El periodismo y el trago

Usted ya sabe, los periodistas tenemos fama de muchas cosas, pero sobre todo se nos conoce como borrachines, mujeriegos, noctámbulos, fumadores y pendencieros... Esta fama empezó cuando íbamos a contramano del resto de la sociedad y, como toda fama, es injusta: cerrábamos los diarios bien tarde y nos costaba ir a dormir sin desacelerar un poco el ritmo loco del día. Generalmente terminábamos la jornada en un bar de esos que están abiertos a las 2 de la madrugada y desayunábamos al día siguiente a la hora de almorzar.

Muchos de los más viejos todavía conservan esos hábitos y no se pueden ir a dormir hasta bastante tarde, aunque las costumbres hayan cambiado: ahora las redacciones de los periódicos parecen financieras o ministerios, y hay tantas o más mujeres que varones dedicadas a este oficio que hace apenas 50 años era solo para hombres bien desordenados.

En esa época a nadie le extrañaba encontrar una botella cuadrada -la forma perfecta- de Johnnie Walker en el cajón de la mesa de un periodista. El trago era relativamente normal y el humo del tabaco se pegaba en la ropa como una señal indeleble de la profesión. Muchos periodistas sabían fumar el cigarrillo entero sin retirarlo de la boca mientras escribían a toda velocidad con las dos manos (o con dos dedos, uno de cada mano) en una computadora ruidosa, con impresora incorporada en tiempo real (no se podía borrar más que tachando con xxxxxxxxxx).

Con el perdón de los que prefieren que ni se fume ni se beba en las redacciones, yo lo defiendo porque creo que era un ingrediente fundamental en los contenidos finales del periódico y voy a tratar de explicarlo en las líneas que quedan.

Los periodistas son artistas. Quiere decir que son –deberían ser– capaces de decir lo que otros no dicen, de explicar lo inexplicable y de encontrar historias donde los demás no ven nada. Está en la genética de cualquier artista y es la razón fundamental de su existencia. Y para conseguirlo los artistas necesitan inspiración: nadie le reprocharía a Picasso que se haya bebido un par de whiskies para pintar el Guernica; ni a Federico García Lorca escanciarse unos finos de jerez en su copa catavinos para escribir Yerma.

No nos escandalizamos de los romances de los artistas ni de su vida desordenada y, sin embargo, nos piden a los periodistas que vivamos a agua mineral, como enfermeras en el quirófano. Aunque se disfrace de inquietud por la salud de los periodistas, creo que no es una buena idea preocuparse demasiado por ella porque influye decididamente en la calidad de los contenidos.

Un poco de alcohol, que es peligroso en una industria en la que hay que estar muy atento a una máquina de precisión, no lo es entre quienes escriben la historia actual y la interpretan. Pero que se entienda bien: no estoy hablando de excesos sino celebrando el desorden normal de la vida de cualquier desordenado, que para nosotros, los periodistas es como el agua para los peces.