25 de junio de 2023

Ómnibus

Hay gente que prefiere el avión, otros el ómnibus y algunos viajan en auto. Trenes ya no quedan porque Mr. Capicúa los vendió, como vendió el mar el Patriarca otoñal de García Márquez. Y todavía no entiendo a los que no se le animan al avión, pero tampoco hace falta entender a los terraplanistas o a los antivacuna.
Ya nunca se sabe cuánto cuesta volar. Depende del día y de la hora, a veces es más caro y otras más barato, incluso más barato que el colectivo. Depende también de la línea aérea y de otros caprichos relacionados con la competencia y la incompetencia. Lo peor que te puede pasar es que te llegue un mensaje que dice que tu vuelo se anuló pero te dan un lugar para uno que sale tres días después del casamiento de tu ahijada en Quemú Quemú.

El auto es lo más caro por varios motivos, pero cada tanto no queda más remedio. Solo es más barato cuando viaja la familia con la jaula del loro, o cuando vale la pena el gasto para no depender de los horarios de otros. Alcanza para convencernos el costo del combustible y no calculamos que un viaje en ómnibus a Resistencia se pagaría de sobra con el costo del estacionamiento en una playa de esa ciudad. Tampoco ponemos en la cuenta los costos de mantenimiento del auto o los impuestos que pagamos solo por tenerlo. Para colmo los coches son tan frágiles que basta con atropellar una calandria en la ruta para tener que bancar un arreglo que cuesta como 20 viajes a Monte Caseros.

Las cuentas dan siempre a favor del colectivo, que no tarda más si se cuenta que se puede viajar en un tiempo muerto y a una edad en la que tampoco se duerme mucho en la cama. En el colectivo se puede leer, dormir, estudiar, rezar, chatear, oír podcasts, música y ver una serie entera bajada de Netflix. También se puede conversar, comer, beber, ir al baño... lo mismo que hacemos cuando no estamos viajando y solo con las limitaciones de la señal de los celulares, cosa que también ocurre en tu casa, cuando el wifi pagado puntualmente sube y baja como las mareas en la playa.

Además el ómnibus es siempre más seguro, no cambia el horario y llega más o menos puntual a un lugar bastante más cómodo que un aeropuerto, aunque sea la terminal de Corrientes. Bueno... llega puntual salvo que te pare la Gendarmería y se frieguen en el tiempo de todos los pasajeros porque sospechan que uno de ellos lleva algo de más. Parece una película de guerra: una fuerza de ocupación que busca un integrante de la Resistencia para sacarlo del ómnibus y reventarlo en la banquina... Pero no, el que te despierta es un gendarme con olor a tres días husmeando en los bolsos de mano del portaequipajes encima de los asientos y el que se llevan es un pobre tipo que trata de llegar a fin de mes vendiendo un par de celulares que compró baratos en la frontera.

Últimamente los ómnibus han empeorado, más por dejadez que por la competencia con los precios de las líneas aéreas, ya que si quieren competir, deberían mejorar el servicio antes que empeorarlo. Olvídense del arroz con pollo, del vino barato, del espumante dulzón y hasta el mate cocido de la mañana: mucho mejor es un par de sandwiches hechos en casa, y para llevarlos están las loncheras. Una botellita de agua, en cambio, sí que se agradece. Tampoco cuesta nada poner los relojes en hora y arreglar el cartel del baño ocupado, que en muchos ómnibus funcionan como la mona. Y sacar las pantallas de TV, que solo sirven para golpearse la cabeza. De paso, pueden arreglar la calefacción y el aire acondicionado para que la temperatura sea agradable y constante, en lugar de pasteurizar a los pasajeros a fuerza de cocinarlos y congelarlos cada quince minutos para conseguir un promedio que nunca llega.

18 de junio de 2023

Taxis de Posadas


A las ciudades también se las reconoce por sus taxis y sus taxistas. Amarillos y bien grandes con choferes paquistaníes en Nueva York; blancos con la franja de River en Madrid; negros con el techo amarillo en Buenos Aires. Los de Asunción giran más a la derecha que a la izquierda por el arreglo casero que les hacen con varillas a los usados que traen Japón. Los de Londres no solo son negros: es un modelo único, el TX4, hecho para taxi, que no se vende para auto particular. Son, lejos, los mejores, los más cómodos y distinguibles y los más seguros para los pasajeros y los choferes. Además es fácil subir y bajar. Son fabricados en Coventry por The London Taxi Company, que también los ensambla en Bangkok y en Singapur. No es la única ciudad que usa estos modelos pero sí debe ser la única en la que no hay taxis que no sean TX4.

En Pamplona, la capital de Navarra, los taxis son todos Mercedes-Benz nuevos, blancos, grandes, cómodos y seguros. Le pregunté una vez a uno de ellos cómo hacían. Me contestó que estaban subvencionados por el ayuntamiento de la ciudad, igual que los de Madrid, que también son muy buenos pero de diversas marcas. Y me explicó una vez un taxista de Buenos Aires que me llevó en uno de alta gama y nuevo, que no lo tenía solo por los pasajeros sino porque ese es su lugar de trabajo y su segundo hogar, donde pasa todo el día y es natural que sea agradable y no una pocilga.

Los taxis son un reflejo de la ciudad a la que sirven y cada una tiene los que quiere tener porque es un resorte de la autoridad municipal. La legislación debería tener en cuenta, primero que nada, la seguridad de los pasajeros, pero también la idoneidad y las buenas condiciones de trabajo de los taxistas. Los requerimientos mínimos de modelos de autos, su tamaño, antigüedad, colores que los identifican, la tarifa, la licencia, los exámenes físicos y psíquicos... Pero cuando uno lee la normativa para los taxis de Posadas y después se sube a uno, piensa que debe estar en otra ciudad.

Cantidad de taxis no cumplen con una o varias de las disposiciones establecidas en la normativa. Autos viejos, chicos, desvencijados, sin luz adentro, rotos los sistemas de apertura y cierre de las ventanillas, sin aire acondicionado (que no es obligatorio), con la radio prendida sin contemplaciones... Para colmo se ven por las calles autos –no solo taxis– con parte de la patente tapada (vi uno que la lleva al revés). Y eso sin mencionar los privilegios irritantes, ejercidos por taitas que mandan como si fueran los dueños absolutos del aeropuerto, la terminal de ómnibus o los supermercados.

Los habitantes de Posadas podrían tener mejores taxis, pero sobre todo los merecen los turistas que llegan a la ciudad. Para eso hay que hacer cumplir la normativa, pero también hay que ponerse las pilas con las unidades, para que sean más nuevas, más grandes, más cómodas y con aire acondicionado. Quizá sea una buena idea, además de establecer los modelos adecuados, subvencionar la compra de esas unidades con préstamos accesibles.

Respecto a las plataformas electrónicas –que ahora están igualadas a los taxis y terminarán absorbiendo la industria del remís– sería bueno reglamentarla para todos, así antes de subir a un taxi conocemos la identidad y la reputación del conductor y además lo podemos calificar, que es la gran fortaleza de las aplicaciones. Ya se incorporó la posibilidad de pagar por medios electrónicos, que era una facilidad exclusiva de Uber o Cabify, pero es absolutamente necesaria ya que cada vez andamos con menos efectivo. También deberían tener en cuenta que la ventaja del taxi clásico sobre las plataformas es la posibilidad de levantar la mano y que pare uno, cosa que no ocurre ni en el centro de Posadas: hay que ir a buscarlos a las paradas, que ocupan los mejores espacios de estacionamiento de la ciudad.

11 de junio de 2023

Periodismo y punto


El miércoles pasado leí el artículo que publicó Infobae con motivo del Día del Periodista. Es de Fernando Ruiz, gran profesor de Periodismo y Democracia en la Universidad Austral, que también fue presidente de FOPEA (Foro de Periodismo Argentino) y es miembro de la Academia Nacional de Periodismo. Se llama El periodismo y las medias verdades. Aunque puede leerlo en Infobae (todavía es gratis) se lo resumo en algunas frases: Decimos medias verdades porque estamos demasiado preocupados por el poder y cubrimos mucho más la política que las consecuencias de la política. Ponemos más énfasis en la defensa de los derechos civiles y políticos que en los derechos sociales. Nuestra práctica de monitorear al poder nos lleva a entablar diálogos cerrados con las elites del poder y perdemos conexión con quienes sufren la injusticia social. El periodismo está cambiando y crece el consenso en la profesión acerca de que la construcción democrática tiene que ser integral. Ese nuevo periodismo debería llamarse periodismo de inclusión.

No soy partidario de ponerle adjetivos a la profesión, pero le recuerdo algunos relacionados con el área de cobertura del profesional, como periodismo deportivo, político, económico, turístico, religioso, policial, agropecuario, de espectáculos... También están los ideológicos, como periodismo militante, independiente, cívico, ciudadano... El periodismo de investigación y el de datos son una tontería que supone que el periodismo a secas no investiga o que sus datos son borrosos. Algo parecido pasa con los periodismos de género o lenguaje: periodismo de opinión, de crítica, de panel, comentarista, gráfico, radial, digital, televisivo, fotoperiodismo... Y dejo para el final los adjetivos para los vendeplumas, como el booked journalism del mundo anglosajón (el que paga por las primicias); pero habría más, como periodismo mercenario, faldero, ensobrado, chupamedias, pelotillas, lamebotas, chivo, quiosco, chapuza... bueno, mejor no sigamos.

Pienso que no deberíamos llamar periodismo al que viene con adjetivos que rebajan la calidad de su verdad o su respeto por la realidad, porque esa calidad y ese respeto son esenciales a la profesión. Por eso mismo basta y sobra con el periodismo a secas, sin más vueltas ni adjetivos. Aclaro que el que tiene que ver con el área de cobertura casi siempre es temporal, ya que pasamos de una sección a otra y se acaba el adjetivo, así que tampoco por ahí.

Volviendo al artículo de Ruiz, hay que decir que después de muchos años del paradigma de la asepsia hemos caído en la cuenta de que el periodismo no debe ser distante de los problemas, de las mentiras, de la corrupción, de la inseguridad, de la pobreza, o de la violencia y de muchas otras lacras humanas. El periodismo debe involucrarse con la realidad, porque es parte de esos problemas y parte de su solución.

La otra consecuencia del Día del Periodista fue el debate generalizado entre los profesionales preocupados por la precariedad laboral o por los bajos sueldos, ni más ni menos que las consecuencias de la crisis económica que afecta a todas las profesiones, a todos los salarios y a todas las industrias. El periodismo es una pasión, es el arte afiebrado de buscar la verdad, encontrarla contrarreloj y expresarla con maestría. El dinero es lo que menos nos importa, aunque haya una industria que explota esa pasión y de algo haya que vivir. Y está confirmado por muchos casos que cuando un periodista decide ser a la vez periodista y empresario, entonces se pierda una de las dos condiciones.

Nadie es periodista para ganar dinero sino para buscar apasionadamente la verdad –esa verdad que todos necesitamos como el aire para respirar– aun a costa de sufrir las consecuencias de enfrentarse con el poder, porque la verdad molesta a quienes la esconden, que casi siempre es el poder en cualquiera de sus formas. Eso es el periodismo, sin adjetivos.

4 de junio de 2023

Cuatro pecados del periodismo


El domingo pasado destacaba un pasaje de la entrevista a Francisco en Noticias Telemundo de México (la puede ver aquí arriba, a partir del minuto 11.46), en el que el Papa recomienda a los periodistas que sean creativos como los poetas. También agregó los cuatro pecados que debe evitar el periodismo, cosa que suele hacer cada vez que le preguntan sobre la profesión. Quedó en deuda el comentario de esos cuatro defectos:

La desinformación: que es decir lo que conviene y callar lo que no conviene. Está mal porque hay que decirlo todo. Los periodistas sabemos que es preciso hablar con todos los involucrados en el acontecimiento que estamos convirtiendo en noticia. La verdad –y casi siempre la razón– no suele ser la versión de una sola de las partes, pero si igual fuera así, tenemos obligación de dar voz a todas las partes involucradas. Y además tenemos que informar siempre más allá de nuestra propia conveniencia. Otra cosa es la opinión, que es libre para cada uno de los que opinan y por eso es muy importante que en un medio de comunicación se distinga la información de la opinión y de la publicidad.

La calumnia: inventar cosas que no son ciertas. Los periodistas tenemos una obligación especial de decir la verdad, calificada por la profesión, pero también los que no son periodistas están obligados a decir la verdad. Callarse cuando no se puede decir la verdad es un viejo principio de la ética, con el que coinciden todos los mandamientos morales, todas las religiones y todas las leyes. Es que no se podría vivir en el mundo sin este respeto a la verdad. Así como necesitamos el aire para respirar, también necesitamos la verdad para alimentar nuestra razón y, lógicamente, para la vida en sociedad.

Hay muchos modos de decir la verdad, tantos como las personas que la dicen. Y la misma cantidad de modos de mentir. El Papa agrega la idea –que comentaba el domingo pasado– del arte que tenemos los periodistas para hacerla atractiva, y comparaba nuestra creatividad con la de los poetas. Buena comparación porque eso es lo que somos: artistas que respetan a rajatabla la realidad, buscan afiebradamente la verdad y la expresan con arte; ni más ni menos que cualquier poeta o literato. Y en un mundo de mentirosos, los periodistas nos hemos vuelto tan imprescindibles como el aire y los medios como el agua.

La difamación: decir cosas que, aunque sea ciertas, hacen daño. Es la gran diferencia, también en el derecho penal, entre la difamación y la calumnia: la calumnia es una falsedad; la difamación es una verdad pero que no se debe decir por estar fuera de contexto, ser del pasado o de una situación que no tiene nada que ver con la persona involucrada pero que la mancilla. Lo hacemos todos los días todo el tiempo, sobre todo los mayores que nos pasamos la vida juzgando y prejuzgando a nuestros semejantes y cualquier dato nos sirve para etiquetarlos o cancelarlos. Las generaciones más jóvenes, en cambio, han aprendido a no juzgar a la gente: es una gran cosa.

La coprofilia: que el Papa la traduce literalmente como el amor a la caca y la RAE define como atracción fetichista por los excrementos. Es el periodismo que hurga en la porquería, lucra con el morbo, apela a la curiosidad malsana y no a la necesidad de verdad. La coprofilia es una pandemia que se ha instalado en la industria hace muchos años, la vemos todos los días en la televisión, en programas y hasta canales dedicados exclusivamente a revolver excrementos que deberían quedar en la intimidad. Siempre podemos reírnos de un borracho desnudo en lugar de protegerlo de las miradas indiscretas, como hicieron los hijos buenos de Noé.