La paciencia del yacaré


Los esteros del Iberá son un inmenso bañado del tamaño de Bélgica en el que no hay gente: solo agua y yacarés, además de víboras curiyú, carpinchos, aguarás, venados y 360 especies de pajarracos de todos los colores y tamaños. Solo hay gente –poca– en las costas del bañado, pero el estero es una descomunal laguna enmarañada de plantas acuáticas e islas flotantes en la que cualquiera se pierde. El paisaje cambia cada día porque, ya se sabe, en el agua todo se mueve.

Entramos al estero desde la estancia de unos amigos en Galarza, a donde llegamos después de recorrer 80 kilómetros de caminos de la arena suave que alguna vez fue lecho del río Paraná. Cuando volvimos de la laguna nos resucitaron con guiso tropero, empanadas y vino tinto. Allí, adentro del Iberá, los yacarés te miran como si no pasara nadie, los carpinchos se hacen los osos y las víboras duermen su digestión al sol sin inmutarse. La distancia de protección de estos animales es casi nula. Saben que estos otros animales que andan vestidos y hablan entre ellos no los van a tocar. Pero los que lo saben son las nuevas generaciones: las anteriores que se animaron al ser humano ahora son zapatos y carteras.

Hace casi 50 años ya andaba por estas lagunas, pero del otro lado del Iberá. Antes de bañarnos tirábamos piedras al agua para espantar las palometas que muerden como las pirañas. El campo era salvaje y los peones iban armados por si aparecía una cuenta pendiente o un animal para almorzar. El agua sabía a hierro y a la noche pateábamos los sapos cururú que se apilaban debajo de las luces para cenar insectos del tamaño de mi llavero.

Para ver un yacaré de cerca había que ir al zoológico. Reptaban en un lodazal asqueroso formado por la orina y la bosta de los hipopótamos. Apenas se veían los ojitos que asomaban tristes de esa cloaca hedionda. Alguien los había cazado y vendido a la municipalidad de Buenos Aires, que compraba comida podrida al precio de Maxim’s de París para alimentar a sus huéspedes.

En estos 50 años los animales no cambiaron y la naturaleza tampoco (en términos de evolución esos cambios se dan en millones de años). Sí cambiamos los hombres, pero no nuestra naturaleza –que también necesita millones de años– sino nuestro pensamiento. Y los pobres bichos, que solo tienen instinto, se dieron cuenta de que aprendimos a convivir con ellos en esta barca sorprendente que es el planeta, en el que navegamos juntos como en la época de Noé por los milenios y por el universo.

Estamos aprendiendo a convivir con los yacarés, los carpinchos y los osos hormigueros, pero entre nosotros nos va cada día peor. Hay que seguir aprendiendo de la paciencia yacaré.