Crecer de golpe


El terremoto del Ecuador de 7,8 grados que mató a unas 650 personas en la zona de Manabí y Esmeraldas el 16 de abril de 2016, me recordó que olvidamos todo el tiempo que somos hormigas humanas. No hay datos certeros de terremotos más allá de unos 100 años; los anteriores solo se encuentran con arqueología y el más notable es el megaterremoto del 26 de enero de 1700 en la costa Oeste de Canadá. El más grande del que hay registro certero es el de Valdivia del 22 de mayo 1960, que tuvo una intensidad de 9,5 y duró una eternidad: diez minutos. Luego el mar se retiró dos veces y otras tres volvió en forma de tsunami devastador. En Hawai murieron 61 personas por efecto del maremoto inverso y los muertos de Chile fueron unos 1.600, casi todos ellos por efecto de las olas de hasta diez metros que arrasaron la costa.

Los terremotos se producen por el movimiento de las placas tectónicas que forman la corteza terrestre. Todo el océano Pacífico está rodeado de lo que se llama el Anillo de Fuego, y en la falla de este lado la placa del Pacífico se mete debajo de todo el continente americano, desde Alaska a Tierra del Fuego. Hace quichicientos millones de años América del Sur estaba unida a África y desde entonces se va corriendo continuamente hacia el oeste. Ese movimiento provoca cientos de temblorcitos diarios que ni percibimos y cada tanto otros más fuertes que asustan un poco. Y después de unos años arma unos terremotos monumentales cuando las placas ceden a la presión contenida y se deslizan unos metros una sobre otra hasta que se vuelven a acomodar. Esa subducción de una placa sobre la otra, aparte de hacer de goma países enteros suma algunos centímetros al Aconcagua y corre unos metros nuestro continente hacia el oeste.

La escala de Richter con la que medimos los terremotos se calcula en el equivalente a toneladas de TNT y es geométrica: cada grado duplica el anterior. Antes se usaba la escala de Mercalli, que medía estándares más borrosos como el movimiento de las arañas o los platos que se caen de la estantería. La intensidad también se puede calcular por el tiempo que duran, así que cuanto más tiempo más fuerte y menos preparados estamos ya que si las construcciones antisísmicas se hicieran previendo el Padre De Todos Los Terremotos la mitad del mundo viviría en búnkers atómicos.

Los terremotos son un corte de laboratorio en la vida de las personas. Todos pueden recordar con facilidad lo que hacían en el preciso instante de uno de ellos porque la magnitud del fenómeno los sorprende con tal intensidad que evocan con detalle el momento exacto, tanto que podría tomarse una muestra colectiva para hacer una estadística perfecta de lo que hacían los ecuatorianos el sábado 16 de abril a las 18.58 o qué hacen con sus vidas los sábados cuando entra la noche. Algunos estarían en sus casas disfrutando tranquilamente de la tarde-noche del sábado, mientras que a otros el sismo los habrá sorprendido en casa ajena y quizá de trampa y en calzoncillos. Pero no seamos malpensados: muchos estarían también en misa a esa hora, como ocurrió en el de Haití de 2010; por suerte parece que las iglesias de la zona más afectada han resistido con daños menores. También hay quienes aprovechan la bolada y se escapan para siempre de sus fantasmas, de los lugares o las compañías con quienes no quieren estar o se hacen humo para que no los persigan los acreedores. También se escapan los presos de las cárceles agrietadas y se convierten en película. Y algunos bandidos infiltrados en las fuerzas de seguridad blanqueen muertos pendientes…

Todos los países que han sufrido grandes catástrofes también han aprovechado colectivamente la oportunidad. Lo ha demostrado la solidaridad infinita de los ecuatorianos que afloró como suele ocurrir en estos casos para desmentir a los detractores del proyecto humano: hay alguna gente mala que por entrar en las noticias parece mucha más de la que en realidad es, pero los buenos son la inmensísima mayoría de la población de nuestros países y todos estamos dispuestos a ayudar a nuestros semejantes sin más retribución que la alegría de hacerlo.

Esa fuerza colectiva despierta para mostrarnos cómo realmente somos. Los avaros se vuelven más avaros y los generosos –que son casi todos– dan lo que no tienen. Los egoístas se potencian y los que piensan en los demás también y por suerte les ganan por goleada. Así en lo que a usted le guste registrar y esa misma fuerza es la que despierta ánimos de superación en todo un país que convierte la crisis en superación y resurge con una potencia nueva. Diría que nos pasa colectivamente lo que a las personas de carne y hueso: las desgracias de la vida nos muestran de lo que somos capaces y nos hacen crecer de golpe. Es lo que estoy seguro pasará en el Ecuador antes de lo que pensamos.

El gin de los apóstoles


Después de asistir a un tablado flamenco en Triana volvimos a Sevilla caminando y bastante cansados porque el día había sido largo. Veníamos de una reunión de diarios americanos que se celebraba en Cádiz por ser 2012 el año del bicentenario de la Constitución progresista y liberal, llamada La Pepa porque fue jurada en esa ciudad el día de San José de 1812. Esa Constitución es contemporánea de las que se empezaban a dar las nuevas democracias americanas que entonces se independizaban de España. Y Cádiz era en 1812 el bastión de la independencia española porque las tropas de Napoleón no la pudieron tomar a pesar de asediarla durante casi dos años.

Al salir del tablado de Anselma decidimos volver caminando al hotel, así que cruzamos por el puente de Triana hacia Sevilla para seguir por alguna calle del Arenal. Pero cuando cruzamos el Guadalquivir, exhaustos y sedientos, nos topamos con un bar que todavía estaba abierto, con mesas en la vereda y vista al Guadalquivir y a Triana. Pasamos al lado de un grupo de chicas que tomaban una bebida con pinta refrescante en copas de esas bien grandes y redondas que ponen en los restaurantes cuando pedís un vino caro. Era gin-tonic, nada especial, pero pedimos los nuestros y nos sentamos en la mesa de al lado.

Conocíamos el yintónic pero no aquel gin-tonic. No tenía nada que ver con el de los veranos de nuestra adolescencia y con el que te sirven en casi todos los bares de la Argentina: un vaso aburrido con hielo (con suerte tiene una rodaja de limón) y una medida de gin acompañados de una botella plástica de Paso de los Toros. Aquello era otra cosa: las copas grandes impiden aguar la bebida porque caben enteras la medida de gin y la botellita de agua tónica mas los hielos, que no se derriten porque están congelados a… 50 grados bajo cero. Cuando los encargamos, el mozo empezó con la retahíla consumista: había una variedad inmensa de marcas de gin –ginebra le dicen en España– y de aguas tónicas y no se mezclan así como así. Además se podían aderezar con otra inmensa cantidad de especias, cada una de ellas procesada al gusto del consumidor o del bartender.

El viaje de 2012 fue largo, no tanto por el tiempo como por la vuelta que dimos a más de media España, pero desde aquel bar a orillas del Guadalquivir no dejamos de tomar gin-tonics cada vez que pudimos. Terminamos sabiendo más de gin y de agua tónica que de castillos y periódicos. El gin habitual del gin and tonic, como le dicen los ingleses, es el London dry gin, del que conocemos algunas marcas inglesas originales y otras malas imitaciones argentinas. La ginebra es el gin holandés, o, mejor dicho, el gin es la ginebra de Londres, ya que es anterior al gin. Gin es apócope de ginebra y ginebra (genever en holandés) viene del nombre del enebro o junípero (juniperus communis) con cuyas bayas se aromatiza el aguardiente de malta, cebada o centeno que es su base. El resto es ponerle lo que los conocedores llaman botánicos, que no son otra cosa que hierbas para aromatizar el gin o la ginebra. La ginebra es más dulzona y el gin es seco y cada gin y sus ingredientes casa con su propia agua tónica. Ya no se le pone solo limón al gin-tonic: lleva además combinaciones de aromas producidos por frutas, cáscaras, esencias, berries verdes o maduros, crudos o quemados…

Bueno, resulta que la semana pasada pedí un gin-tonic en un bar de Buenos Aires y me preguntan si lo quiero con Príncipe de los Apóstoles. Me acordaba de ese gin –que supuse español– por haberlo tomado en un sótano de moda camuflado guaú en una florería del codo de la calle Arroyo, pero esta vez me puse a mirar la botella: es argentino y está aromatizado principalmente con yerba mate además de eucalipto, peperina y pomelo rosado.

El inventor es Renato Giovannoni, un bartender a quien todo el mundo conoce por Tato. El nombre y la marca del gin es el mismo que le puso el jesuita belga Nicolás del Techo –se llamaba Nicolas Du Toit– cuando la trasladó en 1641 desde el oriente al occidente del Uruguay porque los bandeirantes las atacaban para conseguir indios mansos que les sirvieran como esclavos. En 1644 el fundador le cambió en nombre por Santos Apóstoles Pedro y Pablo y en 1652 se instaló donde hoy está la ciudad de Apóstoles, capital de la yerba mate. Los guaraníes la consumían en tiempos de Nicolás del Techo y los jesuitas la popularizaron en toda esta parte de América. Tato le puso Príncipe de los Apóstoles a su gin aromatizado con mate para honrar a la tierra, a los guaraníes y a los jesuitas que inventaron el mate.


Uber


Ocurrió un día que me gustaría olvidar en el centro de la Buenos Aires. Tomé un taxi porque no llegaba caminando a una reunión en un hotel en la zona de Retiro. Lo paré en la calle y le indiqué la dirección. Llegamos bastante rápido y todo venía bien hasta que le pagué un viaje de 32 pesos con un billete de 50, que era el más bajo que tenía. Cuando le entregué el billete lo miró con asco y me dijo que no tenía cambio. Le expliqué que yo tampoco y que lo sentía mucho. Entonces me dijo que se quedaba con los 50… y a mí se me ocurrió decirle que se quedara con los 50 pesos pero antes iba a dar vueltas a la manzana hasta llegar a esa suma. En ese momento se puso loco. Salió arando conmigo arriba del auto y se metió en el medio de la avenida 9 de Julio. Entonces le advertí que estaba cometiendo el delito de privación ilegítima de la libertad, cosa que lo puso más loco todavía. En cuanto lo paró el tránsito detenido en un semáforo me bajé espantado y salí corriendo. Pero el loco se bajó también y me siguió hasta la vereda donde me agarró de las solapas y me aseguraba a los gritos que me iba a matar a trompadas. Mientras en la avenida se armaba una buena galleta la gente miraba azorada sin hacer nada y yo esperaba la piña mortal mientras le pedía que se calme, cosa que por suerte finalmente ocurrió. Llegué a la reunión unos minutos tarde; el corazón me latía como si hubiera corrido la San Silvestre.

En Buenos Aires, por suerte, uno sale a la vereda con el brazo extendido y para un taxi cuando no son dos o tres que compiten por llevarlo. Parece lo más normal pero no es así en muchas ciudades de la Argentina. En Posadas los señores taxistas son unos duques que hay que llamar por teléfono para que vengan cuando quieran o ir a sus paradas de estacionamiento gratuito en los mejores lugares del centro de la ciudad. Yo sé que son sólo unos pocos y que por desgracia siempre me tocan a mí y que para colmo esos que me tocan siempre tienen unos autos diminutos en los que apenas cabe mi humanidad. Además no tienen aire acondicionado y tampoco la más mínima ansiedad para llevarme al destino. Y manejan como la mona, con la radio bien fuerte, como si estuvieran sordos. Cosas de la mala suerte...

Ahora imagínese que en Buenos Aires o en Posadas tengamos la posibilidad de calificar a los taxis y a los taxistas y por tanto que cada uno de ellos se construya con su propia conducta una reputación que usted conoce cuando lo pide o se sube al auto. Sueñe que el precio del taxi es de acuerdo a la oferta y demanda, es decir que si están todos vagando en las paradas usted trata con ellos a ver quién le cobra menos para llevarlo a su casa. Deslúmbrese con la posibilidad de invitar a otros pasajeros que van para el mismo sitio que usted y así aprovechar capacidad ociosa del vehículo y compartir el gasto. Alucine con que por eso mismo gasta la mitad en taxis –o los usa el doble– y los paga con débito automático desde su cuenta bancaria. Encántese con la idea de que así hay un tercio menos de autos en la ciudad, consumimos menos hidrocarburos, hay menos contaminación y vivimos todos más felices en un mundo que ha empezado a compartir de verdad sus recursos en lugar de amarretearlos como hacemos todos los días con nuestro vehículo. Bueno: todo eso ya se puede hacer gracias a las tecnologías que nos tienen comunicados todo el tiempo: hoy podemos saber en tiempo real si hay un taxi cerca, si es una catramina o un auto nuevo y espacioso, si tiene aire acondicionado o hay que ir con las ventanas abiertas, si tiene o no tiene pasajeros y si el taxista es amable o un energúmeno como el que me tocó aquel día aciago en Buenos Aires.

El sentimiento antigringo


Esperábamos una reunión en una oficina de Buenos Aires y algunos tardaban en llegar, así que nos pusimos a conversar los puntuales mientras esperábamos a los impuntuales. El tema era el de esos días: el caos que iba a ser la ciudad por la visita del presidente de los Estados Unidos. Todo empezó porque anuncié que tenía un almuerzo en San Isidro y no sabía si podría ir por los lugares acostumbrados o debía dar un vueltón, con el retraso consecuente. Buscamos horarios y mapas de los cortes en nuestros teléfonos y decidí que no había nada que temer: llegaría lo más bien si iba por donde hay que ir, ya que esas avenidas y autopistas no estarían cortadas. Además quedaba claro que iba a poder sacar el auto del estacionamiento ya que tampoco estaba en un lugar comprendido en el operativo. Anticipo que eso fue lo que hice y que fuimos y volvimos sin ningún problema.

Pero en esos minutos de la reunión de los puntuales comprobé el sentimiento antinorteamericano en uno de los presentes. Decía visiblemente molesto cosas bastante leves como “tenés que sacar el auto esta noche y llevarlo a un estacionamiento lejos para poder usarlo mañana” o “les conviene suspender ese almuerzo, mañana va a ser imposible” y “ayer pasé por la Plaza de Mayo y estaba llena de banderas norteamericanas por este negro que viene a pasear…”.

“–Viene el presidente de los Estados Unidos… no van a poner banderas de Colombia” le contesté ya un poco indignado con la actitud. Y le argumenté con que Barack Obama es el presidente del país todavía más rico, poderoso e influyente del mundo, nos guste o no nos guste. Y tenemos relaciones bilaterales hace muchísimos años, bastantes más que con la mayoría de los otros grandes y pequeños países del mundo.

¿Por qué nos molesta que haya banderas de Estados Unidos y no nos molesta que las haya de Sri Lanka o de Etiopía? ¿Qué nos pasa con Estados Unidos que no nos pasa con Finlandia o Dinamarca? ¿Qué nos molesta de su presidente, de su bandera o de su obelisco, copiado impunemente en Buenos Aires? Muchos de nuestros próceres fueron fervientes admiradores de George Washington y Benjamin Franklin y nuestra Constitución está claramente inspirada en la de ellos. Y aclaro por las dudas que me refiero a los Estados Unidos de América y no a uno o unos estadounidenses en particular, que en este caso son justo la familia Obama, una de las más simpáticas que ha tenido la Casa Blanca como huéspedes en su historia ya más que bicentenaria de democracia ininterrumpida.

Es cierto que el flujo de la información y el mercado están siempre a su favor. No nos engañemos: nos suelen gustar sus películas, sus series, los blue jeans, las hamburguesas, los panchos, la Coca-Cola, Nueva York, Miami y Disneyworld... Pero quizá sea justo eso lo que los hace próximos. Y ya se sabe que uno se pelea con el vecino y no con el que está lejos y que las asimetrías siempre producen estos sentimientos en el más débil. Y también es cierto que cualquier imperio es la excusa perfecta para las ideologías que fabrica poder con el odio amparados en la imbecilidad colectiva.

Pero el sentimiento antinorteamericano, como cualquier sentimiento anti-lo-que-sea generalizado, es una desgracia que no dudo en calificar de fascista. No es malo un norteamericano por ser norteamericano como no es malo un chileno por ser chileno ni un polaco por ser polaco. Nadie puede ser descalificado jamás por cosas que no hizo, y mucho menos condenado. Y nos pasamos la vida haciendo estas generalizaciones injustas con sobrinos que no tienen la culpa de la conducta de sus tíos, nietos de sus abuelos, hijos de sus padres, maridos de sus mujeres o hermanos de sus hermanos (todos con un amplio viceversa).

Quemar una bandera de cualquier país del mundo o un símbolo de cualquier religión es uno de los actos más nazis que todavía ocurren en el mundo supuestamente civilizado y han vuelto a suceder en la Argentina con ocasión de la visita de Obama. Es como pintar cruces gamadas en un cementerio judío, y si no es un delito deberíamos agregarlo a la lista del Código Penal. Implica despreciar por igual a todos los que tienen una misma fe o a los ciudadanos de un determinado país y estamos a un tris de quemarlos a ellos. Es propio de las juventudes fanatizadas, gente que se distinguía por sus camisas pardas, negras o las azules en Alemania, Italia o España de antes de la Segunda Guerra Mundial.

Huele a Daesh y a Kristallnacht: a Califato mata-gays y Noche de Cristales Rotos... Piénselo un poco y si se le ocurre que estoy defendiendo demasiado a los gringos o que debo estar pagado por la CIA, es probable que se le haya metido algo del nazismo del que hablo. La democracia es exactamente lo contrario: no imponer a los otros nuestro propio pensamiento sino alegrarnos de que piensen diferente y convivir unos con otros lo más panchos. Le aseguro que es mucho más divertido.

Otro samohu rosado

Buenos Aires, 12 de abril de 2016

Samohu rosado

Posadas, Argentina, 11 de abril de 2016

Montañita


Cuando un argentino pregunta por las playas del Ecuador invariablemente hay que explicar que las suelen estar pobladas de animales y, salvo en los grandes balnearios, hay poca gente comparado con lo que estamos acostumbrados al viento y la arena de las infinitas playas del Atlántico Sur. Las playas del Pacífico ecuatoriano están repletas de cangrejos que abren camino y lo cierran detrás mientras miran con ojitos de antena al intruso. Hay millones de cangrejos más chicos en la arena y más grandes en los manglares, donde andan entre el agua o trepados a los mangles, esos árboles que viven entre la tierra y el mar. Algunos cangrejos son grandes como una pelota de fútbol desinflada y los venden apilados con gomitas en las pinzas para que no anden pellizcando al que los quiere meter en la cacerola.

Los cangrejos comen animalitos más chicos, que también abundan en las playas. A su vez ellos y sus presas son pescados por miles y miles de pájaros que se los comen vivos: gaviotas, fragatas, piqueros, pelícanos… y un ostrero de pico colorado que escarba en la arena hasta alcanzar las almejas, se las lleva a volar y las tira desde la altura contra una piedra para reventarla y zampársela sin más vueltas. A los cadáveres se los almuerzan los gallinazos que es como se llaman allá los buitres que no son acreedores. Siempre hay restos de tortugas o lobos marinos muertos a mordiscones por algún tiburón, y donde hay un cadáver se juntan cientos de carroñeros a destriparlos. Puede parecer tétrico, pero es lo bonito de esas playas, llenas de la vida misma de miles de especies animales de las que nosotros somos una más, quizá el que más come de la escala de los glotones y seguro la más peligrosa de todas.

Hablando de comer, en la costa ecuatoriana hay un espléndido molusco bivalvo llamado spondylus, una especie de ostra, grande como una hamburguesa y bien rica, pero para comerla hay que sacarla del caparazón que parece una piedra y es duro y pesado como el granito. Recuerdo que lo probé con una salsa de maní en un hotel de tacuaras cerca de Puerto López.

Montañita es uno de esos pueblos de la pacífica costa ecuatoriana. Quizá le deba el nombre al cerrito que rompe la monotonía de la playa y mete sus pies en el mar unos cientos de metros al norte del pueblo. En esa costa hay muchos pueblos parecidos, como San Pablo, Valdivia, Salango, Manglaralto o Puerto López. Todos de pescadores costeños, salpicados por alguna bonita posada para turistas.

Pero Montañita es distinto: un pueblo sonámbulo de cuatro calles que despierta de noche y duerme de día. No digo que de día no tenga su encanto, pero de noche las cuatro calles están llenas de chicos y chicas –la mitad deben ser argentinos– en una fiesta continuada entre esas calles y chiringuitos de madera y caña donde hay tragos geniales, buena música, algo rico para comer y también para fumar… hoteles improvisados en los que se puede dormir por unos pocos dólares, pero de día porque de noche lo impide el barullo de las calles y nadie quiere perderse ese sector del reloj a esa altura de la vida. Sus playas casi siempre están nubladas y pobladas de surferos hang-ten, pero más de arena que olas, que tampoco son gran cosa. Se despiertan para ver ponerse el sol en la playa y se acuestan cuando ya salió por el otro lado del planeta.

En el país más seguro del mundo puede ocurrir un hecho aislado, casi incontrolable, como el terrible asesinato de las dos chicas mendocinas de los últimos días de febrero de 2016. Después de su desaparición y antes de que las encontraran muertas le aconsejé a una amiga no ir allí, no por ser un sitio peligroso sino por que se baja la guardia y hoy no hay que bajarla ni en Dinamarca. Después pensé que no tengo autoridad moral para decirlo por haber estado allí unas cuantas veces. Pero supongo que vale el consejo, ya que al que le sugieren que no vaya, por lo menos va advertido de lo que puede pasar.

Montañita tiene el encanto extraño de la película La Playa de Danny Boyle, con Leonardo Di Caprio. Un paraíso encantador mientras no se pase la raya; lo difícil es distinguir dónde está la raya. Pero –que quede bien claro– los culpables no son los que se pasan de la raya sino los que se aprovechan de los inocentes que se pasan de la raya, a veces inadvertidos y otras con toda la conciencia del mundo, pero inocentes al fin.

Cena con Umberto Eco

Nunca almorcé ni cené con Umberto Eco, pero eso no quiere decir que no lo haya soñado una y mil veces. Soñado despierto digo, que son los sueños que valen de verdad. Desde que Benjamín, un amigo de la adolescencia, me contara sus panzadas de tortellini con Eco en Bolonia, yo soñaba con hacerlo alguna vez. Y hasta soñé con estudiar en el DAMS: Discipline delle Arti della Musica e dello Spettacolo, donde era profesor don Umberto. El 19 de febrero, cuando Eco nos dejó, Benjamín me mandó un mensaje en el que despertaba esos sueños de estudiante, imposibles hace rato. Recordaba que en los años 90 se fue a vivir a Bolonia por motivos, digamos conyugales. Entonces aprovechó para estudiar semiótica con el Divino Umberto, como lo llamábamos los que nos habíamos metido en los vericuetos de esa ciencia y tratábamos de entender el Cuaderno de Tapas Azules de Ludwig Wittgenstein y la concepción trágica del signo de Charles Sanders Peirce (a esas alturas Ferdinand de Saussure era una bicoca).

Pero quedaba un sueño, que no es de estudiante y que ahora ya es también imposible.

Hace dos años y medio estuvimos cuatro amigos unos días en Bolonia. Ninguno de nosotros conocía la capital de la Emilia Romagna, ni la universidad más antigua del mundo, ni los tortellini… Nos metimos sigilosos en el Palacio de Accursio, subimos por su escalera rampante y nos perdimos en los salones que hoy sirven a la comuna de la ciudad. Con menos sigilo entramos en la basílica de San Petronio y con tremenda curiosidad subimos a la torre degli Asinelli, la más alta y la única que mantiene más o menos la vertical en la ciudad de las torres: en la Edad Media los señores competían a ver quién tenía la torre más larga, perdón, más alta (el poder siempre tuvo una connotación genital). También entramos por las puertas abiertas de algunas facultades y hasta vimos los agujeros que hizo Copérnico en la torre del rectorado para probar, antes que Galileo, con un péndulo pero nunca supe cómo, la rotación de la Tierra y su traslación alrededor del Sol.

Pero si algo vale la pena en esta ciudad de Italia es tomarse sin apuros un negroni en uno de los pórticos de la Plaza Mayor, viendo la gente pasar frente a San Petronio. Y, por supuesto, los tortellini de Tamburini, la fonda donde hacen los mejores de Bolonia y donde Eco y sus alumnos –entre ellos Benjamín– pasaban largas horas atiborrándose de buenas pastas y vino lambrusco. Una noche cenamos en un restaurante de la vía Altabella. Comimos rico y confraternizamos con la mesa de al lado: era un grupo de profesores de la Facultad de Medicina invitados por su decano que pensaban que nosotros éramos profesores extranjeros disfrutando de la buena mesa de toda ciudad universitaria.

Es que si hay algo que atrae en estas universidades de inmersión total es la belleza sumada a la juventud eterna. Lo explico, pero primero tengo que advertir que a cierta edad belleza y juventud son casi lo mismo: resulta que si hay algo que no cambia en la universidad, y ocurre en Bolonia desde el año 1088, es la edad de los estudiantes. Eso provoca que los profesores, que sí crecen, mantengan una juventud magnífica. La otra característica esencial en estas ciudades en que alumnos y profesores son estudiantes, es la buena cocina de sus excelentes restaurantes. Será por eso de la juventud que los profesores, científicos o investigadores nunca son bien pagados, pero como son gente culta, viajada e instruida, si hay algo de lo que disfrutan con esa poca plata es de la buena mesa y de conversar hasta morir.

Volvimos a soñar con un almuerzo o una cena con Umberto Eco después de Número cero, su último libro, ambientado en la redacción de un diario que nunca sale. Sabíamos que valía la pena viajar a Bolonia o a Milán solo para eso, pero ni a través de Benjamín y sus contactos lo pudimos encontrar. Por eso el sueño quedó incumplido, pero eso no quita que algún día vuelva a Bolonia a comer tortellini con vino lambrusco en honor del Divino Umberto.

El mosquito


Parece que hay unas 3.000 especies de mosquitos, casi todas inofensivas porque no pican ni muerden a nadie. Pero hay tres que hacen estragos: el Anopheles de la malaria o paludismo, el Culex y el Aedes aegypti que transmite la fiebre amarilla, el dengue, la chikungunya y el zika. Algunos de estos nombres vienen de los lugares donde se descubrió cada enfermedad, igual que el Aegypti del aedes, que se ve que salió de Egipto y llegó a todos los lugares del mundo donde hay un poco de agua y temperatura suficiente para criarse y andar jorobando a los humanos. Pero no todos los Anopheles ni los Aedes, sino solo las hembras, que son las que nos sacan la sangre que les sirve de fuente de proteínas para criar sus huevos.

No hay vacunas para estas enfermedades así que no queda otra que padecerlas estoicamente si nos toca el dengue o cualquiera de las pestes. Bueno, sí, la otra es atacar al mosquito que la transmite sin ninguna mala intención. Ya se sabe: muerto el perro se acabó la rabia.

El problema es que para matar miles de millones de mosquitos hay que fumigar mucho con un veneno que nos hace daño a todos: basta con leer las tremebundas instrucciones de cualquier repelente para saberlo. Lo que mata al mosquito o lo ahuyenta es lo mismo que mata o ahuyenta al elefante: si lo ataca con un flit de su escala, lo mata como si fuera un mosquito gigante.

Quizá por eso me sorprendió ver estas semanas en diarios de todo el mundo a unos eternautas fumigando calles, cementerios, colegios, mercados... Se visten con escafandra y monos herméticos para que no les afecte el veneno que disparan a congéneres que andan en calzones. Es cierto que esa gente está más tiempo expuesta al humo tóxico que mata mosquitos y cuanto ser vivo se entrometa en su camino, pero sería mejor avisar a la población que no se exponga a estas fumigaciones para que no sea peor el remedio que la enfermedad.

Y tal como van las cosas, la humanidad va a tener que exprimir su cerebro colectivo para descubrir el modo ecológico de terminar con las pestes. Algo que no sea tóxico ni dañino para ningún animal o vegetal. Para colmo resulta que si no hay mosquitos se interrumpen cantidad de procesos naturales, desde la polinización de muchas plantas hasta los platos favoritos del sapo cururú de la galería de mi casa.

Por suerte hay gente que está investigando qué hacer con los mosquitos para que ellos no nos maten a nosotros ni nosotros nos matemos matando a los mosquitos. Científicos de una empresa de biotecnología con sede en la Universidad de Oxford han logrado modificar genéticamente los machos Aedes aegypti. Les ha puesto un gen que evita que sus crías se desarrollen adecuadamente y muera prematura la segunda generación, antes de reproducirse y hacerse portadores de las pestes. Han logrado reducir drásticamente (más del 90%) la cantidad de mosquitos en las Islas Caimán y en algún lugar de Brasil donde lo han probado.

Quizá sea la solución, pero lo ideal sería reemplazarlos por esos otros mosquitos que son inofensivos y que cumplen todos los oficios deseables del Aedes aegypti.

Dakar

Imagínese que los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se llamen de Porto Alegre, que el Mundial de Fútbol de Rusia se llame de China o que el rally de Montecarlo se llame de Chivilcoy y que su emblema sea gaucho tomando mate... Bueno es lo que pasa con el Dakar, una competición con colores e insignias bereberes que recorre países del sur de Sudamérica en autos, buggies, pick-ups, camiones, motos, cuatriciclos a motor... precedidos y seguidos por un circo pintoresco de más camiones, pick-ups, helicópteros, aviones, food-trucks, móviles de exteriores, tráileres, motorhomes y millones de curiosos.


Nació como la carrera vale-todo que unía París con la capital de Senegal, cosiendo de norte a sur primero Francia y luego el Sahara. Por eso durante muchos años se llamó París-Dakar y resultaba una diversión muy europea, de pilotos y marcas de ese continente, pero más que nada franceses. El tramo europeo era especialmente marquetinero: los corredores paseaban en caravana por las rutas de Francia, España, Portugal, Italia, mostrando sus vehículos a los civilizados habitantes del viejo continente para luego lanzarse al frenesí en los desiertos africanos. Hasta que un día los tuaregs, los beduinos, los bereberes, los moros y hasta los chicos malos de Boko Haram se cansaron de ver pasar por sus pueblos apacibles el descontrol multicolor de intrusos europeos en sus artefactos escandalosos y empezaron a atacarlos. Fue cuando en lugar de afrontar el peligro o bajarse de la moto, el Dakar se mudó a los inocentes desiertos sudamericanos, pero no cambió de nombre ni de insignia.

Fue así como los primeros días de los últimos años parte de nuestra América se convirtió en un infierno. Infierno en las ciudades y en los campos, los montes y los desiertos que nadie tocaba, que empezaron a ser hollados por corredores sin vértigo y sin vergüenza, amenizados por espectadores suicidas, alentados por ministros de turismo y afines, por subsecretarios de medio ambiente y por las infaltables novias de parque cerrado. Todos quieren estar donde rugen los motores y disfrutar el segundo de gloria junto a los mismos corredores que cada año están... un año más viejos.

Pensaba que si quieren vértigo y desiertos, hoy no hay como los de Irak y Siria para escaparle a la muerte en una carrera sin freno. Como está mucho más cerca de las grandes audiencias, no tendrán que viajar tanto y podrán desfilar triunfales por las mismas rutas que caminan hambrientos cien mil migrantes. Hasta se me ocurrió que puede ser una buena idea vendérselo como promoción al Califato que llaman Estado Islámico y, esta vez sí, cambiarle el nombre por Rally Daesh y agregarle al emblema una Toyota Hilux artillada. Pero como puede que esta idea tarde en concretarse, se me ocurría también que por qué no se dejan de embromarnos y se van a llenar de arena sus monos antiflama a las dunas del Mar del Norte después de una partida simbólica desde adentro de la catedral de Amberes. Luego atropellan unos viñedos de Burdeos, se empantanan en las marismas del Ródano, se estrellan contra olivares de Jaén y hacen añicos algunos pueblos de la Toscana...

En fin, se friegan unos días entre ellos mismos, se riegan con tierra y barro para quedar bien embadurnados, que es lo que les gusta, y nos dejan vivir tranquilos en nuestra plácida América.

Supermercado

Entré con dos personas (sí, eran mujeres, pero no daré más datos) en el supermercado de una ciudad lejana de la Argentina. Teníamos que comprar algo para comer en el auto antes de cruzar la frontera con Bolivia. Yo llevaba la plata y ellas la experiencia, así que entramos los tres juntos. El cuarto se quedó en el coche.

Al pasar la fila de las cajas y sin mediar palabras, una de ellas se quedó en la cola mientras la otra siguió rauda hacia los fiambres y los panes. Iba seleccionando mercadería que desechaba cuando encontraba algo mejor. Pan, queso, salames, mayonesa... quedaban en el lugar de las pastas, las conservas o el papel higiénico. Cuando llegamos a las cajas, la que esperaba vio lo que llevábamos y decidió corregirlo, así que ocupamos su lugar mientras ella volvió a las góndolas. Por supuesto que no llegó al tiempo que nos alcanzaba la caja, así que paramos toda la cola un buen rato, pero a nadie le importó porque todos hacen lo mismo.

Al ver cantidad de mercadería perecedera regada cerca de las cajas pregunté una vez a la cajera si esto ocurre a menudo: todo el tiempo me contestó. Cuando hacen las cuentas los clientes dejan cosas y no les importa dónde; así se echan a perder muchos alimentos. Me contaron que quedan carritos repletos de mercadería en los pasillos: es gente que viene a pasear y hace que compra, quizá para sentirse prósperos por un rato. Y también es habitual que sigan comprando desde la cola con artimañas de todo tipo. O que casi nadie respeta las cajas rápidas: cuando hay cola y la cajera cuenta los productos ya es imposible volver para atrás.

Hace tiempo que tenía esa sensación de soledad en los supermercados y aquel día aprendí por qué.

Mi tía de Banfield

Los españoles hablan con frases hechas que funcionan como palabras. Dicen “eres de lo que no hay” en lugar de cualquier otro modo de decir que alguien se sale de lo normal; o “como comer con las manos” para decir sencillamente que algo gusta mucho. Una de esas es la de la tía de Alcalá, cuando alguien se inventa un pariente, porque el que tiene una tía en Alcalá “no tiene tía ni tiene na”.

Pero resulta que siempre tuve una tía en Alcalá, así que hace tiempo que, copiando el dicho español, inventé una tía en Banfield, la populosa ciudad del sur del Gran Buenos Aires con nombre ferroviario en inglés, como corresponde. Y mi tía de Banfield me viene genial para oponerme a los discursos autorreferenciales de mis contertulios ocasionales o habituales. La cosa es más o menos así y perdone si se siente reflejado en este espejo:

En la charla de amigos alguien dice que está leyendo El Quijote de la Mancha y enseguida uno interrumpe para decir que él también lo leyó y que tiene una edición en cuero de cabritilla que era de su abuelita que leía El Quijote cuando iba al baño. Otro cuenta que acaba de volver de Cuba y el pesado sale con que también estuvo en Cuba y que las playas y la ciudad y el malecón y los cigarros y Fidel Castro y la plaza de la Revolución… Estoy exagerando, claro… o quizá estoy quedándome corto.

Hace un tiempo escribía de las selfies como expresión bien cabal del narcisismo contemporáneo: somos capaces de sacarnos fotos de nosotros mismos delante de un accidentado en lugar de ayudarlo porque lo que importa es que nosotros estamos ahí. No dije entonces que las selfies son también el resultado de que todo está en internet y por tanto es inútil la foto de la Fontana di Trevi o de la torre Eiffel sin nosotros adelante: están mucho mejor en las imágenes de Google. Al final resulta que somos lo más grande que ha dado la humanidad y nadie se está dando cuenta.

Pero el descubrimiento de estos últimos tiempos sobre la autorreferencia es que los que hablan mucho hablan mucho de ellos mismos. Los que hablan todo el tiempo hablan todo el tiempo de ellos mismos. Y los que hablan poco hablan poco de ellos mismos. Por eso –estoy seguro– nos gusta más la gente que habla menos y nos aburre la gente que habla sin parar. Claro que hay grandes excepciones: dos o tres personas en todo el mundo aunque hablan mucho no hablan de ellos.

Bueno. Hace un tiempo que mi inexistente tía de Banfield me sirve para recordarlo: cada vez que alguien empieza con la cantaleta autorreferencial digo que tengo una tía en Banfield. Y siempre sale con que él también. Entonces me muero de risa.

El jacarandá de la calle Rioja


Un día de octubre cayó un jacarandá de buen tamaño en la calle La Rioja entre Rivadavia y Buenos Aires de Posadas. Había llovido casi toda la noche y se ve que el agua aflojó la tierra que sujetaba las raíces y el viento hizo el resto. Cayó entero, sin partirse, a las 11 de la mañana, sobre un Renault Clío y otros dos autos que sufrieron daños menores. Por suerte no lastimó a ninguna persona ni animal que podía pasar por allí en ese momento.

Rápidamente se presentaron los bomberos y luego los empleados municipales que –nunca mejor dicho– hicieron leña del árbol caído para restablecer el tránsito y recuperar los autos que habían quedado debajo del tronco y de la copa ya florecida en plena primavera del pobre jacaranda mimosifolia, como lo llaman los científicos.

Calculo que ese jacarandá tendría unos... 50 años, diez más diez menos. Su diámetro en la parte más ancha es de 50 centímetros y su circunferencia de metro y medio. Un botánico o cualquier aficionado que sepa de estas cosas puede sacar la edad aproximada con solo mirar el tronco, cortado el mismo sábado por los empleados municipales.

En el Jardín Botánico de la Universidad de Lisboa hay un jacarandá con más de 150 años y el más antiguo de Pretoria –llamada Jacaranda City en Sudáfrica– se calcula que fue plantado en 1888. Como el jacarandá es de estas tierras, aquí nadie mide la edad porque nadie los planta: crecen solos. Pero ese jacarandá de la calle Rioja sí fue plantado y en la Municipalidad de Posadas podría haber algún registro, pero lo dudo porque entonces nadie anotaba estas cosas.

Y si es trabajoso saber cuántos años vive, es imposible saber cuánto vale un jacarandá como ese. No digo su madera, que ya es leña, sino su sombra, sus flores, su frescura, su belleza… ¿50 veces más que tres autos? ¿200 veces? Es inútil calcularlo porque lo más valioso de este mundo es lo que no vale nada.


Lo que no se entiende es por qué lo cortaron… Costaba solo un poco más de trabajo y ocupaba algo más de tiempo darle una buena podada y volver a ponerlo vertical con una grúa, bien apuntalado hasta que las raíces y el suelo recuperen su concordia. También podían haberlo trasplantado a algún lugar señalado de la larga y casi desierta costanera de Posadas. Los autos, en cambio, son todos iguales, tienen seguro y se recuperan en un buen taller de chapa y pintura. Y hasta podemos aprovechar la ocasión para comprar uno nuevo, si el seguro o la Municipalidad pagan los daños.

Quizá todo lo que digo es un error y no había más remedio que sacrificar ese árbol en lugar de respetar su derecho a morir de pie. Pero ahora, cuando paso por el lugar de la catástrofe, miro lo que quedó del tronco, medio inclinado en el cantero en ruinas desde aquel sábado de octubre, y pienso en el poco respeto que tenemos por la naturaleza y en el desmedido amor a nuestro tiempo. Porque si este planteo es un error y no había más remedio que destrozar un jacarandá de 50 años para que no moleste al tránsito justo en un tramo de calle que se pasa meses cortado por relocalizados y otros indignados con la Entidad Binacional Yacyretá, tampoco nadie se ocupó de terminar de sacar lo que queda del árbol y plantar allí otro jacarandá que reponga al caído en el cumplimiento del deber.

Conmueve la asimetría entre el prócer que hace más de 50 años plantó ese árbol para que otros lo disfruten… y nosotros, preocupados solo por liberar la calle cuanto antes para pasar con nuestro autito de cuatro ruedas.


Narcisos


Parece que las chicas se enamoraban de su hermosura, pero Narciso no les daba ni la hora, hasta que la que se enamoró fue la ninfa Eco. La historia es larga, pero resulta que a Narciso tampoco le entraron las balas de Eco y por eso Némesis –la diosa de la venganza– lo condenó a enamorarse de su propia imagen reflejada en una fuente.

En la Grecia clásica no tenían telefonitos que sacan fotos, los mismos que han provocado la multiplicación hasta el infinito de los Narcisos y las Narcisas enamorados de su propia imagen en este siglo XXI. Tanto que el narcisismo se está imponiendo como uno de los signos de lo que va de la centuria. Millones de Narcisos lo certifican a cada rato estirando el brazo para tomarse una nueva selfie.

Hace poco tiempo lo más común era confiar en cualquier transeúnte que pasaba para pedirle que nos tome una foto con un paisaje o monumento detrás y hasta le explicábamos dónde había que apretar el botón. Hace unos días dos chicas me pidieron en Rio de Janeiro que les tome una foto, pero antes me preguntaron si no les iba a robar el teléfono... Para colmo cuando me agaché para lograr un buen efecto me explicaron que querían al revés: de arriba para abajo. Entonces se sacaron las camisetas y posaron con las caras pegadas, como hace todo el mundo para entrar en cada selfie colectiva.

Por suerte para los Narcisos y las Narcisas si no hay distancia suficiente tienen el recurso del selfie stick: el bastoncito telescópico que permite alejar un poco el teléfono y tener más perspectiva para que se vea el castillo de cartón-piedra y además entren las 34 personas del Disneytour.

Pero las historias más notables con las selfies están ocurriendo en entre policías y ladrones. Resulta que los delincuentes han caído también en el vicio del siglo XXI y los tipos se sacan fotos en pleno trabajo como para dejar testimonio de su intrepidez o quizá pasar un mensaje a sus compinches. El problema es precisamente el testimonio, ya que sus propias fotos los delatan, sobre todo cuando se olvidan el celular donde robaron.

En una casa de Bahía Blanca el ladrón entró a robar de noche en la casa, hasta que se encontró con el dueño que lo interpelaba detrás de una puerta y le avisaba que estaba llamando a la policía con su propia máquina de sacar selfies. Entonces salió corriendo, pero dejó olvidado el celular encima de una mesa. El pobre ladrón se sacaba fotos en los espejos porque su teléfono era medio viejo y hacía malabarismos para registrar sus tatuajes en los omóplatos. Para colmo tenía registrados números y chats que lo delataban tanto como sus tatuajes.

La cazaron de una oreja cuando intentaba robar las alcancías de una iglesia. En la comisaría se enteró dónde había dejado olvidado el telefonito que saca fotos. Los policías todavía se están riendo.

El sirito de la playa


La foto del sirito Aylan Kurdi en la playa turca de Ali Hoca Burnu se convirtió en el icono de la tragedia. Fue tomada por la fotoperiodista Nilufer Demir, que llegaba al lugar a la vez que los rescatistas que encontraron el cadáver. Junto con sus padres y su hermano Galib de 5 años intentaban llegar a la isla griega de Kos. La guardia costera turca los detuvo cuando intentaban salir, pero finalmente los liberó y vamos a suponer que no fue por dinero. Entonces consiguieron un gomón y se hicieron a la mar remando hacia la isla de Kos, pero al poco tiempo y a unos 500 metros de la costa, el bote empezó a hacer agua y entró la desesperación. Uno de ellos se paró y el gomón volcó. El padre de Aylan y Galib es quien contó cómo sus hijos se le resbalaron de las manos y cómo tampoco pudo salvar a su mujer. También murió otro de los acompañantes en aquel bote desgraciado.

No había que ser Mandrake el mago ni el profeta Malaquías para saber que esto iba a pasar, porque pasa siempre que hay estas desigualdades tan cercanas y a veces lejanas. Ocurre hace 50.000 años y seguirá pasando: con tal de conseguir paz y libertad, gente de todas las condiciones navegan entre tiburones, subidos en llantas recauchutadas de tractor se lanzan al mar de la China en botes destartalados, atraviesan muros enmarañados de alambre de púa, se esconden en los compartimientos de los trenes de aterrizaje de los aviones, caminan por desiertos infernales o se pierden en la selva del Congo.

Lo que ocurre ahora con los refugiados sirios en Europa es lo que pasó a fines de los años 70 con los boat people del sudeste asiático que escapaban de las venganzas sociales que siguieron a la Guerra de Vietnam y salían de sus países con lo puesto en barcos muy precarios. Pero no hay que ir a buscar a los desplazados por las guerras o las persecuciones políticas. Cualquier gran migración es impulsada por la búsqueda de un mundo mejor y expulsada por la miseria. La Argentina es producto de esas desigualdades: nuestros abuelos o bisabuelos emigraron de toda Europa, Japón o Medio Oriente y no vinieron porque no les gustaba la comida o el clima de sus países. El problema era que no había comida y la Argentina prometía una vida mucho mejor, llena de abundancia y de paz.

En toda América hay sirios y libaneses a quienes decimos turcos porque traían pasaporte del Imperio turco: apellidos muy establecidos del Ecuador, la Argentina y Brasil (no hace mucho había más libaneses en San Pablo que en Beirut) son claros testimonios de esa migración, y muy conocidos dada su relación sensual con el poder político. A veces por culpa de un funcionario de migraciones se llaman Romero o Flores, pero siguen siendo tan turcos como los Saadi o los Manzur.

Las migraciones no son buenas ni malas. Lo bueno es el sueño y malo es lo que se deja. Pero entre el sueño y lo que se deja aparece el negocio de unos cabrones que se vuelven millonarios con el tráfico de personas. La desesperación por salvar la vida propia y de los familiares más cercanos hace subir el precio de billetes sin garantía en vehículos frágiles y sin control de nadie. Los traficantes de personas se frotan las manos cuando alguna autoridad dificulta el tránsito de sus pasajeros, porque eso encarece el costo de su contrabando al paraíso prometido.

Europa no podrá evitar la estampida de emigrantes de África y del Cercano Oriente con controles, muros, zanjas o cañones. Pongan lo que pongan serán rebasados por las masas hambrientas y sedientas de pan y de agua, pero empachadas de programas soñados de la Deutsche Welle. Si quieren que los sirios se queden en su casa, tienen que convencerse de que ellos también lo quieren: huyen de la guerra y del hambre, no de sus casas y sus afectos.

Si los húngaros o los alemanes no los quieren, hay lugar y parientes de sobra en nuestra América para alojar a los que se tienen que ir de su tierra perseguidos por el califato que degüella a quienes no piensan como ellos. Antes y ahora siempre fue su casa.

No somos nadie

La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar, que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes. En esa época de contacto diario entre adultos y postadolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mí me tienen bronca”. Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos estudiantiles.

Ante ese reclamo, los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.

Mutatis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.

Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos. Mire si no es gracioso lo que nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.

Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos. No me equivoco si digo que no somos el centro del universo, ni usted, ni yo ni nadie que lea estas líneas. El poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Y le advierto que, aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.

La bandera de Posadas


Cuando los que ahora somos grandes éramos chicos, conocíamos una sola bandera: la celeste y blanca de la Patria. En esa época era más azul y llamábamos bandera de guerra a la que tenía el sol, autorizada sólo para uso de las fuerzas armadas y lugares oficiales y prohibida para los simples civiles del pueblo llano. Por suerte y por una ley de la Nación desde 1985 tenemos una sola bandera con el Sol de Mayo de 32 rayos –intercalados rectos y flamígeros– que redondean su cara mofletuda. El sol no estaba en la bandera de Belgrano de 1812 pero no le disgustó a don Manuel cuando Juan Martín de Pueyrredón lo agregó en 1818. Parece que es incaico y que recuerda el nacimiento de una gran nación que en aquellos días incluía el Alto Perú. Y aquí advierto que no tiene nada de incaico el sol con 32 rayos rectos y flamígeros intercalados que adorna el emblema de los jesuitas, el mismo que ahora forma parte del escudo papal, así que mire por dónde el Sol de Mayo se instaló en el emblema de la Santa Sede.


También tiene medio sol (o un sol naciente) la bandera de Posadas: los flamígeros están intercalados cada tres rectos y hay una cruz circunscripta entre el medio sol y medio engranaje, unas espigas que nacen en un escudo en el que hay un ancla antigua y se convierten arriba en unas manos entrelazadas; los colores azul y rojo significan el río Paraná y la tierra colorada… El manual de instrucciones dice que las manos son de guaraníes y colonos, el sol y la cruz son jesuitas, el engranaje es la industria, el ancla es el puerto y las espigas son laureles...


La nueva bandera se suma a las que hay que izar, arriar, enarbolar, flamear y hasta abrazar. En Posadas ya hay por lo menos cuatro: la nacional, la provincial, la de Posadas y la del Mercosur. Al paso que vamos en los colegios van a ser abanderados hasta los últimos de la clase.

Las banderas son símbolos abstractos precisamente porque significan una sola cosa, pero formada por infinidad de significantes. Por eso son sobre todo los colores los que identifican a las banderías detrás de sus banderas y cosas las que significan en los escudos. No hace falta poner la cara de Tévez y la silueta de la Bombonera para crear la bandera de Boca Juniors: basta con el azul y oro que, por si no lo sabe, descienden de la bandera sueca, que es de las más antiguas y simples del mundo.

Las banderas son esencialmente colores, compuestos por telas cosidas. No son dibujos sobre telas, que para eso están los escudos. En todo caso tendrán algún bordado, pero cuantos menos, mejor. Las banderas con escudos son una confusión de lenguajes y no es nada grave que coincidan los colores de diferentes banderas del mundo como coinciden los colores de River Plate, la selección peruana o Estudiantes de La Plata. También pasa con las banderas de Venezuela, Colombia y Ecuador o las de algunos países centroamericanos con la argentina gracias a las andanzas de don Hipólito Bouchard por aquellas playas.

Hace muchos años que existe la vexilología, que es la ciencia de las banderas. Hasta hay una Asociación Argentina de Vexilología y una institución mundial que las reúne: algo así como la Real Academia de las Banderas. Además hay una rama de la publicidad llamada branding que es la que se ocupa de las marcas, logotipos e isotipos y que tiene a su vez una especialidad llamada marca país, dedicada a hacer estas cosas, pero con pienso. Todo bien ahí peor mire lo que pasó: la bandera de Posadas se eligió entre las diseñadas en un concurso popular y luego se votó por internet y en en los colegios...

Dejar los emblemas en manos de aficionados inexpertos o a merced de votaciones populares no es lo más indicado aunque parezca muy democrático. A la bandera hay que quererla y puede que los posadeños se acostumbren a ella y también que la amen, el tiempo lo dirá... La picardía  es que por clientelismo juntavotos se perdieron una gran bandera y se quedaron con una del montón.

Nadie está pendiente de usted

La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar… que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes.

En esa época de contacto diario entre adultos y post-adolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mi me tienen bronca”.  Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos. Ante ese reclamo los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.

Mutatuis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.

Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos como nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.

Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos: el centro mismo del universo. La verdad es que el poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.

Francisco apretó el acelerador

Raúl Castro amenaza con volver a rezar, Obama aparece a cada rato en el Vaticano, Putin se hace el encontradizo con Francisco, Cristina no pierde ocasión para hacer manitos con el Papa... Cuando esto escribo el Papa está en el Paraguay y sigue asombrando a propios y extraños con sus declaraciones, pero sobre todo con sus gestos, que son los que van quedar en la memoria de la mayoría de la gente. En este viaje cada uno de los mandatarios llevó agua a su molino y hacen bien: al fin y al cabo son políticos y tienen en su casa de invitado al Papa.

Pero volvamos a eso de asombrar a propios y extraños.

Los extraños (los que no son católicos o aunque lo sean van por la vida de agnósticos y hasta de ateos) se asombran porque nunca oyeron a nadie en la Iglesia decir semejantes cosas. Cosas con las que están de acuerdo cien por cien, pero que les parecen revolucionarias, sobre todo en boca de un Papa. Primero les tengo que decir que si fueran a la iglesia seguramente tendrían los oídos más acostumbrados a frases revolucionarias: está todas en el Evangelio y los curas no hace más que repetirlas. A veces los medios y los periodistas somos injustos o quizá somos también extraños y prejuzgamos en lugar de ir a las fuentes. Otras nos fijamos más en quién lo dice que en lo que dice. Y ahora aclaro que no solo los periodistas tenemos prejuicios. ¿Usted sabía con detalles lo que hace años hacen los curas en las inmensas favelas de Buenos Aires? Llegan a donde no llega nadie, ni la policía ni la autoridad civil, para ocuparse de los más extraviados entre los desamparados. Y eso pasa con los apestados por el ébola en África, con los intocables en la India, con los adictos de los suburbios de las grandes ciudades y con cuanto desharrapado anda por el mundo.

La doctrina de la Iglesia sobre la hipoteca social de la propiedad no es invento del siglo XXI sino del siglo I, como la igualdad esencial de todos los seres humanos que sigue escandalizando a la mayor parte del mundo. Tampoco la idea básica sobre el medio ambiente, que es tan antigua como Noé: vivimos en una casa prestada que recibimos de nuestros mayores y tenemos obligación de entregarla intacta a nuestros descendientes.

Muchos propios (los creyentes, sean cristianos o no, y también por inclusión los católicos) creían que el Papa era más conservador. Pero ellos también se tragaron la bola que hicieron correr los que preferían que Francisco fuera una momia porque les convenía políticamente. Unos sabihondos dicen que el Papa es comunista porque no hace más que hablar de los desheredados, se molesta por la explotación de los débiles, abraza a los desvalidos y prefiere visitar una cárcel antes que una catedral (aviso a los más jóvenes que el comunismo es otra cosa, pero sobre todo era algo que había cuando los grandes éramos chicos). Otros piensan que Francisco debería ocuparse del caso Nisman, de la independencia de la Justicia, dejar de recibir a Cristina… y todas esas cuestiones domésticas que no son misión del Papa.

Está claro en sus escritos, en sus discursos y homilías, que su objetivo es la Iglesia a la que comparó con un hospital de campaña, fuera de los templos, audaz y atrevida, accidentada por los riesgos de la intemperie antes que enferma de endogamia y enrarecida por el encierro. No solo la Iglesia y los fieles, a quienes quiere recuperar si se perdieron en estos años de sobrecarga y aburrimiento; el Papa sabe también que puede hacer lo que nadie por el entendimiento entre las naciones y los pueblos, que es presupuesto básico para la paz.

Y lo hace. A su paso por Bolivia el Papa acaba de realizar otro de sus milagros (de milagro nada, es puro trabajo discreto y gestos nada discretos): desde la Guerra del Pacífico, chilenos y bolivianos están peleados y ahora reanudarán relaciones y discutirán a fondo la salida al mar de Bolivia que Chile les birló al ganar esa guerra. Cuba y Estados Unidos estuvieron peleados 50 años, pero Chile y Bolivia llevaban 140 sin hablarse oficialmente, hasta anteayer.

El Papa es el Papa y este Papa es este Papa, que está apretando el acelerador y sabe por qué lo hace. Y los tiempos son los tiempos: ahora disfrutemos de estos que son excepcionales. Si es católico y le asusta la velocidad, ajústese el cinturón y relájese. Y si descubre que era más cristiano de lo que se creía, quizá sea porque la Iglesia apretaba más el freno que el acelerador: eran otros tiempos, nada más.

La palabra

El martes 30 de junio la selección argentina paseó a la de Paraguay en una de las semifinales de la Copa América.

Los diarios de Asunción de ese día anticipaban en sus tapas que su selección albirroja estaba preparada para darle el gran pesto a la albiceleste. Fotos a toda página de los jugadores, títulos pasados de tono, referencias a la Guerra de la Triple Alianza porque Uruguay y Brasil ya estaban afuera y ahora le tocaba a la Argentina… Hay que decir que los paraguayos venían agrandados después de ganarle a Brasil en cuartos. Y aquí permítanme recordarles –mientras hago pito catalán– que le ganaron por penales al equipo que el año pasado perdió 7 a 1 en su Mundial y que a ese Mundial Paraguay ni siquiera clasificó.


Después vino el 6 a 1. ¿Y sabe lo que hicieron los diarios ABC Color y Extra de Asunción al día siguiente de la derrota? La ignoraron en sus portadas como si el partido no hubiera ocurrido. Ese día la Copa América dejó de existir. Tampoco apareció en los diarios del sábado 4 el triunfo de Perú sobre Paraguay por el tercer puesto, ni siquiera en Última Hora, el diario que sí reconoció en su portada la derrota de Paraguay ante Argentina. No informaban de la noticia que el día anterior consideraban la más importante de la jornada.


Esta actitud de los diarios paraguayos es paraguaya pero también muy latinoamericana. El 30 de junio de 2005 el diario deportivo Olé de Buenos Aires publicó su tapa en negro con un post-it que decía que por errores técnicos no habían podido imprimir la portada. El día anterior la selección había perdido 4 a 1 contra Brasil por la Copa de las Confederaciones y River Plate fue eliminado de la Libertadores por el San Pablo. Un filósofo diría que es una disociación entre los hechos y los relatos, pero yo prefiero llamar por su nombre a este defecto deleznable: es poco respeto por la palabra.

La realidad ocurre aunque no la queramos ver y las palabras deben expresarla cabalmente. Ignorar lo que nos sale mal diciendo una cosa por otra solo sirve para que nos siga saliendo mal. Los errores no dejan de existir porque no los reconozcamos, o dicho de otro modo: solo reconociendo los errores somos capaces de corregirlos. Y este no es un mensaje para los paraguayos que prefirieron ignorar la derrota: es para todos nosotros, pero sobre todo para los que nunca se equivocan, que cada vez son más.


No vamos a ninguna parte si las palabras no expresan la realidad. Y vamos para atrás si no cumplimos lo que decimos. Además ganar o perder un partido o un campeonato no es el fin del mundo ni nada que se le parezca. Hoy estamos igual que cuando todos pensaban que los argentinos iban a ganarle a Chile por goleada en la final de la Copa América. Es una estupidez entristecerse por un partido de fútbol: en todos los deportes son muchos más los que pierden que los que ganan y siempre hay otra oportunidad.

Pero que lindo es ganar…

Saavedra y Moreno


La Revolución Americana de 1776 y la Francesa de 1779 son antecedentes directos de la independencia de los países que hoy forman la gran nación latinoamericana. Pero la causa el inicio del movimiento independentista fue la intervención de Napoleón Bonaparte en la corona española, cuando apresó a Fernando VII en Bayona e instaló en el trono a su hermano mayor José Bonaparte. Entonces comenzó la llamada Guerra de Independencia en la Península y también los procesos independentistas en sus dominios americanos. Fue cuando se establecieron juntas de gobierno que destituyeron a los virreyes porque se habían convertido en representantes de un invasor. En Buenos Aires fue la Junta presidida el 23 de mayo por el mismo virrey Cisneros, que era un gatopardista fenomenal, pero fue destituido y reemplazado por Cornelio Saavedra, que juró en el cabildo el 25 de mayo de 1810.

Pero entre 1810 y la consolidación de las repúblicas democráticas hubo movimientos monárquicos e intentos de instalar reyes y emperadores a la medida de nuestra América. México tuvo un emperador mexicano y otro austríaco. Brasil fue un imperio durante 67 años y en 1993 todavía se discutía oficialmente la reinstauración del imperio. San Martín y Bolívar eran bastante napoleónicos y se imaginaban como emperadores militares con senados de generales vitalicios. Hasta el himno nacional argentino de 1813 que todavía cantamos tiene resabios tan monárquicos como igualitarios y en 1816, cuando la Independencia de las Provincias Unidas de América del Sur (así se llamaba) estaba claro que queríamos ser independientes pero no sabíamos cómo. Los que declararon la independencia eran tan hijos de su tiempo como nosotros del nuestro, quizá por eso la monarquía mestiza con capital en el Cusco tenía bastantes números comprados.

Pero volvamos a 1810. La Primera Junta que echó al virrey del fuerte de Buenos Aires duró apenas desde el 25 de mayo al 18 de diciembre, cuando se instauró la Junta Grande con representantes de todo el antiguo virreinato (lo que hoy es Argentina, Uruguay, Paraguay, el sur de Brasil y Bolivia). Unos días antes, el 5 de diciembre, un oficial del Regimiento de Húsares que participaba en el sarao que celebraba la victoria de Suipacha propuso un brindis por el primer rey y emperador de América, don Cornelio de Saavedra, que estaba sentado en un lugar de honor acompañado por su mujer Saturnina Otárola.

Atanasio Duarte, el del brindis, estaba borracho y fue la razón por la que Mariano Moreno escribió en el Decreto de Supresión de Honores que ningún habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido podía atentar contra a las libertades individuales y colectivas y establecía penas gravísimas a quien rindiera semejantes honores a las personas y no a la Patria. La borrachera salvó a Duarte del cadalso, pero no a Moreno de morir, parece que envenenado, en el buque inglés que lo conducía en misión oficial a Río de Janeiro y Londres, a donde Saavedra los envió para sacárselo de encima.

Doscientos años después de estos hechos sigue brindando Atanasio Duarte en gran parte de nuestra América. Y hay países, provincias y municipios en los que todavía gana Saavedra.

Celeste


La familia de Celeste tenía un yerbal en Garupá, cerca de Posadas. Ella vivía allí, en medio de la selva en una casa dinamarquesa, de planta perfectamente cuadrada, construida por 1920 con paneles modulares que alguien había traído de Europa y armado en ese sitio. Recordaba el Mobaco, un juego holandés antepasado del Lego que tenía mi padre antes de la Guerra y daba vueltas por mi casa hasta que sus hijos perdimos todas las piezas. Rodeaba la casa de Celeste una galería, elevada cuatro escalones de la tierra. Los cuartos, los baños y la cocina rodeaban a su vez un salón central al que se llegaba por zaguanes desde los cuatro puntos cardinales.

La casa está todavía en el centro de un mogote de selva rodeada por el yerbal, debajo de la inmensa cúpula de petiribís, ibirapytás y canafístulas. A unos 100 metros hay una casita de huéspedes con techo de vidrio para vivir debajo del toldo vegetal poblado de loros verborrágicos y monos carayá.

Unos cuantos amigos íbamos seguido a lo de Celeste y nos entreteníamos en conversaciones interminables bajo esa galería o bajo los árboles. Ahí comíamos lo más rico que se puede uno imaginar de la cocina tropical, bebíamos ron del bueno y fumábamos cigarros que estancaban su humo moroso en el aire húmedo de la selva.

Celeste había sido linda y lo seguía siendo, pero yo la conocí muy gorda y solo pude ver algunas fotos de cuando era la otra Celeste. Contaban que entonces un piloto le tiraba los perros desde su avioncito cuando tomaba sol al borde de la pileta, allá donde empezaba el yerbal. Como decía, la conocí gorda por atiborrarse de comida, siempre rica pero mucha. Gorda de ansiedad. Gorda de mirarse al espejo y odiarse. Gorda mal, decimos ahora en la Argentina.

Un día caliente de verano supimos que algo le pasaba y que habían tenido que internarla en un sanatorio de Posadas, pero no parecía nada importante. Alguien dijo leucemia y ahora dicen leishmaniasis, contagiada por sus perros. Si tenía leishmaniasis y la trataban para leucemia, la mataban. A los dos o tres días Celeste se murió y un médico firmó leucemia en el certificado de defunción.

Velaron a Celeste en su cama, grandes las dos, pero yo no la vi porque no quise entrar. Me contaron que no pudieron juntarle las manos encima del pecho porque no daban los brazos así que los tenía uno a cada lado del cuerpo, encima de las sábanas que rodeaban su humanidad. El calor daba miedo porque complicaba respirar: creo que era lo que nos hacía llorar y todos sabíamos que era la última vez que visitábamos la casa de Celeste. En un rincón, cerca de la jaula del mirlo malhablado, me encontré con Luchín, que lanzaba rayos contra Celeste: -¡Pero que hija de puta Celeste! ¿Cómo nos hace esto? decía, y otras cosas parecidas.

La enterraron en la falda empinada del cementerio de Cerro Corá. El foso estaba cavado tan justo que Celeste entraba solo en la dirección que habían decidido los poceros, que no era la que ella había querido: mirando salida del sol. Cuando probaron que no cabía en esa dirección su hermana mandó a los poceros levantar el cajón y ensanchar la cabecera con palas de carpir hasta hacer lugar. La enterraron entre su madre y su hermano, como ella también había pedido, la última vez dos semanas antes de declararse su enfermedad. Antes dieron dos vueltas a la cruz del cementerio para alargarle la vida a la única sobreviviente de la familia y propietaria ahora del yerbal y de la casa cuadrada de Celeste que nunca más visité. La rodearon con bastante dificultad por lo inclinado del cerro. Allí quedó Celeste, debajo del túmulo que sobresalía como una montaña de tierra y piedras que parecían removidas para un vecino.

Alta Gracia

Córdoba, Argentina, 27 de abril de 2015

Viajar

Cada vez que me encuentro con Gerardo le pregunto por su último viaje y siempre me asombra: Barnaúl, Samarkanda, una base militar en la Antártida, las islas Kerguelen o la península de Kamchatka. Llega a sitios que ninguna agencia ofrece, en vehículos a los que nadie se anima y es capaz de comer cucarachas o tomar nitroglicerina. Cuando necesita un remedio, esté donde esté, entra en las farmacias y pide por señas al que atiende que lo deje pasar a las estanterías para elegir él mismo lo que va a remediar los efectos de las cucarachas o la nitroglicerina y de otras dolencias que producen sus travesías por volcanes en erupción o mercados abarrotados de malandrines.

Gerardo es un viejo periodista que llegó a ser empresario de medios y se jubiló como profesor universitario en Buenos Aires, pero sigue dando clases y viajando por el mundo con el espíritu curioso de un adolescente. Cenamos juntos, con otros amigos, dos o tres veces al año y aprovechamos para enterarnos de las últimas aventuras de todos, pero especialmente de los viajes de Gerardo, que invariablemente termina con la frase “nunca me arrepentí de ningún viaje”.

Todo viaje es una metáfora de la vida. Por eso se aprende tanto o más que en los libros pero con una experiencia absoluta y directa. Después de los estudios universitarios no hay dinero mejor invertido que en viajar, aunque sea a Chongón, pero viajar. No entiendo por qué los jóvenes ponen es sus hojas de vida que saben manejar el Excel y no cuentan que viajaron a Disneyworld o a Puerto López. Y son inútiles las fotos carnet desabridas que acompañan esas biografías: mucho más dice una foto de viaje –en el lugar que elijan y con la cara que les guste– para convencer a quien les puede dar un trabajo, con quien están a punto de empezar a compartir un viaje de unos cuantos años por la vida misma.

Viajar debería ser obligación de los políticos. Es imposible encarar obras de infraestructura si no se conoce el país y el mundo, y eso va desde los baños de una estación de trenes perdida en la China hasta el puente colgante de San Francisco. Es imposible tomar decisiones acertadas si no se conocen las consecuencias de las decisiones de otros, las soluciones a problemas parecidos, los modos de pensar laterales, las vueltas que otros han dado para llegar a donde nosotros queremos llegar, los errores que cometieron y cómo los corrigieron. Y eso ahora, en el año cero o en el siglo XVI. No estoy pensando en nadie en particular y no es un consejo electoral, pero desconfíe del político que no viaja: seguro que tiene mirada estrecha, corre serios riesgos de volverse autoritario y también de ahogarse en un vaso de agua. Y ojo que también se viaja para escapar a los problemas y los viajes no te libran de ser autoritario; eso se lleva en la genética. Así que sería genial que los autoritarios y los escapistas se vayan de viaje para siempre.

Los libros son parte de los placeres de los viajes. Se puede viajar leyendo un libro en los dos sentidos: hay libros que son viajes y hay viajes que son libros, desde los tiempos de Herodoto, pasando por Julio Verne, Joseph Conrad o Rudyard Kipling. Además, no hay recuerdo más amable de un viaje que la novela que nos acompañó, en la que quedan tickets, recortes y hasta vestigios de alguna comida, casi siempre del avión.

Pero más que los libros enseñan las comidas y tanto como los monumentos, los castillos, las catedrales, los pájaros con que nos topamos o los bosques donde nos perdemos. Vale la pena llegar hasta Amatrice para comer spaghetti all’Amatriciana, algo imposible de hacer cabalmente en cualquier lugar del resto del mundo, donde no se consigue guanciale ni pecorino romano. Lo mismo se puede decir de infinitos platos de cualquier latitud y longitud: cada pueblo tiene su especialidad que sabe a gloria en ese pueblo. No hay como tomar champán en Reims y vino tinto en Burdeos, comer el queso de Camembert en Camembert, trufas en Picardía, percebes en La Coruña, chipirones en San Sebastián y cangrejos en Guayaquil.

El que tiene ganas de viajar no se preocupa por el idioma. Para los viajeros no es un problema sino una oportunidad fantástica de aprender. Los idiomas abren la cabeza, como los libros, las comidas o las culturas diferentes con que nos encontramos. Además la mitad del mundo habla igual que nosotros, así que tenemos que hacer varios miles de kilómetros para encontrarnos en un sitio donde nadie entienda el castellano.

Gerardo tiene razón.

Internet y las papas fritas


En el año 1500, pleno Renacimiento, empezaban a construir la basílica de San Pedro y ya existían en Europa casi todas las catedrales y palacios que hoy nos parecen recién terminados gracias o por culpa de las reconstrucciones que siguieron a cada guerra. Había catedrales, palacios y castillos pero no tenían ni papas ni tomates ni maíz ni tabaco ni zapallo ni cacao…, que hoy son alimento esencial y hasta nacional de muchos países del viejo continente. Es tan difícil imaginarse el mundo antes de Colón como recordarlo antes de las computadoras, internet o los teléfonos móviles.

Antes de conocer América, en España no existía ni el gazpacho ni la tortilla de papas y en Italia no había polenta y la pasta era un aburrimiento. Los belgas tienen buen chocolate y su plato nacional son las papas fritas con mejillones, pero no sabemos qué ponían en sus platos hasta el final del siglo XV. Piense que hasta el 1500 nadie había comido papas fritas y los únicos que fumaban –dicen que por la nariz– eran los indígenas de la isla de Cuba.

En América no había vacas ni ovejas ni caballos ni gallinas ni trigo ni cebollas, pero también hay que decir que nuestro continente estaba poco poblado y por más sabios que fueran, los que aquí vivían no conocían ni la rueda y eran bastante salvajes comparados con los europeos de aquella época.

El descubrimiento de América y el nuevo mundo que encontró Colón es un buen paradigma para entender lo que significan las redes del planeta interconectado. Internet, las antenas de telefonía celular, el wifi y los receptores inteligentes nos permiten hoy averiguar en segundos desde una pantallita portátil que sacamos del bolsillo cualquier cosa que se nos ocurra, o comunicarnos con gente lejanísima como si estuviéramos en el mismo salón.

Internet, los smartphones o los drones están descubriendo un mundo que no conocíamos: lo están ampliando como se amplió el 12 de octubre de 1492 (ni los primeros humanos en América ni los vikingos ampliaron nada). Sin conocer internet, Marshall McLuhan la vislumbraba, tanto que describió un futuro interconectado por las redes eléctricas cuando escribió La aldea global, que lleva como segundo título Transformaciones en la vida y los medios de comunicación mundiales en el siglo XXI.

McLuhan la comparó con la comunión entre los cristianos, pero no nos dijo que esa posibilidad de conectarnos entre todos, además iba a ampliar el mundo como si hubiéramos descubierto un nuevo continente y detrás de los aborígenes y los cocoteros de las playas del Caribe aparecieran por fin en el menú universal las papas fritas o el chocolate en rama.

La calle

María y Pedro vivían de la caridad de los vecinos en las calles empedradas de San Isidro; nadie los molestaba y parecían felices. El loco Pedro manejaba un camión de aire y zorzal que nadie veía, solo él, descalzo sobre los adoquines, aunque pelaran de sol o de hielo. Lo estacionaba, marcha adelante y marcha atrás, con un cuidado de maníaco compulsivo contra la vereda de la calle Lasalle.

Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20. La loca María con su pelo gris, lacio hasta la cintura, dirigía el tránsito de la calle 9 de Julio, cerca de la estación. Castigaba contravenciones inventadas con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo para el curioso que la miraba.

El loco Pedro y la loca María desaparecieron porque los enajenados viven ahora en nuestras casas y revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera y pasean el perro del general Perón y conversan con los gatos del vecindario, mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. O María y Pedro se habrán muerto sin descendencia o alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea o será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas.

Los Pedros y las Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. Las encrucijadas son supermercados donde se puede comprar al paso todo lo necesario y sin horarios impuestos por la autoridad.

Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas y rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor y artistas de ocasión y tangueros en desgracia y sobadores al paso y limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.


Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor.

Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil. Debe ser cierto, pero que se lo digan ellos, por lo menos antes de que un premio Nobel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.

Subduquesa de Catastro


A Posadas han vuelto los títulos de nobleza, esos que suprimimos de un plumazo antes de la Independencia Nacional, en la Asamblea de 1813. Con el único argumento de su investidura, los funcionarios del rango y poder que sea ejercen sus privilegios señoriales sobre el espacio público y se friegan en el resto de los mortales, que para eso son el pueblo llano. No hay distinciones y vale todo para plantar el escudo que señala el derecho. Todavía no les han puesto yelmos y lambrequines, pero suponemos que no falta mucho para que los pinten en los carteles que reservan lugar solo para ellos en la calle que es de todos. Y no usan solo carteles, que el ayuntamiento cede gentilmente a la nobleza: ahora también se sirven de su guardia personal de policías y sirvientes para reservar más lugar todavía con conos de plástico, baldes, escobas, ramas y hasta carritos robados en los supermercados... A tanto ha llegado el abuso que los simples mortales han empezado a hacer lo mismo, pero en este caso el poder es la fuerza o la desvergüenza. Siempre es así gracias al mal ejemplo: cuando los que tienen poder abusan de él, los que no lo tienen se lo arrogan sin más vueltas.

Ser funcionario es hoy como ser conde o duque… Mire qué bonito título: Duquesa de Biología Molecular de la Provincia de Misiones, con derecho a fregarse en el resto de los ciudadanos que no podrán estacionar donde la señora duquesa aparque su carruaje. Hay lo que usted quiera: Conde de la Ecología Sustentable, Barón de la Corte Suprema de Pollo, Vizconde de la Policía Regional IV, Baronesa del Catastro y de la Base Imponible, Margrave de Prensa y Relaciones Públicas, Senescal Verdeoliva de la Gendarmería, Caballero del Museo del Tereré, Marqués Elector de la Represa y su hermano el Conde-Duque de Rentas… todos con grandes extensiones de estacionamiento en la ciudad, para ellos y sus lacayos.

El estacionamiento se ha vuelto un lujo que solo se pueden dar quienes tienen el privilegio de sus títulos nobiliarios; todo muy republicano. El resto de los mortales tienen que jorobarse y pagar o dejar su auto a cuatro cuadras de su casa o de su lugar de trabajo. Hasta los tarjeteros se están acabando porque ya no les queda lugar para cobrar la tasa que ha impuesto el municipio por el uso del espacio público. Y ya a ver que llegará el día en que nos cobrarán por gastar las veredas con nuestras alpargatas. Usted paga el alumbrado, el barrido y la limpieza y los funcionarios le usan la luz, la vereda y la calle, para eso son condes.

Es tan constante y consistente este abuso de poder que se ha vuelto obsceno. Usted se va a reír, pero quiero contarle que una señora subcondesa mandó al portero del edificio vecino a despertar al dueño del auto que había osado ocupar su sagrado lugar en la vía pública. Lo notable es que el portero le hizo caso y lo despertó en lugar de decirle a la subcondesa que lo despierte ella, o su abuelita, o de mandarla sencillamente a freír buñuelos.

Y para que no queden dudas del regreso de Posadas a la época de los privilegios, están los taxistas, perdón, los Caballeros Taxistas, que son algo así como la orden de Malta de esta nueva edad de gentilhombres, cofrades de un gremio privilegiado que puede estacionar en lugares reservado solo para ellos. Porque en Posadas los taxis no andan por la calle como en todo el mundo, buscando clientes, sino que son los clientes los que tienen que ir a buscarlos a sus lugares de estacionamiento y rogarles por favor que tengan a bien acercarlo lo más que puedan a un lugar en un vehículo diminuto, destartalado y sin aire acondicionado… y por unos pesos, claro. Porque los Caballeros Taxistas cobran por prestar un servicio y se ahorran la nafta que cuesta ofrecerlo, en contra de los ciudadanos que la gastan dando vueltas por la ciudad en busca de un lugar imposible: están todos ocupados por los condes, los duques, los marqueses y los caballeros teutónicos del siglo XXI.