7 de marzo de 2021

Buena idea de un hotel de Iguazú


El Guaminí Misión es un hotel temático sobre las misiones jesuíticas, que pertenece al SUPARA (Sindicato Único del Personal de Aduana de la República Argentina). Si no lo conoce, pensará que es uno más. Pero no: está situado del otro lado de la mayoría de los más de 200 hoteles de Iguazú, sobre la costa del río Paraná y con vistas a ese río y a Paraguay. Pero lo sorprendente es que se trata de un hotel temático sobre las reducciones jesuíticas del Guayra, esos 30 pueblos que dan nombre a nuestra provincia y que además conforman una región supranacional que comprende el sur del Paraguay, el oeste del estado de Río Grande do Sul, el norte del Uruguay y el este de la provincia de Corrientes. Todo el hotel recrea una misión jesuítica: los huéspedes se alojan en las casas de la misión y la zona común de restaurantes y salones de eventos se sitúan en una construcción cuya fachada es la de una iglesia barroca, parecida a la de San Miguel en Brasil. Todo está en una escala perfecta, hasta la plaza de la misión y además el hotel tiene su propio museo interpretativo de las misiones.

Todavía no encontré la razón del nombre del hotel, que recuerda un pueblo y una laguna del oeste de la provincia de Buenos Aires, y aunque parece guaraní, es una deformación de la expresión mapuche wapi minú que significa isla adentro. Ya ve que no estoy haciendo publicidad de ese hotel; solo pretendo rescatar la excelente idea de sus propietarios. Algo que podría repetirse en algunas de las antiguas reducciones, del mismo modo que grandes y soñados hoteles del mundo aprovechan antiguos castillos, palacios, hospitales, monasterios, estancias... puestos en valor y conservados para todo el mundo gracias al turismo. Es el caso de los Paradores en España o del Palacio de Çırağan de Estambul, hoy explotado por la cadena Kempinski.

No es la primera vez que insisto en la necesidad de rescatar nuestra riquísima historia, única en la Argentina, que además de darle nombre e identidad a la provincia de Misiones, puede atraer gran cantidad del turismo que ya viene a admirar las cataratas del Iguazú.

En Misiones tenemos restos (sigo empeñado en no llamarlas ruinas) de doce de los treinta pueblos que formaron las antiguas Misiones del Guayra. De todas ellas, cuatro han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: San Ignacio Miní, Santa Ana, Loreto y Santa María la Mayor. La que está mejor conservada es la de San Ignacio, pero se puede comprobar el deterioro de otras por el abandono, que junto con el paso del tiempo, el avance de la vegetación y la falta de mantenimiento, las va reduciendo a escombros indescifrables. Es el caso de la antigua Misión de la Candelaria, que todavía pertenece a la Colonia Penal 17 de la Procuración Penitenciaria de la Nación.

El ejemplo del hotel Guaminí se suma al de las antiguas misiones de Chiquitos (en el este de Bolivia), que también pertenecieron a la provincia jesuítica del Paraguay y cuyas iglesias y plazas han sido puestas en valor y hoy se pueden apreciar tal como estaban entre los siglos XVI y XVIII. En el caso de Chiquitos, la iglesias se conservan porque están vivas, con sus curas y sus misas, pero además recrean en ellas, en grandes festivales bianuales, la música barroca extraordinaria que se produjo durante esos siglos en nuestra América.

Quizá sin saberlo el hotel Guaminí Misión paga parte de la deuda de la provincia con su historia, del mismo modo que lo hacen las fachadas de las dos estaciones de transferencia del transporte urbano de Posadas. Pero además son un acicate para reconstruir, como se hizo en Chiquitos, por lo menos una de nuestras antiguas misiones. Atraeríamos una inmensa cantidad de turismo interesado en admirar su belleza y también la gesta humanitaria y cristianizadora de la Compañía de Jesús en nuestra provincia, que por algo se llama Misiones.

28 de febrero de 2021

Todos somos Ginés

El Vacunatorio VIP del Ministerio de Salud mantuvo ocupada a la opinión pública esta semana que pasó, gracias, entre otras cosas, al fogoneo del periodismo enojado con el gobierno nacional. Visto así, sin pensar mucho, parece una contradicción que en un gobierno popular se vacune primero a los amigos del poder. Parece que también lo ve así el presidente, que se lo llevó puesto al ministro Ginés González García. No es mi intención juzgar ninguna de esas conductas –de las que tampoco conozco los pormenores– pero sí sacar un par de consecuencias del episodio.

González García debe ser un buen médico, un bocho, un capo en infectología y políticas sanitarias, pero ya no tenía edad ni presencia para dirigir un ministerio; mucho menos el de Salud y menos todavía desde que se desató la pandemia que requería un esfuerzo físico diario y sin descanso, en una persona de 75 años y con un claro un perfil de riesgo. De hecho, gran parte del trabajo lo hacía su segunda, la médica Carla Vizzoti que ahora ocupa el cargo de ministra y que anteayer anunció que había dado positivo de coronavirus.

Ahora a nadie le conviene reconocer una realidad tremenda de la argentinidad, quizá por estar ocupados en tirarse con todo lo que tienen desde los dos lados de la grieta, que por desgracia divide a los argentinos hace muchos años. El gobierno nacional ha dejado un flanco muy débil que la oposición está atacando con fuego a discreción; cosas de la política que algún día debemos superar unidos: hoy es urgente ocuparse de la salud del pueblo argentino y no de revolver errores para agrandarlos.

Nos guste o no, todavía somos así. Aprovechar los privilegios del poder para vacunarnos antes que los demás, es algo que –casi con seguridad– hubiéramos hecho todos. No es por malos, es por ventajeros y pasa desde la época de Pedro de Mendoza, pero estoy seguro de que los aborígenes que se encontraron los conquistadores también eran así y quién sabe hasta cuándo llegamos si nos internamos en los vericuetos de la historia.

Cuando era chico tuve que sacar la cédula de identidad en la Policía Federal. Como mi padre era funcionario nacional, fuimos con mi madre y mis hermanos al Departamento Central de la Policía Federal, que todavía ocupa una manzana en el barrio de Montserrat, en Buenos Aires. Cuando llegamos, nos acompañó un agente hasta la fila de los recomendados (por no decir acomodados). Lo curioso es que esa fila era bastante más nutrida que la de los que iban sin acomodo y hacían la cola del otro lado del salón. Para colmo, a los recomendados los atendía una sola persona en un lindo escritorio, mientras que los simples mortales tenían unas cuantas ventanillas a su disposición y terminaban su trámite mucho antes que los acomodados. Desde entonces siempre se me ocurre que va a pasar lo mismo cada vez que me toca usar un privilegio, así que tiendo a pasarme a la cola de los simples mortales, no porque no me atraigan los privilegios, sino porque los resultados pueden ser mejores.

Si podemos aprovecharnos de una situación de desigualdad, todos lo hacemos. Dicen que es lo que más se extraña del poder cuando se lo pierde: el auto con chofer, la sala VIP de los aeropuertos, la alfombra roja... o estacionar siempre en el mejor lugar. Mire en Posadas los carteles de estacionamiento para funcionarios de todo tipo: ocupan lugares que son de todos porque imponen esos privilegios que además son abusos de poder. Es la psicología del privilegio y es una de las razones por las que nos gusta el poder: para aprovecharnos de él.

Por si no se entendió... lo que quiero decir es que no nos hagamos tanto los escandalizados con el Vacunatorio VIP de Ginés porque todos somos como Ginés y sus amigos; y quizá lo que nos da bronca es no estar en esa lista de los acomodados.

21 de febrero de 2021

Paremos de pelear

Aunque usted no lo creo, la humanidad avanza; despacito y a los tumbos, pero avanza. A veces no nos damos cuenta porque nos toca la parte en la que vamos para abajo, pero el resultado final de los avances y retrocesos da un claro progreso hacia tiempos mejores. Y es una lástima que necesitemos hechos dolorosos para avanzar, porque pareciera que no hay otro camino para darnos cuenta de que las cosas deben cambiar. Como botón de muestra basta cualquiera de nuestras catástrofes –naturales o provocadas por el odio– que han motivado las mejoras en lo que había: fue el par de guerras mundiales del siglo pasado lo que hizo ver a los padres fundadores de la Unión Europea que para conseguir la paz en el viejo continente no había otra que unirse. Europa consiguió así el tiempo de paz más largo desde la Pax Romana.

Así es la larga historia del mundo: una lucha de nosotros contra nosotros mismos. Unas veces peleando hasta matarnos unos a otros y otras peleando para no pelear más. Tan seguros estamos de que es imposible no pelear que llegamos a establecer leyes para las guerras como las cuatro Convenciones de Ginebra que protegen a las víctimas de los conflictos armados... pero hace tiempo que buscamos el modo de matarnos menos, como el caso de la ordalía, que le dio al Cid el título de Campeador (campeón) o el pacto entre Bolívar y Canterac para enfrentarse solo con lanzas y sables en la batalla de Junín.

Sabemos que es casi inevitable que peleemos, por eso las leyes intentan minimizar los conflictos, pero sobre todo promover la convivencia. Si hace siglos el modo de terminar con las ideas contrarias era matar a todos los que las tenían, imagínese lo que hemos progresado hasta que un día inventamos la democracia representativa, cuya descripción más acertada es la convivencia pacífica de los que piensan distinto (otros la llaman democracia liberal, pero ese adjetivo se ha vuelto problemático entre nosotros). Baste con decir que el concepto de democracia incluye los derechos a la igualdad ante la ley, al debido proceso, a la propiedad privada, a la intimidad, a la libre expresión, a la libre asociación y al ejercicio del propio culto...  

A ese concepto completo de democracia se suma el de república, que incluye la limitación del poder en el tiempo y en el espacio, expresado en la división de poderes (por lo menos en ejecutivo, legislativo y judicial) y en el acotamiento de los periodos de los gobernantes, porque ya se sabe aquello del caballo del comisario... Según nuestra constitución, quien atente contra la división de poderes comete el delito de los infames traidores a la patria y si bien pone límites a la perpetuación, hemos aprendido a saltarnos esas vallas con triquiñuelas de todo tipo.

Los argentinos debemos aprender de una vez por todas que tenemos que ponernos de acuerdo en cosas tan elementales como estas, que para colmo están esculpidas en nuestra constitución pero rara vez las cumplimos porque seguimos entendiendo la democracia como la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías, expresado en la frase ya remanida del que dice que si no te gusta lo que mando, fundes un partido político y ganes las elecciones.

Los argentinos tenemos que dejar de pelear, y para eso es preciso que nos pongamos de acuerdo en los principios básicos de la democracia que queremos. Están todos en nuestra constitución: solo hay que cumplirlos, pero quizá requieran todavía de un proceso que nunca se llevó a cabo después de la reforma de 1994 y que está esperando por lo menos desde 1853. Si no lo hacemos, cada nuevo gobierno cambiará hasta los nombres de las calles y seguiremos dando tumbos en la historia, pero con resultado negativo.

14 de febrero de 2021

Pragmatismo político


El domingo pasado hubo elecciones generales en Ecuador. Se presentaron 16 candidatos a presidente y vice, algunos de ellos sin el soporte de un partido político orgánico, por lo menos en el sentido que en la Argentina conocemos a estas agrupaciones.

Cuatro candidatos se llevaron 87,51 % de los votos y el resto se distribuyó entre los doce restantes, de los que solo uno llegó al 2 % y siete no alcanzaron ni el 1 %. Todavía hay que contar voto por voto las mesas observadas, pero ya está súper claro el ganador: Andrés Arauz, con el 32,7 % de los votos. Lo siguen, cabeza a cabeza entre ellos, Guillermo Lasso y Yaku Pérez con el 19,74 % y el 19,38 % respectivamente; una diferencia de 33.656 votos: el típico empate técnico, que esta vez no involucra al primero pero tampoco lo deja tranquilo.

Arauz es el candidato de la coalición que cobija al llamado socialismo del siglo XXI, de Rafael Correa, quien fuera presidente del Ecuador durante más de diez años y hoy está prófugo de la justicia con una condena de prisión por cohecho agravado. Lasso es un banquero de Guayaquil –aliado esta vez con el Partido Social Cristiano– que enfrentó al actual presidente, Lenín Moreno, en las elecciones de 2017 y perdió por muy poco con serias sospechas de fraude. Pérez es el candidato de Pachakutik, el movimiento indígena, que por primera vez no va aliado con otra fuerza política, que solía ser la ganadora precisamente por el caudal de votos indígenas... y también fue más de una vez la causa de la caída del presidente al retirar su apoyo a la alianza gobernante.

Con estos números, Arauz tiene que revalidarse en las urnas el próximo 11 de abril contra quien resulte segundo en el conteo voto a voto, que esperan se conozca esta semana.

Los votos sumados del segundo y el tercero le ganan ampliamente al primero, así que se supone que el candidato de Rafael Correa esta vez no ganará la segunda vuelta si el segundo y el tercero deciden hacerle frente juntos; cosa que puede parecer bien curiosa porque se trataría de un pacto entre el movimiento indígena y un banquero de corte conservador, sostenido por la derecha ecuatoriana. Digo que puede parecer porque Yaku Pérez y Guillermo Lasso ya se aliaron en contra del candidato de Correa en la segunda vuelta de la elección de 2017. El viernes ambos candidatos se reunieron en la sede del Consejo Nacional Electoral y decidieron revisar una por una todas las actas electorales de la provincia de Guayas (Guayaquil) y el 50 % de otras 16 provincias de las 24 que tiene el país. El candidato ganador será el que digan los votos bien contados, pero todavía falta la reunión en el café de la esquina para saber si los une el amor o el espanto: pragmatismo político en estado puro.

Al que salió primero le convendría que el segundo y el tercero se peleen; y al segundo y el tercero les viene mejor pactar una alianza que les permita ganar juntos la segunda vuelta el 11 de abril. Para eso deben encontrar los puntos en común y olvidarse de algunas diferencias. Es cierto que los une el rechazo visceral a la Revolución Ciudadana de Correa, pero sobre todo, y como ha propuesto el candidato de Izquierda Democrática Xavier Hervas (el que salió cuarto con el 15,7 % de los votos), se trata de un pacto entre las fuerzas que el domingo pasado sumaron 55 % de los sufragios con el fin de salvar la democracia en el Ecuador. Pero para pactar hay que ceder; unos y otros tienen que encontrar la fórmula que los incluya en un proyecto común: un empresario conservador que gobierne orientado a los más necesitados y con una mirada decidida hacia los pueblos originarios.

Ya se sabe que los votos no son propiedad de nadie y que por tanto no se negocian ni se trasladan, así que habrá que esperar al 11 de abril, a ver qué decide el pueblo ecuatoriano. Mientras, podemos aprender la lección inesperada de pragmatismo político de sus candidatos.

7 de febrero de 2021

Cura más el afecto que los remedios


Lo descubrí hace años visitando a un amigo en una clínica española. Mientras lo acompañaba y charlábamos de bueyes perdidos, se hizo la hora de almorzar. Apareció entonces la camarera con un par de platos suculentos y una botella de tinto de la Rioja. Mientras reclamaba mi copa, pregunté si había algo que celebrar. Nada, me contestó la empleada, el señor no tiene ninguna indicación sobre lo que puede comer... y no dio más explicaciones.

A las explicaciones me las di yo cuando razoné que cura más una tortilla de papas con vino tinto que las zanahorias hervidas con agua tibia. Sé que el ajo o las cebollas tienen grandes propiedades curativas, pero no me refiero al remedio del cuerpo sino al del alma: después de la cercanía de los afectos no hay nada como una buena comida y una buena bebida para estar saludables, precisamente porque son una demostración de afecto. Por eso me preguntaba hace unos meses –en esta columna y ya en plena pandemia– si curan más los afectos o la soledad. Entonces la autoridad sanitaria nos había confinado a todos en nuestras casas y si aparecía algún enfermo se lo llevaban como a un leproso de la época de Jesucristo.

El aislamiento obligatorio nos había encerrado a todos en nuestras casas con la consiguiente imposibilidad de vernos los padres con sus hijos y los hijos con sus padres, los abuelos con sus nietos, los novios, los hermanos, los tíos, los sobrinos, los amigos... A medida que el confinamiento se fue flexibilizando, hemos podido encontrarnos con socios, compañeros de trabajo, colegas, clientes... y también con nuestros afectos más cercanos, pero para oírnos y vernos con los están más lejos, hemos tenido que recurrir a viajes estrambóticos o al locutorio carcelario de los sistemas disponibles en las redes.

Ahora, cuando han pasado ya casi once meses desde que se declaró la pandemia en el mundo, puedo sostener sin ningún complejo la afirmación del título, convencido de que la comida y la bebida son parte elemental de esos afectos, pero sobre todo son los afectos mismos los que necesitamos para fortalecer nuestra salud. Siempre ha sido así, siempre ha curado más cualquier enfermedad un caldo de pollo con nombre y apellido que diez blisters de remedios de todos los colores, no tanto por el caldo de pollo como por el cariño que significa.

He sido testigo de esto que ahora aseguro, pero es tan de sentido común que me atrevo a universalizarlo. Todos saben, pero especialmente los médicos, que no es una buena idea aislar a los pacientes, arrinconarlos lejos de sus afectos, no darles esperanzas ni mostrarles motivos para vivir, tengan la enfermedad que tengan. Y cuanta más edad, peor es.

Me retrucarán que hay enfermedades muy contagiosas, como el covid. Que esos contagios se transmiten por el aire y por todo lo que tocamos... Está bien, pero para demostrar el afecto no hace falta acercarse tanto, ni verse en lugares cerrados... además todos tenemos que comer y cuanto más rico mejor. Debe tener más resultados correr algunos riesgos de contagio que dejar a las personas aisladas y a su suerte en un hospital donde se corre tanto o más peligro que en cualquier reunión familiar.

31 de enero de 2021

Para unirnos tenemos que ceder


Desde la época de nuestra independencia, o quizá mucho antes, los argentinos nos hemos dividido en dos bandos. No me refiero específicamente al resultado de las elecciones sino a un esquema que divide a los argentinos en soluciones opuestas, muy opuestas, para definir el destino de país que queremos. Por un lado están los intervencionistas, los que quieren un estado omnipresente y paternalista que recauda de los que más tienen y distribuye entre los que menos. Del otro lado están que confían en la iniciativa de los ciudadanos, en un estado más chico y austero, y en el derrame de arriba para abajo. Los primeros sostienen que solo obligando a los más ricos a pagar impuestos y retenciones se podrá ayudar a los pobres, y los segundos creen que si hay más ricos habrá menos pobres porque la misma creación de riquezas redunda en beneficio de todos: más producción, más empleo, mejores sueldos. Los primeros acusan a los segundos de neoliberales y los segundos a los primeros de populistas. Las calificaciones cambiaron con la historia, desde la época de los realistas y los revolucionarios –cuando españoles éramos todos– pasando por unitarios y federales, personalistas y antipersonalistas, peronistas y antiperonistas... incluyendo largos años del siglo pasado en las dos facciones se refugiaron alternadamente en el partido militar.

No estoy juzgando el pasado: no tiene objeto ni utilidad, pero además siempre será injusto hacerlo con parámetros del presente. Tampoco la corrupción, que es transversal y está en todos lados por igual. Con los años todos sabemos que la realidad es gris: no están los puros de un lado y los impuros del otro, porque en este mundo el bien y el mal están mezclados hasta en el corazón de cada persona.

Pensar distinto no es una debilidad sino una gran fortaleza. Nuestra debilidad no es que haya dos posiciones a cada lado de la grieta sino que los dos bandos están empatados y el empate nos empantana hace ya muchos años. Dice Andrés Malamud que hay tres modos de salir del empate, probados con más o menos éxito en la historia de la humanidad:

1. La guerra civil. Unos matan a los otros y se desempata en el campo de batalla. Pasa más seguido de lo que pensamos y siempre hay una en algún lugar del mundo.

2. La intervención extranjera. Está un poco más en desuso, pero marcó a todo el siglo XX con resultados de lo más desparejos.

3. Arreglarnos entre nosotros. Está claro que hay que descartar las dos primeras y que esta es la que nos toca a nosotros. Se cita seguido el caso de España, que probó primero con la guerra civil en 1936 y luego con los pactos de la Moncloa en 1977.

Quienes fundaron nuestra patria lo tenían tan claro que establecieron en 1813 el lema de nuestra moneda –EN UNION Y LIBERTAD– como para que no pase un día sin leerlo. No se trata de uniformidad sino de unidad en la diversidad, que es la que enriquece a una sociedad. Y para eso hace falta una sola cosa: que ambos contendientes cedan un poco en sus convicciones, que aguanten hasta que se les pase el dolor de barriga que les pueda causar abrazarse a sus contendientes para reconstruir nuestra nación.

Tenemos que aprender de una buena vez a convivir, a abrazarnos para no pelearnos y también a perdonarnos. No hay otra salida para la Argentina que entendernos, ceder y dejar de pelear. No pensar que los otros son los malos sino encontrar lo que tienen de bueno. Las dos mitades unidas pueden hacer un país grande, como dos pulmones que respiran al mismo tiempo, o como dos bueyes que tiran del mismo carro.

24 de enero de 2021

Estudiantina y carnaval

Ya solo quedan dos meses para que demos la vuelta completa al calendario con la pandemia a cuestas. Hemos pasado pascua y navidad encerrados, pero no nos hemos librado todavía del carnaval. No digo del carnaval de cuatro días, que es como debe ser, sino del eterno carnaval argentino, que va más o menos desde navidad hasta pascua. Apenas se apagan las luces de los adornos de navidad, empiezan a flamear las plumas de los corsos que terminan ajadas y descoloridas casi en semana santa.

Todo depende de la luna, ya que es ella y no el sol quien rige las fechas del carnaval. Y según los datos del calendario lunar, este año el miércoles de ceniza cae el 17 de febrero porque el domingo de pascua cae el 4 de abril. Por eso este año el carnaval auténtico, el de verdad, toca del sábado 13 al martes 16 de febrero; ahí están los cuatro días locos, ni uno más ni uno menos, que es la esencia del carnaval: locura concentrada y no sobrecarga alargada y aburrida.

La culpa la tuvo una ley que borró de un plumazo los feriados del carnaval por unos cuantos años. Fue así como se perdieron en el almanaque esos cuatro días locos que había que pasar en medio del verano, porque nadie sabía cuándo empezaban ni cuándo terminaban. Se volvió una fiesta flotante en el calendario, sin principio ni final definidos. Ahora imagínese que pase lo mismo con la navidad: que alguien decrete que debe durar seis meses (no crea que estamos tan lejos de que se vote una cosa así). También podemos establecer desde ahora doce días de la madre por año, uno cada mes, seguros de que se lo merece. O empezamos a alargar las fiestas de los casamientos hasta que duren una semana entera... Estaríamos aguando la navidad, el día de la madre y también los casamientos... bueno y cualquier fiesta o juego que se alargue, porque todo tiene su tiempo, hasta la vida misma, tal como le retrucó Ulises a Calipso cuando quiso convertirlo en inmortal.

Algo parecido pasa con la estudiantina, la fiesta algo carnavalesca que entretiene a los secundarios de Posadas y de otras ciudades de la provincia entre julio y octubre. En 2020 se cumplieron 70 años desde la primera de todas, que desfiló por las calles del centro de Posadas el 21 de septiembre de 1950. Los memoriosos recuerdan que fue una sola noche y había tanto público que las carrozas no podían entrar en la plaza 9 de Julio. Empezó como un festejo del día del estudiante, que coincide con el de la primavera. Ese día no hay clases y los estudiantes lo celebran como más les guste. Todo bien, pero desde 1950 a nuestros días la estudiantina ha ido agregando días, himnos, ritmos, espectáculos, instrumentos y colegios. Cada tanto se agregan días de ensayos, desfiles, comparsas, shows... hasta ocupar gran parte del año lectivo: empieza cuando terminan la vacaciones de invierno y terminan un mes antes de que acaben las clases. Mucho mejor sería volver a concentrar la estudiantina en el 21 de septiembre y también volver a estudiar. Ganará en emoción, en diversión y también en impacto sobre la población, pero sobre todo enseñará a los estudiantes algo tan fundamental como aprovechar del tiempo en cosas más útiles para la vida que les espera.

Ogni bel gioco dura poco dice un refrán italiano que me recordaban ayer, parecido al ludus bonus non sit nimius de los romanos. Todo buen juego debe durar poco, porque cuando la diversión se alarga, se vuelve tediosa y pesada, agota a los protagonistas y también al público. Al paso que vamos, la estudiantina seguirá avanzando sobre el ciclo lectivo y aburrirá a todo el mundo, empezando por los mismos protagonistas; hace tiempo que hay mucho menos público que chicos en las comparsas.

Después no nos quejemos cuando al terminar la secundaria nuestros estudiantes sepan tocar el tambor y bailar lindos pasos, pero sean incapaces de aguantar el ritmo de estudio de cualquier universidad argentina.

17 de enero de 2021

El poder enloquece

En Gettysburg –estado de Pensilvania– se libró la batalla más sangrienta de la Guerra Civil estadounidense; duró tres días enteros, desde el 1 al 3 de julio de 1863 y las bajas entre muertos y heridos superaron los 52.000 hombres. Tres meses y medio después del combate, el presidente Abraham Lincoln inauguró en el mismo campo de batalla el cementerio de los que allí habían caído. Fue el 19 de noviembre de 1863 y ese día pronunció su discurso más conocido. Pocas palabras pero contundentes sobre la nación que se disponía a refundar, conocedor de que esa batalla había decidido la suerte de la guerra a su favor. Fue entonces cuando describió a la democracia como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Le copio la frase completa con la que terminaba el discurso, porque creo que hoy es tan necesaria como entonces: Somos los vivos quienes debemos abocarnos a la gran tarea que aún resta ante nosotros: que de estos muertos a los que honramos extraigamos una mayor devoción a la causa por la que ellos dieron la mayor muestra de devoción: que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la Tierra.

Esta semana jurará el nuevo presidente de los Estados Unidos. Lo hará después de que el pasado 6 de enero una turba de locos partidarios del actual presidente intentaran tomar el edificio del Congreso para evitar la votación del colegio electoral que consagraría a Joe Biden como su 46º presidente. No lo lograron, pero fue un espectáculo propio de una república bananera y no de la democracia más antigua, poderosa y establecida del mundo. Parecía la caída de un imperio; es temprano para hacer esos juicios, pero permítame que haga unas consideraciones sobre la democracia y lo que dijo Abraham Lincoln hace 157 años.

Donald Trump fue el 45º presidente de los Estados Unidos... porque ganó las elecciones. Esa es la evidencia más certera de que la democracia no es solo elegir a las autoridades por el voto popular. Si las elecciones fueran el criterio absoluto de la democracia, estaríamos en serios problemas y no solo en los Estados Unidos. Lincoln lo dice a su modo, pero me gusta recalcar que la democracia es la convivencia pacífica de los que piensan distinto y no la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías.

Aristóteles llamó demagogia a ese virus que ataca a la democracia hasta degradarla completamente: una estrategia para alcanzar el poder político con apelaciones a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del pueblo, usados ganar apoyo popular a fuerza de retórica barata y propaganda cara.

Pero además hay que contar con que el poder enloquece y las pruebas están al canto en cualquier relación de poder, desde la más doméstica hasta la más encumbrada. En gran parte del mundo ganar las elecciones se ha vuelto una patente para abusar impunemente del pueblo, en lugar de ser una responsabilidad sagrada en servicio de todos los ciudadanos. Como toda regla, hay que admitir excepciones que la confirman: hay unos pocos gobernantes que se libran de la maldición.

No existían en la época de Aristóteles, ni en la de Lincoln, los medios de opinión pública que hoy permiten sabotear la democracia, eternizarse en el poder, discriminar a las minorías o propagar el extremismo. Urge, por eso, una nueva legislación para proteger a las democracias de los viejos vicios y también de los nuevos, pero sobre todo de los que se vuelven locos con el poder y se convierten de buenas a primeras en el Tirano Banderas.

Más provechoso que los debates obligatorios televisados entre los candidatos sería obligarlos a hacerse tests psicológicos en vivo y en directo. Sería, además, un espectáculo tremendo.

10 de enero de 2021

Corrupción de entrecasa


Entreverada en todas las encuestas, entre las principales preocupaciones de los argentinos aparece siempre la corrupción. Está entre la salud, la economía y la inseguridad. La corrupción se ha vuelto una señal de la argentinidad, un cromosoma de nuestro código genético que atraviesa todas las capas sociales y todas las posiciones del arco político. La corrupción puso en labios de dos presidentes uruguayos durísimas palabras sobre nosotros: el finado Alberto Batlle dijo un día que los argentinos somos una manga de ladrones del primero al último y Pepe Mujica nos trató de cagadores cuando le preguntaron sobre los argentinos que emigran al Uruguay para salvarse de pagar impuestos en la Argentina.

A nadie hay que explicarle qué es la corrupción porque todos tenemos naturalizado el término para aplicarlo a los funcionarios públicos que aprovechan el poder para robar todo lo que pueden. Bueno, pero déjeme aclararle que la corrupción aplicada a los funcionarios no es más que la metáfora de lo que ocurre en la naturaleza cuando las cosas se pudren. Podrido es sinónimo de corrupto, aunque la diferencia es grande cuando se trata de conductas humanas porque puede haber vuelta atrás, pero tenga en cuenta que, como tiene que ver con el camino de la vida, cada segundo que pasa uno corrompiéndose lo aleja más de esa vuelta atrás.

Como las frutas en la frutera, nadie se pudre de un día para el otro; en la corrupción se va cayendo como por un plano inclinado. Los corruptos se empiezan a pudrir con cosas chicas, quizá cuando todavía son menores de edad. Y no es siempre cosa de millones de dólares; la corrupción está también en los billetes del bolsillo, en el incumplimiento imperceptible de las leyes, en el asalto invisible a la góndola de un supermercado, en el mal ejemplo que damos a los más chicos...

¿Se cuela con una compra de más de 20 (o 16) unidades en las colas rápidas del supermercado? ¿Se alegra cuando la cajera le cobra de menos porque se olvidó de contabilizar uno de los productos que compró? ¿Se queda con el billete de más cuando alguien se equivoca en el vuelto? ¿Usa la bocina del auto para insultar? ¿Si hay peatones cruzando la calle por las líneas blancas, acelera y les dice que son unos imbéciles que no ven que está usted pasando con su autito? ¿Joroba a los demás con la luz de niebla a pleno día en lugar prender las de posición que son las que corresponden? ¿Se instala en el carril de la izquierda aunque vaya despacio, obligando a los demás a pasarlo por la derecha? ¿Maltrata a sus empleados o a sus compañeros de trabajo cuando está de mal humor? ¿Invade la vereda con su auto o con construcciones ilegales, molestando a los que pasan con todo derecho por la vereda? ¿Tapa la patente con una cinta roja para evitar las multas? ¿Usa el barbijo para protegerse la papada o abajo de la nariz? ¿Le miente a su mujer, a su marido, a sus hijos, a sus padres, a sus amigos? ¿Se friega en sus vecinos con ruidos molestos, invadiendo su propiedad, su descanso o su privacidad? ¿Cómo trata los lugares comunes de su edificio? ¿Cómo se comporta con los sitios públicos de la ciudad? ¿Usa la calle de basurero tirando desperdicios desde la ventanilla de su auto o desde donde decide desprenderse de lo que ya no le sirve?

Si se aprovecha de los demás cuando está en una situación de poder, aunque sea mínima o de poco tiempo, usted en un tirano en potencia: el día que le toque gobernar va a hacer lo mismo con los demás, así que mejor empiece ahora y no espere momentos que no sabe si van a llegar. Tenga en cuenta que dar ejemplo y ser honestos –con nosotros mismos y con los que nos rodean– es el mejor modo que tenemos todos de evitar la corrupción.

No sirve para nada quejarse de la corrupción ajena si no hacemos algo que está en la mano de todos para evitarla en cosas mínimas y cuando todavía es posible cambiar la realidad.

3 de enero de 2021

El progreso del egoísmo


Soy de los que cree que matar a cualquier persona es un delito y que hay vida desde la concepción hasta la muerte. No hay ninguna cuestión religiosa en esta afirmación, como tampoco la hay en una ley que establece que es delito envenenar a la suegra. Decidir si se puede matar a una persona que nos molesta no es una cuestión religiosa, como tampoco debería serlo saber desde cuándo hay vida.

Hay una vieja discusión entre naturalistas y positivistas, las dos bibliotecas que rigen toda la filosofía del derecho. Los positivistas sostienen que lo que no está en las leyes no es derecho, por tanto si la ley no dice que sea delito asaltar un banco, podemos salir mañana a intentarlo que nadie nos detendrá. Los naturalistas sostienen, en cambio, que antes que las leyes humanas está la naturaleza, que tiene sus propias leyes y son inmutables. Los positivistas dicen que primero está el derecho y después la vida conforme a ese derecho, y los naturalistas que el derecho no es más que la reglamentación de la vida misma. La tierra no es redonda ni plana porque lo diga una ley, pero lo mismo ocurre con la vida y con tantas cosas humanas: no solemos matar a nuestros semejantes porque lo prohibe la ley sino porque está en nuestra naturaleza y la ley lo confirma penalizando el homicidio.

El positivismo jurídico cayó en una terrible contradicción el día que Alemania Nazi decidió aniquilar a los judíos y cometer otras atrocidades que fueron todas perfectamente legales. Fue por eso que en 1945 los juicios de Nuremberg tuvieron que acudir al derecho natural para juzgar a los criminales de guerra. Algo analógico sucedió con la llamada obediencia debida en nuestro país: si nunca hay que obedecer una orden o una ley injustas es porque hay una Ley por encima de la ley.

Según el derecho positivo, a partir de la ley sancionada en la madrugada del pasado 30 de diciembre, en la Argentina ahora se podrá matar a una persona entre la concepción y las catorce semanas de su existencia, mientras que para el derecho natural matar a una persona en el vientre materno sigue siendo un delito aunque no haya penas para los homicidas. La Argentina se suma así al conjunto de países en los que durante unas semanas del embarazo se puede abortar a una criatura voluntariamente, porque a la ley le parece que la vida empieza más o menos en la semana 14ª. En otros países empieza en la 12ª, o en la 22ª o en la 24ª, según las cuentas y las circunstancias legisladas por el derecho positivo de cada jurisdicción.

La conexión entre la religión y el aborto no se da por ninguna ley de las religiones. Es que para el cristianismo (también para el judaísmo, el Islam y supongo que para todas las religiones del mundo), las leyes de la naturaleza son leyes de Dios y por tanto el hombre no tiene ninguna autoridad ni posibilidad de cambiarlas y si lo hace es solo una ficción de la ley. Coinciden los que no tienen religión o no creen en Dios pero también sostienen que la naturaleza tiene sus propias leyes que los hombres no podemos cambiar. Aunque establezca lo contrario una ley, el sol seguirá saliendo todos los días por el oriente, los mangos no dejarán de caerse del árbol cuando estén maduros y la vida seguirá empezando en el momento de la concepción, ni un segundo antes ni uno después.

La sanción de una ley que permite interrumpir voluntariamente el embarazo –por ejemplo de niños con síndrome de Down– no se debe a la evolución o decadencia del cristianismo ni de la Iglesia Católica sino a la decadencia de los individuos que componen el género humano, cada vez más preocupados por el propio bienestar y por descartar lo que les molesta. En ese sentido la ley del aborto es un progreso que nos pone más cerca de los países donde el egoísmo está más avanzado y también entre los que establecen esta indignante desigualdad ante la ley.

27 de diciembre de 2020

El protocolo del mate

En 2020 el protocolo invadió nuestras vidas, se metió en la cocina, en la mesa, en el baño y en la cama... impregnó nuestra cultura y nuestras rutinas hasta no dejar nada librado al azar. Ahora hay protocolo para el supermercado, para el colegio y la farmacia, para caminar por la costanera de Posadas, para ir al dentista, para tomar tereré y hasta para ir a misa. Protocoleamos todo el día... en casa, en el trabajo y en la calle. Si entramos en un bar nos aplican el protocolo. Si nos subimos a un colectivo, meta protocolo. Si encargamos empanadas, tomá protocolo. Nos protocolizaron hasta hartarnos. Y ya se sabe, porque así lo han demostrado una y otra vez los vaivenes de la historia, que la desprotocolización será terrible: tan fuerte vamos a rebotar para el otro lado que nos caeremos de la hamaca. Pase lo que pase en el futuro, quiero rescatar algunas cosas positivas de este año que vamos a recordar con muy poca nostalgia.

Comparado con 2019 este año no fue bueno para la venta de yerba mate quizá porque la prohibición de compartirlo haya hecho mermar su consumo. Pero ahora resulta que podemos tomar mate sin quemarnos por culpa de los cebadores con boca de amianto; elegimos la yerba que nos gusta en lugar de soportar la ajena; no nos encajan justo el remedio contrario al que necesitamos; no nos atosigan a cebadas ni nos dejan olvidados, así que tomamos la cantidad que queremos; dejamos de chupar el lápiz labial impregnado en la bombilla por la vecina de oficina... conté rápido cinco fortalezas del mate tomado como siempre lo hicieron los uruguayos, algo que por mucho tiempo pienso seguir exigiendo a mis contertulios cada vez que decidamos tomar unos mates.

Lo del mate puede parecer un chiste y me van a retrucar con la ceremonia del mate, con que hay que ser buena onda y compartir, a lo que les contesto que no tengo ningún problema en compartir el mate, pero prefiero que compartan la plata que tienen en el banco porque los billetes no contagian.

Hay otras novedades del año del Covid que vale la pena tener como fortalezas. Por ejemplo, se acabaron para siempre las reuniones de balde. Llegó el momento de recuperar ese tiempo perdido en reuniones tan inútiles como interminables. Quedará para siempre la posibilidad de asistir a distancia y hasta de intervenir si es necesario y también de anular la cámara si queremos descansar un rato. Además hemos perdido la vergüenza de vernos mientras hablamos por teléfono. Se ha acelerado el futuro de las comunicaciones; ahora sabemos de luces, de fondos, de volumen y de cómo convertir una habitación en estudio de TV. Casi todos, supongo, hemos estado en seminarios, talleres, juntadas familiares, brindis y hasta en asados, por tecnologías que permiten reuniones a distancia. Nada de eso ha terminado con las ganas de volver a vernos, pero creo que es un progreso notable de 2020.

¿Hay más datos positivos de este año? Claro que sí. Hay muchísimos, pero hay uno que sobresale: hemos aprendido en carne propia que la salud de los nuestros depende también de la propia salud; si yo no me contagio, no contagiaré a los más cercanos, por eso cuidarse es cuidarnos. Nos lo han dicho hasta el hartazgo en anuncios institucionales, en las presentaciones de las autoridades sanitarias y hasta en la publicidad de detergentes. Por eso en este tiempo de Navidad y de hacer buenos propósitos, quiero recordar que como todo lo que se pudre, también es contagiosa la corrupción. El mejor remedio, el que está más a mano de cada uno, es mantenernos sanos: no contagiarnos ni contagiar de esa peste que contamina a la Argentina y a toda nuestra América. Uno a uno, con resistencia y buen ejemplo, iremos venciendo este virus. Si evitamos contagiarnos, no contagiaremos a los demás. Y si alguna vez dimos positivo, es el momento de aislarnos hasta dar negativo en el hisopado de la honestidad. Ese es el protocolo que le deseo para 2021.

20 de diciembre de 2020

No se ganó Zamora en una hora


Resulta que en 1072, para arrebatarle la ciudad de Zamora a su hermana, Sancho II la sitió durante siete meses hasta que cayó en sus manos... bueno, no propiamente en las suyas porque él murió asesinado durante el asedio. Este Sancho fue el primer rey de Castilla, ya que hasta entonces era un condado de aquellos reinos que lucharon siglos por reconquistar la península de los moros invasores. Y desde entonces, cuando alguien dice que no se ganó Zamora en una hora está significando que hay que tener paciencia, que hay que esforzarse un rato largo y que para conseguir resultados hay que darle tiempo a las cosas, pero sobre todo a las personas.

No hay éxito sin esfuerzo. Pero por más empeño que se ponga, el esfuerzo se pierde si no va acompañado por la constancia. Todo el mundo sabe que los que triunfan en la vida no son los más inteligentes ni los que tienen más talento sino los que son más constantes en la búsqueda de resultados. Por desgracia la constancia debe ser la condición que más nos falta a los argentinos; por desgracia y quizá porque la bendición de la naturaleza nos ha convertido en un pueblo de resultados fáciles.

Se me ocurrían estos disparates a raíz del veto del Presidente al artículo 124 de la Ley de Presupuesto que establecía una zona aduanera especial para la provincia de Misiones. Esa medida hubiera permitido rebajar algunos impuestos para poner a Misiones en igualdad de condiciones con nuestros vecinos del otro lado de la larga frontera internacional que nos circunda y nos define. Precisamente esos eran los fundamentos de estas medidas, sin las cuales la provincia seguirá sufriendo una marginación injusta que ya se va volviendo histórica. Misiones está demasiado lejos del resto de la Argentina y demasiado cerca de Brasil y Paraguay.

El refrán de Sancho II nos advierte que el veto del presidente no hizo fracasar ninguna de estas pretensiones; solo las alargó en el tiempo. No salieron ahora, pero saldrán más adelante si seguimos insistiendo, con tenacidad y constancia. Hay que buscar los huecos, las fisuras, hay que volver una y otra vez, hay que cambiar de camino pero no de objetivo, hasta que se consiga. Y no hay que cansarse, porque... no se ganó Zamora en una hora.

Teresa de Ahumada diría que la paciencia todo lo alcanza y Jorge Bergoglio que el tiempo es superior al espacio, que lo importante es iniciar procesos: el tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad. (Evangelii Gaudium n. 224).

Hay otra frase hecha, muy usada en política. La escribió el Che Guevara al final de su carta de despedida a Fidel Castro, cuando se iba a luchar al Congo y abandonaba todos sus cargos en la isla. Fidel la leyó en público en el acto de creación del Comité Central del Partido Comunista Cubano el 3 de octubre de 1965, y dio a esa frase la entonación que hoy conocemos: hasta la victoria siempre. La frase ha quedado como el lema mundial de la resiliencia: sin importar lo que pase, a como dé lugar, no pararemos hasta conseguir la victoria. Ya se ve que en esto de la constancia coinciden Sancho II de Castilla, Santa Teresa de Jesús, el Che Guevara y el Papa Francisco.

El resultado será el que buscamos con la zona aduanera especial para Misiones si seguimos intentándolo, una y otra vez hasta conseguirlo. Este año ya parece que no va a ser, pero puede ser el que viene, o el siguiente, o el que sea, aunque cueste generaciones enteras. Si estamos convencidos de que es lo que la provincia necesita, no nos desanimemos ni abandonemos la pelea, que siempre se gana en el último segundo.

6 de diciembre de 2020

Tres Pumas y tres hijos de Noé

Desde 1996 a 2011 Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica disputaron el torneo Tres Naciones, la versión hemisferio sur del antiguo Cuatro Naciones europeo (hoy son seis). En 2012 se incorporó la selección argentina al Tri-Nations, que desde entonces se llamó The Rugby Championship. Solo por este año y a causa del coronavirus, el torneo volvió a su antiguo nombre porque no se presentó Sudáfrica. Se jugó en Sidney en onda burbuja y con partidos de ida y vuelta entre Nueva Zelanda, Australia y Argentina.

Ayer a la madrugada Los Pumas volvieron a empatar en el partido revancha contra el seleccionado de Australia (Wallabies) y quedaron entre Nueva Zelanda (All Blacks) y Australia, arañando la cima del mejor rugby del mundo. El capítulo épico de este torneo fue la victoria contundente de Los Pumas sobre los All Blacks por 25 a 15 durante nuestra madrugada del pasado 14 de noviembre. Cuando veo jugar a Los Pumas, pienso que deberíamos cambiar la camiseta de la selección de fútbol por la de rugby, a ver si con las rayas horizontales en lugar de las clásicas verticales y el yaguareté encima del corazón, a nuestros multimillonarios jugadores de fútbol se les calienta un poco el pechito frío que muestran cada vez que se presentan.

En medio de este torneo, y ante la mejor actuación en la historia del rugby argentino, un idiota divulga los tuits –escritos hace ocho años– de tres jugadores de Los Pumas. Dicen, para colmo, que es la devolución del aguado homenaje a Diego Maradona que hicieron Los Pumas en el partido revancha contra los All Blacks. Esos textos se publicaron en Twitter cuando los jugadores eran todavía adolescentes y son ofensivos contra las empleadas del hogar, los paraguayos, los bolivianos y hasta los judíos. Muy mal hecho, condenable, pésimo... la calificación que le quiera poner, pero no deja de ser un error cometido hace muchos años por adolescentes un poco imbéciles.

A ver ¿usted no dijo ninguna tontería cuando era adolescente? ¿no se arrepintió nunca de esas tonterías? Piense si no dijo una pavada condenable ayer o anteayer, o el año pasado, en un asado con amigos. Yo mismo puedo divulgar una larga lista de imbecilidades dichas por mis amigos –todos mayores de edad y hace menos de ocho años– en asados, paellas, casamientos, cumpleaños o cualquier excusa para una juntada en la que corra un poquito de alcohol. Todos dijimos cosas que no debíamos decir y el que afirme que nunca lo hizo que tire la primera piedra... Puede ser condenable decir una tontería, pero lo malo, lo realmente condenable, es no arrepentirse de haberlo hecho, de escribirlo en un tuit, que es la conversación de hoy en día.

En un alarde postizo de corrección política la Unión Argentina de Rugby (UAR) sancionó rápidamente a los tres jugadores que habían dicho esas estupideces hace ocho años. Con esa sanción los dirigentes de la UAR dijeron que el rugby no sirve para nada; negaron que los excelente jugadores que le habían ganado a los mejores del mundo fueran buenas personas precisamente gracias al rugby. Esos estúpidos adolescente que hace ocho años hacían chistes de mal gusto, ahora son capaces de ganarles a los All Blacks. Gracias al rugby son mejores personas, porque el rugby es una escuela de vida. Muchos deportes lo son, pero el rugby además involucra en su esencia el compañerismo y la amistad de propios y rivales, cosa que casi no se ve en otras disciplinas. Los dirigentes de la UAR mostraron que pueden ser tanto o más estúpidos que los chicos a quienes sancionaron sin razón en medio del mejor desempeño de su historia. Por suerte –y por las quejas agrias de todo el rugby argentino– se dieron cuenta de su error y levantaron la sanción. Aceptaron así que cuando uno se equivoca debe rectificar, como hicieron los jugadores sancionados.

Y sobre el homenaje a Maradona... ¿qué quiere que le diga? Si nos van a juzgar por la intensidad de los homenajes, es porque estamos llegando a un nivel de fascismo que espanta.
Pero hay un dilema del periodismo que preocupa hace muchos años. Es la conducta de los tres hijos de Noé. Le recuerdo esa historia, que usted mismo puede leer en el capítulo 9 del Génesis.

Además de ser el que salvó a todas las especies de animales junto con su familia del diluvio universal, Noé fue el inventor del vino. Un capo. La cosa fue así: después del diluvio y cuando estaban casi solos en este mundo, sembró vides que luego cosechó y comprobó que eran buenas para exprimir y hacer jugo, pero el jugo fermentó y salió alcohol, así que Noé se lo tomó sin conocer las consecuencias y se emborrachó. Caú como estaba, y porque haría calor, Noé se desnudó y se quedó dormido. Uno de sus tres hijos –el del medio, que se llamaba Cam– entró en la carpa y se encontró a su padre durmiendo la mona desnudo, así que salió a decírselo a sus hermanos para reírse con ellos de la desnudez de su padre. Pero los otros dos hermanos –Sem y Jafet– en lugar de reírse, se compadecieron de Noé y lo cubrieron con una capa.

Cuando la gente hace macanas como la de Noé... ¿cuál debe ser la actitud del periodismo? ¿hay que darlo a conocer y reírse de esas macanas o hay que taparlas con la piadosa capa de los buenos hijos de Noé? Aclaro que se trata de macanas como aquella borrachera; opiniones ligeras que se dicen sin pensar y que nos muestran tan duros y desnudos como Noé aquel mal día. La lista de esas posibles macanas es muy larga y también es borroso el límite en todas las cuestiones que tienen que ver con la opinión pública, pero creo que en la duda hay que estar a favor de la capa de Sem y Jafet, porque el periodismo no es para reírse de nadie.

El dilema de los hijos de Noé se aplica al episodio de los tres jugadores de la selección argentina de rugby que hace un par de semanas fueron sancionados porque un mal hijo de Noé difundió tuits ofensivos y condenables que esos rugbiers habían escrito hace más de ocho años. En lugar de actuar como Sem y Jafet, muchos periodistas replicaron aquellos insultos que escribieron estos pumas cuando no eran pumas ni conseguían salir de la edad del pavo. Así que lo que hicieron los periodistas fue repetir hasta el hartazgo unas imbecilidades dichas hace años en una conversación privada, que alguien hizo públicas con bastante maldad. Y si nos enteramos de esos insultos no fue por los rugbiers sino por algunos periodistas descuidados y –todo hay que decirlo– por varios mercenarios a sueldo de maniobras de distracción. Al difundirlos, repitieron los insultos hasta el agotamiento, y fueron ellos –mucho más que los tres rugbiers– quienes insultaron a las empleadas, a los judíos y a los bolivianos o paraguayos que quizá trabajan en sus propias casas. Ante estas situaciones, los periodistas deberían hacer lo que los otros dos hijos: cubrir con una piadosa capa la desnudez de esas personas y preservarlas del juicio injusto de la opinión pública.

Lo que ocurrió con Los Pumas ocurre muchas veces con otras personas a las que estigmatizamos por su condición. Si un panadero de Apóstoles estafa a sus clientes, no es estafador por ser panadero ni por ser apostoleño, pero si titulamos apostoleño estafador, aunque digamos una verdad, estamos cayendo sobre todos los de Apóstoles. Es una estigmatización injusta como lo es la de los rugbiers, los gendarmes, los militares, los políticos, los jueces, los diputados, los curas, los bolivianos, los gallegos, los ministros, los polacos, los gitanos, los judíos... y la lista es tan larga que llega a la noche de los crsitales rotos. Quiero decir que no es una buena idea decirle rugbier a un asesino, por más rugbier que sea, igual que no es buena idea hacerlo con cualquier colectivo humano como los que acabo de nombrar por llevar a una generalización mentirosa. Lo hacemos socialmente, pero en alguna medida es responsabilidad de los periodistas, que al fin y al cabo somos parte de esa sociedad. Y sobre todo lo hacemos cuando aireamos a los cuatro vientos las mismas barbaridades que censuramos.

29 de noviembre de 2020

Hidrantes de verdad


Las lluvias aplacaron los incendios forestales de esta semana, tanto que ayer casi no quedaban focos en toda la provincia. Fue la noticia principal del martes y del miércoles pasados, antes de que la muerte de Diego Armando Maradona copara toda la agenda informativa. Hasta entonces, las noticias daban cuenta de la fuerte escalada de incendios que se volvería alarmante si no llegaban las lluvias. Y gracias a Dios –en este caso no es ninguna alusión al Diego– la lluvia llegó el jueves, cuando había una docena de focos importantes en la provincia y algunos de ellos amenazaban viviendas que debieron ser evacuadas.

La sequía y el calor provocan estas tragedias en la selva y en las explotaciones forestales. Bueno... la sequía, el calor y algunos irresponsables, pero también los delincuentes que provocan los incendios para echarle la culpa del desmonte al viento norte. Confieso que nunca entendí la relación entre jugar con fuego y hacerse pis en la cama, pero era la amenaza que sufríamos los más grandes cuando éramos chicos: el que juega con fuego se hace pis en la cama. Supongo que ya no se usa en estos tiempos en que cualquier expresión que suene a amenaza puede terminar con los huesos del que la prorrumpió en el campo de concentración del INADI, pero quizá valga la pena correr ese riesgo si con eso conseguimos mantener a raya a los incendiarios.

Junto con el fuego aparecieron en las noticias los esfuerzos sobrehumanos de los bomberos, los guardaparques, la Policía, Defensa Civil y otras fuerzas vivas para controlarlo. Es imposible acercarse desde el nivel del suelo al calor infernal que irradia un bosque en llamas, así que no queda otra que circunscribir el fuego dando por perdida una parte que todavía no se quemó. Por eso, para luchar contra los incendios de bosques, además de los cortafuegos, se han mostrado muy eficaces los aviones hidrantes que descargan miles de litros de agua sobre los bosques en llamas. 


El Plan Provincial de Manejo del Fuego cuenta con dos aviones hidrantes y un vigía. El Servicio Nacional, por su parte, cuenta con unos 25 entre propios y contratados. Todos esos aviones son Dromedar o AirTractor, dos modelos de características muy similares, concebidos para tareas agrícolas y adaptados como aviones bomberos. Cargan entre 2.000 y 3.000 litros de agua, pero deben hacerlo en aeropuertos que no siempre están cerca de los incendios, y se llenan con mangueras, una tarea que puede llevar horas. En cambio los verdaderos aviones hidrantes son anfibios con capacidad para más de 6.000 litros; no necesitan aterrizar en un aeropuerto para abastecerse ya que lo hacen en espejos de agua, acuatizando y despegando sin detenerse y en pocos segundos, para volver al foco del incendio. El más popular de los hidrantes es el turbohélice Bombardier 415 (antiguamente de la compañía Canadair, basado en el exitoso modelo de hidroavión PBY Catalina). Como las vacunas contra el coronavirus, hay también un modelo ruso: el anfibio BE-200 Altair, un jet multipropósito con una versión hidrante de gran eficacia. 

Todo bien con el esfuerzo de personal y equipos para combatir el fuego. Supongo, además, que la estrategia es estudiada y obedece a una experiencia que no conocemos la mayoría de los mortales. Además de resaltar el trabajo heroico de los bomberos y de las fuerzas de seguridad afectadas a apagar los incendios, quiero volver sobre la necesidad de contar con aviones hidrantes anfibios, especialmente concebidos para este tipo de tareas. Los bosques y las explotaciones forestales de la provincia y de la Argentina se lo merecen. Contamos con muchísimos más espejos de agua que aeropuertos, lo que hace doblemente eficaz el trabajo de esos aparatos. Mejoraríamos la capacidad, pero sobre todo ganaríamos muchísimo tiempo, que en épocas de incendios se mide en millones por segundo.

Parece mejor idea que esperar a que llueva.

22 de noviembre de 2020

La curva


Cualquier escribano puede decirle que el protocolo es la colección ordenada de todas las escrituras matrices de cada año. Y cualquier experto en ceremonial le explicará que protocolo son las reglas establecidas para las ceremonias y actos oficiales. Pero los protocolos de las escribanías y de las embajadas no tienen nada que ver con el que ahora mencionamos a cada rato: la serie de procedimientos estrictos a los que nos tenemos que ajustar en cada minuto de nuestra vida desde marzo de 2020.

Coronavirus, pandemia, cuarentena, hisopado, barbijo, mascarilla, distancia, Zoom... están entre las palabras que se resignificaron este año. Covid-19, en cambio, es nueva y nació el 11 de febrero, cuando la Organización Mundial de la Salud la bautizó uniendo en inglés el inicio de las palabras corona, virus y disease. Corona y virus son palabras latinas (y castellanas) para designar a este virus por su forma coronada de puntitas y disease es enfermedad en inglés. El 19 es el año en el que apareció por primera vez en un mercado de la ciudad china de Wuhan. Por ser una enfermedad, en castellano deberíamos decirla en femenino; y por ser un sustantivo común deberíamos escribirla con minúsculas. La Real Academia Española aconseja escribirla toda con minúsculas (covid-19) o toda con mayúsculas (COVID-19), pero no Covid-19, porque no es un nombre propio; y aunque aconseja el género femenino no le importa si se ocupa el masculino.

Pero la palabra que me interesa resaltar esta vez es curva: esa línea que muchos miramos todos los días para saber cómo viene avanzando el virus... en el mundo, en un país determinado, en una provincia o en cualquier localidad. Sale de un eje de coordenadas en el que la horizontal es el tiempo y la vertical la cantidad de infectados y la curva resultante describe la tendencia del progreso de la enfermedad. Desde que empezó la pandemia hemos visto a los epidemiólogos preocupados por esa curva que no debería nunca cruzarse con la de la capacidad de las instalaciones sanitarias para atender todos los casos, especialmente los graves que requieren terapia intensiva y respiradores. Ocurrió durante la primera ola en Europa y especialmente en Italia y en España, que los agarró desprevenidos y la curva superó con creces la capacidad de atender esos casos. Fue cuando las autoridades sanitarias de esos países tuvieron que tomar las decisiones que nadie quiere tomar, porque no queda otra que elegir a quienes salvar y a quienes no.

Como dijeron los suecos, en respuesta a unas palabras no muy oportunas de nuestro presidente, a las cuentas del coronavirus hay que hacerlas al final de la pandemia. Y como no está todo dicho, tampoco yo aventuro ningún juicio acerca de cuál es la mejor o la peor estrategia. Solo digo que nuestra curva siempre estuvo por debajo de esa línea fatal que se perforó en algunos países de Europa y también en Nueva York y en Río de Janeiro.

La estrategia es aplanar la curva, pero como pasa con cualquier cosa que se aplana, también se estira. Estirar en el tiempo la cuarentena fue la consecuencia, digamos física, de mantener la curva lo más chata posible. Recién a mediados del mes pasado esa curva empezó a bajar su ritmo de crecimiento en la Argentina. Aunque ha subido en algunas provincias, no sabemos hasta cuándo y tampoco si habrá en nuestro país los rebrotes que hoy afectan a Europa y Estados Unidos.

Con la luz al final del túnel, hay que seguir pisando la curva hasta que llegue la vacuna. Mantener distancia entre nosotros, seguir usando barbijo que tape bien la nariz y la boca y lavarnos las manos a cada rato con jabón o con alcohol. Además hay que evitar las reuniones en lugares cerrados, toser y estornudar en el pliegue del codo y tocarnos lo menos posible la cara. Y los más grandes o vulnerables mejor que se queden en casa todo lo que puedan. 

Sería una tontería –y puede ser una catástrofe– si nos pasa lo mismo que cada vez que la selección argentina juega al fútbol contra la de Brasil: nos relajamos cuando faltan cinco minutos para que termine el partido y es cuando nos meten dos goles sin tiempo posible de reacción.

8 de noviembre de 2020

La medida de la pasión


Toda la historia de los primeros descubrimientos y la exploración del continente americano se explica por la necesidad de España y Portugal de largarse a conquistar el mundo, unos al oriente y otros al occidente de la línea que estableció el tratado de Tordesillas en 1494. Pero esa necesidad no se entiende cabalmente sin la sed de aventuras de españoles y portugueses y sin la nao, el gran invento portugués de fines del siglo XV que les permitió navegar a mar abierto. 

Sabían que la Tierra era una esfera, pero no conocían todavía sus dimensiones. Para Colón las Indias tenían que estar mucho más cerca y se las encontró en América porque no se imaginaba que estaban tan lejos. Fue la expedición de Magallanes y Elcano la que estableció las dimensiones reales del globo terráqueo pero también confirmó que el continente americano resultó un obstáculo inmenso para viajar desde España al Lago Español, como se conoció al Pacífico durante los 250 años en los que lo navegaron a sus anchas ya que toda la costa americana y las Filipinas eran españolas. 

Lo de Tordesillas y la bula Intercætera tiene su historia, pero lo que no se entiende es el apuro por dividir el mundo cuando nadie sabía realmente sus dimensiones. No tiene sentido haber puesto la línea divisoria afuera de la Península, de modo que España debía pasar necesariamente por aguas portuguesas para llegar a sus costas. Otra hubiera sido la geografía política de las Américas y de gran parte del mundo si se hubiera decidido esa partición después del viaje de Magallanes y Elcano o ya que estaba allí, la hubieran establecido en el mismísimo meridiano de Tordesillas.

Solemos llamar carabelas a las del primer viaje de Cristóbal Colón, pero la Santa María en la que viajaba el Gran Almirante, ya era una nao. La nao (navío) era un buque concebido para navegar sin remos, con timón articulado en la popa, castillos en proa y en popa y tres palos para velas cuadradas. Con una brújula, una esfera armilar y un reloj de arena se animaban a lo que sea. Y cuando Elcano terminó su vuelta al mundo pudieron acercarse con bastante precisión al tamaño real del planeta, corregir la esfera armilar y mapear los astros que lo rodean en toda su dimensión; y también pudieron establecer por dónde pasaba la línea de Tordesillas del otro lado del mundo. Con el tiempo los navíos se agrandaron y se armaron para la guerra, pero las naos de nuestros intrépidos navegantes solo servían para cargar toneladas de especias de las Molucas y volver a España o a Portugal.

Todo bien con las naos, pero no dejaban de ser unas cáscaras de nuez en las que viajaban amontonados y pasaban penurias incontables aquellos navegantes que se mareaban en tierra firme. Estos campeones no podían vivir sin hacerse a la mar, algo parecido a lo que nos pasa con cualquier actividad que nos apasiona. ¿A quién se le ocurre embutirse en un traje antiflama y encerrarse horas sin aire acondicionado en un auto a toda velocidad? ¿Por qué hay gente que no puede dejar de subir montañas y no para hasta poner su huella en la cima del Everest? Ni el Everest ni la velocidad los diferencian de Elcano y Magallanes, de un pescador afiebrado por sacar el dorado de su vida en el río Paraná o de un coleccionista de estampillas desesperado por conseguir una pieza que le falta.

Cualquier instrumento que usemos, por moderno que sea, pueden servir para dar la vuelta al mundo o para llegar hasta Marte. Pero lo que realmente logra los objetivos que nos proponemos no son los instrumentos sino la pasión que ponemos por conseguirlos. El tiempo debería medirse con un reloj que no marque las horas sino la intensidad, la pasión, de cada momento. No hay todavía –y supongo no habrá nunca– instrumental capaz de medir eso que nos lleva a conseguir los objetivos que nos proponemos. Solo podemos medir la pasión con una medida subjetiva, arbitraria, borrosa y tardía, pero es la única que vale, porque aunque fracasemos, estaremos felices de haberlo intentado.

1 de noviembre de 2020

El mal capitán

Juan Díaz de Solís fue el descubridor del Mar Dulce, que también se llamó Mar de Solís, pero esos nombres le duraron poco al Río de la Plata porque por más ancho que fuera no dejaba de ser un río. 

A la expedición de Solís la mandó Fernando el Católico en 1515 con el fin de buscar un paso al océano que le tocó casi completo a España en el reparto de Tordesillas. Y fue su nieto, Carlos I, el que envió a Fernando de Magallanes en 1519 tras el fracaso de Solís. Una tercera expedición –comandada por un desertor de la de Magallanes– fue a buscar el paso por el norte en 1524. Y cuando ya no quedaban dudas de que el único paso posible quedaba en el traste del mundo, el emperador mandó a estudiar la posibilidad de hacer un tajo en el istmo de Panamá. El decreto está fechado el 20 de febrero de 1534. Dicen que dijo el emperador de medio mundo que quien lo consiga sería el del mundo entero. El gobernador de Panamá recorrió el istmo en su parte más angosta, la de los lagos, y llegó a la conclusión de que ni todo el oro del mundo alcanzaba para esa obra y así se lo comunicó al emperador. El canal se inauguró en 1914.

En febrero de 1516, Solís, cinco soldados y un grumete andaluz que se llamaba Francisco del Puerto, bajaron a tierra en la costa uruguaya, cerca de la desembocadura del río Santa Lucía. Allí fueron muertos a flechazos, descuartizados, asados y comidos por los guaraníes, que dejaron vivo al grumete porque aquellos indígenas se comían a sus enemigos para quedarse con su fuerza y no para saciar el hambre.

Del Puerto vivió doce años entre los guaraníes, hasta que en 1527 lo encuentra la expedición de Sebastián Caboto haciendo aspavientos con sus brazos desde la costa. El grumete devenido en lenguaraz no se cansó de trabajarle los tímpanos a Caboto con las historias de sobremesa de los guaraníes que hablaban de un reino lleno de oro y plata al que se llegaba remontando el río. Caboto subió urgente por el Paraná y llegó por lo menos a los rápidos de Apipé, hasta que se convenció de que el Paraná no lo llevaba a donde querían ir, entonces volvió hasta Paso de la Patria para subir por el Paraguay. No encontraron nada, pero las historias de Francisco del Puerto siguieron alimentando la ambición de una expedición tras otra. A ellas les debemos tanta plata en nuestra toponimia y hasta el nombre de nuestra patria.

Decían sus propios marineros que Juan Díaz de Solís era un excelente navegante pero un pésimo capitán y su muerte absurda no es más que la comprobación de esa realidad. Lo mismo se decía de Fernando de Magallanes, el descubridor del estrecho que llamó de Todos los Santos porque fue el 1 de noviembre de 1520 el día que encontraron la conexión con el Pacífico. Los dos y otros tantos eran capaces de capear las peores tormentas sin inmutarse, pero incapaces de conseguir que sus subordinados les hicieran caso.

Los tripulantes de los cinco barcos de la flota de Magallanes eran por lo menos de diez nacionalidades distintas. Todos aventureros que no sabían vivir de otro modo, tanto que se salvaban de un naufragio y volvían a subirse a un barco al día siguiente. En cuanto salieron de Sevilla, en agosto de 1519, empezaron a cuestionar las órdenes del capitán por autoritario y caprichoso. El primer intento de motín lo conjuró Magallanes el 1 de abril de 1520 en la Patagonia, pero tuvo que ajusticiar a un par y dejar en una islita perdida a otro par. Juan Sebastián Elcano también conspiró y se salvó de milagro. Y por suerte, porque Magallanes murió por un error de mal capitán en las actuales Filipinas y sin Elcano esa expedición hubiera quedado zangoloteando por las dulzonas islas de las Especias en lugar de dar la vuelta al mundo por primera vez. 

Esteban Gómez lo traicionó aquel 1 de noviembre: cuando supieron que habían encontrado lo que buscaban, desertó con la nave más grande de la flota para adjudicarse el descubrimiento. Volvió a España, donde lo metieron preso, pero lo liberaron cuando llegó su amigo Elcano de la vuelta al mundo; fue entonces cuando el emperador le encarga buscar el paso por la costa de América del Norte, pero por esa ruta solo consiguió morirse de frío. Si sería testarudo don Gómez que en 1535 volvió al sur, esta vez con la expedición de Pedro Mendoza. Cuatro años después lo mataron los guaraníes en una playa del río Paraguay.

Ocurre en el fútbol, en la política y en cualquier empresa humana. El mejor jugador no tiene porque ser el mejor capitán, pero le damos ese cargo como un honor... y ese día perdemos al mejor jugador y tampoco tenemos capitán.

25 de octubre de 2020

Magallanes y el dulce de membrillo


El 21 de octubre de 1520 Fernando de Magallanes y sus intrépidos navegantes doblaron un cabo que llamaron de las Once Mil Vírgenes. Venía hace rato con rumbo norte-sur buscando un paso para llegar a lo que Vasco Núñez de Balboa llamó Mar del Sur cuando lo descubrió mirando al sur desde el istmo de Panamá. Era la segunda expedición enviada por los reyes de España a buscar por este lado del globo una grieta en el nuevo continente que les permitiera llegar a las Islas de las Especias. La primera fracasó en 1516 cuando los guaraníes se comieron a Juan Díaz de Solís y otros seis marineros en las costa uruguaya del río de la Plata. Quizá por eso Magallanes siguió de largo hacia el sur desconocido. Se ilusionó en el cabo Corrientes (Mar del Plata) donde el continente vuelve a entrar fuerte hacia el oeste, pero se trancó en Bahía Blanca. Lo mismo le pasó en el golfo de San Matías, pero siguió contando decepciones, cada vez más al sur y cada día con más frío, sin saber hasta dónde. Fue así que decidió invernar, primero en San Julián y luego en puerto Santa Cruz, desde el 1 de abril al 11 de octubre de 1520.

Hasta hace poco existía entre algunos cristianos la costumbre de poner a los hijos el nombre del santo del día del nacimiento; era un modo de darle patrono y no era necesariamente el primer nombre ni el día exacto, pero por ahí andaba. Por eso Saavedra se llama Cornelio, Alberdi Juan Bautista, y la N de Leandro Alem le viene de Nicéforo. Lo mismo ocurría con los descubrimientos; pero lo de las 11.000 vírgenes tiene su historia, porque el 21 de octubre es el día de santa Úrsula y otras once vírgenes mártires de Colonia, pero como la palabra mártires tenía solo la inicial, alguien interpretó 11m como 11.000. Magallanes y su exagerado cronista italiano Antonio Lombardo, apodado Pigafetta, llamaron patagones a los aborígenes y Patagonia a su patria. Cuando la expedición cayó en la cuenta de que por fin habían descubierto el estrecho que unía el Océano con el Mar del Sur era el 1 de noviembre, así que Magallanes le puso de Todos los Santos al estrecho que hoy lleva su apellido.

Aquella fue la parte más feliz de una de las aventuras más notables de la humanidad. En Santa Cruz, y en plena invernada, naufragó la Santiago, la más chica de las cinco naves que partieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519. En el estrecho y ante un descuido de Magallanes, la San Antonio –que era la más grande– decidió volver a España para adjudicarse el descubrimiento, convencidos de que los locos que querían seguir no llegarían vivos a dar la vuelta al globo. Al terminarse el estrecho, la Victoria, la Concepción y la Trinidad subieron hacia el norte y se adentraron en el océano rumbo a las Molucas. Pacífico llamaron al mar de Balboa porque pasaron semanas de calma chicha en el medio de la nada. Lo que no podían creer es que no terminara nunca, porque sabían que la tierra era una esfera, pero nadie conocía sus dimensiones reales, así que creían ver a cada rato las Molucas en el horizonte, pero no aparecía nada por aquella derrota: solo se toparon con una isla que llamaron San Pablo por ser el 25 de enero, ya de 1521, pero era imposible apearse por ser puro risco. El 4 de febrero le pusieron de los Tiburones a otra en la que tampoco pudieron desembarcar, pero algo pudieron birlarles a los escualos desde sus esquifes. Lo curioso es que si hubieran navegado unos grados más al sur, o más al norte, se habrían encontrado con paraísos sin hoteles ni turistas, pero es fácil decirlo con el mapa del lunes.

Los navegantes de entonces saciaban su sed con vino porque el agua se les pudría a la par de cualquier otro alimento. Desde el estrecho hasta la primera isla donde pudieron desembarcar, que llamaron De los Ladrones, siguieron compitiendo con los tiburones para robarles algún pescado y así aguantaron tres meses y 20 días sin aprovisionarse, bajo el sol tropical y sin que les cayera ni una gota de lluvia sobre sus barquitos. Se comieron hasta las suelas de sus zapatos, que ablandaban durante varios días en agua de mar y después asaban para engañarse. Cada día moría alguno de escorbuto, pero los oficiales tardaban más en enfermarse y dicen que fue porque en su ración privilegiada tenían dulce de membrillo que les aportaba algo de vitamina C.

Fue así como el membrillo salvó a la expedición de Magallanes en el océano Pacífico, que se ganó el adjetivo sin quererlo porque solo fue pacífico aquel año y por esa ruta que después todos evitaron, pero alguien tenía que poder contarlo. Solo sabían que más allá estaban las islas Molucas, a donde había que llegar a buscar algo más caro que el oro: el clavo de olor, el mismo que le ponían al dulce de membrillo como hoy se lo ponemos al mamón en almíbar.

11 de octubre de 2020

Paternalismo y pandemia

Que la costumbre es una fuente del derecho lo sabemos desde la época de los romanos. Cualquier estudiante de primer año de derecho lo puede explicar: consuetudo servanda est, decían Cayo y Ulpiano para significar que aunque no haya una ley que obligue, si existe la costumbre de hacer las cosas de un modo, debe tenérsela por ley. Pero lo más interesante de la costumbre como fuente del derecho no viene por el lado positivo sino por el negativo, porque también existe la desuetudo, que es como los romanos y todo el derecho occidental llaman a la costumbre contra legem, en contra de la ley. Quiere decir que una ley que no se cumple deja de tener valor. Un ejemplo: por la ley 23.512 sancionada por el Congreso Nacional el 27 de mayo de 1987, la capital federal de la Argentina es un territorio que incluye a las ciudades de Viedma y Carmen de Patagones, pero la falta de cumplimiento terminó con el sueño de Raúl Alfonsín de fundar la Segunda República Argentina y de enfriar a los funcionarios en la Patagonia.

Se llama anomia a la ausencia de normas, no porque no las haya sino porque son tan confusas y contradictorias que nadie las cumple. Ocurre especialmente cuando quienes no las cumplen son los primeros que tendrían que hacerlo. Es una consecuencia lógica y esperable del mal ejemplo, porque la gente no sigue al que manda sino al que con su conducta confirma lo que ordena: eso se llama autoridad moral.

La Argentina vive desde hace muchos años en una situación de anomia. Pasa con las normas constitucionales, con las impositivas y aduaneras, con las leyes laborales y sindicales, con las resoluciones del Ministerio de Economía y con la prohibición de estacionar en las entradas de autos... Será porque nuestros bisabuelos vinieron a la Argentina a ser más libres y nosotros heredamos esa genética: no nos gusta que nos ordenen nada y basta que alguien lo haga para que empecemos a buscar cómo zafar.

Más o menos hasta el primer mes del confinamiento salíamos solo cuando era necesario para nuestra subsistencia, tanto que muchos agotamos las despensas y hasta lo que guardábamos para momentos especiales, convencidos de que quizá nunca llegarían si nos tocaba el Covid-19. Todo lo que entraba en casa era bañado en alcohol y lavandina, hasta nosotros mismos y nuestra ropa. Hoy, en cambio basta con asomarse a las calles de Posadas o de cualquier ciudad de la Argentina para comprobar que ya nadie le hace caso a las leyes que todavía pretenden hacernos vivir como ermitaños que respiran a través de una compresa. Fue así como la vida misma –y no la ley– terminó con la cuarentena. Lo sostuvo varias veces el presidente cuando le preguntaron por la cuarentena que él mismo decretó el 19 de marzo: "¿qué cuarentena?" contesta como buen gallego. 


Para saber lo que nos pasa con la anomia y la cuarentena alcanza con salir a caminar al final de la tarde por la costanera de Posadas. Allí puede ver y oír a los patrulleros de la policía que ordenan a los caminantes que se pongan el barbijo y vuelvan a sus casas. Lo curioso es que lo dicen enfrente de bares y restaurantes abarrotados de parroquianos ávidos de cerveza artesanal, de helados de tiramisú, de pizza con champiñones y panceta... todos en alegre chacoteo, sin barbijos ni distancias imposibles de cumplir. Y lo más loco es que la autoridad sanitaria sabe que lo mejor para evitar la peste sería ordenar a los que toman cerveza que se vayan a pasear por la costanera... 

Después de 205 días de aislamiento obligatorio y dados los magros resultados, quizá haya llegado la hora de apelar a la responsabilidad de los ciudadanos y bajarnos del paternalismo que nos viene tratando como adolescentes durante los largos meses que llevamos de pandemia. Siempre es mucho mejor contar con la responsabilidad que con la irresponsabilidad de las personas.

4 de octubre de 2020

Renace un tren


El primer día de octubre de 2020 un coche-motor unió las ciudades de Apóstoles y Garupá, en la provincia de Misiones. Tardó dos horas en recorrer los 70 kilómetros de rieles que separan las dos ciudades. La noticia parece de 1912 pero es de 2020, con la diferencia que en 1912 tardaba menos de dos horas y llegaba a la estación de Posadas, que aquel año estaba reluciente esperando la llegada del primer tren y ahora es un fósil que se exhibe en la costanera como en un museo.

En 1912 llegó el primer tren a Posadas y en 1913 ya estaban navegando los ferry-boats a Encarnación. Desde ese año se pudo viajar de Buenos Aires a Asunción sin bajarse del tren, ya que tenía camarotes, baños, comedor... Las formaciones cruzaban dos veces el Paraná; desde 1908 cuatro ferrobarcos unieron Zárate con Ibicuy, rodeando la isla Talavera en un trayecto de 82 kilómetros que duraba unas tres horas. Los dos que unían Posadas con Encarnación funcionaron desde 1913: son los barcos que ahora descansan medio hundidos en el nuevo puerto de Posadas. 

Hoy al Paraná lo cruzan tres grandes puentes y por los puentes pasan las vías del ferrocarril que hubieran conseguido acelerar considerablemente el viaje, pero cuando se terminaron esos puentes ya casi no había trenes... Ahora aprovecha las vías solo el servicio internacional Posadas-Encarnación, que lleva meses cerrado por culpa de la pandemia; la última vez que un tren con pasajeros viajó de Misiones a Buenos Aires fue en 2012 y no quiero ni recordar cuánto tardó.

El mismo presidente que inauguró el puente San Roque González fue quien aniquiló el ferrocarril que pasaba por sus vías. Como en el cuento de Borges, desparramadas por toda la geografía argentina hoy se encuentran miles de kilómetros herrumbrados de vías férreas, vagones descarrilados, terraplenes carcomidos, estaciones fantasma y hasta pueblos abandonados porque un presidente argentino y su ministro de economía confundieron negocio con inversión.

Por fin, 111 años después del primer tren, volvió a probar las vías entre Apóstoles y Garupá un coche-motor. Es cierto que tardó dos horas en recorrer esos 70 kilómetros, pero era un viaje piloto para reconocer el trayecto, ir resolviendo los arreglos y el mantenimiento de este tramo que incluye las estaciones, bastante abandonadas, de Pindapoy, San José y Parada Leis. La empresa que explotará ese servicio es la misma del tren internacional y espera todavía la autorización del ministerio de transporte para poner en marcha esos trenes de pasajeros.

La buena noticia es que se están volviendo a utilizar –hacer útiles– 70 kilómetros de la antigua traza ferroviaria que unía Buenos Aires con Asunción, que ahora se suman a los escasos dos kilómetros del puente. Está resucitando de a poco el tren que funcionó hace más de un siglo y que tiramos a la basura en los años 90. Esta nueva vida es la prueba más patente de la barbaridad que se hizo con esos activos.

Hay que seguir avanzando, estación por estación, hasta revivir el troncal completo de Buenos Aires a Asunción. La traza está deteriorara, pero está. Un tren de alta velocidad uniría Posadas con Buenos Aires en poco más de cuatro horas (y los hay el doble de rápidos). Es cierto que para que pueda correr hay que renovar completamente las vías, mejorar la traza en algunos lugares y también levantar viaductos para evitar los pasos a nivel... pero casi no hay que expropiar y no parece lógico gastar tanto dinero en poner en valor la traza de hace un siglo. Ese tren de alta velocidad debería ser el objetivo: una obra pública de primer orden para recuperar el medio de transporte más cómodo, más barato, más práctico, más seguro... y casi tan rápido como el avión.

27 de septiembre de 2020

Dinamitar el puente

La larga cuarentena de 2020 ha evitado la fuga mensual de 10.000 millones de pesos desde Misiones a los países vecinos. Fuga es un modo de decir, porque si nadie lo evita tampoco alguien se está fugando, pero tuvo que venir la pandemia con su cuarentena y cierre de las fronteras para sumar estos números al comercio de Misiones: lo que nunca pudo evitar la aduana lo evitó el coronavirus y, como suele ocurrir, no hay mal que por bien no venga. La fuente del dato es la Agencia Tributaria de Misiones, que discrimina el comercio minorista con un incremento de 6.500 millones de pesos y el mayorista con los 3.500 millones restantes.


Da para pensar que la solución es cerrar definitivamente las fronteras de Misiones con Paraguay y Brasil. Y, por supuesto, habría que volar el puente San Roque González que une Posadas con Encarnación, por ser la principal vía de escape de ese dinero hacia el Paraguay. Sin dudas sería una solución y un gran espectáculo, pero también sería volver al siglo XIX... Digo que no parece muy viable y también que junto con la alegría por los buenos datos para el comercio de Posadas, el de Encarnación sufre una malaria sin precedentes y se quejan amargamente por el cierre del puente. Hay que decir que el bloqueo fue promovido más radicalmente por las autoridades del Paraguay, que con siete veces más habitantes que Misiones, en sus hospitales tiene la misma cantidad de camas críticas que nuestra provincia.

Las fronteras parecían cosa del pasado en el siglo XXI, pero ahora se han potenciado ante la necesidad del confinamiento, que a su vez es resultado de la carencia mundial de recursos médicos ante la sorpresa de este coronavirus. No sabemos todavía cómo serán en la era de la nueva normalidad, pero descuento que la hermandad y la cercanía promoverán una solución por el lado de la integración. Es que, como anticipaba el domingo pasado, no se trata de fomentar la separación sino de convertir la aparente debilidad de nuestra situación geográfica en fortaleza estratégica de primer orden, dada nuestra ubicación en el mapa sudamericano. Lo está diciendo el gobernador de Misiones casi todos los días: para volver simétricas las asimetrías de la frontera no queda otra que igualar las condiciones de Misiones con las de sus vecinos; y para eso son imperiosos los beneficios impositivos de una zona franca que abarque todo el territorio de la provincia.

Pero hay una vuelta más de rosca para darle al asunto. Se podrían integrar los mercados de Posadas y Encarnación bajo las mismas oportunidades comerciales, como si fuera un solo conurbano en el que circulan dos monedas. Esto implicaría englobar en una sola zona franca común a las dos ciudades y trasladar las fronteras aduaneras hacia las periferias de Posadas y Encarnación, de modo que el río que nos separa empiece por fin a unirnos con pase libre entre nosotros. Un esquema que permitiría convivir tranquilos a posadeños y encarnacenos, que para colmo tenemos una historia común y una hermandad incuestionable. Cada uno con su dinero y sus autoridades, pero sin fronteras, como ocurre en muchas ciudades del mundo donde basta con cruzar una calle para cambiar de nación.

Si los controles migratorios y aduaneros para entrar o salir de Encarnación y Posadas estuvieran en tierra firme en lugar de molestar en el puente y en las costas del Paraná, uniríamos los mercados de las dos ciudades en una zona franca internacional con beneficios impositivos que igualen las oportunidades para todos y que atraigan al comercio y a la industria: un gran free-shop a cielo abierto, con actores de los dos países y de más lejos, como ocurre con la amazónica Manaos. Ya tenemos una autoridad común con sede en ambas márgenes y con injerencia decisiva en la urbanización y desarrollo de las dos ciudades: la Entidad Binacional Yacyretá.

Si lo logramos, los que harán cola ya no seremos los posadeños y encarnacenos en el puente sino los que lleguen a ambas ciudades, a comprar cantidad de mercaderías que hoy ni pensamos vender por falta de compradores.