6 de diciembre de 2020

Tres Pumas y tres hijos de Noé

Desde 1996 a 2011 Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica disputaron el torneo Tres Naciones, la versión hemisferio sur del antiguo Cuatro Naciones europeo (hoy son seis). En 2012 se incorporó la selección argentina al Tri-Nations, que desde entonces se llamó The Rugby Championship. Solo por este año y a causa del coronavirus, el torneo volvió a su antiguo nombre porque no se presentó Sudáfrica. Se jugó en Sidney en onda burbuja y con partidos de ida y vuelta entre Nueva Zelanda, Australia y Argentina.

Ayer a la madrugada Los Pumas volvieron a empatar en el partido revancha contra el seleccionado de Australia (Wallabies) y quedaron entre Nueva Zelanda (All Blacks) y Australia, arañando la cima del mejor rugby del mundo. El capítulo épico de este torneo fue la victoria contundente de Los Pumas sobre los All Blacks por 25 a 15 durante nuestra madrugada del pasado 14 de noviembre. Cuando veo jugar a Los Pumas, pienso que deberíamos cambiar la camiseta de la selección de fútbol por la de rugby, a ver si con las rayas horizontales en lugar de las clásicas verticales y el yaguareté encima del corazón, a nuestros multimillonarios jugadores de fútbol se les calienta un poco el pechito frío que muestran cada vez que se presentan.

En medio de este torneo, y ante la mejor actuación en la historia del rugby argentino, un idiota divulga los tuits –escritos hace ocho años– de tres jugadores de Los Pumas. Dicen, para colmo, que es la devolución del aguado homenaje a Diego Maradona que hicieron Los Pumas en el partido revancha contra los All Blacks. Esos textos se publicaron en Twitter cuando los jugadores eran todavía adolescentes y son ofensivos contra las empleadas del hogar, los paraguayos, los bolivianos y hasta los judíos. Muy mal hecho, condenable, pésimo... la calificación que le quiera poner, pero no deja de ser un error cometido hace muchos años por adolescentes un poco imbéciles.

A ver ¿usted no dijo ninguna tontería cuando era adolescente? ¿no se arrepintió nunca de esas tonterías? Piense si no dijo una pavada condenable ayer o anteayer, o el año pasado, en un asado con amigos. Yo mismo puedo divulgar una larga lista de imbecilidades dichas por mis amigos –todos mayores de edad y hace menos de ocho años– en asados, paellas, casamientos, cumpleaños o cualquier excusa para una juntada en la que corra un poquito de alcohol. Todos dijimos cosas que no debíamos decir y el que afirme que nunca lo hizo que tire la primera piedra... Puede ser condenable decir una tontería, pero lo malo, lo realmente condenable, es no arrepentirse de haberlo hecho, de escribirlo en un tuit, que es la conversación de hoy en día.

En un alarde postizo de corrección política la Unión Argentina de Rugby (UAR) sancionó rápidamente a los tres jugadores que habían dicho esas estupideces hace ocho años. Con esa sanción los dirigentes de la UAR dijeron que el rugby no sirve para nada; negaron que los excelente jugadores que le habían ganado a los mejores del mundo fueran buenas personas precisamente gracias al rugby. Esos estúpidos adolescente que hace ocho años hacían chistes de mal gusto, ahora son capaces de ganarles a los All Blacks. Gracias al rugby son mejores personas, porque el rugby es una escuela de vida. Muchos deportes lo son, pero el rugby además involucra en su esencia el compañerismo y la amistad de propios y rivales, cosa que casi no se ve en otras disciplinas. Los dirigentes de la UAR mostraron que pueden ser tanto o más estúpidos que los chicos a quienes sancionaron sin razón en medio del mejor desempeño de su historia. Por suerte –y por las quejas agrias de todo el rugby argentino– se dieron cuenta de su error y levantaron la sanción. Aceptaron así que cuando uno se equivoca debe rectificar, como hicieron los jugadores sancionados.

Y sobre el homenaje a Maradona... ¿qué quiere que le diga? Si nos van a juzgar por la intensidad de los homenajes, es porque estamos llegando a un nivel de fascismo que espanta.
Pero hay un dilema del periodismo que preocupa hace muchos años. Es la conducta de los tres hijos de Noé. Le recuerdo esa historia, que usted mismo puede leer en el capítulo 9 del Génesis.

Además de ser el que salvó a todas las especies de animales junto con su familia del diluvio universal, Noé fue el inventor del vino. Un capo. La cosa fue así: después del diluvio y cuando estaban casi solos en este mundo, sembró vides que luego cosechó y comprobó que eran buenas para exprimir y hacer jugo, pero el jugo fermentó y salió alcohol, así que Noé se lo tomó sin conocer las consecuencias y se emborrachó. Caú como estaba, y porque haría calor, Noé se desnudó y se quedó dormido. Uno de sus tres hijos –el del medio, que se llamaba Cam– entró en la carpa y se encontró a su padre durmiendo la mona desnudo, así que salió a decírselo a sus hermanos para reírse con ellos de la desnudez de su padre. Pero los otros dos hermanos –Sem y Jafet– en lugar de reírse, se compadecieron de Noé y lo cubrieron con una capa.

Cuando la gente hace macanas como la de Noé... ¿cuál debe ser la actitud del periodismo? ¿hay que darlo a conocer y reírse de esas macanas o hay que taparlas con la piadosa capa de los buenos hijos de Noé? Aclaro que se trata de macanas como aquella borrachera; opiniones ligeras que se dicen sin pensar y que nos muestran tan duros y desnudos como Noé aquel mal día. La lista de esas posibles macanas es muy larga y también es borroso el límite en todas las cuestiones que tienen que ver con la opinión pública, pero creo que en la duda hay que estar a favor de la capa de Sem y Jafet, porque el periodismo no es para reírse de nadie.

El dilema de los hijos de Noé se aplica al episodio de los tres jugadores de la selección argentina de rugby que hace un par de semanas fueron sancionados porque un mal hijo de Noé difundió tuits ofensivos y condenables que esos rugbiers habían escrito hace más de ocho años. En lugar de actuar como Sem y Jafet, muchos periodistas replicaron aquellos insultos que escribieron estos pumas cuando no eran pumas ni conseguían salir de la edad del pavo. Así que lo que hicieron los periodistas fue repetir hasta el hartazgo unas imbecilidades dichas hace años en una conversación privada, que alguien hizo públicas con bastante maldad. Y si nos enteramos de esos insultos no fue por los rugbiers sino por algunos periodistas descuidados y –todo hay que decirlo– por varios mercenarios a sueldo de maniobras de distracción. Al difundirlos, repitieron los insultos hasta el agotamiento, y fueron ellos –mucho más que los tres rugbiers– quienes insultaron a las empleadas, a los judíos y a los bolivianos o paraguayos que quizá trabajan en sus propias casas. Ante estas situaciones, los periodistas deberían hacer lo que los otros dos hijos: cubrir con una piadosa capa la desnudez de esas personas y preservarlas del juicio injusto de la opinión pública.

Lo que ocurrió con Los Pumas ocurre muchas veces con otras personas a las que estigmatizamos por su condición. Si un panadero de Apóstoles estafa a sus clientes, no es estafador por ser panadero ni por ser apostoleño, pero si titulamos apostoleño estafador, aunque digamos una verdad, estamos cayendo sobre todos los de Apóstoles. Es una estigmatización injusta como lo es la de los rugbiers, los gendarmes, los militares, los políticos, los jueces, los diputados, los curas, los bolivianos, los gallegos, los ministros, los polacos, los gitanos, los judíos... y la lista es tan larga que llega a la noche de los crsitales rotos. Quiero decir que no es una buena idea decirle rugbier a un asesino, por más rugbier que sea, igual que no es buena idea hacerlo con cualquier colectivo humano como los que acabo de nombrar por llevar a una generalización mentirosa. Lo hacemos socialmente, pero en alguna medida es responsabilidad de los periodistas, que al fin y al cabo somos parte de esa sociedad. Y sobre todo lo hacemos cuando aireamos a los cuatro vientos las mismas barbaridades que censuramos.

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