Uber


Ocurrió un día que me gustaría olvidar en el centro de la Buenos Aires. Tomé un taxi porque no llegaba caminando a una reunión en un hotel en la zona de Retiro. Lo paré en la calle y le indiqué la dirección. Llegamos bastante rápido y todo venía bien hasta que le pagué un viaje de 32 pesos con un billete de 50, que era el más bajo que tenía. Cuando le entregué el billete lo miró con asco y me dijo que no tenía cambio. Le expliqué que yo tampoco y que lo sentía mucho. Entonces me dijo que se quedaba con los 50… y a mí se me ocurrió decirle que se quedara con los 50 pesos pero antes iba a dar vueltas a la manzana hasta llegar a esa suma. En ese momento se puso loco. Salió arando conmigo arriba del auto y se metió en el medio de la avenida 9 de Julio. Entonces le advertí que estaba cometiendo el delito de privación ilegítima de la libertad, cosa que lo puso más loco todavía. En cuanto lo paró el tránsito detenido en un semáforo me bajé espantado y salí corriendo. Pero el loco se bajó también y me siguió hasta la vereda donde me agarró de las solapas y me aseguraba a los gritos que me iba a matar a trompadas. Mientras en la avenida se armaba una buena galleta la gente miraba azorada sin hacer nada y yo esperaba la piña mortal mientras le pedía que se calme, cosa que por suerte finalmente ocurrió. Llegué a la reunión unos minutos tarde; el corazón me latía como si hubiera corrido la San Silvestre.

En Buenos Aires, por suerte, uno sale a la vereda con el brazo extendido y para un taxi cuando no son dos o tres que compiten por llevarlo. Parece lo más normal pero no es así en muchas ciudades de la Argentina. En Posadas los señores taxistas son unos duques que hay que llamar por teléfono para que vengan cuando quieran o ir a sus paradas de estacionamiento gratuito en los mejores lugares del centro de la ciudad. Yo sé que son sólo unos pocos y que por desgracia siempre me tocan a mí y que para colmo esos que me tocan siempre tienen unos autos diminutos en los que apenas cabe mi humanidad. Además no tienen aire acondicionado y tampoco la más mínima ansiedad para llevarme al destino. Y manejan como la mona, con la radio bien fuerte, como si estuvieran sordos. Cosas de la mala suerte...

Ahora imagínese que en Buenos Aires o en Posadas tengamos la posibilidad de calificar a los taxis y a los taxistas y por tanto que cada uno de ellos se construya con su propia conducta una reputación que usted conoce cuando lo pide o se sube al auto. Sueñe que el precio del taxi es de acuerdo a la oferta y demanda, es decir que si están todos vagando en las paradas usted trata con ellos a ver quién le cobra menos para llevarlo a su casa. Deslúmbrese con la posibilidad de invitar a otros pasajeros que van para el mismo sitio que usted y así aprovechar capacidad ociosa del vehículo y compartir el gasto. Alucine con que por eso mismo gasta la mitad en taxis –o los usa el doble– y los paga con débito automático desde su cuenta bancaria. Encántese con la idea de que así hay un tercio menos de autos en la ciudad, consumimos menos hidrocarburos, hay menos contaminación y vivimos todos más felices en un mundo que ha empezado a compartir de verdad sus recursos en lugar de amarretearlos como hacemos todos los días con nuestro vehículo. Bueno: todo eso ya se puede hacer gracias a las tecnologías que nos tienen comunicados todo el tiempo: hoy podemos saber en tiempo real si hay un taxi cerca, si es una catramina o un auto nuevo y espacioso, si tiene aire acondicionado o hay que ir con las ventanas abiertas, si tiene o no tiene pasajeros y si el taxista es amable o un energúmeno como el que me tocó aquel día aciago en Buenos Aires.