Alguien tiene que perder


Es una regla universal de todo deporte, o del juego que es lo que son los deportes al fin y al cabo: unos ganan y otros pierden porque para que unos ganen otros tienen que perder. Parece perfectamente lógico pero hay que puntualizar que uno gana si el otro pierde sólo en un partido de uno contra otro. En cambio en una copa, un torneo o campeonato, el que gana es uno solo contra una cantidad casi siempre bastante abultada. A veces juegan todos juntos, como en el golf, y otras se eliminan hasta quedar los finalistas de los que sale el campeón. La mejor selección de fútbol del mundo es una de las 211 asociaciones nacionales que componen la Fifa (18 más que la ONU). El Campeón de la Copa Libertadores de América es el mejor de una cantidad inmensa de cuadros de fútbol que integran sus asociaciones y el de la Copa Intercontinental de Clubes es uno en cientos de miles.

Por eso nunca entendí a los que lloran cuando pierden, en cualquier deporte o juego, pero sobre todo en el fútbol. Ocurre con los más jóvenes y sobre todo en la Argentina, no sólo con los jugadores de nuestra selección cuando sale segunda –cosa ya habitual– sino cuando jugamos al fútbol entre amigos, en los clubes de barrio o en el Campeonato Nacional: el que pierde llora y el que gana lo carga por unos cuantos días, que pueden llegar a ser meses y hasta años. Y quizá llora el que pierde porque sabe lo que le espera...

Parece una exageración que todo un país o uno solo de sus ciudadanos sufra de este modo por un partido de lo que sea. En los deportes perder no es cuestión de probabilidad sino de certeza: si alguien gana es porque otro pierde. Y alguien tiene que perder. Es más: el espíritu deportivo y el fair play suponen que se gana y se pierde y que la primera obligación del perdedor es felicitar al ganador y alegrarse con su triunfo.

Practicamos con vehemencia una cultura de winners y losers, ganadores y perdedores. Y los perdedores son denostados, acosados y hasta víctimas de bulling. Una desgracia porque la vida consiste en ganar y perder y sobre todo perder y volver a levantarse cada vez para volver a intentarlo con dignidad y seguramente volver a perder y volver a intentarlo otra vez más. Y ahora que lo pienso quizá sea una mala idea cantar el himno antes de los partidos y abizarrarnos con el estribillo “coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. El deporte no es la guerra, no defendemos el territorio ni la bandera, no arriesgamos la vida y tampoco la salud. Apenas estamos jugando –ju-gaaaaan-do– al fútbol. Y perdone si alguna vez lo pensó o lo dijo, pero el partido contra Inglaterra del Mundial de México 1986 no fue ninguna revancha argentina por las Malvinas, que siguen en poder de los británicos...

Hace unos años a los llorones los llamábamos malos perdedores y ser mal perdedor era más feo que el mondongo (si a usted le gusta es cosa suya). Pero con el tiempo se impusieron hasta en política y ahora resulta que el que pierde –o la que pierde– se enoja con el ganador, hace pucheritos y no le entrega la banda presidencial a quien triunfó en buena ley.

¿Se imagina lo sensacional que sería una selección de fútbol que se alegrara con el triunfo de su contrincante y se adhiriera a la celebración de la victoria con la misma alegría de los campeones? Se irían de la copa con más fama que el campeón, como Roberto De Vicenzo, el golfista más famoso por perder en Augusta como un caballero a causa de un error que por ganar el Masters.

Que duda cabe que en los deportes, en la vida, hay que intentar ganar. Pero sobre todo hay que cumplir las reglas y los que pierden –que siempre serán más– deberían hacerlo como damas o caballeros, con hidalguía y hasta para sentirse mejor.

Lo importante en la vida no es ganar ni perder sino volver a intentarlo, una y otra vez.