21 de noviembre de 2021

Política que atrasa


Nuestra política atrasa. No digo que vaya para atrás porque ir para atrás es una forma de avanzar, aunque sea hacia otro lado, que es lo mejor que puede pasar cuando uno está equivocado. Estoy diciendo que nuestra política tiene el almanaque de hace por lo menos 40 años. Lógicamente todo esto es discutible, por eso aclaro que se trata de un ensayo, de una tesis que que trataré de demostrar a partir de algunas hipótesis que me parecen suficientes. Se entiende que la política vaya detrás de los cambios sociales, pero no tan atrás. Y lo que no se entiende es que intente contener esos cambios como un dique retiene el agua de un río.

La política es el arte de buscar el bien común y no el bienestar de los políticos. De alcanzar el poder para ocuparse de la felicidad de cada uno y de la sociedad a la que sirve, y no la búsqueda del poder por el poder mismo. El Papa Francisco dedica un capítulo entero –el quinto– de la encíclica Fratelli Tutti a desarrollar esta idea y me consta que años antes de ser Papa llamaba Alta Política a esta idea, y lo pongo con mayúsculas porque se lo merece. Traigo ahora solo esta cita para recordarlo, pero vale la pena que nuestros políticos lean y relean ese capítulo entero por lo menos una vez al año:

Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.

La política debe seguir la voluntad de todos los votantes (los que ganan y los que no) antes de intentar adaptar el pensamiento de ellos al de los políticos. Por eso es curiosos que quienes no ganan una elección intenten a toda costa ganar la siguiente comprando la voluntad de los electores. El clientelismo, todavía habitual en nuestra cultura política, es tan anacrónico como la veda de propaganda y de encuestas días antes de las elecciones, o la prohibición de vender bebidas alcohólicas, o el voto obligatorio, o las listas sábana; y tan antediluviano como fue, durante la mitad del siglo pasado, el voto solo masculino. El voto femenino llegó a nuestro país 40 años después del mal llamado voto universal, secreto y obligatorio de la Ley Sáenz Peña. Quiere decir que oficialmente, y durante por lo menos 40 años, nuestros políticos no consideraron a la mujer dentro del concepto universal... Ya se ve que el atraso no es cosa tan nueva.

Esa brecha, redondeada en 40 años, da una probable cifra del retraso de la política argentina. Lógicamente es una estimación retórica, una licencia que sirve, por ejemplo, para explicar las sorpresas electorales. La política está siempre atrás de los cambios tecnológicos y sociales; no tiene ni idea de lo que pasa por la cabeza del pueblo y mucho menos de la generación más joven. El mismo concepto de clase política es otra muestra. A veces pareciera que viven en una isla de afortunados, o en una pecera de oro, disfrutando de las mieles del poder y completamente alejados de las necesidades del pueblo que representan como gobierno o como oposición, que en esto son iguales.

Y para terminar con las hipótesis, formulo la de los marketineros políticos: esos personajes bien caros, capaces de crear candidatos como un producto que hay que vender a un público medio tonto y bastante aborregado. Elegimos candidatos y no gobernantes, porque el negocio de marketing es ganar elecciones a como dé lugar y sin importar lo que pasa después. Así solo prosperan los proyectos de poder que se imponen a los proyectos de país, de los que la Argentina está huérfana hace bastante más que 40 años.