25 de julio de 2018

El aborto y las vacas voladoras

Las leyes de la naturaleza se cumplen inexorablemente. Entre esas leyes están las que los hombres cumplimos sin que nadie las dicte, porque son tan naturales como la ley de la gravedad: nacer, morir, procrear, comer, dormir... No es delito no dormir, pero inténtelo y verá cómo la naturaleza le pasa la factura. Y tampoco hacen falta leyes para decirnos que está mal matar, robar o mentir, pero como, a diferencia del resto de la creación, somos libres y capaces de hacerlo en perjuicio de otros, sí hay leyes que sancionan el hurto, el homicidio y el fraude. Los juristas llaman mala per se (malos en sí mismos) a los delitos que no necesitan leyes para que sepamos que está mal cometerlos. Mala prohibita, en cambio, son los que son delito solo porque una ley lo establece, como el contrabando o pasar el semáforo en rojo.

Debo aclarar que esta es una visión naturalista y también judeo-cristiana. Hay quienes sostienen, por el contrario, que solo está mal lo que la ley dice que está mal. Pero esa teoría –bastante alemana, por cierto– llevó a la humanidad a desastres tan atroces como la Segunda Guerra Mundial: todo lo que hizo el nazismo, hasta el exterminio sistemático de los judíos, fue conforme a sus leyes. La humanidad pudo juzgar a los criminales de guerra nazis gracias a la ley natural, ya que ninguno de ellos incumplió las leyes alemanas de aquellos años; todo lo contrario: las cumplieron a rajatabla. Lo mismo se puede decir hoy de los crímenes del integrismo islámico del Daesh en todo el mundo, que ellos cometen seguros de cumplir fatuas: unas sentencias que dictan los muftís a favor de sus atrocidades.

Las leyes que no se cumplen entran en desuso y pierden valor aunque nadie las derogue y lo mismo pasa al revés, con las conductas que todo el mundo cumple aunque no haya una ley que nos obligue: como se ve, la costumbre es una fuente del derecho tanto o más importante que las leyes que nos dictamos los humanos. Fíjese en el caso de Viedma y Carmen de Patagones, que son la Capital Federal de la República Argentina desde que lo dispuso la ley 23.512, sancionada por el Congreso de la Nación el 27 de mayo de 1987.

Vayamos al grano: de hecho, y aunque las leyes todavía digan lo contrario, ninguna mujer que aborte es penada hoy en la Argentina a pesar de estar contemplado en el código penal con pena de prisión para la madre y mucho mas severas para quienes lo practiquen. Y estos días nos hemos enterado de los abortos que cometieron actrices y periodistas como si se hubieran tomado una cocacola. Todos, naturalistas y positivistas, sostienen que en cada caso de aborto voluntario hay suficientes atenuantes como para castigar además a la madre. Por suerte –y gracias a Dios– en nuestra cultura general y jurídica hoy entendemos que todo aborto voluntario involucra a dos víctimas: la madre embarazada y el hijo no nacido.

Pero una cosa es que no sea punible y otra cosa que se legalice y se lo convierta en un hecho tan banal como la extracción de una muela del juicio. El aborto no es un derecho, dijo vehemente Oscar Ojea, el presidente de la Conferencia Episcopal, y agregó: ¡es un drama! Quizá porque pienso igual, me atormenta que se discuta si podemos matar a nuestros semejantes como si un drama de la humanidad pudiera ser materia de discusión.

Ni la la minoría ruidosa ni la mayoría silenciosa tienen razón cuando pretenden legalizar el aborto o impedir su legalización por ser más o ser menos. Quiero decir que si todos votamos que las vacas vuelen, igual no van a volar y por eso me revuelve las tripas que unos y otros pongan sus ilusiones en los platillos de la balanza, a un lado y otro de una nueva grieta para dividir a los argentinos, gracias a la necesidad del gobierno de que nos olvidemos de otras grietas y de otras necesidades bastante urgentes, por cierto.

El sistema de mayorías y minorías, que sí rige en el momento de las elecciones o de la sanción de las leyes en el Congreso, no se puede aplicar a toda la vida republicana: no decidimos por ley que las vacas vuelen ni que a todos nos tenga que gustar el dulce de leche. Tampoco es posible decidir por una ley del Congreso que se puede matar a los argentinos más débiles.

Baobab

Palo borracho (ceiba insignis). Bella Vista, Buenos Aires, 20 de julio de 2018 

24 de julio de 2018

El aborto y las mayorías

Estoy en contra del asesinato de los más débiles, como todo el mundo. Si la vida empieza con la concepción, como establecen la constitución argentina, no deberíamos matar a los que están en en el vientre materno. Pero no es la ley la que me inclina a defender la vida de los no nacidos sino una íntima convicción impresa en mi propia naturaleza: me repugna tanto como comerme a mi perro o casarme con una jirafa. Si una ley estableciera que podemos asesinar, estaría equivocada y no se me ocurriría obedecerla, como tampoco acataría una ley que me obligara a vivir abajo del agua.

El aborto voluntario es una realidad y hay una cantidad inmensa de matices que deben ser tenidos en cuenta, tantos que debería haber una ley para cada caso concreto, pero eso no es tarea de los legisladores sino de los jueces, que son los que al final dirimirán la contradicción entre la Constitución Nacional y la ley que legalice la interrupción voluntaria del embarazo, que todos parece indicar que saldrá tarde o temprano.

Me resulta violento debatir sobre un tema que para mí tiene una claridad tan meridiana, como si discutiéramos si está bien o mal la antropofagia o la violación. Es evidente que hay gente que ve las
cosas de otro modo y defendería con mi vida su libertad de pensar lo que quieran, pero sigo creyendo que están equivocados.

Violenta mi conciencia que semejante controversia se resuelva como si fuera un partido de fútbol y que ponga a los argentinos una vez más a uno y otro lado de la grieta. Ante mi aparente indecisión unos y otros me insistieron para que me vista de verde o de azul, para que cambie la foto de perfil de mi cuenta de WhatsApp o para que asista a manifestaciones a favor o en contra de algo que no creo que deba resolverse por mayorías o minorías: las leyes de los hombres no pueden violentar las de la naturaleza: aunque el 100% de los votantes esté a favor de que las piedras vuelen, seguirán cayendo cada vez que las soltamos.

Hay cuestiones que sí se resuelven por mayorías o minorías, como quién debe gobernarnos, pero eso es una consecuencia y no el fundamento de la democracia. La democracia no es la imposición de las ideas de la mayoría sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Mientras no aprendamos este principio elemental, los argentinos seguiremos a los gritos en los dos lados de la grieta y volveremos a matarnos entre nosotros como lo hicimos desde la época de nuestra independencia y hasta un tiempo no tan lejano de nuestra historia.

Desarrollamos un sistema político que se vale de las libertades democráticas para imponernos unos sobre otros. Todavía ni se nos ocurre pensar que el acuerdo entre nosotros puede mejorar nuestra calidad de vida: nos parece muy avanzado legalizar el aborto pero no nos percatamos de que la discusión no partió de un acuerdo social sino de las necesidades rastreras de la política, del mismo modo que ocurrieron en la Argentina tantos episodios lamentables de nuestra historia: baste con recordar la guerra de las Malvinas, que en plena dictadura tenía el apoyo de la inmensa mayoría de la población.

No hay mal que por bien no venga, me podrán argumentar los que usan refranes para pensar, pero lo que violenta más mi conciencia es que quienes defienden una y otra posición mantienen la idea de que esto debe decidirse por mayorías y minorías. Se trata de debatir y de ganar y perder como en un partido de fútbol. Unos y otros intentan convencer a los indecisos y para eso quieren mostrar que son más en las plazas, en las avenidas, en las redes sociales y en el barullo de las hinchadas. La cosa parece decidirse como en la falta envido del truco: a todo o nada y gana el que tiene las mejores cartas. Poner las cosas en esos términos resulta tan primitivo como decidir con dos palitos si me caso no no me caso. Si todo el argumento que sostiene la realidad se esgrime por mayorías o minorías es tan débil una como otra posición: la mentira será verdad si tiene consenso y si los malos tienen mejores cartas serán los buenos.

Ni ricos ni pobres, estúpidos

Almorzábamos como unos duques en el club El Nogal de Bogotá con un viejo amigo y colega periodista. Nos presentaba a un abogado que podíamos necesitar para un negocio que nunca salió, así que al abogado lo conocí en el momento de presentarnos y solo lo vi una vez más en mi vida. No me acuerdo del nombre porque se me borró el contacto, del teléfono y del cerebro. Pero sí me acuerdo de una frase que desde entonces retumba en mi cabeza cada vez que meto la mano en el bolsillo, aunque sea para comprar chipa. La dijo cuando todos amagamos a pagar la cuenta y él ni se inmutó; solo se encogió de hombros y mientras nos rodeaba con la mirada nos lanzó: es que me he dado cuenta de que pagar empobrece...

Me acordé una vez más del abogado colombiano cuando leía en los diarios que los argentinos estamos recortando nuestros gastos. Resulta que es por culpa de la crisis: el aumento del gas, la luz, el agua, los impuestos, el combustible, la carne... los precios que suben en ascensor y los sueldos que van por la escalera. El dinero no alcanza para todo lo que antes alcanzaba y no queda más remedio que achicar los gastos: apagar luces; el aire acondicionado a 24 grados; ahorrar gas; usar menos el auto y más el colectivo y las zapatillas; cambiar de marca; apretar hasta el final la pasta de dientes y pegar el jabón que se termina con el que se empieza...

Ante esas noticias se me ocurría una pregunta que no tiene nada que ver con la política: ¿los que ahorran son los ricos o los pobres?


Aclaro que conozco a muchos pobres manirrotos y ningún rico que no sea amarrete, empezando por el abogado colombiano. Todas las historias de los ricos ricones cuentan sus hazañas de agarrados como las del Tío Patilludo del Pato Donald. Son proverbiales amarretes grandes ricos de la historia norteamericana como John P. Morgan, Henry Ford, Howard Hughes, Jean Paul Getty o John D. Rockefeller, pero mucho más encanto tienen los gestos ahorrativos de los ricos europeos, esos que dejan sus zapatos nuevos a sus criados para que se los ablanden pero luego los usan hasta que no dan más. La ropa buena pero bien gastada es un estándar del refinamiento en el viejo continente, igual que terminarse el plato de comida, cosa que para un americano es señal de pésima educación.

Como no hay mal que por bien no venga me preguntaba si no será hora de que aprendamos a cuidar la plata, porque los argentinos nos ganamos –y bien ganada– fama de tiradores de manteca al techo y fuimos muchos años por el camino del pródigo, ese que no lleva a ningún sitio.

Para eso es necesario que cuidemos el mango como quien valora lo que tiene y seguros de que si cuidamos lo chico vamos a cuidar también lo grande. El que cuida su dinero exige bien terminado el trabajo que paga; no le da lo mismo si las cosas están bien hechas o si están más o menos; exige que le cobren lo justo aunque signifique pelear por el vuelto de dos pesos; cuida la ropa para que dure hasta tres generaciones; guarda los restos de comida para el día siguiente, cuando es hasta más rica, y aprende a hacer budín de pan, buñuelos de arroz, tortilla de fideos y croquetas de ayer... La ley más importante de la cocina es la de Lavoisier: nada se pierde, todo se transforma.

Al final hay que convencerse de que los que malgastan la plata no son ni ricos ni pobres: son estúpidos.