11 de octubre de 2020

Paternalismo y pandemia

Que la costumbre es una fuente del derecho lo sabemos desde la época de los romanos. Cualquier estudiante de primer año de derecho lo puede explicar: consuetudo servanda est, decían Cayo y Ulpiano para significar que aunque no haya una ley que obligue, si existe la costumbre de hacer las cosas de un modo, debe tenérsela por ley. Pero lo más interesante de la costumbre como fuente del derecho no viene por el lado positivo sino por el negativo, porque también existe la desuetudo, que es como los romanos y todo el derecho occidental llaman a la costumbre contra legem, en contra de la ley. Quiere decir que una ley que no se cumple deja de tener valor. Un ejemplo: por la ley 23.512 sancionada por el Congreso Nacional el 27 de mayo de 1987, la capital federal de la Argentina es un territorio que incluye a las ciudades de Viedma y Carmen de Patagones, pero la falta de cumplimiento terminó con el sueño de Raúl Alfonsín de fundar la Segunda República Argentina y de enfriar a los funcionarios en la Patagonia.

Se llama anomia a la ausencia de normas, no porque no las haya sino porque son tan confusas y contradictorias que nadie las cumple. Ocurre especialmente cuando quienes no las cumplen son los primeros que tendrían que hacerlo. Es una consecuencia lógica y esperable del mal ejemplo, porque la gente no sigue al que manda sino al que con su conducta confirma lo que ordena: eso se llama autoridad moral.

La Argentina vive desde hace muchos años en una situación de anomia. Pasa con las normas constitucionales, con las impositivas y aduaneras, con las leyes laborales y sindicales, con las resoluciones del Ministerio de Economía y con la prohibición de estacionar en las entradas de autos... Será porque nuestros bisabuelos vinieron a la Argentina a ser más libres y nosotros heredamos esa genética: no nos gusta que nos ordenen nada y basta que alguien lo haga para que empecemos a buscar cómo zafar.

Más o menos hasta el primer mes del confinamiento salíamos solo cuando era necesario para nuestra subsistencia, tanto que muchos agotamos las despensas y hasta lo que guardábamos para momentos especiales, convencidos de que quizá nunca llegarían si nos tocaba el Covid-19. Todo lo que entraba en casa era bañado en alcohol y lavandina, hasta nosotros mismos y nuestra ropa. Hoy, en cambio basta con asomarse a las calles de Posadas o de cualquier ciudad de la Argentina para comprobar que ya nadie le hace caso a las leyes que todavía pretenden hacernos vivir como ermitaños que respiran a través de una compresa. Fue así como la vida misma –y no la ley– terminó con la cuarentena. Lo sostuvo varias veces el presidente cuando le preguntaron por la cuarentena que él mismo decretó el 19 de marzo: "¿qué cuarentena?" contesta como buen gallego. 


Para saber lo que nos pasa con la anomia y la cuarentena alcanza con salir a caminar al final de la tarde por la costanera de Posadas. Allí puede ver y oír a los patrulleros de la policía que ordenan a los caminantes que se pongan el barbijo y vuelvan a sus casas. Lo curioso es que lo dicen enfrente de bares y restaurantes abarrotados de parroquianos ávidos de cerveza artesanal, de helados de tiramisú, de pizza con champiñones y panceta... todos en alegre chacoteo, sin barbijos ni distancias imposibles de cumplir. Y lo más loco es que la autoridad sanitaria sabe que lo mejor para evitar la peste sería ordenar a los que toman cerveza que se vayan a pasear por la costanera... 

Después de 205 días de aislamiento obligatorio y dados los magros resultados, quizá haya llegado la hora de apelar a la responsabilidad de los ciudadanos y bajarnos del paternalismo que nos viene tratando como adolescentes durante los largos meses que llevamos de pandemia. Siempre es mucho mejor contar con la responsabilidad que con la irresponsabilidad de las personas.

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