5 de noviembre de 2023

Nuestra deuda con la democracia

El lunes pasado se cumplieron 40 años de la vuelta de la democracia a la Argentina. Lo que cumplía años fue la elección presidencial del 30 de octubre de 1983, la que consagró presidente a Raúl Alfonsín después de siete años de gobiernos militares que siguieron al golpe del 24 de marzo de 1976. Ese gobierno, a todas luces ilegal, fue el último de una serie que alternó en el poder al partido militar, después de los golpes de estado de 1930, 1943, 1955, 1966 y 1976. También algunos de los gobiernos democráticos de esa alternancia fueron rehenes del poder militar, pero no siempre fue así. Y algún día la Historia tendrá que develar la incógnita y enseñarnos quién fue realmente Juan Domingo Perón, el militar que participó del golpe de 1943, gobernó la Argentina gran parte de esos años de alternancia democrática, murió en el poder en 1975 y todavía se multiplican sus encarnaciones de todos los colores.


La democracia argentina no nació en 1983. Hubo intentos republicanos ya antes de nuestra independencia, desde 1810, pero el hito fundador es 1853, el año de la Constitución que todavía nos rige con algunos pegotes que se llaman reformas. Así que, entre 1853 y 1930 pasaron 77 años de democracia ininterrumpida, en los que no se alteró el orden constitucional a pesar de las graves dificultades de 1860 o 1890.

Lo del partido militar es una opinión, un modo de ver la historia argentina del siglo XX: en esos procesos la derecha atrofió sus recursos democráticos porque logró llegar al poder de un modo no democrático, muchas veces con el consenso presunto de gran parte de la población y bastante explícito del poder fáctico. Pero esta alternancia ilegal se fue desvirtuando con el terrorismo de Estado, y se termina en la locura de las Malvinas y Leopoldo Fortunato Galtieri haciéndose el corajudo en el balcón de la Casa Rosada.

Una de las felices consecuencias de estos 40 años de democracia ininterrumpida es que la derecha ha desarrollado los recursos que le permiten competir con bastante solvencia en algo que le resultaba desconocido. Pero todavía nos queda una inmensa deuda con nuestra democracia porque estamos celebrando que han pasado 40 años sin golpes militares y no 40 años de democracia activa, real, verdadera; esa democracia con la que no sólo se vota, sino que también se come, se educa y se cura como decía Alfonsín; pero además se crece, se trabaja, se descansa, se viaja, se comercia, se aprende, se construye, se investiga, se fabrica, se cultiva la tierra, se explotan los recursos naturales, se cría el ganado... y se gobierna, se legisla y se juzga.


El lunes pasado festejamos la perseverancia pasiva en la democracia más que la fidelidad activa al sistema y esa es nuestra verdadera deuda con la democracia; y quizá sea por culpa de las interrupciones durante los 53 años de alternancia que en los 40 que siguieron no conseguimos mejorar su calidad.

Seguimos tratando al soberano –el pueblo– como si fuera un colectivo de tontos, porque a los aventureros del poder les conviene aprovecharse de la inocencia de los ciudadanos. La educación del soberano es una deuda mucho más grave que de la de nuestra economía, porque es su causa. Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi ya decían que es imposible la democracia con un pueblo ignorante, manipulable, cliente... Cuarenta años después de aquel 30 de octubre de 1983, todavía nos conformamos con ir a votar como borregos, como si eso alcanzara, y aceptamos sin mucho drama que nuestra democracia sea mediocre, parasitada y abusada por los buscadores del tesoro del Estado.