valdivia del 22 de mayo 1960, que tuvo una intensidad de 9,5 y duró una eternidad: diez minutos. Luego el mar se retiró dos veces y otras tres volvió en forma de tsunami devastador. En Hawai murieron 61 personas por efecto del maremoto inverso y los muertos de Chile fueron unos 1.600, casi todos ellos por efecto de las olas de hasta diez metros que arrasaron la costa.

Los terremotos se producen por el movimiento de las placas tectónicas que forman la corteza terrestre. Todo el océano Pacífico está rodeado de lo que se llama el Anillo de Fuego, y en la falla de este lado la placa del Pacífico se mete debajo de todo el continente americano, desde Alaska a Tierra del Fuego. Hace quichicientos millones de años América del Sur estaba unida a África y desde entonces se va corriendo continuamente hacia el oeste. Ese movimiento provoca cientos de temblorcitos diarios que ni percibimos y cada tanto otros más fuertes que asustan un poco. Y después de unos años arma unos terremotos monumentales cuando las placas ceden a la presión contenida y se deslizan unos metros una sobre otra hasta que se vuelven a acomodar. Esa subducción de una placa sobre la otra, aparte de hacer de goma países enteros suma algunos centímetros al Aconcagua y corre unos metros nuestro continente hacia el oeste.

La escala de Richter con la que medimos los terremotos se calcula en el equivalente a toneladas de TNT y es geométrica: cada grado duplica el anterior. Antes se usaba la escala de Mercalli, que medía estándares más borrosos como el movimiento de las arañas o los platos que se caen de la estantería. La intensidad también se puede calcular por el tiempo que duran, así que cuanto más tiempo más fuerte y menos preparados estamos ya que si las construcciones antisísmicas se hicieran previendo el Padre De Todos Los Terremotos la mitad del mundo viviría en búnkers atómicos.

Los terremotos son un corte de laboratorio en la vida de las personas. Todos pueden recordar con facilidad lo que hacían en el preciso instante de uno de ellos porque la magnitud del fenómeno los sorprende con tal intensidad que evocan con detalle el momento exacto, tanto que podría tomarse una muestra colectiva para hacer una estadística perfecta de lo que hacían los ecuatorianos el sábado 16 de abril a las 18.58 o qué hacen con sus vidas los sábados cuando entra la noche. Algunos estarían en sus casas disfrutando tranquilamente de la tarde-noche del sábado, mientras que a otros el sismo los habrá sorprendido en casa ajena y quizá de trampa y en calzoncillos. Pero no seamos malpensados: muchos estarían también en misa a esa hora, como ocurrió en el de Haití de 2010; por suerte parece que las iglesias de la zona más afectada han resistido con daños menores. También hay quienes aprovechan la bolada y se escapan para siempre de sus fantasmas, de los lugares o las compañías con quienes no quieren estar o se hacen humo para que no los persigan los acreedores. También se escapan los presos de las cárceles agrietadas y se convierten en película. Y algunos bandidos infiltrados en las fuerzas de seguridad blanqueen muertos pendientes…

Todos los países que han sufrido grandes catástrofes también han aprovechado colectivamente la oportunidad. Lo ha demostrado la solidaridad infinita de los ecuatorianos que afloró como suele ocurrir en estos casos para desmentir a los detractores del proyecto humano: hay alguna gente mala que por entrar en las noticias parece mucha más de la que en realidad es, pero los buenos son la inmensísima mayoría de la población de nuestros países y todos estamos dispuestos a ayudar a nuestros semejantes sin más retribución que la alegría de hacerlo.

Esa fuerza colectiva despierta para mostrarnos cómo realmente somos. Los avaros se vuelven más avaros y los generosos –que son casi todos– dan lo que no tienen. Los egoístas se potencian y los que piensan en los demás también y por suerte les ganan por goleada. Así en lo que a usted le guste registrar y esa misma fuerza es la que despierta ánimos de superación en todo un país que convierte la crisis en superación y resurge con una potencia nueva. Diría que nos pasa colectivamente lo que a las personas de carne y hueso: las desgracias de la vida nos muestran de lo que somos capaces y nos hacen crecer de golpe. Es lo que estoy seguro pasará en el Ecuador antes de lo que pensamos.

El gin de los apóstoles


Después de asistir a un tablado flamenco en Triana volvimos a Sevilla caminando y bastante cansados porque el día había sido largo. Veníamos de una reunión de diarios americanos que se celebraba en Cádiz por ser 2012 el año del bicentenario de la Constitución progresista y liberal, llamada La Pepa porque fue jurada en esa ciudad el día de San José de 1812. Esa Constitución es contemporánea de las que se empezaban a dar las nuevas democracias americanas que entonces se independizaban de España. Y Cádiz era en 1812 el bastión de la independencia española porque las tropas de Napoleón no la pudieron tomar a pesar de asediarla durante casi dos años.

Al salir del tablado de Anselma decidimos volver caminando al hotel, así que cruzamos por el puente de Triana hacia Sevilla para seguir por alguna calle del Arenal. Pero cuando cruzamos el Guadalquivir, exhaustos y sedientos, nos topamos con un bar que todavía estaba abierto, con mesas en la vereda y vista al Guadalquivir y a Triana. Pasamos al lado de un grupo de chicas que tomaban una bebida con pinta refrescante en copas de esas bien grandes y redondas que ponen en los restaurantes cuando pedís un vino caro. Era gin-tonic, nada especial, pero pedimos los nuestros y nos sentamos en la mesa de al lado.

Conocíamos el yintónic pero no aquel gin-tonic. No tenía nada que ver con el de los veranos de nuestra adolescencia y con el que te sirven en casi todos los bares de la Argentina: un vaso aburrido con hielo (con suerte tiene una rodaja de limón) y una medida de gin acompañados de una botella plástica de Paso de los Toros. Aquello era otra cosa: las copas grandes impiden aguar la bebida porque caben enteras la medida de gin y la botellita de agua tónica mas los hielos, que no se derriten porque están congelados a… 50 grados bajo cero. Cuando los encargamos, el mozo empezó con la retahíla consumista: había una variedad inmensa de marcas de gin –ginebra le dicen en España– y de aguas tónicas y no se mezclan así como así. Además se podían aderezar con otra inmensa cantidad de especias, cada una de ellas procesada al gusto del consumidor o del bartender.

El viaje de 2012 fue largo, no tanto por el tiempo como por la vuelta que dimos a más de media España, pero desde aquel bar a orillas del Guadalquivir no dejamos de tomar gin-tonics cada vez que pudimos. Terminamos sabiendo más de gin y de agua tónica que de castillos y periódicos. El gin habitual del gin and tonic, como le dicen los ingleses, es el London dry gin, del que conocemos algunas marcas inglesas originales y otras malas imitaciones argentinas. La ginebra es el gin holandés, o, mejor dicho, el gin es la ginebra de Londres, ya que es anterior al gin. Gin es apócope de ginebra y ginebra (genever en holandés) viene del nombre del enebro o junípero (juniperus communis) con cuyas bayas se aromatiza el aguardiente de malta, cebada o centeno que es su base. El resto es ponerle lo que los conocedores llaman botánicos, que no son otra cosa que hierbas para aromatizar el gin o la ginebra. La ginebra es más dulzona y el gin es seco y cada gin y sus ingredientes casa con su propia agua tónica. Ya no se le pone solo limón al gin-tonic: lleva además combinaciones de aromas producidos por frutas, cáscaras, esencias, berries verdes o maduros, crudos o quemados…

Bueno, resulta que la semana pasada pedí un gin-tonic en un bar de Buenos Aires y me preguntan si lo quiero con Príncipe de los Apóstoles. Me acordaba de ese gin –que supuse español– por haberlo tomado en un sótano de moda camuflado guaú en una florería del codo de la calle Arroyo, pero esta vez me puse a mirar la botella: es argentino y está aromatizado principalmente con yerba mate además de eucalipto, peperina y pomelo rosado.

El inventor es Renato Giovannoni, un bartender a quien todo el mundo conoce por Tato. El nombre y la marca del gin es el mismo que le puso el jesuita belga Nicolás del Techo –se llamaba Nicolas Du Toit– cuando la trasladó en 1641 desde el oriente al occidente del Uruguay porque los bandeirantes las atacaban para conseguir indios mansos que les sirvieran como esclavos. En 1644 el fundador le cambió en nombre por Santos Apóstoles Pedro y Pablo y en 1652 se instaló donde hoy está la ciudad de Apóstoles, capital de la yerba mate. Los guaraníes la consumían en tiempos de Nicolás del Techo y los jesuitas la popularizaron en toda esta parte de América. Tato le puso Príncipe de los Apóstoles a su gin aromatizado con mate para honrar a la tierra, a los guaraníes y a los jesuitas que inventaron el mate.


Uber


Ocurrió un día que me gustaría olvidar en el centro de la Buenos Aires. Tomé un taxi porque no llegaba caminando a una reunión en un hotel en la zona de Retiro. Lo paré en la calle y le indiqué la dirección. Llegamos bastante rápido y todo venía bien hasta que le pagué un viaje de 32 pesos con un billete de 50, que era el más bajo que tenía. Cuando le entregué el billete lo miró con asco y me dijo que no tenía cambio. Le expliqué que yo tampoco y que lo sentía mucho. Entonces me dijo que se quedaba con los 50… y a mí se me ocurrió decirle que se quedara con los 50 pesos pero antes iba a dar vueltas a la manzana hasta llegar a esa suma. En ese momento se puso loco. Salió arando conmigo arriba del auto y se metió en el medio de la avenida 9 de Julio. Entonces le advertí que estaba cometiendo el delito de privación ilegítima de la libertad, cosa que lo puso más loco todavía. En cuanto lo paró el tránsito detenido en un semáforo me bajé espantado y salí corriendo. Pero el loco se bajó también y me siguió hasta la vereda donde me agarró de las solapas y me aseguraba a los gritos que me iba a matar a trompadas. Mientras en la avenida se armaba una buena galleta la gente miraba azorada sin hacer nada y yo esperaba la piña mortal mientras le pedía que se calme, cosa que por suerte finalmente ocurrió. Llegué a la reunión unos minutos tarde; el corazón me latía como si hubiera corrido la San Silvestre.

En Buenos Aires, por suerte, uno sale a la vereda con el brazo extendido y para un taxi cuando no son dos o tres que compiten por llevarlo. Parece lo más normal pero no es así en muchas ciudades de la Argentina. En Posadas los señores taxistas son unos duques que hay que llamar por teléfono para que vengan cuando quieran o ir a sus paradas de estacionamiento gratuito en los mejores lugares del centro de la ciudad. Yo sé que son sólo unos pocos y que por desgracia siempre me tocan a mí y que para colmo esos que me tocan siempre tienen unos autos diminutos en los que apenas cabe mi humanidad. Además no tienen aire acondicionado y tampoco la más mínima ansiedad para llevarme al destino. Y manejan como la mona, con la radio bien fuerte, como si estuvieran sordos. Cosas de la mala suerte...

Ahora imagínese que en Buenos Aires o en Posadas tengamos la posibilidad de calificar a los taxis y a los taxistas y por tanto que cada uno de ellos se construya con su propia conducta una reputación que usted conoce cuando lo pide o se sube al auto. Sueñe que el precio del taxi es de acuerdo a la oferta y demanda, es decir que si están todos vagando en las paradas usted trata con ellos a ver quién le cobra menos para llevarlo a su casa. Deslúmbrese con la posibilidad de invitar a otros pasajeros que van para el mismo sitio que usted y así aprovechar capacidad ociosa del vehículo y compartir el gasto. Alucine con que por eso mismo gasta la mitad en taxis –o los usa el doble– y los paga con débito automático desde su cuenta bancaria. Encántese con la idea de que así hay un tercio menos de autos en la ciudad, consumimos menos hidrocarburos, hay menos contaminación y vivimos todos más felices en un mundo que ha empezado a compartir de verdad sus recursos en lugar de amarretearlos como hacemos todos los días con nuestro vehículo. Bueno: todo eso ya se puede hacer gracias a las tecnologías que nos tienen comunicados todo el tiempo: hoy podemos saber en tiempo real si hay un taxi cerca, si es una catramina o un auto nuevo y espacioso, si tiene aire acondicionado o hay que ir con las ventanas abiertas, si tiene o no tiene pasajeros y si el taxista es amable o un energúmeno como el que me tocó aquel día aciago en Buenos Aires.

El sentimiento antigringo


Esperábamos una reunión en una oficina de Buenos Aires y algunos tardaban en llegar, así que nos pusimos a conversar los puntuales mientras esperábamos a los impuntuales. El tema era el de esos días: el caos que iba a ser la ciudad por la visita del presidente de los Estados Unidos. Todo empezó porque anuncié que tenía un almuerzo en San Isidro y no sabía si podría ir por los lugares acostumbrados o debía dar un vueltón, con el retraso consecuente. Buscamos horarios y mapas de los cortes en nuestros teléfonos y decidí que no había nada que temer: llegaría lo más bien si iba por donde hay que ir, ya que esas avenidas y autopistas no estarían cortadas. Además quedaba claro que iba a poder sacar el auto del estacionamiento ya que tampoco estaba en un lugar comprendido en el operativo. Anticipo que eso fue lo que hice y que fuimos y volvimos sin ningún problema.

Pero en esos minutos de la reunión de los puntuales comprobé el sentimiento antinorteamericano en uno de los presentes. Decía visiblemente molesto cosas bastante leves como “tenés que sacar el auto esta noche y llevarlo a un estacionamiento lejos para poder usarlo mañana” o “les conviene suspender ese almuerzo, mañana va a ser imposible” y “ayer pasé por la Plaza de Mayo y estaba llena de banderas norteamericanas por este negro que viene a pasear…”.

“–Viene el presidente de los Estados Unidos… no van a poner banderas de Colombia” le contesté ya un poco indignado con la actitud. Y le argumenté con que Barack Obama es el presidente del país todavía más rico, poderoso e influyente del mundo, nos guste o no nos guste. Y tenemos relaciones bilaterales hace muchísimos años, bastantes más que con la mayoría de los otros grandes y pequeños países del mundo.

¿Por qué nos molesta que haya banderas de Estados Unidos y no nos molesta que las haya de Sri Lanka o de Etiopía? ¿Qué nos pasa con Estados Unidos que no nos pasa con Finlandia o Dinamarca? ¿Qué nos molesta de su presidente, de su bandera o de su obelisco, copiado impunemente en Buenos Aires? Muchos de nuestros próceres fueron fervientes admiradores de George Washington y Benjamin Franklin y nuestra Constitución está claramente inspirada en la de ellos. Y aclaro por las dudas que me refiero a los Estados Unidos de América y no a uno o unos estadounidenses en particular, que en este caso son justo la familia Obama, una de las más simpáticas que ha tenido la Casa Blanca como huéspedes en su historia ya más que bicentenaria de democracia ininterrumpida.

Es cierto que el flujo de la información y el mercado están siempre a su favor. No nos engañemos: nos suelen gustar sus películas, sus series, los blue jeans, las hamburguesas, los panchos, la Coca-Cola, Nueva York, Miami y Disneyworld... Pero quizá sea justo eso lo que los hace próximos. Y ya se sabe que uno se pelea con el vecino y no con el que está lejos y que las asimetrías siempre producen estos sentimientos en el más débil. Y también es cierto que cualquier imperio es la excusa perfecta para las ideologías que fabrica poder con el odio amparados en la imbecilidad colectiva.

Pero el sentimiento antinorteamericano, como cualquier sentimiento anti-lo-que-sea generalizado, es una desgracia que no dudo en calificar de fascista. No es malo un norteamericano por ser norteamericano como no es malo un chileno por ser chileno ni un polaco por ser polaco. Nadie puede ser descalificado jamás por cosas que no hizo, y mucho menos condenado. Y nos pasamos la vida haciendo estas generalizaciones injustas con sobrinos que no tienen la culpa de la conducta de sus tíos, nietos de sus abuelos, hijos de sus padres, maridos de sus mujeres o hermanos de sus hermanos (todos con un amplio viceversa).

Quemar una bandera de cualquier país del mundo o un símbolo de cualquier religión es uno de los actos más nazis que todavía ocurren en el mundo supuestamente civilizado y han vuelto a suceder en la Argentina con ocasión de la visita de Obama. Es como pintar cruces gamadas en un cementerio judío, y si no es un delito deberíamos agregarlo a la lista del Código Penal. Implica despreciar por igual a todos los que tienen una misma fe o a los ciudadanos de un determinado país y estamos a un tris de quemarlos a ellos. Es propio de las juventudes fanatizadas, gente que se distinguía por sus camisas pardas, negras o las azules en Alemania, Italia o España de antes de la Segunda Guerra Mundial.

Huele a Daesh y a Kristallnacht: a Califato mata-gays y Noche de Cristales Rotos... Piénselo un poco y si se le ocurre que estoy defendiendo demasiado a los gringos o que debo estar pagado por la CIA, es probable que se le haya metido algo del nazismo del que hablo. La democracia es exactamente lo contrario: no imponer a los otros nuestro propio pensamiento sino alegrarnos de que piensen diferente y convivir unos con otros lo más panchos. Le aseguro que es mucho más divertido.

Otro samohu rosado

Buenos Aires, 12 de abril de 2016

Samohu rosado

Posadas, Argentina, 11 de abril de 2016

Montañita


Cuando un argentino pregunta por las playas del Ecuador invariablemente hay que explicar que las suelen estar pobladas de animales y, salvo en los grandes balnearios, hay poca gente comparado con lo que estamos acostumbrados al viento y la arena de las infinitas playas del Atlántico Sur. Las playas del Pacífico ecuatoriano están repletas de cangrejos que abren camino y lo cierran detrás mientras miran con ojitos de antena al intruso. Hay millones de cangrejos más chicos en la arena y más grandes en los manglares, donde andan entre el agua o trepados a los mangles, esos árboles que viven entre la tierra y el mar. Algunos cangrejos son grandes como una pelota de fútbol desinflada y los venden apilados con gomitas en las pinzas para que no anden pellizcando al que los quiere meter en la cacerola.

Los cangrejos comen animalitos más chicos, que también abundan en las playas. A su vez ellos y sus presas son pescados por miles y miles de pájaros que se los comen vivos: gaviotas, fragatas, piqueros, pelícanos… y un ostrero de pico colorado que escarba en la arena hasta alcanzar las almejas, se las lleva a volar y las tira desde la altura contra una piedra para reventarla y zampársela sin más vueltas. A los cadáveres se los almuerzan los gallinazos que es como se llaman allá los buitres que no son acreedores. Siempre hay restos de tortugas o lobos marinos muertos a mordiscones por algún tiburón, y donde hay un cadáver se juntan cientos de carroñeros a destriparlos. Puede parecer tétrico, pero es lo bonito de esas playas, llenas de la vida misma de miles de especies animales de las que nosotros somos una más, quizá el que más come de la escala de los glotones y seguro la más peligrosa de todas.

Hablando de comer, en la costa ecuatoriana hay un espléndido molusco bivalvo llamado spondylus, una especie de ostra, grande como una hamburguesa y bien rica, pero para comerla hay que sacarla del caparazón que parece una piedra y es duro y pesado como el granito. Recuerdo que lo probé con una salsa de maní en un hotel de tacuaras cerca de Puerto López.

Montañita es uno de esos pueblos de la pacífica costa ecuatoriana. Quizá le deba el nombre al cerrito que rompe la monotonía de la playa y mete sus pies en el mar unos cientos de metros al norte del pueblo. En esa costa hay muchos pueblos parecidos, como San Pablo, Valdivia, Salango, Manglaralto o Puerto López. Todos de pescadores costeños, salpicados por alguna bonita posada para turistas.

Pero Montañita es distinto: un pueblo sonámbulo de cuatro calles que despierta de noche y duerme de día. No digo que de día no tenga su encanto, pero de noche las cuatro calles están llenas de chicos y chicas –la mitad deben ser argentinos– en una fiesta continuada entre esas calles y chiringuitos de madera y caña donde hay tragos geniales, buena música, algo rico para comer y también para fumar… hoteles improvisados en los que se puede dormir por unos pocos dólares, pero de día porque de noche lo impide el barullo de las calles y nadie quiere perderse ese sector del reloj a esa altura de la vida. Sus playas casi siempre están nubladas y pobladas de surferos hang-ten, pero más de arena que olas, que tampoco son gran cosa. Se despiertan para ver ponerse el sol en la playa y se acuestan cuando ya salió por el otro lado del planeta.

En el país más seguro del mundo puede ocurrir un hecho aislado, casi incontrolable, como el terrible asesinato de las dos chicas mendocinas de los últimos días de febrero de 2016. Después de su desaparición y antes de que las encontraran muertas le aconsejé a una amiga no ir allí, no por ser un sitio peligroso sino por que se baja la guardia y hoy no hay que bajarla ni en Dinamarca. Después pensé que no tengo autoridad moral para decirlo por haber estado allí unas cuantas veces. Pero supongo que vale el consejo, ya que al que le sugieren que no vaya, por lo menos va advertido de lo que puede pasar.

Montañita tiene el encanto extraño de la película La Playa de Danny Boyle, con Leonardo Di Caprio. Un paraíso encantador mientras no se pase la raya; lo difícil es distinguir dónde está la raya. Pero –que quede bien claro– los culpables no son los que se pasan de la raya sino los que se aprovechan de los inocentes que se pasan de la raya, a veces inadvertidos y otras con toda la conciencia del mundo, pero inocentes al fin.

Cena con Umberto Eco

Nunca almorcé ni cené con Umberto Eco, pero eso no quiere decir que no lo haya soñado una y mil veces. Soñado despierto digo, que son los sueños que valen de verdad. Desde que Benjamín, un amigo de la adolescencia, me contara sus panzadas de tortellini con Eco en Bolonia, yo soñaba con hacerlo alguna vez. Y hasta soñé con estudiar en el DAMS: Discipline delle Arti della Musica e dello Spettacolo, donde era profesor don Umberto. El 19 de febrero, cuando Eco nos dejó, Benjamín me mandó un mensaje en el que despertaba esos sueños de estudiante, imposibles hace rato. Recordaba que en los años 90 se fue a vivir a Bolonia por motivos, digamos conyugales. Entonces aprovechó para estudiar semiótica con el Divino Umberto, como lo llamábamos los que nos habíamos metido en los vericuetos de esa ciencia y tratábamos de entender el Cuaderno de Tapas Azules de Ludwig Wittgenstein y la concepción trágica del signo de Charles Sanders Peirce (a esas alturas Ferdinand de Saussure era una bicoca).

Pero quedaba un sueño, que no es de estudiante y que ahora ya es también imposible.

Hace dos años y medio estuvimos cuatro amigos unos días en Bolonia. Ninguno de nosotros conocía la capital de la Emilia Romagna, ni la universidad más antigua del mundo, ni los tortellini… Nos metimos sigilosos en el Palacio de Accursio, subimos por su escalera rampante y nos perdimos en los salones que hoy sirven a la comuna de la ciudad. Con menos sigilo entramos en la basílica de San Petronio y con tremenda curiosidad subimos a la torre degli Asinelli, la más alta y la única que mantiene más o menos la vertical en la ciudad de las torres: en la Edad Media los señores competían a ver quién tenía la torre más larga, perdón, más alta (el poder siempre tuvo una connotación genital). También entramos por las puertas abiertas de algunas facultades y hasta vimos los agujeros que hizo Copérnico en la torre del rectorado para probar, antes que Galileo, con un péndulo pero nunca supe cómo, la rotación de la Tierra y su traslación alrededor del Sol.

Pero si algo vale la pena en esta ciudad de Italia es tomarse sin apuros un negroni en uno de los pórticos de la Plaza Mayor, viendo la gente pasar frente a San Petronio. Y, por supuesto, los tortellini de Tamburini, la fonda donde hacen los mejores de Bolonia y donde Eco y sus alumnos –entre ellos Benjamín– pasaban largas horas atiborrándose de buenas pastas y vino lambrusco. Una noche cenamos en un restaurante de la vía Altabella. Comimos rico y confraternizamos con la mesa de al lado: era un grupo de profesores de la Facultad de Medicina invitados por su decano que pensaban que nosotros éramos profesores extranjeros disfrutando de la buena mesa de toda ciudad universitaria.

Es que si hay algo que atrae en estas universidades de inmersión total es la belleza sumada a la juventud eterna. Lo explico, pero primero tengo que advertir que a cierta edad belleza y juventud son casi lo mismo: resulta que si hay algo que no cambia en la universidad, y ocurre en Bolonia desde el año 1088, es la edad de los estudiantes. Eso provoca que los profesores, que sí crecen, mantengan una juventud magnífica. La otra característica esencial en estas ciudades en que alumnos y profesores son estudiantes, es la buena cocina de sus excelentes restaurantes. Será por eso de la juventud que los profesores, científicos o investigadores nunca son bien pagados, pero como son gente culta, viajada e instruida, si hay algo de lo que disfrutan con esa poca plata es de la buena mesa y de conversar hasta morir.

Volvimos a soñar con un almuerzo o una cena con Umberto Eco después de Número cero, su último libro, ambientado en la redacción de un diario que nunca sale. Sabíamos que valía la pena viajar a Bolonia o a Milán solo para eso, pero ni a través de Benjamín y sus contactos lo pudimos encontrar. Por eso el sueño quedó incumplido, pero eso no quita que algún día vuelva a Bolonia a comer tortellini con vino lambrusco en honor del Divino Umberto.

El mosquito


Parece que hay unas 3.000 especies de mosquitos, casi todas inofensivas porque no pican ni muerden a nadie. Pero hay tres que hacen estragos: el Anopheles de la malaria o paludismo, el Culex y el Aedes aegypti que transmite la fiebre amarilla, el dengue, la chikungunya y el zika. Algunos de estos nombres vienen de los lugares donde se descubrió cada enfermedad, igual que el Aegypti del aedes, que se ve que salió de Egipto y llegó a todos los lugares del mundo donde hay un poco de agua y temperatura suficiente para criarse y andar jorobando a los humanos. Pero no todos los Anopheles ni los Aedes, sino solo las hembras, que son las que nos sacan la sangre que les sirve de fuente de proteínas para criar sus huevos.

No hay vacunas para estas enfermedades así que no queda otra que padecerlas estoicamente si nos toca el dengue o cualquiera de las pestes. Bueno, sí, la otra es atacar al mosquito que la transmite sin ninguna mala intención. Ya se sabe: muerto el perro se acabó la rabia.

El problema es que para matar miles de millones de mosquitos hay que fumigar mucho con un veneno que nos hace daño a todos: basta con leer las tremebundas instrucciones de cualquier repelente para saberlo. Lo que mata al mosquito o lo ahuyenta es lo mismo que mata o ahuyenta al elefante: si lo ataca con un flit de su escala, lo mata como si fuera un mosquito gigante.

Quizá por eso me sorprendió ver estas semanas en diarios de todo el mundo a unos eternautas fumigando calles, cementerios, colegios, mercados... Se visten con escafandra y monos herméticos para que no les afecte el veneno que disparan a congéneres que andan en calzones. Es cierto que esa gente está más tiempo expuesta al humo tóxico que mata mosquitos y cuanto ser vivo se entrometa en su camino, pero sería mejor avisar a la población que no se exponga a estas fumigaciones para que no sea peor el remedio que la enfermedad.

Y tal como van las cosas, la humanidad va a tener que exprimir su cerebro colectivo para descubrir el modo ecológico de terminar con las pestes. Algo que no sea tóxico ni dañino para ningún animal o vegetal. Para colmo resulta que si no hay mosquitos se interrumpen cantidad de procesos naturales, desde la polinización de muchas plantas hasta los platos favoritos del sapo cururú de la galería de mi casa.

Por suerte hay gente que está investigando qué hacer con los mosquitos para que ellos no nos maten a nosotros ni nosotros nos matemos matando a los mosquitos. Científicos de una empresa de biotecnología con sede en la Universidad de Oxford han logrado modificar genéticamente los machos Aedes aegypti. Les ha puesto un gen que evita que sus crías se desarrollen adecuadamente y muera prematura la segunda generación, antes de reproducirse y hacerse portadores de las pestes. Han logrado reducir drásticamente (más del 90%) la cantidad de mosquitos en las Islas Caimán y en algún lugar de Brasil donde lo han probado.

Quizá sea la solución, pero lo ideal sería reemplazarlos por esos otros mosquitos que son inofensivos y que cumplen todos los oficios deseables del Aedes aegypti.

Dakar

Imagínese que los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se llamen de Porto Alegre, que el Mundial de Fútbol de Rusia se llame de China o que el rally de Montecarlo se llame de Chivilcoy y que su emblema sea gaucho tomando mate... Bueno es lo que pasa con el Dakar, una competición con colores e insignias bereberes que recorre países del sur de Sudamérica en autos, buggies, pick-ups, camiones, motos, cuatriciclos a motor... precedidos y seguidos por un circo pintoresco de más camiones, pick-ups, helicópteros, aviones, food-trucks, móviles de exteriores, tráileres, motorhomes y millones de curiosos.


Nació como la carrera vale-todo que unía París con la capital de Senegal, cosiendo de norte a sur primero Francia y luego el Sahara. Por eso durante muchos años se llamó París-Dakar y resultaba una diversión muy europea, de pilotos y marcas de ese continente, pero más que nada franceses. El tramo europeo era especialmente marquetinero: los corredores paseaban en caravana por las rutas de Francia, España, Portugal, Italia, mostrando sus vehículos a los civilizados habitantes del viejo continente para luego lanzarse al frenesí en los desiertos africanos. Hasta que un día los tuaregs, los beduinos, los bereberes, los moros y hasta los chicos malos de Boko Haram se cansaron de ver pasar por sus pueblos apacibles el descontrol multicolor de intrusos europeos en sus artefactos escandalosos y empezaron a atacarlos. Fue cuando en lugar de afrontar el peligro o bajarse de la moto, el Dakar se mudó a los inocentes desiertos sudamericanos, pero no cambió de nombre ni de insignia.

Fue así como los primeros días de los últimos años parte de nuestra América se convirtió en un infierno. Infierno en las ciudades y en los campos, los montes y los desiertos que nadie tocaba, que empezaron a ser hollados por corredores sin vértigo y sin vergüenza, amenizados por espectadores suicidas, alentados por ministros de turismo y afines, por subsecretarios de medio ambiente y por las infaltables novias de parque cerrado. Todos quieren estar donde rugen los motores y disfrutar el segundo de gloria junto a los mismos corredores que cada año están... un año más viejos.

Pensaba que si quieren vértigo y desiertos, hoy no hay como los de Irak y Siria para escaparle a la muerte en una carrera sin freno. Como está mucho más cerca de las grandes audiencias, no tendrán que viajar tanto y podrán desfilar triunfales por las mismas rutas que caminan hambrientos cien mil migrantes. Hasta se me ocurrió que puede ser una buena idea vendérselo como promoción al Califato que llaman Estado Islámico y, esta vez sí, cambiarle el nombre por Rally Daesh y agregarle al emblema una Toyota Hilux artillada. Pero como puede que esta idea tarde en concretarse, se me ocurría también que por qué no se dejan de embromarnos y se van a llenar de arena sus monos antiflama a las dunas del Mar del Norte después de una partida simbólica desde adentro de la catedral de Amberes. Luego atropellan unos viñedos de Burdeos, se empantanan en las marismas del Ródano, se estrellan contra olivares de Jaén y hacen añicos algunos pueblos de la Toscana...

En fin, se friegan unos días entre ellos mismos, se riegan con tierra y barro para quedar bien embadurnados, que es lo que les gusta, y nos dejan vivir tranquilos en nuestra plácida América.

Supermercado

Entré con dos personas (sí, eran mujeres, pero no daré más datos) en el supermercado de una ciudad lejana de la Argentina. Teníamos que comprar algo para comer en el auto antes de cruzar la frontera con Bolivia. Yo llevaba la plata y ellas la experiencia, así que entramos los tres juntos. El cuarto se quedó en el coche.

Al pasar la fila de las cajas y sin mediar palabras, una de ellas se quedó en la cola mientras la otra siguió rauda hacia los fiambres y los panes. Iba seleccionando mercadería que desechaba cuando encontraba algo mejor. Pan, queso, salames, mayonesa... quedaban en el lugar de las pastas, las conservas o el papel higiénico. Cuando llegamos a las cajas, la que esperaba vio lo que llevábamos y decidió corregirlo, así que ocupamos su lugar mientras ella volvió a las góndolas. Por supuesto que no llegó al tiempo que nos alcanzaba la caja, así que paramos toda la cola un buen rato, pero a nadie le importó porque todos hacen lo mismo.

Al ver cantidad de mercadería perecedera regada cerca de las cajas pregunté una vez a la cajera si esto ocurre a menudo: todo el tiempo me contestó. Cuando hacen las cuentas los clientes dejan cosas y no les importa dónde; así se echan a perder muchos alimentos. Me contaron que quedan carritos repletos de mercadería en los pasillos: es gente que viene a pasear y hace que compra, quizá para sentirse prósperos por un rato. Y también es habitual que sigan comprando desde la cola con artimañas de todo tipo. O que casi nadie respeta las cajas rápidas: cuando hay cola y la cajera cuenta los productos ya es imposible volver para atrás.

Hace tiempo que tenía esa sensación de soledad en los supermercados y aquel día aprendí por qué.

Mi tía de Banfield

Los españoles hablan con frases hechas que funcionan como palabras. Dicen “eres de lo que no hay” en lugar de cualquier otro modo de decir que alguien se sale de lo normal; o “como comer con las manos” para decir sencillamente que algo gusta mucho. Una de esas es la de la tía de Alcalá, cuando alguien se inventa un pariente, porque el que tiene una tía en Alcalá “no tiene tía ni tiene na”.

Pero resulta que siempre tuve una tía en Alcalá, así que hace tiempo que, copiando el dicho español, inventé una tía en Banfield, la populosa ciudad del sur del Gran Buenos Aires con nombre ferroviario en inglés, como corresponde. Y mi tía de Banfield me viene genial para oponerme a los discursos autorreferenciales de mis contertulios ocasionales o habituales. La cosa es más o menos así y perdone si se siente reflejado en este espejo:

En la charla de amigos alguien dice que está leyendo El Quijote de la Mancha y enseguida uno interrumpe para decir que él también lo leyó y que tiene una edición en cuero de cabritilla que era de su abuelita que leía El Quijote cuando iba al baño. Otro cuenta que acaba de volver de Cuba y el pesado sale con que también estuvo en Cuba y que las playas y la ciudad y el malecón y los cigarros y Fidel Castro y la plaza de la Revolución… Estoy exagerando, claro… o quizá estoy quedándome corto.

Hace un tiempo escribía de las selfies como expresión bien cabal del narcisismo contemporáneo: somos capaces de sacarnos fotos de nosotros mismos delante de un accidentado en lugar de ayudarlo porque lo que importa es que nosotros estamos ahí. No dije entonces que las selfies son también el resultado de que todo está en internet y por tanto es inútil la foto de la Fontana di Trevi o de la torre Eiffel sin nosotros adelante: están mucho mejor en las imágenes de Google. Al final resulta que somos lo más grande que ha dado la humanidad y nadie se está dando cuenta.

Pero el descubrimiento de estos últimos tiempos sobre la autorreferencia es que los que hablan mucho hablan mucho de ellos mismos. Los que hablan todo el tiempo hablan todo el tiempo de ellos mismos. Y los que hablan poco hablan poco de ellos mismos. Por eso –estoy seguro– nos gusta más la gente que habla menos y nos aburre la gente que habla sin parar. Claro que hay grandes excepciones: dos o tres personas en todo el mundo aunque hablan mucho no hablan de ellos.

Bueno. Hace un tiempo que mi inexistente tía de Banfield me sirve para recordarlo: cada vez que alguien empieza con la cantaleta autorreferencial digo que tengo una tía en Banfield. Y siempre sale con que él también. Entonces me muero de risa.

El jacarandá de la calle Rioja


Un día de octubre cayó un jacarandá de buen tamaño en la calle La Rioja entre Rivadavia y Buenos Aires de Posadas. Había llovido casi toda la noche y se ve que el agua aflojó la tierra que sujetaba las raíces y el viento hizo el resto. Cayó entero, sin partirse, a las 11 de la mañana, sobre un Renault Clío y otros dos autos que sufrieron daños menores. Por suerte no lastimó a ninguna persona ni animal que podía pasar por allí en ese momento.

Rápidamente se presentaron los bomberos y luego los empleados municipales que –nunca mejor dicho– hicieron leña del árbol caído para restablecer el tránsito y recuperar los autos que habían quedado debajo del tronco y de la copa ya florecida en plena primavera del pobre jacaranda mimosifolia, como lo llaman los científicos.

Calculo que ese jacarandá tendría unos... 50 años, diez más diez menos. Su diámetro en la parte más ancha es de 50 centímetros y su circunferencia de metro y medio. Un botánico o cualquier aficionado que sepa de estas cosas puede sacar la edad aproximada con solo mirar el tronco, cortado el mismo sábado por los empleados municipales.

En el Jardín Botánico de la Universidad de Lisboa hay un jacarandá con más de 150 años y el más antiguo de Pretoria –llamada Jacaranda City en Sudáfrica– se calcula que fue plantado en 1888. Como el jacarandá es de estas tierras, aquí nadie mide la edad porque nadie los planta: crecen solos. Pero ese jacarandá de la calle Rioja sí fue plantado y en la Municipalidad de Posadas podría haber algún registro, pero lo dudo porque entonces nadie anotaba estas cosas.

Y si es trabajoso saber cuántos años vive, es imposible saber cuánto vale un jacarandá como ese. No digo su madera, que ya es leña, sino su sombra, sus flores, su frescura, su belleza… ¿50 veces más que tres autos? ¿200 veces? Es inútil calcularlo porque lo más valioso de este mundo es lo que no vale nada.


Lo que no se entiende es por qué lo cortaron… Costaba solo un poco más de trabajo y ocupaba algo más de tiempo darle una buena podada y volver a ponerlo vertical con una grúa, bien apuntalado hasta que las raíces y el suelo recuperen su concordia. También podían haberlo trasplantado a algún lugar señalado de la larga y casi desierta costanera de Posadas. Los autos, en cambio, son todos iguales, tienen seguro y se recuperan en un buen taller de chapa y pintura. Y hasta podemos aprovechar la ocasión para comprar uno nuevo, si el seguro o la Municipalidad pagan los daños.

Quizá todo lo que digo es un error y no había más remedio que sacrificar ese árbol en lugar de respetar su derecho a morir de pie. Pero ahora, cuando paso por el lugar de la catástrofe, miro lo que quedó del tronco, medio inclinado en el cantero en ruinas desde aquel sábado de octubre, y pienso en el poco respeto que tenemos por la naturaleza y en el desmedido amor a nuestro tiempo. Porque si este planteo es un error y no había más remedio que destrozar un jacarandá de 50 años para que no moleste al tránsito justo en un tramo de calle que se pasa meses cortado por relocalizados y otros indignados con la Entidad Binacional Yacyretá, tampoco nadie se ocupó de terminar de sacar lo que queda del árbol y plantar allí otro jacarandá que reponga al caído en el cumplimiento del deber.

Conmueve la asimetría entre el prócer que hace más de 50 años plantó ese árbol para que otros lo disfruten… y nosotros, preocupados solo por liberar la calle cuanto antes para pasar con nuestro autito de cuatro ruedas.


Narcisos


Parece que las chicas se enamoraban de su hermosura, pero Narciso no les daba ni la hora, hasta que la que se enamoró fue la ninfa Eco. La historia es larga, pero resulta que a Narciso tampoco le entraron las balas de Eco y por eso Némesis –la diosa de la venganza– lo condenó a enamorarse de su propia imagen reflejada en una fuente.

En la Grecia clásica no tenían telefonitos que sacan fotos, los mismos que han provocado la multiplicación hasta el infinito de los Narcisos y las Narcisas enamorados de su propia imagen en este siglo XXI. Tanto que el narcisismo se está imponiendo como uno de los signos de lo que va de la centuria. Millones de Narcisos lo certifican a cada rato estirando el brazo para tomarse una nueva selfie.

Hace poco tiempo lo más común era confiar en cualquier transeúnte que pasaba para pedirle que nos tome una foto con un paisaje o monumento detrás y hasta le explicábamos dónde había que apretar el botón. Hace unos días dos chicas me pidieron en Rio de Janeiro que les tome una foto, pero antes me preguntaron si no les iba a robar el teléfono... Para colmo cuando me agaché para lograr un buen efecto me explicaron que querían al revés: de arriba para abajo. Entonces se sacaron las camisetas y posaron con las caras pegadas, como hace todo el mundo para entrar en cada selfie colectiva.

Por suerte para los Narcisos y las Narcisas si no hay distancia suficiente tienen el recurso del selfie stick: el bastoncito telescópico que permite alejar un poco el teléfono y tener más perspectiva para que se vea el castillo de cartón-piedra y además entren las 34 personas del Disneytour.

Pero las historias más notables con las selfies están ocurriendo en entre policías y ladrones. Resulta que los delincuentes han caído también en el vicio del siglo XXI y los tipos se sacan fotos en pleno trabajo como para dejar testimonio de su intrepidez o quizá pasar un mensaje a sus compinches. El problema es precisamente el testimonio, ya que sus propias fotos los delatan, sobre todo cuando se olvidan el celular donde robaron.

En una casa de Bahía Blanca el ladrón entró a robar de noche en la casa, hasta que se encontró con el dueño que lo interpelaba detrás de una puerta y le avisaba que estaba llamando a la policía con su propia máquina de sacar selfies. Entonces salió corriendo, pero dejó olvidado el celular encima de una mesa. El pobre ladrón se sacaba fotos en los espejos porque su teléfono era medio viejo y hacía malabarismos para registrar sus tatuajes en los omóplatos. Para colmo tenía registrados números y chats que lo delataban tanto como sus tatuajes.

La cazaron de una oreja cuando intentaba robar las alcancías de una iglesia. En la comisaría se enteró dónde había dejado olvidado el telefonito que saca fotos. Los policías todavía se están riendo.

El sirito de la playa


La foto del sirito Aylan Kurdi en la playa turca de Ali Hoca Burnu se convirtió en el icono de la tragedia. Fue tomada por la fotoperiodista Nilufer Demir, que llegaba al lugar a la vez que los rescatistas que encontraron el cadáver. Junto con sus padres y su hermano Galib de 5 años intentaban llegar a la isla griega de Kos. La guardia costera turca los detuvo cuando intentaban salir, pero finalmente los liberó y vamos a suponer que no fue por dinero. Entonces consiguieron un gomón y se hicieron a la mar remando hacia la isla de Kos, pero al poco tiempo y a unos 500 metros de la costa, el bote empezó a hacer agua y entró la desesperación. Uno de ellos se paró y el gomón volcó. El padre de Aylan y Galib es quien contó cómo sus hijos se le resbalaron de las manos y cómo tampoco pudo salvar a su mujer. También murió otro de los acompañantes en aquel bote desgraciado.

No había que ser Mandrake el mago ni el profeta Malaquías para saber que esto iba a pasar, porque pasa siempre que hay estas desigualdades tan cercanas y a veces lejanas. Ocurre hace 50.000 años y seguirá pasando: con tal de conseguir paz y libertad, gente de todas las condiciones navegan entre tiburones, subidos en llantas recauchutadas de tractor se lanzan al mar de la China en botes destartalados, atraviesan muros enmarañados de alambre de púa, se esconden en los compartimientos de los trenes de aterrizaje de los aviones, caminan por desiertos infernales o se pierden en la selva del Congo.

Lo que ocurre ahora con los refugiados sirios en Europa es lo que pasó a fines de los años 70 con los boat people del sudeste asiático que escapaban de las venganzas sociales que siguieron a la Guerra de Vietnam y salían de sus países con lo puesto en barcos muy precarios. Pero no hay que ir a buscar a los desplazados por las guerras o las persecuciones políticas. Cualquier gran migración es impulsada por la búsqueda de un mundo mejor y expulsada por la miseria. La Argentina es producto de esas desigualdades: nuestros abuelos o bisabuelos emigraron de toda Europa, Japón o Medio Oriente y no vinieron porque no les gustaba la comida o el clima de sus países. El problema era que no había comida y la Argentina prometía una vida mucho mejor, llena de abundancia y de paz.

En toda América hay sirios y libaneses a quienes decimos turcos porque traían pasaporte del Imperio turco: apellidos muy establecidos del Ecuador, la Argentina y Brasil (no hace mucho había más libaneses en San Pablo que en Beirut) son claros testimonios de esa migración, y muy conocidos dada su relación sensual con el poder político. A veces por culpa de un funcionario de migraciones se llaman Romero o Flores, pero siguen siendo tan turcos como los Saadi o los Manzur.

Las migraciones no son buenas ni malas. Lo bueno es el sueño y malo es lo que se deja. Pero entre el sueño y lo que se deja aparece el negocio de unos cabrones que se vuelven millonarios con el tráfico de personas. La desesperación por salvar la vida propia y de los familiares más cercanos hace subir el precio de billetes sin garantía en vehículos frágiles y sin control de nadie. Los traficantes de personas se frotan las manos cuando alguna autoridad dificulta el tránsito de sus pasajeros, porque eso encarece el costo de su contrabando al paraíso prometido.

Europa no podrá evitar la estampida de emigrantes de África y del Cercano Oriente con controles, muros, zanjas o cañones. Pongan lo que pongan serán rebasados por las masas hambrientas y sedientas de pan y de agua, pero empachadas de programas soñados de la Deutsche Welle. Si quieren que los sirios se queden en su casa, tienen que convencerse de que ellos también lo quieren: huyen de la guerra y del hambre, no de sus casas y sus afectos.

Si los húngaros o los alemanes no los quieren, hay lugar y parientes de sobra en nuestra América para alojar a los que se tienen que ir de su tierra perseguidos por el califato que degüella a quienes no piensan como ellos. Antes y ahora siempre fue su casa.

No somos nadie

La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar, que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes. En esa época de contacto diario entre adultos y postadolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mí me tienen bronca”. Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos estudiantiles.

Ante ese reclamo, los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.

Mutatis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.

Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos. Mire si no es gracioso lo que nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.

Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos. No me equivoco si digo que no somos el centro del universo, ni usted, ni yo ni nadie que lea estas líneas. El poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Y le advierto que, aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.

La bandera de Posadas


Cuando los que ahora somos grandes éramos chicos, conocíamos una sola bandera: la celeste y blanca de la Patria. En esa época era más azul y llamábamos bandera de guerra a la que tenía el sol, autorizada sólo para uso de las fuerzas armadas y lugares oficiales y prohibida para los simples civiles del pueblo llano. Por suerte y por una ley de la Nación desde 1985 tenemos una sola bandera con el Sol de Mayo de 32 rayos –intercalados rectos y flamígeros– que redondean su cara mofletuda. El sol no estaba en la bandera de Belgrano de 1812 pero no le disgustó a don Manuel cuando Juan Martín de Pueyrredón lo agregó en 1818. Parece que es incaico y que recuerda el nacimiento de una gran nación que en aquellos días incluía el Alto Perú. Y aquí advierto que no tiene nada de incaico el sol con 32 rayos rectos y flamígeros intercalados que adorna el emblema de los jesuitas, el mismo que ahora forma parte del escudo papal, así que mire por dónde el Sol de Mayo se instaló en el emblema de la Santa Sede.


También tiene medio sol (o un sol naciente) la bandera de Posadas: los flamígeros están intercalados cada tres rectos y hay una cruz circunscripta entre el medio sol y medio engranaje, unas espigas que nacen en un escudo en el que hay un ancla antigua y se convierten arriba en unas manos entrelazadas; los colores azul y rojo significan el río Paraná y la tierra colorada… El manual de instrucciones dice que las manos son de guaraníes y colonos, el sol y la cruz son jesuitas, el engranaje es la industria, el ancla es el puerto y las espigas son laureles...


La nueva bandera se suma a las que hay que izar, arriar, enarbolar, flamear y hasta abrazar. En Posadas ya hay por lo menos cuatro: la nacional, la provincial, la de Posadas y la del Mercosur. Al paso que vamos en los colegios van a ser abanderados hasta los últimos de la clase.

Las banderas son símbolos abstractos precisamente porque significan una sola cosa, pero formada por infinidad de significantes. Por eso son sobre todo los colores los que identifican a las banderías detrás de sus banderas y cosas las que significan en los escudos. No hace falta poner la cara de Tévez y la silueta de la Bombonera para crear la bandera de Boca Juniors: basta con el azul y oro que, por si no lo sabe, descienden de la bandera sueca, que es de las más antiguas y simples del mundo.

Las banderas son esencialmente colores, compuestos por telas cosidas. No son dibujos sobre telas, que para eso están los escudos. En todo caso tendrán algún bordado, pero cuantos menos, mejor. Las banderas con escudos son una confusión de lenguajes y no es nada grave que coincidan los colores de diferentes banderas del mundo como coinciden los colores de River Plate, la selección peruana o Estudiantes de La Plata. También pasa con las banderas de Venezuela, Colombia y Ecuador o las de algunos países centroamericanos con la argentina gracias a las andanzas de don Hipólito Bouchard por aquellas playas.

Hace muchos años que existe la vexilología, que es la ciencia de las banderas. Hasta hay una Asociación Argentina de Vexilología y una institución mundial que las reúne: algo así como la Real Academia de las Banderas. Además hay una rama de la publicidad llamada branding que es la que se ocupa de las marcas, logotipos e isotipos y que tiene a su vez una especialidad llamada marca país, dedicada a hacer estas cosas, pero con pienso. Todo bien ahí peor mire lo que pasó: la bandera de Posadas se eligió entre las diseñadas en un concurso popular y luego se votó por internet y en en los colegios...

Dejar los emblemas en manos de aficionados inexpertos o a merced de votaciones populares no es lo más indicado aunque parezca muy democrático. A la bandera hay que quererla y puede que los posadeños se acostumbren a ella y también que la amen, el tiempo lo dirá... La picardía  es que por clientelismo juntavotos se perdieron una gran bandera y se quedaron con una del montón.