El hombre es un animal que hace filas, así que esos días me
vestía de psicólogo social y me preparaba para divertirme como un loco
observando a los humanos como en una cámara Gesell. La genética me hizo
bastante alto, por lo que podía ver a todo el mundo desde mi atalaya; un día un vecino de cola me preguntó si era extranjero... Estaba
claro que era un personaje extraño en ese colectivo, pero no tanto por mi altura
como por mi facha de sapo de otro pozo. No tenía ni idea de cómo comportarme y no
conocía los códigos de acero de los profesionales de la fila: tipos a sueldo
solo para estos menesteres. Algunos cobraban por ocupar el lugar hasta que, al
llegar al final, los reemplazaba un Master del Universo de traje brillante y zapatos de punta mochada.
Una vez me llevé una novelita fácil para aprovechar el
tiempo mientras avanzaba la cola con su cadencia de pan y queso. Me concentré
en la lectura hasta que los que 20 que estaban adelante dieron un paso hacia la
meta y quedó un espacio de medio metro que llenó de ansiedad a los 20 de atrás.
“¡Siga!” me gritaron a coro con un estruendo. Cuando los miré extrañado me preguntó
furioso uno que abusaba de su segundo de autoridad: “¿usted lee o hace la fila?”
Tuve claro desde ese momento que la fila es cosa seria y que requiere toda la concentración
del caso. Tan atentos hay que estar que no se puede permitir la menor
distracción ni propia ni ajena, como en los semáforos.
Recuerdo también un episodio que ocurrió entre dos que
hacían la cola más atrás, a barlovento de las cajas. En un momento preciso uno
de ellos, bien irritado, le preguntó al vecino: “¿qué le pasa? ¿es maricón?” El
otro, entre atónito y furioso apenas atinó a balbucear “¿q q qué?”. “¡Me está
tocando todo el tiempo!” le contestó el toqueteado que debía tener algunos complejos
en el clóset. Los demás esperábamos una buena pelea que terminó en nada, aborregada,
como en todas las filas que conozco.