Candelaria, Ricci y Bergoglio

La misión de la Nuestra Señora de la Candelaria había sido fundada por Roque González el 2 de febrero de 1628 en el actual territorio de Río Grande do Sul, pero diez años después no aguantaron más a los bandeirantes que atacaban las reducciones para llevarse los guaraníes a sus plantaciones; entonces se mudaron al Paraná, primero a la margen derecha y luego a la izquierda, cerca de la desembocadura del arroyo Igarupá. Allí está todavía lo que quedó de la antigua Candelaria, pegada a la nueva Candelaria que creció donde estaba asentado el pueblo. La iglesia y el colegio quedaron desiertos cuando se llevaron presos a los curas en junio de 1768. En 1940 la Dirección General de Servicios Penales compró por 40.000 pesos moneda nacional las 157 hectáreas de la estancia que contenía lo que quedaba de la antigua reducción. En 1943 el Estado Nacional encargó al Servicio Penitenciario Federal el cuidado de las ruinas (debían pensar que se podían escapar).


Resulta que cuando se fundaban nuestras misiones, moría en China Mateo Ricci, un jesuita que en estos días cobra especial relieve. Había nacido en Macerata (hoy Italia) en 1552 y murió en Pekín en 1610. Ricci era un bocho en aquella península renacentista. Uno de esos genios que sabían todo lo que se podía saber: matemático, geógrafo, astrónomo, filólogo, filósofo… que un buen día larga todo, se hace jesuita y se va a la China. Desde entonces dedicó su vida y su ciencia a cristianizar a los chinos. Pero Ricci no fue el primer misionero ni el primer jesuita que llegó a la China: desde la época de Marco Polo y detrás de los mercaderes venecianos y genoveses, llegaron algunos franciscanos que solo atinaron a intentar trasplantar el cristianismo, pero por más que lo intentaban no prendía en los chinos. Luego Francisco Javier y los primeros jesuitas llegaron a las costas de China en las naves de los comerciantes portugueses del siglo XVI. Pero fue Mateo Ricci el primero que se atrevió a entrar de verdad en la China con una audacia que nadie entendió en su tiempo: decidió adaptar el cristianismo a las costumbres, al modo de pensar y al lenguaje –vehículo del pensamiento al fin y al cabo– de los chinos. En cuanto llegó a Macao, Ricci se dio cuenta que tenía que cambiar su atuendo y su aspecto si quería entrar en el corazón y en la cabeza de los chinos y se convirtió en un sabio chino, una especie de mandarín. Pero resultó que algo puramente formal, que hoy nadie reprocharía, le valió la reprobación de sus contemporáneos que pensaban que estaba devaluando la fe.

Tanto China como nuestras Misiones fueron abandonadas por los jesuitas cuando una sombra misteriosa de la historia provocó su expulsión de los reinos de Portugal en 1759 y España en 1767 y luego su disolución por el Papa Clemente XIV en 1773.

Estoy seguro de que la historia de Francisco Javier y de Mateo Ricci ha ejercido una inmensa fascinación en generaciones de jesuitas y sin dudas en Jorge Bergoglio, el jesuita argentino que trabaja de Papa en el Vaticano y que está consiguiendo lo que no consiguieron ni Ricci ni Javier ni ninguno de los que lo precedieron en el intento.