27 de agosto de 2023

Síndrome de Prigozhin


A las 6 de la tarde del miércoles pasado, Yevgueni Prigozhin subió a su avión junto con la plana mayor del Grupo Wagner; iban de Moscú a San Petersburgo. A media hora de levantar vuelo, ya en altura crucero, el Embraer Legacy 600 cayó hecho pedazos en una localidad llamada Kuzhenkino. Se supone que algo explotó en su interior o que fue alcanzado por un misil. Nadie sabe realmente lo que pasó: solo se conoce la lista de los siete pasajeros y tres tripulantes y que no hay sobrevivientes. Hay que comprobar que son los de la lista con lo poco que quedó de ellos, esparcido entre los restos calcinados del Embraer, pero eso será imposible porque nada es verdad y nada es mentira hoy en día en la Federación Rusa, y en este caso no hay ninguna certeza pero tampoco ninguna duda.

En la lista estaba el segundo de Prigozhin, Dmitri Utkin, Mr. Wagner, el que le dio el nombre al ejército privado más numeroso de la historia y el culpable de que una organización rusa lleve el nombre de un músico y escritor alemán. Richard Wagner fue un compositor sajón del siglo XIX, autor de óperas muy conocidas como Tannhäuser, El anillo del nibelungo o Tristán e Isolda. Era un gran músico, pero también un antisemita de aquellos, que en sus obras musicales y literarias promovió el nacionalismo y la soberbia alemana que desemboca en Adolf Hitler y el nazismo. Wagner era el nombre de guerra de Utkin, un skin head que tenía tatuadas las insignias de las Waffen SS en su piel, en el mismo lugar donde caían en el uniforme negro de la fuerza de elite y guardia pretoriana de Hitler.

Después de llevar la parte más importante del esfuerzo bélico en la invasión a Ucrania –les costó unas 20.000 vidas solo en la Batalla de Bajmut– Prigozhin se revela contra Putin por la falta de apoyo del ejército ruso y se enfrenta contra un par de generales más amigos del escritorio que del campo de batalla. El 23 de junio el Grupo Wagner tomó la ciudad de Rostov del Don y avanzó hacia Moscú con la intención, tampoco se sabe bien, si de acabar con Putin o de darle una lección sobre cómo se avanza en una guerra de agresión.

Tuvo que intervenir Aleksandr Lukashenko, el tirano de Bielorrusia, para parar a los Wagner antes de que se armara la gorda en Moscú. Le estaba haciendo un favor a Putin, de quien es vasallo, y le ofreció asilo a los Wagner en su país, donde establecieron su campamento de legionarios romanos. La relación entre Prigozhin y Putin, que otrora fuera de compinches y mesa bien regada, había quedado definitivamente rota, pero un buen día Prigozhin salió de Bielorrusia y se presentó como Pancho por su casa en sus imponentes oficinas de San Petersburgo. Dos días antes del vuelo de la muerte difundió un video, supuestamente grabado en África, donde Wagner tiene batallitas contratadas por varios dictadores del Sahel. Y el miércoles este vuelo tan extraño...

Extraño porque si fuera Prigozhin jamás me habría subido a un avión en Moscú dos meses después de rebelarme contra Putin; y si fuera lugarteniente de Prigozhin jamás hubiera aceptado volar con él entre Moscú y San Petersburgo. Así que habría que pensar que Prigozhin no estaba en ese avión y que los muertos son perejiles, o que Prigozhin tenía el síndrome muy argentino de creerse el Rey del Mundo.

Así es el poder: idiotiza tanto a la gente que les hace creer que son omnipotentes aun después de perderlo. Nos creemos unos genios porque nos ascendieron en el trabajo y decidimos que vamos a hacer grandes negocios si nos independizamos. Y cuando nos independizamos, nos bajan de un hondazo porque nunca nos dimos cuenta de que nuestro poder era prestado. Es el síndrome de Prigozhin.

20 de agosto de 2023

El outsider


Hace unos años explicaba en esta misma columna el fenómeno del tercer hombre, un hecho que ocurre en la política bastante más seguido de lo que parece y no siempre con éxito.

Es el caso de algunos candidatos que aparecieron en la política argentina en la década de los 90 del siglo pasado. Carlos Menem fichaba como candidatos a personas famosas por sus éxitos en el deporte o en el espectáculo y se ahorraba el caro proceso de instalarlos en el conocimiento público. Los deportistas son ideales porque, agotada su etapa competitiva, les queda la vida por delante. Daniel Scioli y Carlos Reutemann fueron los típicos terceros hombres deportistas de aquella época. Palito Ortega, en cambio, llegó del espectáculo. Entran en la categoría también los militares victoriosos que se pasan a la política, costumbre que viene desde Escipión el Africano, pero más cerca de nuestra era democrática están los casos de Ulysses Grant o Dwight Eisenhower en Estados Unidos, y de José Félix Estigarribia en el Paraguay.

No considero tercer hombre a Mauricio Macri –que amaneció a la política en Boca Juniors– porque la búsqueda del poder en las entidades deportivas es política pura, similar a lo que ocurre en las cooperativas o los sindicatos, que suelen ser trampolines hacia la lucha por el poder en el Estado.

Los terceros hombres tienen a su favor que no están quemados por la política. Pero no son outsiders, porque entran a la política de la mano de los políticos y son usados por los políticos con más o menos éxito.

El outsider apareció ahora en la Argentina y todavía estamos un poco asombrados por el fenómeno que irrumpe como una marea que crece más cuanto más la tratan de parar. Parece la respuesta al malestar generalizado y a la voluntad colectiva de que se rompa de una vez la espiral decadente. El fenómeno tiene parecidos y diferencias con la escalada hacia el poder de Juan Domingo Perón en 1945, pero no hay que apurarse porque todavía no sabemos cómo terminará y para colmo están claras sus antípodas ideológicas, pero eso no es determinante para ningún outsider. Es terreno fértil para los outsiders el cansancio colectivo, sobre todo entre los más jóvenes y ahora resulta que el objeto de ese hartazgo parece ser el agotamiento del fenómeno que inició Perón aquel año.

El politólogo Gustavo Marangoni citaba por televisión un pasaje del Evangelio bastante conocido: no se echa el vino nuevo en odres viejos. Es porque el vino es más rico cuanto más viejo mientras que los odres cuanto más viejos más estropeados. Algo así nos pasa hoy con el outsider: las ideas viejas son para los viejos, siempre más moderados; las nuevas son para los jóvenes, que no tienen ganas de meterse en odres viejos, tampoco miden mucho las consecuencias y para colmo ya están desequilibrando el padrón electoral.

¿Hay que romper todo y sumergirse en la dimensión desconocida? Imposible saberlo ahora, pero es bastante elemental que los experimentos salen más veces mal que bien y también que si no se experimenta, nunca se cambia. Solo habría que rogar que ese giro en la historia no termine en un cataclismo que nos haga sufrir. Volodomir Zelenski también es un outsider al que los ucranianos eligieron como presidente, en contra de las políticas prorrusas de los de siempre y hoy están entrampados en una cruenta guerra con Rusia de pronóstico incierto. Es el costo de la independencia que todos esperan que llegue, pero... ¿hay que pagar ese costo?

13 de agosto de 2023

Hay que ir a votar


PASO son las iniciales –el acróstico– de Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias. Es uno de los inventos más interesantes, y ciertamente una novedad, de nuestro sistema electoral. Fue idea de Néstor Kirchner y se crearon en 2009 por la ley 26.571. En las PASO se definen los partidos o coaliciones que estarán habilitados a presentarse en las elecciones nacionales, que son los que consiguen al menos el 1,5 % de los votos válidamente emitidos en el distrito de que se trate para la respectiva categoría. También queda definida la lista que representará a cada partido o coalición en las elecciones generales. En las PASO no se eligen cargos sino candidatos.

La primaria abierta parece una contradicción y realmente lo es, pero es lo que hay y es la solución mientras los partidos no organicen sus propias internas para elegir sus candidatos. Las internas deberían ser cerradas y no abiertas, pero precisamente esta es la novedad: podemos votar al precandidato de un partido sin estar afiliados a ese partido; a propósito podemos convertir en candidato a alguien que nunca votaríamos para un cargo; podemos votar para que gane el peor precandidato de la oposición y así tiene más chances el nuestro en las elecciones de verdad; o podemos votar por el que pensamos que tiene que ser quien ocupe el cargo que se elige...

Hay coaliciones que no presentan internas porque ya eligieron a sus candidatos en un escritorio: en ese caso solo juegan a pasar el 1,5 % y entrar en las generales. También es una encuesta para saber quién será el más votado individualmente y darle las riendas del carro del vencedor, que no es poca cosa. La democratización de los partidos sería otro de los fines de las PASO, pero así es la política porque así somos los seres humanos.

Como son simultáneas, hay una sola bala. Quiero decir que se puede votar por un solo precandidato, cuando lo ideal sería que pudiéramos votar por precandidatos de cada una de las coaliciones, pero eso por ahora es imposible y mientras no sea así, las PASO son la primera vuelta de unas elecciones que hoy suelen llegar a ser tres.

Y son obligatorias: quiere decir que hay que ir a votar. Esta obligación rige para los que son mayores de 18 y menores de 70. Así que, si usted está entre los 18 y los 70 debe ir a votar, y entre los 16 y los 18 y arriba de los 70 debería ir a votar.

No soy partidario del voto obligatorio, ni de la ley seca, ni de la veda política, ni de los juramentos, ni de otras obligaciones y prohibiciones anacrónicas o paternalistas conectadas a las elecciones. He dicho otras veces que quizá sea la obligatoriedad lo que nos retoba, y que si no fuera obligación, probablemente votaríamos más. Es solo una suposición, pero lo cierto es que en la sucesión casi semanal de elecciones que jalonaron los últimos meses, ha mermando el número de votantes hasta igualarnos con los países donde el voto es optativo.

Desde 1912 es obligación votar en la Argentina y todos tenemos naturalizado ese deber en nuestra cultura cívica, pero para que no queden dudas, la obligatoriedad está metida en el mismo nombre de las PASO. Esa obligación implica sanciones para los que no lo hacen, aunque luego ninguna se aplique. La sanción es la razón menos buena, ya que deberíamos ir a votar con libertad, con ganas y para que nadie elija por nosotros, que es lo que pasa cuando no votamos o cuando votamos en blanco. Es que, sea o no sea obligación votar, el que no vota, vota igual porque aumenta el peso de los votos de los que sí votan.

Usted sabrá qué hacer, pero si no vota, después no se queje.

6 de agosto de 2023

Concordia

Concordia fue fundada el 6 de febrero 1832 por ley del Congreso de Entre Ríos, que ordenaba ponerle ese nombre. Como el lugar donde se fundó se llamaba San Antonio del Salto Chico, el comisionado para la fundación, padre Mariano José del Castillo, la bautizó con el nombre completo que todavía lleva: San Antonio de Padua de la Concordia. Hay más Concordias en el mundo. En el estado de Santa Catarina y sobre la misma margen del río Uruguay, una ciudad y municipio se llaman Concórdia. Los estados de Sinaloa y de Chiapas, en México también tienen sus Concordia. En Colombia es una ciudad de Antioquia. En el Ecuador y en Nicaragua se llaman La Concordia. En Estados Unidos hay dos: una en el estado de Missouri y otra en Kansas. En París es la plaza por antonomasia.

No es la historia de esas localidades lo que interesa hoy, sino destacar la razón que habrá llevado a ponerles ese nombre. Concordia y concordar, en castellano y en cualquier idioma, provienen de las palabras latinas con y cordis, unión de corazones. Concordia es lo contrario de discordia. Concordar es ponerse de acuerdo. Discordar es la grieta. La concordia es la antigrieta y es lo que más necesitamos hoy los argentinos.

Pensaba en la concordia como necesidad urgente para la Argentina ante la inminencia de una elección que se está planteando como la imposición de una mayoría, nueva o vieja, pero que ganaría por muy pocos votos en la instancia final. Esta paridad se está repitiendo en casi todos los países que han tenido elecciones generales hace poco, el último en España, hace apenas dos semanas. El caso de España es paradigmático, pero hay que entenderlo dentro del sistema parlamentario. El Partido Popular (derecha moderada) subió notablemente su caudal electoral, pero no le alcanzó la cantidad de diputados para la investidura como Jefe de Gobierno de su candidato, ni siquiera aliados con Vox, el partido de la derecha menos moderada. El Partido Socialista (izquierda moderada), que perdió un importante caudal de votos, tampoco llega a la investidura de su candidato ni sumando aliados menos moderados. Ahora los dos buscan pactar con el partido minoritario catalán Junts per Catalunya, que horroriza a los de izquierda por ser de derecha y a los de derecha por ser independentista.

Lo que ocurre en España pasó también en el Perú, Ecuador, Brasil, Uruguay, Chile, Colombia, México... y quizás en la Argentina si llegamos a la segunda vuelta y se termina dirimiendo entre dos fuerzas políticas antagónicas y por escasa diferencia de votos. La solución al antagonismo no es imponer al vencido la ideología del vencedor, porque la democracia supone la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Si no se puede imponer la ideología a una minoría, mucho menos a la mitad de los ciudadanos, porque eso tiene como consecuencia el vaivén sinuoso que ya conocemos de nuestra historia no tan reciente: llevamos muchos años en un subibaja que no nos lleva a ningún lado.

Pactar con los extremos quizá sirva a los aventureros del poder, pero agiganta la grieta y complica la gobernabilidad. La solución no es pactar con minorías para imponerse a la otra mitad sino acordar con la otra mitad. Las dos mitades tienen que ceder y concordar hasta lograr un gobierno para todos, con una fortaleza política descomunal. Se ha hecho muchas veces en la historia y las ciudades llamadas Concordia nos lo recuerdan. Pero además hay cantidad de casos en la historia que lo enseñan: la Conferencia de Yalta en 1945, los Pactos de La Moncloa de 1977, o el color Barbie de la Casa Rosada, que dicen —pura leyenda, pero queda linda la idea— que no se debe a la sangre vacuna mezclada con cal hidrófuga sino a la unión del rojo de los federales con el blanco de los unitarios.