30 de abril de 2023

Alguien piensa que somos estúpidos


Se acerca la fecha de la elecciones provinciales y, como siempre, también la de los anacronismos de nuestra democracia electoralista. Escribo lo mismo en versiones distintas con motivo de cada comicio, porque compruebo las mismas taras, repetidas como si fueran la esencia de un mecanismo para activar la democracia. Las elecciones no son el fin sino una consecuencia del sistema democrático, que se basa en la convivencia pacífica de los que piensan distinto. El principio contrario es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías. Por eso, la elección sirve para saber cuántos y quienes son la mayoría y cuántos y quienes las minorías: unos van a gobernar y otros van a disentir... o no, que cada tema tiene su gente a favor y en contra.

El disenso es el factor que le ha dado más fuerza a la democracia, porque solo las ideas que se confrontan hacen crecer el pensamiento, consiguen el progreso y el desarrollo de los pueblos. El pensamiento humano avanza confrontando, verificando, equivocándose, pidiendo opiniones, rectificando, mejorando... Y el pensamiento único no avanza por la mismísima razón. La comprobación empírica es la que muestra a las democracias entre los países más avanzados del mundo y a las dictaduras autoritarias entre los más retrasados.

Pero quería también resaltar la antigüedad y el paternalismo de nuestra liturgia democrática. Y recordar que algún día tenemos que desprendernos de esas rémoras si queremos una democracia moderna y un sistema republicano adaptado a esa modernidad.

El vicepresidente no tiene ninguna razón de ser en un mundo que se puede gobernar a distancia. Se ha convertido en una persona que espera... espera que se muera el presidente o quede inhabilitado, para sucederlo, como si no alcanzara con la línea de sucesión de los cargos electivos que hoy están debajo del vicepresidente. También es una antigüedad el presidencialismo, que es una monarquía con fecha de vencimiento. Y la jura de los cargos, que ya es por cualquier cosa y que para colmo hacemos en castellano del siglo XVIII.

Todavía elegimos a los candidatos como en el siglo XIX, con papelitos llenos de nombres –la mayoría desconocidos– que metemos en una caja de cartón. Para eso, tenemos que ir hasta el lugar donde se vota, hacer cola, elegir el papelito y ponerlo en un sobre. Toda una organización que incluye autoridades de mesa, fiscales, seguridad, logística, limpieza, catering... En el mundo ya casi no existe el dinero, hacemos las transacciones bancarias sin ir al banco y sin llenar una sola papeleta; ni las multas tienen boleta, pero resulta que hay que ir a votar con un papel metido en un sobre. Está probado que se puede votar electrónicamente por cada candidato, y evitar las listas, en pantallas que todos manejamos, instaladas en los lugares de votación. Pero además se puede saber –sin gastar millones en encuestadores– cuántos y quiénes estamos a favor y en contra de cada decisión del gobierno. Sería una democracia mucho más participativa, no para gobernar pero sí para conocer el pensamiento del pueblo. Y que voten los que quieran, claro, porque los que no les interesa no tienen por qué votar...

Es que el voto obligatorio es otro anacronismo y además es imposible de sancionar en épocas en que está votando entre el 60 y el 70 por ciento de los empadronados (por desuetudo, el voto ya no es obligatorio en la Argentina). En cambio en supermercados, vinerías y restaurantes siguen aplicando la ley seca, que prohibe vender alcohol desde doce horas antes de cada elección y hasta tres horas después de terminada: algo completamente inútil, antiguo, discriminatorio, paternalista y en contra de la presunción de inocencia, ya que nos prejuzga a todos como borrachos. También están prohibidos desde 48 horas antes del comicio la publicidad, el proselitismo, la difusión de encuestas, los sondeos, los datos de boca de urna y cualquier exteriorización que pueda influir en la decisión del voto: alguien piensa que somos estúpidos.