Fiebre del oro en Posadas

Orlando Dos Reis es uno más de miles de seres humanos que han desatado fiebres del oro en la historia de la humanidad y lo hizo con un avisito publicado en El Territorio de Posadas, en el nordeste de Argentina. En el anuncio un señor pedía “una retroexcavadora 320 oruga para extraer un tesoro” y ofrecía un buen porcentaje de lo que encontrara al dueño de la máquina. El aviso terminaba con una advertencia: “Personas incrédulas y burlonas, abstenerse de llamar”.

Dos Reis está seguro de que debajo de su casa de Garupá, una ciudad contigua a Posadas, hay oro en cantidades ingentes, así que anda rascando el suelo con lo que tiene. Empezó por la tierra, roja como la sangre, hasta que se encontró con el escudo basáltico misionero.


Pero eso no es tan extraño en las cálidas tierras de fronteras entre Paraguay y Argentina. Allí nomás corre el río Paraná, inmenso y manso, que une y divide a dos países tan hermanos que se pelean seguido por asuntos de familia. Desde la expulsión de los jesuitas en 1770, los guaraníes, bandeirantes y colonos buscan los tesoros que habrían dejado escondidos antes de que se los llevaran prisioneros de vuelta a Europa. Y cien años después, desde la Guerra de la Triple Alianza se habla de entierros en estos parajes de selva subtropical y lluvias interminables. Luego vinieron los polacos, ucranianos y alemanes que cambiaron sus estepas heladas por la selva dulzona de Misiones.

Desde 1770 se han desmochado iglesias y degollado imágenes en busca del oro que nadie encontró. No es raro toparse con excavaciones como la de Dos Reis cerca de las casas viejas de la zona. A esto se suman la superstición, los manosantas y cantidad de farsantes que pueblan la zona con negocios de ocasión y oportunidades increíbles, basadas en las asimetrías de la frontera que parece un colador. Ya se sabe que la culpa del fraude es siempre la codicia de los defraudados, pero la pobreza también hace su trabajo.

Esta vez fue la madre de Orlando, de 83 años, la que oía ruidos extraños que provenían del subsuelo debajo de su propia cama. Los describía como sifones que explotaban. Después empezaron los destellos, como fogonazos, que la señora veía salir de su propio suelo. La curandera del pueblo le confirmó que había un tesoro debajo de su casa, pero además le aseguró que solo una persona podía encontrarlo: su hijo Orlando.

Orlando empezó a cavar. Primero se encontró con una especie de tatetí de piedra. Luego encontró una pirámide invertida que señalaría el lugar del entierro. Hasta que no pudo más y fue al diario a poner el aviso que desató la fiebre. No hay ni que insinuar lo que ocurre cuando un ser humano encuentra oro. Ahora hay unos cuantos afiebrados tratando de llegar primeros por los lados de la casa de la señora Dos Reis.

Me voy para allá.