El sueldo de los obispos


Apareció en la agenda pública de la Argentina el tema de los sueldos de los obispos. Todo empezó en las redes sociales, después en los medios y finalmente, como si hubiera estado preparado, el Jefe de Gabinete Marcos Peña soltó en el Congreso que el aporte total a la Iglesia de este año será de 130.421.300 pesos y que mensualmente los obispos diocesanos reciben 46.800 pesos y los obispos auxiliares y jubilados cobran 40.950.

Entre unos y otros y sin contar los que residen en otros países (hay uno que trabaja de Papa en Roma) los obispos argentinos suman 130, pero además de ellos, hay otros sacerdotes y seminaristas que cobran sueldos, asignaciones y subvenciones, algunas contempladas en la cifra global y otras que salen del tesoro por otras cuentas que no mencionó Peña. Hay cantidad de actividades que realiza la Iglesia que son ayudadas por el estado, entre otros motivos porque le sale más barato y es más eficaz si las realiza la Iglesia: baste con mencionar el trabajo de Cáritas en todo el país. Además están las exenciones impositivas a unas cuantas actividades solidarias y de ayuda a los más necesitados, que realiza la Iglesia en cualquiera de sus organizaciones horizontales o verticales.

El artículo 2 de la Constitución Nacional establece que el Gobierno Federal sostiene el culto Católico Apostólico Romano. Está bien adelante, en la zona fundacional de la Constitución y es cierto también que el verbo sostener aplicado a unas ideas o una religión resulta ambiguo, ya que no implica estrictamente el sostenimiento económico. Lo curioso es que dice "el Gobierno Federal" y no "la Nación Argentina" que es lo que convierte a la Argentina un país no confesional: es su gobierno y no su pueblo el que sostiene el culto. Además, y por la misma razón, la Iglesia Católica es una persona jurídica pública necesaria como lo es el Estado Nacional, es decir que no se atiene a las normas habituales de las personas jurídicas privadas ni depende de una inscripción o rendición de cuentas ante la Inspección General de Justicia.

Nos guste o no, es la Ley Suprema de la Nación que rige desde 1853 y fue confirmada en 1994. Pero la cuestión del sostenimiento del culto es anterior, concretamente de 1822, cuando Bernardino Rivadavia confiscó a la Iglesia una cantidad inmensa de bienes: hospitales, orfanatos, asilos, cementerios, colegios, universidades... Y también se quedó con otros inmuebles que la Iglesia usufructuaba para mantener sus actividades. Ese proceso respondía a un principio regalista de la época que incluyó el estatuto civil el clero y se llamó desamortización. Si le restamos a la desamortización los sueldos y subvenciones de 200 años, da como resultado que Estado Nacional nunca devolvió ni el 1% de lo que le sacó a la Iglesia. Es decir que todo bien con dar al César lo que es del César, pero el César todavía le debe a Dios miles de millones.

Lo del sueldo además tiene un cariz político. El estado dejó sin rentas a curas y obispos al confiscarles todo posible sustento, pero a cambio les prometió mantenerlos. Terrible cosa porque el que te paga es siempre tu patrón, así que el sueldo de curas y obispos se convirtió en un modo de exigirles contrapartidas. La cuestión del sostenimiento pudo convertirse fácilmente –y de hecho se convirtió más de una vez en nuestra historia no tan lejana– en una pérdida de independencia para la Iglesia.

Los obispos deberían actuar antes de que la necesidad de distracción promueva el fin del pago de sus sueldos. Se trata, más que nada, de salvaguardar la libertad de la Iglesia para realizar sus tareas pastorales. Eso requiere el compromiso de los católicos de ocuparse de sumar anualmente los 130 millones y muchos más. Hoy es fácil incluirlo en las liquidaciones de impuestos como para que cada uno decida a quien aportar un porcentaje mínimo, que multiplicado por cientos de miles dará, sin tanto esfuerzo, la cantidad que el estado pasaría a la Iglesia para que lo distribuya como mejor le parezca. Es el viejo sistema alemán, que rige también hace unos años en España y en otros países europeos de cultura cristiana.