11 de julio de 2021

La lección del Perú


El calendario de las elecciones generales del Perú establecía el 11 de abril para la primera vuelta y el 6 de junio para la segunda, en caso de haber ballotage. Lo peculiar de esta elección no fue la cantidad de candidatos sino lo disperso que estuvo el voto en la primera vuelta. El que más sacó no llegó al 19 % y lo seguían –parejitos– cuatro candidatos entre el 13 % y el 9 %. Los demás, más abajo, pero no crea que tanto. La segunda vuelta se dirimió entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori, pero todavía no se sabe quién ganó por lo ajustado de la elección. En el conteo oficial, la diferencia entre uno y otro es de 44.176 votos, que todavía están peleando ante el Jurado Nacional Electoral. Esa diferencia es lo que los encuestólogos llaman empate técnico, que se termina resolviendo en el escritorio del juzgado y no en las urnas.

Mientras pelean los números tan ajustados, se acerca peligrosamente el 28 de julio, día en que debe asumir el nuevo presidente, en el marco del bicentenario de la Declaración de la Independencia del Perú. De paso advierto que no estamos hablando sobre preferencias entre ambos candidatos, que aunque están en las antípodas ideológicas, asustan a priori y por igual por su escaso respeto a las libertades públicas. Lo que me interesa hoy es lo que podemos aprender de una elección tan ajustada en un país hermano y con un sistema presidencialista parecido al nuestro.

Un país se vuelve ingobernable con una división marcada entre dos modelos tan opuestos. De hecho, el Perú viene de crisis en crisis hace unos años y lo mismo está ocurriendo en otro países de nuestra América por la misma razón. Y la Argentina no parece lejana a una crisis por el estilo si seguimos mitad y mitad a ambos lados de una grieta que parece cada día más ancha y más profunda.

Uno pensaría que precisamente por esa igualdad entre las dos partes debería ser más respetada la opinión contraria; pero no, porque cuando menos se la respeta es cuando no está tan clara su condición de minoría. Es que al ser tan ajustada la diferencia, nadie se siente minoría. Lo curioso es que el objetivo de las segundas vueltas electorales es justamente legitimar con una mayoría contundente a uno de los candidatos, pero en el Perú les está saliendo el tiro por la culata.

Quizá sea el momento de plantearse el sistema parlamentario, que considero mucho más adecuado a nuestras repúblicas sudamericanas. En Chile están considerando seriamente pasarse al parlamentarismo con la nueva constitución que saldrá de la convención inaugurada esta semana, después de unas elecciones que también sorprendieron a todos por la dispersión de los votos y por el éxito de los candidatos más progresistas.

Es imposible gobernar un país cuando no están claras las mayorías y las minorías, y la solución de esa paridad no es ahondar la grieta porque está comprobado en la historia que cuando se radicalizan las ideologías, las grietas se vuelven trincheras. Es que a poco de andar por ese camino, los que tienen poder de uno y otro lado descubren que el modo más eficaz para conseguir que todos pensemos igual es terminar drásticamente con los que piensan distinto.

Cada día que pasa es más urgente que los argentinos nos unamos hacia un destino en el que estemos todos de acuerdo. Sería genial que, además de gustarnos el dulce de leche y ganarle a Brasil, nos pongamos de acuerdo precisamente en estar en desacuerdo. La unidad en la diversidad es la fortaleza más grande de cualquier nación.