Estamos solos


Ya decía Jorge Manrique que este mundo es el camino para el otro que es morada. Tenía claro que todo camino es metáfora de la vida, así que escribió en las Coplas por la Muerte de su Padre que partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos, así que cuando morimos descansamos. Como la vida es un viaje, todo camino que emprendemos nos enseña algunas cosas importantes y otras no tanto, pero sobre todo nos enseña a vivir esta vida que gastamos entre que nacemos y morimos.

Uno diría, sin pensar mucho, que nunca estamos solos. Que en el trayecto de nuestra vida vamos siempre acompañados por padres, hermanos, hijos, mujer, marido, parientes, amigos, colegas y hasta enemigos… amores y desamores. Estamos rodeados constantemente por personas, animales, cosas y también y sobre todo por entidades que son personas, pero jurídicas: la familia, la patria, el colegio, la universidad, la parroquia, el club, la empresa, el negocio, el supermercado, el banco, el gobierno... y por siglas: la ONU, la OMS, la OEA, la CIDH, SRI, SIP, SuperCom, ADEPA… Lo que quiero decir es que vamos muy acompañados por la vida y que todos esos acompañantes influyen en nosotros, pero estamos completamente solos en medio de esa compañía y de esa influencia. Se lo explico:

El mundo –y sobre todo las ciudades– están llenos de gente pero ninguno de los que nos rodea decide por nosotros, por mucho que nos quiera o nos odie, que nos influya para bien o para mal. Todas las decisiones que tomamos son exclusivas de cada uno y debemos responder por ellas, ante Dios y ante los hombres, al final de la vida y también a cada minuto.

Si usted no aprendió todavía esta lógica, le recomiendo que se vaya unos días a caminar. Ponga sus cosas en un morral y establezca un punto de partida y una meta. Puede ser por la playa o la montaña o haga el Camino de Santiago por el norte de España, que es donde le aseguro por experiencia propia que se aprende cabalmente que estamos solos. Unos días de marcha solitaria por la meseta castellana, por los valles leoneses o por las cuestas y barrancos de Galicia lo marcan para siempre. En el trayecto hay caminantes adelante y atrás y también a los costados: algunos te dan conversación y otros apenas te saludan. Antes de salir tus amigos te dan consejos y en el camino te lo desean bueno, pero el que sale y el que llega cada día es uno, con su humanidad, sus pensamientos y su mochila a cuestas. Nadie camina por otro: no hay testaferros, apoderados ni representantes que valgan.

Muchísimas veces dejamos que otros tomen decisiones por nosotros. Pasa en el mundo globalizado y mediatizado en el que pareciera que nos domina la inteligencia colectiva o el Hermano Mayor de Orwell que piensa por nosotros. Elegimos entre todos, pero también elegir los gobernantes y acertar o equivocarnos es responsabilidad de cada uno. Eso no es noticia ni novedad, pero permítame que le explique que dejar que otros tomen las decisiones por nosotros es una decisión tan personal como cualquiera, con todas las responsabilidades de los actos propios. A partir de la mayoría de edad y siempre que no estemos impedidos por alguna chifladura mayor, uno es dueño absoluto de su propio destino y no hay nadie en el mundo que lo pueda suplantar.

Decía que esto sirve para cada minuto de la vida y también para el instante sublime de rendir cuentas a Dios o a los hombres de nuestros actos. Los que creemos sabemos que un buen día nos encontraremos solos ante Dios, cuando no valdrá el es-que ni el creí-que. Pero tampoco valdrán ante quienes nos juzgan en este mundo. Podemos estar acompañados por multitudes, como en las escenas del Juicio Final descriptas en el Apocalipsis de San Juan, pero también estaremos más solos que nunca, cara a cara con las propias responsabilidades, ante esa multitud que nos rodeará volátil, dispuesta a aplaudir o abuchear como el público en un estadio de fútbol.

Téngalo en cuenta porque no sirve para nada eso de hacerse el distraído.

Walter

Caminaba a Santiago, ya veterano en etapas y acostumbrado a coincidir por unos minutos con gente que no iba a ver nunca más. Fue en los páramos de Castilla donde los pueblos suenan a Bocadillo de Tortilla que le puse un apodo fatal al peregrino solitario de unos 50 años que llevaba calzas hasta las pantorrillas, dos mochilas -una en la espalda y otra en la barriga-, trípode para sacar fotos y cargador solar para el celular. “Este no llega a ningún lado”, pensé haciéndome el canchero conmigo mismo.

Después coincidimos en el albergue de Bercianos del Real Camino, donde la hospitalera resultó una petisa venezolana con dos pilas de más. Entre los alemanes y los holandeses preferí la mesa de los italianos y entonces me enteré de que el personaje era de un pueblo cercano a Turín y que de tímido no tenía nada. Esa tarde compró varias botellas de vino en un almacén del pueblo y nos alegró la cena a todos. Decía que el italiano y el castellano eran el mismo idioma y lo confirmaba con cada palabra: pan-pane; melón-melone… “–¿Ma queso-formaggio?” lo desafié. “–È l'eccezione” me calmó.

Lo crucé de nuevo en Mansilla de las Mulas a la hora del almuerzo. Estaba sentado en una mesa, en plena calle, tomando cerveza con dos rubicundas peregrinas, una austríaca grandota y otra alemana chiquitita. Al llegar esa tarde al albergue de Puente Villarente pregunté por ellos: “–tomaron una habitación para los tres” me contestó la hospitalera.

Lo volví a encontrar en la plaza de la catedral de León. Tomaba café con la austríaca, a la que se le acababan las vacaciones y se volvía a su país. “–¿Y la alemana?” le pregunté. “–Dorme…” contestó con las dos manos juntas debajo de su oreja. Walter llegó antes que yo a Santiago de Compostela y allí lo encontré sentado en un antepecho de la plaza de la Inmaculada, con cara de misión cumplida.

Sueños escondidos


Era estudiante en la Universidad de Navarra, en España, cuando veía atravesar por el medio del campus a peregrinos que hacían el Camino de Santiago. En cuanto empezaba la primavera y hasta bien entrado el otoño pasaban por Pamplona miles de personajes con pintas muy parecidas: ellos y ellas pero no tan jóvenes, con sombrero de lona, bolsillos en todos lados, bastón y una concha de vieira colgando en la mochila. Bajaban desde la Fuente del Hierro hacia el valle del Sadar. En el edificio central de la universidad, de estilo algo herreriano, sellaban el carné de peregrino y luego seguían viaje hacia los pueblos dos Cizur –el mayor y el menor– y se perdían en la cuesta del Perdón. La mayoría llevaba un par de días o tres según hubiera empezado en Roncesvalles o el Saint Jean de Pied de Port, del lado español o del francés de los Pirineos. Pero había algunos que venían de mucho más lejos.

Como los fines de semana no tenía tanto que hacer, el decano de la facultad me invitó un buen día a acompañarlo con otros amigos a arreglar el Camino. Eran miembros de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago y se pasaban gran parte de los fines de semana de invierno haciendo mantenimiento de la calzada que ya tiene más de mil años y en algunos trechos hasta dos mil. Cruza todo el norte de España de este a oeste y termina en Santiago de Compostela, ya cerca del Finisterre, el Fin de la Tierra, la punta más occidental de esa península de Asia que es Europa. Aquel trabajo consistía, sobre todo, en reponer y renovar, muertos de frío, las señales que marcan el recorrido, especialmente en los lugares donde es más fácil perderse como las bifurcaciones y encrucijadas que son el tormento del caminante. El Camino está jalonado de pueblos antiquísimos y algunas ciudades de casco medieval como Pamplona, Burgos, León, Astorga, Ponferrada… Muchos de los puentes que cruzan los ríos son romanos y casi todos ellos son usados todavía por autos y camiones; el tiempo no ha hecho más que fortalecerlos. En esos años de estudiante conocí el Camino pero solo en territorio de Navarra, desde Roncesvalles hasta Viana o desde la tumba de Rolando hasta la de César Borgia.

Lo que no sabía es que había empezado a soñar con el Camino en aquellos años azules de estudiante. A soñar, pero sin conciencia de soñar. Y lo digo porque por fin a los 60 años anduve de pueblo en pueblo como uno de aquellos romeros franceses, alemanes, holandeses, belgas, italianos, suizos… que pasaban por Pamplona con sus pantalones desmontables y sus fantásticos zapatos de travesía.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que hace muchos años que guardaba cosas para hacer el camino, como un sombrero de tela de algodón que compré en Bruselas en las liquidaciones de Navidad de 1991 y que perdí en Ponferrada 23 años después. Debe ser lo más viejo de todo lo que preparaba inconsciente para ese viaje con el que soñaba sin darme cuenta. Las últimas fueron un par de camisetas dry-fit, de esas que se secan en minutos después de lavadas, que son imprescindibles para caminar ligeros de equipaje, que es el mejor modo de viajar. Hay muchos más, entre ellos algunos libros de historias y fotos del Camino que se salvaban del naufragio de cada mudanza.

Dicen que mientras dormimos siempre soñamos y que solo nos acordamos del último sueño: del que duró segundos antes de despertarnos o del que nos despertó sobresaltados por lo fuerte de su contenido. Del resto no sabemos nada, pero algo podemos vislumbrar desde el único que nos acordamos: podemos saber más o menos por dónde van los tiros.

Esa es mi primera consecuencia –no la más importante– de mis días en el Camino. Estoy ahora convencido de que nos pasamos años haciendo cosas sin saber que tienen un fin. Son anhelos inconscientes del corazón que un buen día se despiertan y se juntan como las partes de un rompecabezas.

Los sueños escondidos se pueden descubrir en un color preferido, una pequeña manía o en algo que guardamos sin saber para qué, como el sombrero de algodón belga que perdí en un rincón de Ponferrada.

El arrugue


El Jefe de Policía de la provincia de Misiones se había enojado conmigo porque contamos algunas verdades en el diario. Los hechos eran irrefutables y de una gravedad poco común: lo involucraban directamente ya que se trataba de una orden -arbitraria y fuera de lugar- salida de su propio despacho. Pero el señor comisario general debía pensar que por conocernos lo trataríamos de minimizar o nos callaríamos. No fue así: el diario cumplió con su deber y con los lectores.

El problema a partir de aquellos días de 2006 era volver a enfrentarme con el jefe de policía, que entonces parecía un chorizo a punto de reventar; en la Argentina cuanto más alto es el grado mas pesa la barriga que adorna a los policías.

Un día ocurrió, cuando caminaba solo y a buen ritmo por la costanera de Posadas, que une y separa la ciudad del río Paraná, que a esa altura es el lago infinito de la represa de Yacyretá. Decía que caminaba por la costanera cuando vi venir en sentido contrario a Su Excelencia el Inmenso Jefe de Policía de la Provincia con varios guardaespaldas en pleno ejercicio de jogging.

Los custodios eran cuatro fisicoculturistas, con camisetas apretadas y anteojos oscuros, que rodeaban al abultado comisario general en yoguineta reglamentaria. Si no me matan, estos tipos por lo menos me tiran al río, pensé. Se me ocurrió cambiar de rumbo, pero pudo más la conciencia: si el jefe tiene problemas conmigo no es porque yo haya hecho ninguna macana sino porque las hizo él. Así que enfrenté altivo el pelotón que se acercaba amenazante.

A pocos metros el comisario arrugó y se cruzó de vereda, seguido por sus guardaespaldas.

San Lorenzo

Desde que es el Campeón de América de vez en cuando digo con cierto orgullo que soy de San Lorenzo. Algunos me contestan que ahora todos son de San Lorenzo: quizá suponen que la gente es chaquetera y se pasa a los vencedores, sean quienes sean, porque es lo que harían ellos. Confieso, aunque no haga falta, que soy de San Lorenzo desde el año de catapún, cuando una niñera española que teníamos en casa me hizo del Ciclón. Joaquina era fanática, como casi todos los españoles que vivían en la Argentina, porque en San Lorenzo jugaron varios españoles exiliados de la Guerra Civil: los vascos Isidro Lángara, José Irargorri y Ángel Zubieta y Emilio Alonso (a Zubieta Joaquina le decía Angelillo). Desde diciembre de 1946 a febrero de 1947 San Lorenzo se fue de gira por España y Portugal admirando con su fútbol a los aficionados. Zubieta era el capitán del equipo y la gira le permitió reencontrarse con su familia y volver a su pueblo, donde jugaron un picadito. Pasa rápido eso de que la niñera de uno era española, pero no fue hace tanto que la Argentina era un país mucho más rico y desarrollado que España.

Lo que ocurre con los hinchas de San Lorenzo es que no somos hinchas. Es decir que no hinchamos a medio mundo con nuestra cuerva condición, que aceptamos con resignación como se acepta a un cuñado o una herencia. Nuestro equipo lleva el nombre de un santo, quizá por eso sabemos que el fútbol no es una religión y para colmo no tenemos cábalas ni supersticiones que irían en contra de la voluntad del fundador del club y de su patrono, asado a la parrilla cuando la intolerancia era casi tan bestial como la de ahora. Así que los de San Lorenzo no estamos todo el día jorobando con sanloreeeeeeeeeee...; no nos ponemos la camiseta para ir a trabajar o a dormir; no gastamos a los contrincantes que vencemos y soportamos estoicamente las cargadas de los que nos ganan… En fin y por una suerte maravillosa que nos ha tocado, no estamos obligados a ganar siempre y sabemos perder. Ya se sabe que para San Lorenzo ganar es una epopeya agónica, por eso disfrutamos de los triunfos mucho más que los que necesitan ser siempre los primeros en la tabla por diez puntos de diferencia y tratan de fumigar a cualquiera que no sea ellos mismos. Así, resulta que perder no nos quita ni un pelo de nuestra felicidad porque sabemos que es una posibilidad cierta y casi siempre próxima. Nuestro amor por San Lorenzo es el de los que sufren en silencio, como todo verdadero amor.

Aunque para nosotros es el primero, hay quienes dicen que es el quinto cuadro de la Argentina, supongo que detrás de Boca y River, Independiente y Racing. Eso nos coloca por encima de Vélez Sárfield, cosa que es poco creíble, por historia, estadio, tamaño, vitrina y popularidad barrial. Quizá sí hay más simpatizantes de San Lorenzo que de Vélez en todo el país, pero a eso no lo sabe nadie. Apelo ahora a las autoridades nacionales para que en el próximo censo contemplen la posibilidad de preguntar a los ciudadanos de qué equipo de fútbol son. Creo que habrán preguntado por fin algo verdaderamente útil y resultón, por lo menos para los periodistas.

Hoy los hinchas que no hinchan más famosos son el papa Francisco y Marcelo Tinelli. También anda por ahí Viggo Mortensen. Ah… y un viejo embajador de los Estado Unidos que ya murió. La sinergia de Tinelli con Bergoglio puede ser explosiva. Tinelli sabe aprovechar hasta el más mínimo segundo de popularidad y de exposición a los medios y desde que Bergoglio salió papa por la logia de las bendiciones de San Pedro, San Lorenzo ha conseguido campeonar en la Argentina y en América.

Bueno, esto es de lo que quería hablar: me preocupa que tanta fama y tanto campeonato nos convierta en insoportables. Dios quiera que no.

El cura mentiroso


Tres personas murieron el mismo día y sus muertes fueron noticia en la sección internacional de los diarios. Dos eran de Hollywood y una de Liberia. Hollywood es como decir el paraíso en la tierra. Liberia en cambio se ha vuelto un infierno por culpa del ébola, ese virus que contagia y fulmina sobre todo después de la muerte: parece que no hay nada tan peligroso como tocar un cadáver con ébola. Lauren Bacall andaba ya por los 90. Había sido la mujer de Humphrey Bogart y era la más bonita, como son todas las actrices de Hollywood. Robin Williams era un actor divertido que nos cambió la vida a los de una generación con La sociedad de los poetas muertos, cuando aconsejaba a sus alumnos de un colegio secundario de los Estados Unidos que aprovechen el tiempo, que lo gasten intensamente y hagan algo maravilloso con sus vidas.

Miguel Pajares es el tercero. Murió de ébola en un hospital de Madrid luego de ser transportado en un avión sanitario desde Monrovia, la capital de Liberia. Salieron fotos en los diarios porque lo trasladaron unos paramédicos vestidos de astronautas en una cápsula a prueba de contagios. Pajares, de 75 años, era un cura misionero que atendía un hospital en esa ciudad asolada por el virus. El director del hospital, también misionero, había muerto de ébola en esos días y en el edificio quedaron aislados unas monjitas y dos asistentes esperando saber si habían contraído el virus. No hay otro modo de luchar contra el ébola que aislar a los que lo padecen hasta su muerte y después hay que incinerar sus cuerpos con una asepsia total. Y a los que pueden haberse contagiado también hay que aislarlos hasta que pase el período de incubación y se sepa si tienen o no el virus; si lo tienen están sentenciados.

Además de ser cura de la orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Pajares había estudiado enfermería y llevaba 18 años de misionero, los últimos siete en el hospital San José de Monrovia, ayudando a los más miserables de un país de pobres y desnutridos en el que la ignorancia hace estragos. Parece que en muchos lugares de África acostumbran lavar los cuerpos de los muertos, así que cada entierro contagia a decenas de parientes del muerto, que a su vez, vivos y muertos, contagian a otros en una progresión que parece imposible de parar.

Después de esta historia es paradójico, digo yo, que Robin Williams haya terminado sus días millonario, deprimido y colgado de su propio cinturón, mientras estos misioneros mueren por ayudar a unos seres humanos a quienes ni siquiera conocen. También es una paradoja que si escribimos Miguel Pajares en el buscador de la Wikipedia aparece solo un arquero del fútbol peruano al que le dicen Miguelón. Por eso pienso que lo de verdad paradójico sería que nos conmueva más la noticia de Robin Williams que la de Miguel Pajares. Pero así es la fama y la opinión pública: Robin Williams, Lauren Bacall y Miguelón necesitan la fama, mientras que el cura Pajares ni la necesitaba ni la quería, preocupado solo por hacer lo que Dios le había pedido.

Y ahora tengo que decirles a algunos lectores que lo siento, porque a esto sólo lo entienden cabalmente los que creen en Dios. Es que me viene como anillo al dedo lo que escribía en esos días el periodista español Rafael Latorre en un blog que está de moda. Pero para qué se lo voy a contar si lo puedo copiar:

Yo soy ateo. No agnóstico. Ateo. O sea, que estoy convencido de que los curas se pasan la vida creyendo en una mentira. Creo, además, que toda mentira es dañina. Y de sobremesa en sobremesa exhibo con arrogancia mi materialismo. Pero la coquetería me dura hasta el preciso instante en que me entero de que un misionero se ha dejado la vida en Liberia por limpiarle las pústulas a unos negros moribundos. Entonces me faltan huevos para seguir impartiendo lecciones morales. Principalmente por lo aplastante del argumento geográfico. Él estaba allí con su mentira y yo aquí con mi racionalismo.

Belleza sin esfuerzo

Ya se sabe que en los Estados Unidos se habla en castellano... bueno y también un poco en inglés. Y ningún latinoamericano se siente extranjero entre los gringos, sea el estado que sea. Lo que no se entiende es por qué nos dicen latinos o hispanos a los incas, aimaras, guaraníes, achuares, aztecas, mbyás, tehuelches, araucanos... Es por lo menos una contradicción de la historia llamar latino a un aborigen americano, y también a un alemán, un sirio-libanés o un judío de nuestras pampas, tan americanos hoy como los llamados blancos en Norteamérica.

En el 2050 uno de cada tres estadounidenses será de origen hispanoamericano, los de origen mexicano habrán superado a los que vinieron de África y el presidente se llamará Wáshington Fernández, me la juego. Y si seguimos sumando años verá que en el 2100 ya seremos mayoría absoluta. La razón principal es la tasa de natalidad: los hispanos tienen los hijos que los digamos europeo-americanos no quieren tener.

Pero no solo les ganamos a la hora de procrear americanitos de pelo chuzo, también se han impuesto en los Estados Unidos los sabores, los colores, el movimiento y la belleza latinoamericanos, que han corrido al rincón del olvido al sosísimo modelo Doris Day.

La belleza sin esfuerzo es la ventaja latinoamericana que ganará siempre. Contra ella perderán los gringos cada vez que lo intenten, hasta que llegue Wáshington Fernández a la Casa Blanca.

Ocho días de servicio militar

Probablemente por un ataque de ADD me equivoqué la fecha de la revisión médica para el servicio militar, así que me tocó un día en el que la hacían los rezagados: los que habían quedado como yo para la escoba por el déficit de atención o por obligaciones profesionales, como las de un famoso jugador de fútbol a quien le tocó hacerla justo un puesto antes que el mío en la fila de los futuros reclutas. Confieso que iba divertido y con ganas de hacer la conscripción gracias a las anécdotas infinitas que había oído contar a mis amigos, parientes y compañeros de estudios, a quienes en esos años o mucho antes les había tocado hacer la colimba en los lugares más dispares, desde la Policía Federal -donde se podía cumplir como voluntario- a la Antártida, embarcado en un destructor o un regimiento de montaña. Entre los sucedidos, casi siempre muy divertidos que contaban, estaba el patrón común de la colimba: un año -dos si te tocaba en la Marina por salir sorteado en los números más altos- en el que aprendías a hacerte duro gracias a las arbitrariedades de los superiores que llegaban a agotar la capacidad de resistencia. Se suponía que así era la guerra: el soldado no piensa, obedece hasta la muerte y así se defiende a la Patria. No hay más discusión. Si lo pensabas un poco era una calamidad, pero todo valía para servir a la Patria, hacerse hombre y aprender...

Aprender era lo que me movía. A esa edad había que salir del nido familiar y convivir con gente muy distinta. Entre los estudiantes universitarios ocurría que tenías que obedecer ciegamente a personas con muy poca formación intelectual que trataban de explicar a todo un físico qué es un proyectil. O que mandaban a un botánico correr hacia unos pinos que eran cipreses.

–¡Esos no son pinos, mi cabo!
–¡Dos días de arresto recluta tagarna!

Y se acabó la discusión. Por eso llegué con ganas pero algo prevenido a mi revisión médica en los fondos del Comando del Primer Cuerpo de Ejército, en Palermo, donde ahora hay un inmenso shopping. Cuando pasé el portón de entrada pregunté a un sargento barrigón que recibía detrás de un escritorio.

–¡Sáquese las manos de los bolsillos! Contestó con furia fingida y desprecio real.

Desde ese momento intenté salvarme, así que usé la coartada del soplo al corazón cuando el médico me auscultó en una fila que parecía la foto de un campo de concentración. Lo conseguí después de ocho días de electrocardiogramas, dopplers y ecografías porque me mandaron al Hospital Militar y el residente que me tocó decidió practicar todos los aparatos con mi soplo -es congénito y lo tengo de verdad pero no era suficiente para salvarme de la colimba. No me costó convencerlo de la inconveniencia de perder un año de mi vida haciendo saltos de rana en Campo de Mayo o quién sabe dónde, así que el bueno de él me firmó la excepción.

Eso era el servicio militar: una lamentable pérdida de tiempo. Y estoy seguro de que si no lo fuera nos hubiéramos alistado con ganas. Habría para aprender miles de cosas en ese año o dos del servicio militar en los que también se nos podía entrenar en las virtudes militares en lugar de contaminarnos con sus vicios. Hubiera hecho encantado la conscripción en la montaña, en un regimiento de paracaidistas, en los mares del sur, navegando los ríos de la Patria o en el escaso aire del altiplano. Aprenderíamos con gusto a convivir con otros argentinos a quienes jamás hubiéramos tenido ocasión de conocer. Muchos estudiaríamos encantados estrategia o historia militar, utilísima para cualquier situación de la vida y sobre todo para la política. Pero nunca fue eso sino una suerte de esclavitud por un año... o dos si te tocaba la Marina.

El puente de Roque González


El 25 de marzo de 1615 Roque González de Santa Cruz fundó la misión de la Anunciación de Itapúa en un cerro de basalto, que en ese lugar obliga al Paraná a dar una vuelta casi completa. Poco después, por razones que todavía no están muy claras, el mismo fundador trasladó la misión a la otra orilla del Paraná, pero entonces la llamó Nuestra Señora de la Encarnación. Los lectores sagaces ya saben que Anunciación y Encarnación son dos palabras distintas para referirse a la misma realidad, que ocurrió, digamos, el 25 de marzo del año 0, exactamente nueve meses antes del nacimiento de Jesucristo. Cuenta San Lucas que ese día el Arcángel Gabriel le anunció a la Virgen María que sería la Madre del Salvador y en el momento que María aceptó su misión, el Hijo de Dios se encarnó en sus entrañas.

La historia de ahora cuenta que siempre quedaron algunos pobladores en la margen izquierda del río, cosa muy probable aunque sea incomprobable. Pero aunque no hubiera quedado nadie, siempre fue una misma ciudad que hoy se llama Posadas en la orilla izquierda y Encarnación en la derecha. Para más datos, Roque González ahora es santo: lo canonizó Juan Pablo II en 1988 en Asunción junto con sus dos compañeros, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo. Encarnación y Posadas tienen el mismo origen, la misma historia y el mismo destino. No son dos ciudades hermanas como hay tantas en el mundo; ni siquiera mellizas o gemelas: son la misma ciudad, cruzada por un río que tiene por desgracia una línea de rayas coloradas en los mapas.

El 25 de marzo de 2015 Posadas y Encarnación cumplirán 400 años. En un país que no llega todavía a los 200 de su independencia significa por lo pronto que han pasado más tiempo de su historia juntas que separadas. Fue recién después de la Guerra del Paraguay, en 1870, que el límite entre los países quedó fijo en el medio del río. Serán 400 años de esta realidad urbana llamada Posadas y Encarnación, con el Paraná represado en el medio y un puente que no merece el nombre del fundador porque las separa en lugar de unirlas. La culpa es de los muchachos de Migraciones, de Gendarmería, de la Policía y de la Aduana que podrían estar varios kilómetros tierra adentro y dejar vivir en paz a posadeños y encarnacenos, como en el sueño de San Roque González de Santa Cruz.

Periodistas arqueólogos


Un buen día me dice la secretaria del diario, en la dirección de El Territorio, que un arqueólogo quiere hablar conmigo y que está ahí mismo esperando detrás de la puerta. ¿Para qué querrá verme un arqueólogo? me pregunté, convencido de que los estudiosos de la antigüedad no tienen nada que ver con los historiadores de la actualidad que somos los periodistas.

El hombre entró con mapas enrollados bajo el hombro y otros documentos que se le caían de las manos. Traía, además, una vehemencia exagerada. Despeinado, enjuto, afiebrado, vivaracho, me contó que había sido novicio jesuita y que luego había estudiado historia, antropología y arqueología y me pidió discreción absoluta. Desplegó los mapas sobre la mesa y me contó el secreto: en un lugar de la costa del Paraná había enterrado un tesoro guaranítico que el lago de la represa de Yacyretá inundaría sin remedio. Tenía el dato y pedía ayuda al diario para desenterrarlo antes de que se pierda. A cambio nos daría todos los derechos de publicación del descubrimiento. No era mala idea.

Allí fuimos con nuestros disfraces de Indiana Jones. El hombre sabía lo que hacía. Marcamos el terreno con unas cuerdas y empezamos a excavar primero y luego a cepillar la tierra en un barranco de la costa del río en el que empezaron a aparecer unos restos de alfarería que podían ser cacharros de mi abuelita. Con mucho cuidado conseguimos desenterrar unas vasijas de boca grande que contenían restos humanos. Eran urnas funerarias bastante rotas, pero se podían reconstruir si teníamos todos los pedazos. Cuando le pregunté de qué época serían, el arqueólogo me contestó que era imposible de saber: el carbono 14 tiene un margen de error de unos 5.000 años y en el 3.000 antes de Cristo no había guaraníes. Además en esos 5.000 años la cultura guaranítica no había cambiado: eran iguales las urnas de la época de Noé o las de anteayer. Es decir que mientras el mundo pasó de la edad de bronce al teléfono celular estos buenos señores ni siquiera habían cambiado las marcas de sus uñas en el barro de las vasijas.

Llegamos con las urnas al diario y allí empezamos la reconstrucción, pero sobre todo publicamos el descubrimiento a toda portada y lo seguimos durante varios días mientras duraba el proceso de restauración de las vasijas. Durante un mes la dirección del diario parecía el Museo Británico y en las páginas nos felicitábamos por haber contribuido a un descubrimiento arqueológico de primer orden, por lo menos para lo que se puede encontrar en nuestra región.

Hasta que un día la recepcionista nos anunció otra visita: esta vez hacía antesala la Ministra de Cultura de Corrientes, la provincia vecina a la de Misiones. “Vengo a buscar las urnas que nos robaron” me retó con la misma vehemencia que el arqueólogo me propuso descubrirlas un mes antes. No había dudas: las urnas estaban en la provincia de Corrientes y no en la de Misiones y por tanto eran de ellos. Había elevado una queja formal a las autoridades de nuestra provincia y amenazaba con tomar medidas muy serias si no se las entregábamos.

Nunca más vimos nuestro tesoro, pero nos conformamos con no terminar en una cárcel correntina. Para colmo nuestro robo estaba perfectamente documentado en las páginas del diario. Así que solo nos quedó... esta historia.

Libertad o muerte


Libertad o muerte por Gonzalo Peltzer Hace unos meses, buscando la historia del gorro frigio y el palo del escudo argentino, me encontré con la bandera norteamericana de White Plains (1776). Tiene el gorro en la punta de un bastón y una espada cruzados como una equis sobre fondo rojo. Pero lo fuerte es lo que dice encima: Liberty or Death: Libertad o Muerte. La idea con otras palabras se repite en el himno argentino y en todos los himnos americanos, porque desde Alaska a Tierra del Fuego preferimos la libertad a la propia vida. No sé si lo heredamos de don Cristóbal Colón o de los aborígenes que habitaban toda América cuando llegaron los conquistadores. O del mestizaje que se produjo al sur del río Bravo cuando nuestros antepasados se bajaron de los barcos en busca de libertad. Fue cuando españoles, italianos, polacos, ucranianos, croatas, sirios, alemanes y judíos de casi todos esos países se mestizaron para crear la más creativa de las razas humanas. Los pobres africanos venían esclavizados, pero enseguida encontraron una libertad que ni soñaban en África, donde los tiranos locales los vendían a los traficantes por chucherías. Y aquí estamos con nuestro americanismo a cuestas, tratando de mostrar al mundo que somos una sola nación.

No crea que es tan normal: muchos europeos y ciudadanos de otros países del mundo razonan exactamente al revés: antes está la vida porque sin ella no hay ni libre ni esclavo. Entonces prefieren no ser libres antes que morir. Por eso se explica la esclavitud que todavía campa con formas que no tienen nada que ver con las antiguas. Siempre me pregunté cómo un puñado de hombres, por más armas que tengan, son capaces de mantener a raya a miles de prisioneros, o de esclavos, o millones de ciudadanos en macrocárceles que llaman países. Y también me asombra la capacidad sin tiempo del ser humano para escaparse de sus carceleros jugándose la vida. Ocurrió en la época de Espartaco, en la era de los campos de concentración de todos los colores, con la Cortina de Acero, en el Caribe salpicado de cubanos flotando en cámaras de camiones y también con los cayucos africanos en Lampedusa.

Libertad o muerte gritan fuerte los desgraciados en nuestras celdas torturadoras de presos, tanto que lo primero que le sacan a uno cuando cae en cana es todo lo que pueda servirle para quitarse la vida.

La pasión por la libertad ha guiado nuestra historia gloriosa cuando nos independizamos de los déspotas europeos, pero también es la que nos va a salvar siempre de los autoritarios que nacen cada tanto en nuestra América y se sirven de la democracia para asfixiarla. Los de hoy están como en El otoño del Patriarca de García Márquez, deambulando solitarios por los salones del palacio que perdió la vista al mar porque un día lo vendieron para terminar de pagar las cuentas de sus extravíos.

Robar y que te pillen

El supermercado es uno de los inventos más antiguos de la humanidad. Lo que pasa es que hace 4.000 años no tenía escaleras mecánicas ni aire acondicionado, pero salvo eso y algún otro detalle, son lo mismo: el lugar donde se concentra la oferta y la demanda de los bienes de uso diario de todas las casas de una ciudad o pueblo. Ese es todavía y después de milenios nuestro segundo hogar: allí nos pasamos horas disfrutando de lo que podemos comprar y soñando con lo que no podemos, nos encontramos con nuestros amigos, parientes y vecinos y hasta disfrutamos de unas cuantas tostadas con quesito cada vez que pasamos haciéndonos los tontos frente a la promotora de Mendiqués. Dicen que hay gente que se entretiene llenando carritos que después deja abandonados en un pasillo del súper: durante un buen rato compran todo lo que quieren como si fueran ricachones pero después salen con un rollo de papel higiénico por las cajas de embarazadas.

En la plaza del mercado nació también el periodismo cuando alguien que sabía contar historias relataba los sucesos cercanos y lejanos. Y también en el mercado se contrataban los obreros que necesitaba el señor para construir su castillo o el obispo para su catedral. Y en el mercado se izaba el banderín de enganche para la guerra que tocaba en ese momento. Y desde que hay mercados pasa lo que pasa. Imagínese que el rey (o el duque, o el obispo) dijera que los comerciantes le están robando a los ciudadanos porque aumentan los precios sin decir agua va. Antes, como ahora, los parroquianos los hubiéramos escarmentado asaltando sus tenderetes de melones, gallinas y cacerolas y que le vayan a robar a sus abuelitas.

Cada tanto en la Argentina saquean algunos chinos, supermercados, híper, maxi, giga y jumbomercados y también megatiendas de televisores, lavarropas y heladeras. Si vamos a robar, mejor que un paquete de fideos nos viene un plasma de 65 pulgadas de esos que nos regalan partidos de fútbol multiplicados desde la vidriera. Dicen que siempre ocurre cerca de la Navidad, cuando queremos que se realice el milagro del regalo para todos. Y si no lo puede comprar Papá Noel, me lo regalo desde la góndola yo mismo, que para eso están ahí expuestos y nadie nos molesta si entramos unos cuantos en tropel.

Lo que pasa es que esas cosas no son nuestras y llevarse un plasma de esos que muestran fútbol desde la vidriera, no es una proeza sino un delito igual que robarse un chicle de un maxiquiosco o una bolsa de billetes del banco de la esquina. De vivos no tenemos un pelo cuando nos quedamos con lo que no es nuestro; tampoco de buena gente, aunque las autoridades nos den mal ejemplo cuando se roban hasta la fábrica de hacer dinero. Que otros roben, maten o degraden la naturaleza, no nos autoriza a hacer lo mismo a nosotros.

Si pensamos que se puede robar cuando vamos en montón es porque lo que nos da vergüenza no es robar sino que nos pillen. Perdimos esta batalla cuando dejamos de educarnos entre nosotros. Hace 70 o más años los edificios más importantes de las ciudades eran las escuelas. Hoy son los casinos. Así nos va.

Ruinas


El 25 de noviembre de 2013 Francisco recibió a Horacio Cartes, el nuevo presidente del Paraguay. Después de la audiencia, en la que hablaron a solas unos 20 minutos, se acercaron a saludar al papa la hermana y las dos hijas del presidente además de algunos funcionarios que acompañaban a Cartes. Fue entonces cuando el papa les contó que cuando una maestra de Posadas preguntó a sus alumnos qué habían hecho los jesuitas, ellos contestaron “¡ruinas señorita!”. Respuesta convencida y lógica, ya que durante muchos años el símbolo de las misiones fueron las ruinas de las misiones. Así quedaron por el abandono provocado por la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús en 1767.

Cualquiera que viaje por Europa se encuentra con restos de edificios en mejor estado que nuestras ruinas, aunque tengan una antigüedad de miles de años. Baste con mencionar el Acrópolis de Atenas, el Coliseo de Roma, el teatro de Mérida o las arenas de Nimes, donde sigue habiendo corridas de toros como hace 2.000 años. Pero eso no es nada: Europa está plagada de iglesias románicas y góticas en pleno uso y son todas anteriores al descubrimiento de América, igual que cantidad de castillos y palacios. Muchos puentes que todavía hoy se usan fueron construidos en la edad media o en la época de los romanos. También y gracias al mantenimiento hay muchas iglesias y edificios con más de 400 años y en perfecto estado en nuestra América.

Lo curioso no es que esos edificios tan antiguos se hayan conservado a pesar del tiempo y de sus inclemencias. Lo curioso es que Europa que las alberga ha sido el campo de batalla de mil guerras desde que se tiene alguna memoria a nuestros días. Y también es curioso que al visitar ese campo de batalla no encontramos ruinas sino los edificios que estaban antes de la batalla y en perfecto estado. Es que las guerras y batallas han sido –no hay bien que por mal no venga- la consecuencia directa de que esos monumentos estén como nuevos: los han reconstruido una y otra vez con los adelantos que antes no tenían. Así resulta que hoy puede usted alojarse en un castillo medieval, pero con luz eléctrica, calefacción, baño, agua caliente, ascensores, aire acondicionado…

Cuando los jesuitas fueron obligados a dejar las misiones algunas estaban terminadas y otras en plena construcción. La actual parroquia del pueblo de San Cosme, en Paraguay, ocupa la antigua iglesia de la reducción. La nueva, grande y capaz, son apenas cimientos porque nunca pasaron de allí. Algo parecido ocurre con Jesús, también en Paraguay, que no está en ruinas sino a medio construir.

En la provincia argentina de Misiones y en el antiguo territorio de las misiones del Guayrá, que incluye a las regiones vecinas de Brasil y Paraguay, existen 30 antiguos pueblos en los más variados estados de conservación o de construcción. Y en lugar de reconstruirlas y ponerlas en valor hemos intentado conservar sus ruinas, algo que para colmo cuesta el doble de trabajo.

El sueño de las misiones


La provincia argentina de Misiones debe su nombre a las misiones jesuíticas que ocuparon una vasta extensión de nuestra América. Fueron unos 30 pueblos que se fundaron y florecieron entre los siglos XVII y XVIII en lo que hoy es la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Los restos de las misiones, diseminados por toda esa geografía, son patrimonio de la humanidad que muchísima gente visita asombrada. Pero son apenas vestigios conmovedores de la gesta evangelizadora de la Compañía de Jesús… que tuvo un final amargo: los jesuitas fueron expulsados de todos los dominios de los reyes europeos a mediados del siglo XVIII y luego suprimidos por el papa Clemente XIV en 1773. Recién en 1814 fueron restituidos por Pío VII, pero el daño estaba hecho: la expulsión provocó el abandono de unos cuantos pueblos de nuestro territorio, pero sobre todo se abandonó a su suerte a los paisanos, que quedaron a merced de la rapiña de los codiciosos. Muchos de sus habitantes volvieron a la selva para no ser capturados por los cazadores de esclavos. Y el abandono provocó la ruina, que fue el nombre usado durante años para referirse a lo que quedaba de los pueblos. Pero esos restos, en mejor o peor estado, siguen dando testimonio del esfuerzo de los padres de la Compañía por promover a los guaraníes no solo con la fe, también con las artes y las ciencias.

Es imposible juzgar los hechos de hace casi tres siglos con los estándares actuales y no pretendo discutir esas cuestiones, pero basta con recordar ahora que nadie nunca se hizo cargo ni pidió perdón por ese abandono. Ahora que el papa es argentino y jesuita la ocasión y la oportunidad no pueden ser mejores para reivindicar la gesta que le da nombre a la provincia. Y el momento es propicio para recordar un viejo sueño que alguna vez me contó monseñor Alfonso Delgado cuando estaba al frente de la diócesis de Posadas: reconstruir una de las misiones y ponerla en valor hasta llegar a mostrarla en todo su esplendor.

Delgado imaginaba la misión de San Ignacio o la de Santa Ana tal como eran en el siglo XVII, con sus patios y claustros, su colegio y sus casas de piedra, su iglesia techada, sus columnas de lapacho y los arcos de sus puertas completos, sus altares, imágenes y retablos… y con los padres de la Compañía repuestos en su colegio como genuinos intérpretes de las misiones. Además podría instalarse allí un centro de estudios que sirva a quienes investigan esa parte de la historia americana.

No hay que ir muy lejos para ver los resultados: unos 200 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se levantan vivas las iglesias y los pueblos de la Chiquitania que fueron reconstruidas tal como estaban en 1767. Los años pares se realiza en ellas el un festival de música barroca que atrae a Santa Cruz y a las antiguas misiones orquestas y coros de todo el mundo. Vienen a celebrar la música de nuestra tierra: la misma que se cantaba y tocaba en las misiones del Guayrá, compuesta, entre otros, por Doménico Zípoli, uno de los más grandes maestros de la música barroca. Zípoli era un músico italiano que se hizo jesuita en Roma y luego se vino de misionero a nuestra América. Nunca estuvo en las misiones: llegó a Córdoba a completar sus estudios para ordenarse sacerdote y allí, entre la ciudad de Córdoba y la estancia de Santa Catalina, compuso casi toda su obra. Zípoli murió en Santa Catalina antes de ser sacerdote (en esa época escaseaban los obispos en América) y está enterrado en su iglesia que conserva todavía el esplendor barroco de aquella época.


Santa Catalina y Chiquitos son un ejemplo de lo que puede hacer Misiones con algunas de sus antiguas reducciones jesuíticas. Ponerlas en valor hasta mostrar todo el esplendor de sus mejores tiempos. Aprovechar sus iglesias vivas para interpretar la música fantástica que se compuso precisamente para esas iglesias. Revivir en sus colegios, huertas, claustros y pueblos la vida de aquellos tiempos, cuando guaraníes y jesuitas convivían en paz y se enseñaban unos a otros a viajar de la tierra sin mal al paraíso. Y la música de Zípoli es un testigo fenomenal de esa convivencia y de ese viaje.

Vigilante dormido


En Brasil las llaman lombadas y en México topes. En Guatemala se ponen tétricos y les dicen túmulos. En la Argentina son lomos de burro y en Chile de toro. Pero me gusta más como les dicen en Colombia y en el Ecuador: policía acostado (en la sierra al que acuestan es a un chapa). El padre de un amigo les dice vigilante dormido, que es lo que hace uno cuando se acuesta. El vigilante y el policía tienen la connotación más cercana al reductor de velocidad, como han empezado a llamarlo –para evitar metáforas molestas– las autoridades municipales, provinciales y nacionales de todo el continente, incluidas las tres Guayanas. Y están las autoridades que prefieren bandas sonoras, quizá porque te suenan el auto. Pero sigo prefiriendo el vigilante que todo lo ve y desconfía del más inocente.

Los hay de todos los tamaños. Grandes y amesetados, a los que el auto se sube y se baja como de una montaña rusa. Redondos y altos, que más que policías dormidos parecen esqueletos de elefantes los que tocan la barriga del auto con el consiguiente daño a todo lo que hay ahí abajo. También están los aplastados por las huellas de los camiones que en el medio dejan una aleta que ataca directo al cárter. Y están también las lomadas benignas, las que parecen una boa atropellada por cruzar distraída el camino.

En Itatí hay unos socotrocos redondos, como pelotas de hierro puestas en fila para destruir hasta un camión con acoplado. Y últimamente han aparecido botones amarillos de plástico bien duro abulonados al pavimento que descuajeringan el auto más pintado: hay que parar a ajustar los tornillos si uno no quiere perder piezas importantes de la carrocería. Entre tanta variedad, los que son mortales son unos filos amarillos, que parecen cuchillos a medio enterrar. Esos te dejan las llantas cuadradas.

Cuando ponen lomadas, suelen pintarlas y acompañarlas con carteles que advierten que viene uno de esos. Pero ya se sabe, los carteles se caen y la pintura se gasta: entonces te sorprenden y te dejan el auto sin tren delantero. Y en Córdoba hay un pueblo que tiene lomadas virtuales: avisan con carteles amarillos que el lomo de burro está a 100 metros, a 50 metros, a 25… pero no hay nada; igual todos paran aterrados. Seguro que los que sacan los carteles son los dueños de los talleres de alineado y balanceo o los mecánicos en general, porque esas lomadas desbaratan el metal finito y el plástico duravit con que se hacen los autos ahora. Tanto trabaja la pobre carrocería sin chasis que cuando paso un lomo de burro en diagonal para que no toque la panza parece que va a saltar el parabrisas de lo que cruje mi cochecito grisplata.

La cárcel


Una sola estuve en la cárcel. Fue en la Unidad Penitenciaria 13 de la provincia de Buenos Aires, en Junín. Hablé con varios presos –internos los llaman– y todos eran inocentes. Después me explicaron que hasta los más contumaces delincuentes declaran su inocencia ante quien los quiera oír y siempre que no sean otros internos. En las cárceles el orden de jerarquía lo establece la gravedad del delito que purgan, así que para adentro es mejor ser peor. 

Quizá sea desde entonces que tengo la convicción de que las cárceles no sirven para nada y que ahí están los perejiles, aunque sean homicidas, ladrones, violadores, piratas del asfalto, contrabandistas o narcotraficantes. Los verdaderos delincuentes andan sueltos por la calle, algunos tienen cargos públicos y son culpables de los delitos de los que están adentro porque jamás se ocuparon de la promoción y la educación de las personas más vulnerables. 

Nunca me expliqué por qué el ser humano es capaz de quitar la libertad a sus semejantes. En realidad lo que no me explico es que nos horrorice la tortura y la pena de muerte mientras quitamos el don más preciado a nuestros congéneres. Privar de la libertad es la peor de las torturas y la mayoría preferimos estar muertos a no tenerla.

Para colmo las cárceles se han convertido en universidades del delito, caldo de cultivo de terribles enfermedades y cámara de tortura por el dedicado esmero que ponen en hacer sufrir los propios colegas de infortunio y a veces también los malos carceleros. Tampoco me explico, por eso, la expresión “que se pudra en la cárcel” que implica el deseo de un castigo extra además de la falta de libertad y como si eso no fuera suficiente.

Algún día las cárceles serán lo que ahora las mazmorras de tortura de los castillos medievales o los campos de exterminio nazis que visitamos asombrados cuando andamos de turistas por Europa. Será cuando la humanidad descubra que hay que querer y perdonar a los delincuentes y tratar de averiguar qué les pasa, pero para remediarlo.

Conseguiremos mejores resultados si en lugar de castigarlos les pagamos los estudios en una buena universidad y un viaje a Disneylandia.

Amor y política

Todo nos encanta de quien estamos enamorados. Su ropa, su olor, sus palabras, sus lentejas, sus gestos y hasta sus manías. Dicen que el amor vuelve un poco tontos a los seres humanos porque perdemos el equilibrio y la sensatez y nos olvidamos de lo que antes nos acordábamos porque nos acordamos solo de una persona. Nada da tanto placer como satisfacer los deseos del amado y todo vale para hacerlo. No vivimos sino para el otro y el otro para uno. Nada hiere, nada lastima, nada molesta cuando dos personas se quieren.

Y cuando por un desengaño, por aburrimiento o por simple cansancio se deteriora la relación de los que se aman, las cosas se ponen al revés. Lo que era dulzura se vuelve amargura, lo rico se pone feo y las cosas que antes encantaban ahora empiojan. Una relación que parecía indestructible se convierte en suplicio en un segundo al enterarse uno de la infidelidad del otro. Lo que antes era placer ahora es dificultad. Ya no son ricas las lentejas y la rutina cotidiana que antes era nido se convierte en otra vez sopa. Todo hiere, todo lastima, todo molesta cuando dos personas han dejado de quererse.

La política en tiempos de democracia tiene mucho de noviazgo, de amor y de desamor. Cuando un candidato consigue el amor de las mayorías, todo lo que haga estará bien. Ganará las elecciones sin contratiempos y podrá gobernar tranquilo, porque su gente lo seguirá hasta donde quiera llegar, a veces con sacrificios increíbles. El amor basta y sobra y lo han demostrado todas las revoluciones de la historia.

Y cuando se pierde el amor del pueblo ya no hay nada que lo alegre. Las mismas cosas que antes lo apasionaba a favor ahora lo afiebra en contra. Como en el desamor de una pareja, en la política el desengaño es recíproco y quedan dos opciones: volver a enamorase a fuerza de perdonar y reconocer errores o desconocerse para siempre y devolverse los regalos desde los quince años. Pero en política como entre los amantes es muy difícil reconocer errores y perdonarse, entre otras cosas porque al menor descuido alguien empieza a enamorar a espaldas del malquerido: el amor es un hueco que siempre se llena.

El pueblo -la gente se dice ahora- es un complejo sistema de inteligencia y voluntad colectivas. Cuando da su amor a un gobernante le exige también entrega absoluta. Y entonces le perdona todo. Y nada hiere, nada lastima, nada molesta. Y cuando falla -cuando el pueblo se entera del desamor- viene el desengaño. Y entonces no le perdona nada. Y todo hiere, todo lastima, todo molesta…

Chupamedias

Lamebotas, lameculos, lambón, pelota, alcahuete... pero en castellano hay un sustantivo de salón para referirse a todos ellos: obsecuente. Están por todos lados, hay muchos más de lo que parece y puede ser el sida del siglo XXI.

Los principales culpables de la obsecuencia son los que la permiten, porque los chupamedias aparecen y se desarrollan en organizaciones permeables. En todos lados y cada vez más, hay jefes que prefieren un empleado obsecuente a uno inteligente. Los obsecuentes no fallan nunca y son siempre leales, por eso es tan cómodo rodearse de ellos aunque no hagan nada útil. Pero hay todavía una fortaleza nada despreciable: avisan cuando alguien está por hacer algo innovador y creativo en la organización. Entonces se lo puede sancionar y hasta echar por traidor.

La obsecuencia infecta todas las organizaciones publicas y privadas, pero sobre todo enferma a la administración pública y a la política, que se alimenta de chupamedias desde la época de Hammurabi. Es que el poder siempre prefiere al obsecuente antes que al que pueda descubrir la ineptitud del que manda. Y cuanto más tiranos son los jefes, más chupamedias los subordinados, tanto que el cerco de los obsecuentes que rodea a todos los autoritarios es una señal indiscutible de su despotismo.

Lo más grave de esta enfermedad de las instituciones es que la obsecuencia instala una espiral perversa que va de mejor a peor, porque los obsecuentes un día llegan arriba de todo y, como son por naturaleza permeables a su propio género, multiplican la obsecuencia anterior. Este es el mecanismo que permite asombrosas situaciones padecidas mil veces en la cooperadora del colegio y en las Naciones Unidas: mandan unos inútiles rodeados de obsecuentes.

La paciencia del yacaré


Los esteros del Iberá son un inmenso bañado del tamaño de Bélgica en el que no hay gente: solo agua y yacarés, además de víboras curiyú, carpinchos, aguarás, venados y 360 especies de pajarracos de todos los colores y tamaños. Solo hay gente –poca– en las costas del bañado, pero el estero es una descomunal laguna enmarañada de plantas acuáticas e islas flotantes en la que cualquiera se pierde. El paisaje cambia cada día porque, ya se sabe, en el agua todo se mueve.

Entramos al estero desde la estancia de unos amigos en Galarza, a donde llegamos después de recorrer 80 kilómetros de caminos de la arena suave que alguna vez fue lecho del río Paraná. Cuando volvimos de la laguna nos resucitaron con guiso tropero, empanadas y vino tinto. Allí, adentro del Iberá, los yacarés te miran como si no pasara nadie, los carpinchos se hacen los osos y las víboras duermen su digestión al sol sin inmutarse. La distancia de protección de estos animales es casi nula. Saben que estos otros animales que andan vestidos y hablan entre ellos no los van a tocar. Pero los que lo saben son las nuevas generaciones: las anteriores que se animaron al ser humano ahora son zapatos y carteras.

Hace casi 50 años ya andaba por estas lagunas, pero del otro lado del Iberá. Antes de bañarnos tirábamos piedras al agua para espantar las palometas que muerden como las pirañas. El campo era salvaje y los peones iban armados por si aparecía una cuenta pendiente o un animal para almorzar. El agua sabía a hierro y a la noche pateábamos los sapos cururú que se apilaban debajo de las luces para cenar insectos del tamaño de mi llavero.

Para ver un yacaré de cerca había que ir al zoológico. Reptaban en un lodazal asqueroso formado por la orina y la bosta de los hipopótamos. Apenas se veían los ojitos que asomaban tristes de esa cloaca hedionda. Alguien los había cazado y vendido a la municipalidad de Buenos Aires, que compraba comida podrida al precio de Maxim’s de París para alimentar a sus huéspedes.

En estos 50 años los animales no cambiaron y la naturaleza tampoco (en términos de evolución esos cambios se dan en millones de años). Sí cambiamos los hombres, pero no nuestra naturaleza –que también necesita millones de años– sino nuestro pensamiento. Y los pobres bichos, que solo tienen instinto, se dieron cuenta de que aprendimos a convivir con ellos en esta barca sorprendente que es el planeta, en el que navegamos juntos como en la época de Noé por los milenios y por el universo.

Estamos aprendiendo a convivir con los yacarés, los carpinchos y los osos hormigueros, pero entre nosotros nos va cada día peor. Hay que seguir aprendiendo de la paciencia yacaré.

Tacuapí

Misiones, Argentina

Rabona


El zoológico de Buenos Aires es una muestra del esplendor de una ciudad que entre 1880 y 1930 pasó de ser un rejunte de ranchos a la gran urbe que es hoy: todavía su infraestructura y esplendor son los de entonces. Hoy queda en un barrio central y nada barato y los que viven por allí se despiertan a las mañanas con los rugidos del león y no se alteran con los chillidos de los monos en sus peleas interminables.

Ahora nos da lástima ver a los animales enjaulados, pero no era así hace 100 años. Entonces, para que se sientan como en su casa, los camellos tenían en su corral una pirámide egipcia, los cóndores unos Andes de concreto en su pajarera gigante y los osos polares se asaban con los pingüinos sobre un témpano de cemento encalado. Había un orangután negro betún detrás de una fosa que golpeaba el pecho como en las revistas de Tarzán.

Es una paradoja que lo fundara Domingo Faustino Sarmiento, el padre del sistema de educación que hizo grande a la Argentina, porque además de cárcel para animales inocentes, el zoológico era refugio de rabonas de los estudiantes secundarios de toda la ciudad: las mañanas de lunes a viernes había fiesta de adolescentes entre elefantes, cebras, hipopótamos y cocodrilos.

Aquella mañana fría pero soleada del invierno de Buenos Aires había decidido no ir al colegio, así que al salir de mi casa enfilé para el zoológico. Era un viaje largo que tendría que terminar a pie, porque no alcanzaban las moneditas que mi madre dejaban todas las noches apiladas para cada uno de los hermanos encima de los azulejos de la mesada de coser.

Caminaba por la Avenida del Libertador cuando oí la voz de mi padre desde su auto negro que marchaba despacito y a mi par. Subí junto con él en el asiento de atrás –entonces mi padre tenía chofer- y seguimos viaje al centro de la ciudad. El diálogo completo puede ser largo, así que solo les dejo lo esencial:

-¿Y por qué no quieres ir al colegio?
-Porque me aburro.

Cuando llegamos a la Cancillería me mandó a desayunar a una confitería cercana y después me mostró el Palacio San Martín, donde tenía un despacho descomunal con un mapamundi que cubría toda una pared. Después vino otro diálogo:

-¿A qué hora llegas a casa?
-A la una.

Me mandó con el chofer y nunca más se habló del tema. No dije nada en casa y se ve que él tampoco. Y no volví a faltar al colegio, aunque seguí aburriéndome como una ostra los años que me quedaban para terminar el bachillerato: una condena a soportar profesores mediocres que cumplí como un ejercicio para la vida. Desde entonces pienso que si los chicos se aburren en el colegio es inútil enseñarles nada. Pero para saberlo hay que preguntarles a tiempo.

Panqueso

Casi todos los días, pero especialmente en los feriados y en época de vacaciones, nos juntábamos los amigos del barrio debajo del cedro inclinado del Paseo de los Paraísos en San Isidro. Éramos los hijos varones de cuatro familias bastante generosas. Muchas veces se unían los invitados de cualquiera de nosotros hasta formar un grupo interesante. El fútbol no era lo único que hacíamos, pero era un suplicio.

Para formar los equipos se realizaba una criba fatal que hoy sería denunciable ante un tribunal antidiscriminación. Los dos mejores jugadores elegían a sus equipos entre el resto de los candidatos. Se enfrentan los dos capitanes a unos metros de distancia y se van acercando con pasos en los que el talón de un pie se apoya en la punta del otro. Uno es pan, el otro queso. Y así, pan, queso, pan, queso, pan, queso… termina uno pisando al otro y ganando el derecho a elegir primero entre los que mirábamos la maniobra.

Por supuesto, nunca me tocó ser capitán y en ese deshojarse la margarita terminaba siempre al final. Era el de la escoba, el último que elegían. Solo me superaba algún desconocido que por su pinta era tan patadura como yo. O era yo mismo cuando iba invitado a casas de amigos en las que se seguía el mismo procedimiento. No importaba si la cancha era grande o chica, si tenía arcos o usábamos un par de camisetas en el suelo para marcar la meta. Si era inclinada, de asfalto, con árboles en el camino o autos en la vereda. Siempre me elegían el último y les daba lo mismo para quien jugara si el número de jugadores era par. Pero si era impar y los candidatos escasos, un equipo de cinco contra otro de cuatro hace diferencia hasta con pataduras, pero ahí venía lo peor.

La mayoría de las veces –pero sobre todo cuando desequilibraba el número- me tocaba ir al arco. Eso les daba a los cracks la posibilidad de aprovechar a su favor el jugador de más y hacer goles. Hay que enfrentarse con un energúmeno que viene sin escrúpulos ni piedad dispuesto a fusilarte de un pelotazo. Yo era un colador y en cuanto los contrincantes lo sabían, tiraban al arco desde fuera.

Si el partido iba bien para mi equipo rogaba al cielo que no se les ocurriera emparejarlo. Pero no servía: cuando íbamos ganado 6 a 2 y parecía un triunfo asegurado, uno de los capitanes paraba el partido y pedía un jugador al otro equipo. Obligado a desprenderse de uno de sus hombres, el capitán de mi equipo elegía al peor, al más tronco… me elegía a mí, que terminaba en el arco contrario. Me cambiaban al equipo perdedor: una condena por donde se la mire.

Termitas

En Buenos Aires hay que calcular siempre el 20% más de comida en cualquier actividad en la que se da de comer. Pasa en los cócteles, reuniones, agasajos, vernissages y cualquier tipo de sarao más o menos público. Todo por las termitas, que se comen por lo menos un quinto de lo que se sirve.

Las termitas son una tribu de sujetos, ellos y ellas, que consiguen entrar en las embajadas, ministerios, hoteles, galerías de arte, clubes... para comerse lo que dan a los invitados. Viven de arriba y a veces, supongo, están compinchados con los mozos, que les sirven sus bocadillos favoritos y les escancian generosas copas de vino reserva. En general son personas grandes, mayores, bastante bien vestidas, aunque siempre hay un detalle que las delata, como a los extraterrestres que persigue Tommy Lee Jones en Men in Black.

Era todavía adolescente cuando me colé con un amigo a un matrimonio en una casa de fiestas vecina. Queríamos hacer la prueba y resultó muy fácil: solo había que vestirse de casamiento y entrar como Pancho por su casa a disfrutar del champán y entremeses de bienvenida, pero hay que desaparecer cuando toca sentarse a la mesa. Y era bastante más grande cuando probé el excelente desayuno de un hotel cinco estrellas de Miami: solo quería demostrar que era posible vivir de arriba si se tenía la suficiente caradura y la ropa adecuada. Y se puede.

Las termitas de Buenos Aires alegran las fiestas y hasta las engalanan. Si falta gente, ellos la completan y si hay mucha, ni se nota. Charlan animadamente entre ellos porque se conocen como pocos de los presentes. Seguro que se llaman para encontrarse después de investigar la oferta del día que aparece -a veces entre líneas- en los diarios de la ciudad y en un almanaque que se cumple con puntualidad religiosa.

Supongo, también, que se estudian el libreto de la reunión. Una vez allí se instalan en el lugar más estratégico, degluten sin parar y hasta se guardan sandwichitos de miga en los bolsillos o en la cartera.

Se diría que no hay fiesta si no hay termitas y lo gracioso es que todos las conocemos. Es un poco molesto que sean tan ávidos de comida y bebida, pero se ve que lo disfrutan y nunca se quejan. Para que no falte, solo hay que saber calcular el porcentaje de las termitas.

Castelao con rouge

A Colectividade Galega de Bos Aires

Francisco

Hace años que me atormenta la idea del código genético argentino. Es que resulta que somos un país con excelentes individualidades y pésima conducta colectiva. Tenemos buenísimos jugadores de fútbol… que funcionan bien en equipos extranjeros. Hay buenísimos tenistas… incapaces de formar un equipo para ganar la Copa Davis. Y así siguiendo. Los argentinos hemos demostrado nuestra incapacidad colectiva para organizarnos en un país bendecido por una riqueza casi infinita y es un chiste recurrente que Dios nos dio tanto que para compensar puso a los argentinos. Un presidente del Uruguay dijo una vez públicamente que los argentinos somos todos ladrones y recalcó: “del primero al último”. Fue Jorge Batlle, que después pidió perdón con lágrimas de cocodrilo. Y a los argentinos nos molestó que dijera justo lo que pensaba, que era la verdad. ¿Cómo puede ser que el modelo argentino sea un futbolista drogadicto, maleducado y pendenciero? Cuando cada vez que abrimos la boca nos mentan a Maradona es como si conocer a un norteamericano la gente exclamara "¡Al Capone!"

Si la Argentina quiere tener futuro como nación, tiene que cambiar su código genético. Dicho de otro modo: necesitamos con urgencia que nos transplanten dos cromosomas del Japón. Pero lo que me atormenta hace tiempo no es eso sino el cómo, porque los países cambian de raíz después de sangrientas revoluciones, guerras espantosas o catástrofes siniestras, todas tan cruentas que los obligan a renacer de sus cenizas y empezar de nuevo a fuerza de trabajo, hasta acostumbrarse. Y la Argentina, estoy convencido, se vuelve inviable si sigue por donde va… a ningún sitio.

Pero miren lo que pasó:

El 11 de febrero Benedicto XVI sorprendió al mundo con su renuncia, que provocó el cónclave y la elección del arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Bergoglio, que fue elegido Sumo Pontífice el 13 de marzo. El primer papa americano, el primero de hemisferio sur, el primer argentino, el primer jesuita, el primer Francisco... Su llegada a la sede de Pedro conmovió al mundo y no se imaginan lo que nos pasó a los argentinos.



Ese 13 de marzo nos tiraron una carga de profundidad en las entrañas de la patria y en las de cada uno de los argentinos. Alguien nos removió los cimientos con dinamita pesada y se derrumbaron las murallas que protegían la vanidad estúpida de la argentinidad. Somos concientes de que no habrá uno de los nuestros más trascendente en toda la historia: en la pasada, presente y futura. Ninguno ha llegado jamás ni llegará en milenios a semejante dignidad. Las calles y las plazas se llamarán un día Francisco y Bergoglio y el ser argentino quedará sellado por un tatuaje indeleble, distinto del modelo contaminado por el fracaso que nos rige desde la época del virreinato. El paradigma ya no es un vivo, un pendenciero, un ególatra, un vago, un seductor, un cobarde, o un desertor. De un plumazo se murió el desertor Martín Fierro, enterramos el tango Cambalache y jubilamos a Maradona. Ese maravilloso 13 de marzo nos cambiaron para siempre el arquetipo desde la logia de las bendiciones de la basílica de San Pedro. Y todavía estamos temblando.

No es una esperanza vana esta que acabo de describir. Es la misma que tenemos millones de argentinos en estos días. Lo que pasa es que los cambios serán intangibles y no dependen de ninguna decisión de nadie. No va a venir Francisco a dar órdenes ni a emplazarnos para que seamos mejores o nos convirtamos en japoneses. No terminará a golpe de bendiciones con la corrupción, la indolencia, ni la imbecilidad colectiva. No hará el milagro de sacarnos de la soberbia pegajosa que nos impide avanzar como grillete de preso. No hará desaparecer a los vivillos maleducados que hoy acampan en estas playas como los dueños de la verdad, de la honra y del patrimonio de los argentinos. No importa cómo va a ser porque el ejemplo actúa de modos misteriosos, pero es lo único que vale y por fin lo tenemos. Solo es cuestión de tiempo y ya verán que no es tanto. Por lo pronto nos ha cambiado la cara a todos los argentinos, lo que no es poco.

Por esto creo que hay que agradecer al Cielo que se haya apiadado de nosotros y nos haya mandado el regalo de este papa en lugar de una catástrofe. A los católicos nos da igual que el papa sea argentino, ecuatoriano o vietnamita, pero no nos da lo mismo a los americanos del sur ni a los argentinos que el papa sea uno de los nuestros. Francisco puede ser el disparador del cambio que necesita nuestra América y la Argentina, como Juan Pablo II transformó a media Europa. Dios lo quiera.

La puerta


Estudié parte de mi carrera en la Casa de Trejo, como se llama familiarmente a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba por haber sido fundada por el obispo franciscano Fernando de Trejo y Sanabria. Es el antiguo claustro colonial de dos plantas, pegado a la iglesia de la Compañía: su aula magna fue capilla de los españoles de la iglesia. Cuando expulsó a los jesuitas de sus territorios, la corona española se quedó con todo... Este año cumplirá 400 desde su fundación como Universidad de San Carlos, la cuarta de América.

Un mal día que terminó con suerte salía de la Casa de Trejo hacia el centro de la ciudad. Ya anochecía y hacía frío cuando llegué a la plaza de Santa Catalina, atrás de la catedral. El tercer lado de la plaza lo cierra el fondo del viejo cabildo de la ciudad donde tenía su sede la jefatura de policía de la provincia de Córdoba.

Casi todos los días había enfrentamientos en aquellos de 1975. La guerrilla urbana hostigaba a la policía y a las fuerzas armadas con las que libraba una guerra subterránea que a veces salía a la superficie como un topo en el jardín. Unos y otros se perseguían y mataban sin mucho miramiento y sin medir las consecuencias para los terceros inocentes.

Esta vez en aquella plaza había un grupo pesado de encapuchados que marchaban con banderas y pancartas pero sin hacer mucho barullo. Hasta que sonó un disparo. Los manifestantes hicieron cuerpo a tierra en la calle y protegidos por los canteros de la plaza empezaron una balacera de película del oeste entre los policías parapetados en la jefatura y los guerrilleros que pretendían algo más que reclamar reivindicaciones sociales.

Alcancé como pude el refugio de una puerta, que luego supe que era la del convento de las catalinas, y me tiré al piso sobre el mármol del umbral. Entre los estruendos de las balas, los dos bandos se desgañitaban a insultos que daban más miedo que las balas. Gritos y fogonazos en la oscuridad, de un lado y del otro de la plaza y yo en el medio. Los veía sin dificultad desde mi abrigo entre las jambas de la puerta, cada vez más pegado al suelo. Bueno eso creía yo, porque en un instante sentí caer sobre mí un peso inmenso que me aplastó y me oscureció por completo la vista. Era una señorona grandiosa que se zambulló en el umbral sin mirar que estaba ocupado por mi esqueleto tembloroso. Estoy salvado, pensé, mientras intentaba respirar protegido por la gorda que me aplastaba casi obscenamente.

No fue mucho tiempo el que pasó, aunque me lo pareciera. Solo recuerdo que en plena balacera se oyó una llave y se abrió la puerta desde adentro. Un señor bastante mayor nos ayudó a entrar a tientas en el convento, hasta que llegamos a una sala donde prendió la luz. Estaba vestido de cura y luego supimos que era un obispo jubilado y que aquella era su vivienda. Nos dijo que esperáramos todo el tiempo que hiciera falta, que es lo que hicimos sentados en un sofá hasta que pudimos salir sin contratiempos.


El periodismo y el trago

Usted ya sabe, los periodistas tenemos fama de muchas cosas, pero sobre todo se nos conoce como borrachines, mujeriegos, noctámbulos, fumadores y pendencieros... Esta fama empezó cuando íbamos a contramano del resto de la sociedad y, como toda fama, es injusta: cerrábamos los diarios bien tarde y nos costaba ir a dormir sin desacelerar un poco el ritmo loco del día. Generalmente terminábamos la jornada en un bar de esos que están abiertos a las 2 de la madrugada y desayunábamos al día siguiente a la hora de almorzar.

Muchos de los más viejos todavía conservan esos hábitos y no se pueden ir a dormir hasta bastante tarde, aunque las costumbres hayan cambiado: ahora las redacciones de los periódicos parecen financieras o ministerios, y hay tantas o más mujeres que varones dedicadas a este oficio que hace apenas 50 años era solo para hombres bien desordenados.

En esa época a nadie le extrañaba encontrar una botella cuadrada -la forma perfecta- de Johnnie Walker en el cajón de la mesa de un periodista. El trago era relativamente normal y el humo del tabaco se pegaba en la ropa como una señal indeleble de la profesión. Muchos periodistas sabían fumar el cigarrillo entero sin retirarlo de la boca mientras escribían a toda velocidad con las dos manos (o con dos dedos, uno de cada mano) en una computadora ruidosa, con impresora incorporada en tiempo real (no se podía borrar más que tachando con xxxxxxxxxx).

Con el perdón de los que prefieren que ni se fume ni se beba en las redacciones, yo lo defiendo porque creo que era un ingrediente fundamental en los contenidos finales del periódico y voy a tratar de explicarlo en las líneas que quedan.

Los periodistas son artistas. Quiere decir que son –deberían ser– capaces de decir lo que otros no dicen, de explicar lo inexplicable y de encontrar historias donde los demás no ven nada. Está en la genética de cualquier artista y es la razón fundamental de su existencia. Y para conseguirlo los artistas necesitan inspiración: nadie le reprocharía a Picasso que se haya bebido un par de whiskies para pintar el Guernica; ni a Federico García Lorca escanciarse unos finos de jerez en su copa catavinos para escribir Yerma.

No nos escandalizamos de los romances de los artistas ni de su vida desordenada y, sin embargo, nos piden a los periodistas que vivamos a agua mineral, como enfermeras en el quirófano. Aunque se disfrace de inquietud por la salud de los periodistas, creo que no es una buena idea preocuparse demasiado por ella porque influye decididamente en la calidad de los contenidos.

Un poco de alcohol, que es peligroso en una industria en la que hay que estar muy atento a una máquina de precisión, no lo es entre quienes escriben la historia actual y la interpretan. Pero que se entienda bien: no estoy hablando de excesos sino celebrando el desorden normal de la vida de cualquier desordenado, que para nosotros, los periodistas es como el agua para los peces.

Moconá


Casi todos los ríos de América del sur van de los Andes al Atlántico, pero hay un par que nacen en Brasil, a pocos kilómetros del Atlántico y terminan… en el Atlántico también. Forman la Mesopotamia argentina cuando llegan por aquí: el Paraná y el Uruguay son ríos como mares que pasean morosos por la llanura con peces que pesan como usted o como yo.

Río de los pájaros quiere decir uru-gua-y en el idioma que hablaban todos los americanos orientales desde el Caribe hasta el Plata antes de la llegada de Colón. Y el río de los pájaros es un cielo azul que pasa y es flor de la Banda Oriental según un cielito de Héctor Numa Morales.

Cuando todavía faltan unos mil kilómetros para que se una al Paraná y forme el Río de la Plata, el Uruguay se cae de costado por una falla en la colada basáltica que le sirve de lecho. No cae de frente, como casi todas las cascadas: se desborda longitudinal al lecho que ahí tiene hasta 170 metros de profundidad y lo hace durante unos tres kilómetros. Forma una catarata de agua de tres mil metros que nadie o casi nadie conoce porque está perdida entre la selva y la selva donde Andresito Guacurarí perdió el poncho. Cuando el río viene crecido nadie la ve y cuando baja el río se cae por el medio del lecho con un estruendo que espanta.

Estuve la primera vez hace muchos años, cuando era difícil llegar en auto, pero llegué y no vi nada porque fui por el lado argentino que es el alto: un río, unos arbustos que se llaman sarandí, unas rocas y un poco de bruma en el medio. Otro día me escapé hasta el lado brasileño y después de perderme varias veces encontré el camino por donde llegar hasta el río Uruguay. Me quedé loco al ver semejante espectáculo sin más testigos que los pájaros del Río de ellos mismos. Cuando quise volver tardé más de dos horas saltando entre las piedras para encontrar el pasadizo que me había llevado hasta la catarata.

Ahora había más gente en ese lugar del mundo donde no hay celulares ni internet ni televisión ni diarios ni otra diversión que conversar. Unos 35 kilómetros antes de llegar pude subirme a un bote de goma en el fondo de un barranco que me llevó hasta el salto entre correderas y remansos. El piloto era Carlos Arturo Yunis Henn: un turco alemán en la frontera argentino brasileña que nos mostró los saltos de Moconá contando pequeñas mentiritas y grandes verdades. Un genio el tipo.

La apuesta


Un día hice una apuesta con un traficante de afectos. Todo empezó en el bar de abajo del hotel Plaza de Buenos Aires cuando concretábamos con tres amigos los detalles de un negocio que resultó bastante bueno. A raíz de algo que dijimos sobre carteles y radios, uno de ellos aseguró que arriba del hotel Presidente hay un gran cartel de Radio 10.

Vivo a la vuelta de la esquina del Presidente y lo veo todos los días coronado por un cartel de Infobae.com así que corregí que ahí no está Radio 10. Entonces me dijo que yo no sabía nada y que ese anuncio estaba allí y que me apostaba cien mil dólares que el cartel estaba allí. Bueno, le dije, pero vas a perder... ¡Vos vas a perder! Me contestó y me tendió la mano derecha mientras ponía cara de tahúr de plástico. Según las reglas universales de la apuesta cuando le di la mano quedó sellada la nuestra delante de dos testigos que no me dejan mentir porque presenciaban la escena con una taza de café cada uno y yo con una cerveza y unas papas fritas.

¿Y el cartel? Le pregunté al día siguiente para saber si había pasado por la avenida 9 de Julio desde donde se ve altivo el hotel Presidente en todo su esplendor. ¡Estaba ahí! Me contestó… ¡hace meses estaba ahí! No sé, le dije, lo cierto es que no está y que perdiste la apuesta. ¡No perdí nada la apuesta porque en ese lugar hubo un cartel de Radio 10!

Bueno, le dije, y yo tengo una tía en Banfield... Me debés cien mil. A ver... me contestó, ¿si vos hubieras perdido me hubieras pagado la apuesta? ¡Claro! Le dije con la seguridad del que sabe que una apuesta no es cuestión de plata sino de palabra, que es una cosa que tienen los caballeros así que me debés cien mil. ¡No señor! insistió… hace un tiempo en ese hotel había un cartel y vamos a averiguarlo. No hace falta, le contesté, si no está no hay nada que averiguar, perdiste la apuesta y ya está...

Fue cuando pasó algo que todavía me da entre lástima blanca y bronca negra: ¡vos me odiás!, me dijo y cambió para siempre el eje de cualquier conversación que pudiera tener con mi examigo. Para colmo uno de sus hijos se llama como yo y siempre pensé que era pura coincidencia pero en medio de la rabieta me gritó con cierta furia ¡yo le puse tu nombre a mi hijo! Bueno, le dije, cosa tuya, pero ni eso va a cambiar el cartel del techo del hotel Presidente.

Desde entonces lo veo poco y si hablamos termina diciéndome estas y otras cosas por el estilo a pesar de que de la apuesta no volvimos a hablar y por supuesto que no la pagó ni la piensa pagar, pero eso a mí ya no me importa porque no me importó jamás.

El camión


Trabajaba para el diario La Verdad de Junín, una ciudad clavada en el medio de la pampa húmeda, la infinita llanura requetefértil de la Argentina. Viajaba a Buenos Aires casi todos los domingos a la tarde y volvía en tren los martes a la madrugada. Las ciudades de la pampa son ricas y todas iguales. Tienen diarios y campo de golf. A los diarios los fundaron los políticos locales de principios del siglo pasado y a los campos de golf los instalaron los ingleses de los ferrocarriles a principios del siglo pasado. Todas tienen su club social y su sociedad rural. En el club juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky; en la sociedad rural juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky. Un martes cualquiera un juez federal me invitó a un asado en el Club Mitre. Cuando llegué, tarde por culpa del cierre del diario, estaban todas las fuerzas vivas de la ciudad, menos el párroco, jugando al monte. El monte es un antiguo juego de barajas que consiste en apostar el número o el palo de la carta que va salir. Está superprohibido por las consecuencias violentas que siempre provoca eso de andar jugando tanta plata…

Un buen día de invierno, cuando en la pampa hace un frío de conejos, se me ocurrió viajar a Buenos Aires en camión con la idea de escribir esta historia que nunca escribí. Me fui cuando ya anochecía a la garita de la policía de la ruta 7, cerca del puente sobre el Salado que en ese lugar acaba de nacer en la laguna de Gómez y más allá hace desastres por culpa de los terraplenes de las carreteras que lo represan cuando viene cargado. El agente de guardia entendió mi idea y entre los camiones que paraba por rutina encontró uno que se ofreció a acercarme hasta Buenos Aires. Era un Mercedes 1114 del año de la pera que remolcaba un acoplado y viajaba vacío y a paso de tortuga a buscar carga a la capital de la República. No encontró nada más incómodo aquel policía, pero quizá lo hizo para que no se me vuelva a ocurrir semejante idea.

Después de las primeras palabras empecé a hacerle preguntas estúpidas que contestaba con paciencia budista y pocas palabras. Aquella cabina tenía chifletes y el frío entraba a rachas como en un ventisquero. Me acurruqué en mi eterna campera verde y me dormí. Al rato me desperté solo en el camión, que estaba parado cerca de una estación de servicio en un lugar desconocido. Cuando apareció mi chofer nos pusimos de nuevo en camino, pero nunca más supe ni cuál era ni dónde estábamos. Se tomó unas siete horas para hacer los 250 kilómetros que separan Junín del lugar imposible del Gran Buenos Aires donde me dejó cuando amanecía. Llegar desde allí a mi casa me costó un par de horas más en otro camión con asientos que los porteños llaman colectivo.

Feijoada gratis


Estábamos sentados como unos reyes en la vereda del restaurante Barthodomeu, en la calle Maria Quiteira de Río de Janeiro. Suele haber tanta gente que complica el tránsito en la calle que circula desde la lagoa hacia la playa encantadora de Ipanema. Habíamos pedido feijoada que en ese restaurante de moda como en todos los del Brasil viene con refill gratuito y hasta perder el sentido. Ahí estábamos disfrutando del buen tiempo y la feijoada cuando una señora en la mesa de al lado se agarraba la barriga con tanta fuerza que se le salían los ojos de la cara. Solo yo la veía por mi posición en nuestra mesa de cuatro y pensé que le estaba haciendo teatro a su marido, o novio, o lo que fuera. Pero al rato y por el pánico del acompañante creí que algo serio estaba pasando.

-¡Ché! algo le pasa a esa señora… les dije a mis compañeros argentinos.

Ellos miraron enseguida hacia la mesa que yo señalaba con el mentón, pegada a la nuestra.

Al sentirse mirada, la mujer levantó la cabeza y nos encaró como si preguntara la hora, en portugués, claro:

-¿Alguno de ustedes sabe hacer masaje cardíaco?

-Ninguem, le contestamos en correcto portuñol mientras engullíamos otra cucharada repleta de feijoada. Fue entonces cuando comentamos entre nosotros que a quien no lo necesita el masaje cardíaco le puede hasta parar el corazón. Y otras teorías poco serias, como que tosiendo uno le gana unos minutos al infarto.

Fue entonces cuando la señora se tiró al suelo entre su mesa y la nuestra y pidió que alguien le haga el dichoso masaje. Entonces alertamos al resto de los comensales.

-¿¡Hay algún médico?!

Nadie. Pero rápidamente los varones se lanzaron a una actividad frenética con sus celulares y las mujeres se acercaron a la señora para hacerle lo que terciara. Una arriesgada en shorts empezó poco convencida a presionarle el pecho con golpes tímidos, siguiendo las instrucciones de la enferma.

Al poco rato apareció una patrulla de la Policía Militar que andaba de rutina por ahí. Uno de los comedidos se acercó corriendo y lo paró en medio de la calle a la vez que le pedía al oficial que haga algo, o quizá le preguntaba si sabía qué hacer en estas circunstancias. Se bajó un oficial y mientras la miraba, le ofreció llevarla a un hospital. Fue entonces cuando la moribunda se paró como un resorte y se metió corriendo en el patrullero que salió disparado detrás de su sirena para salvarle la vida.

Al rato volvió el policía a pedir sus honorarios. Ya se sabe que toda intervención lleva su contraprestación. Cuando salía con su bagayo le hice un gesto que contestó con el índice en su sien, “que loca estaba esa mujer”.

-“¿Maluca?” dudó el camarero que nos estaba ayudando con la clave de wifi “se fue sin pagar".

Parati

Rio de Janeiro, Brasil.

Anchorena


Un buen día descubrimos que la torre de la catedral de San Isidro no tenía llave ni candado. Unas escaleras muy normales llevan hasta el coro desde el fondo de la iglesia, pero desde ahí se podía subir un piso más y llegar al rellano desde donde se tocaban las campanas gracias a unas larguísimas cuerdas, como lianas de Tarzán. Arriba de esa gran sala cuadrada de varios pisos de altura aparecía el mecanismo mágico del reloj que da la misma hora a los cuatro vientos. Y encima del reloj se alojaban las campanas, de diferentes tamaños y tonos, con sus nombres grabados en el bronce empavonado. Más arriba la escalera se volvía precaria y llevaba hasta una trampa que abría el acceso a la estructura de madera que sostiene la aguja desde un tronco central como las ramas de un pino. Llegábamos trepando hasta las últimas ventanitas, las que tienen las luces rojas obligatorias para espantar platos voladores. Debíamos tener entre ocho y diez años cuando subimos la primera vez los seis hijos varones de tres grandes amigos que vivíamos como hermanos. Ese día bajamos con algunas palomas que habíamos cazado en la oscuridad, porque ahí adentro había nidos de palomas y caca de murciélagos.

Tantas veces subimos a esa torre que ya era nuestra cuando al párroco se le ocurrió encargarnos que hiciéramos la colecta en la misa de once, a la que asistíamos con nuestras familias, una por banco, todos los sanisidrenses y nosotros después de horas en la torre. Nunca supimos si lo hizo para sacarnos de esas alturas o para mover la generosidad de los feligreses con nuestras caras infantiles y pintas desgreñadas.

Al terminar la colecta vaciábamos los bolsas como si fueran medias. Entre monedas cantarinas y billetes malolientes, siempre aparecía uno nuevecito, impecable y sin arrugas, el más alto que había en ese momento en circulación. 

Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.

Anchorena era igualito a Stan Laurel y lo vestía Norman Rockwell. Siempre de saco y corbata y no se sentaba en los bancos; venía sólo con su mujer que era muy gorda, morocha y mofletuda. Él asistía a misa apoyado en la base de una columna de la catedral y ella se colaba en un asiento cercano. No tenía hijos para darles moneditas que poner en la colecta y escondía su billete al tirarlo en la bolsa como hacían todos los grandes. Pero nosotros sabíamos que al que le tocara pasar por la columna de Anchorena encontraría brillante el billete impecable en su bolsa de terciopelo.