29 de noviembre de 2020

Hidrantes de verdad


Las lluvias aplacaron los incendios forestales de esta semana, tanto que ayer casi no quedaban focos en toda la provincia. Fue la noticia principal del martes y del miércoles pasados, antes de que la muerte de Diego Armando Maradona copara toda la agenda informativa. Hasta entonces, las noticias daban cuenta de la fuerte escalada de incendios que se volvería alarmante si no llegaban las lluvias. Y gracias a Dios –en este caso no es ninguna alusión al Diego– la lluvia llegó el jueves, cuando había una docena de focos importantes en la provincia y algunos de ellos amenazaban viviendas que debieron ser evacuadas.

La sequía y el calor provocan estas tragedias en la selva y en las explotaciones forestales. Bueno... la sequía, el calor y algunos irresponsables, pero también los delincuentes que provocan los incendios para echarle la culpa del desmonte al viento norte. Confieso que nunca entendí la relación entre jugar con fuego y hacerse pis en la cama, pero era la amenaza que sufríamos los más grandes cuando éramos chicos: el que juega con fuego se hace pis en la cama. Supongo que ya no se usa en estos tiempos en que cualquier expresión que suene a amenaza puede terminar con los huesos del que la prorrumpió en el campo de concentración del INADI, pero quizá valga la pena correr ese riesgo si con eso conseguimos mantener a raya a los incendiarios.

Junto con el fuego aparecieron en las noticias los esfuerzos sobrehumanos de los bomberos, los guardaparques, la Policía, Defensa Civil y otras fuerzas vivas para controlarlo. Es imposible acercarse desde el nivel del suelo al calor infernal que irradia un bosque en llamas, así que no queda otra que circunscribir el fuego dando por perdida una parte que todavía no se quemó. Por eso, para luchar contra los incendios de bosques, además de los cortafuegos, se han mostrado muy eficaces los aviones hidrantes que descargan miles de litros de agua sobre los bosques en llamas. 


El Plan Provincial de Manejo del Fuego cuenta con dos aviones hidrantes y un vigía. El Servicio Nacional, por su parte, cuenta con unos 25 entre propios y contratados. Todos esos aviones son Dromedar o AirTractor, dos modelos de características muy similares, concebidos para tareas agrícolas y adaptados como aviones bomberos. Cargan entre 2.000 y 3.000 litros de agua, pero deben hacerlo en aeropuertos que no siempre están cerca de los incendios, y se llenan con mangueras, una tarea que puede llevar horas. En cambio los verdaderos aviones hidrantes son anfibios con capacidad para más de 6.000 litros; no necesitan aterrizar en un aeropuerto para abastecerse ya que lo hacen en espejos de agua, acuatizando y despegando sin detenerse y en pocos segundos, para volver al foco del incendio. El más popular de los hidrantes es el turbohélice Bombardier 415 (antiguamente de la compañía Canadair, basado en el exitoso modelo de hidroavión PBY Catalina). Como las vacunas contra el coronavirus, hay también un modelo ruso: el anfibio BE-200 Altair, un jet multipropósito con una versión hidrante de gran eficacia. 

Todo bien con el esfuerzo de personal y equipos para combatir el fuego. Supongo, además, que la estrategia es estudiada y obedece a una experiencia que no conocemos la mayoría de los mortales. Además de resaltar el trabajo heroico de los bomberos y de las fuerzas de seguridad afectadas a apagar los incendios, quiero volver sobre la necesidad de contar con aviones hidrantes anfibios, especialmente concebidos para este tipo de tareas. Los bosques y las explotaciones forestales de la provincia y de la Argentina se lo merecen. Contamos con muchísimos más espejos de agua que aeropuertos, lo que hace doblemente eficaz el trabajo de esos aparatos. Mejoraríamos la capacidad, pero sobre todo ganaríamos muchísimo tiempo, que en épocas de incendios se mide en millones por segundo.

Parece mejor idea que esperar a que llueva.

22 de noviembre de 2020

La curva


Cualquier escribano puede decirle que el protocolo es la colección ordenada de todas las escrituras matrices de cada año. Y cualquier experto en ceremonial le explicará que protocolo son las reglas establecidas para las ceremonias y actos oficiales. Pero los protocolos de las escribanías y de las embajadas no tienen nada que ver con el que ahora mencionamos a cada rato: la serie de procedimientos estrictos a los que nos tenemos que ajustar en cada minuto de nuestra vida desde marzo de 2020.

Coronavirus, pandemia, cuarentena, hisopado, barbijo, mascarilla, distancia, Zoom... están entre las palabras que se resignificaron este año. Covid-19, en cambio, es nueva y nació el 11 de febrero, cuando la Organización Mundial de la Salud la bautizó uniendo en inglés el inicio de las palabras corona, virus y disease. Corona y virus son palabras latinas (y castellanas) para designar a este virus por su forma coronada de puntitas y disease es enfermedad en inglés. El 19 es el año en el que apareció por primera vez en un mercado de la ciudad china de Wuhan. Por ser una enfermedad, en castellano deberíamos decirla en femenino; y por ser un sustantivo común deberíamos escribirla con minúsculas. La Real Academia Española aconseja escribirla toda con minúsculas (covid-19) o toda con mayúsculas (COVID-19), pero no Covid-19, porque no es un nombre propio; y aunque aconseja el género femenino no le importa si se ocupa el masculino.

Pero la palabra que me interesa resaltar esta vez es curva: esa línea que muchos miramos todos los días para saber cómo viene avanzando el virus... en el mundo, en un país determinado, en una provincia o en cualquier localidad. Sale de un eje de coordenadas en el que la horizontal es el tiempo y la vertical la cantidad de infectados y la curva resultante describe la tendencia del progreso de la enfermedad. Desde que empezó la pandemia hemos visto a los epidemiólogos preocupados por esa curva que no debería nunca cruzarse con la de la capacidad de las instalaciones sanitarias para atender todos los casos, especialmente los graves que requieren terapia intensiva y respiradores. Ocurrió durante la primera ola en Europa y especialmente en Italia y en España, que los agarró desprevenidos y la curva superó con creces la capacidad de atender esos casos. Fue cuando las autoridades sanitarias de esos países tuvieron que tomar las decisiones que nadie quiere tomar, porque no queda otra que elegir a quienes salvar y a quienes no.

Como dijeron los suecos, en respuesta a unas palabras no muy oportunas de nuestro presidente, a las cuentas del coronavirus hay que hacerlas al final de la pandemia. Y como no está todo dicho, tampoco yo aventuro ningún juicio acerca de cuál es la mejor o la peor estrategia. Solo digo que nuestra curva siempre estuvo por debajo de esa línea fatal que se perforó en algunos países de Europa y también en Nueva York y en Río de Janeiro.

La estrategia es aplanar la curva, pero como pasa con cualquier cosa que se aplana, también se estira. Estirar en el tiempo la cuarentena fue la consecuencia, digamos física, de mantener la curva lo más chata posible. Recién a mediados del mes pasado esa curva empezó a bajar su ritmo de crecimiento en la Argentina. Aunque ha subido en algunas provincias, no sabemos hasta cuándo y tampoco si habrá en nuestro país los rebrotes que hoy afectan a Europa y Estados Unidos.

Con la luz al final del túnel, hay que seguir pisando la curva hasta que llegue la vacuna. Mantener distancia entre nosotros, seguir usando barbijo que tape bien la nariz y la boca y lavarnos las manos a cada rato con jabón o con alcohol. Además hay que evitar las reuniones en lugares cerrados, toser y estornudar en el pliegue del codo y tocarnos lo menos posible la cara. Y los más grandes o vulnerables mejor que se queden en casa todo lo que puedan. 

Sería una tontería –y puede ser una catástrofe– si nos pasa lo mismo que cada vez que la selección argentina juega al fútbol contra la de Brasil: nos relajamos cuando faltan cinco minutos para que termine el partido y es cuando nos meten dos goles sin tiempo posible de reacción.

8 de noviembre de 2020

La medida de la pasión


Toda la historia de los primeros descubrimientos y la exploración del continente americano se explica por la necesidad de España y Portugal de largarse a conquistar el mundo, unos al oriente y otros al occidente de la línea que estableció el tratado de Tordesillas en 1494. Pero esa necesidad no se entiende cabalmente sin la sed de aventuras de españoles y portugueses y sin la nao, el gran invento portugués de fines del siglo XV que les permitió navegar a mar abierto. 

Sabían que la Tierra era una esfera, pero no conocían todavía sus dimensiones. Para Colón las Indias tenían que estar mucho más cerca y se las encontró en América porque no se imaginaba que estaban tan lejos. Fue la expedición de Magallanes y Elcano la que estableció las dimensiones reales del globo terráqueo pero también confirmó que el continente americano resultó un obstáculo inmenso para viajar desde España al Lago Español, como se conoció al Pacífico durante los 250 años en los que lo navegaron a sus anchas ya que toda la costa americana y las Filipinas eran españolas. 

Lo de Tordesillas y la bula Intercætera tiene su historia, pero lo que no se entiende es el apuro por dividir el mundo cuando nadie sabía realmente sus dimensiones. No tiene sentido haber puesto la línea divisoria afuera de la Península, de modo que España debía pasar necesariamente por aguas portuguesas para llegar a sus costas. Otra hubiera sido la geografía política de las Américas y de gran parte del mundo si se hubiera decidido esa partición después del viaje de Magallanes y Elcano o ya que estaba allí, la hubieran establecido en el mismísimo meridiano de Tordesillas.

Solemos llamar carabelas a las del primer viaje de Cristóbal Colón, pero la Santa María en la que viajaba el Gran Almirante, ya era una nao. La nao (navío) era un buque concebido para navegar sin remos, con timón articulado en la popa, castillos en proa y en popa y tres palos para velas cuadradas. Con una brújula, una esfera armilar y un reloj de arena se animaban a lo que sea. Y cuando Elcano terminó su vuelta al mundo pudieron acercarse con bastante precisión al tamaño real del planeta, corregir la esfera armilar y mapear los astros que lo rodean en toda su dimensión; y también pudieron establecer por dónde pasaba la línea de Tordesillas del otro lado del mundo. Con el tiempo los navíos se agrandaron y se armaron para la guerra, pero las naos de nuestros intrépidos navegantes solo servían para cargar toneladas de especias de las Molucas y volver a España o a Portugal.

Todo bien con las naos, pero no dejaban de ser unas cáscaras de nuez en las que viajaban amontonados y pasaban penurias incontables aquellos navegantes que se mareaban en tierra firme. Estos campeones no podían vivir sin hacerse a la mar, algo parecido a lo que nos pasa con cualquier actividad que nos apasiona. ¿A quién se le ocurre embutirse en un traje antiflama y encerrarse horas sin aire acondicionado en un auto a toda velocidad? ¿Por qué hay gente que no puede dejar de subir montañas y no para hasta poner su huella en la cima del Everest? Ni el Everest ni la velocidad los diferencian de Elcano y Magallanes, de un pescador afiebrado por sacar el dorado de su vida en el río Paraná o de un coleccionista de estampillas desesperado por conseguir una pieza que le falta.

Cualquier instrumento que usemos, por moderno que sea, pueden servir para dar la vuelta al mundo o para llegar hasta Marte. Pero lo que realmente logra los objetivos que nos proponemos no son los instrumentos sino la pasión que ponemos por conseguirlos. El tiempo debería medirse con un reloj que no marque las horas sino la intensidad, la pasión, de cada momento. No hay todavía –y supongo no habrá nunca– instrumental capaz de medir eso que nos lleva a conseguir los objetivos que nos proponemos. Solo podemos medir la pasión con una medida subjetiva, arbitraria, borrosa y tardía, pero es la única que vale, porque aunque fracasemos, estaremos felices de haberlo intentado.

1 de noviembre de 2020

El mal capitán

Juan Díaz de Solís fue el descubridor del Mar Dulce, que también se llamó Mar de Solís, pero esos nombres le duraron poco al Río de la Plata porque por más ancho que fuera no dejaba de ser un río. 

A la expedición de Solís la mandó Fernando el Católico en 1515 con el fin de buscar un paso al océano que le tocó casi completo a España en el reparto de Tordesillas. Y fue su nieto, Carlos I, el que envió a Fernando de Magallanes en 1519 tras el fracaso de Solís. Una tercera expedición –comandada por un desertor de la de Magallanes– fue a buscar el paso por el norte en 1524. Y cuando ya no quedaban dudas de que el único paso posible quedaba en el traste del mundo, el emperador mandó a estudiar la posibilidad de hacer un tajo en el istmo de Panamá. El decreto está fechado el 20 de febrero de 1534. Dicen que dijo el emperador de medio mundo que quien lo consiga sería el del mundo entero. El gobernador de Panamá recorrió el istmo en su parte más angosta, la de los lagos, y llegó a la conclusión de que ni todo el oro del mundo alcanzaba para esa obra y así se lo comunicó al emperador. El canal se inauguró en 1914.

En febrero de 1516, Solís, cinco soldados y un grumete andaluz que se llamaba Francisco del Puerto, bajaron a tierra en la costa uruguaya, cerca de la desembocadura del río Santa Lucía. Allí fueron muertos a flechazos, descuartizados, asados y comidos por los guaraníes, que dejaron vivo al grumete porque aquellos indígenas se comían a sus enemigos para quedarse con su fuerza y no para saciar el hambre.

Del Puerto vivió doce años entre los guaraníes, hasta que en 1527 lo encuentra la expedición de Sebastián Caboto haciendo aspavientos con sus brazos desde la costa. El grumete devenido en lenguaraz no se cansó de trabajarle los tímpanos a Caboto con las historias de sobremesa de los guaraníes que hablaban de un reino lleno de oro y plata al que se llegaba remontando el río. Caboto subió urgente por el Paraná y llegó por lo menos a los rápidos de Apipé, hasta que se convenció de que el Paraná no lo llevaba a donde querían ir, entonces volvió hasta Paso de la Patria para subir por el Paraguay. No encontraron nada, pero las historias de Francisco del Puerto siguieron alimentando la ambición de una expedición tras otra. A ellas les debemos tanta plata en nuestra toponimia y hasta el nombre de nuestra patria.

Decían sus propios marineros que Juan Díaz de Solís era un excelente navegante pero un pésimo capitán y su muerte absurda no es más que la comprobación de esa realidad. Lo mismo se decía de Fernando de Magallanes, el descubridor del estrecho que llamó de Todos los Santos porque fue el 1 de noviembre de 1520 el día que encontraron la conexión con el Pacífico. Los dos y otros tantos eran capaces de capear las peores tormentas sin inmutarse, pero incapaces de conseguir que sus subordinados les hicieran caso.

Los tripulantes de los cinco barcos de la flota de Magallanes eran por lo menos de diez nacionalidades distintas. Todos aventureros que no sabían vivir de otro modo, tanto que se salvaban de un naufragio y volvían a subirse a un barco al día siguiente. En cuanto salieron de Sevilla, en agosto de 1519, empezaron a cuestionar las órdenes del capitán por autoritario y caprichoso. El primer intento de motín lo conjuró Magallanes el 1 de abril de 1520 en la Patagonia, pero tuvo que ajusticiar a un par y dejar en una islita perdida a otro par. Juan Sebastián Elcano también conspiró y se salvó de milagro. Y por suerte, porque Magallanes murió por un error de mal capitán en las actuales Filipinas y sin Elcano esa expedición hubiera quedado zangoloteando por las dulzonas islas de las Especias en lugar de dar la vuelta al mundo por primera vez. 

Esteban Gómez lo traicionó aquel 1 de noviembre: cuando supieron que habían encontrado lo que buscaban, desertó con la nave más grande de la flota para adjudicarse el descubrimiento. Volvió a España, donde lo metieron preso, pero lo liberaron cuando llegó su amigo Elcano de la vuelta al mundo; fue entonces cuando el emperador le encarga buscar el paso por la costa de América del Norte, pero por esa ruta solo consiguió morirse de frío. Si sería testarudo don Gómez que en 1535 volvió al sur, esta vez con la expedición de Pedro Mendoza. Cuatro años después lo mataron los guaraníes en una playa del río Paraguay.

Ocurre en el fútbol, en la política y en cualquier empresa humana. El mejor jugador no tiene porque ser el mejor capitán, pero le damos ese cargo como un honor... y ese día perdemos al mejor jugador y tampoco tenemos capitán.

25 de octubre de 2020

Magallanes y el dulce de membrillo


El 21 de octubre de 1520 Fernando de Magallanes y sus intrépidos navegantes doblaron un cabo que llamaron de las Once Mil Vírgenes. Venía hace rato con rumbo norte-sur buscando un paso para llegar a lo que Vasco Núñez de Balboa llamó Mar del Sur cuando lo descubrió mirando al sur desde el istmo de Panamá. Era la segunda expedición enviada por los reyes de España a buscar por este lado del globo una grieta en el nuevo continente que les permitiera llegar a las Islas de las Especias. La primera fracasó en 1516 cuando los guaraníes se comieron a Juan Díaz de Solís y otros seis marineros en las costa uruguaya del río de la Plata. Quizá por eso Magallanes siguió de largo hacia el sur desconocido. Se ilusionó en el cabo Corrientes (Mar del Plata) donde el continente vuelve a entrar fuerte hacia el oeste, pero se trancó en Bahía Blanca. Lo mismo le pasó en el golfo de San Matías, pero siguió contando decepciones, cada vez más al sur y cada día con más frío, sin saber hasta dónde. Fue así que decidió invernar, primero en San Julián y luego en puerto Santa Cruz, desde el 1 de abril al 11 de octubre de 1520.

Hasta hace poco existía entre algunos cristianos la costumbre de poner a los hijos el nombre del santo del día del nacimiento; era un modo de darle patrono y no era necesariamente el primer nombre ni el día exacto, pero por ahí andaba. Por eso Saavedra se llama Cornelio, Alberdi Juan Bautista, y la N de Leandro Alem le viene de Nicéforo. Lo mismo ocurría con los descubrimientos; pero lo de las 11.000 vírgenes tiene su historia, porque el 21 de octubre es el día de santa Úrsula y otras once vírgenes mártires de Colonia, pero como la palabra mártires tenía solo la inicial, alguien interpretó 11m como 11.000. Magallanes y su exagerado cronista italiano Antonio Lombardo, apodado Pigafetta, llamaron patagones a los aborígenes y Patagonia a su patria. Cuando la expedición cayó en la cuenta de que por fin habían descubierto el estrecho que unía el Océano con el Mar del Sur era el 1 de noviembre, así que Magallanes le puso de Todos los Santos al estrecho que hoy lleva su apellido.

Aquella fue la parte más feliz de una de las aventuras más notables de la humanidad. En Santa Cruz, y en plena invernada, naufragó la Santiago, la más chica de las cinco naves que partieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519. En el estrecho y ante un descuido de Magallanes, la San Antonio –que era la más grande– decidió volver a España para adjudicarse el descubrimiento, convencidos de que los locos que querían seguir no llegarían vivos a dar la vuelta al globo. Al terminarse el estrecho, la Victoria, la Concepción y la Trinidad subieron hacia el norte y se adentraron en el océano rumbo a las Molucas. Pacífico llamaron al mar de Balboa porque pasaron semanas de calma chicha en el medio de la nada. Lo que no podían creer es que no terminara nunca, porque sabían que la tierra era una esfera, pero nadie conocía sus dimensiones reales, así que creían ver a cada rato las Molucas en el horizonte, pero no aparecía nada por aquella derrota: solo se toparon con una isla que llamaron San Pablo por ser el 25 de enero, ya de 1521, pero era imposible apearse por ser puro risco. El 4 de febrero le pusieron de los Tiburones a otra en la que tampoco pudieron desembarcar, pero algo pudieron birlarles a los escualos desde sus esquifes. Lo curioso es que si hubieran navegado unos grados más al sur, o más al norte, se habrían encontrado con paraísos sin hoteles ni turistas, pero es fácil decirlo con el mapa del lunes.

Los navegantes de entonces saciaban su sed con vino porque el agua se les pudría a la par de cualquier otro alimento. Desde el estrecho hasta la primera isla donde pudieron desembarcar, que llamaron De los Ladrones, siguieron compitiendo con los tiburones para robarles algún pescado y así aguantaron tres meses y 20 días sin aprovisionarse, bajo el sol tropical y sin que les cayera ni una gota de lluvia sobre sus barquitos. Se comieron hasta las suelas de sus zapatos, que ablandaban durante varios días en agua de mar y después asaban para engañarse. Cada día moría alguno de escorbuto, pero los oficiales tardaban más en enfermarse y dicen que fue porque en su ración privilegiada tenían dulce de membrillo que les aportaba algo de vitamina C.

Fue así como el membrillo salvó a la expedición de Magallanes en el océano Pacífico, que se ganó el adjetivo sin quererlo porque solo fue pacífico aquel año y por esa ruta que después todos evitaron, pero alguien tenía que poder contarlo. Solo sabían que más allá estaban las islas Molucas, a donde había que llegar a buscar algo más caro que el oro: el clavo de olor, el mismo que le ponían al dulce de membrillo como hoy se lo ponemos al mamón en almíbar.

11 de octubre de 2020

Paternalismo y pandemia

Que la costumbre es una fuente del derecho lo sabemos desde la época de los romanos. Cualquier estudiante de primer año de derecho lo puede explicar: consuetudo servanda est, decían Cayo y Ulpiano para significar que aunque no haya una ley que obligue, si existe la costumbre de hacer las cosas de un modo, debe tenérsela por ley. Pero lo más interesante de la costumbre como fuente del derecho no viene por el lado positivo sino por el negativo, porque también existe la desuetudo, que es como los romanos y todo el derecho occidental llaman a la costumbre contra legem, en contra de la ley. Quiere decir que una ley que no se cumple deja de tener valor. Un ejemplo: por la ley 23.512 sancionada por el Congreso Nacional el 27 de mayo de 1987, la capital federal de la Argentina es un territorio que incluye a las ciudades de Viedma y Carmen de Patagones, pero la falta de cumplimiento terminó con el sueño de Raúl Alfonsín de fundar la Segunda República Argentina y de enfriar a los funcionarios en la Patagonia.

Se llama anomia a la ausencia de normas, no porque no las haya sino porque son tan confusas y contradictorias que nadie las cumple. Ocurre especialmente cuando quienes no las cumplen son los primeros que tendrían que hacerlo. Es una consecuencia lógica y esperable del mal ejemplo, porque la gente no sigue al que manda sino al que con su conducta confirma lo que ordena: eso se llama autoridad moral.

La Argentina vive desde hace muchos años en una situación de anomia. Pasa con las normas constitucionales, con las impositivas y aduaneras, con las leyes laborales y sindicales, con las resoluciones del Ministerio de Economía y con la prohibición de estacionar en las entradas de autos... Será porque nuestros bisabuelos vinieron a la Argentina a ser más libres y nosotros heredamos esa genética: no nos gusta que nos ordenen nada y basta que alguien lo haga para que empecemos a buscar cómo zafar.

Más o menos hasta el primer mes del confinamiento salíamos solo cuando era necesario para nuestra subsistencia, tanto que muchos agotamos las despensas y hasta lo que guardábamos para momentos especiales, convencidos de que quizá nunca llegarían si nos tocaba el Covid-19. Todo lo que entraba en casa era bañado en alcohol y lavandina, hasta nosotros mismos y nuestra ropa. Hoy, en cambio basta con asomarse a las calles de Posadas o de cualquier ciudad de la Argentina para comprobar que ya nadie le hace caso a las leyes que todavía pretenden hacernos vivir como ermitaños que respiran a través de una compresa. Fue así como la vida misma –y no la ley– terminó con la cuarentena. Lo sostuvo varias veces el presidente cuando le preguntaron por la cuarentena que él mismo decretó el 19 de marzo: "¿qué cuarentena?" contesta como buen gallego. 


Para saber lo que nos pasa con la anomia y la cuarentena alcanza con salir a caminar al final de la tarde por la costanera de Posadas. Allí puede ver y oír a los patrulleros de la policía que ordenan a los caminantes que se pongan el barbijo y vuelvan a sus casas. Lo curioso es que lo dicen enfrente de bares y restaurantes abarrotados de parroquianos ávidos de cerveza artesanal, de helados de tiramisú, de pizza con champiñones y panceta... todos en alegre chacoteo, sin barbijos ni distancias imposibles de cumplir. Y lo más loco es que la autoridad sanitaria sabe que lo mejor para evitar la peste sería ordenar a los que toman cerveza que se vayan a pasear por la costanera... 

Después de 205 días de aislamiento obligatorio y dados los magros resultados, quizá haya llegado la hora de apelar a la responsabilidad de los ciudadanos y bajarnos del paternalismo que nos viene tratando como adolescentes durante los largos meses que llevamos de pandemia. Siempre es mucho mejor contar con la responsabilidad que con la irresponsabilidad de las personas.

4 de octubre de 2020

Renace un tren


El primer día de octubre de 2020 un coche-motor unió las ciudades de Apóstoles y Garupá, en la provincia de Misiones. Tardó dos horas en recorrer los 70 kilómetros de rieles que separan las dos ciudades. La noticia parece de 1912 pero es de 2020, con la diferencia que en 1912 tardaba menos de dos horas y llegaba a la estación de Posadas, que aquel año estaba reluciente esperando la llegada del primer tren y ahora es un fósil que se exhibe en la costanera como en un museo.

En 1912 llegó el primer tren a Posadas y en 1913 ya estaban navegando los ferry-boats a Encarnación. Desde ese año se pudo viajar de Buenos Aires a Asunción sin bajarse del tren, ya que tenía camarotes, baños, comedor... Las formaciones cruzaban dos veces el Paraná; desde 1908 cuatro ferrobarcos unieron Zárate con Ibicuy, rodeando la isla Talavera en un trayecto de 82 kilómetros que duraba unas tres horas. Los dos que unían Posadas con Encarnación funcionaron desde 1913: son los barcos que ahora descansan medio hundidos en el nuevo puerto de Posadas. 

Hoy al Paraná lo cruzan tres grandes puentes y por los puentes pasan las vías del ferrocarril que hubieran conseguido acelerar considerablemente el viaje, pero cuando se terminaron esos puentes ya casi no había trenes... Ahora aprovecha las vías solo el servicio internacional Posadas-Encarnación, que lleva meses cerrado por culpa de la pandemia; la última vez que un tren con pasajeros viajó de Misiones a Buenos Aires fue en 2012 y no quiero ni recordar cuánto tardó.

El mismo presidente que inauguró el puente San Roque González fue quien aniquiló el ferrocarril que pasaba por sus vías. Como en el cuento de Borges, desparramadas por toda la geografía argentina hoy se encuentran miles de kilómetros herrumbrados de vías férreas, vagones descarrilados, terraplenes carcomidos, estaciones fantasma y hasta pueblos abandonados porque un presidente argentino y su ministro de economía confundieron negocio con inversión.

Por fin, 111 años después del primer tren, volvió a probar las vías entre Apóstoles y Garupá un coche-motor. Es cierto que tardó dos horas en recorrer esos 70 kilómetros, pero era un viaje piloto para reconocer el trayecto, ir resolviendo los arreglos y el mantenimiento de este tramo que incluye las estaciones, bastante abandonadas, de Pindapoy, San José y Parada Leis. La empresa que explotará ese servicio es la misma del tren internacional y espera todavía la autorización del ministerio de transporte para poner en marcha esos trenes de pasajeros.

La buena noticia es que se están volviendo a utilizar –hacer útiles– 70 kilómetros de la antigua traza ferroviaria que unía Buenos Aires con Asunción, que ahora se suman a los escasos dos kilómetros del puente. Está resucitando de a poco el tren que funcionó hace más de un siglo y que tiramos a la basura en los años 90. Esta nueva vida es la prueba más patente de la barbaridad que se hizo con esos activos.

Hay que seguir avanzando, estación por estación, hasta revivir el troncal completo de Buenos Aires a Asunción. La traza está deteriorara, pero está. Un tren de alta velocidad uniría Posadas con Buenos Aires en poco más de cuatro horas (y los hay el doble de rápidos). Es cierto que para que pueda correr hay que renovar completamente las vías, mejorar la traza en algunos lugares y también levantar viaductos para evitar los pasos a nivel... pero casi no hay que expropiar y no parece lógico gastar tanto dinero en poner en valor la traza de hace un siglo. Ese tren de alta velocidad debería ser el objetivo: una obra pública de primer orden para recuperar el medio de transporte más cómodo, más barato, más práctico, más seguro... y casi tan rápido como el avión.

27 de septiembre de 2020

Dinamitar el puente

La larga cuarentena de 2020 ha evitado la fuga mensual de 10.000 millones de pesos desde Misiones a los países vecinos. Fuga es un modo de decir, porque si nadie lo evita tampoco alguien se está fugando, pero tuvo que venir la pandemia con su cuarentena y cierre de las fronteras para sumar estos números al comercio de Misiones: lo que nunca pudo evitar la aduana lo evitó el coronavirus y, como suele ocurrir, no hay mal que por bien no venga. La fuente del dato es la Agencia Tributaria de Misiones, que discrimina el comercio minorista con un incremento de 6.500 millones de pesos y el mayorista con los 3.500 millones restantes.


Da para pensar que la solución es cerrar definitivamente las fronteras de Misiones con Paraguay y Brasil. Y, por supuesto, habría que volar el puente San Roque González que une Posadas con Encarnación, por ser la principal vía de escape de ese dinero hacia el Paraguay. Sin dudas sería una solución y un gran espectáculo, pero también sería volver al siglo XIX... Digo que no parece muy viable y también que junto con la alegría por los buenos datos para el comercio de Posadas, el de Encarnación sufre una malaria sin precedentes y se quejan amargamente por el cierre del puente. Hay que decir que el bloqueo fue promovido más radicalmente por las autoridades del Paraguay, que con siete veces más habitantes que Misiones, en sus hospitales tiene la misma cantidad de camas críticas que nuestra provincia.

Las fronteras parecían cosa del pasado en el siglo XXI, pero ahora se han potenciado ante la necesidad del confinamiento, que a su vez es resultado de la carencia mundial de recursos médicos ante la sorpresa de este coronavirus. No sabemos todavía cómo serán en la era de la nueva normalidad, pero descuento que la hermandad y la cercanía promoverán una solución por el lado de la integración. Es que, como anticipaba el domingo pasado, no se trata de fomentar la separación sino de convertir la aparente debilidad de nuestra situación geográfica en fortaleza estratégica de primer orden, dada nuestra ubicación en el mapa sudamericano. Lo está diciendo el gobernador de Misiones casi todos los días: para volver simétricas las asimetrías de la frontera no queda otra que igualar las condiciones de Misiones con las de sus vecinos; y para eso son imperiosos los beneficios impositivos de una zona franca que abarque todo el territorio de la provincia.

Pero hay una vuelta más de rosca para darle al asunto. Se podrían integrar los mercados de Posadas y Encarnación bajo las mismas oportunidades comerciales, como si fuera un solo conurbano en el que circulan dos monedas. Esto implicaría englobar en una sola zona franca común a las dos ciudades y trasladar las fronteras aduaneras hacia las periferias de Posadas y Encarnación, de modo que el río que nos separa empiece por fin a unirnos con pase libre entre nosotros. Un esquema que permitiría convivir tranquilos a posadeños y encarnacenos, que para colmo tenemos una historia común y una hermandad incuestionable. Cada uno con su dinero y sus autoridades, pero sin fronteras, como ocurre en muchas ciudades del mundo donde basta con cruzar una calle para cambiar de nación.

Si los controles migratorios y aduaneros para entrar o salir de Encarnación y Posadas estuvieran en tierra firme en lugar de molestar en el puente y en las costas del Paraná, uniríamos los mercados de las dos ciudades en una zona franca internacional con beneficios impositivos que igualen las oportunidades para todos y que atraigan al comercio y a la industria: un gran free-shop a cielo abierto, con actores de los dos países y de más lejos, como ocurre con la amazónica Manaos. Ya tenemos una autoridad común con sede en ambas márgenes y con injerencia decisiva en la urbanización y desarrollo de las dos ciudades: la Entidad Binacional Yacyretá.

Si lo logramos, los que harán cola ya no seremos los posadeños y encarnacenos en el puente sino los que lleguen a ambas ciudades, a comprar cantidad de mercaderías que hoy ni pensamos vender por falta de compradores.

20 de septiembre de 2020

La península de Misiones

En algo se parecen Misiones y Tierra del Fuego. Tierra del Fuego es una ínsula y nosotros una península. Ellos limitan con Chile y con las corrientes marinas y nosotros limitamos con Brasil, Paraguay y Corrientes... En el resto no nos parecemos nada, pero si hay algo que nos diferencia completamente es nuestra situación geográfica: Tierra del Fuego está en el confín destemplado del Traste del Mundo y nosotros en el corazón caliente América del Sur... Su enclave lejano y frío dio a Tierra del Fuego beneficios impositivos para igualarla con el resto del país. Misiones tiene mejor clima y no queda tan lejos de los grandes centros poblados de la Argentina como Tierra del Fuego, pero sí lo suficiente como para salir perdiendo en la competencia con casi todas las demás provincias.


Misiones limita con los tres estados del sur del Brasil; entre los más ricos después de San Pablo, que no toca nuestra provincia pero está acá nomás. Si calculamos las distancias desde un lugar central de Misiones como Aristóbulo del Valle, encontramos que está más cerca de San Pablo que de Buenos Aires, y mucho más cerca todavía de las capitales de los tres estados del sur de Brasil, y eso que están todas sobre el Atlántico; el resto de Paraná, Santa Catalina y Rio Grande del Sur están todavía más cerca de nosotros. Según datos de 2012, esos cuatro estados del sur del Brasil suman 73.600.000 habitantes, y con Paraguay –que más cerca no puede estar– pasan los 80 millones, casi el doble que la Argentina. Hasta acá los datos incuestionables de la geografía. Solo falta agregar que vivimos pegados a una de las mayores fuentes de energía del mundo.

Así que resulta que Misiones está más cerca del inmenso mercado brasileño que de los grandes centros poblados de la Argentina, y sin embargo desde esos centros de la Argentina es de donde viene casi todo lo que consumimos y hacia donde va casi todo lo que producimos. Nadie se explica por qué no están en Misiones las fábricas de todo lo que exportamos a Brasil. Aviso que puedo ensayar algunas explicaciones, pero también advierto que es difícil hacerlo sin que me quieran fusilar algunos fanáticos, a quienes debería recordarles que estamos hace tiempo adentro del siglo XXI.

La situación geográfica de Misiones no es un factor negativo como puede serlo para Tierra del Fuego. Por el contrario: es una fortaleza imposible de calcular, pero para que sea realmente una fortaleza hacen falta los instrumentos legales, políticos, económicos... estratégicos en una palabra, que lo permitan. La asimetría con Brasil y Paraguay, pero también con el resto de nuestro país debido a las distancias y a la centralidad radial de la Argentina, debe convertirse en igualdad de condiciones para que podamos competir en buena ley.

Pero la igualdad no basta: si queremos tener éxito, a partir de allí debemos abonar las condiciones para que germine el desarrollo y esas mejoras están dadas por el conocimiento, por las comunicaciones y por la inteligencia política para encarar estos desafíos. Es hora de establecer una zona franca, libre de impuestos para exportadores y proveedores, que atraiga las inversiones que generen empleo y hagan crecer las exportaciones al triple del valor actual. Ya es hora de explotar la gran fortaleza que la geografía le regaló a Misiones.

13 de septiembre de 2020

El camino de Belgrano


Todo camino es metáfora de la vida porque la vida es un camino que empieza y se termina en una geografía determinada y debe ser por eso que nos atraen los caminos. Además está comprobado que los humanos pensamos mejor mientras caminamos, y si no pregúntele al viejo Aristóteles de Estagira y su escuela peripatética del siglo IV antes de Cristo. 

Camino por antonomasia es el de Santiago que recorren peregrinos desde hace mil años y deja una marca indeleble en los que lo transitan, tanto que la humanidad se divide entre los que lo hicieron y los que no. Además establece una hermandad peculiar entre quienes alguna vez peregrinaron a la tumba del apóstol en Compostela.

Cualquiera que pretenda recrear el camino que en 1817 siguió el ejército de San Martín por el Paso de los Patos a través de los Andes, no tiene más que contratar una excursión de varias que se ofrecen. Basta con googlearlo para enterarse de esa oferta que suele partir de Barreal, en San Juan. También puede seguir el camino de Gregorio de Las Heras por Uspallata, o cantidad de cruces imponentes que no tienen relación con la gesta libertadora: los Andes se pueden cruzar desde Jujuy a Santa Cruz en auto, a caballo, en mulas, caminado y hasta corriendo y le aseguro que vale la pena.

La Mesopotamia argentina tiene un camino histórico y heroico, anterior al de San Martín y fundador de nuestra nacionalidad. Es el que recorrió Manuel Belgrano con el Ejército del Norte. Pasó por las actuales provincias de Entre Ríos, Corrientes y Misiones en los últimos meses de 1810. La expedición partió de San Nicolás de los Arroyos en la provincia de Buenos Aires, pasó por Rosario y cruzó el río Paraná el 16 de octubre de 1810 desde Santa Fe hasta La Bajada, en la actual capital de Entre Ríos. Siguió cerca del Paraná hasta que se topó con grandes ríos que lo obligaron a buscar la divisoria de aguas. Pasó por Santa Helena y bordeando el arroyo Feliciano llegó al Basualdo. De allí entró en Corrientes y encaró la meseta del Pay Ubre. Refundó y bautizó como Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá el rancherío y la capilla del Pilar de Curuzú Cuatiá. Siguió por Mercedes hasta el paso de Caaguazú para cruzar el río Corriente hacia la actual Chavarría. Desde Chavarría subió por la traza actual de la ruta provincial 22 hasta Concepción del Yaguareté Corá.

En cada etapa el Ejército del Norte perdía pertrechos, suministros y hombres que morían o desertaban. También reclutaba nuevos soldados, como el niño Pedro Ríos en Concepción. Desde Yaguareté Corá subió hasta el Paraná, a donde llegó el 1 de diciembre de 1810. Quiso cruzar por la isla Apipé a la antigua misión de San Cosme y San Damián, pero no estaba fácil la cosa por falta de embarcaciones, así que siguió –casi sin desviarse– la traza actual de la ruta 12 hasta Santa María de la Candelaria, otra misión de las que habían sido expulsados los jesuitas en 1767. Belgrano llegó a Candelaria el 15 de diciembre de 1810, pero parte del ejército debió esperar del otro lado del arroyo Garupá porque estaba crecido por las intensas lluvias. Luego de cruzar el Paraná, la expedición persuasiva de Belgrano al Paraguay se abrió paso en Campichuelo y llegó hasta Paraguarí, donde lo enfrentó el gobernador Velasco. A la vuelta fue derrotado en Tacuarí (actual Carmen del Paraná), donde murió Pedro Ríos tocando el tambor.

Cuando pasó Belgrano no había pinos, ni eucaliptus ni torres de alta tensión. El resto está igual: hasta los caminos, los ranchos y las estancias. Ya es hora de que intentemos recrear ese camino, como se ha hecho con el paso de los Andes. Quizá así se nos pegue algo del amor desinteresado a la Patria de don Manuel Belgrano.

6 de septiembre de 2020

La hidrovía


Las ciudades más antiguas –y hoy más grandes– de la Mesopotamia se fundaron y crecieron sobre los ríos navegables, que durante siglos fueron la principal y casi única vía de comunicación y de transporte que bien pudieron llamar hidrovía los adelantados Pedro de Mendoza, Juan de Garay, Juan de Ayolas o Domingo Martínez de Irala. El tránsito terrestre debía hacerse por las zonas más altas para evitar los bañados y los cruces de los ríos en sus tramos más caudalosos, por eso hasta bien entrado el siglo XX casi todo el transporte, hasta el de ganado, se hacía embarcado por nuestros ríos.

Hasta fines de los años 60 del siglo pasado casi no hubo caminos realmente transitables en toda la región, que recién empezó a conectarse con el resto de la Argentina por una vía terrestre en 1969, con la inauguración del túnel subfluvial entre Paraná y Santa Fé. En 1973 se terminó el puente General Belgrano, entre Corrientes y Resistencia. Y el 14 de diciembre de 1977 se habilitaron al tránsito los puentes de Zárate (Buenos Aires) y Brazo Largo (Entre Ríos), que hoy se llaman Complejo Unión Nacional. Curioso es que la Mesopotamia haya estado conectada antes con Brasil que con el resto de la Argentina, a través del puente que une Paso de los Libres con Uruguayana, habilitado en 1947; este es el único que no fue inaugurado por un presidente de facto, aunque también era general.

El río Uruguay es navegable hasta Concordia en la Argentina y Salto en el Uruguay porque no le hicieron esclusas a la represa de Salto Grande: aunque no usted lo crea no las tiene porque antes de la represa –y como su nombre lo indica– había allí un bonito salto de lado a lado del río. Los constructores razonaron que si antes no se podía pasar por culpa del salto, no había ninguna necesidad de permitir en el futuro el paso de embarcaciones...

El Paraná y el Paraguay son ríos mucho más caudalosos que el Uruguay. Por el mismo motivo que Salto Grande, tampoco tiene esclusas la represa de Itaipú. Así que el Uruguay hasta la presa de Salto Grande, el Paraná hasta la de  Itaipú y el Paraguay hasta Cáceres, en el estado de Mato Grosso, forman una red de vías navegables larguísima y utilísima para el transporte. Ya lo demostraron la historia y los siglos en los que se llegaba a todas nuestras ciudades en barco. Pero ahora surcar los ríos es mucho más fácil que antes, ya que la tecnología de geoposicionamiento satelital permite navegar sin boyas, de noche y hasta con niebla. Además hay sonares y radares para prever obstáculos y bajantes.

Un convoy de barcazas empujadas por un remolcador –de esos que se ven a seguido con bandera paraguaya– puede transportar 24.000 toneladas de carga. Eso equivale a 533 camiones de 45 toneladas. Esos convoyes miden como máximo 290 metros de largo x 60 de ancho y pueden llegar a Posadas, Corrientes, Resistencia, Formosa o Asunción y todos los puertos fluviales situados río abajo. Con menor tamaño y calado llegan sin drama hasta Puerto Iguazú, Ciudad del Este, Foz do Iguaçu; o hasta Cáceres, en el medio de Brasil.

El 80% de la producción argentina que sale al exterior lo hace desde algún puerto del Paraná y casi todos los de gran movimiento están emplazados cerca de Rosario. Solo hace falta conectar esos puertos con los del norte para transportar la producción desde los puntos más lejanos y transbordarla en los puertos de más movimiento, a los que llegan barcos de gran calado. 

Una hidrovía es una autopista fluvial que abarata los costos del transporte y despeja las rutas de camiones de largo alcance. Mejora el trasiego de mercancías y el mantenimiento de los caminos. Pero además no se pierden puestos de trabajo entre los choferes de camión; al contrario, hace su tarea más humana ya que aumentan los recorridos pero hacia lugares más cercanos.

30 de agosto de 2020

Ruta 14

Desde que empezó la cuarentena he tenido que viajar ya varias veces a Buenos Aires por razones urgentes y humanitarias. Ningún problema si se tienen todos los permisos y certificados, ya que todas las situaciones están contempladas. Como no hay ómnibus ni aviones, no hay otra que viajar en auto, así que volví en estos días otra vez a la ruta 14, al camino... que siempre es una metáfora de la vida. 

Es mucho más fácil ir que volver. Por el tránsito, solo se extrañan los ómnibus, sobre todo los mañaneros que llegan a Misiones y complican el tramo estrecho de la ruta. La vuelta es cuesta arriba, porque te agarra cansado la parte angosta y sinuosa, sobre todo entre Virasoro y Posadas, pero más todavía porque los controles se ponen estrictos para preservar del contagio a los que vivimos en el paraíso.

Decía que la ruta es una metáfora de la vida porque la vida es un viaje que empieza y se termina, con sus paradas, sus controles, sus peajes... y transcurre en un lugar geográfico. Quizá por eso nos gusta viajar, hacemos peregrinaciones, tours, tienen éxito las road stories y jugamos al golf, que también es un camino. 


Como en La Divina Comedia, a mitad de ese camino entre Posadas y Buenos Aires, hay un hito que parece central por la cantidad de carteles que lo anuncian durante todo el trayecto. Ya no importa cómo se llama el local de artículos regionales que engaña con su fachada, instalado a la vera de la ruta, en la mano que va a Buenos Aires, a la altura de Concordia. Ahí estuvo impidiendo en ese tramo la obra de la autovía, y ahí sigue ahora invadiendo el espacio público. No creo que sus dueños hayan estudiado las consecuencias de esa publicidad, que lo mismo anuncia escabeche de tatú mulita que mermelada de remolacha; pero tanto anuncia que sobrepasa las expectativas del que entra desprevenido y se lleva un chasco fenomenal, porque uno no está para comprar una bondiola diminuta que cuesta un ojo de la cara.

Los tenderetes se han multiplicado porque el mal ejemplo siempre cunde más que el bueno: han surgido como hongos negocios que lo imitan en toda la extensión de la autovía. Algunos hasta quizá sean más antiguos y también más legales –o legales del todo– porque no invaden el espacio público ni contaminan el paisaje, pero convengamos que son los menos. Es así como toda la ruta está plagada de locales de diverso tamaño, gusto y calidad que ofrecen los productos más desparejos, cada uno con profusión de carteles pintados a mano alzada. 

Una de dos: dejadez de la empresa concesionaria o un negocio por debajo de la mesa, pero lo cierto es que la ruta está cada día más invadida por estos locales completamente informales. Y curioso es que policía no falta, porque también hay que pasar controles de fuerzas policiales de todos los colores: soldaditos con barbijo que también invaden la carretera con retenes debajo de cada puente o donde encuentran una construcción que les sirva de garita. 


El más notable está entre Paso de los Libres y Parada Pucheta; es una vieja estación de peaje que nunca funcionó y se convirtió en un campamento desordenado y sucio de Gendarmería que interrumpe la autovía como una ruina de Mad Max. A este viacrucis hay que sumar los radares móviles y fijos instalados como trampas para pescar a los incautos que no logran pasar de 120 a 60 en los 50 metros de carteles ridículos que obligan a reducir la velocidad: es más barato pagar la multa que cambiar las cubiertas. 

Un poco más allá del retén de Mad Max se cruza sobre la ruta provincial 125 por un nuevo puente que se construyó con la autovía y que estuvo clausurado durante años por defectos de construcción, como está clausurado casi desde su inauguración el distribuidor de Cuatro Bocas porque sus terraplenes se desmoronan.

Entre tanto chiringuito, vivero, puesto, tinglado, carpa y pastizales, se pasa la ruta como pasa la vida. Mientras viajaba se me ocurría que la ruta 14 no solo es metáfora de nuestra vida sino que también es un espejo de la Argentina, donde las leyes se cumplen por casualidad y donde nos vamos acostumbrando a convivir con bandidos.

23 de agosto de 2020

Argumento adolescente argentino


El argumento adolescente consiste en rebatir las críticas acusando de lo mismo a los que las esgrimen. Es muy argentino porque somos un país adolescente. Mire:

–Vos sos un vago.
–Más vago sos vos.
–Y sos pichado.
–Pero más pichado sos vos.
–¡Qué mentiroso que sos!
–¡Ah! ¿vos decís siempre la verdad?

Otro diálogo familiar:

–Hija, no estás estudiando nada.
–Isabel tampoco.
–¿Te peleaste con Isabel?
–Ella me pegó primero...

El problema es cuando seguimos con el mismo argumento en la supuesta madurez. Le recuerdo, simplificado, un famoso diálogo entre un intendente del sur y un periodista de Buenos Aires:

–Usted vendió tierras fiscales a precio vil.
–Y a mí me dijeron que usted es homosexual.

Hay uno que es el colmo del argumento adolescente, entre Magdalena Ruiz Guiñazú y Aníbal Fernández (por si le pasa lo mismo que a Magdalena, le cuento que Boston es vos):

–Usted es un autoritario
–¿Y Boston...?

Y en otra conversación el entrevistado había encajado Michigan para significar mí...

–Cuando yo hablo usted me baja el volumen.
–Yo no le bajo el volumen a nadie.
–¿Y a Michigan...?

Lo lamentable es que los periodistas suelen aceptar estas respuestas sin chistar, con lo que demuestran ser tan adolescentes como sus entrevistados. Supongamos:

Periodista: Tenemos pruebas de que usted se quedó con un vuelto.
Funcionario: Con más vueltos se quedó el General Urquiza.
Título: "Con más vueltos se quedó Urquiza".

Cuando el periodismo pregunta a un político o funcionario sobre temas, digamos discutibles, de su gestión, la reacción inmediata no intenta rebatir esos datos sino embarrar a los opositores o al periodista. Así, alegan su inocencia con la culpabilidad ajena, sin advertir que de ese modo lo que sostienen es precisamente lo contrario: la propia culpabilidad. Una conducta adolescente y también contradictoria si uno es de verdad inocente. Digo que una acusación sobre nuestra propia conducta o la de la oposición, a los periodistas nos suele parecer respuesta negativa suficiente, sin advertir que el entrevistado está contestando afirmativamente a la pregunta: si te dicen autoritario y contestás ¿y vos?, estás aceptando que sos autoritario.

16 de agosto de 2020

No hay rey traidor

Espero que no me culpen ahora por haber compartido, hace años, un buen rato con don Juan Carlos de Borbón. Fue durante su primera visita oficial a la Argentina, en noviembre de 1978. Yo estudiaba en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires y tenía clase de Procesal con Fernando de la Rúa el día que la UBA le entregaba el doctorado honoris causa. Ese día, en lugar de ir a clase –y de puro caradura– me presenté en el acto de investidura en el imponente salón de actos de la Facultad y en la recepción posterior en la estupenda sala de profesores. Allí me encontré con el director del Instituto de Cultura Hispánica, un buen amigo de mi padre que conocía la relación de don Juan Carlos con mi familia materna. Antes de presentarme a los reyes me dio algunas indicaciones: se les dice majestad, solo debés hablar cuando ellos te pregunten y a la reina no se la toca... Quizá por esta u otras advertencias, nadie se animaba a darles conversación, así que en cuanto nos presentaron me quedé charlando con ellos, contestando las preguntas del rey sobre mi abuelo y mis tías, a quienes conocía bien por haber pasado largos ratos –días enteros– en su casa cuando era cadete de la Academia Militar de Zaragoza de la que mi abuelo era director. Mientras hablábamos trajeron el libro de visitas para que escribiera algo el flamante doctor; don Juan Carlos firmó "El Rey" y doña Sofía "La Reina", como si fueran nuestros legítimos monarcas. 


Debió de impresionar mi confianza a las autoridades, tanto que se acercaron a pedirme si podía acompañar a los reyes a dar un paseo por el edificio: 

–Majestades, qué mejor que un estudiante para mostrarles la facultad...  se jugó el rector de la Universidad. 

Así que salimos desde la sala de profesores hacia el gran hall de las estatuas barrigonas de juristas argentinos, la que da a las vías del ferrocarril que llegan a Retiro. Mientras les contaba curiosidades del edificio o contestaba alguna pregunta sobre mi familia, se me ocurrió llevar a los reyes hasta mi clase, así que bajamos a las mazmorras del edificio a interrumpir a Fernando de la Rúa y el Derecho Procesal. Abrí la puerta y entré de sopetón; detrás venían los reyes, la plana mayor de la UBA y unos guardaespaldas desorientados. Entonces, además de profesor, de la Rúa era senador nacional, pero impedido de ejercer por el gobierno militar.

Ahora, ya rey jubilado, le ha tocado el destierro por bastante menos de lo que hizo cualquiera de sus antecesores, a pesar de lo mucho que le deben España y la democracia española. Es que los reyes ya no son lo que eran hace 200 años y ni siquiera hace 40. En los tiempos de nuestra independencia estábamos más preocupados por librarnos del despotismo monárquico que de España, que aquí llamaban la Metrópoli porque los de acá eran tan españoles como los de allá. Nos hamacábamos entre Napoléon y la Revolución Americana, y aunque Bolívar y algunos de nuestros próceres eran más napoleónicos, al final triunfó el sistema presidencialista norteamericano: una monarquía electiva y bastante absoluta, pero con fecha de vencimiento.

El artículo 56 de la Constitución Española establece que la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Es fuerte, sobre todo por lo tajante, pero hay que tener en cuenta que no es muy distinto de nuestras inmunidades y que los reyes que reinan en las democracias europeas son símbolos patrios, como el escudo o la bandera, y quizá un poco más: son la Patria misma. Por eso, mientras haya monarquía, no hay rey traidor: son parte del pacto entre los ciudadanos y la Patria, que los sostiene como el mástil sostiene a la bandera. De paso le recuerdo que la bandera argentina desciende directamente de la Virgen María, pasando por Carlos III y parida por Manuel Belgrano.

Por cierto, tampoco hay rey traidor en las monarquías absolutas que todavía campan en el mundo como campan las democracias mentirosas, las repúblicas dinásticas, las tiranías familiares y las dictaduras vitalicias. Viviremos siempre intentando salvarnos de las pretensiones despóticas que aparecen como hongos en todos los niveles del poder. Está en el código genético de la humanidad, tanto que la historia no es otra cosa que el relato de la lucha por la libertad del pueblo llano frente esas pretensiones despóticas de sus malos gobernantes.

9 de agosto de 2020

Los árboles también dan pájaros


Antes de la pandemia del coronavirus almorcé varias veces en la casa de unos amigos en Paso de la Patria. Todavía se podían hacer reuniones sociales y familiares que –supongo sin saber nada– es la mejor vacuna de todas, la que refuerza el sistema inmune y espanta cualquier virus: abrazar a los hijos y a los nietos y compartir la mesa con los amigos.

La última vez que estuve allí comimos un cordero asado por manos expertas. Entonces volví a contemplar un espectáculo magnífico de aquel quincho generoso. Los dueños de casa inventaron un artilugio bien casero para compartir las sobras del asado con los pájaros que viven en los árboles de la zona. Me cuentan que, cuando ven movimiento en la casa, se empiezan a acercar y en cuanto les ponen comida en ese comedero, aparecen en parejas y por especies como en el arca de Noé: primero vienen los más chicos a comer chucherías y después los más grandes que corren a los chicos y se llevan los buenos pedazos, y al final, vuelven los chicos a limpiar las sobras. No le puedo describir las especies porque apenas distingo un pitogüé de un pirincho, pero recuerdo tordos amarillos, urracas azules, cardenales colorados y una inmensa variedad de aves que se acercaron a compartir con nosotros el cordero.

Pensaba entonces que, además de todos los beneficios de los árboles que nos faltan en Posadas, hay que agregar los pájaros. Ya sabemos que los árboles nos alargan la vida; que su sombra reduce la radiación del sol; que evitan el cáncer de piel; que facilitan el ejercicio; que bajan la temperatura y el gasto de energía; que mejoran la calidad del aire... bueno, además de todo eso y de muchas otras fortalezas, los árboles traen pájaros a la ciudad.

Los pájaros, pajarracos y pajaritos que habitan nuestras selvas están directamente relacionados con nuestros árboles (los pajarones, ya se sabe, son seres humanos bastante pavotes). Las aves tienen sus propios árboles que les dan cobijo y sustento y por eso es tan importante mantener el ecosistema de árboles y pájaros. Quiero decir que traemos eucaliptos de Australia y pinos de Carolina del Norte y por suerte no traemos los koalas ni las ardillas, pero nuestros monos y pica-paú tienen que adaptarse a plantas que nos son de aquí, o no se adaptan para nada. Ahí le erró don Carlos Thays, que era muy buen paisajista pero no tenía en cuenta a las cotorras parlanchinas ni a los loros barranqueros. El mismísimo Sarmiento, con todo el respeto que nos merece su amor por la naturaleza y su pasión por educar al soberano, se fregó en la convivencia de plantas y animales, seguramente porque en aquellos años nadie pensaba en eso.

Es difícil de ver porque se esconde en la vegetación, pero ahora nomás, cuando llegue la primavera, empezará el lamento del urutaú que pasa las noches en la copa de la grevillea nada autóctona de mi vecino. Al atardecer se instala en una rama seca y comienza su conversación nocturna con otro (u otra) que a veces dura toda la noche. ¿Hay en la Argentina algo comparable? Quizá el parloteo de los zorzales del viejo San Isidro, o la chicharra sorda de los coyuyos de Salta, que dicen que no es canto sino el revolotear ultrasónico de sus alas de celofán.

Ahí tiene otra ventaja –y no menor– de los árboles en la ciudad. Por eso tenemos que conseguir sombra y paisaje, selva urbana y sombra nativa en lugar de paseos de cemento, para que nuestros pájaros aniden tranquilos, coman felices y canten alegres desde el Mártires al Garupá. También los monos, que en esta época en que florecen los lapachos hacen equilibrio en las ramas más flacas para comer sus pimpollos como si fuera un festín de garotos en sus cajas de cartón.

2 de agosto de 2020

Somos parte de la naturaleza

Hay un dicho popular que decimos rápido y sin pensarlo mucho, pero es tan cierto que asusta: Dios perdona siempre, los hombres a veces y la naturaleza nunca. Los creyentes sabemos que el amor es parte de la esencia de Dios y el amor perdona siempre, los hombres somos capaces de amar y por tanto de perdonar y en eso nos parecemos un poco a Dios y la naturaleza, en cambio, tiene leyes inexorables que se cumplen a rajatabla; es cierto que Dios las podría suspender, pero no lo hace porque para algo las puso: visto así, los milagros son contrarios a las leyes que Dios estableció para que se cumplan. Eso sí, de vez en cuando muestra que puede caminar sobre el agua o hacer que las vacas vuelen; quizá por eso no hay que asombrarse tanto cuando alguien se cae al suelo ante algún fenómeno que parece sobrenatural: es por la ley de la gravedad.

Recordaba otro dicho que se atribuye a los sabios de la Universidad de Salamanca en tiempos de Cristóbal Colón: lo que la naturaleza no te da, Salamanca no te lo presta. La frase se aplica a los estudiantes, a quienes les recuerda que si la naturaleza no los dotó con inteligencia, los sabios de la universidad no podrán hacer nada por ellos. Y tampoco pensaban demostrar si la tierra era redonda como una pelota o plana como una pizza...

La admiración por la naturaleza hace que nos sintamos espectadores ajenos, como si la viéramos por el canal 64 de Cablevisión. Y no es así: los humanos somos parte de la naturaleza. Somos cien por cien animales. Racionales, pero animales al fin. Somos blancos, negros, amarillos, marrones, petisos, viejos, jóvenes, gordos, flacos, altos, rubios, crespos, peludos lampiños, pelirrojos, morochos, orejudos, narigones... pero somos todos de una sola especie de animales inteligentes y libres que habitamos todos los climas, las alturas y bajuras, las longitudes y latitudes; andamos por tierra, por agua y por aire hasta salir al espacio sideral. Somos depredadores capaces de degradar la naturaleza o conservacionistas incapaces de matar un mosquito. Somos los amos y señores de la creación, pero somos parte de ella y no nos podemos salir por más libertad que tengamos. La naturaleza cuenta con nosotros, convive con nosotros, se defiende de nosotros, se sirve de nosotros, nos regala sus frutos, nos enferma y nos cura, nos parasita y nos mata... y termina engulléndonos, como a todos los animales y vegetales de la creación. 


En plena pandemia de Covid-19 sentimos esa realidad. Seremos los amos y señores pero también somos incapaces de ganarle a un virus invisible que ni siquiera sabemos si es animal, vegetal o mineral. Llevamos meses dándole vueltas a la rosca de la cuarentena porque lo único que atinamos es a escondernos en la caverna hasta que pase la peste. Hemos avanzado mucho pero no hemos avanzado nada, estamos igual que hace dos millones de años y también igual que hace cuatro meses, siempre contando el cuento de la buena pipa.

La naturaleza nos está dando una lección que podemos aprender aunque seguramente la olvidaremos enseguida, cuando volvamos a creernos sabiondos y todopoderosos. Nuestra fucking soberbia nos convirtió en el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Creemos que lo sabemos todo y no sabemos nada. Quiero decir que nos tiene en jaque un virus que ni tiene cerebro ni piensa. Somos tan poca cosa y a la vez nos la creemos tanto que nos hemos convertido en inexplicables.

26 de julio de 2020

Quod natura non dat

Allá por el 20 de marzo tuvimos que ponernos al día con los programas de reuniones a distancia. Muchos de nosotros solo conocíamos Skype, que usábamos ocasionalmente para videollamadas, lo mismo que WhatsApp y otros sistemas de mensajería que permiten ese tipo de conversaciones con imágenes. Enseguida aparecieron las tecnologías del encierro, entre las que se popularizó Zoom. Google llegó con Meet y Cisco con Webex Meeting. De todos los que me tocó usar, el más sorprendente fue Firestorm, una aplicación que contrató la Sociedad Interamericana de la Prensa. Allí el presentador y los asistentes entran como muñequitos de un videojuego en un salón virtual donde interactúan y conversan, igual que en Zoom pero sentados cada uno es su butaca y mirando al presentador y su pantalla. En la primera reunión una de las asistentes apareció desnuda porque no entendió que al entrar en el programa había que elegir color de piel, peinado y vestimenta...


Dos semanas después de aquel 20 de marzo nos enteramos de que esto iba a durar un poco más, que al final no fue tan poco... tanto como para hartarnos y que la cuarentena terminara con nuestra paciencia antes de tiempo. Era imposible entonces –y también ahora– medir lo que iba a pasar con el coronavirus en cada rincón de nuestro país. Tan imposible que empezamos a hablar de la nueva normalidad como si a partir de esta pandemia muchos hábitos de nuestro comportamiento colectivo cambiarían para siempre. Cuando esto se termine quizá dejemos de darnos besitos mafiosos entre varones y de compartir el mate, pero lo que no sabemos todavía es cómo encarar lo más contagioso de todo, que son las reuniones de muchas personas en locales cerrados...

Ante la necesidad de dar clases, atender las preguntas de los alumnos, tomar exámenes y hasta graduarse a distancia, surgió la pregunta que dio origen a la serie de artículos sobre la naturaleza de la universidad, que por las dudas le recuerdo que no tiene nada que ver con docentes que enseñan y alumnos que la aprenden, sea en modo presencial o a distancia. La universidad es la reunión de maestros y discípulos, el lugar donde todos estudian, empezando por los que enseñan. Y de paso le recuerdo que la universidad a distancia existe mucho antes de que existiera la tecnología que ahora nos permite algo bastante parecido a una clase presencial.

Casi todas las grandes revoluciones del pensamiento nacieron en las universidades. Bastaría con citar la demostración del heliocentrismo de Nicolás Copérnico en la Universidad de Bolonia o la Reforma de Martín Lutero en la de Wittenberg. Entre nosotros hay algunos breves reflejos de la universidad en la que todos estudian; el más notable por su impacto en la opinión pública es el informe mensual de pobreza que no emiten ni el Indec ni ninguna empresa de estadísticas sino la Universidad Católica Argentina.

En la carrera para encontrar la vacuna contra el coronavirus no van ganado los laboratorios sino las universidades. Esta semana han sido noticia por los resultados alentadores las pruebas realizadas en las universidades británicas de Oxford y de Birmingham y en el Imperial College de Londres; a esas se suma la Universidad Johns Hopkins de Baltimore (USA) por dar todos los días los datos más seguros del avance o retroceso de la peste en todo el mundo. Todas ellas son de corte medieval, por tanto no contaminadas por el espíritu profesionalista de Bonaparte que influyó decididamente en nuestro modelo de universidad.


Justo ahora deberíamos tener bien claro el principio de otra universidad medieval: Quod natura non dat, Salmantica non præstat (lo que la naturaleza no te da, Salamanca no te lo presta) Pongámoslo así: es de balde enfrentarnos con la naturaleza porque está demostrado –lo llaman inmunidad del rebaño– que los humanos vencemos a los virus cuando se contagia un porcentaje determinado y no tan grande de sus individuos. Los esfuerzos de la autoridad sanitaria procuran prolongar en el tiempo esos contagios para evitar el colapso y poder atenderlos a todos. Gracias a Dios ya pasaron varios meses y sabemos que falta menos.

19 de julio de 2020

Donde todos estudian

A raíz de esta cuarentena intercambiamos unos mensajes de WhatsApp con un buen amigo, que además es una autoridad universitaria en Posadas. Estaba preocupado con el estilo de universidad que se ha ido improvisando en estos meses de pandemia y sobre todo en los meses o años que vienen. Parece que por mucho tiempo no habrá clases presenciales, que es como las conocíamos hasta ahora, pero a la vez comprobamos que las clases a distancia por medios digitales terminan cansando, aburriendo y sobrecargando a profesores y alumnos. Además de la evidente debilidad de las clases remotas para todo lo que sea trabajos prácticos, laboratorios, talleres o seminarios, las actividades a distancia no tienen la riqueza incomparable de la comunicación presencial. Se pierde la interacción profesor-alumno, profesor-profesor y alumno-alumno, que están presentes en las clases, pero también –y sobre todo– en la convivencia de todos los involucrados en el proceso de la educación superior que se llama universidad.

Pensaba entonces que la cuarentena es una ocasión de volver al concepto fundacional de la universidad, y también pensaba que eso puede resultar un gran bien para la sociedad argentina, necesitada como nunca de la sabiduría colectiva que la saque de una vez de su interminable adolescencia.

La universidad es el invento más fabuloso de la Edad Media. La definición que todavía la explica cabalmente es de Alfonso X el Sabio (rey de Castilla en el siglo XIII) cuando la llamó en las Siete Partidas “el ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender los saberes”.


Ahora le tenemos que preguntar a don Alfonso cómo hacemos para juntarnos maestros y estudiantes en época de pandemia. No nos va a contestar él sino la historia, porque desde el siglo XIII hasta nuestros días, pestes ha habido las que uno quiera y ninguna ha terminado con este ayuntamiento de académicos y de saberes.

La universidad no debe ser el lugar donde unos enseñan y otros aprenden sino donde todos estudian. El espacio geográfico no es parte de su definición, pero para conseguir que todos estudien –y estudien juntos– hace falta un lugar común que desde hace siglos se llama campus. El campus permite la interacción entre los estudiantes –maestros y discípulos– que hace avanzar el saber gracias al principio elemental de la sinergia.

El campus es una piscina donde uno puede sumergirse o apenas mojar el dedo gordo del pie. En mi época de estudiante llamábamos inmersión total a la posibilidad de dedicarse full-time a la universidad durante los años de estudiante, algo que se conserva bastante intacto en la universidad anglosajona, donde son full-time tanto los profesores como los estudiantes. Materialmente esa piscina es un campus donde se juntan (ayuntamiento) los maestros y los estudiantes y donde se aprende en las clases, en los seminarios, talleres, laboratorios... pero sobre todo se aprende en la convivencia de profesores con profesores, profesores con estudiantes y estudiantes con estudiantes. En los campus de verdad son más estudiantes los profesores que los alumnos y se aprende más en una conversación de pasillo o de cantina, motivada por el verdadero interés; es la lógica de la pregunta –picada por la curiosidad intelectual– de los que se acercan al profesor al terminar la clase, mientras sale el malón de alumnos indiferentes.

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Nuestra universidad no es hija de la Edad Media sino de Napoleón Bonaparte, que con su manía reglamentadora, la organizó en profesiones: en enseñar haceres más que saberes. Allí donde llegó la influencia de Napoleón se conserva este concepto de reunión de escuelas profesionales, que lo mismo pueden enseñar literatura contemporánea que danzas clásicas eslovacas. En el mundo anglosajón, a donde no llegó la nube de Bonaparte, se mantuvo el concepto medieval del ayuntamiento de maestros y estudiantes que hoy vemos en las universidades británicas o norteamericanas.

La vida cambió desde la época de Napoleón y esa es la razón del éxito del sistema anglosajón, donde se ha conservado el modelo medieval de universidad ligada más a los saberes que a los haceres. La universidad debe enseñar a pensar, y para eso es necesario saber. No es lo mismo ser arquitecto que saber arquitectura o construir una casa (aquí ponga cualquier profesión)

La universidad napoleónica era un lindo proyecto, pero para vidas cortas. En estos dos siglos cambió definitivamente la cantidad de años que vivimos. En aquella época (la misma de nuestra independencia) la esperanza de vida promedio era de 37 años. Es cierto que entonces se tardaba más para viajar, pero la verdad es que se vivía a gran velocidad y desde lo que hoy nos parece todavía la infancia.

Vivimos por lo menos el doble de esos años y los procesos vitales son también por lo menos el doble de largos. Quienes van hoy a la universidad después de terminar el secundario eligen profesiones cuando están lejos de poder decidir semejante cosa. Se explica entonces el éxito del modelo medieval, heredado por las universidades anglosajonas (sobre todo las británicas y norteamericanas), dedicadas a abrir la cabeza y por tanto el futuro de los estudiantes, en lugar de cerrarlo en especifidades estériles.

Quiero decir que no es una buena idea apurar la especialidad a una edad en que no se ha decidido nada importante de la vida y cuando no tenemos la más remota idea de qué será de nosotros, y en cambio sí es una buena idea formar el pensamiento y abrir la cabeza de los que llegan a la universidad. En la universidad ideal de nuestro tiempo las carreras deberían ser pocas y amplias, y dejar para el futuro la especialidad, cuando ya se ha corrido un tiempo en la vida profesional. Esto explica el auge de las maestrías, que son precisamente eso: una especialidad académica para los que ya están inmersos en la vida profesional que les ha tocado y han tomado las decisiones importantes de su juventud.

Eso no quiere decir que no se pueda aprender a hacer cosas, lo que digo es que ese no es el fin de la universidad sino de las escuelas profesionales, a donde cada uno puede asistir cuando le toque en la vida y deberían estar reguladas por los colegios profesionales, pero nunca por la universidad. Del mismo modo que no le toca a la universidad regular profesión alguna: eso es incumbencia de los mismos colegios. Así, la universidad puede dar el título genérico de licenciado (bachellor en el sistema anglosajón), por ejemplo en leyes, pero quien debería dar la matrícula de abogado y regular la profesión y sus especialidades debe ser el Colegio de Abogados. Aquí vuelva a poner la licenciatura que se le ocurra, pero la abogacía me sirve porque es una de las carreras que han reemplazado en la universidad napoleónica a las artes liberales de la universidad medieval, por eso hay tantos abogados que se dedican a las profesiones más insólitas.

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La idea de la universidad como el conjunto de maestros y discípulos que estudian tiene por lo menos... 900 años, pero además es lógica pura, ya que no se podría enseñar lo que no se sabe. Sin embargo nuestra universidad muchas veces es un lugar incómodo, al que los profesores llegan cansados después de un largo día de trabajo, con pocas ganas de dar clases a unos alumnos que intentan conseguir un título estudiando lo menos posible.

¿Cómo fue que la idea original de universidad centrada en los saberes derivó hacia un conjunto cada vez más numeroso de escuelas que enseñan a hacer cosas cada vez más precisas? Empezó con la racionalización napoleónica, pero siguió avanzando en los últimos 200 años hasta convertirse en una feria de títulos habilitantes, tanto que el reclame publicitario de una universidad de Buenos Aires grita confianzudo a sus potenciales clientes lo contrario del concepto elemental de universidad:


Por esta misma tergiversación entendemos ahora que la relación entre las empresas y las universidades debería ser la provisión de empleados calificados. Las universidades ofrecen a sus candidatos salidas laborales rápidas, y para afinar la puntería se asocian con las industrias que demandan esos empleos. Fue así como las pasantías se convirtieron en trabajo temporal barato bajo el pretexto de la práctica laboral: las empresas prueban sin riesgos a los candidatos y los candidatos seducen a los empresarios para conseguir su primer empleo.

La relación de la empresa con la universidad es otra cosa, y por eso pongo ahora en singular a las dos partes de esta sociedad. La universidad en la que todos estudian es la que hace progresar a las ciencias. Por ejemplo –y para no perder la bisagra de la pandemia– la de Oxford va a la delantera en la invención de la vacuna contra el coronavirus. No va a ser la Universidad de Oxford la que la comercialice, sino uno o varios laboratorios que tienen la capacidad industrial. Los laboratorios ganarán muchísimo dinero y aportarán a la universidad parte de ese dinero. Así se mantiene la universidad de Oxford y casi todas las que no hacen negocio con las cuotas de sus alumnos.

En nuestro sistema de escuelas profesionales, las empresas tienen que instalar sus propios laboratorios y dedicar grandes sumas de dinero a la investigación y el desarrollo, cuando podrían aprovecharse mucho mejor esos recursos si la que investiga es la universidad y el resultado de esa investigación es aprovechado por la industria. El estudio y la investigación es el fin propio de la universidad, mientras que la producción, la logística, la comercialización... son tareas propias de las empresas. Esta cooperación convierte en eficaz y prolífica la relación entre las empresas y las universidades en una cantidad inmensa y variada de fórmulas a lo ancho del mundo. Como botón de muestra pongo el Parque Científico de la universidad de Lovaina, en Lovaina la Nueva (Bélgica), donde se han instalado los laboratorios y oficinas de empresa tecnológicas de primer nivel, que así aprovechan la masa crítica de estudiantes (maestros y discípulos estudiando). Otro botón es el Laboratorio de Medios del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), que es parte de la organización de la universidad, pero auspiciada por empresas de medios de todo el mundo que orientan las investigaciones y tienen acceso a sus resultados.

La universidad argentina debe liberarse de su espiral decadente de profesores cansados que enseñan lo que hacen a unos alumnos que solo pretenden un título que los habilite para conseguir un trabajo.

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En el actual territorio de la República Argentina hubo universidad más de 200 años antes de nuestra independencia. La Universidad de Córdoba y las cinco anteriores fundadas en la América española nacieron más cerca de la Edad Media que de Napoleón Bonaparte y por tanto bajo el concepto original de universidad, ese que dice que es un lugar donde todos estudian y no donde unos enseñan y otros aprenden. La universidad de Buenos Aires fue fundada en 1821, pero todavía faltaban unos cuantos años para que se colara la idea napoleónica de convertir a las universidades en agrupaciones de escuelas profesionales, donde se aprende más a hacer cosas que a dominar una ciencia.


Hasta 1885 la universidad argentina no daba títulos habilitantes: solo certificaba que esa persona había estudiado lo que fuera. Eran las profesiones las que lo daban, lo quitaban y lo regulaban. Tanto que Dalmacio Vélez Sárfield, el autor de nuestro primer código civil y a quien nadie niega su condición de gran jurista, abandonó en primer año la carrera de Derecho... Y Marcelino Ugarte, uno de los primeros juristas de Buenos Aires, consiguió muy joven el título de doctor en jurisprudencia, pero para conseguir el de abogado tuvo que trabajar en un estudio, hacer prácticas durante tres años y rendir examen ante la Academia de Jurisprudencia. Ya se ve que una cosa era ser licenciado o doctor y otra abogado, contador, arquitecto, médico, veterinario, ingeniero...

Desde esa ley de la época de Nicolás Avellaneda hasta nuestros días se ha ido exacerbando la habilitación profesional desde la universidad. Los títulos y solo los títulos dan derecho a ejercer profesiones y esta realidad llegó a pasar los límites del sentido común, tanto que durante unos cuantos años rigió una ley que establecía incumbencias profesionales para las carreras; así al registrar una nueva carrera ante el Ministerio de Educación había que listar taxativamente las incumbencias del título y si se olvidaban de alguna, los graduados nunca iban a poder profesar esa incumbencia bajo pena de ejercicio ilegal de la profesión. Las incumbencias multiplicaron las carreras porque buscaron ofertas y salidas laborales cada vez más específicas; así llegaron a inscribirse 1.500 carreras.

La ley que rige actualmente la educación superior es de 1995 (24.521), con algunas leves modificaciones posteriores. Se apeó entonces del concepto de las incumbencias, pero lo único que hizo fue borrar esa horrible palabra para establecer casi lo mismo en su artículo 42: Los títulos con reconocimiento oficial certificarán la formación académica recibida y habilitarán para el ejercicio profesional respectivo en todo el territorio nacional (...). Los conocimientos y capacidades que tales títulos certifican, así como las actividades para las que tienen competencia sus poseedores, serán fijados y dados a conocer por las instituciones universitarias, debiendo los respectivos planes de estudio respetar la carga horaria mínima que para ello fije el Ministerio de Cultura y Educación, en acuerdo con el Consejo de Universidades. Y el artículo 43 establece requisitos especiales para las carreras que otorguen títulos correspondientes a profesiones reguladas por el Estado, cuyo ejercicio pudiera comprometer el interés público poniendo en riesgo de modo directo la salud, la seguridad, los derechos, los bienes o la formación de los habitantes... solo se salvan pocas carreras, esas que siguen los poetas, los escritores y otros artistas... siempre que no sean profesorados.

Y la decadencia de nuestra educación es la causa de nuestros fracasos como país y mientras la universidad argentina no se despegue del racionalismo napoléonico seguirá sumida en su propia decadencia. La idea de que sea la universidad la que otorgue títulos habilitantes con incumbencias taxativas las convierte en tiendas de diplomas para buscadores de trabajo. Pero peor es el lobby de las profesiones, a las que les conviene que su título sea necesario para trabajar, así obligan a la industria a contratar solo afiliados al colegio profesional y así pueden mangonear a su antojo.

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Emilio Fermín Mignone y José Luis Cantini tenían edades parecidas: uno nació en 1922 y el otro en 1924. Mignone murió en 1998 y Cantini el 28 de enero de este año. Se conocían y apreciaban porque además de ser expertos en educación, los dos ocuparon cargos semejantes en gobiernos también parecidos y fueron rectores de universidades nacionales. No pensaban para nada igual en muchas cosas, pero los dos eran inteligentes además sabios y también hombres de fe.


Mignone era un peronista católico (todo un género dentro del peronismo); un tipo con una inmensa formación y un bocho descomunal. Su vida cambió completamente el 14 de mayo de 1976 cuando un comando de la Armada se llevó a su hija Mónica por el delito de ser asistente social en una parroquia del Bajo Flores. Mónica nunca apareció a pesar de que Mignone movió cielo y tierra para encontrarla, pero sus desvelos sirvieron para salvar de la muerte a otras personas. Emilio era amigo de mi padre y conocí bien a su familia, sobre todo a otro de sus hijos con quien compartimos la misma edad y batallitas de nuestra época universitaria.

A principios de los años 90, Emilio me orientó en los trámites de acreditación de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Austral y de paso me terminó de convencer de las bondades de la universidad medieval. Ante la deriva de las viejas escuelas de periodismo hacia las ciencias de la información y de la comunicación, hacia la publicidad, las relaciones públicas, el marketing político, la acción psicológica, el diseño, la fiesta, el entretenimiento y los subibajas de la plaza de la esquina... yo pensaba que había que abrir una Escuela de Periodismo dentro de una Facultad de Letras y hasta me animé a sugerir que cabíamos entre las inexistentes Ciencias Sociales que coronaban el solemne nombre de la Facultad de Derecho recién creada, pero no logré convencer a las autoridades de la universidad, ni al consejo que me acompañaba, ni a nadie.

Me volví a encontrar con Emilio Mignone y José Luis Cantini mientras buscaba documentación sobre las incumbencias, ese término que significaba lo peor de la acreditación de nuevas carreras universitarias y que fue anulado por la Ley de Educación Superior de 1995 (24.521). Anticipaba la semana pasada que la ley anuló unos trámites escabrosos pero no anuló la universidad napoleónica: una lástima porque Bonaparte terminó con el concepto esencial que traían hacía más de 200 años las primeras universidades americanas. Por si no leyó las columnas de los domingos anteriores, le recuerdo que la universidad original es el lugar donde todos estudian, mientras que la de Napoleón es donde unos enseñan profesiones y otros las aprenden.

Con la colaboración de Cantini y de otras personas, Mignone elaboró un sesudo documento llamado Las Incumbencias que publicó en 1994 el Centro de Estudios Avanzados de la UBA. Pero además consiguió del presidente Carlos Menem el decreto que anulaba las incumbencias para las carreras que no comprometieran el interés público y también para los aspectos que no fueran de interés público en las carreras que sí lo fueran (decreto 256/94). El concepto entró luego en la redacción de la Ley 24.521, pero esa ley amplió el criterio de interés público a la formación universitaria, así que por las dudas cualquier carrera debe establecer sus incumbencias aunque no las llame así: hay que enumerar de manera precisa y taxativa todo lo que se le permitirá hacer a los graduados, bajo pena de ejercicio ilegal de la profesión si se pasan un pelo de esa lista exhaustiva. Tan loco es lo de las incumbencias que si en la carrera de gastronomía no pusieron el budín de pan entre las incumbencias, sus graduados cometen un delito cada vez que hacen un budín de pan.

La universidad es un invento de la Iglesia medieval, así que su sostenimiento seguía entonces la lógica de los bienes eclesiásticos y de las relaciones de la Iglesia con los príncipes. Hoy está clara la ecuación económica de la universidad que enseña profesiones, que es mantenida por el estado en el caso de las públicas y por las cuotas de los alumnos en las privadas. En cambio, la universidad anglosajona, heredera directa de la medieval, se sostiene de dos recursos complementarios:
1. Las rentas del endowment de la universidad: una torta de plata que siempre se acrecienta y nunca se reduce; por eso sus presidentes no son académicos sino expertos fundraisers
2. Las donaciones de los graduados, que aportan mucho más que las cuotas de los estudiantes, porque saben que su título valdrá según el prestigio de la universidad en el presente: cualquier inversión en el alma mater es una inversión en uno mismo.
La educación es la única palanca capaz de sacar a la Argentina de su espiral de decadencia: es la inversión más necesaria, la más barata y la más urgente para conseguirlo. Mire si un día aprendemos a pensar, como querían Emilio Fermín Mignone y José Luis Cantini...