El virus y la verdad


Dicen los que han estado en el frente de batalla de alguna de las guerras del siglo XX, que la mayor parte del tiempo se gasta en esperar. Las guerras son amansadoras en las que los contendientes se miden, se engañan, mandan globos de ensayo, reciben informes, descifran mensajes, dibujan mapas, prueban nuevos planes, desisten, simulan uno nuevo, especulan, dan la orden, la contraorden, vuelven a cero… hasta que al final atacan o son atacados, pero eso ocupa solo el tiempo, relativamente corto, que dura cada batalla. Después vuelta a empezar con la espera, la ansiedad y la incertidumbre.

Ya se sabe que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad. Y también durante la peste que nos sorprendió en pleno 2020, es la verdad la que pierde en la retaguardia obligada que se llama en todo el mundo aislamiento social.

Mientras miramos lo que pasa en Europa y en otros países de nuestro continente, nos dicen que la batalla más cruenta está por llegar. Nadie sabe cuánto va a durar ni la cantidad de víctimas que tendrá. Tampoco tenemos ni idea todavía de las consecuencias que seguirán a la pandemia, pero mientras, nos damos ánimo con consignas también de retaguardia, parecidas a las de todas las guerras de la historia.

Dicen que los rumores de retaguardia son tan dañinos como la misma batalla, porque pueden causar tantas o más víctimas que las balas o las bombas. A veces los inyecta el enemigo y los propagan los inocentes, otras veces son los ignorantes y los ansiosos quienes los inventan y difunden. Lo mismo ocurre en plena pandemia del coronavirus. Resulta que los que no estamos en la trinchera nos podemos convertir en usinas creadoras, propagadoras o consumidoras de información de bajísima calidad. Y si esto era grave en las guerras del siglo pasado, imagínese ahora, cuando todos tenemos la posibilidad de lanzar al aire, como si fueran ciertos, los disparates más tremendos y también tenemos la capacidad de recibirlos sin ningún filtro. Por eso en las guerras hay censura, aunque suene horrible a nuestros democráticos oídos del siglo XXI.

A todos nos están llegando una inmensa cantidad de mensajes de todo tipo, a través de las redes sociales, del correo electrónico o de grupos de WhatsApp. Confieso que la gran mayoría son mensajes de ánimo, de solidaridad y hasta de entretenimiento en estos días de cuarentena cada vez más aburridos. Destaco los que apelan a la fe y a la oración y entre ellos uno de un gran periodista del Paraguay con quien tuve el privilegio de trabajar: Los líderes mundiales no saben qué hacer. La ciencia hasta ahora especula sobre la solución. La medicina solo recomienda no salir de la casa. Así las cosas, dejemos al creyente creer que Dios tiene poder para frenar al virus que da miedo al mundo ¡La fe es personal!

Después están los mensajes en modo retaguardia tonta. En lugar de informarse por fuentes confiables, consumen y reproducen videítos, consejos, datos y noticias falsas o dudosas, que desorientan o contradicen las indicaciones de las autoridades. Hay de todo, desde inhalaciones con vapor de eucalipto a ponerse barbijo para ir al baño.

Es el momento de hacerle caso únicamente a la autoridad sanitaria que está velando por nuestra salud. Para eso nos da indicaciones muy precisas, que estamos obligados a cumplir y que nos llegan a través de periodistas y medios confiables. Le aseguro que son tan profesionales y abnegados como los médicos y enfermeros que aplaudimos. Así que quédese en su casa, sea prudente y responsable y nútrase de la información en medios que nunca engañan.