4 de julio de 2021

Departamento en Miami


En la madrugada del jueves 24 de junio se desplomó gran parte de un edificio de trece pisos en Miami. El condominio se llama Champlain Towers y está en el barrio Surfside, más precisamente, en el número 8777 de la avenida Collins. Todo el complejo tenía 136 departamentos y la parte que colapsó es la pata larga de un edificio en forma de L, entre la avenida Collins y la playa.

Según cálculos actualizados de las autoridades del condado de Miami-Dade, en el momento de derrumbarse había en esa parte del edificio 148 personas, de las que, cuando esto escribo –nueve días después del colapso– solo se han encontrado restos de 22, pero ya hay que presumir que no habrá sobrevivientes entre los escombros del edificio. También se ha dado con el paradero de 188 sobrevivientes: personas que vivían en otros sectores del complejo o que no estaban en sus departamentos en el momento del colapso, entre ellos una pareja de argentinos que se salvaron de milagro.

Aunque los números son todavía provisionales van volviéndose cada día más precisos. Ya sabemos que entre los desaparecidos hay nueve argentinos, seis paraguayos, seis colombianos, seis venezolanos, tres uruguayos y un chileno: 31 sudamericanos en total. Después de la norteamericana, la nacionalidad más numerosa es la israelí, que cuenta con unas 20 víctimas, casi todas ellas con doble nacionalidad.

Al aparecer estos números en la información del siniestro, se me ocurría una estadística de ocasión: si tomamos las Champlain Towers como un muestreo de los habitantes de Miami, el 21 % serían sudamericanos y el 6 % argentinos... Insisto en que la estadística es de ocasión y que no estoy contemplando que hay barrios enteros de cubanos o de rusos en Miami, pero también hay algunos con gran concentración de argentinos, pero justo la zona de Surfside es bastante ecléctica en cuanto a nacionalidad, no así en cuanto a religión, ya que se calcula que más de la mitad de los habitantes del barrio son de religión judía, proporción que se repite entre las víctimas del derrumbe.

No tengo todavía las nacionalidades de los propietarios de las distintas unidades del edificio y hay que suponer que ningún argentino querrá confesar ahora ser el dueño de una de ellas, pero parece que al menos 20 pertenecían a ciudadanos argentinos. Gracias a Dios, unos cuantos de esos departamentos estaban deshabitados en la noche del derrumbe.

Estos números confirman a Miami como la gran capital de Iberoamérica: el lugar donde al final todos nos encontramos y ninguno manda. Ahí llegaron –desde la revolución de 1959 y en de sucesivas oleadas– los exiliados cubanos, que han sido durante lustros los dueños del castellano de Miami, pero ahora compiten con la porción más rica de los seis millones de venezolanos desplazados de su país a causa del régimen de Chávez y Maduro. Puede que haya también ricos exilados nicaragüenses, pero el resto de los latinoamericanos que andan por la Florida, más que desplazados son turistas con buena billetera, viajeros que salen de compras e invierten en bienes raíces donde les conviene. Algunos tienen inmuebles en Miami como quienes los tiene en Buenos Aires: ya se sabe que, dependiendo de la cantidad de días que uno pasa cada año en una ciudad, es más barato tener en un departamento que pagar un hotel, y además siempre se puede alquilar a otros viajeros.

Con respeto y dolor por los muertos y desaparecidos en el derrumbe, y respetando también la libertad para hacer lo que cada uno quiera con su patrimonio, quiero destacar que la inmensa mayoría de los que invierten su dinero en Miami no son desplazados por el hambre o la pobreza sino por la inseguridad jurídica de sus inversiones. Este muestreo al pasar debería alentar a los gobiernos de nuestros países a establecer las garantías para que todos dejemos nuestro dinero en el propio territorio y no en el ajeno.