3 de julio de 2026

Inteligencia humana

Nos habían explicado que la inteligencia artificial (me niego a llamarla IA) venía a arreglar el mundo. Iba a provocar un cambio tan profundo que ya se habla de la Cuarta Revolución Industrial, ese invento humano para encasillar las cosas que pasan en la historia del mundo, a las que les ponemos nombres para organizarnos un poquito y sobre todo para dividir la historia en capítulos, que si no sería muy larga y complicada de entender.


Nicholas Negroponte, uno de los inventores del Laboratorio de Medios del MIT (Massachussets Institute of Technology), dijo hace ya unos 40 años, que la inteligencia artificial es un oxímoron: una contradicción en los términos. Creo que él y Stewart Brand son quienes vieron más claro el futuro que se venía y lo vieron con mucho escepticismo. Y si inteligencia artificial es un oxímoron, inteligencia humana es un pleonasmo, porque la inteligencia es humana y lo artificial no tiene nada de humano.

Lea este párrafo de la encíclica Magnifica humanitas en la que León XIV dice casi lo mismo que decía Negroponte:

Las inteligencias artificiales no experimentan vivencias, no poseen un cuerpo, no sienten alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones, y no saben desde dentro qué significan el amor, el trabajo, la amistad o la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral, ya que no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones, ni asumen la responsabilidad por las consecuencias. Pueden imitar o incluso simular, pero no comprenden lo que producen, pues les falta la perspectiva afectiva, relacional y espiritual a través de la cual los seres humanos crecen en sabiduría.

No hace falta traducir el título de la encíclica porque por algo nos dicen latinos. Casi todo, pero especialmente lo abstracto, lo decimos en ese latín evolucionado que llamamos castellano. Solo la inteligencia humana puede hacer todo eso que la inteligencia artificial no puede y que figura en el párrafo de León XIV, que, por cierto, es también una perfecta descripción de lo contrario del periodismo, que es puro humanismo.
 
Apenas y con mucha suerte, la inteligencia artificial ha conseguido unir palabras con cierta coherencia: no se equivoca las concordancias ni las conjugaciones y entonces parece que sabe escribir. Además le han cargado todos los diccionarios así que tiene expresiones que parecen sabias, pero porque no las conocemos... y una cantidad casi infinita de datos que mezcla más o menos bien, como el burro que toca la flauta. Ocupa lugares comunes que dejan tranquilos a los ignorantes, que son muchos en nuestro siglo. Los que hablan de ella como de una panacea son esos mismos ignorantes, incapaces de darse cuenta de los disparates. Y los que la inventaron para venderla a buen precio a los incautos de la generación que no saca la vista del celular.
 
Es menos inteligente que el ascensor de mi casa y no sirve ni para atender el call center de un banco o un servicio público: esos llamados interminables que nos hacen rogar que aparezca del otro lado una persona de carne y hueso con su magnífica humanidad. Al final, solo servirá a los vagos o a los que tienen la cabeza hueca, y va a terminar siendo la piedra de toque para descubrir el talento y las ganas de trabajar.