Subduquesa de Catastro


A Posadas han vuelto los títulos de nobleza, esos que suprimimos de un plumazo antes de la Independencia Nacional, en la Asamblea de 1813. Con el único argumento de su investidura, los funcionarios del rango y poder que sea ejercen sus privilegios señoriales sobre el espacio público y se friegan en el resto de los mortales, que para eso son el pueblo llano. No hay distinciones y vale todo para plantar el escudo que señala el derecho. Todavía no les han puesto yelmos y lambrequines, pero suponemos que no falta mucho para que los pinten en los carteles que reservan lugar solo para ellos en la calle que es de todos. Y no usan solo carteles, que el ayuntamiento cede gentilmente a la nobleza: ahora también se sirven de su guardia personal de policías y sirvientes para reservar más lugar todavía con conos de plástico, baldes, escobas, ramas y hasta carritos robados en los supermercados... A tanto ha llegado el abuso que los simples mortales han empezado a hacer lo mismo, pero en este caso el poder es la fuerza o la desvergüenza. Siempre es así gracias al mal ejemplo: cuando los que tienen poder abusan de él, los que no lo tienen se lo arrogan sin más vueltas.

Ser funcionario es hoy como ser conde o duque… Mire qué bonito título: Duquesa de Biología Molecular de la Provincia de Misiones, con derecho a fregarse en el resto de los ciudadanos que no podrán estacionar donde la señora duquesa aparque su carruaje. Hay lo que usted quiera: Conde de la Ecología Sustentable, Barón de la Corte Suprema de Pollo, Vizconde de la Policía Regional IV, Baronesa del Catastro y de la Base Imponible, Margrave de Prensa y Relaciones Públicas, Senescal Verdeoliva de la Gendarmería, Caballero del Museo del Tereré, Marqués Elector de la Represa y su hermano el Conde-Duque de Rentas… todos con grandes extensiones de estacionamiento en la ciudad, para ellos y sus lacayos.

El estacionamiento se ha vuelto un lujo que solo se pueden dar quienes tienen el privilegio de sus títulos nobiliarios; todo muy republicano. El resto de los mortales tienen que jorobarse y pagar o dejar su auto a cuatro cuadras de su casa o de su lugar de trabajo. Hasta los tarjeteros se están acabando porque ya no les queda lugar para cobrar la tasa que ha impuesto el municipio por el uso del espacio público. Y ya a ver que llegará el día en que nos cobrarán por gastar las veredas con nuestras alpargatas. Usted paga el alumbrado, el barrido y la limpieza y los funcionarios le usan la luz, la vereda y la calle, para eso son condes.

Es tan constante y consistente este abuso de poder que se ha vuelto obsceno. Usted se va a reír, pero quiero contarle que una señora subcondesa mandó al portero del edificio vecino a despertar al dueño del auto que había osado ocupar su sagrado lugar en la vía pública. Lo notable es que el portero le hizo caso y lo despertó en lugar de decirle a la subcondesa que lo despierte ella, o su abuelita, o de mandarla sencillamente a freír buñuelos.

Y para que no queden dudas del regreso de Posadas a la época de los privilegios, están los taxistas, perdón, los Caballeros Taxistas, que son algo así como la orden de Malta de esta nueva edad de gentilhombres, cofrades de un gremio privilegiado que puede estacionar en lugares reservado solo para ellos. Porque en Posadas los taxis no andan por la calle como en todo el mundo, buscando clientes, sino que son los clientes los que tienen que ir a buscarlos a sus lugares de estacionamiento y rogarles por favor que tengan a bien acercarlo lo más que puedan a un lugar en un vehículo diminuto, destartalado y sin aire acondicionado… y por unos pesos, claro. Porque los Caballeros Taxistas cobran por prestar un servicio y se ahorran la nafta que cuesta ofrecerlo, en contra de los ciudadanos que la gastan dando vueltas por la ciudad en busca de un lugar imposible: están todos ocupados por los condes, los duques, los marqueses y los caballeros teutónicos del siglo XXI.