Serendipity


No es guaraní... Serendipity es inglés puro y no tuvo una versión en castellano hasta que la Real Academia Española la aceptó como serendipia, así que ya no vale decir serendipidad o cosas por el estilo. No es guaraní pero lo parece, sobre todo si se pronuncia la i griega como en Curupaity, así que seguiré ocupando serendipity en lugar de serendipia. La palabra llegó al inglés desde un topónimo ceilandés: Serendip es como llamaban los persas a la isla de Ceilán, que hoy ocupa Sri Lanka. Pero el significado de serendipity o serendipia viene de Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo, la versión veneciana (1557) de algunas leyendas persas sobre la isla de Ceilán. Llegó al inglés y al concepto actual gracias a las fábulas de Horace Walpole, tomadas de la versión veneciana y publicadas como The three princes of Serendip. En la versión de Walpole los tres protagonistas se la pasan descubriendo por accidente cosas geniales. Según la Real Academia Española quiere decir hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. El diccionario Oxford la define como hechos o hallazgos positivos que ocurren por casualidad. Sea lo que sea, seguro que no es accidente con suerte, como algunos creen.

Nadie me la pidió, pero si tuviera que dar una definición de serendipity diría que es la lógica propia de los acontecimientos o de las cosas que ocurren sin nuestra intervención. Es la comprobación más empírica de que la naturaleza tiene su propio rumbo y que cuando nos empeñamos en cambiarlo termina todo peor de lo que nos proponíamos. La serendipity es altamente recomendable como actitud ante la vida, sobre todo en algunas situaciones que paso a comentarle.

El caso más evidente es el del sueño. Si a usted lo ataca seguido el insomnio lo habrá experimentado muchas veces: no hay nada peor que intentar dormir. Parece una contradicción pero no lo es. La misma ansiedad nos hace perder el sueño, así que lo mejor es relajarse y disfrutar de una buena lectura, de un sándwich rico o de una temporada entera de House of Cards. Aproveche el tiempo que le regala la falta de sueño y va a ver cómo el mismo sueño lo va a vencer, y si no es en esa noche será en la siguiente o en la otra, cuando lo agote el sueño acumulado. ¿Hay mucho drama en pasar un día con los efectos de la falta de sueño? Lo hacemos a cada rato sin insomnio, pero resulta que nos preocupa justo cuando no podemos dormirnos. No se haga drama ni le haga caso y va a ver que el insomnio se le va a de la croqueta y duerme como un bebito.

Ya debe saber que las cosas que se pierden no se encuentran buscándolas sino con pura serendipity. Solo hay que pensar un poco para atrás y recordar la última vez que vimos o usamos lo que se nos perdió; ahí puede estar la clave, pero sobre todo hay que esperar que las cosas que perdemos actúen solas: ellas claman por sus dueños casi como si estuvieran vivas; en realidad es nuestra cabeza la que actúa sin darnos cuenta. Buscar sin ton ni son, atolondrados, es pura pérdida de tiempo y un obstáculo bestial a la serendipity.

Entre las cosas perdidas están los amores, el novio o la novia quiero decir, que tampoco deben buscarse para encontrarlos. El amor es como el sueño, aparece siempre cuando no se lo busca, por pura serendipity, y el empeño por conseguirlo nos lleva casi siempre a equivocarnos fiero con consecuencias terribles. Debe ser la razón por la que San Antonio es a la vez el que busca novio y el que encuentra las cosas perdidas. El trabajo también es cosa de serendipity. Hay que dejarse de hinchar con eso de pretender el empleo perfecto cuando no lo tenemos y hay que tirarse de cabeza en lo que salga por casualidad. Va a ser el mejor trabajo porque el mejor trabajo es el que se tiene y no el que uno se imagina, entre otras cosas porque siempre pensamos que somos mucho más de lo que creemos.

Tampoco conozco a nadie que haya hecho dinero a fuerza de buscarlo, como nadie encuentra un tesoro si no tiene el mapa y los mapas son todos truchos. El dinero es dinero y así como viene se va. Déjelo tranquilo que tiene su propia lógica y apenas sirve para algunas cosas poco importantes de la vida. Cuando tenga que llegar, llegará; y si se vuelve loco por conseguirlo solo va a conseguir volverse loco.

Pero lo mejor de la serendipity es que un buen día nos damos cuenta de que era mejor perder la plata, no enamorarnos de esa persona, estar despiertos cuando los demás duermen o disfrutar de unos días de vacaciones forzadas o de pobreza obligada. La serendipity es toda una actitud que le recomiendo para muchas cosas de la vida en las que terminamos metiendo la pata y que seguro saldrían mejor sin nuestra intervención.

Eucaliptus

Etcheverry, Buenos Aires, 1 de septiembre de 2017

Votar borrachos

A pesar de ser obligación, en la Argentina vota el 70% del padrón electoral. Quiere decir que aunque la ley establezca la obligatoriedad, de hecho no es obligación. Votar en la Argentina es más un derecho que un deber; un deber cívico sin consecuencias reales, ya que aunque las sanciones están previstas, nadie las aplica. Ni en Cuba ni el los Estados Unidos es obligación votar Unidos, pero los gringos votan un martes, laborable como cualquiera del año.

También puede ocurrir que los que no votan en la Argentina no voten por retobados: porque los obligan a votar. Habría que probar con el voto optativo para saber si sube o baja la cantidad de votantes. Sea lo que sea, la costumbre es una fuente del derecho, por eso las leyes se devalúan cuando la gente deja de cumplirlas sin consecuencias y eso es lo que pasa con la obligatoriedad del voto en la Argentina, sancionada por la llamada Ley Sáenz Peña en 1912, un poco después de la Edad Media.

Además del voto obligatorio, el Código Electoral establece la Ley Seca. Resulta que no se puede tomar alcohol "desde doce horas antes de iniciado el comicio hasta tres horas después de finalizado", dice la ley, pero está claro que el estado paternalista no quiere que nos emborrachemos justo cuando hay que elegir autoridades.

Es tenebroso que el Estado crea que todos somos unos borrachines en potencia, gente sin voluntad, y que por tanto es mejor evitar la venta de bebidas alcohólicas para evitar que nos emborrachemos y votemos cualquier cosa o nos desgobernemos y se nos dé por la batahola justo en el día de elecciones. Y si supone eso, también supone que los otros días del año podemos emborracharnos y armar grescas donde se nos ocurra: es decir que el problema no es la ebriedad, el desgobierno o las bataholas que afecten al resto de los ciudadanos sino sólo cuando afectan a las elecciones. Los que redactaron esa ley debían pensar que somos un pueblo de retardados mentales.

Está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas y no su consumo. Es decir que puede tomar alcohol en su casa pero no en el bar o el restaurante, que además estará cerrado. La noche anterior a cualquier domingo de elecciones es un delito expender alcohol en bares y restaurantes en el país que declaró al vino su bebida nacional.

Los argentinos somos así: cuando nos obligan a votar se nos van las ganas de hacerlo y cuando nos prohíben el alcohol nos dan más ganas de tomarlo. Deberíamos probar a ver qué pasa si vamos a votar todos borrachos: quizá ese día elegimos a los que nos saquen de la decadencia.

Solo Venezuela salva a Venezuela


Por la historia viajan los países como si fueran vehículos en una autopista. Por ahí van autos más chicos y más grandes, más rápidos y más lentos, chatas desvencijadas, camiones pesados, motos, ómnibus… de todo y cada uno a su aire. Unos van más o menos derecho, por el medio, por la derecha o por la izquierda; otros van por la banquina y hasta alguno espera parado que lo vengan a auxiliar. También están los que van en zigzag, de un lado para el otro, haciendo slalom como esquiando o a los tumbos. Los que antes iban derechito y a buena velocidad de repente pinchan una rueda y entran a dar viracambotas. Y los que antes se hacían los tuercas, en un momento se vuelven choferes de coche fúnebre. Aunque los podemos espiar si nos ponemos a la par, en la autopista no nos preocupa lo que pasa adentro de los otros vehículos: cada uno es libre de ir como se le de la gana... hasta que choca o se pone de contramano y se vuelve un peligro para el resto.

Hoy seguimos con cuidado las maniobras de una limusina bastante grande que va por la autopista a los ponchazos. Hace rato que adentro del auto se vienen peleando duro los pasajeros. Parece que los del asiento de atrás están un poco rebeldes porque quieren ir para otro lado; el conductor, sin soltar el volante les propina manotazos para ver si los puede poner en caja, pero consigue todo lo contrario. Miramos preocupados porque en cualquier momento se pegan un palo contra el muro de hormigón de la izquierda, justo por donde van los que viajan más rápido.

Cada auto, igual que cada casa y, por supuesto, cada país, debe arreglar sus problemas sin injerencia exterior. Hasta que la situación se pone densa y amenaza con complicarle la vida a los que están afuera o los de adentro piden auxilio; o aunque no lo pidan decidimos que hay que intervenir para evitar males mayores para ellos mismos. El problema es que el límite de la intervención es tan borroso que nunca dejará contentos a todos entre otras cosas por la ley del comedido, que siempre sale mal. Y para colmo resulta que las cosas arregladas desde afuera nunca duran mucho.

Miramos asombrados y desde afuera cómo Nicolás Maduro legaliza con una constitución a medida su propia dictadura fregándose en unos derechos que no tiene. También se fregó en las mayorías porque tampoco las tiene para ganar una elección en buena ley.

Ahora el gran desafío de Venezuela es arreglárselas solos, porque cualquier intervención exterior, hasta del Papa Francisco, puede ser fatal para el futuro de la democracia venezolana. Nada legitima más a los ilegítimos que los enemigos de afuera (ahí esta Cuba, que todavía alimenta su revolución ya rancia con el odio a los gringos) Como en cualquier discusión, cuando intervienen los de afuera se pierde la legitimidad de los actos y todo puede volverse para atrás porque los que pierden legitimidad, necesitan recuperarla a cualquier costo. Por eso rige más que nunca el sabio principio del no te metas que en lenguaje diplomático se llama de no injerencia en los asuntos internos de los estados soberanos.

Pero la discreción es otro principio elemental de la diplomacia, tanto que solo se conocen las gestiones que tienen éxito y nunca nos enteraremos de los esfuerzos por arreglar las cosas que no se arreglan (o por desarreglar las que no se desarreglan). Otros se saldrán de la vaina por contarlos, pero los diplomáticos –y mucho más los de la Santa Sede– saben guardar silencio hasta la tumba. Además tienen por norma morderse la lengua si es otro el que consigue coronar una gestión iniciada por ellos: saben que lo importante es el éxito y no el crédito de las gestiones.

Hagan lo que hagan el resto de los países a favor y en contra del régimen que gobierna en Venezuela, a Nicolás Maduro y a sus amigos los fortalece que el resto del mundo los sancione, que el Papa se les enoje, que Macri les retire las condecoraciones, que Avianca deje de volar a Caracas, que Trump les congele las cuentas, les anule las visas a los bolivarianos y hasta deje de comprarle petróleo a Venezuela. Una macana porque casi todas las consecuencias de las medidas que tomen los gobiernos desde afuera harán sufrir más al pueblo venezolano.

Todavía no sé si es por la mezquina oportunidad de ser rebelde o por la altruista ocasión de defender la libertad de los venezolanos, que tengo unas ganas locas de agenciarme un casco de moto y una máscara antigás para sumarme a la desobediencia civil en las calles de Caracas o de cualquier otra ciudad de Venezuela. Hoy es hoy y es cuando ellos están a punto de cambiar la historia de Venezuela con la fórmula con que Mahatma Gandhi cambió la de la India: ojalá tengan la paciencia de los indios para que les vaya tan bien como a ellos y se vuelvan una democracia adulta (para no decir madura) como la de la India. Todos lo necesitamos, pero sobre todos los americanos del sur.

En tren al pasado


Inauguraron por fin el tren a Mar del Plata. Sale de Constitución y el viaje tarda casi siete horas. La noticia podría ser de hace 150 años pero no, es de esta misma semana, la primera de julio de 2017. Le aviso que hace 60 años, ir a Mar del Plata en tren tomaba cinco horas y así fue hasta que un día amargo de nuestra historia un presidente y su ministro de economía decidieron que los ferrocarriles no son una inversión sino un negocio y como no son un negocio desamortizamos en dos patadas una inversión de 150 años: quedaron abandonados miles y miles de kilómetros de vías con sus sistemas de señales, estaciones, talleres, silos, puentes, terraplenes, barreras... que habían civilizado la geografía argentina entre 1850 y 1990. Bueno, algunos trenes sobrevivieron, pero porque los subsidios eran negocio para los degenerados que los explotaron fregándose en los usuarios, y para los señores feudales de los dos sindicatos que se quedaron con varios de esos negocios subsidiados y hasta con antiguos talleres para construir shoppings y clubes privados.

El pasaje de primera clase a Mar del Plata sale 200 pesos de lunes a jueves y 450 de viernes a domingos. Todo bien y no es tan caro, pero a pesar de su nombre la primera clase es la última. La primera de verdad se llama pullman y es más cara, porque ya se sabe que hay un mundo mejor cuando hay más plata. El tren tiene bar y comedor y está nuevecito, recién traído de la China. Lo que se pregunta todo el mundo es porqué un tren cero kilómetro, con vías, balasto y durmientes nuevos, es más lento que hace 60 años. Le explico:

Después de unas dosis de corrupción, en el segundo intento consiguieron durmientes que no se doblan y vías en condiciones para los nuevos trenes, que no son de alta velocidad aunque podrían llegar a Mar del Plata en poco menos de tres horas. Renovaron todo, pero no cambiaron la traza que hace 155 años une Mar del Plata con Buenos Aires (y conste que solo había que elevarla un poco en algunos tramos). Hoy hay 300 veces más autos que hace 60 años y hace 155 solo cruzaba las vías algún carro tirado por caballos y tres gauchos sureños de vez en cuando. El trayecto actual tiene 114 pasos a nivel que obligan al maquinista a reducir la velocidad por si algún distraído cruza wasapeando desde su celular. Además el tren para en doce estaciones, cosa muy cómoda porque usted puede subirse en Chascomús y bajarse en Viboratá.

Está buenísimo que haya vuelto el tren a Mar del Plata, pero no me diga que no es para llorar. A estas alturas tendríamos que estar viajando desde Posadas a Mar del Plata en siete horas, en trenes que surcan unas vías casi sin curvas ni cuestas empinadas a 300 kilómetros por hora. Es increíble como aún haciendo esfuerzos para llegar al futuro, los argentinos conseguimos volver al pasado…

Pero si la historia de los trenes es para llorar, la del metrobús da escalofríos. Metrobús se llama a los carriles exclusivos para colectivos que se van extendiendo por toda la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Resulta que hace 55 años había un metrobús que se llamaba tranvía, solo que era eléctrico y rodaba sobre rieles con sus ruedas de acero como las del ferrocarril. Es decir que no contaminaba nada. Ahora resulta que estamos descubriendo la pólvora con unas líneas de asfalto en las que unos armatostes a gasoil queman cubiertas y nos fumigan con el humo de su combustible fósil. Hace 55 años nos vendieron la jubilación de los tranvías como un progreso y resulta que fue un regreso a la era de las cavernas: pasamos de viajar en simpáticos vagones que ni ruido hacían a embutirnos en unos camiones inhumanos que andan por la ciudad corriendo carreras, acelerando y frenando como energúmenos. Aquello también fue una batalla de sindicatos y como siempre perdió la gente. Para colmo señalamos al colectivo como uno de los grandes inventos argentinos, que por suerte ahora tiende a desaparecer entre los carriles del metrobús y las carrocerías de autobuses como la gente que existían en el mundo bastante antes que el colectivo.

Tres horas en el banco


Confieso que fui al banco y que me hubiera gustado asaltarlo. Pero no, fui de día y como cualquier cliente que tiene que hacer un trámite cotidiano. Lo singular de esta vez es que gasté casi tres horas encerrado para cobrar un cheque de morondanga en la sucursal del centro de la ciudad de Corrientes del Galicia (que ya no se llama Banco). No soy cliente de ese banco sino de otros, pero son todos bastante parecidos. El Galicia es un banco privado de los más grandes de la Argentina, pero a estas alturas me da lo mismo si es público o privado. Además estoy seguro de que hay muchísima gente que sufre todos los días y no de vez en cuando las incomodidades y pérdidas de tiempo que voy a relatar.

Llegué más o menos a las diez de la mañana y esta vez no se me ocurrió llevar una novela porque pensé que sería cosa de minutos. Primero tuve que hacer cola para sacar el número en una de esas pantallas que te cansan con sus preguntas: hay que poner el número de documento, la clave fiscal, la patente del auto y la vacuna antivariólica antes de rellenar las opciones que casi siempre son compatibles entre sí pero no te dejan ni preguntar.

Una vez que tuve mi numerito –el G108– impreso en un papel termonosecuanto subí una escalera hasta el primer piso… Bueno, me quedé en la mitad porque la sala estaba repleta de gente. Repleta, repleta, pero repleta. Todos los asientos estaban ocupados y el resto, otro tanto, estaban parados: seríamos unas 70 u 80 personas en total. Conseguí hacerme lugar y estiré el cuello para ver la pantalla y averiguar por qué número iban: G075. Faltaban 33 para mi letra, porque también había con la F, con la C y con la A. Solo recuerdo ahora que 45 minutos después de llegar, el número G estaba apenas en el 80: el pronóstico daba hasta las cinco de la tarde.

De tanto en tanto aparecía un nuevo número y la pantalla sonaba como un mensaje de wasap (ahora que lo pienso sería genial hacer un sorteo con número aleatorios y no por orden de llegada). Un guardia privado vestido de marrón y amarillo custodiaba para que no hiciéramos nada más que mirar la pantalla de los numeritos, donde también campaba en pantalla partida un comercial sobre el hotel Llao Llao y un campeonato de golf auspiciado por el banco para gente muuuuuy feliz. En cuanto uno de los clientes sacaba su telefonito, le gritaba: “–¡Celular!” para que lo vuelva a guardar. Después pude ver un cartel pegado a la pared que ofrecía bolsas selladas para los teléfonos: debe ser para no tentarse. Es curiosos que hoy en día no haya wifi en un lugar en el que tenemos que esperar horas. Dicen que es por seguridad, pero significa que para que no te roben el dinero, que va y viene, te roban tu tiempo que se va para siempre y es lo más caro que tenemos todos.

La sala era ciega, como son hoy todas las salas de espera de los bancos ya que también por seguridad no se puede ver lo que pasa en las cajas. Es decir que los pacientes miradores de numeritos no podemos saber si se están riendo de nosotros, están tomado mate o de vacaciones… o si el banco se está fregando en sus clientes porque no pone los empleados necesarios para atenderlos, como fue en este caso: solo había que mirar la pantalla para saber que tres de las ocho cajas no estaban activas.

A las 11.30 cerraron las puertas del banco. El horario es hasta más tarde pero cierran para que no entre más gente. La sala seguía abarrotada con clientes en la escalera hasta la planta baja. Para colmo los números G avanzaban más lerdos que los caballos de los malos en las películas de cowboys.

Después de unas dos horas pedí ir al baño. Imposible y también es por seguridad. Bueno, no hay baños para los clientes pero sí para los empleados. “–¿Cómo hago?” le pregunté al guardia: “–Tiene que salir, pero entonces ya no podrá entrar”. Sin wifi, sin baño, incomunicado y sin poder hacer otra cosa durante tres horas. Aquello era lo más parecido a un secuestro colectivo, o a una cárcel donde todo también es por seguridad. Lo curioso es que te meta preso la empresa que hace negocios con tu plata y que por eso te tendría que cuidar como un rey. Y más curiosa todavía es la paciencia de todos los que tenemos cuando naturalizamos el maltrato.

Un abogado vivo y tenaz haría estragos en el sistema bancario argentino.

Félix


Murió Félix el martes mensajeaba hace unos días un amigo común. Agradecí que no dijera que se fue de viaje porque no tengo esa sensibilidad para entenderlo: un viaje es un viaje y la muerte es la muerte. No nos veíamos en carne y hueso hace por lo menos un año, pero sí en Facebook y la última vez que Félix subió algo fue el pasado 3 de junio: un pensamiento más o menos trascendente que cosechó algunos comentarios, hasta que los comentarios se convirtieron en adioses agradecidos, que es como ahora se despide a los muertos. Tampoco entiendo por qué mandamos mensajes por redes sociales a los muertos, justo cuando ya no están en las redes sociales. Bueno, sí, entiendo que es un modo de hablar de uno mismo, que es lo que mejor sabemos hacer los seres humanos y haré yo ahora mismo.

Éramos adolescentes cuando a Félix lo operaron del corazón. Tal como lo entendí entonces, tenía un agujero de nacimiento entre dos compartimientos y eso le daba un trabajo suplementario al músculo, como para cansarse más de la cuenta. Sabíamos y sabía él que si no lo operaban se moría, así que un día la cosa se puso urgente y nos organizamos los amigos para dar la sangre que necesitaba para una operación a corazón abierto en la que le pondrían el parche en ese agujero. Fue en el sanatorio Güemes y me acuerdo que esa mañana fuimos cuatro juntos: los otros tres se desmayaron después de dar sangre en el hall súper transitado del sanatorio y yo no estaba para ayudar a nadie, así que me senté a esperar. Lo curioso es que la gente pasaba sin darle la más mínima importancia a tres adolescentes desparramados en el piso del hall de entrada del Güemes.

Un día de 1982 naufragamos en el delta del Paraná. Acababa de terminar la guerra de las Malvinas y el que nos rescató fue el almirante Anaya que navegaba en el yate del comandante de la Armada, seguido de cerca por uno de custodia de la Prefectura. En la cubierta de ese barco tuvimos una conversación algo áspera sobre la heroicidad y la valentía, mientras Félix me hacía gestos para que me callara. El almirante decía que después del hundimiento del crucero General Belgrano mandó guardar la flota y yo sostenía que estaría más orgullosa en el fondo del mar, después de haber peleado con coraje por la recuperación de las islas. Es un principio elemental de la estrategia no dar la pelea que no se puede ganar, pero una vez empezada hay que hacer todo lo posible por ganarla, o perderla con dignidad: esconderse es pura cobardía. Parecía una barbaridad, pero 35 años después de la guerra la flota sigue inutilizada y arrumbada en el mismo puerto al que Anaya la hizo volver para no perderla en la batalla.

Félix era un grande y también era bastante grandote. Además jugaba bien al golf, un poco encorvado por su estatura, pero le pegaba lejos y derecho. Vivía entre Dallas y la ciudad argentina de Mendoza y no paraba de inventar empresas de servicios informáticos. Un buen día se casó y un mal día se quedó viudo con tres hijos. No se volvió a casar porque no le dio el tiempo: su nuevo amor llegó casi junto con el cáncer asesino que le ganó la partida al corazón. Ella lo cuidó hasta el último día.

Hace un par de años decía Félix que cada día que pasa morimos un poco. Yo le contestaba que es al revés: cada nuevo día es un día de vida que hay que disfrutar y aprovechar al máximo, pero no logré convencerlo porque también tenía razón al decir que cada nuevo día nos acerca más a la muerte. Todo depende de cómo se lo mire, pero tengo claro que después de la muerte de su mujer, Félix pensaba sin tristezas y con bastante mística que cada día podía ser el último de su vida.

Ahora que lo pienso, creo que la diferencia está en que Félix creía que morir nos da la oportunidad de terminar lo que empezamos. Morir es completar la vida como quien termina un viaje. Cuando morimos no es que nos vamos sino que llegamos; no empieza sino que termina el viaje y lo que viene más allá es cuestión de fe y es vida definitiva, pero de viaje no tiene nada. La muerte es tan parte de la vida como nacer y un día tendremos que enfrentarnos con ese momento esencial como quien se encuentra con una amiga, con una extraña o con una enemiga. O con una hermana, como la llamaba Francisco de Asís. O con la novia, como canta la Legión Extranjera española.

El inglés de la cantidad

Hace años vivía en Posadas un inglés que trabajaba para la Shell y jugaba al golf en el Tacurú. En el hoyo 19 pedía la cerveza que le diera mayor cantidad por menos precio y sostenía que no había otro criterio. Todos pensábamos –probablemente sin razón– que lo que buscaba no era cantidad de cerveza sino la mayor cantidad de alcohol por menos dinero. Es que en esto de beber cerveza, o vino o lo que sea, el mundo también se divide en dos clases de personas: los que buscan cantidad sin importar la calidad y los que prefieren disfrutar de la calidad aunque sea en menor cantidad (entre otras cosas porque es más caro).

No hay ningún problema entre los partidarios de la cantidad y los de la calidad… hasta que se juntan. Entonces se abre la caja de las tempestades, así que le recomiendo alejarse despacito y haciéndose el tonto si le toca andar por ahí.

Pasa que cuando se cuela un partidario de la calidad en el club de la cantidad, la reunión termina mal porque tarde o temprano la conversación cae en la cuneta y empieza a tratarlos de amarretes, roñosos, tacaños, mugrientos y borrachines de cuarta… y resulta que eso no le gusta a nadie. Y cuando es al revés arde Troya porque el partidario de la cantidad se toma hasta el agua de los floreros sin importarle el gusto, el paladar, las redondeces, los taninos y mucho menos el precio de cada botella.

No sé si es por la billetera, por la edad o por la cultura que a medida que crecemos preferimos menor cantidad de cosas mejores que más cantidad de cosas peores. Debe ser una consecuencia de la madurez –cuando vamos cayendo en la cuenta de que el tiempo es escaso– que nos hace pensar que sólo vale la pena leer libros buenos, visitar lo que ya conocemos y tomar whisky importado. Y ya se ve que no hay mal que por bien no venga.

La première gorgée de bière

Imagínese que llega a su casa cansado después de un día de intenso trabajo y bastante calor. En la refrigeradora lo espera una botella de cerveza bien fría. Se la sirve en una pinta que guarda en el congelador y disfruta del primer trago como si estuviera en el cielo. La première gorgée de bière es un estándar muy francés de los placeres minúsculos y es el título de un libro de Philippe Delerm que le recomiendo, pero se lo explico porque va a ser difícil de conseguir.


Hay gente capaz de disfrutar así, como si se estuviera bebiendo el cielo, de un vaso de agua que ni siquiera está fría. Otros, en cambio, encontrarán siempre algún defecto: la cerveza tiene poca espuma, o tiene más de la cuenta, o no está tan fría, o está demasiado fría… De paso le aviso que la espuma es parte esencial de la gloria de la cerveza igual que la serendipia de tomársela como le toque, sin provocarla ni evitarla cuando se la sirven.

Cada uno tiene en esta vida su première gorgée de bière, sus hábitos, sus reflejos, sus gustos que valen toda la sed del mundo. La cerveza y la sed son apenas ejemplos: ponga la bebida que más le guste y en lugar de la sed ponga el estrés, la fatiga, el aburrimiento, la sobrecarga de trabajos o de problemas.

Aprendemos tarde en la vida que lo que importa no es la plata ni el poder. Y mire que todo el mundo lo dice y lo repite, especialmente los que tienen plata o poder y al cabo de los años no han sido felices. A pesar de esos consejos seguimos buscando la felicidad en las cajas fuertes y en las alfombras rojas en lugar de buscarla en las cosas minúsculas de las que podemos disfrutar mucho más que de los millones acumulados no se sabe para qué.

Y le advierto que en este mundo la riqueza está muy mal repartida y no tiene nada que ver con el billete. Ricos son los que saben disfrutar de las cosas sencillas y pobres los que no saben disfrutar de nada. Ahora se lo abrevio: ricos son los que saben y pobres los ignorantes. Fíjese que no hay sabios ricos y no es porque no sepan sino porque no quieren.

Mire qué fácil es ser feliz con las cosas de este mundo y no le digo nada si cree en las del otro, donde se regala todo lo que de verdad tiene valor. Esos detalles son los que al final importan: ser capaces de disfrutar de los afectos, de la belleza sencilla de las cosas que nos rodean; de los olores de las plantas, del filo de las piedras, de la gravedad fugaz del agua y de los caprichos del fuego; de paisaje estremecedor de la selva o de un arbolito que crece moroso en una maceta; del sabor genético de la carne asada o de lo que nos queda en un vaso con soda de sifón; de la ópera Nabucco en la Scala de Milán o de una cumbia mal grabada mientras cocinamos fideos con manteca… y guarde manteca para una tostada mañanera: no hay nada como el olor de las tostadas mezclado con el del café del desayuno, cuando el día todavía no nos estropeó ninguna esperanza.

Decía Adolfo Bioy Casares que la sensación más placentera –la première gorgée de bière– de su vida la tuvo al despertarse en un camarote de tren y oír los pasos de alguien en la grava. Eso es la vida: nada y todo a la vez. No se la pierda.

Dragón del Iberá

Cuando los españoles y portugueses llegaron a América se encontraron con dragones, leones y tigres. No existía la National Geographic Society ni había zoológicos, así que los animales eran como se los imaginaban por relatos bastante fantásticos y por alguna pintura o escultura tan dudosos como la imaginación de los conquistadores. Hasta que los conocieron de verdad y se acabó el misterio: ahí está en la Casa Botines de Gaudí, justo en León, la estatua de San Jorge chuceando por su lomo a un yacaré del Iberá.


Dragones eran los lagartos y caimanes que pueblan nuestros humedales. Tigres eran los jaguares, que es el nombre genérico de origen quechua para los felinos manchados de América (panthera onca). Leones eran los pumas, la misma especie (puma concolor) en todo el continente. El sustantivo pantera también es común a todos estos animales que, de vez en cuando, salen negros. Todavía hay confusiones con los pumas y jaguares parecidas a las de los dragones con los caimanes. Los Pumas se llama el seleccionado de rugby argentino, a pesar de que lleva un jaguar en su escudo; y leones y tigres se sigue llamando a pumas y jaguares en muchos sitios de América, especialmente en el campo. Además y para que quede constancia, están presentes en la toponimia en castellano de toda América. Leones, en la provincia de Córdoba, es la Capital Nacional del Trigo. Y Tigre, en la provincia de Buenos Aires, es el puerto y la puerta de los porteños al delta del Paraná.

Leones, tigres y yacarés vivían tranquilos en todo el continente cuando había muchísima menos gente que ahora. En realidad, había poquísimos humanos antes de la conquista, porque había menos en el mundo, pero también porque el crecimiento vegetativo de los aborígenes americanos iba a su ritmo. Quiero decir que eran pocos porque querían y no porque se los comieran los animales salvajes, con quienes convivían sin demasiados contratiempos, cuidándose los unos de los otros.

Los leones pero de verdad campeaban en toda Europa hace 4.000 años, antes de que los corrieran a flechazos los antepasados de los que ahora los protegen; la toponimia y la iconografía antigua de Europa no me dejan mentir. Son más peligrosas las leonas que los leones y mucho más parecidas a nuestros pumas por no usar melena; es que ellas son cazadoras y ellos unos vagos perdidos: su ocupación es comer lo que le traen sus parejas, fecundar todas las leonas que pueden e impedir que se acerquen otros machos a comer lo que no es de ellos, en los dos sentidos. Los leones (ellos y ellas) andan en manada, se devoran rebaños enteros y les da lo mismo si es de gacelas o de gringos con anteojos y borceguíes. Los tigres de verdad, los jaguares y los pumas, en cambio, son solitarios y cazan sigilosos, como el gato de mi casa cuando acecha una paloma incauta; y para colmo los pumas también ronronean como el pesado de Tomy. Entre un león, macho o hembra, y sus parientes pumas hay una gran diferencia de tamaño y de peso y lo mismo pasa entre los tigres de Bengala y los yaguaretés, o como se llamen en cada lugar de América.

Los humanos adultos ahuyentamos a los pumas y a casi todos los animales, que no son tan tontos como para acercarse a un depredador de buen tamaño que anda en manadas, con palos y a los gritos. Los pumas no tienen la culpa de ser pumas, ni los jaguares, ni los caimanes… Ningún animal la tiene y tampoco nosotros. Y si fuéramos un poco más humanos aprenderíamos a convivir con ellos como aprendimos a convivir entre nosotros, que somos mucho más peligrosos; respetaríamos su hábitat y buscaríamos el modo de compartir el planeta en el que navegamos juntos, como en el Arca de Noé.

El puma asesino


Unos 20 minutos después de las seis de la tarde del domingo 21 de septiembre de 1997 un puma se llevó a Ignacio, el hijo de año y medio del guardaparques tucumano que vivía en una casa cercana a los circuitos turísticos de las cataratas del Iguazú. Una hora después encontraron el cuerpo de Ignacio en la selva, no muy lejos de la casa. Estaba destrozado por las garras y los dientes del puma. El martes los guardaparques mataron a una hembra vieja que no tenía nada que ver con el episodio y el intendente del parque tuvo que parar la cacería porque los pumas no tienen la culpa de ser pumas.

Era evidente que los responsables de la muerte de Ignacio eran sus padres, que ya tenían suficiente penitencia: la muerte de un hijo agravada con la propia responsabilidad. Pero en los días que duró viva la noticia en la agenda informativa, la televisión de Buenos Aires mandaba puma asesino en sus títulos. No se les ocurría que es imposible que un animal asesine a nadie porque no es sujeto de derecho y no tiene responsabilidad ni libertad para serlo. Además no había que preguntarse qué hacía el puma cerca de la casa del guardaparques sino qué hacemos los humanos en la selva. Unos días después me enteré de que el puma aparecía seguido a buscar la comida que el guardaparques le dejaba con la idea de hacerse amigo del animal...

En marzo de 2017 apareció otro puma en las cataratas. Debe ser nieto o bisnieto del que atacó a Ignacio. Y durante una semana entera se escandalizaron los medios de Buenos Aires porque conocieron la orden del jefe de guardaparques de reducirlo vivo o muerto. Las instrucciones para encontrar al puma autorizaban a los funcionarios a dispararle para proteger su propia vida o la de los visitantes del parque, un caso evidente de defensa propia… solo que, como decía, el puma no tiene la culpa de ser puma.

El puma es uno de los animales más versátiles de América. La mismísima especie –puma concolor– habita desde Alaska a Tierra del Fuego. Vive un promedio de ocho a doce años y pesa entre 50 y 70 kilos (las hembras son más chicas). Ahora me entero de que no rugen como los otros grandes felinos y sí ronronean, como los gatitos. Y también como a los gatitos no les gusta nada que les invadan la casa. Son tímidos y se dejan ver poco por animales más grandes como nosotros.

No estaría de más decirles a los turistas que no pensamos matar al puma porque ellos quieran ver cómo caen millones de litros de agua en los saltos del Iguazú. Y lo que estaría genial –y seguro que atraería a muchos más– es la ruleta rusa del puma. Bastaría con poner carteles que lo adviertan: “Usted puede ser atacado por un puma”. Sería una acción de marketing sensacional y de paso les explicamos a los paseantes que somos nosotros los que molestamos al puma y no el puma el que nos estropea la visita a las cataratas.

Me hacía ver un amigo en estos días que casi a la par del puma de Iguazú apareció un aguará guazú paseando por una calle de Santo Tomé. El aguará es un zorro orejudo y grandote de patas largas que habita los esteros de Corrientes. Quizá algún científico haya estudiado la nueva conducta de los animales silvestres, que se aplica a todas las especies y sobre todo a los pájaros de las ciudades, cada día más atrevidos. Mientras, me aventuro a lanzar una hipótesis esperanzadora: los animales se nos acercan porque nos hemos vuelto más humanos.

Pero ojo, que aunque nosotros seamos más humanos los pumas nunca dejarán de ser pumas.


La fotos del puma y del aguará fueron tomadas por quienes los vieron.

Carnaval desparramado


Le dije a un amigo que nos veíamos después de Carnaval y quedó loco porque no se le ocurría cuándo sería. Le tuve que aclarar que este año Carnaval cae el 27 y 28 de febrero, así que después de Carnaval es marzo. Pero mi amigo quedó loco porque para él el Carnaval dura un tiempo indeterminado que va desde que sacamos el arbolito de Navidad hasta que empieza a llegar el otoño y la Semana Santa.

No le voy a seguir contando el diálogo con mi amigo, solo quiero volver sobre la esencia del Carnaval: cuatro días locos en los que todo se trastoca, todo se hace al revés o todo vale, desde mojarse mutuamente por las calles a bailar con máscaras para que no sepan quiénes somos y así poder encarar las tropelías más audaces, casi siempre con el otro sexo.

Cuatro días locos son cuatro días locos, ni uno más ni uno menos. Porque si en lugar de cuatro los días locos son 40 o 50 la locura pasa a ser parte de la normalidad y el Carnaval se lleva el 20% del año.

Algo pasó cuando un gobierno de esos que tuvimos hace años decidió suprimir el Carnaval. Les parecía que había demasiados feriados así que anularon de un plumazo unos cuantos, entre ellos el de Carnaval, que es un feriado XXL en un buen momento del año, cuarenta días antes de la Semana Santa que cae siempre, siempre, siempre, en la primera luna llena de otoño (de primavera en el hemisferio norte). Por eso, por culpa de los caprichos de la luna, el Carnaval cambia cada año de fechas, unas veces más temprano y otras más tarde.

Los que se cargaron al Carnaval no pensaron que pasaría lo que pasa en estos casos: la gente se fregó en su decisión y siguió con el Carnaval, pero ya no había feriados para orientarse, así que el Carnaval se salió de madre y se desparramó por gran parte del verano y ahora resulta que no hay modo de volver a ponerlo en su cauce –en sus cuatro días locos– en el país que todo el año quiere carnaval.

Además de desparramarse el Carnaval se devaluó: no hay cuerpo que aguante tanta comparsa ni disfraz que se lo banque. Hasta lo efímero del Carnaval se vuelve en contra, porque una cosa es un disfraz para cuatro días y otra uno para dos meses de murga ininterrumpida. Entonces terminan desfilando con los trajes raídos, en comparsas alargadas y carrozas desvencijadas por avenidas o corsódromos mal iluminados. Imitan los carnavales de Río de Janeiro pero no imitan justo lo más importante: duran cuatro días exactos que son los cuatro días de locura que vale la pena vivir alguna vez en la vida, por la locura y por Río de Janeiro.

Los corsódromos son otra historia de la pavada del Carnaval. La ciudad de Río de Janeiro construyó en 1984 el Sambódormo Marqués de Sapucaí y luego, como para no ser menos, lo imitaron hasta en el último pueblo de Corrientes y de Entre Ríos. También en Paraguay y especialmente en Encarnación. Una lástima de construcción inútil gran parte del año, pero como ya la tenemos resulta que hay que amortizarla con carnavales largos y tendidos.

Hay corsódromos de sobra en todas las ciudades: basta con cortar por cuatro días una avenida o una plaza, cosa que hacen a cada rato y para cualquier nimiedad. También se puede ocupar un estadio, el autódromo o el hipódromo de la ciudad que ya tiene el dromo incorporado. Inexplicablemente resulta que hacemos corsódromos para Carnaval pero no hacemos manifestódromos, desfilódromos, piquetódromos, procesionódromos, rockódromos y otros dromos por el estilo. En Río de Janeiro no encierran el Carnaval en el sambódromo porque el Carnaval es mucho más que los corsos: toda la ciudad está de carnaval, precisamente por ser cuatro días locos: si fueran más, ni se enterarían.

Trump y los Pilgrim Fathers


El inexorable fin del poder político es la lección implícita de El otoño del patriarca, la novela sin puntos de Gabriel García Márquez. Mire por dónde las expresiones “no hay mal que dure cien años” y “gobierno de turno” se conjugan perfectamente. Por más longevos que sean los que nos gobiernan, llegará sin remedio el momento de dejar el poder, aunque sea con los pies para adelante, que al fin y al cabo es un modo de dejarlo... Aunque se sucedan las reelecciones y los cargos vitalicios, la salud o la paciencia tienen sus límites y por muchos años que sean nunca serán ni 50, que no son nada comparado con la historia de un país.

Y las naciones tienen una identidad que supera el tiempo, pero sobre todo supera los gobiernos circunstanciales que se turnan en el poder. Será por eso Gran Bretaña ha decidido volver a ser una isla, cosa que está en el mismo código genético del Reino Unido. Los británicos son isleños y se portan como lo que son; su permanencia en una organización continental fue siempre a contrapelo y así terminó. El Reino Unido no duró ni 50 años en la Unión Europea y 50 años tampoco es nada en la vida del Reino Unido.

Estados Unidos no es Gran Bretaña, ni Mongolia, y tampoco es Suiza. Quiero decir que Estados Unidos no es una isla, ni un país aislado por sus vecinos y tampoco es un país endogámico, o neutral, prescindente de lo que pasa del otro lado de la frontera. Lógicamente Estados Unidos es Estados Unidos y tiene su propio código genético en el que está incluida su esencia democrática y de inmigrantes desde que los Pilgrim Fathers desembarcaron del Mayflower en Massachusetts en 1620. Los Padres Peregrinos o Fundadores escapaban del autoritarismo de Jacobo I, que no los dejaba practicar libremente su religión. Ellos trajeron al continente el embrión de la revolución que declaró la independencia en 1776. La Revolución norteamericana anticipó la Revolución francesa de 1789 y las de todas las colonias de la América española en las primeras décadas del siglo XIX.

Estados Unidos es un país genéticamente abierto, en el que conviven democráticamente diversos pensamientos. Entienden que la expresión más cabal de la democracia es esa convivencia y no la posibilidad de elegir a los gobernantes cada cuatro años. No fue fácil en su historia conjugar el puritanismo teocéntrico y la libertad de pensamiento de los Pilgrim Fathers pero siempre se impuso ese código genético de libertad dentro de la ley. Todo parece indicar que la llegada de Trump al poder los ha puesto de nuevo en otra de esas encrucijadas de la historia, como en la época de la esclavitud, de la segregación racial o de la ley seca.

Ahora hay que esperar a que se active el código genético de los Pilgrim Fathers.

Ruinas presas


La ciudad de San Isidro, en la provincia de Buenos Aires, tiene más de 300 años y aunque hoy está integrada en el llamado Gran Buenos Aires, en tiempos de su fundación era un pueblo de campo como otro cualquiera. Allí tuvieron sus estancias los Pueyrredón y los Márquez y entre las dos se fundó el pueblo que hoy es ciudad y suburbio en la rivera del Río de la Plata, unos 20 kilómetros al norte del centro de Buenos Aires.

Como estaba en el litoral fluvial, San Isidro siempre tuvo puerto, tanto que era más fácil llegar en barco que en carreta, igual que a todos los pueblos litorales la Mesopotamia en tiempos en que los caminos y los medios de transporte eran bastante complicados, sobre todo por los bajos y las crecidas de ríos y arroyos que desembocan en el Paraná y el Uruguay.

El puerto fue creciendo con el pueblo y la ciudad. Hace 50 años tenía gran actividad comercial, buenos muelles de hormigón y grandes compañías areneras que explotaban con dragas la arena y el canto rodado de los lechos de nuestros ríos. Pero con los años la navegación deportiva le fue ganando a la comercial y yates y barquitos se empezaron a entrometer entre las chatas desvencijadas varadas en el fondo del río. Así que el viejo puerto se convirtió en un caos de restos de naufragios, areneras abandonadas y barquitos okupas que nadie controlaba.

Esta semana el gobierno de la provincia de Buenos Aires le transfirió el control y la propiedad de ese puerto al municipio de San Isidro. Y el municipio de San Isidro promete hacer ahora en el antiguo puerto un gran parque ribereño que ocupe las viejas dársenas y sus muelles y parquizar donde había galpones.

¿A qué vendrá toda esta historia?

Las antiguas misiones jesuíticas que jalonan el territorio de la provincia de Misiones y le dan su nombre pertenecen a la Secretaría de Cultura de la Nación y en la provincia que reclama su identidad no hay una sola repartición que se ocupe de cuidarlas.

Y para muestra bastan las ruinas de la Candelaria, que están bajo la custodia del Servicio Penitenciario Federal...

El perro de Donald Trump


Debía tener nueve o diez años cuando me mordió el perro del vecino. Yo era bastante chico y el perro bastante grande. No cuento más detalles porque prefiero no recordarlos, solo que para lavar su conciencia los dueños del perro sostuvieron que me mordió porque se dio cuenta de que yo le tenía miedo. Desde entonces aprendí que a los perros hay que mostrarles quién manda de una: tiene su vértigo pero es muy eficaz. Hay que ser convincente porque no sirve el teatro de valiente: se dan cuenta a cien metros del susto que uno lleva encima.

Donald Trump tiene bastante de perro. El tipo te muestra los dientes y si le tenés miedo te muerde. No lo digo yo, lo dice él mismo y se sabe que es uno de los principios de sus negocios: si te achicás te aplasta y si te agrandás negocia. Así funcionan muchas veces los negocios en los Estados Unidos, en la China y en el mundo.

No solo fue atacado México con la estupidez del muro, también se metió con los limones argentinos y parece que le molesta casi todo lo que importa Estados Unidos porque quiere proteger el trabajo y las industrias de los estadounidenses. Es decir que no va a dejar entrar inmigrantes de México ni del Ecuador, que son los que cosechan los limones de California, los que ajustan las tuercas de los autos en Detroit, los que se suben a los andamios en Nueva York y los que meten las hamburguesa en los pebetes de McDonald’s.

Con un gruñido, como hubiera hecho su perro, de un carpetazo Trump borró el español de los sitios oficiales de Estados Unidos: otra imbecilidad autoritaria. México y el español están tan metidos en la historia y la cultura de ese país que 9 de los 50 estados tienen nombre español; cientos de ciudades y pueblos también. Siempre ha fracasado eso de imponer los idiomas o las palabras desde el poder y bastaría con leer 1984 de George Orwell para saberlo y, también, debería saber que nada hay tan democrático como las lenguas vivas porque las votamos hablando todos los días.

Parece que el perro de Trump quisiera imponer a los blanquitos sobre los demás integrantes del pueblo norteamericano. Se olvida que los blanquitos son los que al bajarse de los barcos le hicieron asco a los que ya estaban en América hace siete millones de años y se enquistaron en un continente que no era de ellos. Mientras los más oscuritos de Castilla y Portugal prefirieron amar lo que se encontraron y procrearon a los nuevos americanitos que somos los mal llamados latinos que ocupamos el resto del continente americano y la mitad de los Estados Unidos.

Tenemos que explicarle al perro de Trump que llegó tarde. No va a lograr imponer el idioma de los blanquitos, pero tampoco va a evitar con su muralla china que entremos los mestizos en un sitio que siempre fue americano. La misma larga estupidez con forma de muro es una prueba de que no tiene argumentos para impedirlo ¿Desde cuándo los muros detuvieron a la gente? Todavía quedan pedazos del de Berlín para recordar la imbecilidad de intentar parar las mareas humanas con barreras artificiales. Y desparramados como el mapa del cuento de Borges quedan por el mundo y para nuestra vergüenza ruinas de variadas murallas, zanjas y cortinas de acero.

Perro que ladra no muerde y sólo en las películas los asesinos les avisan a sus víctimas que las van a matar. Por eso me aventuro a adelantar que como los ladridos de su perro, estos gestos de Trump son una prueba de su debilidad y de sus complejos. La autoridad entre los humanos ya no es la del macho alfa de la jauría. No es cuestión de tamaño, ni de gruñidos sino de inteligencia y ejemplo. El perro de Trump tiene fuerza y mea más lejos que los otros de la manada, pero basta con agacharse a levantar una piedra para que se vaya al mazo con el rabo entre las patas.

El Dakar y nuestra adolescencia colectiva


Los participantes del Dakar son un variopinto colectivo de sacados que corren a todo lo que da en cuanto monstruo mecánico se nos ocurra. Solo en los tramos de enlace viajan por nuestras carreteras a una velocidad más o menos lógica. El resto del tiempo van como locos por nuestras selvas, sabanas, desiertos, salinas, valles, crestas, arroyos, cauces de ríos… y los hacen de goma. La inmensa mayoría de ellos son europeos que en sus países irían presos por destruir las bellezas naturales que son patrimonio de todos. Por eso el Dakar se corría en África… y ahora en Sudamérica cuando los africanos los sacaron carpiendo, hartos de que irrespeten sus culturas y su geografía.

Nosotros todavía estamos en la época en que los corredores y su circo son recibidos por presidentes y funcionarios y los ministerios de turismo ponen plata para que desvirguen nuestras bellezas naturales. Quizá alguien piense que a los turistas les gusta venir a ver huellas de camiones en el desierto… No, ni lo piensan: se ríen de nosotros.

El Dakar es una inmensa operación publicitaria europea a costa de nuestro maravilloso continente, pero sobre todo de nuestra adolescencia colectiva. A los argentinos, paraguayos o bolivianos nos apasionan los fierros, los motores, los autos de carrera, las carreras y los rallys y resulta que el Dakar les viene como anillo al dedo porque en lugar de echarlos a las patadas por hacernos pelota el continente vamos como borregos a verlos pasar, flameamos banderitas y saludamos como náufragos a los helicópteros que pasan levantando el polvo que tardó dos millones de años en juntarse. Piense solo en la resplandeciente blancura del salar de Uyuni en Bolivia, que lleva ya varios años enmugrecida por esta horda de afiebrados.

Los organizadores resaltan la participación del público con sus banderitas en todo el recorrido y ocultan los accidentes, sobre todo si involucran a espectadores. Para eso tienen la exclusiva absoluta de las imágenes: nadie más que ellos y solo ellos pueden filmar, sacar fotos y distribuirlas a los medios que pagan pilas de euros para cubrir esta versión real de Mad Max. Eso incluye la publicidad y los patrocinadores, todos para Europa. Detrás siempre aparece nuestra gente, mestiza americana, que los felicita y los aclama para que los espectadores de París o de Amsterdam compren sin remordimientos.

Somos figurantes de una inmensa campaña publicitaria que vende autos, camiones y camionetas; respuestos, cubiertas, energizantes, combustibles, lubricantes, camisetas, gorras, banderas y calcomanías… y además le vende vértigo a algunos corredores vernáculos que pagan sumas imposibles para entreverarse en el circo de los locos y matarse para conseguir su minuto de gloria.

Admito que abuso un poco de la exageración hiperbólica, pero no encuentro otro modo de expresar que el Dakar es precisamente una exageración europea que no resistiría ni un minuto en su propia geografía. Un violación francesa de nuestra tierra y también de nuestra ingenuidad.

Mi amigo Fidel


Cuando éramos chicos decir Fidel era como decir Judas, Lucifer o el Hombre de la Bolsa: la empleada de mi casa decía que si nos portábamos mal iba a llamar a Fidel. Así crecimos, por lo menos todos los que en esa época éramos chicos, cuando Fidel tenía bastantes menos años que yo ahora. Fidel era el demonio en casa, pero también en el barrio, en el colegio, para amigos y parientes. Y si Fidel era el diablo, Cuba era el infierno. Había otros diablos menores, pero con esos no me voy a meter… solo digo que no teníamos la culpa de las broncas presentes y pasadas de nuestros padres y abuelos y tampoco de su propio imaginario. Y digo también que así crecimos, sin preguntarnos por qué; eso viene más tarde en la vida. Lo notable es que el tiempo pasó, murió medio mundo y Fidel los enterró a todos… La cara de antes se fue agrandando, se puso orejón, perdió pelo en la cabeza y en la barba y las manchas del tiempo se instalaron en su piel. Hasta que se volvió un viejito serio, metido en un inexplicable jogging Adidas, con el que habrá muerto en Black Friday, a la edad de mi padre, en su casa de Santiago de Cuba.

Mientras, nos hicimos amigos…

Bueno, cuando alguien muere aparecen los amigos íntimos que apenas lo vieron alguna vez de lejos. Seguro que ocurrirá ahora con Fidel, total no está él para desmentirlo. Por eso voy a contar las dos veces que estuve con mi amigo Fidel.

La primera fue en Guayaquil, Ecuador, apenas empezado el primer día de diciembre de 2002. Fidel viajó a Quito el 29 de noviembre a inaugurar la Capilla del Hombre del pintor Oswaldo Guayasamín que sí había sido su amigo. Al día siguiente se escapó a Guayaquil a cenar con León Febres-Cordero y a las 2 de la madrugada del 1 de diciembre partió a La Habana. A Guayasamín se le ocurrió la contradicción bestial de levantar una iglesia dedicada al ser humano y pintarla como si fuera la capilla sixtina. Digo contradicción porque si no crees en Dios es muy loco enojarte con Dios y también endiosar al hombre. Y León Febres-Cordero estaba en las antípodas políticas de Fidel, pero eran amigos quizá porque compartían la locura por el poder y seguramente también algunas cosas ricas de comer y beber. En aquel viaje apenas le dio tiempo a Fidel para saludar al presidente Gustavo Noboa, pero sí le alcanzó para pasar unas cuantas horas con su amigo León. Yo trabajaba entonces en el diario Expreso y me colé a hacer guardia hasta donde me dejaran llegar en El Cortijo, donde estaba la casa de LFC en la zona del Buijo. Debía ser más de la una de la madrugada cuando salieron a saludar y posar para los fotógrafos en la puerta de la casa. Castro estaba de traje azul y zapatillas negras y Febres-Cordero de cowboy y botas texanas de avestruz.

La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

Descubrí entonces que Fidel era un sofista hecho y derecho, como los de la antigua Grecia que condenaron a Sócrates: charlatanes eficaces por su retórica, pero no por sus contenidos.

Sus razonamientos llevaban siempre a la misma conclusión, tan falsa como la afirmación original. La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. No admitía preguntas ni aclaraciones, solo aplausos y vivas a una victoria que no llega nunca. Lo curioso es que al público le gustaba, quizá porque no hay pobreza como la ignorancia.

El sexo de los ángeles

Buscando en la Wikipedia el bolero Píntame angelitos negros, me entero de que está basado en una poesía mucho más cursi del venezolano Andrés Eloy Blanco, inspirada en el velorio de un negrito de su barrio. La música es del actor y compositor mexicano Manuel Álvarez Rentería, a quien llamaban Maciste, y fue muy popular en la época en que los boleros eran lo máximo. Píntame angelitos negros –o Angelitos negros– fue pionera entre las canciones que denuncian desigualdades. Pide la letra de la canción al pintor de santos que pinte ángeles negros, por lo menos tantos como blancos, porque “también se van al cielo todos los negritos buenos”.


Me acuerdo del bolero cada vez que ando por el popular santuario de Itatí –en el nordeste de la Argentina– y veo el fresco que rodea a la Virgen en su camarín. Abajo, en la tierra, unos indiecitos guaraníes rezan, cantan y tocan instrumentos musicales; y arriba, en el cielo, unos angelitos escandinavos rezan, cantan y tocan instrumentos musicales… Todo mal con el pintor italiano que pintó esta exageración, pero también es cierto que no debemos juzgar el pasado con categorías del presente. Para los latinos del sur de Europa los rubios del norte parecían ángeles, por eso son anglos y también ingleses.

Nadie sabe de qué color son los ángeles porque no tienen raza como los humanos. Tampoco son varones o mujeres y es una discusión necia la del sexo de los ángeles, tanto que se ha acuñado esa expresión para referirse a toda discusión inútil o innecesaria. De paso y ya que nos metimos con la basílica de Itatí, recuerdo que en muchas iglesias, por lo menos de la Argentina, era costumbre representar a los ángeles alternando sus túnicas, una rosa y otra celeste: uno varón y otro mujer. Al final era buena la queja del poeta venezolano a los prejuicios raciales de los artistas que suponen que es afeminado que te gusta el helado de frutilla. Estaría mejor vestir a los ángeles de comandos anfibios ya que hoy hay soldados varones y mujeres en todos los ejércitos del mundo, y para el caso da lo mismo vestirlos de chef o de carteros, porque resulta que los ángeles no tienen sexo, ni color, ni ropa, ni alas, ni cara ni nada que no sea espíritu.

Pero los seres humanos –el animal hombre– sí que tiene sexo y también raza. Somos hembras y machos, varones y mujeres, damas y caballeros, señoras y señores… Y viene a cuento la idea porque en estos días ocurrieron en la Argentina dos hechos relacionados con nuestra común semejanza y entretenida diferencia que me parece son como la discusión sobre el sexo de los ángeles. Uno fue la manifestación convocada por el colectivo Ni una menos, para repudiar toda violencia de género, que tuvo su epicentro en la Plaza de Mayo y correlato en casi todas las ciudades del país. La motivó el tenebroso femicidio de una chica en Mar del Plata. El otro fue la aprobación en el Senado de la Nación de la ley de paridad de género en las listas electorales, que con toda seguridad se convertirá en Ley de la Nación una vez que la apruebe la Cámara de Diputados.

Quiere decir que a partir de la efectiva sanción de la ley habrá que elegir en la Argentina igual cantidad de varones que de mujeres en las listas de candidatos; intercalados en las listas de las elecciones generales y como les guste ponerlos en las listas de las internas partidarias. Y hay proyectos en la Nación y en algunas provincias para establecer esos cupos en todos los cargos colegiados de sus poderes Ejecutivo y Judicial.

Ya está. Hemos llegado al 50/50 y con la Ley del Cupo en la Argentina hemos decidido discriminar por igual a varones y mujeres. Y no importa que el proyecto aprobado ponga en segundo término el principio constitucional de la idoneidad para ocupar cargos públicos y en primero a los órganos sexuales o los cromosomas que nos distinguen a varones y mujeres.

En nuestra era y en nuestra geografía, es indiscutible la diferencia natural entre hombres y mujeres y también su igualdad esencial. Por esa igualdad nos da lo mismo elegir a varones o mujeres para cualquier trabajo o cargo público y también para representarnos en las legislaturas. Imponerlo por las bravas es machismo, aunque sea femenino.

Premio Nobel


No me gustan los premios. Ninguno. Y lo que menos me gusta es que sea el premio lo que mueva a algunos. El amor propio y no la solidaridad, la superación; el amor a los semejantes, a un ideal o a la patria. Para colmo los que los ganan parecen los mejores, pero no: son apenas los mejores de los que se presentan al premio y el mismo hecho de presentarse los convierte en codiciosos. Los que sí los merecen, los buenos de verdad, no ganan premios porque jamás se presentan a los concursos: no tienen tiempo para esas pavadas.

Hay excepciones, pero muchos premios se ganan a fuerza de personas que influyen en los jurados, por plata nomás. Y hay premios-negocio, creados solo para dárselos al que paga buen billete. Hasta algunos hay tan aguados que todo el mundo los gana (en este caso es más barato, claro, pero al final el negocio es el mismo). Al final a los premiados les pasa lo que a los políticos descartables: se devalúan hasta desvanecerse en la nada, y así nos va.

Acepto que en el caso del Premio Nobel de Literatura tienen algo que ver los gustos y no entiendo cómo lo puede ganar alguien que no escriba en el castellano de nuestra América. No hay narrativa en todo el mundo como la iberoamericana contemporánea, pero el Nobel nos toca solo cada tanto porque parece que también hay que dárselo a un egipcio o un japonés, aunque escriban como la mona. A veces coinciden mis gustos, como este año con Bob Dylan, pero también hay que decir que Bob Dylan le venía mejor al Nobel que el Nobel a Bob Dylan.

Y para los políticos cualquier premio es un botín. Por eso me resulta un despropósito brutal el Premio Nobel de la Paz a las hasta ahora buenas intenciones de Juan Manuel Santos; y me dan unas ganas enormes de sospechar. Este año se lo merecían los White Helmets, los Cascos Blancos que llevan salvadas unas 20.000 vidas en Siria; o los rescatistas de la isla de Lesbos, en el mar Jónico; o una enfermera anónima del Hospital Madariaga, que seguro hizo más por la paz del mundo que Barack Obama o Henry Kissinger, que también lo ganaron.

Si de mí dependiera, le daría el premio Nobel de la Paz al que se le ocurrió mezclar gin con agua tónica: ha hecho mucho más por la felicidad del mundo que todos los políticos desde la época de Hammurabi a nuestros días.

Aeropuertos

Marc Augé es un antropólogo francés contemporáneo al que se le dio por llamar no-lugares a los sitios transitorios en los que nos relacionamos los seres humanos. Son no-lugares los hospitales, pero también las autopistas, los supermercados y sobre todo los aeropuertos. Resulta que a medida que pasan los años son más grandes, más anchos, más largos y más no-lugares. Se explica perfectamente que haya gente que viva en los aeropuertos, como en la película La Terminal de Steven Spielberg en la que Tom Hanks se convierte en un náufrago apátrida en un aeropuerto norteamericano. Pero la película es pura ficción basada en la historia real de un refugiado iraní que vivió 18 años en una sala de embarque de la Terminal 1 del aeropuerto Charles De Gaulle de París. Es que si hay no-lugares dentro de los no-lugares son las salas de embarque de los aeropuertos internacionales: la tierra de nadie entre migraciones y el resto del universo.


Hoy los grandes aeropuertos más que no-lugares son no-ciudades o no-países por el tamaño que tienen y sobre todo por la cantidad de habitantes permanentes y transitorios. El aeropuerto de Heathrow, en Londres, recibe unos 75 millones de pasajeros por año. Por el de Barajas (ahora se llama Adolfo Suárez pero sigue quedando en el pueblo de Barajas, en Madrid), pasaron 46 millones en 2015, pero es el único aeropuerto civil de Madrid, mientras que Londres tiene por lo menos cuatro si sumamos a London City, Gatwick y Luton.

La calificación de los aeropuertos debería basarse no en su tamaño, su tráfico o su cercanía. Lo que importa es que esté bien comunicado con la ciudad a la que sirve. Los de Londres tienen estaciones de tren adentro del aeropuerto. Por unas libras se llega en media hora y en trenes expresos a cualquiera de las grandes estaciones terminales de la ciudad que ya era grande hace cien años. Pero eso no es nada comparado con el Underground, que tiene tres estaciones en Heathrow, el más grande y transitado de los aeropuertos de Europa y del mundo. Desde cualquiera de las terminales de Heathrow y por lo que cuesta un pasaje de metro, los viajeros tienen acceso a la inmensa red de subterráneos de Londres.

También llegan el tren de cercanías y el metro de Madrid a las viejas terminales y a la alejada y supermoderna terminal 4 del Adolfo Suárez. La empresa que gestiona el aeropuerto ha inaugurado, además, una lanzadera que lleva y trae del centro de Madrid por cinco euros. Es un autobús vidriado, con wifi y lugar para sus maletas desde donde se puede dar el último adiós a la ciudad.

En los aeropuertos argentinos –y casi todos los sudamericanos, para qué nos vamos a engañar– cuando uno se baja del avión no llega a ningún sitio. Que Dios lo ampare en su soledad y también en la inseguridad que campa como un fantasma en nuestro continente y mucho más en cuanto hay un indefenso, que es lo que somos los pasajeros en los no-lugares de Marc Augé. Lo bueno es que en nuestros aeropuertos es solo un poco más improbable que alguien de Daesh –el Califato que mal llaman Isis– ponga una bomba. Aquí basta con transponer la puerta de salida para encontrarse con la nada. Si no lo han venido a buscar, no hay a dónde ir ni en qué ir y si quiere usar algo parecido al transporte público tiene que prever el doble de tiempo para irse de o para llegar a un sitio al que ya tiene que estar bastante antes si no quiere tener problemas, y todo para un vuelo que dura un poco más de una hora.

El Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires está incomunicado y rodeado de bandidos. El que tiene Sube puede tomarse un colectivo urbano de los tres que vienen de la Ciudad Universitaria y pasan por la Villa 31. También está el Arbus que todavía debe regentear algún camporista porque no lo lleva a ningún sitio, sale cuando quiere y es bastante caro. Cuando se pasan las puertas de salida aparece de repente el territorio comanche, siempre falto de luz, desordenado, sucio y dominado por mafias codiciosas de desprevenidos. Puertas corredizas anuladas con cintas de peligro le avisan lo que vendrá. Ezeiza es otro caso de ningún-lugar y tiene que rezar para que no le toque un piquete al llegar o salir. Y no le digo nada lo que se siente en aeropuertos del interior; en algunos da miedo salir de la zona de desembarque por el acoso al que lo someten los taxistas, remiseros, mangantes y otros ladrones de ocasión. Para colmo y para más susto, a la Policía de Seguridad Aeroportuaria se le ha dado por llenar los sitios neurálgicos de nuestros aeropuertos con pegotes de bandidos buscados por la policía o perdidos que la Justicia no encuentra por sus propios medios.


Tanta gente concentrada en los aeropuertos los ha convertido en blanco preferido de los yihadistas islámicos, esos guerreros fanatizados que han aparecido en el mundo civilizado para jorobarnos la paciencia a los viajeros. Y para colmo resulta que Bin Laden –o quien sea que haya sido el que usó aviones repletos de pasajeros para atentar contra las Torres Gemelas de Nueva York– les complicó la vida para siempre a los que andan perdidos por los aeropuertos una parte casi central de su vida.

Ya no sorprende que unos extraños de Londres inspeccionen con rayos equis todo lo que otros extraños -extrañísimos- llevan en las maletas, o metan las manos en bolsos ajenos -ajenísimos- y saquen al aire ropa interior usada como si fueran regalos de cumpleaños. Eso pasa hasta en el aeropuerto más pequeño, pero lo notable de Londres es que le hacen esas perrerías a cien millones de personas por año (si las cuentas no me fallan son 274.000 pasajeros por día).  “¿Qué busca?” le pregunté a un guardia civil de Barajas que me revisaba con una especie de papel que sostenía con unas pinzas. “Explosivos” me contestó como si me contara que llueve.

Cada nuevo viaje avisan que hay que estar más temprano en el aeropuerto y tienen razón porque hay que dedicarle tiempo a las vejaciones de la seguridad y también hay que prever que uno se pierde unas tres veces con el riesgo de subirse al avión equivocado. Tanto tiempo de espera ha convertido a esos no-lugares en bazares: tiendas de todo tipo que compiten para sacarles a unos exhaustos cautivos sus últimos billetes. Pero no son los únicos que hacen negocio. Desde el 11 de septiembre de 2001 la familia de Bin Laden o algún gerifalte de Isis debe ser el dueño de la fábrica de escaners de valijas y de todos los sistemas de seguridad que nos han complicado la vida a los pasajeros. No sé si son ellos, pero sí que tenían información para hacer ese negocio. Para colmo, si lo que quieren es incordiarnos la vida a cientos de millones de esforzados viajeros, los del Isis no necesitan ningún atentando más.


Dicen los que saben que los que viajan en avión son todavía un porcentaje muy bajo de la población mundial y también dicen que son siempre los mismos. Alguno se debe agregar al colectivo de viajeros y alguno también lo deja por muerte o por hartazgo. También es cierto que suben a ritmo parecido la cantidad de habitantes del planeta y los aviones en el aire. Eso de ser siempre los mismos es lo que provoca que las conversaciones de pasajeros empiecen un día y terminen el siguiente, cuando nos volvemos a encontrar en el mismo vuelo.

Fue en una de esas charlas del Club de los Viajeros que hablábamos, pasillo del avión por medio, sobre lo pequeño que se ha puesto el mundo gracias a los bajos precios del petróleo, que han abaratado los billetes internacionales de avión. El petróleo se encarece o se abarata por razones que nunca podemos explicar porque no las podemos saber pero sí suponer: casi siempre son estratégicas y relacionadas con la conveniencia coyuntural de Estados Unidos, de Gran Bretaña y de sus aliados en el Golfo Pérsico. Sea como sea resulta que hoy es bastante accesible largarse a recorrer el mundo. 

Y mientras se dispara la cantidad de los viajes también se multiplica la incomodidad. Hace 50 años se ponían la mejor ropa para viajar porque no era cuestión de aparecer así como así en el aeropuerto y menos entre los pasajeros; ellas producidas para la ocasión y ellos con saco y corbata. Además había lugar suficiente para cada uno con su humanidad a cuestas. Todos disfrutaban de buena comida y mejor bebida y las líneas aéreas competían por la amabilidad de sus azafatas pero sobre todo por su menú y su bodega. Los platos eran de porcelana, los vasos de cristal y los cubiertos de metal cortaban y pinchaban sin romperse como los de plasticurri berretongui de nuestros días.

Hoy los pasajeros de viajes largos compiten en mal gusto y los argentinos, además, en estridencia. Las azafatas desparraman fideos recalentados y tiran una cajita de cartón con galletitas en los vuelos cortos. Amarretean la gaseosa en vasitos de plástico, y no vaya a creer que la clase ejecutiva es mucho mejor. Los pasajeros somos cada vez más grandes y los asientos cada vez más chicos. Apenas se reclinan un par de grados y no hay espacio entre butacas para un fémur occidental. Solo un faquir consigue echar un sueñito sin clavarse una pastilla de las grandes de Dormicum. Los bolsos no caben en los portaequipajes y cada año reducen más los kilos permitidos para despachar en la bodega. Para colmo cobran el exceso en lugar de prohibirlo y así confiesan que es para sacarte plata y no porque el avión no aguante la carga. A eso se suman las mil perrerías que nos hacen para prevenir atentados que no pensamos cometer. Cualquiera de ellas sería suficiente para hacer desistir a una dama o un caballero de 1950, pero hoy aguantamos todas las incomodidades si nos aseguran que los aviones van a ser puntuales, que tampoco lo son, así que, para que no linchemos a las azafatas de mostrador nos engañan como en el jardín de infantes.

Kornelia Ender


Hace años -no crea que tantos- los Juegos Olímpicos eran cosa de alemanes y cubanos. Puede que la URSS y EEUU ganaran más medallas, pero eso no nos asombraba y además no era así por una cuestión de proporción entre sus campeones y la cantidad de habitantes de cada país. Si hacías las cuentas siempre estaba adelante la República Democrática Alemana, que todos llamábamos Alemania Oriental. Baste con recordar que en 1972 en Munich, los soviéticos se llevaron 99 medallas, los norteamericanos 94, los alemanes orientales 66 y los alemanes occidentales 40. Es decir que Alemania sumada ganó 106 de las que 33 fueron de oro.

Ese año apareció Kornelia Ender en la Olimpiada. Era una alemanita oriental de trece años que nadaba como un delfín. La nena ganó tres medallas de plata. En Montreal 1976, con 17 años, la rompió. En cinco años batió 27 récords mundiales. Pero cuando terminaron los Juegos de Montreal, Kornelia anunció su retiro para siempre de la natación. Dos años después, en 1978, se casó con el Rolls-Royce de la Natación, como le decían a Roland Matthes, medalla de oro indiscutida de estilo espalda en México 68 y Munich 72. Se divorció del Rolls-Royce en 1982 y poco después se casó con un decatleta llamado Steffen Grummt.

Grummt era un año más joven que Kornelia y cuando iba a competir en decatlón en los Juegos de 1984 en Los Ángeles, Alemania Oriental se adhirió al boicot de la URSS contra los Estados Unidos y no mandó representación. Aquel boicot fue una represalia por el que a su vez realizó Estados Unidos a la URSS en los Juegos de Moscú de 1980. Los boicots son armas de los políticos para jorobar a sus enemigos pero a los que friegan es a los atletas. La cuestión es que el marido de Kornelia se enojó y se pasó del agua líquida a la sólida; del estilo espalda al tobogán de hielo del bobsleigh; ese torpedo con dos o cuatro tripulantes que baja a toda velocidad por una montaña rusa de hielo. Quería ser olímpico como su novia y para eso era capaz de cambiar 180 grados para estar en los Juegos de Invierno de 1984 en Sarajevo.

Occidente sospechaba que en los países del otro lado de la Cortina de Acero hacían cosas raras con las hormonas o con drogas desconocidas. Fue imposible probarlo y tampoco se pudo sancionar a nadie ni retirar medallas o bajarlos del podio porque la competencia olímpica es por países y Alemania Oriental dejó de existir en 1989.

Cuando después de la Olimpíada de Montreal Kornelia desapareció del mapa con toda la gloria y sus 17 años, muchos pensaron que se escondía en la profundidad hermética de Alemania Oriental para que no la investigaran. Pero siempre preferí creer que desapareció para que nadie intente hacer experimentos con su juventud magnífica. Kornelia hubiera ganado más medallas que Michael Phelbs de haber seguido nadando en los juegos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984. En Seúl 1988, al terminarse la estupidez del boicot recíproco, Kornelia Ender tenía 30 años. Phelbs tiene 31.

Hoy Kornelia tiene 57 y debe ser una señora cualquiera de alguna ciudad alemana. Ojalá la vida no le hayan jugado una mala pasada y sea una mujer feliz, rodeada de presente y futuro, pero con el recuerdo imborrable de aquellos años olímpicos en los que fue la estrella que nos enamoró cuando éramos adolescentes.

Doscientos años no es nada

El 9 de julio de 1816, en una tarde soleada de martes en San Miguel del Tucumán, 29 congresales que representaban a las ciudades más importantes del Virreinato del Río de la Plata declararon la independencia de una cosa que llamaron Provincias-Unidas en Sud-América. Cinco congresales faltaron por distintas razones y esa cosa que crearon no tenía ni presidente ni rey ni nada. Uno de ellos se había rajado a Buenos Aires a tomar el poder como director supremo de las Provincias-Unidas. El Acta de la Independencia se perdió y solo se conserva una copia que escribió de memoria un diputado por Charcas, la ciudad que hoy se llama Sucre y de argentina no tiene un pelo.


La independencia fue el paso definitivo de la revolución que había empezado el 25 de mayo de 1810 cuando los mismos próceres echaron al virrey y se dieron un gobierno propio. Pero como en toda América, el viejo virreinato se tomó unos cuantos años con sus guerras para encontrar la geografía política actual de la República Argentina.

Doscientos años es mucho para una vida, pero no es nada para un país. A los argentinos todavía no nos alcanzó para salir de nuestra adolescencia, pero igual podemos celebrar porque hay algunos países que todavía se debaten en la infancia. Mal de muchos consuelo de tontos, porque la Argentina merecería ser un país adulto entre las naciones de la tierra. Quizá lo seamos de a uno, pero como sociedad organizada estamos todavía en el despertar de nuestra vida. En 200 años hicimos poco más que pelearnos unos contra otros, eso sí, como hermanos, que los hermanos también se pelean.

La patria es como la madre, nos dijo Francisco en un alarde de metonimia: el amor a la patria siempre se confundió con el amor a los padres. Y nos recordó que a la patria, como a los padres, no se los vende ni traiciona. Son mal nacidos los que critican a sus padres cuando lo que hay que hacer es quererlos y tapar sus defectos, como hicieron los buenos hijos de Noé con su padre borracho y desnudo.

La patria será muy madre pero la creamos todos juntos: mejorarla o empeorarla es cosa de nosotros y es un trabajo de todas las generaciones, una detrás de la otra. No nos queda otra que ir para adelante. Dejar de lamernos las heridas y volver a caminar, juntos, hacia el destino común de argentinos que parece bastante promisorio. Dejarnos de grietas y empezar a construir puentes. Cerrar el Club de la Pelea y abrir el del Diálogo, el de la convivencia entre los que piensan distinto, que es la mejor convivencia que existe: la de los que piensan igual es pura sobrecarga y aburrimiento.

Pero hay algo que también tenemos que respetar después de 200 años de fregarnos en ellas, o con ellas. Ya es urgente que los argentinos respetemos la Constitución y las Leyes de la República. El poder no excusa a nadie, el dinero –que es poder– tampoco. Nuestras leyes no son ni mejores ni peores que las del resto del mundo, lo que pasa es que los países avanzados las cumplen y los retrasados, los adolescentes, se ríen de ellas.

Iglesia fantasma

Quebrachos, Santiago del Estero, 21 de julio de 2016

Tres tipas

San Isidro, Buenos Aires, 13 de julio de 2016

Alguien tiene que perder


Es una regla universal de todo deporte, o del juego que es lo que son los deportes al fin y al cabo: unos ganan y otros pierden porque para que unos ganen otros tienen que perder. Parece perfectamente lógico pero hay que puntualizar que uno gana si el otro pierde sólo en un partido de uno contra otro. En cambio en una copa, un torneo o campeonato, el que gana es uno solo contra una cantidad casi siempre bastante abultada. A veces juegan todos juntos, como en el golf, y otras se eliminan hasta quedar los finalistas de los que sale el campeón. La mejor selección de fútbol del mundo es una de las 211 asociaciones nacionales que componen la Fifa (18 más que la ONU). El Campeón de la Copa Libertadores de América es el mejor de una cantidad inmensa de cuadros de fútbol que integran sus asociaciones y el de la Copa Intercontinental de Clubes es uno en cientos de miles.

Por eso nunca entendí a los que lloran cuando pierden, en cualquier deporte o juego, pero sobre todo en el fútbol. Ocurre con los más jóvenes y sobre todo en la Argentina, no sólo con los jugadores de nuestra selección cuando sale segunda –cosa ya habitual– sino cuando jugamos al fútbol entre amigos, en los clubes de barrio o en el Campeonato Nacional: el que pierde llora y el que gana lo carga por unos cuantos días, que pueden llegar a ser meses y hasta años. Y quizá llora el que pierde porque sabe lo que le espera...

Parece una exageración que todo un país o uno solo de sus ciudadanos sufra de este modo por un partido de lo que sea. En los deportes perder no es cuestión de probabilidad sino de certeza: si alguien gana es porque otro pierde. Y alguien tiene que perder. Es más: el espíritu deportivo y el fair play suponen que se gana y se pierde y que la primera obligación del perdedor es felicitar al ganador y alegrarse con su triunfo.

Practicamos con vehemencia una cultura de winners y losers, ganadores y perdedores. Y los perdedores son denostados, acosados y hasta víctimas de bulling. Una desgracia porque la vida consiste en ganar y perder y sobre todo perder y volver a levantarse cada vez para volver a intentarlo con dignidad y seguramente volver a perder y volver a intentarlo otra vez más. Y ahora que lo pienso quizá sea una mala idea cantar el himno antes de los partidos y abizarrarnos con el estribillo “coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. El deporte no es la guerra, no defendemos el territorio ni la bandera, no arriesgamos la vida y tampoco la salud. Apenas estamos jugando –ju-gaaaaan-do– al fútbol. Y perdone si alguna vez lo pensó o lo dijo, pero el partido contra Inglaterra del Mundial de México 1986 no fue ninguna revancha argentina por las Malvinas, que siguen en poder de los británicos...

Hace unos años a los llorones los llamábamos malos perdedores y ser mal perdedor era más feo que el mondongo (si a usted le gusta es cosa suya). Pero con el tiempo se impusieron hasta en política y ahora resulta que el que pierde –o la que pierde– se enoja con el ganador, hace pucheritos y no le entrega la banda presidencial a quien triunfó en buena ley.

¿Se imagina lo sensacional que sería una selección de fútbol que se alegrara con el triunfo de su contrincante y se adhiriera a la celebración de la victoria con la misma alegría de los campeones? Se irían de la copa con más fama que el campeón, como Roberto De Vicenzo, el golfista más famoso por perder en Augusta como un caballero a causa de un error que por ganar el Masters.

Que duda cabe que en los deportes, en la vida, hay que intentar ganar. Pero sobre todo hay que cumplir las reglas y los que pierden –que siempre serán más– deberían hacerlo como damas o caballeros, con hidalguía y hasta para sentirse mejor.

Lo importante en la vida no es ganar ni perder sino volver a intentarlo, una y otra vez.