Notre Dame


No recuerdo mayor repercusión de una noticia. No digo que no pueda haberla, solo que yo no la recuerdo, pero le aclaro que llevo años en esto. El incendio de la catedral medieval de Notre Dame de París está cabeza a cabeza con el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Lo de las torres gemelas fue un shock mundial ante la violencia inaudita de los locos que convirtieron en misiles unos aviones repletos de gente. El incendio de Notre Dame, en cambio, apareció como una pérdida terrible del patrimonio de la Iglesia, de París, de Francia y de la humanidad.

No fue tan así. El fuego se ensañó con la estructura de madera que sostenía el techo, por encima de la estructura de piedra de los arcos góticos internos. Se derrumbó el techo del crucero, justo debajo de la aguja que lo coronaba. El resto de la estructura de piedra se mantiene casi intacto y la catedral se podrá reconstruir desde allí si es que no se han debilitado sus sillares, columnas y arbotantes. No es la primera catedral que se incendia ni será la última. Sin ir más lejos la de San Pablo de Londres (hoy barroca y anglicana) está construida sobre las cenizas de la gótica que había allí mismo y de la que no quedó nada en el gran incendio de 1666. Ya sabe que podemos admirar muchas catedrales, monasterios, castillos y palacios de Europa precisamente porque sucumbieron a bombardeos, incendios o terremotos y fueron reconstruidos una y otra vez, entre ellos la catedral gótica de Amberes, el monasterio de Montecasino, el Alcázar de Toledo o la Gran Place de Bruselas.

El incendio de Notre Dame es una prueba cabal de que las catedrales también se prenden fuego, como las casas, el papel de diario y la leña para el asado. Es física pura y la naturaleza actuando. Pensar que el incendio de Notre Dame anuncia el fin de la civilización occidental o cosas por el estilo, solo puede salir de mentes afiebradas, pero eso no quiere decir que no tenga consecuencias o que provoque en las personas emociones y acciones que no se hubieran dado de no ocurrir el siniestro.

De hecho, fue sorprendente la reacción de todo el mundo en aquel momento: el fuego se estaba llevando una joya mundial y mientras avanzaba por el techo de la catedral teníamos la sensación de que el daño se volvía irreparable. Francia se unió como los hijos en el velorio de su madre. El presidente Macron habló dos veces, primero para contener a los franceses y agradecer a los bomberos y segundo para anunciar que no estaba dañada su estructura y que Notre Dame se reconstruiría en cinco años con dinero aportado por suscripción pública. Ahí nomás monsieur Pinault (el marido de Salma Hayek) puso en la alcancía 100 millones de dólares de los 30.500 que tiene en el bolsillo.

Quién sabe qué otras cosas puede producir en la gente el incendio de Notre Dame. El ataque a las torres gemelas les jorobó bastante la vida a los viajeros que desde entonces son vejados por guardias de cualquier uniforme en todos los aeropuertos del mundo; y les solucionó la vida a los fabricantes de escáneres de equipajes, que deberían tener en sus casas un retrato de Bin Laden para prenderle una vela de vez en cuando…

Ya se ve que se puede incendiar lo que sea. Solo es cuestión de fuego, aire y tiempo. Pero el incendio de la catedral de París me da pie para volver sobre una idea que debería estar muy presente entre los cristianos del siglo XXI: la Iglesia con mayúscula no es de piedra, ni de madera, ni de ladrillos y por tanto no le afecta que se incendie Notre Dame o que le pongan una bomba atómica a la basílica de San Pedro; el papa no se cansa de repetir que prefiere una Iglesia accidentada antes que una Iglesia enferma por el encierro; también insiste en la imagen de la Iglesia como un hospital de campaña que recibe heridos de la batalla, a los que sería inútil preguntar por el nivel del colesterol. Las iglesias, en cambio, sí son de piedra, de cemento o de madera, pero hace tiempo que se volvió anticuado el modelo medieval del cura que toca la campana y el pueblo que se congrega en su interior. Hoy, templo es también cada uno de los cristianos que andan tratando de ser mejores por estos mundos de Dios, los que llegan con sus heridas a cuestas a ese hospital de campaña y los médicos y enfermeros que los atienden como pueden. Y la Iglesia con mayúscula es la reunión de todos ellos.

Los idiotas de la tierra plana


Durante la primera semana de marzo de 2019 se reunieron en un quincho de la ciudad de Colón (provincia de Buenos Aires), unas 30 personas que creen que la tierra es plana. Había unos cuantos argentinos a los que hay que sumar dos catalanes, un chileno y un paraguayo. Lo del quincho no es un chiste: el lugar de la reunión fue el cobertizo para asados de un club de la localidad. En las fotos más panorámicas de la reunión aparecen no más de 30 personas, entre las que hay que contar algunos periodistas que inexplicablemente fueron a cubrir esta tontería. Es que en esos días la reunión de los terraplanistas salía en todos los canales de televisión de Buenos Aires y en todos los diarios y programas de radio. Lo curioso es que ninguno de los periodistas decía que son cuatro gatos afiebrados convencidos de que desde la época de Ptolomeo hay un inmenso complot internacional para engañarnos a todos y son falsos hasta los eclipses. Los periodistas asistieron a la reunión y tomaron entrevistas como si se tratara de un congreso de cardiología. No importa ahora rebatir los argumentos estúpidos de los terraplanistas porque intentarlo nos pondría a su altura, como se pusieron los periodistas y los medios que dedicaron espacio y tiempo a esta imbecilidad.

Casi al mismo tiempo el periodismo mundial dio otra noticia, esta vez muy seria, de la primera fotografía de un agujero negro del espacio: un lugar del universo con tal concentración de materia que produce una gravedad extrema, casi infinita, capaz de chuparse como un inmenso inodoro todo lo que hay cerca: galaxias, planetas, estrellas… hasta la luz. No me pida más explicaciones, sólo el consuelo de que no hay ninguna posibilidad de que la tierra caiga en uno de esos inodoros del hiperespacio durante los próximos 4.000 millones de años.

Si comparamos la tierra y nuestra existencia con el resto del universo, somos apenas una pizca de polvo de esas que solo vemos porque reflejan la luz de la ventana. La tierra y el sistema solar no son nada comparados con todo el universo y estamos lejísimos todavía de saber siquiera hasta dónde llega. Sabemos que está en expansión si aceptamos el big bang, que es la más probable de todas las teorías que han intentado explicar de dónde viene el universo, con el vértigo de saber que alguien tiene que haber provocado esa explosión de una partícula ínfima donde estaba contenida toda la materia. Los científicos calculan que esto ocurrió hace unos 13.800 millones de años y también calculan que en algún momento el universo dejará de expandirse para volver a reunirse y llegar al punto primigenio del que surgió. Los locos que se reunieron en Colón aparecen a cada rato en la historia. Son gente que no puede concebir que pasen cosas importantes sin que estén ellos presentes. Siempre, en todas las generaciones, hubo quienes predijeron la cercanía del fin del mundo, igual que habrá gente que sostenga estupideces con tal de aparecer en los medios y ser protagonista. Esos son los terraplanistas de hoy en día, pero hay cientos de nombres para la imbecilidad humana a lo largo de la historia. No vale la pena ni mencionarlos... aunque yo mismo esté cayendo ahora en la trampa de los ególatras que no pueden vivir sin llamar la atención de sus congéneres con cualquier estupidez.

Justo en Colón y también en el año en que se conmemoran los cinco siglos de la gesta de Hernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano y los valientes navegantes que el 10 de agosto de 1519 zarparon de Sevilla en cinco naves para dar la vuelta al mundo. Lo lograron 18 de los 239 tripulantes que zarparon. Sabían ya de sobra que la tierra era una esfera y conocían de latitudes y longitudes como para no perderse: salieron a buscar un paso entre lo que hoy llamamos Atlántico y Pacífico, para llegar a las islas de las especias por el lado español del tratado de Tordesillas que dividía en dos el planeta. Pero el viaje resultó más largo y penoso de lo que se imaginaban, así que decidieron volver desde las actuales Filipinas por el camino más conocido, aunque tuvieran que hacerlo escapando de los portugueses. Llegaron de vuelta a Sevilla el 8 de septiembre de 1522, gracias a la suerte, al dulce de membrillo y al clavo de olor. Fue así como estos héroes del siglo XVI dieron por primera vez la vuelta entera a la redondez de la tierra.

La patria es la lengua

Era preadolescente cuando leí la primera definición de patria; estaba en italiano bordada en la mochila de un campamentero. Decía algo así como "mi patria es allí donde voy". Como me pareció inteligente se lo señalé a mi padre, que cargaba combustible en una estación de servicio del Peloponeso. Vino a asegurarse lo que decía la mochila y a regalarme un reto memorable: "–¡La patria no se elige!"

"La patria es la infancia", dicen que dijo Rainer María Rilke, y ya se ve que es mucho mejor citar a un poeta y filósofo que a una mochila. También lo dijeron Gabriela Mistral, Luis Landriscina y millones de personas. Nos gusta lo que nos gustaba cuando éramos chicos: los olores, los sabores, el clima, las tardes, la noche, el verano… Patria son los hermanos, las peleas, las cicatrices, los chichones. Patria es el pastel y los ñoquis en la mesada de mármol enharinada de la cocina. Patria es el café con leche, el pan con manteca, el olor de las tostadas, el zapato que aprieta y la ropa que pica.

Patria es donde enterramos a los muertos y donde descansan nuestros antepasados, pero en la Argentina, esa es la madre patria: la patria de nuestros abuelos o bisabuelos, de donde vinieron a fundar una patria nueva, una que recién estaba despuntando los primeros dientes. La patria que es un proyecto de muchas generaciones y no de una sola, como quizá suponen los que se cansan de esperar que salgamos de la adolescencia colectiva.

Patria viene de padre, o de padres, que incluye a la madre, sin necesidad de dialectos inclusivos. Es que la patria es más madre que padre, como llaman los Popof a la Madre Rusia. Y por ser sobre todo madre, los deberes para con la patria son parecidos a los que tenemos con ellas.


En el Octavo Congreso de la Lengua que se celebró en Córdoba de la Nueva Andalucía los inclusivistas intentaron imponer inclusividades porque no quieren saber –autoritarios– que a la lengua la hacemos los hablantes hablando. Vinieron lingüistas, poetas, ensayistas, novelistas y noveleros. Puristas de la lengua, académicos, profesores, maestros y muchos periodistas, que somos los usuarios más urgentes de la lengua. Allí Joaquín Sabina acuñó con su voz de gintonic otro concepto de patria, que tampoco es de Sabina y que es más actual que todos los que hemos repasado:

La Patria, señoras y señores, es la Lengua.

No había que viajar a Córdoba para saber que en el mundo de hoy las fronteras son las del idioma y resulta que hay muchas más que las del mapa y la geografía, porque países hay 194 en la ONU y 211 en la FIFA; lenguas, en cambio suman unas 7.000, aunque el 90% de ellas no llega a 100.000 hablantes. Los que tenemos al castellano como lengua madre somos una patria de 600 millones y 850 si contamos a los del portugués, que es casi lo mismo.

Gracias don Cristóbal, Gran Almirante.

La igualdad desigual de los sexos

Hace apenas 50 años el teléfono se usaba para hablar con alguien que estaba lejos. Nos mandábamos cartas en sobres que era un placer rasgar. Las noticias estaban en los diarios y García Márquez era periodista. Los carros eran aparatos de gimnasio y por eso conducían los varones. Había mapas, enciclopedias y diccionarios. Para tomar una foto había que aprender a manejar una máquina complicada y mandar la película a un laboratorio para conseguir las escasas copias que salían bien. Viajábamos en avión vestidos para un cóctel y nos trataban como reyes. Conversábamos, leíamos libros y a veces intentábamos ver alguna imagen bastante borrosa en unos televisores diminutos y redondeados. En mis colegios (fui a tres, entre privados y públicos) no había mujeres; ni alumnas, ni profesoras, ni maestras, ni nada femenino. Cuando empecé a trabajar de periodista solo había una mujer en el periódico: la que hacía las notas sociales. Ir a trabajar era cosa de varones y lo hacían para llevarle dinero a sus mujeres, que también trabajaban, pero en sus casas. A las fiestas los varones iban de negro para que las mujeres pudieran lucir su belleza celestial. Hace 50 años las mujeres eran diosas a quienes los varones adorábamos…


Pero un día decidieron ser mortales. Empezaron a emular a los varones hasta hacer todo lo que ellos hacían y mostraron que lo podían hacer mejor. Primero llenaron la universidad, después llegaron a las fuerzas armadas y de seguridad. Fueron tenientes, capitanes y coroneles, también generales, almirantes y embajadores. Cirujanas, prefectas, juezas, ministras y presidentas, diputadas y senadoras, taxistas y saloneras de restaurante y barrenderas y basureras y plomeras y albañiles… Humanizaron el mundo de la medicina, de la política, de las armas, de todas las profesiones, en un mundo que hasta hace apenas 50 años era dominado por machos marcando territorio. No hubo deporte en que no se metieran, hasta el rugby, el boxeo, la halterofilia y las artes marciales… y si todavía participamos en categorías distintas debe ser para defender a los varones.

Falta mucho todavía porque esto ocurre sólo en la parte judeo-cristiana del planeta: la mayoría de la humanidad, que vive en grandes extensiones superpobladas de Asia y África, todavía considera a las mujeres como inferiores a los varones, quizá porque no leyó los primeros capítulos del Génesis, cuando el Creador fue de lo más imperfecto a lo más perfecto y coronó su obra con la mujer.

Nadie conoce el futuro. No podemos saber cómo va a ser dentro de otros 50 años, pero de este lado del mundo todos esperamos que sea igualitario. Si en las edades más lamentables de la historia los varones nos impusimos a las mujeres, habrá sido por los mecanismos sociales de la evolución y por errores colectivos que no vale la pena juzgar porque lo haríamos con parámetros distintos a los de la época en que ocurrieron.

La igualdad entre mujeres y varones debería conseguir un mundo para varones y mujeres sin ninguna discriminación. Pero volveríamos irremediablemente a la época de las cavernas si, para ser iguales, las mujeres decidieran parecerse a los varones.

Kill City

Guayaquil, Ecuador, 21 de febrero de 2019 (foto de Santiago Borja)

Ni la a es femenina ni la o es masculina

Las palabras cambian de sentido con el tiempo, se inventan nuevas y otras se dejan de usar. No hablamos como nuestros abuelos y ellos tampoco hablaban como los suyos; y cuando una lengua se deja de hablar, se muere. Pueden quedar las reglas y los diccionarios, pero no la evolución de ese idioma: se congela en el tiempo y servirá solo para decir cosas que no cambian nunca: esa es la razón por la que a las religiones, a las leyes y a las ciencias les gustan las lenguas muertas. Las lenguas vivas, en cambio, evolucionan con el tiempo y con la geografía, tanto que a la vez que mueren algunas, otras nacen. Los idiomas son como las especies: unas evolucionan y otras se extinguen, algo bastante lógico por ser el resultado de convenciones constantes entre seres vivos, que también evolucionan o se extinguen.

Pretender cambiar el sentido de las palabras o inventarse nuevos términos es crear una especia de la nada, como un animal de tres cabezas (una quimera). Mucho peor si se lo intenta desde el poder: George Orwell lo explica en el epílogo de 1984, la novela escrita en 1949 sobre un mundo futuro, gobernado tiránicamente por el Hermano Mayor. En el ecosistema imaginado por Orwell la guerra es la paz, la libertad es esclavitud y la ignorancia es el poder. Piensa el tirano que si cuando decimos libertad pensamos esclavitud, ya nadie querrá ser libre…

El castellano es una de las lenguas más habladas del mundo y por tanto la que menos peligro corre. Pero además la globalización está evitando la formación de nuevos idiomas, a la vez que provoca la muerte de los que menos se hablan, así que todo parece indicar que en el futuro habrá menos idiomas pero más hablados.

La historia tiene sus sorpresas y todo puede volver al primer casillero por un error al apretar un botón en el ascensor del Pentágono, así que la evolución es impredecible, también la de los idiomas. Lo que sí es previsible es el fracaso de cualquier intento de crear un lenguaje como el que llaman inclusivo. Quiero decir que por más que algunos se propongan decir todos solo para los varones, todas solo para las mujeres y todes para incluir a los varones y las mujeres, eso no va a funcionar mientras quienes lo intenten sigan siendo cuatro gatos trasnochados que creen que la igualdad de los sexos depende de las palabras.

En castellano el masculino incluye a los varones, pero también a los varones y a las mujeres en los sustantivos colectivos y en los plurales. Si digo la palabra ciudadanos puedo estar refiriéndome solo a varones o también a varones y mujeres; y si digo ciudadanas solo estoy hablando de mujeres. El problema de hablar o escribir en lenguaje inclusivo es que una vez que empezamos no podemos salir de la regla, y esa regla –dice la Real Academia– es imposible de cumplir. Si decimos “buenos días a todos y a todas” o “buenos días a todes” ya no podremos equivocarnos porque cada vez que digamos ciudadanos, o enfermos, o dentistas, o periodistas… nos estaremos refiriendo solo a un género y no a los dos; y cuando digamos animales o estudiantes estaremos incluyendo, seguramente sin pretenderlo, a los machos y las hembras, los varones y las mujeres.

Lo sorprendente de esta pretensión es que quienes la sostienen piensen que la a es femenina y la o masculina, y todavía más grave es que crean que la e es neutra y plural. Minusvaloran lo femenino quienes lo reducen a una letra. También el masculino, pero lamento comprobar que lo promueve un feminismo que cree que la igualdad consiste en parecerse a los varones.

La igualdad es una realidad muchísimo más importante que la a o la o, y en todo caso el modo de hablar deberá ser el que resulte de la evolución de esa igualdad y no al revés. La jueza no es más igual por no llamarse juez y el juez no es desigual por no llamarse juezo. La fiscal no es más igual por llamarse fiscala, ni la concejal por llamarse concejala, del mismo modo que no decimos fiscalos a los varones que ejercen ese cargo, ni criminalas a las mujeres que cometen crímenes… y podemos seguir así hasta el infinito.

Radiestesia

Dicen que está disminuyendo la venta de fuegos artificiales gracias a que por fin nos damos cuenta del sufrimiento que producen en las mascotas. Debería ponernos locos a nosotros –animales al fin– pero por el misterio de nuestra libertad hemos sido capaces de convertir el estruendo de los petardos en una diversión.


La sensibilidad de los animales es la sabiduría del instinto que los humanos perdimos por alejarnos de la naturaleza. Les hace prever cantidad de episodios que a nosotros se nos pasan de largo, como los meteorológicos. Los animales son capaces de prever esos fenómenos y también los terremotos o maremotos, porque están atentos a señales de la naturaleza. Dicen que no hay animales muertos en los tsunamis porque se ponen a salvo antes de que aparezca la ola que sí mata a los humanos. Lo mismo ocurre con los terremotos: si estuviéramos atentos por lo menos a las reacciones de los animales que tenemos más cerca, sabríamos qué nos quieren decir antes de un evento que nos puede afectar. Lo único que atinamos a hacer es buscar el celular para averiguar lo que está pasando, pero llegamos tarde porque en esas circunstancias lo primero que se pierde es la señal.

Oír y ver las cosas, las plantas y los animales, estar en contacto más directo con la naturaleza y leer sus señales es mucho más importante que estar atento al WhatsApp. Respetar la voz y los tiempos de la naturaleza es ecología en estado puro.

Se me ocurría este razonamiento después de reencontrarme con un viejo amigo zahorí. Zahoríes o rabdomantes son personas con radiestesia, que es la sensibilidad para percibir ciertos estímulos que emiten las cosas, como una corriente de agua o un mineral que están debajo de la tierra. Y me cuenta el zahorí que además es meteoro-sensible y que lo nota cuando hay inestabilidad atmosférica, truenos y relámpagos. Le pasa lo que a los perros o los gatos: se pone loco, no puede dormir y termina molido.

Se me ocurría que los humanos fuimos todos zahoríes cuando éramos un poco más animales, hasta que un día nos quisimos escapar de nuestra condición de seres finitos: de animales racionales, pero animales al fin. Quizá la nueva relación de la humanidad con los animales –esta cercanía con quienes nos acompañan en el Arca de Noé que es el Planeta– nos vuelta a todos zahoríes.

Género


Todo se complicó el día en que los españoles –los que hablan castellano en España– empezaron a llamar hombre al varón. Antes lo opuesto a mujer era varón, y mujeres y varones participábamos de la condición de hombres, de seres humanos quiero decir. Todavía es la primera acepción del Diccionario de la Real Academia, que dice que hombre es todo “ser animado racional, varón o mujer”... Y todavía sobrevive el viejo concepto hombre en dichos como el perro es el mejor amigo del hombre o en la liturgia de la Iglesia cuando dice fruto de la tierra y del trabajo del hombre.

Digo que todo se complicó porque lo que empezó con una confusión entre ser humano y varón nos está llevando a instalar al varón (no a la mujer) como concepto universal del humano y a confundir sexo con género. Sexo es aquel atributo con que nacemos y que nos hace a los hombres varones o mujeres, machos o hembras, como cualquier animal de la escala superior y salvo raras excepciones que la medicina intenta corregir. Género, en cambio, es una elaboración cultural que puede cambiar –y de hecho cambia– con el tiempo y en el espacio. La ideología de género nace de una confusión de conceptos bastante propia de nuestro tiempo: hay otros conceptos tanto o más importantes que el sexo y el género que también confundimos, por ignorancia y por manosearlos demasiado, hasta que termina dándonos lo mismo decir –y pensar– una cosa que otra y eso no es tan sano para nuestra inteligencia colectiva.

Y cuando se nos ocurrió llamar amor al sexo se fue todo al garete. El juego de la seducción, indispensable para que dos personas se conozcan y se amen, se convirtió en el juego del sexo. Nos volvimos más animales: nos atraemos y nos seducimos para tener sexo y no para amarnos. Y así devaluamos el amor, que es la fuerza más grande de la humanidad.

Aunque pueda ser la expresión más cabal del amor, el sexo no es amor sino algo que también hacen los animales, que no tienen ni idea de lo que es el amor entre los hombres, varones y mujeres.

La juntada anual de la SIP


Había decidido no ir. Ni en broma iba a gastar tiempo y dinero en asistir este año a la Asamblea Anual de la Sociedad Interamericana de la Prensa. Y el razonamiento era más o menos así: Voy a ver a los vejetes que hablan de las mismas cosas hace 75 años; unos veteranos que se desviven por la política interna de una asociación internacional de medios y periodistas, que intrigan por el poder efímero de la SIP como si estuvieran en el senado del imperio romano. Si a mí no me interesa nada esa política, ni ocupar esos cargos, ni tampoco elegirlos...

Pero fui, porque después de estas razonadas intelectuales aparecen las sentimentales, que al final pesan más que la sobrecarga de los veteranos hablando de lo mismo hace 75 años. La verdad es que tenía ganas de verlos porque resulta que son mis amigos. Será que ya soy veterano (mi periódico en la Argentina tiene casi 20 años más que la SIP y ha participado en gran parte de sus asambleas) y que al fin y al cabo me divierte pasar unos días de simpática camaradería con colegas de todo el continente, desde el estrecho de Bering hasta el canal de Beagle. Así que me fui a la ciudad de Salta, en el noroeste de la Argentina, un fin de semana con su viernes y su lunes.

Está claro que no me atraen las discusiones repetidas sobre el estado de la libertad de prensa en las Américas: informes país por país, algunos para celebrar y otros para lamentarse. Ni me atrae la política apolillada del asociacionismo. Tampoco me atraen los paneles y talleres sobre periodismo o tecnologías: nada que no sepamos… Eso es lo aburrido, lo de casi siempre.

Lo realmente bueno es la juntada de los amigos. Para que se entienda, la asamblea anual de la SIP es como un casamiento de cuatro días. El viernes cenamos en el patio del convento de San Francisco después de una función de la orquesta sinfónica de Salta, que tocó para nosotros. El almuerzo del sábado llegó con cata de vinos de los valles calchaquíes y cenamos –invitados por el gobernador y su linda mujer– en el club que conmemora la batalla de Salta y que para celebrarlo organiza un baile que se repite cada 20 de febrero hace 205 años. El domingo almorzamos en el Hotel Sheraton y cenamos en el antiguo cabildo de la ciudad, invitados esta vez por el intendente. El lunes ya estábamos agotados, pero igual todos nos animamos al fin de fiesta con el Presidente de la Nación y un asado monumental en el Salta Polo Club que terminó a las seis de la tarde…

Todos los años es lo mismo: digo que no voy y después voy. Pasa que empezamos a mandarnos mensajes entre nosotros: uno del Ecuador, otro de México y otro de Uruguay:

 –¿Vas a la SIP?

Cuando faltan varios meses, la respuesta es parecida:

 –No creo, tengo mucho trabajo, y va a ser lo mismo de siempre…

Pero cuando se acerca la fecha los mensajes cambian:

 –Vamos, va a estar buena...

Y terminamos los mismos de siempre echando risas en la Juntada Anual de la SIP.

Paraguay

A mediados de agosto de 2018 me tocó volver a Asunción después de unos cuantos años y a fines de septiembre gasté unos días entre Ayolas y San Cosme gracias a la magnífica hospitalidad de unos amigos. Debo aclarar que, como a todo habitante de Posadas, el Paraguay no me resulta extraño, pero me temo que a la mayoría de los posadeños y quizá de los misioneros, lo que no nos resulta extraño es la frontera, la cáscara del Paraguay periférico. Aclaro que viví y trabajé en Asunción en 2003 y que por eso estos dos viajes me sirvieron para reencontrarme con el Paraguay en toda su plenitud: la ciudad y el campo, el Paraguay profundo y el cosmopolita. Y de estas dos visitas tan seguidas me quedó una sola impresión, fuerte, de nuestra decadencia. Como botón bastaría con una sola realidad, muy palpable: el peaje de las rutas cuesta lo mismo que entonces.

No se entiende por qué razón, estando tan cerca como estamos, los misioneros compramos dólares cuando queremos sortear la inflación de nuestra moneda. Bastaría con pasar el puente para invertir nuestros ahorros en cualquiera de los cambistas de cartera de cuero que no preguntan nada y ofrecen guaraníes a precio de plaza. En estos quince años el guaraní ni siquiera ha sufrido la depreciación del dólar, tanto que quien hubiera invertido en guaraníes y no en dólares, hoy hubiera ganado más con los billetes del doctor Francia que con los de Benjamín Franklin.

Decía que el peaje (la moneda) es solo un botón de muestra. Si es de los que conoce apenas Encarnación, usted ya se dio cuenta: la ciudad progresó como ninguna. No solo llegó hasta la misma cabecera del puente con su mercado onda Ciudad del Este; además las salidas por momentos recuerdan a La Isla Morada del camino a Key West, en la Florida. No creo que sirva la comparación, porque tampoco creo que el parecido con ciudades de Estados Unidos sea lo ideal: es pura coincidencia, pero me temo que gracias a Netflix y la serie Bloodline hemos visto más La Isla Morada y el camino a Key West que los accesos a Encarnación. Con sus altibajos políticos, con sus casos de corrupción, con sus escándalos a cuestas, el Paraguay nos pasó el trapo hace rato. Ninguna de esas realidades supera a la corrupción, los escándalos y los altibajos políticos de la Argentina. En el viaje a Asunción se extraña todavía un buen acceso a la gran ciudad; en la ruta, en cambio, se perciben por fin los bypass de algunas localidades que hacen más llevadero el viaje, pero faltan unos cuantos. “Es cierto –observaba uno de mis compañeros de viaje– que en Paraguay hay menos infraestructura, pero también hay menos impuestos... y si hay que elegir, prefiero pagar menos impuestos”. Pienso igual: en la Argentina los impuestos están ahogando toda actividad formal y no se condice la devolución del estado con la presión asfixiante de la Afip.



En el último viaje visitamos algunas de las misiones del otro lado de la frontera. Trinidad, Jesús, San Cosme y San Damián, Santa Rosa, Santa María de Fe... están perfectamente atendidas por el Senatur (la Secretaría Nacional de Turismo), con gente amable, guías siempre bien dispuestos, ambiente limpio, ganas de atender a los turistas a la hora que sea... Cada una de las misiones está en perfecto estado (si es que eso se puede decir en el caso de algunas ruinas). Ya no hay ni rastros que aquella xenofobia que se percibía hace muchos años en el Paraguay, producto al fin y al cabo de una triste guerra de hace 150 años y de la asimetría que hoy está claramente a favor de ellos.

En 2003 me robaron el auto en Asunción, pero como podrían habérmelo robado en Posadas o en Buenos Aires (de hecho, en Posadas unos bandidos que toman café en nuestros bares, me habían ofrecido robármelo por unos buenos dólares que se sumarían a la indemnización del seguro por robo total). Como se imaginará, aquel robo –el de verdad– no fue una buena experiencia. Bueno: esta semana por causa de la lluvia que impedía entrar en el campo en un vehículo que no fuera 4x4, decidí dejar mi auto en una calle de Coronel Bogado y ahí lo encontré tal como lo dejé, más de un día después con sus dos noches.

Candelaria, Ricci y Bergoglio

La misión de la Nuestra Señora de la Candelaria había sido fundada por Roque González el 2 de febrero de 1628 en el actual territorio de Río Grande do Sul, pero diez años después no aguantaron más a los bandeirantes que atacaban las reducciones para llevarse los guaraníes a sus plantaciones; entonces se mudaron al Paraná, primero a la margen derecha y luego a la izquierda, cerca de la desembocadura del arroyo Igarupá. Allí está todavía lo que quedó de la antigua Candelaria, pegada a la nueva Candelaria que creció donde estaba asentado el pueblo. La iglesia y el colegio quedaron desiertos cuando se llevaron presos a los curas en junio de 1768. En 1940 la Dirección General de Servicios Penales compró por 40.000 pesos moneda nacional las 157 hectáreas de la estancia que contenía lo que quedaba de la antigua reducción. En 1943 el Estado Nacional encargó al Servicio Penitenciario Federal el cuidado de las ruinas (debían pensar que se podían escapar).


Resulta que cuando se fundaban nuestras misiones, moría en China Mateo Ricci, un jesuita que en estos días cobra especial relieve. Había nacido en Macerata (hoy Italia) en 1552 y murió en Pekín en 1610. Ricci era un bocho en aquella península renacentista. Uno de esos genios que sabían todo lo que se podía saber: matemático, geógrafo, astrónomo, filólogo, filósofo… que un buen día larga todo, se hace jesuita y se va a la China. Desde entonces dedicó su vida y su ciencia a cristianizar a los chinos. Pero Ricci no fue el primer misionero ni el primer jesuita que llegó a la China: desde la época de Marco Polo y detrás de los mercaderes venecianos y genoveses, llegaron algunos franciscanos que solo atinaron a intentar trasplantar el cristianismo, pero por más que lo intentaban no prendía en los chinos. Luego Francisco Javier y los primeros jesuitas llegaron a las costas de China en las naves de los comerciantes portugueses del siglo XVI. Pero fue Mateo Ricci el primero que se atrevió a entrar de verdad en la China con una audacia que nadie entendió en su tiempo: decidió adaptar el cristianismo a las costumbres, al modo de pensar y al lenguaje –vehículo del pensamiento al fin y al cabo– de los chinos. En cuanto llegó a Macao, Ricci se dio cuenta que tenía que cambiar su atuendo y su aspecto si quería entrar en el corazón y en la cabeza de los chinos y se convirtió en un sabio chino, una especie de mandarín. Pero resultó que algo puramente formal, que hoy nadie reprocharía, le valió la reprobación de sus contemporáneos que pensaban que estaba devaluando la fe.

Tanto China como nuestras Misiones fueron abandonadas por los jesuitas cuando una sombra misteriosa de la historia provocó su expulsión de los reinos de Portugal en 1759 y España en 1767 y luego su disolución por el Papa Clemente XIV en 1773.

Estoy seguro de que la historia de Francisco Javier y de Mateo Ricci ha ejercido una inmensa fascinación en generaciones de jesuitas y sin dudas en Jorge Bergoglio, el jesuita argentino que trabaja de Papa en el Vaticano y que está consiguiendo lo que no consiguieron ni Ricci ni Javier ni ninguno de los que lo precedieron en el intento.

El Papa, China y la Argentina

Pasó bastante inadvertido el 22 de septiembre de 2018 uno de los acontecimientos más fuertes en lo que va del siglo XXI. Estoy seguro de que uno de los hechos por los que va a ser recordado en la historia del mundo Jorge Bergoglio, el argentino más universal, a pesar de la necesidad de muchos de sus compatriotas de involucrarlo en sus peleítas de adolescentes inmaduros.


Resulta que después de años de negociaciones, la Santa Sede consiguió unir a la Iglesia Patriótica China con la Iglesia Católica Romana. Puede parecerle una exageración eso de que es uno de los acontecimientos del siglo XXI, entre otras cosas porque todavía falta el 82 % del siglo, pero por eso mismo se lo voy a tratar de explicar. Como temo que si lo intento con los que no conocieron el comunismo se me va a agotar este espacio y el de otros siete blogs, me conformo con aclarar para los millennials y post-millennials que el comunismo era una ideología que había cuando los más grandes éramos chicos y a esa ideología no le gustaban las religiones. Karl Marx, el inventor alemán de lo que terminó en comunismo gracias al ruso Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), describía las religiones como el opio de los pueblos. Es que para Marx la religión adormece a los ciudadanos y por tanto impide la revolución; ya se ve que tenía una concepción integrista de la religión, como la puede tener una persona que las juzgara conociendo sólo el fundamentalismo islámico.

Como Mao Zedong, el fundador comunista de la República Popular China, no lograba terminar con el cristianismo, se le ocurrió controlarlo. Fue así que en 1957 puso a la Iglesia Católica de China –eran apenas tres millones– bajo la órbita de la Administración Estatal de Asuntos Religiosos. A partir de 1957 si querías ser católico (no solo católico: hizo lo mismo con varias confesiones cristianas y no cristianas) tenías que ser de la llamada Asociación Patriótica Católica China. Esto no es una novedad, la Iglesia de Inglaterra, la de Suecia, la de Noruega, de Dinamarca, de Rusia, de Grecia, de Armenia y unas cuantas más… son iglesias cristianas separadas de Roma y dependientes, hace más o menos tiempo y de diversos modos, del poder político de esos países; en todos ellos la Iglesia Católica pasó por situaciones parecidas a las de la China contemporánea y no han resuelto todavía la cuestión –esencial en cualquier cristiano– de la unidad con san Pedro.

Fue así que casi todos los católicos chinos se pasaron a la Iglesia Patriótica, que conservó los templos, santuarios, catedrales y el resto de características de la Iglesia Católica, pero dejó de estar unida al Papa (Mao y sus sucesores podían tolerar el opio de los pueblos pero no que una autoridad extranjera se inmiscuyera, como creían, en los asuntos internos de China). Los católicos chinos que querían seguir unidos a Roma tenían que practicar en la clandestinidad y eso les podía costar la vida o la cárcel. No sé si porque los héroes son escasos o por estrategia, parece que la mayoría de los católicos le hicieron pito catalán al comunismo y siguieron practicando su religión en la onda patriótica pero cruzando los dedos, a la vez que los Papas recalcaban al mismo tiempo la ilicitud y también la validez de los sacramentos y del culto mientras se respetara la sucesión apostólica de los obispos, y a esa la respetaron a rajatabla. Fue así como en 60 años los católicos chinos pasaron de 3 a unos 20 millones.

El sábado 22 la Santa Sede y la República Popular China firmaron un acuerdo provisional que permite a la Iglesia Católica ejercer libremente su culto, y lo que es más sorprendente, se disuelve la Iglesia Patriótica que vuelve a ser la Católica de Roma. En el mismo documento el Papa reconoce a los obispos patrióticos y los recibe en la Iglesia, y pasan a depender de su autoridad los 20 millones de católicos de China con sus casi 5.000 templos entre catedrales, parroquias, capillas y santuarios. A partir de ahora los obispos serán propuestos por China y nombrados (o rechazados) por el Papa.

China –con un quinto de la población mundial, llamada a ser la primera potencia– le abrió las puertas a la Iglesia Católica. Las consecuencias de este hecho son imposibles de calcular, pero le aviso que no serán solo religiosas… y las provocó un argentino que trabaja de Papa en el Vaticano, mientras sus detractores vernáculos siguen enojados porque no hace lo que ellos quieren que haga, o no dice lo que ellos quieren que diga.

Tortuguitas en el asfalto

El título principal de un diario de Catamarca anunciaba que el concejo municipal había prohibido las tortuguitas en las calles de la ciudad. Curioso, me adentré en la noticia a ver qué era eso de prohibir unos animalitos inocentes, inofensivos y simpáticos en la vía pública de todo un valle. Ahí me enteré de que los lugareños llaman tortuguitas a las tachuelas que pone el municipio en el pavimento para reducir la velocidad de los vehículos.


Me dieron ganas de felicitarlos por el progreso intelectual colectivo inmenso que significa darse cuenta de que las tortuguitas, los lomos de burro, vigilantes acostados, chapas muertos, lomadas, túmulos o como se llamen, son una regresión a la época de las cavernas.

Supongo que la idea de llamar tortuguitas a las tachuelas que evitan que andemos rápido por las avenidas se debe a que parecen tortugas en fila, o quizá también porque los que las ponen son funcionarios lentos... No sé si son mejores o peores que las lomadas, pero me alcanza con que no me rompan la paciencia, además del auto, el día que me olvido de que están ahí; es que hay algunos imposibles de pasar con autos normales sin raspar su barriga.

Pero lo que me atormenta de las tortuguitas no es el auto roto: eso tiene arreglo. Lo terrible –tenebroso diría– es que se trata de la confirmación más palmaria de nuestra incapacidad por hacer cumplir las leyes. Las tortuguitas son la materialización de un razonamiento que podría enunciarse así:

La ley dice que hay que transitar a 30 kilómetros por hora. No tengo recursos legales para hacerte bajar la velocidad, así que si vienes a más de 10 km/h te rompo el tren delantero...

Sería como si en lugar de controlar la velocidad con un radar direccional, le tiraran con un misil antitanques al que viene más rápido de lo permitido; es la lógica de la época en que no había leyes y mandaba el más fuerte.

Imagínese por un rato las tortuguitas como lo que realmente son: baches, obstáculos que también nos hacen reducir la velocidad. Hacemos un pavimento perfecto para que los automóviles circulen cómodamente y después lo malogramos con un obstáculo para romper el tren delantero de un Hummer en Afganistán, del mismo modo que lo rompería un bache profundo de bordes bien filosos, producto del descuido de la autoridad. No se entiende para qué pavimentan las calles si después las destrozan con estos artefactos rompecoches.

Mejor y mucho más barato sería dejar las calles destruidas, que así vamos a ir todos despacito y nuestras ciudades recuperarán el encanto vintage de la época de la colonia.

Tomás

Cerca de las 11 de la noche del 14 de mayo de 2018, antes de llegar a Candelaria, un caballo que venía en sentido contrario por la autovía de la ruta 12 se metió adentro del Citroën C-Elysée blanco y flamante de Tomás Kikúe. Tomás y Chachi Horster volvían a Jardín América, como casi todos los lunes a la noche. Venían juntos a un curso de formación cristiana y muchas veces terminaban la jornada comiendo unas pizzas con amigos en el restaurante De Pipo de la avenida Lavalle y Santa Cruz de Posadas. Aquel lunes debían ser las diez y cuarto de la noche cuando Tomás se levantó de la mesa junto con Chachi para poner rumbo a Jardín. Solo había tomado gaseosa y algo de pizza. Los demás se quedaron conversando todavía un rato, hasta que los sorprendió el llamado de un oficial de policía desde el celular de Chachi.

El auto viajaba a 80 kilómetros por hora cuando el caballo apareció de frente, asustado, corriendo al lado del muro de separación. El golpazo fue brutal del lado del conductor, justo en la cabeza de Tomás, a la altura del ojo izquierdo. Fuera de control, el Citroën terminó destrozado en la banquina y el caballo cortado en dos pedazos. Cuando consiguieron sacar a Tomás del auto nadie daba nada por su vida, pero resistió y llegó vivo al Hospital Madariaga de Posadas. Los audios de la policía de aquella noche lo daban por muerto. Chachi, en cambio, tenía heridas menores producto de los vidrios del auto y del golpe, pero en el calor del accidente ni lo notaba.

Resistió dos meses enteros en coma inducido, primero en Emergencias y luego en Terapia Intensiva del Madariaga. Era el mejor lugar para un accidentado en ese estado en todo Misiones. El Madariaga tiene buena tecnología y buenos médicos, pero también hay caranchos por todos lados. La obra social se hizo la ñembo desde el primer momento y los caranchos revoloteaban alrededor de cada nuevo insumo, válvula, antibiótico o tratamiento más o menos complicado. El calvario no era solo para Tomás sino para su familia y sus amigos que hicieron todo lo que podían... y pudieron. El 1 de junio Tomás se despertó, pudo respirar y comer por sus propios medios; también hablar, pero eso no es tan importante para un japonés. Y siguió mejorando con altibajos hasta que el 14 de julio, justo dos meses después del accidente, le dieron el alta para que se vaya a su casa. Todos bailábamos.

Tomás era flaco, austero, trabajador y callado, como buen japonés. Había nacido el 21 de agosto de 1963 y dejó por primera vez el monte misionero cuando se fue a estudiar a La Plata, donde terminó la carrera de Contador. A poco de volver se decidió a buscar novia en modo japonés. Así encontró a Estela, que como Tomás era japonesa y quería tener muchos hijos, pero se tuvo que ir a buscarla al Paraguay. Tuvieron trece, tan japoneses como ellos y más misioneros que la mandioca. Sus padres –viven los dos– nacieron en Japón y emigraron a Misiones. Techan, el hijo menor, tiene seis años; el mayor, Leonardo, apenas 25. En Jardín todos conocen a los Kikúe, porque viven allí de lo que produce su chacra y su aserradero hace ya muchos años y porque Tomás era un hombre bueno, querido, amigo de todos. Ayudaba a quien se lo pidiera y te daba lo que tenía y lo que no tenía lo conseguía, aunque fuera con un cheque a fecha. Su afán por ayudar a todos lo llevó a candidatearse tres veces como Intendente de Jardín América (2007, 2011 y 2015). Aunque no se le notara de puro japonés, me consta que era cariñoso, gran amigo de sus amigos y de un humor muy sutil. También era un tipo feliz, quizá porque era un buen cristiano, transparente y generoso.

La alegría duró poco. El 24 de julio trajeron de nuevo a Tomás a Terapia Intensiva del Madariaga por una descompensación. La vuelta al hospital fue fatal. Además de luchar y superar una por una las secuelas del accidente, Tomás tuvo que pelear contra los virus intrahospitalarios que se le metieron en el cuerpo como unos alien implacables y lo fueron degradando hasta dejarlo indefenso. El martes pasado Tomás murió por efecto de una bacteria mutante de nombre imposible que resiste a los antibióticos y que entra en el cuerpo por los mismos medios que se usan para curar. El jueves lo enterramos en Jardín América. Todo el pueblo lo despidió al verlo pasar hacia el cementerio; y todos lloramos, pero nadie estaba triste.

La evolución del hielo


Hieleros se llamaban los que bajaban desde la cima del cerro con bloques de hielo para satisfacer las necesidades de frío de los aniñados de Riobamba. Todavía queda alguno, ya viejito, de esos esforzados que hasta hace poco subían con sus mulas a buscar los bloques de hielo que vendían en el mercado para enfriar alimentos, para hacer helados y hasta para que alguno de sus clientes se tome un whisky on the rocks con cubitos congelados hace 5.000 años a 6.000 metros de altura.

Un buen día se fue al demonio el negocio de los hieleros de Riobamba y de los que fabricaban hielo y lo vendían en todo el mundo. Ocurrió cuando apareció el refrigerador doméstico y no fue hace tanto tiempo. Entonces el hielo se vendía en barras de buen tamaño a casas de familia, bares y restaurantes que necesitaban enfriar alimentos o bebidas. ¿Qué hicieron entonces los fabricantes de hielo? ¿Cortaron la calle? ¿Quemaron llantas? ¿Marcharon enojados? Algunos habrán quebrado, otros se habrán reciclado a diferentes industrias y otros descubrieron que el negocio no era fabricar hielo sino frío y pusieron heladerías, venta de electrodomésticos, reparación de heladeras, ventiladores y aires acondicionados...

El mundo avanza, cambia, se recicla, da vueltas una y otra vez en esa espiral de círculos como un resorte porque siempre avanza y avanza para mejor, aunque no parezca. La humanidad evoluciona y nosotros con ella. El refrigerador terminó con los que vivían del hielo, pero la revolución de esta parte del siglo XXI es comparable a las que produjeron la rueda, el alfabeto, los números o la imprenta en la historia de la evolución humana. La intercomunicación y el acceso inmediato a toda la información posible cambia toda nuestra vida y a gran velocidad, pero sobre todo cambia la de las nuevas generaciones y agiganta la brecha entre los mayores y los menores. Y a los que ya consumimos la mitad de la pizza de la vida nos queda el inmenso desafío de evolucionar mientras disfrutamos de las porciones que nos quedan.

Lapacho negro

Asunción del Paraguay, 15 de agosto de 2018

Low-cost


El negocio se nos ocurrió a todos hace años: una línea aérea que abarate los billetes a fuerza de concentrarse en LLEVARNOS DE UN LUGAR A OTRO que es lo que realmente importa a los pasajeros... ¿qué necesidad hay de dar de comer porquerías? ¿para qué necesitamos tantas azafatas? ¿a quién se le ocurre cobrar el doble o el triple para sentarse media hora en un asiento un poco más cómodo o comerse un sanguchito miserable? ¿hace falta imprimir tarjetas de embarque, editar revistas para contar lo que ya se ve en las fotos, entretener a los pasajeros con películas estúpidas? ¿tienen que pagar lo mismo el que lleva tres maletones que el que viaja sólo con una mochilita?

Los que viajan en avión son más o menos el 7 % de los habitantes del mundo y son siempre los mismos. Como es lógico, este porcentaje aumenta en los países más avanzados y disminuye en la China o la India. Lo bueno es que alguien pensó que ese 7 % era una oportunidad y no una barrera para los negocios aerocomerciales. Mientras la industria pensaba que el único modo de estirar las ganancias era cobrar más caros los pasajes a fuerza de dar servicios que los pasajeros no necesitan, a un genio se le ocurrió que hay un mercado sin aprovechar en el 93 % de la población. La primera línea que explotó la idea es de 1949, pero recién en los 90, con la desregulación del mercado aeronáutico en Estados Unidos y Europa, aparecieron las empresas que revolucionaron el transporte aéreo de pasajeros.

Viajé esta semana en la línea de bajo costo que hace poco más de un mes une Posadas con Buenos Aires. No es la primera vez que uso una de estas líneas, pero sí fue la primera vez en la Argentina y confieso que nunca había caído en la cuenta de lo que vi esta semana. El pasaje cuesta lo que suele costar la gama más alta de un ómnibus de esos en los que me gusta viajar porque nada se compara con la paz de sentarse y olvidarse del mundo. Pero resulta que los que viajan en las líneas de bajo costo permiten viajar a gente que no viajaba, dan nuevas experiencias dignas de vivirse y amplían el mercado... Seguramente habrá alguna competencia con las líneas aéreas de servicio completo (así las llaman) y también con quienes viajan en las unidades premium de autobuses entre Posadas y Buenos Aires, pero estoy seguro de que esa competencia producirá también una revolución en las compañías de ómnibus y no le digo nada si vuelven los trenes. Por lo pronto los pasajeros premium de ómnibus son pasajeros de tierra, de esos que no quieren volar sencillamente porque no les gusta andar por el aire; pero además los aviones llegan solo a los aeropuertos y multiplican los pasajeros que –deberían saberlo las empresas de ómnibus– no viven en aeropuertos ni viajan para conocer aeropuertos. Confieso, además que en el avión aparecieron tipos humanos que jamás veía en estas situaciones, igual que las tripulaciones, que son unos críos desenfadados en todas las líneas low-cost.

Para balancear estas fortalezas hay una gran debilidad: aunque te dicen que llegás a Buenos Aires te dejan en una ciudad del partido de Morón en el oeste del Gran Buenos Aires. El avión aterriza con un golpe seco en la pista de hormigón de la base aérea de El Palomar y luego carretea por las arrugas del cemento armado de la pista que comparte el aeropuerto militar con el civil, gestionado no sé cómo por Aeropuertos Argentina 2000, con la infraestructura mínima indispensable: todo se perdona por el bajo costo. Pero el problema principal no es la infraestructura sino que El Palomar queda en ninguna parte. La base aérea está a una cuadra de la estación del ferrocarril San Martín que va de Retiro a Pilar, pero por obras en el recorrido, hasta mediados de 2019 los trenes circulan solo desde Pilar a Villa del Parque. Así que hay que gastar 150 pesos en un ómnibus directo a Retiro o unos 800 en un taxi al centro de Buenos Aires. Por suerte existe Uber, que nos llevó a dos personas por 367 pesitos.

Buenos Aires necesita con urgencia un aeropuerto bien comunicado con las redes de transporte público de la ciudad y con dos pistas que se puedan usar al mismo tiempo para duplicar su capacidad. El movimiento de aviones de Ezeiza y Aeroparque sumados no es nada comparado con cualquier aeropuerto de una capital del tamaño de Buenos Aires. Y nadie puede entender que para que funcionen las líneas de bajo costo tengamos que habilitar una base militar que no queda en ningún sitio.

El aborto y las vacas voladoras

Las leyes de la naturaleza se cumplen inexorablemente. Entre esas leyes están las que los hombres cumplimos sin que nadie las dicte, porque son tan naturales como la ley de la gravedad: nacer, morir, procrear, comer, dormir... No es delito no dormir, pero inténtelo y verá cómo la naturaleza le pasa la factura. Y tampoco hacen falta leyes para decirnos que está mal matar, robar o mentir, pero como, a diferencia del resto de la creación, somos libres y capaces de hacerlo en perjuicio de otros, sí hay leyes que sancionan el hurto, el homicidio y el fraude. Los juristas llaman mala per se (malos en sí mismos) a los delitos que no necesitan leyes para que sepamos que está mal cometerlos. Mala prohibita, en cambio, son los que son delito solo porque una ley lo establece, como el contrabando o pasar el semáforo en rojo.

Debo aclarar que esta es una visión naturalista y también judeo-cristiana. Hay quienes sostienen, por el contrario, que solo está mal lo que la ley dice que está mal. Pero esa teoría –bastante alemana, por cierto– llevó a la humanidad a desastres tan atroces como la Segunda Guerra Mundial: todo lo que hizo el nazismo, hasta el exterminio sistemático de los judíos, fue conforme a sus leyes. La humanidad pudo juzgar a los criminales de guerra nazis gracias a la ley natural, ya que ninguno de ellos incumplió las leyes alemanas de aquellos años; todo lo contrario: las cumplieron a rajatabla. Lo mismo se puede decir hoy de los crímenes del integrismo islámico del Daesh en todo el mundo, que ellos cometen seguros de cumplir fatuas: unas sentencias que dictan los muftís a favor de sus atrocidades.

Las leyes que no se cumplen entran en desuso y pierden valor aunque nadie las derogue y lo mismo pasa al revés, con las conductas que todo el mundo cumple aunque no haya una ley que nos obligue: como se ve, la costumbre es una fuente del derecho tanto o más importante que las leyes que nos dictamos los humanos. Fíjese en el caso de Viedma y Carmen de Patagones, que son la Capital Federal de la República Argentina desde que lo dispuso la ley 23.512, sancionada por el Congreso de la Nación el 27 de mayo de 1987.

Vayamos al grano: de hecho, y aunque las leyes todavía digan lo contrario, ninguna mujer que aborte es penada hoy en la Argentina a pesar de estar contemplado en el código penal con pena de prisión para la madre y mucho mas severas para quienes lo practiquen. Y estos días nos hemos enterado de los abortos que cometieron actrices y periodistas como si se hubieran tomado una cocacola. Todos, naturalistas y positivistas, sostienen que en cada caso de aborto voluntario hay suficientes atenuantes como para castigar además a la madre. Por suerte –y gracias a Dios– en nuestra cultura general y jurídica hoy entendemos que todo aborto voluntario involucra a dos víctimas: la madre embarazada y el hijo no nacido.

Pero una cosa es que no sea punible y otra cosa que se legalice y se lo convierta en un hecho tan banal como la extracción de una muela del juicio. El aborto no es un derecho, dijo vehemente Oscar Ojea, el presidente de la Conferencia Episcopal, y agregó: ¡es un drama! Quizá porque pienso igual, me atormenta que se discuta si podemos matar a nuestros semejantes como si un drama de la humanidad pudiera ser materia de discusión.

Ni la la minoría ruidosa ni la mayoría silenciosa tienen razón cuando pretenden legalizar el aborto o impedir su legalización por ser más o ser menos. Quiero decir que si todos votamos que las vacas vuelen, igual no van a volar y por eso me revuelve las tripas que unos y otros pongan sus ilusiones en los platillos de la balanza, a un lado y otro de una nueva grieta para dividir a los argentinos, gracias a la necesidad del gobierno de que nos olvidemos de otras grietas y de otras necesidades bastante urgentes, por cierto.

El sistema de mayorías y minorías, que sí rige en el momento de las elecciones o de la sanción de las leyes en el Congreso, no se puede aplicar a toda la vida republicana: no decidimos por ley que las vacas vuelen ni que a todos nos tenga que gustar el dulce de leche. Tampoco es posible decidir por una ley del Congreso que se puede matar a los argentinos más débiles.

Baobab

Palo borracho (ceiba insignis). Bella Vista, Buenos Aires, 20 de julio de 2018 

El aborto y las mayorías

Estoy en contra del asesinato de los más débiles, como todo el mundo. Si la vida empieza con la concepción, como establecen la constitución argentina, no deberíamos matar a los que están en en el vientre materno. Pero no es la ley la que me inclina a defender la vida de los no nacidos sino una íntima convicción impresa en mi propia naturaleza: me repugna tanto como comerme a mi perro o casarme con una jirafa. Si una ley estableciera que podemos asesinar, estaría equivocada y no se me ocurriría obedecerla, como tampoco acataría una ley que me obligara a vivir abajo del agua.

El aborto voluntario es una realidad y hay una cantidad inmensa de matices que deben ser tenidos en cuenta, tantos que debería haber una ley para cada caso concreto, pero eso no es tarea de los legisladores sino de los jueces, que son los que al final dirimirán la contradicción entre la Constitución Nacional y la ley que legalice la interrupción voluntaria del embarazo, que todos parece indicar que saldrá tarde o temprano.

Me resulta violento debatir sobre un tema que para mí tiene una claridad tan meridiana, como si discutiéramos si está bien o mal la antropofagia o la violación. Es evidente que hay gente que ve las
cosas de otro modo y defendería con mi vida su libertad de pensar lo que quieran, pero sigo creyendo que están equivocados.

Violenta mi conciencia que semejante controversia se resuelva como si fuera un partido de fútbol y que ponga a los argentinos una vez más a uno y otro lado de la grieta. Ante mi aparente indecisión unos y otros me insistieron para que me vista de verde o de azul, para que cambie la foto de perfil de mi cuenta de WhatsApp o para que asista a manifestaciones a favor o en contra de algo que no creo que deba resolverse por mayorías o minorías: las leyes de los hombres no pueden violentar las de la naturaleza: aunque el 100% de los votantes esté a favor de que las piedras vuelen, seguirán cayendo cada vez que las soltamos.

Hay cuestiones que sí se resuelven por mayorías o minorías, como quién debe gobernarnos, pero eso es una consecuencia y no el fundamento de la democracia. La democracia no es la imposición de las ideas de la mayoría sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Mientras no aprendamos este principio elemental, los argentinos seguiremos a los gritos en los dos lados de la grieta y volveremos a matarnos entre nosotros como lo hicimos desde la época de nuestra independencia y hasta un tiempo no tan lejano de nuestra historia.

Desarrollamos un sistema político que se vale de las libertades democráticas para imponernos unos sobre otros. Todavía ni se nos ocurre pensar que el acuerdo entre nosotros puede mejorar nuestra calidad de vida: nos parece muy avanzado legalizar el aborto pero no nos percatamos de que la discusión no partió de un acuerdo social sino de las necesidades rastreras de la política, del mismo modo que ocurrieron en la Argentina tantos episodios lamentables de nuestra historia: baste con recordar la guerra de las Malvinas, que en plena dictadura tenía el apoyo de la inmensa mayoría de la población.

No hay mal que por bien no venga, me podrán argumentar los que usan refranes para pensar, pero lo que violenta más mi conciencia es que quienes defienden una y otra posición mantienen la idea de que esto debe decidirse por mayorías y minorías. Se trata de debatir y de ganar y perder como en un partido de fútbol. Unos y otros intentan convencer a los indecisos y para eso quieren mostrar que son más en las plazas, en las avenidas, en las redes sociales y en el barullo de las hinchadas. La cosa parece decidirse como en la falta envido del truco: a todo o nada y gana el que tiene las mejores cartas. Poner las cosas en esos términos resulta tan primitivo como decidir con dos palitos si me caso no no me caso. Si todo el argumento que sostiene la realidad se esgrime por mayorías o minorías es tan débil una como otra posición: la mentira será verdad si tiene consenso y si los malos tienen mejores cartas serán los buenos.

Ni ricos ni pobres, estúpidos

Almorzábamos como unos duques en el club El Nogal de Bogotá con un viejo amigo y colega periodista. Nos presentaba a un abogado que podíamos necesitar para un negocio que nunca salió, así que al abogado lo conocí en el momento de presentarnos y solo lo vi una vez más en mi vida. No me acuerdo del nombre porque se me borró el contacto, del teléfono y del cerebro. Pero sí me acuerdo de una frase que desde entonces retumba en mi cabeza cada vez que meto la mano en el bolsillo, aunque sea para comprar chipa. La dijo cuando todos amagamos a pagar la cuenta y él ni se inmutó; solo se encogió de hombros y mientras nos rodeaba con la mirada nos lanzó: es que me he dado cuenta de que pagar empobrece...

Me acordé una vez más del abogado colombiano cuando leía en los diarios que los argentinos estamos recortando nuestros gastos. Resulta que es por culpa de la crisis: el aumento del gas, la luz, el agua, los impuestos, el combustible, la carne... los precios que suben en ascensor y los sueldos que van por la escalera. El dinero no alcanza para todo lo que antes alcanzaba y no queda más remedio que achicar los gastos: apagar luces; el aire acondicionado a 24 grados; ahorrar gas; usar menos el auto y más el colectivo y las zapatillas; cambiar de marca; apretar hasta el final la pasta de dientes y pegar el jabón que se termina con el que se empieza...

Ante esas noticias se me ocurría una pregunta que no tiene nada que ver con la política: ¿los que ahorran son los ricos o los pobres?


Aclaro que conozco a muchos pobres manirrotos y ningún rico que no sea amarrete, empezando por el abogado colombiano. Todas las historias de los ricos ricones cuentan sus hazañas de agarrados como las del Tío Patilludo del Pato Donald. Son proverbiales amarretes grandes ricos de la historia norteamericana como John P. Morgan, Henry Ford, Howard Hughes, Jean Paul Getty o John D. Rockefeller, pero mucho más encanto tienen los gestos ahorrativos de los ricos europeos, esos que dejan sus zapatos nuevos a sus criados para que se los ablanden pero luego los usan hasta que no dan más. La ropa buena pero bien gastada es un estándar del refinamiento en el viejo continente, igual que terminarse el plato de comida, cosa que para un americano es señal de pésima educación.

Como no hay mal que por bien no venga me preguntaba si no será hora de que aprendamos a cuidar la plata, porque los argentinos nos ganamos –y bien ganada– fama de tiradores de manteca al techo y fuimos muchos años por el camino del pródigo, ese que no lleva a ningún sitio.

Para eso es necesario que cuidemos el mango como quien valora lo que tiene y seguros de que si cuidamos lo chico vamos a cuidar también lo grande. El que cuida su dinero exige bien terminado el trabajo que paga; no le da lo mismo si las cosas están bien hechas o si están más o menos; exige que le cobren lo justo aunque signifique pelear por el vuelto de dos pesos; cuida la ropa para que dure hasta tres generaciones; guarda los restos de comida para el día siguiente, cuando es hasta más rica, y aprende a hacer budín de pan, buñuelos de arroz, tortilla de fideos y croquetas de ayer... La ley más importante de la cocina es la de Lavoisier: nada se pierde, todo se transforma.

Al final hay que convencerse de que los que malgastan la plata no son ni ricos ni pobres: son estúpidos.

Monarquías del siglo XXI


Se casaron en Windsor el príncipe Enrique de Gales y la actriz americana, mulata y divorciada, Meghan Markle; menos que eso le costó el trono a Eduardo VIII, pero por el nacimiento de tres hijos de su hermano mayor Harry está bastante lejos del trono del Reino Unido.

Salvo para los invitados que tenían que aportar un buen regalo, la boda real fue gratis para todo el mundo y el streaming andaba de diez. Es tal la popularidad de la corona británica que exprimen estos eventos al máximo porque saben que la aumentan, tanto que sus imágenes invaden todos los medios del mundo: es casi imposible sustraerse a la cantidad de material que llega a los medios, pero también al interés que despierta la magia de un matrimonio real en el siglo XXI. Y los que llevan la delantera no son los medios conservadores sino todo lo contrario: donde más explotan esos sueños es en la prensa popular, porque saben que el pueblo consume estas imágenes y estas historias como si fueran bananas con dulce de leche.

La monarquía puede parecer una antigüedad en el siglo XXI, pero no lo es. Tampoco es un resabio del autoritarismo de los monarcas que reinaron nuestra América durante todavía más años que las democracias republicanas: desde fines del siglo XV hasta principios del siglo XIX. Toda la independencia americana se gestó entre republicanos y monárquicos a quienes los próceres llamaban realistas: las guerras de nuestras independencias fueron entre americanos, que eran tan españoles como los virreyes que intentaban destronar. La independencia americana fue una reacción contra el despotismo de la corona española y no la necesidad de vivir libres de la autoridad materna. Y la última guerra contra una monarquía que pretendía expandirse a costa de nuestro territorio no fue contra España sino contra el Imperio del Brasil: por eso se llamaba Republicano el ejército que lo derrotó en Ituzaingó.

Hoy en el mundo hay 44 monarquías. El Reino Unido, España, Holanda, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Noruega, Luxemburgo, Andorra, Mónaco y el Vaticano están en Europa y son de los países más avanzados del planeta. Entre los países más ricos de Asia hay trece monarquías, de las que nueve son constitucionales y cuatro absolutas. Y en África quedan Marruecos, Lesoto y Suazilandia. Tonga es la única de Oceanía. Todo eso sin contar otros catorce países que reconocen al monarca del Reino Unido como su rey, entre los que están Canadá, Nueva Zelanda y Australia. En total suman 58 países los que en pleno siglo XXI reconocen a un rey o a una reina como soberanos y no son los últimos de la lista, sino que están entreverados entre los primeros.


Aunque quedan algunas monarquías absolutas, son las menos. También hay un par de monarquías electivas, como era electivo el trono del Sacro Imperio en la época de Carlos V. Las constitucionales son perfectamente compatibles con la democracia porque sus monarcas, con más o menos atribuciones, son los jefes del estado y no del gobierno. Y el gobierno sí que se rige por una constitución y unas leyes democráticas. Por eso los reyes constitucionales son más parecidos al himno o la bandera: símbolos patrios que hablan y sienten. Lo que nos choca en nuestra cultura igualitaria es que esa condición se rija por las leyes de la herencia. Por eso es curiosos que no nos choque el estilo dinástico de algunos gobiernos que se declaran muy democráticos y republicanos pero se instalan para siempre en el poder o se suceden en el gobierno entre maridos y mujeres, padres e hijos y hermanos entre sí. No hay que ir a Europa ni a una isla perdida del Pacífico para comprobarlo: basta acercarse hoy a las provincias de Santiago del Estero o San Luis en la Argentina, o hace pocos años a la Casa Rosada de Buenos Aires, donde dos presidentes fueron sucedidos por sus esposas. Y no le digo nada si repasamos los municipios de toda la Argentina, o los sindicatos...

No nos pongamos tan republicanos o modernos con las monarquías que subsisten en el mundo: casi todas ellas son bastante más modernas y democráticas que nosotros. Y si miramos para adentro vamos a ver que estamos rodeados de verdaderas monarquías absolutas enquistadas en una república que se declara muy democrática. Para que tengan magia quizá haya que ponerles corona y celebrar sus bodas como si fueran la del príncipe Harry y Meghan Markle.

La ley de la Taberna del Fotógrafo

Hace ya unos cuantos años se me ocurrió poner un restaurante en Buenos Aires. No era uno cualquiera sino uno vasco ya que mi socio era Sergio, del puerto de Pasajes, en Guipúzcoa. Estuvimos a punto de alquilar una casa entera en un lugar que sabíamos que se iba a poner de moda para la gastronomía de la ciudad. No le voy a contar el concepto porque todavía tengo esperanzas de realizarlo algún día y no quiero que me lo soplen.

Todo empezó durante una conversación con unos amigos periodistas/fotógrafos, él y ella, que un buen día se fueron a vivir a Irurita, en el valle del Baztán (Navarra) y se pusieron a cocinar. Así nació la Taberna del Fotógrafo, a la que había que llegar después de atravesar valles y Pirineos, casi en el límite de con Francia. Cuando les pregunté a Xabier y Maika cómo habían terminado allí, me explicaron con una sola voz que eso de dar de comer se lleva adentro. Se llama hospitalidad y es una pasión como cualquier otra.

La hospitalidad como pasión te lleva a recibir y dar de comer a todo el que quiera presentarse. No lo hacen un día cada tantos, como cualquier mortal, sino todos los días de sus vidas y mientras Dios les dé salud. “Si no tienes la pasión de la hospitalidad ni se te ocurra poner un restaurante” me dijo muy seria Maika.

Se me repite como un pimiento la frase de Maika en la cabeza cada vez que me atienden mal en un restaurante, pero no solo en un restaurante. No importa que le falte experiencia a una mesera que recién empieza a trabajar: si tiene la pasión de la hospitalidad sabrá suplir la bisoñez con esa pasión. Y a la vez, no hay experiencia que valga cuando no está la pasión, y por más bien ubicado y ambientado que sea el restaurante, si no hay pasión por la hospitalidad no tendrá éxito nunca. Los restaurantes son buenos por las ganas de sus dueños de hacer pasar un rato agradable y dar de comer cosas ricas a sus clientes. Y como en todo negocio rentable, las ganancias son lo de menos.

Además de la gastronomía hoy se incluye en la industria de la hospitalidad a la hotelería, los parques temáticos, los cruceros, las ferias, los casamientos y otros eventos por el estilo; también los servicios de transporte porque los usuarios/clientes son sus huéspedes el rato más o menos largo que pasan adentro del avión, del bus, del tren o del taxi... Sin embargo la mayoría de ellos están bien lejos de sentirse ni siquiera cerca de la hospitalidad mínima que requieren su industria y su profesión. No trabajan para el cliente –que les importa un rábano– sino para ellos mismos, y si pueden estafarlo, lo estafan. Piensan que así ganarán más dinero y se equivocan lejos.

La ley de la Taberna del Fotógrafo se cumple como la de la gravedad: les va mal a los que se centran en ganar dinero en lugar de concentrarse en la esencia de su negocio; y los que ganan dinero son los que se ocupan del negocio y no de ganar dinero... Y si además responde a una pasión, es la fórmula de la felicidad para el huésped, pero sobre todo para el anfitrión.

Taxis


Taxis, taxis, lo que se dice taxis, solo en Buenos Aires. Me refiero al concepto universal de taxi, el de cualquier lugar del mundo donde se sale a la calle, se estira el brazo y para un automóvil como la gente que cobra por el viaje según lo que marque el taxímetro. La corrupción de esta idea en gran parte de la Argentina tiene su historia, bastante parecida a la corrupción de muchas otras ideas que sí funcionan en el mundo pero no entre nosotros.

Un día de hace por lo menos cien años, los argentinos trajimos de Francia la voiture de remise (literalmente coche de envío) un auto que podíamos alquilar y usar como si fuera propio y con chauffeur uniformado que venía en el paquete. Se llamaba a la agencia y aparecía un pedazo de bote con un capitán de navío al volante que estaba a disposición el tiempo que hiciera falta. A nadie se le ocurría ir a una fiesta manejando, pero por elegancia y no por el control de alcoholemia que impuso la hipersensibilidad de fines del siglo pasado.

La voiture de remise se convirtió pronto en remise a secas (remís para los amigos) y con el tiempo alguien los reguló. Con el crecimiento de las ciudades y el achicamiento de los autos pulularon las agencias de remises. Hace unos 60 años eran autos on demand, de buen tamaño y con choferes de traje, bastante educados en el arte de manejar y en el de conversar. Pero los remises se siguieron achicando y los choferes perdiendo su compostura, hasta que la única diferencia entre el taxi y el remís fue que uno se llamaba por teléfono y el otro se paraba en la calle. La diferencia se diluyó, hasta llegar al caso absurdo de Córdoba, donde los taxis son amarillos y los remises verdes.

Al final, el único taxi que quedó dando vueltas por la ciudad a la pesca del cliente que estira el brazo fue el de Buenos Aires. Los taxistas del interior, desde la General Paz hasta Iguazú, consiguieron los mejores lugares del centro de las ciudades para estacionar a la espera de los clientes que los tienen que ir a buscar. Para colmo se agruparon para conseguir espacios en las mejores calles, ocuparon los más valiosos lugares de estacionamiento, también las calles de servicio y las playas de estacionamiento de aeropuertos, supermercados, estaciones, terminales de ómnibus y cuanto lugar público pudieron atropellar.

No fue el único logro de las mafias de los taxis. También consiguieron que bajaran las exigencias de sus prestaciones hasta llegar a los vehículos más chiquitos y baratos del mercado, cosa de gastar lo menos posible y cobrar lo más posible. El último logro del taxismo argentino –en esto no están solos– es el monopolio. Ellos y solo ellos están autorizados a llevar pasajeros en sus catraminas destartaladas. Para colmo no podemos elegir: hay que subirse al viene aunque no te guste o no quepas en él. Aprendí hace años que los buenos taxistas tienen autos buenos y a propósito elijo el que creo que me conviene, pero a costa de provocar siempre una tremenda batahola, entre ellos y conmigo en el medio.

En Posadas casi no hay taxis donde quepa una persona de buen tamaño, que tenga aire acondicionado y un conductor educado que además sepa manejar. Hay que llamarlo y siempre te toca un Fiat Uno diminuto, que no tiene ni manija para bajar la ventanilla ni aire acondicionado. El taxista llega cuando quiere y a los llamados a la central para reclamar, invariablemente contestan con una respuesta que no quiere decir nada: está llegando.

Colegio Nacional Nº 2


Terminé mi bachillerato en un colegio solo de varones en una época en que era lo más normal. No era privado ni exclusivo el Nacional Nº 2, Domingo Faustino Sarmiento de la calle Libertad, en Buenos Aires. Había colegios mixtos, públicos y privados, pero eran la excepción. Así que ahora imagínese las peleas que se organizaban en un colegio estatal de varones, con cuatro divisiones por curso y tres turnos por día. Aprendíamos todos a ser grandes en la escuela de la vida, a los golpes y a fuerza de tropezones, y el colegio no era más que otro escenario de nuestro aprendizaje, como el de todo el mundo.

En aquella época se decía te espero a la salida y bastaba. El motivo era lo de menos ya que pelear era un pasatiempo para ver quién manda en la manada, aunque sea por un rato. No existía entonces el bullying, ni el trastorno bipolar, ni el ADD, ni el TOC, ni otro invento del sentimentalismo desatado a finales de siglo. Había chupamedias, peleadores, tragas, fallutos, fanfarrones y los maricones no eran gays. Si cargábamos a alguno era porque se lo merecía. El que más sabía rara vez era el mejor compañero y los profesores eran tan permeables a los alcahuetes como ahora.

Una vez le di una trompada a uno de mi clase. Fue en un recreo y ni me acuerdo la razón. Sí me acuerdo que cayó al suelo tapándose la cara y se quedó como muerto. Hacía teatro futbolero, pero me pegué un buen susto porque fue adentro del colegio. Sabía que no lo había lastimado, pero bastaba con que dilatara su permanencia en el suelo para que lo viera un celador y yo no andaba bien de amonestaciones.

Todo eso ocurría cuando no existía el escudo protector de unos padres culposos. Los nuestros no iban nunca al colegio, ni siquiera el día que nos daban el diploma: cuando aparecía el aviso en el transparente había que ir a buscarlo a secretaría. No había fiesta de fin de año, ni viaje de egresados, ni acto solemne, ni nada, nunca. Tampoco feriados bobos, ni día del estudiante, ni estudiantinas, ni medallas para todo el mundo. El último día de clase era el último día de noviembre y si te he visto no me acuerdo. Después venían los exámenes en los que estábamos igual de solos que el resto del año.

Resulta que hoy cualquier pelea de colegiales es un drama, mucho más por la viralización de sus imágenes filmadas que por la pelea en sí. Lo que antes quedaba entre cuatro involucrados hoy parece el desembarco en Normandía. Para colmo le encontramos justificación a lo que sea con tal de mantener a rajatabla la inocencia mentirosa de los chicos. Nos creemos escandinavos, que tampoco tienen un pelo de inocentes, y castramos la libertad de aprender a los golpes, que es como mejor se aprende en todo el mundo.

Facebook no era gratis


George Orwell imaginaba en 1949 qué iba a ocurrir en 1984, pero en 1984 no pasó nada de lo que Orwell presagiaba... El título fue un error de Orwell, que de profeta no tenía ni un pelo, aunque hay que reconocer su efecto marquetinero antes de 1984. Quizá hubiera sido mejor titularla The Big Brother y no situar en el tiempo a 1984, que trata más de la tiranía de la mentira que del tirano que usa la tecnología para espiar a todo el mundo.

Y si Nicolás Maduro se parece cada día más a Zacarías, el dictador protagonista de El otoño del patriarca, Facebook se está pareciendo al Gran Hermano que vigilaba con su ojo omnipresente a todos los habitantes del país imaginario de Orwell. No es que nos hayamos enterado ahora de que Facebook podía saber de nosotros más que los que más nos quieren, pero resulta que caímos en la cuenta de que Facebook negociaba esos datos con quienes estuvieran dispuestos a pagarlos.

Descubrimos, al fin y al cabo, que Facebook votaba por nosotros a fuerza de conocer los datos que hasta sin querer vamos incluyendo en la red social, que también es propietaria de Instagram y de WhatsApp. No nos molestaba tanto que conocieran algunos de nuestros gustos porque nos gusta que nos pongan a mano lo que nos gusta. Es lo que hace Netflix cuando pretende que nos guste una película, o Booking cuando nos ofrece alojamiento en los lugares donde hemos estado, o una cadena de electrodomésticos que sabe que hemos comprado un lavarropas. Ni más ni menos que lo que nos ofrece un dependiente de cualquier tienda para completar nuestra compra, o las estanterías de un supermercado con mercadería expuesta en los lugares por donde saben que vamos a pasar con nuestras necesidades a cuestas.

Ahora es imposible saber si Trump ganó gracias a Facebook, entre otras cosas porque en la política cínica de hoy en día todo es posible, hasta reprochar a Hillary Clinton por haber sido ingenua y no pagar más a esa empresa o a otras para contrarrestar el efecto Facebook.

Nos gusta que nos pongan a mano lo que nos gusta, pero lo que no sabíamos es que podían cambiar nuestros gustos para que nos guste lo que otros quieren que nos guste. Siempre es mejor negocio cambiar los gustos de la gente que fabricar esas extravagancias que le gustan a la gente. Y se ganan montañas de dinero... o se ganan elecciones, que es lo que pasó con Facebook y una empresa inglesa, en Estados Unidos, el el Brexit británico y parece que en otros países. Ahora es imposible saber si Trump ganó gracias a Facebook, entre otras cosas porque en la política cínica de hoy en día todo es posible, hasta reprochar a Hillary Clinton por haber sido ingenua y no pagar más a esa empresa o a otras para contrarrestar el efecto Facebook.

Las audiencias aprenden de los medios. Es una vieja tesis que vale la pena tener en cuenta una vez más ahora mismo. Nadie nos va a explicar hoy cómo usar un libro o el diario porque aprendimos a hojearlos hace siglos, pero le aseguro que cuando alguien empezó a cortar los rollos de papel y encuadernar libros, nadie sabía cómo era eso de pasar páginas una detrás de otra. Las primeras películas de cine espantaban al público con filmaciones de lo más osadas, como una locomotora que se acercaba peligrosamente a la cámara. Hoy para espantar al público tenemos que inventar escenas que en la época de la locomotora hubiera terminado en suicidios colectivos. Y si a mi abuelito le hubieran anunciado que lo eligieron presidente de los Estados Unidos le habría dado un síncope, pero si se lo dicen a uno de sus tataranietos, pediría el Air Force One y empezaría a dar órdenes, porque vio 800 películas de presidentes de los Estados Unidos y sabe perfectamente cumplir su papel.

Veamos la positiva: la modernidad dura un instante y los presagios de Orwell son imposibles porque no se puede manipular ni a una generación. Eso es lo que va a pasar con Facebook y las redes sociales, pero mientras nosotros aprendemos hay unos vivos que se aprovechan de los que pensábamos que Facebook era gratis.

El sueldo de los obispos


Apareció en la agenda pública de la Argentina el tema de los sueldos de los obispos. Todo empezó en las redes sociales, después en los medios y finalmente, como si hubiera estado preparado, el Jefe de Gabinete Marcos Peña soltó en el Congreso que el aporte total a la Iglesia de este año será de 130.421.300 pesos y que mensualmente los obispos diocesanos reciben 46.800 pesos y los obispos auxiliares y jubilados cobran 40.950.

Entre unos y otros y sin contar los que residen en otros países (hay uno que trabaja de Papa en Roma) los obispos argentinos suman 130, pero además de ellos, hay otros sacerdotes y seminaristas que cobran sueldos, asignaciones y subvenciones, algunas contempladas en la cifra global y otras que salen del tesoro por otras cuentas que no mencionó Peña. Hay cantidad de actividades que realiza la Iglesia que son ayudadas por el estado, entre otros motivos porque le sale más barato y es más eficaz si las realiza la Iglesia: baste con mencionar el trabajo de Cáritas en todo el país. Además están las exenciones impositivas a unas cuantas actividades solidarias y de ayuda a los más necesitados, que realiza la Iglesia en cualquiera de sus organizaciones horizontales o verticales.

El artículo 2 de la Constitución Nacional establece que el Gobierno Federal sostiene el culto Católico Apostólico Romano. Está bien adelante, en la zona fundacional de la Constitución y es cierto también que el verbo sostener aplicado a unas ideas o una religión resulta ambiguo, ya que no implica estrictamente el sostenimiento económico. Lo curioso es que dice "el Gobierno Federal" y no "la Nación Argentina" que es lo que convierte a la Argentina un país no confesional: es su gobierno y no su pueblo el que sostiene el culto. Además, y por la misma razón, la Iglesia Católica es una persona jurídica pública necesaria como lo es el Estado Nacional, es decir que no se atiene a las normas habituales de las personas jurídicas privadas ni depende de una inscripción o rendición de cuentas ante la Inspección General de Justicia.

Nos guste o no, es la Ley Suprema de la Nación que rige desde 1853 y fue confirmada en 1994. Pero la cuestión del sostenimiento del culto es anterior, concretamente de 1822, cuando Bernardino Rivadavia confiscó a la Iglesia una cantidad inmensa de bienes: hospitales, orfanatos, asilos, cementerios, colegios, universidades... Y también se quedó con otros inmuebles que la Iglesia usufructuaba para mantener sus actividades. Ese proceso respondía a un principio regalista de la época que incluyó el estatuto civil el clero y se llamó desamortización. Si le restamos a la desamortización los sueldos y subvenciones de 200 años, da como resultado que Estado Nacional nunca devolvió ni el 1% de lo que le sacó a la Iglesia. Es decir que todo bien con dar al César lo que es del César, pero el César todavía le debe a Dios miles de millones.

Lo del sueldo además tiene un cariz político. El estado dejó sin rentas a curas y obispos al confiscarles todo posible sustento, pero a cambio les prometió mantenerlos. Terrible cosa porque el que te paga es siempre tu patrón, así que el sueldo de curas y obispos se convirtió en un modo de exigirles contrapartidas. La cuestión del sostenimiento pudo convertirse fácilmente –y de hecho se convirtió más de una vez en nuestra historia no tan lejana– en una pérdida de independencia para la Iglesia.

Los obispos deberían actuar antes de que la necesidad de distracción promueva el fin del pago de sus sueldos. Se trata, más que nada, de salvaguardar la libertad de la Iglesia para realizar sus tareas pastorales. Eso requiere el compromiso de los católicos de ocuparse de sumar anualmente los 130 millones y muchos más. Hoy es fácil incluirlo en las liquidaciones de impuestos como para que cada uno decida a quien aportar un porcentaje mínimo, que multiplicado por cientos de miles dará, sin tanto esfuerzo, la cantidad que el estado pasaría a la Iglesia para que lo distribuya como mejor le parezca. Es el viejo sistema alemán, que rige también hace unos años en España y en otros países europeos de cultura cristiana.