18 de julio de 2021

El sueño de nuestros bisabuelos

Un viejo embajador –que entonces no era viejo– me dio una lección imborrable mientras almorzábamos en un bonito restaurante del centro de Fráncfort por el año 90 ó 91. Preocupado, como muchos ahora, por las legiones de argentinos que volvían a la tierra de sus antepasados, y por mi presencia ya dilatada en Europa, me explicó que un país no se funda con una sola generación. Y agregaba que los argentinos que se quedan en Europa gracias a los privilegios de su doble nacionalidad, renuncian al sueño de sus abuelos: “Ellos fueron a América para crear países grandiosos y sus nietos, al volver a Europa, los hacen fracasar”.

A veces busco afiebrado la ilusión de mis bisabuelos y la razón por la que no le encontramos la vuelta a nuestro destino. ¿Despegaremos algún día? ¿Seremos así para siempre? Los americanos estamos convencidos de que tenemos algo fuerte y valioso que aportar al mundo; lo que no sabemos es cuándo. 

¿Por qué un europeo –laborioso e inocente– se vuelve taimado y perezoso en América? ¿Por qué los vagos de Buenos Aires trabajan como chinos en los bares de Barcelona? Muchos europeos son burros en el sentido catalán: les dicen a dónde hay que ir y llegan a como dé lugar. Los americanos, en cambio, vamos siempre para el otro lado. Será por la geografía de límites infinitos y por la sangre indómita americana, pero también por el mestizaje: los que vinieron de Europa buscaban la libertad que no tenían en su patria. Segundones y hasta criminales descubrieron y conquistaron el continente y lo poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran otra patria, inmensa, que llamamos Iberoamérica. 


Como dicen Litto Nebbia, Octavio Paz y Alberto Fernández, los americanos del sur del Río Bravo descendemos de los barcos y de la selva amazónica y de los aztecas y de los incas, pero sobre todo descendemos del mestizaje que se produjo en cuanto los primeros conquistadores se bajaron de sus naos. Los argentinos nos equivocamos fiero cuando nos excluimos de la América Mestiza: eso es una cantinela de porteños y quizá de dos o tres ciudades en las que predominan los descendientes de europeos.

Entre la libertad y la vida, los americanos elegimos siempre morir. Las letras de los himnos nos espeluznan y nos sacan lágrimas hasta cuando los cantamos antes de enfrentarnos a vida o muerte contra la selección de bádminton de Singapur. “¡Coronados de Gloria vivamos o juremos con Gloria morir!” gritamos los argentinos para el que nos quiera oír. Así es la América dulce y mestiza: no nació el que nos ponga el cascabel, aunque aparezcan de vez en cuando y como tormentas de verano verborrágicos déspotas de pacotilla. 

Todos los himnos de nuestra América juran morir antes que perder la libertad, mientras que tantos pueblos o ciudadanos del mundo prefieren un hilo de vida que quizá les permita ser libres otra vez, aunque sea después de siglos de esclavitud. Sin vida no hay libertad, argumentan, y hay que aguantar lo que sea. No está mal, pero a nosotros esa vida no nos va. 

Lo que tenemos seguro en América es la libertad y sabemos que lo demás vendrá cuando le toque. No nos gustan ni los reglamentos, ni las vallas, ni los diccionarios, ni los límites, ni las leyes, ni los árbitros, ni los peajes, ni las barreras, ni las cadenas, ni los guardias, ni las verjas, ni las llaves, ni los horarios, ni los impuestos, ni las riendas, ni los candados... “Así mismo es” repetimos desde Tijuana al Cabo de Hornos para el que demande una explicación. Y así es nomás: una fuerza incontenible que explotará un día como una bomba atómica de Justicia y Libertad.