Rabona


El zoológico de Buenos Aires es una muestra del esplendor de una ciudad que entre 1880 y 1930 pasó de ser un rejunte de ranchos a la gran urbe que es hoy: todavía su infraestructura y esplendor son los de entonces. Hoy queda en un barrio central y nada barato y los que viven por allí se despiertan a las mañanas con los rugidos del león y no se alteran con los chillidos de los monos en sus peleas interminables.

Ahora nos da lástima ver a los animales enjaulados, pero no era así hace 100 años. Entonces, para que se sientan como en su casa, los camellos tenían en su corral una pirámide egipcia, los cóndores unos Andes de concreto en su pajarera gigante y los osos polares se asaban con los pingüinos sobre un témpano de cemento encalado. Había un orangután negro betún detrás de una fosa que golpeaba el pecho como en las revistas de Tarzán.

Es una paradoja que lo fundara Domingo Faustino Sarmiento, el padre del sistema de educación que hizo grande a la Argentina, porque además de cárcel para animales inocentes, el zoológico era refugio de rabonas de los estudiantes secundarios de toda la ciudad: las mañanas de lunes a viernes había fiesta de adolescentes entre elefantes, cebras, hipopótamos y cocodrilos.

Aquella mañana fría pero soleada del invierno de Buenos Aires había decidido no ir al colegio, así que al salir de mi casa enfilé para el zoológico. Era un viaje largo que tendría que terminar a pie, porque no alcanzaban las moneditas que mi madre dejaban todas las noches apiladas para cada uno de los hermanos encima de los azulejos de la mesada de coser.

Caminaba por la Avenida del Libertador cuando oí la voz de mi padre desde su auto negro que marchaba despacito y a mi par. Subí junto con él en el asiento de atrás –entonces mi padre tenía chofer- y seguimos viaje al centro de la ciudad. El diálogo completo puede ser largo, así que solo les dejo lo esencial:

-¿Y por qué no quieres ir al colegio?
-Porque me aburro.

Cuando llegamos a la Cancillería me mandó a desayunar a una confitería cercana y después me mostró el Palacio San Martín, donde tenía un despacho descomunal con un mapamundi que cubría toda una pared. Después vino otro diálogo:

-¿A qué hora llegas a casa?
-A la una.

Me mandó con el chofer y nunca más se habló del tema. No dije nada en casa y se ve que él tampoco. Y no volví a faltar al colegio, aunque seguí aburriéndome como una ostra los años que me quedaban para terminar el bachillerato: una condena a soportar profesores mediocres que cumplí como un ejercicio para la vida. Desde entonces pienso que si los chicos se aburren en el colegio es inútil enseñarles nada. Pero para saberlo hay que preguntarles a tiempo.