22 de enero de 2023

El sexo de los animales


Salvo casos excepcionales, en organismos muy básicos, todos los animales tienen dos sexos y se reproducen apareándose entre ellos de los modos más diversos y curiosos. Los mamíferos nos parecemos mucho, en eso como en tantas otras cosas, pero también se aparean las aves, los reptiles, los peces y hasta los insectos.

Pero lo que quiero explicar tiene más que ver con el género y pasa con las moscas y los mosquitos, con los sapos y las ranas y con todos los animales, pero se vuelve mucho más interesante en los genéricos de los más cercanos al hombre y que, precisamente por convivir cerca de nosotros hace milenios, distinguimos en la lengua su variedad y condición: caballo, yegua, potro, potrillo, potranca, montado, jamelgo, matungo, penco, redomón... vaca, toro, novillo, vaquilla, vaquillona, ternero, buey... oveja, carnero, cordero... perro, can, cuzco, cachorro, podenco, sabueso, mastín...

La jirafa y el elefante no son una hembra y un macho sino epicenos, los nombres genéricos de las jirafas y los elefantes, sean machos o hembras. El perro, el gato y el caballo son masculinos, mientras que la vaca, la oveja y la cabra son femeninos, aunque incluyan a las hembras y los machos de esas especies. Cuando nos cruzamos con una tropa de vacas, toros y terneros, decimos que son vacas y cuando comemos su carne también decimos que es de vaca, aunque sea de novillo. Si vemos caballos, no hacemos la distinción entre caballos, potros, yeguas, potrillos y potrancas. Los leones se distinguen de lejos de las leonas pero en el conjunto todos son leones, igual que los tigres y las panteras. Las gallinas son femeninas y los gansos son masculinos, como los cerdos o los pavos, pero las gallinas dan nombre hasta al gallinero, que vendría a ser el gineceo que alberga también a los gallos y a los pollos. Y el hombre –el ser humano– cayó en masculino como pudo caer en femenino y quién sabe si un día no termina siendo la hombre.

Si van a respetar la inclusión, los que ocupan el dialecto inclusivo deberían olvidarse de los epicenos y referirse a los animales con la misma distinción: no dirán más vacas ni vacuna porque son términos que discriminan a los toros; tampoco pueden decir caballos si además hay yeguas, ni abejas porque estarían dejando de lado a los zánganos, ni perros ni gatos si entre ellos hay perras y gatas; ni ballenas a las ballenas y sus maridos; o pingüinos a los pingüinos porque la mitad son pingüinas. Y así podemos repasar una por una todas las especies que entraron en el Arca de Noé. Y no le digo nada cuando un oso polar se autoperciba libélula: ahí se pudre todo.

Hace 70 años la palabra hombre incluía a los varones y las mujeres, pero hoy es casi imposible usarlo en ese sentido –como lo hice en esta columna– que es la primera acepción del diccionario. Así es el lenguaje cuando está vivo, y al paso que vamos, no falta mucho para que nos obliguen a hablar de los animales como hoy nos están forzando a hacerlo con las personas: en los insecticidas y en su publicidad habrá que anunciar que matan insectos e insectas, mosquitos y mosquitas, cucarachas y cucarachos, polillas y polillos, hormigas y hormigos, ratas, ratos, ratones y ratonas... Y el alimento para gatos y perros deberá incluir a las gatas y a las perras.

Como estas cosas van y vienen, aviso que falta un poco más de tiempo, pero no tanto, para la reacción contraria, brutal, contra toda esta tontería. Sin ir más lejos, Basta de todes es el eslogan de campaña de un candidato a gobernador de la provincia Buenos Aires. Solo hay que esperar que los que vengan del otro lado de la grieta nos dejen pensar y expresarnos como se nos dé la gana.