Quizá sea esa la razón por la que a los argentinos nos
gustan los muertos más que los vivos: entre ellos no corremos ningún peligro. O
será la influencia gallega, o la del sur de Italia, la razón de que nos hayamos
convertido en uno de los pueblos más necrófilos del mundo. Nuestro apego a los
muertos es tanguero, de llorar los unos abrazados a los otros y no de emborracharnos
en honor y a la salud ya perdida del muerto. Nos gustan los camposantos para
ufanarnos de la bóveda familiar que vaciamos de muertos cada tanto mientras las
llenamos de palmas de bronce y ángeles regordetes, de esos que también lloran con
la cara humillada entre sus manos heladas. Vamos a los velorios y los entierros
porque ahí miramos y somos mirados. Y nos encanta abrazar a los deudos de los
fallecidos con cara entristecida y aire compungido. Nos gustan las coronas de
flores y competir en el cotillón ceniciento de sus cartelas cuaresmales.
Celebramos las muertes de nuestros próceres en lugar de su nacimiento y
lloramos a los que se fueron con la infinita morriña del Finisterre. En Buenos
Aires y en otras ciudades de la Argentina, los cementerios son lugares
turísticos tan visitados como el Museo del Prado o la Torre Eiffel. El 11 de
septiembre es el Día del Maestro porque ese día de 1888 murió Domingo Faustino
Sarmiento. El feriado por el Libertador José de San Martín es el 17 de agosto
porque murió ese día de 1850. El 20 de junio es el Día de la Bandera porque en
esa fecha de 1820 murió su creador, Manuel Belgrano. Alguien me dice que esa es
una costumbre cristiana ya que la Iglesia suele celebrar a sus santos el día de
su muerte, al que llama dies natalis,
porque conmemoran su nacimiento a la eternidad. Les contestaba que precisamente
por ser un país de mayoría cristiana deberíamos celebrar la muerte de los
santos y el nacimiento de los próceres, ya que lo que valió de nuestros
próceres es el tiempo que vivieron en este mundo y no el que pasan en el cielo,
que es el que nos vale de los santos.
Jorge Luis Borges, que sabía de la necrofilia argentina,
pidió más de una vez a sus amigos que cuando muriera no lo convirtieran en
calle. Y explicaba que después de muerto prefería seguir siendo el escritor
Jorge Luis Borges y no la calle Borges. Estaba convencido de que con el tiempo,
al preguntarle a la gente quién o qué era Borges, contestarían “una calle”. Al
poco tiempo de la muerte del autor de El Aleph las autoridades de Buenos Aires le pusieron Borges a un tramo de la calle Serrano, en
Palermo Viejo. Una lástima. No es el único caso: pregunte en cualquier reunión
por el Gramajo que le dio el nombre al revuelto, o por Rossini, el de la salsa
de tomates... En la antigua Unión Soviética convirtieron a Lenín en estatua de
tantas que levantaron con su nombre grabado en el pedestal de granito. Por eso todavía
los rusos llaman lenín a cualquier
estatua que se encuentran, aunque sea de Caperucita Roja.
En la Argentina necrófila estamos convirtiendo ahora a
Kirchner en estatua, en calle, en escuela, en campeonato de fútbol y en
campamento boy scout… Corren peligro las calles Riobamba, Pichincha y Ayacucho;
Suipacha, Cochabamba, Talcahuano y todas las batallas que no pueden defenderse
ni tienen descendientes. Pueblos, empresas, equipos de fútbol, barrios,
bibliotecas, sitiales de las academias, cátedras… pueden ahora llamarse
Kirchner. Sus seguidores, ahora en el poder, intentan imponer a su favor un relato que el mismo Kirchner rechazaría y nos dicen que no hay próceres como él. Él merece las avenidas
principales, las calles más largas, las plazas más grandes, los monumentos más
altos, el obelisco de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los glaciares del
Calafate, el estrecho de Magallanes, la Pampa, la Patagonia, los Andes y el Aconcagua.
El río Paraná, el Uruguay y el de la Plata. Las ciudades más bonitas, los
aeropuertos más modernos, las terminales de ómnibus y las estaciones de
ferrocarril. Kirchner puede desplazar a Sarmiento, a San Martín y a Belgrano,
pero también a Perón, a Irigoyen y hasta a Martín Fierro y don Segundo Sombra…
Un día vamos a pedir Kirchner con Crema de postre en el
restaurante Don Néstor, el de la esquina del Boulevard Presidente Kirchner con la calle Gobernador Kirchner, de la ciudad Néstor Kirchner, la capital de Kirchnerlandia. Pero nadie sabrá por qué se llaman así.