Libertad o muerte


Hace unos meses, buscando la historia del gorro frigio y el palo del escudo argentino, me encontré con la bandera norteamericana de White Plains (1776). Tiene el gorro en la punta de un bastón y una espada cruzados como una equis sobre fondo rojo. Pero lo fuerte es lo que dice encima: Liberty or Death: Libertad o Muerte. La idea con otras palabras se repite en el himno argentino y en todos los himnos americanos, porque desde Alaska a Tierra del Fuego preferimos la libertad a la propia vida. No sé si lo heredamos de don Cristóbal Colón o de los aborígenes que habitaban toda América cuando llegaron los conquistadores. O del mestizaje que se produjo al sur del río Bravo cuando nuestros antepasados se bajaron de los barcos en busca de libertad. Fue cuando españoles, italianos, polacos, ucranianos, croatas, sirios, alemanes y judíos de casi todos esos países se mestizaron para crear la más creativa de las razas humanas. Los pobres africanos venían esclavizados, pero enseguida encontraron una libertad que ni soñaban en África, donde los tiranos locales los vendían a los traficantes por chucherías. Y aquí estamos con nuestro americanismo a cuestas, tratando de mostrar al mundo que somos una sola nación.

No crea que es tan normal: muchos europeos y ciudadanos de otros países del mundo razonan exactamente al revés: antes está la vida porque sin ella no hay ni libre ni esclavo. Entonces prefieren no ser libres antes que morir. Por eso se explica la esclavitud que todavía campa con formas que no tienen nada que ver con las antiguas. Siempre me pregunté cómo un puñado de hombres, por más armas que tengan, son capaces de mantener a raya a miles de prisioneros, o de esclavos, o millones de ciudadanos en macrocárceles que llaman países. Y también me asombra la capacidad sin tiempo del ser humano para escaparse de sus carceleros jugándose la vida. Ocurrió en la época de Espartaco, en la era de los campos de concentración de todos los colores, con la Cortina de Acero, en el Caribe salpicado de cubanos flotando en cámaras de camiones y también con los cayucos africanos en Lampedusa.

Libertad o muerte gritan fuerte los desgraciados en nuestras celdas torturadoras de presos, tanto que lo primero que le sacan a uno cuando cae en cana es todo lo que pueda servirle para quitarse la vida.

La pasión por la libertad ha guiado nuestra historia gloriosa cuando nos independizamos de los déspotas europeos, pero también es la que nos va a salvar siempre de los autoritarios que nacen cada tanto en nuestra América y se sirven de la democracia para asfixiarla. Los de hoy están como en El otoño del Patriarca de García Márquez, deambulando solitarios por los salones del palacio que perdió la vista al mar porque un día lo vendieron para terminar de pagar las cuentas de sus extravíos.