La venganza de Colón
Crónicas de la América Mestiza
Francisco
Hace años que me atormenta la idea del código genético argentino. Es que resulta que somos un país con excelentes individualidades y pésima conducta colectiva. Tenemos buenísimos jugadores de fútbol… que funcionan bien en equipos extranjeros. Hay buenísimos tenistas… incapaces de formar un equipo para ganar la Copa Davis. Y así siguiendo. Los argentinos hemos demostrado nuestra incapacidad colectiva para organizarnos en un país bendecido por una riqueza casi infinita y es un chiste recurrente que Dios nos dio tanto que para compensar puso a los argentinos. Un presidente del Uruguay dijo una vez públicamente que los argentinos somos todos ladrones y recalcó: “del primero al último”. Fue Jorge Batlle, que después pidió perdón con lágrimas de cocodrilo. Y a los argentinos nos molestó que dijera justo lo que pensaba, que era la verdad. ¿Cómo puede ser que el modelo argentino sea un futbolista drogadicto, maleducado y pendenciero? Cuando cada vez que abrimos la boca nos mentan a Maradona es como si conocer a un norteamericano la gente exclamara "¡Al Capone!"
Si la Argentina quiere tener futuro como nación, tiene que cambiar su código genético. Dicho de otro modo: necesitamos con urgencia que nos transplanten dos cromosomas del Japón. Pero lo que me atormenta hace tiempo no es eso sino el cómo, porque los países cambian de raíz después de sangrientas revoluciones, guerras espantosas o catástrofes siniestras, todas tan cruentas que los obligan a renacer de sus cenizas y empezar de nuevo a fuerza de trabajo, hasta acostumbrarse. Y la Argentina, estoy convencido, se
vuelve inviable si sigue por donde va… a ningún sitio.
Pero miren lo que pasó:
El 11 de febrero Benedicto XVI sorprendió al mundo con su renuncia, que provocó el cónclave y la elección del arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Bergoglio, que fue elegido Sumo Pontífice el 13 de marzo. El primer papa americano, el primero de hemisferio sur, el primer argentino, el primer jesuita, el primer Francisco... Su llegada a la sede de Pedro conmovió al mundo y no se imaginan lo que nos pasó a los argentinos.
Ese 13 de marzo nos tiraron una carga de profundidad en las entrañas de la patria y en las de cada uno de los argentinos. Alguien nos removió los cimientos con dinamita pesada y se derrumbaron las murallas que protegían la vanidad estúpida de la argentinidad. Somos concientes de que no habrá uno de los nuestros más trascendente en toda la historia: en la pasada, presente y futura. Ninguno ha llegado jamás ni llegará
en milenios a semejante dignidad. Las calles y las plazas se llamarán un día Francisco y Bergoglio y el ser argentino quedará sellado por un tatuaje indeleble, distinto del modelo contaminado por el fracaso que nos rige desde la época del virreinato. El paradigma ya no es un vivo, un pendenciero, un ególatra, un vago, un seductor, un cobarde, o un desertor. De un plumazo se murió el desertor Martín Fierro, enterramos el tango Cambalache y jubilamos a Maradona. Ese maravilloso 13 de marzo nos cambiaron para siempre el arquetipo desde la logia de las bendiciones de la basílica de San Pedro. Y todavía estamos temblando.
No es una esperanza vana esta que acabo de describir. Es la misma que tenemos millones de argentinos en estos días. Lo que pasa es que los cambios serán intangibles y no dependen de ninguna decisión de nadie. No va a venir Francisco a dar órdenes ni a emplazarnos para que seamos mejores o nos convirtamos en japoneses. No terminará a golpe de bendiciones con la corrupción, la indolencia, ni la imbecilidad colectiva. No
hará el milagro de sacarnos de la soberbia pegajosa que nos impide avanzar como grillete de preso. No hará desaparecer a los vivillos maleducados que hoy acampan en estas playas como los dueños de la verdad, de la honra y del patrimonio de los argentinos. No importa cómo va a ser porque el ejemplo actúa de modos misteriosos, pero es lo único que vale y por fin lo tenemos. Solo es cuestión de tiempo y ya verán que no es tanto. Por lo pronto nos ha cambiado la cara a todos los argentinos, lo que no es poco.
Por esto creo que hay que agradecer al Cielo que se haya apiadado de nosotros y nos haya mandado el regalo de este papa en lugar de una catástrofe. A los católicos nos da igual que el papa sea argentino, ecuatoriano o vietnamita, pero no nos da lo mismo a los americanos del sur ni a los argentinos que el papa sea uno de los nuestros. Francisco puede ser el disparador del cambio que necesita nuestra América y la Argentina, como Juan Pablo II transformó a media Europa. Dios lo quiera.
La puerta
Estudié parte de mi carrera en la Casa de Trejo, como se llama familiarmente a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba por haber sido fundada por el obispo franciscano Fernando de Trejo y Sanabria. Es el antiguo claustro colonial de dos plantas, pegado a la iglesia de la Compañía: su aula magna fue capilla de los españoles de la iglesia. Cuando expulsó a los jesuitas de sus territorios, la corona española se quedó con todo... Este año cumplirá 400 desde su fundación como Universidad de San Carlos, la cuarta de América.
Un mal día que terminó con suerte salía de la Casa de Trejo hacia el centro de la ciudad. Ya anochecía y hacía frío cuando llegué a la plaza de Santa Catalina, atrás de la catedral. El tercer lado de la plaza lo cierra el fondo del viejo cabildo de la ciudad donde tenía su sede la jefatura de policía de la provincia de Córdoba.
Casi todos los días había enfrentamientos en aquellos de 1975. La guerrilla urbana hostigaba a la policía y a las fuerzas armadas con las que libraba una guerra subterránea que a veces salía a la superficie como un topo en el jardín. Unos y otros se perseguían y mataban sin mucho miramiento y sin medir las consecuencias para los terceros inocentes.
Esta vez en aquella plaza había un grupo pesado de encapuchados que marchaban con banderas y pancartas pero sin hacer mucho barullo. Hasta que sonó un disparo. Los manifestantes hicieron cuerpo a tierra en la calle y protegidos por los canteros de la plaza empezaron una balacera de película del oeste entre los policías parapetados en la jefatura y los guerrilleros que pretendían algo más que reclamar reivindicaciones sociales.
Alcancé como pude el refugio de una puerta, que luego supe que era la del convento de las catalinas, y me tiré al piso sobre el mármol del umbral. Entre los estruendos de las balas, los dos bandos se desgañitaban a insultos que daban más miedo que las balas. Gritos y fogonazos en la oscuridad, de un lado y del otro de la plaza y yo en el medio. Los veía sin dificultad desde mi abrigo entre las jambas de la puerta, cada vez más pegado al suelo. Bueno eso creía yo, porque en un instante sentí caer sobre mí un peso inmenso que me aplastó y me oscureció por completo la vista. Era una señorona grandiosa que se zambulló en el umbral sin mirar que estaba ocupado por mi esqueleto tembloroso. Estoy salvado, pensé, mientras intentaba respirar protegido por la gorda que me aplastaba casi obscenamente.
No fue mucho tiempo el que pasó, aunque me lo pareciera. Solo recuerdo que en plena balacera se oyó una llave y se abrió la puerta desde adentro. Un señor bastante mayor nos ayudó a entrar a tientas en el convento, hasta que llegamos a una sala donde prendió la luz. Estaba vestido de cura y luego supimos que era un obispo jubilado y que aquella era su vivienda. Nos dijo que esperáramos todo el tiempo que hiciera falta, que es lo que hicimos sentados en un sofá hasta que pudimos salir sin contratiempos.
Un mal día que terminó con suerte salía de la Casa de Trejo hacia el centro de la ciudad. Ya anochecía y hacía frío cuando llegué a la plaza de Santa Catalina, atrás de la catedral. El tercer lado de la plaza lo cierra el fondo del viejo cabildo de la ciudad donde tenía su sede la jefatura de policía de la provincia de Córdoba.
Casi todos los días había enfrentamientos en aquellos de 1975. La guerrilla urbana hostigaba a la policía y a las fuerzas armadas con las que libraba una guerra subterránea que a veces salía a la superficie como un topo en el jardín. Unos y otros se perseguían y mataban sin mucho miramiento y sin medir las consecuencias para los terceros inocentes.
Esta vez en aquella plaza había un grupo pesado de encapuchados que marchaban con banderas y pancartas pero sin hacer mucho barullo. Hasta que sonó un disparo. Los manifestantes hicieron cuerpo a tierra en la calle y protegidos por los canteros de la plaza empezaron una balacera de película del oeste entre los policías parapetados en la jefatura y los guerrilleros que pretendían algo más que reclamar reivindicaciones sociales.
Alcancé como pude el refugio de una puerta, que luego supe que era la del convento de las catalinas, y me tiré al piso sobre el mármol del umbral. Entre los estruendos de las balas, los dos bandos se desgañitaban a insultos que daban más miedo que las balas. Gritos y fogonazos en la oscuridad, de un lado y del otro de la plaza y yo en el medio. Los veía sin dificultad desde mi abrigo entre las jambas de la puerta, cada vez más pegado al suelo. Bueno eso creía yo, porque en un instante sentí caer sobre mí un peso inmenso que me aplastó y me oscureció por completo la vista. Era una señorona grandiosa que se zambulló en el umbral sin mirar que estaba ocupado por mi esqueleto tembloroso. Estoy salvado, pensé, mientras intentaba respirar protegido por la gorda que me aplastaba casi obscenamente.
No fue mucho tiempo el que pasó, aunque me lo pareciera. Solo recuerdo que en plena balacera se oyó una llave y se abrió la puerta desde adentro. Un señor bastante mayor nos ayudó a entrar a tientas en el convento, hasta que llegamos a una sala donde prendió la luz. Estaba vestido de cura y luego supimos que era un obispo jubilado y que aquella era su vivienda. Nos dijo que esperáramos todo el tiempo que hiciera falta, que es lo que hicimos sentados en un sofá hasta que pudimos salir sin contratiempos.
El periodismo y el trago
Usted ya sabe, los periodistas tenemos fama de muchas cosas, pero sobre todo se nos conoce como borrachines, mujeriegos, noctámbulos, fumadores y pendencieros... Esta fama empezó cuando íbamos a contramano del resto de la sociedad y, como toda fama, es injusta: cerrábamos los diarios bien tarde y nos costaba ir a dormir sin desacelerar un poco el ritmo loco del día. Generalmente terminábamos la jornada en un bar de esos que están abiertos a las 2 de la madrugada y desayunábamos al día siguiente a la hora de almorzar.
Muchos de los más viejos todavía conservan esos hábitos y no se pueden ir a dormir hasta bastante tarde, aunque las costumbres hayan cambiado: ahora las redacciones de los periódicos parecen financieras o ministerios, y hay tantas o más mujeres que varones dedicadas a este oficio que hace apenas 50 años era solo para hombres bien desordenados.
En esa época a nadie le extrañaba encontrar una botella cuadrada -la forma perfecta- de Johnnie Walker en el cajón de la mesa de un periodista. El trago era relativamente normal y el humo del tabaco se pegaba en la ropa como una señal indeleble de la profesión. Muchos periodistas sabían fumar el cigarrillo entero sin retirarlo de la boca mientras escribían a toda velocidad con las dos manos (o con dos dedos, uno de cada mano) en una computadora ruidosa, con impresora incorporada en tiempo real (no se podía borrar más que tachando con xxxxxxxxxx).
Con el perdón de los que prefieren que ni se fume ni se beba en las redacciones, yo lo defiendo porque creo que era un ingrediente fundamental en los contenidos finales del periódico y voy a tratar de explicarlo en las líneas que quedan.
Los periodistas son artistas. Quiere decir que son –deberían ser– capaces de decir lo que otros no dicen, de explicar lo inexplicable y de encontrar historias donde los demás no ven nada. Está en la genética de cualquier artista y es la razón fundamental de su existencia. Y para conseguirlo los artistas necesitan inspiración: nadie le reprocharía a Picasso que se haya bebido un par de whiskies para pintar el Guernica; ni a Federico García Lorca escanciarse unos finos de jerez en su copa catavinos para escribir Yerma.
No nos escandalizamos de los romances de los artistas ni de su vida desordenada y, sin embargo, nos piden a los periodistas que vivamos a agua mineral, como enfermeras en el quirófano. Aunque se disfrace de inquietud por la salud de los periodistas, creo que no es una buena idea preocuparse demasiado por ella porque influye decididamente en la calidad de los contenidos.
Un poco de alcohol, que es peligroso en una industria en la que hay que estar muy atento a una máquina de precisión, no lo es entre quienes escriben la historia actual y la interpretan. Pero que se entienda bien: no estoy hablando de excesos sino celebrando el desorden normal de la vida de cualquier desordenado, que para nosotros, los periodistas es como el agua para los peces.
Moconá
Casi todos los ríos de América del sur van de los Andes al Atlántico, pero hay un par que nacen en Brasil, a pocos kilómetros del Atlántico y terminan… en el Atlántico también. Forman la Mesopotamia argentina cuando llegan por aquí: el Paraná y el Uruguay son ríos como mares que pasean morosos por la llanura con peces que pesan como usted o como yo.
Río de los pájaros quiere decir uru-gua-y en el idioma que hablaban todos los americanos orientales desde el Caribe hasta el Plata antes de la llegada de Colón. Y el río de los pájaros es un cielo azul que pasa y es flor de la Banda Oriental según un cielito de Héctor Numa Morales.
Cuando todavía faltan unos mil kilómetros para que se una al Paraná y forme el Río de la Plata, el Uruguay se cae de costado por una falla en la colada basáltica que le sirve de lecho. No cae de frente, como casi todas las cascadas: se desborda longitudinal al lecho que ahí tiene hasta 170 metros de profundidad y lo hace durante unos tres kilómetros. Forma una catarata de agua de tres mil metros que nadie o casi nadie conoce porque está perdida entre la selva y la selva donde Andresito Guacurarí perdió el poncho. Cuando el río viene crecido nadie la ve y cuando baja el río se cae por el medio del lecho con un estruendo que espanta.
Estuve la primera vez hace muchos años, cuando era difícil llegar en auto, pero llegué y no vi nada porque fui por el lado argentino que es el alto: un río, unos arbustos que se llaman sarandí, unas rocas y un poco de bruma en el medio. Otro día me escapé hasta el lado brasileño y después de perderme varias veces encontré el camino por donde llegar hasta el río Uruguay. Me quedé loco al ver semejante espectáculo sin más testigos que los pájaros del Río de ellos mismos. Cuando quise volver tardé más de dos horas saltando entre las piedras para encontrar el pasadizo que me había llevado hasta la catarata.
Ahora había más gente en ese lugar del mundo donde no hay celulares ni internet ni televisión ni diarios ni otra diversión que conversar. Unos 35 kilómetros antes de llegar pude subirme a un bote de goma en el fondo de un barranco que me llevó hasta el salto entre correderas y remansos. El piloto era Carlos Arturo Yunis Henn: un turco alemán en la frontera argentino brasileña que nos mostró los saltos de Moconá contando pequeñas mentiritas y grandes verdades. Un genio el tipo.
La apuesta
Un día hice una apuesta con un traficante de afectos. Todo empezó en el bar de abajo del hotel Plaza de Buenos Aires cuando concretábamos con tres amigos los detalles de un negocio que resultó bastante bueno. A raíz de algo que dijimos sobre carteles y radios, uno de ellos aseguró que arriba del hotel Presidente hay un gran cartel de Radio 10.
Vivo a la vuelta de la esquina del Presidente y lo veo todos los días coronado por un cartel de Infobae.com así que corregí que ahí no está Radio 10. Entonces me dijo que yo no sabía nada y que ese anuncio estaba allí y que me apostaba cien mil dólares que el cartel estaba allí. Bueno, le dije, pero vas a perder... ¡Vos vas a perder! Me contestó y me tendió la mano derecha mientras ponía cara de tahúr de plástico. Según las reglas universales de la apuesta cuando le di la mano quedó sellada la nuestra delante de dos testigos que no me dejan mentir porque presenciaban la escena con una taza de café cada uno y yo con una cerveza y unas papas fritas.
¿Y el cartel? Le pregunté al día siguiente para saber si había pasado por la avenida 9 de Julio desde donde se ve altivo el hotel Presidente en todo su esplendor. ¡Estaba ahí! Me contestó… ¡hace meses estaba ahí! No sé, le dije, lo cierto es que no está y que perdiste la apuesta. ¡No perdí nada la apuesta porque en ese lugar hubo un cartel de Radio 10!
Bueno, le dije, y yo tengo una tía en Banfield... Me debés cien mil. A ver... me contestó, ¿si vos hubieras perdido me hubieras pagado la apuesta? ¡Claro! Le dije con la seguridad del que sabe que una apuesta no es cuestión de plata sino de palabra, que es una cosa que tienen los caballeros así que me debés cien mil. ¡No señor! insistió… hace un tiempo en ese hotel había un cartel y vamos a averiguarlo. No hace falta, le contesté, si no está no hay nada que averiguar, perdiste la apuesta y ya está...
Fue cuando pasó algo que todavía me da entre lástima blanca y bronca negra: ¡vos me odiás!, me dijo y cambió para siempre el eje de cualquier conversación que pudiera tener con mi examigo. Para colmo uno de sus hijos se llama como yo y siempre pensé que era pura coincidencia pero en medio de la rabieta me gritó con cierta furia ¡yo le puse tu nombre a mi hijo! Bueno, le dije, cosa tuya, pero ni eso va a cambiar el cartel del techo del hotel Presidente.
Desde entonces lo veo poco y si hablamos termina diciéndome estas y otras cosas por el estilo a pesar de que de la apuesta no volvimos a hablar y por supuesto que no la pagó ni la piensa pagar, pero eso a mí ya no me importa porque no me importó jamás.
El camión
Trabajaba para el diario La Verdad de Junín, una ciudad
clavada en el medio de la pampa húmeda, la infinita llanura requetefértil de la
Argentina. Viajaba a Buenos Aires casi todos los domingos a la tarde y volvía
en tren los martes a la madrugada. Las ciudades de la pampa son ricas y todas
iguales. Tienen diarios y campo de golf. A los diarios los
fundaron los políticos locales de principios del siglo pasado y a los campos de
golf los instalaron los ingleses de los ferrocarriles a principios del siglo
pasado. Todas tienen su club social y su sociedad rural. En el club juegan a
las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky; en la sociedad rural
juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky. Un martes
cualquiera un juez federal me invitó a un asado en el Club Mitre. Cuando
llegué, tarde por culpa del cierre del diario, estaban todas las fuerzas vivas
de la ciudad, menos el párroco, jugando al monte. El monte es un antiguo juego de
barajas que consiste en apostar el número o el palo de la carta que va salir.
Está superprohibido por las consecuencias violentas que siempre provoca eso de
andar jugando tanta plata…
Un buen día de invierno, cuando en la pampa hace un frío de
conejos, se me ocurrió viajar a Buenos Aires en camión con la idea de escribir esta
historia que nunca escribí. Me fui cuando ya anochecía a la garita de la
policía de la ruta 7, cerca del puente sobre el Salado que en ese lugar acaba
de nacer en la laguna de Gómez y más allá hace desastres por culpa de los
terraplenes de las carreteras que lo represan cuando viene cargado. El agente
de guardia entendió mi idea y entre los camiones que paraba por rutina encontró
uno que se ofreció a acercarme hasta Buenos Aires. Era un Mercedes
1114 del año de la pera que remolcaba un acoplado y viajaba vacío y a paso
de tortuga a buscar carga a la capital de la República. No encontró nada
más incómodo aquel policía, pero quizá lo hizo para que no se me vuelva a ocurrir
semejante idea.
Después de las primeras palabras empecé a
hacerle preguntas estúpidas que contestaba con paciencia budista y pocas palabras. Aquella cabina tenía chifletes y el frío entraba a rachas como en un ventisquero. Me
acurruqué en mi eterna campera verde y me dormí. Al rato me desperté solo en el camión, que
estaba parado cerca de una estación de servicio en un lugar desconocido. Cuando
apareció mi chofer nos pusimos de nuevo en camino, pero nunca más supe ni cuál
era ni dónde estábamos. Se tomó unas siete horas para hacer los 250 kilómetros
que separan Junín del lugar imposible del Gran Buenos Aires donde me dejó
cuando amanecía. Llegar desde allí a mi casa me costó un par de horas más en otro camión con asientos que los porteños llaman colectivo.
Feijoada gratis
Estábamos sentados como unos reyes en la vereda del restaurante Barthodomeu, en la calle Maria Quiteira de Río de Janeiro. Suele haber tanta gente que complica el tránsito en la calle que circula desde la lagoa hacia la playa encantadora de Ipanema. Habíamos pedido feijoada que en ese restaurante de moda como en todos los del Brasil viene con refill gratuito y hasta perder el sentido. Ahí estábamos disfrutando del buen tiempo y la feijoada cuando una señora en la mesa de al lado se agarraba la barriga con tanta fuerza que se le salían los ojos de la cara. Solo yo la veía por mi posición en nuestra mesa de cuatro y pensé que le estaba haciendo teatro a su marido, o novio, o lo que fuera. Pero al rato y por el pánico del acompañante creí que algo serio estaba pasando.
-¡Ché! algo le pasa a esa señora… les dije a mis compañeros argentinos.
Ellos miraron enseguida hacia la mesa que yo señalaba con el mentón, pegada a la nuestra.
Al sentirse mirada, la mujer levantó la cabeza y nos encaró como si preguntara la hora, en portugués, claro:
-¿Alguno de ustedes sabe hacer masaje cardíaco?
-Ninguem, le contestamos en correcto portuñol mientras engullíamos otra cucharada repleta de feijoada. Fue entonces cuando comentamos entre nosotros que a quien no lo necesita el masaje cardíaco le puede hasta parar el corazón. Y otras teorías poco serias, como que tosiendo uno le gana unos minutos al infarto.
Fue entonces cuando la señora se tiró al suelo entre su mesa y la nuestra y pidió que alguien le haga el dichoso masaje. Entonces alertamos al resto de los comensales.
-¿¡Hay algún médico?!
Nadie. Pero rápidamente los varones se lanzaron a una actividad frenética con sus celulares y las mujeres se acercaron a la señora para hacerle lo que terciara. Una arriesgada en shorts empezó poco convencida a presionarle el pecho con golpes tímidos, siguiendo las instrucciones de la enferma.
Al poco rato apareció una patrulla de la Policía Militar que andaba de rutina por ahí. Uno de los comedidos se acercó corriendo y lo paró en medio de la calle a la vez que le pedía al oficial que haga algo, o quizá le preguntaba si sabía qué hacer en estas circunstancias. Se bajó un oficial y mientras la miraba, le ofreció llevarla a un hospital. Fue entonces cuando la moribunda se paró como un resorte y se metió corriendo en el patrullero que salió disparado detrás de su sirena para salvarle la vida.
Al rato volvió el policía a pedir sus honorarios. Ya se sabe que toda intervención lleva su contraprestación. Cuando salía con su bagayo le hice un gesto que contestó con el índice en su sien, “que loca estaba esa mujer”.
-“¿Maluca?” dudó el camarero que nos estaba ayudando con la clave de wifi “se fue sin pagar".
Anchorena
Un buen día descubrimos que la torre de la catedral de San Isidro no tenía llave ni candado. Unas escaleras muy normales llevan hasta el coro desde el fondo de la iglesia, pero desde ahí se podía subir un piso más y llegar al rellano desde donde se tocaban las campanas gracias a unas larguísimas cuerdas, como lianas de Tarzán. Arriba de esa gran sala cuadrada de varios pisos de altura aparecía el mecanismo mágico del reloj que da la misma hora a los cuatro vientos. Y encima del reloj se alojaban las campanas, de diferentes tamaños y tonos, con sus nombres grabados en el bronce empavonado. Más arriba la escalera se volvía precaria y llevaba hasta una trampa que abría el acceso a la estructura de madera que sostiene la aguja desde un tronco central como las ramas de un pino. Llegábamos trepando hasta las últimas ventanitas, las que tienen las luces rojas obligatorias para espantar platos voladores. Debíamos tener entre ocho y diez años cuando subimos la primera vez los seis hijos varones de tres grandes amigos que vivíamos como hermanos. Ese día bajamos con algunas palomas que habíamos cazado en la oscuridad, porque ahí adentro había nidos de palomas y caca de murciélagos.
Tantas veces subimos a esa torre que ya era nuestra cuando al párroco se le ocurrió encargarnos que hiciéramos la colecta en la misa de once, a la que asistíamos con nuestras familias, una por banco, todos los sanisidrenses y nosotros después de horas en la torre. Nunca supimos si lo hizo para sacarnos de esas alturas o para mover
la generosidad de los feligreses con nuestras caras infantiles y pintas desgreñadas.
Al terminar la colecta vaciábamos los bolsas como si fueran medias. Entre monedas cantarinas y billetes malolientes, siempre aparecía uno nuevecito, impecable y sin arrugas, el más alto que había en ese momento en circulación.
Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.
Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.
Buen día para naufragar
Cuento esta historia como se la oí a Pablo Mancini en un bar de Buenos Aires. Estoy seguro de que tiene los borrones del traspaso. La escribió el protagonista en Perfil y ahí pueden leer la versión de primera mano.
Un día Guillermo Piro encontró trabajo en la cocina de un buque que colocaba oleoductos abajo del agua. Era el último grumete, el que lavaba los platos; el más inexperto. El buque enfiló desde Hamburgo a Río Grande de la Tierra del Fuego y los días pasaban tristes mientras el mar servía para calmar la asfixia de la repentina muerte de su mujer, apenas casados. Ahora necesitaba ventilarse, viajar… perderse de la lástima que lo ahogaba.
Cuando tenía un rato libre se iba a cubierta a no pensar en nada, mirar el horizonte y descubrir los delfines que festejan a los barcos en altamar. Uno de esos días de mar calmo y buen sol aparecieron varios soldadores canarios en la cubierta y se pusieron a conversar acodados en la barandilla, como él. “¡Qué buen día para naufragar!” exultó uno de ellos y los demás festejaron el acuerdo.
No sabía Guillermo si había escuchado bien hasta que al día siguiente oyó lo mismo. El clima era perfecto y los tripulantes curtidos querían naufragar. Por eso el tercer día se les acercó con un reproche: “Ustedes me están cargando por novato y me quieren hacer pasar un mal rato. Les aviso que no estoy para bromas… Díganme qué quieren decir con eso de naufragar”. Entonces le explicaron que no era una broma.
“Es un día magnífico: buen sol y buena mar. Estamos a unos 300 kilómetros de Dakar. El barco tiene botes salvavidas de última generación, con motores poderosos, orientación satelital, radio y combustible suficiente. En ellos hay alimentos para 30 días y todas las comodidades. Las indemnizaciones nos harían ricos para siempre: no tendríamos que trabajar más en nuestras vidas. Lo único que tenemos que conseguir es que este barco se vaya al fondo por su cuenta… o sin que nadie sospeche de nosotros.”
Desde entonces pienso en el negocio del naufragio y me acuerdo de un viejo director de revistas de la Argentina que me contaba que los mejores años de su vida los pasó en los naufragios de las empresas para las que trabajó. También en la teoría, que ahora conocí del propio Guillermo, sobre los mineros de Chile. Se pregunta si los 33 náufragos de Copiapó no habrán dinamitado la mina para nunca más volver. Tenían comida y aire para vivir meses y sabían que los rescatarían irremediablemente porque conocían de memoria las posibilidades de hacerlo. Ni uno sufrió un rasguño. Desde el salvataje no han hecho más que disfrutar de la tragedia mientras viajan por el mundo como reyes, dando consejos sobre la dinámica de grupo y las situaciones de crisis.
Para naufragar solo hay que tener agallas y resolver cuándo es negocio y cuándo no... y que nadie se dé cuenta. A veces sale mal, como al capitán y los polizontes del Costa Concordia. Uno porque quiso disfrutar antes de tiempo de su jubilación dorada y los otros porque los descubrieron en el naufragio equivocado. Pero a los tripulantes les salió perfecto.
Ladrón de amigos
Conversaba un día con un amigo que ya no es más mi amigo y van a ver por qué. Hablábamos de cosas serias y me salió una frase bonita sobre la verdad y la libertad. Se ve que le gustó porque unos días después, cuando nos volvimos a ver, apareció en la conversación tal como yo lo había formulado, pero la decía como propia. Cuando le aclaré que ya habíamos dicho esas cosas en la charla anterior, me explicó que él sostenía esos principios hacía años y que no se qué y que no se cuántos. Bueno, pensé, al fin y al cabo lo importante es que las ideas cundan a como dé lugar. Pero otra vez me pidió por favor que le presentara a un buen amigo por algo que estaba necesitando. Cuando se conocieron, era evidente que se veían por primera vez.
Unos días después me contó una anécdota conocida de mi amigo, protagonizada por ellos dos hacía muchos años...
Discurso equivocado
Un espía de Juan Caros Wasmosy consiguió el discurso que iba a dar esa tarde de 1992 Luis María Argaña en la interna del Partido Colorado. Wasmosy se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también Argaña, pero nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los periódicos y lo contó en privado para comidilla de la redacción.
Hotel Guaraní
Bajé a devolver la tarjeta de la habitación 809 del Hotel Guaraní de Corrientes porque no funcionaba.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.
Un lugar bien seguro
El pueblo se llama 2 de Mayo, y queda en plena la sierra de Misiones, entre montes de pinos, tabacales y la selva dulce y anaranjada que polacos y alemanes vinieron a domesticar hace ahora 100 años. Todo está siempre ordenado y nunca pasa nada... hasta que pasa. Como esa noche cuando los vecinos del pueblo oyeron una melodía bailantera que salía estridente del cementerio. Algunos valientes se acercaron hasta el portón de verja y lata del camposanto, cerrado con cadena y un gran candado y vieron luz en el panteón del que salía la música. Decidieron ir a la policía para que tome cartas en el asunto. “Señor comisario: alguien está de parranda en el
cementerio del pueblo y no nos deja dormir a los mortales. El volumen de la
jarana es como para despertar a los muertos, pero suponemos que ellos estarán también un poco cansados de semejante barullo”.
La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.
La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.
La policía se encontró adentro del panteón con una señora en pijama que disfrutaba plácidamente de la música. Tenía todo lo necesario para vivir: luz, agua, cama y despensa. Y además el ataúd bien sellado en el que descansa su marido, bien muerto hace ya dos años, por suicidio a los 23 y 20 años más joven que ella. Después de
la muerte del marido la viuda se volvió a Buenos Aires, de donde es oriunda, pero
como tenía que viajar de vez en cuando a 2 de Mayo a atender algunos negocios
que le quedaron por allí, decidió amueblar cómodamente el panteón de su marido
e instalarse como en su casa. Aquel día había comprado el equipo de música y lo
estaba probando. Parece que también viene a pasar Navidad y Año Nuevo y ahora
disimulan que no estaban borrachos los que en esas fechas vieron salir fuegos artificiales del camposanto.
“Es lo más lógico”, se me ocurre pensar, cuando me acuerdo de nuestros cementerios casi siempre compuestos de casitas pegadas, cada una más linda que la otra y aunque queden en el medio del campo o del monte. Ciudades de muertos, como le decían los clásicos, codiciadas en tiempo de okupas y homeless.
Pasan cosas de noche en los cementerios, pero no son los muertos los que las provocan sino los vivos. En el de la Piedad de Posadas hace tiempo que algunas prostitutas de la calle Santa Catalina ofrecen sus servicios en panteones sin dueño: ideal para necrófilos. Todos los que viven o trabajan en ellos, como la viuda de 2 de Mayo, cuentan que es lo más seguro y tranquilo que hay. El riesgo está afuera,
donde andan los vivos, que son los peligrosos.
Héctor Ruiz Núñez 1942-2012
Un día de los años 80 me llamó por teléfono. Dijo que estaba investigando para la revista Humor un largo reportaje sobre un tema en el que me involucraba.
Sabía quién era, así que no me afeité durante varios días y fui a verlo con pinta de homeless a un tugurio en la calle Venezuela de Buenos Aires que en la puerta tenía mal pegado un cartel de cartón con el logo de la revista. Casi no me preguntó nada, sólo me insistió en que llevaba gastados unos 10.000 dólares en esa investigación y que había encontrado algunas cosillas duras que saldrían en la nota. Sostenía que una institución educativa explotaba mujeres con el pretexto de dar instrucción a chicas del interior de la Argentina y aseguraba que tenía pruebas contundentes.
Una mentira asquerosa.
Se lo dije. Y también que no le compraba esa mierda.
La nota nunca salió en ningún sitio.
Después me enteré -por él mismo- que ese día había disfrazado su cueva de revista Humor y que no se esperaba nada de lo que pasó en nuestro encuentro. Con el tiempo terminamos más o menos amigos. Hasta me pidió trabajo alguna vez que andaba puado.
Me acabo de enterar de su muerte, que lamento de verdad.
Como Carlos Correa, Héctor Ruiz Núñez también curtía de periodista, pero en este caso su interés no era la política...
Sabía quién era, así que no me afeité durante varios días y fui a verlo con pinta de homeless a un tugurio en la calle Venezuela de Buenos Aires que en la puerta tenía mal pegado un cartel de cartón con el logo de la revista. Casi no me preguntó nada, sólo me insistió en que llevaba gastados unos 10.000 dólares en esa investigación y que había encontrado algunas cosillas duras que saldrían en la nota. Sostenía que una institución educativa explotaba mujeres con el pretexto de dar instrucción a chicas del interior de la Argentina y aseguraba que tenía pruebas contundentes.
Una mentira asquerosa.
Se lo dije. Y también que no le compraba esa mierda.
La nota nunca salió en ningún sitio.
Después me enteré -por él mismo- que ese día había disfrazado su cueva de revista Humor y que no se esperaba nada de lo que pasó en nuestro encuentro. Con el tiempo terminamos más o menos amigos. Hasta me pidió trabajo alguna vez que andaba puado.
Me acabo de enterar de su muerte, que lamento de verdad.
Como Carlos Correa, Héctor Ruiz Núñez también curtía de periodista, pero en este caso su interés no era la política...
Carlos Correa 1940-2012
Esa tarde llegó más temprano el dueño del diario El Territorio de Posadas. Venía todos los días al caer la noche, pero aquella vez apareció a las cinco de la tarde y entró en el edificio como siempre, por la puerta del estacionamiento y silbando una melodía irreconocible. Lo hacía para alertar a las secretarias de su llegada, sin saber que desde la guardia avisaban en cuanto pasaba con su Renault Laguna por el portón de entrada de la planta.
“¡Gonzalo!”. Me saludó desde la puerta de mi oficina y entró. Era la rutina de todos los días, pero un poco más temprano. Se sentaba un rato del otro lado del escritorio y conversábamos de las cosas del día mientras curioseaba lo que tenía arriba de la mesa. “En un ratito viene Carlos Correa. Quiero que tengamos una reunión con él”, dijo en el momento que llegaba el otro socio del diario. Y siguió en plural: “Queremos que Correa sea subdirector del diario”. Yo era el director.
Carlos Correa curtía de periodista, pero tenía de periodista lo que yo de astronauta. Lo sabían los dueños del diario y conocían mi opinión sobre semejante elección. Había sido el vocero del amo de la provincia: un político tan seductor como enredador y un cínico contumaz. Les expliqué que era una pésima decisión, pero me hicieron saber que estaba tomada y que había razones que no pensaban revelar. Ante mi cerrazón me pidieron que asistiera a la reunión para que comprobara que Correa no era como yo pensaba. Como donde manda capitán no manda marinero y no tenía nada que perder, accedí tranquilo a enfrentarme con el lobo feroz.
Un rato después estábamos los cuatro sentados en la mesa redonda de vidrio templado del directorio. La conversación empezó cordial, como tiene que ser entre personas civilizadas. Se trataba de conocernos y de intercambiar opiniones sobre el diario. No sé cómo llegamos al punto que quiero contar, pero supongo que habíamos mencionado las presiones del poder sobre los contenidos del diario. Yo dije algo sobre mi escaso temor –temeridad pura– a esa munición: “Esas balas no me entran”; usé una expresión común para significar que algo no me afecta. “Ni las balas benditas” terció Correa, y nunca supe por qué.
Es que en ese mismo instante los ojos se le pusieron blancos y el cuerpo se volvió rígido como de mármol. Trataba de decir cosas, pero balbuceaba ininteligible. Enseguida empezó a golpearse con una furia que nos estremeció. Sentado y rígido como estaba, solo podía mover su brazo izquierdo y con él le daba unos golpes tremendos al vidrio de la mesa, desde abajo hacia arriba. A cada golpe la levantaba en vilo y en el primero su reloj se hizo añicos.
Fueron unos minutos eternos que volvimos a recordar muchos años después, cuando hace unos días nos enteramos de su muerte. Aquel ataque retrasó la entrada de Correa al diario y me dio aire para apartarme a tiempo de la chuza del poder que venía lanzada directo a mi cabeza.
Ya dije que Carlos Correa curtía de periodista, pero no era periodista. Era uno de esos políticos sucios que usan a la prensa y a los periodistas que se dejan manosear por el poder. Ya lo saben los que se enfrenten con casos semejantes: aquella vez resultó lo de las balas.
Dios quiera que ahora Correa descanse en paz.
“¡Gonzalo!”. Me saludó desde la puerta de mi oficina y entró. Era la rutina de todos los días, pero un poco más temprano. Se sentaba un rato del otro lado del escritorio y conversábamos de las cosas del día mientras curioseaba lo que tenía arriba de la mesa. “En un ratito viene Carlos Correa. Quiero que tengamos una reunión con él”, dijo en el momento que llegaba el otro socio del diario. Y siguió en plural: “Queremos que Correa sea subdirector del diario”. Yo era el director.
Carlos Correa curtía de periodista, pero tenía de periodista lo que yo de astronauta. Lo sabían los dueños del diario y conocían mi opinión sobre semejante elección. Había sido el vocero del amo de la provincia: un político tan seductor como enredador y un cínico contumaz. Les expliqué que era una pésima decisión, pero me hicieron saber que estaba tomada y que había razones que no pensaban revelar. Ante mi cerrazón me pidieron que asistiera a la reunión para que comprobara que Correa no era como yo pensaba. Como donde manda capitán no manda marinero y no tenía nada que perder, accedí tranquilo a enfrentarme con el lobo feroz.
Un rato después estábamos los cuatro sentados en la mesa redonda de vidrio templado del directorio. La conversación empezó cordial, como tiene que ser entre personas civilizadas. Se trataba de conocernos y de intercambiar opiniones sobre el diario. No sé cómo llegamos al punto que quiero contar, pero supongo que habíamos mencionado las presiones del poder sobre los contenidos del diario. Yo dije algo sobre mi escaso temor –temeridad pura– a esa munición: “Esas balas no me entran”; usé una expresión común para significar que algo no me afecta. “Ni las balas benditas” terció Correa, y nunca supe por qué.
Es que en ese mismo instante los ojos se le pusieron blancos y el cuerpo se volvió rígido como de mármol. Trataba de decir cosas, pero balbuceaba ininteligible. Enseguida empezó a golpearse con una furia que nos estremeció. Sentado y rígido como estaba, solo podía mover su brazo izquierdo y con él le daba unos golpes tremendos al vidrio de la mesa, desde abajo hacia arriba. A cada golpe la levantaba en vilo y en el primero su reloj se hizo añicos.
Fueron unos minutos eternos que volvimos a recordar muchos años después, cuando hace unos días nos enteramos de su muerte. Aquel ataque retrasó la entrada de Correa al diario y me dio aire para apartarme a tiempo de la chuza del poder que venía lanzada directo a mi cabeza.
Ya dije que Carlos Correa curtía de periodista, pero no era periodista. Era uno de esos políticos sucios que usan a la prensa y a los periodistas que se dejan manosear por el poder. Ya lo saben los que se enfrenten con casos semejantes: aquella vez resultó lo de las balas.
Dios quiera que ahora Correa descanse en paz.
Me quedo con Shackleton
En 1911, cuando Roald Amundsen y Edward Scott intentaban llegar al Polo Sur, también andaba Ernest Shackleton intentándolo. Era un marino irlandés de una de las expediciones de Scott que luego se independizó para tratar de llegar con su propia empresa. Batió dos récords sucesivos, el de los 82, 16 y el de 88, 23 grados de latitud Sur. Luego de la llegada de Amundsen decidió que sería el primero en cruzar la Antártida pasando por el Polo y lo intentó en 1914. Pero su barco de madera, el Endurance, quedó atrapado entre los hielos del mar de Weddell. Cuando los hielos lo trituraron debieron abandonarlo y aventurarse por el desierto congelado para encontrar una ruta que los devolviera a sus casas. Así consiguieron llegar a la isla Elefante, en el norte de la península antártica. En trineos y luego en un bote salvavidas rescatado del Endurance, calafateado y protegido con grasa y piel de los perros que se comieron, Shackleton se largó por el mar de Drake hasta la isla de San Pedro, en las Georgias, donde sabía que había una estación ballenera. Luego de varios intentos con pilotos y barcos uruguayos y chilenos, volvió para rescatar a sus compañeros que quedaron en la isla Elefante. Lo consiguió con un escampavía chileno comandado por Luis Pardo. Los 28 que salieron volvieron triunfantes a las islas británicas en plena Guerra Mundial.
En la historia de la publicidad se cuenta el caso del anuncio
clasificado, publicado en The Times de Londres para reclutar a los
expedicionarios del Endurance: Men
wanted for hazardous journey. Low wages, bitter cold, long hours of complete
darkness. Safe return doubtful. Honour and recognition in event of success (Se
buscan hombres para peligroso viaje. Salario reducido. Frío penetrante. Largos
meses de completa oscuridad. Constante peligro. Dudoso regreso a salvo. Honor y
reconocimiento en caso de éxito). Es un mito: aunque todo el mundo habla de
este clasificado, el aviso no aparece por ningún lado y eso que el Times está
microfilmado completo hace muchos años. Hasta hay recompensas para el que lo
encuentre, pero nada. La imagen de aquí abajo no es un recorte
real: está tomada de un póster de John Hyatt alusivo a Shackleton.
Hay muy buenas fotos de la expedición de Shackelton y del Endurance encallado entre los hielos.
Las puede encontrar en Internet y conmoverse ante el coraje de estos valientes. En aquellos años de gente de acero se decía que si en la exploración del polo buscabas velocidad, tenías que llevar a
Amundsen. Si lo que quieres es ciencia, el indicado es Scott. Pero si el destino está en tu contra y las posibilidades de sobrevivir son mínimas, hay que rogarle a Dios tener cerca a Shackleton.
Quizá Schakleton sea más indicado que Amundsen y Scott para llevar los periódicos al futuro.
Quizá Schakleton sea más indicado que Amundsen y Scott para llevar los periódicos al futuro.
Dos directores de diarios
El 14 de diciembre de 1911 llegó al Polo Sur la expedición de Roald Amundsen. Y el 17 de enero lo logró Robert Falcon Scott, que se encontró con los saludos de Amundsen. Él y sus muchachos (cinco en total) murieron cuando volvían. Sus restos aparecieron en septiembre de 1912. Entre sus pertenencias encontraron el diario de la expedición y hasta fotos con la constancia de su llegada al polo, donde se toparon con la bandera noruega como testimonio de la conquista de Amundsen.
Dicen que fueron los perros groenlandeses de Amundsen los
que le ganaron la carrera a los caballos mongoles de Scott y además les
permitieron contar la historia. Algunos detractores de la cultura inglesa
sostienen que la expedición de Scott prefirió morir a comerse los caballos,
mientras que el grupo de Amundsen -noruego- había calculado alimentarse durante
la vuelta, ellos y sus perros, de carne de los mismos perros (hay quienes dicen
que perro no come perro para justificar que los periodistas no hablamos de
otros periodistas). Muy inteligente Amundsen, ya que había previsto que a
medida que avanzaba la expedición y se agotaban las provisiones, también
necesitarían menos perros para halarse.
No es la única historia de este estilo, ni será –espero- la última. Pero acaba de pasar sin mucho interés el centenario de esta carrera épica entre dos audaces conquistadores. Ellos lo hicieron por la gloria de ser los primeros en llegar el Polo Sur. Quizá ya casi no nos sorprende que haya gente de acero en el mundo que nos toca vivir. Nosotros llegamos por Internet al Polo, a la Luna y al fondo del mar, sin necesidad de coraje, ni audacia ni valentía. Y la gloria es apenas una palabra relacionada con el fútbol y sus mafias. Hoy somos todo y hacemos todo desde un Cyber Café o apoltronados en un buen sillón, con el mando de la Play-Station en nuestras manos. Justo cuando el mundo necesita -cada día con más urgencia- de la audacia y la valentía de Amundsen y Scott.
Necesitamos gente con los mismos genes que Roald Amundesn y
Robert Falcon Scott. Los necesitamos para dirigir nuestros países, para
terminar con la corrupción, para vencer la desidia de los tibios y las tiranías
de los voraces, para controlar el cumplimiento de las leyes, para buscar la
gloria de nuestras naciones como la buscaron y la encontraron nuestros
próceres. Necesitamos esa audacia para las fuerzas armadas, pero también para
la industria y el comercio. Y, por supuesto, hace falta para los funcionarios
públicos, hasta el último empleado del estado. Y la necesitan la Iglesia y a
las religiones para oponerse a los vicios y llevarnos al cielo. Y los
profesores y los estudiantes. Y también la necesitamos los periodistas como el
aire para respirar. Amundsen y
Scott podrían haber sido directores de diarios. Lástima que se fueran al Polo…
César Augusto Correa
De repente el Ciudadano-Presidente se convirtió en Emperador de Roma y de la China. Una metamorfosis increíble pero cierta y planeada por el ciudadano-economista que sigue subiendo peldaños en el cursus honorum de los tiranos adorados por su pueblo. Ya no es más el Dictador del Ecuador, el Paraíso que gobierna con mano de hierro desde su sitial delante de la pantalla gigante y detrás del teleprompter. Ahora se ha convertido en Emperador Espléndido de la Amazonía, de la Vulcania, de los Manglares, de la Galapaguería y de las Otras Islas Afortunadas, Rey Absoluto de Todos los Patrimonios de sus Súbditos, Mariscal de los Sublimes Ejércitos Equinocciales y Gran Almirante de las Corrientes Marinas con sus Tiburones y Mariscos… en fin: es el Dios de la Vida y de la Muerte de Todos los Ecuatorianos.
Ahí lo tienen. Ora los persigue, ora los perdona y antes y después los insulta con una entrega más que profesional. Correa es el estadista que todos esperábamos en nuestra América Mestiza y Adolescente. Alguien que por fin ponga orden en nuestras sociedades y en su lugar a los cagatintas. El Amado Dictador que nos diga todo lo que se debe hacer y también cuándo y cómo hay que hacerlo. Es él quien nos explica lo que hay que pensar y, por supuesto, lo que hay que escribir. Por fin tenemos alguien que nos obliga a seguir un único libreto para la televisión y nos pasa el guión con las preguntas que tenemos que hacer –a él y a su corte de adorados obsecuentes. Ya no tenemos que pensar nada; ¡qué tranquilidad y qué paz!
Correa –perdón, Su Majestad Don César Augusto Correa- domina también el Túnel del Tiempo. Ya había conseguido volver a la época del Borbón Carlos III, que otorgaba graciosas licencias para imprimir periódicos y todo tipo de pasquines en la América española. Después retrocedió un siglo más, hasta el XVII, cuando resolvió identificar al Estado con su Augusta Persona, como el Rey Sol, el también Borbón Luis XIV de Francia y de Navarra, Copríncipe de Andorra y Conde Rival de Barcelona. Pero ahora retrocedió hasta el siglo I, a los tiempos del Imperio Romano y los césares que lo gobernaron como semidioses. Entonces sí los emperadores eran señores de la vida y de la muerte de los ciudadanos-ciudadanos y ciudadanas-ciudadanas.
Cuenta Suetonio en Los doce césares que en época del Divino Claudio los condenados representaron una batalla naval como espectáculo para el emperador, su corte y su pueblo. Tanto realismo pusieron que casi todos murieron en la actuación ante los gritos maravillados de las hinchadas de uno y otro bando. Por eso, antes de empezar la batalla en un lago artificial, construido ad hoc, saludaron a Claudio con el famoso “Ave imperator, morituri te saluntant!” (¡Salve emperador, los que van a morir te saludan!). Parece que al terminar algunos de los pocos que quedaron vivos se ganaron el perdón del César. Las películas se encargaron de reproducir tantas veces este hecho que nos parece que ocurría todos los días y que el emperador los condenaba o salvaba con el pulgar hacia abajo o hacia arriba… pero el episodio ocurrió de verdad unas pocas veces con diferentes emperadores y lo del pulgar y la arena parece que es una licencia de Hollywood ya que los actores no hablan latín y los estudios no están para más gastos.
Eso hizo también el Divino Correa. Asistió estoico al espectáculo desde su sitial del circo durante las horas que duró, sin importarle la comida ni la bebida ni las ganas de escaparse un rato a los vomitorios para refrescarse. Allí lo acompañó su corte, siempre fiel y obsecuente, mirando si tocaba reír o llorar en cada momento. Mantuvo vacilante su pulgar por meses, hasta que al final decidió perdonar a los condenados, a quienes tenía en sus manos junto con su patrimonio, sus familias y sus sueños. Los perdonó con el dedo pero no con el corazón: un perdón que no es perdón sino bagatela para no pagar el costo político de condenar sin importar la culpabilidad o la inocencia. Ya se sabe que la opinión pública está siempre equivocada: la de su pueblo y del resto del mundo.
Eso hizo también el Divino Correa. Asistió estoico al espectáculo desde su sitial del circo durante las horas que duró, sin importarle la comida ni la bebida ni las ganas de escaparse un rato a los vomitorios para refrescarse. Allí lo acompañó su corte, siempre fiel y obsecuente, mirando si tocaba reír o llorar en cada momento. Mantuvo vacilante su pulgar por meses, hasta que al final decidió perdonar a los condenados, a quienes tenía en sus manos junto con su patrimonio, sus familias y sus sueños. Los perdonó con el dedo pero no con el corazón: un perdón que no es perdón sino bagatela para no pagar el costo político de condenar sin importar la culpabilidad o la inocencia. Ya se sabe que la opinión pública está siempre equivocada: la de su pueblo y del resto del mundo.
Una lástima porque estos actores eran casi perfectos: valientes, apuestos y capaces de morir por sus ideales. Pero el pueblo ya no es el mismo de la época de las naumaquias y no hay que herir su sensibilidad con tanta sangre. Quizá alguna vez pueblo y condenados vuelvan a entender los razonamientos emanados de su sabiduría infinita, celestial. Pero no es todavía el momento y hay que tener una paciencia tan infinita y celestial como su sabiduría para conseguir que por fin inocentes y culpables, pueblo y gobernantes, entiendan los sabios designios de su dedo pulgar soberano.
La triste historia de Alejandro Malofiej
Cuando Alejandro Malofiej trabajaba en el
diario La Opinión de Buenos Aires, entraba todos los días como si fuera un
mariscal de los Romanov. Saludaba al vendedor de sandwiches con un:
“—¡Buenas
tardes, Barón von Sandwich!”
El hombre le seguía invariablemente la broma...
“—¡Buenas tardes Alejandro Malofiej Stoliaroff!”
Le encantaban los sandwiches,
pero más le gustaba que mencionaran el apellido de su madre.
Alejandro pronunciaba su apellido en ruso:
malofiei. Sus padres, Simón Malofiej y Alejandra Stoliaroff, ambos rusos
blancos, nacidos en la actual Bielorusia, se conocieron en Buenos Aires. Simón
era el jardinero de la casa de una antigua familia de la aristocracia ganadera
del país, en la que Alejandra trabajó una temporada como institutriz. Madre e
hijo se trataban de Sacha y Sacho, castellanizando los géneros del típico
sobrenombre ruso de los Alejandros.
Vivieron en una localidad del Gran Buenos
Aires llamada Boulogne-Sur-Mer, en honor de la ciudad francesa que eligió para
su autoexilio José de San Martín. Allí, en la casa de la calle Rivera 1875,
siguió viviendo Alejandro después de la muerte de sus padres, hasta que en
marzo de 1986 Rodolfo Szelest se lo llevó a su departamento del décimo piso de
la calle Peña 2432, en el centro de Buenos Aires, porque ya no podía cuidarse
solo. En noviembre de ese año Rodolfo y Carlos Savransky decidieron ingresarlo
en un geriátrico de Martínez donde podían atenderlo mejor. Alejandro murió de
cáncer de vejiga el 31 de julio de 1987, en el CEMIC, un hospital de Buenos
Aires donde estuvo internado desde marzo. Tenía 49 años, ni un solo pariente, y
nada de dinero. Un pope de la catedral ortodoxa rusa de Buenos Aires de Parque
Lezama ofreció su iglesia para velarlo la noche de su muerte. Lo enterraron en
el cementerio de la Chacarita después de oficiar un funeral en ruso. Este
sacerdote —se llamaba Valentín— lo visitó todas las semanas durante los últimos
meses de su enfermedad. Compartía con Alejandro el gusto por los coros
polifóniconicos rusos que oían juntos.
Su casa, sus libros de estrategia, de
geografía y de historia, y sus pinturas —todas abstractas— quedaron en manos de
sus amigos más cercanos. Ellos son Carlos Savransky, Rodolfo Szelest y Nora
Potchar que se quedó con una casita que ya tenían los padres de Alejandro en
Villa Gesell, un balneario de la costa atlántica a 300 kilómetros de Buenos
Aires. Con Szelest se conocían desde el colegio Carlos Pellegrini. El resto de
sus amigos le duraban desde las dos carreras que cursó y no terminó:
Arquitectura y Filosofía. Entre 1966 y 1983, con algunos raros y cortos
intervalos, en la Universidad de Buenos Aires no era fácil reunirse seguido sin
despertar sospechas. Para colmo Arquitectura y Filosofía eran carreras con fama
de subversivas. El grupo encontró un lugar que era a la vez una coartada: se
reunía en la sede de la YMCA (Young Men Christian Association) de la calle
Reconquista. Carlos Savransky frecuentaba desde chico esta institución.
Alejandro era terriblemente enamoradizo y
espantosamente tímido. Decía que le atraían especialmente las mujeres casadas y de buena posición pero pensaba en una con nombre y apellido. Sus amigos mencionan a mujeres distintas como el gran amor
de Alejandro, según el momento de su vida. La verdad es que fueron casi todos
amores platónicos. Si hubo alguien a quien llamar el amor de su vida fue
Mercedes. Era una estudiante de la Facultad de Filosofía muy
atractiva que ya entonces estaba divorciada; tenía dos hijas y pertenecía a la
clase más alta del país. Un buen día Mercedes desapareció para siempre en manos
de los militares. Es una de las miles de historias pendientes de la Argentina
de aquellos años. Por eso Mercedes no tiene apellido en esta historia.
Era ciclotímico. Siempre lo acompañaba un
aire melancólico y triste. Su vida no era fácil. No lo había sido antes y sabía
que probablemente no lo sería en el futuro. A los 21 años contrajo la
enfermedad de Hodgkin (cáncer del sistema linfático) de la que se curó a medias
después de un duro tratamiento. Además, cargaba con antiguas tristezas que no
pensaba revelar. Contaba Hugo García, colega de Alejandro en La Opinión, que a
menudo se lo veía con lágrimas en los ojos, como ruminado sus angustias.
Siempre hablaba concentrado en algo, con la mirada perdida en un apoyo lejano.
Hilda Mouro y Carlos Savransky
fueron los amigos que estuvieron más cerca de Alejandro en los dos últimos años
de su vida. Lo acompañaron hasta momentos antes de su muerte. Se ocupaban de
todo lo que le hiciera falta. Carlos pasó alguna noche entera con él. El fue
quien realmente donó casi todos los originales de Alejandro a la Universidad de
Navarra, a través de Hilda Mouro y Raúl Burzaco. Además posee la mayoría de sus
cuadros. Desapareció de la casa de Alejandro uno de sus más preciados tesoros:
el libro sobre las campañas militares de Napoleón (David G. Chandler, The
Campaigns of Napoleon, Nueva York, 1966) que le regalara el general Teófilo
Goyret, cuando trabajaba en la revista Armas y Geoestrategia. En los mapas de
ese libro se inspiraba Alejandro continuamente. Allí aparecen los movimientos
militares en transparencias superpuestas sobre el mapa geográfico. Las batallas
transcurren en el tiempo hora tras hora con una facilidad de comprensión y una
precisión asombrosas. Alguien definió a los mapas de Alejandro como
cinematográficos porque superponiendo los de días sucesivos podía crearse
ilusión de movimiento, como en los fotogramas de una película.
Era profundamente anarquista. Admiraba lo
que él llamaba la Revolución Española como otros hablan de la Revolución
Francesa. “No era un militante, era un contemplativo” comenta Savransky. Amaba
objetos. Era entrañable su relación con las revoluciones, las batallas, las
armas, los mapas, las pipas, los pañuelos y las gorras. Estética, más que
ética. Por eso podía conjugar perfectamente su condición de anarquista
desheredado al estilo español con un envidiable aspecto de dandy inglés. Tenía
una colección estupenda de pañuelos que usaba siempre anudados al cuello, hasta
en los últimos días de su vida, y manejaba la pipa con una especial destreza y
pulcritud, poco común en los fumadores. También con las personas tenía esa
dependencia. Sus amigas y sus amigos eran como cosas de su propiedad, a las que
adoraba. También su madre y sus constantes recuerdos de ella.
Alejandro tenía todas las virtudes y los
vicios de los viejos periodistas. Pero no escribía: dibujaba. No era un militar
frustrado. Era realmente un estratega y un profundo conocedor de la
cartografía. No era propiamente lo que hoy llamaríamos un infografista. No sólo
porque entonces casi nadie usaba esa palabra tan fea, sino porque nunca dibujó
periodísticamente nada que no fueran mapas. Si alguien le pedía que explicara
verbalmente uno de sus mapas, necesitaba horas. Cada uno de ellos contenía
tanta información que no hubiera cabido en todas las páginas del periódico en
el que se publicaba.
En cuanto sus jefes le pedían un mapa para
ilustrar un acontecimiento, preguntaba rápidamente para cuándo debía estar terminado.
Fueran horas o días, los aprovechaba hasta el último minuto. No paraba hasta
conseguir toda la información que debía volcar en él. Una de sus principales
fuentes era su vastísima biblioteca. Hablaba una y otra vez con los redactores.
Leía todas las noticias que llegaban sobre el hecho que debía documentar.
Buscaba las historias que explicaban esos hechos. Salía a las librerías de
viejo de Buenos Aires a buscar datos, mapas, uniformes, armas. Hacía copiar en
fotomecánica 10, 20, 300 siluetas, tramas, contornos (no eran épocas de
computadoras). Dibujaba una y otra vez sobre papel de calco. Pegaba y retocaba
hasta conseguir un original tan atractivo como un mapa de aquellos del libro de
Napoleón. Si alguien se arrimaba a ojear su trabajo, se ponía como loco. Lo
peor era preguntarle para cuándo estaría terminado: “—Nunca lo voy a terminar
si me interrumpen a cada rato para preguntar cuando lo termino”, contestaba
furioso.
Aunque había viajado poco, sabía de países,
pueblos, razas, religiones y culturas. Conocía el clima en cada momento del año
en cada lugar del planeta. Sabía que las distintas tácticas militares dependían
de las lluvias, de los vientos, de las horas de luz o de la oscuridad. Sabía de
mareas y de lunas. De monzones. De ramadanes, de pascuas griegas y de la fiesta
del Janucá. Cualquier factor podía intervenir en los movimientos de los
vietcongs a través de las montañas de Camboya, en una formación de tanques en
la guerra entre Irán e Irak, o en las operaciones de la task-force británica en
la guerra de las Malvinas. Buscaba las soluciones caminando de un lado para
otro como un general en su estado mayor. Miraba el mapa una y otra vez y volvía
a dar vueltas como contrariado, concentrado en el problema que debía resolver,
ayudado por buenas bocanadas de su pipa con tabaco de aroma balcánico.
Nunca supo, en cambio, cuánto valía su
trabajo. Vivía al día. Viajaba más de 40 kilómetros durante casi una hora en un
tren destartalado, de horarios más bien borrosos, de Boulogne a Retiro, cerca
del centro de Buenos Aires. Desde allí todavía debía pasar entre 15 minutos y
media hora en un autobús, según el lugar de trabajo. La sede de La Opinión,
heredada después por Tiempo Argentino, estaba en la otra punta de la ciudad,
muy cerca del puente Victorino de la Plaza, donde la avenida Vélez Sárfield
cruza el Riachuelo hacia Avellaneda. No cobraba más que un sueldo a fin de mes
y siempre el mismo. Jamás cobró por hacer un trabajo para nadie que no fuera el
salario del medio para el que trabajaba. Probablemente lo suyo no eran los
negocios, y seguramente era incapaz de administrar un pequeño quiosco o un
taxi.
Alejandro preguntaba siempre por el tamaño
al que se publicarían los mapas que dibujaba. Cuando trabajaba para el diario
La Opinión de Jacobo Timerman, había que publicar la información de que un
empresario argentino había manifestado su intención de comprar la Falkland
Island Company, la empresa colonial propietaria de más de 90% de la extensión
de las Islas Malvinas. Alejandro dibujó un estupendo mapa de las islas con sus
recursos naturales y las explotaciones de la compañía. No alcanzó el espacio y
se publicó a la mitad del tamaño para el que se lo pidieron. Al día siguiente
Alejandro discutió acaloradamente y a los gritos con el Redactor Jefe, Mario Diament,
hasta que fue llamado por el director a su despacho. Cuando se encaminaba hacia
la oficina de Timerman iba despidiéndose de los colegas como quien sube al
cadalso, suponiendo que era el último día de trabajo para el diario. Volvió
radiante; Timerman lo había felicitado: “si todos los periodistas pelearan así
por sus artículos, el diario mejoraría por lo menos el 50 %”, le dijo, y lo
hizo saber a toda la redacción.
Un día de 1982 Miguel Urabayen apareció por
la redacción del diario Tiempo Argentino. Había sido invitado por Pablo Sirvén,
uno de sus ex-alumnos en la Universidad de Navarra, que le haría una nota
aprovechando su paso por Buenos Aires. Nada más llegar, Miguel se puso a ojear
el periódico de ese día. Pablo recuerda todavía los gestos de Miguel al
encontrarse con un mapa que ocupaba casi una página competa del tamaño berlinés
del diario. Cuenta que abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la
frente mientras preguntaba con admiración “—¿quién ha hecho esto?”. En un
rincón estaba Alejandro, sobre su caballete, con sus plumines y sus hojas de
calco. Miguel se acercó y lo saludó como quien conoce a un prócer. Para colmo
Miguel descubrió un pequeño error en ese mapa: el acorazado New Jersey estaba
representado por la silueta de un crucero. Luego de una amable y breve
discusión Alejandro descubrió que había en el mundo gente tan apasionada como
él por los mapas informativos. Cuando Miguel dejó el diario eran ya amigos del
alma. Continuaron esa amistad a pesar de la distancia.
Cuentan sus colegas del diario que a partir
de aquel momento apareció un brillo especial en los ojos de Alejandro. Habían
reconocido su trabajo. Eso que él hacía con pasión interesaba de veras. No era
sólo el trabajo de uno más, en una redacción en la que, como en casi todas,
cada uno está en lo suyo. En la que se mezclan inadvertidamente la grandes
piezas informativas con la basura, vendidas todas al mismo precio al día
siguiente. Su trabajo perdió rutina, y empezó a hacer los mapas más fantásticos
que se le conocen. Hay que agradecer especialmente a Miguel Urabayen que el
trabajo de Alejandro haya trascendido las fronteras de un país que queda cerca
del fin del mundo. Tanto lo ayudó esta relación con Miguel, que un día en que
se sentía especialmente deprimido y enfermo lo llamó por teléfono desde la
redacción del diario, sólo para conversar con él. Estuvieron un buen rato
hablando. Era la una de la madrugada en Buenos Aires, una hora normal para un
periodista de entonces, pero España está cuatro horas más adelante en el planeta...
Conocía los trabajos de Alejandro Malofiej
como un colega más, lector también, con un especial interés por el buen
periodismo. Recuerdo que en 1985 Juan Antonio Giner me dijo que esos mapas eran
excepcionales. A los pocos días tuve ocasión de conocerlo personalmente junto
con Juan Antonio entre un par de clases de la Escuela de Periodismo del diario
Clarín. Por lo visto, Alejandro conocía mi relación con estos profesores y con
la Universidad. Diez años después de su muerte, buscando datos sobre su vida,
supe que durante los meses siguientes me estuvo buscando para hablar conmigo
sobre la posibilidad de viajar a Pamplona a dictar un seminario. Por esos años
yo trabajaba en un diario del interior de la Argentina, y no era fácil
encontrarme en Buenos Aires.
Esta historia de Alejandro no es nueva. La
leí, palabras más palabras menos, en la cena de clausura de la tercera edición
de los premios Malofiej, en 1995 y se publicó en el libro de los premios
1994/1995. Está incompleta y lo sabía entonces pero no lo dije: apenas lo
insinué. El premio estaba muy nuevo y no parecía una buena idea que se supiera
que Alejandro no era Malofiej. Su padre no era Simón, el jardinero ruso de la
casa principal de Buenos Aires, sino el aristócrata terrateniente, dueño de la
casa principal en la que su madre había trabajado como institutriz. Su madre se
lo contó un mal día de su adolescencia. Ya era tarde. Fue entonces cuando Alejandro perdió
la alegría y la salud y nunca las recuperó.
Un rinoceronte en las sierras de Córdoba
Tengo que confesar que un día maté una vaca. Dicho así, ahora, puede parecer criminal, pero en este mundo carnívoro y voraz debe ser de lo que más se mata, junto con pollos y chanchos. Y eso sin contar hormigas, mosquitos y moscas que se matan de gusto nomás.
Alguien los tiene que matar, lo más humanitariamente posible, para comer sus lomos, pechugas y jamones. También tengo que confesar que maté un cordero y hasta un lechón, para comer entre compinches con pan fresco y vino tinto. Y aviso que soy de los que piensan que no hay mejor destino para un cordero o para un chanchito con nombre y apellido. Pero lo de la vaca fue otra historia: la maté con aire de torero y estilo de Hemingway.
Era estudiante de Derecho en la Universidad de Córdoba y me arreglaba con lo que podía para mantenerme en esa ciudad que no era la mía. En esos días había dejado mi trabajo de las madrugadas en el mercado de abasto y hacía algunas changas para seguir juntando los poquitos billetes que me permitieran algo más que comer y dormir en La Docta: administraba una finca en las sierras durante el tiempo que, por muerte de su casera, había quedado sin cuidador.
La casa principal soportaba cierto abandono los días de semana, sobre todo el parque, que era pasto fácil para el ganado del vecino: apenas un capítulo de la eterna lucha entre agricultores y ganaderos. Y ya se sabe desde la época de don Ulpiano que tiene obligación de deslindar el que cría ganado y también que si una rama de níspero pasa al fundo vecino, los nísperos no son tuyos sino suyos.
El vecino era Hormiga Negra, un gaucho malandrín que no pensaba cuidar a la vez sus vacas y mis flores. Cada vez que llegaba yo a la finca, el parque estaba perdido de bosta, de pisotones y de mordiscos a las plantas que aguantaban sin chistar el atropello. Así que un buen día lo denuncié a la policía. Me dijeron en la comisaría que tenía que avisar al matadero municipal, que ellos secuestrarían las vacas y el vecino pagaría la pastura contra su devolución. Vinieron a arrear las vacas, pero camino del matadero sorprendí al funcionario entregando los animales a mi vecino por cuatro pesos. Fue entonces cuando resolví aplicar la estrategia que resulto súper eficaz.
La semana siguiente atropellé a las vacas con una pistola que tenía escondida en la casa. Las perseguí a los tiros por la cañada divertido como un enano. Hasta que una de ellas se puso brava, dio media vuelta y me encaró meneando su cabeza y su barrigota como un rinoceronte en la sabana africana. Me planté y le vacié el cargador mientras se acercaba a todo galope. Cayó fulminada, como caen los rinocerontes en las películas de cazadores, a un metro de donde yo estaba.
Aunque se merecía un trofeo encima de la chimenea de aquella casa, de la pobre vaca no queda más recuerdo que este relato, que cuento con el vértigo de la primera vez.
Alguien los tiene que matar, lo más humanitariamente posible, para comer sus lomos, pechugas y jamones. También tengo que confesar que maté un cordero y hasta un lechón, para comer entre compinches con pan fresco y vino tinto. Y aviso que soy de los que piensan que no hay mejor destino para un cordero o para un chanchito con nombre y apellido. Pero lo de la vaca fue otra historia: la maté con aire de torero y estilo de Hemingway.
Era estudiante de Derecho en la Universidad de Córdoba y me arreglaba con lo que podía para mantenerme en esa ciudad que no era la mía. En esos días había dejado mi trabajo de las madrugadas en el mercado de abasto y hacía algunas changas para seguir juntando los poquitos billetes que me permitieran algo más que comer y dormir en La Docta: administraba una finca en las sierras durante el tiempo que, por muerte de su casera, había quedado sin cuidador.
La casa principal soportaba cierto abandono los días de semana, sobre todo el parque, que era pasto fácil para el ganado del vecino: apenas un capítulo de la eterna lucha entre agricultores y ganaderos. Y ya se sabe desde la época de don Ulpiano que tiene obligación de deslindar el que cría ganado y también que si una rama de níspero pasa al fundo vecino, los nísperos no son tuyos sino suyos.
El vecino era Hormiga Negra, un gaucho malandrín que no pensaba cuidar a la vez sus vacas y mis flores. Cada vez que llegaba yo a la finca, el parque estaba perdido de bosta, de pisotones y de mordiscos a las plantas que aguantaban sin chistar el atropello. Así que un buen día lo denuncié a la policía. Me dijeron en la comisaría que tenía que avisar al matadero municipal, que ellos secuestrarían las vacas y el vecino pagaría la pastura contra su devolución. Vinieron a arrear las vacas, pero camino del matadero sorprendí al funcionario entregando los animales a mi vecino por cuatro pesos. Fue entonces cuando resolví aplicar la estrategia que resulto súper eficaz.
La semana siguiente atropellé a las vacas con una pistola que tenía escondida en la casa. Las perseguí a los tiros por la cañada divertido como un enano. Hasta que una de ellas se puso brava, dio media vuelta y me encaró meneando su cabeza y su barrigota como un rinoceronte en la sabana africana. Me planté y le vacié el cargador mientras se acercaba a todo galope. Cayó fulminada, como caen los rinocerontes en las películas de cazadores, a un metro de donde yo estaba.
Aunque se merecía un trofeo encima de la chimenea de aquella casa, de la pobre vaca no queda más recuerdo que este relato, que cuento con el vértigo de la primera vez.
Sueños de libertad
A nuestra América mestiza se la puede definir de muchos
modos. Uno de los que más me gusta es su geografía escandalosa: una columna vertebral
de piedra y chocolate que sostiene, con ríos enamorados de los pájaros, su alucinante
selva de chicha y miel. También la definen su lengua y su credo, sus ancestros,
su historia colonial y su común independencia republicana.
Pero lo mejor de nuestra América no son los ríos multicolores,
ni los Andes imperiales, ni los bosques dulzones del trópico. No son nuestros
padres ibéricos, ni nuestra historia común, ni nuestra heroica independencia, ni
el cristianismo popular. Lo mejor de nuestra América es la genética libertaria
de su gente que llevamos indeleble en nuestra identidad mestiza, acholada, desvergonzada,
dulce y amarga, pecadora y piadosa al mismo tiempo… pero siempre libre.
Nos distingue del resto del mundo nuestra ansia infinita de
libertad, marcada a fuego en cada célula de nuestra identidad. A los
conquistadores les bastó con tocar la tierra americana para contagiarse de una libertad
que no tenían en sus países de origen. Luego los siguieron los inmigrantes de
todo el mundo que se cobijaron en nuestra geografía. Y los que no resistían el
aire libre se volvían con la cabeza gacha a la seguridad del sistema en el que
todo está previsto.
A partir de la primera década del siglo XVII los españoles que pasaban a América traían todos El Quijote de la Mancha en su morral. Ya en la travesía leyeron a la luz esquiva de una vela que por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. Esas ansias se mezclaron con las americanas en cuanto pisaron este suelo y ante el escándalo de los que piensan en gran parte del mundo que sin vida no se puede ser libre, al sur del Río Bravo no queremos vivir sin libertad. Esa genética se conformó en un crisol de 300 años y explotó hace ahora dos siglos, cuando fraguó la raza americana y se reveló ante el despotismo de reyes y virreyes de España y Portugal y sus plomizas burocracias.
A partir de la primera década del siglo XVII los españoles que pasaban a América traían todos El Quijote de la Mancha en su morral. Ya en la travesía leyeron a la luz esquiva de una vela que por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. Esas ansias se mezclaron con las americanas en cuanto pisaron este suelo y ante el escándalo de los que piensan en gran parte del mundo que sin vida no se puede ser libre, al sur del Río Bravo no queremos vivir sin libertad. Esa genética se conformó en un crisol de 300 años y explotó hace ahora dos siglos, cuando fraguó la raza americana y se reveló ante el despotismo de reyes y virreyes de España y Portugal y sus plomizas burocracias.
Pero de vez en cuando, como una pesadilla recurrente,
aparece todavía algún tiranito en nuestra América mestiza. Son la reencarnación
de los déspotas de antaño, con ínfulas de Virrey y ademanes de Santo Oficio. Audaces
sin fundamento que en lugar de servir a los ciudadanos se sirven de ellos, los maltratan
como vasallos y los ahogan con impuestos y reglamentos. Se adueñan del gobierno
y del estado, que convierten en su patrimonio. Debajo de ellos, hay siempre
unos bandidos aprovechados que medran con la desgracia de la mayoría reprimida
por el déspota. Ahora esos aprendices de Luis XIV han puesto a su servicio la
democracia, que entienden como la imposición a todos de las ideas de una
mayoría efímera, en lugar de la convivencia pacífica de los que piensan
distinto.
La buena noticia es que los tiranos tienen los pies de barro.
Desde la época de Nabucodonosor su astucia consiste en esconderlos de la vista
del pueblo. Antes lo hacían con oropeles, ahora con una diarrea escabrosa de
palabras. Los derrota la audacia y la valentía de un solo inocente que se anime
a lanzar la piedra que los derrumbe.
Así murió Horst Waidelich
Horst y Siger Waidelich pudieron ser unos granjeros modelos, de esos que uno se encuentra paseando una vaca feliz en la imposible campiña alemana. Pero no. Los hermanos Waidelich vivían en Misiones y su chacra lindaba con la selva azucarada del nordeste de la Argentina. Junto a sus familias ya crecidas criaban vacas y sembraban tabaco en potreros robados al monte. Aunque las vacas fueran flacas y guampudas le recordarían a las de sus abuelos, que vinieron muy jóvenes a la Argentina a principios del siglo pasado. Contando a los hijos de Horst, tres generaciones trabajaron como cosacos para domeñar esa tierra arisca y ganarle espacio a la selva. Siger, algo más joven y locuaz y solterón con ganas, vive todavía en un rancho en la misma chacra. Horst, en cambio, se mantenía enjuto y lacónico a los 72. Los dos conservaban la agilidad de los 30 gracias a la gimnasia de trabajar todos los días.
Una mañana de hace unos años los hermanos Waidelich se encontraron dos cachorros de yaguareté en el monte y decidieron que eran huérfanos, así que los criaron como mascotas. Otra mañana aparecieron siete vacas muertas en un potrero: algunas estaban despanzurradas; otras solo habían sido degolladas por un mordisco bien filoso. Uno o dos yaguaretés habían celebrado un festín en el corral a costa de sus pobres animales.
En lugar se salir afiebrados a matar tigres por la selva y a riesgo de seguir perdiendo animales, a los Waidelich se les ocurrió cazar vivos a los yaguaretés que acecharan su ganado. Pusieron carnada en el fondo de un tronco hueco y una trampa que tapaba la entrada al levantar el señuelo. Al tiempo, entre cazados y crías, machos y hembras, llegaron a cinco animales enjaulados, el más grande de 130 kilos. Pero no se vengaron los Waidelich de los verdugos de sus vacas. Se fueron al Ministerio de Ecología y pidieron permiso para mantenerlos en cautiverio y mostrarlos al público que quisiera visitarlos. Cobraban unos pesos por entrar y ganaron tanto dinero con los felinos como con los ovinos.
Siger era quien cuidaba y daba de comer a los jaguares, pero andaba renegando con una dolencia en los días que termina esta historia, así que se fue a Posadas al suplicio de los estudios y análisis. Ese jueves fue Horst a alimentar y limpiar las jaulas de Yaguaretania. Al oír los pasos, los mismos animales se trasladaban por su cuenta a un recinto un poco menor y dejaban hacer al amo y a la vez mucamo. No había necesidad de arrearlos: ellos iban solitos por el hambre y la fuerza de la costumbre. Horst trancó confiado la puerta de alambre tejido con un palo y se puso a limpiar la jaula silbando bajito.
Pero esa mañana el yaguareté no aguantó más, abrió la puerta sigiloso y lo mató de un zarpazo perfecto.
Una mañana de hace unos años los hermanos Waidelich se encontraron dos cachorros de yaguareté en el monte y decidieron que eran huérfanos, así que los criaron como mascotas. Otra mañana aparecieron siete vacas muertas en un potrero: algunas estaban despanzurradas; otras solo habían sido degolladas por un mordisco bien filoso. Uno o dos yaguaretés habían celebrado un festín en el corral a costa de sus pobres animales.
En lugar se salir afiebrados a matar tigres por la selva y a riesgo de seguir perdiendo animales, a los Waidelich se les ocurrió cazar vivos a los yaguaretés que acecharan su ganado. Pusieron carnada en el fondo de un tronco hueco y una trampa que tapaba la entrada al levantar el señuelo. Al tiempo, entre cazados y crías, machos y hembras, llegaron a cinco animales enjaulados, el más grande de 130 kilos. Pero no se vengaron los Waidelich de los verdugos de sus vacas. Se fueron al Ministerio de Ecología y pidieron permiso para mantenerlos en cautiverio y mostrarlos al público que quisiera visitarlos. Cobraban unos pesos por entrar y ganaron tanto dinero con los felinos como con los ovinos.
Siger era quien cuidaba y daba de comer a los jaguares, pero andaba renegando con una dolencia en los días que termina esta historia, así que se fue a Posadas al suplicio de los estudios y análisis. Ese jueves fue Horst a alimentar y limpiar las jaulas de Yaguaretania. Al oír los pasos, los mismos animales se trasladaban por su cuenta a un recinto un poco menor y dejaban hacer al amo y a la vez mucamo. No había necesidad de arrearlos: ellos iban solitos por el hambre y la fuerza de la costumbre. Horst trancó confiado la puerta de alambre tejido con un palo y se puso a limpiar la jaula silbando bajito.
Kirchner con crema
Un estúpido notero de la televisión española le preguntó una
vez a un cuidador del cementerio de Madrid si no le daba miedo pasar las noches
entre los muertos. Contestó que miedo deben tener los que andan entre los
vivos, porque esos sí que son peligrosos. Allí, en el cementerio de la Almudena
no hay nadie peligroso: es lo más pacífico del mundo.
Quizá sea esa la razón por la que a los argentinos nos
gustan los muertos más que los vivos: entre ellos no corremos ningún peligro. O
será la influencia gallega, o la del sur de Italia, la razón de que nos hayamos
convertido en uno de los pueblos más necrófilos del mundo. Nuestro apego a los
muertos es tanguero, de llorar los unos abrazados a los otros y no de emborracharnos
en honor y a la salud ya perdida del muerto. Nos gustan los camposantos para
ufanarnos de la bóveda familiar que vaciamos de muertos cada tanto mientras las
llenamos de palmas de bronce y ángeles regordetes, de esos que también lloran con
la cara humillada entre sus manos heladas. Vamos a los velorios y los entierros
porque ahí miramos y somos mirados. Y nos encanta abrazar a los deudos de los
fallecidos con cara entristecida y aire compungido. Nos gustan las coronas de
flores y competir en el cotillón ceniciento de sus cartelas cuaresmales.
Celebramos las muertes de nuestros próceres en lugar de su nacimiento y
lloramos a los que se fueron con la infinita morriña del Finisterre. En Buenos
Aires y en otras ciudades de la Argentina, los cementerios son lugares
turísticos tan visitados como el Museo del Prado o la Torre Eiffel. El 11 de
septiembre es el Día del Maestro porque ese día de 1888 murió Domingo Faustino
Sarmiento. El feriado por el Libertador José de San Martín es el 17 de agosto
porque murió ese día de 1850. El 20 de junio es el Día de la Bandera porque en
esa fecha de 1820 murió su creador, Manuel Belgrano. Alguien me dice que esa es
una costumbre cristiana ya que la Iglesia suele celebrar a sus santos el día de
su muerte, al que llama dies natalis,
porque conmemoran su nacimiento a la eternidad. Les contestaba que precisamente
por ser un país de mayoría cristiana deberíamos celebrar la muerte de los
santos y el nacimiento de los próceres, ya que lo que valió de nuestros
próceres es el tiempo que vivieron en este mundo y no el que pasan en el cielo,
que es el que nos vale de los santos.
Jorge Luis Borges, que sabía de la necrofilia argentina,
pidió más de una vez a sus amigos que cuando muriera no lo convirtieran en
calle. Y explicaba que después de muerto prefería seguir siendo el escritor
Jorge Luis Borges y no la calle Borges. Estaba convencido de que con el tiempo,
al preguntarle a la gente quién o qué era Borges, contestarían “una calle”. Al
poco tiempo de la muerte del autor de El Aleph las autoridades de Buenos Aires le pusieron Borges a un tramo de la calle Serrano, en
Palermo Viejo. Una lástima. No es el único caso: pregunte en cualquier reunión
por el Gramajo que le dio el nombre al revuelto, o por Rossini, el de la salsa
de tomates... En la antigua Unión Soviética convirtieron a Lenín en estatua de
tantas que levantaron con su nombre grabado en el pedestal de granito. Por eso todavía
los rusos llaman lenín a cualquier
estatua que se encuentran, aunque sea de Caperucita Roja.
En la Argentina necrófila estamos convirtiendo ahora a
Kirchner en estatua, en calle, en escuela, en campeonato de fútbol y en
campamento boy scout… Corren peligro las calles Riobamba, Pichincha y Ayacucho;
Suipacha, Cochabamba, Talcahuano y todas las batallas que no pueden defenderse
ni tienen descendientes. Pueblos, empresas, equipos de fútbol, barrios,
bibliotecas, sitiales de las academias, cátedras… pueden ahora llamarse
Kirchner. Sus seguidores, ahora en el poder, intentan imponer a su favor un relato que el mismo Kirchner rechazaría y nos dicen que no hay próceres como él. Él merece las avenidas
principales, las calles más largas, las plazas más grandes, los monumentos más
altos, el obelisco de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los glaciares del
Calafate, el estrecho de Magallanes, la Pampa, la Patagonia, los Andes y el Aconcagua.
El río Paraná, el Uruguay y el de la Plata. Las ciudades más bonitas, los
aeropuertos más modernos, las terminales de ómnibus y las estaciones de
ferrocarril. Kirchner puede desplazar a Sarmiento, a San Martín y a Belgrano,
pero también a Perón, a Irigoyen y hasta a Martín Fierro y don Segundo Sombra…
Un día vamos a pedir Kirchner con Crema de postre en el
restaurante Don Néstor, el de la esquina del Boulevard Presidente Kirchner con la calle Gobernador Kirchner, de la ciudad Néstor Kirchner, la capital de Kirchnerlandia. Pero nadie sabrá por qué se llaman así.
Carrera de tractores
Genaro Escudero era natural de Pamplona, la capital del reino de Navarra, en España. Pero vivía en el Alto Paraná, al este del Paraguay, donde tenía una estancia con buena tierra, colorada y profunda, fértil como la bendición de un patriarca.
En 1993 don Genaro donó parte de su hacienda para fundar un pueblo que albergara los servicios y viviendas para los colonos brasileños, que cada vez eran más en esa zona del Paraguay, a 150 kilómetros de la frontera con Brasil. Escudero puso una sola condición y no dio más explicaciones: el pueblo debía llamarse Iruña.
Con el tiempo fue colonia y luego distrito. Hoy Iruña tiene 5.000 habitantes, intendente, parroquia y escudo. La inmensa mayoría de sus habitantes son brasileños de origen alemán que hablan portugués y viven en Paraguay. Sus campos son los mejores del país, con niveles de producción altísimos gracias a la buena tierra y a las lluvias abundantes, pero sobre todo gracias al trabajo de esos colonos de pelo rubio y cogote colorado. Todos muestran su frente blanca cuando se sacan el sombrero para saludar y te revientan la mano al estrecharla con sus tenazas de carne y hueso. Las mujeres son fuertes y lindas como los lapachos rosados. Y los chicos parecen Hansel y Gretel que juegan a ensuciarse en las huellas mojadas de los tractores. La tierra es anilina pegajosa que todo lo tiñe de rojo indeleble. Dicen que una vez que se le mete a uno en el alma ya se queda para siempre.
Estuve en Iruña hace ahora unos trece años. Entonces el pueblo era una plaza apenas demarcada, la iglesia a medio construir, un ranchito para la autoridad, un almacén de ramos generales y algunas casas particulares en medio de pastizales. Entrar me costó lo suyo porque había que barrear durante doce kilómetros por la tierra recién llovida. Iba mordido por la curiosidad de ese nombre en este lugar del mundo. Ahora saben que no significa nada en guaraní: Iruña es en vasco el nombre de Pamplona, la ciudad de san Fermín, de los toros por las calles y la bota empinada; la de Genaro Escudero, a quien todavía no sé qué se le había perdido en el Paraguay.
En 1998 conté mi visita a Iruña del Paraguay para la revista Nuestro Tiempo, que se edita en Pamplona, donde pasé años de mi vida universitaria. La columna llegó a internet y dio sus vueltas por el espacio hasta que alguien de Iruña la encontró. Así que por culpa de las redes sociales llegué de nuevo a Iruña, esta vez invitado a la fiesta del pueblo que ya es tradicional aunque tiene cuatro años: bailes y chancho al espeto; feijoada y asado en estaca… y la sempiterna corte de promotores dispuestos a vender lo que sea a ricos productores amontonados y bien dispuestos por miles de litros de cerveza.
Pero eso no es nada. A las tres de la tarde y hasta bien entrada la noche la fiesta cambia de ritmo. Dejan de comer y beber, de comprar y vender, de bailar y jugar…
...y empiezan las carreras de tractores.
En 1993 don Genaro donó parte de su hacienda para fundar un pueblo que albergara los servicios y viviendas para los colonos brasileños, que cada vez eran más en esa zona del Paraguay, a 150 kilómetros de la frontera con Brasil. Escudero puso una sola condición y no dio más explicaciones: el pueblo debía llamarse Iruña.
Con el tiempo fue colonia y luego distrito. Hoy Iruña tiene 5.000 habitantes, intendente, parroquia y escudo. La inmensa mayoría de sus habitantes son brasileños de origen alemán que hablan portugués y viven en Paraguay. Sus campos son los mejores del país, con niveles de producción altísimos gracias a la buena tierra y a las lluvias abundantes, pero sobre todo gracias al trabajo de esos colonos de pelo rubio y cogote colorado. Todos muestran su frente blanca cuando se sacan el sombrero para saludar y te revientan la mano al estrecharla con sus tenazas de carne y hueso. Las mujeres son fuertes y lindas como los lapachos rosados. Y los chicos parecen Hansel y Gretel que juegan a ensuciarse en las huellas mojadas de los tractores. La tierra es anilina pegajosa que todo lo tiñe de rojo indeleble. Dicen que una vez que se le mete a uno en el alma ya se queda para siempre.
Estuve en Iruña hace ahora unos trece años. Entonces el pueblo era una plaza apenas demarcada, la iglesia a medio construir, un ranchito para la autoridad, un almacén de ramos generales y algunas casas particulares en medio de pastizales. Entrar me costó lo suyo porque había que barrear durante doce kilómetros por la tierra recién llovida. Iba mordido por la curiosidad de ese nombre en este lugar del mundo. Ahora saben que no significa nada en guaraní: Iruña es en vasco el nombre de Pamplona, la ciudad de san Fermín, de los toros por las calles y la bota empinada; la de Genaro Escudero, a quien todavía no sé qué se le había perdido en el Paraguay.
En 1998 conté mi visita a Iruña del Paraguay para la revista Nuestro Tiempo, que se edita en Pamplona, donde pasé años de mi vida universitaria. La columna llegó a internet y dio sus vueltas por el espacio hasta que alguien de Iruña la encontró. Así que por culpa de las redes sociales llegué de nuevo a Iruña, esta vez invitado a la fiesta del pueblo que ya es tradicional aunque tiene cuatro años: bailes y chancho al espeto; feijoada y asado en estaca… y la sempiterna corte de promotores dispuestos a vender lo que sea a ricos productores amontonados y bien dispuestos por miles de litros de cerveza.
Pero eso no es nada. A las tres de la tarde y hasta bien entrada la noche la fiesta cambia de ritmo. Dejan de comer y beber, de comprar y vender, de bailar y jugar…
...y empiezan las carreras de tractores.
Bethany Hamilton
Montañita, en el Pacífico ecuatoriano, es como un pueblo de
La Guerra de las Galaxias: uno se puede topar a la vuelta de la esquina con un
gusano gordinflón de dos cabezas que le pide fuego para encender su pipa de espuma
de mar. Hace unos días volví a encontrarme con la amable sensación de que todo
puede pasar en el Tatooine ecuatoriano y me quedó claro que los miembros de la
Academia Sueca nunca cabalgaron por sus playas ni se comieron un cebiche de
camarón y corvina en una vereda de Montañita. En estos pueblos hay más candidatos premios
Nobel de la Paz que en todo el resto del mundo. Siempre pensé que quienes
realmente lo merecen son el inventor de la medialuna o el que plantó los
lapachos que florecen estos días en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Y no
entiendo por qué –salvo algunas excepciones- siempre se lo dan a personajotes fabricados
por comunicólogos de cama solar y Hugo Boss.
Un día almorzábamos varios amigos en un restaurante de
Montañita, de esos de caña y aire libre, en los que nadie tiene apuro y todos nos
integramos, aunque sea por esas horas, a la misma tribu. Hablábamos de un tema
bien a propósito del lugar: de Bethany Hamilton, la gran campeona de surf hawaiana
que a los 13 años perdió su brazo izquierdo. El 31 de octubre de 2003 flotaba
con dos amigos en su tablas a unos 300 metros de la costa cuando un tiburón
tigre le arrancó entero el brazo que descansaba en el agua a un costado de la
tabla. A los tres meses Bethany estaba surfeando de nuevo las olas de Kauai.
Ahora tiene 21 y sigue entre los tiburones con un tesón que también merece el
Nobel de la Paz.
La actitud Bethany Hamilton es un ejemplo cabal para los que
se resisten a las nuevas tecnologías: los que insisten en proteger sus derechos
de autor contra los que copian sin disimulo o los que intentan tutelar la
información como un bien exclusivo que se entrega con cuentagotas, cuando se
sabe que ya es de todos. Oponerse a los cambios tecnológicos y sociales que están imponiendo las nuevas
tecnologías es como intentar parar las olas con nuestras tablas. Quizá lo
consigamos por un tiempo, pero al final nos superará y nuestro dique se irá al
diablo. Por eso, lo mejor que podemos hacer es subirnos a la ola y surfearla,
como Bethany Hamilton.
Mientras nuestra conversación discurría entre estas y otras
consideraciones por el estilo y al mismo tiempo que aparecían los cebiches, las
papas fritas y las cervezas, se nos arrimó una perrita con la cara tristona de
todos los perros que mendigan una caricia o un poco de comida. A la perrita también
le faltaba el brazo izquierdo…
Leer o hacer la fila
Aquel año hacía fila cada quince días en el Banco del Pacífico de la Víctor Emilio Estrada para cobrar mi salario. Era imposible prever la cantidad de gente que habría en la cola,
pero debían ser unas 50 personas, todas embretadas entre esas cintas
retráctiles que seguro inventó un pervertido en un sótano oscuro de Estocolmo.
Pero más que la habilidad del pervertido me asombraba la de los minotauros
bancarios expertos en laberintos de plasticurri expandido en salas
de seis por cuatro. Todo a propósito para que no nos colemos los que aguzamos nuestra libertad en estas situaciones límite, apretados por las cornadas del hambre. Nos ponen uno detrás
del otro como fichas de dominó en una serpentina zigzagueante de la que no nos
podemos escapar. Así avanzamos, como un tren del que caen los vagones al abismo a medida que alcanzan el filo del precipicio.
El hombre es un animal que hace filas, así que esos días me
vestía de psicólogo social y me preparaba para divertirme como un loco
observando a los humanos como en una cámara Gesell. La genética me hizo
bastante alto, por lo que podía ver a todo el mundo desde mi atalaya; un día un vecino de cola me preguntó si era extranjero... Estaba
claro que era un personaje extraño en ese colectivo, pero no tanto por mi altura
como por mi facha de sapo de otro pozo. No tenía ni idea de cómo comportarme y no
conocía los códigos de acero de los profesionales de la fila: tipos a sueldo
solo para estos menesteres. Algunos cobraban por ocupar el lugar hasta que, al
llegar al final, los reemplazaba un Master del Universo de traje brillante y zapatos de punta mochada.
Una vez me llevé una novelita fácil para aprovechar el
tiempo mientras avanzaba la cola con su cadencia de pan y queso. Me concentré
en la lectura hasta que los que 20 que estaban adelante dieron un paso hacia la
meta y quedó un espacio de medio metro que llenó de ansiedad a los 20 de atrás.
“¡Siga!” me gritaron a coro con un estruendo. Cuando los miré extrañado me preguntó
furioso uno que abusaba de su segundo de autoridad: “¿usted lee o hace la fila?”
Tuve claro desde ese momento que la fila es cosa seria y que requiere toda la concentración
del caso. Tan atentos hay que estar que no se puede permitir la menor
distracción ni propia ni ajena, como en los semáforos.
Recuerdo también un episodio que ocurrió entre dos que
hacían la cola más atrás, a barlovento de las cajas. En un momento preciso uno
de ellos, bien irritado, le preguntó al vecino: “¿qué le pasa? ¿es maricón?” El
otro, entre atónito y furioso apenas atinó a balbucear “¿q q qué?”. “¡Me está
tocando todo el tiempo!” le contestó el toqueteado que debía tener algunos complejos
en el clóset. Los demás esperábamos una buena pelea que terminó en nada, aborregada,
como en todas las filas que conozco.
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