10 de octubre de 2021

Dialecto inclusivo


Quizá porque no tuvieron otra cosa que hacer, han proliferado en estos años los hablantes inclusivos en la sociedad argentina. Da lo mismo el lado de la grieta, pero advierto que están casi todos en la misma vereda y déjenme suponer que es para parecer progresistas.

Dialecto inclusivo es esa jerigonza que hablan los que descubrieron que el castellano era machista. La Real Academia Española, que nunca impone nada a los hablantes, ha explicado con pura lógica, que es una pretensión inútil hablar o escribir en inclusivo y recuerda lo que todo el mundo sabe respecto del castellano: usamos el masculino como genérico cuando nos referimos a un grupo de varones o de varones y mujeres, y usamos solo el femenino cuando hablamos de personas, animales o cosas solo de género femenino. Eso no es machismo sino la constante de un idioma que se hizo hablando y se me ocurre que también adorando a las mujeres antes de que quisieran rebajarse al nivel de los varones. Lejos de excluirlas, el castellano las honra como reinas, dedicándoles un tratamiento que no tienen sus vasallos.

Pero además resulta que los que hablan en inclusivo son los que más excluyen a uno u otro sexo porque, como es imposible hablar todo el tiempo con los dos géneros, incurren en constantes exclusiones. Si empiezan saludando a todas y a todos, cuando en el mismo discurso dicen trabajadores –no trabajadores y trabajadoras– se están refiriendo a los varones y excluyen a las mujeres. Se llenan la boca con todos y todas y cuando eligen el nombre para identificar a su propia alianza le clavan Frente de Todos. Si feminizan las profesiones deben masculinizar las que están en femenino, como dentista, periodista y futbolista; si dicen jueza a la juez, deberían decir nueza a la nuez; si dicen mano y no mana están confundiendo al público, igual que cuando dicen problema, teorema, diafragma o dogma; si dicen testigos a los varones deberían decir testigas a las mujeres, si dicen fiscala, también criminala... Son solo ejemplos de miles de palabras que serán siempre motivo de confusión porque no son las vocales las que definen el femenino o el masculino, como no son el celeste o el rosa los que determinan el sexo de las personas.

Hace tiempo que se feminizan algunos cargos que fueron ocupados durante siglos por los varones. Esos femeninos no siguen la lógica de la antigua semántica, que dice que embajadora, generala o presidenta es la mujer del embajador, del general o del presidente. La lógica que siguen esos femeninos es la de la madre superiora, que decimos hace siglos sin feminismos ni machismos, como mayora –que he oído más de una vez en el campo– para la primera de las hijas. Y ni la madre superiora ni la hermana mayora tienen nada que ver con inclusiones o exclusiones.

Algunos inclusivistas ocupan la e para los colectivos de varones y mujeres: dicen chiques porque en pibes la e les juega en contra. Y hay que suponer que los que dicen todos, todas y todes, ponen todes para los que han decidido no ser ni varones ni mujeres, pero entonces los que dicen todas y todos excluyen a los que no quieren tener género, que se llaman no binarios pero deberían ser no binaries... Y están los que, para hacerse los progres, pero sin complicarse tanto, usan solo los artículos en inclusivo y te clavan las y los ciudadanos, o los y las alumnas, así que dicen las ciudadanos y los alumnas: una contradicción abstrusa con cualquier sustantivo que tenga género.

El idioma es lo más democrático que hay. Intentar imponerlo es uno de los reflejos más cabales del autoritarismo, así que cada uno habla como quiere. Pero por favor no excluya a nadie en nombre de la inclusión, no se olvide de ningún género y perdone a sus interlocutores si no lo entienden o si se cansan de oír sus repeticiones interminables. Tenga en cuenta que la mayoría seguimos hablando en nuestro maravilloso castellano.

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