Narcisos


Parece que las chicas se enamoraban de su hermosura, pero Narciso no les daba ni la hora, hasta que la que se enamoró fue la ninfa Eco. La historia es larga, pero resulta que a Narciso tampoco le entraron las balas de Eco y por eso Némesis –la diosa de la venganza– lo condenó a enamorarse de su propia imagen reflejada en una fuente.

En la Grecia clásica no tenían telefonitos que sacan fotos, los mismos que han provocado la multiplicación hasta el infinito de los Narcisos y las Narcisas enamorados de su propia imagen en este siglo XXI. Tanto que el narcisismo se está imponiendo como uno de los signos de lo que va de la centuria. Millones de Narcisos lo certifican a cada rato estirando el brazo para tomarse una nueva selfie.

Hace poco tiempo lo más común era confiar en cualquier transeúnte que pasaba para pedirle que nos tome una foto con un paisaje o monumento detrás y hasta le explicábamos dónde había que apretar el botón. Hace unos días dos chicas me pidieron en Rio de Janeiro que les tome una foto, pero antes me preguntaron si no les iba a robar el teléfono... Para colmo cuando me agaché para lograr un buen efecto me explicaron que querían al revés: de arriba para abajo. Entonces se sacaron las camisetas y posaron con las caras pegadas, como hace todo el mundo para entrar en cada selfie colectiva.

Por suerte para los Narcisos y las Narcisas si no hay distancia suficiente tienen el recurso del selfie stick: el bastoncito telescópico que permite alejar un poco el teléfono y tener más perspectiva para que se vea el castillo de cartón-piedra y además entren las 34 personas del Disneytour.

Pero las historias más notables con las selfies están ocurriendo en entre policías y ladrones. Resulta que los delincuentes han caído también en el vicio del siglo XXI y los tipos se sacan fotos en pleno trabajo como para dejar testimonio de su intrepidez o quizá pasar un mensaje a sus compinches. El problema es precisamente el testimonio, ya que sus propias fotos los delatan, sobre todo cuando se olvidan el celular donde robaron.

En una casa de Bahía Blanca el ladrón entró a robar de noche en la casa, hasta que se encontró con el dueño que lo interpelaba detrás de una puerta y le avisaba que estaba llamando a la policía con su propia máquina de sacar selfies. Entonces salió corriendo, pero dejó olvidado el celular encima de una mesa. El pobre ladrón se sacaba fotos en los espejos porque su teléfono era medio viejo y hacía malabarismos para registrar sus tatuajes en los omóplatos. Para colmo tenía registrados números y chats que lo delataban tanto como sus tatuajes.

La cazaron de una oreja cuando intentaba robar las alcancías de una iglesia. En la comisaría se enteró dónde había dejado olvidado el telefonito que saca fotos. Los policías todavía se están riendo.