Tres estafas de carnaval

Estoy en contra del carnaval salido de madre, ese que empieza después de Navidad y termina antes de Semana Santa. Antes y después es un decir, porque salido de madre o en su cauce, el carnaval siempre ocurre entre Navidad y Semana Santa, dos fechas de origen cristiano, igual que el carnaval, que siempre cae el lunes y martes que preceden al Miércoles de Ceniza y que nació precisamente del desenfreno previo a los 40 días de penitencia con que los cristianos preparan la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

La historia cambió y hoy los que celebran el carnaval no pasan ni antes ni después cerca del ayuno o de la abstinencia de carne que le da nombre; tanto que el carnaval no debería tener ningún sentido para ellos, ya que es el aprovechamiento sin freno de los placeres de la vida antes de sumergirnos en la cuarentena de la penitencia, y si no hay penitencia tampoco debería haber carnaval. Pero hay, y cada vez más largo… Primera estafa.


La macana es que al alargarse se configura la segunda estafa: en lugar de cuatro días locos, que son súper saludables para cualquier cultura, sea cristiana, mahometana o budista, se volvió la fiesta interminable de los fines de semana de enero y febrero: tan interminable que hay que consolidar los corsos de pueblos vecinos para que tengan algo entidad las comparsas y un poco de masa crítica en el público, engrosado con los parientes de los murgueros.

Ya se sabe que las fiestas que se alargan se vuelven aburridas. Es lo que le pasó a nuestro carnaval, porque durante unos cuantos años de onda prejuiciosa, dejaron de ser feriados el lunes y martes de carnaval. Entonces el carnaval se salió de madre porque nadie sabía en qué lugar del calendario le tocaba cada año. Fue así que se desparramó entre Navidad y Semana Santa, en tantos fines de semana que terminaron destiñendo los disfraces, agotando a las comparsas y aburriendo a los concurrentes.

Los feriados de carnaval –que por suerte han vuelto a nuestro calendario hace unos años– marcan las fechas de los cuatro días locos que dura el carnaval cuando está en su cauce. Este año caen el sábado 22, domingo 23, lunes 24 y martes 25 de febrero. Son cuatro días, ni uno más ni uno menos, en los que se concentra el carnaval de verdad. Empieza el sábado y termina el martes, pero si quiere un poco más puede empezar el viernes 21 a la noche. Lo demás es fraude, estafa, que lo único que consigue es devaluar el carnaval, ya que no hay cuerpo que aguante ocho fines de semana de jolgorio y picos pardos. Sí aguantamos, en cambio, cuatro días locos, que además son locos de verdad y no un fraude flagrante al carnaval.

La tercera estafa son los corsódromos. Un invento mesopotámico, producto del complejo de inferioridad con el sambódromo de Río de Janeiro. Pero es una estafa tanto en Río de Janeiro como en Corrientes, Entre Ríos, Encarnación y en cuanto pueblo lo hayan instalado a precio de obra pública.

Si son cuatro días locos, el carnaval debe enloquecernos a todos. Quiero decir que encerrar al carnaval es lo contrario del espíritu carnavalesco. Se entiende que no hay más remedio si la idea es hinchar a todo el mundo con ocho semanas interminables de corsos, pero si son cuatro días locos, el carnaval debe celebrarse en las calles y plazas de las ciudades. Las comparsas desfilan por una linda avenida del centro de la ciudad enmarcada por edificios y tribunas y una calle de cada barrio se convierte en pista de baile con bombillas de colores y banderas de papel, como en la fiesta de la canción de Serrat.