Zapatos nuevos

En el Santa Isabel de San Isidro había Cuadro de Honor, pero no ponían a los chicos buenos en una orla, como hacen con los sufridos empleados de McDonald's. En una libreta verde, que se entregaban con las calificaciones todos los meses para la firma del padre, madre o tutor, había un casillero que decía Orden de Mérito. Mi lugar estaba de la mitad para arriba (o para abajo, según cómo se mire): si había unos 40 alumnos en la clase, solía andar por encima del vigésimo y a veces arriesgando el descenso a segunda división.

Fue en cuarto o quinto grado y en un mes de invierno que aparecí octavo, quizá más por defectos de mis compañeros que por esfuerzo propio. O quizá fue porque ese mes había decidido usar gomina, obligatoria para ir al colegio pero prohibida por mi madre. El temido padre Fontana, que andaba siempre con una durísima campanita de bronce en la mano, no nos dejaba entrar al colegio si no estábamos engominados. Su mal humor debía ser por narigón, petiso y contrahecho y si te pegaba con el borde de esa campanita te hacía ver las estrellas. Como en mi casa no había gomina, me ponía jabón en el pelo mojado y enfrentaba con cara de Gardel a Fontana. Mi madre no se daba cuenta porque salía de casa recién peinado; al volver me revolvía el pelo antes de llegar y me sacudía el polvo de jabón de los hombros del saco azul marino.

Así que aquel mes iba a subir al escenario del Cine Teatro Don Bosco, el de la calle Diego Palma, en el acto en que las monaditas representaban el cuadro de honor en vivo, rodeando al padre Director como su corona de laureles. Era la ocasión señalada para conseguir, por primer vez en mi vida, zapatos propios. Así que incordié a mis padres para que me compren unos. Los que tenía estaban viejos y remendados, heredados, como siempre, de mi hermano mayor.

Recién entonces supe lo molestos que son los zapatos nuevos. Los pies me dolían como si un torturador me los estuvieran apretando con una morsa: me sentía una geisha japonesa obligada a tener sus pies a raya. Pero nada me importaba porque iba a disfrutar por primera vez de mi apoteosis de niño modelo.

Pero algo pasó... Justo ese día y por única vez no subieron los chicos buenos a las gradas del escenario para rodear al padre Plácido Avilés. Alguien leyó nuestros nombres a toda velocidad y cada uno se levantó medio segundo de su butaca para que lo vean los que podían y se burlen de él. Podía haber ido en alpargatas y calzoncillos que nadie se hubiera dado cuenta.

Volví a casa rengueando de dolor y con mis zapatos llenos de pisotones que nos dábamos entre nosotros al comprobar que alguien los estrenaba. Para colmo me quedaron chicos en un par de meses. Nunca más conseguí llegar a semejantes niveles de alcahuetería.