En los partidos de fútbol de mi infancia y adolescencia mis amigos futboleros elegían a los jugadores después de sortear los turnos al pan y queso. Los que armaban los cuadros avanzaban enfrentados y alternados -uno pan, el otro queso- un pié tras otro, dedos con talón, hasta que uno pisaba al otro: ese era el ganador. Por queso nunca gané ni perdí al panqueso: era el último al que elegían y para colmo fungible. Me cambiaban de equipo en mitad del partido y mentían que era para balancear fuerzas: los que perdían pedían un jugador a los que ganaban y ahí iba yo, como un desecho, del ganador al perdedor cuando ya me había encariñado con mi escuadra. Otras veces me mandaban al arco, a ver si hacía algo con las manos ya que era evidente que no tenía habilidad con las piernas. Ahí duraba hasta el primer gol que venía irremediable con el siguiente ataque contrario. Todavía me suenan los gritos de los defensores que habían dejado escapar al enemigo: "¡Salile, salile!" Era un colador...
Nunca entendí por qué era una obligación jugar al fútbol; en el colegio, en el barrio, entre mis amigos y con quien sea. Y veían fútbol en la televisión aunque fuera el partido de Sacachispas contra Sportivo Barrufaldi. En una época también íbamos los domingos a la cancha, casi siempre a ver a River o Boca. Mientras ellos miraban el partido yo me divertía con el espectáculo y surfeaba las avalanchas que ellos sufrían por estar distraídos con el fútbol (creo que no hay más avalanchas en las tribunas: ahora hacen olas).
Podía soportar casi todo de mis amigos futboleros, menos el llanto. Nunca entendí a los que se enfurecen cuando pierden. Y confieso y declaro solemne que estos tipos tan machos y aguerridos, calzados con zapatos de estoperoles y camisetas auriazules, lloraban como marranos cuando perdían y ni saludaban a sus vencedores. Nunca lo soporté y lo siento mucho por ellos, aunque sé que no lamentaron para nada que dejara las canchas para no presenciar semejante costumbre.
No entendía y no entiendo todavía a los malos perdedores y después de años de observación he descubierto que son también malos ganadores: cuando ganan se regodean más en la humillación del vencido que en la gloria de la propia victoria. Si en los deportes se gana y se pierde debería ser tan probable una cosa como la otra y supongo que se disfruta más del éxito cuando se ha conocido la derrota. Los que solo quieren ganar pretenden que los otros solo puedan perder y eso debe ser una injusticia.
Los malos perdedores son sátrapas monopólicos del deporte. Malos compañeros y nada caballeros. Ahora los veo por televisión vestidos de Boca o Ríver o de la Selección Nacional: señores grandes que hacen pucheritos hasta por salir segundos. Esos que dicen cosas como “nos sacaron a Rattin” o “me cortaron las piernas”.
Ninguno de mis amigos futboleros llegó a político conocido, pero supongo que unos cuantos, iguales o peores que ellos, cambiaron de deporte cuando el músculo no les dió para más. En la política o como funcionarios hacen lo mismo que hacían en la cancha cuando éramos chicos. Son malos perdedores y peores ganadores. Solo quieren ganar y no saben para qué. Y cuando pierden, dicen que ganaron y hasta se ríen del que los venció.
Libros regalados
Hurgaba en los estantes de libros usados de la librería El Río de San Isidro los sábados a la mañana cuando vivía por allí y compraba las novelas de a cinco, a muy buen precio y con descuento por cantidad. Un día apareció La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa. La buscaba hacía tantos siglos que ya la creía en el Cementerio de los Libros Olvidados. Todavía tiene el precio escrito con lápiz en la primera página: 14 pesos, una broma. Después de pagarlo le dije al librero que valía muchísimo más que el monto ridículo que acababa de entregarle. Se encogió de hombros como si no le importara regalar sus tesoros mejor guardados. Después pensé que si los libros tuvieran sentimientos preferirían fecundar una inteligencia a quedarse para siempre en el anaquel de una librería y que eso explicaba su baratura. Desde entonces trato de prestar o regalar los libros que duermen aburridos en los estantes de mi biblioteca. En las manos de alguien les doy la oportunidad de mejorar este mundo.
Esclavos de sus palabras
Algo genético, ancestral e impensado se coló de un modo misterioso en la política latinoamericana. Lo hizo como por ósmosis. ¿Será que se contagió porque los líderes de nuestros pueblos no se lavan las manos? ¿O es que lo que no se lavan es la boca? No lo sabemos, pero de repente apareció el insulto y se quedó con nosotros como una política de Estado: ahora lo que funciona es insultar al que esté adelante, sean militares, curas, periodistas, aborígenes o vecinos. Denigran lo que venga y en fila india de mayor a menor: a los comerciantes, a los empresarios, a los uruguayos, a los colombianos, a los artistas, a los árbitros, a los filósofos, a la universidad, a los profesores, a los judíos, a los españoles y a los gringos…, y no sigo porque se me agota la paciencia y me hierve la sangre, y a mí también me dan ganas de insultar a los que insultan y así caigo justo en lo que ellos quieren.
Tanto se ha colado la injuria en nuestro pueblo que me atrevo a afirmar que no tiene la culpa del contagio la falta de higiene ni la ósmosis sino el teléfono: esta gente se cuenta por línea directa a la noche cómo le fue con los insultos de ese día y después programa para el siguiente: “Mañana voy a ultrajar a los policías”, dice un mandatario malhablado de mil demonios a su colega boca sucia. “Perfecto, porque yo voy a vituperar a los embajadores de tal por cual”, le contesta el otro puteando en arameo.
Como el ejemplo cunde y ya es política de Estado internacional, los insultos se han impuesto desde el podio, el atril y el púlpito. Se insulta por televisión, por radio, por internet y hasta por megáfono. Se menta a la hermana y se carga a la madre y a la abuela y a toda la parentela incluyendo colaterales hasta el quinto grado de consanguinidad. Se mofan de tu cara y de tu estatura, se burlan de tus antepasados y se quedan tan tranquilos. Te calumnian, te maldicen y te denigran con palabras, como si las palabras no tuvieran valor ninguno.
Es que nuestros gobernantes se han vuelto nominalistas. Les da lo mismo decir una cosa por otra, total las palabras han perdido valor para ellos. Es igual mentir que decir la verdad y se han enmarañado en tal selva de fonemas que es indistinto decir bueno que malo, blanco que negro y rico que pobre. Pobres son ellos, de solemnidad intelectual, porque ni siquiera saben el aforismo elemental que dice que el hombre –el ser humano– es esclavo de sus palabras y señor de su silencio. Cuando abren la boca y salen sapos y culebras van encadenando su futuro y como los ciega la soberbia y jamás retroceden, arreglan un insulto con otro peor, como el tonto que se golpea la cabeza para olvidarse de que lo que le duele es el pie.
Y así estamos. Como el ejemplo cunde y los ignorantes se multiplican, aparecen maleducados por doquier. Total las palabras tienen entidad y es igual mentir que decir la verdad.
¿De quién es la culpa cuando un débil mental injuria a sus semejantes? De los que le dan mal ejemplo insultando todos los días a los que tienen más cerca. Pero eso no es nada: lo que están haciendo los gobernantes que instauran el insulto como política de Estado es crispar a nuestras sociedades hasta límites de los que no se vuelve. Si no saben que son esclavos de lo que dicen, tampoco saben que se cosecha lo que se siembra y que a las palabras no se las lleva el viento: forman una bola de nieve –de mierda, con perdón– que crece hasta tornarse inllevable y aplastar al que las pronuncia.
No hay que graduarse en ninguna universidad para saberlo, que estas cosas se aprenden en la casa. Por eso decíamos en la mía cuando éramos chicos y nos tirábamos con miguitas de pan: "así empezó la Segunda Guerra Mundial".
Tanto se ha colado la injuria en nuestro pueblo que me atrevo a afirmar que no tiene la culpa del contagio la falta de higiene ni la ósmosis sino el teléfono: esta gente se cuenta por línea directa a la noche cómo le fue con los insultos de ese día y después programa para el siguiente: “Mañana voy a ultrajar a los policías”, dice un mandatario malhablado de mil demonios a su colega boca sucia. “Perfecto, porque yo voy a vituperar a los embajadores de tal por cual”, le contesta el otro puteando en arameo.
Como el ejemplo cunde y ya es política de Estado internacional, los insultos se han impuesto desde el podio, el atril y el púlpito. Se insulta por televisión, por radio, por internet y hasta por megáfono. Se menta a la hermana y se carga a la madre y a la abuela y a toda la parentela incluyendo colaterales hasta el quinto grado de consanguinidad. Se mofan de tu cara y de tu estatura, se burlan de tus antepasados y se quedan tan tranquilos. Te calumnian, te maldicen y te denigran con palabras, como si las palabras no tuvieran valor ninguno.
Es que nuestros gobernantes se han vuelto nominalistas. Les da lo mismo decir una cosa por otra, total las palabras han perdido valor para ellos. Es igual mentir que decir la verdad y se han enmarañado en tal selva de fonemas que es indistinto decir bueno que malo, blanco que negro y rico que pobre. Pobres son ellos, de solemnidad intelectual, porque ni siquiera saben el aforismo elemental que dice que el hombre –el ser humano– es esclavo de sus palabras y señor de su silencio. Cuando abren la boca y salen sapos y culebras van encadenando su futuro y como los ciega la soberbia y jamás retroceden, arreglan un insulto con otro peor, como el tonto que se golpea la cabeza para olvidarse de que lo que le duele es el pie.
Y así estamos. Como el ejemplo cunde y los ignorantes se multiplican, aparecen maleducados por doquier. Total las palabras tienen entidad y es igual mentir que decir la verdad.
¿De quién es la culpa cuando un débil mental injuria a sus semejantes? De los que le dan mal ejemplo insultando todos los días a los que tienen más cerca. Pero eso no es nada: lo que están haciendo los gobernantes que instauran el insulto como política de Estado es crispar a nuestras sociedades hasta límites de los que no se vuelve. Si no saben que son esclavos de lo que dicen, tampoco saben que se cosecha lo que se siembra y que a las palabras no se las lleva el viento: forman una bola de nieve –de mierda, con perdón– que crece hasta tornarse inllevable y aplastar al que las pronuncia.
No hay que graduarse en ninguna universidad para saberlo, que estas cosas se aprenden en la casa. Por eso decíamos en la mía cuando éramos chicos y nos tirábamos con miguitas de pan: "así empezó la Segunda Guerra Mundial".
Reunión de traficantes
Me gusta la idea de una patria sudamericana, grande, libre y hermosa; desarrollada, culta, amable y trascendente. Y amante erótica de la naturaleza. Y respetuosa y hospitalaria con todos los habitantes del mundo, con sus creencias y sus culturas y con quienes habitaron este suelo antes de venir mis abuelos a mezclarse y formar este pueblo variopinto, mestizo y caótico que ama con pasión y no gasta un segundo en el odio a sus semejantes. Me enamora una patria sudamericana tal como la soñaron nuestros libertadores y sueño yo también con que un día se hará realidad.
Como soy optimista, veo muchas veces señales súper interesantes en la política exterior de nuestros gobiernos. Pero tengo que confesar que tantas veces como me alegro por los avances, me desaliento a causa de los desencuentros. Y entonces espero que alguna vez las cosas empiecen a avanzar a buen paso: será cuando los avances superen a los retrocesos en este plan de unión de nuestra América mestiza.
Con todas estas advertencias me dispuse a ver por televisión la reunión extraordinaria de presidentes de la Unión de América del Sur. Confieso que me di un atracón de presidentes y descubrí que la televisión no es solo buena para los partidos de fútbol, las recetas de cocina o las películas nostálgicas. En algún momento me imaginé lo que hubiera ocurrido si se televisaba en vivo y en directo a Bolívar y San Martín en la primera Cumbre Sudamericana del 26 de julio de 1822 en Guayaquil: quizá se parecieran a los de ahora, peleando cada uno por sus ideales cuando la patria era inmensa y el enemigo vivía en un palacio de Madrid. A propósito, y ya que estamos, creo que Guayaquil debería reivindicar para sí la condición de primera sede de una cumbre americana y obligar en el conteo a agregar ese número a las que van contabilizadas.
Vi y oí los discursos y discusiones en el Hotel Llao Llao de Bariloche con una ansiedad desconocida. No me importaron esta vez las diferencias porque sé que tiene que haberlas. Lo único que me preocupó es caer en la cuenta de que quien divide a nuestra América es la droga que se consume en Estados Unidos y Europa. Mientras una mercancía tan pequeña valga tan cara, esto seguirá siendo un berenjenal. Y mientras quienes sufren el flagelo del consumo sigan atacando el tráfico, lo único que harán es aumentar el precio y mejorar el negocio de los traficantes: No se evitan las muertes persiguiendo al fabricante de ataúdes.
Pero eso no es nada y además es casi un lugar común: Resulta que también descubro que los países grandes y perfectos, donde se consume casi toda la droga que se produce en nuestro suelo, fabrican y venden armas eficacísimas para matarse los seres humanos, sobre todo nosotros, los que estamos lejos de ellos… y aquí no quiero nombrar a los países sudamericanos más ricos, que venden armas a sus hermanos más pobres. Si al final aquella discusión de Bariloche parecía una reunión de angelitos con traficantes de drogas y de armas, entreverados por momentos y a ratos distanciados; y que cada cual se ponga el sayo que le quepa, que no estoy yo para sastre de trajes a medida. Fue entonces cuando me pregunté con un nudo en la garganta si no hay nada más urgente en nuestra América querida.
Otra realidad terrible que percibí mientras oía los chistes con segundas intenciones, las guiñadas de ojo y los cuchicheos esporádicos: nadie está dispuesto a hacer ni medio milímetro de lo que exige a su vecino. Y eso no debe ser así. Todos somos celosos para que nadie se meta en nuestros asuntos y todos nos metemos en los asuntos ajenos ¡Vaya canallada! Todos queremos que nos acepten como somos, y maldecimos al mundo porque los demás no son como queremos ¿Estamos locos? Todos queremos imponer nuestras ideas después de decir a los gritos que respetamos las ajenas ¡Muy mal!
Pasarán. Los gobiernos y las personas pasarán como pasaron los que nos precedieron y como pasaremos nosotros. Un día nuestros presidentes de hoy serán un mal o un buen recuerdo. Unos tendrán monumentos y otros una calle periférica en la Ciudad del Olvido. Nuestros países, en cambio, seguirán. Y seguirán cada día más unidos a pesar de sus diferencias. Necesitamos conversar entre nosotros y educar a nuestros pueblos. Lo demás vendrá solo.
Como soy optimista, veo muchas veces señales súper interesantes en la política exterior de nuestros gobiernos. Pero tengo que confesar que tantas veces como me alegro por los avances, me desaliento a causa de los desencuentros. Y entonces espero que alguna vez las cosas empiecen a avanzar a buen paso: será cuando los avances superen a los retrocesos en este plan de unión de nuestra América mestiza.
Con todas estas advertencias me dispuse a ver por televisión la reunión extraordinaria de presidentes de la Unión de América del Sur. Confieso que me di un atracón de presidentes y descubrí que la televisión no es solo buena para los partidos de fútbol, las recetas de cocina o las películas nostálgicas. En algún momento me imaginé lo que hubiera ocurrido si se televisaba en vivo y en directo a Bolívar y San Martín en la primera Cumbre Sudamericana del 26 de julio de 1822 en Guayaquil: quizá se parecieran a los de ahora, peleando cada uno por sus ideales cuando la patria era inmensa y el enemigo vivía en un palacio de Madrid. A propósito, y ya que estamos, creo que Guayaquil debería reivindicar para sí la condición de primera sede de una cumbre americana y obligar en el conteo a agregar ese número a las que van contabilizadas.
Vi y oí los discursos y discusiones en el Hotel Llao Llao de Bariloche con una ansiedad desconocida. No me importaron esta vez las diferencias porque sé que tiene que haberlas. Lo único que me preocupó es caer en la cuenta de que quien divide a nuestra América es la droga que se consume en Estados Unidos y Europa. Mientras una mercancía tan pequeña valga tan cara, esto seguirá siendo un berenjenal. Y mientras quienes sufren el flagelo del consumo sigan atacando el tráfico, lo único que harán es aumentar el precio y mejorar el negocio de los traficantes: No se evitan las muertes persiguiendo al fabricante de ataúdes.
Pero eso no es nada y además es casi un lugar común: Resulta que también descubro que los países grandes y perfectos, donde se consume casi toda la droga que se produce en nuestro suelo, fabrican y venden armas eficacísimas para matarse los seres humanos, sobre todo nosotros, los que estamos lejos de ellos… y aquí no quiero nombrar a los países sudamericanos más ricos, que venden armas a sus hermanos más pobres. Si al final aquella discusión de Bariloche parecía una reunión de angelitos con traficantes de drogas y de armas, entreverados por momentos y a ratos distanciados; y que cada cual se ponga el sayo que le quepa, que no estoy yo para sastre de trajes a medida. Fue entonces cuando me pregunté con un nudo en la garganta si no hay nada más urgente en nuestra América querida.
Otra realidad terrible que percibí mientras oía los chistes con segundas intenciones, las guiñadas de ojo y los cuchicheos esporádicos: nadie está dispuesto a hacer ni medio milímetro de lo que exige a su vecino. Y eso no debe ser así. Todos somos celosos para que nadie se meta en nuestros asuntos y todos nos metemos en los asuntos ajenos ¡Vaya canallada! Todos queremos que nos acepten como somos, y maldecimos al mundo porque los demás no son como queremos ¿Estamos locos? Todos queremos imponer nuestras ideas después de decir a los gritos que respetamos las ajenas ¡Muy mal!
Pasarán. Los gobiernos y las personas pasarán como pasaron los que nos precedieron y como pasaremos nosotros. Un día nuestros presidentes de hoy serán un mal o un buen recuerdo. Unos tendrán monumentos y otros una calle periférica en la Ciudad del Olvido. Nuestros países, en cambio, seguirán. Y seguirán cada día más unidos a pesar de sus diferencias. Necesitamos conversar entre nosotros y educar a nuestros pueblos. Lo demás vendrá solo.
Examen
La muerte de Federico Peltzer, que era más pariente de mi padre por sus madres que por el apellido que compartían, me hizo acordar de mi examen de Economía Política. No sería difícil conseguir la fecha ni el nombre del profesor, de los que no me acuerdo. De la nota sí que me acuerdo.
Habíamos cursado la materia en épocas locas de la Argentina y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Ahora sé que épocas locas son casi todas las que viví, pero en aquellos años teníamos esperanzas, aunque pasábamos a los ponchazos de la izquierda montonera a la derecha legionaria. Nos acostumbramos a las asambleas y al gas lacrimógeno y a los tiroteos y a las bombas. Un día en el bar de la planta baja repartieron armas a muchos de los presentes. A José, que tomaba una coca conmigo, lo llamaron para preguntarle que hacía con ese facho.
Rendimos Economía Política con Ricardo, un uruguayo que estudiaba en Buenos Aires porque en Montevideo las cosas andaban también complicadas. La mesa estaba convocada en el Instituto, que controlaba aquella cátedra: un entrepiso al que se accedía desde el pasillo sur de la planta principal, casi llegando al hall de pasos perdidos que da a las vías de Retiro.
La sala estaba llena de estudiantes alrededor de una mesa grande. El tribunal se había instalado a un lado, sobre un estradito en el que había una mesa más chica. En la pared de sus espaldas presidía la sala un gran mapa de la República Argentina. Nos sentamos en un banco corrido, dando la espalda a la pared lateral, a mitad de la sala. De vez en cuando hacíamos comentarios, pero nos habremos puesto cargosos porque el profesor que presidía el tribunal nos miraba de vez en cuando. Entonces nos callábamos un rato. Pero volvíamos a la charla alentados por algún error del que rendía en ese momento o para contestarnos antes entre nosotros, como en los concursos de la televisión. Los exámenes orales en la facultad eran una amansadora, pero agradezco al Cielo haber ligado más de la mitad del alfabeto antes de mi apellido, porque aprendí más oyendo exámenes que en las clases o en los libros.
¡Peltzer, haga el favor de callarse! me gritó ya cansado el profesor canoso, colorado y regordete. Y dijo algunas cosas más sobre el respeto a los profesores y estudiantes que sonaban a bochazo inminente: ahora debía enfrentarme a un profesor enojado que para colmo había hecho gala de conocerme, aunque era la primera vez que lo veía.
Subí al cadalso poco después del altercado. No tuve ni tiempo de pedir perdón ni de rezar mis últimas oraciones. En cuanto me senté, aquel hombrecito me contó que gracias a mi padre acababa de ganar un juicio descomunal... A mi padre el camarista civil que había fallado a favor de su cliente en una causa complicada. Supongo que habrá dicho que el mérito era suyo y todas esas cosas que dicen los mandapartes, pero no lo recuerdo. Si, en cambio, recuerdo que expresó su amistad con Federico -mi padre, el juez- y también que hablaba con una seguridad absoluta sobre mi filiación. Intenté con timidez aclarar el error, pero el verdugo se había vuelto tan verborrágico que no me dejaba meter ni un monosílabo. Lo dejé seguir, con vértigo de muerte, hasta que nos abocamos a la ejecución.
Me señaló entonces el mapa a sus espaldas. “Si la línea de la oferta va de Salta a Bahía Blanca y la de la demanda va de Misiones a Neuquén, ¿dónde queda el precio?” preguntó. “En Córdoba” contesté y me puso un nueve.
Supongo que el punto que falta para el diez fue la penitencia por hablar con Ricardo, porque el examen fue impecable. Con el tiempo averigüé que uno de los hijos de Federico -que mi padre llamaba Marcelo- tiene mi edad y que esos Peltzer de Adrogué, aunque sean parientes lejanos, se nos parecen bastante a los de San Isidro. En la esquela de La Nación veo dos varones que deben tener más o menos mi edad, Federico y Juan Francisco: a uno de ellos le debo toda la Economía Política. A Marcelo, mi tío, lo conocí muchos años después en Posadas, cuando vino a presentar Aquel sagrado suelo.
Habíamos cursado la materia en épocas locas de la Argentina y de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Ahora sé que épocas locas son casi todas las que viví, pero en aquellos años teníamos esperanzas, aunque pasábamos a los ponchazos de la izquierda montonera a la derecha legionaria. Nos acostumbramos a las asambleas y al gas lacrimógeno y a los tiroteos y a las bombas. Un día en el bar de la planta baja repartieron armas a muchos de los presentes. A José, que tomaba una coca conmigo, lo llamaron para preguntarle que hacía con ese facho.
Rendimos Economía Política con Ricardo, un uruguayo que estudiaba en Buenos Aires porque en Montevideo las cosas andaban también complicadas. La mesa estaba convocada en el Instituto, que controlaba aquella cátedra: un entrepiso al que se accedía desde el pasillo sur de la planta principal, casi llegando al hall de pasos perdidos que da a las vías de Retiro.
La sala estaba llena de estudiantes alrededor de una mesa grande. El tribunal se había instalado a un lado, sobre un estradito en el que había una mesa más chica. En la pared de sus espaldas presidía la sala un gran mapa de la República Argentina. Nos sentamos en un banco corrido, dando la espalda a la pared lateral, a mitad de la sala. De vez en cuando hacíamos comentarios, pero nos habremos puesto cargosos porque el profesor que presidía el tribunal nos miraba de vez en cuando. Entonces nos callábamos un rato. Pero volvíamos a la charla alentados por algún error del que rendía en ese momento o para contestarnos antes entre nosotros, como en los concursos de la televisión. Los exámenes orales en la facultad eran una amansadora, pero agradezco al Cielo haber ligado más de la mitad del alfabeto antes de mi apellido, porque aprendí más oyendo exámenes que en las clases o en los libros.
¡Peltzer, haga el favor de callarse! me gritó ya cansado el profesor canoso, colorado y regordete. Y dijo algunas cosas más sobre el respeto a los profesores y estudiantes que sonaban a bochazo inminente: ahora debía enfrentarme a un profesor enojado que para colmo había hecho gala de conocerme, aunque era la primera vez que lo veía.
Subí al cadalso poco después del altercado. No tuve ni tiempo de pedir perdón ni de rezar mis últimas oraciones. En cuanto me senté, aquel hombrecito me contó que gracias a mi padre acababa de ganar un juicio descomunal... A mi padre el camarista civil que había fallado a favor de su cliente en una causa complicada. Supongo que habrá dicho que el mérito era suyo y todas esas cosas que dicen los mandapartes, pero no lo recuerdo. Si, en cambio, recuerdo que expresó su amistad con Federico -mi padre, el juez- y también que hablaba con una seguridad absoluta sobre mi filiación. Intenté con timidez aclarar el error, pero el verdugo se había vuelto tan verborrágico que no me dejaba meter ni un monosílabo. Lo dejé seguir, con vértigo de muerte, hasta que nos abocamos a la ejecución.
Me señaló entonces el mapa a sus espaldas. “Si la línea de la oferta va de Salta a Bahía Blanca y la de la demanda va de Misiones a Neuquén, ¿dónde queda el precio?” preguntó. “En Córdoba” contesté y me puso un nueve.
Supongo que el punto que falta para el diez fue la penitencia por hablar con Ricardo, porque el examen fue impecable. Con el tiempo averigüé que uno de los hijos de Federico -que mi padre llamaba Marcelo- tiene mi edad y que esos Peltzer de Adrogué, aunque sean parientes lejanos, se nos parecen bastante a los de San Isidro. En la esquela de La Nación veo dos varones que deben tener más o menos mi edad, Federico y Juan Francisco: a uno de ellos le debo toda la Economía Política. A Marcelo, mi tío, lo conocí muchos años después en Posadas, cuando vino a presentar Aquel sagrado suelo.
El rey
Aquel día me puse un traje con chaleco. Lo odiaba porque es para barrigones: tienen que quedar muy justos para lucirlos y yo era un flaco escopeta al que toda la ropa le quedaba grande. Tenía clase en los sótanos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. No había materia ni profesor más aburridos y entonces nadie se imaginaba que alguna vez aquel abogado cordobés de apellido gallego y hablar soporífero llegaría a presidente de la Nación.
Pero no me había puesto traje por el derecho procesal. Esos días estaba en Buenos Aires el rey de España y aquella mañana le regalarían el título de doctor en nada. Un honoris causa de cortesía y para que me lo des también a mí, supongo. El chaleco aquel no me debía quedar tan mal porque entré por la puerta grande, la de las columnas dóricas monumentales al final de la escalinata y las puertas musolinianas que dan al inmenso hall de pasos perdidos. Entré como Pancho por su casa hasta el salón de actos, el del cuadro de la fundación de la universidad en la iglesia de San Ignacio. Me senté en la misma butaca de pana colorada en la que había esperado el número 605 que me tocó el día de mi examen de ingreso, cuando rendí toda la historia universal sobre aquel escenario, debajo de Martín Rodríguez y Antonio Sáenz.
En la investidura el rector se afanó con mismos y vuestros como una azafata de Aerolíneas Argentinas. Después, una voz militar leyó el acta policial que estampaba el doctorado a su majestad por sus méritos sobrados en busca de la paz y la concordia de los pueblos. Luego el rey pronunció su clase magistral, preparada por el bueno de Víctor Francés. Al final se anunciaron unos sanguchitos en la sala de profesores. Era hora de dejar a los próceres en su rutina oficial, pero al salir me topé con el director del Instituto de Cultura Hispánica, amigo de mis padres. “-¡Gonzalo!”, me llamó “¡qué suerte que te veo!” y me explicó que durante los días de la visita real preparaba temas de conversación para no quedar mudo ante su majestad. Y que uno de esos temas había sido mi abuelo el general y mi madre que vive en la Argentina desde su matrimonio con mi padre. Mi abuelo había sido director de la academia militar de Zaragoza en tiempos del príncipe cadete, que se refugiaba seguido en casa del general para escapar a ciertos amontonamientos molestos de la vida militar.
Me aleccionó en el protocolo real y en la sala de profesores me presentó a su majestad, que tenía curitas en dos o tres dedos de las manos por jugar al squash y no por los flippers de palacio, según me contó después. Creo que hice todo bien porque el rey en persona me presentó a su mujer “-ven que te voy a presentar a la reina” justo cuando le traían un libro de visitas ilustres que sus majestades firmaron como Juan Carlos, Rey y Sofía, Reina.
Cuando el rector de la Universidad decidió con audacia que había llegado el momento de mostrar el edificio al nuevo doctor, solo le señaló el camino. Los reyes se pusieron en marcha hacia la puerta que da al este y por tanto al vestíbulo y al otro gran hall de pasos perdidos, el que mira las vías de Retiro. Esas salas estaban mugrientas y llenas de estudiantes, incluida la Campesina Rusa. Los demás señorones los seguían detrás con los hombros encogidos de espanto. Se me ocurrió entonces que un estudiante sería buen guía por aquel edificio peronista. Así que me acerqué y les pregunté qué les gustaría conocer, con la aclaración presuntuosa de que nadie conocía ese edificio como yo. “Lo que tú digas” contestó don Juan Carlos y le contesté que los llevaría a mi clase.
Así fue como un día entré en mi clase de derecho procesal con un rey de cada lado y se los presenté a Fernando de la Rúa y al resto de mis compañeros.
Pero no me había puesto traje por el derecho procesal. Esos días estaba en Buenos Aires el rey de España y aquella mañana le regalarían el título de doctor en nada. Un honoris causa de cortesía y para que me lo des también a mí, supongo. El chaleco aquel no me debía quedar tan mal porque entré por la puerta grande, la de las columnas dóricas monumentales al final de la escalinata y las puertas musolinianas que dan al inmenso hall de pasos perdidos. Entré como Pancho por su casa hasta el salón de actos, el del cuadro de la fundación de la universidad en la iglesia de San Ignacio. Me senté en la misma butaca de pana colorada en la que había esperado el número 605 que me tocó el día de mi examen de ingreso, cuando rendí toda la historia universal sobre aquel escenario, debajo de Martín Rodríguez y Antonio Sáenz.
En la investidura el rector se afanó con mismos y vuestros como una azafata de Aerolíneas Argentinas. Después, una voz militar leyó el acta policial que estampaba el doctorado a su majestad por sus méritos sobrados en busca de la paz y la concordia de los pueblos. Luego el rey pronunció su clase magistral, preparada por el bueno de Víctor Francés. Al final se anunciaron unos sanguchitos en la sala de profesores. Era hora de dejar a los próceres en su rutina oficial, pero al salir me topé con el director del Instituto de Cultura Hispánica, amigo de mis padres. “-¡Gonzalo!”, me llamó “¡qué suerte que te veo!” y me explicó que durante los días de la visita real preparaba temas de conversación para no quedar mudo ante su majestad. Y que uno de esos temas había sido mi abuelo el general y mi madre que vive en la Argentina desde su matrimonio con mi padre. Mi abuelo había sido director de la academia militar de Zaragoza en tiempos del príncipe cadete, que se refugiaba seguido en casa del general para escapar a ciertos amontonamientos molestos de la vida militar.
Me aleccionó en el protocolo real y en la sala de profesores me presentó a su majestad, que tenía curitas en dos o tres dedos de las manos por jugar al squash y no por los flippers de palacio, según me contó después. Creo que hice todo bien porque el rey en persona me presentó a su mujer “-ven que te voy a presentar a la reina” justo cuando le traían un libro de visitas ilustres que sus majestades firmaron como Juan Carlos, Rey y Sofía, Reina.Cuando el rector de la Universidad decidió con audacia que había llegado el momento de mostrar el edificio al nuevo doctor, solo le señaló el camino. Los reyes se pusieron en marcha hacia la puerta que da al este y por tanto al vestíbulo y al otro gran hall de pasos perdidos, el que mira las vías de Retiro. Esas salas estaban mugrientas y llenas de estudiantes, incluida la Campesina Rusa. Los demás señorones los seguían detrás con los hombros encogidos de espanto. Se me ocurrió entonces que un estudiante sería buen guía por aquel edificio peronista. Así que me acerqué y les pregunté qué les gustaría conocer, con la aclaración presuntuosa de que nadie conocía ese edificio como yo. “Lo que tú digas” contestó don Juan Carlos y le contesté que los llevaría a mi clase.
Así fue como un día entré en mi clase de derecho procesal con un rey de cada lado y se los presenté a Fernando de la Rúa y al resto de mis compañeros.
La hermana mayora
En el interior del Paraguay piensan en guaraní y dicen que por eso feminizan mayora y menora, sobre todo a las hermanas o a los hijos que tienen esa condición: "-aquí viene la mayora, que está para cumplir los quinces años" dice la madre (con toda lógica si nos oye decir madre superiora y hojas verdes). Y también llaman tambora al tambor, pero cuando lo busqué en el diccionario me entero de que, como casi siempre ocurre, en el campo hablan castellano rabioso.
Esta gripe me enferma
En todos los aeropuertos latinoamericanos hay una monjita. A veces dos, o más todavía. En el de Buenos Aires, además, siempre hay un rabino. Bueno, yo les digo rabino, con respeto y admiración, a los judíos de traje y sombrero negros y camisa blanca y ya sé que son Lubavitch. Pero ni las monjitas ni los lubavitches se salvaron esta vez de la gripe porcina, la que se nos pegó del chancho y justo en algún lugar de México por estricta casualidad. En seguida unos castigaron a México y otros a los cerdos, que también son inocentes.
Llevo unas semanas de aviones y aeropuertos y la cosa está muy pesada. Las lindas azafatas de mostrador se han vuelto cirujanas, con barbijo y guantes y un bolígrafo para extraer apéndices y cambiar válvulas del corazón de los pasajeros. Los changarines y emplasticadores de maletas se convirtieron en bandidos asaltantes de diligencias. En la Argentina, para mantener nuestro estilo nacional, casi ningún empleado del aeropuerto tiene puesto el barbijo donde debe ser: lo llevan en el cuello, como los motoqueros llevan el casco ensartado en el brazo por la visera. Y hacen con los ojos muecas de “¡lo que tenemos que aguantar!”
Siempre hubo que rellenar un par de formularios de esos en los que hay que encajar el nombre en cuatro casilleros y el sexo en diecisiete: preguntan si uno piensa atentar contra el vicepresidente de la nación o si trae un oso polar entre sus pertenencias. Ahora han sumado otro en el que hay que consignar si le duelen los ojos, si ha sentido escalofríos adentro de los huesos y si se ha estado besando con extraños. No deben creer una palabra de la declaración jurada porque después miden la temperatura con un rayo infrarrojo de esos para encontrar vietcongs en la oscuridad. Y preguntan en qué asiento viajó y el número de celular, por las dudas haya que guardarlo en cuarentena en la Isla de los Estados.
La gripe porcina ha complicado los viajes, pero no tanto como la estupidez colectiva. Ha conseguido exacerbar la histeria generalizada de los habitantes de los aeropuertos, de los comunicólogos estupidizados y de los imbéciles consuetudinarios. Ahora sabemos que lo que se dice gripe -sin adjetivos ni nacionalidades- mata a 36.000 norteamericanos por año... sin contar a los chinos de la China o indios de la India que mueren con la misma gripe que nos toca a todos y que algunos pasan de pié sin más curas que un poco de paracetamol.
“Durará lo que dure en los informativos” leí de ojito en la contratapa de La Vanguardia en el aeropuerto de Barcelona. Dice el doctor entrevistado -un tal Amiguet- que esta gripe es más benigna de lo que imaginaba en un principio, que está resultando suave, poco contagiosa y poco peligrosa. Los cientos de miles de muertos anuales por gripe no merecen ni un segundo de televisión ni un titular de periódico, ni siquiera en Internet; pero ésta, justo ésta, merece que nos alarmen por la televisión los presidentes, reyes y primeros ministros. Y termina pidiendo que utilicemos el circuito neuronal de la razón y el sentido común humanos y que bloqueemos el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales.
¿Habrá algún negocio detrás? Seguro, pero no son los fabricantes de barbijos o los laboratorios: esos aprovechan la volada como los vendedores de paraguas bailan cuando llueve. El negocio de la gripe no es la medicina sino la anestesia, pero la anestesia colectiva, la que duerme al pueblo. Si hay un tema en la agenda informativa que tapa los escándalos y la corrupción hay que inflarlo como un globo aerostático. Desde entonces sospecho que los funcionarios que hablan de mucho de la gripe mexicana están desviando la atención al cerdo. Y ya se sabe que la culpa no es del chancho.
Llevo unas semanas de aviones y aeropuertos y la cosa está muy pesada. Las lindas azafatas de mostrador se han vuelto cirujanas, con barbijo y guantes y un bolígrafo para extraer apéndices y cambiar válvulas del corazón de los pasajeros. Los changarines y emplasticadores de maletas se convirtieron en bandidos asaltantes de diligencias. En la Argentina, para mantener nuestro estilo nacional, casi ningún empleado del aeropuerto tiene puesto el barbijo donde debe ser: lo llevan en el cuello, como los motoqueros llevan el casco ensartado en el brazo por la visera. Y hacen con los ojos muecas de “¡lo que tenemos que aguantar!”
La gripe porcina ha complicado los viajes, pero no tanto como la estupidez colectiva. Ha conseguido exacerbar la histeria generalizada de los habitantes de los aeropuertos, de los comunicólogos estupidizados y de los imbéciles consuetudinarios. Ahora sabemos que lo que se dice gripe -sin adjetivos ni nacionalidades- mata a 36.000 norteamericanos por año... sin contar a los chinos de la China o indios de la India que mueren con la misma gripe que nos toca a todos y que algunos pasan de pié sin más curas que un poco de paracetamol.
“Durará lo que dure en los informativos” leí de ojito en la contratapa de La Vanguardia en el aeropuerto de Barcelona. Dice el doctor entrevistado -un tal Amiguet- que esta gripe es más benigna de lo que imaginaba en un principio, que está resultando suave, poco contagiosa y poco peligrosa. Los cientos de miles de muertos anuales por gripe no merecen ni un segundo de televisión ni un titular de periódico, ni siquiera en Internet; pero ésta, justo ésta, merece que nos alarmen por la televisión los presidentes, reyes y primeros ministros. Y termina pidiendo que utilicemos el circuito neuronal de la razón y el sentido común humanos y que bloqueemos el centro neuronal del miedo que compartimos con los animales.
¿Habrá algún negocio detrás? Seguro, pero no son los fabricantes de barbijos o los laboratorios: esos aprovechan la volada como los vendedores de paraguas bailan cuando llueve. El negocio de la gripe no es la medicina sino la anestesia, pero la anestesia colectiva, la que duerme al pueblo. Si hay un tema en la agenda informativa que tapa los escándalos y la corrupción hay que inflarlo como un globo aerostático. Desde entonces sospecho que los funcionarios que hablan de mucho de la gripe mexicana están desviando la atención al cerdo. Y ya se sabe que la culpa no es del chancho.
Darwinion
Debe haber pocos lugares en el mundo con una geografía tan borgeana como el Barrio Parque Aguirre de San Isidro. Las calles circulares se cruzan hasta dos o tres veces entre sí o se vuelven tangentes, sin casi molestarse. Forman un laberinto en el que pocos saben cómo encontrar una casa o salir del barrio y los taxistas no quieren entrar, asustados por las horas que perderán buscando la avendia Libertador. A la noche hay que usar las piedritas de Hansel y Grettel...
Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo art deco que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.
Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.
Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de El viaje del Beagle. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.
Un dentista de urgencias me aseguró una vez que mi generación era la última con muelas del juicio: los más jóvenes ya vienen si ellas. Justo a mi me había tocado ser la bisagra de este cambio fenomenal en la especie humana que hace dos millones de años necesitaba más muelas que ahora para desgarrar mamuts. Maldije la manía de meterse en medio del proceso: si nos hubieran dejado evolucionar tranquilos, como a los armadillos en sus pastizales, me libraba de la escabechina en cuatro ocasiones.
Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del pet-shop de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.
Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.
Pero hay un lugar que solo se encuentra cuando uno ya está perdido: un pequeño palacio estilo art deco que nadie sabe qué hace allí. Una pesadilla para todos, pero en especial para mi madre que lo tenía por templo de una religión extraña, potenciado el misterio por la sombra pesada de las tipas y las plantas salvajes que lo rodean. En el portal unas letrotas apretadas de palo seco dicen DARWINION.
Años después Marcelo Vázquez -un amigo biólogo con quien compartimos república cuando éramos estudiantes- trabajó en el Darwinion. Entonces supe que aquello era un instituto de botánica. Después de graduarse, Marcelo investigó allí unos ficus y la avispita que los fecunda. Viajaba a la selva vestido de Indiana Jones con una ballesta de Guillermo Tell que le permitía bajar las ramas de los árboles para llevarse muestras a su herbario. Esos árboles inmensos solo pueden reproducirse si el insecto preciso que le corresponde -ninguna otra especie ni género- anida en su fruto. Por eso, me explicaba Marcelo, no se reproducen los gomeros gigantes de Buenos Aires, los que mandó traer Sarmiento de la India: las avispitas no resisten el desarraigo y se quedan en la India o se mueren por el estrés del viaje.
Volví a encontrarme con Charles Darwin en las islas Galápagos hace unos pocos días, entre el vaivén materno de las olas y el arrullo abrigado del motor: los barcos son máquinas perfectas de dormir. En mi equipaje llevaba una edición antigua de El viaje del Beagle. Se cumplían 200 años, casi día por día, de su nacimiento y el de su mellizo Abraham Lincoln. En nuestro Beagle con GPS y yaccuzi viajaban también dos matrimonios argentinos, de la casi desconocida localidad de Punta Alta. Desconocida para todo el mundo menos para Darwin, que descubrió allí más fósiles que en ningún otro sitio de su jornada alrededor del mundo: le sorprendía comparar los armadillos vivos con los gliptodontes desenterrados en la ría de Bahía Blanca. Coincidencias de la vida porque aquellos paisanos no tenían ni idea del parentesco darwiniano de las islas con su pueblo.
Un dentista de urgencias me aseguró una vez que mi generación era la última con muelas del juicio: los más jóvenes ya vienen si ellas. Justo a mi me había tocado ser la bisagra de este cambio fenomenal en la especie humana que hace dos millones de años necesitaba más muelas que ahora para desgarrar mamuts. Maldije la manía de meterse en medio del proceso: si nos hubieran dejado evolucionar tranquilos, como a los armadillos en sus pastizales, me libraba de la escabechina en cuatro ocasiones.Con las tortugas de las islas pasa lo mismo porque crecieron a sus anchas sin las ansiedades humanas. Son las mismas del pet-shop de la esquina, pero grandes y pesadas como un becerro. Estoy seguro de que si las alimentamos unos 400 años, las de Santiago del Estero se ponen como un caballo. Por cierto, en España llamaban galápagos a las tortugas antes de que aparecieran por allí los romanos y así le dicen también a una montura tan incómoda como un carapacho.
Unos exploradores que recorrían la isla Pinta en 1972 notaron que se movían los palosantos y así se encontraron con George, sobreviviente de la subespecie aislada hacía miles de siglos y extinguida por culpa de las cabras que alguien llevó allí cuando se cansó de comer tortuga. Se lo llevaron a la reserva de Puerto Ayora, en Santa Cruz, a ver si se reproducía con unas amigas de otra subespecie que le presentaron. Cada vez que las hembras ponen huevos hay que esperar a ver si el Solitario George hizo bien su parte: hasta hoy parece que ni las toca y eso que tiene apenas unos 120 años. Quizá sea porque también le tocó la bisagra de la evolución y las tortugas que le arriman se le antojan armadillos.
Hurto famélico
Un fin de semana largo del invierno de 1967 nos fuimos de campamento a la quinta Canale de Bella Vista. Seríamos cinco o seis, de unos trece años. No curtíamos de boy scouts, pero lo éramos y de la patrulla de los Bisontes de la tropa de La Lucila. La moda entonces y creo que también ahora consistía en parecer zaparrastrosos y mal entrazados. Ninguno de nosotros tenía pinta de explorador y no usábamos, jamás, el uniforme.
Pero aquel fin de semana había que ganar puntos y por eso decidimos hacer algo. No teníamos un peso, así que nos aprovisionamos en nuestras casas según un plan bastante bien trazado para resistir en las carpas en Bella Vista y jugar a las cartas y cocinar polenta y hacer alguna tropelía por los alrededores y volver victoriosos para enrostrar a los Zorros quiénes eran los mejores. Entonces yo era el jefe de la patrulla por renuncia de mi antecesor.
Viajamos en tren. Primero el Mitre hasta Retiro y luego el San Martín hasta Bella Vista, que entonces se llamaba Teniente General Pablo Ricchieri. Desde allí caminamos varios kilómetros hasta la quinta, que quedaba un trecho largo después de pasar la calle Gaspar Campos, en medio del campo, como su nombre lo indica. Era una chacra de la familia Canale que el dueño prestaba para campamentos, igual que la chacra Gallardo o algún regimiento de Campo de Mayo. Hacía un frío de pelarse: como en todos los campamentos de invierno lo difícil era pasar la noche en una tienda con el olor arrugado y húmedo de meses de desván.
Cuando nos levantamos al día siguiente, entre la bruma congelada de la madrugada y el olor concentrado de pis de vaca, descubrimos que los chanchos de don Canale nos habían comido nuestras provisiones. Habían lamido los platos y las ollas como un lavadero a presión. No nos quedaba ni plata ni comida y había que aguantar hasta el domingo a la tarde si no queríamos perder los puntos ni caer en el ridículo absoluto. Así que nos organizamos como la banda de Jesse James y caímos sobre el pueblo de Bella Vista...
Había que conseguir, por los medios que fuera, algo para comer esos días. Valía todo porque la necesidad lo exigía, pero lo suyo era mendigar a los almaceneros alguna prepizza, arroz, fideos o leche que nos permitiera subsitir. Nos dispersamos al entrar al pueblo y nos volvimos a encontrar en la estación a una hora señalada para volver al campamento con lo que consiguiéramos. Todos, menos Jorge Fernández Alonso, nos dedicamos con esmero a robar cosillas de almacenes, quioscos y supermercados. Nada de polenta: chocolates, mantecol, latas de paté, sardinas... y ropa. Nos probamos remeras y nos las llevamos puestas. Jorge -a quien llamábamos Frito- se hizo amigo de un almacenero que le dio de comer en su casa y lo llenó de regalos. Allí fuimos con nuestro botín a recoger más vituallas.
Después aprendí lo que era el hurto famélico. En la Facultad de Derecho y en la estación Retiro de Buenos Aires.
Un día de 1971 volvía en tren de San Isidro a Buenos Aires bastante tarde. El hambre y las ganas de comer un buen pebete de jamón y queso se juntaron de repente, así que me senté en el banco de los grandes de un bar alargado del gran hall de la estación Retiro. Gente de la noche tomaba grapas o ginebras y hablaría de fútbol o de mujeres o de carreras de caballos con la curiosa experiencia sabelotodo de los porteños, siempre lista para nunca decir que no sabe y que tampoco tiene la culpa. Cuando me trajeron mi cocacola y mi sándwich, un chiquito que no había visto se lo llevó como un relámpago. Mi propia distracción me apartó del cuidado de la botella que se tomó su hermanita, despreocupada y lo más campante, mientras caminaba para el otro lado.
Bien hecho. Por las remeras de Bella Vista.
Pero aquel fin de semana había que ganar puntos y por eso decidimos hacer algo. No teníamos un peso, así que nos aprovisionamos en nuestras casas según un plan bastante bien trazado para resistir en las carpas en Bella Vista y jugar a las cartas y cocinar polenta y hacer alguna tropelía por los alrededores y volver victoriosos para enrostrar a los Zorros quiénes eran los mejores. Entonces yo era el jefe de la patrulla por renuncia de mi antecesor.
Viajamos en tren. Primero el Mitre hasta Retiro y luego el San Martín hasta Bella Vista, que entonces se llamaba Teniente General Pablo Ricchieri. Desde allí caminamos varios kilómetros hasta la quinta, que quedaba un trecho largo después de pasar la calle Gaspar Campos, en medio del campo, como su nombre lo indica. Era una chacra de la familia Canale que el dueño prestaba para campamentos, igual que la chacra Gallardo o algún regimiento de Campo de Mayo. Hacía un frío de pelarse: como en todos los campamentos de invierno lo difícil era pasar la noche en una tienda con el olor arrugado y húmedo de meses de desván.
Cuando nos levantamos al día siguiente, entre la bruma congelada de la madrugada y el olor concentrado de pis de vaca, descubrimos que los chanchos de don Canale nos habían comido nuestras provisiones. Habían lamido los platos y las ollas como un lavadero a presión. No nos quedaba ni plata ni comida y había que aguantar hasta el domingo a la tarde si no queríamos perder los puntos ni caer en el ridículo absoluto. Así que nos organizamos como la banda de Jesse James y caímos sobre el pueblo de Bella Vista...
Había que conseguir, por los medios que fuera, algo para comer esos días. Valía todo porque la necesidad lo exigía, pero lo suyo era mendigar a los almaceneros alguna prepizza, arroz, fideos o leche que nos permitiera subsitir. Nos dispersamos al entrar al pueblo y nos volvimos a encontrar en la estación a una hora señalada para volver al campamento con lo que consiguiéramos. Todos, menos Jorge Fernández Alonso, nos dedicamos con esmero a robar cosillas de almacenes, quioscos y supermercados. Nada de polenta: chocolates, mantecol, latas de paté, sardinas... y ropa. Nos probamos remeras y nos las llevamos puestas. Jorge -a quien llamábamos Frito- se hizo amigo de un almacenero que le dio de comer en su casa y lo llenó de regalos. Allí fuimos con nuestro botín a recoger más vituallas.
Después aprendí lo que era el hurto famélico. En la Facultad de Derecho y en la estación Retiro de Buenos Aires.
Un día de 1971 volvía en tren de San Isidro a Buenos Aires bastante tarde. El hambre y las ganas de comer un buen pebete de jamón y queso se juntaron de repente, así que me senté en el banco de los grandes de un bar alargado del gran hall de la estación Retiro. Gente de la noche tomaba grapas o ginebras y hablaría de fútbol o de mujeres o de carreras de caballos con la curiosa experiencia sabelotodo de los porteños, siempre lista para nunca decir que no sabe y que tampoco tiene la culpa. Cuando me trajeron mi cocacola y mi sándwich, un chiquito que no había visto se lo llevó como un relámpago. Mi propia distracción me apartó del cuidado de la botella que se tomó su hermanita, despreocupada y lo más campante, mientras caminaba para el otro lado.
Bien hecho. Por las remeras de Bella Vista.
La calle
María y Pedro vivían de la caridad de los vecinos en las calles empedradas de San Isidro; nadie los molestaba y parecían felices. Desaparecieron quizá porque los enajenados viven ahora en nuestras casas, revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera o pasean el perro del general Perón, o conversan con los gatos del vecindario mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. Ya no manejan camiones de aire y zorzal, como el loco Pedro, que lo estacionaba marcha adelante y marcha atrás con un cuidado de maníaco compulsivo contra la vereda de la calle Lasalle. Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20, descalzo sobre los adoquines, aunque pelaran de sol o de frío. Ya nadie dirige el tránsito de la avenida del Libertador como la loca María, la del pelo gris, lacio hasta la cintura, que castigaba las contravenciones con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo.
O se habrán muerto sin descendencia. O alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea. O será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas. Igual las autoridades no han terminado con la vida en las calles de América. Los Pedros y Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. A veces las encrucijadas parecen supermercados: una medianoche aciaga en los semáforos de Asunción compré todo lo que necesitaba para sobrevivir varios días escondido. Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas. Rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor. Artistas de ocasión y tangueros en desgracia. Sobadores al paso. Limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.
Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor. Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil.
Debe ser cierto, pero que se lo digan a ellos. Por lo menos antes de que un premio Nóbel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.
O se habrán muerto sin descendencia. O alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea. O será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas. Igual las autoridades no han terminado con la vida en las calles de América. Los Pedros y Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. A veces las encrucijadas parecen supermercados: una medianoche aciaga en los semáforos de Asunción compré todo lo que necesitaba para sobrevivir varios días escondido. Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas. Rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor. Artistas de ocasión y tangueros en desgracia. Sobadores al paso. Limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.
Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor. Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil. Debe ser cierto, pero que se lo digan a ellos. Por lo menos antes de que un premio Nóbel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.
Himno nacional
Un viejo embajador -que entonces no era viejo- me dio una lección imborrable mientras almorzábamos en un bonito restaurante del centro de Francfort por el año 90 ó 91. Preocupado por las legiones de argentinos que volvían a la tierra de sus antepasados, y por mi presencia ya dilatada en Europa, me explicó que un país no se funda con una sola generación. Y agregaba que los argentinos que se quedan en Europa gracias a los privilegios de su doble nacionalidad, renuncian al sueño de sus antepasados: “Ellos fueron a América para crear países grandiosos y sus nietos al volver a Europa los hacen fracasar”.
A veces busco afiebrado la ilusión de mis bisabuelos y la razón por la que no le encontramos la vuelta a nuestro destino. ¿Despegaremos algún día? ¿Seremos así para siempre? Los americanos estamos convencidos de que tenemos algo fuerte y valioso que aportar al mundo. Lo que no sabemos es cuándo.
¿Por qué un europeo –laborioso e inocente- se vuelve taimado y perezoso en América? ¿Por qué los vagos de Buenos Aires trabajan como chinos en los bares de Barcelona? Muchos europeos son burros en el sentido catalán: les dicen a dónde hay que ir y llegan a como dé lugar. Los americanos, en cambio, vamos siempre para el otro lado. Será por la geografía de límites infinitos y por la sangre indómita americana, pero también por el mestizaje: los que vinieron de Europa buscaban la libertad que no tenían en su patria. Segundones y hasta criminales descubrieron y conquistaron el continente y lo poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran Iberoamérica.
Desde entonces y quizá por eso, entre la libertad y la vida elegimos siempre morir. Las letras de los himnos nos espeluznan y nos sacan lágrimas hasta cuando los cantamos antes de enfrentarnos a vida o muerte contra la selección de bádminton de Singapur. “¡Coronados de Gloria vivamos o juremos con Gloria morir!” gritamos los argentinos para el que nos quiera oír. Así es América, la del sur, la dulce y mestiza. No nació el que nos ponga el cascabel, aunque aparezcan de vez en cuando y como tormentas de verano verborrágicos déspotas de pacotilla.
Todos los himnos de la América mestiza juran morir antes que perder la libertad, mientras que tantos pueblos o ciudadanos del mundo prefieren un hilo de vida que quizá les permita ser libres otra vez, aunque sea después de siglos de esclavitud. Sin vida no hay libertad, argumentan, y hay que aguantar lo que sea. No está mal, pero a nosotros esa vida no nos va.
Lo que tenemos seguro en América es la libertad y sabemos que lo demás vendrá cuando le toque. No nos gustan ni los reglamentos, ni las vallas, ni los diccionarios, ni los límites, ni las leyes, ni los árbitros, ni los peajes, ni las barreras, ni las cadenas, ni los guardias, ni las verjas, ni las llaves, ni los horarios, ni los impuestos, ni las riendas, ni los candados... “Asimismo es” repetimos desde el Río Bravo al Cabo de Hornos para el que demande una explicación. Y así es nomás: una fuerza incontenible que explotará un día como una bomba atómica de Justicia y Libertad.
A veces busco afiebrado la ilusión de mis bisabuelos y la razón por la que no le encontramos la vuelta a nuestro destino. ¿Despegaremos algún día? ¿Seremos así para siempre? Los americanos estamos convencidos de que tenemos algo fuerte y valioso que aportar al mundo. Lo que no sabemos es cuándo.
¿Por qué un europeo –laborioso e inocente- se vuelve taimado y perezoso en América? ¿Por qué los vagos de Buenos Aires trabajan como chinos en los bares de Barcelona? Muchos europeos son burros en el sentido catalán: les dicen a dónde hay que ir y llegan a como dé lugar. Los americanos, en cambio, vamos siempre para el otro lado. Será por la geografía de límites infinitos y por la sangre indómita americana, pero también por el mestizaje: los que vinieron de Europa buscaban la libertad que no tenían en su patria. Segundones y hasta criminales descubrieron y conquistaron el continente y lo poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran Iberoamérica.
Desde entonces y quizá por eso, entre la libertad y la vida elegimos siempre morir. Las letras de los himnos nos espeluznan y nos sacan lágrimas hasta cuando los cantamos antes de enfrentarnos a vida o muerte contra la selección de bádminton de Singapur. “¡Coronados de Gloria vivamos o juremos con Gloria morir!” gritamos los argentinos para el que nos quiera oír. Así es América, la del sur, la dulce y mestiza. No nació el que nos ponga el cascabel, aunque aparezcan de vez en cuando y como tormentas de verano verborrágicos déspotas de pacotilla.
Todos los himnos de la América mestiza juran morir antes que perder la libertad, mientras que tantos pueblos o ciudadanos del mundo prefieren un hilo de vida que quizá les permita ser libres otra vez, aunque sea después de siglos de esclavitud. Sin vida no hay libertad, argumentan, y hay que aguantar lo que sea. No está mal, pero a nosotros esa vida no nos va.
Lo que tenemos seguro en América es la libertad y sabemos que lo demás vendrá cuando le toque. No nos gustan ni los reglamentos, ni las vallas, ni los diccionarios, ni los límites, ni las leyes, ni los árbitros, ni los peajes, ni las barreras, ni las cadenas, ni los guardias, ni las verjas, ni las llaves, ni los horarios, ni los impuestos, ni las riendas, ni los candados... “Asimismo es” repetimos desde el Río Bravo al Cabo de Hornos para el que demande una explicación. Y así es nomás: una fuerza incontenible que explotará un día como una bomba atómica de Justicia y Libertad.
A freír buñuelos
“Adolescentes ¿ellos o nosotros?” gritaba rebelde el título de una revista que tuve en mis manos por los años 60, cuando yo lo era sin remedio. Creo que el autor era Rodolfo Patuel, un tipo que llegó a pensar mucho y que se nos murió pronto. En aquellos días éramos rebeldes a los catorce y entusiasmaba endilgarle a los mayores su condición bastante precaria, por lo pronto más que la nuestra, a juzgar por el contenido del artículo. Al final concluía que los verdaderos adolescentes son los mayores porque les pasa lo mismo que a los que lo son por derecho propio, pero multiplicado por su edad.
Todavía los semiólogos discuten la etimología de la palabra. Parece que no viene de adolecer que según los diccionarios significa "...padecer alguna dolencia habitual; caer enfermo; tener o estar sujeto a vicios, pasiones o afectos, o tener malas cualidades, causar enfermedad o dolencia". Es decir que los adolescentes serían gentes a las que les faltan plata, aptitudes y hasta salud. Carestía de lo que fuera era lo que nos vendían entonces. Pero ahora resulta que entre los romanos la adolescentia no era una edad en la que se adolecía de algo o se sufriera. Dicen que en latín la palabra proviene del verbo adolesco, que no deriva de ad y doleo, sino de ad y oleo, un verbo que expresa la idea del ungido, "del crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer, desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor". Los semiólogos son capaces de engañarnos a todos...
Sean tipos que carezcan de razón o de salud o se abrasen en el fuego sagrado, que es tres cuartos de lo mismo, se puede descubrir a un adolescente más por sus desplantes que por sus padecimientos. Son las respuestas adolescentes las que me están preocupando en nuestra América trasnochada de ideologías. Pero resulta que no son los verdaderos adolescentes los que las formulan.
Si fuéramos más pragmáticos mandaríamos a freír buñuelos a los que nos argumentan con razonamientos de teenagers aunque tengan edad para regalar. Como si la respuesta fuera suficiente y hasta sabia, nos quedamos tal cual, como antes de preguntar, porque no nos contestaron nada. Es la señal de los ideólogos latinoamericanos en casi todas las discusiones, igual en las cumbres de jefes de estado que en los abismos de la adolescencia nostálgica de pensamiento. Lo que resulta es un diálogo de sordos, o de mudos, que para el caso es lo mismo. Incoherencia fatal que vuelve estéril la reunión más pintada. Y así seguimos, sin avanzar ni retroceder.
Contesta como adolescente el sofista de barricada que se enfrenta con la policía que le exige que libere la ruta y argumenta que es más delito hambrear al pueblo con políticas neoliberales. Y el ideólogo de café y vino tinto que zafa con un “no le parece que debería hacerle esa pregunta al gobierno”. O el presidente que raja “usted es un mandado y se lo voy a demostrar” en lugar de contestar la pregunta con una respuesta adecuada a su obligación de funcionario público.
Pero resulta que últimamente muchos periodistas nos quedamos –me meto en el ruedo- con la respuesta quinceañera como si fuera buena y coherente. Y las escribimos en el diario o las difundimos por radio y televisión ¡como si fueran inteligentes! Cuando presidentes, gobernadores, diputados o intendentes salen con evasivas de adolescentes resulta que los periodistas no repreguntamos ni les exigimos que nos contesten la pregunta. Lo que indica que los periodistas nos volvemos a veces tan adolescentes como ellos. O peor: que nos tragamos los sapos de la política como se los tragan ellos... Nos cuadran estas magníficas palabras –también en primera persona- del viejo hijueputa de Allen Neuharth: “los periodistas nos vamos demasiado de copas con nuestras fuentes y acabamos convertidos en ellos, apresados en el síndrome de Estocolmo”.
Si. Deberíamos mandarlos a freír buñuelos en lugar de tomar copas con ellos.
Todavía los semiólogos discuten la etimología de la palabra. Parece que no viene de adolecer que según los diccionarios significa "...padecer alguna dolencia habitual; caer enfermo; tener o estar sujeto a vicios, pasiones o afectos, o tener malas cualidades, causar enfermedad o dolencia". Es decir que los adolescentes serían gentes a las que les faltan plata, aptitudes y hasta salud. Carestía de lo que fuera era lo que nos vendían entonces. Pero ahora resulta que entre los romanos la adolescentia no era una edad en la que se adolecía de algo o se sufriera. Dicen que en latín la palabra proviene del verbo adolesco, que no deriva de ad y doleo, sino de ad y oleo, un verbo que expresa la idea del ungido, "del crepitar de los fuegos sagrados; los que llevan y transmiten el fuego; el crecer, desarrollarse, desenvolverse la razón, el ardor". Los semiólogos son capaces de engañarnos a todos...
Sean tipos que carezcan de razón o de salud o se abrasen en el fuego sagrado, que es tres cuartos de lo mismo, se puede descubrir a un adolescente más por sus desplantes que por sus padecimientos. Son las respuestas adolescentes las que me están preocupando en nuestra América trasnochada de ideologías. Pero resulta que no son los verdaderos adolescentes los que las formulan.
Si fuéramos más pragmáticos mandaríamos a freír buñuelos a los que nos argumentan con razonamientos de teenagers aunque tengan edad para regalar. Como si la respuesta fuera suficiente y hasta sabia, nos quedamos tal cual, como antes de preguntar, porque no nos contestaron nada. Es la señal de los ideólogos latinoamericanos en casi todas las discusiones, igual en las cumbres de jefes de estado que en los abismos de la adolescencia nostálgica de pensamiento. Lo que resulta es un diálogo de sordos, o de mudos, que para el caso es lo mismo. Incoherencia fatal que vuelve estéril la reunión más pintada. Y así seguimos, sin avanzar ni retroceder.
Contesta como adolescente el sofista de barricada que se enfrenta con la policía que le exige que libere la ruta y argumenta que es más delito hambrear al pueblo con políticas neoliberales. Y el ideólogo de café y vino tinto que zafa con un “no le parece que debería hacerle esa pregunta al gobierno”. O el presidente que raja “usted es un mandado y se lo voy a demostrar” en lugar de contestar la pregunta con una respuesta adecuada a su obligación de funcionario público.
Pero resulta que últimamente muchos periodistas nos quedamos –me meto en el ruedo- con la respuesta quinceañera como si fuera buena y coherente. Y las escribimos en el diario o las difundimos por radio y televisión ¡como si fueran inteligentes! Cuando presidentes, gobernadores, diputados o intendentes salen con evasivas de adolescentes resulta que los periodistas no repreguntamos ni les exigimos que nos contesten la pregunta. Lo que indica que los periodistas nos volvemos a veces tan adolescentes como ellos. O peor: que nos tragamos los sapos de la política como se los tragan ellos... Nos cuadran estas magníficas palabras –también en primera persona- del viejo hijueputa de Allen Neuharth: “los periodistas nos vamos demasiado de copas con nuestras fuentes y acabamos convertidos en ellos, apresados en el síndrome de Estocolmo”.
Si. Deberíamos mandarlos a freír buñuelos en lugar de tomar copas con ellos.
La venganza de don Julio
El presidente de la Asociación del Fútbol Argentino se fregó en todas las opiniones y eligió a Maradona como director técnico de la selección nacional. Raro porque estaba peleado con el astro, pero no tan raro si se sabe que era el único modo de jorobarlo a Carlos Bianchi, con quien está más peleado todavía. Es decir que la elección de Diego Maradona no es para ganar el campeonato mundial de la FIFA ni la copa América: es para molestar al que realmente puede ganarlos. Parece que a don Julio Grondona no le interesa ganar otra cosa que no sea plata, mucha plata.
Hay que decirlo con todas las letras. Aunque sea el mejor jugador de fútbol que haya tenido jamás la Argentina, Diego Armando Maradona es un adicto maleducado y pendenciero.
Maradonas hay por todos lados. Son esos astros que se malogran, mareados por el éxito y quizá por una falta congénita de resto moral para enfrentarse con el dinero y la fama. A eso se suman los malos amigos (las malas compañías se decía en mi adolescencia) que solo sirven para la diversión y el trago. Pero aunque haya muchos maradonas, hay muchos más ídolos ejemplares a quienes el éxito no se les sube a la cabeza, no se creen dioses ni desafían al planeta. Usan el dinero para ellos y para otros que lo necesitan más que ellos. Se ocupan de sus familias y de su salud. Saben que la suerte y el esfuerzo los han puesto en el pedestal de la fama y que muchos jóvenes los imitarán. Eso los alienta a comportarse como personas y no como animales (con el perdón de todos ellos).
Es fácil imaginar a don Julio Grondona haciendo migas con Alfio Basile porque son tal para cual, hasta en el modo de hablar aguardentoso y sobrador. Carlos Bianchi no encaja en ese casillero: ese estilo no le va al mejor técnico argentino, capaz de sacar campeón lo que le pongan delante. Por eso había un peligro después de la renuncia de Basile a la selección nacional. Todos lo sabíamos. Hasta el periodismo deportivo, que sabe aprovechar los exabruptos y la idiotez, hizo fuerza para que, a pesar de sus diferencias con Grondona, sea Bianchi quien reemplace a Basile. Salía primero en todas las votaciones y aporto que no sería una mala idea elegir al seleccionador nacional por el voto popular, como a los presidentes y gobernadores.
Pero ocurrió lo inevitable. No podía ser de otro modo. Es la histeria nacional que malogra nuestro futuro una y otra vez. Hace tiempo que la Argentina actúa colectivamente como si alguien le hubiera envenenado la voluntad. Elegimos el insulto en lugar de la sabiduría, el show en lugar del trabajo, la vanidad en lugar de la humildad, el alarido en lugar de la calma, la guerra en lugar de la paz... Si la selección Argentina tenía alguna posibilidad de ganar el próximo campeonato del mundo, ahora lo que tiene es la gran oportunidad de convertirse en un cabaret de primer orden. Con mercadería de la mejor calidad, de esa que sólo consiguen nuestros astros idolatrados. Diversión no va a faltar. Ni excentricidades. Ni dinero que las pague para alimentar al empobrecido público nacional. Por eso Maradona era también el candidato de los Kirchner.
Alguien dijo que no había otra salida y que nadie quiere dirigir la selección contra la opinión de Maradona, porque escorcha al más pintado con sus comentarios repetidos hasta el infinito por todos los medios del país. Es otro vicio nacional: no tener agallas para enfrentarse contra la estupidez bobalicona de los famosos.
Pero hay todavía otra explicación... terrible. Es evidente que el vértigo de la fama le hace un daño incalculable a Diego Armando Maradona. Tanto que lo ha llevado más de una vez hasta el umbral de su mausoleo, eso sí, acompañado de toda la imbecilidad nacional. Julio Grondona no puede no saberlo y a pesar de ello acaba de elegirlo en la anciana soledad de su gobierno despótico de la Asociación del Fútbol Argentino. Para nombrarlo ha tenido que hacer las paces con el astro. Algunos dicen que es la venganza de don Julio.
Hay que decirlo con todas las letras. Aunque sea el mejor jugador de fútbol que haya tenido jamás la Argentina, Diego Armando Maradona es un adicto maleducado y pendenciero.
Maradonas hay por todos lados. Son esos astros que se malogran, mareados por el éxito y quizá por una falta congénita de resto moral para enfrentarse con el dinero y la fama. A eso se suman los malos amigos (las malas compañías se decía en mi adolescencia) que solo sirven para la diversión y el trago. Pero aunque haya muchos maradonas, hay muchos más ídolos ejemplares a quienes el éxito no se les sube a la cabeza, no se creen dioses ni desafían al planeta. Usan el dinero para ellos y para otros que lo necesitan más que ellos. Se ocupan de sus familias y de su salud. Saben que la suerte y el esfuerzo los han puesto en el pedestal de la fama y que muchos jóvenes los imitarán. Eso los alienta a comportarse como personas y no como animales (con el perdón de todos ellos).
Es fácil imaginar a don Julio Grondona haciendo migas con Alfio Basile porque son tal para cual, hasta en el modo de hablar aguardentoso y sobrador. Carlos Bianchi no encaja en ese casillero: ese estilo no le va al mejor técnico argentino, capaz de sacar campeón lo que le pongan delante. Por eso había un peligro después de la renuncia de Basile a la selección nacional. Todos lo sabíamos. Hasta el periodismo deportivo, que sabe aprovechar los exabruptos y la idiotez, hizo fuerza para que, a pesar de sus diferencias con Grondona, sea Bianchi quien reemplace a Basile. Salía primero en todas las votaciones y aporto que no sería una mala idea elegir al seleccionador nacional por el voto popular, como a los presidentes y gobernadores.
Pero ocurrió lo inevitable. No podía ser de otro modo. Es la histeria nacional que malogra nuestro futuro una y otra vez. Hace tiempo que la Argentina actúa colectivamente como si alguien le hubiera envenenado la voluntad. Elegimos el insulto en lugar de la sabiduría, el show en lugar del trabajo, la vanidad en lugar de la humildad, el alarido en lugar de la calma, la guerra en lugar de la paz... Si la selección Argentina tenía alguna posibilidad de ganar el próximo campeonato del mundo, ahora lo que tiene es la gran oportunidad de convertirse en un cabaret de primer orden. Con mercadería de la mejor calidad, de esa que sólo consiguen nuestros astros idolatrados. Diversión no va a faltar. Ni excentricidades. Ni dinero que las pague para alimentar al empobrecido público nacional. Por eso Maradona era también el candidato de los Kirchner.
Alguien dijo que no había otra salida y que nadie quiere dirigir la selección contra la opinión de Maradona, porque escorcha al más pintado con sus comentarios repetidos hasta el infinito por todos los medios del país. Es otro vicio nacional: no tener agallas para enfrentarse contra la estupidez bobalicona de los famosos.
Pero hay todavía otra explicación... terrible. Es evidente que el vértigo de la fama le hace un daño incalculable a Diego Armando Maradona. Tanto que lo ha llevado más de una vez hasta el umbral de su mausoleo, eso sí, acompañado de toda la imbecilidad nacional. Julio Grondona no puede no saberlo y a pesar de ello acaba de elegirlo en la anciana soledad de su gobierno despótico de la Asociación del Fútbol Argentino. Para nombrarlo ha tenido que hacer las paces con el astro. Algunos dicen que es la venganza de don Julio.
Lorenzo
Volvíamos del colegio arrastrando las tardes perezosas de San Isidro. Mi hermano mayor decidía el camino y también las paradas: mirábamos aviones para armar en la vidriera de Marietta o robábamos sin querer algún chocolate en Bonafide y hasta rezábamos en la puerta cerrada de la catedral. Al llegar a casa tomábamos café con leche y pan con manteca en cantidades que asustan. A las cinco en punto prendíamos la radio para oír una lista impenetrable de kurnikovas y estravinskis y algún Antonio perdido de tanto en tanto. La voz solemne de Radio Nacional pedía antes y después que quienes conocieran a alguno de los nombrados dieran cuenta a un número de teléfono. Aclaraba que eran desaparecidos en las guerras y buscados por sus parientes de distintos lugares del planeta. La Guerra Mundial había terminado hacía unos 20 años.
Esperábamos en vano que nombraran a Lorenzo Rubinstein, un vagabundo que vivía en la glorieta de los fondos de una casa de la parroquia que llamábamos La Fundación. Era uno de los linyeras de San Isidro, como el loco Pedro, que manejaba en alpargatas su camión de aire por las calles empedradas de adoquines, o María, la de los ojos azules y la boca sucia, que dirigía el tráfico con autoridad de mariscal. Decían que Lorenzo había sido mayordomo en la quinta de los Anchorena y que tenía derecho a habitar aquellos fondos al final de la barranca. Tenía mala bebida y pésimo genio. Reaccionaba con furia cuando lo provocábamos, que era uno de nuestros deportes de entonces. Hasta desbarrancó unos escombros desde arriba la loma con ganas merecidas de aplastarnos. A veces andaba con un cuchillo con el que pelaba las gallinas que le regalaba otro antiguo empleado de los Anchorena. Las cocía enteras, con la cabeza enganchada en el borde de la lata renegrida. Parece que don Peruca –que ahora era carnicero- también le prestaba el baño de su casa. Nunca supimos si era un criminal de guerra o un pobre enajenado por los desastres de la historia, pero muchas veces sospechamos que su locura era una cortina de humo.
Cuando hago el cálculo, me sale que Lorenzo debió nacer con el siglo veinte. La guerra lo habría pescado a los 40 en el peor lugar de Europa. Pudo ser oficial del ejército alemán, judío enloquecido por los horrores de la persecución o un eslavo perdido entre las ingenierías étnicas soviéticas. No pudimos sacarle más que ese nombre de mentira y unos pocos insultos en castellano. Hablaba mucho, solo o con nosotros, pero con palabras imposibles. Si éramos varios nos contaba uno por uno en troposlovaco. Tenía el pelo blanco y largo. Y la cara polaca, digo ahora, después de conocer la de Juan Pablo II.
Cada vez que ocurre una catástrofe se me ocurre que muchos sentirán la tentación de hacerse humo, mientras los servicios de inteligencia blanquean muertos que guardan en sus placares de acero inoxidable: unos se hacen los muertos y otros mueren por fin. Me recordó a Lorenzo el que se hizo pasar por cónsul de Chile para anunciar su muerte en el accidente se Spanair en Barajas. En todas las catástrofes habrá gente más o menos pirada que se libra de una vida acorralada y se convierte en Lorenzo, que vivía como hoy le gustaría a miles de turistas de la ecología, pero gratis.
Esperábamos en vano que nombraran a Lorenzo Rubinstein, un vagabundo que vivía en la glorieta de los fondos de una casa de la parroquia que llamábamos La Fundación. Era uno de los linyeras de San Isidro, como el loco Pedro, que manejaba en alpargatas su camión de aire por las calles empedradas de adoquines, o María, la de los ojos azules y la boca sucia, que dirigía el tráfico con autoridad de mariscal. Decían que Lorenzo había sido mayordomo en la quinta de los Anchorena y que tenía derecho a habitar aquellos fondos al final de la barranca. Tenía mala bebida y pésimo genio. Reaccionaba con furia cuando lo provocábamos, que era uno de nuestros deportes de entonces. Hasta desbarrancó unos escombros desde arriba la loma con ganas merecidas de aplastarnos. A veces andaba con un cuchillo con el que pelaba las gallinas que le regalaba otro antiguo empleado de los Anchorena. Las cocía enteras, con la cabeza enganchada en el borde de la lata renegrida. Parece que don Peruca –que ahora era carnicero- también le prestaba el baño de su casa. Nunca supimos si era un criminal de guerra o un pobre enajenado por los desastres de la historia, pero muchas veces sospechamos que su locura era una cortina de humo.
Cuando hago el cálculo, me sale que Lorenzo debió nacer con el siglo veinte. La guerra lo habría pescado a los 40 en el peor lugar de Europa. Pudo ser oficial del ejército alemán, judío enloquecido por los horrores de la persecución o un eslavo perdido entre las ingenierías étnicas soviéticas. No pudimos sacarle más que ese nombre de mentira y unos pocos insultos en castellano. Hablaba mucho, solo o con nosotros, pero con palabras imposibles. Si éramos varios nos contaba uno por uno en troposlovaco. Tenía el pelo blanco y largo. Y la cara polaca, digo ahora, después de conocer la de Juan Pablo II.
Cada vez que ocurre una catástrofe se me ocurre que muchos sentirán la tentación de hacerse humo, mientras los servicios de inteligencia blanquean muertos que guardan en sus placares de acero inoxidable: unos se hacen los muertos y otros mueren por fin. Me recordó a Lorenzo el que se hizo pasar por cónsul de Chile para anunciar su muerte en el accidente se Spanair en Barajas. En todas las catástrofes habrá gente más o menos pirada que se libra de una vida acorralada y se convierte en Lorenzo, que vivía como hoy le gustaría a miles de turistas de la ecología, pero gratis.
El Pichincha nos proteja
Camilo José Cela se divierte con la nuca espeluznada del protagonista de Madera de héroe, una buena novela sobre la similitud entre el coraje y el pánico. No sabía don Camilo de himnos y canciones patrias americanas y de nuestra emoción cuando cantamos el himno nacional, cada uno el suyo. Fueron épocas heroicas y románticas las de nuestros himnos, pletóricos de glorias inmarcesibles de laurel ceñidas, de faustas diademas y gorros triunfales... no entendíamos ni jota cuando aprendimos a cantarlos y eso que nos toca la parte abreviada. Todos nuestros himnos son largos y de una poesía esdrújula, pero a la vez son heroicos y libertarios y nos prometen la muerte antes que vivir esclavos. Los cantamos a voz en cuello como el primer día lo hicieron nuestros próceres antepasados: “¡Coronados de gloria vivamos, o juremos con gloria morir!”, gritamos los argentinos antes de enfrentarnos a una muerte segura -y sin pena ni gloria- contra la selección de bádminton de Singapur.En la vieja Europa les debe sonar a herejía decimonónica: ellos prefieren vivir, aunque sea en pésimas condiciones. Los americanos mestizos, los del Sur, preferimos en cambio, que nos maten antes que no ser libres. Estoy seguro de que fue el mestizaje el que produjo semejante virtud y también la geografía de límites infinitos y la inmigración europea que se mezcló con la raza americana. Ellos vinieron buscando la libertad que no tenían en su patria. La conquistaron segundones y criminales y la poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran Iberoamérica.
Quienes prefieren un hilo de vida como valor superlativo son los eternos amigos de las limitaciones, sean europeos, americanos o filipinos. Ellos aman los reglamentos y las cortapisas. Entre los libros eligen los diccionarios. Cuando van al campo disfrutan con los alambrados. En el estadio, en lugar de mirar las jugadas, siguen al árbitro. De la calle prefieren las líneas amarillas. Se sienten seguros entre barreras, peajes, cadenas y guardianes, y se abrigan con horarios y tablas periódicas.
“¡Orientales, la Patria o la tumba!/ ¡Libertad o con gloria morir!”, canta bizarro el coro del himno uruguayo, y sigue: “¡Es el voto que el alma pronuncia/ y que heroicos sabremos cumplir!”. El de Chile en una estrofa desenvaina la espada: “Si pretende el cañón extranjero/ nuestros pueblos osado invadir;/ desnudemos al punto el acero/ y sepamos vencer o morir”, y el coro responde: “Dulce Patria, recibe los votos/ con que Chile en tus aras juró/ que, o la tumba serás de los libres,/ o el asilo contra la opresión”. El coro del de Bolivia lo reafirma con otro juramento, también en el altar de la Patria: “De la Patria, el alto nombre/ en glorioso esplendor conservemos/ y, en sus aras de nuevo juremos:/ ¡morir antes que esclavos vivir!”. Brasil no se queda atrás y le anuncia a la Libertad, por si no lo sabe: “Em teu seio, ó Liberdade. Desafia o nosso peito a própria morte!”. “Paraguayos, ¡República o muerte!”, canta con bronca contenida el himno guaraní. El del Perú se pone serio y desafía al mismo sol: “Somos libres, seámoslo siempre/ y antes niegue sus luces el sol,/ que faltemos al voto solemne/ que la patria al Eterno elevó”.
Hace pocos años me hubiera costado meses conseguir las letras completas de los himnos nacionales americanos. Ahora los encontré en cinco minutos: maravillas de la red... Todas son impagables y las conocemos poco porque solo cantamos coros y estribillos. El del Ecuador es fantástico y es el resumen latinoamericano de nuestro eterno juramento:
Y si nuevas cadenas prepara
la injusticia de bárbara suerte,
¡gran Pichincha! prevén tú la muerte
de la Patria y sus hijos al fin;
hunde al punto en tus hondas entrañas
cuanto existe en tu tierra, el tirano
huelle solo cenizas y en vano
busque rastro de ser junto a ti.
No tengo dudas de que la libertad está a salvo en nuestra América. El que nos quiera esclavizar se tendrá que enfrentar hasta con la furia del Pichincha, pero sobre todo con las ansias infinitas de libertad de su pueblo soberano.
Monjita de aeropuerto
“Solicita-se a os senhores passageiros do vôo...” susurraban como una cantinela Paco Gómez Antón y Juan Antonio Giner cuando llegaron a Buenos Aires en 1986: se les había pegado en el aeropuerto de Río de Janeiro. Cuenta Paco en Desmemorias cómo les sorprendían en América las voces que seducen a los pasajeros en lugar de amenazarlos con rugidos españoles tallados a cuchillo.
Entonces en Ezeiza –el aeropuerto grande de Buenos Aires- buscaban al señor Carlos Soria a cada rato por los altavoces: para que se presente en la cabina de tráfico, en el mostrador de informaciones o en la oficina de objetos perdidos. La primera vez que oí su nombre pensé que Carlos andaría allí por casualidad, quizá de paso hacia otro destino o se le habría perdido a quien lo iba a buscar. También supuse que sería coincidencia de nombres con algún empleado local, hasta que un buen día me fui investigar al lugar donde lo requerían: “yo también estoy buscando a Carlos Soria”. Entonces me explicaron con un glup en la garganta que Carlos Soria era el nombre en clave para llamar a los agentes de Interpol que vagaban por mostradores y tenderetes de Ezeiza a la caza de algún tránsfuga. Pero recién cambiaron la clave cuando una vez se presentó el verdadero don Carlos Soria a preguntar quién lo buscaba con tanta insistencia.
Se llamen como se llamen los espías, más de una vez he pensado que debería denunciar un hecho sorprendente a la policía... o a la Guardia Suiza: en todos los aeropuertos de América latina hay una monjita. Como Zelig, tiene una formidable capacidad de mimetizarse: cambia de edad, de hábito y de lugar. A veces está sola y otras la encuentro acompañada por una banda de uniformadas. La veo antes de salir y me la vuelvo a encontrar en el destino aunque no haya viajado en mi avión. La he visto de azul y de blanco. También de gris, de marrón y hasta con guardapolvo igualitario de mucama, presumo que cuando va de superiora. En cambio, si anda de última generación va más oronda y de hábito generoso por las colas de migraciones o los escáners anti granadas. Cuando llego a un aeropuerto la busco con ansiedad: cada nuevo viaje pienso que esta vez no aparecerá. Pero no, ahí está en la fila de Taca: nunca en los bares ni el las peceras de fumadores a pesar de lo que digan algunos. Tampoco en el diutifrí perfumado por luengas azafatas de Kenzo.
Una vez dije esta es la mía, aquí no habrá monjita. Llegaba a una pista abierta como un tajo en la selva de la Amazonía ecuatoriana. Ya nos habíamos subido a la avioneta de seis plazas que nos llevaría a Shell cuando el piloto dejó de mover clavijas y se apoltronó en el asiento con un resoplido. Le pregunté qué pasaba y me contestó que esperaba a la monjita. Me quedé loco y empecé a mirar para todos lados: selva y sol y nubes y al fondo las chozas de los achuar. Siempre que viene un avión –me explicó el piloto- las monjitas aprovechan para mandar correo a Quito. ¿Qué monjitas? pregunté seguro de que en la selva no podía haber de ninguna ganadería. Aquella, me mostró y venía una blanquísima caminando por el medio de la pista; con un sobre manila se protegía del sol del mediodía. Y siguió el piloto: son hermanitas peruanas muy buenas que se ocupan de mantener cristianos a los pueblos donde no llegan los curas...
Entonces en Ezeiza –el aeropuerto grande de Buenos Aires- buscaban al señor Carlos Soria a cada rato por los altavoces: para que se presente en la cabina de tráfico, en el mostrador de informaciones o en la oficina de objetos perdidos. La primera vez que oí su nombre pensé que Carlos andaría allí por casualidad, quizá de paso hacia otro destino o se le habría perdido a quien lo iba a buscar. También supuse que sería coincidencia de nombres con algún empleado local, hasta que un buen día me fui investigar al lugar donde lo requerían: “yo también estoy buscando a Carlos Soria”. Entonces me explicaron con un glup en la garganta que Carlos Soria era el nombre en clave para llamar a los agentes de Interpol que vagaban por mostradores y tenderetes de Ezeiza a la caza de algún tránsfuga. Pero recién cambiaron la clave cuando una vez se presentó el verdadero don Carlos Soria a preguntar quién lo buscaba con tanta insistencia.
Se llamen como se llamen los espías, más de una vez he pensado que debería denunciar un hecho sorprendente a la policía... o a la Guardia Suiza: en todos los aeropuertos de América latina hay una monjita. Como Zelig, tiene una formidable capacidad de mimetizarse: cambia de edad, de hábito y de lugar. A veces está sola y otras la encuentro acompañada por una banda de uniformadas. La veo antes de salir y me la vuelvo a encontrar en el destino aunque no haya viajado en mi avión. La he visto de azul y de blanco. También de gris, de marrón y hasta con guardapolvo igualitario de mucama, presumo que cuando va de superiora. En cambio, si anda de última generación va más oronda y de hábito generoso por las colas de migraciones o los escáners anti granadas. Cuando llego a un aeropuerto la busco con ansiedad: cada nuevo viaje pienso que esta vez no aparecerá. Pero no, ahí está en la fila de Taca: nunca en los bares ni el las peceras de fumadores a pesar de lo que digan algunos. Tampoco en el diutifrí perfumado por luengas azafatas de Kenzo.
Una vez dije esta es la mía, aquí no habrá monjita. Llegaba a una pista abierta como un tajo en la selva de la Amazonía ecuatoriana. Ya nos habíamos subido a la avioneta de seis plazas que nos llevaría a Shell cuando el piloto dejó de mover clavijas y se apoltronó en el asiento con un resoplido. Le pregunté qué pasaba y me contestó que esperaba a la monjita. Me quedé loco y empecé a mirar para todos lados: selva y sol y nubes y al fondo las chozas de los achuar. Siempre que viene un avión –me explicó el piloto- las monjitas aprovechan para mandar correo a Quito. ¿Qué monjitas? pregunté seguro de que en la selva no podía haber de ninguna ganadería. Aquella, me mostró y venía una blanquísima caminando por el medio de la pista; con un sobre manila se protegía del sol del mediodía. Y siguió el piloto: son hermanitas peruanas muy buenas que se ocupan de mantener cristianos a los pueblos donde no llegan los curas...
Semiología política
En la Argentina los próceres son militares. Las calles tienen escalafón descendente del centro a las periferias y las estatuas llevan charreteras y entorchados. Los generales desafían ecuestres la intemperie en padrillos imposibles de bronce y guano. Los almirantes otean el horizonte inmortales en columnas de granito y floripondio con sus medallas al viento. Los viejos barcos de guerra sobreviven en las dársenas muertas del antiguo puerto de Buenos Aires: allí alegran la vista de restaurantes y tenderetes de moda. Mientras aparezca algo mejor, gastan alas y fuego de cemento para celebrar las batallas de la guerra de las Malvinas. El himno, las banderas y los escudos son símbolos tan militares como los botones dorados y las lágrimas cuando izan la bandera o soplan los primeros acordes del himno nacional en sus cornetas de independencia y libertad: “Oíd mortales el grito sagrado...”
Las banderas tienen una relación secreta con las naciones... o los países vienen empaquetados con colores, olores y sabores. Quizá por eso la patria tiene colores y flor y ave y bandera y también escudo y hasta postre nacional. Los gringos se volverían brasileños si las barras fueran verdes y las estrellas amarillas y España no tendría fuego ni sol con un pabellón anaranjado. Los símbolos patrios rigen la vida, pero no tanto como las comidas o los partidos de fútbol. Boca Júniors es una religión y al argentino que no le gusta el dulce de leche se lo fusila por traidor. Símbolos tienen los clubes, los colegios y las familias. También las empresas, los obispos, los municipios, los regimientos, las academias y los barcos.
Mientras el poder peleaba por sacarle el dinero a los productores rurales, ellos le birlaron los símbolos de la patria. El matrimonio presidencial abusó de las palabras huecas y se quedó sin signos. En 100 días el gobierno perdió hasta la bandera argentina y solo usó las pletóricas de rabia de un partido. Al himno nacional se lo quedaron los opositores y lo cantaron cada diez minutos en las calles al ritmo de sus cacerolas. Las marchas militares dan grima a las autoridades setentistas y hasta los galones de los boy scouts los ponen nerviosos. Para colmo los Kirchner son de Rácing -no de River ni de Boca-, que casi se pierde en las ciénagas del descenso.
El gaucho, las botas, el poncho, el mate, las espuelas y la guitarra son de la oposición campestre que se levantó contra las retenciones exageradas a las exportaciones de granos. También la chacarera, la cueca y el chamamé y ahora resulta que cantar la zamba de la Esperanza es un delito federal porque los gauchos son golpistas. La empanada, el puchero, la mazamorra y el alfajor están desterrados porque la presidente se puso a dieta de grasas y calorías y su marido tiene a raya su colon irritable. La vaca y el caballo son del campo, también los chanchos, las ovejas, los gallinas batarazas y los perros cimarrones. Por eso son opositores el chorizo, el bife, el asado, los chinchulines y hasta el huevo quimbo. El poder perdió también los símbolos religiosos en su pelea con obispos y prelados: se quedó sin la Virgen de Luján, la del Valle y la de Itatí. Perdió la Cruz, pero también la Estrella de David por culpa de Hugo Chávez y sus amigos iraníes y ni siquiera le quedó el turbante del Profeta por que es propiedad de su antecesor y contrincante capicúa. Los ruralistas opositores llevan en sus solapas la escarapela argentina y en sus marchas pasean sin remilgos ni vergüenzas a la Inmaculada y a todo el santoral.
Las banderas tienen una relación secreta con las naciones... o los países vienen empaquetados con colores, olores y sabores. Quizá por eso la patria tiene colores y flor y ave y bandera y también escudo y hasta postre nacional. Los gringos se volverían brasileños si las barras fueran verdes y las estrellas amarillas y España no tendría fuego ni sol con un pabellón anaranjado. Los símbolos patrios rigen la vida, pero no tanto como las comidas o los partidos de fútbol. Boca Júniors es una religión y al argentino que no le gusta el dulce de leche se lo fusila por traidor. Símbolos tienen los clubes, los colegios y las familias. También las empresas, los obispos, los municipios, los regimientos, las academias y los barcos.
Mientras el poder peleaba por sacarle el dinero a los productores rurales, ellos le birlaron los símbolos de la patria. El matrimonio presidencial abusó de las palabras huecas y se quedó sin signos. En 100 días el gobierno perdió hasta la bandera argentina y solo usó las pletóricas de rabia de un partido. Al himno nacional se lo quedaron los opositores y lo cantaron cada diez minutos en las calles al ritmo de sus cacerolas. Las marchas militares dan grima a las autoridades setentistas y hasta los galones de los boy scouts los ponen nerviosos. Para colmo los Kirchner son de Rácing -no de River ni de Boca-, que casi se pierde en las ciénagas del descenso.
El gaucho, las botas, el poncho, el mate, las espuelas y la guitarra son de la oposición campestre que se levantó contra las retenciones exageradas a las exportaciones de granos. También la chacarera, la cueca y el chamamé y ahora resulta que cantar la zamba de la Esperanza es un delito federal porque los gauchos son golpistas. La empanada, el puchero, la mazamorra y el alfajor están desterrados porque la presidente se puso a dieta de grasas y calorías y su marido tiene a raya su colon irritable. La vaca y el caballo son del campo, también los chanchos, las ovejas, los gallinas batarazas y los perros cimarrones. Por eso son opositores el chorizo, el bife, el asado, los chinchulines y hasta el huevo quimbo. El poder perdió también los símbolos religiosos en su pelea con obispos y prelados: se quedó sin la Virgen de Luján, la del Valle y la de Itatí. Perdió la Cruz, pero también la Estrella de David por culpa de Hugo Chávez y sus amigos iraníes y ni siquiera le quedó el turbante del Profeta por que es propiedad de su antecesor y contrincante capicúa. Los ruralistas opositores llevan en sus solapas la escarapela argentina y en sus marchas pasean sin remilgos ni vergüenzas a la Inmaculada y a todo el santoral.
Neustadt
Tanto predicaba en el desierto que su último libro se llama Escribir sobre el agua. Lo presentó en la plaza Lavalle de Buenos Aires, enfrente de la sinagoga de la calle Libertad, un par de semanas antes de morir. Era ya de noche y hacía frío debajo del gomero y de las estrellas. El acto formal en la librería El Ateneo fracasó por una amenaza de bomba. El rabino Sergio Bergman estuvo locuaz, redondo y cristiano. Y Bernardo, como siempre, no se apartó ni un milímetro de sus monsergas masoréticas. Me acordaba de la presentación de un libro mío sobre el periodismo y la pasión en un restaurante de comida rápida de Callao y Santa Fe. Neustadt estaba un poco molesto por el olor de la cebolla y no lograba entender la metáfora agarrada de los pelos del sándwich y la lectura.
El sábado 7 de junio murió en su casa de Martínez, de un paro cardíaco, como todo el mundo, pero con buena puntería: en la Argentina es el día del Periodista. Había nacido en Rumania el 9 de enero de 1925 y emigró a La Plata con sus padres cuando tenía seis meses. Pasó su infancia pupilo primero en un colegio de hermanos de Lasalle y luego en uno de salesianos. Su madre murió cuando tenía trece años: casi no la conoció. A los catorce su padre lo echó de casa porque quería ser periodista: por ese camino no se llega más que al vicio. Se fue con una maleta chiquita y dos mudas de ropa al diario El Mundo donde ya trabajaba. Llegó lejos. Durante 30 años dirigió el programa con más rating de la televisión y fue uno de los hombres más influyentes de la Argentina. Una vez por semana se paraba el país ante la mesa de Tiempo Nuevo.
Cuando comenzamos la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral se entusiasmó y le gustaba venir siempre que lo invitábamos. En esa época todos los estudiantes querían ser como él. Una vez llegó tarde a una reunión porque venía de una autotransfusión: por las dudas la necesitara alguna vez, llenaba con paciencia un barril de su propia sangre. Ni la sangre ni la plata le cundieron pero sí nuestro reconocimiento. No tuvo hijos y su vida se consumió en soledad a pesar de sus sucesivos matrimonios. Gastaba manías que había que respetar y era muy difícil contradecirlo. Los años de crisis y el gobierno autoritario de los Kirchner lo amargaron hasta la muerte.
Siempre pensé que sería el perfecto fundador de un Centro de Estudios de Medios en Buenos Aires. Sin sucesores directos, y con mucho dinero, podía contribuir con su patrimonio a la creación del fondo para solventar una institución dedicada al estudio del periodismo. La gente conoce a Joseph Pulitzer por los premios más que por su historia y a Nelson Poynter por el Instituto de Estudios de Medios que lleva su nombre. Nadie los recuerda como polémicos, santos, avaros, generosos o corruptos. Así que caí en su casa una mañana de primavera con la idea de convertirlo de un plumazo en Instituto y arreglarle su fama para siempre. Entonces ya andaba orillando los 80 y hablaba seguido de su muerte. Estaba seguro de que, si conseguía viajar con él al Poynter, lo convencería. Pero la agenda de Neustadt había fraguado y no conseguí sacarlo de su letanía perpetua. Así murió el Centro Bernardo Neustadt de Estudios de Medios, frente al Río de la Plata que mirábamos desde el ventanal de su casa colgada en la barranca de Martínez.
El sábado 7 de junio murió en su casa de Martínez, de un paro cardíaco, como todo el mundo, pero con buena puntería: en la Argentina es el día del Periodista. Había nacido en Rumania el 9 de enero de 1925 y emigró a La Plata con sus padres cuando tenía seis meses. Pasó su infancia pupilo primero en un colegio de hermanos de Lasalle y luego en uno de salesianos. Su madre murió cuando tenía trece años: casi no la conoció. A los catorce su padre lo echó de casa porque quería ser periodista: por ese camino no se llega más que al vicio. Se fue con una maleta chiquita y dos mudas de ropa al diario El Mundo donde ya trabajaba. Llegó lejos. Durante 30 años dirigió el programa con más rating de la televisión y fue uno de los hombres más influyentes de la Argentina. Una vez por semana se paraba el país ante la mesa de Tiempo Nuevo. Cuando comenzamos la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral se entusiasmó y le gustaba venir siempre que lo invitábamos. En esa época todos los estudiantes querían ser como él. Una vez llegó tarde a una reunión porque venía de una autotransfusión: por las dudas la necesitara alguna vez, llenaba con paciencia un barril de su propia sangre. Ni la sangre ni la plata le cundieron pero sí nuestro reconocimiento. No tuvo hijos y su vida se consumió en soledad a pesar de sus sucesivos matrimonios. Gastaba manías que había que respetar y era muy difícil contradecirlo. Los años de crisis y el gobierno autoritario de los Kirchner lo amargaron hasta la muerte.
Siempre pensé que sería el perfecto fundador de un Centro de Estudios de Medios en Buenos Aires. Sin sucesores directos, y con mucho dinero, podía contribuir con su patrimonio a la creación del fondo para solventar una institución dedicada al estudio del periodismo. La gente conoce a Joseph Pulitzer por los premios más que por su historia y a Nelson Poynter por el Instituto de Estudios de Medios que lleva su nombre. Nadie los recuerda como polémicos, santos, avaros, generosos o corruptos. Así que caí en su casa una mañana de primavera con la idea de convertirlo de un plumazo en Instituto y arreglarle su fama para siempre. Entonces ya andaba orillando los 80 y hablaba seguido de su muerte. Estaba seguro de que, si conseguía viajar con él al Poynter, lo convencería. Pero la agenda de Neustadt había fraguado y no conseguí sacarlo de su letanía perpetua. Así murió el Centro Bernardo Neustadt de Estudios de Medios, frente al Río de la Plata que mirábamos desde el ventanal de su casa colgada en la barranca de Martínez.
Tres cerritos
Llegué a El Bordo de las Lanzas un viernes, después de una reunión sudamericanista en San Salvador de Jujuy, bien al noroeste de la Argentina. Esa noche conversamos con Graziela y Darío Arias –fue la última vez que lo vi– de la Virgen que parece que se aparece en los Tres Cerritos de Salta. Me contaron con paciencia de santos todas las historias: desde el negocio inmobiliario de un senador hasta el madrinazgo de las carmelitas de San Bernardo. Al final me aconsejaron que subiera al cerro para verlo con mis propios ojos.
Al día siguiente Darío me dejó en Güemes desde donde seguí a la ciudad de Salta. A las once llegué en taxi a un playón en la falda del cerro donde estacionaban 30 autobuses y otros tantos coches. Entre los talas de la picada adelanté un par de grupos que subían la cuesta de 350 metros. Cerca de la cima me ordenaron la vida unos boy scouts con pañuelos celestes en el cuello que todos llaman servidores. Me puse al final de la cola sin saber que había que esperar horas sin moverse y sin más compañía que las mujeres de adelante y atrás. Oía sus comentarios, apenas susurrados porque los servidores no dejan levantar la voz a los presentes. Conversaban de sus experiencias anteriores: “la vez pasada me caí, pero ésta no creo que me caiga”. En un lugar que no veía no acababa nunca un rosario intercalado de canciones lánguidas e infinitas. Después el silencio fue total y empezamos a movernos muy despacio. La fila subía por un brete de palos hasta la cima y después bajaba hacia una explanada de cemento alisado. En lo más alto hay una ermita donde se venera una Virgen de primera comunión. Al lado un tala se volvió sauce llorón por los rosarios que cuelgan inútiles de sus ramas. Allí ya pude ver lo que pasaba en el rellano, mientras la cola se acercaba a nuestro turno.
Los servidores ponían en fila a los peregrinos como soldados dispuestos a una revista. Una señora ni joven ni vieja tocaba a uno por uno en el pecho, arriba del corazón. Algunos se caían redondos. Para sostener a los que se desploman varios servidores van por detrás de la fila y los acuestan en el suelo hasta que se despiertan. Algunos desmayados se pasan varias promociones de peregrinos como muertos en un campo de batalla. Una monjita pálida de cáncer, con hábito blanco y poncho gris, dormía a pata suelta y apenas intentaba levantarse se volvía a desvanecer como si hubiera tomado una dosis extra de dormicun.
La señora se llama María Livia y dice que se le aparece la Santísima Virgen. Sus mensajes, todos muy cristianos, son iguales a los de otra vidente de las cientos que hay ahora mismo en el laberinto universal de apariciones. No se si es por eso o por su negativa a presentar unas pruebas psicológicas que el obispo no le cree y tiene prohibido a sus curas promoverla. Los salteños casi no suben al cerro y algunos dicen que todo es invento de las empresas de turismo que cada sábado llenan el cerro con peregrinos y curiosos de otras provincias y ciudades. A los que les hace bien, mejor para ellos, dice el obispo.
Si me hubiera caído al suelo cuando me tocó María Livia habría sido por el hambre. Milagro por milagro prefiero uno que desafíe la gravedad, como volverme bueno o salir volando. La Virgen del Milagro, que se venera en la ciudad desde 1592, cambia en bendiciones y milagros de verdad las flores y oraciones de miles de salteños que la visitan todos los días. Ninguno se desmaya ni hace cola en un brete de palos de tala. Desde 1692, cuando los salvó de un terremoto, la pasean por sus calles el 15 de septiembre. Aunque no la dice, supongo que es la razón más fuerte del obispo.
Al día siguiente Darío me dejó en Güemes desde donde seguí a la ciudad de Salta. A las once llegué en taxi a un playón en la falda del cerro donde estacionaban 30 autobuses y otros tantos coches. Entre los talas de la picada adelanté un par de grupos que subían la cuesta de 350 metros. Cerca de la cima me ordenaron la vida unos boy scouts con pañuelos celestes en el cuello que todos llaman servidores. Me puse al final de la cola sin saber que había que esperar horas sin moverse y sin más compañía que las mujeres de adelante y atrás. Oía sus comentarios, apenas susurrados porque los servidores no dejan levantar la voz a los presentes. Conversaban de sus experiencias anteriores: “la vez pasada me caí, pero ésta no creo que me caiga”. En un lugar que no veía no acababa nunca un rosario intercalado de canciones lánguidas e infinitas. Después el silencio fue total y empezamos a movernos muy despacio. La fila subía por un brete de palos hasta la cima y después bajaba hacia una explanada de cemento alisado. En lo más alto hay una ermita donde se venera una Virgen de primera comunión. Al lado un tala se volvió sauce llorón por los rosarios que cuelgan inútiles de sus ramas. Allí ya pude ver lo que pasaba en el rellano, mientras la cola se acercaba a nuestro turno.
Los servidores ponían en fila a los peregrinos como soldados dispuestos a una revista. Una señora ni joven ni vieja tocaba a uno por uno en el pecho, arriba del corazón. Algunos se caían redondos. Para sostener a los que se desploman varios servidores van por detrás de la fila y los acuestan en el suelo hasta que se despiertan. Algunos desmayados se pasan varias promociones de peregrinos como muertos en un campo de batalla. Una monjita pálida de cáncer, con hábito blanco y poncho gris, dormía a pata suelta y apenas intentaba levantarse se volvía a desvanecer como si hubiera tomado una dosis extra de dormicun.
La señora se llama María Livia y dice que se le aparece la Santísima Virgen. Sus mensajes, todos muy cristianos, son iguales a los de otra vidente de las cientos que hay ahora mismo en el laberinto universal de apariciones. No se si es por eso o por su negativa a presentar unas pruebas psicológicas que el obispo no le cree y tiene prohibido a sus curas promoverla. Los salteños casi no suben al cerro y algunos dicen que todo es invento de las empresas de turismo que cada sábado llenan el cerro con peregrinos y curiosos de otras provincias y ciudades. A los que les hace bien, mejor para ellos, dice el obispo.Si me hubiera caído al suelo cuando me tocó María Livia habría sido por el hambre. Milagro por milagro prefiero uno que desafíe la gravedad, como volverme bueno o salir volando. La Virgen del Milagro, que se venera en la ciudad desde 1592, cambia en bendiciones y milagros de verdad las flores y oraciones de miles de salteños que la visitan todos los días. Ninguno se desmaya ni hace cola en un brete de palos de tala. Desde 1692, cuando los salvó de un terremoto, la pasean por sus calles el 15 de septiembre. Aunque no la dice, supongo que es la razón más fuerte del obispo.
El corte
Los aviones están fatal; no se si es por culpa de Bin Laden, de George Bush o por las tiendas de los aeropuertos que exprimen el aburrimiento. Hace diez años había tres vuelos diarios entre Buenos Aires y Posadas; hoy viaja solo uno. Con suerte y a las cansadas te lleva el día viajar esos 1.000 kilómetros. Los altavoces demoran los aviones con dulzura sensual y los reprograman como si fuera cuestión de ñoquis por arroz con pollo. En la Argentina la red ferroviaria era tupida y sólida hasta que un iluminado desamortizó en dos meses la inversión de cien años. Se pudrieron los durmientes y herrumbraron las vías, los terraplenes criaron lechuzas y los puentes se volvieron muelles de pescadores y los túneles abrigaron vagabundos y las estaciones humillaron su pasado británico de cenefas y campanas.
Será por eso que los autobuses de larga distancia son jumbos de dos plantas que vuelan por la llanura con luces de neón. Los asientos regordetes se tumban como la primera clase de Lufthansa y las azafatas se afanan con platos de ravioles y canilla libre de champán. En los ómnibus se duerme con el abandono soporífero de las carreteras de llanura y girasol: nada que hacer más que rodar y leer y dormir y rezar y mirar cómo se pone el sol y cómo vuelve a salir con medialunas calientes y manta escocesa y otra película más.
Poco después de Semana Santa viajé de Posadas a Buenos Aires en un meteoro de doce ruedas. Me despertaron pasos en el pavimento y un murmullo lejano cuando el amanecer se colaba por el velcro de las cortinas. Llevábamos horas trabados en un corte de ruta, cerca de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos: parados en medio de una vía láctea de autobuses alumbrados por el sol oriental. En la otra mano de la ruta la cola de camiones descansaba a la sombra de los autobuses. Sus conductores tomaban mate o paseaban comentando las formidables bondades de sus cargueros de largo aliento. Caminé un rato entre las dos filas y por las banquinas y llegué hasta el piquete que represaba el tránsito con rastras de carpir. La encuesta de opinión pública me dio nadie enojado. Ya sumaban unos quinientos cortes en todo el país en contra de las retenciones a las exportaciones agrarias decretadas por el gobierno central para recaudar, recaudar y recaudar.
Los cortes del campo contra el gobierno duraron 21 días. La pulseada crecía a ritmo de crispaciones. Faltó la carne y la leche en los supermercados. No había queso ni dulce de leche ni frutas ni verduras ni helado de limón. El aceite a litro por cabeza y los combustibles solo de a 50 pesos y nada de tarjetas. Los barcos fondearon en fila en las bocas de los puertos y a cada discurso amenazante de la presidente, miles de personas contestaron golpeando sus cacerolas por las calles de las ciudades. Nadie lo organizó ni se subió a la ola del descontento.
La Argentina parece huérfana de destino, pero lo que necesita es tiempo y un poco de paciencia. Quizá el campo le regale al país otro Justo José de Urquiza, el estanciero entrerriano que se opuso al poder central de Rosas en 1850 y fundó el país próspero y federal que alimentó al mundo hasta mediados del siglo pasado. Mientras aparece hay que seguir sembrando, pero para alimentar la manga de langostas que desde entonces devora su esperanza.
Será por eso que los autobuses de larga distancia son jumbos de dos plantas que vuelan por la llanura con luces de neón. Los asientos regordetes se tumban como la primera clase de Lufthansa y las azafatas se afanan con platos de ravioles y canilla libre de champán. En los ómnibus se duerme con el abandono soporífero de las carreteras de llanura y girasol: nada que hacer más que rodar y leer y dormir y rezar y mirar cómo se pone el sol y cómo vuelve a salir con medialunas calientes y manta escocesa y otra película más.
Poco después de Semana Santa viajé de Posadas a Buenos Aires en un meteoro de doce ruedas. Me despertaron pasos en el pavimento y un murmullo lejano cuando el amanecer se colaba por el velcro de las cortinas. Llevábamos horas trabados en un corte de ruta, cerca de Gualeguaychú, en la provincia de Entre Ríos: parados en medio de una vía láctea de autobuses alumbrados por el sol oriental. En la otra mano de la ruta la cola de camiones descansaba a la sombra de los autobuses. Sus conductores tomaban mate o paseaban comentando las formidables bondades de sus cargueros de largo aliento. Caminé un rato entre las dos filas y por las banquinas y llegué hasta el piquete que represaba el tránsito con rastras de carpir. La encuesta de opinión pública me dio nadie enojado. Ya sumaban unos quinientos cortes en todo el país en contra de las retenciones a las exportaciones agrarias decretadas por el gobierno central para recaudar, recaudar y recaudar.
Los cortes del campo contra el gobierno duraron 21 días. La pulseada crecía a ritmo de crispaciones. Faltó la carne y la leche en los supermercados. No había queso ni dulce de leche ni frutas ni verduras ni helado de limón. El aceite a litro por cabeza y los combustibles solo de a 50 pesos y nada de tarjetas. Los barcos fondearon en fila en las bocas de los puertos y a cada discurso amenazante de la presidente, miles de personas contestaron golpeando sus cacerolas por las calles de las ciudades. Nadie lo organizó ni se subió a la ola del descontento. La Argentina parece huérfana de destino, pero lo que necesita es tiempo y un poco de paciencia. Quizá el campo le regale al país otro Justo José de Urquiza, el estanciero entrerriano que se opuso al poder central de Rosas en 1850 y fundó el país próspero y federal que alimentó al mundo hasta mediados del siglo pasado. Mientras aparece hay que seguir sembrando, pero para alimentar la manga de langostas que desde entonces devora su esperanza.
Escarabajos
La Gendarmería Nacional incautó 1.600 escarabajos en la localidad de San Pedro, provincia de Misiones. El operativo se realizó sobre la ruta nacional 14, a 240 kilómetros de la ciudad de Posadas, donde se detuvo a dos chilenos, presuntos integrantes de una red de traficantes de animales. Los acusados recorrían pueblos y parajes selváticos en busca de ejemplares demandados por coleccionistas privados radicados en el exterior. Las autoridades allanaron la vivienda de los chilenos, quienes integrarían una ONG ambientalista. Mauricio Olivera, un vecino de la zona, declaró: “Todos sabíamos que esta gente pagaba hasta 150 pesos por cada cascarudo vivo”. En la provincia de Misiones está prohibida la caza de animales nativos, incluida una amplia variedad de insectos que habitan en el monte. Los escarabajos secuestrados tendrían un valor de 100.000 dólares. Palabras más, palabras menos, la noticia apareció en los periódicos de Buenos Aires; lo que no cuenta es que los escarabajos incautados eran grandes como palomas.
Soy genocida de insectos en las carreteras misioneras. Lo cometí con mi auto japonés que queda perdido de bichos estrolados en toda la carrocería. También gorriones y hasta ranas, que un verdugo remata en el lavadero con su mortífero chorro a presión. Entre la lluvia de meteoritos que atravieso de noche en la ruta me espanta algún naranjazo que se revientan contra el parabrisas: son escarabajos como los incautados por la gendarmería. También hay langostas como cigarros Montecristo número dos. He estrellado contra mi coche millones de dólares.
Además de escarabajos de oro como el de Poe, me he encontrado con insectos de porcelana china, de lapislázuli y también esmeraldas de seis patas. Los sanjorges son rubíes de fuego y carbón dispuestos a terminar con todas las arañas. Y hay dijes más baratos, como las vaquitas de San Antonio, siempre querendonas: alguien ya inventó el ámbar sintético que las petrifica para pendientes y chupetines. Los aguaciles parecen sikorskis y las luciérnagas robinsons que patrullan la noche. Los mamboretás son origamis de papel glacé que entienden castellano.
Cuando se ponen molestos, los bichos me recuerdan a mi abuelo el general. Creo que era teniente durante la guerra de África -por los años 1920 - cuando apagaban la luz para no ver los insectos que caían en el rancho: vivió hasta los 94 con unas cuantas batallas en el medio. Tampoco al Bautista le cayeron mal las langostas del desierto. Algunos insectos se comen con placer en señalados sitios de América. Hormigas culonas, chapulines y gorgojos son nutritivos y hasta curan enfermedades. Ya ordeñamos a las abejas para alimentarnos con su miel y explotamos a los niños de las mariposas para vestirnos con su seda. Comeremos ensalada de pirpintos y budín de larvas de termita. Algún día cultivar hormigas será como sembrar chauchas.
Si nos rocían un frasco entero de insecticida caemos como moscas: nos salva la proporción, pero un poco morimos cada vez que inhalamos pesticidas y repelentes. Las autoridades persiguen a dos chilenos por comprar escarabajos (o porque los incautos no aceitaron el negocio con algún gendarme), mientras protegen a los que los matan con la guerra química que deja tullidos a la mitad de los colonos que cultivan tabaco. Todo para evitar que langostas y pulgones se almuercen las hojas que otros se fuman sin ningún remordimiento.
Soy genocida de insectos en las carreteras misioneras. Lo cometí con mi auto japonés que queda perdido de bichos estrolados en toda la carrocería. También gorriones y hasta ranas, que un verdugo remata en el lavadero con su mortífero chorro a presión. Entre la lluvia de meteoritos que atravieso de noche en la ruta me espanta algún naranjazo que se revientan contra el parabrisas: son escarabajos como los incautados por la gendarmería. También hay langostas como cigarros Montecristo número dos. He estrellado contra mi coche millones de dólares.
Además de escarabajos de oro como el de Poe, me he encontrado con insectos de porcelana china, de lapislázuli y también esmeraldas de seis patas. Los sanjorges son rubíes de fuego y carbón dispuestos a terminar con todas las arañas. Y hay dijes más baratos, como las vaquitas de San Antonio, siempre querendonas: alguien ya inventó el ámbar sintético que las petrifica para pendientes y chupetines. Los aguaciles parecen sikorskis y las luciérnagas robinsons que patrullan la noche. Los mamboretás son origamis de papel glacé que entienden castellano.
Cuando se ponen molestos, los bichos me recuerdan a mi abuelo el general. Creo que era teniente durante la guerra de África -por los años 1920 - cuando apagaban la luz para no ver los insectos que caían en el rancho: vivió hasta los 94 con unas cuantas batallas en el medio. Tampoco al Bautista le cayeron mal las langostas del desierto. Algunos insectos se comen con placer en señalados sitios de América. Hormigas culonas, chapulines y gorgojos son nutritivos y hasta curan enfermedades. Ya ordeñamos a las abejas para alimentarnos con su miel y explotamos a los niños de las mariposas para vestirnos con su seda. Comeremos ensalada de pirpintos y budín de larvas de termita. Algún día cultivar hormigas será como sembrar chauchas.
Si nos rocían un frasco entero de insecticida caemos como moscas: nos salva la proporción, pero un poco morimos cada vez que inhalamos pesticidas y repelentes. Las autoridades persiguen a dos chilenos por comprar escarabajos (o porque los incautos no aceitaron el negocio con algún gendarme), mientras protegen a los que los matan con la guerra química que deja tullidos a la mitad de los colonos que cultivan tabaco. Todo para evitar que langostas y pulgones se almuercen las hojas que otros se fuman sin ningún remordimiento.
La lluvia
La provincia de Corrientes está bañada por esteros interminables. La tierra firme es una sabana de palmeras y pequeños bosques de monte nativo que llaman capones. Cuando no hay palmeras ni monte, el paisaje se vuelve una llanura de agua a veces hasta el horizonte. Engañan los camalotes y juncales. Los embalsados son islas flotantes, tierra que viaja, con pasajeros inocentes como carpinchos y venados. Hay quienes vieron pasar hasta ranchos con su dueño. En la Villa Adelaida, cerca de Santa Rosa, el agua tiene gusto a hierro, la tierra es arena colorada y en verano hace un calor dulce y espeso: huele a dátiles, a zapallo y a choclo, como una lejana carbonada. En cuanto llegábamos a la estancia, la cocinera se ponía a hacer dulce de leche para todos: su hija revolvía horas la olla donde se cocía la leche con azúcar, siempre en el patio. La minoría es la casa de los peones y la mayoría la del patrón. En las estancias correntinas la cocina es un edificio aparte, como un polvorín. El charque se ahúma en el techo al resguardo de las moscas.
Los chicos de la casa odiábamos la siesta porque nos obligaban a dormir. Ahora pienso que era una artimaña de los mayores para no preocuparse por nuestras diabluras mientras ellos roncaban a pata suelta. Todos los días inventábamos una fórmula para burlar la estricta custodia de María Luisa, la tía viuda por cuyo cuarto debíamos pasar para escapar a la libertad. A esas horas el calor pesaba como un muerto. Nos metíamos en los secaderos de tabaco y armábamos unos cigarros descomunales enrollando las hojas: la sensación de libertad se multiplicaba a cada pitada que dábamos con los ojos medio cerrados por el humo. Todavía me zumba en los oídos la conversación de las chicharras en la siesta correntina: cuando se callan oigo el murmullo intermitente de las palomas.
A la tardecita, cuando el sol aplacaba su castigo, nos íbamos a la laguna. Antes de meternos en el agua debíamos espantar las palometas. Removíamos el agua a pedradas desde la costa y de paso ahuyentábamos también algún yacaré que se movía perezoso hacia otro lugar donde pasar la noche. El agua estaba rica y el vértigo de ser mordidos ni nos preocupaba mientras estuviéramos en movimiento o en la balsa que no terminábamos de componer: las palometas son pirañas solitarias que muerden bravo a los animales. El resto del día lo pasábamos arriba del caballo, casi siempre acompañando a los peones en su trabajo: arrear ganado, cortar y acarrear dátiles para los chanchos, buscar sandías, pesar balas de tabaco... Un día arreamos de vuelta a casa a los gansos que habían escapado al otro lado de la laguna. Los sapos cururú son compañeros solemnes en todas las galerías correntinas y a la noche se atolondran debajo de las lamparitas a zamparse miles de insectos idiotizados por la luz.
Ese verano hubo seca. El calor apretaba y bajaba el nivel de las lagunas. Cuando la situación se volvió crítica, María Luisa nos convocó a todos a rezar el rosario para pedir agua al Cielo. Nos sentamos en círculo a la sombra de un chivato: vinieron también los hijos de los peones y del servicio de la mayoría. En el cuarto misterio cayeron las primeras lágrimas pesadas en la arena picada de verdolagas. Subía el olor narcótico de la lluvia cuando nos refugiamos en la galería del diluvio que organizamos con avemarías. Entonces María Luisa empezó el quinto misterio.
Los chicos de la casa odiábamos la siesta porque nos obligaban a dormir. Ahora pienso que era una artimaña de los mayores para no preocuparse por nuestras diabluras mientras ellos roncaban a pata suelta. Todos los días inventábamos una fórmula para burlar la estricta custodia de María Luisa, la tía viuda por cuyo cuarto debíamos pasar para escapar a la libertad. A esas horas el calor pesaba como un muerto. Nos metíamos en los secaderos de tabaco y armábamos unos cigarros descomunales enrollando las hojas: la sensación de libertad se multiplicaba a cada pitada que dábamos con los ojos medio cerrados por el humo. Todavía me zumba en los oídos la conversación de las chicharras en la siesta correntina: cuando se callan oigo el murmullo intermitente de las palomas.
A la tardecita, cuando el sol aplacaba su castigo, nos íbamos a la laguna. Antes de meternos en el agua debíamos espantar las palometas. Removíamos el agua a pedradas desde la costa y de paso ahuyentábamos también algún yacaré que se movía perezoso hacia otro lugar donde pasar la noche. El agua estaba rica y el vértigo de ser mordidos ni nos preocupaba mientras estuviéramos en movimiento o en la balsa que no terminábamos de componer: las palometas son pirañas solitarias que muerden bravo a los animales. El resto del día lo pasábamos arriba del caballo, casi siempre acompañando a los peones en su trabajo: arrear ganado, cortar y acarrear dátiles para los chanchos, buscar sandías, pesar balas de tabaco... Un día arreamos de vuelta a casa a los gansos que habían escapado al otro lado de la laguna. Los sapos cururú son compañeros solemnes en todas las galerías correntinas y a la noche se atolondran debajo de las lamparitas a zamparse miles de insectos idiotizados por la luz.
Ese verano hubo seca. El calor apretaba y bajaba el nivel de las lagunas. Cuando la situación se volvió crítica, María Luisa nos convocó a todos a rezar el rosario para pedir agua al Cielo. Nos sentamos en círculo a la sombra de un chivato: vinieron también los hijos de los peones y del servicio de la mayoría. En el cuarto misterio cayeron las primeras lágrimas pesadas en la arena picada de verdolagas. Subía el olor narcótico de la lluvia cuando nos refugiamos en la galería del diluvio que organizamos con avemarías. Entonces María Luisa empezó el quinto misterio.
Huáscar
Debió ser en enero de 1986. Visitaba el diario El Mercurio de Santiago de Chile en su nueva sede de Lo Curro. En el despacho del director –que no estaba– me quedé embobado con una maqueta bastante grande de un combate naval que adornaba la sala desde una caja de vidrio: un velero y un vapor blindado trabados en batalla. Años después visité El Mercurio de Valparaíso y entonces supe de la afición del director por las representaciones del combate de Iquique: estaban por todos lados.
El 21 de mayo de 1879 el capitán Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena Esmeralda, abordó sable en mano el monitor peruano Huáscar en el momento mismo en que lo hincaba al medio con su espolón de proa en la bahía de Iquique. Prat fue muerto cuando avanzaba hacia la torreta de mando del almirante Miguel Grau. La Esmeralda se hundió después de la tercera arremetida del Huáscar que la partió al medio. Murieron 135 chilenos y un solo peruano que asomó la cabeza por una escotilla. Mientras el Huáscar se afanaba en rescatar del agua a los sobrevivientes de la Esmeralda, otros dos buques se enredaron en su propia escaramuza. La cañonera chilena Covadonga (había sido tomada a los españoles en 1865) y el Independencia, otro blindado peruano, que tenía órdenes de Grau de seguirla en su escapada hacia el sur. Rajaba a toda pastilla con apenas 412 toneladas, rascando el fondo, casi en la rompiente de Punta Gruesa. La Independencia era mucho más veloz y cuatro veces más pesada. Cuando estaba a punto de alcanzarla se topó con un risco que le cortó la quilla como un abrelatas. La Covadonga viró en redondo y se cebó sobre la Independencia que chapoteaba impotente, ensartada en el risco. El comandante de la Covadonga tenía dos primos peruanos en la Independencia. Después de Iquique y Punta Gruesa, el buque insignia de la armada peruana siguió su singladura de guerra al mando de Grau, pero todos dicen que la Guerra del Pacífico se ganó y perdió ese día. El 8 de octubre el Huáscar se enfrentó en Punta Angamos contra la flota chilena que lo acorraló y se lo llevó como botín de guerra antes de que los peruanos pudieran hundirlo. En plena batalla una bala de acero de 250 libras encontró a Grau en la torre de mando y lo desparramó por la misma cubierta en la que muriera Prat el 21 de mayo: era de esos militares que pelean a cuerpo gentil y sin siquiera esconder la cabeza entre los hombros.
El Huáscar flota todavía en la bahía de Concepción, al sur de Chile, cerca de la Base Naval de Talcahuano. Es un buque museo, como tantos, pero no está amarrado sino fondeado en la rada: se llega en un bote que traslada a los visitantes desde el muelle. Se lo puede ver todavía gallardo a unos 300 metros de la costa. Subí a bordo con el recuerdo intacto de mis visitas a El Mercurio. Es un monumento al coraje y a la hidalguía con que se enfrentaron hasta parientes de las marinas de guerra de Chile y el Perú. Homenaje a la hermandad singular de dos pueblos de América. Muchos de ellos habían peleado juntos contra la flota española en Valparaíso y El Callao doce años antes. Al llegar a cubierta la emoción es un cañonazo que se mete en la barriga. De los mil episodios de la Guerra del Pacífico, el Huáscar los resume a todos y es suficiente para recordar el valor con que combatieron dos pueblos y dos caballeros cuyos abuelos pasearon por los mismos malecones del mediterráneo español.
El 21 de mayo de 1879 el capitán Arturo Prat, comandante de la corbeta chilena Esmeralda, abordó sable en mano el monitor peruano Huáscar en el momento mismo en que lo hincaba al medio con su espolón de proa en la bahía de Iquique. Prat fue muerto cuando avanzaba hacia la torreta de mando del almirante Miguel Grau. La Esmeralda se hundió después de la tercera arremetida del Huáscar que la partió al medio. Murieron 135 chilenos y un solo peruano que asomó la cabeza por una escotilla. Mientras el Huáscar se afanaba en rescatar del agua a los sobrevivientes de la Esmeralda, otros dos buques se enredaron en su propia escaramuza. La cañonera chilena Covadonga (había sido tomada a los españoles en 1865) y el Independencia, otro blindado peruano, que tenía órdenes de Grau de seguirla en su escapada hacia el sur. Rajaba a toda pastilla con apenas 412 toneladas, rascando el fondo, casi en la rompiente de Punta Gruesa. La Independencia era mucho más veloz y cuatro veces más pesada. Cuando estaba a punto de alcanzarla se topó con un risco que le cortó la quilla como un abrelatas. La Covadonga viró en redondo y se cebó sobre la Independencia que chapoteaba impotente, ensartada en el risco. El comandante de la Covadonga tenía dos primos peruanos en la Independencia. Después de Iquique y Punta Gruesa, el buque insignia de la armada peruana siguió su singladura de guerra al mando de Grau, pero todos dicen que la Guerra del Pacífico se ganó y perdió ese día. El 8 de octubre el Huáscar se enfrentó en Punta Angamos contra la flota chilena que lo acorraló y se lo llevó como botín de guerra antes de que los peruanos pudieran hundirlo. En plena batalla una bala de acero de 250 libras encontró a Grau en la torre de mando y lo desparramó por la misma cubierta en la que muriera Prat el 21 de mayo: era de esos militares que pelean a cuerpo gentil y sin siquiera esconder la cabeza entre los hombros.
El Huáscar flota todavía en la bahía de Concepción, al sur de Chile, cerca de la Base Naval de Talcahuano. Es un buque museo, como tantos, pero no está amarrado sino fondeado en la rada: se llega en un bote que traslada a los visitantes desde el muelle. Se lo puede ver todavía gallardo a unos 300 metros de la costa. Subí a bordo con el recuerdo intacto de mis visitas a El Mercurio. Es un monumento al coraje y a la hidalguía con que se enfrentaron hasta parientes de las marinas de guerra de Chile y el Perú. Homenaje a la hermandad singular de dos pueblos de América. Muchos de ellos habían peleado juntos contra la flota española en Valparaíso y El Callao doce años antes. Al llegar a cubierta la emoción es un cañonazo que se mete en la barriga. De los mil episodios de la Guerra del Pacífico, el Huáscar los resume a todos y es suficiente para recordar el valor con que combatieron dos pueblos y dos caballeros cuyos abuelos pasearon por los mismos malecones del mediterráneo español.
Naufragio
El canal Vinculación une los ríos San Antonio y Luján en el Delta del Paraná, apenas a 50 kilómetros del centro de Buenos Aires. Es el camino obligado para los yates, barcos y lanchas que salen de los puertos de San Fernando y Tigre hacia las islas del Delta: un inmenso laberinto de ríos y arroyos que forman el Paraná y el Uruguay antes de convertirse en el Plata, que los conquistadores llamaron Mar Dulce porque no podían creer que esa enormidad fuera un río. El Delta es otro mundo surcado por embarcaciones: lanchas veloces, yates de crema pastelera con señores solemnes tocados de capitán, chinchorros, balandros, veleros al viento con sus spinakers, genoas, foques y mayores. El espectáculo del Vinculación en las mañanas soleadas de los fines de semana es para alquilar balcones (o cubiertas): ahí navega con sus gallardetes al viento la flor y nata de la crisis argentina. El canal es un concurso de estelas que provocan una marejada capaz de hundir al Poseidón.
Una linda mañana de domingo de agosto de 1982, salí a remar con Félix Racca, un amigo poco náutico pero bastante aventurero. A pesar de ser pleno invierno no hacía frío. Entonces era socio del Rowing Club, un club de regatas muy inglés, situado sobre el río Luján, en el Tigre. Salimos en un doble par con timón, pero no llevábamos timonel. Es que también íbamos con una agenda secreta y prohibida: en esos días ensayaba una vela de quita y pon para travesías más largas por el Delta del Paraná. Para eso necesitaba el timón y toleteras que me permitieran fijar los obenques. El palo estaba desarmado en segmentos que se encastraban y cabía, junto con la vela, en un bolso en el que también llevaba algo de comida y un abrigo.
A pesar del buen tiempo ni se nos ocurrió que aquel domingo saldría tanta gente a navegar. Quizá por eso nos metimos en el Vinculación en lugar de remar por riachos más calmos rumbo al estuario del San Antonio, que era nuestro destino. El canal se llenaba de barcos y la marejada entraba por las bordas sin darnos tiempo a achicar. En segundos el bote se llenó de agua y se dio vuelta. Flotaba pesado y desarmado entre las estelas y los barcos que surcaban el Vinculación sin siquiera mirarnos. Por fin un yate se acercó: el piloto nos echó un salvavidas atado a un cabo del que se agarró Félix, mientras yo intentaba recuperar las partes del bote que flotaban por el agua: remos, carritos móviles, timón, bichero... temía el reto que me daría el capitán del club si perdía algo. A duras penas conseguí darlo vuelta y meter todo adentro del casco anegado. Llegué hasta la orilla como un condenado a trabajos forzados. En la isla achiqué el agua y lo volví a armar. El bote se salvó completo, pero la vela, la ropa y los sandwiches se fueron a pique. Volví al agua a reunirme con Félix que esperaba tomando algo caliente en el yate que había fondeado cerquita.
Amarré el bote al yate y subí a cubierta. Félix me hacía gestos con los ojos pero no lograba descifrar su mensaje. Nuestro anfitrión era el Jefe de la Armada Argentina que paseaba con su mujer; un barco de la Prefectura lo custodiaba discreto. La Guerra de las Malvinas había terminado dos meses antes y el almirante había sido el principal impulsor de la reconquista de las islas: una gesta que abusó del sentimiento de los argentinos para perpetuar una dictadura en retirada. El General Galtieri le había comprado la estrategia que, si salía bien, lo subiría al panteón de los próceres y lo mantendría en el sillón de Rivadavia por unos cuantos años. Con papas fritas de paquete y un vinito reparador el almirante nos contó que, después del hundimiento del viejo crucero General Belgrano, decidió guardar la flota en puerto. Confirmé entonces que habíamos peleado una guerra naval mezquinando la flota para no hundirla. Para colmo el almirante nos dijo también que habíamos estado a punto de ganar la guerra: ahora sabía que si aguantábamos unas horas más los ingleses se retiraban vencidos...
El único que seguro no gana la lotería es el que no compra billetes. No usé esta metáfora, pero dije algo parecido y cambiamos de tema para no arruinar la hospitalidad. El almirante no podía ignorar que las guerras se ganan matando y muriendo. Al final de las batallas los valientes que pierden y sus buques están más cómodos en el fondo del mar que en la vergüenza del puerto. Casi no quedaron aviones de combate en la Argentina al final de la guerra, mientras que la Armada solo perdió un crucero que se había salvado de Pearl Harbor en 1941 y un pequeño aviso. El almirante lo sabía 40 años antes, cuando preparó el primer plan de recuperación de las Malvinas. ¿Porqué guardó la flota? Muchos sospechan, pero ya nadie lo sabrá porque murió el 9 de enero de 2008.
Igual le debo el salvataje. La ropa que nos prestó se la devolvimos limpia con un ramo de flores para su mujer unos días después del naufragio.
Una linda mañana de domingo de agosto de 1982, salí a remar con Félix Racca, un amigo poco náutico pero bastante aventurero. A pesar de ser pleno invierno no hacía frío. Entonces era socio del Rowing Club, un club de regatas muy inglés, situado sobre el río Luján, en el Tigre. Salimos en un doble par con timón, pero no llevábamos timonel. Es que también íbamos con una agenda secreta y prohibida: en esos días ensayaba una vela de quita y pon para travesías más largas por el Delta del Paraná. Para eso necesitaba el timón y toleteras que me permitieran fijar los obenques. El palo estaba desarmado en segmentos que se encastraban y cabía, junto con la vela, en un bolso en el que también llevaba algo de comida y un abrigo.
A pesar del buen tiempo ni se nos ocurrió que aquel domingo saldría tanta gente a navegar. Quizá por eso nos metimos en el Vinculación en lugar de remar por riachos más calmos rumbo al estuario del San Antonio, que era nuestro destino. El canal se llenaba de barcos y la marejada entraba por las bordas sin darnos tiempo a achicar. En segundos el bote se llenó de agua y se dio vuelta. Flotaba pesado y desarmado entre las estelas y los barcos que surcaban el Vinculación sin siquiera mirarnos. Por fin un yate se acercó: el piloto nos echó un salvavidas atado a un cabo del que se agarró Félix, mientras yo intentaba recuperar las partes del bote que flotaban por el agua: remos, carritos móviles, timón, bichero... temía el reto que me daría el capitán del club si perdía algo. A duras penas conseguí darlo vuelta y meter todo adentro del casco anegado. Llegué hasta la orilla como un condenado a trabajos forzados. En la isla achiqué el agua y lo volví a armar. El bote se salvó completo, pero la vela, la ropa y los sandwiches se fueron a pique. Volví al agua a reunirme con Félix que esperaba tomando algo caliente en el yate que había fondeado cerquita.
Amarré el bote al yate y subí a cubierta. Félix me hacía gestos con los ojos pero no lograba descifrar su mensaje. Nuestro anfitrión era el Jefe de la Armada Argentina que paseaba con su mujer; un barco de la Prefectura lo custodiaba discreto. La Guerra de las Malvinas había terminado dos meses antes y el almirante había sido el principal impulsor de la reconquista de las islas: una gesta que abusó del sentimiento de los argentinos para perpetuar una dictadura en retirada. El General Galtieri le había comprado la estrategia que, si salía bien, lo subiría al panteón de los próceres y lo mantendría en el sillón de Rivadavia por unos cuantos años. Con papas fritas de paquete y un vinito reparador el almirante nos contó que, después del hundimiento del viejo crucero General Belgrano, decidió guardar la flota en puerto. Confirmé entonces que habíamos peleado una guerra naval mezquinando la flota para no hundirla. Para colmo el almirante nos dijo también que habíamos estado a punto de ganar la guerra: ahora sabía que si aguantábamos unas horas más los ingleses se retiraban vencidos...
El único que seguro no gana la lotería es el que no compra billetes. No usé esta metáfora, pero dije algo parecido y cambiamos de tema para no arruinar la hospitalidad. El almirante no podía ignorar que las guerras se ganan matando y muriendo. Al final de las batallas los valientes que pierden y sus buques están más cómodos en el fondo del mar que en la vergüenza del puerto. Casi no quedaron aviones de combate en la Argentina al final de la guerra, mientras que la Armada solo perdió un crucero que se había salvado de Pearl Harbor en 1941 y un pequeño aviso. El almirante lo sabía 40 años antes, cuando preparó el primer plan de recuperación de las Malvinas. ¿Porqué guardó la flota? Muchos sospechan, pero ya nadie lo sabrá porque murió el 9 de enero de 2008.
Igual le debo el salvataje. La ropa que nos prestó se la devolvimos limpia con un ramo de flores para su mujer unos días después del naufragio.
Bote de pimientos
La anteúltima vez que estuve en casa de los Ramírez en Madrid comimos pimientos rellenos. Los cocinó Pablo mientras Mica cuidaba de Gabriela, recién nacida. Tanta habrá sido mi admiración que Pablo me regaló un bote ahí mismo. Era un frasco de conserva, cilíndrico y con tapa de latón, lleno de pimientos del Piquillo apretujados en aceite de oliva.
En ese mismo viaje almorcé con Carlos Soria en Puente la Reina, donde probé, una vez más, esas lenguas de Lenín y terciopelo acomodadas en el plato como una flor de Navidad. En Tarragona me volví a encontrar con los pimientos cuando cené con Toni Piqué en un gracioso restaurante que no tiene cocina sino abrelatas y sacacorchos: solo dan comidas en conserva con estupendos vinos de la tierra. Llegué de nuevo a Madrid con el tiempo justo para subirme a un Easy Jet que me dejó en Londres. Los pimientos de Pablo siguieron viaje en el fondo de la maleta y me acordé de ellos cuando desempaqué en casa de Alfredo Triviño.
Olvidé el frasco en un cajón, debajo de una cama sofá que tienen en la sala de estar. Allí los había puesto al llegar, al abrigo de los juegos que sus niños, que entonces eran dos. Me di cuenta en Buenos Aires cuando los eché de menos unos días después de llegar. Le advertí a Alfredo que allí seguirían para que dieran cuenta de ellos, pero al ver la fecha de vencimiento decidió que había tiempo para comerlos juntos en otro viaje.
A fines de noviembre regresé a Londres sólo por unas horas para ver a Pelle Tornberg. Perdí casi todo el tiempo en volver por un paraguas prestado que dejé en el guardarropa de la National Gallery, donde me refugié del aguacero de las once. También perdí mi teléfono: lo recuperé en la catedral de Westminster cuando volvía a la estación Victoria a tomar el tren a Gatwick. Me esperaba custodiado por un guardia que en ese momento almorzaba un estupendo sandwich a dos manos en su oficina debajo de la torre. Me señaló con el dedo meñique el cajón de su escritorio donde guardaba objetos perdidos, casi todos anteojos que claman por sus dueños como mascotas desamparadas.
Volvía con los pimientos en mi mochila. Pero en Gatwick resolvieron que era una peligrosa bomba de tiempo. En lugar de fusilarme, me mostraron un gran cesto donde podía dejar el bote para que algún artificiero de la policía secreta británica arriesgara su vida entre pomos de crema antiage y desodorantes en aerosol. No pensaba desprenderme de los pimientos ni en broma, así que volví sobre mis pasos para despacharlos como equipaje en el mostrador de Easy Jet. Improvisé el embalaje con unos pedazos de cartón de una caja vieja y el pegote para identificar las maletas. Una azafata mofletuda y anaranjada me entregó el resguardo entre solemne y divertida y dejó mi bote en la cinta transportadora. Llegué al avión cuando cerraban la puerta y me senté como pude entre dos gordas que comían galletitas sin parar. En Madrid me reencontré con mis pimientos, que ni explotaron ni se convirtieron en Allien: aparecieron entre unas maletas en las que cabía Bin Laden en carne mortal.
Todavía faltaba la prueba de fuego: el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Unos perritos bastante ridículos de la temible Senasa -la Stasi de la bromatología local- correteaban entre las maletas a contracorriente de la cinta giratoria. Descubrieron butifarras y ensaimadas que los agentes secuestraron implacables ante el llanto de sus dueños. Después vino el escáner de la aduana, buscador de tecnología de punta mal habida. Un fisgón de pantalla encontró el frasco escondido entre mi ropa arrugada y me ordenó que abriera la valija. Fue directo al bote con su mano enguantada de paramédico y me lo mostró con aire pícaro y hambre de pimientos. Le conté la historia y me perdonó la vida. Un buen día nos los comimos en mi casa de Buenos Aires rellenos de carnecita y bechamel.
En ese mismo viaje almorcé con Carlos Soria en Puente la Reina, donde probé, una vez más, esas lenguas de Lenín y terciopelo acomodadas en el plato como una flor de Navidad. En Tarragona me volví a encontrar con los pimientos cuando cené con Toni Piqué en un gracioso restaurante que no tiene cocina sino abrelatas y sacacorchos: solo dan comidas en conserva con estupendos vinos de la tierra. Llegué de nuevo a Madrid con el tiempo justo para subirme a un Easy Jet que me dejó en Londres. Los pimientos de Pablo siguieron viaje en el fondo de la maleta y me acordé de ellos cuando desempaqué en casa de Alfredo Triviño.
Olvidé el frasco en un cajón, debajo de una cama sofá que tienen en la sala de estar. Allí los había puesto al llegar, al abrigo de los juegos que sus niños, que entonces eran dos. Me di cuenta en Buenos Aires cuando los eché de menos unos días después de llegar. Le advertí a Alfredo que allí seguirían para que dieran cuenta de ellos, pero al ver la fecha de vencimiento decidió que había tiempo para comerlos juntos en otro viaje.
A fines de noviembre regresé a Londres sólo por unas horas para ver a Pelle Tornberg. Perdí casi todo el tiempo en volver por un paraguas prestado que dejé en el guardarropa de la National Gallery, donde me refugié del aguacero de las once. También perdí mi teléfono: lo recuperé en la catedral de Westminster cuando volvía a la estación Victoria a tomar el tren a Gatwick. Me esperaba custodiado por un guardia que en ese momento almorzaba un estupendo sandwich a dos manos en su oficina debajo de la torre. Me señaló con el dedo meñique el cajón de su escritorio donde guardaba objetos perdidos, casi todos anteojos que claman por sus dueños como mascotas desamparadas.
Volvía con los pimientos en mi mochila. Pero en Gatwick resolvieron que era una peligrosa bomba de tiempo. En lugar de fusilarme, me mostraron un gran cesto donde podía dejar el bote para que algún artificiero de la policía secreta británica arriesgara su vida entre pomos de crema antiage y desodorantes en aerosol. No pensaba desprenderme de los pimientos ni en broma, así que volví sobre mis pasos para despacharlos como equipaje en el mostrador de Easy Jet. Improvisé el embalaje con unos pedazos de cartón de una caja vieja y el pegote para identificar las maletas. Una azafata mofletuda y anaranjada me entregó el resguardo entre solemne y divertida y dejó mi bote en la cinta transportadora. Llegué al avión cuando cerraban la puerta y me senté como pude entre dos gordas que comían galletitas sin parar. En Madrid me reencontré con mis pimientos, que ni explotaron ni se convirtieron en Allien: aparecieron entre unas maletas en las que cabía Bin Laden en carne mortal.
Todavía faltaba la prueba de fuego: el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires. Unos perritos bastante ridículos de la temible Senasa -la Stasi de la bromatología local- correteaban entre las maletas a contracorriente de la cinta giratoria. Descubrieron butifarras y ensaimadas que los agentes secuestraron implacables ante el llanto de sus dueños. Después vino el escáner de la aduana, buscador de tecnología de punta mal habida. Un fisgón de pantalla encontró el frasco escondido entre mi ropa arrugada y me ordenó que abriera la valija. Fue directo al bote con su mano enguantada de paramédico y me lo mostró con aire pícaro y hambre de pimientos. Le conté la historia y me perdonó la vida. Un buen día nos los comimos en mi casa de Buenos Aires rellenos de carnecita y bechamel.
Sarah Hellen
Llegué al Lima unos días después del terremoto que desparramó por el suelo a la ciudad de Pisco. Duraba en los limeños el susto tremendo de aguantar casi dos minutos de sacudón y no podían hablar de otro tema. Seguían los remezones y réplicas, que tienen también lo suyo: el más fuerte lo sentí todavía en Guayaquil, una noche en que el hotel se movió como si fuera de bambú.
Dice la enciclopedia de los sismos que el del 22 de mayo 1960 en Valdivia, Chile, fue el campeón mundial de los terremotos, con 9.5 de la escala de Richter: desaparecieron islas, otras surgieron, los ríos cambiaron de cauce y el mar se retiró por algunos minutos para volver en una ola de doce metros que destruyó lo que quedaba. Murieron 1.600, 3.000 quedaron heridos y dos millones en la calle. El maremoto provocó, además, 138 muertes en el Japón, 61 en Hawai y 32 en las Filipinas. Lo comparaba Charles Richter con una explosión de 260 millones de toneladas de TNT, pero a esas alturas da igual contar dinamita, martillos neumáticos o alfajores de dulce de leche.
Durante el terremoto se vuelven cómicas las recomendaciones reglamentarias pegadas en algunas paredes: “lugar seguro en caso de sismo”: nadie explica para qué sirve una columna de hormigón en un piso 19 cuando se desploma el edificio. Además, todo depende de a dónde a uno lo pille: siempre es peor en el Tercer Mundo que en el Primero. En Japón antes morían como moscas y ahora son bloopers para la televisión. En San Giuliano di Puglia en 2002 murieron 26 niños en una escuela mal construida. El tsunami de Sumatra de diciembre de 2004 se llevó 283.000 almas. En Pisco 150 pasaron a la otra vida durante un funeral porque se les desplomó el techo de la iglesia. Van por 517 muertos cuando esto escribo y todavía suenan móviles entre los escombros de un hotel. Además se derrumbaron todos los pabellones del cementerio porque nadie los construye antisísmicos...
Todos menos uno: el que aloja en su séptimo nivel a Sarah Hellen, una bruja inglesa que fue enterrada en Pisco porque en su tierra la despacharon como una carga radioactiva. En pleno Lancashire los civilizados ingleses ajusticiaron el 9 de julio de 1913 a tres hermanas por asesinato, brujería, vampirismo y magia negra. Una de ellas prometió resucitar 80 años después y vengarse de todos los descendientes de sus acusadores. Asustados por la amenaza prohibieron enterrarlas en el cementerio local y así empezó el calvario de su viudo que terminó en 1917 en el puerto de Pisco, donde las autoridades le dejaron enterrarla cristianamente, previo pago de cinco libras. En 1993, al cumplirse los 80 años de su asesinato, los habitantes de Pisco se organizaron para esperar a Sarah y rematarla con estacas y cruces, no fuera que al volver a la vida confundiera Pisco con Blackburn y pagaran justos por pecadores. No resucitó, y fue entonces que los pisqueños empezaron a rezarle y a pedirle favores. Hoy, después del terremoto, su tumba tiene siempre flores frescas y exvotos agradecidos. Así es la América mestiza: los ingleses se lo pierden.
Dice la enciclopedia de los sismos que el del 22 de mayo 1960 en Valdivia, Chile, fue el campeón mundial de los terremotos, con 9.5 de la escala de Richter: desaparecieron islas, otras surgieron, los ríos cambiaron de cauce y el mar se retiró por algunos minutos para volver en una ola de doce metros que destruyó lo que quedaba. Murieron 1.600, 3.000 quedaron heridos y dos millones en la calle. El maremoto provocó, además, 138 muertes en el Japón, 61 en Hawai y 32 en las Filipinas. Lo comparaba Charles Richter con una explosión de 260 millones de toneladas de TNT, pero a esas alturas da igual contar dinamita, martillos neumáticos o alfajores de dulce de leche.
Durante el terremoto se vuelven cómicas las recomendaciones reglamentarias pegadas en algunas paredes: “lugar seguro en caso de sismo”: nadie explica para qué sirve una columna de hormigón en un piso 19 cuando se desploma el edificio. Además, todo depende de a dónde a uno lo pille: siempre es peor en el Tercer Mundo que en el Primero. En Japón antes morían como moscas y ahora son bloopers para la televisión. En San Giuliano di Puglia en 2002 murieron 26 niños en una escuela mal construida. El tsunami de Sumatra de diciembre de 2004 se llevó 283.000 almas. En Pisco 150 pasaron a la otra vida durante un funeral porque se les desplomó el techo de la iglesia. Van por 517 muertos cuando esto escribo y todavía suenan móviles entre los escombros de un hotel. Además se derrumbaron todos los pabellones del cementerio porque nadie los construye antisísmicos...
Todos menos uno: el que aloja en su séptimo nivel a Sarah Hellen, una bruja inglesa que fue enterrada en Pisco porque en su tierra la despacharon como una carga radioactiva. En pleno Lancashire los civilizados ingleses ajusticiaron el 9 de julio de 1913 a tres hermanas por asesinato, brujería, vampirismo y magia negra. Una de ellas prometió resucitar 80 años después y vengarse de todos los descendientes de sus acusadores. Asustados por la amenaza prohibieron enterrarlas en el cementerio local y así empezó el calvario de su viudo que terminó en 1917 en el puerto de Pisco, donde las autoridades le dejaron enterrarla cristianamente, previo pago de cinco libras. En 1993, al cumplirse los 80 años de su asesinato, los habitantes de Pisco se organizaron para esperar a Sarah y rematarla con estacas y cruces, no fuera que al volver a la vida confundiera Pisco con Blackburn y pagaran justos por pecadores. No resucitó, y fue entonces que los pisqueños empezaron a rezarle y a pedirle favores. Hoy, después del terremoto, su tumba tiene siempre flores frescas y exvotos agradecidos. Así es la América mestiza: los ingleses se lo pierden.
Día del Periodista
En la Argentina se celebra el Día del Periodista al cumplirse el aniversario de La Gaceta de Buenos Aires, el periódico fundado por Mariano Moreno el 7 de junio de 1810, días después de la Revolución de Mayo que derrocó al virrey Cisneros. Moreno era un jacobino roussoniano, un poco resentido, que estudió Leyes en Chuquisaca. Murió el 4 de marzo de 1811 en la goleta inglesa Fame cuando viajaba a Londres a buscar apoyo para la Revolución. Su hermano Manuel, que viajaba con él, siempre sospechó que el capitán del barco le dio arsénico en lugar de un vomitivo. Su cuerpo terminó en el fondo del mar envuelto en la union jack.
En Posadas se hizo tradición entre los periodistas celebrar a don Mariano Moreno enfrente de un busto que lo recuerda en la avenida Mitre. Pero en estos tiempos jorobados para la libertad, aquel sencillo acto fue copado por el sindicato de los "trabajadores de prensa" de Misiones, dominado por amigos del gobierno. El día anterior llegó al diario un fax con la invitación a un extenso programa en el que figuraba el Himno Nacional, interpretado por la banda de la Policía de la Provincia que espía nuestros teléfonos, asistencia de colegios para que haya público, oración de un cura con apellido polaco. Todo regado con discursos del secretario general del sindicato, del intendente de la ciudad y del presidente de la legislatura provincial. Colocarían, además, ofrendas florares a los pies del prócer. Periodistas no aparecían por ningún lado.
En el diario decidimos anticiparnos y nos complotamos para madrugarles el acto. Nos reunimos a las ocho de la mañana, con unas flores y sin más preámbulos ni música que nuestra presencia. Con el fotógrafo sumamos nueve personas. Muertos de frío y divertidos por los chistes de dos de nosotros -humoristas gráficos- nos hicimos la foto delante del monumento a Mariano Moreno. Antes limpiamos un poco el lugar con una escoba vieja que encontramos allí mismo. Mientras esto hacíamos llegó un camión con empleados municipales a instalar los equipos de audio que retumbarían las palabras de los funcionarios una hora después: ellos fueron nuestro público. La noche anterior obreros de la intendencia pintaron de blanco el busto de Moreno: los brochazos de cada año engordan al prócer y borran sus rasgos. La placa que recuerda su nombre a los transeúntes casi no se lee por la pintura que se acumula entre sus letras.
Nos divertimos todo el día imaginando el acto de los funcionarios. Cuando llegaron, descansaba a los pies de Mariano Moreno un ramo de flores de El Territorio y otro de la revista de humor Mbarigüí. No asistió el presidente del parlamento provincial, el mismo que prohibió las reuniones de más de dos personas en la legislatura. El intendente de Posadas bramó por altoparlantes en contra del gobierno provincial. Le retrucó el subsecretario de gobierno, responsable del robo de miles de documentos para cometer un fraude flagrante en las últimas elecciones. También escupió palabras inconexas el secretario general de sindicato, en nombre y representación de su propio bolsillo... Hasta leyeron un mensaje del gobernador, un déspota que intentó modificar la constitución provincial para morir en el poder. Al final se aplaudieron con codicia y se fueron a desayunar chocolate con medialunas.
En Posadas se hizo tradición entre los periodistas celebrar a don Mariano Moreno enfrente de un busto que lo recuerda en la avenida Mitre. Pero en estos tiempos jorobados para la libertad, aquel sencillo acto fue copado por el sindicato de los "trabajadores de prensa" de Misiones, dominado por amigos del gobierno. El día anterior llegó al diario un fax con la invitación a un extenso programa en el que figuraba el Himno Nacional, interpretado por la banda de la Policía de la Provincia que espía nuestros teléfonos, asistencia de colegios para que haya público, oración de un cura con apellido polaco. Todo regado con discursos del secretario general del sindicato, del intendente de la ciudad y del presidente de la legislatura provincial. Colocarían, además, ofrendas florares a los pies del prócer. Periodistas no aparecían por ningún lado.
En el diario decidimos anticiparnos y nos complotamos para madrugarles el acto. Nos reunimos a las ocho de la mañana, con unas flores y sin más preámbulos ni música que nuestra presencia. Con el fotógrafo sumamos nueve personas. Muertos de frío y divertidos por los chistes de dos de nosotros -humoristas gráficos- nos hicimos la foto delante del monumento a Mariano Moreno. Antes limpiamos un poco el lugar con una escoba vieja que encontramos allí mismo. Mientras esto hacíamos llegó un camión con empleados municipales a instalar los equipos de audio que retumbarían las palabras de los funcionarios una hora después: ellos fueron nuestro público. La noche anterior obreros de la intendencia pintaron de blanco el busto de Moreno: los brochazos de cada año engordan al prócer y borran sus rasgos. La placa que recuerda su nombre a los transeúntes casi no se lee por la pintura que se acumula entre sus letras.
Nos divertimos todo el día imaginando el acto de los funcionarios. Cuando llegaron, descansaba a los pies de Mariano Moreno un ramo de flores de El Territorio y otro de la revista de humor Mbarigüí. No asistió el presidente del parlamento provincial, el mismo que prohibió las reuniones de más de dos personas en la legislatura. El intendente de Posadas bramó por altoparlantes en contra del gobierno provincial. Le retrucó el subsecretario de gobierno, responsable del robo de miles de documentos para cometer un fraude flagrante en las últimas elecciones. También escupió palabras inconexas el secretario general de sindicato, en nombre y representación de su propio bolsillo... Hasta leyeron un mensaje del gobernador, un déspota que intentó modificar la constitución provincial para morir en el poder. Al final se aplaudieron con codicia y se fueron a desayunar chocolate con medialunas.
La billetera
Viajé de Guayaquil a Lima a la tarde del 26 de agosto, cuando ya anochecía. Llegué a las 10 de la noche y seguí viaje a San Isidro en un carro de la radio que me fue a buscar al aeropuerto y me acercó hasta un departamento en la avenida Angamos y Francisco Tudela. Cuando llegamos, cerca de las doce de la noche, no había portero ni nadie que supiera qué hacer para entrar. El chofer era un tipo divertido y metedor, de esas personas que uno contrataría para lo que sea. Debía tener ganas de irse a dormir porque apretó sin remilgos todos los botones del intercomunicador de la puerta de calle. Solo contestó una señora que le dijo con una paciencia de santa que no había portero ni modo de abrir ese departamento que no fuera con la llave. Llamé por teléfono a la radio: en la guardia tenían un sobre con mi nombre. Fuimos para allí. Adentro del sobre de papel manila había un mapa, un juego de llaves y 400 soles. Después de varios intentos conseguí abrir la cancela y despedí al coche y a mi amigo el chofer. Pero en la puerta del 3º A, no hubo caso: no pude abrirla ni girando la llave a la inglesa o a la francesa. Por hacer palanca casi la rompo. Maldije la idea de mis anfitriones de instalarme en un piso para ahorrar un poco de plata: un hotel es tanto más hospitalario para una visita de pocos días.
Debía ser la 1.30 cuando me di por vencido y decidí buscar un hotel. No pasaba ni un alma por la calle así que me disponía a buscar en el mapa cómo llegar hasta el Olivar de San Isidro donde me alojé otra vez en un hotel muy agradable. Había caminado unas dos cuadras cuando apareció un taxi vacío: no se si fue buena o mala suerte, porque cuando me subí encontré una billetera de mujer en el asiento de atrás. Tenía dinero, documentos y tarjetas de crédito. Antes de llegar al hotel -que ahora se llama Sonesta Posada del Inca El Olivar- cometí el error de contárselo al taxista. Me porfió que debía dársela a él y que era su botín: había aparecido en su auto y por tanto era suya. Le intenté explicar que no era así: desde tiempos de los romanos las cosas son del que las encuentra solo si no son robadas ni perdidas y esa billetera clamaba por su dueña con cuatro documentos que lo certificaban. Además, en todo caso era mía por haberla encontrado, aunque fuera en su carro. Para colmo estaba seguro de mi intención de devolverla y dudaba de la del taxista. Eran las tres de la mañana cuando le pedí intervención al agente de seguridad del hotel ante el acoso del taxista que no pensaba perderse la billetera. El hombre me dio la razón y se las arregló con el chofer. Por suerte había lugar en el Sonesta, por 200 dólares que me chuparon de la Visa para dormir cuatro horas. Le encargué a la conserje que se asegurara de encontrar a la propietaria de la billetera, se la dejé y me fui a dormir agotado. A la mañana la conserje me aseguró que la habían devuelto a una empleada del casino del óvalo Gutiérrez. Ojalá sea cierto.
Al día siguiente saqué mis cosas del hotel y volví al departamento. Me recibió la dueña que ya estaba adentro y a quienes habían advertido de mi percance. Aseguró que la puerta se abrió sin problemas, pero nunca le creí: pudo entrar por la puerta de servicio de la que yo no tenía llave. Una traba de hierro que cruzaba de lado a lado estaba levantada. La señora había abierto todas las ventanas y corría un viento helado por adentro del piso. Cuando empecé a cerrar las ventanas se molestó un poco. Por fin, cuando se fue, terminé de cerrarlas. Entonces me di cuenta de que el departamento olía a pis de gato.
Debía ser la 1.30 cuando me di por vencido y decidí buscar un hotel. No pasaba ni un alma por la calle así que me disponía a buscar en el mapa cómo llegar hasta el Olivar de San Isidro donde me alojé otra vez en un hotel muy agradable. Había caminado unas dos cuadras cuando apareció un taxi vacío: no se si fue buena o mala suerte, porque cuando me subí encontré una billetera de mujer en el asiento de atrás. Tenía dinero, documentos y tarjetas de crédito. Antes de llegar al hotel -que ahora se llama Sonesta Posada del Inca El Olivar- cometí el error de contárselo al taxista. Me porfió que debía dársela a él y que era su botín: había aparecido en su auto y por tanto era suya. Le intenté explicar que no era así: desde tiempos de los romanos las cosas son del que las encuentra solo si no son robadas ni perdidas y esa billetera clamaba por su dueña con cuatro documentos que lo certificaban. Además, en todo caso era mía por haberla encontrado, aunque fuera en su carro. Para colmo estaba seguro de mi intención de devolverla y dudaba de la del taxista. Eran las tres de la mañana cuando le pedí intervención al agente de seguridad del hotel ante el acoso del taxista que no pensaba perderse la billetera. El hombre me dio la razón y se las arregló con el chofer. Por suerte había lugar en el Sonesta, por 200 dólares que me chuparon de la Visa para dormir cuatro horas. Le encargué a la conserje que se asegurara de encontrar a la propietaria de la billetera, se la dejé y me fui a dormir agotado. A la mañana la conserje me aseguró que la habían devuelto a una empleada del casino del óvalo Gutiérrez. Ojalá sea cierto.
Al día siguiente saqué mis cosas del hotel y volví al departamento. Me recibió la dueña que ya estaba adentro y a quienes habían advertido de mi percance. Aseguró que la puerta se abrió sin problemas, pero nunca le creí: pudo entrar por la puerta de servicio de la que yo no tenía llave. Una traba de hierro que cruzaba de lado a lado estaba levantada. La señora había abierto todas las ventanas y corría un viento helado por adentro del piso. Cuando empecé a cerrar las ventanas se molestó un poco. Por fin, cuando se fue, terminé de cerrarlas. Entonces me di cuenta de que el departamento olía a pis de gato.
El periodista de los apagones
En el año 1983 Sendero Luminoso comenzó a atentar contra las torres de alta tensión que alimentan de energía varias ciudades del Perú. Muchas noches Lima quedaba en tinieblas, oscura como la sombra del carbón. No solo falta la luz cuando no hay energía eléctrica: no hay televisión, ni agua, ni calor, ni frío, ni semáforos, ni radares, ni lanzaderas, ni rotativas, ni los millones de zumbidos que arrullan los oídos en las ciudades. La negrura atrapa en lugares insólitos: en la ducha, en un ascensor, en el quirófano... algunos se mueren porque la energía no les marca el paso. Las heladeras pierden sentido y la comida se echa a perder. Cierran las oficinas, las tiendas, los bares y algún vivo se roba lo que puede del supermercado. Por las calles deambulan quienes intentan volver a sus casas a tientas y tropezones. En la oscuridad absoluta no se sabe qué pasa ni qué hay que hacer. Los que están en su casa no se atreven a salir y solo les queda la zozobra de esperar al marido, a la mujer o a los hijos. No había teléfonos móviles entonces, pero sin energía en las antenas tampoco hubieran funcionado. Muchos limeños, aterrados, se hundían en la ansiedad. A las tinieblas se agregaba la explosión de algún coche bomba, los secuestros y las masacres. Sendero Luminoso asesinó a más de 31.000 personas en esos años.
Entonces la voz de Miguel Humberto Aguirre -Mihua para todo el mundo- acompañaba a los limeños desde los estudios de Radio Programas del Perú. Cuando empezaron los atentados, en RPP compraron urgente dos generadores, uno para el estudio y otro para la antena de transmisión. Así se mantuvo en el aire, y en medio de la inmensa ansiedad, Mihua acompañaba y contenía a los oyentes con simpatía y le quitaba dramatismo al apagón: lo contrario de lo que buscaba Sendero Luminoso. Hoy los limeños reconocen a Mihua cuando habla. Lo he comprobado al acompañarlo en un taxi, andando por la calle o al pedir el menú en un restaurante. Todavía le queda un dejo chileno a este periodista que vive en el Perú desde el 15 de septiembre de 1973. Por casualidad estaba afuera de su país -en Brno, entonces Checoslovaquia- cuando el golpe de Pinochet. Y ya no volvió a su patria hasta el plebiscito que en 1988 le dijo no al general. "No quería pedir permiso para entrar a mi país" se excusa restándose importancia. Entonces ya era tarde para otra mudanza familiar y ya se quedó en el Perú.
La voz de Miguel Humberto Aguirre en los apagones de Lima sitiada por Sendero Luminoso es un paradigma del periodismo que cambia la realidad en lugar de mirarla desde afuera. Mihua no relataba el apagón: lo sufría junto con sus oyentes a quienes animaba, contenía y calmaba. En Radio Programas del Perú estaban seguros de la misión que debían cumplir en ese momento de la historia del país, pero también sabían muy bien que una radio siempre debe estar en el aire y con potencia. Hoy es la emisora con más audiencia y más credibilidad del Perú. También la más querida por los peruanos.
Entonces la voz de Miguel Humberto Aguirre -Mihua para todo el mundo- acompañaba a los limeños desde los estudios de Radio Programas del Perú. Cuando empezaron los atentados, en RPP compraron urgente dos generadores, uno para el estudio y otro para la antena de transmisión. Así se mantuvo en el aire, y en medio de la inmensa ansiedad, Mihua acompañaba y contenía a los oyentes con simpatía y le quitaba dramatismo al apagón: lo contrario de lo que buscaba Sendero Luminoso. Hoy los limeños reconocen a Mihua cuando habla. Lo he comprobado al acompañarlo en un taxi, andando por la calle o al pedir el menú en un restaurante. Todavía le queda un dejo chileno a este periodista que vive en el Perú desde el 15 de septiembre de 1973. Por casualidad estaba afuera de su país -en Brno, entonces Checoslovaquia- cuando el golpe de Pinochet. Y ya no volvió a su patria hasta el plebiscito que en 1988 le dijo no al general. "No quería pedir permiso para entrar a mi país" se excusa restándose importancia. Entonces ya era tarde para otra mudanza familiar y ya se quedó en el Perú.
La voz de Miguel Humberto Aguirre en los apagones de Lima sitiada por Sendero Luminoso es un paradigma del periodismo que cambia la realidad en lugar de mirarla desde afuera. Mihua no relataba el apagón: lo sufría junto con sus oyentes a quienes animaba, contenía y calmaba. En Radio Programas del Perú estaban seguros de la misión que debían cumplir en ese momento de la historia del país, pero también sabían muy bien que una radio siempre debe estar en el aire y con potencia. Hoy es la emisora con más audiencia y más credibilidad del Perú. También la más querida por los peruanos.
Iberia y Alcazarquivir
José Saramago es un provocador infatigable y entretenido: hasta cara tiene de pícaro. Acaba de profetizar la integración de España y Portugal en una divertida entrevista que publicó Diário de Noticias de Lisboa el pasado 15 de julio. El nuevo país se llamará Iberia, producto de la unión de ambos y no de la anexión de uno por el otro. Madrid, en el centro de la península, seguirá siendo la capital. Portugal mantendrá su independencia cultural, como Cataluña, Galicia o el País Vasco y convivirán juntos en el espacio común europeo. La línea aérea no tendrá que cambiar de nombre y los reyes podrán volver a Estoril. Don José piensa que sería mucho más provechoso para España y Portugal integrar un país fuerte y poderoso, que haga oír su voz y sentir su peso en Europa como Francia o Alemania. Al final, las diferencias son tanto menores que las semejanzas y la unidad geográfica de ambas naciones es incontrastable. Saramago mismo es una muestra de ello: aunque nacido portugués, vive hace catorce años en Lanzarote (Islas Canarias) y su mujer es granadina.
El 4 de agosto de 1578 se libró la batalla de Alcazarquivir, cerca de Fez, en el norte de África. Es conocida también como la batalla de los Tres Reyes, porque allí murieron Sebastián de Portugal y los sultanes Muley al-Mutawajil y Abd el-Malij. Sebastián, con 24 años, había cruzado el estrecho con 16.000 hombres para auxiliar a Mutawajil en sus pretensiones al trono de Marruecos contra Malij, pero parece que andaba queriendo quedarse con una parte del reino magrebí y había prometido matar a todos los judíos de Marruecos si ganaba. Dicen que no había familia portuguesa que no tuviera un muerto en Alcazarquivir. También pelearon y murieron españoles, alemanes y franceses. Y los judíos de Marruecos todavía celebran su buena estrella.
Pero la consecuencia más interesante de la batalla de Alcazarquivir fue la unión de los reinos de España y Portugal. Felipe II, que era tío de Sebastián y nieto de Manuel II de Portugal, aprovechó el trono vacante y sin herederos para reclamar sus derechos y mandó a Lisboa al Duque de Alba con tropas suficientes para asegurarse la sucesión. Fue así que, desde 1580 hasta 1640, España y Portugal fueron un solo reino, como le gusta a Saramago. Y América también fue una sola porque se borró durante esos años la línea de Tordesillas. Todo era Iberia, desde los Pirineos a Lisboa y desde Oregón a Tierra del Fuego. Hasta el Amazonas y el País de la Canela, la indomable Nueva Andalucía, que Francisco de Orellana intentó conquistar primero desde Quito y luego desde el Atlántico.
No es la primera ni la segunda vez que España y Portugal piensan en la Unión Ibérica. Siempre existió entre ambos países un germen que tiende a juntarlos, nacido de la evidente unidad geográfica de ambas naciones y del sentido del destino común. En el siglo XIX intentaron más de una vez la unión dinástica de las coronas de España y Portugal para convertir a la península en un solo reino y hasta se creó una bandera que mezcla los colores de España y Portugal en cuatro partes iguales.
La unión de dos reinos por sucesión o por matrimonio era perfectamente natural a los contemporáneos de Felipe II y el pobre rey Sebastián. Pero si hace 50 años nos decían que iba a dejar de existir Alemania Oriental nos hubiéramos reído. Checoeslovaquia era una sola palabra, pero ahora resulta que son dos países. La Unión Soviética no solo cambió de nombre: desaparecieron la Unión y el Soviet. Ceilán ahora se llama Sri Lanka, y Birmania, Unión de Myanmar… Moldavia, Bielorusia y unos cuantos más estaban escondidos detrás de una cortina. Timor Oriental se desprendió de repente de Indonesia. Formosa figura en el mapa pero no existe para casi nadie por las presiones de China.
A la vez que se borran las fronteras entre los países se exacerban las nacionalidades más pequeñas, localistas, basadas en la tradición del propio valle, necesitadas de su folclore y del ancla en el terruño. Es un movimiento centrípeto producido por su contrario, centrífugo, de los grandes bloques continentales. Hoy pueden Portugal o el Algarbe integrar perfectamente las autonomías españolas como una más, sin que se mueva un pelo a nadie. De hecho, Cataluña es más independiente de España que Portugal, hipercolonizada por empresas españolas. Y es más probable encontrar una bandera española en Londres que en Bilbao. Vamos hacia un mundo de localismos que conviven en grandes bloques, como hace siglos ocurrió con los imperios, que cambiaban por conquista o matrimonio las fronteras anchas de sus dominios pero no las pequeñas de sus comarcas. No es una novedad para los analistas de la realidad mundial, pero es una de las más notables características de nuestra era, que cambiará el modo de ver el mundo, también en nuestro continente. Y José Saramago no es poca autoridad para anunciarlo.
El 4 de agosto de 1578 se libró la batalla de Alcazarquivir, cerca de Fez, en el norte de África. Es conocida también como la batalla de los Tres Reyes, porque allí murieron Sebastián de Portugal y los sultanes Muley al-Mutawajil y Abd el-Malij. Sebastián, con 24 años, había cruzado el estrecho con 16.000 hombres para auxiliar a Mutawajil en sus pretensiones al trono de Marruecos contra Malij, pero parece que andaba queriendo quedarse con una parte del reino magrebí y había prometido matar a todos los judíos de Marruecos si ganaba. Dicen que no había familia portuguesa que no tuviera un muerto en Alcazarquivir. También pelearon y murieron españoles, alemanes y franceses. Y los judíos de Marruecos todavía celebran su buena estrella.
Pero la consecuencia más interesante de la batalla de Alcazarquivir fue la unión de los reinos de España y Portugal. Felipe II, que era tío de Sebastián y nieto de Manuel II de Portugal, aprovechó el trono vacante y sin herederos para reclamar sus derechos y mandó a Lisboa al Duque de Alba con tropas suficientes para asegurarse la sucesión. Fue así que, desde 1580 hasta 1640, España y Portugal fueron un solo reino, como le gusta a Saramago. Y América también fue una sola porque se borró durante esos años la línea de Tordesillas. Todo era Iberia, desde los Pirineos a Lisboa y desde Oregón a Tierra del Fuego. Hasta el Amazonas y el País de la Canela, la indomable Nueva Andalucía, que Francisco de Orellana intentó conquistar primero desde Quito y luego desde el Atlántico.
No es la primera ni la segunda vez que España y Portugal piensan en la Unión Ibérica. Siempre existió entre ambos países un germen que tiende a juntarlos, nacido de la evidente unidad geográfica de ambas naciones y del sentido del destino común. En el siglo XIX intentaron más de una vez la unión dinástica de las coronas de España y Portugal para convertir a la península en un solo reino y hasta se creó una bandera que mezcla los colores de España y Portugal en cuatro partes iguales.
La unión de dos reinos por sucesión o por matrimonio era perfectamente natural a los contemporáneos de Felipe II y el pobre rey Sebastián. Pero si hace 50 años nos decían que iba a dejar de existir Alemania Oriental nos hubiéramos reído. Checoeslovaquia era una sola palabra, pero ahora resulta que son dos países. La Unión Soviética no solo cambió de nombre: desaparecieron la Unión y el Soviet. Ceilán ahora se llama Sri Lanka, y Birmania, Unión de Myanmar… Moldavia, Bielorusia y unos cuantos más estaban escondidos detrás de una cortina. Timor Oriental se desprendió de repente de Indonesia. Formosa figura en el mapa pero no existe para casi nadie por las presiones de China.
A la vez que se borran las fronteras entre los países se exacerban las nacionalidades más pequeñas, localistas, basadas en la tradición del propio valle, necesitadas de su folclore y del ancla en el terruño. Es un movimiento centrípeto producido por su contrario, centrífugo, de los grandes bloques continentales. Hoy pueden Portugal o el Algarbe integrar perfectamente las autonomías españolas como una más, sin que se mueva un pelo a nadie. De hecho, Cataluña es más independiente de España que Portugal, hipercolonizada por empresas españolas. Y es más probable encontrar una bandera española en Londres que en Bilbao. Vamos hacia un mundo de localismos que conviven en grandes bloques, como hace siglos ocurrió con los imperios, que cambiaban por conquista o matrimonio las fronteras anchas de sus dominios pero no las pequeñas de sus comarcas. No es una novedad para los analistas de la realidad mundial, pero es una de las más notables características de nuestra era, que cambiará el modo de ver el mundo, también en nuestro continente. Y José Saramago no es poca autoridad para anunciarlo.
Piedra fundamental
Con alegría de zapatos nuevos estrenaba mi oficina en pleno centro de Buenos Aires. Llevaba mi computadora y los libros que cabían en mi eterna bolsa negra con letras rojas de Clarín. Quería instalar, con la inocencia de un esquimal, el código genético de mi nueva usina. Por eso llevaba como piedra fundamental mis libros de Marshall McLuhan. Además viajaban en ese bolso Life After Television, de George Gilder, y Mind Grenades, Manifestos from the Future, la estupenda colección de las granadas con que empezaba cada número de la revista Wired en la época de Louis Rossetto y John Plunkett. También La hoja roja, de Delibes que estaba leyendo en esos días y La nueva Edad Media, de Alain Minc que necesitaba para terminar un artículo sobre la primera guerra de la segunda Edad Media para El Universo de Guayaquil.
Dejé el coche en una playa de estacionamiento cercana y caminé hasta Viamonte y San Martín cargado con las dos valijas. Cuando llegué a la puerta del ascensor, no estaba en la planta baja, así que dejé en el suelo el bolso de los libros para llamarlo; la computadora quedó colgando del otro hombro. Una señora bajita y morocha se puso demasiado cerca y empezó a bombear el botón con insistencia, apurada. Quise explicarle que el sistema es eléctrico y no mecánico: el ascensor no sube ni baja a fuerza de golpes de botón… pero la señora desapareció enojada, insultando al loco del botón.
Desapareció con mi bolso negro de letras coloradas, con las obras completas de San Marshall, con la vida después de la televisión y con unas 30 granadas activadas para reventar algún cerebro. Un despistado estaba allí en el momento del atraco, distrayendo al portero con una pregunta pava. "Se fue para allá" me gritó señalando el lado contrario a la fuga. Después me enteré de que era un compinche; siempre es tarde cuando el padre de todos los vivos te explica cómo funciona la picaresca porteña. De paso te aseguran que no se puede andar por las calles de Buenos Aires sin prestar atención a pungas, rateros y descuidistas. Además nunca hay que dejar bolsos y maletas en el suelo y mucho menos cuando se espera el ascensor en el hall de un edificio y hay alguien merodeando... Al final el culpable es uno mismo.
Consuela pensar que la gitana que me robó se quiso cortar las venas cuando abrió el bolso negro y gastado de Clarín lleno de libros en inglés. Enfrente del portal del edificio, cruzando la calle Viamonte, miraba la escena un pordiosero que pide limosna en la verja del monasterio de Santa Catalina. Lleva siempre, como segunda piel, un anorak sucio y raído que un san Martín de saco y corbata le regaló en una fría mañana de invierno; para eso es el patrono de Buenos Aires. En las mangas de la campera, entre hombros y puños, todavía se puede leer en letras romanas de caja alta: UNIVERSIDAD DE NAVARRA.
Dejé el coche en una playa de estacionamiento cercana y caminé hasta Viamonte y San Martín cargado con las dos valijas. Cuando llegué a la puerta del ascensor, no estaba en la planta baja, así que dejé en el suelo el bolso de los libros para llamarlo; la computadora quedó colgando del otro hombro. Una señora bajita y morocha se puso demasiado cerca y empezó a bombear el botón con insistencia, apurada. Quise explicarle que el sistema es eléctrico y no mecánico: el ascensor no sube ni baja a fuerza de golpes de botón… pero la señora desapareció enojada, insultando al loco del botón.
Desapareció con mi bolso negro de letras coloradas, con las obras completas de San Marshall, con la vida después de la televisión y con unas 30 granadas activadas para reventar algún cerebro. Un despistado estaba allí en el momento del atraco, distrayendo al portero con una pregunta pava. "Se fue para allá" me gritó señalando el lado contrario a la fuga. Después me enteré de que era un compinche; siempre es tarde cuando el padre de todos los vivos te explica cómo funciona la picaresca porteña. De paso te aseguran que no se puede andar por las calles de Buenos Aires sin prestar atención a pungas, rateros y descuidistas. Además nunca hay que dejar bolsos y maletas en el suelo y mucho menos cuando se espera el ascensor en el hall de un edificio y hay alguien merodeando... Al final el culpable es uno mismo.
Consuela pensar que la gitana que me robó se quiso cortar las venas cuando abrió el bolso negro y gastado de Clarín lleno de libros en inglés. Enfrente del portal del edificio, cruzando la calle Viamonte, miraba la escena un pordiosero que pide limosna en la verja del monasterio de Santa Catalina. Lleva siempre, como segunda piel, un anorak sucio y raído que un san Martín de saco y corbata le regaló en una fría mañana de invierno; para eso es el patrono de Buenos Aires. En las mangas de la campera, entre hombros y puños, todavía se puede leer en letras romanas de caja alta: UNIVERSIDAD DE NAVARRA.
El borrego de San Juan
Entre las murallas y el mar, expuestos a la rompiente del Atlántico, descansan los muertos del cementerio de Santa María Magdalena de Pazzis. Los acompañan de cerca los vecinos del barrio La Perla, que duermen vivos al arrullo de las olas, debajo de los bastiones que unen el castillo de San Felipe del Morro con la fortaleza de San Cristóbal. A Juan Ponce de León le pareció rico el puerto que encontró en el norte de la isla de Borinquen en 1508. El Gran Almirante la había llamado San Juan para honrar al Bautista el 19 de noviembre de 1493 pero el tiempo y las personas trocaron los nombres. Ahora el puerto es santo, la isla puerto y todo el mundo cree que San Juan se llama así por Ponce de León, que, por cierto, era tripulante de Colón en aquel viaje, el segundo.

Esos baluartes conocieron aturdidos la guerra entre España y los Estados Unidos en mayo de 1898. Se oye todavía la conversación de los cañones entre el fuerte de San Cristóbal y la flota de acero inoxidable del presidente cazador de osos. No logró don Manuel Macías, el gobernador, asustarlos con una procesión de rogativa, como ahuyentó el obispo a los británicos que invadían la ciudad en 1797: armó a las mujeres y los niños con rosarios, antorchas y simpecados y los enfrentó a la invasión nocturna de guiris blanquitos que escaparon espantados ante lo que suponían un ejército en pie de guerra. Ni se agenciaron la disentería que devolvió al mar a los ingleses en 1598: después de seis semanas de fiebres y diarreas se les escapaban los ojos de la cabeza.
Cavilaba entre esas murallas y ese mar sobre San Juan y los corderos. La ciudad está llena de ellos: de bronce, de mármol, pintados, en el escudo de la ciudad, en la bandera, echados y parados, con banderín y sentados sobre siete sellos. Grandes y chiquitos: los de la plaza del Quinto Centenario son por lo menos borregos. Si el Cordero de Dios es Jesucristo y no San Juan, el cordero representaría al Salvador y no al Precursor, por más que haya sido el Bautista el que señaló al Cordero de Dios. No lo logré dilucidar esos días por mucho que me rompía la cabeza y sigo sin entender porqué representan a San Juan con un cordero que es símbolo del Cordero de Dios, que no es San Juan.
Andaba en estos pensamientos inútiles por la calle de San Miguel, en la tierra de nadie entre el barrio La Perla y el cementerio, cuando un topetón descomunal me pegó en la espalda y me tiró al suelo de bruces. Doblado y dolorido en el pavimento vi horrorizado un carnero bastante grande que se preparaba para otra embestida. Me levanté como pude, corrí hacia el muro del cementerio, que en ese lugar forma una esquina, y lo salté como un torero. Me quedé entre los muertos un buen rato mientras sopesaba mis magullones y espiaba al carnero por encima de la pared. Volví maltrecho al hotel cuando la pista quedó libre del borrego. Todavía me pregunto cómo se entrometió en mis enredos semiológicos.

Esos baluartes conocieron aturdidos la guerra entre España y los Estados Unidos en mayo de 1898. Se oye todavía la conversación de los cañones entre el fuerte de San Cristóbal y la flota de acero inoxidable del presidente cazador de osos. No logró don Manuel Macías, el gobernador, asustarlos con una procesión de rogativa, como ahuyentó el obispo a los británicos que invadían la ciudad en 1797: armó a las mujeres y los niños con rosarios, antorchas y simpecados y los enfrentó a la invasión nocturna de guiris blanquitos que escaparon espantados ante lo que suponían un ejército en pie de guerra. Ni se agenciaron la disentería que devolvió al mar a los ingleses en 1598: después de seis semanas de fiebres y diarreas se les escapaban los ojos de la cabeza.
Cavilaba entre esas murallas y ese mar sobre San Juan y los corderos. La ciudad está llena de ellos: de bronce, de mármol, pintados, en el escudo de la ciudad, en la bandera, echados y parados, con banderín y sentados sobre siete sellos. Grandes y chiquitos: los de la plaza del Quinto Centenario son por lo menos borregos. Si el Cordero de Dios es Jesucristo y no San Juan, el cordero representaría al Salvador y no al Precursor, por más que haya sido el Bautista el que señaló al Cordero de Dios. No lo logré dilucidar esos días por mucho que me rompía la cabeza y sigo sin entender porqué representan a San Juan con un cordero que es símbolo del Cordero de Dios, que no es San Juan.
Andaba en estos pensamientos inútiles por la calle de San Miguel, en la tierra de nadie entre el barrio La Perla y el cementerio, cuando un topetón descomunal me pegó en la espalda y me tiró al suelo de bruces. Doblado y dolorido en el pavimento vi horrorizado un carnero bastante grande que se preparaba para otra embestida. Me levanté como pude, corrí hacia el muro del cementerio, que en ese lugar forma una esquina, y lo salté como un torero. Me quedé entre los muertos un buen rato mientras sopesaba mis magullones y espiaba al carnero por encima de la pared. Volví maltrecho al hotel cuando la pista quedó libre del borrego. Todavía me pregunto cómo se entrometió en mis enredos semiológicos.
Meninos de rua
En la Praça da Sé de San Pablo siempre hay un predicador anunciando desgracias a voz en cuello con un corro bien redondo que repite las últimas palabras de cada frase como un eco y las sella con aleluyas y amenes. El conselheiro se abanica con una Biblia flexible de tapas negras y cantos colorados y bascula entre pierna y pierna al son de sus propias palabras. Algunos transeúntes se acercan a curiosear, más por el tiempo que les sobra que por sus convicciones. Abundan también en la plaza los saltimbanquis, los vendedores de pão de queijo y de tarjetas telefónicas. Allí pasan la vida unos cuantos linyeras entreverados con los viandantes apurados y con los que no tienen nada que hacer. Homeless no son, porque llevan su casa a cuestas, como los caracoles, en carritos de un supermercado global. Las bocas del metro vomitan riadas de pasajeros a cada largísimo tren que llega a la estación Sé, en los estómagos de la plaza. El retablo de estas maravillas es la fachada de la catedral de San Pablo, gótica del siglo XX, con cúpula florentina, enclavada en el antiguo centro de la ciudad. Por allí trajinan millones de paulistanos: la sustancia misma de una de las ciudades más grandes y fascinantes del planeta.
Se nos ocurrió hacer un ejercicio práctico de fotoperiodismo sobre la Praça da Sé cuando daba clases en el Master de Periodismo del Centro de Extensão Universitária. La gracia estaba en que los alumnos no eran fotógrafos sino editores de periódicos y revistas del Brasil, pero se trataba de probarlos en sus habilidades para contar historias son imágenes: elegirlas, editarlas, cortarlas sin piedad y agrandarlas sin vergüenza. Cada uno debía presentar su reportaje fotográfico, así que una mañana nos fuimos con nuestras máquinas de fotos hasta la Sé. Fuimos caminando a la vera del barrio japonés y de la iglesia de San Gonzalo García, el mártir de Nagasaki que murió asaetado en una cruz de San Andrés después que le cortaran la oreja izquierda, a él y a otros 25 compañeros.

Mientras mis alumnos periodistas deambulaban por historias por las cinco hectáreas de la plaza, me puse a buscar también la mía; evitaba que me vieran para que no se copiaran. Unos meninos descansaban de la canícula de San Pablo jugando con agua en las piletas y cascadas rectangulares de la plaza. Era su Disneylandia en pleno centro de San Pablo. Cuando percibieron mi interés en sus diabluras las multiplicaron con una picardía insólita. Se pusieron a jugar en las escaleras mecánicas de la estación del metro: subían o bajaban a contraola, o hacían equilibrio en las barandas de caucho. Hasta que a uno se le ocurrió apretar el botón rojo de emergencia en plena estampida de pasajeros que subían desde las entrañas del metro. La escalera se paró en seco como un dibujo animado de Tom y Jerry. La bronca descomunal de los viandantes, que salían atropellados de las escaleras muertas provocó la intervención de la implacable policía Militar de San Pablo. De paso, algún alcahuete le contó a un oficial vestido de astronauta que yo estaba haciendo fotos de los meninos, mientras me señalaba con el dedo. Me salvaron de ir preso mis alumnos brasileños que aparecieron a tiempo ante el estropicio en las bocas del metro. Ellos explicaron lo que los policías no podían creer.
Se nos ocurrió hacer un ejercicio práctico de fotoperiodismo sobre la Praça da Sé cuando daba clases en el Master de Periodismo del Centro de Extensão Universitária. La gracia estaba en que los alumnos no eran fotógrafos sino editores de periódicos y revistas del Brasil, pero se trataba de probarlos en sus habilidades para contar historias son imágenes: elegirlas, editarlas, cortarlas sin piedad y agrandarlas sin vergüenza. Cada uno debía presentar su reportaje fotográfico, así que una mañana nos fuimos con nuestras máquinas de fotos hasta la Sé. Fuimos caminando a la vera del barrio japonés y de la iglesia de San Gonzalo García, el mártir de Nagasaki que murió asaetado en una cruz de San Andrés después que le cortaran la oreja izquierda, a él y a otros 25 compañeros.

Mientras mis alumnos periodistas deambulaban por historias por las cinco hectáreas de la plaza, me puse a buscar también la mía; evitaba que me vieran para que no se copiaran. Unos meninos descansaban de la canícula de San Pablo jugando con agua en las piletas y cascadas rectangulares de la plaza. Era su Disneylandia en pleno centro de San Pablo. Cuando percibieron mi interés en sus diabluras las multiplicaron con una picardía insólita. Se pusieron a jugar en las escaleras mecánicas de la estación del metro: subían o bajaban a contraola, o hacían equilibrio en las barandas de caucho. Hasta que a uno se le ocurrió apretar el botón rojo de emergencia en plena estampida de pasajeros que subían desde las entrañas del metro. La escalera se paró en seco como un dibujo animado de Tom y Jerry. La bronca descomunal de los viandantes, que salían atropellados de las escaleras muertas provocó la intervención de la implacable policía Militar de San Pablo. De paso, algún alcahuete le contó a un oficial vestido de astronauta que yo estaba haciendo fotos de los meninos, mientras me señalaba con el dedo. Me salvaron de ir preso mis alumnos brasileños que aparecieron a tiempo ante el estropicio en las bocas del metro. Ellos explicaron lo que los policías no podían creer.
Riña de gallos
En mi país están prohibidas las corridas de toros, pero para salvar al toro, que no al torero. También vedaron las peleas de gallos, dicen que no es por los animales ni por la violencia (ni más ni menos que una pelea de box). Parece que en los reñideros se armaban unas bataholas descomunales por culpa del aguardiente: hubieran prohibido el alcohol... Pero hay peleas magníficas en pueblos y ciudades del interior, con el vértigo de lo prohibido. Los galleros son el comisario, el juez y el cura. Un mendocino, entonces ministro de Educación de la Nación, fue el primero que me habló de su afición prohibida por los gallos de pelea. Pero recién en la costa del Ecuador vi por primera vez cómo dos gallos se matan a patadas y picotazos. De estos gallos viene el dicho “este es mi pollo” que usamos en América cuando estamos orgullos de un candidato a lo que sea y que se nos complica en España cuando se trata de una mujer.
Son razas originarias de Sumatra y de Calcuta. Pollones que parecen faisanes, elegantes y gallardos. Se vuelven temibles cuando suponen que el de enfrente les ha robado su gallina, o les veda el camino al gallinero. Por eso los tienen a palo seco, enjaulados, hasta que se ponen bien ariscos de tanto esperar. En ese tiempo el gallero les da de comer ración de batalla, les despluma muslos y patas, les recorta la cresta y los entrena en el arte de la guerra. Los gallos veteranos tienen cicatrices y mataduras para regalar. Entendí entonces porqué se oye cacarear casi en el centro de Guayaquil: los crían hasta en los pisos y terrazas de los rascacielos.
En el diario me enteré que había riña en un galpón de Mapasingue Este, abajo del cerro y cerca de la vía a Daule. Costó encontrarlo porque no tenía ningún cartel, pero preguntando se llega al fin del mundo. Además alteraba la siesta la bulla de los apostadores que rebalsaba por encima del muro junto con el olor de la fritanga.
Los galleros son gritones y las galleras son los reñideros, legales y públicos en esta parte del planeta. Se paga entrada, aunque sean galpones desbaratados y mugrientos. Los palenques empiezan al mediodía de los domingos y se gastan la tarde entre gritos, cacareos y sollozos. Jugaban unos pocos dólares en una apuesta que se desempareja con la pelea y con los aullidos y abucheos. Se apuesta de palabra y se paga al terminar, de memoria. Ahí empieza la pelea entre galleros.
Les atan una espina de pescado en las patas, sobre el dedo de atrás, como una espuela; en otros lugares usan espolones de acero. El color de la cinta adhesiva con la que pegan la púa los distingue para las apuestas. Los azuzan un poco, les soplan aliento de aguardiente y los largan al ruedo bastante escupidos. Después de meses encerrados en una jaula, sin ver una gallina ni de lejos, se matan porque creen que la culpa es del otro. Son dos boxeadores mancos que se destruyen a picotazos y patadas voladoras en un ruedo de tres o cuatro metros de diámetro. Espeluznan las plumas del cuello y se miran con un odio que asusta. Vuelan para hincarle la espuela en el lomo al contrario. Si lo consiguen es un golpe mortal. Entre picotazos, cacareos y desplumes se pasa la pelea. Pierde el que muere, o queda inválido. El patrón del perdedor se lleva entre gruñidos los restos doloridos y convulsos de su pollo, que mueve las alas con espasmos para mostrar que está vivo.
El gallo ganador no sabe si sigue en este mundo o pasó a mejor vida porque su dueño lo levanta y lo abraza como los jugadores de fútbol después de un gol. Grita y lo besa y acaricia en lugar de llevarlo de una vez al gallinero o al hospital. Al final tiene su premio y vuelve a ser el amo del mundo, rodeado de su harén de gallinas pechugonas... pero por poco tiempo, hasta que se prepare la próxima pelea en la que volverá a matar o morir para la gloria o el escarnio de su señor.
Son razas originarias de Sumatra y de Calcuta. Pollones que parecen faisanes, elegantes y gallardos. Se vuelven temibles cuando suponen que el de enfrente les ha robado su gallina, o les veda el camino al gallinero. Por eso los tienen a palo seco, enjaulados, hasta que se ponen bien ariscos de tanto esperar. En ese tiempo el gallero les da de comer ración de batalla, les despluma muslos y patas, les recorta la cresta y los entrena en el arte de la guerra. Los gallos veteranos tienen cicatrices y mataduras para regalar. Entendí entonces porqué se oye cacarear casi en el centro de Guayaquil: los crían hasta en los pisos y terrazas de los rascacielos.
En el diario me enteré que había riña en un galpón de Mapasingue Este, abajo del cerro y cerca de la vía a Daule. Costó encontrarlo porque no tenía ningún cartel, pero preguntando se llega al fin del mundo. Además alteraba la siesta la bulla de los apostadores que rebalsaba por encima del muro junto con el olor de la fritanga.
Los galleros son gritones y las galleras son los reñideros, legales y públicos en esta parte del planeta. Se paga entrada, aunque sean galpones desbaratados y mugrientos. Los palenques empiezan al mediodía de los domingos y se gastan la tarde entre gritos, cacareos y sollozos. Jugaban unos pocos dólares en una apuesta que se desempareja con la pelea y con los aullidos y abucheos. Se apuesta de palabra y se paga al terminar, de memoria. Ahí empieza la pelea entre galleros.
Les atan una espina de pescado en las patas, sobre el dedo de atrás, como una espuela; en otros lugares usan espolones de acero. El color de la cinta adhesiva con la que pegan la púa los distingue para las apuestas. Los azuzan un poco, les soplan aliento de aguardiente y los largan al ruedo bastante escupidos. Después de meses encerrados en una jaula, sin ver una gallina ni de lejos, se matan porque creen que la culpa es del otro. Son dos boxeadores mancos que se destruyen a picotazos y patadas voladoras en un ruedo de tres o cuatro metros de diámetro. Espeluznan las plumas del cuello y se miran con un odio que asusta. Vuelan para hincarle la espuela en el lomo al contrario. Si lo consiguen es un golpe mortal. Entre picotazos, cacareos y desplumes se pasa la pelea. Pierde el que muere, o queda inválido. El patrón del perdedor se lleva entre gruñidos los restos doloridos y convulsos de su pollo, que mueve las alas con espasmos para mostrar que está vivo.
El gallo ganador no sabe si sigue en este mundo o pasó a mejor vida porque su dueño lo levanta y lo abraza como los jugadores de fútbol después de un gol. Grita y lo besa y acaricia en lugar de llevarlo de una vez al gallinero o al hospital. Al final tiene su premio y vuelve a ser el amo del mundo, rodeado de su harén de gallinas pechugonas... pero por poco tiempo, hasta que se prepare la próxima pelea en la que volverá a matar o morir para la gloria o el escarnio de su señor.
Air Madrid
Gasté dos días enteros en un seminario en Madrid. ¿En Madrid? Bueno, en el hotel Auditórium, en la carretera de Aragón, camino de Alcalá y pasado el aeropuerto de Barajas. Lejos de todo y cerca de nada. El hotel es una prisión para congresistas, con wifi débil, abundante catering y bastante mal gusto. Pero eso no era nada en comparación con otra realidad patente y dramática que convivía con nosotros en el presidio. Los seminaristas, casi todos nórdicos y eslavos, se perdían entre una multitud de iberoamericanos que invadían la cárcel de cinco estrellas: miles, sin exagerar, por todos lados, deambulaban por corredores y salones como zombies de una era desconocida. Formaban colas para entrar y salir, para comer y para subir al ascensor. Los descargaban de autobuses y los llamaban por número de vuelo. Salían esperanzados al aeropuerto, pero al rato volvían descorazonados a hacer otra vez la cola en el mostrador del conserje. Eran náufragos de Air Madrid. Huérfanos mansos del overbooking y la estafa. Ni un grito, ni un enojo. Es la resignación sabia de los pobres: cuando no se gana nada con protestar no hay ninguna necesidad de enojarse. Será por eso que nos asombra que en España usen la bocina del coche para insultar.

Air Madrid todavía volaba, pero ya estaba en las últimas. Dejó 100.000 pasajeros varados, casi todos latinoamericanos que solo podían viajar en una línea de bajo costo. No van a España a disfrutar de los museos ni de la buena mesa. Van a ver a sus maridos, mujeres e hijos, o a intentar quedarse para siempre. Las desigualdades y la escasez de nacimientos producen el flujo imparable. La primera vez que viajé a España los coches eran todos iguales, feos y grises; el papel higiénico raspaba, se tiraba la cadena y el teléfono tenía disco. Franco mandaba como un príncipe del Renacimiento, con guardia mora y palio en las procesiones. Los españoles todavía se escapaban, cuando podían, a los horizontes eternos de América. Joaquina, la mucama de mi infancia en Buenos Aires, era española. En 30 años todo cambió y en otros 30 volverá a cambiar. Ahora los argentinos, retobados en su patria, son serviciales en los bares de Madrid y Barcelona. Hay un hueco que llenar en lo más bajo de la pirámide y no hay dique que pueda contenerlo.
En el viaje de vuelta me tocó un lugar en el fondo del jumbo, solo en la fila de cuatro asientos: iba a viajar mejor que un duque en primera clase. Cuando estaba todo el mundo en su sitio, el avión se llenó de ansiedad: pasaron unos 15 minutos de silencio hasta que se abrió le puerta de atrás. Con el aire fresco del otoño madrileño entró una fila de bolivianos que ocupó los asientos libres y mi suite imperial de cuatro plazas. Eran deportados. Se los veía tranquilos y contentos: habían agotado su sueño europeo, pero volvían con pasaje gratis a sus casas y a su tierra. En Buenos Aires los acorralaron y metieron en otro avión que seguía viaje a Santa Cruz de la Sierra.
Pensé con pena en los españoles del presente, los que deportan su pasado y su futuro porque prefieren un presente sin remordimientos. Quién los cuidará cuando estén mayores. Quién paseará a los niños y les enseñará a rezar, como hacía Joaquina con nosotros. Quién les cantará canciones y les contará historias. Quién les alegrará la vida con su música y sus bailes. Quién los despertará un día del tedio del bienestar con el ritmo loco de la salsa, el tango y la marimba. Quién jugará al fútbol por ellos en el Barça, del Valencia o el Real Madrid. Quién ganará sus medallas y besará llorando sus trofeos. Quién los servirá en los restaurantes. Quién los recibirá en el portal de su casa con una sonrisa cuando llegan del trabajo o del guateque. Quién criará su ganado, trabajará su tierra, se llevará su basura, limpiará sus miasmas, hará los mandados, irá a la guerra. Quién morirá por ellos en el estacionamiento de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.

Air Madrid todavía volaba, pero ya estaba en las últimas. Dejó 100.000 pasajeros varados, casi todos latinoamericanos que solo podían viajar en una línea de bajo costo. No van a España a disfrutar de los museos ni de la buena mesa. Van a ver a sus maridos, mujeres e hijos, o a intentar quedarse para siempre. Las desigualdades y la escasez de nacimientos producen el flujo imparable. La primera vez que viajé a España los coches eran todos iguales, feos y grises; el papel higiénico raspaba, se tiraba la cadena y el teléfono tenía disco. Franco mandaba como un príncipe del Renacimiento, con guardia mora y palio en las procesiones. Los españoles todavía se escapaban, cuando podían, a los horizontes eternos de América. Joaquina, la mucama de mi infancia en Buenos Aires, era española. En 30 años todo cambió y en otros 30 volverá a cambiar. Ahora los argentinos, retobados en su patria, son serviciales en los bares de Madrid y Barcelona. Hay un hueco que llenar en lo más bajo de la pirámide y no hay dique que pueda contenerlo.
En el viaje de vuelta me tocó un lugar en el fondo del jumbo, solo en la fila de cuatro asientos: iba a viajar mejor que un duque en primera clase. Cuando estaba todo el mundo en su sitio, el avión se llenó de ansiedad: pasaron unos 15 minutos de silencio hasta que se abrió le puerta de atrás. Con el aire fresco del otoño madrileño entró una fila de bolivianos que ocupó los asientos libres y mi suite imperial de cuatro plazas. Eran deportados. Se los veía tranquilos y contentos: habían agotado su sueño europeo, pero volvían con pasaje gratis a sus casas y a su tierra. En Buenos Aires los acorralaron y metieron en otro avión que seguía viaje a Santa Cruz de la Sierra.
Pensé con pena en los españoles del presente, los que deportan su pasado y su futuro porque prefieren un presente sin remordimientos. Quién los cuidará cuando estén mayores. Quién paseará a los niños y les enseñará a rezar, como hacía Joaquina con nosotros. Quién les cantará canciones y les contará historias. Quién les alegrará la vida con su música y sus bailes. Quién los despertará un día del tedio del bienestar con el ritmo loco de la salsa, el tango y la marimba. Quién jugará al fútbol por ellos en el Barça, del Valencia o el Real Madrid. Quién ganará sus medallas y besará llorando sus trofeos. Quién los servirá en los restaurantes. Quién los recibirá en el portal de su casa con una sonrisa cuando llegan del trabajo o del guateque. Quién criará su ganado, trabajará su tierra, se llevará su basura, limpiará sus miasmas, hará los mandados, irá a la guerra. Quién morirá por ellos en el estacionamiento de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas.
El tercer hombre
Ramiro Tamayo era un boliviano de cara filosa y fiebre en los ojos. Algo le debía digerir la comida, que no su estómago. Un día murió de esa comezón. Me lo explicó llorando su mujer cuando recibió otra carta mía dirigida a su marido muerto y enterrado. Ramiro podía ser mi padre y lo había conocido por alguna recomendación familiar. Era un fabricante de candidatos. Un inventor de políticos, pero no de esos que venden humo. En su currículum tenía campañas en Wisconsin o Peoria, en Hermosillo y El Salvador. En Bahía y Santa Cruz de la Sierra. Había fabricado alcaldes, intendentes, gobernadores y prefectos. Nunca un presidente.
Cada vez que nos veíamos intentaba convencerme de dos cosas: las bondades de la proyección de Arno Peters y la teoría del Tercer Hombre. Peters es el inventor de una proyección plana y rectangular del globo terráqueo tan ajustada a las reales superficies, que los continentes parecen deudos del conde de Orgaz. La proyección de Mercator no se anda con sutilezas de tamaños y se adapta sin problemas al modelo documental, rectangular, de nuestros atlas, libros y periódicos: basta con saber que reproduce una esfera, aunque con distorsiones. Solo es proporcional a la tierra el globo terráqueo, pero es incómodo de llevar en la valija. A eso ya lo sabían los griegos, un califa de Bagdad de la época de Carlomagno y el Gran Almirante antes de lo del huevo.
Lo del Tercer Hombre era mucho más interesante. Ramiro buscaba a su primer presidente en la Argentina. Un hombre -varón o mujer- que no fuera de la derecha ni de la izquierda ni del centro. No andaba atrás del oficialista ni del opositor ni del tránsfuga. Era todo lo contrario, pero al explicarlo se le salían los ojos del cráneo y no conseguía terminar las frases. El tercer hombre salvaría nuestra tierra de la tiranía del primero y el segundo. Es el que puede terminar con 200 ó 500 años de reparto injusto entre dos facciones distintas pero iguales. Solía hablarme de un hombre real, con nombre y apellido, pero todavía no me atrevo ni a recordarlo, por las dudas. La muerte voraz que llevaba adentro lo encontró antes a él en Buenos Aires.
Cada vez que aparece un nuevo candidato en cualquier municipio, provincia o nación, me pregunto si no será ése el tercer hombre de Ramiro, pero tardo apenas dos días para encasillarlo donde los de siempre. Me entusiasmaba con los candidatos venidos de las artes, del deporte, de la moda, del cine y hasta de los periódicos, y soñaba con conocer por fin al Hombre, pero siempre terminé defraudado. Lo imaginaba corriendo como Forrest Gump por la ruta 9, desde La Quiaca a Buenos Aires para terminar con la corrupción y los desencuentros de la Argentina. Alguien que limpiara al país de la mordida, la coima, el arreglo y los aprietes. Demasiado le estaba pidiendo a mi tercer hombre…
Pero el año pasado por fin apareció un tercer hombre en la Tierra sin Mal, como llamaban los guaraníes a su paraíso vegetal. Joaquín Piña tiene 76 años y es de Sabadell, aunque vive en las antiguas Misiones del Guayrá hace más de 50 años. Don Joaquín no es héroe ni prócer. Es bueno como el pan y transparente como el agua. Con ese equipaje se atrevió a enfrentar el poder despótico de un gobernador mesiánico que se creía invencible. Lo derrotó en camiseta y alpargatas, como David a Goliat, y se volvió a su casa. Ahora estoy convencido: los déspotas de este mundo tienen los pies de barro: se los tumba con la audacia y la valentía de los inocentes.
Cada vez que nos veíamos intentaba convencerme de dos cosas: las bondades de la proyección de Arno Peters y la teoría del Tercer Hombre. Peters es el inventor de una proyección plana y rectangular del globo terráqueo tan ajustada a las reales superficies, que los continentes parecen deudos del conde de Orgaz. La proyección de Mercator no se anda con sutilezas de tamaños y se adapta sin problemas al modelo documental, rectangular, de nuestros atlas, libros y periódicos: basta con saber que reproduce una esfera, aunque con distorsiones. Solo es proporcional a la tierra el globo terráqueo, pero es incómodo de llevar en la valija. A eso ya lo sabían los griegos, un califa de Bagdad de la época de Carlomagno y el Gran Almirante antes de lo del huevo.
Lo del Tercer Hombre era mucho más interesante. Ramiro buscaba a su primer presidente en la Argentina. Un hombre -varón o mujer- que no fuera de la derecha ni de la izquierda ni del centro. No andaba atrás del oficialista ni del opositor ni del tránsfuga. Era todo lo contrario, pero al explicarlo se le salían los ojos del cráneo y no conseguía terminar las frases. El tercer hombre salvaría nuestra tierra de la tiranía del primero y el segundo. Es el que puede terminar con 200 ó 500 años de reparto injusto entre dos facciones distintas pero iguales. Solía hablarme de un hombre real, con nombre y apellido, pero todavía no me atrevo ni a recordarlo, por las dudas. La muerte voraz que llevaba adentro lo encontró antes a él en Buenos Aires.
Cada vez que aparece un nuevo candidato en cualquier municipio, provincia o nación, me pregunto si no será ése el tercer hombre de Ramiro, pero tardo apenas dos días para encasillarlo donde los de siempre. Me entusiasmaba con los candidatos venidos de las artes, del deporte, de la moda, del cine y hasta de los periódicos, y soñaba con conocer por fin al Hombre, pero siempre terminé defraudado. Lo imaginaba corriendo como Forrest Gump por la ruta 9, desde La Quiaca a Buenos Aires para terminar con la corrupción y los desencuentros de la Argentina. Alguien que limpiara al país de la mordida, la coima, el arreglo y los aprietes. Demasiado le estaba pidiendo a mi tercer hombre…
Pero el año pasado por fin apareció un tercer hombre en la Tierra sin Mal, como llamaban los guaraníes a su paraíso vegetal. Joaquín Piña tiene 76 años y es de Sabadell, aunque vive en las antiguas Misiones del Guayrá hace más de 50 años. Don Joaquín no es héroe ni prócer. Es bueno como el pan y transparente como el agua. Con ese equipaje se atrevió a enfrentar el poder despótico de un gobernador mesiánico que se creía invencible. Lo derrotó en camiseta y alpargatas, como David a Goliat, y se volvió a su casa. Ahora estoy convencido: los déspotas de este mundo tienen los pies de barro: se los tumba con la audacia y la valentía de los inocentes.
Elecciones
El calor atolondraba aquel domingo de octubre en Posadas. Pasé la mañana buscando al jefe de la sección política del diario por los hospitales de la ciudad. Casi lo alcanzo en el Madariaga, pero cuando entré en la guardia de emergencias me dijo un policía que se había ido hacía cinco minutos. “¿Cómo estaba?” Le pregunté. “Vomitaba sangre”, me contestó. Salí sin rumbo, como para encontrarlo por casualidad. Otro periodista lo acompañaba desde que un guardaespaldas del gobernador le reventó la barriga de una trompada para abrirse paso hacia el colegio donde votaba. Lo llamé. “¿A dónde van?” le pregunté. “Al diario” me contestó Martín como si fuera lo más natural, y siguió: “Después de vomitar, Fernando se siente mejor”. “Dame con él” le obligué. “¡Estás loco! Te vas ya mismo a un hospital, al que más te guste”. Me explicó tosiendo que estaba bien y que no se había anotado en esta pelea para verla desde una cama. Días después el gobernador acusó a los periodistas de no dejarle ejercer sus derechos. Se plebiscitaba un cambio en la constitución para permitir la reelección eterna del Supremo y el Hombre estaba dispuesto a ganar como fuera. Todos estaban a su favor: jueces, intendentes, legisladores, ministros. Todos, menos el pueblo. Solo nuestra encuesta lo daba perdedor, las demás estaban compradas por el gobierno.
En la semana habíamos encontrado 31.000 documentos sin entregar en el Registro Provincial de las Personas; casi el diez por ciento de los que irían a las urnas. En la Argentina es obligación sacar ese documento a los 18 años. Ante los reclamos de los ciudadanos, explicaban que no habían llegado todavía de Buenos Aires. Pero no era así: durante más de 24 meses los acumularon en esa dependencia para una ocasión como esta. Estaban terminados y listos para entregar a sus dueños: solo les faltaba la foto, que lleva el interesado y se sella con una hoja autoadhesiva transparente en el momento de la entrega. Los punteros políticos pagan hasta 150 pesos por cada voto a jóvenes necesitados de dinero. Con diez fotos, cualquiera que cuadre con la edad y el sexo del documento, puede votar todas las veces que pueda y sumar un buen sueldo; después los queman. Será para permitir el fraude que los argentinos llevamos un documento que parece el salvoconducto del Doctor Zhivago. No hay voto electrónico, no se entinta el dedo de los votantes y está prohibido difundir encuestas a boca de urna hasta dos horas después de cerrados los comicios.
Almorzamos tarde y con buen vino, también prohibido en las fechas electorales. Como nuestros teléfonos estaban “pinchados”, se nos ocurrió llamarnos entre morcilla y matambre para filtrar las cifras de la encuesta de boca de urna al servicio de inteligencia del estado: la diferencia era de catorce puntos a pesar del fraude, mermado por las denuncias del diario.
Cuando terminó la votación, el Tribunal Electoral, presidido por una amiga del gobernador, empezó a difundir solo las mesas en las que había ganado el gobierno. Temíamos graves incidentes si intentaban robar la elección en el conteo, hasta que un llamado del ministerio del interior alertó al gobernador desde Buenos Aires: “Sabemos que perdés por catorce puntos. Cualquier disturbio será tu responsabilidad y te vamos a intervenir la provincia”. Lo contó inocente un periodista-espía del gobierno nacional para adjudicarse la primicia. Las causas justas siempre se ganan, pero mejor es ganarlas en serio.
En la semana habíamos encontrado 31.000 documentos sin entregar en el Registro Provincial de las Personas; casi el diez por ciento de los que irían a las urnas. En la Argentina es obligación sacar ese documento a los 18 años. Ante los reclamos de los ciudadanos, explicaban que no habían llegado todavía de Buenos Aires. Pero no era así: durante más de 24 meses los acumularon en esa dependencia para una ocasión como esta. Estaban terminados y listos para entregar a sus dueños: solo les faltaba la foto, que lleva el interesado y se sella con una hoja autoadhesiva transparente en el momento de la entrega. Los punteros políticos pagan hasta 150 pesos por cada voto a jóvenes necesitados de dinero. Con diez fotos, cualquiera que cuadre con la edad y el sexo del documento, puede votar todas las veces que pueda y sumar un buen sueldo; después los queman. Será para permitir el fraude que los argentinos llevamos un documento que parece el salvoconducto del Doctor Zhivago. No hay voto electrónico, no se entinta el dedo de los votantes y está prohibido difundir encuestas a boca de urna hasta dos horas después de cerrados los comicios.
Almorzamos tarde y con buen vino, también prohibido en las fechas electorales. Como nuestros teléfonos estaban “pinchados”, se nos ocurrió llamarnos entre morcilla y matambre para filtrar las cifras de la encuesta de boca de urna al servicio de inteligencia del estado: la diferencia era de catorce puntos a pesar del fraude, mermado por las denuncias del diario.
Cuando terminó la votación, el Tribunal Electoral, presidido por una amiga del gobernador, empezó a difundir solo las mesas en las que había ganado el gobierno. Temíamos graves incidentes si intentaban robar la elección en el conteo, hasta que un llamado del ministerio del interior alertó al gobernador desde Buenos Aires: “Sabemos que perdés por catorce puntos. Cualquier disturbio será tu responsabilidad y te vamos a intervenir la provincia”. Lo contó inocente un periodista-espía del gobierno nacional para adjudicarse la primicia. Las causas justas siempre se ganan, pero mejor es ganarlas en serio.
Iruña del Paraguay
Ciudad del Este es uno de los enclaves más fascinantes del Nuevo Mundo. Se puede comprar todo, pero no es un modo de decir ni una exageración, es la versión más cabal de la abundancia. Los suspicaces de siempre mascullan que también se venden katiushkas y que es un dormitorio de las temibles células de Hezbolá. En Brasil hay tres veces más libaneses que en el Líbano y a nadie debería asombrar que los fenicios compren y vendan en este mercado superlativo. Los precios son los más bajos del mundo, alentados por una floreciente industria de la falsificación y por la ley que permite importar al Brasil 250 dólares por cada persona que cruza la frontera por el río Paraná. Así fue que un día me topé sobre el Puente de la Amistad con un ejército de sacoleiros en fila india: cada uno llevaba rodando un neumático Michelin. Era una importación lisa y llana de cubiertas, pero sin pagar impuestos: contrabando hormiga.

Allí están las mejores imprentas del Paraguay, capaces de imprimir cajas de lentes Canon, marbetes de Chanel Nº 5, etiquetas negras de Johnny Walker, y, por supuesto, las mejores carátulas de discos compactos. Con el jefe del taller del diario cruzamos el río un día de verano para husmear una inmensa rotativa instalada en el medio del campo, cerca de Encarnación. Solo en San Pablo de Brasil se puede encontrar una de ese tamaño, útil para imprimir por lo menos un millón de etiquetas en huecograbado. Un banco se había quedado con ese monstruo por la quiebra de su dueño y no sabían qué hacer con ella. Nosotros tampoco.
Otra vez volvíamos hacia Posadas después de comprar en Ciudad del Este unas cámaras Nikon para dos periodistas del diario. En la ruta nos sorprendió un cartel mal escrito que decía Iruña dentro de una flecha que señalaba a la izquierda. Venía en el coche Alfredo Triviño, natural de Potasas, así que decidimos entrar a conocer la Pamplona del Paraguay. En la desembocadura del camino había una casilla de madera destartalada y un par de campesinos que nos debían estar esperando porque aceptaron rápidamente la invitación a llevarlos. El día era bueno y soleado, pero la lluvia de la noche había vuelto de sangre la tierra colorada. Recorrimos los 24 kilómetros barreando en mi auto blanco, que por suerte tenía tracción en las cuatro ruedas. Quedó perdido de barro, pero gauchito, como coche de estanciero.
Iruña resultó una colonia medio perdida del departamento Alto Paraná. Nadie sabía porqué se llamaba así, y suponían que se trataba de un topónimo guaraní. El más memorioso, y casi el único que encontramos que hablaba castellano, recordaba que aquellas tierras habían sido de un español apellidado Peralta y que Iruña se llamaba la finca en memoria de su tierra natal. Los demás habitantes eran alemanes y hablaban portugués. Casi todos muy jóvenes y sin otro vehículo que sus inmensos tractores: ellos hirsutos, bizarros, filosos, con manos de ligustro y uñas de hierro. Ellas rubicundas y grandotas. Los mocosos muy blancos, rubios como sus madres y mal vestidos. Colorados como mi auto por la tierra que pringa como el suprabond. Nos explicaron que venían del Brasil y se instalaron allí, donde compraron tierras para sembrar soja.
Iruña es un par de calles paralelas que apenas se distinguen entre los sembrados. Algunas casas y un proyecto de plaza llena de malezas en el centro, rodeada por una iglesia a medio construir, regalo de los alemanes de Alemania a sus hermanos del Paraguay. En otro flanco un almacén y una oficina municipal con el escudo de Iruña del Paraguay y el león rampante de Pamplona en su cuartel de honor. La colonia fue declarada en 2006 municipio independiente por el senado del Paraguay. Ya tiene casi 5.000 habitantes.

Allí están las mejores imprentas del Paraguay, capaces de imprimir cajas de lentes Canon, marbetes de Chanel Nº 5, etiquetas negras de Johnny Walker, y, por supuesto, las mejores carátulas de discos compactos. Con el jefe del taller del diario cruzamos el río un día de verano para husmear una inmensa rotativa instalada en el medio del campo, cerca de Encarnación. Solo en San Pablo de Brasil se puede encontrar una de ese tamaño, útil para imprimir por lo menos un millón de etiquetas en huecograbado. Un banco se había quedado con ese monstruo por la quiebra de su dueño y no sabían qué hacer con ella. Nosotros tampoco.
Otra vez volvíamos hacia Posadas después de comprar en Ciudad del Este unas cámaras Nikon para dos periodistas del diario. En la ruta nos sorprendió un cartel mal escrito que decía Iruña dentro de una flecha que señalaba a la izquierda. Venía en el coche Alfredo Triviño, natural de Potasas, así que decidimos entrar a conocer la Pamplona del Paraguay. En la desembocadura del camino había una casilla de madera destartalada y un par de campesinos que nos debían estar esperando porque aceptaron rápidamente la invitación a llevarlos. El día era bueno y soleado, pero la lluvia de la noche había vuelto de sangre la tierra colorada. Recorrimos los 24 kilómetros barreando en mi auto blanco, que por suerte tenía tracción en las cuatro ruedas. Quedó perdido de barro, pero gauchito, como coche de estanciero.
Iruña resultó una colonia medio perdida del departamento Alto Paraná. Nadie sabía porqué se llamaba así, y suponían que se trataba de un topónimo guaraní. El más memorioso, y casi el único que encontramos que hablaba castellano, recordaba que aquellas tierras habían sido de un español apellidado Peralta y que Iruña se llamaba la finca en memoria de su tierra natal. Los demás habitantes eran alemanes y hablaban portugués. Casi todos muy jóvenes y sin otro vehículo que sus inmensos tractores: ellos hirsutos, bizarros, filosos, con manos de ligustro y uñas de hierro. Ellas rubicundas y grandotas. Los mocosos muy blancos, rubios como sus madres y mal vestidos. Colorados como mi auto por la tierra que pringa como el suprabond. Nos explicaron que venían del Brasil y se instalaron allí, donde compraron tierras para sembrar soja.
Iruña es un par de calles paralelas que apenas se distinguen entre los sembrados. Algunas casas y un proyecto de plaza llena de malezas en el centro, rodeada por una iglesia a medio construir, regalo de los alemanes de Alemania a sus hermanos del Paraguay. En otro flanco un almacén y una oficina municipal con el escudo de Iruña del Paraguay y el león rampante de Pamplona en su cuartel de honor. La colonia fue declarada en 2006 municipio independiente por el senado del Paraguay. Ya tiene casi 5.000 habitantes.
Pedro Claver
Buscaba una misa ese domingo bajo el sol sin tregua de Cartagena de Indias. Caminaba despacio –como aprendí en Guayaquil– para no agregar el calor del cuerpo al que viene sin llamarlo. La encontré justo a las 11 en la iglesia de San Pedro; la suerte te toca cuando vas con buenas intenciones.

Al salir necesitaba un baño con cierta urgencia, y no para ducharme. Me acerqué a la puerta de la casa de la Compañía, pegada a la iglesia, a ver si me auxiliaban en la emergencia. Un mulato de unos 400 años, chupado y medio rengo, me acompañó al cuartito, al final del segundo patio y en la planta de arriba: no llegábamos nunca. Al salir estaba allí esperando, sentado en un tronquito de la galería alta. Medio en chiste le pregunté si había usado el baño de san Pedro Claver. No le gustó nada mi gracia, pero en lugar de enojarse me agarró del brazo y empezó a contarme la historia del santo que vivió 40 años y murió en esa casa el 8 de septiembre de 1654. Su cuerpo está allí mismo, acostado en una urna de cristal, debajo del altar mayor de la iglesia.
Pedro dormía en un cuarto mal iluminado por un ventanuco a la altura de la almohada que le solearía la cara al amanecer, en la planta alta del colegio de los jesuitas. Por encima de la muralla veía desembarcar los cargamentos de negros en el muelle de los Pegasos, por donde entraron un millón de africanos de los doce que llegaron a las Américas. Venían de Guinea, del Congo y de Angola. Allí los cazaban como monos o los compraban a los jefes de las tribus que entregaban a sus prisioneros y también a sus súbditos. Se vendían en los puertos para trabajar en el campo, en las minas y en la construcción. “Cambio mulato de 30 años, buen cocinero, sano, sin malos hábitos, por un negro, una mula, unos caballos o un carro” decía un aviso publicado en La Habana por esos tiempos: todo súper legal.
El viejito me contó que allí mismo, en la habitación del ventanuco, Pedro dijo por primera vez la frase que más se le conoce –“seré esclavo de los negros para siempre”– mientras señalaba a los que bajaban maltrechos por la jornada en las bodegas de los galeones: en el viaje moría un tercio de los embarcados. No arregló –ni lo intentó– la tragedia de la esclavitud. Ni siquiera la denunció más que con sus actos. Los cuidaba, alimentaba, curaba y ayudaba a vivir y morir con la dignidad de los hombres libres. Catequizó y bautizó a 300.000 negros que se convertían a la vez en cristianos y en americanos. Casi no dormía. Calepino y Andrés Sacabuche fueron sus más fieles asistentes y traductores. El Calepino llegó a hablar doce lenguas africanas. Pedro pasó los últimos cuatro años de su vida inválido, en la enfermería del colegio de la Compañía, olvidado hasta de los amigos y destratado por el negrito Miguel.
Aunque vinieran llorando, la alegría de los africanos se inyectó en las entrañas de América por Savannah, Nueva Orleáns, La Habana, Cartagena, Salvador y Veracruz; corrieron distinta suerte los que fueron al modelo puritano del norte. Los de aquí se hicieron americanos a la fuerza, pero con ganas. Amaron el nuevo mundo y se mezclaron con todos los colores del arco iris. En un par de generaciones heredaron los apellidos y el color de los ojos de hacendados y encomenderos; también la libertad. Pelearon como leones en las guerras de la independencia y los últimos que quedaban esclavos fueron liberados casi un siglo antes que en el Norte. Llenan nuestras vitrinas de copas y medallas y nuestros corazones de música. Trajeron la magia que nos defiende de la influencia fastidiosa del mundo civilizado, donde se pone alambradas al encanto y se deporta la alegría.
Fue en el cuarto viaje de Colón cuando llegaron los primeros negros desde la Península. Los traía Nicolás de Ovando a la Española. A los que les gusta atar los cabos de la casualidad hay que recordarles que, antes de ser genovés, el Gran Almirante era de Verdú (Lérida). Además una Colón fue la madrina de Pedrito Claver, que había nacido en Verdú el 26 de junio de 1580.

Al salir necesitaba un baño con cierta urgencia, y no para ducharme. Me acerqué a la puerta de la casa de la Compañía, pegada a la iglesia, a ver si me auxiliaban en la emergencia. Un mulato de unos 400 años, chupado y medio rengo, me acompañó al cuartito, al final del segundo patio y en la planta de arriba: no llegábamos nunca. Al salir estaba allí esperando, sentado en un tronquito de la galería alta. Medio en chiste le pregunté si había usado el baño de san Pedro Claver. No le gustó nada mi gracia, pero en lugar de enojarse me agarró del brazo y empezó a contarme la historia del santo que vivió 40 años y murió en esa casa el 8 de septiembre de 1654. Su cuerpo está allí mismo, acostado en una urna de cristal, debajo del altar mayor de la iglesia.
Pedro dormía en un cuarto mal iluminado por un ventanuco a la altura de la almohada que le solearía la cara al amanecer, en la planta alta del colegio de los jesuitas. Por encima de la muralla veía desembarcar los cargamentos de negros en el muelle de los Pegasos, por donde entraron un millón de africanos de los doce que llegaron a las Américas. Venían de Guinea, del Congo y de Angola. Allí los cazaban como monos o los compraban a los jefes de las tribus que entregaban a sus prisioneros y también a sus súbditos. Se vendían en los puertos para trabajar en el campo, en las minas y en la construcción. “Cambio mulato de 30 años, buen cocinero, sano, sin malos hábitos, por un negro, una mula, unos caballos o un carro” decía un aviso publicado en La Habana por esos tiempos: todo súper legal.
El viejito me contó que allí mismo, en la habitación del ventanuco, Pedro dijo por primera vez la frase que más se le conoce –“seré esclavo de los negros para siempre”– mientras señalaba a los que bajaban maltrechos por la jornada en las bodegas de los galeones: en el viaje moría un tercio de los embarcados. No arregló –ni lo intentó– la tragedia de la esclavitud. Ni siquiera la denunció más que con sus actos. Los cuidaba, alimentaba, curaba y ayudaba a vivir y morir con la dignidad de los hombres libres. Catequizó y bautizó a 300.000 negros que se convertían a la vez en cristianos y en americanos. Casi no dormía. Calepino y Andrés Sacabuche fueron sus más fieles asistentes y traductores. El Calepino llegó a hablar doce lenguas africanas. Pedro pasó los últimos cuatro años de su vida inválido, en la enfermería del colegio de la Compañía, olvidado hasta de los amigos y destratado por el negrito Miguel.
Aunque vinieran llorando, la alegría de los africanos se inyectó en las entrañas de América por Savannah, Nueva Orleáns, La Habana, Cartagena, Salvador y Veracruz; corrieron distinta suerte los que fueron al modelo puritano del norte. Los de aquí se hicieron americanos a la fuerza, pero con ganas. Amaron el nuevo mundo y se mezclaron con todos los colores del arco iris. En un par de generaciones heredaron los apellidos y el color de los ojos de hacendados y encomenderos; también la libertad. Pelearon como leones en las guerras de la independencia y los últimos que quedaban esclavos fueron liberados casi un siglo antes que en el Norte. Llenan nuestras vitrinas de copas y medallas y nuestros corazones de música. Trajeron la magia que nos defiende de la influencia fastidiosa del mundo civilizado, donde se pone alambradas al encanto y se deporta la alegría.
Fue en el cuarto viaje de Colón cuando llegaron los primeros negros desde la Península. Los traía Nicolás de Ovando a la Española. A los que les gusta atar los cabos de la casualidad hay que recordarles que, antes de ser genovés, el Gran Almirante era de Verdú (Lérida). Además una Colón fue la madrina de Pedrito Claver, que había nacido en Verdú el 26 de junio de 1580.
La casa de los Duarte
A las tres de la madrugada Luchín Duarte se moría de hambre. Prendió fuego en su parrilla con un poco de carbón y asó un costillar que comimos una hora después. No recuerdo que día fue, pero pudo ser ayer.
Los periodistas vamos muchas veces a contramano del resto, pero Luchín debe ser algo más que el resto porque siempre está cuando se tiene necesidad de hablar después de un día a contrarreloj. Cualquier hora del día o de la noche es buena para caer y también para irse: en su casa de madera y techos de zinc, como en el Cielo, no pasa el tiempo.
En la galería que chorrea cenefas vegetales de latón disfrutamos no se cuántas noches del calor dulce, el aire denso y la lluvia colorada de Misiones. La conversación viaja por derrotas imposibles de desandar. La comida es deliciosa porque Ana es la mejor cocinera de este lado del Paraná: surubí en hojas de banano, mbeyú, kiveve... Las ollas huelen a cilantro, a aceite de oliva y a cebolla colorada. El perfume de la guayaba y el mburucuyá se mezclan con las naranjas apepú y el humo de los tabacos que remolonea entre las plantas y las lagartijas.
En la casa de los Duarte hay miles de libros y no hay televisión. De los altavoces surge lo mismo Bola de Nieve –el cubano triste que canta alegre–, el Gato Barbieri, coros búlgaros, violines estonios, gitanos de los Balcanes, Caetano Veloso o Vinicius de Moraes. Luchín tiene habilidad especial para casar la música con la comida y duerme la siesta arrullado por la misma melodía con que almorzó.
Están todos los licores, no falta ningún diccionario y no hay aparatos de aire acondicionado. El agua se bebe tibia y el mate un poco lavado para no poner nervioso a nadie. Una alberca, en el centro de la casa, refresca y relaja con su chorrito sempiterno. La bodega, debajo de la escalera, guarda botellas fechadas el día en que quedaron acostadas. Ahí esperan pacientes a que las despertemos los amigos a golpes de tirabuzón. Un día de limpieza me encontré todas las botellas encima de la mesa de billar.

En lo de Duarte reina siempre la penumbra fresca y sabia de la tierra caliente, tanto que es casi imposible adivinar los cuadros que se ríen de las visitas en todas las paredes de la casa. Una anguila negra y ciega se esconde, entre los nenúfares de la fuente, de Canaleto, el gato negro de la casa; allí comparte mosquitas y renacuajos con dos tortugas hurañas.
En el vestíbulo atropella una mesa de billar en la que nadie juega. Las luces amarillas alumbran encima del tapete objetos impensados que esperan un lugar mejor para quedarse a vivir en esa casa. Un día apareció un libro con dos cintas negras cruzadas, aprisionado por un lagarto de bronce. Cuando lo estaba por abrir me advirtió Luchín que si lo hacía llovería sin remedio. No se si por rebelde o para demostrar la superchería lo abrí a escondidas: tenía oraciones y rogativas a todos los santos para hacer llover. Antes de amanecer cayó un aguacero fenomenal, con truenos espeluznantes y rayos de neón.
Dicen las sobrinas holandesas de Ana que su tía vive mejor que una reina. Y es cierto: para vivir así en La Haya hay que tener la plata de la reina de Holanda. La pobre Beatriz jamás disfrutará del calor dulce del trópico andando descalza sobre las baldosas verdes y negras de la galería de los Duarte. Tampoco puede salir de compras con el criadito que carga la canasta de mimbre de pomelos rosados, duraznos de Cerro Azul y huevos de gallinas felices. Ni ha visto jamás las hojas lustradas a mano del rododendro, ni la ha empalagado el mamón en almíbar con queso fresco.
Los periodistas vamos muchas veces a contramano del resto, pero Luchín debe ser algo más que el resto porque siempre está cuando se tiene necesidad de hablar después de un día a contrarreloj. Cualquier hora del día o de la noche es buena para caer y también para irse: en su casa de madera y techos de zinc, como en el Cielo, no pasa el tiempo.
En la galería que chorrea cenefas vegetales de latón disfrutamos no se cuántas noches del calor dulce, el aire denso y la lluvia colorada de Misiones. La conversación viaja por derrotas imposibles de desandar. La comida es deliciosa porque Ana es la mejor cocinera de este lado del Paraná: surubí en hojas de banano, mbeyú, kiveve... Las ollas huelen a cilantro, a aceite de oliva y a cebolla colorada. El perfume de la guayaba y el mburucuyá se mezclan con las naranjas apepú y el humo de los tabacos que remolonea entre las plantas y las lagartijas.
En la casa de los Duarte hay miles de libros y no hay televisión. De los altavoces surge lo mismo Bola de Nieve –el cubano triste que canta alegre–, el Gato Barbieri, coros búlgaros, violines estonios, gitanos de los Balcanes, Caetano Veloso o Vinicius de Moraes. Luchín tiene habilidad especial para casar la música con la comida y duerme la siesta arrullado por la misma melodía con que almorzó.
Están todos los licores, no falta ningún diccionario y no hay aparatos de aire acondicionado. El agua se bebe tibia y el mate un poco lavado para no poner nervioso a nadie. Una alberca, en el centro de la casa, refresca y relaja con su chorrito sempiterno. La bodega, debajo de la escalera, guarda botellas fechadas el día en que quedaron acostadas. Ahí esperan pacientes a que las despertemos los amigos a golpes de tirabuzón. Un día de limpieza me encontré todas las botellas encima de la mesa de billar.

En lo de Duarte reina siempre la penumbra fresca y sabia de la tierra caliente, tanto que es casi imposible adivinar los cuadros que se ríen de las visitas en todas las paredes de la casa. Una anguila negra y ciega se esconde, entre los nenúfares de la fuente, de Canaleto, el gato negro de la casa; allí comparte mosquitas y renacuajos con dos tortugas hurañas.
En el vestíbulo atropella una mesa de billar en la que nadie juega. Las luces amarillas alumbran encima del tapete objetos impensados que esperan un lugar mejor para quedarse a vivir en esa casa. Un día apareció un libro con dos cintas negras cruzadas, aprisionado por un lagarto de bronce. Cuando lo estaba por abrir me advirtió Luchín que si lo hacía llovería sin remedio. No se si por rebelde o para demostrar la superchería lo abrí a escondidas: tenía oraciones y rogativas a todos los santos para hacer llover. Antes de amanecer cayó un aguacero fenomenal, con truenos espeluznantes y rayos de neón.
Dicen las sobrinas holandesas de Ana que su tía vive mejor que una reina. Y es cierto: para vivir así en La Haya hay que tener la plata de la reina de Holanda. La pobre Beatriz jamás disfrutará del calor dulce del trópico andando descalza sobre las baldosas verdes y negras de la galería de los Duarte. Tampoco puede salir de compras con el criadito que carga la canasta de mimbre de pomelos rosados, duraznos de Cerro Azul y huevos de gallinas felices. Ni ha visto jamás las hojas lustradas a mano del rododendro, ni la ha empalagado el mamón en almíbar con queso fresco.
Arroyo Castellanos
Como no cabíamos en la DKW de los Ponce viajamos en tren con Carlos Arturo en diciembre del 65. Creo que fue el viaje en se perdió Isabel: cuando estaban por llegar a Salta Beatriz preguntó extrañada porqué estaba tan callada; no estaba en el Autounión (viajaba en el fondo, con las valijas y solía hablar todo el tiempo). Se la habían olvidado en una estación de servicio de Tucumán. La encontraron feliz de la vida en la casa de una señora que se la pensaba quedar. En lugar de Tucumán Isabel decía Micumán, con lógica perfecta y derecho adquirido.
Pasé la Navidad en Salta. Beatriz nos predicó una noche a un montón de chicos en el jardín de una casa y comprábamos regalos en la boutique de su hermana Marisa. En la falda del cerro San Bernardo había una gran bandera argentina dibujada con piedras pintadas de blanco y azul. Arriba decía BIENVENIDO y abajo CNEL LEAL. Jorge Leal fue el primer argentino que alcanzó el polo sur el 10 de diciembre del 65 y fue recibido como un héroe por su ciudad natal. Para el desfile del 20 de febrero vino el presidente Illia, así que, rearmaron las piedras de abajo para dibujar la palabra PRESIDENTE.
En enero nos instalamos en San Lorenzo. Habían alquilado la casa de los Figueroa, sobre la ruta, en el kilómetro 11. En febrero se cambiaban con los Peltzer pero yo ya estaba ahí. Los fondos de la casa llegaban hasta el río San Lorenzo en dos potreros sucesivos donde pastaban los caballos. Los Ponce se llevaron los que habían alquilado y llegaron para nosotros de El Bordo de las Lanzas un alazán viejo y huesudo como Rocinante, que eligió Enrique, y un pinto petiso y gordinflón para mí. Tenía buen humor y galope ligero y papá decía que se parecía al caballo de Perón. Todos los días a la tarde salíamos a cabalgar con unos 200 jinetes que se iban juntando por algún lugar de San Lorenzo. A la tardecita el sol nos iluminaba recortados en la cresta de la loma Balcón, del otro lado del río.

No era ni adolescente cuando me sumergí en la precocidad de los salteños que a esa edad ya festejaban entre chicos y chicas. Daba vértigo, pero había que declararse a una niña: andar juntos, saberse gustado y mirado en las cabalgatas, en la pileta o en la misa del domingo. Ante mi demora por lo que ya todo el mundo había decidido, Agustina Escalada, nuestra vecina del otro lado de la calle, contestó mi nombre cuando le preguntaron, a propósito y en mi presencia, de quién gustaba. Como estaba en la pileta, se metió abajo del agua de la vergüenza que le dio.
Un día fuimos al río Vaqueros con Ramiro Peñalba, un tío de Carlos Arturo. Nos enseñó a asar en cancana; unos palitos pelados donde se ensarta la carne. Ramiro era un poeta convencido y apasionado que trabajaba en el diario El Tribuno. Murió hace unos cuatro años. En un momento agarró un panadero y nos preguntó si sabíamos cómo se llamaba: “Panadero”, contestamos. “No. Se llama ‘palabra de hombre’, porque vuela”. Lo sopló y salieron volando las mil semillas con sus penachitos de algodón.
Habrá sido por intentar nuestra propia cancana que un día nos fuimos a caballo al arroyo Castellanos. Teníamos once años Julio Lascano, Carlos Arturo y yo; Cristóbal Ponce no debía llegar a los nueve. Son unos cuatro kilómetros desde San Lorenzo. Era un día bueno, pero con nubes negras del lado de los cerros. El camino pasaba entre casas grandes y lejanas que mirábamos en la cima de una loma o del lado del valle. El camino se angosta cuando deja el principal al borde del Vaqueros y cruza el Castellanos hacia Lesser y los Yacones por un puente que hace pie en el medio del río. Desensillamos y nos instalamos en la orilla donde hicimos un fuego y preparamos las cancanas. Cristóbal se entretenía con la monserga milenaria de mover piedras para hacer nuestro propio dique. En los cerros empezó a tronar.
Al poco tiempo el río se puso oscuro. Cuando nos alcanzó la lluvia nos dimos cuenta de que también subía. Nos refugiamos abajo del puente, en la isla donde se apoya el pilar que lo sostiene al medio. Desde ahí vimos cómo el agua apagó el fuego y se llevó las cancanas, pero también descubrimos las monturas mojándose del otro lado del arroyo. Logramos traerlas y nos pusimos a ensillar. Olía a tierra, a churqui mojado y a caballo nervioso. Al poco tiempo los truenos salían de adentro del raudal y el abrigo se convirtió en trampa: había que salir rajando si queríamos escapar de la furia de la crecida, pero los caballos no querían dejar la isla ni a palos. Nos zambullimos en el torrente asustando a los caballos más que el agua embravecida con nuestros gritos, azotes y aspavientos de mocosos. Las piedras pegaban en los garrones de los caballos que trastabillaban y escarbaban buscando dónde apoyar sus cascos. El mío cabeceaba nervioso y abría grande los ojos cuando el raudal le llegó a la barriga. La correntada se llevó mis alpargatas y perdí los estribos. Atrás Cristóbal todavía luchaba sin fuerzas con su caballo empacado en la orilla. El agua desmadrada se lo llevaría sin remedio, así que volvimos con Carlos Arturo –que para eso es su hermano mayor– y lo trajimos agarrando las riendas por debajo del freno. Cuando subimos la barranca de la orilla casi me caigo por la cola a la correntada. Miramos para atrás y el agua había tapado la isla. Cuenta Carlos Arturo que una pared de agua bajó arrasando todo: yo no la vi.
Volvimos al paso, reponiéndonos del susto. En el camino escampó, se fueron las nubes, y nos secamos al sol mirando el arco iris que se levantó sobre San Lorenzo.
Pasé la Navidad en Salta. Beatriz nos predicó una noche a un montón de chicos en el jardín de una casa y comprábamos regalos en la boutique de su hermana Marisa. En la falda del cerro San Bernardo había una gran bandera argentina dibujada con piedras pintadas de blanco y azul. Arriba decía BIENVENIDO y abajo CNEL LEAL. Jorge Leal fue el primer argentino que alcanzó el polo sur el 10 de diciembre del 65 y fue recibido como un héroe por su ciudad natal. Para el desfile del 20 de febrero vino el presidente Illia, así que, rearmaron las piedras de abajo para dibujar la palabra PRESIDENTE.
En enero nos instalamos en San Lorenzo. Habían alquilado la casa de los Figueroa, sobre la ruta, en el kilómetro 11. En febrero se cambiaban con los Peltzer pero yo ya estaba ahí. Los fondos de la casa llegaban hasta el río San Lorenzo en dos potreros sucesivos donde pastaban los caballos. Los Ponce se llevaron los que habían alquilado y llegaron para nosotros de El Bordo de las Lanzas un alazán viejo y huesudo como Rocinante, que eligió Enrique, y un pinto petiso y gordinflón para mí. Tenía buen humor y galope ligero y papá decía que se parecía al caballo de Perón. Todos los días a la tarde salíamos a cabalgar con unos 200 jinetes que se iban juntando por algún lugar de San Lorenzo. A la tardecita el sol nos iluminaba recortados en la cresta de la loma Balcón, del otro lado del río.

No era ni adolescente cuando me sumergí en la precocidad de los salteños que a esa edad ya festejaban entre chicos y chicas. Daba vértigo, pero había que declararse a una niña: andar juntos, saberse gustado y mirado en las cabalgatas, en la pileta o en la misa del domingo. Ante mi demora por lo que ya todo el mundo había decidido, Agustina Escalada, nuestra vecina del otro lado de la calle, contestó mi nombre cuando le preguntaron, a propósito y en mi presencia, de quién gustaba. Como estaba en la pileta, se metió abajo del agua de la vergüenza que le dio.
Un día fuimos al río Vaqueros con Ramiro Peñalba, un tío de Carlos Arturo. Nos enseñó a asar en cancana; unos palitos pelados donde se ensarta la carne. Ramiro era un poeta convencido y apasionado que trabajaba en el diario El Tribuno. Murió hace unos cuatro años. En un momento agarró un panadero y nos preguntó si sabíamos cómo se llamaba: “Panadero”, contestamos. “No. Se llama ‘palabra de hombre’, porque vuela”. Lo sopló y salieron volando las mil semillas con sus penachitos de algodón.
Habrá sido por intentar nuestra propia cancana que un día nos fuimos a caballo al arroyo Castellanos. Teníamos once años Julio Lascano, Carlos Arturo y yo; Cristóbal Ponce no debía llegar a los nueve. Son unos cuatro kilómetros desde San Lorenzo. Era un día bueno, pero con nubes negras del lado de los cerros. El camino pasaba entre casas grandes y lejanas que mirábamos en la cima de una loma o del lado del valle. El camino se angosta cuando deja el principal al borde del Vaqueros y cruza el Castellanos hacia Lesser y los Yacones por un puente que hace pie en el medio del río. Desensillamos y nos instalamos en la orilla donde hicimos un fuego y preparamos las cancanas. Cristóbal se entretenía con la monserga milenaria de mover piedras para hacer nuestro propio dique. En los cerros empezó a tronar.
Al poco tiempo el río se puso oscuro. Cuando nos alcanzó la lluvia nos dimos cuenta de que también subía. Nos refugiamos abajo del puente, en la isla donde se apoya el pilar que lo sostiene al medio. Desde ahí vimos cómo el agua apagó el fuego y se llevó las cancanas, pero también descubrimos las monturas mojándose del otro lado del arroyo. Logramos traerlas y nos pusimos a ensillar. Olía a tierra, a churqui mojado y a caballo nervioso. Al poco tiempo los truenos salían de adentro del raudal y el abrigo se convirtió en trampa: había que salir rajando si queríamos escapar de la furia de la crecida, pero los caballos no querían dejar la isla ni a palos. Nos zambullimos en el torrente asustando a los caballos más que el agua embravecida con nuestros gritos, azotes y aspavientos de mocosos. Las piedras pegaban en los garrones de los caballos que trastabillaban y escarbaban buscando dónde apoyar sus cascos. El mío cabeceaba nervioso y abría grande los ojos cuando el raudal le llegó a la barriga. La correntada se llevó mis alpargatas y perdí los estribos. Atrás Cristóbal todavía luchaba sin fuerzas con su caballo empacado en la orilla. El agua desmadrada se lo llevaría sin remedio, así que volvimos con Carlos Arturo –que para eso es su hermano mayor– y lo trajimos agarrando las riendas por debajo del freno. Cuando subimos la barranca de la orilla casi me caigo por la cola a la correntada. Miramos para atrás y el agua había tapado la isla. Cuenta Carlos Arturo que una pared de agua bajó arrasando todo: yo no la vi.
Volvimos al paso, reponiéndonos del susto. En el camino escampó, se fueron las nubes, y nos secamos al sol mirando el arco iris que se levantó sobre San Lorenzo.
Humahuaca
La boletera me advirtió al sacar la entrada que no encontraría momias en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Los parientes de los indiecitos enterrados en la cima de los nevados están furiosos con los profanadores de tumbas. El museo cobraba por exhibir a sus antepasados en heladeras de cristal. Antes ablandaba a los visitantes con un video a toda pared donde enseñan cómo los científicos llegaron a la cima del volcán Llullaillaco y arrancaron de la montaña a tres niños enterrados hace 500 años a 6.700 metros de altura.
Las tribus del altiplano argentino eran vasallas de los incas: ahora son súbditas de un patagónico, mitad suizo mitad croata. Viven en la quebrada de Humahuaca y en la puna. Eran buena gente, solo que de vez en cuando sacrificaban a un niño en lo alto de un cerro para aplacar las iras de la Pachamama; todo legal. Parece que, además, eran muy humanitarios, porque antes de golpearles la cabeza con una piedra contundente, les daban a mascar hojas de coca y bebían chicha de maíz.
Las dos niñas del Llullaillaco tenían seis y quince años. El niño, siete. Parecen dormidos y sus petates están impecables, como si hubieran sido comprados en una tienda étnica de la avenida Santa Fe. A la niña mayor la partió un rayo, pero no se sabe cuándo. Su sacrificio los convertía en huacas, mensajeros de los dioses, vecinos del sol. Pero sus padres se llevaban lo bueno: la ofrenda de sus hijos les merecía, por lo menos, una gobernación. La hazaña de los arqueólogos, financiada por la National Geographic Society y la Smithsonian Institution, fue encontrar un santuario intacto en 1999: la mayoría de los yacimientos incaicos de los Andes han sido reventados con dinamita por los buscadores de tesoros.
Humahuaca no es el nombre de un programa límite de la televisión francesa. Es un pueblo antiguo, colonial, en el medio de la quebrada multicolor del río Grande, en el extremo noroeste de la Argentina: calles angostas, casas de adobe y faroles de hierro negro. Y dos torres achaparradas que enmarcan la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Antonio desde 1615. Por las calles, el mercado y la iglesia deambulan siempre indios americanos y turistas europeos. Unos bajitos y morochos, otros gigantes rubicundos. El pelo chuzo resalta contra el crespo, el respeto entre la altanería y el susurro en la estridencia.

El Viernes Santo, al terminar los oficios, dos cholitos vestidos de Arimatea y Nicodemo, bajaron de la cruz a un Cristo articulado y lo depositaron en una caja de vidrio llena de flores. Después lo pasearon por las calles del pueblo seguido por la Dolorosa, con su corazón de plata atravesado por siete facones. Tambores y sikus los adelantaban a la luz cercana de la primera luna de otoño. Durante horas recorrieron las estaciones de la Vía Crucis construidas ese día como ermitas vegetales en esquinas señaladas de Humahuaca. Así es en todos los pueblos de la quebrada y de la puna.
Faltaban hombros. Quise poner el mío para llevar un paso al que le sobraba peso, pero mi altura lo escoraba hasta tocar las casas. Sin remedio me instalé del lado de unos turistas españoles que sacaban fotos relampagueando la noche. Pensaba que ahora los sacrificios humanos se hacen en barrigas bien alimentadas. También recordé que hace 500 años sus antepasadas parían a los aventureros que vinieron a enseñar a los indios a ser buenos cristianos.
Las tribus del altiplano argentino eran vasallas de los incas: ahora son súbditas de un patagónico, mitad suizo mitad croata. Viven en la quebrada de Humahuaca y en la puna. Eran buena gente, solo que de vez en cuando sacrificaban a un niño en lo alto de un cerro para aplacar las iras de la Pachamama; todo legal. Parece que, además, eran muy humanitarios, porque antes de golpearles la cabeza con una piedra contundente, les daban a mascar hojas de coca y bebían chicha de maíz.
Las dos niñas del Llullaillaco tenían seis y quince años. El niño, siete. Parecen dormidos y sus petates están impecables, como si hubieran sido comprados en una tienda étnica de la avenida Santa Fe. A la niña mayor la partió un rayo, pero no se sabe cuándo. Su sacrificio los convertía en huacas, mensajeros de los dioses, vecinos del sol. Pero sus padres se llevaban lo bueno: la ofrenda de sus hijos les merecía, por lo menos, una gobernación. La hazaña de los arqueólogos, financiada por la National Geographic Society y la Smithsonian Institution, fue encontrar un santuario intacto en 1999: la mayoría de los yacimientos incaicos de los Andes han sido reventados con dinamita por los buscadores de tesoros.
Humahuaca no es el nombre de un programa límite de la televisión francesa. Es un pueblo antiguo, colonial, en el medio de la quebrada multicolor del río Grande, en el extremo noroeste de la Argentina: calles angostas, casas de adobe y faroles de hierro negro. Y dos torres achaparradas que enmarcan la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Antonio desde 1615. Por las calles, el mercado y la iglesia deambulan siempre indios americanos y turistas europeos. Unos bajitos y morochos, otros gigantes rubicundos. El pelo chuzo resalta contra el crespo, el respeto entre la altanería y el susurro en la estridencia.

El Viernes Santo, al terminar los oficios, dos cholitos vestidos de Arimatea y Nicodemo, bajaron de la cruz a un Cristo articulado y lo depositaron en una caja de vidrio llena de flores. Después lo pasearon por las calles del pueblo seguido por la Dolorosa, con su corazón de plata atravesado por siete facones. Tambores y sikus los adelantaban a la luz cercana de la primera luna de otoño. Durante horas recorrieron las estaciones de la Vía Crucis construidas ese día como ermitas vegetales en esquinas señaladas de Humahuaca. Así es en todos los pueblos de la quebrada y de la puna.
Faltaban hombros. Quise poner el mío para llevar un paso al que le sobraba peso, pero mi altura lo escoraba hasta tocar las casas. Sin remedio me instalé del lado de unos turistas españoles que sacaban fotos relampagueando la noche. Pensaba que ahora los sacrificios humanos se hacen en barrigas bien alimentadas. También recordé que hace 500 años sus antepasadas parían a los aventureros que vinieron a enseñar a los indios a ser buenos cristianos.
Los ladrones más buenos del mundo
Creía que los policías eran barrigones con bigote que dirigen el tránsito fumando. Pero a mediados de enero cambié de opinión. En pleno verano manejaba tranquilo por una calle de Acassuso cuando me topé con un móvil de la policía. Se bajaron dos agentes y me encañonaron. ¡Bájese!, me gritaron histéricos, y me bajé. ¡Váyase! Me volvieron a increpar en lugar de matarme.
Me rodeó una riada ululante de patrulleros. Frenaban chirriando las ruedas. Se bajaban policías a los gritos, armados hasta los dientes; ninguno cerraba las puertas. Mi auto azul quedó desamparado en la puerta de un banco que estaban asaltando. Una alarma alertó a la policía que rodeó la zona en el preciso instante en que yo pasaba por allí. Los cinco ladrones decidieron atrincherarse con nueve clientes y siete empleados como rehenes. El cordón se organizó en seguida.
Al rato entró en el cerco un señor calvo y elegante como Indro Montanelli. Un corro de jefes se movía despacio en conversaciones intermitentes. El calvo entraba y salía para hablar en privado o por teléfono. Más tarde llegó un oficial de uniforme impecable, con dorados y charreteras; parecía el general San Martín. Se veía que era el mandamás, y estaba más tranquilo que el calvo. Detrás del cordón de la policía tomaron posición un millón de movileros. Cada tanto el cordón se cerraba pero los gordos fumadores los ponía en su sitio, a 300 metros del banco.
Los atracadores soltaron en seguida al custodio del banco, que salió con las manos en la nuca y su arma en la cartuchera: eran hombres de bien. Cuando el cerco estuvo seguro, empezaron los parlamentos entre un negociador oficial y el vocero de los ladrones. A las 5 de la tarde pidieron comida y les acercaron pizzas y cocacolas. A las 6 se cortó toda respuesta desde el banco. A las 7 llegaron los GOE y se metieron por las bravas en el local. No hubo ni un disparo. Salieron los rehenes en fila india.
A las 8 un grupo de bomberos intentaba abrir la tapa de una alcantarilla. Los ladrones más buenos del mundo se habían escapado de un cerco de mil policías barrigudos, del mismísimo San Martín, de Montanelli, de los GOE y de los bomberos, por un túnel que comunica el tesoro con un desagüe pluvial. Se llevaron en un gomón dinero contante y sonante y joyas que los clientes guardaban en 147 cajas de seguridad: los argentinos no depositan la plata en cuentas corrientes porque cada tanto el gobierno se la roba por decreto.
A las 9 anochecía. Apareció la brigada de explosivos con cascos y escudos de legionarios romanos. Hicieron explotar dos granadas que los premios Nobel del Atraco habían dejado en el boquete por el que escaparon. A las 10, cuando bajó la polvareda de las explosiones, entró la policía científica, con guantes blancos y maletines negros. A las 11 San Martín me preguntó qué hacía en medio del operativo. “Espero mi auto”, le contesté señalándolo. “Por ahora no nos podemos acercar ni nosotros” me contestó muy amable. Le pregunté si podía quedarme. “Siempre que no sea periodista” me advirtió riendo. Le revelé la verdad, pero ya no hizo caso: todos los diarios del país estaban titulando en sus portadas el papelón de la policía.
A las 2 de la mañana recuperé mi auto en perfectas condiciones: había dejado el techo abierto, dos Nikon del diario y hasta dinero suelto. A los quince días cayó uno de los ladrones por cambiar de novia. Al mes y medio tenían a Dimas, el jefe de la banda. Las joyas y los billetes son otro cantar.
En la América mestiza, como en el Calvario, el bien y el mal están entreverados.
Me rodeó una riada ululante de patrulleros. Frenaban chirriando las ruedas. Se bajaban policías a los gritos, armados hasta los dientes; ninguno cerraba las puertas. Mi auto azul quedó desamparado en la puerta de un banco que estaban asaltando. Una alarma alertó a la policía que rodeó la zona en el preciso instante en que yo pasaba por allí. Los cinco ladrones decidieron atrincherarse con nueve clientes y siete empleados como rehenes. El cordón se organizó en seguida.
Al rato entró en el cerco un señor calvo y elegante como Indro Montanelli. Un corro de jefes se movía despacio en conversaciones intermitentes. El calvo entraba y salía para hablar en privado o por teléfono. Más tarde llegó un oficial de uniforme impecable, con dorados y charreteras; parecía el general San Martín. Se veía que era el mandamás, y estaba más tranquilo que el calvo. Detrás del cordón de la policía tomaron posición un millón de movileros. Cada tanto el cordón se cerraba pero los gordos fumadores los ponía en su sitio, a 300 metros del banco.
Los atracadores soltaron en seguida al custodio del banco, que salió con las manos en la nuca y su arma en la cartuchera: eran hombres de bien. Cuando el cerco estuvo seguro, empezaron los parlamentos entre un negociador oficial y el vocero de los ladrones. A las 5 de la tarde pidieron comida y les acercaron pizzas y cocacolas. A las 6 se cortó toda respuesta desde el banco. A las 7 llegaron los GOE y se metieron por las bravas en el local. No hubo ni un disparo. Salieron los rehenes en fila india.
A las 8 un grupo de bomberos intentaba abrir la tapa de una alcantarilla. Los ladrones más buenos del mundo se habían escapado de un cerco de mil policías barrigudos, del mismísimo San Martín, de Montanelli, de los GOE y de los bomberos, por un túnel que comunica el tesoro con un desagüe pluvial. Se llevaron en un gomón dinero contante y sonante y joyas que los clientes guardaban en 147 cajas de seguridad: los argentinos no depositan la plata en cuentas corrientes porque cada tanto el gobierno se la roba por decreto.
A las 9 anochecía. Apareció la brigada de explosivos con cascos y escudos de legionarios romanos. Hicieron explotar dos granadas que los premios Nobel del Atraco habían dejado en el boquete por el que escaparon. A las 10, cuando bajó la polvareda de las explosiones, entró la policía científica, con guantes blancos y maletines negros. A las 11 San Martín me preguntó qué hacía en medio del operativo. “Espero mi auto”, le contesté señalándolo. “Por ahora no nos podemos acercar ni nosotros” me contestó muy amable. Le pregunté si podía quedarme. “Siempre que no sea periodista” me advirtió riendo. Le revelé la verdad, pero ya no hizo caso: todos los diarios del país estaban titulando en sus portadas el papelón de la policía.
A las 2 de la mañana recuperé mi auto en perfectas condiciones: había dejado el techo abierto, dos Nikon del diario y hasta dinero suelto. A los quince días cayó uno de los ladrones por cambiar de novia. Al mes y medio tenían a Dimas, el jefe de la banda. Las joyas y los billetes son otro cantar.
En la América mestiza, como en el Calvario, el bien y el mal están entreverados.
Aleijadinho
En el Nuevo Mundo el oro provoca una enfermedad hereditaria: castellanos y portugueses vinieron tan atraídos por los metales que prefirieron morir de hambre antes de cultivar la tierra con sus propias manos. Cuando terminaba el siglo XVII unos bandeirantes paulistas exploraban el sertão del río San Francisco a la caza de esmeraldas, cuando al buscar agua para beber, encontraron unos granitos negros que escondían oro de gran calidad. Como siempre, la gripe del oro contagió la turba de mineros y dio origen a la Vila Rica de Albuquerque que hoy es Ouro Preto, la ciudad más barroca del mundo.

Por el remordimiento de los bandeirantes –que cazaban a los indios para sus encomiendas– solo los capellanes amigos podían adentrarse en el Brasil, así que no hay fundaciones de órdenes ni congregaciones en la ciudad; pero sí terceras órdenes y cofradías. Agrupados entre ellos o por cuenta propia, los mineros construyeron y dotaron capillas y ermitas en agradecimiento al santo preferido, por cada veta o pepita descubierta.
De lejos la villa parece un nacimiento de canto, cal y tejas sembrado de iglesitas. La matriz del Pilar, en lo más bajo del barrio alto, es una ópera rodeada de palcos dorados y luces de cristal. La parroquia del otro barrio, de Antônio Dias, es la Concepción, también teatral y radiante. Con el santuario del Bom Jesus de Congonhas, son 22 iglesias, sin contar ermitas, oratorios, fuentes, palacios... En la del Carmen, azul y terracota, los días de fiesta acicalan con ángeles de carne y hueso las hornacinas de su retablo: desde allí cantan a la Virgen meninas de túnica blanca y alas emplumadas. Ellas no pierden el resuello cuando suben y bajan las cuestas interminables de la villa. Tampoco los estudiantes de la Escuela de Minas que van y vienen de sus repúblicas.
Entre ellos deambula la sombra contrahecha de O Aleijadinho. Antonio Francisco Lisboa murió allí mismo en 1814. Era mulato, hijo de una esclava de su padre. Desde los 35 años, Lisboa comenzó jorobarse. Mientras la giba crecía, se le atrofiaban los dedos de las manos y los pies; alguno se lo cortó de un saque –un martillazo en unas tijeras– para suprimir el dolor. También perdía la vista, y el carácter se le aturdía. No se andaba la gente con líos de corrección política, así que, como era lisiado y petiso, le llamaban el Lisiadito. Aunque la parálisis le carcomía el cuerpo, siguió tallando la piedra y la madera. Los santos le salían cortos de brazos y culibajos, con un vértigo sagrado y apocalíptico. Con ojos achinados pasman hoy a los turistas de plástico desde los pedestales de Ouro Preto y Congonhas do Campo. Dicen los entendidos que los profetas de la escalinata del santuario del Bom Jesus fueron esculpidos por un hombre sin manos.
Fui a Ouro Preto el año en que trabajaba para Estado de Minas, el periódico de Belo Horizonte. Un mal día mi notebook se empacó como un burro. Llamé ansioso a los sabelotodos informáticos, con la esperanza de que tuviera remedio. Cuando la inspeccionó Miriam, la polaca de Sistemas, me soltó sin preámbulos y con cara de lástima que mi computer estaba aleijadinho.

Por el remordimiento de los bandeirantes –que cazaban a los indios para sus encomiendas– solo los capellanes amigos podían adentrarse en el Brasil, así que no hay fundaciones de órdenes ni congregaciones en la ciudad; pero sí terceras órdenes y cofradías. Agrupados entre ellos o por cuenta propia, los mineros construyeron y dotaron capillas y ermitas en agradecimiento al santo preferido, por cada veta o pepita descubierta.
De lejos la villa parece un nacimiento de canto, cal y tejas sembrado de iglesitas. La matriz del Pilar, en lo más bajo del barrio alto, es una ópera rodeada de palcos dorados y luces de cristal. La parroquia del otro barrio, de Antônio Dias, es la Concepción, también teatral y radiante. Con el santuario del Bom Jesus de Congonhas, son 22 iglesias, sin contar ermitas, oratorios, fuentes, palacios... En la del Carmen, azul y terracota, los días de fiesta acicalan con ángeles de carne y hueso las hornacinas de su retablo: desde allí cantan a la Virgen meninas de túnica blanca y alas emplumadas. Ellas no pierden el resuello cuando suben y bajan las cuestas interminables de la villa. Tampoco los estudiantes de la Escuela de Minas que van y vienen de sus repúblicas.
Entre ellos deambula la sombra contrahecha de O Aleijadinho. Antonio Francisco Lisboa murió allí mismo en 1814. Era mulato, hijo de una esclava de su padre. Desde los 35 años, Lisboa comenzó jorobarse. Mientras la giba crecía, se le atrofiaban los dedos de las manos y los pies; alguno se lo cortó de un saque –un martillazo en unas tijeras– para suprimir el dolor. También perdía la vista, y el carácter se le aturdía. No se andaba la gente con líos de corrección política, así que, como era lisiado y petiso, le llamaban el Lisiadito. Aunque la parálisis le carcomía el cuerpo, siguió tallando la piedra y la madera. Los santos le salían cortos de brazos y culibajos, con un vértigo sagrado y apocalíptico. Con ojos achinados pasman hoy a los turistas de plástico desde los pedestales de Ouro Preto y Congonhas do Campo. Dicen los entendidos que los profetas de la escalinata del santuario del Bom Jesus fueron esculpidos por un hombre sin manos.
Fui a Ouro Preto el año en que trabajaba para Estado de Minas, el periódico de Belo Horizonte. Un mal día mi notebook se empacó como un burro. Llamé ansioso a los sabelotodos informáticos, con la esperanza de que tuviera remedio. Cuando la inspeccionó Miriam, la polaca de Sistemas, me soltó sin preámbulos y con cara de lástima que mi computer estaba aleijadinho.
Filibusteros
En Nicaragua los volcanes se aprietan al poniente, entre el Pacífico y dos inmensos lagos que desaguan en el Caribe. La Costa Mosquito es un relleno pantanoso y desierto que Gran Bretaña pretendió para sostener un reino amigo en el istmo, cuando las grandes potencias se peleaban por cumplir el viejo sueño de Carlos V de abrir una brecha entre los océanos. Norteamericanos y europeos remontaban esos ríos y lagos y cruzaban entre los volcanes para llegar a California cuando todos suponían que el tajo se abriría por allí. Pero un día desafortunado los nicaragüenses acuñaron una estampilla con el Momotombo eructando lava sobre el lago de Nicaragua: una maravilla de la naturaleza. La aprovechó el lobby panameño para asustar a los inversores norteamericanos.
Nunca abandonaron los nicaragüenses las esperanzas de abrir su propio atajo. Lo que no se logró en el siglo XIX lo pueden conseguir ahora, cuando las exclusas de Panamá no pueden contener las inmensas necesidades del tráfico con barcos imposibles de imaginar en 1900. El Momotombo algún día no muy lejano será un espectáculo para las tripulaciones que naveguen por las aguas mansas del Gran Canal de Nicaragua.
Desde mediados del XIX los Estados Unidos también intentaba poner una pica en el istmo. En esa época los demócratas de León andaban ofendidos contra los legitimistas de Granada cuando se enteraron de que William Walker, un gringo periodista y aventurero, estaba ocioso después de fracasar su invasión al estado mexicano de Sonora para anexarlo a la Unión. Se agarraron del clavo ardiendo mientras Walker agradecía al cielo su buena fortuna. Llegó a Nicaragua con 57 filibusteros y la excusa perfecta para adueñarse del país. El 12 de julio de 1856 se declaró presidente de Nicaragua. Antes se había hecho católico para cumplir con la constitución y se instaló en la mejor casa de Granada. Pero las pretensiones del tío Billy iban en contra de las británicas que también querían una parte o toda Nicaragua para su proyecto de canal. Perseguido por los británicos, el 1 de mayo de 1857 se entregó a un capitán norteamericano en la bahía de San Juan del Sur. Volvió a los Estados Unidos como un héroe y hasta lo recibió el presidente Buchanan. Regresó dos veces más a Nicaragua con intenciones de rescatar lo perdido, pero agotó la paciencia de los británicos que lo capturaron y lo entregaron a los hondureños. Fue fusilado y enterrado en Trujillo el 12 de septiembre de 1860. Había cumplido 36 años.
Las dos ciudades antiguas y antagónicas de la época española se calmaron solo cuando eligieron para capital un pueblo a orillas del lago de Managua. Así nació en 1857 la nueva capital, con promesas de paz y prosperidad, equidistante de las dos antiguas ciudades coloniales. Fue fácil rehacerla después del terremoto de 1931 porque no había crecido mucho a pesar de albergar el poder y unas pocas misiones extranjeras. A partir de 1940 la dinastía Somoza trazó la moderna Managua: construyó el nuevo palacio legislativo, la casa de gobierno, la estación de trenes, el hospital de la Guardia Nacional, hoteles, bancos... hasta que los destrozó el terremoto de 1972.
No desaparecieron los retratos de William Walker a pesar de sus crímenes y desventuras. En Nicaragua lo cuentan entre sus presidentes aunque lo traten de filibustero y celebren su fiesta nacional el aniversario de la batalla de San Jacinto, cuando el General Estrada lo batió en 1857. No es ingenuidad; es sabiduría: la verdad es la verdad, aunque duela y más vale respetarla con nobleza y sencillez. Son los cínicos desarrollados del primer mundo los que creen que pueden cambiar la historia para cuadrarla a su gusto.
Nunca abandonaron los nicaragüenses las esperanzas de abrir su propio atajo. Lo que no se logró en el siglo XIX lo pueden conseguir ahora, cuando las exclusas de Panamá no pueden contener las inmensas necesidades del tráfico con barcos imposibles de imaginar en 1900. El Momotombo algún día no muy lejano será un espectáculo para las tripulaciones que naveguen por las aguas mansas del Gran Canal de Nicaragua.
Desde mediados del XIX los Estados Unidos también intentaba poner una pica en el istmo. En esa época los demócratas de León andaban ofendidos contra los legitimistas de Granada cuando se enteraron de que William Walker, un gringo periodista y aventurero, estaba ocioso después de fracasar su invasión al estado mexicano de Sonora para anexarlo a la Unión. Se agarraron del clavo ardiendo mientras Walker agradecía al cielo su buena fortuna. Llegó a Nicaragua con 57 filibusteros y la excusa perfecta para adueñarse del país. El 12 de julio de 1856 se declaró presidente de Nicaragua. Antes se había hecho católico para cumplir con la constitución y se instaló en la mejor casa de Granada. Pero las pretensiones del tío Billy iban en contra de las británicas que también querían una parte o toda Nicaragua para su proyecto de canal. Perseguido por los británicos, el 1 de mayo de 1857 se entregó a un capitán norteamericano en la bahía de San Juan del Sur. Volvió a los Estados Unidos como un héroe y hasta lo recibió el presidente Buchanan. Regresó dos veces más a Nicaragua con intenciones de rescatar lo perdido, pero agotó la paciencia de los británicos que lo capturaron y lo entregaron a los hondureños. Fue fusilado y enterrado en Trujillo el 12 de septiembre de 1860. Había cumplido 36 años.
Las dos ciudades antiguas y antagónicas de la época española se calmaron solo cuando eligieron para capital un pueblo a orillas del lago de Managua. Así nació en 1857 la nueva capital, con promesas de paz y prosperidad, equidistante de las dos antiguas ciudades coloniales. Fue fácil rehacerla después del terremoto de 1931 porque no había crecido mucho a pesar de albergar el poder y unas pocas misiones extranjeras. A partir de 1940 la dinastía Somoza trazó la moderna Managua: construyó el nuevo palacio legislativo, la casa de gobierno, la estación de trenes, el hospital de la Guardia Nacional, hoteles, bancos... hasta que los destrozó el terremoto de 1972.
No desaparecieron los retratos de William Walker a pesar de sus crímenes y desventuras. En Nicaragua lo cuentan entre sus presidentes aunque lo traten de filibustero y celebren su fiesta nacional el aniversario de la batalla de San Jacinto, cuando el General Estrada lo batió en 1857. No es ingenuidad; es sabiduría: la verdad es la verdad, aunque duela y más vale respetarla con nobleza y sencillez. Son los cínicos desarrollados del primer mundo los que creen que pueden cambiar la historia para cuadrarla a su gusto.
Terremoto
El 22 de diciembre de 1972, a las 11,34 de la noche, Managua se estremeció como si la hubieran tirado desde 100 metros de altura. Los sueños navideños se derritieron con un grito de dolor. Donde había vida e ilusiones quedaron más de 100.000 terremotados, 20.000 muertos y la angustia amarga de las catástrofes, cuando quedar vivo puede ser peor que morir. El terremoto es la expresión más cabal de la impotencia humana. Todo lo demuele la naturaleza como si rompiera un papel viejo para tirarlo a la basura. Edificios indestructibles se hacen añicos. El hormigón armado parece mermelada y el hierro pasta de dientes. Las estrellas se vuelven el techo más preciado y la gente valora sus escasos petates por encima de las vigas y paredes de sus casas. Los muertos duermen entre cascotes mientras los vivos deambulan desconsolados con los ojos secos por la tierra y el polvo. En los grandes desastres unos cuantos aprovechan la volada para empezar nueva vida lejos de su pasado: será por eso que nunca se termina de contar a los desaparecidos. Los terremotos, además, pescan in fraganti a los tramposos y en calzoncillos a los infieles.
En el centro de la ciudad los cadáveres quedaron debajo de los escombros. La Guardia Nacional se concentró en el pillaje con profesionalismo y Anastasio Somoza engrosó sus cuentas de Miami con la ayuda que llegaba de todo el mundo. Los zopilotes terminaron el trabajo llevándose a dar un paseo los restos podridos que quedaron a la vista. Años después los sandinistas pasaron una piadosa topadora y dejaron cientos de manzanas baldías alrededor de la vieja catedral agrietada que todavía resiste como un mausoleo vacío. Los que quedaron vivos se fueron a vivir a los barrios, en casas bajas y frágiles, como para aliviar la próxima sacudida.
Desde el aire la Managua moderna es un delicioso suburbio tropical: apenas se adivinan las casas debajo de los árboles. Las calles no tienen nombre ni apellido. Me alojé en el Hostal Real del General Pancho Cabuya y su Papalota Marilla, que queda del Restaurante La Marseillaise, una cuadra al lago, una cuadra arriba, 25 varas al lago, casa # 46. Si ordenan el catastro se terminará la magia y me tocará el hotel Sheltox Express, Av. Comandante Pastora, 13.752, M37 2AT, Managua.
En el centro viejo y en ruinas levantaron estatuas de puños crispados y kalasnikof al viento, mientras los revolucionarios de los 80 se aburguesaban sin remedio. El ombligo de la ciudad se trasplantó alrededor del shopping Metrocentro. Del otro lado de la avenida, entre unas cuatro hectáreas de pastizales, el cardenal Miguel Ovando edificó la nueva catedral antisísmica, estilo elefante. Daniel Ortega, el comandante del FSLN, acumula tantas elecciones perdidas como denuncias de acoso sexual y camionetas todo terreno. Su hermano Humberto, gloria del Ejército Sandinista, moribundea en Costa Rica podrido en la plata que invirtió en Canopy Tours para gringos gay. Ernesto Cardenal, el cura poeta que ligó el reto papal en la Plaza de la Revolución, fabrica socotrocos de barro plastificado en Solentiname, el archipiélago del sur del lago de Nicaragua donde fundó una comunidad de drogadictos cristianos. Violeta, la viuda de Chamorro, ya está más para el bronce que para la política. El resto de la gente todavía habla del terremoto como si hubiera sido ayer.

Managua el 23 de diciembre de 1972
En el centro de la ciudad los cadáveres quedaron debajo de los escombros. La Guardia Nacional se concentró en el pillaje con profesionalismo y Anastasio Somoza engrosó sus cuentas de Miami con la ayuda que llegaba de todo el mundo. Los zopilotes terminaron el trabajo llevándose a dar un paseo los restos podridos que quedaron a la vista. Años después los sandinistas pasaron una piadosa topadora y dejaron cientos de manzanas baldías alrededor de la vieja catedral agrietada que todavía resiste como un mausoleo vacío. Los que quedaron vivos se fueron a vivir a los barrios, en casas bajas y frágiles, como para aliviar la próxima sacudida.
Desde el aire la Managua moderna es un delicioso suburbio tropical: apenas se adivinan las casas debajo de los árboles. Las calles no tienen nombre ni apellido. Me alojé en el Hostal Real del General Pancho Cabuya y su Papalota Marilla, que queda del Restaurante La Marseillaise, una cuadra al lago, una cuadra arriba, 25 varas al lago, casa # 46. Si ordenan el catastro se terminará la magia y me tocará el hotel Sheltox Express, Av. Comandante Pastora, 13.752, M37 2AT, Managua.
En el centro viejo y en ruinas levantaron estatuas de puños crispados y kalasnikof al viento, mientras los revolucionarios de los 80 se aburguesaban sin remedio. El ombligo de la ciudad se trasplantó alrededor del shopping Metrocentro. Del otro lado de la avenida, entre unas cuatro hectáreas de pastizales, el cardenal Miguel Ovando edificó la nueva catedral antisísmica, estilo elefante. Daniel Ortega, el comandante del FSLN, acumula tantas elecciones perdidas como denuncias de acoso sexual y camionetas todo terreno. Su hermano Humberto, gloria del Ejército Sandinista, moribundea en Costa Rica podrido en la plata que invirtió en Canopy Tours para gringos gay. Ernesto Cardenal, el cura poeta que ligó el reto papal en la Plaza de la Revolución, fabrica socotrocos de barro plastificado en Solentiname, el archipiélago del sur del lago de Nicaragua donde fundó una comunidad de drogadictos cristianos. Violeta, la viuda de Chamorro, ya está más para el bronce que para la política. El resto de la gente todavía habla del terremoto como si hubiera sido ayer.

Managua el 23 de diciembre de 1972
La piel de los aché
Gastamos las primeras luces del día camino al aeropuerto, congelando momentos que casi nadie ve, mientras Asunción se desperezaba al amanecer de un jueves. Volamos hacia el Norte sobre la bruma cortada por los primeros rayos. Aterrizamos rozando los árboles de la Villa Ygatimi, somnolienta, mojada por el vaho vegetal del invierno. Iba invitado la Fundación Moisés Bertoni a conocer unas escuelas en los alrededores de la reserva natural del Mbaracayú, un bosque de 150.000 hectáreas en el departamento Canindeyú, donde el límite entre Paraguay y Brasil se sube a la cresta de unos cerros, al norte del lago de Itaipú.

Mientras desayunamos en la casa de la Fundación en Ygatimi aparecieron dos funcionarios vestidos de Animal Planet. Eran del Fondo Francés para el Medio Ambiente Mundial y querían ver con sus ojos lo que se hace con su plata en la reserva de biosfera del Mbaracayú. Conversé largo con Sylvain durante el viaje en camioneta. Creí que sería un Indiana Jones de plástico, pero resultó un andarín porfiado del hielo de las montañas y la miel de las selvas sudamericanas.
Enjambres de chicos curiosearon nuestra presencia mientras sus profesores nos enseñaron las mejoras en las instalaciones de las escuelas de Nueva Alianza y La Morena. Como no las conocíamos de antes, pocas comparaciones podíamos hacer. Lucían de estreno los carteles anunciando a nadie que todo eso es posible gracias al dinero de los franceses. Después, en un hospitalito de dos ambientes lleno de madres embarazadas y de mocosos desnudos, aprendí que los hijos son la riqueza de los pobres y que las heladeras salvan vidas.
Sólo los profesores hablan un poco de castellano. Los chicos, compinches y curiosos, andaban descalzos por aulas y galerías. Son hijos de campesinos y hasta de algún chacarero de la colonia. La vergüenza de los mita-í se compensa con la picardía de las cuñá que hacen caras y posan coquetas cuando las apunta el fotógrafo.
De repente me acordé del éxito asegurado del ratón de trapo que me enseñó don Tino, un cura amigo de mis padres, cuando era chico. Plegué y enrollé mi pañuelo en medio de los mita-í. Salió un ratón con orejas y rabo, pero por lo blanco del pañuelo resultó un conejo coludo y desorejado que se puso a caminar entre mis manos. “Ikuãme!”, señaló divertido un pelirrojo que se dio cuenta enseguida que lo movía con el dedo por debajo de mi brazo.
El piloto me había contado que íbamos a la región de los aché, una etnia escasa que tiene la piel de terciopelo. Pedí entrar en una aldea, pero la vicepresidenta de la Fundación tenía apuro por llegar al aeropuerto de la reserva; allí la buscaba su avioncito, porque la señora no se le anima a la pista de Ygatimí. Por suerte nos cruzamos con uno que salía de la aldea Chupa Poú. Tengo una foto robada desde la camioneta.

Mientras desayunamos en la casa de la Fundación en Ygatimi aparecieron dos funcionarios vestidos de Animal Planet. Eran del Fondo Francés para el Medio Ambiente Mundial y querían ver con sus ojos lo que se hace con su plata en la reserva de biosfera del Mbaracayú. Conversé largo con Sylvain durante el viaje en camioneta. Creí que sería un Indiana Jones de plástico, pero resultó un andarín porfiado del hielo de las montañas y la miel de las selvas sudamericanas.
Enjambres de chicos curiosearon nuestra presencia mientras sus profesores nos enseñaron las mejoras en las instalaciones de las escuelas de Nueva Alianza y La Morena. Como no las conocíamos de antes, pocas comparaciones podíamos hacer. Lucían de estreno los carteles anunciando a nadie que todo eso es posible gracias al dinero de los franceses. Después, en un hospitalito de dos ambientes lleno de madres embarazadas y de mocosos desnudos, aprendí que los hijos son la riqueza de los pobres y que las heladeras salvan vidas.
Sólo los profesores hablan un poco de castellano. Los chicos, compinches y curiosos, andaban descalzos por aulas y galerías. Son hijos de campesinos y hasta de algún chacarero de la colonia. La vergüenza de los mita-í se compensa con la picardía de las cuñá que hacen caras y posan coquetas cuando las apunta el fotógrafo.
De repente me acordé del éxito asegurado del ratón de trapo que me enseñó don Tino, un cura amigo de mis padres, cuando era chico. Plegué y enrollé mi pañuelo en medio de los mita-í. Salió un ratón con orejas y rabo, pero por lo blanco del pañuelo resultó un conejo coludo y desorejado que se puso a caminar entre mis manos. “Ikuãme!”, señaló divertido un pelirrojo que se dio cuenta enseguida que lo movía con el dedo por debajo de mi brazo.
El piloto me había contado que íbamos a la región de los aché, una etnia escasa que tiene la piel de terciopelo. Pedí entrar en una aldea, pero la vicepresidenta de la Fundación tenía apuro por llegar al aeropuerto de la reserva; allí la buscaba su avioncito, porque la señora no se le anima a la pista de Ygatimí. Por suerte nos cruzamos con uno que salía de la aldea Chupa Poú. Tengo una foto robada desde la camioneta.
La flota fantasma
La flota completa del Mariscal López duerme en Vapor Cué desde el 18 de agosto de 1869. Siete barcos perseguidos por la infantería brasileña terminaron sus días campo adentro, cerca de Caraguatay, a 90 kilómetros de Asunción. En esos años el Paraguay peleó hasta el fin contra el Brasil, la Argentina y Uruguay. El coraje de los paraguayos no cabe en ningún relato.
Hoy la mitad de los habitantes de Caraguatay vive en Nueva York. La agencia de Western Union es más grande que el almacén y tres o cuatro chalets estilo Atlantic City avisan que ya no se codean con el resto del país porque prefieren pringarse con ketchup en el Central Park. Unos kilómetros más allá, en el bajo, asoman los vapores de la Guerra Grande, entre eucaliptos y sauces, a la orilla de un meandro endiablado del Yhaguy. El “Salto del Guayra” y el “Anhamay” conservan sus cascos de hierro y sus arboladuras. Del resto solo quedan las calderas, las quillas y pedazos metálicos de las ruedas laterales.

Hasta 1980 los barcos mataron el tiempo encallados en el medio del campo. Lo poco que les quedaba se fue perdiendo entre saqueos y crecidas. Cuando en los largos años de Stroessner se reivindicó al Mariscal López y su guerra perdida contra la Triple Alianza, se recuperó también Vapor Cué como el sitio de una de las grandes batallas. Hasta se construyó un hotel de turismo gracioso y provinciano con vistas a los buques varados en el medio del campo. Salí a recorrer la flota a la hora de la siesta, mientras la televisión del hotel zumbaba una telenovela para nadie. Caminaba solo por la cubierta del “Salto del Guayra” cuando se abrieron las ventanas de una casita blanca con un cartel de museo. La dueña me ofreció cocacola y recuerdos de Vapor Cué. Pronunciaba Yhaguy como si estuviera afilando cuchillos.
Me contó la historia de la flota paraguaya en la Guerra Grande. De cómo el “Anhamay” fue capturado a los brasileños en el Mato Grosso. De las batallas del Riachuelo y de Corrientes... Una vez que la armada del almirante Tamandaré se animó a pasar el estrecho fortificado Humaitá, los aliados dominaron todo el río Paraguay. Acosada río arriba y río abajo, lo que quedaba de la flota paraguaya se escapó metiéndose contra corriente por el Manduvirá, cada vez más arriba y más angosto hasta que encontraron el Yhaguy crecido y siguieron por ahí su camino tierra adentro.
El 16 de agosto los brasileños atravesaron en Acosta Ñu, a sable y bayoneta, la línea de niños soldados reclutada por Bernardino Caballero para proteger la retirada de López. Los mita-í se pintaron con corcho quemado los bigotes y murieron jugando ser mayores. Cuando la infantería brasileña tomó Caraguatay ya tenía a tiro de cañón a la flota paraguaya que penaba como un convoy de carretas por el bañado del Yhaguy. El calado no daba para más y los meandros trancaban el paso, así que los marinos guaraníes vararon e incendiaron sus buques y se escondieron chapoteando entre los ranchos, amparados por las pocas mujeres que quedaban vivas cuidando sus casas.
Hoy la mitad de los habitantes de Caraguatay vive en Nueva York. La agencia de Western Union es más grande que el almacén y tres o cuatro chalets estilo Atlantic City avisan que ya no se codean con el resto del país porque prefieren pringarse con ketchup en el Central Park. Unos kilómetros más allá, en el bajo, asoman los vapores de la Guerra Grande, entre eucaliptos y sauces, a la orilla de un meandro endiablado del Yhaguy. El “Salto del Guayra” y el “Anhamay” conservan sus cascos de hierro y sus arboladuras. Del resto solo quedan las calderas, las quillas y pedazos metálicos de las ruedas laterales.

Hasta 1980 los barcos mataron el tiempo encallados en el medio del campo. Lo poco que les quedaba se fue perdiendo entre saqueos y crecidas. Cuando en los largos años de Stroessner se reivindicó al Mariscal López y su guerra perdida contra la Triple Alianza, se recuperó también Vapor Cué como el sitio de una de las grandes batallas. Hasta se construyó un hotel de turismo gracioso y provinciano con vistas a los buques varados en el medio del campo. Salí a recorrer la flota a la hora de la siesta, mientras la televisión del hotel zumbaba una telenovela para nadie. Caminaba solo por la cubierta del “Salto del Guayra” cuando se abrieron las ventanas de una casita blanca con un cartel de museo. La dueña me ofreció cocacola y recuerdos de Vapor Cué. Pronunciaba Yhaguy como si estuviera afilando cuchillos.
Me contó la historia de la flota paraguaya en la Guerra Grande. De cómo el “Anhamay” fue capturado a los brasileños en el Mato Grosso. De las batallas del Riachuelo y de Corrientes... Una vez que la armada del almirante Tamandaré se animó a pasar el estrecho fortificado Humaitá, los aliados dominaron todo el río Paraguay. Acosada río arriba y río abajo, lo que quedaba de la flota paraguaya se escapó metiéndose contra corriente por el Manduvirá, cada vez más arriba y más angosto hasta que encontraron el Yhaguy crecido y siguieron por ahí su camino tierra adentro.
El 16 de agosto los brasileños atravesaron en Acosta Ñu, a sable y bayoneta, la línea de niños soldados reclutada por Bernardino Caballero para proteger la retirada de López. Los mita-í se pintaron con corcho quemado los bigotes y murieron jugando ser mayores. Cuando la infantería brasileña tomó Caraguatay ya tenía a tiro de cañón a la flota paraguaya que penaba como un convoy de carretas por el bañado del Yhaguy. El calado no daba para más y los meandros trancaban el paso, así que los marinos guaraníes vararon e incendiaron sus buques y se escondieron chapoteando entre los ranchos, amparados por las pocas mujeres que quedaban vivas cuidando sus casas.
Marihuana
Un mafioso de la frontera amenazó de muerte al corresponsal de diario en Salto de Guairá por decir unas cuantas verdades sobre el hermano muerto del capo de la frontera. En esa zona del Paraguay no se andan con chiquitas, así que decidimos irnos volando a ver cómo podíamos proteger a nuestro hombre en el Alto Paraná. Salimos después de cerrar el diario, a las 12 de la noche. Recorrimos 600 kilómetros, primero a Ciudad del Este, y luego hacia el norte. Llegamos al amanecer y desayunamos unas chipas gloriosas con mate cocido.
La frontera seca entre Paraguay y Brasil no puede contener el tráfico de marihuana. En Salto todo el mundo vive del cáñamo, hasta la policía. Unos lo cultivan y podan como el té o la yerba, entreverado con la mandioca. Otros lo pican, lo prensan y enladrillan en tacos apretados con bolsas de plástico y cintas de embalar. Los paseros cruzan la frontera y venden la maconha a los traficantes brasileños. La pasan escondida en autos robados que se abandonan al entregar la carga. El soborno allana el camino, abre barreras y distrae a los guardas. Caen los que no cumplen con la policía. Cuando visitaba una reserva de biosfera en Canindeyú, le pedí al chofer que me llevara a una plantación. Me contestó que podíamos ir, pero que ya no volveríamos.
Encontramos a nuestro corresponsal en su casa, sentado con los brazos cruzados por encima de la barriga. Empezaba una frase repitiendo el final de la anterior. Le acompañamos a denunciar la amenaza en el despacho del fiscal, apretados contra su escritorio por 400 kilos de marihuana confiscados esa noche. Después fuimos a la policía. El jefe Melchisedec Ramírez, ceremonioso y locuaz. Nos explicó que las sentencias de las mafias de la droga se cumplen tarde o temprano. Igual le pondría custodia, y por deferencia a nosotros le daría la posibilidad de elegir a sus propios guardaespaldas.

La droga es un negocio sin papeles y sin tiempos. Se transa y se paga al contado rabioso. No hay deudas ni créditos, ni papeles ni obligaciones. Sus leyes son pocas e inexorables. Mientras la demanda se mantenga, cuanto más se combate el tráfico y la producción, más sube el precio. Se tienta a los colonos con otros cultivos, pero al final gana la hoja dorada del cannabis sativa. Un año trajeron semillas de algodón del Misisipi. Las sembraron soñando con capullos de nube y azúcar en la Cabaña del tío Tom, pero pasaron los días y las plantas no asomaron. Ninguna semilla gringa quiso germinar en la tierra colorada y se perdió la cosecha de todo el año. Los colonos volvieron a la marihuana de la mano del párroco.
Al toparse con la cordillera de Mbaracayú el Paraná se embalsaba y derramaba en siete grandes saltos y cientos de cascadas, pero desde 1982 las Sete Quedas están bajo el agua empantanada por la represa de Itaipú. Los salteños todavía oyen el rugido de las cataratas cuando se acercan a la orilla del lago. Junto a los saltos inundados dejamos huérfano a nuestro corresponsal esperando una sentencia infalible. No quiso irse de la ciudad, a pesar de que se lo ofrecimos.
Volvimos a Asunción con culpa, perseguidos por el diluvio universal. Viajamos 180 kilómetros de más porque no vimos un cartel. Paramos hambrientos a almorzar en un pueblo que se llama Paloma del Espíritu Santo. A las siete de la tarde estábamos de vuelta haciendo lo de siempre: el diario. Al lavar el auto el día siguiente encontraron dos ranas estampadas en el paragolpes.
La frontera seca entre Paraguay y Brasil no puede contener el tráfico de marihuana. En Salto todo el mundo vive del cáñamo, hasta la policía. Unos lo cultivan y podan como el té o la yerba, entreverado con la mandioca. Otros lo pican, lo prensan y enladrillan en tacos apretados con bolsas de plástico y cintas de embalar. Los paseros cruzan la frontera y venden la maconha a los traficantes brasileños. La pasan escondida en autos robados que se abandonan al entregar la carga. El soborno allana el camino, abre barreras y distrae a los guardas. Caen los que no cumplen con la policía. Cuando visitaba una reserva de biosfera en Canindeyú, le pedí al chofer que me llevara a una plantación. Me contestó que podíamos ir, pero que ya no volveríamos.
Encontramos a nuestro corresponsal en su casa, sentado con los brazos cruzados por encima de la barriga. Empezaba una frase repitiendo el final de la anterior. Le acompañamos a denunciar la amenaza en el despacho del fiscal, apretados contra su escritorio por 400 kilos de marihuana confiscados esa noche. Después fuimos a la policía. El jefe Melchisedec Ramírez, ceremonioso y locuaz. Nos explicó que las sentencias de las mafias de la droga se cumplen tarde o temprano. Igual le pondría custodia, y por deferencia a nosotros le daría la posibilidad de elegir a sus propios guardaespaldas.

La droga es un negocio sin papeles y sin tiempos. Se transa y se paga al contado rabioso. No hay deudas ni créditos, ni papeles ni obligaciones. Sus leyes son pocas e inexorables. Mientras la demanda se mantenga, cuanto más se combate el tráfico y la producción, más sube el precio. Se tienta a los colonos con otros cultivos, pero al final gana la hoja dorada del cannabis sativa. Un año trajeron semillas de algodón del Misisipi. Las sembraron soñando con capullos de nube y azúcar en la Cabaña del tío Tom, pero pasaron los días y las plantas no asomaron. Ninguna semilla gringa quiso germinar en la tierra colorada y se perdió la cosecha de todo el año. Los colonos volvieron a la marihuana de la mano del párroco.
Al toparse con la cordillera de Mbaracayú el Paraná se embalsaba y derramaba en siete grandes saltos y cientos de cascadas, pero desde 1982 las Sete Quedas están bajo el agua empantanada por la represa de Itaipú. Los salteños todavía oyen el rugido de las cataratas cuando se acercan a la orilla del lago. Junto a los saltos inundados dejamos huérfano a nuestro corresponsal esperando una sentencia infalible. No quiso irse de la ciudad, a pesar de que se lo ofrecimos.
Volvimos a Asunción con culpa, perseguidos por el diluvio universal. Viajamos 180 kilómetros de más porque no vimos un cartel. Paramos hambrientos a almorzar en un pueblo que se llama Paloma del Espíritu Santo. A las siete de la tarde estábamos de vuelta haciendo lo de siempre: el diario. Al lavar el auto el día siguiente encontraron dos ranas estampadas en el paragolpes.
Correr es peor
Caía la noche más larga del año, la víspera de San Juan, cuando nos escapamos a la fiesta en el club Emiliano R. Fernández, del barrio Herrera de Asunción. Había payaguá mascada, chicharrón trenzado, asaditos en palo y chorizos picantes deliciosos. Hacíamos cola para conseguir un pastel mandió o un mbeyú inmaculado que surgía milagroso entre el humo negro de un fogón. Con mandioca y maíz se preparan casi todos los platos del país: la sopa paraguaya es un pastel omnipresente de harina de maíz, queso y claras batidas. Con cebolla y choclo se convierte en el superlativo chipá guazú. La chipa es el multiforme y ubicuo maná de almidón de mandioca.
La medianoche fue llegando divertida por bailes y juegos. Con algunos colegas del diario recorrimos las carpas de ruleta y tomamos un par de cervezas. En una cancha multiuso se alternaban las piñatas, los bailes, y el fuego, aturdidos en guaraní por los parlantes que multiplicaban la voz de una animadora bastante histérica. Dos tipos debajo de un cuero con guampas encendidas representaron al toro candil, descendiente de algún animal bravo que cambió el albero del ruedo por el patio del Club Emiliano. Mágica fue la galopa: conté hasta diez botellas, una encima de otra encastradas culo con pico, y todas arriba de la cabeza de una polaca que bailaba derechita y descalza. Debe ser un magnífico ejercicio para la columna.
Los perros deambulaban callados en busca de algún recuerdo perdido entre galoperas, piñatas y botellas. Miran de reojo pidiendo perdón por alguna macana, pero nadie les da ni la hora.
A las once y media ardía una fogata monumental en una canchita de fútbol de tierra colorada. El rocío pegaba con ganas, así que me acerqué resuelto a esperar lo que venía. Se fue arrimando más gente que formó un círculo al calor del fuego. A mi lado un padre barrigón presumía su fe delante de los hijos, mientras ellos trataban de disuadirlo. A la medianoche, un petiso que hinchaba los cachetes para aguantar el calor desparramó brasas con una azada hasta formar un camino incandescente de unos cinco metros. Empezó la tensión, a ver quién se animaba. Un flaquito con la camiseta de Olimpia las atravesó descalzo, como sin darse cuenta. En seguida cruzó una mujer con las sandalias en la mano. Tercero pasó el barrigón que volvió hacia sus hijos como si le hubiera hecho un gol a Chilavert. Siguieron más. Veteranos y primerizos cumplieron promesas o probaron su inocencia. Cruzaban en trance, desafiantes, distraídos o concentrados. La barra alentaba o murmuraba. A una chica le dijeron que no pase, pero no hizo caso y se quemó.
No tenía ni intención de pasar por encima de ese infierno que chamuscaba de estar cerca. Pero algo te va diciendo por adentro que tenés que cruzar, y empezás a sacarte los zapatos sin darte cuenta. Después te empuja el amor propio, y cuando salís de las brasas nadie te dice nada.
Correr es peor, como cuando llueve, porque al apurar el paso se pisa más fuerte. Es el secreto, aunque nadie aplica la lógica aburrida a esta ordalía perdida en el tiempo: los que tienen la conciencia intranquila se queman más por apurados que por infieles. Igual las cuentas dan lo que tienen que dar...
La medianoche fue llegando divertida por bailes y juegos. Con algunos colegas del diario recorrimos las carpas de ruleta y tomamos un par de cervezas. En una cancha multiuso se alternaban las piñatas, los bailes, y el fuego, aturdidos en guaraní por los parlantes que multiplicaban la voz de una animadora bastante histérica. Dos tipos debajo de un cuero con guampas encendidas representaron al toro candil, descendiente de algún animal bravo que cambió el albero del ruedo por el patio del Club Emiliano. Mágica fue la galopa: conté hasta diez botellas, una encima de otra encastradas culo con pico, y todas arriba de la cabeza de una polaca que bailaba derechita y descalza. Debe ser un magnífico ejercicio para la columna.
Los perros deambulaban callados en busca de algún recuerdo perdido entre galoperas, piñatas y botellas. Miran de reojo pidiendo perdón por alguna macana, pero nadie les da ni la hora.
A las once y media ardía una fogata monumental en una canchita de fútbol de tierra colorada. El rocío pegaba con ganas, así que me acerqué resuelto a esperar lo que venía. Se fue arrimando más gente que formó un círculo al calor del fuego. A mi lado un padre barrigón presumía su fe delante de los hijos, mientras ellos trataban de disuadirlo. A la medianoche, un petiso que hinchaba los cachetes para aguantar el calor desparramó brasas con una azada hasta formar un camino incandescente de unos cinco metros. Empezó la tensión, a ver quién se animaba. Un flaquito con la camiseta de Olimpia las atravesó descalzo, como sin darse cuenta. En seguida cruzó una mujer con las sandalias en la mano. Tercero pasó el barrigón que volvió hacia sus hijos como si le hubiera hecho un gol a Chilavert. Siguieron más. Veteranos y primerizos cumplieron promesas o probaron su inocencia. Cruzaban en trance, desafiantes, distraídos o concentrados. La barra alentaba o murmuraba. A una chica le dijeron que no pase, pero no hizo caso y se quemó.
No tenía ni intención de pasar por encima de ese infierno que chamuscaba de estar cerca. Pero algo te va diciendo por adentro que tenés que cruzar, y empezás a sacarte los zapatos sin darte cuenta. Después te empuja el amor propio, y cuando salís de las brasas nadie te dice nada.
Correr es peor, como cuando llueve, porque al apurar el paso se pisa más fuerte. Es el secreto, aunque nadie aplica la lógica aburrida a esta ordalía perdida en el tiempo: los que tienen la conciencia intranquila se queman más por apurados que por infieles. Igual las cuentas dan lo que tienen que dar...
Los ladrones y la muerte
Fue un lunes a las nueve y media de la noche. Volvía manejando a mi casa después de un día de trabajo en el diario. Detrás de mi venía un auto medio indeciso que amagaba pasarme pero luego se quedaba a mi cola. Me siguió cuando entré desde la avenida por una transversal, pero debía ser pura casualidad. Paré en la esquina para terminar de hablar por teléfono. El indeciso viajaba en un Mercedes. Me pasó y se paró adelante. Se bajó el acompañante y en lugar de preguntarme por una farmacia abierta a esa hora, sacó una pistola, abrió mi puerta y me gritó “¡bajate!” con tanta convicción que me sentí un intruso en auto ajeno. Se lo dejé sin apagar el motor. Cuando se subía le pedí mi agenda electrónica que había quedado en el asiento. Casi lo consigo. “¿Qué agenda?” me preguntó, pero cerró la puerta y salió arando como un loco por la esquina más cercana atrás de su amigo del Mercedes.
Me quedé solo en medio de la calle. Busqué un bar y me senté a sacarme el susto. Me preguntaba cosas inútiles sobre lo que tendría que haber hecho y lo que había que hacer ahora. No lograba acordarme ni del número de la patente.
En la comisaría me atendió una chica con uniforme de policía y apellido de conquistador grabado en una placa de plástico. Atrás un agente gritaba por teléfono mientras la radio pasaba partes y novedades. Empezaron a hablar de mi auto, pero ninguno le pegaba al modelo ni al color. Un tipo con aires de jefe apareció en mitad de mi declaración. Vestía camiseta, pantalones cortos y hojotas. Me preguntó si el auto tenía algo que lo distinguiera: un choque, un rayón. Nada... “¡Impecable!” sonrió, y se fue.
Unos días después empezaron a llamar desconocidos a mi oficina. Decidí no atenderles. Ya me habían contado que te piden plata por datos sobre el coche. Hay gente que les paga y se clava como una estaca. Con cobertura más que suficiente y las cuotas al día, mejor dejar las cosas en manos de la súper eficaz multinacional española del seguro. Me dicen que lo están buscando, y que ellos son los primeros en pagar rescates para librarse de una cifra mucho mayor. Si lo consiguen, lo devuelven sin importarles el estado. De paso fomentan los robos contra sus propios clientes: cuantos más robos, más seguros. Los ladrones usan el auto para un atraco, se divierten con él y cobran un buen rescate a la compañía cuando lo devuelven. Si no aparece, antes de pagar su costo, te piden el título y hasta las llaves que venden por unos dólares a los falsificadores.
La gente hace comentarios sorprendentes. Algunos te dan el pésame y nadie usa palabras como “robo” o “ladrones”; se refieren al “episodio” o a la “experiencia”. Te queda la sensación de ser culpable por tener un Toyota, por lavarlo seguido, por andar de noche, por los vidrios polarizados o por lo contrario... Hasta la compañía de seguros sospecha un arreglo y pide decenas de constancias. Al final uno se acostumbra y prefiere que su auto no aparezca, pero mientras le faltan un montón de cosas que antes eran familiares y que estaban allí. Será por eso que una noche me sorprendí buscando mi Toyota en el fondo del cajón de la mesa de luz.
Al final el coche es como la chaqueta; extrañaba más una pluma Parker gastada que me duró 35 años, la agenda, la novela que estaba leyendo, unos cd con música inencontrable de Doménico Zípoli... Las cosas no deberían valer nada hasta que no estén en la cabeza o entre pecho y espalda. Valen los libros leídos, no los de la biblioteca. El vino tomado vale más que el de la bodega. El cine, el teatro y los partidos de fútbol deberían pagarse al salir y no al entrar. También habría que agradecer a los ladrones que te arrimen uno poco la muerte, cuando no te queda más que el avío del alma.
Me quedé solo en medio de la calle. Busqué un bar y me senté a sacarme el susto. Me preguntaba cosas inútiles sobre lo que tendría que haber hecho y lo que había que hacer ahora. No lograba acordarme ni del número de la patente.
En la comisaría me atendió una chica con uniforme de policía y apellido de conquistador grabado en una placa de plástico. Atrás un agente gritaba por teléfono mientras la radio pasaba partes y novedades. Empezaron a hablar de mi auto, pero ninguno le pegaba al modelo ni al color. Un tipo con aires de jefe apareció en mitad de mi declaración. Vestía camiseta, pantalones cortos y hojotas. Me preguntó si el auto tenía algo que lo distinguiera: un choque, un rayón. Nada... “¡Impecable!” sonrió, y se fue.
Unos días después empezaron a llamar desconocidos a mi oficina. Decidí no atenderles. Ya me habían contado que te piden plata por datos sobre el coche. Hay gente que les paga y se clava como una estaca. Con cobertura más que suficiente y las cuotas al día, mejor dejar las cosas en manos de la súper eficaz multinacional española del seguro. Me dicen que lo están buscando, y que ellos son los primeros en pagar rescates para librarse de una cifra mucho mayor. Si lo consiguen, lo devuelven sin importarles el estado. De paso fomentan los robos contra sus propios clientes: cuantos más robos, más seguros. Los ladrones usan el auto para un atraco, se divierten con él y cobran un buen rescate a la compañía cuando lo devuelven. Si no aparece, antes de pagar su costo, te piden el título y hasta las llaves que venden por unos dólares a los falsificadores.
La gente hace comentarios sorprendentes. Algunos te dan el pésame y nadie usa palabras como “robo” o “ladrones”; se refieren al “episodio” o a la “experiencia”. Te queda la sensación de ser culpable por tener un Toyota, por lavarlo seguido, por andar de noche, por los vidrios polarizados o por lo contrario... Hasta la compañía de seguros sospecha un arreglo y pide decenas de constancias. Al final uno se acostumbra y prefiere que su auto no aparezca, pero mientras le faltan un montón de cosas que antes eran familiares y que estaban allí. Será por eso que una noche me sorprendí buscando mi Toyota en el fondo del cajón de la mesa de luz.
Al final el coche es como la chaqueta; extrañaba más una pluma Parker gastada que me duró 35 años, la agenda, la novela que estaba leyendo, unos cd con música inencontrable de Doménico Zípoli... Las cosas no deberían valer nada hasta que no estén en la cabeza o entre pecho y espalda. Valen los libros leídos, no los de la biblioteca. El vino tomado vale más que el de la bodega. El cine, el teatro y los partidos de fútbol deberían pagarse al salir y no al entrar. También habría que agradecer a los ladrones que te arrimen uno poco la muerte, cuando no te queda más que el avío del alma.
Antigua Guatemala
En 1541 a Pedro de Alvarado, Adelantado, Capitán General y Gobernador de Guatemala, se le cayó encima el caballo del escribano Montoya que venía rodando desbarrancado por una ladera de las sierras Molucas, en la Nueva Galicia, al sur de México. Murió a los pocos días confesado y comulgado. Doña Beatriz de la Cueva, su tercera mujer, se vistió de luto, pintó de negro su palacio y tomó el poder con el nombre de Lasinventura. A los dos meses exactos un deslave de agua y barro arrasó su negro palacio, que no era más que un rancho. El alud se desprendió de la boca llena de agua del volcán que domina el valle de Santiago de los Caballeros, recién fundado por su marido a 2.000 metros de altura. Murieron Lasinventura y 30 castellanos. Desde entonces el volcán se llama de Agua y es uno de los tres que adornan el escudo y el paisaje de la Antigua Guatemala. El de Fuego fuma sin parar desde que se tiene memoria y muy seguido chisporrotea enojado. El Acatenango es el más alto, pero el que menos se ve.
Fuimos a la Antigua varios periodistas y profesores que dictábamos un taller en la Nueva Guatemala. Conocimos, guiados como reyes por rector de la Universidad del Istmo, el monasterio de las clarisas, el convento de Santo Domingo, la Universidad de San Carlos, la tumba del Hermano Pedro y la vieja catedral, todavía en ruinas.
Se refundó Santiago, donde ahora está la Antigua Guatemala. Pero en 1773 un terremoto feroz cansó la paciencia del gobernador que la abandonó y estableció la Nueva Guatemala de la Asunción 30 kilómetros más abajo, en contra de la opinión del obispo. Por eso el Gobernador consiguió de Carlos III autoridad para ajusticiar a todo el que pretendiera reconstruir sus casas o iglesias. Contra el real decreto la Antigua siguió viva, aunque sus edificios agonizaran arruinados.
La tozudez del obispo mantuvo viva a la ciudad. La catedral ocupó el primer tramo, transversal, que quedó en pie, acostado sobre la plaza de armas de la ciudad. Más allá solo hay columnas y cascotes colosales, desparramados donde cayeron en 1773. La mayoría de las iglesias, palacios y casas están en pie y han aguantado los terremotos que la sacuden cada 50 años. En Guatemala se impuso el estilo temblor: barroco o neoclásico pero achaparrado y fortachón.
Las casas tienen frentes anchos y amplios, con portal y zaguán al medio. Tres patios con galerías corridas se suceden de mayor a menor. El primero para los padres, el segundo para los hijos y el trasero para los empleados, algunas plantas y animales. Los más pobres tienen dos, o uno. Mírese por donde se mire aparece el volcán de Agua, amenazante, cónico y verde.
San Pedro de Betancourt era un lego franciscano tinerfeño que fundó un cotolengo para enfermos desgraciados. Por todas las esquinas se los ve al sol delicioso del trópico, remolcados en carros por monjitas de todas las ganaderías o voluntarias rubicundas del norte de América y del de Europa. El hermano Pedro está allí enterrado, en el convento de San Francisco, y lo visitan miles de personas por día para robarle favores y milagros.
Los solares son los más caros de Guatemala porque se ha puesto de moda tener casa en la Antigua. Todo se construye y reconstruye en el estilo original. La temperatura es luminosa. Hay librerías mágicas, bares y restaurantes para soñar y un hotel de siete habitaciones donde te despiertan las herraduras de un caballito en el empedrado.
Fuimos a la Antigua varios periodistas y profesores que dictábamos un taller en la Nueva Guatemala. Conocimos, guiados como reyes por rector de la Universidad del Istmo, el monasterio de las clarisas, el convento de Santo Domingo, la Universidad de San Carlos, la tumba del Hermano Pedro y la vieja catedral, todavía en ruinas.
Se refundó Santiago, donde ahora está la Antigua Guatemala. Pero en 1773 un terremoto feroz cansó la paciencia del gobernador que la abandonó y estableció la Nueva Guatemala de la Asunción 30 kilómetros más abajo, en contra de la opinión del obispo. Por eso el Gobernador consiguió de Carlos III autoridad para ajusticiar a todo el que pretendiera reconstruir sus casas o iglesias. Contra el real decreto la Antigua siguió viva, aunque sus edificios agonizaran arruinados.
La tozudez del obispo mantuvo viva a la ciudad. La catedral ocupó el primer tramo, transversal, que quedó en pie, acostado sobre la plaza de armas de la ciudad. Más allá solo hay columnas y cascotes colosales, desparramados donde cayeron en 1773. La mayoría de las iglesias, palacios y casas están en pie y han aguantado los terremotos que la sacuden cada 50 años. En Guatemala se impuso el estilo temblor: barroco o neoclásico pero achaparrado y fortachón.
Las casas tienen frentes anchos y amplios, con portal y zaguán al medio. Tres patios con galerías corridas se suceden de mayor a menor. El primero para los padres, el segundo para los hijos y el trasero para los empleados, algunas plantas y animales. Los más pobres tienen dos, o uno. Mírese por donde se mire aparece el volcán de Agua, amenazante, cónico y verde.
San Pedro de Betancourt era un lego franciscano tinerfeño que fundó un cotolengo para enfermos desgraciados. Por todas las esquinas se los ve al sol delicioso del trópico, remolcados en carros por monjitas de todas las ganaderías o voluntarias rubicundas del norte de América y del de Europa. El hermano Pedro está allí enterrado, en el convento de San Francisco, y lo visitan miles de personas por día para robarle favores y milagros.
Los solares son los más caros de Guatemala porque se ha puesto de moda tener casa en la Antigua. Todo se construye y reconstruye en el estilo original. La temperatura es luminosa. Hay librerías mágicas, bares y restaurantes para soñar y un hotel de siete habitaciones donde te despiertan las herraduras de un caballito en el empedrado.
El Gran Cacao
El chicozapote es un árbol de corteza arrugada y clara como el alcornoque, pero mucho más alto. Crece desde México hasta el norte de Sudamérica. Su madera es buena y el fruto un níspero magro. La savia, que se usa para hacer chicles, es un látex pringoso que recogen lastimando la corteza como jinetas en las mangas de un sargento.
En 1848 los bosques se explotaban como las minas y no existía el desarrollo sustentable. Un chiclero andaba ese año buscando vetas de chicozapotes por el Petén, en el norte de Guatemala, que entonces confundía sus fronteras con la actual Belice y los estados mexicanos de Chiapas y Tabasco. Se extrañó de la simetría entre algunos montecitos tapados por ceibas y ramones. Cuando escarbó entre las raíces se encontró con una piedra cúbica, tallada como un ladrillo, después otra y así hasta arriba. Si hubiera llegado en globo habría visto los remates de las pirámides mayas que sobresalen todavía por encima de las copas de los árboles.
Así se descubrió Tikal, la mayor ciudad maya, residencia de Ahá Kakao, habitada entre el 771 y el 900: los arqueólogos nos engañan sin escrúpulos con historias precisas en años exactos sacados de unas piedras mordidas por el tiempo y la selva. Los mayas se extinguieron para siempre por culpa de los imperialistas genocidas de la época que eran los aztecas.
A las cinco de la mañana nos pasó a buscar la combi para llevarnos al aeropuerto. Habían advertido que lleváramos zapatillas, camisa de mangas largas y sombrero. En esa zona el calor es de plomo y los mosquitos no respetan mangas ni pantalones. Para evitar que los pilotos estrellen el avión contra alguna pirámide nos revisaron como si entráramos en la cárcel de Sin Sin. Después del madrugón tuvimos que esperar turno para subir al avión en la sala abarrotada, en ayunas, con unas tarjetas azules que nos entregaron. Cuando llamaron a nuestro color nos lanzamos raudos a la puerta, pero Charles Atlas nos aclaró que eran turquesas. Al final asaltamos los asientos del fondo del avión y tratamos de dormir algo de lo que nos faltaba de esa noche.
Los mayas no tenían vértigo. Las escaleras de las pirámides son tan empinadas que las piernas mal dormidas se me volvían de gominola. Las manos me ardían de agarrarme a las barandas y casi pierdo los anteojos que se me escapaban por el sudor y el viento. El año pasado una turista gringa se agregó rodando a las ofrendas al Gran Cacao, pero nuestro grupo salió ileso. Las escalas de Tikal parecían las laderas abarrotadas de garimpeiros de la Serra Pelada de Pará.
En la época de Carlomagno los mayas construían pirámides, templos y canchas de fútbol. Las pirámides servían para ver la salida y la puesta del sol o la luna encima de los árboles. Así inventaron un calendario al que le sobraban unos 20 días por año. El verano se les volvía invierno cada tanto, pero en el trópico eso no es problema. Los templos son iguales a las pirámides, pero en lugar de mirar astros, servían para ceremonias. Todos aseguran que los que sacrificaban doncellas y niños eran los malvados aztecas. Los mayas apenas se comían a sus enemigos, pero por las proteínas.
Jugaban a la pelota entre dos pirámides. Los equipos trataban de meter una bola de chicle en argollas de piedra. Dicen que el deporte era ritual y que no ganaba el mejor sino el más buenito. Pero también se sabe que el Gran Cacao jugaba muy bien y medía casi dos metros. Ya se ve que comía más enemigos que chocolate.
En 1848 los bosques se explotaban como las minas y no existía el desarrollo sustentable. Un chiclero andaba ese año buscando vetas de chicozapotes por el Petén, en el norte de Guatemala, que entonces confundía sus fronteras con la actual Belice y los estados mexicanos de Chiapas y Tabasco. Se extrañó de la simetría entre algunos montecitos tapados por ceibas y ramones. Cuando escarbó entre las raíces se encontró con una piedra cúbica, tallada como un ladrillo, después otra y así hasta arriba. Si hubiera llegado en globo habría visto los remates de las pirámides mayas que sobresalen todavía por encima de las copas de los árboles.
Así se descubrió Tikal, la mayor ciudad maya, residencia de Ahá Kakao, habitada entre el 771 y el 900: los arqueólogos nos engañan sin escrúpulos con historias precisas en años exactos sacados de unas piedras mordidas por el tiempo y la selva. Los mayas se extinguieron para siempre por culpa de los imperialistas genocidas de la época que eran los aztecas.
A las cinco de la mañana nos pasó a buscar la combi para llevarnos al aeropuerto. Habían advertido que lleváramos zapatillas, camisa de mangas largas y sombrero. En esa zona el calor es de plomo y los mosquitos no respetan mangas ni pantalones. Para evitar que los pilotos estrellen el avión contra alguna pirámide nos revisaron como si entráramos en la cárcel de Sin Sin. Después del madrugón tuvimos que esperar turno para subir al avión en la sala abarrotada, en ayunas, con unas tarjetas azules que nos entregaron. Cuando llamaron a nuestro color nos lanzamos raudos a la puerta, pero Charles Atlas nos aclaró que eran turquesas. Al final asaltamos los asientos del fondo del avión y tratamos de dormir algo de lo que nos faltaba de esa noche.
Los mayas no tenían vértigo. Las escaleras de las pirámides son tan empinadas que las piernas mal dormidas se me volvían de gominola. Las manos me ardían de agarrarme a las barandas y casi pierdo los anteojos que se me escapaban por el sudor y el viento. El año pasado una turista gringa se agregó rodando a las ofrendas al Gran Cacao, pero nuestro grupo salió ileso. Las escalas de Tikal parecían las laderas abarrotadas de garimpeiros de la Serra Pelada de Pará.
En la época de Carlomagno los mayas construían pirámides, templos y canchas de fútbol. Las pirámides servían para ver la salida y la puesta del sol o la luna encima de los árboles. Así inventaron un calendario al que le sobraban unos 20 días por año. El verano se les volvía invierno cada tanto, pero en el trópico eso no es problema. Los templos son iguales a las pirámides, pero en lugar de mirar astros, servían para ceremonias. Todos aseguran que los que sacrificaban doncellas y niños eran los malvados aztecas. Los mayas apenas se comían a sus enemigos, pero por las proteínas.
Jugaban a la pelota entre dos pirámides. Los equipos trataban de meter una bola de chicle en argollas de piedra. Dicen que el deporte era ritual y que no ganaba el mejor sino el más buenito. Pero también se sabe que el Gran Cacao jugaba muy bien y medía casi dos metros. Ya se ve que comía más enemigos que chocolate.
Ingapirca
Ingapirca es un templo del sol elíptico, a 3.800 metros, en la provincia del Cañar. Entra el sol por un agujero y sale por otro algún día del año que no era el nuestro. De noche el frío del páramo se mete sin avisar hasta los tuétanos, como un descorchador helado que se hinca en los huesos cuando todavía la piel está caliente por el sol del día. Dormimos en una hacienda convertida en posada, bien puesta y limpia. Mareaba el suelo de madera, desparejo y ondulado. Comimos bien, rico y abundante, pegados a una chimenea. Cuando pregunté si había agua caliente, el cholo que nos servía la mesa de poncho y sombrero, contestó “¡obligado!”. Treinta segundos duró el agua tibia a la mañana, suficiente para llegar a enjabonarme; ya no había retorno. En el desayuno, todavía temblando, insinué el problema. “Es que hay que abrir la llave del todo” me explicó. Después agregó que todo el mundo se queja por lo mismo.
Esta vez en la misa eran todos cañaris. Sobresalía como un metro por encima de sus cabezas. Hubo tres casamientos y tres bautismos, pero volvieron a cantar la canción de Bob Dylan. El cura daba órdenes y se multiplicaba. La iglesia es un galpón sin terminar lleno de sombreros que las indias se quitan al entrar, como los zapatos en las mezquitas.
Para visitar el templo del sol hay que dar una vuelta larga por el campo, bajar primero y subir al final: cuando falta el aire todo lo demás parece inútil. Al pasar por un rancho vimos un cartel: “ternero de 2 cabesas y 3 rabos 4 patas un solo cuerpo”. No se distinguía el precio para ver el engendro. Hicimos trato: dos dólares por cinco mayores y un menor para ver lo que quedaba del bicéfalo adentro de un cuarto medio oscuro: un cuero relleno de diarios abollados, cocido en la barriga con hilo negro. Las fotos del prodigio no estaban incluidas en la tarifa...
Esta vez en la misa eran todos cañaris. Sobresalía como un metro por encima de sus cabezas. Hubo tres casamientos y tres bautismos, pero volvieron a cantar la canción de Bob Dylan. El cura daba órdenes y se multiplicaba. La iglesia es un galpón sin terminar lleno de sombreros que las indias se quitan al entrar, como los zapatos en las mezquitas.
Para visitar el templo del sol hay que dar una vuelta larga por el campo, bajar primero y subir al final: cuando falta el aire todo lo demás parece inútil. Al pasar por un rancho vimos un cartel: “ternero de 2 cabesas y 3 rabos 4 patas un solo cuerpo”. No se distinguía el precio para ver el engendro. Hicimos trato: dos dólares por cinco mayores y un menor para ver lo que quedaba del bicéfalo adentro de un cuarto medio oscuro: un cuero relleno de diarios abollados, cocido en la barriga con hilo negro. Las fotos del prodigio no estaban incluidas en la tarifa...
Submarinos de carne y hueso
Puerto López es un rejunte de casas destartaladas recostado como un gato perezoso sobre la definición exacta de bahía. El Pacífico se instala al atardecer en el malecón, junto a las barcas que se disputan los pescadores con gaviotas y pelícanos. Los chicos venden chucherías a los gringos miradores de las ballenas jorobadas que vienen en septiembre a procrear; saben que lo logran a fuerza de cargosear y se ponen pesados hasta conseguir alguna moneda. La iglesia, como el hotel, no tiene ventanas porque no hacen falta: solo aberturas. En misa se canta Blowing in the Wind con otra letra, como en todo el mundo. El mosquitero cuelga de un dosel en los chamizos abiertos del hotel; protege de los bichos más diminutos y también de algún gallinazo intruso con problemas para distinguir el sueño profundo de la muerte cercana. Celebramos la llegada al Ecuador con spondylus, la ostra del tamaño de una hamburguesa que vive por estas playas.

Nos colamos en una expedición de alemanes llenos de cámaras y botellas de agua mineral. Al llegar a la costa nos hicieron sacar los zapatos y los metieron revueltos en una bolsa de arpillera. Hay que entrar bastante en el agua para subirse a la lancha, porque López no tiene muelle aunque sea puerto. Después de andar dos horas y media en la barca, cuando ya no se veía ni la costa, empezaron a otear ballenas. A los gritos apareció la primera: era un submarino de carne y hueso. Después otra y otra. Vimos una que saltaba como loca afuera del agua y volvía a sumergirse. Otra sacaba la cola y le pegaba con fuerza a la superficie como para salpicarnos. Son machos que quieren mostrar su fuerza a las hembras. Volvimos molidos, aturdidos por el motor de la barca, comiendo cubos de torta de chocolate con cocacola caliente.

Nos colamos en una expedición de alemanes llenos de cámaras y botellas de agua mineral. Al llegar a la costa nos hicieron sacar los zapatos y los metieron revueltos en una bolsa de arpillera. Hay que entrar bastante en el agua para subirse a la lancha, porque López no tiene muelle aunque sea puerto. Después de andar dos horas y media en la barca, cuando ya no se veía ni la costa, empezaron a otear ballenas. A los gritos apareció la primera: era un submarino de carne y hueso. Después otra y otra. Vimos una que saltaba como loca afuera del agua y volvía a sumergirse. Otra sacaba la cola y le pegaba con fuerza a la superficie como para salpicarnos. Son machos que quieren mostrar su fuerza a las hembras. Volvimos molidos, aturdidos por el motor de la barca, comiendo cubos de torta de chocolate con cocacola caliente.
Kapawi
No pude desayunar en el hotel de Quito por que tenía que comprar repelente y crema para el sol que nunca usé. Por suerte me convidaron empanaditas de atún en un hangar del aeropuerto. Cuando llegó la última gringa despistada -una química voluntaria del zoológico de Chicago- subimos a la avioneta de vidrios sucios y asientos sobados. Nos dieron un paquete de papas fritas a cada uno y nos despidieron haciendo gimnasia con palitos pintados. Llevaba un poco de ropa y mi traje de baño en un maletín de congreso con letras grandes y rojas del diario Clarín. En Kapawi me armaron de un poncho impermeable con capucha, botas de goma y una linterna.
El piloto enfiló hacia el sur entre los volcanes Ilinizas y Cotopaxi. Antes de chocar con el Tungurahua viró a la izquierda y siguió al Oriente encima del río Pastaza. Al poco tiempo la cordillera se convirtió en un océano vegetal surcado de vez en cuando por ríos colorados, negros y verdes. Las nubes se desenganchaban del bosque como penachos de azúcar. Cuando el avión empezó a bajar nos quitamos todo lo que pudimos y una hora después se zambulló en una pista abierta en la selva, rodeada de chozas; una aldea indígena en las orillas del río Capahuari que se llama Wayusentza. Un indio nos arreó enseguida hacia la barranca del río donde esperaba la canoa. Casi dos horas después estábamos en Kapawi cerca del Pastaza y del límite con el Perú.

Kapawi es un refugio en el medio de la selva construido en la costa de un meandro abandonado por el Capahuari. Es tierra de los achuar, unos jíbaros nómades y cazadores, ahora bastante tranquilizados. Don Carlos Pérez Perasso, dueño de El Universo de Guayaquil, soñó hace unos 20 años con la idea de ayudar a los achuar a custodiar su propio territorio sumergiendo hombres blancos en su cultura por unos días: los gringos pagan para ver y los achuar cobran por mostrar. Las chozas, el calor, la humedad, la parsimonia, la lluvia, las sabandijas… todo es achuar. Ellos son los guías, camareros, motoristas, meseros y juglares de la selva. Lo mismo silban para que salte un delfín que iluminan de noche un alacrán a punto de picarte. Ven pájaros que nadie ve, descubren monos escondidos en la copa de los bálsamos y no se les escapa ningún camuflaje de la naturaleza: saltamontes disfrazados de hojas comidas, plantas con ojos y antenas, serpientes que parecen lianas…
No hay perros, ni gatos… ni caballos, ni vacas, ni autos, ni motos, ni radio, ni televisión, ni aire acondicionado, ni computadoras, ni teléfonos, ni vidrios en las ventanas, ni dinero, ni agua caliente, ni ventiladores… ni viento. Las camas están protegidas por mosquiteros y se duerme al arrullo vertical de la lluvia, sobresaltado de vez en cuando por las conversaciones de los murciélagos que cuelgan del alero de palma. Pero se duerme con un sopor submarino.
En la aldea cercana nos recibió un jefe de familia, siempre sentado en su tutang y recostado contra un poste de la choza. El tutang es el único asiento en Kapawi, por eso te duele la columna al final del día. Por suerte la hamaca te endereza doblándote para el otro lado. El jefe tenía una vara larga y flexible con la que pegaba a las gallinas que se acercaban. La mascota de la familia era un pavo viejo y entrometido. Nos convidaron chicha fabricada por las mujeres a fuerza de masticar y escupir yuca que después se fermenta. Me tragaba los pedacitos hasta que vi a Celestino, nuestro guía achuar, que los sacaba con los dedos de entre los labios.
No se pueden hacer fotos. Los hombres no miran a las mujeres que no sean propias y las mujeres no se meten donde conversan los hombres. El fuego, el agua y los niños son cosas de ellas; las armas de ellos. Las mujeres se ocupan de los vegetales; los varones de los animales. Envenenan las puntas de los dardos para cazar monos con cerbatana y pescan con una chuza. El secreto es acercarse a los animales sin que se espanten; para eso hay que aprender a ser estatua y dejarse a ansiedades de ciudad.
Los gringos llegan a la selva con un equipo envidiable, comprado en shoppings inmensos a tenderos expertos que nunca vieron la jungla. Tienen bolsillos con pastillas para la malaria y la fiebre amarilla. Sombreros para la noche. Charreteras y prendedores de los que cuelgan todo tipo de instrumentos. Todo es especial y adecuado al momento: zapatillas, botas, anteojos, sombrero, linterna, guantes, medias, chaleco, mochila, cinturón, caramañola, brújula… Durante los días que pasé en Kapawi ocurrió lo mismo que en la selva pavimentada: los que no fuman ni beben te lo hacen saber a cada rato, y los que beben o fuman, no paran. Además llaman bill-boat catch flyer al benteveo y en cuanto te descuidas te cuentan la historia completa del perezoso. Van por el monte con un cuaderno en el que marcan cada pájaro que ven con un palito, como los puntos del truco.
Cuando salen en canoa preguntan: we´re going up-stream or down-stream? Les preocupan cosas absurdas y se asombran por lo más trivial. Al jefe de los achuar que visitamos le preguntaron la edad, el tiempo que tardó en construir su choza, cuánto le cuesta el mantenimiento, cuántas mujeres tenía y si le gusta comer mono. El lenguaraz se reía de vergüenza: en la selva no hay cantidades de nada, ni comidas ricas o feas… Aunque el jefe usaba una camiseta vieja y desteñida que pudo ser de Ion Tiriac, se ve que son felices con muy poco y que nosotros necesitamos medir el tiempo y las cosas para estar tranquilos.
Las mujeres se levantan a las cuatro de la madrugada y preparan la guayutza para los varones. Es una infusión que les hace vomitar hasta el hígado. Los deja fuertes y despiertos para salir de caza, para volver a la chicha, para el floripondio o el cucumelo: las plantas del trópico envenenan y curan, pero sobre todo alucinan. Depende de lo que se tenga en la barriga. Al final la selva te enseña lo mismo que los ladrones: que solo vale lo que se lleva adentro.
A la hora de la siesta hasta las cigarras duermen. Aproveché para zambullirme en el río antes de la lluvia, que llegó anunciada por un estruendo en las hojas. Antes me aseguré que no asomaban ojitos de caimanes. El agua estaba rica y suave. Celestino me advirtió del carnero, un pez muy chiquito al que le gusta el pis; hay que contenerse a la fuerza. En las lagunas negras es tan chico que se mete hasta la vejiga y ya no lo saca nadie. Peor es que se quede atrancado en el camino.
Volví a Quito en el avión que se lleva la basura a Shell, un pueblo con pista en la ladera oriental de los Andes, junto a los pozos de petróleo. Desde allí subimos la cordillera en una camioneta, ocho horas entre los mismos volcanes que atravesamos en el viaje de ida en avión. A la mañana siguiente volé a Guayaquil, a trabajar en El Universo. Cuando saqué mi ropa del bolso en el hotel Oro Verde, todavía estaba empapada.
El piloto enfiló hacia el sur entre los volcanes Ilinizas y Cotopaxi. Antes de chocar con el Tungurahua viró a la izquierda y siguió al Oriente encima del río Pastaza. Al poco tiempo la cordillera se convirtió en un océano vegetal surcado de vez en cuando por ríos colorados, negros y verdes. Las nubes se desenganchaban del bosque como penachos de azúcar. Cuando el avión empezó a bajar nos quitamos todo lo que pudimos y una hora después se zambulló en una pista abierta en la selva, rodeada de chozas; una aldea indígena en las orillas del río Capahuari que se llama Wayusentza. Un indio nos arreó enseguida hacia la barranca del río donde esperaba la canoa. Casi dos horas después estábamos en Kapawi cerca del Pastaza y del límite con el Perú.

Kapawi es un refugio en el medio de la selva construido en la costa de un meandro abandonado por el Capahuari. Es tierra de los achuar, unos jíbaros nómades y cazadores, ahora bastante tranquilizados. Don Carlos Pérez Perasso, dueño de El Universo de Guayaquil, soñó hace unos 20 años con la idea de ayudar a los achuar a custodiar su propio territorio sumergiendo hombres blancos en su cultura por unos días: los gringos pagan para ver y los achuar cobran por mostrar. Las chozas, el calor, la humedad, la parsimonia, la lluvia, las sabandijas… todo es achuar. Ellos son los guías, camareros, motoristas, meseros y juglares de la selva. Lo mismo silban para que salte un delfín que iluminan de noche un alacrán a punto de picarte. Ven pájaros que nadie ve, descubren monos escondidos en la copa de los bálsamos y no se les escapa ningún camuflaje de la naturaleza: saltamontes disfrazados de hojas comidas, plantas con ojos y antenas, serpientes que parecen lianas…
No hay perros, ni gatos… ni caballos, ni vacas, ni autos, ni motos, ni radio, ni televisión, ni aire acondicionado, ni computadoras, ni teléfonos, ni vidrios en las ventanas, ni dinero, ni agua caliente, ni ventiladores… ni viento. Las camas están protegidas por mosquiteros y se duerme al arrullo vertical de la lluvia, sobresaltado de vez en cuando por las conversaciones de los murciélagos que cuelgan del alero de palma. Pero se duerme con un sopor submarino.
En la aldea cercana nos recibió un jefe de familia, siempre sentado en su tutang y recostado contra un poste de la choza. El tutang es el único asiento en Kapawi, por eso te duele la columna al final del día. Por suerte la hamaca te endereza doblándote para el otro lado. El jefe tenía una vara larga y flexible con la que pegaba a las gallinas que se acercaban. La mascota de la familia era un pavo viejo y entrometido. Nos convidaron chicha fabricada por las mujeres a fuerza de masticar y escupir yuca que después se fermenta. Me tragaba los pedacitos hasta que vi a Celestino, nuestro guía achuar, que los sacaba con los dedos de entre los labios.
No se pueden hacer fotos. Los hombres no miran a las mujeres que no sean propias y las mujeres no se meten donde conversan los hombres. El fuego, el agua y los niños son cosas de ellas; las armas de ellos. Las mujeres se ocupan de los vegetales; los varones de los animales. Envenenan las puntas de los dardos para cazar monos con cerbatana y pescan con una chuza. El secreto es acercarse a los animales sin que se espanten; para eso hay que aprender a ser estatua y dejarse a ansiedades de ciudad.
Los gringos llegan a la selva con un equipo envidiable, comprado en shoppings inmensos a tenderos expertos que nunca vieron la jungla. Tienen bolsillos con pastillas para la malaria y la fiebre amarilla. Sombreros para la noche. Charreteras y prendedores de los que cuelgan todo tipo de instrumentos. Todo es especial y adecuado al momento: zapatillas, botas, anteojos, sombrero, linterna, guantes, medias, chaleco, mochila, cinturón, caramañola, brújula… Durante los días que pasé en Kapawi ocurrió lo mismo que en la selva pavimentada: los que no fuman ni beben te lo hacen saber a cada rato, y los que beben o fuman, no paran. Además llaman bill-boat catch flyer al benteveo y en cuanto te descuidas te cuentan la historia completa del perezoso. Van por el monte con un cuaderno en el que marcan cada pájaro que ven con un palito, como los puntos del truco.
Cuando salen en canoa preguntan: we´re going up-stream or down-stream? Les preocupan cosas absurdas y se asombran por lo más trivial. Al jefe de los achuar que visitamos le preguntaron la edad, el tiempo que tardó en construir su choza, cuánto le cuesta el mantenimiento, cuántas mujeres tenía y si le gusta comer mono. El lenguaraz se reía de vergüenza: en la selva no hay cantidades de nada, ni comidas ricas o feas… Aunque el jefe usaba una camiseta vieja y desteñida que pudo ser de Ion Tiriac, se ve que son felices con muy poco y que nosotros necesitamos medir el tiempo y las cosas para estar tranquilos.
Las mujeres se levantan a las cuatro de la madrugada y preparan la guayutza para los varones. Es una infusión que les hace vomitar hasta el hígado. Los deja fuertes y despiertos para salir de caza, para volver a la chicha, para el floripondio o el cucumelo: las plantas del trópico envenenan y curan, pero sobre todo alucinan. Depende de lo que se tenga en la barriga. Al final la selva te enseña lo mismo que los ladrones: que solo vale lo que se lleva adentro.
A la hora de la siesta hasta las cigarras duermen. Aproveché para zambullirme en el río antes de la lluvia, que llegó anunciada por un estruendo en las hojas. Antes me aseguré que no asomaban ojitos de caimanes. El agua estaba rica y suave. Celestino me advirtió del carnero, un pez muy chiquito al que le gusta el pis; hay que contenerse a la fuerza. En las lagunas negras es tan chico que se mete hasta la vejiga y ya no lo saca nadie. Peor es que se quede atrancado en el camino.
Volví a Quito en el avión que se lleva la basura a Shell, un pueblo con pista en la ladera oriental de los Andes, junto a los pozos de petróleo. Desde allí subimos la cordillera en una camioneta, ocho horas entre los mismos volcanes que atravesamos en el viaje de ida en avión. A la mañana siguiente volé a Guayaquil, a trabajar en El Universo. Cuando saqué mi ropa del bolso en el hotel Oro Verde, todavía estaba empapada.
La venganza de Colón
Oí contar hace tiempo a Carlos Soria un episodio que me acuerdo con mala memoria tal como lo relato ahora: estaba en algún lugar del sur de la Florida, en una reunión con norteamericanos entusiastas de la Universidad de Navarra. Cuando llegó el momento de comenzar la presentación, Carlos ensayó las primeras palabras en inglés. Entonces el anfitrión lo paró en castellano: “–Don Carlos, aquí todos hablamos en español... es la venganza de Colón”
Ninguna de las tres Américas ha denigrado jamás su origen colombino y español. El castellano -como llamamos hace siglos en la América hispana a nuestro idioma- es la lengua franca de todo el continente, desde Alaska a Tierra del Fuego. El portugués de Brasil no se traduce de uno ni de otro lado, al fin y al cabo es tan ibérico como el catalán o el gallego y más fácil de entender, por su suavidad, que cualquier español hablando un idioma enojado y cortante. En las ciudades más apartadas de los Estados Unidos y Canadá basta con buscar a una camarera o dependiente hispanohablante; en las grandes urbes y en las costas, se oye y se lee más castellano que inglés. Poco a poco los hispanoamericanos -que de latinos llevan solo su apellido de conquistador- suben en los créditos de las películas de Hollywood y del software de las computadoras, en las firmas de los dólares, en los gafetes de los militares, en las portadas de los discos compactos, en los afiches de las campañas políticas y los anuncios publicitarios.
Los padres fundadores de los Estados Unidos llegaron con sus familias perseguidos por la intolerancia religiosa; colonizaron su territorio trabajando y crearon un gran país europeo del otro lado del Atlántico. Españoles y portugueses llegaron solos. Alentados por el oro y las almas colonizaron su territorio con la pasión y fundaron el verdadero continente americano. El aporte imparable de los hispanoamericanos en los Estados Unidos es el triunfo de la naturaleza sobre la tecnología, las armas y el dinero.
Colón se venga con los carteles en castellano halado del metro de Nueva York, cuando poncha cubiertas, clica ratones, y convierte jonrones. Pero también se venga cuando lleva a España a Rosa y María, las ecuatorianas que pasean en silla de ruedas a las abuelas de Ichaso y Aitana; cuando la selección argentina de fútbol tiene más apellidos vascos que la Real Sociedad; cuando Tiger Woods, americano mitad africano mitad tailandés, gana el Masters de Augusta; cuando un chileno judío alemán tiene que chequear el casillero “latino” en el formulario de inmigración de los Estados Unidos, antes de que el official Mohamed Mustafá le revise con rayos equis los zapatos y el cinturón.
En América sobra espacio en la tierra y en el corazón para todos los desheredados del mundo. La pasión y la inmensidad los llena de horizontes de libertad, pero sobre todo concibe, pare y educa hijos sencillos y buenos, piadosos y pacíficos, que saben convivir a pesar de la diversidad de origen y de sus desigualdades sociales. Es la victoria de la polinización cruzada sobre la endogamia.
La verdadera América -la hispana, nativa y mestiza, dulce y sabrosa, feraz y exuberante, caótica y exótica- no pretende imponer su criterio al resto del mundo. No conquista continentes para aburrirlos con sus soluciones. No reniega de su cristianismo ni de su amor a la Madre de Dios. Sabe que su origen y su destino son comunes. Como los gatos, a veces parece que se pelean entre ellos, pero no es así: es que se están reproduciendo.
Ninguna de las tres Américas ha denigrado jamás su origen colombino y español. El castellano -como llamamos hace siglos en la América hispana a nuestro idioma- es la lengua franca de todo el continente, desde Alaska a Tierra del Fuego. El portugués de Brasil no se traduce de uno ni de otro lado, al fin y al cabo es tan ibérico como el catalán o el gallego y más fácil de entender, por su suavidad, que cualquier español hablando un idioma enojado y cortante. En las ciudades más apartadas de los Estados Unidos y Canadá basta con buscar a una camarera o dependiente hispanohablante; en las grandes urbes y en las costas, se oye y se lee más castellano que inglés. Poco a poco los hispanoamericanos -que de latinos llevan solo su apellido de conquistador- suben en los créditos de las películas de Hollywood y del software de las computadoras, en las firmas de los dólares, en los gafetes de los militares, en las portadas de los discos compactos, en los afiches de las campañas políticas y los anuncios publicitarios.
Los padres fundadores de los Estados Unidos llegaron con sus familias perseguidos por la intolerancia religiosa; colonizaron su territorio trabajando y crearon un gran país europeo del otro lado del Atlántico. Españoles y portugueses llegaron solos. Alentados por el oro y las almas colonizaron su territorio con la pasión y fundaron el verdadero continente americano. El aporte imparable de los hispanoamericanos en los Estados Unidos es el triunfo de la naturaleza sobre la tecnología, las armas y el dinero.
Colón se venga con los carteles en castellano halado del metro de Nueva York, cuando poncha cubiertas, clica ratones, y convierte jonrones. Pero también se venga cuando lleva a España a Rosa y María, las ecuatorianas que pasean en silla de ruedas a las abuelas de Ichaso y Aitana; cuando la selección argentina de fútbol tiene más apellidos vascos que la Real Sociedad; cuando Tiger Woods, americano mitad africano mitad tailandés, gana el Masters de Augusta; cuando un chileno judío alemán tiene que chequear el casillero “latino” en el formulario de inmigración de los Estados Unidos, antes de que el official Mohamed Mustafá le revise con rayos equis los zapatos y el cinturón.
En América sobra espacio en la tierra y en el corazón para todos los desheredados del mundo. La pasión y la inmensidad los llena de horizontes de libertad, pero sobre todo concibe, pare y educa hijos sencillos y buenos, piadosos y pacíficos, que saben convivir a pesar de la diversidad de origen y de sus desigualdades sociales. Es la victoria de la polinización cruzada sobre la endogamia.
La verdadera América -la hispana, nativa y mestiza, dulce y sabrosa, feraz y exuberante, caótica y exótica- no pretende imponer su criterio al resto del mundo. No conquista continentes para aburrirlos con sus soluciones. No reniega de su cristianismo ni de su amor a la Madre de Dios. Sabe que su origen y su destino son comunes. Como los gatos, a veces parece que se pelean entre ellos, pero no es así: es que se están reproduciendo.
Un sueño sudamericano
La Argentina puede considerarse dichosa: por fin conoce lo que le pasa. Ya todos sus hijos lo saben: la corrupción generalizada y especialmente de los dirigentes, el gasto desmedido, el escaso apego al trabajo, la presunción y la altanería... Es culpable el funcionario que roba millones, el político que vende influencias y el ministro que se queda con los fondos del contribuyente. Pero quizá no hayamos caído todavía en la cuenta de que igual de responsable es el ciudadano que no paga impuestos, el camarero que se queda con vueltos de su patrón, el que copia en un examen y el policía que trueca protección por favores.
A nuestra generación le tocará ahora el desafío de levantar un país desde los cimientos, con la humildad que da el conocimiento cabal de la propia realidad. Tendremos que acabar con la rémora de una clase dirigente corrupta y podrida, y trabajar duro; pero no perderemos el tiempo en averiguar lo que nos pasa.
En la Europa vieja, dura y aburrida, es difícil entender que un país intente arreglar sus problemas en paz, tomándose todo el tiempo necesario, y con el esfuerzo extra de tener que empezar de una vez por todas. En América latina sobran el tiempo y la pobreza, pero la pobreza más desgraciada que es la ignorancia. Falta educación. Faltan siglos. Pero hay vértigo... y el tiempo se pasa volando.
Los saqueos por televisión tergiversan un poco la realidad, y sus verdaderos objetivos no son patentes a todos. Los problemas son mucho más profundos de lo que se ve, y las soluciones también. Pero precisamente por eso el sur de América está lleno de oportunidades, y por eso se tambalea y trastabilla, como un niño que empieza caminar.
Hoy la Argentina se está volviendo por fin sudamericana. Era lo que faltaba para apiñar a los argentinos y aportar algo serio a la unión del continente más hermoso, divertido, deportista, pacífico y vertiginoso. No queremos alimentos ni dinero. Necesitamos que nos enseñen a unirnos en pos de un ideal para conjurar las guerras y la ignorancia, no para que nos transmitan su hastío por la vida y el desprecio por las utopías. La despersonalización del poder, los sistemas de rectificación que actúen como fusibles políticos y la integración de las economías convertirían a Sudamérica en un bloque consistente de naciones hermanas con un futuro venturoso y fecundo.
Quienes vuelven a la tierra de sus antepasados hacen fracasar el sueño de sus abuelos. Ellos buscaban horizontes de libertad más que pan cuando se subían a los barcos. Una nación no se construye en una o dos generaciones. A la Argentina y a Sudamérica les sobra espacio en la tierra y en el corazón para seguir recibiendo a los desheredados del mundo: que se vengan los kurdos, los palestinos, los gitanos, los zulúes, los tamiles... La pasión y la inmensidad los mezclará hasta que sus nietos no entren en los casilleros de los formularios norteamericanos: turcos con armenios, judíos con árabes, caucásicos con latinos, aborígenes con paracaidistas.
Los que nos quedamos vivimos en una tierra gigante. Un vergel exuberante y feraz de montañas hasta el cielo, llanos infinitos, ríos como océanos, selvas azucaradas y desiertos inmaculados. Gente sencilla y buena, piadosa y pacífica, que sabe convivir a pesar de la diversidad de origen y de las desigualdades sociales. Nunca han intentado imponer su criterio al mundo ni han conquistado continentes para aburrirlos con sus consejos.
No se arregla Sudamérica con guerras ni revoluciones. Tampoco con iluminados. Los grandes cambios, como los que promete esta crisis, producirán trabajo, industrias, bienes... y paz. La unión de los americanos del sur es el principio de la solución y del futuro. Quizá a alguien le interese que Sudamérica no se desarrolle unida. Pero ojalá que no sea cierto.
A nuestra generación le tocará ahora el desafío de levantar un país desde los cimientos, con la humildad que da el conocimiento cabal de la propia realidad. Tendremos que acabar con la rémora de una clase dirigente corrupta y podrida, y trabajar duro; pero no perderemos el tiempo en averiguar lo que nos pasa.
En la Europa vieja, dura y aburrida, es difícil entender que un país intente arreglar sus problemas en paz, tomándose todo el tiempo necesario, y con el esfuerzo extra de tener que empezar de una vez por todas. En América latina sobran el tiempo y la pobreza, pero la pobreza más desgraciada que es la ignorancia. Falta educación. Faltan siglos. Pero hay vértigo... y el tiempo se pasa volando.
Los saqueos por televisión tergiversan un poco la realidad, y sus verdaderos objetivos no son patentes a todos. Los problemas son mucho más profundos de lo que se ve, y las soluciones también. Pero precisamente por eso el sur de América está lleno de oportunidades, y por eso se tambalea y trastabilla, como un niño que empieza caminar.
Hoy la Argentina se está volviendo por fin sudamericana. Era lo que faltaba para apiñar a los argentinos y aportar algo serio a la unión del continente más hermoso, divertido, deportista, pacífico y vertiginoso. No queremos alimentos ni dinero. Necesitamos que nos enseñen a unirnos en pos de un ideal para conjurar las guerras y la ignorancia, no para que nos transmitan su hastío por la vida y el desprecio por las utopías. La despersonalización del poder, los sistemas de rectificación que actúen como fusibles políticos y la integración de las economías convertirían a Sudamérica en un bloque consistente de naciones hermanas con un futuro venturoso y fecundo.
Quienes vuelven a la tierra de sus antepasados hacen fracasar el sueño de sus abuelos. Ellos buscaban horizontes de libertad más que pan cuando se subían a los barcos. Una nación no se construye en una o dos generaciones. A la Argentina y a Sudamérica les sobra espacio en la tierra y en el corazón para seguir recibiendo a los desheredados del mundo: que se vengan los kurdos, los palestinos, los gitanos, los zulúes, los tamiles... La pasión y la inmensidad los mezclará hasta que sus nietos no entren en los casilleros de los formularios norteamericanos: turcos con armenios, judíos con árabes, caucásicos con latinos, aborígenes con paracaidistas.
Los que nos quedamos vivimos en una tierra gigante. Un vergel exuberante y feraz de montañas hasta el cielo, llanos infinitos, ríos como océanos, selvas azucaradas y desiertos inmaculados. Gente sencilla y buena, piadosa y pacífica, que sabe convivir a pesar de la diversidad de origen y de las desigualdades sociales. Nunca han intentado imponer su criterio al mundo ni han conquistado continentes para aburrirlos con sus consejos.
No se arregla Sudamérica con guerras ni revoluciones. Tampoco con iluminados. Los grandes cambios, como los que promete esta crisis, producirán trabajo, industrias, bienes... y paz. La unión de los americanos del sur es el principio de la solución y del futuro. Quizá a alguien le interese que Sudamérica no se desarrolle unida. Pero ojalá que no sea cierto.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)