La esquina de Roca

Esta tarde me apuré para llegar temprano al casamiento del hijo de José Luis y Teresita. Lo suficiente para encontrar casi vacía la iglesia de la Nuestra Señora de Guardia de la calle Melo, aunque con los preámbulos de una boda: los reclinatorios cubiertos de raso para los novios, sillas para los padrinos, alfombra y cintas en el pasillo central. Di una vuelta por la nochecita cálida de Munro y cuando volví había más gente. Todavía extrañado por no encontrar a nadie conocido, pregunté a un fotógrafo que esperaba a la novia en el atrio de la iglesia.

-¿Sabe quién se casa?
-¿A quién busca? se puso enigmático
-Puiggari...
-Aquí es, me contestó. Así que entré a la iglesia y me quedé en el fondo.

Los asistentes no eran los que uno espera encontrar en la boda de unos parientes. Una chica como de 100 kilos que se sentó con su novio esmirriadito en el banco de adelante, se quitó el saco y mostró un par de alas tatuadas en la espalda. Pero me convencí cuando apareció el novio de levita blanca y los padres -estaba claro- no eran los míos. Encontré, gracias al celular, el matrimonio de verdad en la iglesia de Santa Teresita, cerca de allí, en la calle Roca, que no Melo. Llegué a los hurras, nunca mejor dicho.

Pero la noche recién empezaba.

Como mis padres también irían, había quedado con ellos a cenar después de la boda. Así que nos fuimos a una parrilla que se llama La Esquina de Roca, en Roca y la avenida Maipú, a pocas cuadras de la iglesia. De afuera pinta campestre y agradable.

Pero es una trampa.

A poco de sentarnos en una mesa de fórmica de colegio secundario apareció un mozo con chaqueta morada y aire confidente "¿Conocen el sistema?". Y lo explicó:

-Pueden comer de todo por 50 pesos, pero las bebidas son aparte.
-Un Rincón Famoso tinto, pidió mi padre mientras miraba el menú.
-Este es el tinto que tenemos, nos dijo mostrando un López, ¿les puedo ofrecer algo de parrilla?

-Bueno, yo quiero una molleja...
-Las mollejas también son aparte...
-¿Qué tiene que no sea aparte?
-Tira, entraña y bife de chorizo

Comimos nuestros magros bifes de chorizo y pedimos el postre:

-Flan o una bochita de helado de dulce de leche, chocolate o vainilla...
-Helado de dulce de leche.

Trajo de chocolate. Cuando nos quejamos nos preguntó si es que no nos gustaba y puso gesto de pocas ganas de cambiarlo. Para colmo estaba congelado.

Pagamos con tarjeta de crédito contra un ticket falso y presentamos la del Club de Lectores de La Nación para el descuento prometido del 20%. 

-El club de Lectores está suspendido, nos dijo el mozo señalando un papel mal pegado en el vidrio.

Al rato volvió con dos tickets de Visa en los que decía "transacción incompleta". 

-La tarjeta no funciona...

En ese momento nos fuimos. Sin pagar, claro. El mozo de la chaqueta morada no entendía, pero le explicamos que para trampa ya estábamos nosotros. Como no teníamos efectivo no pagaríamos y nos íbamos lo más Pancho, vestidos de boda y sin saludar. Pero cuando cruzábamos la avenida en busca del auto de mis padres apareció en la puerta un barrigón con pinta de suboficial de la bonaerense que miraba para todos lados. Estaba como loco. A su lado el mozo nos buscaba con la mirada hasta que nos encontró a punto de cruzar la avenida a unos 50 metros. Entonces nos señaló. En ese momento empezamos a cruzar. Desde mitad de la avenida, cuando se lanzaba de la vereda al pavimento, le grité que si se acercaba lo molía a patadas. Cuando llegábamos a la vereda opuesta el barrigón se había agachado a juntar un cascote bastante grande del cordón que separa ambas manos. Yo lo miraba de reojo mientras apuraba a mis padres, que no se asustaron aunque mi madre insistía en que no buscara pelea. Tienen más de 80 años...

El dueño y el mozo quedaron atrapados en el medio de la avenida cuando el semáforo dio paso a los autos. Se desgañitó amenazante mientras nosotros desaparecíamos por la calle perpendicular. Lo último que vi fue cuando el mozo le sacaba el cascote de las manos para evitar alguna macana.

Al día siguiente mi padre fue a pagar la cuenta. Le preocupaba que el patrón se hubiera ensañado con el empleado. Pero el mozo ni se acordaba del episodio o se hacía el zonzo para quedarse con la plata...

Gracioso, mi padre le advirtió que tuvieron suerte porque su guardaespaldas estaba armado.