Los extremos nunca son buenos entre otras cosas porque la realidad no es blanca ni negra: es gris. En defensa del gris quiero seguir estas líneas y aclaro que evito, siempre que puedo, usar los adjetivos extrema y ultra porque son prejuicios instalados por el progresismo malintencionado –o la izquierda resentida– que tacha de ultra o extrema cualquier ideología que se le oponga.
Hace año y medio escribí sobre la derecha divertida; un concepto que escuché de la boca de quien hoy es gobernador de Misiones, la provincia situada bien al nordeste de la Argentina, metida como una cuña entre Brasil y Paraguay. Fue hace casi 30 años y quería significar algo que empezaba entonces a clarear en la política argentina y del mundo. Era un modo, para mí acertado, de llamar a una derecha que no había existido hasta entonces, porque la que conocíamos era bastante troglodita. Había llegado al poder por métodos ilegales durante los gobiernos de facto de la Argentina y que anestesió, durante años, cualquier reflejo electoral de la derecha, que tenía bastante consenso en la población pero no sabían cómo llegar al gobierno sin incumplir las leyes de la democracia.
Creo que estábamos de acuerdo en lo prometedor que resultaba que por fin apareciera una derecha sin complejos, democrática y para colmo divertida. Ni centroderecha, ni ultraderecha, ni derecha moderada: derecha derecha, sin más vueltas, que juegue limpio tanto en el poder como en la oposición. Una derecha que capitalice el consenso de la inmensa masa de votantes que hacía decenas de años no tenía quien los represente.
En estos últimos años el péndulo empezó desplazarse desde el lado izquierdo del arco ideológico, impulsado por el fracaso estrepitoso del socialismo. Como reacción apareció una versión fanática, que pasó de largo por la amplia gama del arco y llevó el péndulo hacia el otro extremo de la grieta. Fue así como desde la izquierda enojada, ofuscada, endogámica, rancia y recalentada, pasamos a una derecha enojada, ofuscada, endogámica, rancia y recalentada. Una u otra pueden ganar elecciones e imponernos a todos su ideología, como pasa en nuestras democracias desdibujadas, orientadas más a imponer la voluntad del vencedor sobre los vencidos que a la convivencia pacífica de los que piensan distinto.
Esto podía terminar como la mona, pero por suerte, después de las elecciones del Perú y de Hungría, parece que ya no vamos por ahí.
