El sentimiento antigringo


Esperábamos una reunión en una oficina de Buenos Aires y algunos tardaban en llegar, así que nos pusimos a conversar los puntuales mientras esperábamos a los impuntuales. El tema era el de esos días: el caos que iba a ser la ciudad por la visita del presidente de los Estados Unidos. Todo empezó porque anuncié que tenía un almuerzo en San Isidro y no sabía si podría ir por los lugares acostumbrados o debía dar un vueltón, con el retraso consecuente. Buscamos horarios y mapas de los cortes en nuestros teléfonos y decidí que no había nada que temer: llegaría lo más bien si iba por donde hay que ir, ya que esas avenidas y autopistas no estarían cortadas. Además quedaba claro que iba a poder sacar el auto del estacionamiento ya que tampoco estaba en un lugar comprendido en el operativo. Anticipo que eso fue lo que hice y que fuimos y volvimos sin ningún problema.

Pero en esos minutos de la reunión de los puntuales comprobé el sentimiento antinorteamericano en uno de los presentes. Decía visiblemente molesto cosas bastante leves como “tenés que sacar el auto esta noche y llevarlo a un estacionamiento lejos para poder usarlo mañana” o “les conviene suspender ese almuerzo, mañana va a ser imposible” y “ayer pasé por la Plaza de Mayo y estaba llena de banderas norteamericanas por este negro que viene a pasear…”.

“–Viene el presidente de los Estados Unidos… no van a poner banderas de Colombia” le contesté ya un poco indignado con la actitud. Y le argumenté con que Barack Obama es el presidente del país todavía más rico, poderoso e influyente del mundo, nos guste o no nos guste. Y tenemos relaciones bilaterales hace muchísimos años, bastantes más que con la mayoría de los otros grandes y pequeños países del mundo.

¿Por qué nos molesta que haya banderas de Estados Unidos y no nos molesta que las haya de Sri Lanka o de Etiopía? ¿Qué nos pasa con Estados Unidos que no nos pasa con Finlandia o Dinamarca? ¿Qué nos molesta de su presidente, de su bandera o de su obelisco, copiado impunemente en Buenos Aires? Muchos de nuestros próceres fueron fervientes admiradores de George Washington y Benjamin Franklin y nuestra Constitución está claramente inspirada en la de ellos. Y aclaro por las dudas que me refiero a los Estados Unidos de América y no a uno o unos estadounidenses en particular, que en este caso son justo la familia Obama, una de las más simpáticas que ha tenido la Casa Blanca como huéspedes en su historia ya más que bicentenaria de democracia ininterrumpida.

Es cierto que el flujo de la información y el mercado están siempre a su favor. No nos engañemos: nos suelen gustar sus películas, sus series, los blue jeans, las hamburguesas, los panchos, la Coca-Cola, Nueva York, Miami y Disneyworld... Pero quizá sea justo eso lo que los hace próximos. Y ya se sabe que uno se pelea con el vecino y no con el que está lejos y que las asimetrías siempre producen estos sentimientos en el más débil. Y también es cierto que cualquier imperio es la excusa perfecta para las ideologías que fabrica poder con el odio amparados en la imbecilidad colectiva.

Pero el sentimiento antinorteamericano, como cualquier sentimiento anti-lo-que-sea generalizado, es una desgracia que no dudo en calificar de fascista. No es malo un norteamericano por ser norteamericano como no es malo un chileno por ser chileno ni un polaco por ser polaco. Nadie puede ser descalificado jamás por cosas que no hizo, y mucho menos condenado. Y nos pasamos la vida haciendo estas generalizaciones injustas con sobrinos que no tienen la culpa de la conducta de sus tíos, nietos de sus abuelos, hijos de sus padres, maridos de sus mujeres o hermanos de sus hermanos (todos con un amplio viceversa).

Quemar una bandera de cualquier país del mundo o un símbolo de cualquier religión es uno de los actos más nazis que todavía ocurren en el mundo supuestamente civilizado y han vuelto a suceder en la Argentina con ocasión de la visita de Obama. Es como pintar cruces gamadas en un cementerio judío, y si no es un delito deberíamos agregarlo a la lista del Código Penal. Implica despreciar por igual a todos los que tienen una misma fe o a los ciudadanos de un determinado país y estamos a un tris de quemarlos a ellos. Es propio de las juventudes fanatizadas, gente que se distinguía por sus camisas pardas, negras o las azules en Alemania, Italia o España de antes de la Segunda Guerra Mundial.

Huele a Daesh y a Kristallnacht: a Califato mata-gays y Noche de Cristales Rotos... Piénselo un poco y si se le ocurre que estoy defendiendo demasiado a los gringos o que debo estar pagado por la CIA, es probable que se le haya metido algo del nazismo del que hablo. La democracia es exactamente lo contrario: no imponer a los otros nuestro propio pensamiento sino alegrarnos de que piensen diferente y convivir unos con otros lo más panchos. Le aseguro que es mucho más divertido.