Yverá

Colonia Carlos Pellegrini es un pueblo correntino situado sobre la laguna del Iberá –casi una isla entre los esteros– que nadie sabe por qué tiene nombre de político lejano y no se llama Yverá o Paso del Yverá. Aquel domingo salí con tiempo de Posadas porque allí me esperaban unos amigos para almorzar butifarra, chorizos y entrañas asadas en la matera de una linda casa a metros de la laguna.

El camino por las rutas provinciales 41 y 40 desde la nacional 12, recorre 140 kilómetros de tierra que suelen estar en buen estado si no llueve; y cuando llueve hay que pasar algunos bajos que pueden volverse infranqueables para un auto normal. Pero hace una semana el tiempo estaba muy bueno y el camino también. Lo que no estaba bueno es el clavo que se hincó en la cubierta trasera izquierda de mi auto y que, en lo que tardé en darme cuenta, dejó la goma hecha jirones; nada que no esté previsto por los fabricantes, que para eso ponen una rueda de auxilio y las instrucciones para cambiar la rueda estropeada. Pero la de auxilio estaba tan bien asegurada contra robos que fue imposible destrabarla con las mismas herramientas provistas por el fabricante y siguiendo al pie de la letra las instrucciones del manual del propietario.

Por ese camino pasa cada tanto buena gente y es lo que pasó esta vez. Primero llegó una pareja en dirección a la ruta 12, cuyo conductor me ofreció ayuda y prometió llamar a mis amigos del Yverá para avisarles que llegaría tarde a almorzar. Poco después llegó otra camioneta con cuatro ocupantes, esta vez con rumbo a la Laguna; los dos varones intentaron sin éxito destrabar la rueda, hasta que convinimos con las mujeres en que lo mejor sería que me acercaran a mi almuerzo y después ver cómo me las arreglaba para recuperar el vehículo. Así que me subí al todoterreno y seguí disfrutando del camino, esta vez en compañía de estos buenos samaritanos que me dejaron en la puerta de la casa en la que todavía ni habían prendido el fuego.

Terminamos tarde de almorzar. Después de la siesta, que tampoco fue corte, partí colado en un auto que volvía a Posadas. A unos 60 kilómetros nos encontramos con mi auto tal como lo había dejado, subido todavía al gato y con su auxilio imperturbable. Probamos de nuevo destrabar la rueda, pero ni nuestra inteligencia práctica, ni nuestras teorías, ni la técnica del fabricante sirvieron para nada…

Hasta que pasó un tractorista de Forestal San Francisco, una empresa misionera que tiene explotaciones por esa zona. Un capo. Se zambulló debajo del auto y después de casi una hora de maniobrar con una pinza y un par de fierros, destrabó la rueda de auxilio. Nunca nos dijo su nombre a pesar de pedírselo, solo recuerdo los brackets en sus dientes cuando celebraba su triunfo sobre nuestra incapacidad urbana.


Con las cuatro ruedas y gracias al tractorista anónimo, se me vino la noche cerrada en el resto del viaje a la Laguna. Tenía que ir despacio, para cuidar mis ruedas, porque era de noche y porque no tenía ningún apuro. Comprobé que viajar por ese camino, a oscuras, despacio y con las luces altas, es una experiencia alucinante. De día había visto ñandúes de buen tamaño, garzas, pacas, caranchos, bandadas de pirinchos y cantidad de pájaros que no conozco. También me encontré, en una sombra del camino, con dos motor home todoterreno de familias holandesas que disfrutaban del aire libre: parecían cruceros con ruedas, aptos para llegar con su propia casa a donde hiciera falta. Pero de noche aparecieron los carpinchos, los zorros y venados que salen a saludar de las zanjas o los potreros. Hay que decir que también aparecen algunos caballos, pero para el caso son animales que también hay que cuidar.

El lunes pude cambiar la cubierta en lo de un amable gomero del Yverá que justo tenía una usada de la medida de la mía, y agradecí al Cielo la pinchadura que me dio la oportunidad de conocer mucho más de lo que hubiera conocido sin ningún percance.