13 de junio de 2021

Relojes de Posadas


No sé quién habrá inventado el reloj. Me refiero al de esfera, el círculo y las agujas que representan cabalmente el paso del tiempo. Sea quien sea el de la idea, se merece post mortem el Premio Nobel de Literatura. El reloj circular con su aguja de la hora, su minutero y segundero, es un relato genial, una metáfora perfecta del tiempo, que es la medida del movimiento, como decía el viejo Aristóteles. En cambio los digitales, los que cuentan los segundos con números eléctricos, solo muestran el instante efímero del presente.

Desde su invención, el reloj fue durante muchos años atributo a cuerda de las torres de las iglesias y edificios públicos: se los podía ver y también oír a muchas cuadras de distancia. Luego, con la misma tecnología, pasó a las salas de las casas desde donde daban la hora a toda la familia. Más tarde se volvió personal, como reloj pulsera, primero a cuerda y después a pila. La palabra cuerda evoca todavía las pesas que colgaban de los antiguos relojes para hacer funcionar su mecanismo por la fuerza de la gravedad. 

Hoy la hora está en el celular, irradiada desde algún satélite sin errarle ni un microsegundo. Será por eso mi sorpresa cuando el jueves una señora me preguntó la hora en la cola de la caja de una farmacia-supermercado, tal como hacíamos seguido hace ya muchos años. Se me despertó entonces la curiosidad por los relojes públicos de Posadas y en una rápida recorrida censé unos cuantos que dan cualquier cosa menos la hora de verdad.

La mayoría de ellos son mensajeros mentirosos porque dan una hora que no es. Y eso pasa con casi todos los relojes públicos de Posadas, empezando por el más antiguo, que supongo es el del Mástil: tiene cuatro esferas, una de ellas sin agujas, dos en las doce en punto y otra que daba las 5.07 cuando pasé a las cuatro y media de la tarde del viernes. Como no me quedé a esperar, no puedo saber si está clavado en esa hora, que puede haber sido la de algún apagón.

Otros relojes con agujas están en la Costanera, unos de cuatro esferas que miran a los puntos cardinales y otros de dos, como la cara y cruz de una moneda. De esos, solo uno daba la hora real, pero tampoco puedo saber si es por pura coincidencia o porque funciona como Dios manda; la macana es que casi no se ve porque está en el cantero central y para acercarse hay que arriesgar la vida. La esfera –que en este caso es cuadrada– tiene las agujas de un reloj mediano comprado en La Placita: a unos metros es imposible distinguir entre la aguja de las horas y la de los minutos. Otro tanto ocurre con los relojes digitales del centro de Posadas, que suelen dar cualquier hora, pero no me alcanzó el tiempo para hacer un censo completo de todos ellos. 



Me preguntaba entonces por la inutilidad manifiesta de los relojes que no dan la hora, y se me ocurría también que debería estar entre los planes de mantenimiento de los espacios públicos de la ciudad. Si un celular barato da la hora exacta, ajustada al mismísimo meridiano de Greenwich, algún mecanismo habrá que permita sincronizar esos relojes con la hora real. Y si los relojes de las catedrales daban la hora cuando no existían ni siquiera la electricidad ¿cómo puede ser que seamos incapaces de poner en hora los relojes en el siglo XXI?

¿Será desidia o será que ya nadie necesita consultar la hora en relojes ajenos? y si nadie los necesita ¿no será mejor sacarlos? También se puede probar con relojes de sol, que nunca se descomponen, pero la mejor opción sería mantenerlos como tantas instalaciones muy bien cuidadas del mobiliario urbano; y de paso se podrían mejorar, con números y agujas visibles a buena distancia, que sean útiles además de bonitos, alimentados por energía solar para que no dependan del suministro eléctrico. Seguro que más de una marca de relojes los patrocinaría con gusto, sin ningún gasto para el erario público.

Y hablando de gastos, le recuerdo que no hay nada más caro que pagar por algo que no sirve, por más barato que sea...