28 de diciembre de 2017

Millennials


Millennials, así, en inglés porque en castellano no da, son los de la generación Y, que como su nombre lo indica es la que siguió a la generación X. Son los que nacieron a mediados de la década de 1980 y tenían unos quince años en 2000, así que hoy tienen entre 25 y 35.

Algunas características de los millennials le hacen decir a Simon Sinek que se criaron bajo estrategias fallidas de educación. No todos, claro, pero muchos de ellos sufren una enfermedad que les impide salir de la adolescencia. Sus mismos padres, quizá empujados por alguna frustración o por no querer lo que hacían, los convencieron de que basta con querer las cosas para tenerlas. Algunos ganaron premios no por merecerlos sino porque sus padres se quejaron porque no los recibían. Hasta las notas del colegio son producto de las quejas de los padres y no del estudio de los hijos. Para que no se frustren se premia también a los peores, se borraron las sanciones y las exigencias y hasta los berrinches se volvieron expresiones de estados de ánimo que conviene respetar en lugar de corregirlas con un sopapo. Para las categorías infantiles de cualquier concurso hay que dar tantas medallas como participantes... ni siquiera nos dimos cuenta que al dar a todos la misma medalla estábamos devaluando la que le damos a los mejores, que son los verdaderos frustrados de la generación del milenio; pero además les dijimos a los peores que eso no importa y los convertimos también en frustrados cuando se dan cuenta de que hay que trabajar duro en este mundo donde no todo es soplar y hacer botellas.

Viven en la cultura de WhatsApp, Facebook o Instagram, en la que todo es lindo, fácil y divertido... porque es mentira. A cada cosa que hacen o dicen, 300 amigos les contestan bieeeeeeeen, qué liiiiiiiiiiiiindo, wooooow... o los llenan de aplausos y pulgares para arriba solo porque no saben explicar lo que les gusta o no les gusta. Si en nuestra generación hubiera ocurrido eso, bastaba con mandarlos a freír buñuelos por zalameros.

En las conversaciones con sus mayores, incluidos sus padres, les alcanza con la excusa “estamos en el siglo XXI” para dar por buena cualquier estupidez que se les cuestione: ellos son los árbitros de toda la historia. Es cierto que el mundo cambió, pero lo que cambia del mundo son los estilos y los modos y no lo esencial de la condición humana ni la realidad de lo que acontece. Cambia el relato pero no cambia la historia. El mundo de los millennials se ha vuelto un relato como el que nos acostumbró la política: ya no importa si las cosas pasaron o no pasaron: en tiempos de la posverdad lo que importa es lo que se dice que pasó.

Pero lo peor de esta generación es la superficialidad. Nada es profundo, nada es permanente, nada es del todo en serio, no hay compromisos ni otra actitud que los gustos propios. Las conversaciones –cara a cara o por redes sociales– son colecciones de autorreferencias aburridas y superfluas. Hablan mucho porque hablan de ellos, todo el tiempo y con todos.

15 de diciembre de 2017

12 de diciembre de 2017

La culpa del gliptodonte

Quizá quedó en los genes de los tehuelches el miedo a los gliptodontes que campaban en la llanura pampeana hace 200.000 años. O fue el mareo hereditario de los que se bajaron de los barcos para mestizarse con las hijas de los guaraníes y charrúas... Está probado que los argentinos no podemos vivir sin vías de escape. Padecemos una ansiedad genética por huir de algo que alguna vez nos puso locos.


En cualquier sociedad más o menos civilizada, los que llegan primero a una reunión eligen los lugares y quienes llegan después se quedan con lo que hay. Si es un cine, un aula de clases, un teatro o una iglesia, el lugar que primero debería ocuparse es adelante y al medio, desde donde también se ve mejor o se aprende más... porque los que llegan antes lo hacen para conseguir como premio los mejores lugares y no para quedarse con los peores. Y como es lógico cuando van a una reunión a la que asiste mucha gente, los educados del planeta llegan puntuales, usan el baño antes de entrar en la sala y se van tranquilos después de que termina la función. Como fueron a eso y quizá pagaron para asistir, ocupan su tiempo asistiendo y no zangoloteando todo el tiempo y de acá para allá como bola sin manija.

Si en la Argentina mira con un dron un teatro, una iglesia, un cine, un aula de clases… va a ver que las cabecitas dibujan el contorno de una campana vacía, más ancha en la fila uno y más estrecha en la zona central. Debe ser el complejo del gliptodonte que provoca que la gente que llega primero se quede cerca de las vías de escape, los que vienen después pasan por encima de ellos, y los siguientes por encima de dos filas hasta que es imposible pasar por encima de cuatro o cinco, así que quedan vacíos los lugares de adelante y el centro, aunque sean los mejores. Los que llegan más tarde se van agolpando en el fondo, parados porque prefieren eso a la pirueta por encima de sus congéneres, que tampoco se quejan mucho porque todos padecen la misma tara.

Los grupos humanos como la multitud, el público, la manifestación, la procesión, el piquete, los que esperan su avión en el aeropuerto... son focus groups gratuitos de nuestra inteligencia colectiva, que es algo así como la suma del coeficiente intelectual de todos los presentes dividida por la suma de su nivel de educación. Y en la Argentina da fatal.