Urabayen


El 3 de enero de 2018 murió Miguel Urabayen Cascante. Urabayen, sin más vueltas. Había nacido en Pamplona hace 91 años. Era más navarro que la chistorra, pero de los navarros onda vasca que dicen que son los vascos más vascos de todos los vascos. Periodista y maestro de periodistas, ejercía el periodismo como un maestro y también lo enseñaba con maestría. Miguel desmentía la calumnia de los mediocres que dicen que los periodistas conocemos la ancha superficie de la realidad pero somos incapaces de profundizar en nada.

Urabayen es el inventor de la infografía. Llamaba texto al texto, mapas a los mapas, fotos a las fotos y dibujos a los dibujos, hasta que un amigo común le puso infografía al lenguaje que mezcla imágenes con textos para explicar las noticias. A Miguel no le gustaba nada el nombre, entre otras cosas porque siempre los mapas o las fotos se publicaron con textos para disminuir la polisemia de las imágenes. Además las imágenes ya se imprimían antes de que naciera Gutenberg, solo que se dispararon cuando aparecieron las computadoras Macintosh en los diarios y su efecto WYSIWYG (What You See Is What You Get), que muestra en la pantalla lo que saldrá después en el papel. Esto, que hoy parece obvio, no era así en las viejas IBM ni sus clones de segunda marca. Apple le ganó a IBM por goleada cuando Steve Jobs tomó prestada la idea del centro de investigaciones de Xerox en Palo Alto.

Pero volvamos a Urabayen y a aquellos tiempos románticos del periodismo de máquina de escribir, plumín y tinta china.

Un día de 1982 Urabayen apareció por la redacción del diario Tiempo Argentino en Buenos Aires. Había sido invitado por Pablo Sirvén, uno de sus exalumnos en la Universidad de Navarra, que le haría una nota aprovechando su paso por Buenos Aires. Nada más llegar, Miguel se puso a hojear el periódico de ese día. Pablo recuerda todavía los gestos de Miguel al encontrarse con un mapa que ocupaba casi una página completa del tamaño berlinés del diario. Cuenta que abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la frente mientras preguntaba con admiración “―¿quién ha hecho esto?”. En un rincón estaba Alejandro Malofiej, sobre su tablero de dibujo, con sus plumines y sus hojas de calco. Miguel se acercó y lo saludó como quien conoce a un prócer. Para colmo Miguel descubrió un pequeño error en ese mapa: el acorazado New Jersey estaba representado por la silueta de un crucero. Luego de una amable y breve discusión Alejandro descubrió que había en el mundo gente tan apasionada como él por los mapas informativos. Hoy los premios mundiales de infografía se llaman Malofiej y se entregan todos los años en la Universidad de Navarra.

La Facultad de Comunicación había inventado una materia a la medida de Urabayen. Era ya la época de la libre configuración del currículum, y la asignatura se podía elegir para unas cuantas carreras. El aula, en forma de teatro, se llenaba de gente. Miguel pasaba hasta cuatro carretes de 80 diapositivas por clase en los pesados proyectores Ektagraphic de Kodak. Muchas mañanas lo veíamos en el hall de la biblioteca tomando fotos a revistas nuevas y diarios viejos en el momento en que la luz del día, sin rayos directos del sol, daba mejor en las ventanas. A los 90 años seguía escribiendo críticas de cine en el Diario de Navarra y a los 30 había encontrado un lote genial en el valle de Ulzama para fundar el Club de Golf de los pamploneses. Hablaba inglés con acento, como todo español, pero dominaba la pronunciación del francés, que es mucho más difícil que hablar en sánscrito. Nunca dejaba su txapela voladora (boina de vuelo largo) que usaba un poco inclinada del lado izquierdo de la cabeza y encima de sus cejas superpobladas.

Suelo decir que hablar de los muertos es hablar de uno mismo y ahora no me importa caer en ese deporte argentino. Conocí muy bien a Miguel desde 1982, luego fui su alumno y su amigo a pesar de tener él la edad de mi padre. Como suponía que yo extrañaba la carne, de vez en cuando me invitaba a comer un chuletón de buey más grande que el plato. También me presentó a la Sociedad Napardi, una antigua peña gastronómica de la ciudad donde las mujeres tienen prohibido entrar en la cocina. Pasé horas y horas con Miguel, de quien aprendí mucho más de lo que estudiaba. También nos vimos en otros bares y restaurantes del mundo, que es donde más se aprende de los maestros. Pero los mejores momentos eran en su casa y entre sus libros, justo arriba de la librería El Parnasillo, en la calle Castillo de Maya del ensanche de Pamplona. Margarita, su mujer, siempre tenía algo rico para ofrecer, pero lo que más nos gustaba a sus alumnos era su hija Irma, que era un sol.