Estancia La Guitarra

Siempre que viajo en avión elijo ventanilla porque me gusta ver el mundo. Lo atribuyo a mis genes de periodista, aunque también es cierto que ocurren muchas cosas adentro de los aviones; solo es cuestión de estar atentos.

Hace meses, en un vuelo de Buenos Aires a Santiago de Chile, descubrí entre las nubes una guitarra hecha con árboles en el medio del campo, pero solo conseguí hacer una pésima foto con el celular. Conseguí registrar que volábamos todavía encima de la fértil llanura Argentina y que iba sentado del lado derecho del avión. Intenté buscarla otras veces, pero por las razones que fuera no la encontraba: no conseguía la ventana, estaba nublado o me quedaba dormido. También la busqué en Google Earth, pero no había caso. El 5 de abril pasado el aire estaba diáfano y me tocó ventana del lado derecho. Viajé casi sin distraerme hasta que la encontré, ya con dolor de cuello, en medio de la pampa argentina. Después subí la foto a Facebook con una breve historia que encontré en Internet y me quejaba porque ningún periodista se había ocupado jamás de esta guitarra. Es que las historias existen, solo hay que buscarlas.

El 9 de mayo The Wall Street Journal publicó la foto, un video y la historia de la guitarra. La amiga argentina de un periodista de ese diario de Nueva York le había pasado las coordenadas de Google Earth y empezó a destrabar la historia de amor contenida en la guitarra que solo vemos los que vamos despiertos en las ventanillas de los aviones los días que no hay nubes.

En 1977 Pedro Martín Ureta plantó las seis cuerdas paralelas de 700 metros de eucaliptos azules –sí, son azules- en el casco de su estancia La Guitarra. Después, con dos hileras de cipreses, trazó el contorno femenino de una guitarra clásica, española. Alrededor del hueco central dibujó, también con árboles, una estrella de ocho puntas de unos 100 metros de diámetro que le recordaría a una guitarra particular. Ahora sabemos que cumplía una manda tácita de su mujer, Graciela Iraizoz (Yráizoz escriben ahora los vascos), que lo había dejado viudo ese año: murió a causa de un aneurisma cerebral cuando esperaba su quinto hijo y tenía 25 años. Un día, cuando eran felices, Graciela había adivinado desde la ventana de un avioncito un balde dibujado por casualidad en las plantas de una finca cercana. Y se le ocurrió que la propia, la de ellos, podía tener la forma de una guitarra.

Ureta, que ahora tiene 70 años, plantó uno a uno los 7.000 árboles y los defendió con uñas y escopeta de los cuises y las liebres que ramoneaban los plantines. Nunca vio su guitarra, porque no se sube a nada que vuele desde una mala experiencia de su juventud. Pero eso no le importa porque no la plantó para él sino para que su mujer sepa dónde encontrarlo cuando lo busca desde el Cielo.