28 de marzo de 2021

Día de la Memoria


El 24 de marzo de 1976 un golpe militar derrocó al gobierno de Isabel Martínez de Perón. Los que recordamos aquellos años, sabemos que fue el golpe más anunciado de los que conocimos. Algunos sabían hasta el día y la hora.

Todo golpe que altera el orden constitucional es ilegal e injustificable. Lo digo por las dudas, porque en la Argentina hubo por lo menos un par que no lo alteraron: el de 1890 y el de 2001. Pero el golpe de 1975, además de ser ilegal, redobló la violencia del estado que ya traía el gobierno democrático en contra de la subversión. Sería largo y es estéril discutir sobre la calidad de esa violencia o sobre el número de los muertos y desaparecidos, que están muy claros para los que cuentan de verdad. Digo esto porque el redondeo malbarata su sacrificio y también la culpabilidad de los que mataron.

Hay otra discusión pendiente en nuestra historia que es la del partido militar, que fue refugio de la derecha durante decenios y también su modo de alternarse en el poder. Para llegar al gobierno usaron un método ilegal e ilegítimo, que también los anestesió políticamente. Deberían haberlo intentado desde un partido o en las filas de los que ya existían. Supongo que fue la ambición la que los llevó a aliarse con quienes tomaban el poder por la fuerza y necesitaban de un staff civil para gobernar. También hay que suponer que por fin eso parece estar solucionado, que ya no habrá golpes y que la alternancia en el poder será siempre democrática. Ahora falta que sea republicana: que unos y otros, al llegar al poder, respeten en pensamiento de quienes resulten minoría...

Hace tiempo que desde esta columna insisto en que es preciso que los argentinos dejemos de pelear. Por eso me preocupa que el recuerdo del golpe de 1976 se haya convertido en la reivindicación de la lucha de unos sobre los otros. Así como vamos, con el correr de los años, cada nuevo gobierno aprovechará el feriado de la memoria para recordar solo lo que les conviene. El 24 de marzo no debería ser una excusa más para pelear sino para reconciliarnos los argentinos, y también para recordar que la violencia nunca es el camino.

Pedir castigo a los culpables no arregla nada, entre otras cosas porque ya están casi todos muertos, pero además porque lo prohíbe la Constitución Nacional en su artículo 18, cuando dice que las cárceles son para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas. Nadie en la Argentina está autorizado a castigar a otro, por más culpable que sea de los delitos más horrendos. Castigar es torturar, cebarse en el daño a los enemigos. La Constitución solo nos autoriza a encerrarlos si son peligrosos, pero nunca maltratar a nadie. Y tampoco permite la venganza.

Se me ocurre que el 24 de marzo ya no debería ser el día de la memoria sino el de la reconciliación de los argentinos. Un día para ir a la casa de alguien con quien nos hemos peleado y pedirle perdón. Un día para hacerle un lindo regalo a aquellos con quienes estuvimos un poco más pesados. Un día para tomar unas copas, pero no con los amigos sino con los enemigos. Un día para aprender de los que piensan distinto, que es la verdadera forma de aprender, porque de los que piensan igual solo recibiremos lisonjas. Un día, en fin, para reconocer nuestras faltas y perdonar las ajenas... Sé que requiere una humildad que quizá no tengamos, pero es imprescindible que los argentinos nos reconciliemos y para eso todos tenemos que ceder.

Para convivir sin pelearnos hay dos caminos: la humanidad ha intentado muchas veces el método de matar a los que piensan distinto, pero por ahí nos fue siempre como la mona. Ahora toca probar con el amor a los enemigos. Le aseguro que nos va a ir mucho mejor.

21 de marzo de 2021

Notre Dame de las Misiones

Usted habrá oído hablar de la catedral de Notre Dame: sin dudas la iglesia gótica más conocida de Europa. Está situada en el corazón mismo de París, en la isla de la Cité, la antigua Lutecia de los romanos. Su primera piedra ya cumplió 858 años, es decir que cuando Colón descubrió América tenía 329 y cuando Roque González andaba por estos pagos llevaba en pie más años de los que van desde las misiones a nuestros días. Para que se dé una idea de las dimensiones de Norte Dame, basta con recordar que en sus cinco naves cabían unas 9.000 personas en 1182, cuando ya prestaba servicios. Además, y como ocurre en muchas de estas antiguas catedrales europeas, se construyó sobre la anterior catedral románica, que antes fue basílica merovingia, antes templo romano dedicado a Júpiter y todavía antes lugar de ceremonias celtas... 


El 15 de abril de 2019 un incendio se llevó casi entero el techo de Notre Dame. El mundo se paró consternado para ver por televisión cómo se perdía un patrimonio de siglos y dio tiempo para ver en directo la caída de la aguja central –los franceses la llaman flèche– que coronaba el crucero de sus naves y que era un emblema de la antigua catedral desde la restauración de Viollet-le-Duc en el siglo XIX. El techo exterior de pizarra de la catedral se sostenía sobre un entramado de vigas de roble, que se apoyaban en los muros laterales, sostenidos a su vez por los arbotantes. Entre el techo interior y el exterior había un verdadero bosque de vigas de roble. Allí se originó el incendio, que todavía nadie sabe cómo fue.

Como muchas otras catedrales y monumentos de Europa, la de Notre Dame de París pasó por cantidad de reconstrucciones. Baste con recordar que sobrevivió a la Guerra de los Cien años en los siglos XIV y XV; Luis XIV la quiso más barroca que gótica; la Revolución Francesa la confiscó para depósito de alimentos y Napoleón Bonaparte la devolvió a la Iglesia y la decoró estilo imperio para su coronación el 2 de diciembre de 1804. A pesar de su historia, a nadie se le ocurrió la peregrina idea de dejar sin mantenimiento la catedral de Notre Dame, como a nadie se le ocurre dejarla sin techo después del incendio de 2019.

Muy rápido la comuna y el arzobispado de París se pusieron de acuerdo para reconstruir Notre Dame y hasta consiguieron los millones que hacen falta. Unos quieren volver a tener una iglesia emblemática de la cristiandad y otros pretenden recuperar el patrimonio que hace grande a París y la llena de turistas siempre que no haya pandemias. Por eso lanzaron un concurso de proyectos para su reconstrucción, que no debía consistir en volver al esplendor del siglo XIV sino instalarla en el XXI. Se presentaron más de 200 proyectos de 56 países y quienes ganaron fueron dos jovencísimos arquitectos chinos, ella y él, llamados Li Sibei y Cai Zeyu. 


Li y Cai basaron su proyecto en los latidos del corazón de París. El nuevo techo en forma de cruz latina será espejado y la nueva flèche proyectará al interior de la catedral las imágenes actuales de la ciudad, reflejadas en espejos como en un caleidoscopio. Además, encima de la flèche, y levitando con efectos magnéticos, se colocará una cápsula del tiempo que latirá como el corazón de París. La cápsula se abrirá cada 50 años para obtener sus registros de la historia de ese tiempo.

Podemos insistir con la idea de conservar las ruinas de las doce antiguas misiones jesuíticas, que cuanto más arruinadas, más ruinas son. O podemos reconstruir por lo menos una, para que se vea en todo su antiguo esplendor, pero con técnicas, materiales y conceptos modernos. Esa sería una reconstrucción cabal, que puede atraer millones de turistas a admirar la arquitectura de las antiguas misiones y también de la actual. Y a la vez, se conservaría –en serio y no a merced de las inclemencias del tiempo– nuestro incalculable patrimonio histórico.

Hasta ahora, y a la vista del estado de nuestras antiguas reducciones, si fueran misioneros los que decidieran sobre el futuro de la catedral de París, la habrían dejado sin techo...

14 de marzo de 2021

Reconstruir las misiones


Vuelvo a la carga con el tema de las misiones. Me refiero a los restos de las antiguas reducciones, que en algunos casos son escombros lisos y llanos y en otros son ruinas más o menos conservadas. Durante muchísimos años ocupamos el concepto de ruinas para referirnos a las antiguas reducciones, pero felizmente dejamos de usarlo y se lo sacó de casi toda la cartelería vial y también de los textos de los centros de interpretación. Escribía hace años, en este mismo espacio, que la provincia se llama Misiones y no Ruinas, y que por tanto había que rescatar el concepto de las misiones para referirnos a las antiguas reducciones jesuíticas que hoy jalonan el sur de la provincia.

Muy distinta suerte corrieron, después de la expulsión de los jesuitas en 1767 por orden de Carlos III, cada uno de los antiguos doce pueblos situados hoy en la provincia de Misiones. La mayoría fueron abandonados cuando los aborígenes volvieron a la selva. Luego, cuando las cosas se calmaron, crecieron nuevos pueblos a la vera de la antigua reducción, de la que siguieron usando su iglesia o su cementerio, como en Loreto, Santa Ana o San Ignacio. En el caso de Concepción de la Sierra o de Apóstoles, las ciudades actuales están asentadas en la misma traza de la misión original y los antiguos edificios sirvieron de cantera para los que se construyeron encima: ni más ni menos de lo que ocurrió en Troya, en Jerusalén o en Roma.

A pesar del tiempo y de la naturaleza, algunas de las misiones han perdurado bastante completas y las podemos admirar. Es el caso de la iglesia de San Ignacio Miní, a cuya fábrica solo le falta parte del frontispicio y el techo. Es que los techos eran de madera y se perdieron en todos los casos, por no resistir los embates del cupi'i o del fuego y a veces también de los hombres, más ávidos de leña y de vigas que de pesadas piedras.

Solía explicar entonces, y lo vuelvo a hacer ahora, que edificios mucho más antiguos que admiramos en toda Europa, han sido reconstruidos después de cada guerra. Por eso hoy nos asombran palacios, castillos, monasterios, catedrales... como fueron en su esplendor, o mejor todavía, ya que cada reconstrucción agregó los progresos del nuevo siglo, como la luz, la calefacción o el agua corriente. También hay ruinas griegas y romanas en Europa, pero son mucho más antiguas y su reconstrucción ha sido imposible entre otras cosas porque también fueron cantera para nuevos edificios, pero los que se construyeron con sus piedras son tanto o más interesantes que los que produjeron los escombros de las invasiones bárbaras.

Hoy vuelvo a insistir en la necesidad de recrear por lo menos una de las antiguas misiones, tal como están sus contemporáneas de la Chiquitanía, en Bolivia: con sus iglesias como eran hace 300 años, pero no muertas sino vivas, con curas y misas, coros y orquestas de instrumentos originales, que es el mejor modo –el único diría– de conservar a pleno un edificio. La industria hotelera puede hacer otro tanto en los barrios de viviendas de las reducciones.

Todo se puede reconstruir aprovechando fondos del BID, de la Unesco, del Instituto de Cooperación Iberoamericana, de la Corona Española o quién sabe de qué institución cuyo remordimiento por la expulsión de los jesuitas quiera remediar el daño que les hicieron sus antepasados.

No es un gasto. Es una formidable inversión en turismo y en la autoestima de los misioneros. Puede llevar tiempo, pero hay que empezar de una vez, porque, como reza el sabio dicho popular, cuanto antes empecemos, antes terminaremos.

7 de marzo de 2021

Buena idea de un hotel de Iguazú


El Guaminí Misión es un hotel temático sobre las misiones jesuíticas, que pertenece al SUPARA (Sindicato Único del Personal de Aduana de la República Argentina). Si no lo conoce, pensará que es uno más. Pero no: está situado del otro lado de la mayoría de los más de 200 hoteles de Iguazú, sobre la costa del río Paraná y con vistas a ese río y a Paraguay. Pero lo sorprendente es que se trata de un hotel temático sobre las reducciones jesuíticas del Guayra, esos 30 pueblos que dan nombre a nuestra provincia y que además conforman una región supranacional que comprende el sur del Paraguay, el oeste del estado de Río Grande do Sul, el norte del Uruguay y el este de la provincia de Corrientes. Todo el hotel recrea una misión jesuítica: los huéspedes se alojan en las casas de la misión y la zona común de restaurantes y salones de eventos se sitúan en una construcción cuya fachada es la de una iglesia barroca, parecida a la de San Miguel en Brasil. Todo está en una escala perfecta, hasta la plaza de la misión y además el hotel tiene su propio museo interpretativo de las misiones.

Todavía no encontré la razón del nombre del hotel, que recuerda un pueblo y una laguna del oeste de la provincia de Buenos Aires, y aunque parece guaraní, es una deformación de la expresión mapuche wapi minú que significa isla adentro. Ya ve que no estoy haciendo publicidad de ese hotel; solo pretendo rescatar la excelente idea de sus propietarios. Algo que podría repetirse en algunas de las antiguas reducciones, del mismo modo que grandes y soñados hoteles del mundo aprovechan antiguos castillos, palacios, hospitales, monasterios, estancias... puestos en valor y conservados para todo el mundo gracias al turismo. Es el caso de los Paradores en España o del Palacio de Çırağan de Estambul, hoy explotado por la cadena Kempinski.

No es la primera vez que insisto en la necesidad de rescatar nuestra riquísima historia, única en la Argentina, que además de darle nombre e identidad a la provincia de Misiones, puede atraer gran cantidad del turismo que ya viene a admirar las cataratas del Iguazú.

En Misiones tenemos restos (sigo empeñado en no llamarlas ruinas) de doce de los treinta pueblos que formaron las antiguas Misiones del Guayra. De todas ellas, cuatro han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: San Ignacio Miní, Santa Ana, Loreto y Santa María la Mayor. La que está mejor conservada es la de San Ignacio, pero se puede comprobar el deterioro de otras por el abandono, que junto con el paso del tiempo, el avance de la vegetación y la falta de mantenimiento, las va reduciendo a escombros indescifrables. Es el caso de la antigua Misión de la Candelaria, que todavía pertenece a la Colonia Penal 17 de la Procuración Penitenciaria de la Nación.

El ejemplo del hotel Guaminí se suma al de las antiguas misiones de Chiquitos (en el este de Bolivia), que también pertenecieron a la provincia jesuítica del Paraguay y cuyas iglesias y plazas han sido puestas en valor y hoy se pueden apreciar tal como estaban entre los siglos XVI y XVIII. En el caso de Chiquitos, la iglesias se conservan porque están vivas, con sus curas y sus misas, pero además recrean en ellas, en grandes festivales bianuales, la música barroca extraordinaria que se produjo durante esos siglos en nuestra América.

Quizá sin saberlo el hotel Guaminí Misión paga parte de la deuda de la provincia con su historia, del mismo modo que lo hacen las fachadas de las dos estaciones de transferencia del transporte urbano de Posadas. Pero además son un acicate para reconstruir, como se hizo en Chiquitos, por lo menos una de nuestras antiguas misiones. Atraeríamos una inmensa cantidad de turismo interesado en admirar su belleza y también la gesta humanitaria y cristianizadora de la Compañía de Jesús en nuestra provincia, que por algo se llama Misiones.