24 de septiembre de 2023

El frontis de San Ignacio

La reducción de San Ignacio Miní y otros 29 pueblos de las Misiones del Guayrá fueron abandonadas por los padres jesuitas en 1767, cuando el rey de España dispuso su expulsión de todos los territorios de la corona. Dependiendo de las circunstancias, algunas misiones permanecieron vivas y evolucionaron hasta nuestros días; otras fueron abandonadas a merced de la selva que volvió por sus fueron perdidos. En el caso de San Ignacio Miní, parte de su destrucción se debió a una incursión militar desde el Paraguay en 1817, cuando nadie sabía hasta donde llegaban el Paraguay y la Argentina.

En 1882, ya clara la soberanía argentina en el territorio de la actual provincia de Misiones, el gobierno nacional ordenó retirar dos placas de la fachada de San Ignacio Miní para exponerlas en una feria internacional. Al sacarlas, las rompieron y rotas ya no les servían, así que quedaron tiradas entre otras piedras de la antigua misión. Unos años después, en 1887, se llevaron esas placas y otras piezas al museo de Ciencias Naturales de La Plata. Decía el instructivo del expolio que lo hacían para rescatar esas obras de arte del marco salvaje de la selva y del contexto de una población inculta. Con esa excusa se llevaron 34 piezas de San Ignacio. Ya se ve que no está en ruinas solo por el abandono de los jesuitas, los ataques paraguayos y la voracidad de la selva; parte de lo que falta es el resultado del robo liso y llano y de muchos destrozos que se produjeron al romper la estructura para llevarse las piezas que codiciaban. Por fin, el miércoles pasado fue restituido uno de los frontis (el número 2) a la antigua reducción de San Ignacio Miní. Está tan roto como lo dejaron en 1882, pero instalado en un marco que lo protege. Ahora se puede ver en el Centro de Interpretación de San Ignacio Miní.


Nuestra provincia lleva el nombre de las antiguas misiones jesuíticas. Esa razón bastaría para movilizar la protección del patrimonio histórico que nos da identidad junto con la inmigración. Hay otras razones muy fuertes, como el turismo, pero ahora lo que interesa destacar es la identidad original de Misiones.

La restitución de una de las piezas que se llevaron es apenas el comienzo. No hay que descansar hasta que vuelvan a su sitio las que faltan y muchísimas más que están donde no deben, incluso en casas particulares. Pero además Misiones puede y debe recuperar todas las antiguas reducciones para el patrimonio público provincial. También poner en valor por lo menos una de las antiguas misiones y San Ignacio es la que tuvo más esplendor y la que mejor se conserva. Esa puesta en valor debería conseguir que se aprecie cabalmente la magnitud de su templo y el resto de sus instalaciones. No se trata de recuperar un edificio muerto para que siga muerto; hay que reconstruirlo para la interpretación cabal la gesta de europeos y aborígenes que buscaron juntos la Tierra sin Mal y fueron perseguidos por los codiciosos de siempre. Con los medios actuales y la documentación que existe, la misión de San Ignacio Miní puede recuperarse hasta volver a estar viva como antes de la expulsión, porque nada conserva mejor las cosas que su uso y prueba de sobra es lo que pasó con las antiguas reducciones.

Los jesuitas fueron expulsados de España y sus posesiones en 1767, y suprimidos por el Papa Clemente XIV en 1773, pero Pio VII los restauró en 1814 y Fernando VII los dejó volver a España en 1815, 48 años después de su destierro. La historia del poder político y los jesuitas tiene más capítulos, pero hay una realidad que se repite: solo recuperaron una ínfima parte de las antiguas iglesias y colegios que tenían antes de aquella expulsión, porque así funciona la codicia humana. ¿No será el momento de devolverles por lo menos una y tal como estaba en 1767?

17 de septiembre de 2023

Aproximación indirecta

Basil Liddell Hart fue un oficial del Ejército Británico. Nació en 1895 y murió en 1970. Con esos datos basta para saber que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial (y también a la Segunda). Fue herido en las trincheras del Frente Occidental y luchó en la larga Batalla del Somme. En 1916 lo destinaron a una unidad blindada, cuando los primeros tanques –unos artefactos inmensos, horripilantes y mortíferos– irrumpieron en la guerra de trincheras y dieron un nuevo giro a la estrategia militar. Este hecho y el gas alemán determinaron el resto de su vida.

Imposibilitado de seguir en el servicio activo por culpa de dos infartos sufridos como consecuencia del gas en el Somme, en 1923 le rebajaron la dedicación a trabajos de escritorio y solo por media jornada. En 1927 se retiró del Ejército con el grado de capitán y empezó la etapa que lo convertirá en un gran teórico de la estrategia. Se dedicó full time al estudio de las batallas y consiguió trabajo como periodista especializado en temas militares en el Times de Londres. Como nadie es profeta en su tierra, sus estudios sobre la guerra blindada fueron rechazados por los oficiales británicos y aplicados con gran éxito por el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial en las blitzkrieg de Polonia de 1939 y Francia de 1940 y por Erwin Rommel en el norte de África. En lugar de aceptar el error, Churchill dudó de su lealtad y lo mandó a arrestar, pero nunca pudo probar nada. Con el tiempo la reina lo nombrará caballero, igual que a Elton John y Paul McCartney.

Su obra más conocida es la Historia Militar de la Segunda Guerra Mundial, pero la más útil es La estrategia de la aproximación indirecta, un libro que debería estar en la mesa de luz de los marquetineros políticos que se duermen viendo a Tinelli y después dan consejos efectistas pero inútiles. Ese libro siempre estuvo a mano en un estante de la biblioteca de Jorge Bergoglio en Buenos Aires. Hay otros dos que también recomienda seguido el Papa: El amo del mundo, de Robert Hugh Benson y Síndrome 1933, de Siegmund Ginzberg.


La aproximación indirecta supone lo que cualquier militar sabe desde la época de Sun Tzu: solo se ataca de frente al enemigo cuando la proporción de fuerzas están a favor por lo menos cinco a uno y el tiempo ganado pesa más que las posibles pérdidas. Para conseguir éxitos, tanto en la guerra como en la política, siempre hay que aproximarse al objetivo por los flancos, ya que en muy raras ocasiones la superioridad numérica es de tal magnitud que justifique otra cosa, y aunque esa desproporción existiera, la aproximación indirecta ocasionará menos bajas. ¿Cómo se hace esto? Hay que leer a Liddell Hart.

El domingo pasado, en este mismo espacio, trataba de explicar el objetivo del viaje del Papa a Mongolia: mostrarle a China que el cristianismo es compatible con su cultura y su estilo de vida. La aproximación de Francisco a China por el flanco de Mongolia es la típica aproximación indirecta. Pero hay otro flanco que también está aprovechando ahora Jorge Bergoglio: las negociaciones de paz para Ucrania, en las que China es un factor clave.

El miércoles 13 llegó a Pekín al cardenal Matteo Zuppi en una misión de paz que el Papa le ha encomendado y que lo llevó antes a Kiev, a Washington y a Moscú, de la que sabemos poco, pero así es la diplomacia, especialmente la vaticana: no se sabe nada hasta que se sabe todo. Curiosamente, Zuppi, arzobispo de Bolonia, se llama igual que Matteo Ricci, aquel jesuita que llegó a la corte del emperador chino cuando empezaba el siglo XVII. Ricci no había leído a Liddell Hart pero seguro que conocía el El arte de la guerra de Sun Tzu. Lo precedía fu fama de sabio y un ingenio especial para fabricar relojes con campanas que habían encantado al emperador.

10 de septiembre de 2023

Francisco y la China


Recién el domingo pasado se entendieron un poco más las razones del Papa para visitar Mongolia. Las que ya conocíamos son las mismas que le están haciendo retrasar su visita a la Argentina, que no tienen nada que ver con la que la inmensa mayoría de los argentinos supone. A Francisco le interesan de verdad las periferias geográficas y existenciales de este mundo. Prefiere mil veces ir a donde no hay católicos que a donde son mayoría. Prefiere los presos a los libres. Prefiere los pobres a los ricos. Prefiere los enfermos a los sanos. Prefiere los desheredados a los poderosos. Prefiere los gobernados a los gobernantes. Prefiere los pecadores a los santos.

Mongolia está tan en la periferia del mundo que nos cuesta ubicarla en el mapa. Ni siquiera fue visitada por Juan Pablo II y eso ya es mucho decir. Aunque es bastante grande, casi todo su territorio es una estepa desértica. Tiene poco más de tres millones de habitantes, de los que la mitad viven en la capital, Ulan-Bator. Tuvo su época de gloria y expansión en el siglo XIII, cuando con Gengis Kan, el imperio mongol se extendió desde el Pacífico hasta los Urales.

Si los habitantes de Mongolia caben en la ciudad de Buenos Aires, los católicos caben en la catedral de Posadas. Hace apenas 30 años que unos misioneros coreanos empezaron a instalarse en Ulan-Bator y pacíficamente fueron convirtiendo al cristianismo a los primeros mongoles. A esos cristianos fue a visitar el Papa la semana pasada en un viaje tan largo como venir a la Argentina. Pero... ¿qué se le perdió a Jorge Bergoglio en Mongolia?

Como si fuéramos los dueños de la voluntad y del pensamiento del Papa, los argentinos perdemos el tiempo debatiendo si debía ir a Ulan-Bator o venir a Buenos Aires; si debió dedicarle más segundos de sonrisa a un funcionario que a otro; si tiene que regalar rosarios a nuestros amigos y no regalárselos a nuestros adversarios; si debe o no debe nombrar a algún argentino en una comisión del Vaticano... Nos parece que el Papa está todo el tiempo preocupado por lo que pasa en la Argentina y también que debería pensar como nosotros, cuando probablemente no le dedique ni un segundo a estas elucubraciones ombliguistas nacionales.

Aquí tiene un tema que sí le preocupa a Francisco y en el que está poniendo un empeño sobrehumano. Mongolia no solo es una periferia: está enclavada entre Rusia y China, pero mucho más cerca de Pekín que de Moscú. Y en términos culturales y religiosos está mucho más cerca también de la China pagana que la Rusia cristiana, y para colmo en China vive un quinto de la población mundial.

El Papa, jesuita al fin y al cabo, quiere mostrar a China lo que otros jesuitas –encabezados por Mateo Ricci– intentaron entre los siglos XVI y XVII: que el cristianismo no es un obstáculo para la cultura, la política y el progreso de sus pueblos. Que se puede ser mongol, chino, japonés o esquimal y a la vez cristiano. Y esto es lo que fue a hacer a Mongolia, y lo hizo mirando a China todo el tiempo.

Hay un dato interesante y muy actual sobre el padre Mateo Ricci. Era un personaje fascinante, un genio del Renacimiento italiano, que largó todo, se hizo jesuita y se fue a la China. Francisco está impulsando su proceso de canonización con ganas evidentes de declararlo santo cuanto antes. Ricci sufrió en vida, y todavía más después de muerto, la persecución de los cristianos occidentales –sobre todo de los miembros de una orden religiosa– que no entendieron su inculturación en la China y la consideraron más un acto sacrílego que una misión para cristianizarlos. Después de cuatro siglos, Francisco está remediando esa persecución y ese aparente fracaso.

3 de septiembre de 2023

El pico

En España, pico es un grisín cortito de pan duro: algo así como las torraditas pero con puntas, de ahí su nombre. Es lo más aburrido que hay, pero sirve para matar el hambre, sobre todo en el campo. Lo suelen poner en los bares para acompañar la ración de jamón serrano: una lástima, con lo rico que es el pan en España y lo bien que combina con el jamón.

También se llama pico en castellano a la herramienta para picar materiales duros. Pero sobre todo se llama pico a la boca de los pájaros y por extensión a toda boca, también la humana. Los pájaros sí que tienen pico y es evidente el parecido con el pico de picar piedra o con el pico de los mosquitos, que más que pico es una aguja bien afilada. Porque picar, pican los mosquitos, las abejas, los tábanos y el mbarigüí, aunque dicen que más que picar muerde, como las serpientes.


Pero hay otro pico, aunque nunca es la acción y el efecto de picar a nadie. Los argentinos le decimos pico –o piquito– a un beso bastante inocente que se da apenas tocándose los labios en forma de pico. Picos se dan los que se quieren besar sin besarse mucho, por discreción, para evitar suspicacias, por vergüenza o por asquito nomás. Y la palabra pico para ese beso es ya un aporte argentino al castellano universal.

Bueno, hace casi dos semanas que un pico es la noticia sobresaliente en España y en gran parte del mundo. El pico que le encajó Luis Rubiales a Jenni Hermoso en la ceremonia de premiación de las campeonas del mundo de fútbol en Australia. Hermoso es una de las jugadoras de la selección española; Rubiales es el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, y el pico quedó registrado por las cámaras de televisión y por cientos de celulares que seguían el acto: ya se sabe que hoy cada vez más gente prefiere ver la realidad enmarcada en la pantalla vertical del teléfono.

Dos días después del hecho estalló la opinión pública. Ese y otros videos mostraron una realidad escondida: el abuso de un dirigente hacia su dirigida; pero a juzgar por la reacción colectiva no era solo a Jenni Hermoso sino a todas las jugadoras, y tampoco era solo de un dirigente. Las futbolistas españolas renunciaron en masa a la selección si continuaba esa dirigencia, el Presidente del Gobierno descalificó a Rubiales y prometió intervenir ante al FIFA para sancionar a Rubiales y la FIFA lo suspendió por 90 días. Mientras Rubiales se defendía diciendo que había sido apenas un piquito, empezó, con histrionismo andaluz, un nuevo acto de esta tragicomedia de la picaresca hispánica: la madre de Rubiales se atrincheró en huelga de hambre en la iglesia de Motril, su pueblo de la provincia de Granada. Cuando llegaron las cámaras de la televisión, acusó de linchamiento mediático a los enemigos de su hijo y al gobierno de intentar distraer a la opinión pública.

Hasta aquí, en resumidas cuentas, el caso Rubiales, que puso la mira del mundo en el fútbol femenino, en los abusos en el fútbol femenino y en el machismo en el fútbol femenino. Ciertamente también opacó el triunfo de la selección española en el Campeonato Mundial de Australia y Nueva Zelanda, en el que nuestra selección quedó eliminada en la fase de grupos (perdimos contra Italia, empatamos con Sudáfrica y perdimos contra Suecia).

El fútbol femenino está enseñando un corte de la realidad; pero cuidado, porque es un corte proporcional, un botón de muestra. Quiero decir que el problema no es el fútbol femenino, que, por cierto, todavía es poco femenino; y tampoco es solo un problema español. Si pasan estas cosas en el fútbol femenino es porque pasan en todas partes, para arriba y para abajo y también para los costados. Hay que mirarlo así y preocuparse, y no verlo como la noticia de un acontecimiento raro, ajeno o lejano.