Feijoada gratis


Estábamos sentados como unos reyes en la vereda del restaurante Barthodomeu, en la calle Maria Quiteira de Río de Janeiro. Suele haber tanta gente que complica el tránsito en la calle que circula desde la lagoa hacia la playa encantadora de Ipanema. Habíamos pedido feijoada que en ese restaurante de moda como en todos los del Brasil viene con refill gratuito y hasta perder el sentido. Ahí estábamos disfrutando del buen tiempo y la feijoada cuando una señora en la mesa de al lado se agarraba la barriga con tanta fuerza que se le salían los ojos de la cara. Solo yo la veía por mi posición en nuestra mesa de cuatro y pensé que le estaba haciendo teatro a su marido, o novio, o lo que fuera. Pero al rato y por el pánico del acompañante creí que algo serio estaba pasando.

-¡Ché! algo le pasa a esa señora… les dije a mis compañeros argentinos.

Ellos miraron enseguida hacia la mesa que yo señalaba con el mentón, pegada a la nuestra.

Al sentirse mirada, la mujer levantó la cabeza y nos encaró como si preguntara la hora, en portugués, claro:

-¿Alguno de ustedes sabe hacer masaje cardíaco?

-Ninguem, le contestamos en correcto portuñol mientras engullíamos otra cucharada repleta de feijoada. Fue entonces cuando comentamos entre nosotros que a quien no lo necesita el masaje cardíaco le puede hasta parar el corazón. Y otras teorías poco serias, como que tosiendo uno le gana unos minutos al infarto.

Fue entonces cuando la señora se tiró al suelo entre su mesa y la nuestra y pidió que alguien le haga el dichoso masaje. Entonces alertamos al resto de los comensales.

-¿¡Hay algún médico?!

Nadie. Pero rápidamente los varones se lanzaron a una actividad frenética con sus celulares y las mujeres se acercaron a la señora para hacerle lo que terciara. Una arriesgada en shorts empezó poco convencida a presionarle el pecho con golpes tímidos, siguiendo las instrucciones de la enferma.

Al poco rato apareció una patrulla de la Policía Militar que andaba de rutina por ahí. Uno de los comedidos se acercó corriendo y lo paró en medio de la calle a la vez que le pedía al oficial que haga algo, o quizá le preguntaba si sabía qué hacer en estas circunstancias. Se bajó un oficial y mientras la miraba, le ofreció llevarla a un hospital. Fue entonces cuando la moribunda se paró como un resorte y se metió corriendo en el patrullero que salió disparado detrás de su sirena para salvarle la vida.

Al rato volvió el policía a pedir sus honorarios. Ya se sabe que toda intervención lleva su contraprestación. Cuando salía con su bagayo le hice un gesto que contestó con el índice en su sien, “que loca estaba esa mujer”.

-“¿Maluca?” dudó el camarero que nos estaba ayudando con la clave de wifi “se fue sin pagar".