5 de junio de 2026

Consumo inteligente

No somos tan distintos los argentinos de los españoles, pero tengo la experiencia –cercana en el tiempo y en la sangre– de la relación de argentinos y españoles con el consumo. Mi padre era argentino y mi madre española, y toda su vida siguieron en la mesa estilos opuestos: mi padre dejaba algo en el plato y mi madre nada. Para mi padre era de buena educación y hasta de templanza no comerse todo. Para mi madre la buena educación era comer lo que uno se sirve y no tirar a la basura comida que puede ser preciosa para el hambre de otros. Era la muestra patente y cotidiana de la opulencia americana versus la austeridad europea.

Me acuerdo de esta escena familiar cada vez que aparece en las noticias la caída del consumo de los argentinos. Cierran cantidad de locales comerciales y quiebran industrias; los supermercados se quejan, las estadísticas marcan números alarmantes sobre la caída de la venta de combustibles, de automóviles, de carne y de otros productos de consumo masivo.


Es cierto que cayó el consumo de carne, pero se lo puedo explicar mejor: en 2025 cada argentino se comió 116 kilos de carne, de los que unos 46 son de origen vacuno. Ahora, mes a mes, en 2026 llevamos una caída del 6,8 % en la carne vacuna, la peor en 20 años. Es decir que estamos consumiendo apenas unos 43 kilos de carne vacuna. Solo para comparar, en los Estados Unidos, en 2025, los gringos comieron 38,3 kilos de carne vacuna per cápita; y los brasileños 30 kilos, además de 47 de pollo y 17 de cerdo.

Ya se ve que hay argentinos que se comen tres o cuatro vacas gordas al año... Cae el consumo, por suerte y para nuestro bien, a niveles más lógicos y saludables, pero la noticia es que cierran carnicerías y no que había demasiadas carnicerías...

También resulta que ahora hay cantidad de autos híbridos y eléctricos y la gente usa mucho más el transporte público porque prefiere ahorrar o porque el tránsito está imposible, pero la noticia es que cae el consumo de naftas. Hay muchos más, pero bastaría con la sorprendente, por lo menos en la Argentina, profusión de locales comerciales idénticos. Una farmacia en cada cuadra; exageración de maxikioskos, minisúpers, chinos, bares de tres mesas y tiendas de cuatro productos. O negocios que se ponen de moda, y como les va bien muchos otros invierten en lo mismo hasta provocar la quiebra de todos por la oferta desmedida. Luego la noticia es la crisis y no la tontería de invertir sin pensar ni un segundo en un principio elemental de la economía.

Los europeos fueron pobres porque pasaron crisis tremendas y la pobreza les enseñó mucho más que la riqueza: será por eso que ahora son ricos. La pobreza enseña a aprovechar las cosas, a cuidarlas, a comer lo que haya, a usar sin complejos la ropa gastada o ajena, apagar las luces, a zurcir las medias, arreglar los zapatos y los paraguas, pegar el jabón viejo con el nuevo, a consumir con inteligencia... Es parte del cambio cultural que necesitamos en nuestra América y no es tacañería sino señorío sobre las cosas. Es de buena educación y es lo más ecológico que hay. Y también es muy cristiano.