25 de febrero de 2024

Los países también maduran

Al final de la columna del domingo pasado planteaba que los países maduran como las personas. No es un gran descubrimiento. La madurez es una analogía vegetal muy extendida en el mundo animal, pero sobre todo entre los humanos. Lo que puede parecer un poco tirado de los pelos es aplicarlo a colectivos como un país o cualquier organización social, desde la familia a las Naciones Unidas.

El derecho —que siempre sigue a la vida— ha inventado las personas jurídicas, también llamadas morales, pero le costó sus años. Esta vez no fueron los romanos, que algo vislumbraban pero no les gustaba mucho esa especie de ficción. Tuvo que evolucionar la idea hasta llegar al concepto actual en la época de la Revolución Francesa y luego durante el pragmatismo napoleónico.

Las personas de existencia ideal, como también se las llama, tienen estándares jurídicos análogos a los de las personas físicas, con nacimiento y muerte, con voluntad, deberes y derechos, con patrimonio y responsabilidades, salvo la responsabilidad penal, cosa que algunos juristas discuten en el ámbito de los límites del resarcimiento económico. Está claro que la pena que no le cabe a una persona moral es la cárcel, pero sí todas las demás, en su debida proporción y análogamente a las sanciones penales aplicables a las personas de carne y hueso, como multas, inhabilitaciones o retiro de la personería, que sería algo así como la pena de muerte.

También análogamente y en sentido figurado se puede decir (y se dice) que una sociedad es inmadura cuando actúa colectivamente de un modo infantil o adolescente. Y al igual que ocurre con las personas físicas, esa madurez no es necesariamente paralela al crecimiento vegetativo, a la madurez que dan los años: hay adolescentes de 90 y hay maduros a los doce.

Las frutas maduran con el sol y el calor y cuando están en la planta a casi todas les viene bien un golpe de clima para ser más dulces. Las personas de carne y hueso maduramos con los golpes de la vida, pero en eso somos más parecidos a las piedras que a las frutas. Las piedras se pulen entre ellas hasta volverse canto rodado, lisas y redondas, sin aristas. Maduramos a fuerza de caer y volver a levantarnos una y otra vez, pero sobre todo maduramos cuando las adversidades nos sacan las aristas y nos enseñan a convivir con personas que también están perdiendo las suyas.

Las sociedades maduran con los golpes de la historia. Con los fracasos, las adversidades, las vueltas del destino. Maduran con cataclismos, catástrofes y guerras... y a veces se pasan de tanto madurar. Europa es el ejemplo más evidente: fue el campo de batalla de todas las guerras hasta llegar a la madurez de la Unión Europea. Japón es otro caso paradigmático.

Nuestro mayor déficit de madurez sigue siendo la confusión entre lo esencial de lo accidental, que es la más palmaria muestra de adolescencia y lo que casi siempre se aprende a los golpes. ¿Será que a la Argentina le faltan esos golpes? Capaz que sí... o quizás sea mejor que sigamos siendo campeones mundiales de la inmadurez.

Hace casi once años se me ocurre que la elección de Jorge Bergoglio como Papa en Roma podía provocar esa madurez colectiva, porque Francisco pasaría a ser el modelo argentino por antonomasia, desbancando a ídolos que no se lo merecen y que ahora no pienso nombrar. Tengo todavía esa esperanza.

18 de febrero de 2024

Argentina inmadura

Hay países infantiles, adolescentes, adultos y ancianos. Pero no por su historia o sus ruinas, ya que según como se mire, Italia puede ser mucho más joven que la Argentina o el Nuevo Mundo más antiguo que la Vieja Europa. Me refiero a la edad colectiva de su gente, al modo de pensar y de razonar de la inmensa mayoría de sus ciudadanos.

Se puede catalogar a los países como jóvenes o viejos, del mismo modo que clasificamos a sus economías como fracasadas o emergentes; a sus culturas como decadentes o ascendentes, y tantos calificativos que ponemos a las cosas y a las personas. Hay países que se ponen de moda y otros que huelen a podrido. Pero no me refiero a estas categorías sino a una que represente a la edad colectiva de toda una nación. Y hay un pensamiento colectivo, o un modo de pensar común de cada país, que identifica a sus ciudadanos y no tanto por el estilo o el tono de voz sino por los temas de conversación, por las palabras que usan –que son vehículo del pensamiento– por la arrogancia, la ignorancia o la sabiduría que muestran al hablar. Alcanza con llegar a la sala de embarque de un vuelo hacia la Argentina en cualquier aeropuerto del mundo para medir la edad colectiva de los argentinos; y es más fácil hacerlo en esos lugares porque se puede comparar con la edad mental de la gente que acabamos de dejar en el país que visitamos.
 

Como de la abundancia del corazón habla la boca, nuestra conversaciones nos delatan enseguida, individual y colectivamente. La gente madura, culta, leída, habla de temas interesantes: de política y economía, pero también de historia, de arte, de viajes, de libros... y de vez en cuando de comidas y bebidas. Los inmaduros hablan solo de temas primarios: sexo, comidas, fútbol y plata. La gente adulta come fettuccine alla Carbonara y los inmaduros se contentan con hamburguesas aplastadas y queso derretido.

Sabemos todo. Nunca aceptamos que no sabemos. Jamás nos equivocamos y somos capaces de cambiar toda una posición ideológica solo para no reconocer un error. Los adultos, en cambio, cuando no saben algo, dicen que no saben y no pasa nada. Y si se equivocan, lo aceptan sin dramas y corrigen su error.

Ponemos excusas para todo. Echamos la culpa a los demás. Argumentamos nuestra inocencia con la culpabilidad ajena, como hacen los adolescentes cuando se pelean, pero lo seguimos haciendo aunque seamos el Presidente de la Nación, Ministro, Senador, Diputado, Juez de la Corte Suprema, capitán de corbeta, futbolista o panelista de televisión; y ni nos damos cuenta de que hacerlo es el modo más rápido y eficaz de aceptar la propia culpa.

Nos dominan tres demonios con el mismo apellido: Pensé Qué, Creí Qué, Entendí Qué y sus primos procrastinadores Mañana y Después. Y vivimos peleando por tonterías, como los chicos en el asiento de atrás del auto, todo el día, todos los días, sin parar.

Es el espectáculo que hoy brinda la política inmadura de un país adolescente. Y los países maduran por razones variadas, casi siempre complicadas, como maduramos los hombres con los golpes de la vida. Dios quiera que no sea un cataclismo, pero por lo menos hay que agradecer al Cielo que seamos adolescentes, porque todavía tenemos la posibilidad de madurar.

11 de febrero de 2024

La pelea no es el cambio

El resultado y el mensaje de la segunda vuelta de las elecciones del año pasado mostró que la mayoría de los argentinos quiere un cambio en el rumbo de la política y del modo de ejercer el poder en la Argentina. Alguien podría decir que no fue tan abultada la diferencia entre casi el 56 % de la fórmula ganadora y un poco más del 44 % de la perdedora, pero sí se puede afirmar que fue contundente; y para ponerlo más a favor del argumento que quiero esgrimir, hay que suponer que el candidato del oficialismo también representaba un cambio importante en el estilo de gobierno de su coalición, especialmente en lo que se refiere a terminar con la grieta que divide a los argentinos hace ya muchos años.

Un análisis más o menos grueso de los números, pueden dar que los que querían un cambio total –una vuelta en U– son los que votaron a Milei en la elección de octubre: casi el 30 % de los votantes. Y en noviembre ganó la suma de los que votaron en contra del modelo K, que se plegaron al proyecto de Milei, precisamente por ser el cambio. No es una gran novedad en el país que en 2003 puso en el poder durante 20 años a los Kirchner desde un exiguo 22 % y gracias a la suposición de que la mayoría votaría el cambio en contra de Menem.
 

Anticipaba la semana pasada que la pelea es una teoría política que puso de moda la dialéctica marxista hace más de 150 años. Esa teoría se renovó con la lucha como fábrica de poder, sin importar entre quiénes ni las razones para luchar. En resumidas cuentas, la lucha de clases de Karl Marx hoy se aplica a la pelea entre no importa quienes, porque lo que sirve es pelear. De ahí el contrasentido de mantener viva la revolución, ya que cuando se eterniza en el tiempo se vuelve tan conservadora y autoritaria como las mismas dictaduras que enfrentaron en su etapa romántica: una cosa es la Sierra Maestra y otra muy distinta anquilosarse 70 años en el poder en La Habana. El Che Guevara fue víctima de esta paradoja y hoy vemos envejecer a algunos patriarcas, otrora revolucionarios, en el largo otoño de nuestra América.

Hoy los mismos enemigos del marxismo llegan al poder con la lucha como bandera. Algo parecido a lo que pasa con la democracia, que en muchos lugares del mundo está sirviendo a los antidemocráticos para hacerse con el poder: otra paradoja de tantas que hay en nuestra era. Quizá no debiera sorprender la lucha en el proceso de llegar al poder, pero sí que la pelea siga siendo para ellos el modo habitual de conservarlo.

Quiero insistir hoy en la idea de que el conflicto como estrategia no lleva a ningún lado que no sea el mismo conflicto. No es peleando unos con otros como se va a arreglar la Argentina, sino uniéndonos en la búsqueda del fin común, minimizando las diferencias y fortaleciendo las semejanzas, que son muchas más que las diferencias.

No sé de dónde sacamos la idea de que los que ganan las elecciones deben imponerse con toda su fuerza sobre los que pierden y los que pierden deben empeñarse en no dejar gobernar a los que ganan. Si queríamos el cambio, seguir peleando no es el cambio sino la continuidad, solo que ahora están arriba los que antes estaban abajo y el proceso se repite en un remolino del que no podemos salir, como si fuera un destino inexorable de continuidad aplastante.

Por enésima vez quiero gritar que por el camino de la confrontación no vamos a ningún lado y que junto con la libertad lo que hizo y hará grande a la Argentina es la unión. Estoy seguro de que los de mi generación conocemos de memoria el consejo de Martín Fierro a sus hijos, pero quizá lo tengan que aprender los más jóvenes: los hermanos sean unidos porque es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera.

4 de febrero de 2024

Peleando no se consigue nada

Si le dijera a Miguel Martín de Güemes que peleando no se consigue nada, probablemente me fusilaba por traidor... Es que casi todos los grandes pasos de la historia de la humanidad fueron frutos de grandes batallas y de largas guerras, y no solo por los cambios geopolíticos que producen, sino, y sobre todo, porque aguzan en ingenio hasta límites insospechados.

Digo casi todos porque la revolución más grande de la historia no la produjo ningún enfrentamiento, ninguna guerra, ninguna grieta... y es la prueba más patente de que peleando no vamos a ninguna parte. Tan fuerte fue esa revolución que los violentos no consiguieron pararla ni matando al revolucionario y a sus discípulos más cercanos, ni persiguiendo a sus seguidores durante 300 años. Ya van más de 2000 y la historia cuenta que los que persiguen a los pacíficos terminan perdiendo y consiguen lo contrario de lo que buscaban: en lugar de exterminarlos, los reproducen.

Ya está claro que me refiero a Jesucristo y a los cristianos (a los cristianos pacíficos). Pero no hace falta llegar a esos extremos para confirmar que siempre tendremos más éxito en nuestras empresas si en lugar de pelear para conseguir los fines lo hacemos amigablemente. Y además viviremos más tranquilos.

Hace ya casi dos siglos que se planteó en el mundo, como teoría, la lucha como forma de crear poder. No es mala idea si lo que se quiere el llegar, pero no hay que ser muy inteligente para advertir que es un modo violento. Tan violento que no duda en aniquilar a los enemigos si hiciera falta, y solo porque es el modo más rápido de ganar.

Hace tiempo que intento explicar que el camino es el contrario. El conflicto como estrategia no lleva a ningún lado que no sea el mismo conflicto, pero además cansa como cansó a la mayoría de los argentinos que votaron el cambio en noviembre. No es peleando unos con otros como se va a arreglar la Argentina, sino uniéndonos en pos del fin común, minimizando las diferencias y fortaleciendo las semejanzas, que son muchas más que las diferencias.

Hoy, sin embargo, la sociedad argentina parece mantener la idea de que los que ganaron en las últimas elecciones deben imponerse con toda su fuerza sobre los que perdieron y los que perdieron parecen empeñados en no dejar gobernar a los que ganaron. Seguir peleando no es el cambio sino la continuidad, solo que ahora están arriba los que antes estaban abajo. Y es tan evidente que así no vamos a ningún lado que enternece nuestra edad del pavo colectiva, de la que un día debemos desprendernos para siempre.


La UNIÓN es principio fundacional de nuestra Patria, junto con la LIBERTAD. Sin la unión no iremos nunca a ningún lado, como muestra ese esquema didáctico y siempre actual de los dos burros atados por el pescuezo que pretenden comer sus raciones de pienso, una a la derecha y otra a la izquierda. Tirando cada uno para su lado nunca alcanzarán el almuerzo, en cambio si se unen para ir juntos, primero a uno de los lados y luego al otro, sí que lo conseguirán, y todos felices y bien alimentados.
 
Alcanza y sobra con la unión para enfrentar cualquier adversidad y aunque no se conozca la solución. La unión implica por sí misma la voluntad de buscar juntos las soluciones a todos nuestros problemas. Y también implica ceder de los dos lados para ir juntos en esa búsqueda.