22 de abril de 2020

Lo invisible y lo esencial

–Adiós –dijo el zorro–. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
–Lo esencial es invisible para los ojos… repitió el principito para acordarse.
–Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que has perdido con ella.
–Es el tiempo que he perdido en mi rosa... dijo el principito a fin de recordarlo.
–Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro– Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
–Soy responsable de mi rosa... repitió el principito a fin de recordarlo.

Así se despide el zorro del principito, según una traducción al castellano de Le petit prince de Antoine de Saint-Exupéry.

Desde el principio de esta pandemia –a la que ya estamos acostumbrándonos– nos dijeron que estamos peleando contra un enemigo invisible. Y me apuro a aclarar que este coronavirus de invisible no tiene nada: solo hay que conseguir un buen microscopio para verlo en toda su dimensión, y resulta que de tan visible que es conocemos de memoria su forma esférica adornada de cuernitos, que más que una corona parece una mina submarina destinada a explotar en los pulmones.


Tampoco tiene nada de esencial el virus, pero resulta que nos está haciendo ver lo esencial de nuestras vidas. Y ahora sabemos que ni siquiera hace falta la luz de los ojos para saber qué es lo esencial y también aprendimos que muchas veces hemos puesto lo accidental como esencial en nuestras vidas. El fútbol es accidental; los viajes, el juego y los deportes son apenas un pasatiempo; la educación es esencial pero las clases y los colegios son accidentales; el dinero es papel mojado; planchar la ropa, mirar el reloj, dormir de un tirón, barrer las hojas del jardín, pagar impuestos, competir, enojarnos, los celos, la envidia… y ocho millones de cosas más son accidentales.

La cuarentena nos está enseñando algo que el ser humano sabía hace miles de años pero lo teníamos un poco olvidado. A pesar de lo que diga Andrés Calamaro, no podemos vivir sin amor, sin verdad, sin belleza, sin bien… que ya decía Aristóteles que son atributos esenciales del ser, y del ser humano, claro. Pero también son esenciales –porque somos animales y queremos seguir vivos– la salud, la alimentación, dormir, respetar nuestra naturaleza y convivir con la creación… eat and meet se dice en inglés para que rime: comer y conocernos. Ya veremos que entre las consecuencias de la pandemia vendrá una generación baby boomer, como la que siguió a la Segunda Guerra Mundial.

Acá estamos hoy, en pleno siglo XXI, enterándonos de que gastamos recursos desproporcionados en cosas inútiles. Todos nos sorprendimos al comparar lo que gana un jugador de fútbol que vemos un ratito en la tele con el sueldo de un médico o un enfermero que salvan vidas; lo que cuesta un respirador comparado con un viaje a Cancún; las cuentas de las deudas de los pobres comparadas con las sumas de las cajas de los avaros; la cobardía escandalosa de los egoístas contrapuesta a la heroicidad anónima de sus vecinos; el valor incalculable de cualquier vida humana; la injusticia colectiva con los viejos; la fortaleza inusitada de los niños; la necesidad urgente de cariño; la sorprendente ineficacia de la bronca; la hermandad soberana de todo lo creado; lo esencial y lo accidental de la religión…

Saint-Exupéry le explicaría todo en un segundo: lo esencial es invisible y lo que vale es lo que llevamos en el corazón.