Libros regalados

Hurgaba en los estantes de libros usados de la librería El Río de San Isidro los sábados a la mañana cuando vivía por allí y compraba las novelas de a cinco, a muy buen precio y con descuento por cantidad. Un día apareció La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa. La buscaba hacía tantos siglos que ya la creía en el Cementerio de los Libros Olvidados. Todavía tiene el precio escrito con lápiz en la primera página: 14 pesos, una broma. Después de pagarlo le dije al librero que valía muchísimo más que el monto ridículo que acababa de entregarle. Se encogió de hombros como si no le importara regalar sus tesoros mejor guardados. Después pensé que si los libros tuvieran sentimientos preferirían fecundar una inteligencia a quedarse para siempre en el anaquel de una librería y que eso explicaba su baratura. Desde entonces trato de prestar o regalar los libros que duermen aburridos en los estantes de mi biblioteca. En las manos de alguien les doy la oportunidad de mejorar este mundo.