Los amigos de los muertos


En América, los muertos están vivos y también mudos. Aunque no contesten les cantamos, les damos de comer y seguimos hablando con ellos como si nada. A veces en el cementerio y otras desde los periódicos. Sin ninguna vergüenza publicamos en los diarios mensajes que harían sonrojar a una ballena.

Si contara todos los minutos de silencio de mi vida, creo que se me pasaron unas buenas vacaciones mirando el reloj. En mi caso prefiero rezar que el puro silencio y algún día entrar en la cabeza de los silenciantes ateos durante el homenaje.

Animitas les dicen en Chile a las construcciones que se plantan a la vera de las carreteras para recordar un muerto accidentado en ese lugar de la ruta. Son estrictos cenotafios –tumbas sin muerto– que se repiten en todo el continente con distintos nombres y estilos. En Argentina son simples cruces o casitas en miniatura y en Paraguay he visto verdaderos santuarios.

Los españoles que vinieron a América durante la conquista eran en su mayoría andaluces y extremeños, a quienes solo hablar de los muertos les parece de pésimo gusto. Los gallegos, en cambio y como nosotros, hablan de los muertos como si estuvieran vivos. Pero los gallegos vinieron a América a fines del siglo XIX y principios del XX, así que lo más probable es que hayamos heredado la cercanía con los muertos de los americanos que andaban por acá antes de Colón.

Nuestros duelos son interminables y no le digo nada si la persona fallecida es algo conocida. En la Argentina cuando muere alguien famoso se multiplican sus amigos. Aparecen por lo menos diez veces más de los que realmente tenía, total el muerto no piensan resucitar para desmentirlo. Todos cuentan anécdotas entrañables con el que se fue y ensayan unas lágrimas que son enfocadas por las cámaras de la televisión. Pero lo que cuentan los amigos de los muertos es su propia historia y no la del muerto: ya sabe todo el mundo que hablar de uno mismo es el deporte nacional.

Alguien me explicaba que la culpa de tanto muerto en los medios es del algoritmo: un modo de decir en la industria para explicar el efecto de las audiencias sobre los contenidos. Pasa que sabemos en tiempo real qué les está interesando a las audiencias, y si vemos que ponen interés en una noticia, la exprimimos para que dé hasta la última gota de sus posibilidades. Bueno, el algoritmo me da la razón: es inagotable la necrofilia argentina.

Tan inagotable, tan pesadamente insoportable, que necesitamos un psicoanálisis colectivo para superarla. A nuestros próceres les dedicamos feriados el día de su muerte, como si fueran santos en el día que se fueron al cielo. Una cosa es rezar por los muertos para ayudarlos, o rezarle a los muertos para que nos ayuden y otra muy distinta es sufrir a los muertos, disfrutar de los muertos, celebrar a los muertos, castigar a los muertos, exaltar a los muertos, enamorarnos de los muertos...

La vida ya pasó para ellos y por más que lo intentemos no cambiaremos ni un solo segundo de su existencia pasada. La parafernalia mortuoria es para aprovechamiento de los vivos: unos lucran con la vanidad de los deudos y otros necesitan hablar de ellos mismos.