3 de marzo de 2024

Tranqui con el castellano

En su habitual rueda de prensa diaria, el vocero de la Presidencia de la Nación anunció el martes pasado que el Gobierno había decidido prohibir el uso del lenguaje inclusivo en todos los documentos oficiales, y agregó que la decisión incluye a todo lo referido a la perspectiva de género. No se va a utilizar más en los documentos públicos la letra e para referirse a los dos sexos, como en todes; tampoco se va a usar la arroba para ese fin, como en tod@s; ni la x, como en todxs. También puntualizó que en la redacción de esos escritos se evitará la innecesaria utilización del género femenino, como en todos y todas. Lo de la perspectiva de género implica retirar de los programas escolares la temática de género, opuesta a la visión natural del sexo –varón o mujer– que todos recibimos desde nuestra concepción.

Ni lerdo ni perezoso, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ordenó el miércoles que se excluya de los programas de la educación pública la perspectiva de género en su país. Diera la impresión de que la noticia de la decisión del gobierno argentino le despertó la inquietud, pero parece más bien la expresión una tendencia que estamos empezando a ver en nuestra América y en el mundo.

Fuera de las consideraciones ideológicas entre la izquierda y la derecha, progresistas y conservadores, libertarios y estatistas, neoliberales y populistas y otras oposiciones que pueden volver eterno este párrafo, quiero hacer una pasada por los vaivenes de la historia.

Los hippies de los años 60 del siglo pasado parecían muy modernos porque tenían el pelo largo; todavía se ven hippies viejos, esos que no supieron salir del hippismo a tiempo y siguieron toda la vida con su pinta pasada de moda. Los reyes y nobles de la Edad Media usaban el pelo tan largo como los hippies, y algunos también se ponían ropa tan estrafalaria como ellos. La generación tatuada parece muy moderna, pero los tatuajes son más antiguos que la miseria. Los aros en los varones son tan antediluvianos como los tatuajes y el piercing, que usan hace milenios los bosquimanos y otras tribus silvestres africanas, asiáticas y americanas. Dejarse el pelo largo o raparse, usar barba o afeitarse, tatuarse o usar piercing son tendencias tan efímeras como cualquier moda. No inventamos nada, todo es reciclado, refrito, recalentado...

 
Es que la historia es cíclica, pendular: va y viene. Ya lo decía Giambattista Vico en el siglo XVIII: explicaba que la historia va y vuelve, pero lo que no decía es que avanza en el tiempo, como un tirabuzón o un resorte. Es que la cadencia circular de la historia no es plana: tiene tres dimensiones, como un sacacorchos. Y además de avanzar en círculos, va cada vez más rápido porque el tiempo se acelera.

Lo que estamos viendo en el caso de la decisión de los gobiernos argentino y salvadoreño es el extremo de una de esas vueltas. Ahora el péndulo empieza a caer para el otro lado y va a ser inexorable y bestial porque antes nos pasamos de la raya para el lado opuesto. Vamos del lenguaje inclusivo al castellano ortodoxo, y con el tiempo volveremos a alguna pavada que se le ocurra los que se creen muy modernos, y después de nuevo al castellano medieval del Cid Campeador.

Lo que es una estupidez del tamaño de una catedral es obligar a decir o escribir palabras o prohibirlas. Se entiende que ahora las prohiban porque antes nos obligaron, pero sigue siendo una estupidez tanto una cosa como la otra. El idioma es lo más democrático que hay: lo hacemos los hablantes hablando. Obligar a hablar o escribir en inclusivo es tan estúpido como prohibirlo. Mejor dejemos tranquilo al castellano, que se las arregla solo.