Washington Fernández

Ya se sabe que en los Estados Unidos se habla en castellano... bueno y también un poco en inglés. Y ningún latinoamericano se siente extranjero entre los gringos, sea el estado que sea y sí, sin ir más lejos, en Canadá. Lo que no se entiende es por qué nos dicen latinos o hispanos a los incas, aimaras, guaraníes, achuares, aztecas, mbyás, tehuelches, araucanos... Es por lo menos una contradicción de la historia decirle latino a un aborigen americano, y también a un alemán, un sirio-libanés o un judío de nuestras pampas, tan americanos hoy como los llamados blancos en Norteamérica.

En el 2050 uno de cada tres estadounidenses será de origen hispanoamericano y los de origen mexicano habrán superado a los de origen africano… y el presidente se llamará Washington Fernández, me la juego. Y si seguimos sumando años verá que en el 2100 ya seremos mayoría absoluta. La razón principal es la tasa de natalidad: los hispanos tienen los hijos que los digamos europeo-americanos no quieren tener.

Pero no solo les ganamos a la hora de procrear americanitos de pelo chuzo, también se han impuesto en los Estados Unidos los sabores, los colores, el movimiento y la belleza latinoamericanos, que han corrido al rincón del olvido al sosísimo modelo Doris Day, el hot-dog y las faldas escocesas. La belleza sin esfuerzo es la ventaja latinoamericana que se impone y gana siempre. Contra ella perderán siempre los gringos, hasta que llegue Washington Fernández a la Casa Blanca.

Ocho días de servicio militar

Probablemente por un ataque de ADD me equivoqué la fecha de la revisión médica para el servicio militar, así que me tocó un día en el que la hacían los rezagados: los que habían quedado como yo para la escoba por el déficit de atención o por obligaciones profesionales, como las de un famoso jugador de fútbol a quien le tocó hacerla justo un puesto antes que el mío en la fila de los futuros reclutas. Confieso que iba divertido y con ganas de hacer la conscripción gracias a las anécdotas infinitas que había oído contar a mis amigos, parientes y compañeros de estudios, a quienes en esos años o mucho antes les había tocado hacer la colimba en los lugares más dispares, desde la Policía Federal -donde se podía cumplir como voluntario- a la Antártida, embarcado en un destructor o un regimiento de montaña. Entre los sucedidos, casi siempre muy divertidos que contaban, estaba el patrón común de la colimba: un año -dos si te tocaba en la Marina por salir sorteado en los números más altos- en el que aprendías a hacerte duro gracias a las arbitrariedades de los superiores que llegaban a agotar la capacidad de resistencia. Se suponía que así era la guerra: el soldado no piensa, obedece hasta la muerte y así se defiende a la Patria. No hay más discusión. Si lo pensabas un poco era una calamidad, pero todo valía para servir a la Patria, hacerse hombre y aprender...

Aprender era lo que me movía. A esa edad había que salir del nido familiar y convivir con gente muy distinta. Entre los estudiantes universitarios ocurría que tenías que obedecer ciegamente a personas con muy poca formación intelectual que trataban de explicar a todo un físico qué es un proyectil. O que mandaban a un botánico correr hacia unos pinos que eran cipreses.

–¡Esos no son pinos, mi cabo!
–¡Dos días de arresto recluta tagarna!

Y se acabó la discusión. Por eso llegué con ganas pero algo prevenido a mi revisión médica en los fondos del Comando del Primer Cuerpo de Ejército, en Palermo, donde ahora hay un inmenso shopping. Cuando pasé el portón de entrada pregunté a un sargento barrigón que recibía detrás de un escritorio.

–¡Sáquese las manos de los bolsillos! Contestó con furia fingida y desprecio real.

Desde ese momento intenté salvarme, así que usé la coartada del soplo al corazón cuando el médico me auscultó en una fila que parecía la foto de un campo de concentración. Lo conseguí después de ocho días de electrocardiogramas, dopplers y ecografías porque me mandaron al Hospital Militar y el residente que me tocó decidió practicar todos los aparatos con mi soplo -es congénito y lo tengo de verdad pero no era suficiente para salvarme de la colimba. No me costó convencerlo de la inconveniencia de perder un año de mi vida haciendo saltos de rana en Campo de Mayo o quién sabe dónde, así que el bueno de él me firmó la excepción.

Eso era el servicio militar: una lamentable pérdida de tiempo. Y estoy seguro de que si no lo fuera nos hubiéramos alistado con ganas. Habría para aprender miles de cosas en ese año o dos del servicio militar en los que también se nos podía entrenar en las virtudes militares en lugar de contaminarnos con sus vicios. Hubiera hecho encantado la conscripción en la montaña, en un regimiento de paracaidistas, en los mares del sur, navegando los ríos de la Patria o en el escaso aire del altiplano. Aprenderíamos con gusto a convivir con otros argentinos a quienes jamás hubiéramos tenido ocasión de conocer. Muchos estudiaríamos encantados estrategia o historia militar, utilísima para cualquier situación de la vida y sobre todo para la política. Pero nunca fue eso sino una suerte de esclavitud por un año... o dos si te tocaba la Marina.

El puente de Roque González


El 25 de marzo de 1615 Roque González de Santa Cruz fundó la misión de la Anunciación de Itapúa en un cerro de basalto, que en ese lugar obliga al Paraná a dar una vuelta casi completa. Poco después, por razones que todavía no están muy claras, el mismo fundador trasladó la misión a la otra orilla del Paraná, pero entonces la llamó Nuestra Señora de la Encarnación. Los lectores sagaces ya saben que Anunciación y Encarnación son dos palabras distintas para referirse a la misma realidad, que ocurrió, digamos, el 25 de marzo del año 0, exactamente nueve meses antes del nacimiento de Jesucristo. Cuenta San Lucas que ese día el Arcángel Gabriel le anunció a la Virgen María que sería la Madre del Salvador y en el momento que María aceptó su misión, el Hijo de Dios se encarnó en sus entrañas.

La historia de ahora cuenta que siempre quedaron algunos pobladores en la margen izquierda del río, cosa muy probable aunque sea incomprobable. Pero aunque no hubiera quedado nadie, siempre fue una misma ciudad que hoy se llama Posadas en la orilla izquierda y Encarnación en la derecha. Para más datos, Roque González ahora es santo: lo canonizó Juan Pablo II en 1988 en Asunción junto con sus dos compañeros, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo. Encarnación y Posadas tienen el mismo origen, la misma historia y el mismo destino. No son dos ciudades hermanas como hay tantas en el mundo; ni siquiera mellizas o gemelas: son la misma ciudad, cruzada por un río que tiene por desgracia una línea de rayas coloradas en los mapas.

El 25 de marzo de 2015 Posadas y Encarnación cumplirán 400 años. En un país que no llega todavía a los 200 de su independencia significa por lo pronto que han pasado más tiempo de su historia juntas que separadas. Fue recién después de la Guerra del Paraguay, en 1870, que el límite entre los países quedó fijo en el medio del río. Serán 400 años de esta realidad urbana llamada Posadas y Encarnación, con el Paraná represado en el medio y un puente que no merece el nombre del fundador porque las separa en lugar de unirlas. La culpa es de los muchachos de Migraciones, de Gendarmería, de la Policía y de la Aduana que podrían estar varios kilómetros tierra adentro y dejar vivir en paz a posadeños y encarnacenos, como en el sueño de San Roque González de Santa Cruz.

Periodistas arqueólogos


Un buen día me dice la secretaria del diario, en la dirección de El Territorio, que un arqueólogo quiere hablar conmigo y que está ahí mismo esperando detrás de la puerta. ¿Para qué querrá verme un arqueólogo? me pregunté, convencido de que los estudiosos de la antigüedad no tienen nada que ver con los historiadores de la actualidad que somos los periodistas.

El hombre entró con mapas enrollados bajo el hombro y otros documentos que se le caían de las manos. Traía, además, una vehemencia exagerada. Despeinado, enjuto, afiebrado, vivaracho, me contó que había sido novicio jesuita y que luego había estudiado historia, antropología y arqueología y me pidió discreción absoluta. Desplegó los mapas sobre la mesa y me contó el secreto: en un lugar de la costa del Paraná había enterrado un tesoro guaranítico que el lago de la represa de Yacyretá inundaría sin remedio. Tenía el dato y pedía ayuda al diario para desenterrarlo antes de que se pierda. A cambio nos daría todos los derechos de publicación del descubrimiento. No era mala idea.

Allí fuimos con nuestros disfraces de Indiana Jones. El hombre sabía lo que hacía. Marcamos el terreno con unas cuerdas y empezamos a excavar primero y luego a cepillar la tierra en un barranco de la costa del río en el que empezaron a aparecer unos restos de alfarería que podían ser cacharros de mi abuelita. Con mucho cuidado conseguimos desenterrar unas vasijas de boca grande que contenían restos humanos. Eran urnas funerarias bastante rotas, pero se podían reconstruir si teníamos todos los pedazos. Cuando le pregunté de qué época serían, el arqueólogo me contestó que era imposible de saber: el carbono 14 tiene un margen de error de unos 5.000 años y en el 3.000 antes de Cristo no había guaraníes. Además en esos 5.000 años la cultura guaranítica no había cambiado: eran iguales las urnas de la época de Noé o las de anteayer. Es decir que mientras el mundo pasó de la edad de bronce al teléfono celular estos buenos señores ni siquiera habían cambiado las marcas de sus uñas en el barro de las vasijas.

Llegamos con las urnas al diario y allí empezamos la reconstrucción, pero sobre todo publicamos el descubrimiento a toda portada y lo seguimos durante varios días mientras duraba el proceso de restauración de las vasijas. Durante un mes la dirección del diario parecía el Museo Británico y en las páginas nos felicitábamos por haber contribuido a un descubrimiento arqueológico de primer orden, por lo menos para lo que se puede encontrar en nuestra región.

Hasta que un día la recepcionista nos anunció otra visita: esta vez hacía antesala la Ministra de Cultura de Corrientes, la provincia vecina a la de Misiones. “Vengo a buscar las urnas que nos robaron” me retó con la misma vehemencia que el arqueólogo me propuso descubrirlas un mes antes. No había dudas: las urnas estaban en la provincia de Corrientes y no en la de Misiones y por tanto eran de ellos. Había elevado una queja formal a las autoridades de nuestra provincia y amenazaba con tomar medidas muy serias si no se las entregábamos.

Nunca más vimos nuestro tesoro, pero nos conformamos con no terminar en una cárcel correntina. Para colmo nuestro robo estaba perfectamente documentado en las páginas del diario. Así que solo nos quedó... esta historia.

Libertad o muerte


Libertad o muerte por Gonzalo Peltzer Hace unos meses, buscando la historia del gorro frigio y el palo del escudo argentino, me encontré con la bandera norteamericana de White Plains (1776). Tiene el gorro en la punta de un bastón y una espada cruzados como una equis sobre fondo rojo. Pero lo fuerte es lo que dice encima: Liberty or Death: Libertad o Muerte. La idea con otras palabras se repite en el himno argentino y en todos los himnos americanos, porque desde Alaska a Tierra del Fuego preferimos la libertad a la propia vida. No sé si lo heredamos de don Cristóbal Colón o de los aborígenes que habitaban toda América cuando llegaron los conquistadores. O del mestizaje que se produjo al sur del río Bravo cuando nuestros antepasados se bajaron de los barcos en busca de libertad. Fue cuando españoles, italianos, polacos, ucranianos, croatas, sirios, alemanes y judíos de casi todos esos países se mestizaron para crear la más creativa de las razas humanas. Los pobres africanos venían esclavizados, pero enseguida encontraron una libertad que ni soñaban en África, donde los tiranos locales los vendían a los traficantes por chucherías. Y aquí estamos con nuestro americanismo a cuestas, tratando de mostrar al mundo que somos una sola nación.

No crea que es tan normal: muchos europeos y ciudadanos de otros países del mundo razonan exactamente al revés: antes está la vida porque sin ella no hay ni libre ni esclavo. Entonces prefieren no ser libres antes que morir. Por eso se explica la esclavitud que todavía campa con formas que no tienen nada que ver con las antiguas. Siempre me pregunté cómo un puñado de hombres, por más armas que tengan, son capaces de mantener a raya a miles de prisioneros, o de esclavos, o millones de ciudadanos en macrocárceles que llaman países. Y también me asombra la capacidad sin tiempo del ser humano para escaparse de sus carceleros jugándose la vida. Ocurrió en la época de Espartaco, en la era de los campos de concentración de todos los colores, con la Cortina de Acero, en el Caribe salpicado de cubanos flotando en cámaras de camiones y también con los cayucos africanos en Lampedusa.

Libertad o muerte gritan fuerte los desgraciados en nuestras celdas torturadoras de presos, tanto que lo primero que le sacan a uno cuando cae en cana es todo lo que pueda servirle para quitarse la vida.

La pasión por la libertad ha guiado nuestra historia gloriosa cuando nos independizamos de los déspotas europeos, pero también es la que nos va a salvar siempre de los autoritarios que nacen cada tanto en nuestra América y se sirven de la democracia para asfixiarla. Los de hoy están como en El otoño del Patriarca de García Márquez, deambulando solitarios por los salones del palacio que perdió la vista al mar porque un día lo vendieron para terminar de pagar las cuentas de sus extravíos.

Robar y que te pillen

El supermercado es uno de los inventos más antiguos de la humanidad. Lo que pasa es que hace 4.000 años no tenía escaleras mecánicas ni aire acondicionado, pero salvo eso y algún otro detalle, son lo mismo: el lugar donde se concentra la oferta y la demanda de los bienes de uso diario de todas las casas de una ciudad o pueblo. Ese es todavía y después de milenios nuestro segundo hogar: allí nos pasamos horas disfrutando de lo que podemos comprar y soñando con lo que no podemos, nos encontramos con nuestros amigos, parientes y vecinos y hasta disfrutamos de unas cuantas tostadas con quesito cada vez que pasamos haciéndonos los tontos frente a la promotora de Mendiqués. Dicen que hay gente que se entretiene llenando carritos que después deja abandonados en un pasillo del súper: durante un buen rato compran todo lo que quieren como si fueran ricachones pero después salen con un rollo de papel higiénico por las cajas de embarazadas.

En la plaza del mercado nació también el periodismo cuando alguien que sabía contar historias relataba los sucesos cercanos y lejanos. Y también en el mercado se contrataban los obreros que necesitaba el señor para construir su castillo o el obispo para su catedral. Y en el mercado se izaba el banderín de enganche para la guerra que tocaba en ese momento. Y desde que hay mercados pasa lo que pasa. Imagínese que el rey (o el duque, o el obispo) dijera que los comerciantes le están robando a los ciudadanos porque aumentan los precios sin decir agua va. Antes, como ahora, los parroquianos los hubiéramos escarmentado asaltando sus tenderetes de melones, gallinas y cacerolas y que le vayan a robar a sus abuelitas.

Cada tanto en la Argentina saquean algunos chinos, supermercados, híper, maxi, giga y jumbomercados y también megatiendas de televisores, lavarropas y heladeras. Si vamos a robar, mejor que un paquete de fideos nos viene un plasma de 65 pulgadas de esos que nos regalan partidos de fútbol multiplicados desde la vidriera. Dicen que siempre ocurre cerca de la Navidad, cuando queremos que se realice el milagro del regalo para todos. Y si no lo puede comprar Papá Noel, me lo regalo desde la góndola yo mismo, que para eso están ahí expuestos y nadie nos molesta si entramos unos cuantos en tropel.

Lo que pasa es que esas cosas no son nuestras y llevarse un plasma de esos que muestran fútbol desde la vidriera, no es una proeza sino un delito igual que robarse un chicle de un maxiquiosco o una bolsa de billetes del banco de la esquina. De vivos no tenemos un pelo cuando nos quedamos con lo que no es nuestro; tampoco de buena gente, aunque las autoridades nos den mal ejemplo cuando se roban hasta la fábrica de hacer dinero. Que otros roben, maten o degraden la naturaleza, no nos autoriza a hacer lo mismo a nosotros.

Si pensamos que se puede robar cuando vamos en montón es porque lo que nos da vergüenza no es robar sino que nos pillen. Perdimos esta batalla cuando dejamos de educarnos entre nosotros. Hace 70 o más años los edificios más importantes de las ciudades eran las escuelas. Hoy son los casinos. Así nos va.

Ruinas


El 25 de noviembre de 2013 Francisco recibió a Horacio Cartes, el nuevo presidente del Paraguay. Después de la audiencia, en la que hablaron a solas unos 20 minutos, se acercaron a saludar al papa la hermana y las dos hijas del presidente además de algunos funcionarios que acompañaban a Cartes. Fue entonces cuando el papa les contó que cuando una maestra de Posadas preguntó a sus alumnos qué habían hecho los jesuitas, ellos contestaron “¡ruinas señorita!”. Respuesta convencida y lógica, ya que durante muchos años el símbolo de las misiones fueron las ruinas de las misiones. Así quedaron por el abandono provocado por la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús en 1767.

Cualquiera que viaje por Europa se encuentra con restos de edificios en mejor estado que nuestras ruinas, aunque tengan una antigüedad de miles de años. Baste con mencionar el Acrópolis de Atenas, el Coliseo de Roma, el teatro de Mérida o las arenas de Nimes, donde sigue habiendo corridas de toros como hace 2.000 años. Pero eso no es nada: Europa está plagada de iglesias románicas y góticas en pleno uso y son todas anteriores al descubrimiento de América, igual que cantidad de castillos y palacios. Muchos puentes que todavía hoy se usan fueron construidos en la edad media o en la época de los romanos. También y gracias al mantenimiento hay muchas iglesias y edificios con más de 400 años y en perfecto estado en nuestra América.

Lo curioso no es que esos edificios tan antiguos se hayan conservado a pesar del tiempo y de sus inclemencias. Lo curioso es que Europa que las alberga ha sido el campo de batalla de mil guerras desde que se tiene alguna memoria a nuestros días. Y también es curioso que al visitar ese campo de batalla no encontramos ruinas sino los edificios que estaban antes de la batalla y en perfecto estado. Es que las guerras y batallas han sido –no hay bien que por mal no venga- la consecuencia directa de que esos monumentos estén como nuevos: los han reconstruido una y otra vez con los adelantos que antes no tenían. Así resulta que hoy puede usted alojarse en un castillo medieval, pero con luz eléctrica, calefacción, baño, agua caliente, ascensores, aire acondicionado…

Cuando los jesuitas fueron obligados a dejar las misiones algunas estaban terminadas y otras en plena construcción. La actual parroquia del pueblo de San Cosme, en Paraguay, ocupa la antigua iglesia de la reducción. La nueva, grande y capaz, son apenas cimientos porque nunca pasaron de allí. Algo parecido ocurre con Jesús, también en Paraguay, que no está en ruinas sino a medio construir.

En la provincia argentina de Misiones y en el antiguo territorio de las misiones del Guayrá, que incluye a las regiones vecinas de Brasil y Paraguay, existen 30 antiguos pueblos en los más variados estados de conservación o de construcción. Y en lugar de reconstruirlas y ponerlas en valor hemos intentado conservar sus ruinas, algo que para colmo cuesta el doble de trabajo.

El sueño de las misiones


La provincia argentina de Misiones debe su nombre a las misiones jesuíticas que ocuparon una vasta extensión de nuestra América. Fueron unos 30 pueblos que se fundaron y florecieron entre los siglos XVII y XVIII en lo que hoy es la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Los restos de las misiones, diseminados por toda esa geografía, son patrimonio de la humanidad que muchísima gente visita asombrada. Pero son apenas vestigios conmovedores de la gesta evangelizadora de la Compañía de Jesús… que tuvo un final amargo: los jesuitas fueron expulsados de todos los dominios de los reyes europeos a mediados del siglo XVIII y luego suprimidos por el papa Clemente XIV en 1773. Recién en 1814 fueron restituidos por Pío VII, pero el daño estaba hecho: la expulsión provocó el abandono de unos cuantos pueblos de nuestro territorio, pero sobre todo se abandonó a su suerte a los paisanos, que quedaron a merced de la rapiña de los codiciosos. Muchos de sus habitantes volvieron a la selva para no ser capturados por los cazadores de esclavos. Y el abandono provocó la ruina, que fue el nombre usado durante años para referirse a lo que quedaba de los pueblos. Pero esos restos, en mejor o peor estado, siguen dando testimonio del esfuerzo de los padres de la Compañía por promover a los guaraníes no solo con la fe, también con las artes y las ciencias.

Es imposible juzgar los hechos de hace casi tres siglos con los estándares actuales y no pretendo discutir esas cuestiones, pero basta con recordar ahora que nadie nunca se hizo cargo ni pidió perdón por ese abandono. Ahora que el papa es argentino y jesuita la ocasión y la oportunidad no pueden ser mejores para reivindicar la gesta que le da nombre a la provincia. Y el momento es propicio para recordar un viejo sueño que alguna vez me contó monseñor Alfonso Delgado cuando estaba al frente de la diócesis de Posadas: reconstruir una de las misiones y ponerla en valor hasta llegar a mostrarla en todo su esplendor.

Delgado imaginaba la misión de San Ignacio o la de Santa Ana tal como eran en el siglo XVII, con sus patios y claustros, su colegio y sus casas de piedra, su iglesia techada, sus columnas de lapacho y los arcos de sus puertas completos, sus altares, imágenes y retablos… y con los padres de la Compañía repuestos en su colegio como genuinos intérpretes de las misiones. Además podría instalarse allí un centro de estudios que sirva a quienes investigan esa parte de la historia americana.

No hay que ir muy lejos para ver los resultados: unos 200 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se levantan vivas las iglesias y los pueblos de la Chiquitania que fueron reconstruidas tal como estaban en 1767. Los años pares se realiza en ellas el un festival de música barroca que atrae a Santa Cruz y a las antiguas misiones orquestas y coros de todo el mundo. Vienen a celebrar la música de nuestra tierra: la misma que se cantaba y tocaba en las misiones del Guayrá, compuesta, entre otros, por Doménico Zípoli, uno de los más grandes maestros de la música barroca. Zípoli era un músico italiano que se hizo jesuita en Roma y luego se vino de misionero a nuestra América. Nunca estuvo en las misiones: llegó a Córdoba a completar sus estudios para ordenarse sacerdote y allí, entre la ciudad de Córdoba y la estancia de Santa Catalina, compuso casi toda su obra. Zípoli murió en Santa Catalina antes de ser sacerdote (en esa época escaseaban los obispos en América) y está enterrado en su iglesia que conserva todavía el esplendor barroco de aquella época.


Santa Catalina y Chiquitos son un ejemplo de lo que puede hacer Misiones con algunas de sus antiguas reducciones jesuíticas. Ponerlas en valor hasta mostrar todo el esplendor de sus mejores tiempos. Aprovechar sus iglesias vivas para interpretar la música fantástica que se compuso precisamente para esas iglesias. Revivir en sus colegios, huertas, claustros y pueblos la vida de aquellos tiempos, cuando guaraníes y jesuitas convivían en paz y se enseñaban unos a otros a viajar de la tierra sin mal al paraíso. Y la música de Zípoli es un testigo fenomenal de esa convivencia y de ese viaje.

Vigilante dormido


En Brasil las llaman lombadas y en México topes. En Guatemala se ponen tétricos y les dicen túmulos. En la Argentina son lomos de burro y en Chile de toro. Pero me gusta más como les dicen en Colombia y en el Ecuador: policía acostado (en la sierra al que acuestan es a un chapa). El padre de un amigo les dice vigilante dormido, que es lo que hace uno cuando se acuesta. El vigilante y el policía tienen la connotación más cercana al reductor de velocidad, como han empezado a llamarlo –para evitar metáforas molestas– las autoridades municipales, provinciales y nacionales de todo el continente, incluidas las tres Guayanas. Y están las autoridades que prefieren bandas sonoras, quizá porque te suenan el auto. Pero sigo prefiriendo el vigilante que todo lo ve y desconfía del más inocente.

Los hay de todos los tamaños. Grandes y amesetados, a los que el auto se sube y se baja como de una montaña rusa. Redondos y altos, que más que policías dormidos parecen esqueletos de elefantes los que tocan la barriga del auto con el consiguiente daño a todo lo que hay ahí abajo. También están los aplastados por las huellas de los camiones que en el medio dejan una aleta que ataca directo al cárter. Y están también las lomadas benignas, las que parecen una boa atropellada por cruzar distraída el camino.

En Itatí hay unos socotrocos redondos, como pelotas de hierro puestas en fila para destruir hasta un camión con acoplado. Y últimamente han aparecido botones amarillos de plástico bien duro abulonados al pavimento que descuajeringan el auto más pintado: hay que parar a ajustar los tornillos si uno no quiere perder piezas importantes de la carrocería. Entre tanta variedad, los que son mortales son unos filos amarillos, que parecen cuchillos a medio enterrar. Esos te dejan las llantas cuadradas.

Cuando ponen lomadas, suelen pintarlas y acompañarlas con carteles que advierten que viene uno de esos. Pero ya se sabe, los carteles se caen y la pintura se gasta: entonces te sorprenden y te dejan el auto sin tren delantero. Y en Córdoba hay un pueblo que tiene lomadas virtuales: avisan con carteles amarillos que el lomo de burro está a 100 metros, a 50 metros, a 25… pero no hay nada; igual todos paran aterrados. Seguro que los que sacan los carteles son los dueños de los talleres de alineado y balanceo o los mecánicos en general, porque esas lomadas desbaratan el metal finito y el plástico duravit con que se hacen los autos ahora. Tanto trabaja la pobre carrocería sin chasis que cuando paso un lomo de burro en diagonal para que no toque la panza parece que va a saltar el parabrisas de lo que cruje mi cochecito grisplata.

La cárcel


Una sola estuve en la cárcel. Fue en la Unidad Penitenciaria 13 de la provincia de Buenos Aires, en Junín. Hablé con varios presos –internos los llaman– y todos eran inocentes. Después me explicaron que hasta los más contumaces delincuentes declaran su inocencia ante quien los quiera oír y siempre que no sean otros internos. En las cárceles el orden de jerarquía lo establece la gravedad del delito que purgan, así que para adentro es mejor ser peor. 

Quizá sea desde entonces que tengo la convicción de que las cárceles no sirven para nada y que ahí están los perejiles, aunque sean homicidas, ladrones, violadores, piratas del asfalto, contrabandistas o narcotraficantes. Los verdaderos delincuentes andan sueltos por la calle, algunos tienen cargos públicos y son culpables de los delitos de los que están adentro porque jamás se ocuparon de la promoción y la educación de las personas más vulnerables. 

Nunca me expliqué por qué el ser humano es capaz de quitar la libertad a sus semejantes. En realidad lo que no me explico es que nos horrorice la tortura y la pena de muerte mientras quitamos el don más preciado a nuestros congéneres. Privar de la libertad es la peor de las torturas y la mayoría preferimos estar muertos a no tenerla.

Para colmo las cárceles se han convertido en universidades del delito, caldo de cultivo de terribles enfermedades y cámara de tortura por el dedicado esmero que ponen en hacer sufrir los propios colegas de infortunio y a veces también los malos carceleros. Tampoco me explico, por eso, la expresión “que se pudra en la cárcel” que implica el deseo de un castigo extra además de la falta de libertad y como si eso no fuera suficiente.

Algún día las cárceles serán lo que ahora las mazmorras de tortura de los castillos medievales o los campos de exterminio nazis que visitamos asombrados cuando andamos de turistas por Europa. Será cuando la humanidad descubra que hay que querer y perdonar a los delincuentes y tratar de averiguar qué les pasa, pero para remediarlo.

Conseguiremos mejores resultados si en lugar de castigarlos les pagamos los estudios en una buena universidad y un viaje a Disneylandia.

Amor y política

Todo nos encanta de quien estamos enamorados. Su ropa, su olor, sus palabras, sus lentejas, sus gestos y hasta sus manías. Dicen que el amor vuelve un poco tontos a los seres humanos porque perdemos el equilibrio y la sensatez y nos olvidamos de lo que antes nos acordábamos porque nos acordamos solo de una persona. Nada da tanto placer como satisfacer los deseos del amado y todo vale para hacerlo. No vivimos sino para el otro y el otro para uno. Nada hiere, nada lastima, nada molesta cuando dos personas se quieren.

Y cuando por un desengaño, por aburrimiento o por simple cansancio se deteriora la relación de los que se aman, las cosas se ponen al revés. Lo que era dulzura se vuelve amargura, lo rico se pone feo y las cosas que antes encantaban ahora empiojan. Una relación que parecía indestructible se convierte en suplicio en un segundo al enterarse uno de la infidelidad del otro. Lo que antes era placer ahora es dificultad. Ya no son ricas las lentejas y la rutina cotidiana que antes era nido se convierte en otra vez sopa. Todo hiere, todo lastima, todo molesta cuando dos personas han dejado de quererse.

La política en tiempos de democracia tiene mucho de noviazgo, de amor y de desamor. Cuando un candidato consigue el amor de las mayorías, todo lo que haga estará bien. Ganará las elecciones sin contratiempos y podrá gobernar tranquilo, porque su gente lo seguirá hasta donde quiera llegar, a veces con sacrificios increíbles. El amor basta y sobra y lo han demostrado todas las revoluciones de la historia.

Y cuando se pierde el amor del pueblo ya no hay nada que lo alegre. Las mismas cosas que antes lo apasionaba a favor ahora lo afiebra en contra. Como en el desamor de una pareja, en la política el desengaño es recíproco y quedan dos opciones: volver a enamorase a fuerza de perdonar y reconocer errores o desconocerse para siempre y devolverse los regalos desde los quince años. Pero en política como entre los amantes es muy difícil reconocer errores y perdonarse, entre otras cosas porque al menor descuido alguien empieza a enamorar a espaldas del malquerido: el amor es un hueco que siempre se llena.

El pueblo -la gente se dice ahora- es un complejo sistema de inteligencia y voluntad colectivas. Cuando da su amor a un gobernante le exige también entrega absoluta. Y entonces le perdona todo. Y nada hiere, nada lastima, nada molesta. Y cuando falla -cuando el pueblo se entera del desamor- viene el desengaño. Y entonces no le perdona nada. Y todo hiere, todo lastima, todo molesta…

Chupamedias

Lamebotas, lameculos, lambón, pelota, alcahuete... pero en castellano hay un sustantivo de salón para referirse a todos ellos: obsecuente. Están por todos lados, hay muchos más de lo que parece y puede ser el sida del siglo XXI.

Los principales culpables de la obsecuencia son los que la permiten, porque los chupamedias aparecen y se desarrollan en organizaciones permeables. En todos lados y cada vez más, hay jefes que prefieren un empleado obsecuente a uno inteligente. Los obsecuentes no fallan nunca y son siempre leales, por eso es tan cómodo rodearse de ellos aunque no hagan nada útil. Pero hay todavía una fortaleza nada despreciable: avisan cuando alguien está por hacer algo innovador y creativo en la organización. Entonces se lo puede sancionar y hasta echar por traidor.

La obsecuencia infecta todas las organizaciones publicas y privadas, pero sobre todo enferma a la administración pública y a la política, que se alimenta de chupamedias desde la época de Hammurabi. Es que el poder siempre prefiere al obsecuente antes que al que pueda descubrir la ineptitud del que manda. Y cuanto más tiranos son los jefes, más chupamedias los subordinados, tanto que el cerco de los obsecuentes que rodea a todos los autoritarios es una señal indiscutible de su despotismo.

Lo más grave de esta enfermedad de las instituciones es que la obsecuencia instala una espiral perversa que va de mejor a peor, porque los obsecuentes un día llegan arriba de todo y, como son por naturaleza permeables a su propio género, multiplican la obsecuencia anterior. Este es el mecanismo que permite asombrosas situaciones padecidas mil veces en la cooperadora del colegio y en las Naciones Unidas: mandan unos inútiles rodeados de obsecuentes.

La paciencia del yacaré


Los esteros del Iberá son un inmenso bañado del tamaño de Bélgica en el que no hay gente: solo agua y yacarés, además de víboras curiyú, carpinchos, aguarás, venados y 360 especies de pajarracos de todos los colores y tamaños. Solo hay gente –poca– en las costas del bañado, pero el estero es una descomunal laguna enmarañada de plantas acuáticas e islas flotantes en la que cualquiera se pierde. El paisaje cambia cada día porque, ya se sabe, en el agua todo se mueve.

Entramos al estero desde la estancia de unos amigos en Galarza, a donde llegamos después de recorrer 80 kilómetros de caminos de la arena suave que alguna vez fue lecho del río Paraná. Cuando volvimos de la laguna nos resucitaron con guiso tropero, empanadas y vino tinto. Allí, adentro del Iberá, los yacarés te miran como si no pasara nadie, los carpinchos se hacen los osos y las víboras duermen su digestión al sol sin inmutarse. La distancia de protección de estos animales es casi nula. Saben que estos otros animales que andan vestidos y hablan entre ellos no los van a tocar. Pero los que lo saben son las nuevas generaciones: las anteriores que se animaron al ser humano ahora son zapatos y carteras.

Hace casi 50 años ya andaba por estas lagunas, pero del otro lado del Iberá. Antes de bañarnos tirábamos piedras al agua para espantar las palometas que muerden como las pirañas. El campo era salvaje y los peones iban armados por si aparecía una cuenta pendiente o un animal para almorzar. El agua sabía a hierro y a la noche pateábamos los sapos cururú que se apilaban debajo de las luces para cenar insectos del tamaño de mi llavero.

Para ver un yacaré de cerca había que ir al zoológico. Reptaban en un lodazal asqueroso formado por la orina y la bosta de los hipopótamos. Apenas se veían los ojitos que asomaban tristes de esa cloaca hedionda. Alguien los había cazado y vendido a la municipalidad de Buenos Aires, que compraba comida podrida al precio de Maxim’s de París para alimentar a sus huéspedes.

En estos 50 años los animales no cambiaron y la naturaleza tampoco (en términos de evolución esos cambios se dan en millones de años). Sí cambiamos los hombres, pero no nuestra naturaleza –que también necesita millones de años– sino nuestro pensamiento. Y los pobres bichos, que solo tienen instinto, se dieron cuenta de que aprendimos a convivir con ellos en esta barca sorprendente que es el planeta, en el que navegamos juntos como en la época de Noé por los milenios y por el universo.

Estamos aprendiendo a convivir con los yacarés, los carpinchos y los osos hormigueros, pero entre nosotros nos va cada día peor. Hay que seguir aprendiendo de la paciencia yacaré.

Tacuapí

Misiones, Argentina

Rabona


El zoológico de Buenos Aires es una muestra del esplendor de una ciudad que entre 1880 y 1930 pasó de ser un rejunte de ranchos a la gran urbe que es hoy: todavía su infraestructura y esplendor son los de entonces. Hoy queda en un barrio central y nada barato y los que viven por allí se despiertan a las mañanas con los rugidos del león y no se alteran con los chillidos de los monos en sus peleas interminables.

Ahora nos da lástima ver a los animales enjaulados, pero no era así hace 100 años. Entonces, para que se sientan como en su casa, los camellos tenían en su corral una pirámide egipcia, los cóndores unos Andes de concreto en su pajarera gigante y los osos polares se asaban con los pingüinos sobre un témpano de cemento encalado. Había un orangután negro betún detrás de una fosa que golpeaba el pecho como en las revistas de Tarzán.

Es una paradoja que lo fundara Domingo Faustino Sarmiento, el padre del sistema de educación que hizo grande a la Argentina, porque además de cárcel para animales inocentes, el zoológico era refugio de rabonas de los estudiantes secundarios de toda la ciudad: las mañanas de lunes a viernes había fiesta de adolescentes entre elefantes, cebras, hipopótamos y cocodrilos.

Aquella mañana fría pero soleada del invierno de Buenos Aires había decidido no ir al colegio, así que al salir de mi casa enfilé para el zoológico. Era un viaje largo que tendría que terminar a pie, porque no alcanzaban las moneditas que mi madre dejaban todas las noches apiladas para cada uno de los hermanos encima de los azulejos de la mesada de coser.

Caminaba por la Avenida del Libertador cuando oí la voz de mi padre desde su auto negro que marchaba despacito y a mi par. Subí junto con él en el asiento de atrás –entonces mi padre tenía chofer- y seguimos viaje al centro de la ciudad. El diálogo completo puede ser largo, así que solo les dejo lo esencial:

-¿Y por qué no quieres ir al colegio?
-Porque me aburro.

Cuando llegamos a la Cancillería me mandó a desayunar a una confitería cercana y después me mostró el Palacio San Martín, donde tenía un despacho descomunal con un mapamundi que cubría toda una pared. Después vino otro diálogo:

-¿A qué hora llegas a casa?
-A la una.

Me mandó con el chofer y nunca más se habló del tema. No dije nada en casa y se ve que él tampoco. Y no volví a faltar al colegio, aunque seguí aburriéndome como una ostra los años que me quedaban para terminar el bachillerato: una condena a soportar profesores mediocres que cumplí como un ejercicio para la vida. Desde entonces pienso que si los chicos se aburren en el colegio es inútil enseñarles nada. Pero para saberlo hay que preguntarles a tiempo.

Panqueso

Casi todos los días, pero especialmente en los feriados y en época de vacaciones, nos juntábamos los amigos del barrio debajo del cedro inclinado del Paseo de los Paraísos en San Isidro. Éramos los hijos varones de cuatro familias bastante generosas. Muchas veces se unían los invitados de cualquiera de nosotros hasta formar un grupo interesante. El fútbol no era lo único que hacíamos, pero era un suplicio.

Para formar los equipos se realizaba una criba fatal que hoy sería denunciable ante un tribunal antidiscriminación. Los dos mejores jugadores elegían a sus equipos entre el resto de los candidatos. Se enfrentan los dos capitanes a unos metros de distancia y se van acercando con pasos en los que el talón de un pie se apoya en la punta del otro. Uno es pan, el otro queso. Y así, pan, queso, pan, queso, pan, queso… termina uno pisando al otro y ganando el derecho a elegir primero entre los que mirábamos la maniobra.

Por supuesto, nunca me tocó ser capitán y en ese deshojarse la margarita terminaba siempre al final. Era el de la escoba, el último que elegían. Solo me superaba algún desconocido que por su pinta era tan patadura como yo. O era yo mismo cuando iba invitado a casas de amigos en las que se seguía el mismo procedimiento. No importaba si la cancha era grande o chica, si tenía arcos o usábamos un par de camisetas en el suelo para marcar la meta. Si era inclinada, de asfalto, con árboles en el camino o autos en la vereda. Siempre me elegían el último y les daba lo mismo para quien jugara si el número de jugadores era par. Pero si era impar y los candidatos escasos, un equipo de cinco contra otro de cuatro hace diferencia hasta con pataduras, pero ahí venía lo peor.

La mayoría de las veces –pero sobre todo cuando desequilibraba el número- me tocaba ir al arco. Eso les daba a los cracks la posibilidad de aprovechar a su favor el jugador de más y hacer goles. Hay que enfrentarse con un energúmeno que viene sin escrúpulos ni piedad dispuesto a fusilarte de un pelotazo. Yo era un colador y en cuanto los contrincantes lo sabían, tiraban al arco desde fuera.

Si el partido iba bien para mi equipo rogaba al cielo que no se les ocurriera emparejarlo. Pero no servía: cuando íbamos ganado 6 a 2 y parecía un triunfo asegurado, uno de los capitanes paraba el partido y pedía un jugador al otro equipo. Obligado a desprenderse de uno de sus hombres, el capitán de mi equipo elegía al peor, al más tronco… me elegía a mí, que terminaba en el arco contrario. Me cambiaban al equipo perdedor: una condena por donde se la mire.

Termitas

En Buenos Aires hay que calcular siempre el 20% más de comida en cualquier actividad en la que se da de comer. Pasa en los cócteles, reuniones, agasajos, vernissages y cualquier tipo de sarao más o menos público. Todo por las termitas, que se comen por lo menos un quinto de lo que se sirve.

Las termitas son una tribu de sujetos, ellos y ellas, que consiguen entrar en las embajadas, ministerios, hoteles, galerías de arte, clubes... para comerse lo que dan a los invitados. Viven de arriba y a veces, supongo, están compinchados con los mozos, que les sirven sus bocadillos favoritos y les escancian generosas copas de vino reserva. En general son personas grandes, mayores, bastante bien vestidas, aunque siempre hay un detalle que las delata, como a los extraterrestres que persigue Tommy Lee Jones en Men in Black.

Era todavía adolescente cuando me colé con un amigo a un matrimonio en una casa de fiestas vecina. Queríamos hacer la prueba y resultó muy fácil: solo había que vestirse de casamiento y entrar como Pancho por su casa a disfrutar del champán y entremeses de bienvenida, pero hay que desaparecer cuando toca sentarse a la mesa. Y era bastante más grande cuando probé el excelente desayuno de un hotel cinco estrellas de Miami: solo quería demostrar que era posible vivir de arriba si se tenía la suficiente caradura y la ropa adecuada. Y se puede.

Las termitas de Buenos Aires alegran las fiestas y hasta las engalanan. Si falta gente, ellos la completan y si hay mucha, ni se nota. Charlan animadamente entre ellos porque se conocen como pocos de los presentes. Seguro que se llaman para encontrarse después de investigar la oferta del día que aparece -a veces entre líneas- en los diarios de la ciudad y en un almanaque que se cumple con puntualidad religiosa.

Supongo, también, que se estudian el libreto de la reunión. Una vez allí se instalan en el lugar más estratégico, degluten sin parar y hasta se guardan sandwichitos de miga en los bolsillos o en la cartera.

Se diría que no hay fiesta si no hay termitas y lo gracioso es que todos las conocemos. Es un poco molesto que sean tan ávidos de comida y bebida, pero se ve que lo disfrutan y nunca se quejan. Para que no falte, solo hay que saber calcular el porcentaje de las termitas.

Castelao con rouge

A Colectividade Galega de Bos Aires

Francisco

Hace años que me atormenta la idea del código genético argentino. Es que resulta que somos un país con excelentes individualidades y pésima conducta colectiva. Tenemos buenísimos jugadores de fútbol… que funcionan bien en equipos extranjeros. Hay buenísimos tenistas… incapaces de formar un equipo para ganar la Copa Davis. Y así siguiendo. Los argentinos hemos demostrado nuestra incapacidad colectiva para organizarnos en un país bendecido por una riqueza casi infinita y es un chiste recurrente que Dios nos dio tanto que para compensar puso a los argentinos. Un presidente del Uruguay dijo una vez públicamente que los argentinos somos todos ladrones y recalcó: “del primero al último”. Fue Jorge Batlle, que después pidió perdón con lágrimas de cocodrilo. Y a los argentinos nos molestó que dijera justo lo que pensaba, que era la verdad. ¿Cómo puede ser que el modelo argentino sea un futbolista drogadicto, maleducado y pendenciero? Cuando cada vez que abrimos la boca nos mentan a Maradona es como si conocer a un norteamericano la gente exclamara "¡Al Capone!"

Si la Argentina quiere tener futuro como nación, tiene que cambiar su código genético. Dicho de otro modo: necesitamos con urgencia que nos transplanten dos cromosomas del Japón. Pero lo que me atormenta hace tiempo no es eso sino el cómo, porque los países cambian de raíz después de sangrientas revoluciones, guerras espantosas o catástrofes siniestras, todas tan cruentas que los obligan a renacer de sus cenizas y empezar de nuevo a fuerza de trabajo, hasta acostumbrarse. Y la Argentina, estoy convencido, se vuelve inviable si sigue por donde va… a ningún sitio.

Pero miren lo que pasó:

El 11 de febrero Benedicto XVI sorprendió al mundo con su renuncia, que provocó el cónclave y la elección del arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Bergoglio, que fue elegido Sumo Pontífice el 13 de marzo. El primer papa americano, el primero de hemisferio sur, el primer argentino, el primer jesuita, el primer Francisco... Su llegada a la sede de Pedro conmovió al mundo y no se imaginan lo que nos pasó a los argentinos.



Ese 13 de marzo nos tiraron una carga de profundidad en las entrañas de la patria y en las de cada uno de los argentinos. Alguien nos removió los cimientos con dinamita pesada y se derrumbaron las murallas que protegían la vanidad estúpida de la argentinidad. Somos concientes de que no habrá uno de los nuestros más trascendente en toda la historia: en la pasada, presente y futura. Ninguno ha llegado jamás ni llegará en milenios a semejante dignidad. Las calles y las plazas se llamarán un día Francisco y Bergoglio y el ser argentino quedará sellado por un tatuaje indeleble, distinto del modelo contaminado por el fracaso que nos rige desde la época del virreinato. El paradigma ya no es un vivo, un pendenciero, un ególatra, un vago, un seductor, un cobarde, o un desertor. De un plumazo se murió el desertor Martín Fierro, enterramos el tango Cambalache y jubilamos a Maradona. Ese maravilloso 13 de marzo nos cambiaron para siempre el arquetipo desde la logia de las bendiciones de la basílica de San Pedro. Y todavía estamos temblando.

No es una esperanza vana esta que acabo de describir. Es la misma que tenemos millones de argentinos en estos días. Lo que pasa es que los cambios serán intangibles y no dependen de ninguna decisión de nadie. No va a venir Francisco a dar órdenes ni a emplazarnos para que seamos mejores o nos convirtamos en japoneses. No terminará a golpe de bendiciones con la corrupción, la indolencia, ni la imbecilidad colectiva. No hará el milagro de sacarnos de la soberbia pegajosa que nos impide avanzar como grillete de preso. No hará desaparecer a los vivillos maleducados que hoy acampan en estas playas como los dueños de la verdad, de la honra y del patrimonio de los argentinos. No importa cómo va a ser porque el ejemplo actúa de modos misteriosos, pero es lo único que vale y por fin lo tenemos. Solo es cuestión de tiempo y ya verán que no es tanto. Por lo pronto nos ha cambiado la cara a todos los argentinos, lo que no es poco.

Por esto creo que hay que agradecer al Cielo que se haya apiadado de nosotros y nos haya mandado el regalo de este papa en lugar de una catástrofe. A los católicos nos da igual que el papa sea argentino, ecuatoriano o vietnamita, pero no nos da lo mismo a los americanos del sur ni a los argentinos que el papa sea uno de los nuestros. Francisco puede ser el disparador del cambio que necesita nuestra América y la Argentina, como Juan Pablo II transformó a media Europa. Dios lo quiera.

La puerta


Estudié parte de mi carrera en la Casa de Trejo, como se llama familiarmente a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba por haber sido fundada por el obispo franciscano Fernando de Trejo y Sanabria. Es el antiguo claustro colonial de dos plantas, pegado a la iglesia de la Compañía: su aula magna fue capilla de los españoles de la iglesia. Cuando expulsó a los jesuitas de sus territorios, la corona española se quedó con todo... Este año cumplirá 400 desde su fundación como Universidad de San Carlos, la cuarta de América.

Un mal día que terminó con suerte salía de la Casa de Trejo hacia el centro de la ciudad. Ya anochecía y hacía frío cuando llegué a la plaza de Santa Catalina, atrás de la catedral. El tercer lado de la plaza lo cierra el fondo del viejo cabildo de la ciudad donde tenía su sede la jefatura de policía de la provincia de Córdoba.

Casi todos los días había enfrentamientos en aquellos de 1975. La guerrilla urbana hostigaba a la policía y a las fuerzas armadas con las que libraba una guerra subterránea que a veces salía a la superficie como un topo en el jardín. Unos y otros se perseguían y mataban sin mucho miramiento y sin medir las consecuencias para los terceros inocentes.

Esta vez en aquella plaza había un grupo pesado de encapuchados que marchaban con banderas y pancartas pero sin hacer mucho barullo. Hasta que sonó un disparo. Los manifestantes hicieron cuerpo a tierra en la calle y protegidos por los canteros de la plaza empezaron una balacera de película del oeste entre los policías parapetados en la jefatura y los guerrilleros que pretendían algo más que reclamar reivindicaciones sociales.

Alcancé como pude el refugio de una puerta, que luego supe que era la del convento de las catalinas, y me tiré al piso sobre el mármol del umbral. Entre los estruendos de las balas, los dos bandos se desgañitaban a insultos que daban más miedo que las balas. Gritos y fogonazos en la oscuridad, de un lado y del otro de la plaza y yo en el medio. Los veía sin dificultad desde mi abrigo entre las jambas de la puerta, cada vez más pegado al suelo. Bueno eso creía yo, porque en un instante sentí caer sobre mí un peso inmenso que me aplastó y me oscureció por completo la vista. Era una señorona grandiosa que se zambulló en el umbral sin mirar que estaba ocupado por mi esqueleto tembloroso. Estoy salvado, pensé, mientras intentaba respirar protegido por la gorda que me aplastaba casi obscenamente.

No fue mucho tiempo el que pasó, aunque me lo pareciera. Solo recuerdo que en plena balacera se oyó una llave y se abrió la puerta desde adentro. Un señor bastante mayor nos ayudó a entrar a tientas en el convento, hasta que llegamos a una sala donde prendió la luz. Estaba vestido de cura y luego supimos que era un obispo jubilado y que aquella era su vivienda. Nos dijo que esperáramos todo el tiempo que hiciera falta, que es lo que hicimos sentados en un sofá hasta que pudimos salir sin contratiempos.


El periodismo y el trago

Usted ya sabe, los periodistas tenemos fama de muchas cosas, pero sobre todo se nos conoce como borrachines, mujeriegos, noctámbulos, fumadores y pendencieros... Esta fama empezó cuando íbamos a contramano del resto de la sociedad y, como toda fama, es injusta: cerrábamos los diarios bien tarde y nos costaba ir a dormir sin desacelerar un poco el ritmo loco del día. Generalmente terminábamos la jornada en un bar de esos que están abiertos a las 2 de la madrugada y desayunábamos al día siguiente a la hora de almorzar.

Muchos de los más viejos todavía conservan esos hábitos y no se pueden ir a dormir hasta bastante tarde, aunque las costumbres hayan cambiado: ahora las redacciones de los periódicos parecen financieras o ministerios, y hay tantas o más mujeres que varones dedicadas a este oficio que hace apenas 50 años era solo para hombres bien desordenados.

En esa época a nadie le extrañaba encontrar una botella cuadrada -la forma perfecta- de Johnnie Walker en el cajón de la mesa de un periodista. El trago era relativamente normal y el humo del tabaco se pegaba en la ropa como una señal indeleble de la profesión. Muchos periodistas sabían fumar el cigarrillo entero sin retirarlo de la boca mientras escribían a toda velocidad con las dos manos (o con dos dedos, uno de cada mano) en una computadora ruidosa, con impresora incorporada en tiempo real (no se podía borrar más que tachando con xxxxxxxxxx).

Con el perdón de los que prefieren que ni se fume ni se beba en las redacciones, yo lo defiendo porque creo que era un ingrediente fundamental en los contenidos finales del periódico y voy a tratar de explicarlo en las líneas que quedan.

Los periodistas son artistas. Quiere decir que son –deberían ser– capaces de decir lo que otros no dicen, de explicar lo inexplicable y de encontrar historias donde los demás no ven nada. Está en la genética de cualquier artista y es la razón fundamental de su existencia. Y para conseguirlo los artistas necesitan inspiración: nadie le reprocharía a Picasso que se haya bebido un par de whiskies para pintar el Guernica; ni a Federico García Lorca escanciarse unos finos de jerez en su copa catavinos para escribir Yerma.

No nos escandalizamos de los romances de los artistas ni de su vida desordenada y, sin embargo, nos piden a los periodistas que vivamos a agua mineral, como enfermeras en el quirófano. Aunque se disfrace de inquietud por la salud de los periodistas, creo que no es una buena idea preocuparse demasiado por ella porque influye decididamente en la calidad de los contenidos.

Un poco de alcohol, que es peligroso en una industria en la que hay que estar muy atento a una máquina de precisión, no lo es entre quienes escriben la historia actual y la interpretan. Pero que se entienda bien: no estoy hablando de excesos sino celebrando el desorden normal de la vida de cualquier desordenado, que para nosotros, los periodistas es como el agua para los peces.

Moconá


Casi todos los ríos de América del sur van de los Andes al Atlántico, pero hay un par que nacen en Brasil, a pocos kilómetros del Atlántico y terminan… en el Atlántico también. Forman la Mesopotamia argentina cuando llegan por aquí: el Paraná y el Uruguay son ríos como mares que pasean morosos por la llanura con peces que pesan como usted o como yo.

Río de los pájaros quiere decir uru-gua-y en el idioma que hablaban todos los americanos orientales desde el Caribe hasta el Plata antes de la llegada de Colón. Y el río de los pájaros es un cielo azul que pasa y es flor de la Banda Oriental según un cielito de Héctor Numa Morales.

Cuando todavía faltan unos mil kilómetros para que se una al Paraná y forme el Río de la Plata, el Uruguay se cae de costado por una falla en la colada basáltica que le sirve de lecho. No cae de frente, como casi todas las cascadas: se desborda longitudinal al lecho que ahí tiene hasta 170 metros de profundidad y lo hace durante unos tres kilómetros. Forma una catarata de agua de tres mil metros que nadie o casi nadie conoce porque está perdida entre la selva y la selva donde Andresito Guacurarí perdió el poncho. Cuando el río viene crecido nadie la ve y cuando baja el río se cae por el medio del lecho con un estruendo que espanta.

Estuve la primera vez hace muchos años, cuando era difícil llegar en auto, pero llegué y no vi nada porque fui por el lado argentino que es el alto: un río, unos arbustos que se llaman sarandí, unas rocas y un poco de bruma en el medio. Otro día me escapé hasta el lado brasileño y después de perderme varias veces encontré el camino por donde llegar hasta el río Uruguay. Me quedé loco al ver semejante espectáculo sin más testigos que los pájaros del Río de ellos mismos. Cuando quise volver tardé más de dos horas saltando entre las piedras para encontrar el pasadizo que me había llevado hasta la catarata.

Ahora había más gente en ese lugar del mundo donde no hay celulares ni internet ni televisión ni diarios ni otra diversión que conversar. Unos 35 kilómetros antes de llegar pude subirme a un bote de goma en el fondo de un barranco que me llevó hasta el salto entre correderas y remansos. El piloto era Carlos Arturo Yunis Henn: un turco alemán en la frontera argentino brasileña que nos mostró los saltos de Moconá contando pequeñas mentiritas y grandes verdades. Un genio el tipo.

La apuesta


Un día hice una apuesta con un traficante de afectos. Todo empezó en el bar de abajo del hotel Plaza de Buenos Aires cuando concretábamos con tres amigos los detalles de un negocio que resultó bastante bueno. A raíz de algo que dijimos sobre carteles y radios, uno de ellos aseguró que arriba del hotel Presidente hay un gran cartel de Radio 10.

Vivo a la vuelta de la esquina del Presidente y lo veo todos los días coronado por un cartel de Infobae.com así que corregí que ahí no está Radio 10. Entonces me dijo que yo no sabía nada y que ese anuncio estaba allí y que me apostaba cien mil dólares que el cartel estaba allí. Bueno, le dije, pero vas a perder... ¡Vos vas a perder! Me contestó y me tendió la mano derecha mientras ponía cara de tahúr de plástico. Según las reglas universales de la apuesta cuando le di la mano quedó sellada la nuestra delante de dos testigos que no me dejan mentir porque presenciaban la escena con una taza de café cada uno y yo con una cerveza y unas papas fritas.

¿Y el cartel? Le pregunté al día siguiente para saber si había pasado por la avenida 9 de Julio desde donde se ve altivo el hotel Presidente en todo su esplendor. ¡Estaba ahí! Me contestó… ¡hace meses estaba ahí! No sé, le dije, lo cierto es que no está y que perdiste la apuesta. ¡No perdí nada la apuesta porque en ese lugar hubo un cartel de Radio 10!

Bueno, le dije, y yo tengo una tía en Banfield... Me debés cien mil. A ver... me contestó, ¿si vos hubieras perdido me hubieras pagado la apuesta? ¡Claro! Le dije con la seguridad del que sabe que una apuesta no es cuestión de plata sino de palabra, que es una cosa que tienen los caballeros así que me debés cien mil. ¡No señor! insistió… hace un tiempo en ese hotel había un cartel y vamos a averiguarlo. No hace falta, le contesté, si no está no hay nada que averiguar, perdiste la apuesta y ya está...

Fue cuando pasó algo que todavía me da entre lástima blanca y bronca negra: ¡vos me odiás!, me dijo y cambió para siempre el eje de cualquier conversación que pudiera tener con mi examigo. Para colmo uno de sus hijos se llama como yo y siempre pensé que era pura coincidencia pero en medio de la rabieta me gritó con cierta furia ¡yo le puse tu nombre a mi hijo! Bueno, le dije, cosa tuya, pero ni eso va a cambiar el cartel del techo del hotel Presidente.

Desde entonces lo veo poco y si hablamos termina diciéndome estas y otras cosas por el estilo a pesar de que de la apuesta no volvimos a hablar y por supuesto que no la pagó ni la piensa pagar, pero eso a mí ya no me importa porque no me importó jamás.

El camión


Trabajaba para el diario La Verdad de Junín, una ciudad clavada en el medio de la pampa húmeda, la infinita llanura requetefértil de la Argentina. Viajaba a Buenos Aires casi todos los domingos a la tarde y volvía en tren los martes a la madrugada. Las ciudades de la pampa son ricas y todas iguales. Tienen diarios y campo de golf. A los diarios los fundaron los políticos locales de principios del siglo pasado y a los campos de golf los instalaron los ingleses de los ferrocarriles a principios del siglo pasado. Todas tienen su club social y su sociedad rural. En el club juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky; en la sociedad rural juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky. Un martes cualquiera un juez federal me invitó a un asado en el Club Mitre. Cuando llegué, tarde por culpa del cierre del diario, estaban todas las fuerzas vivas de la ciudad, menos el párroco, jugando al monte. El monte es un antiguo juego de barajas que consiste en apostar el número o el palo de la carta que va salir. Está superprohibido por las consecuencias violentas que siempre provoca eso de andar jugando tanta plata…

Un buen día de invierno, cuando en la pampa hace un frío de conejos, se me ocurrió viajar a Buenos Aires en camión con la idea de escribir esta historia que nunca escribí. Me fui cuando ya anochecía a la garita de la policía de la ruta 7, cerca del puente sobre el Salado que en ese lugar acaba de nacer en la laguna de Gómez y más allá hace desastres por culpa de los terraplenes de las carreteras que lo represan cuando viene cargado. El agente de guardia entendió mi idea y entre los camiones que paraba por rutina encontró uno que se ofreció a acercarme hasta Buenos Aires. Era un Mercedes 1114 del año de la pera que remolcaba un acoplado y viajaba vacío y a paso de tortuga a buscar carga a la capital de la República. No encontró nada más incómodo aquel policía, pero quizá lo hizo para que no se me vuelva a ocurrir semejante idea.

Después de las primeras palabras empecé a hacerle preguntas estúpidas que contestaba con paciencia budista y pocas palabras. Aquella cabina tenía chifletes y el frío entraba a rachas como en un ventisquero. Me acurruqué en mi eterna campera verde y me dormí. Al rato me desperté solo en el camión, que estaba parado cerca de una estación de servicio en un lugar desconocido. Cuando apareció mi chofer nos pusimos de nuevo en camino, pero nunca más supe ni cuál era ni dónde estábamos. Se tomó unas siete horas para hacer los 250 kilómetros que separan Junín del lugar imposible del Gran Buenos Aires donde me dejó cuando amanecía. Llegar desde allí a mi casa me costó un par de horas más en otro camión con asientos que los porteños llaman colectivo.

Feijoada gratis


Estábamos sentados como unos reyes en la vereda del restaurante Barthodomeu, en la calle Maria Quiteira de Río de Janeiro. Suele haber tanta gente que complica el tránsito en la calle que circula desde la lagoa hacia la playa encantadora de Ipanema. Habíamos pedido feijoada que en ese restaurante de moda como en todos los del Brasil viene con refill gratuito y hasta perder el sentido. Ahí estábamos disfrutando del buen tiempo y la feijoada cuando una señora en la mesa de al lado se agarraba la barriga con tanta fuerza que se le salían los ojos de la cara. Solo yo la veía por mi posición en nuestra mesa de cuatro y pensé que le estaba haciendo teatro a su marido, o novio, o lo que fuera. Pero al rato y por el pánico del acompañante creí que algo serio estaba pasando.

-¡Ché! algo le pasa a esa señora… les dije a mis compañeros argentinos.

Ellos miraron enseguida hacia la mesa que yo señalaba con el mentón, pegada a la nuestra.

Al sentirse mirada, la mujer levantó la cabeza y nos encaró como si preguntara la hora, en portugués, claro:

-¿Alguno de ustedes sabe hacer masaje cardíaco?

-Ninguem, le contestamos en correcto portuñol mientras engullíamos otra cucharada repleta de feijoada. Fue entonces cuando comentamos entre nosotros que a quien no lo necesita el masaje cardíaco le puede hasta parar el corazón. Y otras teorías poco serias, como que tosiendo uno le gana unos minutos al infarto.

Fue entonces cuando la señora se tiró al suelo entre su mesa y la nuestra y pidió que alguien le haga el dichoso masaje. Entonces alertamos al resto de los comensales.

-¿¡Hay algún médico?!

Nadie. Pero rápidamente los varones se lanzaron a una actividad frenética con sus celulares y las mujeres se acercaron a la señora para hacerle lo que terciara. Una arriesgada en shorts empezó poco convencida a presionarle el pecho con golpes tímidos, siguiendo las instrucciones de la enferma.

Al poco rato apareció una patrulla de la Policía Militar que andaba de rutina por ahí. Uno de los comedidos se acercó corriendo y lo paró en medio de la calle a la vez que le pedía al oficial que haga algo, o quizá le preguntaba si sabía qué hacer en estas circunstancias. Se bajó un oficial y mientras la miraba, le ofreció llevarla a un hospital. Fue entonces cuando la moribunda se paró como un resorte y se metió corriendo en el patrullero que salió disparado detrás de su sirena para salvarle la vida.

Al rato volvió el policía a pedir sus honorarios. Ya se sabe que toda intervención lleva su contraprestación. Cuando salía con su bagayo le hice un gesto que contestó con el índice en su sien, “que loca estaba esa mujer”.

-“¿Maluca?” dudó el camarero que nos estaba ayudando con la clave de wifi “se fue sin pagar".

Parati

Rio de Janeiro, Brasil.

Anchorena


Un buen día descubrimos que la torre de la catedral de San Isidro no tenía llave ni candado. Unas escaleras muy normales llevan hasta el coro desde el fondo de la iglesia, pero desde ahí se podía subir un piso más y llegar al rellano desde donde se tocaban las campanas gracias a unas larguísimas cuerdas, como lianas de Tarzán. Arriba de esa gran sala cuadrada de varios pisos de altura aparecía el mecanismo mágico del reloj que da la misma hora a los cuatro vientos. Y encima del reloj se alojaban las campanas, de diferentes tamaños y tonos, con sus nombres grabados en el bronce empavonado. Más arriba la escalera se volvía precaria y llevaba hasta una trampa que abría el acceso a la estructura de madera que sostiene la aguja desde un tronco central como las ramas de un pino. Llegábamos trepando hasta las últimas ventanitas, las que tienen las luces rojas obligatorias para espantar platos voladores. Debíamos tener entre ocho y diez años cuando subimos la primera vez los seis hijos varones de tres grandes amigos que vivíamos como hermanos. Ese día bajamos con algunas palomas que habíamos cazado en la oscuridad, porque ahí adentro había nidos de palomas y caca de murciélagos.

Tantas veces subimos a esa torre que ya era nuestra cuando al párroco se le ocurrió encargarnos que hiciéramos la colecta en la misa de once, a la que asistíamos con nuestras familias, una por banco, todos los sanisidrenses y nosotros después de horas en la torre. Nunca supimos si lo hizo para sacarnos de esas alturas o para mover la generosidad de los feligreses con nuestras caras infantiles y pintas desgreñadas.

Al terminar la colecta vaciábamos los bolsas como si fueran medias. Entre monedas cantarinas y billetes malolientes, siempre aparecía uno nuevecito, impecable y sin arrugas, el más alto que había en ese momento en circulación. 

Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.

Anchorena era igualito a Stan Laurel y lo vestía Norman Rockwell. Siempre de saco y corbata y no se sentaba en los bancos; venía sólo con su mujer que era muy gorda, morocha y mofletuda. Él asistía a misa apoyado en la base de una columna de la catedral y ella se colaba en un asiento cercano. No tenía hijos para darles moneditas que poner en la colecta y escondía su billete al tirarlo en la bolsa como hacían todos los grandes. Pero nosotros sabíamos que al que le tocara pasar por la columna de Anchorena encontraría brillante el billete impecable en su bolsa de terciopelo.

Buen día para naufragar

Cuento esta historia como se la oí a Pablo Mancini en un bar de Buenos Aires. Estoy seguro de que tiene los borrones del traspaso. La escribió el protagonista en Perfil y ahí pueden leer la versión de primera mano.

Un día Guillermo Piro encontró trabajo en la cocina de un buque que colocaba oleoductos abajo del agua. Era el último grumete, el que lavaba los platos; el más inexperto. El buque enfiló desde Hamburgo a Río Grande de la Tierra del Fuego y los días pasaban tristes mientras el mar servía para calmar la asfixia de la repentina muerte de su mujer, apenas casados. Ahora necesitaba ventilarse, viajar… perderse de la lástima que lo ahogaba.

Cuando tenía un rato libre se iba a cubierta a no pensar en nada, mirar el horizonte y descubrir los delfines que festejan a los barcos en altamar. Uno de esos días de mar calmo y buen sol aparecieron varios soldadores canarios en la cubierta y se pusieron a conversar acodados en la barandilla, como él. “¡Qué buen día para naufragar!” exultó uno de ellos y los demás festejaron el acuerdo.

No sabía Guillermo si había escuchado bien hasta que al día siguiente oyó lo mismo. El clima era perfecto y los tripulantes curtidos querían naufragar. Por eso el tercer día se les acercó con un reproche: “Ustedes me están cargando por novato y me quieren hacer pasar un mal rato. Les aviso que no estoy para bromas… Díganme qué quieren decir con eso de naufragar”. Entonces le explicaron que no era una broma.

“Es un día magnífico: buen sol y buena mar. Estamos a unos 300 kilómetros de Dakar. El barco tiene botes salvavidas de última generación, con motores poderosos, orientación satelital, radio y combustible suficiente. En ellos hay alimentos para 30 días y todas las comodidades. Las indemnizaciones nos harían ricos para siempre: no tendríamos que trabajar más en nuestras vidas. Lo único que tenemos que conseguir es que este barco se vaya al fondo por su cuenta… o sin que nadie sospeche de nosotros.”

Desde entonces pienso en el negocio del naufragio y me acuerdo de un viejo director de revistas de la Argentina que me contaba que los mejores años de su vida los pasó en los naufragios de las empresas para las que trabajó. También en la teoría, que ahora conocí del propio Guillermo, sobre los mineros de Chile. Se pregunta si los 33 náufragos de Copiapó no habrán dinamitado la mina para nunca más volver. Tenían comida y aire para vivir meses y sabían que los rescatarían irremediablemente porque conocían de memoria las posibilidades de hacerlo. Ni uno sufrió un rasguño. Desde el salvataje no han hecho más que disfrutar de la tragedia mientras viajan por el mundo como reyes, dando consejos sobre la dinámica de grupo y las situaciones de crisis.

Para naufragar solo hay que tener agallas y resolver cuándo es negocio y cuándo no... y que nadie se dé cuenta. A veces sale mal, como al capitán y los polizontes del Costa Concordia. Uno porque quiso disfrutar antes de tiempo de su jubilación dorada y los otros porque los descubrieron en el naufragio equivocado. Pero a los tripulantes les salió perfecto.

Ladrón de amigos

Conversaba un día con un amigo que ya no es más mi amigo y van a ver por qué. Hablábamos de cosas serias y me salió una frase bonita sobre la verdad y la libertad. Se ve que le gustó porque unos días después, cuando nos volvimos a ver, apareció en la conversación tal como yo lo había formulado, pero la decía como propia. Cuando le aclaré que ya habíamos dicho esas cosas en la charla anterior, me explicó que él sostenía esos principios hacía años y que no se qué y que no se cuántos. Bueno, pensé, al fin y al cabo lo importante es que las ideas cundan a como dé lugar. Pero otra vez me pidió por favor que le presentara a un buen amigo por algo que estaba necesitando. Cuando se conocieron, era evidente que se veían por primera vez.

Unos días después me contó una anécdota conocida de mi amigo, protagonizada por ellos dos hacía muchos años...

Discurso equivocado

Un espía de Juan Caros Wasmosy consiguió el discurso que iba a dar esa tarde de 1992 Luis María Argaña en la interna del Partido Colorado. Wasmosy se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también Argaña, pero nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los periódicos y lo contó en privado para comidilla de la redacción.

Santa Ana de los Guácaras

Corrientes, Argentina.

Hotel Guaraní

Bajé a devolver la tarjeta de la habitación 809 del Hotel Guaraní de Corrientes porque no funcionaba.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.

Un lugar bien seguro

El pueblo se llama 2 de Mayo, y queda en plena la sierra de Misiones, entre montes de pinos, tabacales y la selva dulce y anaranjada que polacos y alemanes vinieron a domesticar hace ahora 100 años. Todo está siempre ordenado y nunca pasa nada... hasta que pasa. Como esa noche cuando los vecinos del pueblo oyeron una melodía bailantera que salía estridente del cementerio. Algunos valientes se acercaron hasta el portón de verja y lata del camposanto, cerrado con cadena y un gran candado y vieron luz en el panteón del que salía la música. Decidieron ir a la policía para que tome cartas en el asunto. “Señor comisario: alguien está de parranda en el cementerio del pueblo y no nos deja dormir a los mortales. El volumen de la jarana es como para despertar a los muertos, pero  suponemos que ellos estarán también un poco cansados de semejante barullo”.

La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y  una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.


La policía se encontró adentro del panteón con una señora en pijama que disfrutaba plácidamente de la música. Tenía todo lo necesario para vivir: luz, agua, cama y despensa. Y además el ataúd bien sellado en el que descansa su marido, bien muerto hace ya dos años, por suicidio a los 23 y 20 años más joven que ella. Después de la muerte del marido la viuda se volvió a Buenos Aires, de donde es oriunda, pero como tenía que viajar de vez en cuando a 2 de Mayo a atender algunos negocios que le quedaron por allí, decidió amueblar cómodamente el panteón de su marido e instalarse como en su casa. Aquel día había comprado el equipo de música y lo estaba probando. Parece que también viene a pasar Navidad y Año Nuevo y ahora disimulan que no estaban borrachos los que en esas fechas vieron salir fuegos artificiales del camposanto.

“Es lo más lógico”, se me ocurre pensar, cuando me acuerdo de nuestros cementerios casi siempre compuestos de casitas pegadas, cada una más linda que la otra y aunque queden en el medio del campo o del monte. Ciudades de muertos, como le decían los clásicos, codiciadas en tiempo de okupas y homeless.

Pasan cosas de noche en los cementerios, pero no son los muertos los que las provocan sino los vivos. En el de la Piedad de Posadas hace tiempo que algunas prostitutas de la calle Santa Catalina ofrecen sus servicios en panteones sin dueño: ideal para necrófilos. Todos los que viven o trabajan en ellos, como la viuda de 2 de Mayo, cuentan que es lo más seguro y tranquilo que hay. El riesgo está afuera, donde andan los vivos, que son los peligrosos.

Héctor Ruiz Núñez 1942-2012

Un día de los años 80 me llamó por teléfono. Dijo que estaba investigando para la revista Humor un largo reportaje sobre un tema en el que me involucraba.

Sabía quién era, así que no me afeité durante varios días y fui a verlo con pinta de homeless a un tugurio en la calle Venezuela de Buenos Aires que en la puerta tenía mal pegado un cartel de cartón con el logo de la revista. Casi no me preguntó nada, sólo me insistió en que llevaba gastados unos 10.000 dólares en esa investigación y que había encontrado algunas cosillas duras que saldrían en la nota. Sostenía que una institución educativa explotaba mujeres con el pretexto de dar instrucción a chicas del interior de la Argentina y aseguraba que tenía pruebas contundentes.

Una mentira asquerosa.
Se lo dije. Y también que no le compraba esa mierda.
La nota nunca salió en ningún sitio.

Después me enteré -por él mismo- que ese día había disfrazado su cueva de revista Humor y que no se esperaba nada de lo que pasó en nuestro encuentro. Con el tiempo terminamos más o menos amigos. Hasta me pidió trabajo alguna vez que andaba puado.

Me acabo de enterar de su muerte, que lamento de verdad.

Como Carlos Correa, Héctor Ruiz Núñez también curtía de periodista, pero en este caso su interés no era la política...

Carlos Correa 1940-2012

Esa tarde llegó más temprano el dueño del diario El Territorio de Posadas. Venía todos los días al caer la noche, pero aquella vez apareció a las cinco de la tarde y entró en el edificio como siempre, por la puerta del estacionamiento y silbando una melodía irreconocible. Lo hacía para alertar a las secretarias de su llegada, sin saber que desde la guardia avisaban en cuanto pasaba con su Renault Laguna por el portón de entrada de la planta.

“¡Gonzalo!”. Me saludó desde la puerta de mi oficina y entró. Era la rutina de todos los días, pero un poco más temprano. Se sentaba un rato del otro lado del escritorio y conversábamos de las cosas del día mientras curioseaba lo que tenía arriba de la mesa. “En un ratito viene Carlos Correa. Quiero que tengamos una reunión con él”, dijo en el momento que llegaba el otro socio del diario. Y siguió en plural: “Queremos que Correa sea subdirector del diario”. Yo era el director.

Carlos Correa curtía de periodista, pero tenía de periodista lo que yo de astronauta. Lo sabían los dueños del diario y conocían mi opinión sobre semejante elección. Había sido el vocero del amo de la provincia: un político tan seductor como enredador y un cínico contumaz. Les expliqué que era una pésima decisión, pero me hicieron saber que estaba tomada y que había razones que no pensaban revelar. Ante mi cerrazón me pidieron que asistiera a la reunión para que comprobara que Correa no era como yo pensaba. Como donde manda capitán no manda marinero y no tenía nada que perder, accedí tranquilo a enfrentarme con el lobo feroz.

Un rato después estábamos los cuatro sentados en la mesa redonda de vidrio templado del directorio. La conversación empezó cordial, como tiene que ser entre personas civilizadas. Se trataba de conocernos y de intercambiar opiniones sobre el diario. No sé cómo llegamos al punto que quiero contar, pero supongo que habíamos mencionado las presiones del poder sobre los contenidos del diario. Yo dije algo sobre mi escaso temor –temeridad pura– a esa munición: “Esas balas no me entran”; usé una expresión común para significar que algo no me afecta. “Ni las balas benditas” terció Correa, y nunca supe por qué.

Es que en ese mismo instante los ojos se le pusieron blancos y el cuerpo se volvió rígido como de mármol. Trataba de decir cosas, pero balbuceaba ininteligible. Enseguida empezó a golpearse con una furia que nos estremeció. Sentado y rígido como estaba, solo podía mover su brazo izquierdo y con él le daba unos golpes tremendos al vidrio de la mesa, desde abajo hacia arriba. A cada golpe la levantaba en vilo y en el primero su reloj se hizo añicos.

Fueron unos minutos eternos que volvimos a recordar muchos años después, cuando hace unos días nos enteramos de su muerte. Aquel ataque retrasó la entrada de Correa al diario y me dio aire para apartarme a tiempo de la chuza del poder que venía lanzada directo a mi cabeza.

Ya dije que Carlos Correa curtía de periodista, pero no era periodista. Era uno de esos políticos sucios que usan a la prensa y a los periodistas que se dejan manosear por el poder. Ya lo saben los que se enfrenten con casos semejantes: aquella vez resultó lo de las balas.

Dios quiera que ahora Correa descanse en paz.

Me quedo con Shackleton


En 1911, cuando Roald Amundsen y Edward Scott intentaban llegar al Polo Sur, también andaba Ernest Shackleton intentándolo. Era un marino irlandés de una de las expediciones de Scott que luego se independizó para tratar de llegar con su propia empresa. Batió dos récords sucesivos, el de los 82, 16 y el de 88, 23 grados de latitud Sur. Luego de la llegada de Amundsen decidió que sería el primero en cruzar la Antártida pasando por el Polo y lo intentó en 1914. Pero su barco de madera, el Endurance, quedó atrapado entre los hielos del mar de Weddell. Cuando los hielos lo trituraron debieron abandonarlo y aventurarse por el desierto congelado para encontrar una ruta que los devolviera a sus casas. Así consiguieron llegar a la isla Elefante, en el norte de la península antártica. En trineos y luego en un bote salvavidas rescatado del Endurance, calafateado y protegido con grasa y piel de los perros que se comieron, Shackleton se largó por el mar de Drake hasta la isla de San Pedro, en las Georgias, donde sabía que había una estación ballenera. Luego de varios intentos con pilotos y barcos uruguayos y chilenos, volvió para rescatar a sus compañeros que quedaron en la isla Elefante. Lo consiguió con un escampavía chileno comandado por Luis Pardo. Los 28 que salieron volvieron triunfantes a las islas británicas en plena Guerra Mundial.

En la historia de la publicidad se cuenta el caso del anuncio clasificado, publicado en The Times de Londres para reclutar a los expedicionarios del Endurance: Men wanted for hazardous journey. Low wages, bitter cold, long hours of complete darkness. Safe return doubtful. Honour and recognition in event of success (Se buscan hombres para peligroso viaje. Salario reducido. Frío penetrante. Largos meses de completa oscuridad. Constante peligro. Dudoso regreso a salvo. Honor y reconocimiento en caso de éxito). Es un mito: aunque todo el mundo habla de este clasificado, el aviso no aparece por ningún lado y eso que el Times está microfilmado completo hace muchos años. Hasta hay recompensas para el que lo encuentre, pero nada. La imagen de aquí abajo no es un recorte real: está tomada de un póster de John Hyatt alusivo a Shackleton.


Hay muy buenas fotos de la expedición de Shackelton y del Endurance encallado entre los hielos. Las puede encontrar en Internet y conmoverse ante el coraje de estos valientes. En aquellos años de gente de acero se decía que si en la exploración del polo buscabas velocidad, tenías que llevar a Amundsen. Si lo que quieres es ciencia, el indicado es Scott. Pero si el destino está en tu contra y las posibilidades de sobrevivir son mínimas, hay que rogarle a Dios tener cerca a Shackleton.

Quizá Schakleton sea más indicado que Amundsen y Scott para llevar los periódicos al futuro.

Dos directores de diarios


El 14 de diciembre de 1911 llegó al Polo Sur la expedición de Roald Amundsen. Y el 17 de enero lo logró Robert Falcon Scott, que se encontró con los saludos de Amundsen. Él y sus muchachos (cinco en total) murieron cuando volvían. Sus restos aparecieron en septiembre de 1912. Entre sus pertenencias encontraron el diario de la expedición y hasta fotos con la constancia de su llegada al polo, donde se toparon con la bandera noruega como testimonio de la conquista de Amundsen.

Dicen que fueron los perros groenlandeses de Amundsen los que le ganaron la carrera a los caballos mongoles de Scott y además les permitieron contar la historia. Algunos detractores de la cultura inglesa sostienen que la expedición de Scott prefirió morir a comerse los caballos, mientras que el grupo de Amundsen -noruego- había calculado alimentarse durante la vuelta, ellos y sus perros, de carne de los mismos perros (hay quienes dicen que perro no come perro para justificar que los periodistas no hablamos de otros periodistas). Muy inteligente Amundsen, ya que había previsto que a medida que avanzaba la expedición y se agotaban las provisiones, también necesitarían menos perros para halarse.

No es la única historia de este estilo, ni será –espero- la última. Pero acaba de pasar sin mucho interés el centenario de esta carrera épica entre dos audaces conquistadores. Ellos lo hicieron por la gloria de ser los primeros en llegar el Polo Sur. Quizá ya casi no nos sorprende que haya gente de acero en el mundo que nos toca vivir. Nosotros llegamos por Internet al Polo, a la Luna y al fondo del mar, sin necesidad de coraje, ni audacia ni valentía. Y la gloria es apenas una palabra relacionada con el fútbol y sus mafias. Hoy somos todo y hacemos todo desde un Cyber Café o apoltronados en un buen sillón, con el mando de la Play-Station en nuestras manos. Justo cuando el mundo necesita -cada día con más urgencia- de la audacia y la valentía de Amundsen y Scott. 

Necesitamos gente con los mismos genes que Roald Amundesn y Robert Falcon Scott. Los necesitamos para dirigir nuestros países, para terminar con la corrupción, para vencer la desidia de los tibios y las tiranías de los voraces, para controlar el cumplimiento de las leyes, para buscar la gloria de nuestras naciones como la buscaron y la encontraron nuestros próceres. Necesitamos esa audacia para las fuerzas armadas, pero también para la industria y el comercio. Y, por supuesto, hace falta para los funcionarios públicos, hasta el último empleado del estado. Y la necesitan la Iglesia y a las religiones para oponerse a los vicios y llevarnos al cielo. Y los profesores y los estudiantes. Y también la necesitamos los periodistas como el aire para respirar.  Amundsen y Scott podrían haber sido directores de diarios. Lástima que se fueran al Polo…