El Papa, China y la Argentina

Pasó bastante inadvertido el 22 de septiembre de 2018 uno de los acontecimientos más fuertes en lo que va del siglo XXI. Estoy seguro de que uno de los hechos por los que va a ser recordado en la historia del mundo Jorge Bergoglio, el argentino más universal, a pesar de la necesidad de muchos de sus compatriotas de involucrarlo en sus peleítas de adolescentes inmaduros.


Resulta que después de años de negociaciones, la Santa Sede consiguió unir a la Iglesia Patriótica China con la Iglesia Católica Romana. Puede parecerle una exageración eso de que es uno de los acontecimientos del siglo XXI, entre otras cosas porque todavía falta el 82 % del siglo, pero por eso mismo se lo voy a tratar de explicar. Como temo que si lo intento con los que no conocieron el comunismo se me va a agotar este espacio y el de otros siete blogs, me conformo con aclarar para los millennials y post-millennials que el comunismo era una ideología que había cuando los más grandes éramos chicos y a esa ideología no le gustaban las religiones. Karl Marx, el inventor alemán de lo que terminó en comunismo gracias al ruso Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), describía las religiones como el opio de los pueblos. Es que para Marx la religión adormece a los ciudadanos y por tanto impide la revolución; ya se ve que tenía una concepción integrista de la religión, como la puede tener una persona que las juzgara conociendo sólo el fundamentalismo islámico.

Como Mao Zedong, el fundador comunista de la República Popular China, no lograba terminar con el cristianismo, se le ocurrió controlarlo. Fue así que en 1957 puso a la Iglesia Católica de China –eran apenas tres millones– bajo la órbita de la Administración Estatal de Asuntos Religiosos. A partir de 1957 si querías ser católico (no solo católico: hizo lo mismo con varias confesiones cristianas y no cristianas) tenías que ser de la llamada Asociación Patriótica Católica China. Esto no es una novedad, la Iglesia de Inglaterra, la de Suecia, la de Noruega, de Dinamarca, de Rusia, de Grecia, de Armenia y unas cuantas más… son iglesias cristianas separadas de Roma y dependientes, hace más o menos tiempo y de diversos modos, del poder político de esos países; en todos ellos la Iglesia Católica pasó por situaciones parecidas a las de la China contemporánea y no han resuelto todavía la cuestión –esencial en cualquier cristiano– de la unidad con san Pedro.

Fue así que casi todos los católicos chinos se pasaron a la Iglesia Patriótica, que conservó los templos, santuarios, catedrales y el resto de características de la Iglesia Católica, pero dejó de estar unida al Papa (Mao y sus sucesores podían tolerar el opio de los pueblos pero no que una autoridad extranjera se inmiscuyera, como creían, en los asuntos internos de China). Los católicos chinos que querían seguir unidos a Roma tenían que practicar en la clandestinidad y eso les podía costar la vida o la cárcel. No sé si porque los héroes son escasos o por estrategia, parece que la mayoría de los católicos le hicieron pito catalán al comunismo y siguieron practicando su religión en la onda patriótica pero cruzando los dedos, a la vez que los Papas recalcaban al mismo tiempo la ilicitud y también la validez de los sacramentos y del culto mientras se respetara la sucesión apostólica de los obispos, y a esa la respetaron a rajatabla. Fue así como en 60 años los católicos chinos pasaron de 3 a unos 20 millones.

El sábado 22 la Santa Sede y la República Popular China firmaron un acuerdo provisional que permite a la Iglesia Católica ejercer libremente su culto, y lo que es más sorprendente, se disuelve la Iglesia Patriótica que vuelve a ser la Católica de Roma. En el mismo documento el Papa reconoce a los obispos patrióticos y los recibe en la Iglesia, y pasan a depender de su autoridad los 20 millones de católicos de China con sus casi 5.000 templos entre catedrales, parroquias, capillas y santuarios. A partir de ahora los obispos serán propuestos por China y nombrados (o rechazados) por el Papa.

China –con un quinto de la población mundial, llamada a ser la primera potencia– le abrió las puertas a la Iglesia Católica. Las consecuencias de este hecho son imposibles de calcular, pero le aviso que no serán solo religiosas… y las provocó un argentino que trabaja de Papa en el Vaticano, mientras sus detractores vernáculos siguen enojados porque no hace lo que ellos quieren que haga, o no dice lo que ellos quieren que diga.